lunes, 12 de enero de 2009

El peletero/El colibrí y las muchachas en flor (3)



24 Agosto 2007

Alguna vértebra debe de estar mal colocada y muerde lo que no debe. Esa es la causa de esa maldita cojera que ya dura demasiado, arranca desde la cadera izquierda y desciende hasta más allá del suelo. Me da un aire torpe al andar; hay cojeras elegantes, de bastón con la punta de plata y mango de marfil, pero la mía no es de ésas. Por su culpa me es difícil mantener un porte digno. A pocos les gusta mi aspecto ridículo, y a mí tampoco.

Sentado mejoro. Aunque todavía he de alzar la voz para que el camarero me atienda cuando pido mi café todas las mañanas a primera hora.

Cuando no tengo nada que hacer me siento en la terraza de mi bar preferido, y entre ver pasar la gente y leer cuatro tonterías, las horas transcurren también tontamente.

Una de las camareras siempre me mira de reojo lo que estoy leyendo, no es joven y no es de aquí. No sé porque se interesa, nunca hemos hablado más que las palabras necesarias para pedir el café y pagar. Tiene un físico característico que no voy a describir, pero su sonrisa cuenta muy bien el tipo de mujer que es.

¿Cuál?

- Me gusta la forma de su cráneo –dijo Teodoro-. (…) Es usted dolicocéfala.

- O sea…

(…)

Y antes de que Teodoro hubiera encontrado las palabras para responder, Giudi Olper arrojó la boquilla sobre un plato, cogió las cintas de su bata, lo atrajo hacia sí, acercó sus labios a los de él, clavó sus ojos en los ojos de él, vibrando delicadamente como si su cuerpo emitiese ondas, y habló con lenta resolución, mientras le miraba un ojo, el otro, la boca, el mentón, la frente, clavándole en el rostro las palabras una a una, como si clavase banderitas sobre el mapa de una batalla.

(“Dolicocéfala rubia”. Pitigrilli)

Christos estaba en Barcelona, en plena inmersión lingüística, tratando de ampliar su conocimiento de lenguas cuando le robaron la cartera y el pasaporte, distraído y enfrascado en charlar con unos amigos que también intentaban ser al menos bilingües.

Lo habíamos instalado en un Apartotel lleno de iraníes exiliados.

Le habían robado la cartera, sin embargo ya hacía días que había encontrado en la escuela donde estudiaba castellano, a una alumna como él, Ingrid, una belleza suiza, pequeñita, delgada, con un cabello rubio muy corto, a lo “garçon”, y con aspecto de no haber hecho nunca daño a nadie, y que quería conocer, decía, Latinoamérica. Admiraba al “Che” nos contó un día. Quería viajar, decía. Hacer muchos amigos, decía. Me gusta la música me dijo. ¡Ah!, respondí yo. Y me sonrió satisfecha de sí. Y le sonreí. Se parecía mucho a Jean Seberg, aquella actriz americana con carita de ángel que acabó suicidándose.

Christos me llamó y fui a la comisaría para ayudarle, todavía no sabía bastante español y los policías era lo único que hablaban. Allí estaba él con esa nueva amiga suiza que en aquel mismo momento se estaba pintando las uñas de los pies y contando en un perfecto alemán de Zürich, a un policía con cara de estupefacción y que no entendía absolutamente nada, que Suiza era muy aburrida. Mientras tanto, yo y Christos intentábamos hacer la denuncia correspondiente del robo, para ir al día siguiente al consulado a por un nuevo pasaporte.

El trámite se agilizó con una cierta facilidad, y si he de ser sincero, Ingrid colaboró mucho con su improvisado discurso en su lengua vernácula, y con esa pulcra manicura de pies con la que nos obsequió a todos los que allí estábamos y con la que consiguió crear el “clima” adecuado para que todo se hiciera rápido y perfecto.

Iba bien vestida con una falda larga, no enseñaba las piernas ni se comportó de manera inadecuada, en todo momento tuvo un proceder correcto si exceptuamos tal vez, que una comisaría de policía no es el lugar donde uno deba hacerse una manicura de pies. Ni quizás tampoco hablar un idioma dando por sentado que todo el mundo te entiende. O peor, dando por sentado que no te importa que te entiendan.

Quien seguro la entendió fue su novio suizo al que llamó desde el teléfono de mi casa nada más llegar. Como era tarde yo les invité a cenar en esa casa mía que se halla en una hipotenusa -siempre he pensado que a Pitágoras le hubiese gustado- y que tiene el suelo de color salmón con manchas lechosas que hacen pensar que a alguien se le ha roto una botella de leche.

Mientras Christos y yo preparábamos la cena ella telefoneaba a su “boyfriend”. A Christos no le hizo mucha gracia que hablara tanto y con tanto cariño con ése novio. A mi tampoco, veía como los minutos pasaban y como la factura debía estar subiendo. Para relajarme me burlé un poco de Christos y le dije que a su novia griega tampoco le haría mucha gracia que a él no le hiciese gracia que Ingrid hablara con su novio, al que seguro tampoco le haría gracia que a Christos no se la hiciese. Estuvo de acuerdo conmigo.

En una de las estanterías de casa tengo una figura mejicana de barro. Parece un tucán, tiene el pico enorme y mira desafiante. Ingrid quería que se lo regalase. Por supuesto me negué.

Cuando ella y Christos se fueron estábamos los tres ya demasiado borrachos. Pero antes de cerrar la puerta ella se giró, me dio un beso en los labios mientras me decía: “the bird is mine, but is my present for you, thanks baby” y se fue tambaleándose y apoyándose en Christos. Parecía una escena bíblica. Un taxi les esperaba en la calle.

Yo me fui a dormir pensando en la factura telefónica.

Pero con el alcohol que llevaba encima me dormí enseguida. Me dormí y soñé con pájaros de picos inverosímiles de alas poderosas y con flores tropicales, hermosas y desvergonzadas.

Y soñé en color mientras olía una flor, que según se ve, se le había caído al suelo a Ingrid sin querer.

¿Sin querer?

Me gusta que el colibrí sea verde y amarillas las flores

o rojas o rosas o negras o también marrones

o quizás pardas y azules o de mil colores.

O blancas como palomas.

Me gustaría que los pétalos de las flores fueran las alas del colibrí.

Pero… ¿Quién sabe volar?, ¿el colibrí?

Él por supuesto sí.

