jueves, 31 de julio de 2008

El peletero/Una vida corta



14 Octubre 2006

Ella, como yo, también vivía en el ático. Yo en la puerta A, ella en la B. Lo cual quería decir que tendría su compañía todo el trayecto del ascensor hasta arriba del edificio, hasta el mismo rellano de mi apartamento y del suyo. Uno enfrente del otro. Yo en la A, ella en la B.

Mi nueva vecina era guapa y estaba casada. Tenía dos hijos pequeños y un marido muy alto, según el conserje, a los que yo todavía no había visto. Su elegante vestido hacía juego con el pan recién comprado, aun caliente, crujiente, dorado, que sostenía entre su cuerpo y el brazo izquierdo. Aquel pan le daba un aire familiar, cercano y protector. El olor de ambos era tierno y dulzón.

Se arreglaba el cabello en el espejo del ascensor mientras los dos manteníamos silencio y yo simulaba ojear el periódico. En la mano derecha llevaba las llaves preparadas para abrir la puerta de su casa. Eran unas llaves extrañas, grandes, en forma de espiral con los extremos puntiagudos, punzantes. Parecían un sacacorchos o un muelle, gruesos, robustos y tan peligrosos como una aguja de coser sacos. ¿Esas son tus llaves?, le pregunté. Si, claro, me contesto sin mirarme, son raras ¿verdad? No parecen llaves, le dije. Se giró, me miró y me preguntó sonriendo: ¿y a qué crees que se parecen? Me las puso delante de las narices, tan cerca parecían más raras que peligrosas. A los muelles de una máquina, le respondí. Tienes razón, no son lo bonitas que yo hubiese deseado, pero la puerta no se abre con otra cosa, me contestó haciendo una mueca simpática con los labios. Yo dejé de observar aquellas llaves para mirar como medio se mordía dulce y suavemente la boca con sus dientes amarillo marfil. La tenía muy cerca. Llegamos al ático.

Mira, ven, verás como abro la puerta. Introdujo hasta el fondo uno de aquellos muelles por un agujero redondo; una vez dentro, la puerta se abrió con un ruido metálico. El apartamento estaba a oscuras, no pude entrever nada.

¿Quieres pasar?, me pregunto amable. Y entré.

miércoles, 30 de julio de 2008

El peletero/La nevera



11 Octubre 2006

Las ventanas estaban cerradas y después de las ventanas habían las cortinas, gruesas, opacas y cerradas también. Fuera era de noche, la única farola de la calle tenía la bombilla rota, la luna era nueva y el cielo estaba nublado. Ni la boca de un lobo hubiese sido más oscura, más apestosa sí, pero no más negra.

Dentro de casa sólo había la luz de la nevera cuando la abría. Mientras tanto, únicamente oía su ronroneo y mi respirar tranquilo y paciente.

Había arrastrado el sofá hasta la cocina y lo había dejado frente a la nevera, pensé que era una solución mejor que arrastrar la nevera hasta el salón. Bien sentado, cómodo y reposado, abría y cerraba la puerta de la nevera con los pies. Abría y cerraba, abría y cerraba. Aquello parecía un faro en medio del océano lanzando sus señales de precaución para navegantes. Cuidado con los escollos y los islotes, no os acerquéis tanto, podríais naufragar, iros a pique, perder la carga y lo que es peor, la vida. Abría y cerraba, abría y cerraba. Si sigo así se me estropeará mi tan querida despensa, esta preciosa pierna, aquel magnífico brazo, lo que quedaba del hígado. El cerebro aun lo mantenía todo entero, no lo había ni tocado, esperaba una ocasión especial. Las costillas, sin embargo, me las había comido todas. Será mejor que deje de jugar con la puertecita, no quiero perder mi carga, me dije. Cerré la puerta de la nevera y se hizo la oscuridad. Cerré también lo ojos y abrí las orejas. Al poco tiempo oí el timbre de la puerta, mira, pensé, alguien que ha encallado en mi islita, tendré que hacer sitio en la nevera para alojar debidamente a mi huésped. Bienvenido.

