miércoles, 3 de diciembre de 2008

El peletero agradecido/El dinero de los otros



14 Junio 2007

En algún lugar de por allí debe de haber un montículo, una pequeña montaña, no muy alta, nada importante, alguna loma.

En un día de verano, caluroso, pero no agobiante, a media tarde y ya tarde, andábamos Vanguelis y yo deambulando por los alrededores cuando subimos el cerro, sin hacer ruido y sin esfuerzo. El auto en sus manos nunca se cansaba, nunca sudaba. Hubiera podido coronar el cielo y fatigarse menos que San Pedro al dormir en sus nubes.

Al salir de una curva o de un recodo, o de una esquina, al girar, después de…

Apareció la explanada y, a lo largo de ella, Argos Orestikó, una ciudad vecina, pequeña, cercana, no tan famosa en el gremio de peleteros como Kastoriá. Pero allí estaba.

Iluminada.

La clave fue la luz, siempre lo es. La luz y el ángulo con el planeta a causa de la hora y de lo que la hora y las nubes nos dejen percibir y contemplar. Si hay suerte y te encuentras saliendo de la curva precisa en una loma que ni siquiera tiene nombre, podrás ver la lanza del diablo clavarse en la mismísima tierra y llenarla de belleza.

El ángulo debe ser agudo, bajo, a ras del suelo, el sol cayendo, desmoronándose feliz. Muriendo y anunciando a todos que resucitará. Fiel y leal. El sol, mi sol, él sí que me anuncia su vuelta, cada día, y cada día lo cumple.

Era verano y en verano los rastrojos de las niñas ya están quemados.

Era media tarde y ya era tarde, y Vanguelis y yo íbamos vagando en aquel viejo SEAT que ya había dado mil veces la vuelta al mundo. A esa hora el sol se precipita, cae casi paralelo al suelo, el paisaje luce, brilla, se revela, y tú…, como los demás seres y cosas de este mundo puedes recuperar tu alma perdida en los quehaceres del día, o tomar alguna de prestado, sin intereses que pagar, una de esas almas perezosas, vagabundas, que errantes y anhelantes deambulan solas por el mundo.

Cuando amanece puedes ver mejor el sol y si consigues fijarlo en el fondo, verás también el planeta girar. Pero cuando anochece, la tierra se te rebela en su oscuridad cercana, recalentada y que la luna no puede enfriar. En ella, las cosas devienen verdaderas y contrastadas, refulgentes y abrillantadas, corpóreas. Tan metálicas que ya nos recuerdan un árbol caído. En aquella luz, Argos Orestikó se solidificó y amarilleó con sombras marrones, delgadas, largas y huidizas. Pero nadie ni nada perdía allí su sombra.

En aquella época y en aquel lugar, el regateo de la valiosa mercancía era imprescindible y necesario, todo el mundo lo esperaba aunque el vendedor no lo deseara. Se regateaba, aunque no exactamente a la manera de un bazar oriental. Simplemente se trataba de conseguir una buena rebaja, una mejora importante en el coste.

No nos encontrábamos en ninguna subasta, donde el precio es público y la decisión de compra ha de ser rápida y en el acto. Tampoco era un pugilato ni una esgrima florentina que durase un día entero; por suerte no lo era, pero en algunas ocasiones sí que llegaba a consumir sus buenos y largos minutos, incluso a veces nos llamaba el vendedor a la oficina aceptando el último precio que nosotros le habíamos ofrecido después de habernos marchado de su taller, o éramos nosotros los que le llamábamos aceptando el suyo.

En realidad había un índice imaginario no estandarizado, y ni mucho menos oficializado, que señalaba el precio adecuado según el momento. El vendedor siempre pedía un precio superior a esa línea inmaterial y tú intentabas comprar por debajo de ella. No era solamente la ley de la oferta y la demanda, no, había una pugna y una escenificación. Aquello era una lucha entre actores donde todos trataban de disimular la necesidad y mostrar en cambio una exagerada fortaleza en la resistencia.

Eso era exactamente así, excepto en un par o tres de casos. El más destacable era sin dudad el de Caterina Papadopoulos, la mejor en su especialidad, difícil y delicada, que era la confección de piezas con las patas de astrakán swakara. Fundamentalmente negras, pero manufacturaba también en cualquier otro color; las marrones y grises mostraban siempre un degradado en su tonalidad, que resaltaba la fineza de sus olas, las olas del astrakán.

Las olas del astrakán son un mar en la piel, un vaivén peinado, un tumbo y un eco que sientes en la mirada y que sentirás en el estómago si no tienes complejos y lo tocas.