¿Y las flores?

Las flores no.

sábado, 10 de enero de 2009

El peletero/El colibrí y las muchachas en flor (2)



23 Agosto 2007

Y así… hablando y conversando con esa especie de nevera, deslizándose y resbalando sobre un hielo lleno de arrugas, surcos y grietas pasó de la belleza dorada de Gwyneth Paltrow y de Peggy Lee a los cabellos negros de esa mujer belga, que casualmente se debía parecer, cuando era algo más joven, a la hija de John Houston.

En la versión cinematográfica que éste realizó de la obra de James Joyce “The Dead”, su hija, Angélica Houston, también pierde la noción del presente bajando unas escaleras al oír cantar la vieja balada irlandesa, The Lass of Aughrim. Cuando su marido se atreve más tarde a preguntar, sólo le resta contemplarla con dulzura, y decirse casi para sí, mirando por una de las ventanas de fríos cristales del Hotel Gresham de Dublín:

¿Cuánto tiempo guardaste en tu corazón el recuerdo de la mirada de tu amado cuando te dijo que ya no quería vivir?"

La respuesta de ella poco importa, es mucho mejor volver a oír la canción y dejarse transportar por su infinita tristeza.

If you'll be the lass of Aughrim
As I am taking you mean to be
Tell me the first token
That passed between you and me


O don't you remember
That night on yon lean hill
When we both met together
Which I am sorry now to tell


The rain falls on my yellow locks
And the dew it wets my skin;
My babe lies cold within my arms;
Lord Gregory, let me in


Después de todo ello poco más puede uno decir, excepto lo que James Joyce puso en boca del marido.

"Sí, los periódicos tenían razón: la nieve se extiende por toda Irlanda..."

______________________

Pero tal vez sí que algo más se pueda decir o recordar: oír a tu madre cantar.

Cuando era un niño, mi madre, me cantaba la canción del ladrón, yo siempre lloraba y llorábamos todos al oírla, ella misma, mi hermano y también mi padre, los cuatro. El estribillo nos llegaba al corazón y nos lo rompía antes de tiempo, siempre a deshora, siempre demasiado pronto. Era toda una premonición.

Quan he tingut prou diners,
He robat també una nina,
L’he robada amb falsedat,
Dient que m’hi casaria.


Adéu Clavell morenet!
Adéu estrella del dia!


Cuando tuve bastante dinero,
Robé también a una niña,
La robé con falsedad
Le dije que me casaría.


¡Adiós clavel morenito!
¡Adiós estrella del día!


A la mañana siguiente, temprano, oíamos a nuestro padre cantar y desafinar en la ducha y veíamos a nuestra madre contenta preparando el desayuno.

Ahora.

Desde mi casa veo la ropa tendida de mis vecinos secándose rápido cuando el clima es seco, sopla el viento o alumbra el sol. A veces también los veo a ellos, entrando y saliendo, laboriosos o indolentes.

El patio interior de la isla de casas donde se halla la mía, es un triángulo equilátero perfecto, y yo vivo en su hipotenusa, que casi se orienta al Norte virando ligeramente al Oeste.

Mi casa tiene un suelo de baldosas de color salmón con figuras abstractas de color blanco. Siempre descubro nuevas imágenes y rostros; algunos son viejos conocidos, otros en cambio me visitan por primera vez y se van tan rápido cómo han llegado. Mi suelo parece un cielo nublado, desordenado, siempre dudando entre la sequía o la lluvia.

A partir del mediodía entra el sol sin pedir permiso, ni con mil cortinas puedo evitar que lo haga y a él parece que no le importe mi opinión. Si tuviera ropa tendida sería de gran ayuda, pero en mis tendedores no hay ni un triste calcetín agujereado secándose.

Si lo hubiera, seguramente no tendría par.

En mi casa conservo una caja de bombones belgas, vacía de bombones belgas. Es de hojalata y de color rosa. En ella guardo un parchís minúsculo, un mechero a gas sin gas, unas piedras de playa pintadas por una niña que ya es una mujer. Unas cuantas conchas de colores marrones mezcladas con un montón de monedas de varios países, la mayoría de ellas ya no deben ser ni de curso legal.

En esa caja también guardo en sus puros huesos una garra despellejada de visón. Y un viejo número de teléfono escrito en una servilleta de papel al que nunca llamé.

- ¿Tienes ahí bombones?

- Hace mucho que se terminaron, exactamente 35 años.

- Cuando todavía existían las dolicocéfalas rubias, ¿verdad?

- Sí.

- Yo soy una de ellas, ¿no te has dado cuenta

- Tú eres un simple aparato de aire acondicionado que habla, nada más

- ¿Simple aparato?, ¿no sabes que producir frío no es lo contrario que producir calor?

- Sí, lo sé, no es lo contrario.

- ¿Qué es entonces?

- No es lo contrario, es lo mismo.

- “Allô allô: on demande monsieur Théodore Zweifel au teléphone.

La telefonista le abrió el locutorio número dos y le entregó el receptor.

- Soy Teodoro Zweifel –dijo cerrando tras él la acolchada puerta.

- Y yo soy Giudi Olper. Este nombre no le dirá a usted nada. Giudi Olper, veinticinco años, casada, muy pronto divorciada, piloto aviador con setecientas horas de vuelo. Hablo cuatro idiomas, (…) No tengo ningún amante, no tengo necesidad de dinero y quiero conocerle a usted.

Teodoro formuló la más obvia de las objeciones y la joven explicó:

- Es muy sencillo. Le he hecho seguir por las calles de Ostende (…) Le estoy siguiendo a usted desde hace veinticuatro horas. Responda: ¿me permite conocerle o no?

- Sí –respondió Teodoro Zweifel, al cual no desagradaba aquella insólita coyuntura. Y preguntó-: ¿Dónde y cuándo?

(“Dolicocéfala rubia”. Pitigrilli)

jueves, 8 de enero de 2009

El peletero/El colibrí y las muchachas en flor (1)



21 Agosto 2007

“El amor es un género literario. Disfraza lo nuevo y lo convierte en mágico”.

(Joana Bonet, La Vanguardia 17-08-2007)

“El amor es un género literario. Disfraza lo viejo y lo convierte en nuevo”.

(El peletero)

Gwyneth Paltrow emula a Peggy Lee preguntándose: “What is this thing called love?” en la película “Infamous”. En uno de los cameos más memorables que este peletero recuerda haber visto.