martes, 29 de julio de 2008

La libreta de Miltón



4 Octubre 2006

Milton guardaba todo su mundo en una libreta tan pequeña que le cabía en el bolsillo superior izquierdo de su camisa. Agenda, diario, fichero, libro de contabilidad, bloc de notas y que sé yo qué cosas más. Todo le cabía en aquella minúscula libreta. No tenía ordenador, y ni mucho menos agenda digital, y su despacho estaba siempre limpio de papeles que no fueran el periódico del día, los pañuelos de celulosa que casi nunca usaba y una pequeña provisión de rollos de papel higiénico que guardaba en un armario. Naturalmente yo me sentía intrigado, ¿cómo podía aquel hombre que era rico, no sé si mucho o bastante, mantener aquella minúscula administración? Para averiguarlo nada mejor que preguntárselo directamente, aun sabiendo que podía ser indiscreto. Milton, la lógica que hay en tu libreta debe valer mil veces más que toda tu fortuna, ¿me equivoco?, no quiero conocer el secreto, pero dime si es así. Fue la primera vez que le vi sonreír espontáneamente. Normalmente tenía que coger unas tenazas, asir con ellas la comisura de sus labios y tirar con fuerza hacia arriba. Pero esta vez no, no hizo falta, me sonrió, me miró y me dijo que estaba equivocado. No hay ningún secreto, ni ninguna lógica que valgan millones. ¿Pero cómo lo haces entonces?, le repliqué. ¿No te has fijado?, me contestó, Sólo uso lápiz y goma de borrar. El secreto, si así lo quieres llamar, sólo consiste en saber qué has de borrar y cuándo has de hacerlo, nada más. ¿Sorprendido?, los secretos, en el mejor de los casos, cuando se desvelan siempre son así, decepcionantes, afirmó. Aunque a veces, sólo a veces y al cabo del tiempo, son algo más, nunca se sabe. Quizás algún día la vida te dé la oportunidad de saber para qué sirve una goma de borrar.

Desde entonces han pasado muchos años y al final lo he sabido, aunque para ello haya tenido que ir a parar a los cuidados intensivos de un hospital, condenado a la pena capital por un maldito tumor. Todas las terapias a las que me han sometido han fracasado. Pronto seré ejecutado y eliminado sin compasión con una simple y humilde goma de borrar. ¿Decepcionado?, no lo sé, pero no os tardaré en responder, aunque tal vez ya no me podáis oir.

lunes, 28 de julio de 2008

El peletero/La rendija



30 Septiembre 2006

Lo importante no era sólo lo que se veía, sino también lo que se decía, pero la rendija, aunque era suficiente para mirar a escondidas (para ver y no ser visto), era sin embargo demasiado pequeña para escuchar con claridad la conversación o alguna de las palabras.

Y allí estaba yo pues, con lo ojos y las orejas bien abiertas, espiando desde la otra habitación a través de aquella rendija lo que sucedía en aquel enorme salón de ventanas cerradas del piso de al lado.

Allí estaban ellos dos, sentados en enormes, anchos y cómodos sofás, conversando, a ratos amigablemente y a ratos no tanto, con sosiego y también con ardor y vehemencia. Se les podía ver de medio cuerpo, sus manos y el rostro, lo suficiente para percibir las expresiones de incredulidad, sorpresa, sinceridad, aplomo i todo aquello que da verosimilitud a lo dicho: emocionarse, decir la verdad o simular que la dices. Después de la euforia, la calma, después de la risa, el susurro.

Todo eso era lo que yo veía desde la rendija, complicidad y también desconfianza, sospecha y temor. Era mucho, pero al mismo tiempo no era nada porque nada podía oir excepto un rumor casi estomacal, como un rechinar de vientre o de cañerías atascadas, de ronquidos amortiguados y persistentes, de aludes lejanos y terribles. ¿Qué significaba aquel baile de manos, aquella dulzura en el gesto o aquella amenaza? ¿Y aquel dedo erecto i aquella mano abierta o aquel puño cerrado? Sólo podía especular, estaban demasiado lejos de la rendija como para poder cazar siquiera una triste sílaba.

