lunes, 21 de septiembre de 2009

El peletero/El tiempo/Mañana (1 de 3)



1 Diciembre 2008

Debía de haber hecho el pago el pasado día 29, hoy estamos a 8, apenas han pasado 10 días. La deuda no alcanza los 250 euros, pero aunque es una pequeña cantidad me es imposible hacerla efectiva.

Desde hace cuatro días me llaman cada tarde, y me repiten las mismas palabras exigiéndome el pago inmediato. Yo les respondo que podré hacer el correspondiente ingreso o transferencia el próximo día 20, de aquí a doce días. Ellos me indican que no pueden esperar tanto, que debo regularizar la situación mañana sin falta. Me dicen también que firmé con ellos un contrato y que debo cumplirlo. Les respondo que el primer interesado en solucionar esa desagradable situación soy yo mismo, pero que antes del día 20 me será imposible. Ellos insisten en que no pueden esperar, y que esta demora en la cancelación me va a generar intereses y comisiones. Les digo que lo comprendo, pero que hasta que no llegue el día 20 no podré pagarles; añado que esa información ya se la he comunicado a otros compañeros suyos que me han llamado los días pasados. La persona que está al otro lado del aparato me responde con el mismo tono de voz, pausado, educado, con esa dulce melodía latinoamericana, que me llamarán cada día hasta que yo realice el pago. ¿Cada día?, pregunto, sí señor, me responde tranquilo, cada día, todos los días de la semana y del año, aunque sea bisiesto, incluso en Navidad o fin de año. Me callo, no digo nada ni nada respondo. Mi interlocutor entonces rebobina la cinta y vuelve a empezar preguntándome si será posible que yo realice ese pago mañana mismo, que es lo más conveniente para mí para no generar gastos innecesarios. Le respondo una vez más que no, que no podrá ser hasta el próximo día 20, de aquí a doce días, él me contesta que no pueden esperar, que debo conseguir el dinero como sea y pagarles mañana. Les reitero que no puedo conseguir ese dinero. Por fin me dice que entonces irán llamándome hasta que yo les pague, me desea que pase y que tenga un buen día, lo hace con esa cantinela y en esa fórmula educada que usan esos países americanos. Yo le respondo que también le deseo a él que tenga un buen día.

Y colgamos.

No son unos mafiosos. Esos con los que hablo no son nada más que una variante contemporánea del esclavo, unos empleados que por poco dinero defienden los intereses de una gran corporación bancaria mundial con sede en los Estados Unidos de Norteamérica. Que sean de allí no tiene la más mínima importancia ni revela tampoco nada especial o singular. Yo soy un ferviente admirador de los USA y de su cultura política. Ya me he visto en otras épocas en circunstancias exactas a ésa que he descrito con bancos de aquí. En este caso, como en otros, debemos recurrir a la teoría del bosque y no a la del árbol. Todos son iguales. Mi experiencia acumulada me sirve para enfrentar la situación con humor y filosofía británicos, saber trocear y compartir el disco duro de mi cerebro humano para saborear los momentos escasos y dulces del día, sin tener que preocuparme o afligirme por un mañana funesto e ineludible.

Durante esos próximos doce días que faltan para poder realizar ese maldito pago tengo 16 cortos euros para sobrevivir. Yo creo que serán suficientes para comer, tengo la despensa bastante surtida y creo que excepto los yogures y el pan, nada más deberé comprar. Quizás sí alguna manzana y tal vez un poco de pollo. Poco más, creo. Podré subsistir. En último término me quedan los amigos a los que puedo pedir que me inviten a cenar algún día en sus casas a cambio de no importunarles demasiado con esa manera mía de ser, seca y destemplada, ni tampoco sacando a relucir mi pobre y lamentable situación económica. Ellos no quieren oír problemas y mucho menos de personas cercanas y queridas como sus propios amigos, en este caso yo. Es curioso, puedes escuchar lamentos o descripciones difíciles de penas y tragedias mientras los protagonistas sean desconocidos, o al menos personas con las que no te sientes vinculado y por tanto obligado a nada. Un amigo es distinto, con él nunca sabes si debes ayudarle, de qué manera, con qué y hasta qué punto.