A media canción balbucea, se detiene, se queda transportada y casi absorta en sus propios recuerdos y emociones. A la vista de todo el mundo, que la observa en silencio y con el alma en vilo, preguntándose a su vez si podrá reponerse y continuar con la canción. Naturalmente que sí, chasqueando los dedos se repone y se responde así misma preguntándose de nuevo:

I saw you there one wonderful day
You took my heart and threw it away
That’s why I ask the Lord in Heaven above
What is this thing called Love?


“Es la primera y la mejor escena de la película”, dijo el peletero. Aunque en realidad ésa no era una afirmación, más bien parecía una pregunta.

¿A quién se la hacía?

A Nadie y a Nada.

Estaba solo en su tienda hablándole al aire acondicionado que en extrañas ocasiones le respondía, pero si no lo hacía al menos cumplía con su misión: enfriar.

La Nada lo miraba atenta y lo escuchaba con interés. Estaba allí para hacerle un rato de compañía en su tienda.

- Tienes razón, le respondió la Nada, lo es, es la mejor escena de la película, pero cuéntame por qué.

- Eso es algo que no se puede ni tampoco se debe…

- ¡No seas pedante y mezquino!, le espetó la Nada.

- De acuerdo, cuéntalo tú pues.

- Tú eres el que escribe, yo solamente te leo. La responsabilidad es tuya.

- Sí, pero tu no estas enamorada de Gwyneth Paltrow, y yo sí

- ¿Por qué supones que no?, yo también estoy enamorada de ella, y de ti y… también soy rubia como ella, incluso más, y canto mucho mejor que tu Gwyneth.

- Y también tienes su edad. Ambas estáis en vuestro mejor momento y las dos sois unas excelentes actrices. La interpretación de ella es memorable.

- Realmente sí, confirmado, eres mezquino.

En aquel momento el peletero debería haber hablado del arte y de la vida y de la imposible mezcla, pero fácil confusión entre ambas cosas cuando se es torero o se está completamente loco. Pero él sólo era capaz de ver unos grandes ojos grises, ese gris que contornea las sombras como si fuera su áurea. Ese gris que hay en el fondo del hielo y en el centro de todo aquello que es blanco.

En esas fantasías andaba el peletero, cuando entró una mujer en la tienda.

Era una vecina de dos casa más a la izquierda. Vivía sola y era de Bruselas y cada vez que viajaba a su país para visitar a su hijo le llevaba un regalo.

Delgada, pelo negro lacio, vestidos largos y sombrero. Siempre sombrero.

Debía de haber sido elegante y ahora se había quedado sólo en desmañada, había perdido el punto justo de “tensión” que necesita la elegancia. Parecía una goma elástica, pero sin su fuerza.

La Nada y esa mujer ni siquiera se miraron mientras el peletero procuraba atender a su clienta lo mejor que sabía.

Dos gemelos de acero inoxidable cumplieron el propósito del regalo. Antes de irse se quedó un rato mirando un retrato que hay en el escaparate de la pintora O’Keefe, ya mayor y con su rostro lleno de arrugas. A su lado hay también una fotografía de un colibrí en pleno vuelo buscando su flor. Al marchar sonreía contenta.

- Qué clientas más raras tienes, le dijo la celosa Nada cuando “la desmañada” se fue.

- ¿Rara?, ¿por qué? Te has fijado que sus pies a penas tocan el suelo.

- ¿Qué?

- ¿No te has fijado? De joven fue bailarina y patinadora sobre hielo.

- Y tú eso, ¿cómo lo sabes?

- Te puedo asegurar que por telepatía no.

- Eres hiriente y mezquino.

Le dijo ella dándole un sonoro beso en los labios, húmedo y frío. Resbaladizo y desequilibrante.

lunes, 5 de enero de 2009

El peletero/El ojo y el negro (1)



20 Agosto 2007

“La lengua es un ojo”.

(Wallace Stevens)

Plinio nos relata el origen de la pintura en la historia de una muchacha que dibuja en una pared el contorno de la sombra que proyecta en ella su amante dormido. Más tarde, el padre de ella, rellenará la figura de arcilla y creará así un simulacro, un receptáculo que supuestamente ha sido hecho para albergar un alma, su sombra.

A eso se le llamaba un “colosso”, donde naturalmente el tamaño no era su característica principal y sí que fuera algo erigido, erecto y animado.

Un bello mito que permitió encontrar, según muchos, una genuina manera al amor para expresarse.

Reseguir el contorno de tu amante,

con tus dedos y tus ojos

y permitir así, con tu caricia,

que permanezca más allá de la memoria.
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Teodoro Van Babel fue un pintor con dos dispares habilidades, la del retrato y la de la composición simbólica.

La primera queda bien probada en la variedad de retratos que realizó a lo largo de su vida. De entre todos ellos es obligado resaltar los que le hizo a su propia hermana Silvia, a su esposo y a los hijos de ambos.

A pesar de que Silvia tuvo que emigrar a Londres para casarse con un comerciante inglés, Teodoro logró retratarlos a todos desde la distancia, sin verlos siquiera, utilizando para ello únicamente la memoria, la intuición y las descripciones de su hermana. Todos inacabados, pues nunca llegó a finalizar ninguno de esos retratos familiares en los que a veces él también se incluía.

Los años pasaban, las personas cambiaban y los retratos nunca se terminaban. El resultado que nos ha quedado, después de capas y capas de pintura es el de unos bocetos, donde los personajes parecen no tener ni edad ni peso. Fantasmas provisionales que no consiguen traspasar el espejo.

Su otra habilidad, fue la composición simbólica, que junto con la de retratista está perfectamente sintetizada en el doble retrato que realizó de su amigo Isaac Martens junto a su amada, Sofía Verhofstadt.

Algunos expertos sostienen que en realidad es un autorretrato, que Isaac es Teodoro y que la mujer es Silvia, la hermana del pintor, pues el parecido con los otros retratos es sorprendente. Pero eso ahora no tiene importancia. Van Babel escribió al pie del doble retrato los nombres de Isaac y de Sofía y si así lo hizo es que así quería que constara y así consta oficialmente.

