viernes, 13 de marzo de 2009

El peletero/Poesía fría-El primer sueño (2 de 4)



11 Diciembre 2007

Gran Elegía a John Donne

La primera frase de la “Gran elegía a John Donne” dice:

John Donne se ha dormido, como todo el lugar.

Y continúa…

Paredes, suelo, cuadros, la cama se han dormido;
se han dormido mesa, ganchos, pestillos, alfombras,
ropero, aparador, la vela y las cortinas.


Somos humanos, y gracias a esta condición, tenemos la gran fortuna de poder disfrutar de grandes prodigios, ideados y construidos con nuestras propias “manos”, pues ellas son la directa terminación de nuestras neuronas.

Todo se ha dormido. Vaso, botellón, jofainas,
el pan y su cuchillo, platos cristal y loza,
armarios, quinqué, vidrios, lencería, el reloj,
escalones y puertas, La noche alrededor.
Alrededor la noche: en rincones, ojos y ropa,
en la mesa, entre el papel, en el texto del discurso,
en sus palabras en la leña, en las pinzas y el carbón
del apagado hogar, en cada objeto.


A lo largo de nuestra vida, por larga que sea, nos es difícil saber algunas cosas claras y tener otras seguras. Escasas y siempre insuficientes llegan a ser las riquezas de nuestro conocimiento, entre ellas quizás la velocidad de la luz en el vacío, el número pi, la constante gravitacional de Newton, o la constante de Plank, y muy pocas más.

En otro ámbito no tan distinto al primero, aunque lo pueda parecer, podemos señalar también como algo raro pero claro y seguro a Las Meninas de Velázquez, las pirámides de Gizah, las obras de Homero y de Shakespeare, la música de Mozart…

Y naturalmente también, la “Gran Elegía a John Donne” del Premio Nóbel ruso Joseph Brodsky, en ruso Iósif Brodski.

En la camisa, las botas, las medias, las sombras
del espejo, en la cama, en un respaldo de silla,
de nuevo en la jofaina, el crucifijo, las sábanas,
en la escoba de la entrada, en los zapatos. Todo se ha dormido.
Se ha dormido todo. La ventana. Y la nieve en la ventana.
El ala blanca del tejado vecino. Como un mantel
en su remate. Y todo el barrio entró en el sueño,
cortado a muerte por el marco de la ventana.
Se han dormido muros, arcos, tragaluces, todo.
Adoquines y topes, jardines y rejas.
Ni un destello, ni el chirrido de una rueda…
Empalizadas, adornos, cadenas, postes.
Se han dormido puertas, argollas, pomos, ganchos,
candados, cerraduras, sus llaves, los pestillos.
En parte alguna se oye un golpe, murmullo o susurro.
Sólo la nieve cruje. Todos duermen. El alba queda lejos.


Ello es así, aunque nuestra vida no dependa de saberlo. El poema podría no existir y el mundo continuaría siendo el mismo que conocemos. ¿Y nosotros?, ¿sufriremos alguna transformación al leerlo?, ¿el poema nos cambiará?, ¿para mejor?, ¿para peor?

Duermen las prisiones, las torres. La báscula
duerme en la lonja. Duermen las canales de cerdo.
Las casas, los patios traseros. Duermen los perros guardianes.
Duermen ratas y gente. Londres duerme profundo.
Duerme el velero en el puerto. El agua nevada
bajo el casco silba en sueños,
fundida a lo lejos con el cielo dormido.


Joseph Brosdky nació en Leningrado el 24 de mayo de 1940 y murió en Nueva York el 28 de enero de 1.996. Le fue concedido el Premio Nóbel de Literatura en 1987, con apenas 47 años.

John Donne se ha dormido. Y el mar con él.
Y la orilla de yeso sobre el mar se ha dormido.
Duerme entera la isla, envuelta en un solo sueño.
Y tres aldabas cierran cada jardín.
Duermen arces, pinos, hojarancos, piceas, abetos;
las laderas del monte, sus ríos, los senderos.
El zorro y el lobo. El oso está en su lecho.
La nieve cubriendo toda la madriguera.
Y duermen las aves. Su canto no se oye.
Del cuervo no suena el graznido, es de noche,
no hay risas de lechuza. Callan los llanos ingleses.


En 1972 pudo salir de la Unión Soviética, después de vivir una deportación a una granja colectiva en 1964 y sufrir un juicio por mantener su independencia de criterio. La acusación fue la de “parasitismo”. Murió en la Gran Manzana y sus cenizas según parece, se hallan, por voluntad propia, en Venecia. No sabemos si en una urna depositada en algún gran palacio veneciano, mitad Roma, mitad Constantinopla, o en el fondo de sus aguas.

Brilla una estrella. Avanza el ratón con su condena.
Se ha dormido todo. En ataúdes yacen los muertos.
Duermen en paz. Los vivos en sus lechos
duermen sumidos en el mar de sus camisas.
Uno a uno. En un profundo sueño. Abrazados.
Todo se ha dormido. Duermen ríos, montes y bosques;
fieras y aves, el mundo muerto, los seres vivos.
Sólo la nieve blanca cae del cielo en la noche.
Pero también allá hay sueño, sobre las cabezas.

miércoles, 11 de marzo de 2009

El peletero/Poesía fría-El primer sueño (1 de 4)



10 Diciembre 2007

Gran Elegía a John Donne

El primer sueño es la “Gran Elegía a John Donne” de Joseph Brodsky que nosotros transcribiremos a retazos. Y lo es no únicamente para él y para nosotros, lo es también para todos.

Aunque escrita en pleno siglo XX, la pueden leer el mismísimo Adán y su compañera Eva y esa serpiente que enroscada en el árbol mantiene en su cabeza una jaula, y en ella un pájaro, y dentro del pájaro el alma de un ogro.

La pueden leer ellos y sus hijos, Caín y Abel, y sus descendientes, Matusalén y los patriarcas, Noé y los nuevos adanes, Sem, Cam y Jafet. Así hasta Abraham y Moisés, David y Salomón. Los faraones de Egipto, Herodes, Pilatos y Jesús, y mucho antes que ellos los filósofos de la Grecia antigua, el místico Pitágoras, el afable y sabio Sócrates, el ingenioso y brillante Platón y el lúcido Aristóteles. También el Gran Alejandro y su padre Filipo, y antes que ellos Pericles y los reyes Persas y todos los muertos en aquellas guerras y también en las del Peloponeso, y en las aún más terribles que vinieron después.

Incluso Nabucodonosor y sin duda el Gran Sargón de Nínive, y mucho antes, el todavía más grande Sargón de Acad.

El incomparable Julio, los Césares de Roma, los Káiseres germanos, los Zares de la Gran Rusia. Y los Basileos de Bizancio. Tácito y los sevillanos Séneca y Marcial. Los Papas de Roma y los Patriarcas de Constantinopla, Antioquia, Alejandría y Moscú.

La Reina Isabel I de Castilla, Moctezuma, Pocahontas, y los que vivieron y murieron en la batalla de Little Big Horn.

Lafayette y Robespierre.

Los 43 Presidentes de los Estados Unidos de Norteamérica y los más de cincuenta Emperadores de China, incluido Mao Tse Tung.

Todos los condes de Barcelona y los 128 Presidentes de la Generalitat de Catalunya.

El inventor de la rueda, del número cero y antes que él el que inventó las vocales y mucho antes el alfabeto. La tinta china, el papel, la pólvora, y Alfred Nóbel y su dinamita. Gutenberg, Edisson y los hermanos Lumière.

