lunes, 14 de julio de 2008

El peletero simulador



24 de julio de 2006

Los niños cuando juegan simulan y aprenden. El original de los billetes de banco no es un billete como tal y tampoco es exactamente un original, su valor de cambio es nulo. Sin embargo, todos sus millones de copias valen lo que el billete dice que vale y con ellas se puede ir por el mundo.

Hay autores que consideran que “si hay un bonito problema artístico, filosófico y absolutamente actual, ése es el del Original”. Consideran al Original una víctima de un perverso ser llamado Simulacro que lo sustituye y suplanta, naturalmente sin derecho a hacerlo. No sabemos, ni nadie nos lo cuenta, quién tiene el derecho a negarle el derecho a suplantarlo, o dicho al revés, quien le otorga el derecho al Original a no ser suplantado. Tal vez lo dice la ley.

El problema del bonito problema artístico y filosófico es que no es un problema, sólo es un seudo-problema, un falso problema, aquello que gustaba tanto a los bizantinos como gusta tanto ahora a los cursis. Tal vez sólo sea un problema legal.

El sarcasmo por mi parte también es un simulacro de otros sarcasmos parecidos. Y se desarrolla de la siguiente manera: como peletero formo parte del mundo de la moda y mi propensión mimética, simuladora y plagiadora es irrefrenable. Y como nieto de croupier mi propensión al engaño a favor de la banca es consecuencia de una naturaleza hipócrita y cínica. Estamos completamente vendidos al poder y besamos los pies de quien nos paga. Vendemos sucedáneos a precio de originales. Simulamos serlo (originales) y engañamos a la mayoría que plácidamente se deja engañar.

En “Los siete pilares de la Sabiduría” de T.E. Lawrence, en una de las interminables y múltiples comidas a las que es invitado por parte de la aristocracia beduina en sus amplias y hermosas tiendas, a cada uno de los comensales se le pide que explique una historia ocurrente, graciosa, un “chiste” incluso. Al pobre Lawrence no se le ocurre nada que contar, al final y como consecuencia de una buena capacidad de improvisación obsequia a todos sus compañeros con una imitación de cada uno de ellos, de su manera de hablar, de sus acentos peculiares, de su gestualidad, de su expresividad. La sorpresa de todos es mayúscula, en la cultura bedú no era nada habitual la caricatura. Después del primer desconcierto y silencio, estallan las carcajadas y Lawrence es querido un poco más por sus amigos.

T.E. Lawrence perdió en una estación de tren el original y único ejemplar de sus “siete pilares”. Alguien debió encontrarlos y quizás aun los conserva. O tal vez no, y los lanzó directamente al fuego. Sea como fuere ese no debió de representar para él ningún problema importante. Seguro que no, simplemente volvió a escribirlos, desde el primer “pilar” hasta el séptimo. Y se quedó tan tranquilo. Y para ello sólo usó la memoria.

Tan tranquilo como debería ser de tranquila su vida en Afganistán, simulando ser un soldado raso cuando en realidad era coronel. El que sí estaba nervioso era un teniente, la única persona que conocía la verdad, al tener que mandar fregar las letrinas a toda una gloria nacional. A Lawrence nunca le importaron estas minucias, él que había atravesado todo el desierto disfrazado de beduino.

viernes, 11 de julio de 2008

El peletero geógrafo



21 de julio de 2006

Desde el mar Caspio hasta el Turquestán chino, al pie de las montañas del Pamir, se halla la región llamada de Astrakán, donde se crían los carneros karakul, también llamados, naturalmente, carneros astrakán. Esta cría y sus rebaños llegan hasta el mismo Afganistán y el Turquestán ruso. Como afirma José Tapbioles en su Tratado de Peletería del año 1944: “el más apreciado de todos ellos es el persianer, que es de tamaño pequeño, bucle mediano y uniforme, apretado, sedoso y brillante y de cuero fino”.

