martes, 3 de marzo de 2009

El peletero/El ojo y el negro (6)



26 Noviembre 2007

Querida Silvia,

Estos días he recordado la historia de Ruth que me contabas de pequeño y que siempre me hacía llorar. La he recordado gracias a un italiano que he alojado en mi casa. Tiene un nombre gracioso y difícil de pronunciar para mí, se llama Saverio Cucchiaio di Tommasso, es genovés y comerciante en pieles.

Nos hemos hecho amigos, y ahora que está de nuevo a punto de partir y listo para embarcarse hacia tus islas, nos hemos prometido que nos escribiremos contándonos nuestras aventuras. Las mías pocas, las de él, bastantes más, no en balde viaja y el viaje siempre es propicio a novedades.

Se ha pasado aquí bastantes días, hemos congeniado y ya que estaba cansado del viaje ha aprovechado, y yo le he ofrecido, mi desordenada casa para descansar.

Pero él es más desordenado todavía que yo, dice que le gustaría ser poeta, pero creo que no tiene aptitudes para ello. Los poetas y escritores ensucian menos que nosotros, los pintores y los escultores, pero, el muy “poeta”, me ha llenado la casa de papeles.

Aparte de simpático y hablador, he de reconocer que es limpio y no huele como los demás italianos que he conocido. Es curioso, todos los países piensan que los demás huelen fatal y no se limpian. Eso de lavarse, como ya sabes, es una costumbre nueva que viene de oriente, de los países árabes y de la India. Los franceses, los más sucios de todos, evitan hacerlo perfumándose, son unos tramposos, pero no son tontos, porque así, de paso, han ingeniado en la Provenza una industria nueva que aquí tiene bastante éxito.

Saverio conoce mucho España, y será tal vez por la huella que el mundo musulmán ha dejado allí, pero tiene una verdadera obsesión por el agua. ¡Se baña una vez cada quince días! Tú me enseñaste que debía hacerlo una vez al mes y cuando me acuerdo lo cumplo, te lo prometo.

Hasta ahora se dedicaba sólo a importar pieles de cordero merino español a Génova, pero además pretende ir a Londres a comprar pieles de castor americano. Hay rumores que la Corona Inglesa quiere fundar una compañía que monopolice todo el comercio de pieles con sus colonias y él aspira a conseguir algún tipo de concesión para el mercado italiano. Allí los príncipes y burgueses gastan sus monedas con generosidad, no como aquí que ahorran hasta el polvo de sus bolsillos.

Le he dado vuestras señas, tal vez os visite, necesita a alguien de confianza que le represente, quizás a tu esposo Christian le pueda interesar llegar a algún acuerdo con él. Creo que se puede confiar, pero tú, Silvia, sabrás juzgarlo mejor que yo.

Es presumido, pero no llega al extremo de esos franceses que vemos por aquí con aire de superioridad. Escribe poemas tontos, muchos de amor, vulgares y simplones, otros en cambio, metafísicos, extraños y filosóficos y que no entiende ni él mismo. Cuando se emborracha llora, al principio no sabía por qué, pero al final me lo ha revelado.

Una noche, cuando todavía no habíamos bebido demasiado, le propuse ir al burdel. Primero me dijo que sí, contento y decidido, pero a medio camino se arrepintió y me confesó que no podía traicionar a su dama. Le pregunté quién era esa dama que merecía tanto sacrificio de un hombre. Me respondió que no lo sabía, que no sabía quién era, ni cuál era su verdadero nombre.

Su respuesta parecía absurda, intrigado le seguí preguntando, ¿quién podía ser esa dama sin nombre?, ¿era guapa?, ¿era rica?, ¿la hija de un noble?, ¿genovesa o española? Era remiso, no quería hablar de ella. Yo insistí. Y al final me lo dijo, la llaman Ruth.

¿La llaman Ruth?, ¿quiénes?

Sus amos, me respondió.

¿Qué amos?, ¿es una esclava?, pregunté, no entendía nada, ¿de qué me estaba hablando?, mejor dicho, ¿de quién?

La vi apenas unos segundos, nada más, me explicó. Ella me miró un solo y escaso instante después de servirme y de llenar mi jarro de agua fresca, levantó sus pestañas negras y sus ojos castaños me miraron.

Y desde entonces no han dejado de mirarte, ¿verdad?, le dije.

