jueves, 19 de noviembre de 2015

El nen que sabia massa



Diari de tardor (16)

El nen que sabia massa.

En un somni recent, veia pianos que prenien vida i d’altres que eren destrossats pels propis pianistes, i jo, tot recordant les cançons de bressol que em cantava la meva mare, reconeixia una recança congènita per la música en general i pels instruments musicals de fusta en particular, com ara els taüts. La música és igual que l’arquitectura de fang, pensava en el somni, arquitectura on els propis arquitectes veuen en vida les seves obres fer-se malbé endutes pel temps . Aquestes de fang acostumen a ser construccions oníriques sense finestres, ni grans ni petites, ni tampoc fora d'elles hi ha grandiosos paisatges ni bocins de cel.

En l’esplèndid blog de Pedro Azara, Tocho T8, llegim en el seu post L’imaginari arquitectònic mesopotàmic: “I, no obstant això, eren conscients que construïen per a res. Saben que els temples i palaus més imponents que s'alçaven es degradarien o s'ensorrarien abans que es completessin. Sabien per experiència que veurien la fi del que erigien. Diluvis, aigües freàtiques i sals descomponien els murs més sòlids. Utilitzaven maons de tova perquè no existia suficient combustible de qualitat per mantenir els forns que serien necessaris per coure l'ingent nombre de maons necessaris.”

Construir per a res és quelcom que qualsevol mare i fill no volen saber quan canten i senten cantar cançons de bressol, perquè, com les cases de fang, saben sense saber-ho que el vent i el temps se les endurà.

En el vídeo (1) que encapçala aquests paràgrafs veiem una escena familiar, a un pare en una habitació d’hotel fent-se la corbata acompanyat de la seva esposa i el seu fill. Dintre de poc un individu que no coneix li farà arribar de manera sobtada i brusca una informació sobre un complot per assassinar a un membre del govern britànic. Els conspiradors, quan s’assabentin, li raptaran el fill per a que no comuniqui el que sap a la policia ni tracti tampoc d’evitar en cap cas l’atemptat.

No obstant, abans que aquests terribles esdeveniments succeeixin i tot es precipiti en una aventura tan perillosa com estrambòtica i mancada de sentit, veiem als tres, al pare, a la mare i al fill, en aquest hotel començant a gaudir d’unes vacances, ignorants i aliens al que esdevindrà després. És de nit i el matrimoni es vesteix per a sortir a sopar amb uns amics; mentre la mare li posa el pijama al seu fill i li prepara el llit li va cantant, ballant amb ell, una cançó preciosa que parla del que no sabem i del que ningú podrà saber mai. Però jo sé que de gran aquest nen s’enamorarà d’una dona similar a la seva mare

La mare llueix un vestit característic dels anys cinquanta i del New look que va popularitzar el gran Dior, igual com els que vestia la meva per la mateixa època, un vestit cenyit de cintura i faldilla molt acampanada que ressaltava la figura femenina. L’escena ocorre en un país calorós i el teixit és un estampat de flors. El pare es fa el nus de la corbata mirant-se en un mirall com feia també el meu. Quan gira el cap per dir-li somrient alguna cosa a la seva esposa es talla el curt pla seqüència que ens havia mostrat, com si la càmera entrés per una porta o per una finestra, que en la habitació hi ha algú més, un home que fuma i observa el que passa des d’un racó discret.

El nen del matrimoni em recorda a mi mateix o al meu germà, com els seus pares, -interpretats per actors famosos-, em recorden als meus. Exactament igual també que el protagonista de l’altra vídeo (2) que conclou el post d’avui; un nen de similar edat, si fa no fa que l’anterior, i que avorrit i mort de son, practica una i mil vegades una cançó al piano seguint les instruccions de la seva mare que mentre prepara el dinar intenta que el noi prengui interès pel que fa. La cançó, en aquest cas, parla de deu dits contents, i es titula Ten happy fingers, una cançoneta infantil on deu petites donzelles ballen, no una ni dues ni tres, ni sis ni set, ni tampoc nou...

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Diario de otoño (16)

El niño que sabía demasiado.

En un sueño reciente, veía pianos que tomaban vida y otros que eran destrozados por los propios pianistas, y yo, recordando las canciones de cuna que me cantaba mi madre, reconocía un resquemor congénito por la música en general y por los instrumentos musicales de madera en particular, como, por ejemplo, los ataúdes. La música es igual que la arquitectura de barro, pensaba en el sueño, arquitectura donde los propios arquitectos ven en vida a sus obras estropearse llevadas por el tiempo. Estas de barro acostumbran a ser construcciones oníricas sin ventanas, ni grandes ni pequeñas, ni tampoco fuera de ellas hay grandiosos paisajes ni pedazos de cielo.