Eso sí, el disparo se oyó muy fuerte y claro, todo fue tan rápido que el sonido ganó a la luz. No vi como el hombre de la derecha sacaba de su bolsillo la pistola, ni como apuntaba, ni como disparaba. El estruendo fue seco, corto y rotundo y el otro cayó como un muñeco. La sangre y la extraordinaria parsimonia del asesino, su tranquilidad, su lentitud y su absoluta falta de emoción fueron definitivas. El segundo disparo también lo oí, me atravesó el ojo, el cerebro, y salió por detrás de mi cabeza para incrustarse en la pared del fondo, dejándome una rendija en el cráneo por donde brotaron con generosidad la sangre y la memoria.

sábado, 26 de julio de 2008

El peletero galáctico



27 Septiembre 2006

Las órbitas cercanas a la tierra se están llenando de telescópicos satélites que no paran un segundo de escudriñar el cielo, rastrearlo y barrerlo en todas las longitudes de onda posibles para confeccionar los más exhaustivos y detallados mapas celestes.

Según parece, el cielo que se encuentra encima de nuestras cabezas contiene una variedad enorme de objetos diversos, algunos de los cuales aun nos son absolutamente desconocidos. Desde brillantes y sencillas estrellas de la llamada secuencia principal como nuestro querido Sol, hasta los tenebrosos y paradigmáticos agujeros negros. Nuestros ojos perforan el cielo hasta el mismísimo principio de todo, en un curioso y sorprendente viaje en el tiempo. Siempre hacia atrás, directos al pasado que nos alumbró en un espectacular descorche de champaña.

Mientras tanto, las naves terrestres empiezan a surcar los cielos negros. Pocas son las que se han atrevido hasta ahora a aventurarse más allá de Plutón, con mensajes de buena voluntad para posibles encuentros con quién sabe quién. Abandonadas a su suerte, se alejan en este pozo perfecto como las botellas de un naufrago esperanzado o desesperado. Los cabos se han soltado y la noche las ha acogido.

Dentro de poco volveremos a la Luna, llenaremos nuestras órbitas más cercanas de turistas millonarios y pondremos el pie en el frío Marte. Pronto también volveremos a cartografiar el infierno de Venus, mientras de paso echamos una ojeada al misterioso y prometedor Titán, haciendo, eso sí, una pequeña escala en la helada Europa.

Entre nave y nave surcando el más allá, en la tierra vamos construyendo enormes cañones circulares, microscopios gigantes, cada vez más grandes y poderosos. En ellos bombardeamos partículas atómicas contra partículas atómicas, como si fuera una autopista llena de conductores suicidas. Las colisiones desgarran el tiempo y el espacio, y de los pedazos rotos, de su destello y de su eco, intentamos reconstruir su morfología y sus cualidades. Como buenos médicos forenses, abrimos la materia en canal a golpes de hacha y martillo. Después, pesamos y medimos los despojos. En ellos vemos de qué pasta están hechas las cosas y a través de la luz que desprende el polvo que cubre nuestras manos, pretendemos también ver qué cosas maravillosas hubo antes de que hubiera algo.

Esta es una aventura sin par, sin medida y sin fin.

El peletero “galáctico” pertenece al futuro, es un ser que aun no conocemos y que ni siquiera podemos vislumbrar. No sabemos nada de él, si sobrevivirá o no a mañana o a pasado mañana. Sólo la materia de la que están hechos los sueños le permitirá seguir adelante. Mientras continúe siendo fiel a ella, podrá, como hasta ahora, atravesar las nubes, cabalgar las estrellas y encaramarse hasta donde su alma lo lleve.

viernes, 25 de julio de 2008

El peletero familiar



“¡Es peor que un asesinato, es un error!”. Esta frase maravillosamente cínica, la pronunció sin rubor, el político francés Joseph Fouché a cuenta de un asesinato que ordenó ejecutar Napoleón Bonaparte.

