jueves, 13 de noviembre de 2008

El peletero/Julia (y 3)



28 Abril 2007

Todo el mundo debería conocer a Marco Pagotto, el famoso piloto de hidroavión de la Primera Guerra Mundial, que por culpa de una maldición hubo de sufrir y soportar que su rostro se transformara en el de un cerdo. Así ha pasado a la Historia, con cara de puerco y con el nombre de “Porco Rosso”.

Naturalmente las maldiciones guardan proporción con el pecado cometido y el de Marco Pagotto debió de ser terrible para merecer exhibir en público la faz condenada de un marrano.

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Era igual que Anne Margret, aunque sin su mirada maliciosa. Tenía los ojos llorones y ligeramente hinchados que le daban un aire triste y alegre, y ambas cosas, cómo todo el mundo ha de saber, no son lo contrario lo uno de lo otro.

Se llamaba Julia, era irlandesa, pelirroja y todavía le faltaban dos meses para cumplir los diecisiete años. Trabajaba de camarera en el comedor que se improvisaba en cada ocasión que había subastas de pieles en la Hudson’s Bay Company de Londres. Se aprovechaba uno de los grandes salones del amplio edificio y se contrataba a una empresa de catering, camareros y camareras incluidos. Entre ellos estaba Julia.

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Todavía era temprano y yo ya había cenado. Me iba a dormir. Le estaba pidiendo la llave de mi habitación al conserje del hotel, cuando oí a dos muchachos hablarse en catalán. Estaban tratando de preguntarle a un botones si conocía un buen restaurante hindú. Estábamos en Londres y el botones era jamaicano y no tenía ni idea de restaurantes, y mucho menos hindúes.

Les saludé en su mismo catalán, que también es el mío, y les dije que conocía lo que buscaban. Los dos eran muy simpáticos y me invitaron a cenar con ellos, pero yo ya había cenado. Insistieron y me dejé convencer fácilmente, su propuesta era mucho más sugerente que encerrarme en la habitación del hotel Selfridge.

Mis acompañantes casuales eran aproximadamente diez años más jóvenes que yo, y yo veinte más viejo que Julia. Se encontraban haciendo turismo, no como yo que había ido para trabajar; la Hudson’s subastaba astracanes swakara y debía comprar algunas partidas. A los dos les pareció interesante mi trabajo En aquella época todavía no debía dar explicaciones sobre ello y la gente aun no me miraba como si fuera un delincuente, un peligro público o alguien decididamente inmoral cómo ocurre ahora.

Nada más entrar la vi. Julia estaba sentada en una mesa con tres amigas más, eran también compañeras suyas y camareras. Las cuatro iban vestidas de fiesta, con ese poco gusto que tiene el británico medio para vestirse y para vestirse de fiesta. Las saludé y les dije que en esta ocasión no eran ellas las camareras. Sus tres amigas me rieron el comentario, pero ella no, me miraba, sonreía y parecía no haber escuchado nada. Yo pensé que debía ser mi pésimo inglés. Me fui a sentar con mis dos jóvenes que ya estaban instalados en una mesa un poco alejada de la de ellas.

Con curiosidad me preguntaron que quienes eran aquellas cuatro preciosas muchachas. Se lo conté, aunque preciosa y bonita de verdad solamente lo era mi pelirroja Julia, una celta auténtica. Las otras tres eran jóvenes, sí, y tenían también esa peculiar belleza sajona, que los que no son de las islas afirman sin ambages que es una pura falta de gracia física. No es cierto, aunque hay que reconocer que la forma y el tamaño de los dientes y nariz no eran para ganar ningún concurso de belleza. También es verdad que su extremada piel blanca tenía más granos de los necesarios y que a su pelo rubio le faltaba luminosidad. Pero sus ojos estaban llenos de vida y aunque desgarbadas y poco elegantes eran simpáticas, alegres y nada vergonzosas. Mis amigos pidieron cena completa y yo solamente una cerveza.

No pasó mucho tiempo hasta que Julia se acercó y nos invitó a compartir con ellas la misma mesa. Naturalmente aceptamos de inmediato, aunque al camarero no le hizo mucha gracia reorganizarlo todo para siete personas.

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Hace muchos años, mi padre y yo, nos fuimos hasta uno de los extremos de Londres a ver un museo de aviones antiguos. A él le gustó mucho, pero el pobre ya se estaba haciendo mayor y se cansaba más rápido que antes, pero no dejó de acompañarme. Yo ya sabía que luego debería colocarme tapones en los oídos para no oír sus ronquidos. Roncaba cómo un león enfadado. Es curioso, ahora tiene 89 años, Alzheimer y no ronca. Pero en aquella época era todavía un hombre fuerte que empezaba a cansarse y que aun conservaba toda la curiosidad del mundo. Fue encantador ver su cara mirando aquellos monstruos silenciosos que no hacía mucho habían atravesado las nubes transportando vida y muerte. Ni siquiera Leonardo hubiera podido imaginar jamás tantas aventuras. La vida entera, misteriosa y poderosa en la mano abierta, generosa y creadora de un hombre que se hacía viejo.

Sinceramente creo que Dios está todavía sorprendido de lo que los seres humanos hemos sido capaces de hacer, y no me refiero, naturalmente, a las muertes y a las atrocidades, pues más genocida que Él no ha habido nadie. Cada vez que se lo recuerdo se calla, debe pensar que todavía no puedo entenderlo. Es posible, pero yo le desafío irresponsable y temerario, y le digo, venga, anda, sube a ése avión y verás la belleza que has creado, y él calla. Siempre calla, en lugar de sus palabras me ofrecía los ronquidos de mi padre que desde el fondo de los abismos bramaba y suplicaba amor y paz. Pobre papá, casi ya no tiene memoria y no recuerda los miles de kilómetros que hizo volando solo, y después conmigo. Como San Pedro, él también debe tener escondida alguna llave en algún rincón. Antes de morir, en su último momento de lucidez, sé que me la dará y Dios, con todo su poder, no podrá hacer nada para evitarlo.

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Yo, por supuesto, me senté al lado de Julia, ella ya supo maniobrar para que me colocara a su derecha. Me dijo que estaba estudiando italiano y que quería irse a Italia a trabajar de camarera. Lo decía con el entusiasmo y el orgullo de aquél que dice que va a Florencia para doctorarse en Pintura Renacentista del Quatroccento. Oírle decir eso y oírselo decir así, era para ponerse a llorar de ternura.

“Rosso”, decía contenta, mi pelo en italiano es de color “rosso”, y al decirlo sonreía con sus inmaculados y perfectos dientes blancos y sus cuatro pecas de pelirroja en las mejillas. Efectivamente, tenía el cabello, y todo el resto de su pelo, “rosso”, puedo dar fe que me quemé al tocárselo.

He de reconocer que todavía desconozco la razón de por qué aquella muchacha irlandesa me lo puso tan fácil; no lo sé, de verdad que no lo sé, no es inmodestia, es que yo, en ningún caso, podía merecer su atención, era completamente absurdo.

Seis meses después vino a España y me llamó, nos vimos, me dijo que si yo quería se quedaría aquí en lugar de ir a Italia.

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En una ocasión le hice a una clienta un “qipao” de cuero negro ribeteado con cuero rojo sangre. Un “qipao” es un vestido tradicional chino. Muy ajustado al cuerpo con corte lateral para facilitar los movimientos de las piernas y cuello “mao”. Las mangas pueden ser largas o cortas, en este caso eran muy cortas, muy por encima de los codos. Quiso también una estola hecha con dos zorros del mismo color que el ribete. No los encontramos y tuvimos que mandar a teñir solamente dos, sin importarle tener que pagar el coste. Era italiana y quería que su rojo fuera “un rosso sanguinante”. Tenía casi sesenta años, un cuerpo bien musculado y debidamente operado, y el pelo muy blanco, orgullosamente blanco, corto y sin teñir. Estaba extraordinaria con su qipao de cuero negro.

¿Qué harás con él?, le pregunté. No dejar perder la próxima oportunidad, me respondió.
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No tengo ni idea de lo que fue de la vida de Julia. No sé si se fue a Italia o se quedó en España. Nunca más supe de ella. Nunca más.

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Mi padre ha perdido la facultad de hablar, incluso ya no es capaz de distinguir entre el sí y el no, que evidentemente es algo mucho más trascendente que distinguir el bien del mal. Su vida ya carece de contornos. Si yo fuera budista debería sentirme satisfecho, pero como no lo soy, no me siento pagado. Al menos cuando me mira, quiero creer que todavía me mira a mí y no a Dios. Ese es un asunto privado entre mi padre y yo, y en eso Dios no pinta nada, no es un asunto de su incumbencia.

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Cómo toda esta historia es solamente ficción, al menos debo terminarla con alguna verdad cierta. Eso significa que habré de confesar que hace muy poco, exactamente dos meses, alguien muy especial me hizo una pregunta muy parecida a la que Julia se atrevió hacerme en aquel entonces. Como estoy muy cansado de acarrear esta cara de cerdo “rosso”, he respondido de manera muy diferente. Sinceramente, espero poder mirarme pronto otra vez al espejo.

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Si tú quieres vengo a vivir a España, me ha preguntado.

lunes, 10 de noviembre de 2008

El peletero/Julia-2



25 Abril 2007

He llegado al hotel después de conducir algo más de mil kilómetros, era ya de noche y he cenado hígado fresco, hígado de cordero. Cuando el hígado está bien asado se derrite en la boca cómo si fuera gelatina. Lo notas y no lo notas.

El hígado era de cordero, en cambio, la camarera que me lo ha servido era una mujer. Más joven que yo y mucho más delgada también. Rubia natural, guapita de cara, espigada, poco culo y tetas inexistentes.

Mi tío Eduardo afirmaba que una mujer delgada es igual que un pantalón sin bolsillos, no sabes donde poner las manos. Al decirlo se reía satisfecho y los que lo oíamos también nos reíamos con él. Su esposa nunca fue delgada, y ahora que es una mujer viuda, mucho menos.