Sí. Es una esclava india, originaria de La Española, una de las pocas que se libró de la viruela. Y una de tantas criadas y sirvientes de un noble sevillano que a veces trae de América pieles exóticas de gatos y monos, y plumas de aves raras.

¿Eso es todo? exclamé

Bueno, a mí ya me parece mucho, me respondió con cara taciturna.

¡Cómprala! , solté. Ves y paga por ella.

No está en venta, ya tiene marido, me respondió triste.

¿La han casado?, ¿con quién?

Con otro esclavo, un negro. Y además ya ha parido, ya es madre de un varón de pelo rizado y piel oscura.

Me dejó pensando un buen rato, él me miraba intranquilo. Al final le dije: escucha Saverio, aunque tú eres un buen cristiano, que sea madre y que tenga un esposo negro y esclavo no debe ser un gran problema para ti, que también eres un hombre de mundo, ¿verdad?

No, no es ningún problema, pero creo que también es la amante del sevillano, y nada menos que de un Marqués.

¡Vaya!, eso sí que complica las cosas. ¿No podías haberte enamorado de una genovesa simple y cariñosa?

O de una española, me respondió apenado.

Eso, de una española, dicen que son muy guapas.

Sí, las más guapas son las andaluzas, pero tienen mucho carácter.

¿Y eso es malo?

Bien mirado no, sino te importa que mande tu mujer.

Yo siempre quiero que manden ellas, es más cómodo.

Pero… ¿tú qué sabes si no has estado nunca casado?

También es verdad, vaya tontería… como tú, tú tampoco lo has estado.

No, yo tampoco.

Y tú, ¿sabes algo? le pregunté ya bastante borracho.

¿De qué?

No sé, de lo que sea.

No, yo tampoco, no tengo ni idea de nada.

Pues vaya par de tontos.

Sí.

¿Y esa india es tu Dama?

Sí.

Estás loco.

Sí, lo estoy, absolutamente loco, me respondió más borracho que yo.

Te suceden estas cosas por ser eso que te he dicho, un buen cristiano y un hombre de mundo al mismo tiempo, le dije sonriendo. Soltó una carcajada, para pasar enseguida al llanto. Casi, casi, también me pongo a llorar yo.

Para que puedas reconocerlo si os viene a visitar te mando un dibujo de él. Aunque ponga cara de enfadado es muy afable y simpático. Como no quiere parecer triste, hace cara de gruñón.

Ayer me acompañó a ver la Pietà que estoy pintando. Así conoció también al párroco. Y como te puedes imaginar se hicieron amigos enseguida. No paraban de explicarse chistes el uno al otro, lo hacían en latín, en francés, genovés y en algo que Saverio decía era una mezcla de “catalano, aragonesso y castigliano”. Yo me reía de verlos reír. La hermana del párroco, que vive con él, nos tenía preparada una comida excelente, sopa de harina de cebada, una buena verdura cocida, un caldo de coles con un poco de carne y unas sardinas asadas, hacía tiempo que no comía tan bien. Terminamos los tres borrachos y durmiendo la siesta hasta que su hermana nos despertó tarde. Era ya de noche y nos quedamos a dormir en la misma parroquia. Pero antes asistimos a la última misa y ayudamos en la celebración, no sé por qué, pero me gustó hacer de monaguillo. Recordé cuando éramos pequeños y nuestros padres aún vivían.

¿Te acuerdas todavía de ellos, Silvia? Yo sí, mucho.

La Pietà va por muy buen camino, el párroco está muy satisfecho con los resultados que va viendo. Y él y yo nos hemos ido encariñando y tomando afecto mutuo. No me emborracho a no ser que lo haga en su compañía, o la de Saverio estos días que ha estado aquí conmigo.

Hay noches que viene a verme pintar. Pinto mucho a oscuras, ya lo sabes, con apenas unas pocas velas. No dice nada, se sienta y se queda mirándome en silencio. Cuando termino me invita a cenar y tiene la gentileza de no descontármelo del precio pactado. A veces canta mientras me ve pintar y a mi me gusta que lo haga, me recuerda a ti.

