sábado, 28 de junio de 2008

El peletero agradecido/Bilal



23 de junio de 2006

Para hablar con toda propiedad de Enki Bilal y de muchos otros, tendríamos que adentrarnos en la historia de las artes visuales en el mundo moderno. Este es un debate antiguo, largo y aún no resuelto. En realidad es ya una falsa polémica porque el canon establecido por las vanguardias está tan arraigado que cualquier intento de rebatirlo se hace poco menos que estéril.

Enki Bilal es un artista que recrea un mundo temporalmente cercano al nuestro, pero nada cotidiano y anímicamente lejano y ajeno, seres alienados en un universo hostil. Ha creado un estilo hierático, contundente y sobrado de matices iconográficos casi inabarcables.

Su hieratismo lo remite a un estilo formal primitivo que lo lleva a una visión posmoderna. Su rigidez anatómica, paradójicamente, está perfectamente al servicio del resultado final. Toma el camino opuesto al de un Burne Hogarth, por poner un ejemplo clásico también del mundo del cómic, donde todo es movimiento, donde nunca nada está quieto, ni el más pequeño de los pelos de la cabeza, ni la más minúscula de las hojas de la selva.

Los personajes de Bilal parecen unos invitados de piedra posando para las fotografías de rigor de una boda. Pero esta inmovilidad no es una mácula ni un error, ni siquiera una falta.

Toda su fuerza expresiva y todo su repertorio de soluciones gráficas se muestran en todo su esplendor en esas estatuas dibujadas que son sus personajes.

Enki Bilal es otro gran visionario. Sus figuras, paisajes y escenarios son tan posibles como posible es hoy en día cualquier futuro.

Su obra forma parte de esta gran tradición iconográfica popular que representan las lecturas gráficas. Pero la lógica de sus imágenes es tan propia, independiente y sui géneris que su calibre es comparable a la tradición generada alrededor de la gran pintura.

Bilal nos persuade de que existe el futuro y que el pasado aun está presente. Tanto sus ilustraciones, como también sus viñetas tienen la fuerza de lo extraño y lo conocido. Ellas sostienen toda la ventana y lo que se ve a través de ella. Son imágenes oníricas, crueles y desoladas, con una contundencia visual que no está reñida con la sutileza.

Sólo hace falta tener el valor para atravesarlas y mirar que hay al otro lado. La vida. Y la muerte. O tal vez otra cosa.

martes, 24 de junio de 2008

El peletero realista



21 de junio de 2006

En tiempos antiguos había que escoger entre racionalidad y realismo. La realidad siempre tenía todas las de perder, la experiencia no era nunca un motivo que pudiera contradecir un buen argumento racional o un deslumbrante artilugio mental. En tiempos muy antiguos era así y desgraciadamente también lo ha sido en tiempos modernos, millones de muertos en todo el planeta lo atestiguan hasta el día de hoy. Las utopías son hijas de esta racionalidad asesina. Los muertos no cesan de aumentar y la sangre no deja de fertilizar la tierra, el rencor y el odio.

En tiempos antiguos la razón prevalecía a la realidad, y además se sometía al dogma. Así ha sido hasta que el ser humano inventó la ciencia, desterró al dogma a su propio infierno y armonizó razón y realidad sin violentar ninguna de las dos.

¿Qué tiene todo esto que ver con los peleteros? Los peleteros, como todo el mundo, no hacemos nada partiendo de la nada, construimos objetos -en este caso físicos y no mentales- a partir de una materia preexistente, la piel y la persona que ha de llevarla. Podemos diseñar lo que nos venga en gana, pero siempre habremos de utilizar la realidad y saber que lo que hacemos no está pensado para ser mostrado, en principio, en ningún museo. Una manga bien planteada habrá de ser retocada en una prueba. Un largo muy estudiado de un abrigo tendrá que ser cambiado, o no, al ver a la persona vestida con él.