Miguel Servet y Alexander Fleming.

Demócrito, Galileo, Kepler, Newton, Einstein, Max Plank.

Velázquez y Felipe IV, que aunque no lo parezca seguro que fueron en vida buenos amigos.

Chopin y su amada Georges Sand.

Miles y millones, y más que miles, y más que millones, más que dos o tres, más que tú y que yo. Muchos más.

Hasta Napoleón y Hitler. Y todos los muertos en los campos de concentración de la llanura europea, la tundra siberiana o la selva camboyana.

La Virgen María, Magdalena, los doce apóstoles, los ángeles, los arcángeles, Lucifer y sus cohortes.

Nuestros padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos.

Y por supuesto, nosotros también.

Y todos los que vengan después.

Hijos, nietos, bisnietos y tataranietos.

Marco Pagot y Gina.

Dios y Helena de Troya.

Todos ellos la pueden leer.

La Gran Elegía a John Donne ha estado siempre escrita. Cuando aún vivía el Neandertal, el poeta ya la cantaba con su letanía rusa. Durante la tormenta podías oír su voz recitándola como el latido de un corazón. Siempre ha estado ante nuestros rostros, escrita en las nubes negras que viajan de noche y que solamente algunos ojos, medio de pájaro y medio de gato pueden leer en la oscuridad de las estrellas, en esas estrellas que son azules como naranjas, en esas nubes que vaciándose llenan todavía más el mar hasta ahogarlo, remontando el cielo para ir más allá.

Más allá de Él.

Pero antes de empezar a cantarlo transcribiéndolo, intentaremos precisar que en la “Gran Elegía a John Donne” se habla de dormir y no de soñar, pero a nosotros nos gusta pensar que cuando se duerme se sueña. Así sólo diremos que necesitamos dormir para poder soñar. Eso, aunque lo parezca, no es ninguna obviedad, es la evidencia que nos indica que la vigilia no es la jaula ni el terreno de juego en el que podamos hacer volar ese raro pájaro que llamamos “El sueño”.

Ése fino pájaro siempre necesitará de esa materia gaseosa que es la atmósfera, el aire y el viento para sostenerse y no la tierra, ni la roca y tampoco el agua, aunque sean ellas las palancas, los trampolines que lo propulsen en el salto, pues quizás eso es en realidad el sueño, un salto, un paso largo. Quizás el primer paso de una baile, de una danza que todavía no sabemos si hemos de bailar solos o acompañados.

Eso es el vuelo de un pájaro, un sueño. Alguien y algo que duerme y sueña. Y al hacerlo canta, vuela, camina y baila.

En las innumerables acepciones de sueño hallamos una de las más evidentes: el sueño es también una alegoría de la muerte.

La más dulce de todas.

Pero nosotros no queremos usar ésta última.

Brodsky es mucho más poeta que eso.

lunes, 9 de marzo de 2009

El peletero/El bailarín (y 2)



7 Diciembre 2007

Yo

Yo lo conocía, conocía al bailarín, aparentemente era su amigo, eso era lo que todos creían y lo que yo quería que creyesen, pero no era cierto, estaba más bien a su servicio, un día me eligió y yo acepté.

Tenía una conversación agradable y su éxito parecía prometer algo desconocido y valioso.

Me pidió un favor y le dije que sí. Ese favor acabó convirtiéndose en una rutina.

Era extraño, nadie me obligaba, nunca nadie me obligó, ni siquiera él.

¿Qué buscaba yo?, ¿saber qué buscaba él?

¿Buscaba amor?, por supuesto que no, ¿alguno de sus derivados?, ¿amistad, compañerismo, lástima, sexo?, tampoco.

Ni siquiera le gustaba bailar, me dijo un día.

No sé que buscaba y lo que es peor, tampoco sé lo que hacía con ellas cuando se las llevaba. Cuando elegía a una y se iba con ella.

¿Qué hacía?, no sé, pero sí sé que les hacía daño. Lo que desconozco es la clase de daño.

Las pobres muchachas también me buscaban a mí y acertaban al pensar que a través de mí llegarían antes a él, que yo era como un atajo, una etapa previa, y tenían razón, así era, yo era la antesala, el secretario que organizaba los turnos y los encuentros.

Yo se las presentaba y se las llevaba y él las tomaba. Le hacía una selección previa, era un filtro. Y él las abrazaba y empezaba el baile, incluso antes de que sonase la música.

Él me enseñó que en los primeros tiempos del mundo fue así, primero el baile, decía y luego la música. Aunque parezca raro así fue. Lo afirmaba muy seguro.

Y luego, atento a su señal, conducía a la elegida al lugar indicado.

Allí estaba, esperándola, allí estaba él a solas y allí sucedía algo terrible y fatal.

No había sangre, ni muertes, ni torturas, ni violencia. Tampoco había música ni se bailaba ningún vals. Y por supuesto no había sexo, no había nada, ni siquiera ruido, ni tambores ni trompetas, apenas un murmullo, una letanía, una salmodia.

Eso es lo único que sé, yo no estaba presente y nunca le pregunté a mi amigo a qué se debía el espanto que había luego en los rostros de aquellas muchachas al salir.

Nunca me atreví a oír de su boca la letanía.

Cuando salían, una vez todo había terminado, yo las llevaba también de vuelta a su casa entre sollozos y alguna que otra convulsión. Nada grave, pero sí triste. Muy triste.

No hacía falta recordarles que se mantuvieran calladas, aunque no había nada que denunciar, pero ninguna era capaz de relatar lo sucedido.

Más tarde, una vez recuperadas, estaban más avergonzadas que temerosas, aunque el miedo ya no las abandonaría nunca más.

Y la vergüenza tampoco.

Es extraño como te puede hacer más daño la vergüenza que el miedo. ¿Cuál era su vergüenza?, lo ignoro.

Más no puedo decir, porque más no sé, aunque sí recuerdo que alguna de ellas citaba llorando algo de un lobo muerto. Nunca llegué a saber a qué demonios se referían.

Por cierto, mi amigo me decía que se llamaba Miguel, pero yo sé que no era verdad.

Ése no era su nombre.

¿El mío?

No hace al caso.

Ninguna me lo preguntó jamás.

¿Para qué?

sábado, 7 de marzo de 2009

El peletero/El bailarín (1 de 2)



5 Diciembre 2007

ÉL

Él era un buen bailarín, ni de concurso, ni profesional, pero era un buen bailarín.

A las chicas les gustaba, tenia un físico adecuado, delgado, esbelto y ágil.

Alto.

Las abrazaba y ellas se dejaban llevar con suavidad y firmeza.

Su sonrisa era tan dulce como fuertes eran sus brazos y rápidos sus pies.

La mirada ligeramente triste, y un mechón negro le caía por la frente.

En las manos, más huesos que carne, tan largas, como sus dedos. La palma y la yema casi sin pliegues, casi sin huellas, sin marcas ni rastros, casi como si no tuviera ni pasado ni casi tampoco futuro.

La manicura perfecta, recién hecha, al igual que la ortodoncia y el corte de cabello. Y el perfume suave al entrar, pero áspero al salir.

Mientras bailaban él les decía cosas que a ellas, según parece, les gustaba oír.

Y oír repetir, una y otra vez, como niñas a las que se les lee un cuento.

¿Otra vez?

Sí, otra vez más, le pedían.

Y así, mientras escuchaban sus palabras, se le iban acercando para respirar su aliento, y así también, casi sin darse cuenta, levitaban con él a un centímetro del suelo.

