viernes, 12 de junio de 2009

El peletero/El blanco del ojo/Creo que era el infierno

2 Junio 2008
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Creo que era el infierno,



pero en esta ocasión lo más seguro es que fuera alguna ciudad de la costa en algún momento del año 70 ó 71 del siglo pasado.

El siglo XIX.

O del siglo XX. Pero bien pensado también hubiera podido ser del XXI. Fuera como fuese era el siglo pasado. De eso estoy completamente seguro.

Todavía no había ocurrido, pero yo no tenía ninguna clase de dudas que ocurriría tarde o temprano. Que terminaría por sobrevenir. Esa clase de desgracias siempre ocurren, nunca las podemos evitar. Estoy hablando de la muerte.

No sé exactamente cuándo sucedió, no estoy muy seguro de la fecha, pero sí de los acontecimientos, los sucesos, o cómo se los quiera llamar. No sé, los hechos, o algo así. El ser y el estar cuando devienen.

Fue incomprensible, pero fue algo que devino. Yo llevaba unas pocas semanas viviendo en casa de mi abuelo cuando falleció. Le dimos sepultura y me encontré siendo heredero de todos sus bienes que no eran nada más que cosas sin valor.

O eso pensaba yo.

No los vi llegar.

Cuando quise darme cuenta tenía el cuchillo más grande de la cocina en el cuello. Pensé que era conveniente que no me moviese.

El tipo que tenía detrás casi ni me tocaba, sólo se dirigió a mí para decirme: “cuidado amigo, no quiero manchar mi elegante traje nuevo con tu sangre, anda, pórtate bien”.

Me tranquilicé y… me porté bien.

Mientras tanto, otros dos individuos dejaban patas arriba el apartamento de mi abuelo buscando algo que ni ellos mismos sabían cómo buscar. Ni siquiera me lo preguntaron, podían haberme dicho algo parecido a eso: “oye imbécil, ¿dónde lo tienes?” Ni eso, nada.

Lógicamente ellos suponían -y acertaban- que yo no tenía ni idea, que “eso” era cosa del antiguo inquilino, aquel hombre viejo, muerto precisamente hacía unos pocos días y del que yo ocupaba ahora su piso y sus cosas. No sabían ni que yo era su nieto. Al menos no lo mencionaron en ningún momento. Hablaban poco y dos de ellos resoplaban mucho.

Los cajones y los armarios vaciados, los colchones y las almohadas acuchilladas, todo desparramado y tirado por el suelo. Papeles, comida congelada y a medio cocinar, libros, discos, ropa limpia y sucia, todo mezclado y revuelto. Así tal cual lo había heredado, el paquete entero, parecía un legado y ni siquiera fue una herencia, no dio tiempo.

Sus muebles y los armarios llenos con su ropa también vieja, raída y pasada de moda. Sus libros y sus fotografías, sus papeles y sus yogures caducados. Todo era mío por 800 dólares al mes. Ese era el alquiler del apartamento.

Viejo, borracho, sin familia y sin amigos. El único familiar era yo, su nieto huérfano de padres.

Según pude ver nadie fue a su entierro excepto una antigua novia tan vieja como él, llamada Encarnita, y… yo.

Esa tal Encarnita estuvo muy amable y cariñosa conmigo y la vi verdaderamente afectada por la muerte de mi abuelo.

Vivía en su propia casa, que era algo así como una pensión y ocupaba una de sus habitaciones que alquilaba por poco dinero. Pocas veces he visto a alguien llorar con aquella pena la muerte del viejo. Me dio tanta lástima que no permití que se fuera sola a casa aquella noche. Me gustó pensar que podía ser mi madre o mi abuela. Fue muy triste ver la iglesia vacía. Excepto el cura, Encarnita y yo, no había nadie más.

Y mi abuelo en un ataúd barato.

Encarnita incluso me ayudó en algunos trámites legales y así me enteré de las condiciones para alquilar el apartamento que ahora quedaba vacío. El dueño no quería gastarse dinero en vaciarlo de trastos o en repintar las paredes para dejarlo un poco más decente. Estaba bastante deteriorado y sucio, pero tenía una magnífica biblioteca y eso me gustó. Al menos ahora podría tener mi propia casa, eso me hacía sentir bien, me permitía tener la sensación de estar prosperando en la vida, y quien sabe, quizás así también tendría más novias, al menos sitio para llevarlas ahora sí que lo tendría. Mi antigua casera no dejaba subir chicas a las habitaciones, eso decía, aunque hacía la vista gorda, pero yo, la verdad, tampoco tenía muchas ocasiones.

Y ahora me encontraba con la agradable compañía de tres gorilas que muy probablemente acabarían por matarme a pesar del buen consejo de ése que casi estaba a punto de cortarme la cabeza. Una de tres, si no me mataban por ganas, lo harían por obligación, o simplemente por que sí. O tal vez no, yo sólo era un pobre ignorante que tenía a su favor que uno de ellos no quería mancharse su traje caro con mi sangre.

Naturalmente yo no sabía lo que buscaban, no tenía ni idea. Mi abuelo nunca me había contado nada especial, diferente, peligroso o interesante, excepto sus escasas historias amorosas y las viejas aventuras de una guerra que no viví. Sí me hablaba, en cambio, de la muerte de su hijo y su nuera, mis padres, y también de un hermano que falleció cuando apenas era un adolescente. Hablaba mucho de ese hermano, siempre contaba lo mismo pero de manera diferente. Y también hablaba mucho de su propia muerte. El pobre viejo no tenía más familia que yo, ni poca ni mucha, ni lejana ni medio desconocida, solamente yo y una vieja amiga y amante que regentaba algo parecido a una pensión.

Y ahora yo tenía un cuchillo en la garganta a punto de cortármela. Al hombre que lo empuñaba sólo le preocupaban las arrugas de su traje y el enorme anillo de oro que llevaba en el dedo meñique de su mano izquierda y que no dejaba de mirar, mientras, con la derecha sostenía el cuchillo en mi cuello.

Entonces me di cuenta que aquel cuchillo tenía un número grabado en él.

¿Sería eso lo que buscaban?, ¿un número que abría puertas insospechadas y terribles? ¿Una caja de seguridad, una cuenta corriente, un archivo informático?, ¿la clave de un código ultra secreto o quiromántico?, ¿un número premiado de la lotería?, ahora el gángster y yo teníamos delante de nuestras narices un número grabado en un cuchillo de cocina y él sólo era capaz de mirar su monumental y chabacano anillo de oro.

Yo, por mi parte, casi no podía ni mirar ni hacer nada más excepto oír el retumbar de mi corazón mientras el sudor iba empapando mi camisa. ¡Cerdo!, me estás mojando, grito “el elegante”, dándome un empujón y separándome de él. Al caer al suelo el cuchillo me cortó un poquito más de la cuenta, no demasiado, pero si lo suficiente para sangrar y manchar mi camisa sudada. Al ver la sangre, el hombre del anillo de oro soltó asqueado el cuchillo lejos de sí. ¡Sangre!, maldita sea, exclamó. Muchachos, nos vamos, les gritó, aquí no está si es que tenía que estar, quemadlo todo, no dejéis nada sin chamuscar.

Empezaron a rociar todo aquel desorden con gasolina que enseguida prendió.

¿Qué hacemos con este?, preguntaron los gorilas señalándome a mí.

Dejadlo, que se las apañe como pueda.

Y así lo hice, con una herida en el cuello, con un brazo un poco quemado y medio asfixiado por el humo, huí por la escalera de incendios, claro está, sin olvidarme antes de recoger un cuchillo de cocina que llevaba un número grabado en su hoja y que no sabía qué diablos significaba. Aquello era todo mi patrimonio.

Después de salir del hospital donde me curaron las quemaduras y me pusieron ocho puntos de sutura en el cuello, tuve que hospedarme en casa de Encarnita, no tenía a dónde ir y ella me acogió. Durante todo el tiempo, que no fue mucho, que estuve hospitalizado, no me separé ni un instante de mi cuchillo y de ese misterioso número.

Lo que no pude evitar fue que Encarnita lo viera.

¿Qué haces tú con ese cuchillo?, me preguntó.

No supe responderle otra cosa que, ¿lo conoces?, ¿sabes qué es?

¡Claro!, me dijo sonriendo, aquí tenía tu abuelo grabado mi número de teléfono, nunca se acordaba de él, y no se le ocurrió otra barbaridad que grabarlo en el cuchillo más grande que tenía en la cocina en lugar de anotarlo en una agenda como hace todo el mundo. Era un extravagante. Perdía mucho la memoria, el pobre.

Entonces… ¿sólo es tu número de teléfono?

Sí, ¿por qué?

¿Qué es lo que buscaban aquellos salvajes pues?