Antiguo sacerdote, diputado en la Convención revolucionaria francesa que votó la guillotina para Luís XVI y su esposa Maria Antonieta. Comisionado como depurador de antirrevolucionarios a base de cortarles la cabeza o simplemente cañoneándolos en masa para ir más rápido. Jefe de policía, conspirador, diplomático, republicano, monárquico. Ayudó a dictadores, depuso a emperadores y coronó a reyes. Fue imprescindible para todos aquellos que querían ejercer el poder con seguridad y eficacia. Todos le necesitaron y todos dependieron de él hasta extremos tan peligrosos, que incluso su propia seguridad era amenazada.

Así nos lo cuenta Stephan Zweig, con su prosa tan suave, clara y precisa. Zweig era un narrador delicioso, el texto fluye como una brisa limpia y fresca en una atmósfera transparente y brillante. Exacto, inteligente y sencillo. Así nos narra la vida de un monstruo al que todos temían y necesitaban. A todos ellos sobrevivió y a todos les dio lo que deseaban y de todos ellos consiguió lo que quería.

Joseph Fouché, paradigma de político arribista, sin entrañas ni escrúpulos, cínico y malvado, amaba con una excelsa ternura a su mujer y a sus hijos. Ellos eran la razón de su existencia. Jamás los abandonó, siempre los protegió del horror de la vida. Los quiso con fervor y delicadeza, ellos siempre fueron su retaguardia donde descansaba y reponía fuerzas. En ellos se reconfortaba y en ellos se reconocía. Él, temido y odiado por todos. Él, que almacenaba en su conciencia, miles de muertos. Él, que como jefe de policía, conocía los secretos y miserias de todos, la inmundicia de sus almas y de sus cloacas. Él, al que no le temblaba la mano cuando tenía que matar, hubiera dado su vida por su familia. Así era y así fue hasta el día que murió en su cama.

Para Mohandas Karamchand Gandhi, conocido como Mahatma Gandhi, su familia era la humanidad entera. Fue esa humanidad la que concentró todas sus fuerzas y capacidades, fue ella y no otra el acicate fundamental en su vida. En nombre de su pueblo hablaba al mundo entero. Icono universal de la no violencia, la resistencia pacífica y la paz, toda su vida fue un combate duro y difícil en la defensa de estos ideales. La lucha que mantuvo para conseguir la independencia de la India de la Corona Británica también fue ardua y comprometida. Muchos kilómetros andó y muchas huelgas de hambre realizó, dentro o fuera de las cárceles en las que le encerraron. En 1942, estando en una de ellas, le comunicaron la muerte de su esposa. Prometidos ambos en edad muy temprana, Gandhi llegó a enamorarse tan apasionadamente que abandonó a su padre moribundo y agonizante, para acostarse con ella. Ésta falta no debe manchar toda una vida dedicada a la paz y a los beneficios morales que indudablemente conlleva la no guerra. Mahatma Gandhi llevó a tal extremo este principio, que llegó incluso a aconsejar a los británicos la pasividad y la no beligerancia frente a las tropas nazis que acababan de derrotarles en los campos de Francia y estaban a punto de invadirles. Los ciudadanos de Gran Bretaña no le hicieron caso; en cambio, el pueblo judío, de forma inconsciente, involuntaria y fatal, se enfrentó al horror con la pasividad que Gandhi reclamaba.

Sin esperanzas de poder desarrollar la abogacía en la India, decidió emigrar a Sudáfrica, otra colonia británica. En ella inició sus actividades políticas, reivindicando la dignidad y los derechos que merecían los hindúes que allí vivían. La laboriosidad de la comunidad hindú, sus buenas costumbres, educación y la formación que les otorgaba pertenecer a una civilización exquisita y milenaria, Gandhi los contraponía a la indolencia y pereza del hombre negro sudafricano, sólo preocupado -según su parecer- en tener muchas mujeres que trabajasen para él.

Años después regresó a la India, la recorrió a pie, en tren o en automóvil. Entre huelgas de hambre, proclamas políticas y matanzas de unos y de otros, el país se le rompió en dos. Mientras tanto, sus hijos veían crecer en ellos un rencor por el padre nunca presente, atento a nobles causas, sometido a grandes deberes, destinado a importantes misiones, pero siempre ausente de casa. El padre no lo era sólo de sus propios hijos, sino de todos. Ellos debían comprender lo insignificantes que eran frente al mundo entero. Para Joseph Fouché lo que era insignificante era este mundo que tanto amaba el Mahatma.

