miércoles, 4 de enero de 2012

El peletero/La casa


Lecciones desordenadas y fugaces de anatomía barroca.

Y 21. La casa.

Estamos condenados continuamente a vivir en casas ajenas en una anachoresis que nunca termina.

Posesiones personales, una silla, una mesa: un lugar donde escribir. En más de 400 años no es mucho lo que ha cambiado. ¿O sí? Durero pintaba a un eremita, de forma que resultaba natural mostrarlo trabajando solo, pero en el siglo XVI era raro que alguien tuviera una habitación sólo para él. Pasaron más de cien años hasta que las habitaciones a las cuales se podía retirar uno de la visión del público empezaron a aparecer, y se las llamaba “habitaciones privadas”. Así aunque el título del grabado dice que se trata de un “escritorio”, en realidad era una habitación con múltiples usos, todos ellos públicos. Pese a la calma presente en esa obra maestra, el tipo de tranquilidad y de intimidad que solemos relacionar  con el lugar donde trabaja un escritor habría sido imposible. Las casas estaban llenas de gente, mucho más que hoy día, y la intimidad era algo desconocido. Además, las habitaciones no tenían funciones especializadas; al mediodía se sacaba el atril y los residentes de la casa se sentaban a la mesa a comer. Al atardecer se desmontaba la mesa y el banco largo se convertía en diván. Por la noche, lo que ahora funcionaba como cuarto de estar se convertía en dormitorio. En este grabado concreto no se ve una cama, pero en otras versiones Durero mostró el sabio escribiendo en un pequeño podio y utilizando la cama como asiento. Si pudiéramos sentarnos en uno de los taburetes con respaldo, al cabo de poco tiempo empezaríamos a cambiar de postura. El cojín que hay en el asiento protege algo contra la dureza de la madera, pero no se trata de un sillón en el que relajarse.

La habitación de Durero contiene algunos instrumentos: un reloj de arena, un par de tijeras y una pluma de ave, pero no hay máquinas ni artefactos mecánicos. Aunque la fabricación del vidrio había progresado tanto que durante el día las ventanas grandes eran una fuente útil de luz, a partir del crepúsculo se bajaban las velas del estante. Resultaba imposible o incómodo escribir. La calefacción era primitiva. En el siglo XVI las casas tenían sólo una chimenea o una cocina en la habitación principal, y el resto de la casa estaba sin calentar. En el invierno, esa habitación, con sus grandes muros de cantería y su piso de piedra, era frígida. El llevar un ropaje voluminoso, como el de Jerónimo, no era cuestión de moda sino de térmica, y si el viejo sabio está encorvado, ello no indica piedad, sino también que tiene frío.  (La casa, historia de una idea, Witold Rybczynski, 1999)

El mundo contemporáneo es la consecuencia de ese fracaso que continuamos viviendo. La filosofía escolástica medieval lo puso en evidencia al expresar su propósito, la unión de la fe con la razón. El barroco dio por terminada tal ingenuidad.

La esperanza casa mal con la libertad, la verdad con la fe, la experiencia con la razón y la caridad, que quiere ser fraterna y solidaria, no llega más que a cómplice.

Lutero (1483-1546) tal vez lo sabía, y por ello quería vérselas con Dios a solas, deseaba hablar con Él sin intermediarios, ser su amigo y su cliente, pero si Su faz nos mataría si la viéramos, Su palabra nos enloquecería si la escucháramos. ¿Qué más da entonces si un sacerdote confesor oye nuestros pecados?, su labor no es la de perdonar en nombre del Altísimo como comúnmente se cree, sino la de obligarnos a recordar nuestras faltas por los siglos de los siglos, amén.

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Escudillas de estaño repletas y pesadas de metal.
Gruesas ventanas hinchadas por la luz.
Materialidad de plomizas nubes.
Vestidos como colchas. Ostras húmedas.
Objetos inmortales, pero que no nos sirven.
Andan solos los zuecos de madera.
Las baldosas nunca se aburren,
y juegan al ajedrez con la luna.
Una chica fea estudia una carta
escrita con tinta simpática.
¿Se trata de amor o de dinero?
El mantel huele a moral y a almidón.
La superficie no conecta con la profundidad.
¿Misterio? No hay misterio alguno
sólo el azul del cielo, hospitalario
e intranquilo como gritos de gaviotas.
Absorta, una mujer pela una manzana roja.
Los niños sueñan con la vejez.
Alguien lee un libro (el libro es leído),
alguien duerme y se vuelve un objeto
cálido, que respira (como un acordeón).
Les gustaba habitar. Y lo habitaban todo,
el respaldo de madera de una silla
y en en hilos finos de leche como el estrecho de Bering.
Puertas de par en par, el viento era afable,
las escobas descansaban tras el trabajo a conciencia.
Descubiertas las casas. Pintura de un país
donde la policía secreta no existía.
Sólo una sombra prematura entró
en el rostro del joven Rembrandt. ¿Por qué?
Pintores holandeses, decid, ¿qué pasará
al pelar la manzana, cuando falte la seda,
cuando todos los colores sean fríos?
Decidnos, ¿qué es la oscuridad?

“Pintores holandeses” Adam Zagajewski, Lvov, Ucrania 1945)

(Del poemario "Tierra de fuego" Ed: El acantilado, 2004)

Traducción X. Farré