Es otro borracho llorón, maldita sea, siempre me tocan amigos llorones, siempre he de vérmelas con ellos y aguantar sus penas y tratar de darles consuelo. Por cierto, las penas del párroco son muy poco metafísicas. Al día siguiente estamos todos un poco avergonzados por las cosas que contamos entre jarra y jarra. Dicen que el vino hace olvidar, y es todo lo contrario, refresca la memoria, a veces demasiado y acabamos confesando aquello que no hubiéramos dicho nunca ni en el mismo momento de la Extremaunción.

En la última carta me pedías el nombre de mi párroco, se llama Emile (…), y creo que ya sé a que te referías cuando me decías que sospechabas quién era.

No te he contado aún cómo conocí a Saverio, el genovés. Un cliente que no le pagaba le ofreció, para descontar parte de la deuda, una pequeña tabla mía que seguro tú debes recordar, es una dedicada a Ruth que pinté de muy joven. No sé cómo debe de haber llegado a parar a sus manos, pero el caso es que Saverio, al verla, no pudo evitar quedársela pues lleva el nombre de su amada, Ruth, y como ella, también es alguien que ha terminado en un trigal ajeno, debía quedarse la tabla quieras que no.

Detrás de ella constaba mi nombre y en su camino a Inglaterra decidió pararse aquí, en Flandes, para conocerme. Y ya ves, lo ha logrado. Y él me ha dado motivos para pintar una tabla mejor y más grande. Ésa que halló en Génova era solamente un ejercicio de escuela. Se lo he comentado al párroco y parece que la idea le ha entusiasmado, Ruth es otra de sus grandes figuras femeninas.

Tardaré un tiempo en volver a ver a Saverio, alrededor de un año. El viaje de regreso lo hará embarcándose primero desde el sur de Inglaterra hasta Santander, en España, de allí en diligencia o a caballo hasta Burgos para solucionar negocios que tiene pendientes.

Debe consultar unos asuntos con una amiga suya también sevillana, pero no quiere regresar a Sevilla para ver a su amada, dice que es demasiado doloroso para él, deberá hacerlo por carta.

Me cuenta orgulloso que esa amiga es toda una dama, rica, instruida y bondadosa. Dice que es muy buena poetisa y que regenta una escuela para niños y niñas pobres.

De ella sólo sé que se llama Amparo y que tiene muy buenos contactos, entre ellos uno con otra gran dama, granadina y llamada Magdalena que ha tenido que irse a vivir con su marido, un alto funcionario de la Corte, a Cuba, antes llamada Isabela o Juana. Saverio también se cartea con ella y cariñosamente la llama “Magdalena de Cubas”. “Es la mujer más entusiasta del mundo” afirma vehemente.

Él no tiene hermanas como yo, y las adopta, dice que son sus mejores amigas, son “mis hermanas adoptadas”. Aunque un día le oí decir, “lástima que las dos estén casadas”.

Ya ves que mi amigo genovés tiene amistades interesantes y creo que las tiene simplemente porque sí, sin buscar nada a cambio.

De Burgos regresará a Génova pasando antes por Barcelona donde también tiene buenas relaciones, y de allí a casa otra vez en barco. Pero primero quiere pararse unos días en Poblet, donde hay un monasterio cisterciense.

Quiere descansar antes de emprender la última etapa del viaje y de paso visitar a su amigo monje, Alberto. Es un excelente miniaturista, restaurador y conservador de la gran Biblioteca del monasterio.

Me ha dicho que en Barcelona se albergará en casa de Pedro, él se encarga de fletar sus envíos de pieles a Génova. Y me comenta malicioso, que Pedro tiene una esposa pequeñita, coqueta y encantadora que le ríe sus gracias.

Estoy seguro que os vendrá a ver, no tardes en escribirme. Muchos besos para todos, para la pequeña Rosa y especialmente para ti.

Yo no he visto nunca a ninguna indígena americana, así que no la puedo pintar ni tampoco la puedo imaginar, pero en cambio sí que he podido pintar un pequeño desnudo de Marta, la hija de mi casero. Y no precisamente de memoria. Quiero utilizarlo como modelo de “El Paraíso”, que también quiero pintar.

Lo he dejado para el final para que así sea una verdadera y agradable sorpresa para ti. He de confesar que la iniciativa fue de ella. Un día llamaron a mi puerta, abrí y allí estaba Marta. Me quedé mudo al verla y casi me desmayo cuando me dice: “quiero que me pintes desnuda”

Tu hermano que te quiere.

Teodoro.