martes, 12 de julio de 2011

El peletero/El lebrel obeso (4 de 11)


El Lebrel Obeso. (4 de 11)

“(...) La esencia de la comicidad es parecer que se ignora a sí misma y desarrollar en el espectador, o mejor dicho, en el lector, la alegría de su propia superioridad y la alegría de la superioridad del hombre sobre la naturaleza. Los artistas crean lo cómico; habiendo estudiado y reunido los elementos de lo cómico, saben que tal ser es cómico y que sólo lo es a condición de ignorar su naturaleza; lo mismo que por una ley inversa, el artista no es artista más que a condición de ser dual y de no ignorar ningún fenómeno de su doble naturaleza.
(“Lo cómico y la caricatura”, Charles Baudelaire, 1855)

Pocas pinturas son humorísticas, en cambio, el dibujo permite la sonrisa y la ironía contenida que no termina siendo kitsch porque nunca es desmesurada. Saúl Steinberg convierte muebles en rascacielos y floreros en edificios singulares, sus grandes avenidas alcanzan el horizonte, el cielo inunda el mundo de rayos y luminarias resplandecientes y las mujeres besan a los hombres como a ellos siempre les hubiera gustado ser besados, como mujeres.

“Los buenos dibujos no están bien equilibrados. Deben poseer una suerte de equilibrio particular hecho de tensiones no atendidas y de coincidencias previstas. Un equilibrio inventado. El hecho que ciertas líneas, por ejemplo, van inevitablemente a cruzarse en un punto imprevisto, pero que será el punto justo, el centro de gravedad, la resultante de todas las fuerzas. Ese punto es elegido tanto por el cuerpo como por el espíritu, una verdadera colaboración física, mental y emocional. La emoción es esencial, es aquello que no se encarga, es necesario hacer un trabajo de arqueología en uno mismo para descubrirlo.” (Jean Fremon, op. cit.)

A pesar de tener razón este es un típico párrafo de artista, vago, impreciso y contradictorio: desequilibrios equilibrados, inventados y no especificados, imprevistos, líneas que terminan, sin saber cómo, por señalar un centro que nadie sabe dónde está como si no las dibujara ninguna mano.

En él también encontramos la apelación a los sempiternos sentimientos que el más menguado posee dando por supuesto su bondad por el simple hecho de tenerlos.

Si la base de la economía es la confianza la del arte es la familiaridad en la que nos reconocemos. No obstante, Saúl Steinberg acierta, los buenos dibujos no deben de estar bien equilibrados porque es el espectador el que ha de sostenerlos e impedir que se desmoronen, que colapsen por su excesivo peso. Las buenas obras de arte han de permanecer inconclusas, esa es su forma de respirar. Saúl Steinberg sabe, quizás sin saberlo del todo, que el centro es un hueco, algo que falta y no está, ¿dónde hallarlo?, habrá que hacer, como él mismo dice, arqueología, bucear y sacar a flote ánforas rotas o llenas de vino agrio.
 
“Las zonas de espacio vacías alternan con otras siniestramente llenas; trozos de abandonado desierto están metidos entre aglomeraciones humanas, comprimidos como en una pesadilla. La unidad óptica, la coherencia continua del espacio, ha desaparecido; la profundidad espacial no está construida gradualmente, sino como lanzada de repente; las diagonales se trazan a través del plano de la representación y perforan hoyos abismales en el fondo. Los coeficientes espaciales de la composición parecen estar allí sólo para expresar la desorientación y extrañamiento de las figuras. Figura y espacio, hombre y mundo no están ya en relación. Los portadores de la acción pierden todo carácter individual; los signos de la edad, del sexo, de los temperamentos, se confunden; todo tiende a la generalidad, a la abstracción, al esquematismo. El sentido de la personalidad desaparece junto a la inaudita significación de ser hombre”. (“Historia social de la literatura y el arte” Guadarrama 1969. Arnold Hauser)

Eso decía Arnold Hauser sobre los frescos de la Capella Paolina, la Conversión de San Pablo y la Crucifixión de San Pedro (1542-1549) de Miguel Ángel.
Valga la ocurrencia de citar estas palabras de A. H. que se refieren a otro pintor, pero que sirven para nuestro protagonista, este es siempre un ejercicio entretenido para demostrar que los títulos de las obras de arte pueden ser intercambiables como los nombres de las personas. Hay un ejercicio que los buenos profesores de diseño gráfico practican que consiste en tapar la marca de los anuncios publicitarios para demostrar que algunos nombres no corresponden con sus rostros.

Sin embargo, nadie osaría comparar a los dos artistas, a Miguel Ángel y a Saúl Steinberg, porque ambos están demasiado alejados en el tiempo y forman parte de dos paradigmas pictóricos diferentes, pero las palabras del historiador húngaro parecen haber sido pensadas para el artista rumano o para otros, pues ellas también describen las obras de muchos.

Hemos omitido, sin embargo, las primeras frases de A. H., que dicen: “Las figuras tienen en sí algo de falta de libertad, de ensoñadora abulia; parece como si se encontraran bajo una presión misteriosa e inevitable bajo una carga de inescrutable origen”. (Arnold Hauser, op. cit.)

Las figuras de Steinberg no son abúlicas, todo lo contrario, son alegorías dinámicas aun que algunas tengan ojos de besugo y otras sean apenas rayas que simulan multitudes, ellas se construyen a sí mismas en una ironía gráfica que recuerda la famosa leyenda de Plinio que narra el origen de la pintura al contarnos, en forma de mito, cómo una enamorada resigue en la pared la sombra y la línea del perfil de su amante dormido, Steinberg pintaba perfiles, reseguía las sombras.

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