sábado, 7 de febrero de 2009

El peletero/Mi querida Natalia. (2)



17 Octubre 2007

Baila muy bien
Y tiene un gran deseo.
Busca un camino.
Llora en el bosque.
La matarán el alba, la fiebre
Y el gallo


(“La noche” Adam Zagajewski)

SEGUNDA PARTE

Mi querida Natalia,

He recibido tu atenta carta y me dispongo a respondértela sin demora.

Me alegra mucho saber de ti, de tu hijo y del resto de tu familia, y ver que todos vosotros os encontráis bien de salud.

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Apreciada Natalia, en ésta tu última carta vuelves a exponerme las mismas preguntas que ya me has formulado en repetidas ocasiones y de diferentes maneras.

¿Te acuerdas cuándo nos conocimos? Tú todavía eras una niña y yo estaba en vuestra casa visitando a tu madre. Procuraba aconsejarla y responder a sus preguntas llenas de angustia sobre ella misma y sobre tu padre. Y también sobre ti.

Te senté en mis rodillas y te canté una canción mientras comías chocolate. Con tus dedos sucios acariciabas mis largos cabellos rubios que tanto te han gustado siempre. Tu madre te regañó, pero yo te dejé hacer. Ambos nos sonreímos, te besé y me devolviste el beso, y me preguntaste cómo me llamaba. Eras muy pequeña y ya hablabas como toda una mujer. Y ya entonces tenías ese porte rebelde, de reina, de yegua libre. Eras muy hermosa con tus cabellos negros rizados y esos ojos marrones que invariablemente te han acompañado. Siempre has sido oscura, de mirada y de alma, pero tus labios rojos todavía nos dicen aquello que tú nunca has podido averiguar. Y nunca podrás.

Antes de irme me susurraste al oído que te sentías muy sola y yo te respondí que no tuvieses nunca miedo, que no debías tenerlo.

¿Por qué nunca recuerdas mis palabras, mis respuestas, mis consejos? Mi discurso siempre ha sido el mismo, jamás ha variado. Sólo debes repasar las cartas que te he escrito durante estos años, que son prácticamente todos los de tu vida, pues desde aquella primera vez no hemos dejado de vernos ni de escribirnos. Todavía te gustan mis cabellos rubios y largos que me llegan más allá de los hombros. Siempre te gusta acariciármelos, incluso ahora que ya eres toda una mujer y madre, me miras igual que me miraste entonces. Siempre me miras sin verme.

Aquella fue una época difícil y dura para tus padres y yo aparecía muy a menudo por tu casa. ¿Lo recuerdas?, crecías muy rápido y tu alma ya no cabía en ese cuerpo de niña atemorizado. Seguías siempre estando sola.

Ya sabes que yo tengo una fama indebida, que uso de la espada que me ha sido dada cuando creo necesario, y que Dios, en su infinita sabiduría, me deja libre.

No sobrepasabas mis rodillas y tu cabeza aun cabía entera en la palma de mi mano, te levantaba con ella y te alzaba, asiéndote del pecho, brazo estirado, hasta el mismo cielo, mirabas hacia abajo y veías un abismo que te asustaba, pero segura en mí, confiada en mi fuerza, me dejabas hacer tranquila, sonriente y risueña, mientras tu madre se estremecía. Conseguía que con tus manitas tocases el techo de la casa y eso que estaba muy alto, pero ya sabes cómo soy y que siempre he de agacharme para traspasar cualquier puerta. Ninguna es bastante alta para mí.

Un día te di una sorpresa. Toma, y puse en tus manos un lobo, un cachorro recién nacido. Jamás habías visto algo tan tierno y bonito en tus pocos años. Un macho de apenas un día de vida con los ojos todavía sellados. Vi como los tuyos se iluminaban al contemplar al animal y su delicada belleza. Lo acogiste en tu seno de niña e hiciste incluso ademán de amamantarlo, lo besaste y acariciaste su pelo de seda y su lana de bebé, tierna y protectora, indefensa, débil y necesitada.

Posaste tu pequeña mano en su corazón, cada uno de sus latidos era un beso lanzado así, con la mano y soplando.

Son besos que parecen un silbido.

Me miraste agradecida, eras la mejor cara que la alegría nos puede mostrar, ¿es mío?, ¿es para mí?, me preguntaste ilusionada.

No, no lo es, no es tuyo, no es para ti.

¿¿No??, ¿¿por qué??, casi gritaste terriblemente irritada, angustiada y decepcionada.

Porque es un lobo y los lobos no tienen dueño te respondí.

No dijiste nada. Te entristeciste tanto que tus maravillosos ojos marrones se hundieron en un pozo negro. Del que nunca has vuelto a salir.

¿Todavía tienes miedo?, te pregunté.

Sí, balbuceaste mientras no parabas de llorar con el cachorro en tus brazos, acariciándolo y no parando de besarlo con la ternura más amarga y triste que jamás he visto. Levantaste la mirada, tenías los ojos anegados. Tengo miedo, me repetiste por enésima vez, llorando sin parar. Desconsolada.

¡Mátalo!, te respondí, ahógalo en tu pecho y mátalo, y verás como el miedo desaparece.

Dejaste de llorar de súbito, paraste en seco y me miraste sorprendida y aterrada. Me mirabas y mirabas al lobo con cara de espanto y terror. Tenías los ojos tan abiertos como si el mundo no tuviera puertas y lo estuvieses viendo todo entero en ese instante y de una vez.

Me mirabas y dudabas. Dudaste. Dudabas y me mirabas. Y volvías a mirar y volvías a dudar.

Y…

… lo mataste.

Lo ahogaste con la fuerza de tu pecho, tu corazón y tus brazos pequeños, los tres ya capaces de matar.

Y el miedo desapareció.

Sí.

Desapareció absolutamente.

Por un instante, que pasó rápido.

Si no lo hubieras matado no me habrías visto más, no habría vuelto a tu casa en las horas en que tú estabas, no hubieras sabido ya nada más de mi. Ya no hubiera sido necesario.

Pero lo mataste, mataste al lobo, por eso nos vemos a menudo y he de responder siempre a tus mismas preguntas, una y otra vez. Procuro ayudarte lo mejor que sé, que ya sé que no es mucho.

No es mucho.


FIN DE LA SEGUNDA PARTE