La amistad es una relación ambigua y extraña. La familia es diferente, en ella no caben dudas. Por esa razón, cuando se es adolescente, se prefieren los amigos, se dice la tontería esa de que a ellos los eliges y que en cambio la familia te viene impuesta por el azar y la genética.

Esa es también la razón del éxito espectacular de las relaciones por Internet. En la red se crean grandes amistades resguardadas por la distancia y en muchos casos por el anonimato que te protege y preserva de los demás y te impide sentirte obligado con ellos. Es todo un mundo de palabras. Nada más.

sábado, 19 de septiembre de 2009

El peletero/El tiempo/Hoy (y 5)


28 Noviembre 2008

Al huir uno tropezó, y al caer se rompió la muñeca al poner las manos en el suelo, al levantarse le hirieron en la cara, pero logró regresar con media boca rota y los dientes colgando.

Ellos querían cortar el camino que salía del pueblo y que todavía manteníamos abierto. Por él nos llegaban los suministros. Cerca, tras una curva que protege una loma baja, nos despiojamos el otro día ella y yo. Era una manera como tantas de jugar al amor, besarnos y acariciarnos mientras nos reventábamos los piojos entre nuestras uñas sucias. Manchados el uno del otro le bañaba el cuerpo con mi semen acuoso y ella sonreía y se dejaba lavar, salpicar y manchar con eso, y mientras se dejaba y sonreía pedía más, y yo hacía lo que podía y lo que podía era todo lo que yo sabía hacer, que no sé si era mucho pero era todo lo que tenía y todo eso lo soltaba en ella como prenda de mi amor. Eso le decía que era y ella sonreía todavía más al escucharme decirlo sin dejar de mirarme y sonreír, agarrándome del pene y pidiéndome más.

Al oírla vi un mirlo quieto.

Y recordé que no recordaba pájaros volar.

Unos estábamos quietos y los demás estábamos muertos, o viceversa, en cualquier caso éramos nosotros, ese era el resultado de hoy.

Hoy nos matábamos los unos a los otros y mañana sería a la inversa. Eso fue todo y nada más. Nada más que eso que fue todo y nada.

La guerra cansa, pero más cansa la batalla. Se cansaron y empezaron a parar para descasar. Paramos todos lentamente, despacio, disparo tras disparo el cielo sucumbió como el mismo mar, para al final, ceder al silencio.

…pude ver el fogonazo con mi ojo derecho y agachar la cabeza, ella estaba de espaldas y cayó casi porque sí…

Todo eso sucedió hoy.

Como cuando tú te callaste.

Esa mudez no tiene nombre, ni una palabra que la denomine, creo que sé lo que es, pero es algo que no se puede nombrar, no hay boca que sea capaz ni tampoco ningún cerebro competente que la pueda imaginar, edificar y erigir. Nadie puede decir tal palabra en voz alta para que todos la oigan, no es posible, no puede ser, hay que morir ocho veces y media, creo, para tener tal potestad, y ni siquiera Dios ha muerto tantas.

viernes, 18 de septiembre de 2009

El peletero/El tiempo/Hoy (4 de 5)


27 Noviembre 2008

La rosa se hundía cada vez más y yo quería robársela a la cueva y al río que ella buscaba y que nunca fui yo.

Alguien gritó algún insulto y después de él alguien se rió a lo lejos. Empezaron a gritar sin dejar de disparar y sin evitar que los troncos se partieran y las ramas emprendieran el vuelo con sus hojas verde oscuras teñidas de agua de lluvia y de un amor lejano, una ternura nebular, una añoranza infantil con el miedo de nuestra madre incrustado en sus manos que nos acariciaron cuando todavía no habíamos nacido.