Mi tío Eduardo fue un segundo padre para mí. El amor y el respeto que le tenía eran tan grandes cómo la admiración que le profesaba. Su esposa, sin embargo, no fue nunca una segunda madre, ni nada que se le pareciese. Se quejaba a la mía de lo mal que su hermano, mi tío, hacía el amor. Mi madre no sabía qué decir, porque a ella le pasaba igual con mi padre. No sabía ni podía aconsejarla, en realidad ninguna de las dos sabía tampoco cómo era hacer el amor realmente bien. Aunque supo mucho menos qué decir el día que la pilló besándose apasionadamente con una amiga también casada, ambas tumbadas en la cama. Creo que mi tía no le perdonó nunca que las hubiera sorprendido.

Mi madre no sé si llegó a besar así a una mujer, no creo, pero lo que si sé es que le gustaba peinarse en las peluquerías que frecuentaban las prostitutas del barrio. En ellas oía sus historias, las que tenían con sus clientes y las otras, mucho peores, que tenían con sus propios “maridos”. Algunas de esas historias nos las contaba durante la cena. Mi hermano y yo abríamos las orejas y seguro que también la boca con la cuchara de la sopa a medio meter. El destinatario de aquellas historietas era indudablemente nuestro padre que parecía que no le hacían demasiado efecto.

A nuestro padre lo que le gustaba contar era aquella incursión a Valencia en plena guerra civil española. Disponía de una semana de permiso y allí se fue con su amigo campeón de billar a tres bandas. Los dos sin dinero y con muchas ganas de gastarlo. Para ello se dedicaron a engatusar a incautos en los tugurios de billares, exactamente igual que Paul Newman en “El buscavidas”. Así consiguieron llenarse algo los bolsillos no sin previamente tener que huir corriendo de alguno de aquellos antros.

Naturalmente, también se fueron a un burdel, y mi padre contaba entre risas y sin ninguna clase de pudor a quien quisiera oírlo, sus hijos incluidos, que se “corrió” antes de llegar a la habitación con la muchacha, y que entonces se quiso largar sin pagar, pero los gorilas le hicieron “recapacitar” y acabó pagando por una eyaculación muy precoz mientras subía las escaleras que llevaban a las “suites”. Mal negocio al fin y al cabo.

Después de secarse las lágrimas de tanto reírse, se quedaba serio, compungido. Todos sabíamos que inmediatamente nos contaría otra historia completamente distinta pero que era el preámbulo de la anterior.

En algún lugar del frente republicano, en la tienda del capitán de la Compañía de la Plana Mayor de un Batallón de Infantería, se presenta un soldado quejándose vehementemente de la bazofia que una vez más les habían dado para comer. No era la primera vez que lo hacía, era un reincidente de la queja permanente. Mi padre estaba presente en aquella tienda junto con el capitán de la Compañía cuando el soldado entró. Al oír y ver el capitán a ese soldado quejarse de nuevo, exclamó gritando que ya no lo aguantaba más y que estaba harto de que siempre protestase. Desenfundó la pistola que llevaba en el cinto, le quitó el seguro, la montó y le disparó a bocajarro. El soldado se desplomó malherido y desde el suelo le suplicó entre balbuceos y sollozos que no lo rematase, que tenía mujer y dos hijos. El capitán le respondió que le importaba una mierda, “cómo si tuvieras mil hijos, cabrón”, y vació con toda la ira del mundo y sin pensárselo dos veces, el cargador entero en el cuerpo de aquel desgraciado.

Mi padre se quedó petrificado y más aterrorizado que en cualquier batalla. Al día siguiente le daban una semana de permiso con el compañero que quisiera. Y es cuando se fue a Valencia, que les quedaba más cerca, con su amigo campeón de billar a buscar a incautos y a irse de putas.

Mi padre todavía no conocía a mi madre, aunque eso no hubiera impedido ninguno de los hechos narrados

Mi tío Eduardo, cuando de joven iba a bailar, se ponía un cartucho de monedas de 50 pesetas en uno de los bolsillos del pantalón. Mientras bailaba se arrimaba todo lo que podía. La chica, naturalmente notaba aquella “dureza” y decantaba su cuerpo hacia el otro lado. Entonces es cuando mi tío Eduardo nos decía con una sonrisa picarona, “¡y ése, justamente era el lado bueno!”.

Eduardo murió de cáncer a los 66 años, pero hubiera podido morir a los seis de unas fiebres. Le salvó un remedio “tradicional”. Lo envolvieron entero con gasas con una paloma muerta pegada al cuerpo. Así varios días mientras el pájaro se iba pudriendo y apestando cada vez más. La fiebre desapareció y él se sanó. Para el cáncer, desgraciadamente, no hubo palomas putrefactas que lo salvasen de morir. Ni siquiera el Espíritu Santo se apiadó.

A mi hermano y a mi nos gustaba ver a nuestros padres besarse. Los cuatro poníamos cara de tontos, ellos por hacerlo y nosotros por mirar. Aunque no creo que fuera precisamente cara de tonto la que puse el día que en un descuido vi a mi madre desnuda. Yo tendría unos diez años, y ella, al darse cuenta que la miraba, me sonrió sin taparse. Su cuerpo y aquella sonrisa me enseñaron algo de las mujeres que entonces no entendí. Han tenido que pasar muchos años para descubrir su significado; tantos años que ahora la veo desnuda cada día cuando la acuesto por las noches y cuando he de ducharla. Es una mujer anciana, todavía bella y con un cuerpo hermoso. Le gusta que la acueste y le dé las buenas noches.

Yo creo que ella también comprendió algo de mí, que aunque era su hijo y un niño entonces, era evidentemente también un hombre. Recuerdo que aquella noche, mi hermano y yo oímos a nuestros padres hacer el amor. Yo no sabía exactamente qué significaba todo aquello, pero me sentía contento. Lo que sí sabía a mis años es que aquel día algo había ido bien, ¿el qué?, no sé, pero había ido bien.

Hoy he cenado hígado fresco de cordero, o eso creo, no estoy muy seguro. Después de conducir más de mil kilómetros en mi viejo Fiat estoy cansado. Además me parece que me debo haber dormido conduciendo y escuchando en el automóvil a Schubert o a Serrat, entre alguno de los dos me debo haber dormido. He sentido un impacto muy fuerte y luego me parece haber oído unas sirenas. Yo aseguraría que ahora estoy tirado en la carretera y muerto. Sí, seguro, estoy muerto.

Me sabe mal por los que se quedan y me querían y también me duele por mí, muerto ya no podré conocer a Julia, mi hija, que no sólo estaba aun por nacer, sino que incluso estaba todavía por concebir.

Su madre deberá concebirla con otro hombre, deberá hacerlo por mí, es igual quien sea el padre, eso es algo que nunca ha tenido demasiada importancia y ahora que estoy muerto todavía menos. Es necesario que Julia nazca, es absolutamente necesario, debe nacer. Su madre es una “loba”, es una mujer fuerte, “resucitada” según sus propias palabras. Yo no, yo no creo que resucite.

Es curioso, cuando se está muerto, aunque haga poco, tienes la sensación de haberlo estado siempre, y eso, naturalmente, es imposible, si así fuera Dios sería otro muerto más.

sábado, 8 de noviembre de 2008

El peletero/Julia-1



21 Abril 2007

El Segundo pensamiento que le vino a la cabeza a Víctor cuando murió su esposa en un accidente de automóvil, fue que necesitaba urgentemente acostarse con una mujer. Lo había leído en algunas novelas y lo había visto en numerosas películas. Sus amigos y sus amigas hacían exactamente igual cuando eran abandonados por sus amores y sus amantes, o se les morían por enfermedad o también por accidente, precisaban acostarse rápidamente con alguien, no importaba demasiado quien fuera. Incluso alguno de ellos había descubierto su homosexualidad en estas situaciones de urgencia sexual y desesperación. Aunque todos ellos a “eso” le llamaban "soledad", en realidad era una manera de expresarlo más intelectual, y al mismo tiempo les otorgaba más importancia y trascendencia al dar a entrever que "sufrían". Parecía que a todos les había ido muy bien esa terapia de contacto carnal, así que Víctor también quiso probar.

El problema es que no tenía con quien acostarse. Era un hombre lento para ese tipo de cosas y poco hábil, pero ahora estábamos hablando de una emergencia y por supuesto no quería pagar, él no necesitaba eso en ningún caso, aunque tampoco pondría ningún impedimento a unas cuantas mentiras bien construidas.

Pobre Víctor, tenía un problema, no conocía a ninguna mujer que se fuera con él a la cama simplemente con pedírselo, por más carita de pena que pusiese no lo conseguiría. Además, eso normalmente no precisa lástima, necesita tiempo, encanto y seguridad y él no tenía ninguna de esas cosas. Tampoco era un hombre joven o especialmente guapo, no tenía un buen automóvil ni dinero que ostentar. En realidad no tenía nada. Pero tenía a alguien. Tenía a Verónica, su mejor amiga, se conocían desde la infancia, ambos congeniaron ya de pequeños y lograron ser amigos toda la vida. Únicamente se acostaron en una ocasión cuando todavía eran muy jóvenes. Pero a pesar de ser unos adolescentes tuvieron la lucidez de no volverlo a repetir; aunque les había ido francamente muy bien, no se acostaron nunca más juntos. Por eso siempre siguieron siendo amigos.

Verónica era una “conseguidora”, una primera clase. Conseguía todo aquello que le pedían. Normalmente le solicitaban cosas vulgares, la gente no tiene demasiada imaginación o en todo caso sus deseos son estereotipados, simples, gregarios y miméticos. Casi todo el mundo desea lo mismo. Pero Víctor, le pidió algo especial, le pidió aquello que realmente necesitaba. Pensó que ella lo entendería rápidamente, eran amigos y también creía que lo podía conseguir. Solamente le dio un nombre, y Verónica ya supo a qué se refería. Querida Verónica, necesito a Julia, le pidió. No te preocupes, le respondió, te la buscaré y la tendrás. No hizo falta decirle nada más, enseguida se puso manos a la obra.