No sé, pero el cuchillo seguro que no.

Debió de ver mi cara de asombro, porque me preguntó, ¿no me crees?

Sí, claro, le dije. Pero no, no me la creí, un tiempo después averigüé que aquel no era ningún número de teléfono.

Nos quedamos los dos callados.

También hacía pronósticos cuando se lo pedían, añadió al cabo de un rato mientras miraba por la ventana.

¿Adivinaba el futuro?

No, solamente hacía pronósticos, eso no es adivinar el futuro, y según se ve acertaba mucho. A veces iba gente rara a su casa, gente muy rara.

¿Fuisteis amantes?, le pregunté.

¿Quieres que te cuente nuestra historia?

Me gustaría mucho, le respondí.

Lo haré, pero esa es una novela para otro tiempo y lugar, me dijo con una sonrisa sincera. Yo me la miré en silencio mientras de la calle nos llegaba un griterío hostil.

¿Qué pronosticaba?

El día de tu muerte, me respondió con toda la naturalidad del mundo.



jueves, 11 de junio de 2009

El peletero/La poesía horizontal/La dona espantada

29 Mayo 2008

Quan el poeta canta és millor emmudir i escoltar. Com quan em mira el pare.

Mut.

Ell sempre em dóna les paraules per respirar, amb elles i l’alè del matí en tinc prou per viure, estimar-te i recordar-te.

Prou per viure?, pare?, mare?, germà?, amic?, ocell?, bèstia?, flor?, arbre?,/…

marbre?

N’és ben bé prou, filla meva?, germana?, amiga?, amant?, nena?, riu?, núvol?, mar?, camí?,/…

filaberquí?

Ho és?, o no ho és?, o…, em cal el teu incest?

Em cal si et cal a tu. Et cal?

Si no et cal et caldrà.

Quan el poeta canta és millor dormir,
i somiar,
quan el poeta canta és millor callar,
i cantar amb tu, dona estimada,

dona espantada.

(La dona espantada, El peletero, 4 de gener de 2008)


Cuando el poeta canta es mejor enmudecer y escuchar. Como cuando papá me mira.

Mudo.

Él siempre me da las palabras para respirar, con ellas y el aliento de la mañana tengo suficiente para vivir, amarte y recordarte.

¿Suficiente para vivir?, ¿padre?, ¿madre?, ¿hermano?, ¿amigo?, ¿pájaro?, ¿bestia?, ¿flor?, ¿árbol?,/…

¿mármol?

¿Es ciertamente suficiente, hija mía?, ¿hermana?, ¿amiga?, ¿amante?, ¿niña?, ¿río?, ¿nube?, ¿mar?, ¿camino?,/…

¿berbiquí?

¿Lo es?, o ¿no lo es?, o…, ¿necesito tu incesto?

Lo necesito si lo necesitas tú. ¿Lo necesitas?

Si no lo necesitas, lo necesitarás.

Cuando el poeta canta es mejor dormir
y soñar,
cuando el poeta canta es mejor callar
y cantar contigo, mujer amada,

mujer asustada.

(La mujer asustada, El peletero, 4 de enero de 2008)

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¿De qué puede estar asustada una mujer?



(Patti Smith, fotografiada por Robert Mapplethorpe, 1976)


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De muchas cosas sin duda.

La primera de ellas es de mí, si yo fuera su compañero, su amigo, o su padre, o bien su tío, quizás su hermano, su hijo, aquel vecino, o su esposo, pero… yo no tengo mujer, ni… tampoco nada que se le parezca.

¿A qué se parece una mujer?

Lo más parecido a una mujer es un hombre, y viceversa, pero yo tampoco soy una mujer.

Así pues, ella no puede estar asustada de mí, ni siquiera me conoce, no sabe ni que existo.

Entonces… ¿de qué lo esta?, ¿de quién lo está?

Yo no lo sé, aunque sé una cosa y la otra la sospecho.

La primera es que efectivamente está asustada.

Y la segunda es que me temo que lo esté de ella misma.

Pero…, yo no tengo mujer, ni…, tampoco nada que se le parezca…

…quizás entonces, esa circunstancia, esa soledad mía, me lleva al error, y la muchacha de la fotografía, esa mujer que vemos desnuda, solamente tenga frío, nada más, y que ése sea el motivo, la sencilla y la simple razón de acercarse tanto al radiador de la calefacción.

Pero ése no sería un error grave; desde un punto de vista poético no lo sería, desde un punto de vista gramatical tampoco, y desde un punto de vista psicológico todavía menos. Apenas deberíamos de cambiar la palabra “asustada” por “helada”, solamente eso.

Tal vez con ello incluso ganaríamos en ambigüedad semántica, en polisemia literaria, en simbolismo poético.

Así, la pregunta sería fácil de responder, preguntaríamos:

¿De qué puede estar helada una mujer?

Y responderíamos:

del frío.

miércoles, 10 de junio de 2009

El peletero/En estado de celo(2)/The lass



26 Mayo 2008

Per XPM, un amic intel•ligent i subtil.
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“Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida”

(“The Dead” de James Joyce)
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¿Alguien ha visto un relámpago?, ¿una estrella fugaz?, ¿un bólido?, ¿una bala atravesarte el cerebro de un extremo al otro mientras el corazón te estalla?

¿Alguien recuerda la primera luz? Aquella que cayó con la nieve mientras perdías la memoria al irte.

¿Alguien recuerda el día en que te fuiste? Te marchaste como llega la mañana, como tu caminar de mujer, ¿lo recuerdas?, ¿recuerdas que al llegar te fuiste y que al irte te fuiste también?

Te fuiste como la luz, para rebotar en las paredes del Universo.

Negro.

Me contaba mi amigo que al lado del enlace que le había enviado ayer por mail (el de la famosa escena de The Dead de James Joyce, cuando ella oye cantar aquella dulce balada irlandesa, The Lass of Aughrim), se hallaba también el del monólogo en off del marido de ella, una versión cinematográfica, exacta y que reproduce de forma literal la escrita en el cuento original.

Cuando él abre, en plena noche, la ventana de la habitación del hotel y se dice a sí mismo: ¿Cuánto tiempo guardaste en tu corazón el recuerdo de la mirada de tu amado cuando te dijo que ya no quería vivir?", pensando en ella, que dormita en la cama de al lado, aún vestida y agotada después de las lágrimas y el esfuerzo que acaba de hacer al confesarle a su marido el secreto de su vida.

Mi amigo me lo relataba emocionado, al darse cuenta de la verdad escondida en unas simples y aparentemente vulgares palabras de un hombre. Y yo lo escuchaba también emocionado como él, y orgulloso de su perspicacia y de su delicada agudeza al citarlas en aquel momento.

Me sentí reconfortado en la inteligencia y la oportunidad de su recuerdo. En la elegancia y el cariño expresados al querer consolarme de esa manera, con algo tierno, inteligente y sutil, de las pérdidas de personas queridas que había sufrido en estos últimos meses. Mi amigo es inteligente y sutil.

Al otro lado de la mesa, su esposa, y muy buena amiga mía también, nos escuchaba atenta. Yo me esforzaba por explicarle que este monólogo es una de las más bellas confesiones de amor que un esposo le dedica a su esposa.

Abrió los ojos como platos al oírme hablar así. Y los mantuvo muy abiertos cuando conté la anécdota literaria final; una buena metáfora de apoyo, que al ser tangencial y aparentemente lateral, confiere a ese final la temperatura y la tensión adecuadas. Una simple y muy somera descripción del paisaje: "Sí, los periódicos tenían razón: la nieve se extiende por toda Irlanda..."

Mi amigo sonrió satisfecho al oírme citar esas palabras. Y yo también al decírselas, era mi pequeño agradecimiento poético a la gentileza y deferencia que habían tenido al invitarme a cenar aquella noche. Hacía escasos minutos que habíamos terminado de zamparnos la magnífica fideuá que él mismo había cocinado.

Él, su esposa, su hija y yo habíamos dado buena cuenta de ella, y también bebido con gusto una muy deliciosa botella de vino entre todos.

El día siguiente era laborable y debía irme temprano a casa. En ella ya no me esperaba nadie, no tenía obligaciones ni tampoco tareas que cumplir, nada me ligaba como lo había hecho en estos últimos años. Pero al llegar sí había de llamar por teléfono a una mujer y decirnos, una vez más, lo mucho que nos amábamos.

Luego me acostaría y procuraría leer algo, sin resultado ninguno, no sin antes haber intercambiado algunos mensajes, amorosos y subidos de tono con ella.

Así fue, y así lo haríamos. Mientras tanto, en algún lugar del tiempo, la nieve cubría toda Irlanda y alguien cantaba aquella canción.



http://es.youtube.com/watch?v=I1CP5Lz2iHE

http://esyoutube.com/watch?v=vttKjQ5m6Nc&feature=related.