La pintura es interesante por su composición manifiestamente arcaica, a pesar de hallarnos ya en pleno siglo XVI. Una obra en parte fuera de época y paradójicamente del estilo del resto de su obra. Hay en él una mezcla de modas: cabellos muy largos hasta la misma cintura, a la flamenca, y otra a la italiana en el vestido de ella, con un corpiño muy escotado que deja ver sus pechos y sus hombros desnudos, muy apretado en la cintura que resalta un cuerpo esbelto, y las manos desnudas jugando con “algo”. La estructura iconográfica mantiene la de un tríptico, con Isaac a nuestra izquierda, Sofía a la derecha y en el centro una simple y sencilla mesa con un plato en el que se hallan un par de ojos depositados. Él y ella artificialmente hieráticos tal cual esfinges.

Isaac era hijo de un rico comerciante flamenco. Especializado en el comercio de marfil, pieles, plumas y de todo aquello que siendo extravagante pudiera venderse. A lo largo de su vida logró enriquecerse y arruinarse en varias ocasiones.

Sofía era la hija de uno de los clientes de Isaac. Un Duque curioso, rico y coleccionista de cosas raras y de los numerosos objetos exóticos que los barcos traían constantemente de ultramar.

En éste doble retrato de Van Babel lo primero que vemos es la mesa que hay en el centro, y que separa a los dos protagonistas, en ella hay ese plato que de tan blanco capta y atrapa toda la luz, y en él hay el par de ojos antes mencionados, no sabemos si arrancados de un humano o de un animal, y que Van Babel nos muestra pulcra y muy explícitamente.

El significado, si no simbólico, es tal vez biográfico y quizás estos ojos nos remitan directamente al padre de Isaac, Abraham, un intransigente y fanático luterano y uno de los primeros seguidores de Calvino, que en un ataque de locura iconoclasta se arrancó los suyos con una cuchara sopera, después de haber recorrido media ciudad rompiendo espejos y cristales. Detenido y encarcelado al fin, prefirió extirpárselos con la cuchara que comerse la sopa que el carcelero le había llevado para cenar. A la mañana siguiente lo hallaron desangrado y muerto.

Isaac era un hombre afable y tranquilo y todos destacaban su buen estar y la alegría con la que narraba sus aventuras por el mundo y las maravillas que veía. Y sus ojos absolutamente negros, en marcado contraste con sus cabellos rubios y pálidos, albinos como su tez, blanca y tan transparente, que te permitía ver fácilmente el fluir de su sangre oscura. Así lo pinta o se pinta Teodoro Van Babel, negro sobre blanco.

Las niñas de sus ojos eran dos letras escritas en una hoja de papel.

Todas las dobles figuras, de hombre y mujer son una exégesis de Adán y Eva, y en este caso también de las tesis de San Agustín que lo señalan a él, Adán, como al verdadero culpable y no a Eva. Ella siempre será la dadora de vida y él siempre llevará en su simiente la mácula del pecado, y por ende, de la muerte. La semilla de Adán está arruinada, enferma, picada, dañada por la falta. Será la que transmitirá a toda la humanidad la culpa y la vergüenza por el primer pecado del mundo. Que no es la simple desobediencia de Eva, pues ella únicamente sabe de la prohibición divina por boca de él y no de Dios mismo, que solamente ha hablado con Adán antes de crear a su compañera de una de sus costillas. El verdadero pecado no es ése, es la invención del Sexo por Adán.

Él hubiera podido salvarse, pero prefiere acompañar en la desdicha a su amada, esa es su decisión, su libre albedrío, al verla y mirarla “desnuda” por primera vez.

Sofía quedó embarazada, y al cabo de los nueve meses dio a luz a una niña más negra que los ojos de su Isaac, el padre. El prodigio, naturalmente, fue y es inexplicable. Sofía murió en el parto.

A Isaac no le costó demasiado, a pesar de no estar casados todavía, que su suegro le cediera a la niña y que con ella se fuera para no regresar jamás. Dicen que la bautizó con el nombre de Silvia, igual que la hermana de su amigo Teodoro, el pintor que los pintó hieráticos y solemnes.

Cuentan que murió muchos años después en Dakar, enfermo, rico y en brazos de una nativa vieja que creía que cuidaba a un gran Rey.

De su hija, esa segunda Silvia “africana”, no se supo nunca nada más. Aunque hay una versión que la sitúa en un convento de carmelitas como sirvienta, y del que un cierto día desapareció, se marchó o huyó, sin decir adiós.

No había año que alguien no la viera deambular sola por los bosques, de noche, llorando o gritando, y sino se la veía, se la oía gemir o aullar.

Otra leyenda sitúa a la niña en un burdel. Dan pie a ello los numerosos y memorables apuntes dibujados por Teodoro Van Babel que se conservan, de lo que los expertos han llamado: “la prostituta etíope”. Una serie de esbozos para un retrato que tampoco llegó a terminar nunca.

Si hubiera concluido el retrato habría sido un desnudo obsceno, todos los esbozos son frontales y esa es siempre la postura menos pudorosa y mucho más si se hubiese atrevido a escribir en él una frase que podemos leer en uno de esos dibujos:

“El sabor se halla debajo de la ceniza que cubre la lava del volcán”

Pero quien sabe, tal vez esa niña acabó siendo, ella sí, una verdadera reina vestida con pieles de leopardo, o… todo lo contrario, embutida en el fondo de la bodega de un barco negrero.
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En el retrato de Isaac y Sofía, en el centro y arriba, hay escritas y pintadas unas frases en latín, que traducidas podemos leer:

Los murciélagos atraviesan la oscuridad gritando, se cuelgan boca a bajo y se esconden en cuevas.

Los pájaros trinan, son bípedos y se visten de colores.

Las libélulas tienen ojos gigantes, flotan en el aire. Sus cuatro alas son transparentes y tienen dos vidas.

¿Dónde está el murciélago?

¿De quién son los ojos?

¿Quién es el jilguero?

Tal vez por todo ello Isaac cinceló en la punta de su espada, y que nos muestra explícitamente en el cuadro, una libélula, una “demoiselle” cuatrialada, y Sofía, de pie y al otro lado de la mesa, sosteniendo con la palma de la mano derecha abierta un jilguero, que con las alas extendidas está a punto de salir volando.

Están todos, solamente encontramos a faltar al murciélago que quizás se halla escondido en alguna cueva oscura.

Húmeda, cálida y acogedora.

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Había iglesias donde anidaban murciélagos en sus altos techos. Hambrientos chillaban al presenciar la Eucaristía. El capellán se santiguaba mientras le temblaba el cáliz que sostenían sus manos.