El peletero, como muchos otros, es por necesidad realista, parte de hechos. La construcción de artefactos y la necesidad de sobrevivir obligan a convivir con la realidad y no a huir de ella. Incluso aunque el peletero se vuelva loco y crea que unos extraterrestres lo han abducido, a pesar de ello, si su locura le permite trabajar tendrá que vérselas con la realidad.

En tiempos muy antiguos Zenón de Elea demostró que el movimiento era ilusorio, que el atleta no sólo no llegaba a la meta sino que ni siquiera corría. Sus ojos le decían lo contrario, pero sus argumentos en aquel entonces eran demasiado buenos como para despreciarlos por la realidad. La famosa paradoja de Zenón ya ha sido demostrada y resuelta, y lo ha sido de la siguiente forma: la suma de una serie infinita de término general uno partido por dos elevado a n, (1/2)n, no es igual a infinito como creían los griegos, sino igual a la unidad. Gracias a esta solución el atleta deja de ser un paralítico y empieza a correr desesperadamente para ganar la prueba. Y el peletero puede cortar y coser sus pieles y el carpintero hacer sus mesas.

Eso es así aunque el mundo siga empeñado muchas veces en no creérselo. Mientras tanto, entre los dogmáticos y los racionalistas utópicos los muertos van aumentando.

lunes, 23 de junio de 2008

El peletero cristiano



19 de junio de 2006

A los peleteros nadie nos puede quitar la condición de víctimas, o al menos eso creemos nosotros cuando percibimos miradas ladeadas con los ojos a medio cerrar o abiertos tan de par en par que parece que les hayan arrancado los párpados, sorprendidos y alarmados justo en el instante precario de acabar de pelar una gamba a la plancha.

A los peleteros tampoco nadie nos puede quitar la condición de victimas propiciatorias o chivos expiatorios, o al menos eso creemos nosotros también cuando intentamos mirar el mundo, mirarlo de frente y ver como está. Lo que vemos es lo que vemos y el mundo está como está y en él nosotros, convertidos a veces en la excusa de almas tan perversas o tan simples y torpes como también hipócritas y puritanas.

El peletero que es cristiano es peletero porque le gusta, y es lo segundo, cristiano, porque cree que en Jesús no sólo hay todas las víctimas, si no que, además, resucita al tercer día.

El concepto cristiano de víctima es un paradigma antropológico y moral radicalmente nuevo comparado con el mundo antiguo (con algún que otro pseudo antecedente) al convertirse en el centro alrededor del cual gira toda la nueva arquitectura religiosa que es el cristianismo frente al anterior universo pagano. Pero eso sólo sería una anécdota si en el cristianismo prevaleciera únicamente la sangre y la muerte y en él sólo viéramos al Cristo del madero agonizando y sufriendo.

La vuelta de la clave tiene lugar al tercer día de haber sacrificado al chivo llamado Jesús. Este simple crucificado al que llamamos Cristo, alrededor del cual toda la comunidad realiza la catarsis de limpiarse las culpas, va y no se le ocurre otra cosa que resucitar. Es la victoria sobre la muerte. Quien entiende y cree esto es cristiano, quien no lo entiende o no lo cree, no.

El lugar de Jesús puede entonces quedar vacío o llenarse con cualquier otra cosa. Normalmente lo llenamos con ideologías políticas redentoras o nos convertimos en ateos de conveniencia o también en paganos a la moda. Santificamos a la nación, al proletariado, a la madre naturaleza o a los diversos nirvanas orientales. En todos los casos el yo se diluye, se funde, se fusiona, desaparece en algo superior, mayor, mejor, el no va más, que a fin de cuentas y a la hora de la verdad no es nada más que la nada. Pobre y barato resultado para tanta y tan ardua filosofía.