Unos amenazaban con matarnos a todos después de cortarnos los pies y las manos. Otros querían arrancarnos la lengua y las orejas. Y luego había quien también quería cortarnos los párpados y dar el resto a los cerdos o a los jabalíes y a los perros salvajes que liberados había por allí. Nosotros respondíamos con otros insultos y terminábamos todos matando a la familia antes de habernos matado entre nosotros.

Yo me reía mientras lloraba al verla muerta a mis pies.

…una añoranza infantil con el miedo de nuestra madre incrustado en sus manos que nos acariciaron cuando todavía no habíamos nacido.

Aquellos ocho que quedaban de los doce de la mañana seguían inmóviles, y echados en el suelo, esperando que llegara la noche para huir. Allí estaban enfangados y sin pestañear y a diez metros de ellos su tanque agujereado. A uno de los nuestros se le ocurrió que había un ángulo ciego desde algún punto y que podía llegar hasta el tanque, parapetarse y lanzarles alguna granada a esos que estaban allí, quietos. Así lo hizo, ése y un par más que le acompañaron. Estaban locos o borrachos, no sé, ¿para qué los querían matar si se estaban quietos? Lanzaron cuatro ganadas, nada más que cuatro, las conté y no sé si consiguieron matar a alguien, pero un obús les cayó cerca y huyeron. Al huir uno tropezó, y al caer se rompió la muñeca al poner las manos en el suelo. Al levantarse le hirieron en la cara, pero logró regresar con media boca rota y los dientes colgando.

La idea era cercarnos, llevaban ocho meses así y todavía no lo habían conseguido. Los teníamos encelados dando la sensación de debilidad, evitando evacuar definitivamente el pueblo. Eso producía muchas muertes, era un desgaste atroz, pero servía de algo, creo. Podían estar dos o tres semanas sin disparar una sola bala, para luego pasarse mes y medio dándonos a entender que se había desatado el apocalipsis encima de nuestras cabezas. No sé por qué hacían eso, quizás nos querían poner nerviosos, pero yo creo que esa era la señal de que estaban más locos que nosotros. Era casi como una relación amorosa, tan cansada como ilusoria. La mejor trampa siempre es uno mismo, cuando te juegas la vida el otro cree que eres sincero. Nos querían envolver, y nosotros, en su debido momento, los cercaríamos a ellos. Debíamos llevarlo acabo antes de los próximos seis meses, no aguantaríamos mucho más de un año dando a entender que estábamos a punto de sucumbir, pero sin llegar nunca a rendirnos, cada día a punto de huir como ovejas asustadas, para continuar, en cambio, clavados impertérritos en el suelo como estacas de palo alto, lengüetas sonoras de palo santo. Casi parecía amor. Nos estábamos acostumbrando a eso, el uno al otro, buscando al mismo tiempo la manera de deshacernos el uno del otro, sin conseguir nunca del todo dejarnos sin oxígeno para respirar. Haciéndonos todo el daño posible sin matarnos nunca del todo. El amor es casi como la guerra y la guerra es casi como el amor. Eso es casi como todo.

jueves, 17 de septiembre de 2009

El peletero/El tiempo/Hoy (3 de 5)


26 Noviembre 2008

Uno de ellos al echarse al suelo rebotó en una piedra, debió golpearse y asomó el cuerpo con su cabeza, lo maté yo mismo desde unos sesenta metros.

Inmóvil, tenía ganas de algo que no sabía qué era pero que sabía que no era hambre. Fuera lo que fuese no me bajé los pantalones para hacer eso que me exigía el cuerpo, lo hice así, tal cual, casi porque sí, sin bajarme los pantalones ni los calzoncillos que no sé si llevaba, en ellos hice algo que quería hacer, creo que era necesario, que fue inevitable, lo hice sin dejar de disparar, también era ineludible no dejar de hacerlo, disparaba sin bajarme los pantalones. Las heces resbalaban por mis piernas y se amontonaban encima de mis zapatos con el agua y el fango, el rifle automático humeaba con el calor y la lluvia.