Gandhi como Jesús, después de allanarnos el camino con sus humildes zapatillas, murió también asesinado. Sus familias les lloraron, abrumados por la enormidad de sus figuras que ya nadie se atreve a juzgar. A sus madres, a sus hijos, a sus hermanos, sólo les quedó reverenciarlos como luego harían millones de personas.

Hitler sólo amó a su perro, la enorme tarea que tenía por delante tampoco le permitía más.

miércoles, 23 de julio de 2008

El peletero escapado



20 Septiembre 2006

Recuerdo el principio: un Lancia Aurelia sport B24 recorriendo a toda velocidad las calles absolutamente vacías de Roma, un 15 de agosto en alguno de los primeros años sesenta del siglo pasado. Lo conduce Bruno Cortona, un hombre de mediana edad, ansioso por encontrar un estanco abierto y un teléfono público.

Pleno Ferragosto, al deportivo de Bruno le chirrían las ruedas mientras atraviesa veloz una Roma abandonada. Todas las rejas están echadas y todas las puertas cerradas, mientras tanto, el sol ilumina cruel todos los rincones, obligando a las ratas y a los gatos a esconderse debajo de algún adoquín.

Mas tarde, Bruno Cortona se encuentra con Roberto Mariani, joven y tímido estudiante, que solo y aburrido, se halla en su apartamento romano preparando sus exámenes. La fatalidad los une y la fatalidad los lleva a emprender, también como los demás, la huida.

El resto lo recuerdo confuso, deshilachado. Una playa llena de bañistas. El mar, alguna radio emitiendo canciones del verano: “Saint Tropez Twist” de Peppino di Capri. “Guarda come dondolo” de Edoardo Vianello. Una ex esposa y una casi ex hija. Y llenándolo todo, las palabras de Bruno, un manantial inagotable, una lluvia torrencial. Y entre ellas, aprisionado entre cada sílaba, entre cada letra, el pobre Roberto y su indecisión y rubor.

Recuerdo también el final. Una carretera estrecha llena de curvas y el bello Lancia sorteando imprudentemente automóviles y camiones. Tras uno de ellos la muerte. La muerte de Roberto y la mirada ciega de Bruno mirando como se llevan el cadáver y el Lancia.

Sólo el suicidio de Steiner y la muerte de sus hijos por su propia mano, en “La dolce vita” me sorprendieron tanto como esta muerte de Roberto en “Il sorpasso”.

Steiner, amigo de Marcello, intelectual, hombre culto, refinado, al que le place y consuela oír sonidos grabados de la naturaleza, como el viento o la lluvia. Steiner, músico que se deleita interpretando a Bach en una iglesia vacía, sólo para sus oídos delicados. Steiner, hombre sabio, que sólo sabe responder a las preguntas que lo atormentan matando a sus hijos y luego matándose él. Pobre Marcello, se siente algo culpable, piensa que tal vez lo podía haber evitado.

En cambio, Bruno no siente nada todavía, sólo sabe ir rápido en su automóvil y en su vida sólo sabe desear estar en otra parte. ¿Cómo es que ahora, maldita sea, alguien le está pidiendo que se quede y haga algo más?, ¿no saben que tiene prisa?

martes, 22 de julio de 2008

El peletero velazquiano



16 Septiembre 2006

La biblioteca de Rodríguez de Silva Velázquez, “Velázquez” estaba casi sólo compuesta de libros científicos y técnicos. También habían estados de cuentas, relaciones de cosas, inventarios. Nada de o sobre, arte o pintura. Tampoco dejó escrito ningún epistolario o diario donde poder encontrar y saber lo que pensaba sobre las cosas y las personas que poblaron su vida. De él sólo tenemos apuntes biográficos y su obra. Su familia, esposa, hijos y amigos, siempre fueron sombras apagadas en una habitación a oscuras. Nada sabemos de él.