De una amiga:

"The Deads (I)"

"The Deads (II)"

"The Deads (III)"



martes, 9 de junio de 2009

El peletero/La poesía horizontal/Aimée

22 Mayo 2008

Quan el poeta canta és millor emmudir i escoltar. Com quan em mira el pare.

Mut.

Mut de veure’t sortir del mirall amb cara de dir:

+“tinc una mica de fred, quina hora és?, i el meu cabell?, no era negre abans?”

Alicia, oi?

+No, Estimada.

Com?

+Estimada, em dic Estimada

Doncs jo, Pere, jo em dic Pere. Molt de gust en coneixer-la.

+Igualment. Pere…, com Sant Pere?

No, com un meu avi, un pagès aixut que feia vi.

+Ah, sí?

Sí, vi fosc, tant aspre com ell, espès, negre, negre com…, com…

+La sang?

Sí, això, la sang de…, de…

+…La sang de Crist?

És clar!, la sang d’Ell. Cóm ho saps tot això, nena?

+És que…

És…?,

+És que…, em costa de dir-ho,

No tinguis por, parla, sóc amic.

+Jo el vaig matar.

Què?, a quí?, a Crist?

+Sí, a Ell.

Però…, cóm pot ser?, que estàs boja?, qué dius?

+No, no ho estic, el meu veritable nom és…, em dic…

Com?

+Françoise Sorya Dreyfus.

Ah!, ara ho entenc, així doncs, vas ser tú.

+Sí.

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(Aimée, El peletero, 18 de gener de 2008)




Cuando el poeta canta es mejor enmudecer y escuchar. Como cuando papá me mira.

Mudo.

Mudo al verte salir del espejo, con aspecto de decir:

+“tengo un poco de frío, ¿qué hora es?, ¿y mi cabello?, ¿antes no era negro?”

Alicia, ¿verdad?

+No, Amada.

¿Cómo?

+Amada, me llamo Amada

Pues yo, Pedro, yo me llamo Pedro. Mucho gusto en conocerla.

+Igualmente. ¿Pedro…, como San Pedro?

No, como un abuelo mío, un campesino adusto que hacía vino.

+Ah, ¿sí?

Sí, vino oscuro, tan áspero como él, espeso, negro, negro como…, como…

+¿La sangre?

Sí, eso, la sangre de…, de…

+¿…La sangre de Cristo?

¡Claro!, la sangre de Él. ¿Cómo sabes todo eso, niña?

+Es que…

¿Es…?,

+Es que… me cuesta decirlo

No tengas miedo, habla, soy amigo.

+Yo lo maté.

¿Qué?, ¿a quién?, ¿a Cristo?

+Sí, a Él.

Pero…, ¿cómo puede ser?, ¿estás loca?, ¿qué dices?

+No, no lo estoy, mi verdadero nombre es…, me llamo…

¿Cómo?

+Françoise Sorya Dreyfus.

¡Ah!, ahora lo entiendo, así entonces, fuiste tú.

+Sí.

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(Aimée, El peletero, 18 de enero de 2008)


Françoise Sorya Dreyfus (Anouk Aimée), nació en Paris algún día del pasado siglo.

(Fotograma de la película “La dolce vita” de Fellini. En ella aparece Marcello Mastroniani, Nini Madda y Anouk Aimée)__

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Y todavía sigue viva.

Ganó un Oscar a la mejor interpretación femenina el año 1967, por la película “Un homme et une femme” de Claude Lelouch.

Su apellido la señala como judía, y también su belleza semita.

Las hijas de Sem son las más bellas y las que mejor huelen de toda la Tierra.

¿Por qué?

Porque el desierto no huele a nada, está limpio como decía Lawrence. Alguien le ha robado el olor, como dice Pere.

Y lo está porque todo su aroma y perfume es absorbido por la leche de las camellas, la piel y la carne de los corderos, el agua de los pocos pozos que allí hay, y las axilas de sus mujeres. De las que brota eso que el mismo San Pedro indica, como la más excelente fragancia que nariz humana puede respirar. El sudor.

No hay nada mejor en este suelo que pisan nuestros pies que estas cuatro cosas. Ellas han vaciado y limpiado el desierto, llevándose todos sus rastros, dejándolo con las apenas invisibles estelas del Siroco .

Estas cuatro maravillas juntas han dado lugar a grandes disputas y a terribles guerras bíblicas, que duran siglos y que nunca se cansan de producir muertos y dolor.

Por eso las hijas de Sem son las más bellas de todas las otras hijas de los hombres.

Y sus hombres también los más celosos, tanto que tuvieron que inventarse al más celoso de todos los dioses para guardarlas. Vana pretensión.

Pero Françoise, además de judía es también una francesa de ilustre apellido, “Dreyfus”. Apellido que casi logró partir a Francia en dos mitades asimétricas y que puso de relieve que la revolucionaria República puede llegar a ser tan mezquina como cualquiera.

La pobre Françoise no mató a nadie, pero como todos matamos a Jesús, ella también. Además, al simular en el poema esa confesión de asesinato del Hijo de Dios, le otorgo una aureola mítica, de prostituta bíblica, de Esther, de Judith, de Ruth. Incluso de troyana, de Helena o de Afrodita oscura, morena, negra, de ese negro plateado que tienen los tiburones del Mar rojo.

Tan salada y compacta como su mar, ese que está muerto y que recibe, no sabemos para qué, al río Jordán.

Ella en cambio, especialmente Françoise, parece verter en nosotros un temor escondido. Nos lo traspasa, nos lo transfiere, nos lo cede, nos lo regala, es su dote. Como Pere advierte con perspicacia, parece salir de un espejo.

Trastornada.

Ese temor es en pago a deudas millonarias. Así nos paga nuestras atenciones, con miedo. Así se conforma nuestro deseo de ella, ése que ella misma nos reclama desde una soledad geográfica, geológica.

Su soledad se puede dibujar, es topográfica y casi topo-trágica.

Es la soledad de las piedras.

Hay dos clases de piedras, me dijo un día Pere, las piedras macho y las piedras hembra. Ella es una piedra hembra, negra y hembra.

Esa cualidad de piedra negra es la que le otorga un don especial, mórbido y muy peligroso, para ella misma y para los que la miramos. Françoise, por más bien vestida que esté, por más bien elegidos que sean sus modelos, siempre parece ir desnuda.

Desnuda como una piedra negra.

Como la sangre que mana, que nunca es roja ni azul.

Negra como cualquier noche romana, o alejandrina, cálida, calurosa y espesa.

Férrea.

Sólida.

Siempre escoltada por alguien que parece no tener ninguna clase de problemas, o acompañada por Marcello, el indolente, Marcello, el bello.

Ella con sus gafas de sol en plena noche y dispuesta a llevar a su casa, en su flamante y caro deportivo, a una prostituta callejera que ya ha terminado su jornada laboral. Llevarla no por caridad, o por hacerle un favor, no, solamente por curiosidad, nada más que por eso.

Simple curiosidad, pero… curiosidad, ¿de qué? Ni ella lo sabe.

Pero sí sabe, como lo sabemos nosotros, que tuvo un gran acierto al elegir su “otro” nombre, no podía ser ninguno más que ése:

“Aimée”.

Ya sabemos que la imagen que reproducimos no es una fotografía, sólo un fotograma de una película, ambas cosas son muy diferentes, pero nos gusta decir que parecen Jesús, Magdalena y la Virgen María y a continuación destacar que la prostituta a quien mira, no es a él, es a ella.

Eso es lo que Pere siempre afirmaba entre hombres de confianza. Las buenas prostitutas saben que con quién deben tratar es con ella y no con él ”.

“Y eso, ¿tú cómo lo sabes?”, le preguntaba yo. Entonces se reía y nos contaba aventuras de la guerra, en las que siempre aparecía por allí alguna que otra morena guapa parecida a Françoise.

Christos lo escuchaba sonriente, mientras Dimitris se lo miraba callado y atento.

A mi lado, Vanguelis cantaba en su griego con acento eslavo:

1:5 Soy morena, pero hermosa,
hijas de Jerusalén,
como los campamentos de Quedar,
como las carpas de Salmá.

1:6 No se fijen en mi tez morena:
he sido tostada por el sol.
Los hijos de mi madre se irritaron contra mí,
me pusieron a cuidar las viñas,
¡y a mi propia viña no la pude cuidar!

(La hermosura de la Amada, Primer canto, Cantar de los Cantares)

lunes, 8 de junio de 2009

El peletero/Augustus y Fidelius (El amor no consumado) (y 2)




19 Mayo 2008

-Querido padre, me he dado cuenta que en las cuatro películas que mencionas las protagonistas son monjas.