Al decir las palabras sagradas cerraba los ojos.

viernes, 2 de enero de 2009

El peletero/Una muy breve y parcial historia del desagüe



16 Agosto 2007

“Lo real es sólo la base. Pero es la base”.

(Wallace Stevens)

San Calixto da nombre a unas famosas catacumbas de Roma. Sus paredes, excavadas como pozos, están llenas de nichos para dar secreta y cristiana sepultura a los difuntos.

El convento de los Capuchinos de Palermo tiene el insólito gusto de conservar en hornacinas y vitrinas una muy completa colección de cuerpos y restos humanos, algunos embalsamados. Todos ellos vestidos para el trance del entierro, en el que no existe ningún protocolo que indique qué clase de vestimenta es la necesaria y adecuada para esa ocasión tan especial.

En Barcelona se puede ver el mar desde algunas de las laberínticas calles del cementerio de Montjuich, (Monte de los judíos).

La vista es espléndida, a un lado la ciudad, al otro el mar, y entre ambos el Campo Santo en las alturas.

Entrando por el sur y desde la carretera de la costa, antes de llegar a L’Hospitalet, la montaña judía queda a nuestra derecha, y vista desde allí parece una acrópolis griega, y sus paredes rebosantes de nichos unas ciclópeas murallas.

Pero Barcelona no es Atenas y mucho menos Roma con sus siete colinas.

Desde el Tibidabo, la otra montaña de la ciudad, más alta que la de los judíos, dicen que en días claros se puede llegar a vislumbrar la isla de Mallorca, donde vivió durante un breve tiempo Chopin y su amada George Sand, y durante muchos años el poeta Robert Graves. Pero el espectáculo no es ése ni tampoco el vetusto parque de atracciones con sus autómatas que te adivinan el futuro y su castillo de la bruja. El verdadero espectáculo es contemplar las calles paralelas del “eixample” barcelonés, apuntando perpendiculares y directas hacía el mar.

Cada una de ellas montada en su correspondiente “rambla”, desagüe de aguas de lluvia y de humedades telúricas, todo un océano, que antes afloraba sin pudor a la superficie y ahora debe esconderse por entre las porosidades de un subsuelo no del todo libre de terremotos, y mucho menos de corrimientos o deslizamientos de tierras.

La red de cloacas municipales intenta imitar a esas ramblas, desahogándose la ciudad en el mar, vaciándose en él. Limpia y purificada de hedores y mugres gracias a la buena red de colectores, que al igual que unas buenas compresas retienen la sangre muerta.

Pero el Tibidabo empuja, y si no empuja, resbala.

Y pronto llegará al mar estrangulando a la ciudad.

Decir “pronto”, por supuesto, no significa antes de 50 millones de años. En el transcurso de todo ese tiempo cabe esperar que los mamíferos de los que formamos parte, hayan encontrado y aportado a la cadena evolutiva una “cuarta solución” al diseño de las vías de salida, y a veces también de entrada, del cuerpo de sus hembras. Pues Barcelona es una hembra. No sé exactamente de que especie es, pero loba como su compañera romana seguro que no.

Hemos de recordar que, dejando la boca aparte, hasta el día de hoy son solamente tres los diseños de desagüe en activo.

¿Sólo tres?

Monotremas, marsupiales y mamíferos placentados.

En los monotremas los úteros, la vejiga urinaria y el intestino desembocan en una cloaca. Una sola salida común en la que tanto los huevos y todos los sólidos y líquidos del cuerpo salen por el mismo conducto, la "cloaca".

En los marsupiales, el canal del intestino se ha independizado de la cloaca a la que todavía van a parar los úteros y la vejiga, siendo así que las crías y la orina salen por el mismo orificio.

En los mamíferos placentados el intestino, el útero y la vejiga han conseguido tener cada uno su propia salida, desapareciendo así la cloaca propiamente dicha, aunque la “vulva” no deja de recordárnosla y ser ciertamente un… vestigio.

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Cada año el mar se come un poco más de playa y los crematorios de los Servicios Funerarios trabajan más intensamente.

Ése es un humo que nadie ve y nadie huele. Es el más higiénico dicen.

Lo peor es que tienen razón.

“La poesía es un remedio contra la pobreza, la mudanza, el mal y la muerte del mundo. Es un presente que se perfecciona, una satisfacción en la irremediable pobreza de la vida”.

(Wallace Stevens)

miércoles, 31 de diciembre de 2008

El peletero/Historia de la quietud



4 Agosto 2007

En cualquier lugar del Universo, la quietud tiene un número, que es: -273,16 ºC

Más allá del Círculo Polar Ártico, la quietud es una casa de subastas de obras de arte, donde un hombre de edad avanzada, sentado en la segunda fila, reza el rosario en voz alta, mientras el resto del público, en pie, lo observa atónito y calla.

Más aquí del Círculo Polar Ártico, la quietud tiene lugar exactamente a las doce en punto del mediodía, en un pequeño pueblo del Mediterráneo Norte, donde un campesino fustiga sin piedad un asno que arrastra calle arriba un carro lleno de trigo. Desde un balcón de una casa vecina un anciano observa la escena; a su lado hay una niña desnuda que guiña el ojo no sabemos a quién.

En un lugar indeterminado del océano Pacífico Sur, la quietud acontece cerca de una playa, donde dos amantes interrumpen su quehacer amoroso al oír un ruido celestial, levantan sus cabezas y ven un avión precipitarse en picado al mar. Antes de estrellarse atraviesa una nube y no vuelve a aparecer. ¿Dónde está?, se preguntan los amantes sorprendidos. ¿Dónde ha ido?

Lentamente el ruido divino desaparece, devolviendo a los amantes el interés por la tarea interrumpida.

A través del cielo inmaculado, a dos mil metros de altura, un pobre anciano pilota La Perla de Osten, un viejo y destartalado caza de la Segunda Guerra Mundial que aún conserva los símbolos de la Marina de los Estados Unidos de Norteamérica.

Hoy se cumplen exactamente doscientos veintidós años que despegó de su portaviones para combatir y desde entonces no ha pisado el suelo. Miles de kilómetros recorridos y sólo agua a sus pies.

A esa altura el espectáculo es inmenso, claro y sobrecogedor. Pero toda esta soledad y belleza abruman y entristecen profundamente al anciano piloto.