El gesto de su mano, la luz de sus ojos, el color del aire que respiraba, la mancha de óleo, son todos ellos magros restos de alguien que mantuvo silencio. De alguien que siempre consideró que era mejor callar sobre aquello de lo que no se puede hablar. Nosotros, también respetaremos la dignidad de esa página en blanco y nos conformaremos, que es mucho, con lo que sus ojos vieron y sus manos pintaron.

Los niños son personas enteras, acabadas y terminadas. Completas, no les falta ni les sobra nada. No son ningún proyecto. Son todo lo que pueden ser, que es tanto como lo que se puede ser a cualquier edad.

El Infante Felipe Próspero, hijo de Felipe IV y de Mariana de Austria, tenía que ser Rey.
Nació el 28 de noviembre de 1657 y murió el 1 de noviembre de 1661. Apenas cuatro años de vida, enfermo de epilepsia. Velázquez lo retrató en 1659, cuando sólo tenía dos. Fue uno de sus últimos trabajos, por no decir el último. No sobrevivió a su joven modelo, el pintor murió el 6 de agosto de 1660.

Felipe IV tuvo once hijos, uno murió de joven y ocho en la misma infancia. Sólo dos llegaron a adultos. Uno de ellos fue el futuro Rey de España, Carlos II, nacido pocos días más tarde de la muerte de su hermano Felipe Próspero.

Unos meses después del alumbramiento de este hijo que tenía que ser próspero, el 4 de marzo de 1658 y para celebrar tal acontecimiento, se estrena en el Palacio de la Zarzuela, “El laurel de Apolo”, primera parte de “El golfo de las sirenas”, obra teatral y musical -una zarzuela- de Calderón, inspirada en la “Odisea” de Homero. Estas primeras zarzuelas eran puro divertimento, no pretendían ser otra cosa que un alegre pasatiempo. Y con ese espíritu triunfal que otorga el “laurel”, símbolo de la Victoria, se daba la bienvenida a un futuro Rey.

Velázquez no esperó al futuro para retratar al niño. Con su delantal blanco repleto de amuletos para alejar las enfermedades y el mal de ojo. Con su corto pelo rubio, con su mano derecha apoyada en el respaldo de una silla. Con su vestido principesco de tonos rojos y con la sola compañía de un perro de mirada melancólica, Velázquez pinta la ternura y el desamparo que el tiempo nos regala, en la figura de un niño que como él, pronto morirá.

lunes, 21 de julio de 2008

El peletero payaso



13 Septiembre 2006

Andaba cuatro pasos con aquellos enormes zapatones, tropezaba y caía. Su redonda nariz roja chocaba de mala manera contra el suelo. Sus pelos color fuego se despeinaban aun más. Se levantaba y vuelta a empezar. Así, innumerables veces. El público no podía parar de reír. ¿Por qué lo hacían? Nuestro futuro peletero no entendía que pudieran reírse de alguien que tropieza y cae. El payaso lloraba de una manera extraña, sin lágrimas y muchos gemidos o con un torrente de ellas y con silencio. El público seguía riendo. ¿Por qué ríen cuando él llora?

Pasaron los años y nuestro peletero entendió la clave del juego, aunque él nunca se rió de verdad, pero fingió hacerlo para no desentonar. En carnaval siempre se disfrazaba de payaso esperando una extraña oportunidad. ¿Cuál?, ni él lo sabía, pero esperaba paciente. Cuando se presente sabré que es ella, se decía a sí mismo. En los cumpleaños también se disfrazaba de payaso y hacía reír a los niños y a sus padres. Aun le costaba entender aquellas risas y que un personaje tan grotesco como él, con un vestido tan absurdo y un maquillaje tan esperpéntico las pudiera provocar. Pero así era. En los fines de semana y en las horas libres que podía arrancar a su principal obligación de peletero, fue especializándose también en animador de fiestas infantiles.