Julia, naturalmente, no existía excepto en la mente de Víctor, no era ninguna mujer ni ninguna niña. Igual podía ser la esposa que acababa de morir, como también la hija que jamás había tenido. Julia podía ser aquel lejano primer amor de trenzas rubias, tres años mayor que él y que nunca le hizo el más mínimo caso y que acabó casándose con un muchacho con cara de Pasolini y que trabajaba para una petroquímica de Argelia. Allí se fue su Julia de trenzas rubias, más bonita que una espiga de trigo, a tostarse bajo el cielo del Sahara, mientras su hombre le vaciaba las entrañas al desierto.

Julia podía ser también su prima pequeña, que tenía la nariz en forma de patata más bonita de la tierra. En su día fue un garbancito rubio y ahora era una hermosa mujer de cuarenta y tantos, de piel clara y dientes blancos. Julia también podía ser la hermana mayor de ella o quizás aquella otra que murió de sida sin más compañía que sus dos hijos todavía pequeños.

O la que se salvó de un cáncer de pecho. O la que se operó la nariz. O su amiga que se puso unas tetas más grandes. O su abuela que quedó embarazada veintitrés veces. O su otra abuela que no llegó a conocer y que exhibía orgullosa su postiza dentadura de madera. O su propia madre, claro está, o la hermana que nunca le dio.

Julia podía ser cualquiera de ellas y muchas más, por separado o todas juntas y al mismo tiempo.

No te preocupes Víctor, le dijo Verónica, mañana mismo te llamará y ya acordaréis vosotros dos lo que creáis conveniente.

Verónica conseguía lo imposible, o al menos cosas que se le parecían de forma considerable. Y en este caso se acercó mucho, el resultado fue casi perfecto.

Efectivamente llamó, tenía un cierto acento extranjero, dulce. Quedaron para cenar. No era rubia ni mucho menos. Su cabello era negro y su piel tenía un maravilloso color canela. Además era más alta que él, muy bella y parecía simpática, inteligente y culta. Y se esforzó en demostrar que también era cariñosa y amable.

Por supuesto no se llamaba Julia, pero sí algo parecido, muy similar. Era igualmente un nombre patricio, de romana antigua. Se llamaba Claudia. A Víctor ya le pareció bien, no iba en aquel momento a exigir ninguna mentira que pareciese verdad, se conformaba solamente con lo verosímil. Y Claudia era tan absolutamente verosímil que nadie la hubiera distinguido de la verdad más rigurosa. No era Julia, era mejor.

Cenaron y conversaron toda la noche. Cerraron el restaurante y unos cuantos bares. Y ya de madrugada pasearon por las calles recién regadas. Lo que hicieron después, pues después algo hicieron, no debe ser revelado, porque nadie sería capaz de comprenderlo.

jueves, 6 de noviembre de 2008

El peletero/El ángel con ruedas



9 Abril 2007

T.E. Lawrence escribió sólo dos libros a lo largo de su vida y tradujo la Odisea. El primero de los dos fue “Los siete pilares de la Sabiduría”, donde narra sus vivencias durante la Primera Guerra Mundial. El manuscrito de ese libro lo perdió en una estación de tren, no había más que un ejemplar y tuvo que volver a escribirlo entero. Algo parecido le sucedió a Robert Louis Stevenson cuando su esposa quemó el único manuscrito que había de “El extraño caso del Dr. Jeckill y Mr Hyde” por pecaminoso. Los dos sucesos demuestran que uno no debe ser distraído, ni cuando va a subirse a un tren ni cuando va a casarse, en ambas situaciones se pueden perder cosas muy valiosas o conseguir que el tren o la esposa te lleven a destinos equivocados.

El segundo y último libro que escribió Lawrence fue “El troquel”, donde se cuenta sus experiencias como soldado raso en Afganistán. En la contraportada de la edición española encontramos resaltada la siguiente frase: “Y el provecho que he sacado de ello es que nunca volveré a tener miedo a los hombres. Pues aquí he aprendido la solidaridad con ellos. No es que seamos muy parecidos ni que lo vayamos a ser. Me alisté con grandes esperanzas de compartir sus gustos, sus maneras y su vida, pero mi naturaleza sigue viendo todas las cosas en el espejo de sí misma”.

T.E. Lawrence es un paradigma de ocultación tras el disfraz de su propia desnudez. Algo en lo habitual insólito, poco común y muy difícil de conseguir. Indudablemente el desierto es el lugar adecuado para ello, no hay paisaje más desnudo, más inhabitable y por consiguiente más desconocido.

Éste es un preámbulo necesario para abordar otras cuestiones tan ásperas como un desierto o un desnudo aunque más habitables que cualquiera de las dos.

Mi mejor amigo y más ferviente admirador, al que me une un profundo y poderoso amor y muchísimos años de convivencia en común, me ha insinuado con delicadeza y claridad, que debería enfrentar otros asuntos que no tuvieran nada que ver con el Amor o su derivado más importante que es el sexo. Cómo sus opiniones son para mí casi unas órdenes me he puesto manos a la tarea no sin antes considerar que tenía toda la razón y qué mi cerebro se había ido, en estas últimas semanas, metamorfoseando en una boba pasta de chicle rosa.

Para ello he pensado que introducir a Lawrence era pertinente dada su notoria asexualidad a pesar de las malas lenguas que mencionan cosas distintas. Esa distancia física y mental que él conseguía mantener con eso que hay en las entrepiernas de las personas le permitió recorrer el desierto, perder el propio nombre y morir cabalgando un ángel con ruedas en uno de los numerosos y apacibles caminos de la campiña inglesa.

Lawrence siempre es un magnífico guía para transitar por caminos que no conducen a ningún sitio. Entre esos callejones sin salida a nosotros nos gustan los laberintos y los desiertos, físicos o mentales. Ambos son un buen reto en el que malgastar el tiempo para nada. En esa clase de desafíos inútiles estamos instalados desde hace mucho tiempo y a ellos sobrevivimos, pensamos que con éxito. Cabe suponer entonces, que en tales yermos inhabitados nos encontramos a gusto. Nos plaece contemplar ese horizonte que jamás termina y ver venir con calma a la muerte antes de hora, maldita, enemiga y asesina.

Sin embargo, para hacer caso del consejo de ese amigo tan querido, he pensado que lo más adecuado sería vérmelas con la realidad más ruda y menos amigable, no por callada, sino por verdadera. Ésa no es otra que la física y no me refiero claro está a la carne y a la piel de machos y hembras humanos. Me refiero a la Física, a la física pétrea de los físicos y de los únicos filósofos que hoy en día valen la pena ser tenidos en cuenta, pues ellos son los pocos que se atreven a orillar la postrera frontera del pensamiento.

Mario Bunge tiene un librito encantador de física dura titulado: “Controversias en física”. Ambas cosas, en física, siempre van juntas, la dureza y el encanto, y no es ninguna metáfora poética. Mario Bunge también lo es, encantador y duro y tampoco es ni una metáfora, ni un halago.

El pequeño volumen empieza señalando unos consejos que su maestro de física Dr. Guido Beck le enseñó y que él titula en el viejo latín como: regulae ad directionem ingenii, y que son las siguientes:

1. Comienza por apresar un problema abierto y formularlo con claridad.
2. Piensa con tu propia cabeza: sé dueño de la literatura, no su esclavo.
3. No sigas la moda.
4. No permitas que la política o la administración interfieran con tu investigación.
5. Diviértete en tu trabajo.

Nosotros somos unos fervientes admiradores de las listas ya que en ellas está escondido, mejor o peor, un propósito que hay que saber descubrir. Sin embargo estos consejos listados nos inquietan al hacer evidente nuestra más absoluta minusvalía para poder seguirlos con una mínima eficacia.

Para nosotros un problema siempre es algo cerrado, porque si fuera abierto ya no lo sería, entonces deberíamos hablar de oportunidad. Al estar cerrado es imposible formularlo con claridad. Los problemas, incluyendo también los físicos son casi siempre oscuros, engorrosos y peligrosos. Eso es lo peor de ellos, el peligro que encierran; es muy fácil y tentador quedar atrapados en ellos. Algunos son seductores, atractivos y fascinantes. Los que muestran este carácter dicen que la mejor manera de evitar una tentación es dejarte atrapar por ella, sucumbir a su encanto. La depresión y la resaca “post problema”, es traumática. Nunca sales mejor que entraste aunque creas que solucionar un problema te aporta nuevas fuerzas. Eso es falso. Los problemas no se solucionan, se resuelven, y en su resolución siempre hay algunas pérdidas a cambio.

Pensar con la propia cabeza no es nada fácil. En el mundo somos miles de millones de personas y todas pensamos. Cada una de ellas tiene la suya rebosante de cabellos, alopecias y pensamientos. Todo este patrimonio no puede ser desechado, ni minusvalorado. Queramos o no, se incorpora al bagaje de la humanidad. Cuatro ojos ven más que dos, mil cerebros piensan más que uno. No hay que desdeñar a los demás. Naturalmente lo que el profesor Guido Beck quiere afirmar no es eso. El cerebro de cada uno es una máquina individual, como tal ha de funcionar; el propio criterio es el que puede aportar algo que haga aumentar ese patrimonio. Pero nosotros somos lentos en este difícil trabajo que es pensar por nosotros mismos, cuando conseguimos hacerlo ya ha pasado el momento oportuno y queda completamente fuera de lugar manifestar nuestra opinión.

Ser dueño de la literatura y no su esclavo significa que la forma no debe oscurecer el sentido de lo que uno pretende dar por sentado. Es una regla con la que cualquiera manifestará su acuerdo. Al mismo tiempo, todos también reconocerán que la forma es el material del que está hecha la belleza, aunque ésta sea del espíritu. Ambas verdades han sido debatidas a lo largo de los siglos, Guido Beck, sin duda, considera que la verdad no necesariamente necesita de la belleza, que ambas pueden ir juntas compartiendo amigablemente el camino, pero que también pueden surgir disputas. En todo caso el dilema se resuelve de la siguiente manera: la verdad siempre es bella, la belleza en cambio no siempre es verdadera.

Coco Chanel sentenció con su habitual fortuna que: “la moda es todo aquello que pasa de moda”. Frente a esa afirmación tan contundente de evanescencia y de suceso efímero, nadie que pretenda investigar la realidad puede sucumbir a la gracia de la moda, pues la realidad jamás cambia.

