lunes, 30 de abril de 2012

El Peletero/Mientras existían los soviets


Hemeroteca peletera.

Mientras existían los soviets

Hace dos semanas y media que no cambio las sábanas como si en mi cama no durmiera nadie porque no estoy del todo seguro que en ella duerma yo. Sin embargo, a veces me encuentro, debajo de las mantas, y como pétalos marchitos dentro de cajones, alguna chica perdida y desconcertada que no sabe ni de dónde viene ni a dónde va, y que, para bien o para mal, no usa pijama ni falta tampoco que le hace. No deja de tener su gracia y su interés.

---------------------------------------------------------

“(...) Al entrar en la cuestión Unión Soviética, desde el primer momento pisamos un terreno harto confuso. El Estado de antaño ha dejado de existir, pero ¿qué hay en su lugar? Se ha derrumbado la estructura vieja, pero no se ha creado una nueva para sustituirla. Se ha producido una dispersión de los centros de poder, de los problemas y de los conflictos. Ante esta nueva realidad los rusos suelen hablar de “espacios” (“posttranstvo”). Nos encontramos, pues, ante unos enigmáticos “espacios”, como el económico o el militar, sin que podamos identificarlos con unas estructuras claras y nítidamente dibujadas. Y éste es el primer gran problema.

Sin ir más lejos, toda la prensa del mundo no para de escribir: Boris Eltsin, el presidente de Rusia. Sin embargo, vista desde la óptica del estado y del derecho, no hay tal Rusia. Rusia, pura y simplemente, no existe. Elsin es el presidente de la República Federativa Rusa en cuyo marco no se sabe dónde empieza Rusia y dónde termina. En cambio sí es sabido que el territorio de la República Federativa Rusa alberga a treinta y cuatro países –entre regiones, territorios y repúblicas autónomas- muchos de los cuales manifiestan ya muy fuertes aspiraciones nacionalistas. Y no tienen ningunas ganas de someterse ni a los dictados de Rusia ni a los de Eltsin. Así pues, tras el derrumbe de la URSS, sigue una segunda etapa del desmoronamiento de la Federación Rusa. (...)”

(“Mientras existían los soviets”, Ryszard Kapuscinski. La Vanguardia de Barcelona, 24 de noviembre de 1.992)

---------------------------------------------------------

Estoy haciendo mudanza y aparte de los ojos, las manos, el labio superior, los dos testículos y la pierna derecha que no puedo llevarme conmigo, he de decidir qué cama, de las cinco que tengo, meto en la mochila. Me cuesta tomar una decisión y elegir una, habré de llevarme el saco de cuando hacía acampada y existían los soviets.

8 comentarios:

Marga dijo...

Nunca supe cuándo se han de cambiar las sábanas, salvo eventos necesarios. Qué es lo sensato, me pregunto. Pero no sé si la sensatez y las sábanas van de la mano. Como tampoco sé si las mudanzas lo son. Recuerdo la última y aún me culebrea el estrés.

Sentirían los rusos federales la misma inquietud? cambiar de fronteras debe suponer mayor convulsión. Ays.


Me encanta Kapuscinski. Mi preferido es el historias con Herodoto pero no desdeño ninguno de sus otros libros leídos por mí. De su mano he conocido mucho mundo y eso siempre se agradece.

Ah y las pieles, esas de la foto, me causan más repelús que las mudanzas y las sábanas con "bolitas". Todo junto.

Vale, ya no se me ocurre que más comentar.

Beso sus carrillos.

mi nombre es alma dijo...

El tiempo de mudanza, aún habitando una casa y teniendo una cama, es aquel en el que no se reside en ningún sitio, como si la idea de marcharse lo impregnara todo de decadencia.

El peletero dijo...

Pues ya ha comentado mucho, querida Marga, gracias por ello, ya sabe que un blog sin comentarios es igual que un bebé sin besos, no crece ni prospera adecuadamente. Espero, sin embargo, que la contemplación de la imagen que encabeza mi texto no le haya provocado dolor de vientre, diarrea, náuseas o jaqueca, o alguna clase de prurito dermatológico o urticaria virulenta que aleje a sus admiradores, no me gustaría que así fuera, me sentiría responsable por ello. Piense que el significado de las cosas y de los entes se encuentra más allá de ellos mismos y de nosotros cuando nos desprendemos de afinidades, simpatías o antipatías, prejuicios emocionales como los amores que nos han abandonado o que nunca nos han hecho caso. Un árbol puede convertirse en el ser más monstruoso del Universo o en todo lo contrario, en una forma que ilustra perfectamente la alegría y el esplendor. Pero nadie, supongo que ya lo sabe, le puede contar su vida a otra persona y esperar que se muestre algo más que educada al oírla, yo únicamente lo he conseguido un par de veces en mi vida y de eso hace ya mucho tiempo.

He de reconocer que también tengo mis repelús, le podría contar alguno que no le gustaría oír, pero por educación no se lo cuento.

“Fur Parade”, de dónde he escaneado la foto de las dos chicas con el señor barbudo, fue una revista de la que solamente conservo un par de ejemplares que he logrado rescatar, como unos hijos que se me murieron, de mi casita del árbol que de tanto crecer me echa ahora de sus ramas. Ella ejemplifica toda una época de diseño y publicidad gráfica, un verdadero patrimonio artístico que ahora está tan de moda en alguna serie que hacen por televisión y los estudios de la famosa Avenida Madison de N.Y. Los colores, la ilustración, la fotografía, las y los modelos y los artículos que mostraban. En este caso un par de preciosos abrigos de visón de los Grandes Lagos, pastel y zafiro, otra buena muestra de artesanía, de saber trabajar con las manos y la cabeza y de aquellas calles de Manhattan, alrededor de la 42, que albergaban los almacenes regentados todos ellos por judíos.