A principios del siglo XX el gobierno alemán inició la cría de carneros karakul en sus colonias del Sudoeste africano, la Namibia actual, allí nació el Swakara, acrónimo de South West African Karakul. El éxito fue y es enorme. Su rizo es más plano, más largo, más estrecho y más elegante.

El pelo rizado en el carnero karakul apunta hacia la cabeza y no hacia la cola como en los demás animales. Eso significa que hay que confeccionar las pieles con la cabeza hacia abajo. Su extraordinario muaré obliga también a tener muy en cuenta el “acostillado” de sus rizos a la hora de hacer los cortes para las uniones entre piel y piel. Estos cortes tendrán que imitar las ondulaciones y hacerlos donde el rizo sea igual y no sólo parecido. La confección de una pieza de astrakán es el resultado de una larga sabiduría y buen gusto artesano.

No todo el mundo sabe hacer un abrigo de astrakán y no todo el mundo debe vestir una pieza de astrakán. Su sensibilidad tal vez no le permita soportar el hecho de que a las crías se las sacrifica a las pocas semanas de nacer. O su cuerpo quizás no sepa ni sabrá jamás moverse adecuadamente con un vestido de astrakán. Su peletero tendría que saber confesárselo con diplomacia, determinación y exactitud a su clienta.

El astrakán es raro, sus muarés, acostillados y ondulados siguen una trayectoria horizontal y la pieza normalmente tiene una arquitectura vertical. Su pelo no se deja prender, sólo acariciar. Su olor es sui géneris y su aspecto inconfundible. Por eso es fácil hacer imitaciones artificiales. En su virtud está su defecto.

El astrakán permite muchos, por no decir todos, los colores, incluso los más inverosímiles, pero el más clásico sin duda es el negro, que combinado con otras pieles puede dar resultados espectaculares, extravagantes o delicados

África del Sur, incluida en ella Namibia, es la esperanza de África, el modelo a seguir y a imitar. En cambio, toda la enorme región del Asia central, es un polvorín a punto de estallar, almacena en su interior un bien todavía mucho más preciado para los humanos que estos simpáticos carneros. También es de color negro y oleaginoso y se llama petróleo, pero esta es otra historia que no nos toca a nosotros contar.

jueves, 10 de julio de 2008

El peletero angelical



19 de julio de 2006

Salir de una pintura del Bosco, con sus infiernos, sus diablos y sus monstruos y penetrar en una de Boticelli, con sus dulces paisajes, sus ángeles y sus bellos dioses, no es una oportunidad que se le presente a cualquiera. A Marcello Rubini sí. Al final de “La dolce vita” un ángel lo llama desde la otra orilla de un pequeño y poco profundo meandro. Sólo tiene que mojarse ligeramente los pantalones, dejar atrás el monstruo surgido de las profundidades del océano, que ha estado contemplando tirado en la arena, moribundo ya, y acercarse al ángel que lo llama y que le habla y al que ya conoce. Sus simples palabras le redimirían. Su hermoso rostro le apaciguaría. Su delicado cuerpo le guiaría a través de nuevos senderos. Pero Marcello Rubini se hace el sordo y el pusilánime. Se incorpora con pesadez y se despide de él con una sonrisa indolente y triste para seguir a los diablos que lo han guiado a través de la noche.

El ángel de Marcello es una adolescente rubia que sirve comidas en un restaurante de playa. Marcello está intentando escribir mientras contempla el mar y oye una música de moda que suena en la radio. La arena casi le llega a los pies, pero un techo de cañas le protege del sol. El ángel quiere ser mecanógrafa y mientras prepara las mesas baila inocentemente al compás de la música. Marcello se maravilla mirándola, su encanto es más poderoso que el del mar. Mientras tanto, la página en la máquina de escribir permanece en blanco y la luz atraviesa, rota y a flechazos, el humilde techo de cañas.