Entre las muchachas había una dura competencia y una fuerte lucha, sin ningún atisbo de piedad y sin ninguna clase de cuartel. Entre ellas se disputaban el derecho y el gran goce de estar entre sus brazos, transportadas y sostenidas. Abrigadas en su abrazo y balanceadas como niñas traviesas, como muchachas felices.

Él era la corona.

Muchas soñaban con ese pájaro hermoso, ese aire fresco, ese halo de invierno. Él era un sueño, mejor que la música misma, mejor que el sueño verdadero, él no era dolor ni era cansancio, no había fatiga ni tampoco espera

Y aquella luz,
la luz toda ella,
era para ellos dos,
los dos que bailaban,
que bailaban a dos,
más ligeros que ella,
más tranquilos que la luz.

Él no intervenía, ni tampoco parecía elegirlas, las miraba y al bailar las tocaba con sus ojos color arena y su cuerpo de madera cortada, claro, abierto y perfumado desde dentro.

Ellas, cándidas y anhelantes, se mordían los labios y las uñas pintadas con esmero la tarde anterior.

Por él suspiraban y por él se humedecían la boca, ansiosas y sedientas.

Él, ni aburrido, ni divertido, a todas les prometía su compañía, se hacía querer y buscar, pero ni escondiéndose, ni huyendo. Quedándose las angustiaba, viéndole se morían, mirándole lo veían y no lo tenían.

Y cuando lo tenían no lo veían, no podían, y no podían porque lo pensaban, mientras él sí, él sí las miraba y al verlas no las pensaba, ni jamás las recordaba.

Ninguna lo podía retener un paso más de la cuenta. Bailaba con ellas, las acunaba suavemente. El corazón de las niñas se descolocaba, se desbocaba y bailaba también dentro de su pecho pequeño, casi siempre por estrenar.

Así las preparaba y así las conducía.

viernes, 6 de marzo de 2009

El peletero/El no a las niñas



3 Diciembre 2007

Para:

Mi bisabuela Encarna, a la que pintaban desnuda pintores importantes. Para todas mis otras bisabuelas. Para Rosita, mi abuela maña, que abortó y parió veintitrés veces. Para Carme, mi otra abuela a la que nunca conocí, también para Victoria, la madre de Gregorio, Rafael y Emilio. Para Bienvenida, mi madre, que sólo nos parió a dos y que ha sido la niña-mujer más bonita y dulce que jamás he conocido. Para mis tías María, la morena y también para mi otra tía María, la rubia. Para las demás tías, Miracles y Encarna, Angeleta, Conxita, Pilar, Assumpta y Hermínia. Para mis primas Maria Rosa, la mejor cantante de toda la familia, para Mercè, la mujer más hermosa del mundo con un solo pecho, más hermosa que la mayoría que tienen dos. Para Herminieta, Carme y Teresa . Para mi otra prima Carme, la hija de Assumpta, para Pilar, para Glòria, la más guapa de todas y casi novia de mi hermano. Para Marta y Silvia, guapísima, con su hermoso rostro moreno de india americana y que murió sola. Para Rosa Mari, la primera mujer a la que le pedí que se acostara conmigo con apenas cinco años los dos y que me dijo que sí, para María dels Àngels, con la que siempre me peleaba, para Jordina, mi garbancito, la prima que más he querido. Para Montserrat, trigueña, bella y deliciosa. Para aquella peluquera de mi madre que no se depilaba las axilas. Para una pescadera que al agacharse enseñaba todo el escote y mucho más. Para aquella profesora de francés de apellido impúdico, para otra profesora de inglés que siempre llevaba minifalda y que no paraba de reír. Y otra más de francés a punto de jubilarse. Para mi vecina Angelina, y para la del segundo segunda, y también para Ivette, del piso de arriba. Para Griselda, mitad barcelonesa y mitad parisina. Para aquella Esther, feúcha de cara pero mórbida de cuerpo y que a mí me gustaba tanto. Para Mari Carme, mi primera psicóloga loca. Para otra Carme, que nos limpiaba el taller y que de pequeña besó al President Macià. Para Luz, Ana Mari, Julia, Carme, Beatriz, Anna, Guillermina, Marta y Glenny. Y también naturalmente, para Meyri, la novia de mi padre. Para María, “la pequeña”, para Susy, y para Lluisa. Para la compañera de Juan, aquel amigo de Córdoba y para Paulina, y para Isabel, de la que todos estábamos enamorados, para su amiga Montse que prefirió casarse joven y que siempre se despertaba abrazada a mi, y para otra Mercè de cabellos rizaditos y para todas aquellas que deambulaban por allí, algunas estudiando y otras no, como Irene, el mejor trasero de la Universidad y las tetas caídas más sexis que jamás he visto. Para aquella muchacha sevillana que me miraba tierna y me cogía de la mano. Para mis niñas de La Coctelera. Para Aleka, y para las primas de Christos, para la panadera de Kastoriá y para las camareras de la Hudson’s Bay, para las secretarias de Milton y de Iván, una inglesa y otra sudafricana. Y para María, la esposa de mi mejor amigo, Xavier, toda una mujer, incomparable y deseable. Para Antònia, especial, única, también incomparable. Para Margarida, la esposa de mi amigo más antiguo, Jordi, y para Pilarines, seguramente la mejor de todas. Para las putas del Tsamis. Para aquella Conchi de pechos enormes, y para aquella otra Conchi en plena crisis de los cincuenta y para otra Conchi gordita y experta. Para Dunia, la más linda y melosa, para Verónica, la mejor rubia, para Anna, pequeñita y medio lesbiana y para la esposa del hermano de otra Mercè, otra rubia perfecta. Para Mònica, otra rubia más aunque menos perfecta. Para Gemma, economista y morbosa. Para Helena, la más fea de todas y para su amiga Charo de tetas grandes y una pequeña cicatriz en la cara, y para Carmeta, una maña fina y dulce. Para otra Julia muy lejana en el tiempo. Para Bea, la hermana de Benito. Para mi otra vecina del tercero primera. Para mis cubanitas Fanny y Odalis y para Giselle, que tiene la capacidad de adivinar el futuro, y la perla rosada y encapuchada más grande y más bonita que he visto. Para Piedad, para Dorys y para otra Rosa Mari más, estas tres últimas casi cuñadas. Para Diana, atractiva, judía, delgada y con los labios más mórbidos y más adecuados para besar. Para Chus. Para Kenia, otra panadera más. Para aquellas italianas a las que dimos plantón en Atenas, y que me llamaban cariñosamente “garibaldino”. Para las Napolitanas gruñonas y sobradas de delanteras, todas ellas clones de Sofía Loren. Para Pili, estudiante de medicina y de inglés. Para Erika, la amiga de Merceditas. Para Inma, profesora de arte contemporáneo. Para aquellas dos rubias con las que cartografié casi una calle entera de Barcelona. Para Cristina que creía en fantasmas y en el poder de las piedras y en la filosofía oriental. Para Estrella, maquilladora. Para otra Montserrat. Para Susana. Para Menchu. Para las modelos de Raventós. Para nuestras propias modelos. Para las modelos de los desfiles que habías de desnudar y vestir. Para las putas de Bruselas y para las de Estambul. Para las musulmanas de Jaipur y para las Nubias del Cairo. Para todas aquellas mujeres esculpidas en las piedras de Khajuraho. Para las azafatas de Olimpic Airways. Para aquella inglesa del Hotel Amalia de Atenas. Para Guadalupe, tan bonita y tan tonta. Para otra Rosa, medio antipática. Para todas las demás del Sansón. Para Carolina, otra peluquera guapa. Para aquella camarera siciliana, para aquellas dos conocidas que iban a comprar un perro a Londres. Para Celeste, guapísima, espectacular, simpática, sincera, argentina, rubia y también puta. Para Irene, la hija de María, para Tanit, la hija de Margarida, y para mi hija Julia, la hija que jamás he tenido y jamás tendré. Para la Virgen María, para la Verge de Montserrat, para Santa Magdalena, para Santa Rita y para Santa Eulàlia.
Para Agatha y para Claudia.