Nada es seguro en esta vida, ni siquiera los pronósticos de alguien tan bien informado como lo fue Ryszard Kapuscinski, que alertaba sobre la desaparición de la federación rusa.

¿Los besos en mis carrillos son a propósito de Don Santiago y los soviets?

Yo, si usted me lo permite, prefiero dárselos en sus mejillas, las dos.

El peletero dijo...

Así me siento, querida Alma, completamente desubicado, sin casa ni baldosa en la que depositar mis pies, parece que me hayan quitado el nombre y que ahora deba buscarlo en una laboriosa navegación interna por mi alma, algo en lo que usted ya debe de estar acostumbrada. Es igual que mudar la piel como hacen las serpientes en general, incluidas las anacondas.

Saludos.

Antígona dijo...

Siempre he odiado las mudanzas, estimado Peletero. Ante todo, porque ante ellas uno se ve obligado a enfrentarse a tantos viejos cachivaches que ya ni se acuerda que tenía guardados por los cajones o escondidos por los armarios y a la decisión de si los lleva consigo o los abandona definitivamente. Tantas cosas del pasado se le vienen a uno encima a través de tales encuentros inesperados, que la decisión siempre me resulta angustiosa. ¿Cómo voy a desprenderme de esto, me pregunto, aunque ya no vaya a utilizarlo nunca más, con la cantidad de recuerdos que ha despertado en mí al descubrirlo? En cada una de esas cosas que vamos acumulando por los rincones sin darnos cuenta se esconde un trocito de nuestra vida, y nos da la impresión de que tirarlas sería lo mismo que tirar a la basura la memoria de ese trocito de vida que quién sabe si recobraremos otra vez sin la presencia de ese objeto.

Supongo que me angustia el olvido. El olvido de todos aquellos momentos que me condujeron a ser quién soy. Quizá parto de la idea de que sólo la memoria me permite comprenderme en el presente y me angustia la incomprensión y todo lo negativo que podría desprenderse de ella.

Pero es un hecho que el olvido es necesario, a la vez que benéfico. Para construir algo nuevo, son necesarios espacios vacíos. De ahí que los derrumbamientos no sean intrínsecamente malos, si uno se dedica después a desescombrar adecuadamente para que surjan.

Besos con la mochila medio llena.

El peletero dijo...

Querida Antígona, no podría haberlo dicho yo mejor, es como cuenta usted aunque esa apelación al olvido me produce escalofríos porque ella, igual que la memoria, no es gratis. Nada lo es, todo tiene, sino un precio, un coste.

La casa, y lo que en ella y fuera de ella ocurre, es una las mejores metáforas para expresar la condición humana perpetuamente nómada. A fin de cuentas, todos estamos viviendo en hogares provisionales y ajenos, como Ruth, el personaje bíblico, usando, o abusando, de la hospitalidad de los otros.

Por ello el verdadero hogar se encuentra en nuestra memoria y yo no creo, querida amiga, que el olvido sea un requisito para iniciar nuevas empresas, más me parece una amputación que nos ata a una extraña silla de ruedas que otros deben empujar por ti. Así hay que hacerlo con personas ancianas que van perdiendo su vida a pedazos igual que se la cortaran a machetazos. Al final sólo queda una cara de perro paradójica y completamente humana, la más humana que jamás hemos contemplado, unos ojos que nos miran como nadie antes lo ha hecho.

Unos ojos y una sonrisa, la más bonita del mundo.

Saludos.

Antígona dijo...

Estimado Peletero, mi apelación al olvido es más deseada que vivida. Pues, en mi caso particular, ponerme de cuando en cuando un tanto nietzscheana y recordarme sus virtudes –que las tiene- me resulta un ejercicio necesario de higiene mental y vital dado que mi tendencia natural es más bien la de quienes se aferran en exceso a la memoria y no pueden dejar, a la postre, de acabar experimentándola como un lastre.

No obstante, y precisamente porque no me sale así como así, sí creo que el olvido es tan necesario como la memoria, si bien todo depende de qué se olvide y qué recuerde de la vida de uno. Ambos recursos pueden ser tan proveedores de verdad como de falsedad. Quién sabe, sin embargo, cuál es la instancia que nos permitiría recordar y olvidar aquello de donde emerge la imagen más verdadera de nosotros mismos y, por tanto, la que mejor puede ayudarnos a comprendernos y a guiar nuestros pasos. La memoria es a veces aún más traicionera que el olvido.

Gracias por los ojos y esa bonita sonrisa. Sigo tratando de imaginar su forma y su belleza.

El peletero dijo...

Comprendo lo que quiere decir, querida Antígona, y en buena parte coincido con usted, pero hay una expresión cristiana, que seguramente a usted no le gustará, pero que con su permiso expongo al ser un buen complemento necesario del olvido: el perdón.

Creo que perdonar, perdonarse a uno mismo también, expresa de una buena manera lo que queremos afirmar cuando hablamos de olvido, del buen olvido, sin la idea de perdón todo se reduce a un fenómeno demasiado neurológico y frío, a un agujero.

Esta es la sonrisa más bonita del mundo:

http://el-peletero.lacoctelera.net/post/2006/08/22/el-peletero-desmemoriado

Y esa otra algo relacionada con ella:

http://el-peletero.lacoctelera.net/post/2007/09/15/el-peletero-la-sonrisa-mas-bonita-del-mundo


Besos.