jueves, 5 de febrero de 2009

El peletero/Still life



13 Octubre 2007

El ser humano siempre se ha sentido interesado por todas aquellas cosas y seres que se mueven. Tanta ha sido la sugestión que ha manifestado por el fenómeno del movimiento, que nunca ha dudado en procurar plasmarlo de una o de otra manera. Su empeño ha sido constante, firme y decidido, y hasta que no apareció la fotografía, la pintura y la escultura fueron las técnicas más apropiadas para conseguirlo.

No menos resuelta ha sido también su propensión para todo lo contrario. La inmovilidad parece esconder un misterio de otra clase, un secreto que seduce y da reparo desvelar. Sin embargo la audacia humana no tiene límites.

El arte, y más concretamente la pintura, consiguió convertir en género, el retrato de cuerpos muertos, fundamentalmente comestibles o de adorno. Piezas de caza, frutas y flores, incluyendo también jarrones y platos, básicamente, aunque el repertorio es inagotable.

Larga es también la tradición de inmortalizar al muerto dejando constancia de él en su retrato, anterior a la defunción, o post mortem. Ya hemos hablado de ello en otras ocasiones.

En todos esos casos nos paseamos a lo largo de un linde no marcado por ninguna señal, o marca en el suelo.

El placer de retratar cadáveres, sean humanos, animales, o vegetales, como lo es un precioso ramo de flores, es una manera sesgada de captar un aspecto de la belleza que muchas veces se nos escapa, ante la avalancha de emociones que provoca la muerte. Pero solamente es en esta oportunidad, donde tenemos la fortuna de contemplar y disfrutar la sombra que proyecta ese secreto que se desvanece.

No el secreto y sí la sombra.

Es ella la que palidece como si se apagara el sol. Ése que un día fue dios y que ahora no es nada más que una estrella. Así pues, el secreto permanece mientras una nube oscura huye de nosotros.

¿Es un desvanecimiento? o ¿quizás es un milagro morir? ¿Esa es su belleza? ¿O todo lo contrario? ¿La constatación más terrible de la preeminencia de las leyes físicas? ¿Su cumplimiento inexorable?

¿Es una sentencia? ¿El final de una carcajada?

¿O la muerte es una simple casualidad, una nefasta suerte?

Porque yo no creo en el destino, ni que nada esté escrito. Ni siquiera creo que hayamos de morirnos. Yo no me creo eso.

No creo que tengamos que perder la vida necesariamente, o peor, innecesariamente. Morir en vida, claro, no vivir después de morir que es otra cosa muy distinta; seguramente también un engaño, una patraña, una mentira.

Estoy seguro que casi nadie lo cree, nadie cree que morirá, mienten cuando dicen que sí. Lo que ocurre es que no se atreven a manifestarlo en público

La “Naturaleza muerta” es la expresión que el castellano utiliza para plasmar las cosas inanimadas, término sin duda fatalista y rotundo, poco dado a la sutileza, incluso contradictorio. Los castellanos no han sido nunca buenos filósofos. Santos sí, místicos o guerreros, artistas también, pero no filósofos.

Los anglosajones en cambio, irónicos ellos, a la “Naturaleza muerta” la llaman “still life”, “casi vida”, “aun en vida”, "todavía viva". Parece una broma macabra, una buena ironía del mejor de los humores negros. Aunque la fotografía que nos encabeza el texto, realizada por Sally Mann, nos desabrocha el estómago porque nos muestra el sarcasmo y la verdad del vivir y el morir.

Pero también nos tienta y seduce esa lógica. Ese orden distinto, quizás un preámbulo, un aperitivo de eso que habrán de encontrar aquellos que tengan la desdicha de morirse.

¿Qué clase de alfabeto usan los muertos? ¿Es esa niña una niña?, ¿o es el aliento de algún monstruo al que todavía no han puesto nombre?

Yo creo que ninguna de las dos cosas, y las dos cosas al mismo tiempo. Creo que es un ángel, un ángel que se ríe.

¿De qué se ríe?

Se ríe de la risa. Que es una manera divertida y sencilla de estar poco cuerdo, porque los ángeles están un poco locos, por eso son eso que son.

¿Ángeles?

No, amnésicos. La eternidad no se puede recordar toda, es imposible, es demasiado larga, o rápida, por eso ríen, porque no pueden recordar casi nada. Excepto su propia risa.

En la eternidad no hay diferencia entre un segundo y un eón.

Ése es el mundo del más allá. El que nos espera si nos morimos.

Y sinceramente no me gusta. Prefiero seguir estando vivo. Aunque sea “still life”, o si me apuras, medio muerto.

O lo que sea.

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