Evidentemente nadie a de tolerar que el poder se interfiera en la vida y el trabajo de uno. A no ser que pretendamos también conseguir poder con ello. Si es así, nada que objetar, solamente exigirle a quien eso pretenda, la limpieza en los protocolos y procedimientos financieros y el sometimiento a eso tan raro que los bienintencionados llaman “el bien común”.

El último consejo es necesario, pero es el más difícil de seguir. Todos los anteriores dependen de la voluntad y hasta que no se diga lo contrario las personas la tenemos. La diversión no depende de ella, yo no sé qué hay que hacer para divertirse, la verdad, no lo sé. Al no saberlo no puedo hablar de ello.

Sin embargo parece ser que Mario Bunge sí que se ha divertido trabajando. Podemos suponerlo sintiendo su entusiasmo llenar nuestra curiosidad de ignorantes. Simplemente leyendo el índice de esa encantadora obra que mencionábamos más arriba “notamos” cómo trabaja su cerebro y su corazón.

1. Intento de Mach de reconstruir la mecánica clásica.
2. Asimetría, inversión e irreversibilidad del tiempo.
3. Una teoría relacional del espacio físico.
4. Relatividad y filosofía.
5. El debate de Einstein y Bohr sobre la mecánica cuántica.
6. Las peculiaridades de la física cuántica.
7. Mecánica cuántica y medición.
8. Interpretación de las desigualdades de Heisenberg.
9. Estructura y contenido de una teoría física.
10. Una axiomatización sin fantasmas de la mecánica cuántica
Apéndice 1: La refutación de las desigualdades de Bell no refutan el realismo.
Apéndice 2: Estructura y dinámica de teorías.

Mario Bunge le preguntó una vez a un amigo y colega médico qué debería hacer si era víctima del Alzheimer. Su amigo le respondió que no podría hacer nada pues nada advertiría, no sería consciente de ello. El profesor Bunge se quedó con la sensación de haber hecho una pregunta equivocada. No es cierto, solamente erró eligiendo a su interlocutor. Si se la hubiera preguntado a T. E. Lawrence, la respuesta hubiera sido evidentemente otra. ¿La adivinan?

lunes, 3 de noviembre de 2008

El peletero/125 euros



31 Marzo 2007

Esta mañana ha empezado mal. Ella ya no estaba en la cama. Una vez más. Vamos a tener que comenzar de nuevo, o terminar. ¿Pero qué puede hacer un hombre consigo mismo y con una mujer que no lo tolera?

Ayer noche llegué a las dos de la madrugada. Con el cupo casi completo de whisky, me tambaleaba un poco, pero todavía estaba lúcido. Al menos con la lucidez propia de quien tiene el cerebro embotado por el licor y por tanto puede ver las cosas con otra claridad. ¿Qué hago aquí? Eran las tres palabras que me repetía en voz baja.

Me quité los zapatos y los abandoné junto a la puerta de entrada. Solté el abrigo en el sofá, me deshice el nudo de la corbata y también de la chaqueta que quedó tirada por el suelo. Me dejé caer en una silla, el salón estaba a oscuras. El tic-tac. del reloj de la sala no tardó en martillar mi cabeza, las pulsaciones de la sangre en mi cerebro parecían una bomba de relojería. ¿Qué hago aquí? Ella seguramente estará acostada, aunque no dormida. Sé que cierra los ojos inmediatamente que llego al cuarto y me siento en la cama. Ya ni siquiera hago el esfuerzo de besarle el cuello y decirle que la amo. ¿Para qué? Igual no sirve de nada, sé que no sirve de nada. Noto que está a punto
de romperse, su aparentemente pausada respiración solo representa el volcán que va a escupir lava. Y su ácido me cubrirá nuevamente hasta hacerme desaparecer. Ella piensa que disimula bien, que me sabe mentir, siempre ha creído que yo me creía lo que ella quería que yo creyese.

Decido poner algo de música, Sinatra está bien. Su voz es un bálsamo y me permite pensar que soy lo que no soy. Me sirvo otro whisky y pienso en la mujer del bar. Me juro que solo fui para no llegar temprano a casa, para no tener que enfrentarme con su mirada, y esa lejanía celestial. Llovía mucho y hacía frío, un trago no me hará daño, me dije. Entré y me senté en la barra.

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El barman ya me conocía de otras veces. Es un muchacho agradable, tiene la lengua suelta y el hablar fácil. Había poca gente que atender y nos pusimos a conversar de cosas sin importancia, bueno sí, el no tardó ni dos minutos en contarme que se casaba con una de sus compañeras. Le pregunté si estaba enamorado, se quedó callado, uno no pregunta cosas a sí a alguien que se va a casar, se las pregunta a los que se van a divorciar. Él no se dio cuenta, claro, pero en realidad me lo estaba preguntado a mi mismo. ¡Por supuesto que estoy enamorado!, me respondió con una sonrisa amplia. Yo me lo quedé mirando un rato, ¡que bien!, dije, y no sé por qué la sonrisa le desapareció de su cara.

Pasé una mirada por el local, ya se había llenado, era viernes noche. Ejecutivos que recién salían de sus trabajos, mujeres que iban en grupo a tomarse un trago, alguna pareja que reía cómplice, y yo, yo era el único que iba solo. Fui a decirle algo al muchacho de la barra cuando la vi, buscaba un lugar, buscaba una persona, no sé. Me dediqué a observarla, con la satisfacción del que sigue con atención a un animal salvaje y que no se percata de nuestra presencia, algo por otra parte a lo que ya estoy acostumbrado con las mujeres guapas, no se dan cuenta nunca de mi presencia. Nadie diría que estaba nerviosa por las miradas que arrancó en algunos hombres, ella iba a su aire, seguía buscando algo y no lo encontraba. Por fin decidió acercarse a la barra y el que ahora se perturbó fui yo. Venía hacia mí, me escondí tras la copa que tenía en la mano y cambié mi postura hacia el camarero, quien no se había dado cuenta de nada.

Él la conocía y la saludó con familiaridad y simpatía, ella le devolvió una sonrisa blanquísima, moviendo al mismo tiempo de una manera aparentemente espontánea su espléndido cabello negro, le dijo que buscaba a su padre, ¿lo ha visto?, le preguntó. Yo sólo pensé que quería hundir mi nariz en esa mata de pelo, olía a violetas y me imaginé cómo serían sus otros olores, a caucho o a almizcle, no podía saberlo, no lo sabría jamás. En ese momento me miró y pensé que había leído mis pensamientos por lo que torpemente desvié la mirada y no hice lo que debía haber hecho, sonreírle y brindarle un trago. O quizás no, ¿cada vez que te miran has de invitarlas a una copa? Uno nunca puede saber qué es lo que pasa en la cabeza de otro, y mucho menos de otra. Pensé en mi esposa, ¿donde estaría?

Hacía tiempo que no podía saber dónde paraba, en algún trabajo, en casa de su madre o bien con otro hombre. Llevábamos un año sin acostarnos, sin sexo de ninguna clase, sería lo más normal del mundo que tuviera un amante. Al principio eran los consabidos dolores de cabeza, luego fueron otros pretextos y cuando se me ocurrió protestar ya fue un rechazo absoluto. En una ocasión me pidió hablar y hablamos, yo no entendí nada de lo que me decía y eso que en aquella época sólo tomaba agua mineral sin gas. Que no entendiera lo que me decía, según parece, fue la gota que colmó el vaso. Allí se terminó todo. Yo todavía estoy perplejo. Esa no conversación fue la clave de algo, no sé de qué, pero de algo muy importante. Lo que no entiendo es que no me haya pedido el divorcio todavía; sospecho la razón, mejor dicho sé cual es, la sé, pero hoy estoy ya demasiado bebido para repetírmela y, además, esa muchacha morena que buscaba a su “dady” aunque perturbe mi entrepierna me hace recordar que todavía estoy enamorado de mi mujer. Aun lo sigo estando aunque también me haya convertido en invisible para ella.

Me tenía que ir, pero ya solo podía concentrarme en esa presencia que había a mi lado y en su olor que, quieras que no, me alcanzaba sin pedirme permiso. Detuve mi intención de pagar e irme y simplemente me quedé allí, aspirando ese aroma. “¿Viene a menudo?”. Casi salté de la silla. ¿Perdón? Le pregunté. “¿Que si viene a menudo al bar?”. Aquella muchacha me estaba preguntando algo, ¿qué demonios me preguntaba? El camarero respondió por mí, “viene casi todos los viernes”, le respondió. Yo sólo asentí con mi cabeza y me esforcé en esbozar algo parecido a una sonrisa. Estaba aturdido, a mis cincuenta años, estaba aterrado por la presencia de una mujer, completamente extraña que olía a violetas. Bien pensado tampoco es tan difícil, hoy en día los perfumes hacen maravillas. Parezco tonto, me dije, no es nada más que una mujer, cada día ves a cientos de ellas, ¡estás borracho!, me recriminé.

Esta vez me animé y le ofrecí una copa. La aceptó y mientras tanto me miraba. Con curiosidad, con algo de maldad, como miran las mujeres bellas y seguras. No se puede afirmar que esa fuera una plática trascendental, especialmente porque el camarero volvió a ser repentinamente locuaz, y en lugar de hacer su trabajo decidió entrar en la “charla” y contarle también a ella que se iba a casar. Al oírlo se rió, soltó una carcajada, y el pobre muchacho se sorprendió, ¿por qué se ríe?, le preguntó; ya lo sabrás respondió ella mientras se zampaba de un solo trago toda la copa. ¡Válgame Dios!, pensé, al ver aquella boca abrirse para beber ese “pastis” blanquecino. Creo que el camarero casadero también se asustó al ver lo que aquella boca femenina era capaz de tragarse. Estoy seguro que allí empezaron sus dudas matrimoniales que no eran precisamente muy filosóficas. Sea como sea, gracias a él pude enterarme de su nombre y sus apellidos y que el padre de la muchacha era el dueño del bar.