En el espléndido blog de Pedro Azara, Tocho T8, leemos en su post El imaginario arquitectónico mesopotámico: "Y, sin embargo, eran conscientes que construían para nada. Sabían que los templos y palacios más imponentes que alzaban se degradarían o se desmoronarían antes de que se completaran. Sabían por experiencia que verían el fin de lo que erigían. Diluvios, aguas freáticas y sales descomponían los muros más sólidos. Utilizaban ladrillos de adobe porque no existía suficiente combustible de calidad para mantener los hornos que serían necesarios para cocer el ingente número de ladrillos necesarios."

Construir para nada es algo que cualquier madre e hijo no quieren saber cuando cantan y oyen cantar canciones de cuna, porque, como las casas de barro, saben sin saberlo que  el viento y el tiempo se las llevará.

En el vídeo (1) que encabeza estos párrafos vemos una escena familiar, a un padre en una habitación de hotel anudándose  la corbata acompañado de su esposa y de su hijo. Dentro de poco un individuo que no conoce le hará llegar de manera repentina y brusca una información sobre un complot para asesinar a un miembro del gobierno británico. Los conspiradores, cuando se enteren, le raptarán al hijo para que no comunique lo que sabe a la policía ni trate tampoco de evitar en ningún caso el atentado.

Sin embargo, antes que estos terribles acontecimientos sucedan y todo se precipite en una aventura tan peligrosa como estrambótica y carente de sentido, vemos a los tres, al padre, a la madre y al hijo, en este hotel empezando a disfrutar de unas vacaciones, ignorantes y ajenos a lo que sucederá después. Es de noche y el matrimonio se viste para salir a cenar con unos amigos; mientras la madre le pone el pijama a su hijo y le prepara la cama le va cantando, bailando con él, una canción preciosa que habla de lo que no sabemos y de lo que nadie podrá saber nunca. Pero yo sé que de mayor este niño se enamorará de una mujer parecida a su madre

La madre luce un traje característico de los años cincuenta y del New look que popularizó el gran Dior, igual que los que vestía la mía por la misma época, un vestido ceñido de cintura y falda muy acampanada que resaltaba la figura femenina. La escena ocurre en un país caluroso y el tejido es un estampado de flores. El padre se hace el nudo de la corbata mirándose en un espejo como hacía también el mío. Cuando gira la cabeza para decirle sonriendo algo a su esposa se corta el breve plano secuencia que nos había mostrado, como si la cámara entrara por una puerta o por una ventana, que en la habitación hay alguien más, un hombre que fuma y observa lo que ocurre desde un rincón discreto.

El niño del matrimonio me recuerda a mí mismo o a mi hermano, al igual que sus padres,-interpretados por actores famosos-, me recuerdan a los míos. Exactamente igual también que el protagonista del otro vídeo (2) que concluye el post de hoy; un niño de parecida edad que el anterior, y que aburrido y muerto de sueño, practica una y mil veces una canción al piano siguiendo las instrucciones de su madre que, mientras prepara la comida, intenta que el chico tome interés en lo que hace. La canción, en este caso, habla de diez dedos contentos, y se titula Ten happy fingers, una canción infantil donde diez pequeñas doncellas bailan, no una ni dos ni tres, ni seis ni siete, ni tampoco nueve...




12 comentarios:

Isabel Martínez Barquero dijo...

La curiosidad de la infancia, ese deseo de saber qué ocurrirá con nuestras vidas cuando nos convirtamos en adultos, como si supusiéramos que lo interesante empezará al ser mayores. Después, bien que comprendemos que la niñez es el auténtico paraíso, el lugar perdido y siempre añorado en nuestros recuerdos.
Una entrada llena de sensibilidad. La he disfrutado, lo mismo que los vídeos.
Un abrazo.

Miquel dijo...

Espléndido, salvo en el párrafo en la que nos dices : "Construir para nada es algo que cualquier madre e hijo no quieren saber cuando cantan y oyen cantar canciones de cuna, porque, como las casas de barro, saben sin saberlo que el viento y el tiempo se las llevará.", en donde difiero.
Creo, que cuando una madre canta una canción a un hijo, mantiene la esperanza de que el momento sea recordado por este hasta el fin de sus días.
No se porqué, pero me da esa impresión. Mira, la Sra ISABEL MARTINEZ nos habla de " sensibilidad", y podemos aplicar el detalle al canto de la madre, porque las cosas sensibles que nos acontecen en la niñez las recordamos siempre.
Quizá el hecho de que recuerde que en una ocasión mí madre me explicó un cuento y que me ha sido imposible olvidar me haga hablar de esta manera.
Salut
Un placer.

Isabel Barceló Chico dijo...

Quizá hemos visto nuestras propias vidas muchas veces, innumerables veces en las historias del cine y en las de las novelas. Cuando son buenas, tienen valor universal. Como dijo en una ocasión Almudena Grandes, se siente una gran emoción cuando se empieza a leer un libro y te das cuenta de que habla de tí.
Estupendo diario. Hermoso.
Saludos cordiales.