Cuando el yo desaparece, desaparece la responsabilidad, y si desaparece la responsabilidad también lo hace la víctima y por supuesto su verdugo. En oriente no existe el sentimiento de culpa, pero tienen el peso del honor, que es peor porque es un lastre que hay que compartir con la tiranía de la comunidad.

El peletero, sea cristiano o no, sea peletero o no, está sujeto a la misma realidad de víctima propiciatoria. La tempestad nos zarandea a todos por igual, cada uno puede creer lo que quiera, a la realidad le da lo mismo. Para ella, como para el Dios de los creyentes o el de los ateos todos somos iguales, o por lo menos deberíamos serlo, circunstancia que tampoco es muy segura. ¿El perdón o el castigo es el mismo para diferentes pecados? ¿Hay elegidos?

Los peleteros, mediante materiales de seres muertos sólo sabemos crear belleza y utilidad para ojo humano, algo muy pobre y efímero comparado con la gran victoria de Jesús frente a la muerte.

La comparación es tan obscena que no debería ser hecha ni dicha.

domingo, 22 de junio de 2008

El peletero perdido



16 de junio de 2006

Aquella noche no dormí bien, soñé que tenía un perro y un espejo. El perro comía de mi mano y sus ojos siempre me miraban ansiosos. Al espejo lo miraba yo fascinado por lo que veía a mi espalda, eso sí que es tener un tercer ojo pensaba. Al perro lo maté cuando tuve hambre y al espejo lo olvidé al morirme.

Ahora que estoy despierto oigo un ladrido que me corta los ojos. Ciego, veo las calles llenas de gente, y mi casa, sucia por el tiempo, está abandonada. Asustado, recuerdo que todos a los que amé han muerto. El espejo se ha estropeado, pero aun sé que puedo matar al perro.

Muerto y ensangrentado me alzo, y desde la cima me despeño desesperado, ladrando como un perro loco.

Querida hermana, hace una semana que he regresado a casa y tú aun no estabas. Tu ausencia me ha entristecido tanto como ver a nuestros padres tan ancianos y enfermos. Te confieso que no los he reconocido y ellos a mi tampoco. No recuerdan haber tenido dos hijos pero no me miran como a un extraño.

Aun sé contar y sé los años que han pasado desde que nos fuimos, son muchos y me da miedo. Hermana, me prometiste que regresarías pero todavía no has vuelto. He tenido que poner la casa patas arriba para encontrar las fotografías, no recordaba dónde estaban. Llevo días mirándolas, una y otra vez, y me maldigo a mi mismo por mi débil memoria, no tenía que haberme ido sin ellas.

No debimos marcharnos, ¿quién ha cuidado de nosotros durante todos estos años? Nuestros padres pronto morirán si es que no están ya muertos como estas viejas fotografías.

Está tan lejos y tan oscuro todo, querida hermana, que aun no sé porqué espero impaciente que entreabras los ojos y me digas qué has visto y qué camino debo seguir. Pero tú siempre callas, callas como una muerta o como alguien que no está. El único sonido que puedo oír es el mío, se me escapa de entre los dedos, se esparce, rebota, vuelve y se vuelve a ir, sordo y moribundo. Hace ya mucho tiempo que todo está oscuro y mudo como si me hubiese muerto o como si yo mismo ya no estuviera.

Regresé a casa bien entrada la noche, una vez hube terminado el maldito abrigo. Al llegar, la escalera estaba completamente a oscuras y los vanos intentos que hice para que el interruptor iluminara el vestíbulo, rápidamente me confirmaron que me quedaban cinco pisos de fatigosa subida a pie y a oscuras. El mechero de gas enseguida me quemó los dedos y apenas podía avanzar, cada vez, tres o cuatro escalones con cierta seguridad. El olor a humedad cocinada con los vapores de los últimos refritos, rellenaban el interior del edificio como un agobiante y espeso colchón nauseabundo, siempre había relacionado aquella escalera con el útero de una mujer vieja y enferma. Los desagües y cortocircuitos se sucedían con tanta frecuencia que más que una casa parecía un buque a la deriva. Los inquilinos desaparecían poco a poco, como náufragos sin salvación.