A mis pies empezó a formarse un río, era uno más que buscaba el mar.

El mar.

A lo lejos el mar se hundía justo en el centro de la tierra hundida en sí misma.

La rosa crecía también bajo la tierra cubierta por el manto de musgo empapado por aquella agua que no era la suya. Encima el árbol, sus ramas apuntaban al cielo, era un árbol sin ojos que no me miraba. Los árboles no miran a nadie mientras les crecen las rosas debajo ni tampoco cuando las hojas le roban la luz a Dios.

La rosa se hundía cada vez más y yo quería robársela a la cueva y al río que ella buscaba y que nunca fui yo.

La miré. Tenía los ojos cerrados como un árbol pero solamente estaba muerta de muerte, de un ansia asesina que apenas conocía todavía, era demasiado pronto para ella, aun era temprano. ¿Me amaste?, le pregunté de nuevo, y no me respondió aunque ya no esperaba ni necesitaba que lo hiciera. Al menos no en aquel momento, no cuando se mata.

Ya no podía verla. Se iba precipitadamente, sin agonía, así se murió, sorprendida por morirse y por morirse deprisa.

La rosa abre cavernas en su lecho seco.

La rosa entristece mi deriva viva mientras disparo desde lejos y no puedo ver, porque no soy capaz de mirar el rostro de los míos, ni a mis vivos ni a mis muertos pues no distingo los unos de los otros y casi tampoco distingo los míos de los ajenos excepto porque ambos me matan igual.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El peletero/El tiempo/Hoy (2 de 5)



25 Noviembre 2008

Lo soltaban todo, y algunas cosas más que ni ellos mismos sabían qué era.

No sé todavía si me amaste, le dije. Le dije eso o algo parecido a alguien, pero cuando quise decirle eso es cuando el más anciano de todos nosotros empezó a danzar y a tocar el violín.

Era la música de las montañas que picudas se plegaron para dejar de ser estepas y llanuras interminables y planas y que en otra época habían sido incluso viejos lechos de mares desaparecidos y que ahora cimas y valles negros, pozos, vaguadas, desfiladeros, cañadas, montículos y gargantas estranguladas llenas de árboles necios.

La rosa estaba escondida tras aquella montaña presente, bajo un árbol que crecía encima altivo y solemne. De su lado disparaban recostados unos hombres sobre un manto de hiedra, sus ropas empapadas. Uno cayó cerca malherido, los míos lo apresaron todavía vivo, lo acuchillaron y lo tendieron desnudo en lo alto de una roca para que fuera visto como un saco vacío. Era una bandera. Me alegré. Y me gustó verlo muerto y castrado en una escena bella y ensoñadora. La muerte propia o ajena es una manera como otra de imaginar.

…de su lado disparaban recostados unos hombres sobre un manto de hiedra…

…susurré mientras los veía, mientras los veía susurrar.