-Es cierto, dos católicas y dos protestantes.

-¿Por qué?

-Me gustan los hábitos.

-Creo que te gustan más las monjas.

-También, ambas cosas son lo mismo.

-¿No era al revés? ¿El hábito no hace al monje?

-Esa frase es verdad a medias, pero es indudable que un buen hábito siempre mejora el aspecto de quien lo lleva, eso sí, solamente el de los muy guapos y muy guapas.

-¿Por qué?

-Es una prenda difícil, estéticamente arriesgada, demasiado buena, casi perfecta, no todos los cuerpos ni todas las caras pueden lucirlos. Los hábitos y los uniformes siempre demuestran que la estética y la ética son la misma cosa.

-Angie Dickinson y Candice Bergen no lo llevan.

-Peor para ellas, con el hábito mejorarían.



-El que está horrendo y muy ridículo es David Farrar en “Narciso Negro”, con un feo gorro de paja deshilachada y esos pantalones cortos, demasiado cortos, y ese aire de turista británico, bebedor y sin ningún penique en el bolsillo, sin nada del glamour de otros aventureros y desarraigados del cine. -Está grotesco, tienes razón, pero permite destacar mejor la belleza de todo lo que le es ajeno. A pesar de ello Deborah Kerr se enamora de él.



-Tampoco hay nadie más del que pueda enamorarse, padre.

-Claro que sí, hay muchos hombres, sultanes y príncipes, pobres y ricos, campesinos, esclavos, santones y gurús. Tiene donde elegir.

-Ella, y también otra monja, la que después enloquece. Son dos mujeres blancas que se enamoran del único hombre blanco que allí hay. ¿Es un prejuicio racista?

-Por supuesto que no, hijo, ellas y él son las únicas personas que encontramos que intentan no dejarse vencer por la descomunal y arrebatadora belleza del paisaje en el que viven, por su fuerza y por su inmisericordia y su falta absoluta de piedad. Un valle recóndito en unas montañas perdidas de la India. Todos los demás habitantes de ese valle apenas se distinguen del verdor de sus montañas, no hay ninguna diferencia entre ellos y las cabras que pastan. Él es un agente comercial, borracho y fumador de pipa; esa pipa es lo único que le da un poco de prestancia a su porte desmadejado y abandonado. Está harto de todo aquello, y está anhelando marcharse lo antes posible de allí. Hasta que llega…

-Hasta que llega una monja muy bella vestida de blanco inmaculado, y con un rostro todavía más blanco, como si fuera una novia, llena de energía y dispuesta a convertir el burdel y el harén vacío donde se hospedan en una verdadera escuela y hospital. Una monja que años atrás, antes de tomar los hábitos, había estado enamorada de un hombre y a punto de casarse con él. Por eso se convierte en monja para huir de aquel fantasma, ¿verdad padre?

-Ella cree que no, el caso es que en estas montañas la naturaleza la derrota por partida doble. La belleza de la tierra con todo su terrible hechizo y poder hace fracasar sus planes y los de su congregación. Empieza a albergar dudas sobre su fe, la población nativa se muestra indiferente, una de sus compañeras renuncia, otra se vuelve loca, una tercera solamente trabaja como un robot y ella se enamora sin ruido, ni siquiera ruido en el alma, ni mariposas en el vientre, ni temblor en las piernas, ni más latidos de la cuenta en el corazón, ni tampoco sonrisas en el rostro ni deseos de la carne. Nada de eso. Se enamora de alguien tan perdido como ella, que suple, para no volverse loco, con alcohol y cinismo barato esa soledad. No está allí, a diferencia de ella, para una misión caritativa, no es ninguna ONG como diríamos ahora, está para comprar y vender cosas con dinero, eso que todo el mundo dice que apesta pero que todos ansían acumular. Quiere hacerse rico. ¿Para qué quiere hacerse rico?, ¿lo sabes tú, Fidelius?

-Mi poca experiencia me dice que la gente común piensa que la riqueza es un remedio infalible para dormir, algo así como un ansiolítico, pero no es del todo verdad, el dinero básicamente sirve para construirse un pasado. Todos piensan que es algo que tiene que ver con el futuro, y en realidad tiene que ver con el pasado. Los primeros burgueses ricos, cuando reunían el suficiente dinero, lo que hacían era comprar títulos de nobleza.

-Tienes mucha razón, hijo. Ambos, ella y él, se encuentran sin pasado, o al menos con un pasado que no sirve ya para nada, y con un presente que está fracasando en una tierra que les es extraña y hostil.

-Dices que se enamoran, padre, pero no hay palabras de amor, ni besos, ni abrazos, ni siquiera una simple caricia, ni mucho menos sexo. No hay ninguna manifestación explícita entre ellos dos de amor o enamoramiento.

-Explícita no.

-¿Implícita sí, padre?

-Sí, pero de una manera muy peculiar. Sus palabras de amor consisten en conversaciones útiles sobre el día a día, o en como reparar un desperfecto de fontanería. Son conversaciones profesionales que lo único que ofrecen es proximidad física y conversación técnica. Aparte de las ironías y el sarcasmo de él y de los intentos de ella por defenderse, no hallamos nada más que no sea hablar, como mucho, del sentido que tiene para cada uno su presencia en aquel agujero del mundo. Él se burla y ella desprecia su egoísmo. Al igual como ocurre en “Historia de una monja” y las conversaciones que mantienen ella, monja enfermera, y él, médico cirujano laico, destinados los dos en una misión en el Congo belga. Nadie nunca traspasa ningún límite, pero en la tranquilidad y el sosiego que ambos demuestran saltan chispas invisibles que serían capaces de incendiar toda la selva que los envuelve.



-En “The Sins of Rachel Cade” (El Yang Tse en llamas) ella sí que se enamora de otro, ¿no?, de un guapísimo y joven Roger Moore, y en este caso consuman totalmente ese amor, ella queda embarazada de él.



-Sí, pero Roger Moore no es el protagonista masculino, es un personaje secundario, excepto por el hijo que engendra con ella y que lo perseguirá el resto de su vida. Como diría Anna, la amiga de María, no es el que escribe las cartas, no es José, es el amigo de “físico portentoso y rostro hermoso”. El protagonista es otra vez Peter Finch, que interpreta el papel de jefe de policía de la metrópoli, en un rincón perdido de África –también el Congo belga-, y que debe negociar constantemente la tranquilidad política con el jefe de la tribu. Un verdadero rey de su pueblo, un “hombre político”, un perfecto Maquiavelo lleno de inteligencia, sutilidad y fina ironía. Un Rey con el que el jefe de policía, Peter Finch, un simple funcionario, debe tratar con la deferencia y el respeto debidos, como si estuvieran en una gran cumbre de Jefes de Estado.




-En todas estas películas los personajes viven fuera de su país.

-Vivir fuera de tu país siempre desarraiga y vacía el cuerpo, como si te lo purgaran. Después tienes la sensación de volar, y casi siempre también de una cierta impunidad. Vivir fuera de tu país es estar lejos. El concepto de lejanía existencial siempre es en relación a tu casa, eso lo dejo muy claro Kavafis en uno de los mejores poemas del siglo XX y Lawrence en unas páginas desgarradoras por lo lúcidas, claras y contundentes que son. La impunidad es un estado del alma que va muy unido al anonimato, e igual que éste otorga una falsa patina de libertad como muy bien apunta Anna en su blog. Esa impunidad es la que María quería conseguir en ese jardín secreto que era su blog apócrifo y pensar de esta manera que era libre, cuando sucedía todo lo contrario. Su jardín era una cárcel.

-Y a Rachel la engaña Roger Moore, un aviador herido caído del cielo en paracaídas, un verdadero ángel.

-Claro, Rachel no se puede resistir.

-Quizás no es muy lista, padre.

-¿Por qué dices eso?

-¿Por qué dices tú que no se puede resistir?, ¿a qué no se puede resistir?, ¿a la obviedad de su belleza?, ¿a su propio deseo?, ¿a las mentiras?

-Son muchas cosas, casi nadie puede resistirse a todas ellas juntas y al mismo tiempo.

-Te veo cansado.

-Déjame leerte la reseña de una novela de un escritor norteamericano muy apreciado, Richard Ford y su última obra traducida, “The lay of the land”, aquí “El día de Acción de Gracias”

-Lee.

-Leo lo que escribe Robert Saladrigas en el Suplemento “Culturas” de la Vanguardia de Barcelona del 9 de abril de 2008.

