sábado, 13 de septiembre de 2008

El peletero/Le gigoló blessé



3 Enero 2007

Me llaman “El Gordo” y cada vez que termino un “trabajo” me embarga esa quietud tormentosa que algunos cursis llaman melancolía. Me sobreviene una tristeza dulce y pegajosa por un ayer que jamás volverá a ser un pasado mañana. No sé si es el dinero que gano con ello o la satisfacción que procuro a mis clientes. Su codicia satisfecha, aquella venganza incubada durante años y por fin ejecutada o la lujuria liberada de su jaula de cristal. Disfruto por mí y por ellos también, me placen mis buenas obras. Por ellas soy conocido y por ellas algunos hasta son capaces de pagar mucho dinero.

Aquella pobre mujer necesitaba eso, dinero y también amor, tal vez sólo sexo, que más da, en cualquier caso quería ser respetada o temida que es lo mismo. Para ello nada mejor que alguien enamorado o sometido que también es lo mismo. A su edad no podía permitirse ser burlada. Estaba cada día más cerca de convertirse en una anciana y eso es algo terrible que sólo el amor, el dinero o una pistola en la boca pueden atemperar. Yo no le podía ofrecer amor, en cambio armas y dinero sí. De todas formas las tres cosas siempre están intercomunicadas, una lleva a las otras. Es un triángulo misterioso en cuyo centro siempre hay el tiempo. Es una carrera contra el reloj, ganar tiempo como sea, arañar tiempo al tiempo. El tiempo, esa cosa tan líquida, turbulenta y desencantada. Asesina.

Ahora era una mujer mayor casi arruinada y con pocos posibles para llenar mis bolsillos insaciables. Años atrás, en cambio, había estado en el centro de algo importante. Había convivido con aquellos que fabrican directamente esa cosa tan hermosa de la que todo emana, el dinero, “l’argent”, decía ella para darse la clase que no tenía. Estaba añorada, melancólica también. No se podía quitar de la nariz aquel olor tan especial que hacen los regalos por abrir. Necesitaba darle un nuevo aire a su vida, una nueva perspectiva, quería que volviese la Navidad, esa visita tan aterradora para algunos que el tiempo nos hace cada año, el mismo día y a la misma hora y que ella llamaba “Noël”. Y pensó en mí, quería que yo fuese Santa Claus aunque no vistiera de rojo y pesara mucho más.

La dama estaba flaca. Sus cincuenta kilos mal contados, contrastaban con mis ciento ochenta y tantos, también mal contados y muy mal repartidos. Medio sentado, medio dentro y medio fuera, incómodo, casi cayéndome, mi gordo trasero no cabía en aquella minúscula silla. En esa postura tan ridícula me confesó su deseo.

Antes he de decir que ella me conocía por mis “trabajos” con el primero de sus maridos. Al volvernos a encontrar después de tanto tiempo y nada más verme, su lengua se encasquilló con su dentadura postiza, mientras su rostro me ofrendaba una mueca de disgusto. Su saludo quedó interrumpido por un balbuceo ininteligible, que yo interpreté con la sorpresa y el desagrado que produce en los demás mi aspecto obeso. Ya estoy acostumbrado. Cuando les hago saber mis honorarios, aun tuercen más el gesto. Yo me río por dentro observándoles como se les desmorona la arquitectura facial.

Me contó que tenía unas viejas y apolilladas cartas y fotografías que comprometían a uno de sus antiguos amantes, tan mayor como ella, pero mucho más rico gracias a un matrimonio oportuno con la hermana de un famoso banquero. Quería que yo organizase el chantaje.

Fue un trabajo fácil y cómodo, este tipo de gente entiende con mucha facilidad cierta clase de argumentos, no tienes que repetírselo dos veces. A fin de cuentas para ellos nada es personal, todo es una cuestión de negocios. Eso es tan así que la que pagó no fue ese vejestorio de amante, de bigote fino y canas teñidas, fue su esposa, la hermana del banquero famoso. Las infidelidades, los asuntos de cama, las perversiones de la libido, son sólo facturas que a veces hay que pagar. El dinero es una magnífica vara de medir y pesar, te ofrece una fotografía muy fiel y es ergonómicamente perfecto, no necesita manual de uso.

A las pocas semanas de haber concluido mis gestiones y mientras me encontraba “convenciendo” a un perito para que subiese la tasación de unas piezas de porcelana de Sèvres, me llamó mi desdentada clienta, desesperada y furiosa. Estaba tan nerviosa que tampoco se le entendía gran cosa con sus dientes danzando dentro de su boca.

La mujer tenía un “secretario” y acompañante asiduo. Francés, joven, guapo y muy atractivo. Este personaje, que yo no conocía aun, había gestionado los escasos bienes de mi clienta, era su pareja en las pocas fiestas a las que estaban invitados. También era su masajista y su osito de peluche en las frías noches de invierno. Su fuerte torso era la almohada donde reposar y olvidar el peso del tiempo pasado. Pues bien, esta perla sin ensartar había desaparecido con el dinero del chantaje. Normal, pensé. Casi me rompe el tímpano al gritarme: ¡je veux mon argent! Mi clienta quería, no sólo recuperar el dinero, quería también que le devolviese a rastras al guapo secretario. Con estas palabras me lo ordenó, esta vez sin francés: “arrástralo ante mi”.

Mire señora, le dije, esto le va a costar mucho más caro. La desgraciada se lo estaba tomando como algo personal, craso error, por eso le subí la tarifa, naturalmente aceptó, sin regatear. No me extraña, pensé, que se haya arruinado un par de veces, a los ricos de verdad, eso no les ocurre nunca, procuran robarte hasta los cabellos de tu cabeza calva.

Al poco tiempo recuperé casi todo el dinero y en el portamaletas de un auto robado le entregué a su “amigo” francés con la cara algo tumefacta y todo él un poco magullado. Lo estropeé un poquito, sólo cuatro bofetadas, aun podía dar de sí y servir a su ama. Tarea cumplida.

Años más tarde me los encontré en una recepción devorando canapés. Ella parecía no haber cambiado, era igual de mayor y estaba igual de delgada. El secretario en cambio sí lo había hecho, estaba diferente, había perdido su encanto varonil, cojeaba ostensiblemente y aunque muy bien vestido, sus ojeras, su sonrisa caída y su extraña voz aflautada, le conferían un aire de desamparo y de juguete roto. En aquella relación debía haber algo más turbio que el dinero, pensé. Ella se alegró mucho al verme, él parecía suplicarme socorro con sus ojos hundidos.

A veces los perros mandan en sus dueños, no era este el caso. La correa era corta y el perro estaba herido. Mal herido.

Yo había engordado y me embargaba esa quietud tormentosa que los cursis llaman melancolía. Al cabo de pocos días me visitó el secretario francés de la dama, quería contarme algo, pero ésta ya es otra historia.

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