Súbitamente y desde lo alto, un mortecino foco de luz me sobresaltó. Inquieto y desconfiado me pregunté de quién sería ese ojo furtivo que me espiaba y que también me iluminaba y me guiaba en mi tambaleante escalada. La luz de aquella linterna envuelta en oscuridad ocultaba el rostro de mi guía como si fuera el mismísimo Dios.
Pero sólo era el vecino del piso superior, que seguramente estaba esperando ansioso la llegada de su hija trasnochadora. Cuando llegué a mi rellano le agradecí sinceramente su ayuda. No estoy muy seguro, pero creo que no me respondió.

sábado, 21 de junio de 2008

El peletero quántico



14 de junio de 2006

Un quantum es una realidad sui géneris, con propiedades propias, exclusivas, y ajenas a la cotidiana experiencia humana.

No vamos aquí a relacionar todas y cada una de estas propiedades pues este no es ningún texto de física cuántica divulgativa. Únicamente diremos que una de las características fundamentales de un quantum es la de estar en dos estados incompatibles al mismo tiempo, tanto en el pasado como en el futuro, y que sólo en el presente se nos presenta únicamente en uno solo de ellos.

Un peletero también es una realidad sui géneris y tampoco vamos aquí a relacionar cada una de sus propiedades puesto que este texto tampoco es un manual de peletería. Únicamente diremos que un peletero es una realidad con muchos estados, ninguno de los cuales es incompatible con los demás, ni en el pasado, ni en el presente. Respecto al futuro nadie se atreve a responder. Eso si, no tenemos el don de la ubicuidad, aunque sí podemos hacer dos cosas al mismo tiempo.

Las propiedades de un quantum son cuantificadas por los físicos con lo que ellos llaman “amplitud de probabilidad” que a pesar de ser algo extraordinariamente complejo también es algo bellamente poético.

Las propiedades de un peletero también son valoradas con varios raseros, uno de ellos es el dinero, que a pesar de ser algo extraordinariamente práctico y común también puede estar lleno de encanto.

En ambos casos, ambas cosas son únicas aunque una de ellas es exclusiva. Un quantum de tal clase es igual a otro de la misma clase, los dos son transmutables, transferibles y transponibles, igual sirven para un fregado que para un barrido. Un peletero no, él es único y exclusivo, tiene nombre y apellidos, y si ya no la tiene, tuvo una familia.

En la sopa primigenia, justo después del enorme estallido del BIG BANG, todo era indistinguible, todo era igual. Que de algo igual salgan cosas tan diferentes como las galaxias o los peleteros, tiene su gracia. Si existe el Diseñador decididamente hay que aplaudirle, trabajo le debe haber costado diseñar un cordero astracán de los desiertos del Kalahari.

jueves, 19 de junio de 2008

El peletero agradecido/Moebius



12 de junio de 2006

El peletero que escribe estas líneas quiere dar las gracias a los artistas, dibujantes y fotógrafos con los que se siente identificado para ilustrar y presentar sus palabras con imágenes.

Jean Giraud (Gir) cedió la portada de su primera obra a su propio maestro Jijé. Hoy en día sigue publicando los álbumes de “El teniente Blueberry” -una de las series más famosas del mundo del cómic- como coautor junto a su guionista Charlier, a pesar de que éste hace muchos años que murió y ahora es el mismo Giraud quien escribe las historias.

Jean Giraud es también Moebius, la otra cara de la moneda de un artista que tiene el difícil mérito de haber creado la mejor obra del cómic universal, así, tal como suena. Hay que repetirlo, sin pasión, pero con todas las letras, la mejor obra del cómic universal: “El garaje hermético”.