Hasta que un día, un niño no sólo no rió sino que rompió a llorar entre temblores. Él intentó calmarle, tranquilizarlo, pero todo era en vano. Las caídas fueron más brutales, los tropezones más espectaculares y los gemidos más chillones. Nada dio resultado, el niño seguía llorando y temblando de miedo. Nuestro peletero payaso entendió que aquella era la oportunidad que tanto tiempo llevaba esperando, de golpe se le había revelado cual era el auténtico sentido de un payaso. Nuestro peletero siguió actuando con más énfasis, ahora sí que le ponía pasión a su actuación. Este primer día fue uno, pero al siguiente consiguió que fueran dos, al otro tres, cuatro, cinco, hasta que un día los padres lo echaron, también temblorosos y temerosos como sus hijos. Un payaso que hace llorar, un payaso que da miedo, no puede ser, se decían.

Sí que puede ser, pensó él, ya veréis como sí. El sabía que lo contrario de la risa no es exactamente el miedo, la tristeza sí, pero no el temor a sufrir un daño o a perder la propia vida. Sin embargo, para reír con tranquilidad y con alguien, se requiere la paz y la seguridad que ella conlleva. Incluso para reírse de alguien, para burlarse de él se necesita la superioridad que el poder tiránico otorga. Alguien apenado no reirá, pero a alguien atemorizado se le congelará la risa en la boca.

Su mala fama creció hasta el punto que ya nadie quería contratarle en las fiestas de aniversario de sus hijos. Tuvo que abandonar su modesta vocación dramática. Ni siquiera un tímido intento de actuar para público adulto tuvo éxito. Los espectadores abandonaron el anfiteatro atemorizados y descompuestos. Los pocos críticos que vieron su fracasada representación no supieron explicar la sensación de auténtica amenaza que a partir de aquel momento se cernía sobre ellos.

Tuvo que desistir, como es normal nadie quería sentir auténtico miedo. Incluso hubo quien lo denunció por amenazas, pero el arte es un saco donde todo cabe, incluso…

Pero nunca nada malo ocurrió. Nuestro pobre peletero payaso tuvo que renunciar frustrado al noble arte de atemorizar y apesadumbrar. Guardó su peluca, su nariz roja, sus zapatones, sus pinturas para el maquillaje, sus enormes pantalones. Todo su ajuar quedó encerrado en un baúl y con él las esperanzas que se había forjado de dar alma a este ser del que todo el mundo huía. Este fracaso vital y artístico lo trastornó de tal manera que no sólo le cambió el ánimo, su rostro también se transformó. El rictus, las arrugas, las proporciones, la mirada, todo su perfil mudó, incluso lo hicieron también sus manos y el color de su piel. De un pálido casi blanco en la frente a un azul oscuro en los ojos y a un rojo sangre en los labios. Su descuidado atuendo no ayudó. Nadie deseaba su compañía, todos se apartaban de él. Tuvo que cerrar la peletería y acostumbrarse a vivir con penurias cada vez mayores. De la caridad pública consiguió chaquetas a cuadros cuatro tallas más grandes, zapatos rojos y enormes, y pantalones que tenía que anudar con una simple cuerda. Empezó a beber y después de cada borrachera su nariz era más roja y sus cabellos estaban más despeinados.

Ni siquiera el ataúd fue de su talla cuando lo enterraron después de encontrarlo muerto en una esquina de una calle entre basuras. Alguien sin miedo o de otro mundo le había dado una paliza de la que no pudo sobrevivir. Su aspecto no resultó peor que cuando estaba vivo. En una fosa común descansa, esperemos que los muertos que lo acompañan no huyan despavoridos.

domingo, 20 de julio de 2008

El peletero piel roja



9 de septiembre de 2006

Uno de los tormentos clásicos que inflingían los apaches chiricahua a sus enemigos, blancos o rojos, era atarlos panza arriba mirando el sol con los párpados cortados.

Los Lacota, conocidos popularmente como Sioux, se lanzaban al ataque profiriendo amenazas sodomitas.

En “Meridiano de Sangre” de Cormac McCarthy, el grupo Glanton que se dedica, a cambio de unos dólares por cabeza, a matar “salvajes” por encargo de las autoridades, sigue después con mejicanos cuando ya no encuentra más indios a quien arrancarles la caballera. Una vez muertos todos nos parecemos.