Pasolini vivió y murió en una de esas playas, llenas de cobertizos, caminos, barracas, tenderetes, pinares a medio desaparecer y olor a spaghetti. Restaurantes ilegales, familias ruidosas y vendedores ambulantes de cualquier cosa que pueda ser comprada. Pasolini compró, vivió y murió en una de esas playas llenas de sol, arenas sucias y ángeles soñando con ser mecanógrafas.

La exuberante Sylvia que viste una fea capa de pésima piel blanca que no nos atrevemos ni a calificar, y que pasea por medio mundo sus deslumbrantes ubres, ha de rogar a Marcello que en plena madrugada romana le traiga un plato de leche para un pobre gatito vagabundo, tan romano como Marcello.

Roslyn Taber también ha de suplicar y rogar a Gay Langland que suelte los caballos que tan esfuerzo le ha costado capturar. En “The Misfits” no hay alternativa, o la naturaleza de la mujer o la otra. Roslyn siente como propio el sufrimiento de los hermosos animales, ella es tan vulnerable como ellos, y Gay ve como todo su mundo se desmorona, todo lo que él ha amado se termina y no hay alternativa excepto la compañía de una preciosa mujer. ¿Es ella su salvación?, o ¿es ella su condena? ¿Hemos llegado realmente al final? ¿Las hermosas planicies de Nevada, se van a quedar ahora más vacías? Pasolini lo sabe, pero no nos lo puede contar.

martes, 8 de julio de 2008

El peletero milagroso



17 de julio de 2006

Albert Einstein y Niels Bohr llevaron a cabo una de las más famosas polémicas de la historia de la ciencia. No pretendemos desarrollar aquí los detalles de la misma, pero sólo citaremos dos cosas: la famosa frase con la que Einstein resumía y defendía sus tesis y el resultado final de dicha polémica. La frase es extraordinariamente ingeniosa y compendia toda una línea de pensamiento: “Dios no juega a los dados”. El resultado final de la polémica fue la derrota más estrepitosa de Albert Einstein.

Efectivamente, Dios sí juega a los dados, lo que sucede es que no hace trampas.

En un pueblo de los Estados Unidos de Norteamérica, fronterizo con Canadá y en pleno invierno nos encontramos con dos fugitivos que han conseguido huir de la policía disfrazados de sacerdotes católicos. Al disfraz sólo le faltan los zapatos. Los dos pobres muchachos están muertos de frío, pisando la nieve con sus pies desnudos. En su huida entran en una Iglesia católica para resguardarse y descansar un rato. A uno de ellos se le ocurre, a pesar de las burlas del otro, arrodillarse frente la imagen de una Virgen y pedirle con todo el fervor y la fe que le es posible mostrar que tenga la bondad de darles dos pares de zapatos. No ocurre nada. Vuelve a insistir. De un rincón de la Iglesia aparece un cura con dos pares de zapatos y los utensilios de limpieza de zapatos. Sale de una habitación y entra en otra, no ha visto a nuestros fugitivos. Éstos, que sí han visto la escena, sigilosamente se dirigen a la puerta por donde se ha ido el limpiabotas clerical. Al rato salen con los dos pares de zapatos robados. Que quede claro, “robados”. Al salir al exterior, esta vez calzados, el fugitivo que le suplicaba a la Virgen se gira hacia ella y le da las gracias. Lo ves, tonto, le dice a su compañero incrédulo, cómo nos ha hecho caso.

En la historia del mundo hay muchas clases de milagros, personas que resucitan, paralíticos que andan, ciegos que ven, náufragos rescatados, pobres millonarios, pero no seremos tampoco nosotros quienes hagamos aquí una apología de todos ellos, pero sí diremos que a nuestro peletero milagroso los que le gustan son aquellos en los que interviene el azar, la casualidad, donde la realidad física no es violentada y donde caben tanto grandes milagros como pequeñas casualidades poéticas que adornan nuestros días al igual que las flores adornan un jardín.