Jean Giraud es un artista de formación clásica, pura y dura. Su saber se fundamenta en un conocimiento profundo y exhaustivo de la figura humana y animal, del dibujo y del trazo, tanto a lápiz como a pincel. Es directo en la línea, como en la mancha. Sus blancos y negros son blancos y negros. Su gama cromática es completa y adecuada. El tratamiento de la luz y de la sombra es pulcramente efectiva. Es un artista limpio y claro.

Su temática se basa tanto en la reinterpretación de los grandes mitos y viejas historias del Western, como también en la más pura fantasía pseudocientífica, irónica y surrealista. En Jean Giraud la poesía y el absurdo trazan una línea continua precisa y amable. Sus viñetas, tal como él pretende, son de otro mundo. Los seres que en ellas aparecen y las historias que en ellas se narran son, al mismo tiempo, extrañas y próximas. Tan raras como cotidianas. Tan normales y cercanas que, a veces, los que parecemos extraterrestres somos nosotros los lectores.

La galaxia Moebius inaugura la fantaciencia moderna. Bebe de fuentes como el famoso “Dune” de Brian Herbert. O las obras de Stanislaw Lem, como “Los diarios de las estrellas”. Uno de sus referentes es también la obra gráfica de Philippe Druillet. O los grandes clásicos como Alex Raymond o Milton Canniff.

Pero más importantes que sus orígenes son sus consecuencias y sus secuelas; sus aportaciones iconográficas han influido no sólo en su propio mundo del cómic, sino también en el cinematográfico y mucho más allá. Toda la ciencia ficción y muy buena parte de la iconografía moderna a partir de los setenta es hija de su mirada visionaria.

Gracias a él seguiremos leyendo al final de cada capítulo el mágico y humilde conjuro esperanzado: “continuará”. Esta es una de las muchas razones por las que “el-peletero” encabeza algunos de sus textos con ilustraciones de Jean Giraud. Nada mejor que ellas para empezar. Todos somos el Mayor Grubert. Y al igual que el ingeniero Barnier cometeremos también el error fatal de hacer entrar en resonancia el proyector de partículas con el calibra-niveles y destruir así una bonita nave cablera. Las consecuencias serán terribles, los tres niveles del asteroide Ciguri se descompensarán inevitablemente, al igual que nuestros escritos.

El ingeniero Barnier es una chica y lleva un abrigo de piel. El enmascarado arquero del destino efectúa un disparo certero y atinado. Madame Kowalsky, Jerry Cornelius y el Mayor Grubert lo saben. Nosotros también.

¿Qué podemos hacer?

Continuará…

miércoles, 18 de junio de 2008

El peletero propenso



10 de junio de 2006


El peletero propenso a ser peletero y la propensión humana a usar pieles para vestir son dos hechos interesantes que formulados como preguntas no sabemos si sabremos responder.

Históricamente han existido tres clases de interpretaciones de la probabilidad. Una, la probabilidad como medida de la certidumbre o incertidumbre. Dos, la probabilidad como medida de la frecuencia. Y tres, la probabilidad basada en las teorías estocásticas como medida de la propensión o tendencia.

Nosotros adoptaremos la última. “Conforme a ésta, las probabilidades son medidas de la intensidad de una propensión, tendencia o inclinación que tienen ciertos estados o sucesos a presentarse. Esta interpretación objetivista puede encontrarse en Poincaré, Smoluchowski, Frechet, Bunge, y popularizada por Popper”. (Bunge 1985).

Debemos puntualizar dos cosas, primera, que el concepto de probabilidad certifica la realidad del concepto de azar. Segunda, que gracias a Kolmogoroff, “el cálculo de probabilidades es una rama de la matemática pura, motivo por el cual puede aplicarse en tantos campos de investigación diferentes, (los constructos, cuanto más abstractos, tanto más portátiles)” (Bunge 1985).