Trataron de avanzar por la derecha parapetándose en un blindado viejo que más parecía un tractor estropeado que una mole de matar. Querían asustarnos con aquella máquina que disparaba sin demasiado tino. Si eso tienen, pensé, es que les faltan cinturones para sujetarse los pantalones y lazos o cordeles para atarse los zapatos, deben ir descalzos o con alpargatas como ése que acabamos de matar. Todavía tiene los testículos en la boca, diez metros más y lo verán crucificado en la roca. En realidad vienen a por él, quieren rescatarlo de esa piedra de la que cuelga. A nosotros nos faltan tanques pero nos cubre más barro que a ellos y tenemos mejor ojo y más modernos rifles. Con sólo dos disparos matamos a dos que iban delante. El carro siguió avanzando. Otro disparo más y cayó el tercero de aquella docena que venían a rescatar a su compañero, los nueve que quedaban se pararon en seco y se echaron al suelo, la máquina seguía imperturbable y directa hacia dónde nos encontrábamos medio escondidos y hundidos en la tierra. Uno de ellos al echarse rebotó en una piedra, debió de golpearse y asomó el cuerpo con su cabeza. A ése lo maté yo desde unos sesenta metros. El blindado se paró, chirrió y sacó humo por sus juntas, se postró medio metro en un hoyo lleno de lluvia, piedras y algo de carne de un cadáver suyo o nuestro. Le disparamos una granada antitanque que le dio en plena barriga, se abrió la escotilla por la presión desde dentro, pero no salió nadie, solamente una humareda negra y algún quejido. Los ocho que quedaban no se movieron ni nosotros nos acercamos, ni siquiera cuando la lluvia arreció, no se veía nada a dos palmos, pero nadie se movió, ellos estaban en nuestra tierra de nadie y a nosotros nos seguía cayendo encima todo el granizo de la creación.

martes, 15 de septiembre de 2009

El peletero/El tiempo/Hoy (1 de 5)


24 Noviembre 2008


Como cuando tú te callaste.

. . . . . . . .

Hoy estuvieron todo el día disparando. Lo soltaban todo. Desde fusilería y morteros hasta artillería pesada, y creo que algo más que no sé qué era.

Empezaron temprano, yo miraba al norte y pude ver el fogonazo con mi ojo derecho y agachar la cabeza, ella estaba de espaldas y cayó casi porque sí.

La bala le entró por el riñón izquierdo y le salió por el estómago, salió de ella y ella brotó de aquel agujero de bala y con ella se escapó algo más que un líquido trasparente que parecía agua.

Se dio cuenta inmediatamente que se moría rápido, casi porque sí.

Creo que porque sí empezó a llover agua y algo de fango, era agua sucia. Tronó y relampagueó de verdad mientras aquellos disparaban también de verdad. Del cielo caía de todo.

No sé todavía si me has amado, pensé, mientras la miraba morirse deprisa.

Mi mano trató de evitar la hemorragia. Dijo algo, me miró, sonrío y murió.

Lo soltaban todo, y algunas cosas más que ni ellos mismos sabían qué era.

Me arrodillé, agarré el fusil ametrallador, monté el arma, asomé la cabeza y comencé a disparar mientras ellos nos disparaban.

Mientras ellos nos disparaban…

…nosotros también les respondíamos con todo lo que teníamos que no era mucho pero era lo que había y lo que había lo lanzábamos como podíamos con todo el dolor de nuestros cuerpos abatidos y nuestros corazones abandonados en el camino que lleva al mar…

…por ese camino corríamos desesperados y huíamos y disparábamos y mientras partíamos y nos íbamos buscábamos el rumor de alguna ventana abierta en una puerta erguida o el olor de tu falda rota que rota aleteaba y volaba y con ella nos elevábamos y nos caíamos y mientras disparábamos llovía agua de verdad y tronaba fuerte desde aquellas nubes que llenaban todo el cielo que nunca más volvió a ser inmaculado…

…ella yacía a mi lado embarrada cuando me di cuenta que yacía a mi lado embarrada.

lunes, 14 de septiembre de 2009

El peletero/El tiempo/Ayer (y 4)


20 Noviembre 2008

Exceptuando las ideas -ella no tenía demasiadas- su caso parecía que era un buen cóctel de todo eso, una mezcla confusa. Pero no era exactamente así.

Una vez me dijo: “has robado mi nombre, no sé quién soy”

“¿Y cómo crees que he hecho tal cosa?”, le pregunté.

“Hablando por mí, enmudeciéndome”, me respondió con su extraña capacidad de sonreír sin iluminarse.