Las niñas de mi vida.

Lo fueron, lo son y lo serán

Para todas ellas, y para algunas más que no tienen, o no recuerdo su nombre, o a las que ni siquiera se lo llegué a preguntar, o ellas no quisieron dármelo.

Amén.

Per a totes vosaltres, el millor que os puc regalar és un bon adéu.

Si em dius adéu,
vull que el dia sigui net i clar,
que cap ocell
trenqui l'harmonia del seu cant.

Que tinguis sort
i que trobis el que t'ha mancat
en mi.

Si em dius "et vull",
que el sol faci el dia molt més llarg,
i així, robar
temps al temps d'un rellotge aturat.

Que tinguem sort,
que trobem tot el que ens va mancar
ahir.

I així pren tot el fruit que et pugui donar
el camí que, a poc a poc, escrius per a demà.
Què demà mancarà el fruit de cada pas;
per això, malgrat la boira, cal caminar.

Si véns amb mi,
no demanis un camí planer,
ni estels d'argent,
ni un demà ple de promeses, sols
un poc de sort,
i que la vida ens doni un camí
ben llarg.

(Que tinguem sort, Lluis Llach)


Adéu.

jueves, 5 de marzo de 2009

El peletero/El ojo y el negro (8)



30 Noviembre 2007

Querida Silvia,

No soy yo el único que en ocasiones pierde la memoria por atender demasiado sus propios asuntos o los asuntos de los otros. Tú también olvidas aquello que has escuchado o leído.

Mi ramera negra se llama Silvia, como tú, y como la hija de Isaac y Sofía (*), su amada muerta en el parto.

¿Te acuerdas de Isaac? Él y yo éramos buenos amigos y aunque amaba a Sofía siempre se acordaba de ti. A la vuelta de cada viaje no olvidaba nunca regalarte algo insólito y bonito. Sofía se sentía celosa. No había razón para ello, ¿o sí?, al menos ya no cuando llegó Christian. Él sí supo mirarte de la manera que tú necesitabas.

Te envío una copia pequeña del desnudo que he pintado de Marta. Ya te puedes imaginar que tardé más de la cuenta en pintarlo, no podía, ni ella me dejaba trabajar como es debido. No es una queja, por supuesto que no. Me pasaba más tiempo en la cama con ella que pintándola.

Creo que ese es el camino adecuado. Siempre has tenido razón respecto a ella, al menos conseguiré que mi suegro no me haga pagar alquiler.

Marta es también una mujer inteligente y a ella no se le escapa que nunca llegaré a ser un buen esposo. Lo sabe y lo acepta. Y yo procuraré no hacerle demasiado daño.

Se lo he contado al párroco y me ha dado su bendición, quiero que sea él el que nos case. De todas maneras todavía no he hablado con su padre, no he pedido su mano ni nada de eso. También podría suceder que me mandase al diablo de una patada en el trasero. Pero no creo que suceda, Marta tiene más autoridad sobre su padre, que él sobre ella y no dejará que me rechace. Ella está organizando el encuentro que será pronto.

Con la Pietà y con ese nuevo proyecto de pintar a Ruth, he conseguido empezar a nivelar mis finanzas. Gracias a ellas y también a las cenas del párroco ya puedo comer dos veces al día.

Al menos Marta ha visto desnudo a un Teodoro con mejor aspecto y sin que se le marquen las costillas de tan flaco que estaba. Había pensado en pintarme a mí también junto a ella y componer la tabla que te conté, un Adán y una Eva expulsados del Paraíso. ¿Te parece bien?

Me preguntas por la pintura de Ruth. Cuando la pinté por primera vez de joven lo hice mostrándola triste en el momento de partir con su suegra (…) de Moab, su hogar y dirigirse a Israel, no sabiendo lo que allí podían encontrar. Dos mujeres solas, viudas y pobres, caminando por senderos peligrosos.

Esta vez quiero hacer todo lo contrario, la quiero pintar llegando a casa de Booz y siendo recibida por las mujeres de allí. Estoy cansado de pintar tristezas. Ruth es una mujer llena de coraje, valiente y alegre, que consigue encontrar al fin la compañía adecuada y que necesita.

Tienes razón Silvia, tú eres Ruth. Y aciertas también cuando afirmas que sólo sé ver lo que viene de fuera, y me comporto como un ciego con lo que tengo en casa. Tienes razón querida hermana, pero tú, ¿dónde estás?, ¿fuera o en casa?

Me has dejado a medias con Saverio. Así que el muy embustero tenía un pequeño retrato, que no me enseñó, de esa esclava que dice amar a causa de una mirada, de una sola mirada que apenas duró un instante, nada más.

¿Sabes lo que eso significa? Yo creo saberlo y seguro que tú también Está loco, completamente loco, es cierto, pero no me dirás que no es algo lleno de belleza.

Tú siempre has sido una mujer práctica y sensata, lo has sido por temperamento, capacidad y necesidad. Pero yo sé que eres mucho más inteligente que práctica y mucho más sensible que sensata. Por eso también sé que te conmoviste con su historia. Seguro que lo hiciste, sino no hubieras elegido a ese que es hoy tu marido para irte a vivir con él a otro país, al otro lado del mar.

Termina de contarme tu conversación con él. Ya debe haber llegado a España y espero recibir pronto noticias suyas.

Ya sé que recuerdas a Marta. Tú memoria de rostros siempre ha sido muy buena, pero han pasado bastantes años. Está bonita, ¿verdad?, me gusta su cuerpo porque no es perfecto.

Es una tontería, pero quiero pensar que la visita de Saverio ha desatado algún nudo, no sé cuál, pero en alguna parte había un nudo y ahora no.

Besa a mis sobrinos como sólo tú sabes hacerlo, diles que su tío Teodoro, que todavía no conocen, los quiere.

Tu hermano que también te quiere.

Teodoro.


(*) El peletero/El ojo y el negro (1)

miércoles, 4 de marzo de 2009

El peletero/El ojo y el negro (7)



28 Noviembre 2007

Querido Teodoro,

Todos te mandan recuerdos y besos, incluido tu amigo Saverio. Sí, ha estado aquí, ha venido a visitarnos.

Pero yo estoy enfadada contigo.

Ha tenido que venir un italiano charlatán para que recordaras a Ruth. Te habías olvidado de ella y resulta que la tienes delante de tus ojos.

¿Te estás preguntando quién es?

Yo.

Soy yo, tu hermana Silvia es Ruth, ¿no te habías dado cuenta nunca?

Yo también he terminado por ir a parar a un “trigal ajeno”, que no es otro que la casa de mi esposo Christian y que ahora es también mi hogar. Otro paisaje, otras lluvias, otros olores y colores, otra gente, otra lengua y casi otro Dios.

¿Sabes de qué hablo?, ¿o todavía estás embriagado con el olor de tu ramera negra?, de la que por cierto, todavía no me has dicho ni siquiera su nombre. Supongo que debe tener alguno, ¿no?