“El protagonista, Frank Bascombe, es un “alter ego” del propio Ford. En la novela, Frank ha cumplido ya los 55 años, es propietario de una próspera agencia inmobiliaria, vive en una hermosa casa frente al mar en un lugar ficticio de Nueva Jersey llamado Sea-Clift. Hace unos meses su segunda mujer, Sally, lo abandonó para volver con su primer marido al que supuestamente se daba por desaparecido en Vietnam, y poco después le fue diagnosticado un cáncer de próstata que hizo necesario implantarle semillas de titanio en la clínica Mayo. De manera que Bascombe, en pleno auge de la especulación del suelo, sigue vendiendo fincas con una pasmosa facilidad al mismo tiempo que la conciencia del abandono afectivo y la pérdida de facultades le aboca a una doble e irreversible aceptación: la soledad y la decadencia física. Ambas le abren los ojos para ver lo que hasta ahora se había negado a admitir: que su yo presente se sostiene en la memoria del pasado y frente a él, en un difuso futuro, identifica la muerte ante la que se siente indefenso, moralmente desprotegido.

Ellas son las únicas “certezas” que moldean su mirada entre cínica y amarga a lo largo de las dos jornadas previas al día de Acción de Gracias."

-¿Estas enfermo, padre?

-No hijo, no lo estoy. Trataba de establecer una comparación, quizás no afortunada, entre esos amores no consumados y la amargura, la tristeza y la pérdida. En todas esas películas encontramos mujeres entusiastas, sacrificadas y muy valientes, tanto como ingenuas. Ellos en cambio son unos descreídos, no paran de advertirlas, primero abruptamente, luego de manera suave y después con la más absoluta ternura, que el final de su camino, el de ellas, es el fracaso, y que su viaje es un absoluto error, que no deben anhelar ni esperar ninguna clase de éxito, que deben prepararse para el desencanto y la frustración. Que no deberían haber venido nunca y que lo mejor que pueden hacer es irse a casa.

-Quizás deberían callar y alentarlas.

-¿Mientes a menudo, hijo?

-¿Qué?

-¿Cuántas veces has dicho “te quiero” a alguien no siendo verdad?

-¿Por qué debería haber hecho eso?

-No lo sé, respóndeme.

-¿Cuántas veces lo has dicho tú, padre?

-La pregunta es mía.

-Pero soy demasiado joven, apenas un niño, no puedo mentir así.

-No es cierto, la edad no tiene nada que ver ni con las mentiras ni con el amor. Responde.

-(…)

-Responde, Fidelius.

-Lo haré si luego respondes tú a la misma pregunta.

-De acuerdo.

-Una vez, padre. Una vez le mentí a una muchacha. Le dije que la quería y no era cierto.

-¿Por qué lo hiciste?

-Para tenerla.

-¿Por qué querías tenerla?

-Era muy bella.

-¿Y la tuviste?

-Sí.

-¿Y?

-Ella no me tuvo a mí.

-Y eso no te gustó, ¿verdad?

-No. (…) Responde tú ahora, padre, es tu turno.

-Lo haré, pero antes debo terminar con todas esas historias, hijo.

-Eres un tramposo, has dado tu palabra, padre.

-Y la cumpliré, no temas, no serán mil y una historias, pero recuerda que no hemos pactado plazos. Así aprenderás cómo se hacen los tratos.

-(…)

-No pongas esa cara de niño enfadado.

-Pongo la que me da la gana.

-Pones la que tienes, nada más, no seas impertinente. Y ya es hora de que empieces a trabajar el rostro.

-¿Y eso?, ¿cómo se hace?

-Hay dos maneras.

-¿Cuáles?

-La A y la B.

-O.K., entendido, gracias por burlarte de mí.

-Discúlpame Fidelius, no sé cómo uno construye su propia cara, eso se lo deberíamos preguntar a Steve McQueen, una de las mejores caras de Hollywood, pero ya está muerto.

-Yo se lo preguntaría a los Rolling Stones.

-Tienes razón, mucho mejor a los Rolling.

-Por cierto, en esta otra película, “The sand pebbles”, los personajes son distintos a los otros. No suceden las mismas cosas.

-Ella, Candice Bergen, es igual que las demás, el diferente es él.

-¿Por qué es diferente?



-Porque no la quiere convencer de nada, ni advertir de nada, hace eso que dices tú, callar. Es un marino, mecánico de la Marina norteamericana, desobediente y rebelde, le gusta la bronca y quiere sinceramente a sus amigos y siempre que puede les ayuda aunque sea a bofetadas, pero calla. Es un tipo legal y leal, valiente y decidido. Pero calla.

-¿Y ella?

-Como las demás, un ser exquisito, ingenua, bondadosa, inteligente, entusiasta y extraordinariamente bella. Demasiado bella.

-¿Demasiado?

-Demasiado para mí, las mujeres tan bellas llegan incluso a dolerme sólo de mirarlas, dan la sensación de impostura. Y Candice Bergen es una rubia muy bella, con una sonrisa deliciosa y es casi tan elegante como Audrey. En esta película los dos sí llegan a confesarse su amor, pero no llegan a consumarlo. Él muere, mejor dicho, lo matan en una refriega, es un pequeño matiz importante, creo.

-Es una película triste, ¿verdad?

-Sí, las historias de viajes en las que muere alguien son muy tristes.

-¿Por qué?

-Porque son dos viajes en uno.

-¿Cuántas veces has dicho “te quiero” a alguien no siendo verdad, padre?

-Varias, hijo, he dicho esa mentira en varias ocasiones.

-¿Por qué lo hiciste?

-Esa es otra pregunta que necesita de otro trato.

-Sabía que me darías una respuesta así.

-El amor, hijo, no es algo que tenga que ver con los tratos, pero todo el mundo quiere que el suyo sea correspondido, nadie está dispuesto a dar aquello que el otro no está dispuesto a ofrecer.

-Eso ya lo sé, pero esos amores que me cuentas, eso que tú llamas no consumados, ¿qué significan exactamente?

-Tal vez he cometido un error al nombrarlos así. Quizás no son amor, ni enamoramiento, excepto el de “The sand pebles”.

-¿Qué son entonces?

-No lo sé muy bien, no estoy seguro, pero sí puedo afirmar que en todas esas historias hay algo que no se consuma, que no llega a realizarse, es un viaje que no termina. No son ni siquiera amores abortados. Es algo que queda suspendido en el aire, en un limbo extraño. Es una nube que pronto agotará su agua, apenas unas cuantas gotas y desaparecerá entre muchas otras como ella, condenadas al mismo fin.

-Pero debes terminar de otra manera esta narración, en algún lado debes ubicar el amor.

-¿Por qué?

-Porque el amor es importante, puede que sea afectado, pero es importante.

-Tienes razón, hijo, pero el amor no puede ser correctamente metaforizado. Lo ha sido demasiado en el pasado y en la misma actualidad, excesivas veces se lo ha intentado dibujar. El amor es demasiado importante para hablar de él usando imágenes que lo evoquen, es inaprensible, quizás por eso los protagonistas de estas y de muchas otras historias no llegan a… ¿consumarlo?, no les cabe en la cabeza ni en el estómago. Por eso hablan del trabajo, de la fontanería, de política. Hablan de otras cosas y nunca del amor. Hacen bien, hablar de otras cosas es la mejor manera de hablar del amor.

-¿El amor es demasiado importante como para hacer poesía de él, padre?

-Claro, así lo creo. Por eso la poesía amorosa acostumbra a ser mala. La poesía amorosa es una tautología, como la psiquiatría emocional, o la medicina curativa, la justicia equitativa, el comercio justo o los proyectos de futuro. O cómo afirmar o preguntarle a alguien si está a favor de la vida, o si le gusta la música. En una ocasión María se lo preguntó con cariño a José y él la ridiculizó. No fue muy galante.

-Y tú, ¿eso cómo lo sabes?

-No hagas preguntas, hijo, que no puedo responder.

-Estoy pensando, padre, que la versión oficial que se narra en los Evangelios canónicos , cuenta también una relación amorosa no consumada, la de Jesús y Magdalena, ¿no?

-Cuenta dos historias, también la de María y José. Y quizás tres.

-Pero la historia de los blogs apócrifos sí fue consumada, ¿no?

-Eso parece. Si los protagonistas fuesen realmente de carne y hueso deberían ser ellos quienes lo contasen, pero eso solamente es literatura.

-¿Entonces?

-¿Entonces?, nada.

-¿Por qué lo hiciste, padre?, ¿por qué les mentiste a esas mujeres?

-Porque era lo único que ellas estaban dispuestas a oír.

-¿Te arrepientes?

-Yo sí, pero creo que ellas no.

-Eres un presuntuoso y un farolero, padre.

-Sí, lo soy.

-¿Cuál es la tercera historia no consumada que narran los Evangelios canónicos, padre?

-¿A ti qué te parece?

-Descartando al asno y al buey no sé que decirte.

-Piensa un poco.