Nosotros no somos matemáticos y mucho menos puros. Pero siguiendo a Mario Bunge afirmaremos con él que: “la interpretación propensiva supone que ciertos sucesos son realmente posibles: que la actualidad está preñada de posibilidades, que el azar es real. Si una cosa concreta, p. ej., un átomo o una persona, tienen la propensión Pr(x) de estar en el estado x, o de experimentar el cambio x, entonces ésta es una propiedad que la cosa posee independientemente de nuestras creencias y que a veces puede comprobarse, observando frecuencias relativas” (Bunge 1985).

Observando la frecuencia relativa de los dos hechos mencionados en el primer párrafo de este escrito y teniendo en cuenta que: x=piel/peletero, y que “las frecuencias a la larga (a largo plazo) son condiciones de verdad” (Bunge 1985), dicha frecuencia es, como mínimo, no sólo no nula, si no que x se observa bastante comúnmente, lo cual significa que x tienen una propensión apreciable. Esto es el resultado de una observación intuitiva y aleatoria.

La prueba de cargo definitiva sólo puede venir de las técnicas estadísticas que alguien debería emprender si le place y si es que no tiene nada mejor que hacer.

Dicho todo lo anterior nos hemos quedado a gusto, hemos descargado y aliviado el intestino grueso y el recto cerebral. Hemos necesitado un instrumento matemático filosófico para afirmar algo obvio. Existimos comúnmente. Y algo no tan obvio, nuestro padre o nuestra madre es el azar.

La vida es a veces así de bonita, como un globo de colores lleno sólo de aire que flota y flota y va a la deriva donde el viento lo lleva, y con el que podemos jugar a lo que nos dé la gana, si así nos apetece.

martes, 17 de junio de 2008

El peletero muerto



8 de junio de 2006

Desde que estoy muerto sé que aunque el cuerpo es poca cosa, menos es nada, Cuando estás vivo sabes poco de algo, pero muerto lo sabes todo de nada. Eso no es sabiduría, es el olor del tiempo y de la terrible belleza de su umbral desvanecida definitivamente. Estar muerto es una mutilación absoluta e irreversible. La nada es transparente, ansiosa y depredadora y nosotros, invisibles y muertos, somos su presa que huye desesperada.

Hay más peleteros muertos que vivos. Muchos más. Esta es una simple obviedad y constatación demográfica. No tiene ningún otro significado que el de llevar con más o menos precisión una contabilidad absurda y fiable. Un recuento de entradas y salidas. Los vivos son el saldo resultante, más menguante que creciente, pero positivo, aun no estamos en números rojos. Por otra parte, en demografía son imposibles los números rojos a no ser que creamos en fantasmas.

Estas consideraciones se refieren a nuestro mundo, al oeste del Volga. No nos atrevemos a incluir a la República Popular China, si lo hiciésemos la curva descendente se convertiría claramente en ascendente, se levantaría erecta en una casi vertical obscena. China, con su enormidad, trastoca todas las estadísticas y hace imposibles análisis rigurosos y predicciones verosímiles. Allí todo es demasiado y todo es demasiado rápido. China es inabarcable, es un recipiente excesivamente colmado de humanidad.

El último peletero muerto que conocí tuvo la virtud de ser un señor, un caballero y un maestro para los que pudimos conocerle vivo. Aprendió el oficio de un judío rumano que como todos ellos en aquellos años tan peligrosos había salvado la piel por los pelos. Mucho tiempo después este judío rumano se reventó el cráneo de un disparo por culpa de las deudas de juego. De millonario, a la ruina total y al féretro de madera barata, pero ésta es una historia que ahora no viene a cuento.
Mi último peletero muerto se emancipó pronto de su jefe rumano y abrió casa propia por su cuenta y riesgo. Su habilidad y el don natural que demostraba en este viejo oficio resultaban extraordinarios. Su gusto ordenado y sencillo, pronto le convirtieron en un referente muy admirado, a pesar de su juventud, al igual que sus cabellos blancos a la pronta edad de veinticinco años hicieron de él un clásico reputado.
Sus colecciones siempre fueron de una elegancia sencilla y su técnica era tan magistral que las líneas rectas se curvaban y las curvas se enderezaban de una manera imposible y prodigiosa. Su fundamento siempre fue su buen trabajo, su buen gusto y una mirada clara. Con estos instrumentos construyó obras bellísimas, de una sencillez y complejidad sin igual.