Enric H. March dijo...

El pas del temps va destruint cases i palaus, i al final seran els records els que reconstruiran la ficció del que va ser, mentre el "será, será" és un "és" indefugible. I a la pantalla, les velles pel·lícules formen part del nostre imaginari, que com el record, és la ficció de què ens alimentem.

Allò que dèiem l'altre dia sobre l'edat: la meva mare, una nena que em va tenir amb 18 anyets també duia aquest vestits. Encara és viva, però en el record encara és aquella nena de cintura estreta. I si no és ella, serà qualsevol d'aquelles actrius de quan vivíem dins d'una pantalla.

Isolda Wagner dijo...

Otra historia deliciosa, que me trae recuerdos infantiles. Como recuerdo también esa película de Hitchcock; en su momento la disfruté y sufrí al mismo tiempo. Creo que hay sentimientos universales, que me temo que una buena parte de la infancia no llegue a conocerlos. Es triste pero real, Peletero. Si embargo, todo lo que constituya un esfuerzo por vano que sea, nos ayuda en el futuro. La vida sin recuerdos no es tal.
Besos, siempre.

El peletero dijo...

Piensas de esta manera, Miquel, porque seguramente eres un optimista, a mí me sucede lo contrario, soy de naturaleza pesimista y en este caso, como en todos los demás, creo que nada resiste el paso del tiempo.

Salut.

El peletero dijo...

Si eso dijo Almudena Grandes, Isabel Barceló, acertó de lleno además de repetir también lo que muchos grandes escritores habían afirmado antes que ella. Los libros, básicamente, hablan de sus autores, en cambio, los lectores creen suponer que hablan de ellos que los leen, ¿de quién hablan entonces?, ¿quién tiene razón? Sería fácil responder que ambos están en lo cierto y que hablan de los escritores que los escriben y de los lectores que los leen, pero yo no estoy seguro de ello, no sé de quién hablan, lo ignoro, pero algo me hace sospechar que no hablan de nadie vivo.

Saludos

El peletero dijo...

Querida Isabel Martínez, los niños tienen curiosidad por saber qué serán cuando sean adultos y los adultos la sentimos por saber qué fuimos cuando niños. En realidad, me temo, que no sabemos lo que seremos ni tampoco lo que fuimos.

Abrazos.

El peletero dijo...

Doncs que la vida et conservi per molts anys a la teva mare, Enric, perquè jo cada dia que passa trobo més a faltar la meva.

La ficció és i ha estat sempre una bona manera de construir la realitat, és una de les millors eines de la voluntat.

Salut Enric.

El peletero dijo...

Gracias Isolda por tus palabras. Los niños son los seres más indefensos y por ello es fácil causarles daño y al mismo tiempo sentirse impune y el amo del Universo. Así es la vida.

El pasado, y con él los recuerdos, conforma nuestro futuro, ese “qué será, será” de la canción.

Besos, Isolda.

Marga dijo...

Me encantaba esa canción... a mí me la cantaba mi madre porque yo era una cría muy preguntona. "Qué será, será..." con cierto tonillo que me crispaba un poco porque también era una niña un poco puñetera, jeje.

Nadie me dijo, eso sí, que fuera lo que fuera no se parecería en nada a lo imaginado. Ays. O no, no ays, no sé.

Y creo que de peque me hubiera gustado ser una reinona hitita o sumeria y que los siglos y el barro destruyeran mi rastro. Es posible pero aun no sabía de ellos y su cultura. Eran tantas cosas las que desconocía que...

Los videos los veré luego en casa, me apetecen mucho. Gracias!

Besos en cuneiforme.

El peletero dijo...

Me alegro que le haya gustado, querida Marga. Es bueno ser una niña preguntona, el que no sabe debe preguntar y en el hecho de hacerlo está la verdadera sabiduría porque demuestra que sabes que hay algo que desconoces y no se te caen los anillos por preguntar las veces que haga falta.

Pero las cosas nunca terminan siendo cómo las planeamos, al final se lían, parecen tomar un camino ajeno al nuestro, las demás personas también tienen ideas propias que no coinciden con las nuestras, ideas e intereses y, lo peor de todo, siempre acabamos fallando por algo y no estando a la altura debida. ¡¡Un desastre!!

Pero al mal tiempo buena cara y un poco de humor que nunca está de más, incluso en la poesía más tierna.

Piense que a las reinonas sumerias las enterraban con los reinones sumerios cuando estos morían. En relación a los hititas no sé. Pero igual se puede ser también una reinona caldea o asiria liberadora e iconoclasta que creo es lo que más se adaptaría a su personalidad de niña preguntona, ¿no cree?

Besos que no sé ni qué ni cómo serán.