Yo nunca he hecho tal cosa, te confundes, le dije, simulando una caricia con mi mano, intentando una que nunca iniciaba y que siempre le prometía, pero que nunca terminaba porque nunca empezaba. Era uno más de mis gestos, una manera de hacer sombra, de tapar la luz, la luz de la lámpara del salón, de la mesita de noche de la alcoba, las luces esas que viven de la oscuridad de las habitaciones, esas luces que habitan en las casas donde vive la gente.

Mi mano la tapaba. Tapaba la luz, o alguna clase de luz, esa que rebota en las paredes, esa que brilla como luciérnagas o cerillas que se apagan. Chispas y destellos. Mi mano tapaba el fulgor, que no la claridad, y ella no sabía refulgir, apenas pestañear, y pensaba que yo era su noche.

Mi asesino barato cumplió con su obligación profesional y me mató. Lo hizo al salir de uno de los ascensores del hotel, al llegar al rellano de mi habitación, al abrirse las puertas automáticas, al mirar al frente, al ver la pintura aquella de la pared del otro lado, del otro lado que había en la pared de enfrente, la que había tras su espalda ancha, un desnudo amarillo recostado entre sábanas rojas y oscuras por la falta de luz, y porque todavía no era de noche. Todavía no aunque casi sí.

Acertó. Era fácil hacerlo a medio metro de distancia.

Usó un revólver como yo le había pedido, no me gustan las pistolas, tienen un ruido de saco terrero cayendo, en cambio el estampido de los revólveres es más metálico, algo más gutural. Si la bala no acierta contigo parece un grito asustado. Si te hiere no lo oyes, como si te hubieras quedado sordo, pero si te mata es el estruendo de un sol hinchado de helio. Un globo de nada explotando en algo. Creo que explotando ayer.

Ayer.

Todo sucedió ayer.

Soy bueno preparando trampas, mi asesino fue una de ellas, no sé si la mejor pero sí la última. Hube de esmerarme, mi vida era lo que colgaba del anzuelo.

Mi vida fue un billete que ella compró, un pasaje que ella tomó. Fue su decisión, era su viaje.

Yo escribo de una manera rara, pueden parecer extrañas las cosas que digo y que relato. De ellas alguien puede llegar a conclusiones equivocadas. Es su responsabilidad y es consecuencia de su capacidad para interpretar lo que se cuenta, y lo que se cuenta lo cuento yo. Yo cuento lo que quiero y lo que quiero es contar lo que yo quiero.

Hubo un juicio un tiempo después. Ella fue sospechosa de ser la inductora de mi muerte, pero la absolvieron por falta de pruebas. Con ello consiguió algo que no puedo explicar pero que sospecho. Creo que sé qué es, pero es algo que no tiene nombre, no porque no lo tenga y sí porque no se puede nombrar, no hay boca que sea capaz ni tampoco ningún cerebro competente que la pueda imaginar, edificar y erigir. Nadie puede decir tal palabra en voz alta para que todos la oigan, no es posible, no puede ser, hay que morir ocho veces y media, creo, para tener tal potestad, y ni siquiera Dios ha muerto tantas.

sábado, 12 de septiembre de 2009

El peletero/El tiempo/Ayer (3 de 4)


18 Noviembre 2008

Solamente quedaba firmar eso que parecía ser un divorcio de mutuo acuerdo en el Juzgado correspondiente.

Concretamos el día y la hora.

Cuando nos separamos me fui a vivir a otra ciudad. Le dije, por decirle algo, que había encontrado un trabajo mejor, que allí me pagaban más. Pero me fui porque quería volver, ir o venir, no sé. El caso es que ahora debía regresar para firmar esos papeles, parecía lógico que el divorcio lo tramitara un juzgado donde se había hallado la vivienda familiar, eso que todos llaman hogar.

Me gustó el hecho en sí de regresar. Psicológica y poéticamente daba sentido al acto.

Regresaba para irme firmando un divorcio.

Rompía un contrato y al hacerlo me iba y al irme regresaba.

Tomé un avión, me fui a un hotel y al entrar lo vi.