(El relato de los dos fugitivos disfrazados de cura está extraído de la película “Nunca fuimos ángeles”, dirigida por Neil Jordan, con guión de David Mamet e interpretada por Robert de Niro y Sean Penn).

lunes, 7 de julio de 2008

El peletero selecto



15 de julio de 2006

Eran treinta y seis las pieles de visones escandinavos machos de color “diamante negro” que necesitaba para hacer el abrigo. Allí encima tenía cerca de quinientas. De entre todas ellas había de escoger las treinta y seis. No sería difícil. Cinco para cada manga, dos para el cuello y veinticuatro para el cuerpo. Cada una de ellas tenía alrededor de sesenta centímetros de largo, sin incluir cabeza, ni cola.

Tenía que confeccionar un abrigo de ciento veinte centímetros de largo, medidos en el centro de la espalda, dobladillo incluido. Ese largo significaba que tenía que realizar cincuenta cortes en cada piel del cuerpo. Alargar en cada corte un centímetro, excepto en la cabeza que serían de un centímetro y dos milímetros. En la cruz, de medio centímetro y en la culata, de un centímetro y medio.

Al peletero selecto lo que le gustaba era cortar a pulso, pero hacía años que no practicaba con la “cuchilla”. Ahora había máquinas que sustituían a las manos. El corte con ellas era perfecto, rápido y sin titubeos.

Pensaba hacer un abrigo recto con un cuello solapa. Sin cruzar y con poco vuelo. Las mangas sin puños y el forro de seda carmesí. La mujer era un poco menuda y quería un abrigo hasta los tobillos, sencillo y austero. El único adorno sería un cinturón de cuero también negro, muy largo y muy estrecho, para anudárselo y sentirlo aun más próximo en días de mucho frío.

Una mujer bonita, no muy alta y extraordinariamente alegre. Delgada, morena, pálida, pelo corto y cara pequeña. Buenos labios y poco pecho, el suficiente para la arquitectura del abrigo. Los ojos grandes y también negros. Hemos dicho que los ojos eran grandes y negros y no hemos añadido que eran bonitos porque no lo eran, aunque nadie se los veía porque siempre los ocultaba tras unas gafas de sol. La mujer era ciega y su desviada mirada desfiguraba todo su rostro y le robaba su personalidad. En cambio, con sus gafas era todo otra cosa, enigmática, interesante, secreta.

La clienta de nuestro peletero selecto era guionista y locutora en un programa radiofónico de escasa repercusión y nula popularidad. Su corta audiencia y poco éxito la fue trasladando y recluyendo a esquinas cada vez más difíciles de la parrilla radiofónica. Aprisionada entre grandes programas de éxito el suyo parecía empequeñecerse cada vez más. Desde aquel rincón del reloj hacía su trabajo para quien quisiera oírla. Cada vez eran tan pocos que la emisora estaba ya cavilando que además de ciega la podía convertir en muda. Ella lo sabía y ante el posible despido no se le ocurrió otra cosa que hacerse un abrigo de visón. Hubierais tenido que verla acariciando y oliendo las pieles y tratando de recordar la suavidad y el olor de los visones del abrigo de su madre.

Iría a recoger el finiquito si se daba el caso, bien vestida y elegante. Y luego, con algún buen y fiel amigo y, ya que aun no era sorda, iría a escuchar música en directo en algún lugar tranquilo y confortable donde hubiera poca gente, y donde también hubiera poca luz.