Incomprensiblemente la gasolina no se agota nunca, pero sus fuerzas se están terminando y pronto se rendirá, no podrá resistir más y se precipitará en el mar.

Nosotros estamos terriblemente apenados, nos desconsuela su absoluto abandono y su inevitable y desgraciado final.

En ese terrible momento, todo se detendrá.

En algún lugar secreto de los Alpes y a muchos metros de profundidad, en el enorme y secreto complejo científico llamado El Pozo de Berla, estalla una exclamación de alegría. El ruido de los gritos y los aplausos se esparce desordenadamente a través de la red subterránea de galerías que perforan la montaña. ¡El baile ha comenzado, chicos!, afirma con entusiasmo un importante responsable del experimento que acaba de tener lugar. Por fin, después de muchos años de esfuerzos, La Estación Submarina Standard La Ventana de Velasco, conocida popularmente como La Pecera, “No” se ha movido, repito: no se ha movido. Sólo ha sido durante un nano segundo, es cierto, pero para estos chicos entusiastas, inteligentes y trabajadores parece toda una eternidad. Y casi lo es, su euforia es comprensible.

Después de los primeros abrazos, besos y brindis, el Director jefe tiene el buen gusto y el acierto de pronunciar unas emotivas palabras en recuerdo de Sam Ot, fallecido diez años atrás. Sin él nada de todo esto hubiera sido posible. Este era su proyecto, y este es también su éxito.

Las palabras de este hombre de bata blanca son acertadas y sinceras, todos le escuchan en silencio y emoción, pero recostado en la pared del fondo hay alguien que no le presta ninguna clase de atención, ni tampoco sonríe ni llora como todos los demás. Con la cabeza gacha mira su reloj. Lleva una nariz postiza, una nariz roja de Augusto y si nos fijamos bien veremos sus labios moverse en silencio, está concentrado contando.

La gran sala central de esta moderna caverna es ya una fiesta, todos bailan y cantan y el Augusto, inmóvil, en un rincón apartado, ajeno a todo, sigue mirando su reloj y contando.

En un punto indeterminado del Océano Pacífico Norte y a diez mil metros de profundidad, en la Estación Submarina Standard conocida popularmente como La Pecera, pero bautizada oficialmente como La Ventana de Velasco, la señorita Julia Spooner habla con un desconocido. Por educación hace cara de seguir el hilo de la conversación, pero en realidad está completamente absorta contemplando el maravilloso traje de mosquetero que viste el personaje. ¿Por qué los hombres ya no se visten así?, se pregunta. Sus ojos recorren con atención el magnífico vestido.

El jubón, corto, con faldones y mangas acuchilladas, es de seda roja bordada en oro. La camisa blanca es de hilo. El encaje del cuello y los puños está confeccionado en punto de Bruselas.

El resto es todo de color negro, los calzones también de seda, el grueso cinturón con hebillas de oro, las botas embudo de cuero brillante con vueltas muy anchas. El gran sombrero de fieltro de enormes alas y plumas de avestruz. Y los guantes de ante con troquelados florales en su embocadura.

La capa, también corta y colgada del hombro izquierdo, por supuesto de seda, es negra por fuera y roja por dentro.

La espada tiene un pato Eider volando grabado en su empuñadura de marfil. La hoja, larga y fina es de acero inglés y sólo tiene una “libélula” con sus cuatro alas extendidas cincelada en la punta.

La larga cabellera rubia, casi albina le llega hasta los hombros. Su bigote y su perilla están cuidadosamente recortados. Su piel es pálida y traslúcida y sus ojos son tan negros como los de un africano.

Julia Spooner es una mujer sensible y nosotros sabemos que también es inteligente, sin duda su padre, Sam Ot, estaría orgulloso de ella. Pero ahora, deslumbrada ante tanta belleza, no sabemos si sabrá reconocer a tiempo al asesino que tiene enfrente.

En algún lugar del Océano Atlántico, entre Europa y América, en uno de los numerosos camarotes del Trasatlántico de lujo La Hoja de Fresla, dos hombres parecen conversar.

Sam Ot, el de la derecha, no sólo no entiende nada de lo que le está diciendo el desconocido que tiene enfrente, sino que tampoco sabe qué demonios hace embarcado en el Trasatlántico de lujo La Hoja de Fresla.

La conversación parece que va para largo, con gran esfuerzo, Sam mira de reojo al exterior por una pequeña ventana redonda. Fuera, la calma es absoluta. La Hoja de Fresla no se mueve, completamente quieta parece clavada en un mar también inmóvil. Fuera, no hay ningún sol, sólo una insondable claridad.

Pobre Sam, empieza a sospechar que está atrapado. Inquieto y desconcertado no sabe qué hacer. Mientras tanto, el otro personaje sigue hablando animadamente.

Nosotros sabemos que Sam Ot era el propietario del Trasatlántico de lujo La Hoja de Fresla y también sabemos que navegaba en él el día que este hermoso barco se hundió, pero en cambio ignoramos absolutamente quién es el individuo que conversa con él. Estamos demasiado lejos para oír lo que dice, pero aunque con dificultades, sí que podemos ver su rostro maquillado de blanco, su boca pintada de rojo, su ridículo gorrito cómico y su extravagante vestido resplandeciente de lentejuelas. No sabemos quien es, pero no nos gusta esa cara pintada que siempre sonríe.

En la más enorme de las salas góticas de la gran Biblioteca Central de la Universidad de Kunisburg, hay alguien, hombre o mujer, buscando desesperadamente un mapa, necesita urgentemente llegar a Ostende, No sabe por qué pero su vida depende de ello. Tampoco sabe cómo llegar, ni por supuesto qué camino tomar. Pero lo más importante que no sabe es que el tiempo hace mucho que se le terminó.

Lo cual, no deja de ser una contradicción lógica.

La Real Academia Española de la Lengua define quietud, del latín quietudo, como ausencia de movimiento, sosiego, reposo y descanso.

La quietud no tiene historia, es precisamente la falta de ella.

lunes, 29 de diciembre de 2008

El peletero/El amigo



28 Julio 2007

No tenía cuello, ni poco ni mucho, nada.

Pero su pico era descomunal, enorme, desproporcionado si tenemos en cuenta que solamente comía insectos.

Las plumas, como las mismas alas, eran grandes y fuertes, adaptadas para vuelos de altura, largos y difíciles, hechas para atravesar tormentas y huracanes.