Sabía que estaría allí esperándome, era el hombre que ella había contratado para matarme.

Sentado y casi hundido en un enorme sofá, aquel tipo intentaba disimular su condición de asesino sin demasiado éxito.

En realidad era un asesino de pacotilla, era un viejo amigo mío de cuando estuve en el ejército. Esa clase de amistades siempre las mantengo separadas de mis otras clases de amistades. Pocos de mis amigos se conocen entre sí, no saben los unos de los otros. Mis conocidos no se encuentran con otros de mis conocidos, no hay que mezclar vidas y sensibilidades diferentes, la calle no es ninguna cocina.

Naturalmente mi esposa nunca supo de su existencia hasta que yo quise. Necesitaba matarme y sin ella saberlo le puse delante al hombre adecuado. Al menos el hombre que debía aparentar ser el adecuado.

¿Por qué mi esposa deseaba mi muerte?

Cuentan que se mata porque sí, por rencor o por codicia. Se mata también por ideas, dicen. Y se mata por miedo.

El rencor se personaliza en alguien, necesita un rostro.

La codicia es abstracta, no tiene forma, siempre termina siendo un pretexto que en algunos casos da lugar a ideas peregrinas de venganza disfrazada de justicia, de daño reparado, de compensación por el dolor sufrido.

La combinación de ambas, rencor y codicia, da lugar al miedo, que es el que en realidad siempre aprieta el gatillo. El asesino es el reptil que llevamos incrustado en el cerebro.

Él es el miedo.

El miedo es un Dimetrodon Esfenacodonto, o algo parecido.

¿Ése era su caso?

jueves, 10 de septiembre de 2009

El peletero/El tiempo/Ayer (2 de 4)



14 Noviembre 2008

No acepté, dinero aparte, se lo cedí en exclusividad.

No quiero hijos, le dije, no me gusta ser padre, aunque ya deberías saberlo, le puntualicé, señalándola esta vez con el dedo índice de mi mano derecha, remarcando el gesto como si ella fuera la culpable de algo. Esta vez no sonrió con ironía, solamente apretó sus labios para luego humedecérselos con la punta de la lengua. Cuando hacía eso se rascaba también el pómulo izquierdo en un tic nervioso, abría la boca como si fuera un pez o como si fuera a decir algo, para volver a cerrarla sin llegar a decir nada. Creo que esa era su manera de gritar en silencio, a secas, un trueno apagado, sin nubes, sin lluvia y sin luz. También podrás quedarte el perro del niño, añadí, como si fuera un regalo que le hacía. Hay gente que hace esa clase de cosas, regalarle un perro a una persona. El caso es que se creyó eso de la paternidad rechazada, en una muestra lamentable y previsible de amnesia interesada y falta de atención por las cosas que ocurrían a su alrededor.

La observé.

Era alta, delgada y esbelta.

Estaba callada y mantenía muy apretados los papeles del divorcio entre sus dedos largos y bonitos. Sus manos siempre fueron hermosas. Tenía un rostro ovalado muy bien dibujado, era una mujer proporcionada, muy hermosa y atractiva y con los ojos más tristes que he visto jamás en un ser vivo.

Miraba los papeles sin leerlos, mantenía la cabeza erguida y la vista baja para después levantarla, y con ella los párpados, y sus niñas oscuras con su punto negro en el centro de ambas y quizás también en su tercer ojo, allí donde tenía aquella pequeña cicatriz, apenas una señal, el resto de una herida, el rastro de un corte en el centro de su rostro, en uno de los dos focos de su óvalo. Tenía otra marca debajo del labio inferior, exactamente allí había otra huella igual, una señal más, la esquina de algo, alguna curva. Nunca encontré la tercera, la busqué por todo su cuerpo y no pude hallarla. Se necesitan tres mojones para triangular, para seguir el trazo. Sin ellos, sin sus coordenadas, no puedes localizar el corazón, no hay manera de saber dónde está, si en el estómago, si en el intestino grueso, si al lado del hígado, o bien dentro de alguno de los dos pulmones, si realmente es endógeno o si en cambio es una especie de prótesis exógena y lo lleva en la mano como un anillo o una ofrenda o tal vez en la mochila que le cuelga de la espalda. La joroba.