Una vez cortadas y cosidas todas las pieles, cada una de ellas y entre si, había que aplanar las costuras, mojarles el cuero con agua y clavarlas, estirando a lo largo, a favor del pelo y dándoles la forma que indica el patrón. Dejarlas secar sin que les tocara el sol, pasarles la madera. Desclavarlas, marcar el patrón encima y recortar. Una vez recortada cada pieza también según señala el patrón, y... Muchas cosas más hasta tener el abrigo listo y terminado. ¿Te gusta?

domingo, 6 de julio de 2008

El peletero tourmaline



12 de julio de 2006

Decir que lo mejor de la película “Los pájaros” de Alfred Hitchcock es el abrigo corto de visón de color tourmaline que lleva Melanie Daniels es una exageración, porque no es verdad. No es un buen abrigo, lo visones tienen poco pelo y se abren en las costuras. Bien es cierto que Melanie no lo trata muy bien, pero eso no tiene importancia. Tampoco los pájaros ayudan, pero eso tampoco tiene importancia. El abrigo es malo y barato. Sí que es un acierto, en cambio, el color tourmaline; ese color de arena intenso es perfecto para el verde de su traje chaqueta. Y para sus cabellos rubios manchados de sangre.

Melanie es una niña malcriada, pero por lo menos tiene buen gusto al vestir. Buen gusto que según parece no comparten ni las gaviotas ni los cuervos que la atacan enloquecidamente. Deberían respetarla, porque ella es una buena muestra de la belleza en la especie humana que hay que preservar, pero esta lógica los pájaros no la entienden, si bien es cierto también, que una cura de humildad no le viene mal. Melanie necesita una buena bofetada a tiempo y los pájaros se encargan de dársela. A partir de este día en que la naturaleza se ha trastocado Melanie es otra. Pero Hitchcock no nos lo muestra del todo, no sabemos ni sabremos jamás que ocurre después. ¿Llega a casarse con Mitch Brenner?, ¿llega a deshacerse de su dominante suegra?

El tourmaline es un color natural, suave y sofisticado, conseguido artificialmente después de múltiples cruces en las granjas de visones. El abrigo corto es una pieza de día, muy apropiado para trabajar o ir de compras. Por ejemplo, una pareja de periquitos, que habrás de llevar en tu deportivo descapotable a un encantador pueblo de la costa californiana. Una vez allí cruzar un lago remando, allanar una morada ajena y depositar a los malditos periquitos en el salón. Y una vez hecho todo esto, desencadenar sin saberlo a las furias más terribles de la Madre Naturaleza.

“Todo esto empezó a ocurrir a partir de que ella llegó”, le espetan en la cara a la pobre Melanie los habitantes de Bahía Bodega. Perfecto, ya tienen identificado al chivo expiatorio. A punto están de consumar el sacrificio y de apaciguar a los dioses oscuros, cuando éstos, cada vez más desquiciados, la salvan a ella sin querer -y seguro que también a su abrigo corto de visón tourmaline- de una muerte segura y de una rapiña.

“Los pájaros” es una película que da para mucho, incluso para hablar de un mal abrigo corto de visón. Y levantar también acta aquí para lo que haga falta, incluso, si es necesario, de nuestra crítica más absoluta a la jefa de vestuario del film Edith Head por no saber encontrar un abrigo con mejores visones. Así como nuestra felicitación más entusiasta a Alfred Hitch-cock por no permitir que ningún pájaro haga sus necesidades ni en público, ni encima de nuestro querido abrigo de visón tourmaline. Que conste.

sábado, 5 de julio de 2008

El peletero loco



10 de julio de 2006

El peletero loco se levantaba cada mañana muy temprano, quería ser el primero en salir, pasear solo, disfrutar de las calles vacías, claras y poco iluminadas. Desayunaba siempre en el mismo café, no leía el periódico y miraba sólo el humo de su taza y el de la pipa que acababa de llenar y encender de perfumado tabaco. Estaba completamente loco pero no se le notaba en absoluto. Un poco más tarde se encerraba en su taller, allí disponía aún de dos horas para pensar en sus cosas, antes de que sus empleados empezasen a llegar. Estaba completamente loco pero no se le notaba en absoluto.