El cuero del cordero karakul swakara es fuerte, pero si eres hábil y encaras bien su ángulo puedes romperlo con los dedos. No tiene nada que ver con la flexibilidad del visón y su elasticidad de contorsionista. El visón se adapta a lo que tú le pidas, pero el astrakán sólo manda él.

El cuero del astrakán es también suave pero algo tosco y el pelo es lo más parecido al de un monte de Venus boscoso, donde los árboles se inclinan todos en la misma dirección del viento, que siempre sopla desde el mar y el océano cercano.

Caterina sabía qué es lo que había que hacer con todo ello y lo hacía bien. Muy bien. Era la mejor y la más cara. Era demasiado cara. Y los regateos, esos sí, eran interminables, crueles y despiadados.

Mujer mayor, grande y fuerte, su marido le servía los cafés que se tomaba uno detrás de otro, sin dejar nunca que ni una gota de sudor apareciese por su frente de griega doria, color paja seca, rubia oscura de cabellos hirsutos. Luego, cucharilla en mano se comía el poso de la taza sin bajar nunca la mirada. Tenía boca de hombre y sonrisa pegada a la cara.

No había más remedio que comerse también el poso del café al que te invitaba. Tal vez por eso mantenía su dentadura blanca y sana. Tal vez por eso ganaba todas las partidas; pero ella te decía en cambio, señalándose el vientre y riendo, que aquello limpiaba los bajos, los desagües y las alcantarillas. Tú reías también y al abrir la boca los demás reían contigo al verla toda sucia de poso. ¿Cómo demonios conseguía mantener la boca limpia tragándose aquella porquería?

Yo siempre iba a visitarla y siempre intentaba comprarle algo, pero nunca lo conseguía. Una vez estuvimos dos días. Me invitó a comer y a cenar con toda su familia, hermanas, hermanos, abuelas, hijos, hijas. Pero era imposible conseguir que su precio se acercase un poco, sólo un poco, a la línea imaginaria aquélla que yo tenía en la cabeza.

Hablábamos de todo, de la vida y de la muerte y algo de negocios. Del cielo y de la tierra y algo de trabajo. Hablábamos de política y de matrimonios y de pasada regateábamos. Y conversábamos de dinero, por supuesto, pero del dinero de los demás. Y de esa manera pasaban las horas, interminables y tan pesadas y lastradas como el mismísimo oro.

Hasta que un día, por fin, tomé la determinación de comprar, casi por curiosidad, un experimento. Si pierdo no seré mucho más pobre y si gano sabré algo que ahora desconozco.

No me libré de su regateo asiático. Algo íntimo conseguí en él, pero perdí, naturalmente que perdí, irremediablemente. Fue también una tortura, larga, somnolienta, calurosa y pegajosa, interminable. Cuando nos dimos las manos en señal de aceptación mutua ya me estaba dando cuenta de mi error, del mal negocio que había hecho. Alguien me estaba susurrando algo al oído que no pude entender. ¿Qué? ¿Quién?, no sé, pero oía un zumbido que más bien parecía una señal de alarma.

Normalmente cuando compras la mejor mercancía, el beneficio también es el mejor posible. Eso debería ser así. Eso es lo que queremos pensar que es. Eso es lo que nos dicen que es. Eso es también lo que deseamos que sea. Pero a veces, la mercancía es tan buena, tan extraordinaria y su precio tan alto, su coste tan exorbitante, que el beneficio, paradójicamente, disminuye. Percibes una anomalía, una contractura en la luz, quizás una trampa, una estafa sutil de la belleza. La verdad a veces miente.

Al final siempre acabas pensando que eres tú el culpable y que no está hecha la miel para la boca del asno, que es la tuya, sin duda, sucia de poso de café abisinio.

La luz que no nos llega ¿a dónde se va?, ¿se pierde en el universo? ¿O nuestros coetáneos antípodas nos la roban?

El agua quieta no hace ruido, ni el aire inmóvil, ni la tierra, en cambio el fuego no puede estarse quieto y siempre crepita. No le des ninguna oportunidad, ni a él, ni a los otros tres, cualquiera de ellos está esperando a que desistas.

Yo resistí todo lo que fui capaz. Al salir para regresar al hotel, el sol se había puesto ya, y Sirio ocupaba humilde su lugar; no me refiero a la estrella, sino a un triste y avispado perro cazador, inteligente y flaco, cuya cabeza acariciaba con cariño cada vez que me venía a recibir. Que era siempre.