George Catlin y Karl Bodmer, entre muchos otros, pintaron con una magnífica precisión y delicadeza al nativo norteamericano. A éste le gustaba verse retratado de tan buena manera por estos medio-artistas, medio-antropólogos y medio-exploradores. Sus pinturas son de un encanto naif genuino y el detalle que en ellas se muestra delatan el buen ojo del naturalista para transcribir a los demás la realidad. A nuestro peletero piel roja le hubiese gustado ser uno de ellos, recorrer con sus telas y pinceles la frontera, en busca de diamantes en bruto para retratarlos con curiosidad y respeto.

El mundo que ellos vieron ya no existe.

La cultura de las praderas de Norteamérica nace con la llegada de los caballos que traen los españoles. Estos seres de otro mundo, vestidos de metal, enloquecidos por el oro y con cruces colgando del cuello, cabalgan una enorme bestia que viaja como el viento. En esta ocasión el indio americano ve en este animal algo más que carne para comer y no lo extermina como miles de años antes había hecho con el caballo aborigen. Tal vez, al ver a los intrusos que creen ser dueños de todo, a lomos de este perro gigante, los imitan y aprenden también a montarlo. La libertad de movimientos y el largo recorrido que la monta de este animal les permite, cambiará la historia de estas praderas interminables. Aunque continuarán poco habitadas, dejarán de ser casi un desierto de hierbas mecidas por la brisa o zarandeadas por la tormenta. El indio también irá a buscar su oro en forma de un ser fantástico llamado bisonte. Los cazarán a flechazos, uno a uno, no regalando nada a los buitres y también los matarán a cientos, despeñándolos por barrancos o haciéndoles caer en trampas, unos encima de otros, aplastando y asfixiando a los de abajo, dejando la pradera teñida de sangre y sembrada de cadáveres para, esta vez sí, festín de los carroñeros. Que nadie suponga, como lo hacen los ecologistas de pacotilla, que sólo mataban lo que necesitaban. Ellos, como todos, procuraban que el trabajo fuese fácil y despeñar bisontes lo es mucho más que cazarlos uno a uno.

Los comanches, de habla uto azteca, fueron los primeros en recorrer estos espacios enormes. Ellos dieron ejemplo a los que llegaron después, y junto con las tribus seminómadas y agricultoras del Missouri, como los Mandan, Hidatsa y Arikara, impusieron un modelo económico y estético que fue imitado y adaptado por todos los demás pueblos que como ríos desembocaron en estas planicies. Para ellos la pradera fue también un “El Dorado” y una hermosa epopeya. En ella se establecieron alianzas y se entablaron guerras. Unos llegaron primero y otros después, queriendo los recién llegados tener también su lugar en el Sol. Y luego aun llegaron más todavía, empujando a los anteriores. Había algo en el lejano Este que se movía con la fuerza del huracán. Nadie se le podía resistir. Nada podía evitar su avance hacia poniente. Tribus enteras tuvieron que desplazarse, desplazando a su vez a otras. En este envite dieron lo mejor de sí. Cuando la distancia del tiempo lo permita, alguien deberá contar y cantar su leyenda y a sus héroes. Sólo el día que su historia se convierta en mito les habremos hecho justicia.

La cultura de las praderas fue efímera, ni siquiera llegó a doscientos años. No pudo sobrevivir más tiempo al empuje de la enorme ola migratoria que había desembarcando en las orillas del Atlántico. Su vida fue corta, pero su esplendor llega hasta nuestros días. La estampa de un indio americano de las praderas montando a pelo un caballo semisalvaje, con su tocado de plumas, sus pinturas de guerra y sus armas, en medio de una pradera inmensa, es insuperable. Ningún rey, ni reina, ni ave del paraíso han sido jamás rivales para disputarle la primacía.

Dueños y señores de todos los caminos, fueron a donde quisieron. Bajo el cielo y su terrible manto desafiaron a los hombres, al viento y a las bestias y sólo el tiempo los derrotó.

De Tashunka Witko (Caballo Loco), jefe de guerra de los Oglala, no existe ninguna fotografía fidedigna, sólo relatos más o menos fieles de retazos de su vida arriesgada y de su muerte violenta, triste y valiente. Nadie lo fotografió, nadie lo pintó, pero alguien nos narró lo que debía ser contado.