PD. Son muy abundantes las historias sobre amores fallidos, en cambio, las que relatan amores no consumados son mucho más escasas.

Valga como nota al margen la película que vi por enésima vez ayer mismo, 7 de junio de 2009, “The remains of the day”, más de un año después de haber escrito esta pantomima de conversación entre un padre que no existe y un hijo que nunca existirá, sirva pues como un ejemplo perfecto de amor no consumado esta pequeña obra maestra de la cinematografía británica, en la que el protagonista masculino no es ningún médico, agente comercial o jefe de policía en alguna colonia lejana del Imperio Británico, solamente es un mayordomo. Y ella no es tampoco ninguna monja, es la gobernanta de la mansión de un Lord inglés, ingenuo, bobo, bienintencionado y peligroso en su bondad de aficionado. Ellos, el mayordomo y la gobernanta, colaboran y se complementan perfectamente en el trabajo cotidiano, él es el único tema de conversación, las obligaciones y las necesidades del día a día con todos los problemas que aparecen y deben ser solucionados con prontitud, destreza y rapidez. El trabajo es la única razón para estar próximos el uno con el otro.

sábado, 6 de junio de 2009

El peletero/Augustus y Fidelius (El amor no consumado) (1 de 2)


15 Mayo 2008

-Querido padre, ¿has leído “Los blogs apócrifos” de El peletero?

-Sí, Fidelius, los he leído.

-¿Todos ellos?

-Sí, todos.

-¿Y qué te han parecido?

-Bien.

-¿Sólo bien?

-¿Y tú?, ¿los has leído, hijo?, ¿te han gustado?

-Responde tu primero, padre.

-¿Has leído además los comentarios, Fidelius?

-Sí, pero responde.

-Parecen personajes maltratados, fracasados, solos. Todo en ellos es lamento y miedo.

-¿Solamente son eso, padre?

-Sin duda son más cosas.

-¿Qué más cosas son?

-Quizás apenas haya que decir que encontramos a cuatro mujeres alrededor de unas cartas, y que el autor de ellas es muy posible que tenga la nariz todavía más enorme que la de Cyrano y casi tan larga como la de Pinocho.

-¿Crees que todo es mentira y falso?

-Esa no es una pregunta literariamente pertinente.

-Ya lo sé, padre. ¿Pero esa relación epistolar que se describe es literariamente falsa o verdadera? ¿El autor de las cartas engaña a su destinataria? ¿Es engañado por ella? ¿Qué es lo que tanto les gusta a esas mujeres de esas cartas? ¿Lo sabes, padre?

-Querido hijo, yo solamente sé que en esta vida la única cosa cierta y que no es motivo de opinión es que, como afirma el fundador de los hoteles Hilton, la cortina de la bañera debe de caer por dentro de ella y no por fuera. Todo lo demás es opinable.

-Augustus, siempre te complaces en el sarcasmo. ¿No quieres responder a mi pregunta?

-En el sarcasmo “elegante”, Fidelius, “elegante”.

-Sí, claro, elegante, pero hablábamos de amor, ¿no?, de mujeres enamoradas, ¿no? ¿Quieres responder?, ¿sí o no?

-Hablábamos de personas enamoradas. También de un hombre, de José, parece que los hombres ya no existan. Pero querido Fidelius, el único amor que yo conozco, aparte del tuyo y el mío, es el amor no consumado. No puedo responder eso que me preguntas porque no sé cómo hacerlo.

-Entonces, si me permites, hablaré yo usando palabras de otro.

-¿De quién?

-En este caso de otra, de la antropóloga Déborah Puig-Pey. Has empezando hablando de fracasos, de soledades y de miedos. Todos esos personajes “apócrifos” parecen muertos, se aman los unos a los otros y apenas dejan su aliento marcado en un espejo.

-No tan muertos, hijo, dejan algo más que un vaho en un cristal.

-¿El qué?

-Unas palabras escritas. ¿Qué dice tu antropóloga?

-No es “mi” antropóloga, y es un texto aparecido en “El País” el domingo 13 de abril pasado. El periodista que firma el artículo, Joan Carles Ambrojo, dice:

“En opinión de la antropóloga y escritora Déborah Puig-Pey, ha aumentado el desajuste entre el ideal de pareja y la realidad. “La educación sentimental se basa en el modelo romántico, contradictorio con otros modos de pensar la vida social. La relación de pareja, que es también una relación social, se sigue esperando de ella reciprocidad, sentido, duración, gratuidad. Sin embargo, estas características, que no se esperan del mundo del trabajo o de la política, en la pareja quedan aisladas fuera de contexto, y parecen heredar los mecanismos contrarios: se desarrollan como relaciones de dominio en privado”. Estos enlaces tóxicos se producen “porque son un espejo de todo lo que hemos aprendido de nosotros mismos a través de nuestras relaciones humanas”, añade Puig-Pey.

A pesar de los cambios sociales que se han producido en los últimos años, entre ellos los matrimonios entre personas del mismo sexo o la tendencia hacia una sociedad erotizada, “continúa existiendo un ideal de pareja estable y la exigencia de fidelidad sexual ligada a la fidelidad amorosa sigue siendo igual de fuerte” dice Gerardo Meil, catedrático de Sociología de la Universidad autónoma de Madrid.

Uno de los problemas en el mundo del amor, sigue la antropóloga, es que se ha caricaturizado el ideal electivo o el derecho a elegir libremente la pareja, incrementándose las razones de mercado: “La relación es más tóxica si la pareja se ha formado por una cuestión de prestigio (el dinero, el estatus, el físico) porque es una relación sometida a elementos altamente variables, consumibles e incontrolables.

-¿Qué te parecen sus palabras, padre?

-Que tiene razón la señora Puig-Pey, Fidelius, pero se equivoca en los “elementos de elección”, todos son “fungibles”, sean esos los que sean.

-¿Por qué han de serlo?

-Porque estamos hablando de cuatro cosas diferentes. El enamoramiento, la convivencia, el matrimonio y el amor. Además, los elementos de “prestigio” son tan legítimos como cualquier otro, al fin y al cabo todos son de prestigio. Lo contrario es “casi” una contradicción en los términos.

-No te entiendo.

-Uno puede elegir una pareja de “prestigio” sin estar enamorada de ella. También puede enamorarse de alguien que no le aporte ninguna clase de prestigio económico, social, cultural o sexual. Pero lo más normal es que los “elementos de prestigio” enamoren, para eso están, para eso sirven, para enamorar. Todos ellos, por separado o juntos, y todo el mundo es vulnerable a su influjo. ¿Ser inteligente no enamora?, ¿ser bello tampoco?, ¿y sabio?, ¿y ser rico?, ¿y el poder o tranquilidad que comporta esa riqueza?, ¿no enamora también? ¿O la listeza y habilidad para conseguir dinero?, ¿la simpatía?, ¿pintar un cuadro, cantar una canción? ¿Ser un buen padre o una buena madre no es un buen elemento de elección? La edad también lo es, una pareja muy joven o muy mayor otorga prestigio según por dónde la pasees. Prestigio y seducción son dos aspectos que forman parte del mismo fenómeno, como el dinero y el sexo, “El-Peletero” lo resalta continuamente, ambas cosas son lo mismo. Siempre hay que recordarlo, las personas necesitan olvidarlo constantemente para sentir y creerse que son bondadosas y que se merecen el cielo. Después, cuando tu pareja pierde la belleza o se arruina, desaparece el amor, ¿cómo ha sido?, ¿qué ha sucedido?, ¿quién mató al lobo? Nadie, se murió solo, cuentan todos.

-¿Por qué tienen esa necesidad de negar eso que los impele a enamorarse?

-Por ese malentendido que muy acertadamente señala la señora Puig-Pey, por ese desajuste entre el ideal romántico de pareja y la realidad que marca la biología y la psicología humanas.

-Estás muy seguro.

-Yo no estoy seguro de nada, Fidelius, pero… ¿recuerdas el cuento de La Cenicienta?

-¿La que siempre andaba entre cenizas?, sí, claro que lo recuerdo.

-En catalán “La Ventafocs”, en inglés “Cinderella”, en francés “Cendrillon”, en alemán “Aschenbrödel”, en italiano “La Cenerentola”. Es un viejo cuento oriental sobre el ascenso social a través del amor. El amor sirve para muchas cosas, también para ascender socialmente.

-No sé que decirte, padre.

-Yo sí sé que decirte, te hablaré de un psiquiatra italiano. Y lo haré porque en “Los blogs apócrifos” hay algo que vale mucho la pena resaltar y que es un artificio absolutamente humano.

-¿Qué es?

-La relación epistolar como uno de los más bellos símbolos del diálogo y de relación entre seres humanos.