Ya era casi la una de la madrugada, pero yo hacía rato que no miraba el reloj. Nada, ni nadie en el mundo me hubieran movido de allí. El whisky ya había cumplido el propósito de armarme de un valor que en el común de los días no tengo y me sentía casi cómodo. Cómodo, no. Me sentía valiente, aunque lo más correcto hubiera sido decir intrépido, las mujeres no me han dado nunca miedo, a veces me han aburrido y en la mayoría de ocasiones me han desalentado, por eso más que valiente uno necesita ser intrépido para subir una montaña que sabe que inevitablemente luego habrá de bajar.

Por fin le pidió al camarero un taxi. ¿¿Se va a ir??, pensé. Si quiere la acerco, voy de salida también. Ella dudó un segundo y a continuación sonriéndole al camarero, dijo, “si me sucede algo malo, tú serás el responsable porque me dejaste ir con él; dile a mi padre que he venido”. Con la neblina producida por el licor y por mi deseo, me pareció lo más natural del mundo salir de un bar con una mujer que no conocía. Dilaté lo más que pude el camino al coche, la madrugada estaba muy fría, seguía lloviendo y caminábamos muy cerca el uno del otro; le pregunté a donde la llevaba y me respondió: “donde quisiera ir no me puedes llevar”. Cuando una mujer te responde una cosa así me entran ganas de huir corriendo. O es tonta de remate o ha visto muchas películas y se cree Lauren Bacall. Pero si ella era tonta yo lo era más, aunque para mi descargo he de confesar que estaba borracho, y ella no.

Respondí a esa frase pidiéndole que intentara decírmelo, y tal vez la sorprendería. Se detuvo, me miró directamente a los ojos y cuando estaba a punto de caer pulverizado por esa mirada extraña, me dijo: simplemente acércame al Gran Hotel. No me caí pulverizado, lo que tuve fue una erección, por suerte el abrigo la disimulaba aunque me molestaba al andar.

El interior del auto no era precisamente el lugar más erótico del mundo –y como sabemos todos tampoco el más cómodo- además la erección persistía, al sentarme al volante se me colocó mal. Lo lógico hubiera sido meter mi mano dentro de mis pantalones y recolocar todas las cosas bien, cada una en su lugar. Pero claro, hubiera quedado raro y un poco soez. Eso sí, la hubiera besado allí mismo, pero temía ir demasiado rápido y me contuve. Pensé que tal vez la podría invitar a un trago en el bar del hotel; me decidí a esperar, con esa ilusa intrepidez de alguien que necesita compañía urgentemente. Conduje lo más despacio que pude y entre tanto ella me pidió poner música, Sinatra fue el elegido. Con la música sonando no se me ocurrió qué decir. Ella en cambio parecía que estaba escuchando la canción, se quedó pensativa mientras la tatareaba, parecía transportada. La música en compañía es útil para muchas cosas, una de ellas es que te evita hablar, sólo necesitas poner cara de estar oyéndola, no es difícil, es algo parecido a la cara de impostada que todos tenemos escondida. Pregúntale a cualquiera si le gusta la música, nadie responde que no. Eso significa que algo va mal, o en la música o en la gente. Algo no puede ser bueno si gusta a todos.

¿Te gusta la música?, me preguntó. Por suerte ya habíamos llegado y me ahorré la respuesta. Me bajé rápidamente, le abrí la puerta y sin pensar absolutamente en nada más le dije: “¿Nos tomamos el último trago en el bar del hotel?”. Ella me miró de esa manera que me había empezado a gustar tanto y dijo, “¿por qué no?”

Sólo había dos personas más en ese lugar. Se notaba el cansancio de quienes servían y su molestia por los recién llegados, que éramos nosotros dos y que seguramente retrasarían su regreso a casa. A mi no me importó en lo más mínimo. En ese momento sólo existíamos ella y yo. La erección ya había desaparecido y pude concentrarme más en ella. Pedimos un par de copas. Sólo nos mirábamos, no había prisa. Ya no. Aunque he de reconocer que ella miraba también bastante el techo de la sala, no sé por qué, no había ninguna pintura, era todo blanco. De pronto me dijo, “voy a mi habitación, ya regreso”. Se acercó, inclinó su cabeza hasta la altura de la mía y me besó en la boca. Fue un beso casto, no obstante ella se cuidó bien de pasarse la lengua por los labios antes de besarme.

Me quedé esperando, pasaron 5 minutos, luego 10, después 15, 20, 25, 30 y ya completamente perturbado, pensé que me había dejado plantado. Luego me detuve en ese pensamiento y me dije, será que desea que suba, ¡claro!, ¿cómo no se me ocurrió? Pagué y me dirigí rápido a la recepción del hotel, di su nombre y apellido, el recepcionista sonrió maliciosamente. Lo siento señor, la señorita viene mucho por aquí, pero no se hospeda en este hotel, hace media hora que se fue, vino a buscarla su esposo. Salí rápidamente. El alcohol y la consternación se mezclaron en mi cabeza agitándola como un cóctel, de tal manera que creí que iba a desenroscarse del cuerpo.

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Me he quedado dormido en el sofá de casa. Con el cuerpo dolorido, con el alma aterrada al recuperar un poco la memoria de la noche anterior. He ido a la habitación, mi esposa no está en la cama. De hecho, no está en la casa. La luz roja del contestador titila indicando que hay un mensaje: “Me quedaré a dormir en casa de mi madre, no me recojas hoy, te dejé un mensaje en el móvil pero lo tenías apagado”.

Me ducho, me visto y salgo nuevamente a la calle, entro en un bar, pido café cargado y un periódico. Camino, tengo que caminar, me doy cuenta de que no me he afeitado y que me he puesto la misma ropa. Tengo un aspecto espantoso y la resaca me está matando y no puedo pensar. De repente me veo ante el escaparate de una tienda que tiene un nombre que no puedo entender, algo parecido a celo o cielo. Hay ropa, pieles y accesorios de mujer, pienso en mi esposa. “¡Eso es! tengo que ir a buscarla” y una sensación de orden viene a mi mente. Entro en la tienda, un hombre afable me recibe, le pregunto por una pulsera, la que me parece que le puede gustar a ella. La compro, él me ofrece envolverla para regalar, le digo que no, que no es necesario. Se la voy a dar a mi esposa ahora mismo. Es igual, responde, déjeme que se la envuelva bien, ella estará mas contenta. 125 euros era su precio.

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¿Contenta? ¡No, no! Esa no es la pregunta y por supuesto tampoco la respuesta. Estoy en medio de la calle, está lloviendo mucho y en la mano tengo una pulsera muy bien envuelta que vale 125 euros. Sé que he de recordar algo que ella me dijo en una ocasión, pero no lo consigo, se me ha olvidado. ¡Por Dios!, tal vez le regale esa pulsera a la primera mujer que vea. 125 euros es su precio y no para de llover.

miércoles, 29 de octubre de 2008

El peletero/La moraleja



28 Marzo 2007

Su aspecto era imponente. Alto, fuerte, cincuenta años, bien vestido, todo el cabello en su cabeza, blanco por supuesto, y una generosa barba de patriarca con unos enormes bigotes que apuntaban ligeramente hacia arriba. Hablaba como un juez aunque solamente era un abogado, eso sí, un abogado importante.

He afirmado que su aspecto era imponente y era verdad únicamente cuando iba vestido, con sus camisas blancas, sus corbatas elegantes y esos trajes de corte clásico y perfecto. Los zapatos siempre eran negros, bien lustrados, brillantes y recién comprados, italianos y muy caros. Toda la ropa, decía él, se la compraba su esposa, yo no me preocupo de eso, ella se encarga de todo, afirmaba tranquilo con su voz segura y varonil.

Sin embargo yo lo conocí en un gimnasio y hay que reconocer que desnudo no valía gran cosa. Barrigudo, piernas delgadas, estrecho de pecho y ligeramente patoso en sus movimientos. Llevaba una cinta en el pelo que aunque era necesaria porque sudaba mucho, le daba un aspecto ridículo y desproporcionado. Su barba era bonita, pero si te acercabas apreciabas que alrededor de la boca y mucho más claramente en el bigote, amarilleaba por culpa del tabaco. El amarillo siempre es un color difícil, solo resulta bien en los limones y en las banderas. Las dos cosas, como ya sabemos, son ácidas.

Su especialidad era la mercantil, aunque en su bufete ofrecían toda clase de servicios, laborales, matrimoniales y también penales. Le gustaba su trabajo y era el accionista mayoritario entre todos los demás socios. El abogado es el depositario, decía, de los secretos y de muchas verdades íntimas de sus clientes y presumía de conocer tantas, que afirmaba con rotundidad poseer un conocimiento muy exacto de la naturaleza humana. Se jactaba de ello. Yo en aquella época era joven y no desperdicié la ocasión que me brindaba. Él tenía ganas de contar lo que sabía y de contárselo a alguien. Naturalmente con sus hijos y su familia no hablaba de esas cosas. Yo simplemente escuché con atención.

A pesar de mi juventud ya había podido comprobar en la escuela religiosa donde estudié, que incluso para los sacerdotes, la religión sólo era un pretexto para hablar de sí mismos. Dios les importaba poco, los importantes eran ellos. A él le ocurría igual, por eso empezó contándome que era un adúltero compulsivo, me lo decía riendo y satisfecho. Según parece aquello era una proeza. Yo he de confesar que me dio envidia. El relato tan extenso de conquistas y seducciones amorosas era muy tentador. Allí había todo un repertorio de mujeres y de situaciones variadas. Yo apenas empezaba mi vida sexual, pobre, ridícula y exigua y todo aquel catálogo tan amplio, he reconocer, me trastornó. Nunca hubiese podido imaginar que hubiera tantas esposas engañando a sus maridos y esas eran solamente las audaces que decidían hacerlo, luego había todas las demás que no se atrevían. Naturalmente lo mismo debería decirse de los hombres.

¿Eran verdad todas las aventuras que me contaba?, no lo sé, no lo pude saber. Lo que si vi es que muchas noches venía al gimnasio, se duchaba y se volvía a vestir para irse otra vez. El gimnasio era una coartada perfecta y la ducha borraba cualquier rastro de olores ajenos.