Ya sabes Teodoro que cuando quiero puedo ser muy exigente. Siempre te fijas en lo que viene de fuera y nunca en lo que tienes al lado. Ha tenido que ser la propia Marta la que tome la iniciativa. Si fuera por ti acabaría siendo abuela antes que te decidieras a decirle algo. La muchacha más linda de la ciudad y tú todavía no le habías dicho nada.

Los hombres os emborracháis, os vais a un burdel y ya os creéis que sois los amos del mundo. O bien no paráis de llorar como niños abandonados.

Creo que nunca dejáis de jugar, siempre estáis jugando.

Como te digo, tu amigo italiano ha venido a vernos, y sí, tienes razón, es de fiar, se le ve venir de lejos y no trae con él nada malo. Es un hombre simpático, agradable y bien parecido y también es hombre de mundo, habla más de un idioma y ha leído algún que otro libro.

Mi hijo mayor, Pablo enseguida se ha hecho amigo de él, le han entusiasmado la narración de sus viajes. A todos nos ha regalado guantes, gorros y prendas hechas con ese cordero español tan bueno.

Él y Christian han llegado a un acuerdo que te contaré en una carta aparte, creo que es un buen trato para los dos.

Es una persona instruida, pero algo ingenua. Según parece todavía no le han engañado de verdad, el día que alguien lo haga conseguirá robarle hasta su mismísima alma.

Es un hombre triste, y alguien que se esfuerza y que procura constantemente disimular esa tristeza y no siempre lo consigue. Y no creo que sea por esa esclava que me cuentas. Yo no he conseguido averiguarlo, en todo caso sospecho que es al revés, se ha enamorado de ella a causa de esa tristeza.

Aunque esté en lo cierto, querido hermano, a quién se le ocurre enamorarse de una esclava a la que seguro deben haber bautizado hace cuatro días y que además tampoco debe hablar bien la lengua de su amo, ni mucho menos la de ese esposo negro con el que la han obligado a casarse.

Ha sabido congeniar con todo el mundo, sin embargo conmigo se ha mostrado inseguro y algo nervioso. Él sabía que yo sabía y tenía ganas de preguntarme cosas pero dudaba. Naturalmente he tenido que ser yo quién le preguntara a él, arriesgándome a ser indiscreta. Fue una tarde que Christian se había ido pronto.

Le dije directamente, Teodoro me ha hecho saber la existencia de Ruth, habladme de ella.

Se quedó en silenció, me miró un buen rato a los ojos, callado. Yo le aguanté la mirada, seria, severa y grave. Él también lo estaba, sus nervios habían desaparecido. ¿Os podéis levantar?, si no os importa me gustaría veros de pie, me pidió.

Me quedé un poco sorprendida. ¿Para qué?, le pregunté.

Quiero miraros entera, no a trozos.

Me levanté.

Y me miró de arriba abajo. Teodoro me ha contado que queréis mucho a vuestro esposo, me dijo sin dejar de mirarme a los ojos.

Y así es.

¿Cuánto es mucho?

No podría vivir sin él.

¿Y con un hijo de menos sí?

Sí, sin un hijo ya lo estoy haciendo, se me han muerto tres. Sin mi esposo no podría. Pero las preguntas debería hacerlas yo, ¿no?

Sin escucharme me dijo: entonces sabréis de lo que os hablo. Tomad, es ella.

Y me dio una pequeña cajita redonda en forma de medallón (*). La abrí y dentro de ella había el retrato de una mujer. Un rostro extraño, diferente, especialmente bello, insólitamente hermoso.

¿Cómo lo habéis conseguido?, ¿no es una esclava?, ¿seguro que es ella?

¡Claro que lo es!, ¿creéis que podría confundirme?

Perdonadme, pero decidme, ¿cómo ha llegado a vuestras manos?

Con dinero se puede conseguir todo, una amiga mía me lo ha proporcionado. Es una conseguidora. Sabe cómo hacer las cosas.

¿Vuestra amiga Amparo?

¿Teodoro os ha hablado de ella?

Sí, algo me ha contado, pero él no ha visto el retrato, ¿verdad?

No.

¿Por qué?

Es el retrato de una mujer, y me lo ha proporcionado otra mujer. Sólo una mujer podía ser la segunda en verlo. Él tampoco me ha enseñado a su Marta, la pintaba a escondidas de mí.

Creo que sois un exagerado.

Sí, lo soy, debo serlo.

¿Para qué?

Para ser un buen poeta se debe exagerar un poco.

Creo que confundís la realidad con la poesía.

¿No es lo mismo?

Claro que no. ¿La confundís?

Cuando se viajan ocho meses al año, solo y sin compañía de nadie durante días, y cuando has dejado, eso que llamas tu casa, al cuidado de un sirviente y un secretario, es necesario confundir el camino con uno de los paisajes que pinta vuestro hermano. Ésa es una exageración necesaria.

¿Y cuando no se viaja, cuando no te alejas más de una milla de casa, cuando siempre estás acompañada de los que amas y te aman?

No lo sé querida Silvia, quizás entonces deba uno ser preciso y exacto, medir cada palmo, cada pulgada, sin equivocarse. Esa es otra manera de cantar, exagerada y también necesaria, y tan bella como vos. ¿Sabéis que sois necesaria y bella?

Eso dicen los que me aman.

No temáis, pero yo también soy capaz de ver y apreciar vuestra belleza.

Sois un exagerado.

Sí, necesario, ¿no lo creéis así?

Sí, creo que sí, tal vez tengáis razón. Hace demasiado tiempo que no veo el mar.

Pues deberíais, el mar es el cielo.

¿Y el cielo?, ¿qué es?, ¿lo sabéis?

¿El cielo?, una exageración.

Amado Teodoro, estuvimos hablando mucho más, pero ahora necesito descansar.

Estoy contenta por ti, cuéntame más cosas de Marta y dime cómo piensas pintar la nueva Ruth. También me alegra tu amistad con Emile (…), tu párroco, ahora ya sabes que pertenece a una de las familias más importantes de Flandes, trátalo bien, recuerda bien eso y no lo olvides.

Perdóname si al principio de la carta he sido una gruñona.

Tu hermana que te quiere.

Silvia.

Sí Teodoro, cada día recuerdo a nuestros padres.


___________________________________________________________________

(*) Lo que Silvia describe es algo parecido a un “camafeo.

Para ser preciso un camafeo es un relieve en miniatura obtenido de una piedra preciosa. La más habitual era la ágata, aunque se podía hacer de cualquier material. Se llevaban en forma de colgantes y en ellos se acostumbraba a representar a alguien querido. El que le enseña Saverio a Silvia es una simple miniatura pintada, las circunstancias no daban para más, y el retrato conseguido por Amparo es casi ya un milagro, milagro que sólo ella es capaz de lograr.

La fotografía que encabeza este post pertenece a la actriz mexicana Dalia Hernández, que no tengo el placer de conocer, excepto de haberla visto en “Apocalypto” de Mel Gibson.

martes, 3 de marzo de 2009

El peletero/El ojo y el negro (6)



26 Noviembre 2007

Querida Silvia,

Estos días he recordado la historia de Ruth que me contabas de pequeño y que siempre me hacía llorar. La he recordado gracias a un italiano que he alojado en mi casa. Tiene un nombre gracioso y difícil de pronunciar para mí, se llama Saverio Cucchiaio di Tommasso, es genovés y comerciante en pieles.