A esta claridad su hijo le puso una sombra, un descanso, un error. Tan inteligente y hábil como su padre, entendió, en cambio, que no existe ninguna vertical, ni, como dicen los persas, ninguna alfombra perfecta. Sus horizontales eran las olas del mar y sus verticales la lluvia que cae. Sus hermosas piezas tenían y aun tienen un estigma, una herida que jamás puede dejar de sangrar al igual que las olas no pueden dejar de danzar.

Ese fue el fundamento y penitencia de su hijo y heredero, también un joven de cabellos prematuramente blancos, el error premeditado que altera la mirada y la secuestra.
La nada no tiene lados ni esquinas, ni algo que merezca ser aguantado ni sostenido, pero aunque no tenga horizonte ni suelo no esta vacía, está abandonada. Los muertos caemos sin cesar y nuestro tormento es saber que no hay fondo.

lunes, 16 de junio de 2008

El peletero transexual



6 de junio de 2006


La peletería es un asunto especialmente de y para mujeres. No sólo la mayoría de clientas son hembras, también hay muchas de ellas que son excelentes profesionales, artesanas, diseñadoras, patronistas, comerciantes, granjeras, directoras, consejeras delegadas o curtidoras.
Todos los talleres y tiendas de peletería están siempre llenos de mujeres. Desde buenas cortadoras o costureras -lo que nosotros llamamos “maquinistas”- hasta forradoras y las mejores dependientas. Desde la dueña hasta la más humilde empleada o aprendiza.

La peletería es un universo de mujeres, con sus hábitos, estilos, cadencias y perfumes. La mujer es un ser sobrado y duramente especial, y la peletería es un mundo delicado y morbosamente extraordinario. La suma de ambos deja una marca indeleble, permanente y suave, ni dolorosa, ni tampoco incolora ni insípida. Esa unión es cálida y confortable como lo son las mujeres, o resulta esquinada y con un filo peligrosamente cortante como también lo son las mujeres. En cualquier caso, el resultado nunca es invisible ni deja a nadie indiferente.

En este soñado y magnífico harén a los hombres sólo nos queda la posibilidad de ser los amos o los eunucos. Naturalmente, cada cual se las arregla como puede, incluso algunos son capaces de llegar a la categoría de compañeros.

J.C.N. no supo si podía estar contento o triste. Su amor era correspondido (¿correspondido?), y después de la lógica estupefacción inicial logó superar el prejuicio físico. Era un hombre ya mayor al que no podía serle fácil sobreponerse a la mezcla de extraño deseo con la aversión irracional.. No le fue fácil, pero lo consiguió para gran sorpresa y satisfacción suya.

Lo que sí le costó fue superar el prejuicio social que había franqueado. El moral fue el más fácil de dejar tras de sí.

Todos sabían que su amante era medio mujer y medio hombre. O digámoslo correctamente, era un hombre hormonado que no pensaba hacerse la operación definitiva de cambio de sexo. Le gustaba ese medio estar. Decía que desde “su” centro veía las cosas más claras y más equidistantes. Afirmaba que vivía en una atalaya. Bien, hay que ser eso que ella era para saberlo. Lo que sí era, es una magnífica patronista. De cualquier dibujo o diseño sacaba el patrón perfecto. Los abrigos caían de acuerdo con la ley de la gravedad y se movían según la brisa que hacía en cada momento. Esta mujer era una pieza insustituible, fundamental y valiosa en el taller de J.C.N., y además ahora lo era en su propia vida.