¿Su esposa sospechó alguna vez?, naturalmente. Ellos dos se conocían de muy jóvenes y siempre estuvo a su lado, era una de estas relaciones de “toda la vida”. Se casaron pronto y a pesar de todos sus engaños él jamás se le pasó por la cabeza pedir el divorcio. Era muy arriesgado, rozaba el límite de la prudencia en muchas ocasiones, pero siempre salía airoso. En último caso, si la situación era muy apurada, si el engaño era muy innegable, utilizaba su recurso de emergencia. Negarlo todo con vehemencia. Absolutamente todo, incluso la evidencia más absoluta.

Después de tantas historias contadas y de todas esas “confesiones” entre las máquinas, las mancuernas y las duchas del gimnasio, la enseñanza final fue ésa. Miente hasta el final. Aunque te pillen desnudo con tu amante en la cama de tu casa en pleno coito, niégalo todo, siempre, no cedas jamás. Piensa que la verdad sólo le sirve al otro, a ti, la verdad, no te vale para nada. No la concedas nunca, si lo haces estarás perdido.

Eso era lo que manifestaba orgulloso. Esa sentencia valía para el matrimonio y naturalmente también para todo lo demás. Toda una vida para llegar a esa conclusión. Yo no sabía qué pensar, y mucho menos cuando conocí a su esposa una noche que fue a esperarlo a la salida del gimnasio. Era guapa y elegante. Al saber que en casa éramos peleteros me dijo que tenía una falda de cuero para estrechar, que se había adelgazado y que ahora le venía ancha. Le dije que me la trajera y que se la estrecharíamos. Así lo hizo.

Antes me llamó y me preguntó los horarios. Los sábados por la tarde no trabajábamos y ése era precisamente el único día que a ella le iba bien venir. Le respondí que no había ningún problema, que la esperaría. Efectivamente, vino un sábado por la tarde, en el taller no había nadie más que nosotros dos. Se puso la falda en el probador y sí, le venía muy ancha, mucho, se la aguantaba ella misma con las dos manos. Cuando me acerqué arrodillándome para medir con la cinta métrica lo que sobraba y había que quitar, la soltó y la falda cayó al suelo. No llevaba ropa interior.

Nuestra relación furtiva duró algunos años. Incluso él ya había dejado el gimnasio cuando aun seguíamos viéndonos.

Evidentemente, la moraleja de la historia no es ésa. Sé que no es ésa aunque no sé cual es. En aquel tiempo yo era un pobre diablo, inexperto y joven. Ahora continuo siendo un pobre diablo, inexperto y viejo. Todavía recuerdo otra de las lapidarias sentencias que ese abogado de barba amarillenta me soltaba como si fuera el presidente del Tribunal Supremo. No te creas jamás nada de lo que oigas, nada en absoluto y solamente la mitad de lo que veas. Y continuaba inconmovible, en mi trabajo y en mi vida siempre lo he tenido en cuenta y nunca me ha fallado. ¿Tampoco he de creerme lo que tú me dices?, le preguntaba yo. Naturalmente, eso es lo primero que no debes creer, me respondía riendo. Entonces me proponía invitarme a una cita que tenía con dos señoritas la próxima semana, yo le decía que sí, que de acuerdo, pero nunca se llegaba a producir. Por alguna razón u otra, la cita se desbarataba.

Muchas veces pensé que todo era mentira, que le gustaba contar esas cosas a un muchacho joven, que le divertía hacerlo, que se burlaba de mí. No lo sé, lo que sí sé es que hice caso de sus consejos. Nunca me he creído lo que me han contado y siempre he procurado que mi verdad a nadie beneficiara, para eso, mejor que callar es mentir y la verdad, me ha sido muy útil.

Que fueran verdad o mentira sus adulterios no tiene la más mínima importancia. Lo que sí era importante es que él los contara y yo los escuchara. Ambos necesitábamos hacerlo. Todo necesita un relato, a través de él entendemos mejor el mundo, por eso cuando miento no me doy cuenta. Yo mismo acabo convencido que mis mentiras son verdad.

lunes, 27 de octubre de 2008

El peletero/Guadalupe



24 Marzo 2007

Estaban los tres desnudos, ella y los dos perros. Era desafiante ese contraste entre su cabello rubio y su pubis moreno y también esa seguridad en la mirada; su cuerpo en semicruz con los brazos abiertos al igual que las alas extendidas de un ángel sexuado, era, en aquel entonces, una epifanía sagrada. Ella se abría y abría también su cuerpo para mí, o eso quise creer yo.

Mientras los animales dormitaban a sus pies, las aves y los ángeles ya volaban hacia el sur.

La Virgen María pisa una serpiente que representa al diablo. En esta fotografía en cambio, los peludos perros que yacen en el suelo flanqueando a su dueña y señora, parecen unos guardianes confiados, perezosos y gandules.

El paisaje que vemos no es urbano, nos anuncia una naturaleza cercana, y sospechamos también que amenazante al atisbar esa esquina de arquitectura de supervivencia que nos cobijó durante aquellos días, y que sirve de marco a la escena. Frente al esplendor de su cuerpo joven y bien formado, la madera de la casa parece vieja y carcomida. Eso no es lo que quise mostrar cuando la fotografié aquel día de finales de verano. Su cuerpo desnudo aun conserva, cuando lo miro, parte del calor de aquellas noches que ya estaban a punto de terminar.

Los perros deben estar todavía soñando algo inconcebible para nosotros, y la distancia que nos separa de ella es ya infranqueable.

Las distancias, normalmente, siempre son insalvables. En ocasiones muy raras el coraje combinado con la poesía permite crear las condiciones necesarias para que la casualidad tenga lugar, pues ella, la casualidad, es la única que puede desvanecer esa distancia que siempre es inconmensurable.

En este caso es harto improbable que llegue a ocurrir tal milagro. La Providencia no romperá el hechizo que nos mantiene alejados. Nuestras palabras no serán capaces de lograrlo, nuestra voluntad tampoco. Y el deseo ávido aun, estará siempre condenado al fracaso más absoluto.

¿Entonces?

Nada.

Solamente cabe confiar en la memoria, y la de ella sé con certeza que estuvo y sigue estando enferma.

Se llamaba Guadalupe y no era mejicana.

jueves, 23 de octubre de 2008

El peletero/Streaptease



21 Marzo 2007

Conté ocho idiomas: francés, flamenco, alemán, inglés, hebreo, italiano, castellano y catalán. Éramos exactamente veinte personas en aquella casa de dos plantas de las afueras de Bruselas. Estábamos almorzando juntos alrededor de una enorme mesa que había en una cocina muy pequeña. Los ocho idiomas se hablaban de forma desenvuelta entre todos, mi padre y yo incluidos. No es que los veinte supiéramos hablar ocho lenguas, no, ni mucho menos, pero sí que parecíamos los apóstoles de Cristo con el don de Babel en el santo día de Pentecostés. La buena voluntad y la buena comida nos permitían entendernos sin dificultad en torno aquella mesa. La mayoría eran judíos y en eso ellos son unos maestros; su nomadismo y su necesidad de supervivencia los han obligado a saber, entender y hablar casi cualquier lengua del planeta.

En una de las paredes de aquella cocina pequeña colgaba uno de esos calendarios de mujeres desnudas, de Pinups. Lo divertido era que estando en abril la hoja visible del calendario era del mes de diciembre pasado. ¡Qué lástima!, solamente quedaba una hoja por arrancar, pero por suerte nadie lo había hecho todavía. Aquella espléndida morena seguía presidiendo la mesa ataviada únicamente con aquel ridículo gorrito de Santa Claus. Debajo de ese calendario estaba sentada la hija del dueño de la casa, una niña de unos doce años con un enigmático parecido con la mujer desnuda de la foto.

Yo tenía diecisiete y había acompañado a mi padre para hacerle de intérprete. Él estaba empezando a aprender inglés, pero la profesora particular que había contratado tenía las piernas demasiado largas y bonitas. El pobre no prestaba la atención debida a las clases y sí a aquel par de fémures, tibias y peronés tan bien envueltos en aquella carne británica, joven y blanca.

A mí no me apetecía demasiado pasar una semana en Bruselas, una ciudad que en aquel momento no consideraba especialmente atractiva. Pero mi padre supo convencerme prometiéndome que me llevaría a ver un espectáculo de streaptease. Efectivamente me convenció, dije que sí enseguida, yo no había visto nada parecido. Naturalmente le dio un cariz pedagógico a la propuesta, dijo que sería bueno para mi formación y él, evidentemente, me acompañaría. A mi madre tampoco le pareció mal, debió pensar que su marido regresaría más “entusiasmado” y que ella sería la beneficiaria de ese entusiasmo.

Era una sala pequeña en forma de teatrillo. No había mesas y los asientos de madera eran algo incómodos. Un mini escenario y música enlatada. Ni bebidas, ni nada parecido y por supuesto tampoco chicas de compañía. Parecía una sala “seria”, aunque no elegante, ni refinada. El espectáculo era puro y duro, chicas, una detrás de otra, que se desnudaban sin mucha gracia intentando seguir la música. En aquella época aun no se habían puesto de moda las barras ésas que van del techo al suelo, las streapers no tenían ningún asidero para hacer cabriolas y gimnasia erótica. En la sala todos éramos hombres, yo el más joven, y con mi padre los dos únicos que íbamos juntos, todos los demás estaban solos. Soledad y carne desnuda. La sala estaba llena.

Mi madre consiguió un tiempo después que la profesora de inglés se convirtiera en un muchacho de las Bahamas. Y mi padre logró con ese cambio prestar más atención a las clases. Yo por mi parte todavía no he perdido el gusto por ver a una mujer desnudarse ante mí, aunque haya que pagar dinero por ello.