-¿Eso que hacemos tú y yo?, ¿conversar?

-Eso precisamente, querido hijo. Hablar y conversar, utilizar los verbos, los sustantivos, los adjetivos y los adverbios. El 8 de marzo pasado, Vicente Verdú, en el País nos hace una interesante reseña de una conferencia realizada en la Universidad Complutense de Madrid por Eugenio Borgna, catedrático de la Clínica de las Enfermedades Nerviosas en la Universidad de Milán. En ella cuenta algo que todos sabemos, pero que también olvidamos con demasiada frecuencia y rapidez: el valor terapéutico de la conversación y el coloquio. Afirma que “en el mutuo ejercicio del habla, cada sujeto se libera de su cerco y llega a comprender que su mal no consiste en un acoso diseñado para dañarle, sino que forma parte de una sevicia general del pueblo, de la ciudad o de todo el planeta humano”.

-Recuerdo ese artículo, padre. Pero me pareció absurdo y una tonta tautología calificar a eso de “psiquiatría emocional”, ¿no?

-Es un calificativo “comercial”, sin duda.

-Está bien que diga que “acentúa el valor del lenguaje emotivo”, pero no es necesario afirmar que “enfatiza el espacio del alma”.

-Cada vez te pareces más a mí, pero es de justicia resaltar, como él lo hace, que: “una infinidad de mujeres que meriendan juntas en las cafeterías del mundo, de sus tertulias se derivan confortamientos espirituales nunca igualados por la farmacopea o la religión”.

-¿Los hombres no somos así, padre? ¿No conversamos?

-Conversamos, pero de otra manera.

-¿Cómo?

-No hablamos de nosotros, mejor dicho, sí, hablamos de nosotros, del grupo, de lo que no hablamos es del “yo”. No hablamos de nosotros mismos frente a los otros miembros del “club”, de la banda, de la tropa. Borgna habla de una “desertización sentimental”, afirma que ya solamente lloramos en la oscuridad del cine, pero que cuando salimos al exterior controlamos nuestros sentimientos, que en los espacios públicos no se está permitido mostrarlos, el más importante entre ellos es el del lugar de trabajo, y que a las mujeres les perjudica profesionalmente “traslucir sus preocupaciones y difundir problemas familiares”

-A las mujeres y a los hombres, a cualquiera. Ese Borgna es un “seductor”.

-Pero los hombres siempre hemos hecho eso, hijo.

-¿El qué?

-Eso que se demanda, callar. No se puede ir a la guerra en tertulia.

-¿Te burlas?

-Si me permites hablar de mi experiencia escasa, parcial e interesada, te diré que las mujeres, por lo común, son tan poco románticas como lo puede ser un cocodrilo hembra del Serengueti, pero si me burlo lo hago de los hombres, no de las mujeres. Borgna afirma que ese “callar, aguantar, trabajar en silencio, huir de las confidencias, tragar y tragar, produce que el efecto natural se manifieste en graves atascos emocionales, en la colmatación de la soledad y la parálisis de las comunicaciones interpersonales”

-No sé, padre, todo eso, excepto el cocodrilo del Serengueti, me parece tan obvio como manido.

-¿Te parece mal hablar a otros de nuestros sentimientos?

-Depende de a quién. Pero ahora que lo dices, eso es indudablemente una de las causas de tanto “blog apócrifo” o no, ¿verdad? La “Blogoesfera” está lleno de ellos.

-Me gusta el último párrafo que cita Vicente Verdú de Borgna. Dice: “Estamos devorados por la indiferencia que caracteriza nuestro modo de vida cuando estamos en el trabajo e incluso cuando estamos en casa” y continúa Verdú: “hablamos poco o casi nada de nuestros sentimientos, manifestamos exiguamente las emociones y, al fin, la angustia personal con sus paralelas sensaciones de náusea crónica no viene a ser sino un síntoma del reprimido deseo por volcar nuestro interior sobre el soñado cuerpo de los otros”.

-“El soñado cuerpo de los otros”.

-Sí, “El soñado cuerpo de los otros”.

-¿El cuerpo físico?

-También ése, quizás especialmente ése.

-¿Por qué?

-Porque ya lo dicen muchos, la epidermis y el sudor, la calidez y el tacto de un cuerpo humano son la primera neurona de nuestro cerebro. El cuerpo amado es el mejor alivio para cualquier enfermedad.

-¿Y una relación epistolar puede suplir el cuerpo del otro?

-Durante un tiempo sí.

-Pero no siempre.

-No.

-¿Qué sucede entonces?

-Se produce el silencio. El silencio solitario, no compartido. La soledad. La verdadera, la que mata.

-Pero hace muy poco acabas de afirmar que el único amor que conoces es el no consumado. ¿Tiene eso algo que ver con las relaciones epistolares?

-Claro que sí, precisamente sí. Y tiene que ver también con algo mucho más importante y trascendental simbolizado en ese tipo de conversación a distancia entre personas.

-¿El qué?

-Cuando alguien lo ha dicho de manera perfecta es mejor transcribirlo: “Noli me tangere”

-¿Quién dijo eso?

-Jesús a Magdalena cuando ella lo vio a las pocas horas de resucitar.

-¿”No me toques”?

-Antoni Puigverd lo cuenta muy bien en un artículo del pasado 24 de marzo en la Vanguardia.

-¿Qué cuenta?

-Puigverd dice: “En una visita de madrugada, unos discípulos descubren que el sepulcro está abierto y vacío. Magdalena resta junto a la losa, llorando, hasta que aparece Jesús. Ella, inicialmente, no lo reconoce. Y cuando por fin lo hace, Jesús, cortando el abrazo, dice: “No me toques” (“Noli me tangere”, en latín eclesiástico). El sentido teológico de la frase es el siguiente: “Ya no soy el que era, a partir de ahora no debo relacionarme con vosotros de la misma manera que antes”.

Y continúa en la parte más interesante: “Pero la frase oculta, además, el secreto del conocimiento. Para conocer (es decir, para amar) hay que renunciar, si no literalmente a tocar, sí a poseer. Conoce el sabio que consigue distanciarse del objeto de su estudio. Crece el afecto más en ausencia que en presencia de la amada, recordaba Joan Maragall. Y los padres saben, no por teoría platónica, sino por experiencia, que el vínculo sentimental es más intenso cuando los chicos ya no duermen en casa. No es extraño que los mejores poemas de amor sean escritos desde la ausencia: filtran la emoción a través del recuerdo. El pasado dice: “No me toques”, y, en su prohibición, adquiere gran claridad. No es que añoremos el tiempo pasado, es que el presente nos turba porque está pegado a nosotros. Nos abraza de tal manera, que no podemos entenderlo”.

Yo creo igualmente, hijo, que este “noli me tangere” no es solamente el secreto del conocimiento, los es también del amor y de la libertad, es la verdadera “Trinidad” que describe la personalidad de Dios y lo que siente por nosotros: “Para conocer (es decir, para amar) hay que renunciar, si no literalmente a tocar, sí a poseer”.

-¿Dios no nos posee?

-No, esa es la paradoja.

-Pero nos ha creado.

-Tampoco te poseo yo y eres mi hijo.

-Querido padre, en el blog apócrifo de Anna, “La Amiga”, Anna vende todo su futuro por un poco de pasado escrito en una carta.

-Cartas que no “tocan”.

-¿Eso es lo que realmente quería María? ¿No ser “tocada”?

-No lo sé, Fidelius. Eso lo insinúa Anna, no lo dice María ni tampoco José. José murió en un accidente de automóvil y ya no puede hablar, ya no puede ser “tocado”, y María está muda, como lo ha estado siempre. Anna afirma:

“Y eso, la lejanía de José, María lo agradece, José molesta menos que un hombre de verdad, que un amor de verdad. A María siempre le han gustado los ángeles, José casi parece eso, un ángel, que al ser de otro mundo, en un sentido perfectamente literal, solamente habla por teléfono y escribe, es incoloro, inodoro e insípido. ¿Hay algo mejor que eso? Conozco a muchos hombres y mujeres que desearían tener algo parecido en sus vidas. María lo tuvo durante un tiempo.”

-Entonces…

-Dilo tú, hijo.

-Creo que es mejor no decir nada.

-Lo es, es mejor callar, pero callar no impide a nadie contar “historias”, son dos cosas distintas. ¿Quieres que te cuente algunas de “amores no consumados”?

-Claro que sí, padre, como cuando era muy pequeño y leíamos cuentos en la cama, allí empezaron nuestras conversaciones, ¿verdad?

-Empezaron mucho antes, hijo, cuando te cantaba antes de que tu madre te pariera, incluso antes que te concibiera, cuando solamente yo te pensaba. Conversaba contigo sin “tocarte”.

-¿Cómo José conversaba con María, Augustus?