Nos hemos hecho amigos, y ahora que está de nuevo a punto de partir y listo para embarcarse hacia tus islas, nos hemos prometido que nos escribiremos contándonos nuestras aventuras. Las mías pocas, las de él, bastantes más, no en balde viaja y el viaje siempre es propicio a novedades.

Se ha pasado aquí bastantes días, hemos congeniado y ya que estaba cansado del viaje ha aprovechado, y yo le he ofrecido, mi desordenada casa para descansar.

Pero él es más desordenado todavía que yo, dice que le gustaría ser poeta, pero creo que no tiene aptitudes para ello. Los poetas y escritores ensucian menos que nosotros, los pintores y los escultores, pero, el muy “poeta”, me ha llenado la casa de papeles.

Aparte de simpático y hablador, he de reconocer que es limpio y no huele como los demás italianos que he conocido. Es curioso, todos los países piensan que los demás huelen fatal y no se limpian. Eso de lavarse, como ya sabes, es una costumbre nueva que viene de oriente, de los países árabes y de la India. Los franceses, los más sucios de todos, evitan hacerlo perfumándose, son unos tramposos, pero no son tontos, porque así, de paso, han ingeniado en la Provenza una industria nueva que aquí tiene bastante éxito.

Saverio conoce mucho España, y será tal vez por la huella que el mundo musulmán ha dejado allí, pero tiene una verdadera obsesión por el agua. ¡Se baña una vez cada quince días! Tú me enseñaste que debía hacerlo una vez al mes y cuando me acuerdo lo cumplo, te lo prometo.

Hasta ahora se dedicaba sólo a importar pieles de cordero merino español a Génova, pero además pretende ir a Londres a comprar pieles de castor americano. Hay rumores que la Corona Inglesa quiere fundar una compañía que monopolice todo el comercio de pieles con sus colonias y él aspira a conseguir algún tipo de concesión para el mercado italiano. Allí los príncipes y burgueses gastan sus monedas con generosidad, no como aquí que ahorran hasta el polvo de sus bolsillos.

Le he dado vuestras señas, tal vez os visite, necesita a alguien de confianza que le represente, quizás a tu esposo Christian le pueda interesar llegar a algún acuerdo con él. Creo que se puede confiar, pero tú, Silvia, sabrás juzgarlo mejor que yo.

Es presumido, pero no llega al extremo de esos franceses que vemos por aquí con aire de superioridad. Escribe poemas tontos, muchos de amor, vulgares y simplones, otros en cambio, metafísicos, extraños y filosóficos y que no entiende ni él mismo. Cuando se emborracha llora, al principio no sabía por qué, pero al final me lo ha revelado.

Una noche, cuando todavía no habíamos bebido demasiado, le propuse ir al burdel. Primero me dijo que sí, contento y decidido, pero a medio camino se arrepintió y me confesó que no podía traicionar a su dama. Le pregunté quién era esa dama que merecía tanto sacrificio de un hombre. Me respondió que no lo sabía, que no sabía quién era, ni cuál era su verdadero nombre.

Su respuesta parecía absurda, intrigado le seguí preguntando, ¿quién podía ser esa dama sin nombre?, ¿era guapa?, ¿era rica?, ¿la hija de un noble?, ¿genovesa o española? Era remiso, no quería hablar de ella. Yo insistí. Y al final me lo dijo, la llaman Ruth.

¿La llaman Ruth?, ¿quiénes?

Sus amos, me respondió.

¿Qué amos?, ¿es una esclava?, pregunté, no entendía nada, ¿de qué me estaba hablando?, mejor dicho, ¿de quién?

La vi apenas unos segundos, nada más, me explicó. Ella me miró un solo y escaso instante después de servirme y de llenar mi jarro de agua fresca, levantó sus pestañas negras y sus ojos castaños me miraron.

Y desde entonces no han dejado de mirarte, ¿verdad?, le dije.

Sí. Es una esclava india, originaria de La Española, una de las pocas que se libró de la viruela. Y una de tantas criadas y sirvientes de un noble sevillano que a veces trae de América pieles exóticas de gatos y monos, y plumas de aves raras.

¿Eso es todo? exclamé

Bueno, a mí ya me parece mucho, me respondió con cara taciturna.

¡Cómprala! , solté. Ves y paga por ella.

No está en venta, ya tiene marido, me respondió triste.

¿La han casado?, ¿con quién?

Con otro esclavo, un negro. Y además ya ha parido, ya es madre de un varón de pelo rizado y piel oscura.

Me dejó pensando un buen rato, él me miraba intranquilo. Al final le dije: escucha Saverio, aunque tú eres un buen cristiano, que sea madre y que tenga un esposo negro y esclavo no debe ser un gran problema para ti, que también eres un hombre de mundo, ¿verdad?

No, no es ningún problema, pero creo que también es la amante del sevillano, y nada menos que de un Marqués.

¡Vaya!, eso sí que complica las cosas. ¿No podías haberte enamorado de una genovesa simple y cariñosa?

O de una española, me respondió apenado.

Eso, de una española, dicen que son muy guapas.

Sí, las más guapas son las andaluzas, pero tienen mucho carácter.

¿Y eso es malo?

Bien mirado no, sino te importa que mande tu mujer.

Yo siempre quiero que manden ellas, es más cómodo.

Pero… ¿tú qué sabes si no has estado nunca casado?

También es verdad, vaya tontería… como tú, tú tampoco lo has estado.

No, yo tampoco.

Y tú, ¿sabes algo? le pregunté ya bastante borracho.

¿De qué?

No sé, de lo que sea.

No, yo tampoco, no tengo ni idea de nada.

Pues vaya par de tontos.

Sí.

¿Y esa india es tu Dama?

Sí.

Estás loco.

Sí, lo estoy, absolutamente loco, me respondió más borracho que yo.

Te suceden estas cosas por ser eso que te he dicho, un buen cristiano y un hombre de mundo al mismo tiempo, le dije sonriendo. Soltó una carcajada, para pasar enseguida al llanto. Casi, casi, también me pongo a llorar yo.

Para que puedas reconocerlo si os viene a visitar te mando un dibujo de él. Aunque ponga cara de enfadado es muy afable y simpático. Como no quiere parecer triste, hace cara de gruñón.

Ayer me acompañó a ver la Pietà que estoy pintando. Así conoció también al párroco. Y como te puedes imaginar se hicieron amigos enseguida. No paraban de explicarse chistes el uno al otro, lo hacían en latín, en francés, genovés y en algo que Saverio decía era una mezcla de “catalano, aragonesso y castigliano”. Yo me reía de verlos reír. La hermana del párroco, que vive con él, nos tenía preparada una comida excelente, sopa de harina de cebada, una buena verdura cocida, un caldo de coles con un poco de carne y unas sardinas asadas, hacía tiempo que no comía tan bien. Terminamos los tres borrachos y durmiendo la siesta hasta que su hermana nos despertó tarde. Era ya de noche y nos quedamos a dormir en la misma parroquia. Pero antes asistimos a la última misa y ayudamos en la celebración, no sé por qué, pero me gustó hacer de monaguillo. Recordé cuando éramos pequeños y nuestros padres aún vivían.

¿Te acuerdas todavía de ellos, Silvia? Yo sí, mucho.

La Pietà va por muy buen camino, el párroco está muy satisfecho con los resultados que va viendo. Y él y yo nos hemos ido encariñando y tomando afecto mutuo. No me emborracho a no ser que lo haga en su compañía, o la de Saverio estos días que ha estado aquí conmigo.