En Copenhague, en cambio, la sala estaba vacía. Sólo había dos hombres, yo mismo, sentado con una vikinga de dos metros de alto, y otro tipo con aspecto de oficinista de traje gris, bajito, calvo y delgado que bailaba con una negra norteamericana enorme, alta y gorda. Los dos parecían pasárselo muy bien. En el escenario, otra morenita se desnudaba con desgana. La vikinga era glacial, una perfecta mujer de negocios, prostituta, joven, rubia y muy guapa. Tenía un cuerpo germánico y sólo hablaba de dinero y de su novio. Me aburrió. A mí, la que me gustaba era la rusa que había conocido el día anterior, morena y eslava, una combinación extraña, casada o casi, con un alemán que era socio de Christos, y que acababa de abandonar a su mujer y a sus hijos por esa rusa que también le hacía de secretaria. Mi Christos griego parecía turco, pero ese Christos alemán que ahora me hacía de agente en las subastas de piel nórdicas, parecía nazi, con su abrigo largo de cuero negro y su cuello de visón marrón, su fino bigote, sus gafas redondas y su cabello rubio. Creo que a él también le gustaba la rusa de su socio, y la rusa lo sabía.

La carretera Este que entra en Kastoriá está salpicada de bares, burdeles y Night Clubs, todos ellos muy cerca del Hotel Tsamis. Las muchachas se alojan en él y en él hacen vida esperando la noche para ir a trabajar. Se levantan tarde y a partir del mediodía te las encuentras en los salones, en el bar y en el restaurante, comiendo, conversando, descansando y sin hacer nada. Todas saben muchos idiomas y todas son de mil países. Te ignoran como si fueras un mueble más del hotel. Es mejor no prestarles demasiada atención. Si quieres algo de ellas ya sabes dónde atienden. Mi padre nunca les hacía caso, no estaba allí para eso. Ni yo tampoco, prefería quedarme mirando el lago que se helaba en invierno o irme a charlar con Christos (el griego).

Aunque una vez sí que fui. Con un grupo de colegas a los que les escocía la entrepierna entramos en uno de esos garitos. Acabamos todos borrachos y con un notable dolor testicular. Aquellas muchachas a las que invitamos fueron, cómo no, muy hábiles haciéndonos tomar más copas de la cuenta. Al día siguiente Vanguelis debía recogerme temprano. La resaca fue asesina.

Cuando Christos (el griego) se casó, celebramos la noche anterior una mini despedida de soltero. Fuimos a uno de esos locales. No había nadie. Nosotros éramos seis y una especie de gorilas o camareros hicieron sentar a nuestro lado a seis muchachas, una para cada uno, mientras otra se desnudaba en algo que parecía ser un escenario. Todas eran dominicanas. Pensé que al menos podría conversar un poco, pero no, la chica que me había tocado en suerte era muy lacónica y la música sonaba muy fuerte. Cogió mi mano de una manera mecánica y se acercó mucho a mí. Ése debía ser el ritual de apareamiento, pensé. Era muy guapa. Le dije que me soltara, que no hacía falta y me respondió que no la despidiera, que siguiera tomando copas con ella. De acuerdo, asentí, al fin y al cabo paga Christos.

Cuando recuerdo a una mujer guapa, no puedo evitar recordar también a las feas que he conocido. Entre todas ellas a Elena, realmente no hacía honor a su nombre, ningún troyano la hubiera raptado jamás y ninguna guerra hubiese tenido lugar en su nombre, y el pobre Homero se habría quedado sin gesta que cantar. Era veterinaria y trabajaba en una granja de pollos, en una de esas inmensas naves llenas de aves comiendo y chillando. Era voraz. Su fealdad no le impedía coleccionar amantes guapos y atractivos, auténticos muchachos encantadores y seductores. ¿Cómo conseguía llevarse a la cama a aquellos bellos amantes?, no lo sé. Modestia aparte, yo fui uno de ellos y no lo sé. No lo sé pero lo sospecho, y no es a ella a quien deberíamos preguntar para saberlo, ni a ellos tampoco. Quien crea conocer la respuesta que responda.

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Félix de Azúa, uno de nuestros filósofos de cabecera, sospecha que las mujeres conocen algún secreto que los hombres ignoramos. Esa suposición la sustenta en el hecho probado de que fue Eva quien habló con, ese que él llama, un dios Maligno. El Señor Azúa se pregunta de qué hablaron Eva y el diablo y si esas conversaciones continuaron después de ser expulsados del Edén. Él cree que sí, que continuaron y que han seguido conversando a lo largo de los tiempos. Le intriga esa conversación misteriosa de la que solamente sabemos eso de la Ciencia del Bien y del Mal. El Sr. Azúa piensa que debe de haber algo más y que mientras tanto, Adán y el resto de los hombres sólo podemos especular, imaginar y suponer. Quizás olvida que ese dios Maligno siempre miente. Siempre.

Sea como fuere, efectivamente, los hombres poco podemos hacer. Tal vez sólo sentarnos en una silla de madera y de respaldo alto, mirando en silencio cómo se desnudan ante nuestros ojos y procurando no sonreír.

Nosotros mudos y ellas no perdiendo de vista el foco que las ilumina.

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“La Naturaleza es una quimera, Todo es obra de Dios” afirma Boyer d’Argens, autor de “Therèse philosophe” tal como nos cuenta Fernando Savater en su “Diccionario filosófico”. No es baladí que en ese diccionario la entrada dedicada a “Eros” esté vacía y nos remita a otra titulada “Teresa”. Es toda una declaración de principios citar a ese autor francés del siglo XVIII, a su corta novela y mencionar explícitamente que era un apasionado “apologeta del onanismo -sobre todo femenino- como una derivación lógica y consecuente del “amor propio”.

La tesis de Savater y de Monsieur Boyer es que el erotismo es un acto filosófico, en contra de todos aquellos que piensan que es un acto puramente biológico o incluso de otros que se atreven a investirlo de caracteres místicos, confundiendo psicología con metafísica o magia. El erotismo es un acto de la voluntad, por consiguiente filosófico. Es algo pensado y es algo dicho. Todo aquello que pensamos lo decimos y todo aquello que decimos, lo pensamos. Y consecuentemente simbólico.

Un ateo modificaría algo la sentencia y diría que: “La Naturaleza es una quimera, Todo es obra del ser humano”. Tal vez ése fue el secreto que el Maligno comunicó a Eva, y que nosotros, tontos Adanes, intentamos averiguar mirando obsesivamente el cuerpo desnudo de una mujer.

lunes, 20 de octubre de 2008

El peletero/La huida



17 Marzo 2007


“Tropecé y me caí, el golpe no fue muy fuerte pero me dañé las palmas de las manos. El suelo era pedregoso y aquellas piedras cortaban. Al levantarme tuve que escupir en ellas para limpiármelas de tierra y sangre. Las heridas no fueron importantes pero el dolor tardó en pasar.

Era difícil andar sin caerse por aquel pedregal cargado como un asno, con mis pocas y pobres posesiones. Había perdido la cuenta de los días que ya llevaba andando por aquellos caminos, durmiendo al pairo y casi sin poder hacer fuego; no había madera, ni arbustos, ni siquiera mierda seca de animales con la que poder quemar algo que diese calor y luz.

Yo resistiría lo que hiciese falta, pero mis zapatos viejos no, estaba preocupado, no tenía otros. De todo disponía de dos piezas, pantalones o camisas, pero de zapatos sólo tenía un par y ya estaban ruinosos cuando se los robé a mi padre antes de marcharme. A él lo dejé con mis deshilachadas alpargatas y yo me fui con sus viejos zapatos de cuero.

Nunca me hubiese podido imaginar que se pudiera tardar tanto en llegar a algún sitio. Era la primera vez que me escapaba de casa y no tenía ni idea del tamaño del mundo, de lo lejos o cerca que estaban nuestros vecinos, si los teníamos. En una ocasión se lo pregunté a mi padre, y me contestó que mirara el cielo, es enorme ¿no?, me preguntó, pues la tierra lo es más hijo, mucho más, tanto, que no llueve siempre en todas partes.

Me quedé pensando en su respuesta, se burla de mi, me dije, está loco. Quiere darme miedo para que no me vaya nunca de su lado. Si mamá se marchó y nos dejó, yo también me iré, me propuse.

Estoy inquieto, no sólo se están rompiendo mis zapatos sino que se está terminando la comida. Por aquí no hay nada que comer, ni raíces, ni hierbas, ni frutos, ni mucho menos caza. Desde que salí aun no he encontrado ni una fuente, ni un río, el agua también se me está agotando, ya hace días que la bebo racionada.

¿Por qué se fue tu madre?, anda, búscala y pregúntaselo, me decía, yo no voy a dar un paso para encontrarla. Se quiso ir, ¿no?, pues bien, se fue y ya está. Desde pequeño he sido yo quien te ha cuidado. Aquí terminaba la conversación. Si quieres ir a buscarla, ve, anda, vete, pero con tus pobres alpargatas no andarás muy lejos. Al decir eso se reía mirándome los pies.

Ya estoy andando descalzo, el agua y la comida se han terminado y ni siquiera ha llovido un poco desde que me fui. Allí a lo lejos veo una roca grande con una buena sombra, cuando la alcance me echaré y me dormiré un rato. He de estar cerca de algo”.



¿De qué huye el protagonista? ¿Qué espera encontrar al atravesar el desierto de sus propias dudas y preguntas? ¿La huida también podría ser búsqueda?

Huye de la sentencia paterna acerca de la imposibilidad de escapar. Quedarse es una derrota y él no solo necesita demostrarse a si mismo que lo logrará, sino que requiere con urgencia ir en búsqueda de una respuesta que nunca llega. ¿Por qué se fue su madre?

Pero la culpa lo persigue, viene en forma de sol canicular, de sed, de hambre, de unos zapatos que no resistirán el intento. ¿Lo resistirá él? La culpa está siempre al acecho de los seres humanos, su fin no es la misericordia, su propósito es acorralarnos invariablemente. Quien no la mantiene a prudente distancia corre el riesgo de ser devorado por ella ó terminar huyendo hacia ninguna parte.

sábado, 18 de octubre de 2008

El peletero/Celeste



14 Marzo 2007

EL RELATO:

¿Qué debo darte? le pregunté. Ella ya estaba vestida, y tendida en la cama esperaba a que yo saliera del baño envuelto en una de esas toallas enormes. Lo que vos creáis que debéis darme, me respondió con la mirada baja. Yo había pensado que cien dólares estaría bien, le dije mientras me secaba. Ahora sí que me miró, ¿cien?, ¿sólo cien?, espetó sonriendo. Bien, ¿cuánto entonces?, insistí. Doscientos, quiero doscientos, me respondió sin dejar de sonreírme.