A la hora convenida se ponía a trabajar y a la hora convenida se iba a su casa. Cenaba, miraba el humo de la sopa y el de la última pipa del día con su tabaco picante y aromático y recordaba plácidamente ensimismado algo importante que no sabemos ni podemos imaginar. Los domingos y festivos hacia vida social y sexual. Aunque sin mucho entusiasmo sus amigos y amigas le querían y le apreciaban, estaba completamente loco, sí, pero ellos no se lo notaban, era buen compañero y amante, y aunque a veces ausente y desmemoriado, el humo, el olor y la forma de sus pipas le conferían un aspecto familiar y confortable, y en un rincón poco iluminado y en silencio su estampa se desvanecía suave y agradablemente. En silencio y casi a oscuras nadie se daba cuenta que soñaba con cosas tan importantes que no sabemos ni podemos imaginar.

A la mañana siguiente cuando todos aún dormían salía a pasear por calles vacías, claras y aún poco iluminadas.

viernes, 4 de julio de 2008

El peletero astrónomo



7 de julio de 2006

El peletero astrónomo siempre lo sospechó a pesar de que las evidencias científicas indicaran lo contrario. La ciencia no se equivocaba, de eso no tenía la menor duda, pero tan lógicas eran sus predicciones como negativos los resultados. El cálculo de probabilidades basado en la química del carbono había terminado siendo estéril, la realidad era tozuda. Cinco mil años de exploración astronómica, viajes interestelares, colonización y terraformación de planetas yermos, cinco mil años buscando por toda la galaxia y mirando más allá, y todo ello no habían dado ningún resultado; aparte de nosotros, no había nadie más. Bien es cierto que la especie humana como tal ya hacía mucho tiempo que se había roto en multitud de fragmentos. Gracias a la ingeniería genética, nuestra estirpe engendró las ramas más insospechadas, desde ángeles a verdaderos demonios. Las guerras entre todas ellas fueron numerosas y terribles, algunas de estas ramas fueron exterminadas, pero otras de nuevas aparecieron en su lugar. Ahora ya nadie puede ni quiere conocerlas a todas; algunas son efímeras, otras tal vez eternas, y muchas han huido para esconderse quien sabe dónde. Las comunicaciones siguen siendo lentas, tan lentas como lo podían ser hace cinco mil años, en eso la ciencia no se equivocó: nada puede viajar más rápido que la luz, pero las distancias que tenemos que atravesar son muchísimo más enormes que entonces, ahora todo está más lejos, tanto, que ni siquiera nuestra memoria es capaz de llegar. Los viajes en el tiempo resultaron ser sólo puras quimeras. El planeta Tierra llegó a sernos familiar, la galaxia en cambio nunca lo ha sido, y contemplar el resto del universo nos causa auténtico desasosiego.

Hubo un tiempo en que pusimos esperanzas en las máquinas, quisimos creer que ellas podían ser unas dignas compañeras de nuestras ilusiones, pero nos equivocamos, éste fue el primer límite infranqueable con el que topamos y la primera gran decepción. A este fracaso le llamamos “Paradoja Uno”, que consiste en la absoluta imposibilidad lógica de inteligencia artificial. Nunca ninguna máquina superó los protocolos que establece la “Paradoja Uno”. Buenos simuladores humanos sí que se construyeron, pero nada más.

Ahora estamos terminando los protocolos de la “Paradoja Dos” que han de establecer el árbol genealógico de la vida, con un único tronco y raíz: el planeta Tierra y la imposibilidad también más absoluta de que haya vida “extraterrestre”, si es que esta palabra significa ya algo.