La cola y las piernas eran también potentes y robustas. Las huellas de sus patas, gigantes y sus garras intimidadoras. Daba sobresalto y miedo observarlas.

Pero si le mirabas sus pequeños y tiernos ojos, veías entonces su cara de buena persona. Y efectivamente, lo era, era un buen muchacho que había atravesado medio planeta para venir a verme.

Latido tras latido, de alas y de corazón, comiendo únicamente moscas y mosquitos, soportando diluvios, ventiscas y sequías, aquí lo tenía ahora, parado frente a la puerta de mi casa, mudo de tan cansado, sucio de tanto polvo acumulado, pero de pie, bien despierto y derecho con aquellas sus patas de gigante simpático y confiado.

Deberé de limpiarlo y tratar que los colores de sus maravillosas plumas resplandezcan de nuevo y como es debido. Y a mi vez, yo habré de vestirme con una túnica a tono, que haga juego con él y su indumentaria natural. Una túnica larga hasta los pies, de seda, naturalmente, de colores diversos, extraños y singulares como los suyos. Pañuelos variados y guirnaldas de flores.

Y tendré también que colocarme un sombrero enorme y estrafalario para no desafinar y mantener las proporciones entre él y yo.

Descansados y contentos de estar juntos de nuevo, él con su pico enorme, y yo con mi sombrero extravagante, conversaremos y charlaremos, mientras comemos. Reiremos, y mientras bebemos, seguro que incluso cantaremos alguna que otra canción de esas que nos gustan, que son tristes y al mismo tiempo alegres.

Leeremos en voz alta poesía, y por supuesto a nuestro querido y barbudo Walt Whitman, y recordaremos juntos los amores no correspondidos.

Tal vez incluso lloremos un poco, pero nada nos podrá amargar la alegría de nuestra mutua compañía.

Y así permaneceremos, horas y horas, días y días.

Viendo salir el sol y al crepúsculo llegar.

Con su fuego frío, indiferente y ajeno a la muerte del mar.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

El peletero/La muerte



21 Julio 2007

Ludwig Wittgenstein afirmaba que la muerte no es una experiencia que forme parte de la vida.

La fotografía que encabeza estas líneas nos muestra tres cadáveres, el de un hombre y el de dos mujeres, que supuestamente se han quitado la vida.

Es conveniente arriesgarse y repetir aquello que el pintor Roberto Longo afirma: que la fotografía siempre nos habla del pasado, a diferencia de la pintura que lo hace del presente.

La razón de ello tiene que ver con la intensidad o el grado de verosimilitud que cada una de ellas es capaz de aportarnos. Y ello naturalmente depende de la técnica, de la diferente artificiosidad que estos dos artilugios necesitan para relatar la realidad y su devenir.

Lo que nos ofrece una caja oscura es más verosímil que una mano, por muy hábiles que sean sus dedos al utilizar el pincel. Las cosas que nos cuenta una fotografía sucedieron en un pasado, en cambio, lo que nos cuenta una pintura está sucediendo en este mismo instante. No importa la fecha de su ejecución.

El paso del tiempo nos aporta claridad, o dicho al revés, cuanto más cerca estamos de lo verosímil más lejos estamos del presente. Al igual que la luz, mirar más lejos siempre es mirar más atrás. Lo que vemos jamás ocurre, siempre ocurrió. O dicho también al revés, lo que ocurre no puede ser visto. Por eso, lo verosímil, que no la verdad, es inversamente proporcional al tiempo.

La muerte sí que es verdadera, aunque pueda parecer inverosímil. En todo caso lo que forma parte de la vida es el morir, que evidentemente tiene mucho más que ver con el estar vivo que con el estar muerto.

Pero lo que no podemos negar es que eso que llamamos muerte cambia el orden de las cosas vivas. Las cambia de sitio, las descoloca de una manera irreversible y definitiva.

Ése no es ningún cambio de orden moral y sí meramente físico. Y sin duda estético también. Algo que tiene que ver con las proporciones que las cosas mantienen con el espacio y con el tiempo.

Es la elegancia del estar y del ser, del saber mirar y del saber escuchar. Y saber recordar no tanto el cuánto, sino el cómo y el qué. De ello dependerá nuestra salud, la mental y la otra, pues no en balde el suicidio es eso, una muy personal relación con el tiempo. En este caso, con “todo” el tiempo, el pasado, el presente y también, por difícil que pueda parecer, el tiempo futuro.

Después del fin del tiempo, solamente manda el espacio, de ahí las grotescas posturas de los cadáveres. De unos cuerpos que nunca han sido pensados para llegar a esa situación. La muerte es algo que acontece, pero que nadie la tenía prevista, no estaba en el plan original. Es quizás el resultado de un error irreparable. Es un defecto de diseño.

En la fotografía de los tres cadáveres el reloj parece señalar la una y cuarenta y cinco minutos del mediodía. La claridad que atraviesa las ventanas puede ser una confirmación.

Excepto en algunas de las cosas que vemos esparcidas por el suelo, como en la parte derecha inferior de la imagen y en el lado izquierdo del sofá, el resto del despacho parece estar bastante bien ordenado. Por la indumentaria y el mobiliario, seguramente es el de algún funcionario nazi, que junto con dos de sus colegas o secretarias, ha decidido suicidarse.

Esa también parece una muerte burocratizada donde los cuerpos no han terminado de estar desplazados del todo. Han tenido tiempo de pensar en su aspecto postrero y mostrar lo mejor de su morir.

Su mentalidad de siervos ha querido revestir la escena de asepsia familiar. No parece ni un hospital, ni un despacho siquiera, y sí parece, el salón de su propia casa. Casi podemos distinguir el polvo de los muebles y la suciedad en los rincones. Los cristales por limpiar y esa luz demasiado blanca, de sábana para un sudario.

La ropa mal lavada y peor planchada. Las uñas sucias y mal recortadas. Y las suelas de los zapatos todavía por gastar, pues los tres no parecían tener aspecto de andar demasiado.

La muerte de esos funcionarios nazis es tan atroz y tan gris como el mismo color de la fotografía que nos los muestra. No han querido ceder al espectáculo de la sangre, no han querido teñir el paisaje de rojo. El veneno que han ingerido, fuese lo que fuese, sin duda era también de color blanco.