Hice inmediatamente cálculos mentales, trescientos del Night Club y doscientos ahora, son quinientos. Más lo que me costará el plus de la habitación, de individual a doble. Bueno, un día es un día, me lo puedo permitir. La chica se ha portado bien, me dije. Fui al armario y saqué doscientos dólares de la billetera. Se los di. Los cogió. Se levantó de la cama, los guardó en su bolso y se puso la chaqueta roja de punto. Yo la miraba atento. Era una rubia preciosa, espectacular, guapísima y dulce, aunque había que reconocer que no sabía hacer un streaptease correcto, era mala desnudándose. Pero ¿a quien le importaba eso? Ella había sido buena conmigo y eso era más que suficiente.

El Maxim’s ateniense era lo mejor que se podía encontrar. Era un Night Club decente en plena plaza Sintagma de Atenas. Por la mañana, casi después de bajarme del avión, había ido al Pireo en autobús, me había bañado y había almorzado. El agua era tan salada que flotaba sin mover un músculo. Eso era lo que buscaba, no moverme ni para respirar. La playa estaba llena de mujeres con sus niños pequeños, era curioso, no había hombres.

Me había levantado temprano para subirme en aquel avión de hélices que ronroneaba de una manera sospechosa y que se balanceaba de una manera temible. Era la primera etapa de mi regreso a casa. No volaba alto, era hermoso ver el paisaje tan de cerca. Si aquello se caía moriríamos con pleno síndrome stendhaliano, borrachos de belleza. Nada más llegar fui al hotel, dejé la maleta y no perdí ni un minuto en subir al autobús que debía llevarme al Pireo.

Sentado en aquel restaurante con vistas al Egeo, llevaba ya bebidas ocho cervezas y volvía a tener ganas de orinar. Maldita sea, eso es lo malo de la cerveza, no paras de mear. En la mesa de al lado tenía a una mujer sola y algo mayor que fumaba y que no hacía más que pedirme fuego cada vez que sacaba un cigarrillo. Me daba las gracias en alemán aunque el griego que hablaba con los camareros parecía muy bueno. Vestía una falda demasiado corta o tenía las piernas muy largas, no sé.

Al mirar ese mar viejo que tenía enfrente me acordé del año anterior, cuando con mi padre nos hospedamos en el “Grande Bretagne”. Nos dimos, como yo ahora, un día de vacaciones y nos embarcamos para hacer un mini crucero. Fue divertido ver la cara de los demás turistas. Nos miraban con la boca torcida, muy cerrada y escondiendo los labios. Papá y yo parecíamos un viejo millonario homosexual y su jovencito “secretario”. Nadie ve nunca la verdad que tiene delante de los ojos, nadie imaginó que fuéramos padre e hijo disfrutando sólo del sol, del mar y de sus sirenas.

Todas las mesas del Maxim’s estaban ocupadas, me senté en una de las sillas altas de la barra del bar que había en el fondo. El Show todavía no había empezado. Pedí una cerveza y antes que me la sirvieran ya estaba ella sentada a mi lado. Naturalmente la invité a tomar una copa sin esperar a que me lo pidiera. Me preguntó si podía tomar champaña, le dije que sí, pero que fuera griego, era mucho más barato.

Las primeras palabras fueron en inglés. Ella lo hablaba bastante bien, pero tenía un acento característico. Le pregunté que de dónde era y me respondió que argentina. Yo soy español, exclamé en castellano, hablamos el mismo idioma, le dije contento. ¿Ah sí?, ¿cómo es que hablamos el mismo idioma si somos de países diferentes?, me preguntó poniendo su mano en mi pierna. Interesante pregunta, pensé mirando esa mano. En lugar de responderla, le di mi nombre y le pedí el suyo. Celeste, se llamaba Celeste y era cordobesa.

Tenía un cuerpo que valía la pena, por él debía de aguantar la conversación varias horas. Si quería acostarme con ella había que esperar a que cerrasen el local. Entretanto empezó el espectáculo. El número de ella fue malo, no sabía desvestirse, pero al menos pude admirarla desnuda mientras bailaba y se iba quitando la ropa con esa poca destreza. No me importaba, valía la pena esperar. El escenario estaba algo lejos de la barra del bar donde yo me hallaba, pero lo que veía era suficiente para deslumbrarme.

Había entrado a las once y ya eran las tres y media de la madrugada. Había sido un milagro que después de no sé cuantas cervezas no hubiera ido una sola vez al baño a orinar. ¿Cómo lo conseguí?, no lo sé, pero fue exactamente así, podéis creerme. La sala ya se estaba vaciando y al fin pudimos sentarnos en uno de los sofás. Se abalanzó sobre mí y me besó. Yo no me lo esperaba todavía, pero no le dije que no.

Cuando pagué la cuenta vio los dólares en mi billetera. Habría cerca de mil. Lo hice a propósito para que los viera. Me guardé la billetera en el bolsillo y le pedí que viniera conmigo al hotel. Vete tú primero, dentro de media hora estoy yo allí, me dijo, y así lo hice. Le dije dónde, Hotel Amalia y el número de la habitación y me fui. Estaba sólo a cinco minutos andando y sí, efectivamente, al cabo de media hora sonaba el teléfono. Eran los de recepción que me avisaban que había una señorita que quería verme; me advertían también que si yo no bajaba y subía ella, deberían cobrarme el suplemento como habitación doble. Naturalmente fue ella la que subió.

Me dijo que estaba cansada. Yo ya había abierto el grifo del agua caliente mientras la esperaba y nos bañamos. Dentro de la bañera me contó cómo hay que asar correctamente la carne. Todos los argentinos cuentan lo mismo. Lo decía en serio, no se daba cuenta de que era también una metáfora pícara de lo que estábamos haciendo en aquel momento. Yo dejé que me lo contará mientras le acariciaba el cuerpo sin, naturalmente, escuchar nada de lo que me decía. Parecía que no me prestaba atención y a mi me daba igual porque yo a ella tampoco.

Después de hacer el amor se me quedó dormida en la cama. Se pegaba a mi cuerpo como una lapa y con su mano cogía con fuerza mi sexo sin dejar de roncar suavemente. Yo no pegué ojo durante lo poco que quedaba de noche. Apretaba tanto que casi me hacía daño. ¿Por qué lo hacía? Aquello de asir mi pene mientras dormía, debía tener algún significado psicológico, seguro.

No tardó demasiado en amanecer, fue entonces cuando conseguí librarme de sus brazos y sentarme en la butaca que había al lado de la cama. Me quedé allí, mirándola dormir, estaba espléndida, era un acto de pura generosidad de la naturaleza que yo tenía ahora la suerte de contemplar.

Medio se despertó, hizo un gesto raro que no comprendí y me llamó por mi nombre. No lo había hecho en toda la noche. Yo no me moví, seguí mirándola dormir y ronronear. Al cabo de unos minutos se volvió hacia mí. Abrió los ojos y abrió las piernas. Sonrió. Me sonrió.

Por aquel entonces yo tenía erecciones “normales”. Su sonrisa y su sexo expuesto y ofrecido me provocaron una. Pero antes quise probar el sabor que tenía eso que me ofrecía. A ella le gustó y a mí también. Luego le pedí entrar y me dejó entrar.

Se puso la chaqueta roja de punto encima de aquella camiseta negra. Recuerdo que los sujetadores y las bragas eran de un color rosa pálido algo vulgar, parecían goma de mascar. Con sus doscientos dólares en su bolso me guiñó un ojo y sin besarnos nos deseamos suerte mutuamente. Salí al pasillo y envuelto en mi toalla vi como entraba en el ascensor, desde dentro sacó una mano para decirme adiós antes que las puertas se cerrasen.

Me acabé de vestir y bajé a desayunar. Todo el hotel ya sabía qué había sucedido. Todos los camareros me miraban y sonreían.

En recepción parecían enfadados por algo. Pagué la cuenta y aunque todavía era temprano me fui ya al aeropuerto. Le pedí al taxista que condujera despacio. Tenía el mar a la derecha. En el Pireo las mujeres se estarían bañando con sus hijos.

EPÍLOGO:

Dos días antes yo estaba en el Hotel Tsamis de Kastoriá esperando a Vanguelis. El Hotel Tsamis tiene dos caras, la que da a la carretera y la que da al lago. La primera es horrible y la segunda también excepto por el lago. Yo había salido a la carretera a tomar el aire. Vanguelis tardaba y me medio senté en el capó de un Toyota a esperarle y verle venir. Por allí rondaba una perra sin dueño, estaba husmeando por entre la basura del hotel y bebía de una toma de agua que goteaba. Tenía la cara larga y el morro fino, el pelo corto y de color beige. Era una perra alta y delgada, con la cola larga que mantenía pegada al culo. Arqueaba el lomo como hacen las gatas. Las perras no hacen eso, no arquean el lomo como las gatas.

La llamé y vino, lentamente, muy lentamente. Las perras no hacen eso, no van a ninguna parte lentamente.

Me olió y la acaricié. Me lamió la mano y yo me dejé, se volvió, me dio la espalda y levantó la cola. Y lentamente también, se fue, girando la cabeza para mirarme. Las perras no hacen eso, no giran la cabeza para mirar.

Vanguelis llegó, él siempre conduce despacio aunque llega rápido y pronto a todas partes. Ese día no, ese día llegó tarde o la perra pronto. Vanguelis tiene las manos grandes, es griego pero parece un mongol y habla más idiomas que tú y que yo juntos, y en lugar de cejas parece que tenga dos bigotes.

CONCLUSION:

Hay que manifestar antes de concluir el relato, que aquello no había sido ningún acto de amor. Estrictamente hablando fue sólo puro sexo de pago. Nadie, ni ella, ni yo, ni tampoco ninguno de los empleados del hotel se imaginaron o llegaron a pensar otra cosa que no fuera una prostituta y su cliente. Solamente eso.

COROLARIO:

El corolario es el relato.