Estamos llegando al final y todo indica que concluiremos los protocolos de la segunda paradoja con relativa facilidad, sin embargo cada paso que realizamos nos acerca más a la “Paradoja Tres” que de momento sólo somos capaces de vislumbrar como una tiniebla más inconmensurable que el propio universo. Nuestra formación científica y lógica nos impide nombrar a esta tercera paradoja con el nombre de Dios, sin embargo sabemos que sólo es un simple prejuicio psicológico. Que la ciencia haya llegado hasta este punto del camino no es un mal balance, al fin y al cabo no estamos tan solos, aunque nadie esperaba que el alienígena fuera Él.

jueves, 3 de julio de 2008

El peletero ornitólogo



5 de julio de 2006

A nuestro peletero ornitólogo le hubiese gustado tener a Jean Louise “Scout” como hija a pesar de no ser él ningún pájaro ateniense, ni gustarle tampoco la metáfora del ruiseñor. Ni siquiera cuando recordaba que no había llorado nunca tanto, como cuando de niño vio morir de viejo a su jilguero enjaulado, ni siquiera entonces conseguía no ver en el ruiseñor más que una metáfora vulgar de la bondad y la belleza, siendo ambas las dos cosas menos vulgares de la creación.

El peletero ornitólogo se estremece al recordar a Atticus Finch sentado delante de la cárcel que alberga a un inocente, joven, sano, bello y tullido. Allí ha ido Atticus, a guardarlo, allí ha ido San Jorge intercambiando su papel con el dragón, a protegerlo de la locura ajena. Es un Cancerbero que no ladra, ni muerde, ni asusta. Indefenso, con su libro en la mano, cuando se presenta la turba es un ser inerte, no ha podido o no ha querido tomar más precauciones. Tan honesto como arrogante se olvida que cuando hizo falta mató de un disparo certero al perro que le quiso morder su rabia. Irresponsable y tan dispuesto al martirio, que su deber parece ser su sacrificio y el de su protegido.

Al peletero ornitólogo le sorprende la valentía, sabe que en ella sólo habita el fracaso y que como la poesía o el amor, es hija de la soledad. Tal vez por eso su estupefacción es enorme cuando ve a los tres niños salir de la nada para mostrar impúdicamente junto a Atticus su debilidad y determinación, ángeles de la guarda de carne y hueso que con sólo su presencia consiguen ahuyentar el mal. Ni Jesucristo lo hubiese hecho mejor.

Atticus Finch habla con su hija Scout de ruiseñores, de belleza y de bondad. Scout, una niña sensible e inteligente, sabrá ver en el momento adecuado al ruiseñor del que su padre le habla, personificado en un vecino idiota, homicida, perspicaz, atento, cariñoso, con buen criterio, valiente y con una total determinación.

Atticus se quedará sin palabras. Él, un abogado que las usa como instrumento de su trabajo, se quedará sin ellas. La realidad y la contundencia de los hechos lo dejarán mudo. El vecino idiota ha salvado a sus hijos matando aquél que borracho los acosaba y perseguía, aquél que, falseando su testimonio, ha enviado al patíbulo a un inocente. Aquél que quería vengarse en los pobres niños de su propia indignidad.

Atticus cree en una justicia poderosa y ciega, pero ahora se da cuenta que también es sorda y muda. Atticus cree que la verdad necesariamente ha de triunfar, y ahora Atticus, aconsejado por el Sheriff y el sentido común, calla y con su silencio salva a su vecino, el ángel vengador. El entrañable idiota seguirá siendo un compañero misterioso, querido y vigilante.

En la Extremadura española de posguerra, el pobre Azarías, no tendrá la misma suerte. Después de vengarse ahorcando al señorito Iván, que acaba de matar a su milana bonita, será internado por loco y de por vida en uno de esos tristes centros para santos inocentes asesinos.

El peletero ornitólogo sólo le habla a su hija en sueños. Al despertar piensa en un valle flanqueado por poderosas montañas nevadas y en Shane, el rubio y extraño pistolero enseñando a un niño a usar el revólver. Más tarde, el chiquillo que juega a matar, verá, escondido tras una puerta, cómo el ángel de la muerte es abatido a tiros por Shane, salvando así a sus amigos y a toda una comunidad de la tiranía.