Hay noches que viene a verme pintar. Pinto mucho a oscuras, ya lo sabes, con apenas unas pocas velas. No dice nada, se sienta y se queda mirándome en silencio. Cuando termino me invita a cenar y tiene la gentileza de no descontármelo del precio pactado. A veces canta mientras me ve pintar y a mi me gusta que lo haga, me recuerda a ti.

Es otro borracho llorón, maldita sea, siempre me tocan amigos llorones, siempre he de vérmelas con ellos y aguantar sus penas y tratar de darles consuelo. Por cierto, las penas del párroco son muy poco metafísicas. Al día siguiente estamos todos un poco avergonzados por las cosas que contamos entre jarra y jarra. Dicen que el vino hace olvidar, y es todo lo contrario, refresca la memoria, a veces demasiado y acabamos confesando aquello que no hubiéramos dicho nunca ni en el mismo momento de la Extremaunción.

En la última carta me pedías el nombre de mi párroco, se llama Emile (…), y creo que ya sé a que te referías cuando me decías que sospechabas quién era.

No te he contado aún cómo conocí a Saverio, el genovés. Un cliente que no le pagaba le ofreció, para descontar parte de la deuda, una pequeña tabla mía que seguro tú debes recordar, es una dedicada a Ruth que pinté de muy joven. No sé cómo debe de haber llegado a parar a sus manos, pero el caso es que Saverio, al verla, no pudo evitar quedársela pues lleva el nombre de su amada, Ruth, y como ella, también es alguien que ha terminado en un trigal ajeno, debía quedarse la tabla quieras que no.

Detrás de ella constaba mi nombre y en su camino a Inglaterra decidió pararse aquí, en Flandes, para conocerme. Y ya ves, lo ha logrado. Y él me ha dado motivos para pintar una tabla mejor y más grande. Ésa que halló en Génova era solamente un ejercicio de escuela. Se lo he comentado al párroco y parece que la idea le ha entusiasmado, Ruth es otra de sus grandes figuras femeninas.

Tardaré un tiempo en volver a ver a Saverio, alrededor de un año. El viaje de regreso lo hará embarcándose primero desde el sur de Inglaterra hasta Santander, en España, de allí en diligencia o a caballo hasta Burgos para solucionar negocios que tiene pendientes.

Debe consultar unos asuntos con una amiga suya también sevillana, pero no quiere regresar a Sevilla para ver a su amada, dice que es demasiado doloroso para él, deberá hacerlo por carta.

Me cuenta orgulloso que esa amiga es toda una dama, rica, instruida y bondadosa. Dice que es muy buena poetisa y que regenta una escuela para niños y niñas pobres.

De ella sólo sé que se llama Amparo y que tiene muy buenos contactos, entre ellos uno con otra gran dama, granadina y llamada Magdalena que ha tenido que irse a vivir con su marido, un alto funcionario de la Corte, a Cuba, antes llamada Isabela o Juana. Saverio también se cartea con ella y cariñosamente la llama “Magdalena de Cubas”. “Es la mujer más entusiasta del mundo” afirma vehemente.

Él no tiene hermanas como yo, y las adopta, dice que son sus mejores amigas, son “mis hermanas adoptadas”. Aunque un día le oí decir, “lástima que las dos estén casadas”.

Ya ves que mi amigo genovés tiene amistades interesantes y creo que las tiene simplemente porque sí, sin buscar nada a cambio.

De Burgos regresará a Génova pasando antes por Barcelona donde también tiene buenas relaciones, y de allí a casa otra vez en barco. Pero primero quiere pararse unos días en Poblet, donde hay un monasterio cisterciense.

Quiere descansar antes de emprender la última etapa del viaje y de paso visitar a su amigo monje, Alberto. Es un excelente miniaturista, restaurador y conservador de la gran Biblioteca del monasterio.

Me ha dicho que en Barcelona se albergará en casa de Pedro, él se encarga de fletar sus envíos de pieles a Génova. Y me comenta malicioso, que Pedro tiene una esposa pequeñita, coqueta y encantadora que le ríe sus gracias.

Estoy seguro que os vendrá a ver, no tardes en escribirme. Muchos besos para todos, para la pequeña Rosa y especialmente para ti.

Yo no he visto nunca a ninguna indígena americana, así que no la puedo pintar ni tampoco la puedo imaginar, pero en cambio sí que he podido pintar un pequeño desnudo de Marta, la hija de mi casero. Y no precisamente de memoria. Quiero utilizarlo como modelo de “El Paraíso”, que también quiero pintar.

Lo he dejado para el final para que así sea una verdadera y agradable sorpresa para ti. He de confesar que la iniciativa fue de ella. Un día llamaron a mi puerta, abrí y allí estaba Marta. Me quedé mudo al verla y casi me desmayo cuando me dice: “quiero que me pintes desnuda”

Tu hermano que te quiere.

Teodoro.

lunes, 2 de marzo de 2009

El peletero/Poesía Fría-El primer vuelo (y 4)



23 Noviembre 2007

LA TORMENTA

La tormenta tenía dorados cabellos manchados
de negrura y gemía monótona como una mujer
vulgar
que da a luz a un futuro soldado, quizás a un tirano.

Las inmensas nubes, buques de varios pisos,
nos rodeaban, y los hilos escarlata de los relámpagos
se movían rápidos y nerviosos.

La autopista se transformó en el Mar Rojo.
Íbamos por la tormenta como por un abrupto valle.
Tú conducías; te miraba con amor.

(“La Tormenta” Adam Zagajewski)

Adam Zagajewski, es un poeta que por lo poco que sabemos de él, no acostumbra ni tampoco propende a la poesía amorosa. La palabra “amor” es en él poco frecuente.

En realidad la palabra “amor” es muy poco habitual en todos los grandes poetas, casi no la usan, quizás de tan gastada que está, de tan hueca que suena.

Nosotros sospechamos la razón de ello, de su ausencia, en este caso no en lo real pero sí en el verbo, aunque de momento no diremos nada, es todavía pronto para formular eso que en su día llamaremos “Teoría de la complacencia”.

No podemos ni sabemos asegurarlo, pero tampoco recordamos que en las Sagradas Escrituras aparezca una manifestación expresa de amor por los hombres, hecha por el mismo Dios. Tal vez estemos equivocados, no somos expertos en literatura religiosa.

Pero Adam Zagajewski es un hombre de carne y hueso, y deberemos perdonarle que de vez en cuando tenga algún desliz, y pronuncie emocionado, esa palabra equivocada para el bien decir que la poesía pretende ser.

Para completar y redondear su poema hemos pensado que sería adecuado citar unos párrafos de “Vuelo nocturno” de Antoine de Saint-Exupéry, que indudablemente sirvieron para, muchos años más tarde, realizar una de las obras maestras del dibujo de animación, “Porco Rosso”, del japonés Hayao Miyazaki.

En una ocasión nos transfiguramos en Marco Pagot y creímos tener a Gina a nuestro lado (El peletero/Julia-3), pero allí a donde vamos, ella no puede acompañarnos. Y quizás no solamente ella, todas ellas.

Nos gustan los nombres de Fabien, de Rivière, son adecuados para hombres que pilotan aeroplanos entre tormentas. Son nombres dulces, casi femeninos, suaves y tiernos, hay que saberlos pronunciar con el adecuado francés, desde el fondo de la boca, cerca de la laringe, sin llegar a tocarla. Es hasta ahí donde llegan los besos profundos, aquellos que saben darlos, como si fuera el cañón de una pistola en plena boca. Ése es el final de la tormenta. ¿Disparará?

“(…) Fabien emergió.