-¿De qué José y de qué María me hablas, hijo?, ¿de los que aparecen en los Evangelios canónicos o los protagonistas de los blogs apócrifos?

-Me haces reír y me harás llorar, padre, por cierto, ¿sabes algo de mamá?

-No, hace años que no responde a mis cartas.

-Pero si me dijiste que fuiste tú quien dejó de escribir.

-Claro, cuando ella dejó de responder a mis preguntas.

-El que vas a llorar ahora eres tú. Cuéntame esas historias.

-Lo haré, te las contaré, pero será en otro momento.

-¿Por cuál empezarás?

-Por “Narciso Negro”, una película del año 1947, de Michael Powell y Emeric Pressburger, e interpretada por Deborah Kerr y David Farrar.

-¿Y luego?

-En segundo lugar te hablaré de “Historia de una Monja”, una película de 1959, dirigida por Fred Zinnemann, basada en una novela de Kathryn Hulme del mismo nombre, e interpretada por Audrey Hepburn y Peter Finch. Después, en tercer lugar, “The Sins Of Rachel Cade”, año 1961 y Gordon Douglas como director, interpretada por Angie Dickinson y también por Peter Finch. Y en cuarto y último lugar, “The sand pebbles” dirigida por Robert Wise el año 1966 e interpretada por la encantadora Candice Bergen y Steve Mcqueen.

-Pues ya puedes empezar, pero antes sécate esas lágrimas, padre.

viernes, 5 de junio de 2009

El peletero/La poesía horizontal/La dona morta

13 Mayo 2008

Quan el poeta canta és millor emmudir i escoltar. Com quan em mira el pare.

Mut.

O com quan em mires tu, que es una manera fina de dir que no em mires a mi.

A qui mires, nina?, a qui miraves que ja no el mires? Per qui obries aquests ulls que ja són buits?, què mires ara sota terra?

A mi no, ni a ell, ni a l’altre, ara mires a la Fera?

Qui t’espera? Jo no, ni ell, ni l’altre.

O sí?

Guaita, mira, fixa’t quants et miren ara, tants que ni la Fera pot deixar de mirar-te també.

Ni Ella ni Déu que la va fer.

(La dona morta, El peletero, 15 de gener de 2008)

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Cuando el poeta canta es mejor enmudecer y escuchar. Como cuando papá me mira.

Mudo.

O como cuando me miras tú, que es una manera delicada de decir que no me miras a mí.

¿A quién miras, muñeca?, ¿a quién mirabas que ya no lo miras? ¿Para quién abrías estos ojos que ya están vacíos?, ¿qué miras ahora, bajo tierra?

A mí no, ni a él, ni al otro, ¿ahora miras a la Fiera?

¿Quién te espera? Yo no, ni él, ni el otro.

¿O sí?

Observa, mira, fíjate cuántos ahora te miran, tantos que ni la Fiera puede dejar de mirar también.

Ni Ella ni Dios que la creó.

(La mujer muerta, El peletero, 15 de enero de 2008)

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Hay cosas que uno intuye,

























(Audrey Hepburn, fotografiada por el departamento de publicidad de la Paramount Pictures)

y sin saber cómo, acierta. Y quizás en este caso no fui yo y sí fue ella naciendo en Bélgica. Me refiero a Audrey Hepburn. ¿Tiene eso alguna clase de sentido?, indudablemente no, no lo tiene ni siquiera para mí que soy el que lo escribe. Pero debía hacerlo, escribirlo tal cual, sin sentido, y recordar aquella monja que no pudo evitar no ser santa.

Hoy en día, a inicios del 2008, Audrey está de moda y eso siempre es malo, aunque ya esté muerta y no le afecte. Pero me afecta a mí. Y eso para mí es mucho más importante que para ella, que ya está muerta. Para siempre.

Está muerta y está demasiado de moda, y eso es todavía peor. Mucho peor.

El mundo la ha redescubierto y ha vuelto a ver en ella algo que no tiene significado ni lógica, y que solamente puede ser explicado a base de paradojas tan sin sentido como la que inicia este texto en prosa.

Exactamente igual que aquella mirada tuya que me miraba mirando otra cosa.

¿La belleza no tiene lógica?, ¿la elegancia tampoco la tiene?

Cuando no se sabe qué se mira, ninguna de las dos tiene lógica, ni la belleza ni la elegancia. Porque en parte, el secreto de ambas cosas es eso, no saber qué mira, quien ambas posee.

Las personas realmente elegantes no miran nada en concreto, si además son extraordinariamente bellas, todavía menos. Suponer que lo miran a uno es una presunción totalmente fuera de lugar, que la realidad , tarde o temprano, se encargará de desmentir entre lágrimas y dolor.

En esos casos uno debe tomarse un fin de semana largo en Ostende, pasearse por esta ciudad decadente, caminar por sus playas, esas playas anchas del Canal y del Mar del Norte, que casi se hunden debajo del mar en busca de huesos de ahogados, para traerlos otra vez a tierra, y que sean enterrados como Dios manda.

Será adecuado y necesario tomarse un buen chocolate caliente en una terraza de café, y releer una no muy buena novela que tiene lugar por estas calles, “Dolicocéfala rubia”, de Pitigrilli.

Y así, contento y feliz, disfrutando del momento y del lugar, imaginar a esa rubia perfecta, llamada Giudi Olper, tan joven, espigada, sensual, sumamente inteligente y atrevida, seducir al pobre Teodoro Zweifel.

Cuando se termine el chocolate y empiece a oscurecer y refrescar, volverás a preguntarte por enésima vez, ¿qué demonias mirabas?, ¿a Dios?, ¿a la Fiera?, porque a mí seguro que no me mirabas.

A mí no.

Yo creo saber a quién mirabas, me puedo equivocar, claro, y me puedo equivocar mucho.

Como díría una tonadillera:

Me suelo equivocar mucho en las cosas del querer,
pero no me equivoco nunca en las cosas del mirar.
¡Qué pena!, que querer y mirar sean lo mismo que amar.
¡Qué pena y que lástima que al mirar así…, no me puedas ver!

Creo suponer pues, que te mirabas a ti, cosa que por otra parte es la que más sentido tiene de todas las dichas hasta ahora.

Lo que ya no sé es si te viste.

jueves, 4 de junio de 2009

El pelleter i el seu germà: Veni



27 Abril 2008

COMIAT

Veni, estimada mare,

Ens vas donar la benvinguda a la vida, i gràcies a tu en ella hem cregut. Els dies i les nits: panses i figues, nous i olives.

També has fet honor al teu nom: alegre, oberta, dolça i confiada, has repartit el teu encant a tots aquells a qui has estimat.

Intel•ligent, bonica i coqueta, només has presumit amb orgull d’una sola cosa: dels teus dos fills.

El papa estarà content de tornar a tenir la teva companyia, fa dos mesos que t’està esperant.

Rep dos petons eterns i queda’t amb una mica de la vida que ens vas regalar.

Mama, resta tranquil•la, que ballarem la dansa que ens vas ensenyar, la més humil: la de caminar sempre junts.

Gràcies a tots els que ens acompanyeu en la nostra tristesa.

DESPEDIDA

Veni, querida madre: nos diste la bienvenida a la vida, y gracias a ti en ella hemos creído. Los días y las noches: “pasas, higos, nueces y aceitunas”.

También has hecho honor a tu nombre: alegre, abierta, dulce y confiada, has repartido tu encanto a todos aquellos a quienes has querido.

Inteligente, bonita y coqueta, sólo has presumido con orgullo de una cosa: de tus dos hijos.

Papá estará contento de volver a tener tu compañía, hace dos meses que te está esperando.

Recibe dos besos eternos y quédate con un poco de la vida que nos regalaste.

Mamá, estate tranquila, que bailaremos la danza que nos enseñaste, la más humilde: la de caminar siempre juntos.

Gracias a todos los que nos acompañáis en nuestra tristeza.

miércoles, 3 de junio de 2009

El peletero/Caminar junts



25 Abril 2008

La llum d’una mandarina pot il.luminar el món?

Sí.

Ha il.luminat el nostre, el temps que portem de vida.

Ella ha foragitat l’ombra,

ens ha ensenyat a mirar clar,

i el seu dolç tremolor,

a ballar la dansa més humil: caminar junts.



http://es.youtube.com/watch?v=VwXQseiTVcY

(“Per tu ploro”, sardana de Pep Ventura, cantada per Marina Rossell)


¿La luz de una mandarina puede iluminar el mundo?

Sí.

Ha iluminado el nuestro, el tiempo que llevamos de vida.

Ella ha expulsado la sombra,

nos ha enseñado a mirar claro,

y su dulce temblor,

a bailar la danza más humilde: caminar juntos.