Cumplido su destino, Shane, tendrá que irse de este paraíso con un brazo herido, que como todos habrá sido construido con sangre, el mejor abono para las flores más hermosas y para los árboles con las raíces más profundas.

miércoles, 2 de julio de 2008

El peletero pintor



3 de julio de 2006

Dejó la peletería para dedicarse a pintar. Antes combinaba las dos tareas, pero cada una le quitaba tiempo a la otra. Tuvo que decidirse por una de ellas, ambas eran demasiado importantes para él, como para compartirlas entre sí y para sí. Con mucho pesar descartó la peletería y escogió la pintura.

Nuestro peletero pintor no se engaña cuando considera acertadamente que la historia de la pintura termina con Velázquez y sus Meninas. Cuando Velázquez convierte la ventana en un espejo. Con él el espacio pictórico se abre, nos envuelve y atrapa, nos hace estar presentes, tal vez como fantasmas, pero presentes sin duda. Por primera y última vez, nosotros, los seres reales y gracias a la técnica poética y pictórica, habitamos la tela, pisamos su suelo. Esto no había ocurrido nunca y jamás volverá ocurrir. Lo que Velázquez hizo no puede volver hacerse fuera del plagio, pero antes que él ya se vislumbró el camino, que los holandeses y algún que otro italiano recorrieron.

Nuestro peletero pintor sabe también que la pintura es un agujero, no sabemos en dónde, pero el desgarro es real. La pintura siempre nos habla del presente.

Los tiempos han cambiado y nuestro peletero pintor no se hace ilusiones. El bombardeo de imágenes que hoy en día recibimos es abrumador. Sus significados son también otros y tan velozmente cambiantes como el lapso que separa la noche del día. Él no desea estar a la moda, sólo quiere pintar a su manera y disfrutar con ello. Y así está dispuesto a hacerlo aunque tenga que renunciar y sacrificar muchas cosas y también aceptar otras. Constatará decepcionado que su mejor modelo es él mismo. Al igual que muchos otros, como Rembrand o Van Gogh, no tendrá otra posibilidad que autorretratarse en innumerables ocasiones. Su rostro será su campo de batalla, de donde saldrá tantas veces victorioso como derrotado.

El peletero pintor se encuentra sentado en su silla frente a su tela en blanco, tranquilo, tan absolutamente relajado y ensimismado que su mirada se ha desplazado y hace rato que la mantiene clavada, inmóvil en un punto de la pared de al lado, allí donde la pintura blanca muestra una pequeña y casi imperceptible mancha de color indefinido. Así lleva bastantes minutos, reposando su mente, despierto y mirando con atención la pequeña imperfección, la irregularidad, esta señal minúscula del tiempo transcurrido desde que hace seis meses pintó el piso. Sólo ciento ochenta días y la pared ya ha empezado a ser vieja, piensa. Sigue tranquilo, pero también comienza a entristecerse; esta pequeña señal es un descubrimiento inesperado y, bien mirado, una solemne tontería, ponerse triste por una pequeña mancha que incluso puede limpiarse con facilidad en esta pintura plástica es absurdo, lo reconoce, y por dentro se ríe. Cuando me levante, cogeré un trapo limpio, lo mojaré y limpiaré la mancha. Será fácil, se dice a sí mismo, un pedazo de sábana vieja y agua limpia, no necesitaré nada más. Cuando deje de mirar la mancha, me levantaré, iré a la cocina, cogeré el trapo y lo mojaré con agua. La cocina está justo detrás de mí y a la izquierda, si quiero ir he de dejar de mirar la mancha, pero es tan pequeña que tal vez, cuando regrese para limpiarla no sepa encontrarla, ¿dónde estará?, ¿más arriba o más abajo?, ¿más hacia la ventana o más cerca del suelo? No está ya tan tranquilo, empieza a dudar, la mancha sigue allí y él no puede dejar de mirarla. ¿Atrapado por una mancha pequeña de color indefinido que quizá sólo él es capaz de ver?

Al cabo de dos meses encontraron al peletero pintor bien muerto, sentado en la misma silla y con los dos ojos abiertos mirando no sé qué.