Pero su fracaso es evidente. Las peores muertes son ésas, las asépticas, las desprovistas de épica, ni siquiera de la épica que se necesita para luchar contra la enfermedad. Incluso ellos que querían refundar Europa en los principios de una nueva moral, acabaron, en cambio, malbaratando para siempre un bello emblema universal, la cruz gamada, la “esvástica”, ese sencillo, antiguo símbolo solar de paz, que en sánscrito significa: “está bien” o “bien estar”.

Aquella fuerza que debía ser la formidable “voluntad de poder” y que había de conseguir transformar el mundo, acabó llenándolo de fosas repletas de cadáveres, amontonados, acumulados, sin rostro ni nombre, mera carne. Nada.

Es necesario resaltar, que una fotografía –y una pintura también- es todo lo que hay, nada más. No hay más que aquello que se puede ver, aunque todo eso que se ve trascienda a la misma fotografía.

¿Por qué?

Porque su significado siempre está fuera de ella.

¿Dónde?

En el relato.

Esos tres cadáveres de la fotografía, al mantener todavía una cierta dignidad hacen más evidente todavía su mera inercia, eso que solamente tienen los cuerpos inanimados.

Esa inercia es el truco.

Es el resultado de un mal número de ilusionismo.

La muerte es eso, el truco. La inercia de la vida. La vida inerte.

El truco desvelado.

Cuando ya todo pierde interés.

lunes, 22 de diciembre de 2008

El peletero/L'aigua beneïda




18 Julio 2007


L'Aigua beneïda


Des d’una balconada
D’un segon pis
D’una casa
D’un carrer sant de Barcelona,
Un nen de cinc anys s’orina
Al damunt d’una parella
De policies ociosos.

Mentre l’aigua beneïda
Els espavila i emprenya,
el nen mira al cel
i es menja el núvols.

La seva mare prenyada,
Enfeinada cosint,
No se’n adona del què passa,
però el fetus que duu a dins,
pica de mans
i es fa un fart de riure.

(el peletero)


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EL AGUA BENDITA

Desde un balcón
de un segundo piso
de una casa
de una calle santa de Barcelona,
un niño de cinco años se orina
encima de una pareja
de policías ociosos.

Mientras el agua bendita
los espabila y enoja,
el niño mira al cielo
y se come las nubes.

Su madre preñada,
atareada cosiendo,
no se da cuenta de lo que sucede,
pero el feto que lleva dentro,
aplaude
y no para de reír.

(el peletero)
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Para todos ellos y para todos los demás.

viernes, 19 de diciembre de 2008

El peletero/Con el pulgar y el índice



14 Julio 2007

Con el pulgar y el índice se debe asir la cuchilla para cortar. Mientras tanto, el dedo meñique ha de apoyarse en la piel, inmovilizándola con la suficiente fuerza para que no se desplace ni se mueva. La otra mano la sujeta y la tensa desde el otro extremo, levantándola ligeramente del tablero en el punto donde la cuchilla ya está cortando. Así evitamos aplastar el pelo y cortarlo. Pues ése es el fin, cortar solamente el cuero y ni uno solo de los pelos.

La luz por debajo de los ojos, iluminando únicamente las manos que son las que trabajan.

De pie.

Se permite escuchar música, y antiguamente también se permitía cantar. Incluso improvisar y cambiar la letra original de la canción para que luego fuese respondida con ingenio y picardía por algún otro de los compañeros del taller. De esa manera se establecía una conversación cantada, llena de perspicacia, sutil o no, pero plena de chispa y agudeza.

Las canciones de las zarzuelas eran muy solicitadas, tangos, rancheras, habaneras y los últimos éxitos de la radio.

Mi padre trabajaba en un palacio que hubiera hecho las delicias de Visconti. En aquellas salas enormes, de paredes y techos estucados y pintados con escenas primaverales y mitológicas, había un taller de peletería donde trabajaban más de cuarenta personas.

Los colores de las pinturas estaban llenos de humedad y suciedad. Y toda una parte del edificio estaba deshabitada y desocupada. Inmensos salones vacíos sin luz eléctrica y con las ventanas casi atrancadas y trabadas de no abrirse nunca. Mi hermano y yo jugábamos a ser príncipes con peluca y polvos en el rostro, o piratas con loro caribeño multicolor, sables y parches en el ojo para seducir a damas con miriñaques, polisones y aquellos extraordinarios escotes que les elevaban los pechos hasta casi la misma nuez. Nos reíamos contándonos cómo deberían parecer aquellas señoras desnudas y desprovistas de tanto velamen y arboladura en su cuerpo. Viejas goletas a punto de hundirse a la más mínima ventolera.

En el centro había un patio que también era un jardín.

Que nadie cuidaba.

Y que no tenía nada de secreto.

Era mucho mejor que eso, estaba verdaderamente abandonado.

Escondido en él, oías a las máquinas de coser pieles acompañar con su taladro las “capellas” que cantaban desde el taller.

Había lagartos, ratas, arañas y pájaros.

Y era la fuente de luz natural de todo el palacio.

Y su pozo de ventilación.

Y un día entró desde él, tal vez arrastrado por una ráfaga, y sin casi apenas saber volar, un jilguero muy joven que mi padre atrapó lanzándole una piel, que le cayó encima como una red.

El dueño de aquel jilguero, del taller y de la tienda que había en los bajos, era un judío rumano que huyendo de los nazis, había conseguido refugiarse en España y hacer una fortuna.

Mucho tiempo después se mató de un disparo en la sien. Le gustaba jugar al póquer y apostar fuerte y un día lo perdió todo.

En estos casos el pulgar es importante para asir bien la culata y el índice para apretar el gatillo. Si quieres ser teatral puedes estirar el meñique. Queda ridículo a la hora de tomar el te. Pero yo jamás osaría criticar tal amaneramiento en la soledad que te envuelve cuando vas a dispararte un buen pedazo de plomo en pleno cerebro.

En momentos tan delicados como ésos, tienes derecho a cualquier cosa.

Pero es triste saber que, con los dos mismos dedos con los que apenas sostienes el lápiz, apresas el dinero, admiras el diamante y la perla que deseas, o tomas la píldora que te cura, sean también los dos que te matan, si tú quieres.

En cambio, si ella quiere, podrá enseñarte y tú aprender, qué más cosas delicadas pueden hacer un pulgar y un índice bien sincronizados. También tiene que ver con la muerte, porque todo lo importante tiene que ver con ella.

Aunque en este último caso sea, como dicen los franceses, la pequeña muerte.