Su sorpresa fue extrema: la claridad era tal que lo deslumbraba. Por unos segundos debió cerrar los ojos. Nunca había creído que las nubes, de noche, pudieran deslumbrar. Pero la luna llena y todas las constelaciones las transformaban en olas irradiantes.

El avión había logrado de un golpe, en el segundo mismo en que emergía, una calma que parecía extraordinaria. Ni el menor oleaje lo inclinaba. Como un barco que pasa el dique, entraba en las aguas mansas. Se encontraba en una parte del cielo desconocida y oculta como la bahía de las Islas Dichosas. La tormenta, debajo de él, formaba otro mundo de tres mil metros de espesor, recorrido por ráfagas, trombas de agua, relámpagos, pero volvía hacía los astros una cara de cristal y de nieve.”

(“Vuelo Nocturno”, Saint Exupéry)

En nuestro primer canto citábamos a Wallance Stevens cuando afirmaba que “la poesía es el tema del poema”. Y podemos leer también a Borges afirmar lo contrario en su primera conferencia de las seis que impartió en Harvard, “El enigma de la poesía”, en ella nos dice que cometeríamos un error si pensáramos que estudiamos la poesía al estudiar un gran poema o poeta.

Por eso no entendemos que luego afirme que “Los libros son sólo ocasiones para la poesía”. Llevando el argumento al extremo y citando a Emerson, nos cuenta que en alguna ocasión comparó “una biblioteca con una caverna mágica llena de difuntos. Y esos difuntos pueden renacer, pueden ser devueltos a la vida cuando abrimos sus páginas”.

La poesía es la causa del poema y no lo contrario.

No podemos evitar girar del revés la cita y advertir que también podemos matarlos al cerrar esos libros, o peor, olvidarlos. Al decirlo nos estremece descubrir la extraña coincidencia entre poesía y vida.

Este es el momento en el que alguien hablaría de Amor, pero nosotros no.

Preferimos volar, ahora que nos hemos lanzado al vacío, queremos disfrutar de ese vértigo que proporciona conocer cuál es tu nombre y saber quién eres.

Ésa es precisamente la verdadera aventura: “la apertura del sujeto saliendo a la búsqueda.”

Desgraciadamente también es una de las cosas que más rápidas se olvidan.

Aunque así sea, seguiremos una vez más a Borges cuando nos recuerda, citando el primer verso de un poema de Browning, algo que siempre olvidamos.

Que la belleza siempre está ahí esperándonos.

Just when we’re safest, there’s a subset-touch,
A Nancy from a flower-bell, some one’s death,
A chorus-ending from Eurípides

Y precisamente cuando nos sentimos más seguros, llega una puesta de sol,
el encanto de una corola, alguna muerte,
el final de un coro de Eurípides.

Borges nos recuerda también a Rafael Cansinos-Assens pidiéndole a Dios que lo protegiera de la belleza, pues “hay demasiada belleza en el mundo”.

Borges no llega hasta este extremo pero concluye afirmando, absolutamente seguro, eso que acabamos de anunciar, que la belleza siempre está esperándonos. Aunque sea en el título de una película, en la letra de una canción popular y vulgar, nos dice. O en un recuerdo cansino

Porque no supiste entender a mi corazón
lo que había en el,
porque no tuviste el valor
de ver quién soy.

Porque no escuchas lo que
está tan cerca de ti,
sólo el ruido de afuera
y yo, que estoy a un lado
desaparezco para ti

No voy a llorar y decir,
que no merezco esto porque,
es probable que lo merezco
pero no lo quiero, por eso...

Me voy, que lástima pero adiós
me despido de ti y
me voy, que lástima pero adiós
me despido de ti.

(Julieta Venegas)

Y nosotros terminaremos usando nuestra propia memoria y decir:

“se acostaron otra vez, dejando que pasaran las horas en aquella oscuridad tenue, besándose y besándose hasta sólo ser capaces de ver la luz en la niña del otro.”

(El peletero/La habitación 601-2)

Adiós pues.

Mientras nosotros nos alejamos en nuestro aeroplano encarando al sol, el ave tomará tierra para descansar.

Dormirá y soñará, y cuando despierte, renovada, habrá de empezar a caminar.

¿A dónde?, nadie sabe a donde.

sábado, 28 de febrero de 2009

El peletero/Poesía Fría-El primer vuelo (3 de 4)



20 Noviembre 2007

¿CÓMO TE LLAMAS?

“esos muchos instantes y esos muchos días pueden ser reducidos a uno: el momento en que un hombre averigua quién es, cuando se ve cara a cara consigo mismo.”

Es exactamente aquí donde queríamos llegar, ése es el lugar preciso que nos marca Borges, el punto exacto donde termina el camino y empieza el abismo.

Hemos andado muchos kilómetros con todos los pertrechos cargados a nuestra espalda.

Y al fin hemos llegado.

Ése es nuestro kilómetro cero.

El barranco se despliega espléndido y tentador,
los árboles que hay en su borde casi se despeñan
señalando más allá.

Su fuerza de succión es la de un remolino marino,
y aunque el aire se mantenga inmóvil,
ya nos caemos por él de solo mirar,
que entre el suelo lejano y nosotros,
no hay nada.

Más que el sol dorándonos.

Pertrechados con los arneses y las alas de tela, emprendemos nuestro primer vuelo, soñando ser Leonardo para poder descubrir quienes somos.

Suspendidos en nuestro trapecio nos balancearemos en él. Tomaremos impulso y dejaremos que nuestras manos lo suelten.

Transformados en ave buscaremos el viento adecuado, que quizás nos lleve al igual que a Ruth, llenos de nostalgia del hogar, a un trigal ajeno donde seremos bien recibidos y huéspedes honrados.

Si eso logramos, seremos alimentados, bañados y perfumados. Descansados y bien vestidos con plumas y sedas, se nos permitirá escuchar la canción en la que se encuentra, adornado en su música, nuestro nombre y al oírlo sabremos quienes somos.

The palm at the end of the mind,
Beyond the last thougt, rises,
In the bronze distance.


A gold-feathered bird
Sings in the palm, without human meaning,
Without human feeling, a foreign song.


You know then that it is not the reason
That makes us happy or unhappy.
The bird sings. Its feathers shine.


The palm stands on the edge of space.
The wind moves slowly in the branches.
The bird’s fire-fangled feathers dangle down.


(Of Mere Being, Wallace Stevens)

La palmera al extremo de la mente
Se eleva más allá del pensamiento,
En la extensión de bronce.


Un pájaro de plumas doradas
Canta allí una canción extranjera,
No destinada al hombre, sin sentimiento humano.


Entonces tú comprendes que no es ésa
La razón que nos hace felices o infelices.
Canta el pájaro. Sus plumas resplandecen.


La palmera está al borde del espacio.
En las ramas se mueve el viento lentamente.
El plumaje del pájaro pende llameante.


(De la simple existencia, Wallace Stevens)

En un post anterior hablábamos del viaje de regreso, que todo viaje lo es. Y citábamos¬ también en el capítulo pasado la “Oda a un ruiseñor” de Keats y su mención a Ruth. Ella representa una variedad de ese regreso, que finaliza, tal como menciona el poeta, “en trigal ajeno”.

Ella abandona su hogar, Ruth no regresa, Ruth se va. Y su camino terminará en ese trigal ajeno, llamado “Campo de Booz”, con otras gentes y otro Dios.

Será bien recibida, alimentada y protegida, y así, marchándose, habrá también regresado.

¿Es nuestro nombre realmente nuestro? ¿O pertenece a nuestros huéspedes?