El secreto a voces de su amor, naturalmente no pasó jamás desapercibido. No era posible esconderlo. De él se burlaron los que le tenían envidia. Unos pocos le respetaron y así también se respetó J.C.N. a sí mismo.

La peletería es un asunto de mujeres, a veces también de hombres y en ocasiones muy especiales de seres peculiares, extraordinariamente bellos y misteriosos.

viernes, 13 de junio de 2008

El peletero ensimismado



3 de junio de 2006

Hay dos maneras de conocer al león, desde fuera y desde dentro. La primera significa permanecer en el Jeep, a una prudente distancia, con tus prismáticos, tu cámara fotográfica y tus pantalones cortos color caqui. También significa anestesiarlo, llevarlo a una mesa de operaciones, abrirlo en canal y mirar en su interior.

La otra manera de conocer al león significa convertirte en él. Con una buena droga de por medio o un buen ritual de magia uno puede llegar a ser un león bastante presentable. Rugir como él, oler como él y cazar como él.

Estas dos, y no otras, son las únicas maneras que existen de conocer el mundo y las cosas que lo habitan, desde fuera o desde dentro. Los científicos han optado por la primera. Los místicos, alucinados y algún que otro artista han optado por la segunda manera.

Y gracias a la ciencia hemos ido descubriendo y aceptando poco a poco que ni somos, ni estamos en el centro de nada.

Con Galileo perdimos el centro geográfico. Gracias a él ahora sabemos que habitamos un suburbio del universo. Con Darwin perdimos el centro temporal. Y gracias a él sabemos que nunca ha existido el paraíso ni un pasado perfecto al que volver. Freud, la psiquiatría y la neurología modernas nos han hecho perder el centro moral. Gracias a ellos ahora sabemos que los asesinos más despiadados también pueden ser unas pobres víctimas. Nada gira a nuestro alrededor, no estamos en la cúspide de ninguna pirámide y la única moral posible tiene encefalograma plano.

Los peleteros aunque no seamos ninguna élite social o intelectual, hemos sido especialmente sensibles a este trasiego y a estas mudanzas extraordinarias. Hemos visto el león siempre desde fuera, siempre hemos construido artilugios bellos y útiles y ahora con estos cambios ni la quimera es una meta. Volamos sin paracaídas y mucho nos tememos que si la gasolina llega a acabarse no será suficiente con batir los brazos o tirarnos de los pelos hacia arriba.

¿Y los otros? Las calles, los pueblos y las ciudades están llenas de gente. Rebosan de humanidad, cada vez más y más. Pero estamos solos. El nihilismo parece haber sido la filosofía de nuestra época, aunque no debemos despreciar el poder de la soledad frente al poder de la nada.

Los artistas de la “vanguardia” se avergonzaron de pintar rostros, manos y árboles y se inventaron para salir del paso la iconoclasia laica, que no otra cosa es la abstracción y, con el paso del tiempo, ganar mucho dinero. Si antes sus ojos miraban lo que había fuera, pasaron a mirar lo que había dentro. Cerraron los ojos, nos dijeron. Abrieron la mente proclamándolo a gritos, y se ensimismaron. En este pozo sin fondo que es uno mismo encontraron todo un universo, tan majestuoso como absurdo, demente y aburrido. Y así seguimos, con los museos llenos de obras de arte moderno que sólo sirven para estar encima de la chimenea, aunque lo mejor sería que estuvieran dentro de ella.

Los artesanos peleteros también corremos este peligro de ensimismamiento, sin brújula ni reloj no podemos precisar nuestra situación y navegamos a la deriva. Bien, no nos alejemos de la costa, tengámosla siempre a la vista que no otra cosa es el sentido común. Y si hemos de alejarnos sigamos las corrientes marinas. Los vikingos y Colón descubrieron América así. Casi nada.