jueves, 3 de noviembre de 2011

El peletero/Mario (2 de 3)

2.
En el segundo de mis únicos tres viajes cobré mi primera venganza, uno de los hombres que zarpó conmigo era un matón de la gente que ayudó a Catilina y uno de los asesinos de mis padres, le hice un favor degollándolo, me di cuenta al ver su miedo, y cómo movía los brazos asustado, que no sabía nadar, se hubiera ahogado al hundirse el barco. De todas formas, siempre es mejor para el estómago beberse la propia sangre que el agua marina que, ya se sabe, no calma la sed y produce llagas que al final terminan por matarte de peor manera.

Solamente me embarqué una vez más, no estaba dispuesto a ser un náufrago falso cada dos por tres ni que terminarán conmigo las víctimas embaucadas que habían sido traicionadas con su propia codicia. Así mataron a Marco, con saña y de cualquier manera unos que ni siquiera le conocían, pero que se sentían engañados con su propia mentira.

Con dinero de mi hermano, el poco que le quedaba, les compré barato, por el sólo valor de su madera podrida, un bote que ya daban por inútil y habían desahuciado aquellos tramposos que de marinos tenían muy poco. Aquel paquebote podía seguir navegando con unas cuantas buenas reparaciones si el mal humor de Neptuno no se convertía en ira desatada. No obstante, y para más seguridad, no fui más allá de Ostia y de las riberas del Tíber. Fueron años de poco comercio de mercancías y mucho movimiento de personas que iban y venían deprisa o que huían para salvar sus vidas según fuera el bando que ganaba o que perdía. Lo bueno de transportar ciudadanos en los tiempos que corren es que nadie los asegura como si ya fueran cadáveres a los que da igual que entierren, incineren o viertan al mar como desechos que se comerán los peces y las gaviotas. ¿Cuánto vale quien huye?

En estos tiempos de infortunio es mejor ser cosa que persona, los esclavos merecen una tasación de expertos igual que los animales, su valor está en sí mismos, no en sus dueños que pueden ser unos u otros, el dominus no es nadie si pierde su hacienda, sus bienes y si su clientela comete el grave error de equivocarse y favorecer al bando perdedor.

La incertidumbre, el desorden, la violencia, la muerte fácil y la falta de leyes claras acrecientan ese miedo que se confunde con las ansias desaforadas de vivir y la prontitud, apresuramiento y urgencia en la satisfacción de los anhelos como si fueran el último deseo de los que saben que morirán pronto. Hay más barrigas preñadas en Roma que cadáveres en los campos de batalla.

Así vivimos Fulvia y yo, deprisa y con avidez, sabiendo que el tiempo se nos estaba terminando a los dos, el mar se secaba, se moría y con él los dioses y los monstruos que lo habitan, la esperanza y el fulgor de nuestros ojos también, todo concluía, las madrugadas y los atardeceres y el tiempo de estar juntos.

Al fin y al cabo estos ajustes de cuentas en los que se pagan las deudas con las cabezas cortadas de los deudores no propician las artes, ni las pictóricas ni las escénicas y Fulvia no encontraba a nadie, fuera de mí, que quisiera oír sus versos. Los artistas son miedosos por naturaleza y mucho más corruptos que los políticos profesionales aunque siempre sean ellos, esos artífices virtuosos, los que se llenan la boca con las mejores intenciones, el aplauso es una droga que pocos saben rechazar y prescindir, la vanidad los confunde al cegarles y no les permite ver qué bando vencerá ni quién volverá a pagar su salario del miedo.

En ese ambiente de fiesta circense y miseria, y después de cinco años, perdí de vista a mi artista, a mi pez alado, ese mirlo negro que como una sombra me miraba cada noche desde el fondo de su miedo, la fuente de todos los deseos, perdí a Fulvia, la mujer que me dio media vida a cambio de posarse en mis ramas desnudas, esa falsa heroína que cada noche me enseñaba cómo se convertía en una mujer cualquiera, en alguien que no necesita ningún escenario y que olía como todas, a pozo. Una mañana se fue sin hacer demasiado ruido y usando pocas palabras para su despedida, ni siquiera se llevó sus pocos enseres que allí quedaron, en la pequeña habitación que compartíamos como si un dios la hubiera raptado, la ventana estaba abierta y así quedaría aunque hiciera sol o lloviera, su hueco era un muro y a su través ya no podría entrar ni el mal ni el bien ni el viento.

Con ella, pensé dolido, me vendí barato porque sólo tenía mi vida que dar a cambio. Me decía a mi mismo que le decía que la amaba cuando no creo haber amado nunca a ninguna mujer más que a mi madre, siempre sentí, sentí entonces al irse, que hacerlo sería traicionar a alguien, tal vez a la niña que jugaba conmigo cuando yo también lo era, no mayores los dos que un par de garbanzos a medio cocer, en esa niña de mi infancia, invisible y lejana, me refugié para matar a esa otra que se había marchado anteayer.

Cayo y yo seguimos viviendo de nuestros pequeños transportes, llevábamos y traíamos toda clase de cosas y seres, baúles y arcones, sin asegurar nada ni preguntar demasiado el nombre de sus dueños. Era curioso, nadie sabía con certeza de dónde venía ni a dónde iba y esa es siempre la señal de que las cosas no marchan bien.

En uno de nuestros transportes llevamos una patricia de Roma a Ostia donde la esperaban gente de su confianza, la custodiaba uno que reconocimos enseguida Cayo y yo, era el segundo de los asesinos de nuestros padres. Le contamos a la patricia la situación y nos ofrecimos nosotros mismos como guardianes, le dijimos sin ambages que íbamos a matar a aquel tipo y que a ella le convenía dos vigilantes mejor que uno, pero que en aquella barca no cabíamos tres hombres, aceptó y se lo tomó demasiado al pie de la letra al pedirnos, después de ver la sangre correr y la cabeza de su custodio separada del cuerpo por nuestra espada, que compartiéramos, Cayo y yo, su lecho con ella. Rehusamos educadamente y la entregamos, como habíamos acordado, sana, salva y honrada, aunque la verdad también un poco confundida y decepcionada por haber visto solamente sangre derramarse.

2 comentarios:

Miquel dijo...

El tiempo pasa rápido. Ha sido así en todas las civilizaciones...y seguirá siéndolo..

El peletero dijo...

Así es, apreciado Miquel, si no muriéramos pasaría despacio, esa es la grandeza de los humanos.

Saludos.