Nunca lo supe localizar, ni siquiera auscultándola con el sónar o el estetoscopio como si fuera un submarino o una mujer enferma. Después de hacer el amor recostaba mi cabeza en su pecho, le besaba los pezones, el cuello y acariciaba su esternón. Nunca oí algo más que no fuera el eco de un río subterráneo. ¿Dónde tienes el corazón, amor mío?, le preguntaba. No me respondía, me besaba de nuevo para que la amase de nuevo, pero nunca me respondía. La amaba de nuevo y de nuevo apoyaba mi cabeza en su pecho, besaba de nuevo su cuerpo y de nuevo me estremecía al oír aquel río fluir hacía no sé dónde.

Levantó los párpados sin mover la cabeza, y tras ellos sus ojos que me miraban y trataban de comprender algo. Al hacerlo se encontraba que yo también la miraba.

La miraba con amor.

Mejor dicho, la miraba para que creyera que la miraba con amor.

Eso fue todo, nada más, llegamos a un acuerdo rápido y fácil.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

El peletero/El tiempo/Ayer (1 de 4)



12 Noviembre 2008

Lo había dejado todo en sus manos, nunca me han gustado los trámites, por eso siempre prefiero que cocinen otros si soy yo el que va a comer.

Me había pedido el divorcio y yo había aceptado inmediatamente.

Con una condición, le dije, encárgate tú de todo. Confío en ti, añadí para tratar de dar solvencia a mis palabras.

Sonrió con ironía. Nunca le gustó mi manera de hacer las cosas, ella siempre decía que era una manera de no hacer las cosas.

No sonrías así, le señalé, no tienes motivo, siempre he confiado en ti, desde que te conocí, desde el mismo instante en que te vi, ¿no lo recuerdas?, no debes dudar de ello, no es justo para ninguno de los dos.

Sonrió todavía más, esta vez con amargura y vacilación. Mis palabras la trastornaban, con ellas siempre conseguía que añorara algo que nunca había tenido, que pensara que ciertas cosas habían sucedido, cuando en realidad nada había ocurrido.

Nada.

Aceptó, se encargó de todo.

Nuestros abogados realizaron el trabajo profesional y ella se dedicó a prorratear y a repartir los bienes, los enseres y los seres que habíamos ido adquiriendo y encontrando durante los años de nuestro matrimonio.

Casi lo hizo bien.

Cuando su abogada me entregó la propuesta apenas consideré necesarias un par o tres de rectificaciones.

La primera se refería a la vajilla de mi abuela, Anita, fallecida mucho tiempo atrás. No sé por qué pretendía quedársela, tal vez consideró que era la suya, no tanto la vajilla y sí mi abuela, o al menos su recuerdo, el recuerdo de una abuela a través de una porcelana fina que no le pertenecía.

Me negué, claro está, mi argumento no tuvo vuelta de hoja: es Anita y es mi abuela, le dije rotundo y afectado con un gesto del brazo y la mano izquierdas. Sabía hacer esa clase de aspavientos, siempre me resultaron fáciles.

Creo que se llevó una sorpresa y una desilusión al darse cuenta de una manera sencilla y simple que Anita no había sido nunca su abuela.

La segunda rectificación se refería a nuestro hijo. Ella quería que los dos continuáramos compartiendo la patria potestad del niño, un varón, que aceptáramos las obligaciones y que asumiéramos también las responsabilidades que conlleva educar a un hijo, tal y como habíamos hecho hasta entonces. Era un deseo lógico y natural en una madre normal, que su hijo tuviera también un padre.