martes, 17 de marzo de 2009

El peletero/Algunos ángeles



16 Diciembre 2007

El texto que sigue está dedicado a ése que se hacía llamar “El peletero”, al que apenas conocí durante una hora escasa, mientras moría.

Lo hallé una noche al final de una recta, su viejo automóvil italiano se había estrellado contra un roble.

Estaba agonizando, hubiera podido salvarlo, pero lo tengo prohibido.

Nadie venía, nadie acudía. No había luna, ni estrellas ni se veían los faros de ningún auto o motocicleta venir o irse.

No me revelé, pero le pregunté si necesitaba decir algo. Me respondió que sí.

Y escuché eso que quería decir.

Y una vez dicho murió.

Y yo seguí mi camino.

Aullando porque todavía no sé llorar.

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Para El peletero.

Algunos ángeles se quedaron, otros cayeron y unos pocos nos fuimos.

¿A dónde?

Queríamos irnos lejos, pero eso no es posible mientras todo sea obra de Dios.

A Él no le gustó demasiado nuestra decisión, pero la aceptó, y fiel a su palabra nos mantuvo libres.

Iros, y descubrid eso que todavía no sabéis, mirad eso que aún no habéis visto, nos dijo apenado.

Acordaos de mí, nos pidió. Yo siempre seré vuestro hogar. Regresad cuando deseéis y contadme cómo es el camino. Quién sabe, quizás haya algo que yo también ignore, ni siquiera yo soy perfecto, afirmó con su fina ironía.

Pero como buen Padre no pudo evitar darnos algún consejo, disfrazado de advertencia.

Nos dijo: no he de daros ningún consejo, excepto mi bendición, pero sí quiero advertiros que debéis temer al hombre y a su compañera.

Vuestra belleza es incomparable y vuestra sabiduría es grande, pero ninguna de vuestras virtudes y poderes tienen fuerza suficiente frente al encanto y la gracia de las mujeres y la de los hombres. Nada se les resiste. Incluso Yo, que un día acabé con todos ellos, no pude evitar salvar a una familia.

No los temáis, pero sed prudentes. No intiméis y procurad callar, dejad que sean ellos los que hablen.

Permitidme deciros también que si debéis adoptar alguna forma corpórea procurad elegir entre los animales o las máquinas, ambos son dúctiles y rápidos en la huida. No adoptéis la forma humana, si lo hacéis procurad que sea por poco tiempo, apenas unos instantes, si no terminaréis olvidando vuestra condición, tal es el poder de los humanos, perder la memoria, ésa es su potestad más grande, el olvido. Es la más peligrosa de las tentaciones.

Y ya sabéis que la condición angelical se fundamenta en la conciencia de serlo, si la olvidáis dejaréis de ser eso que ahora sois, y que habéis sido desde el día que os creé, ángeles.

No los ayudéis, aunque os lo pidan no lo hagáis nunca. La caridad es uno de mis imperios que he cedido en parte a los humanos, pero no a vosotros, los ángeles. Dad tal vez algún consejo, advertid de algún peligro, aclarad alguna confusión entre el bien y el mal, pero no seáis caritativos. Y no impidáis nunca a la muerte actuar.

Tampoco os debéis enfrentar a vuestros hermanos caídos, dejad este trabajo para los que permanecen a mi lado. Ellos son mis soldados, no vosotros.
Sé que trataréis de conocer el sexo, hacedlo, no os lo puedo ni prohibir ni desaconsejar. Hacedlo. Será el baremo de vuestra fortaleza y de vuestra sabiduría.

Idos pues en paz y recordad siempre que vuestro Padre os Ama.

Ya sabéis que Yo puedo, si quiero, desaparecer, dejar de existir, pero mi Amor no. Él es más poderoso que Yo mismo. Esa es la única contradicción de mi Divinidad.

“Una hermosa paradoja, digna de Mí”, concluyó con su particular humor y con su dulce risa, más bella que cualquier música que sus querubines puedan componer.

Eso nos dijo a todos aquellos que decidimos irnos.

Yo soy uno de ellos y mi nombre es Caín, Dios no me permite ser caritativo, pero no me impide ser irónico y compasivo, por eso me bauticé a mi mismo con el nombre de un asesino al que nadie compadece.

Me gusta moverme, me gusta correr y me gusta ir deprisa, y también me gusta reír. Imito la risa de los hombres y sus bailes.

He conocido el sexo como hombre y como mujer y una vez me apeteció saber como era el de una sanguijuela.

Pero lo que más me gusta es el viento y las nubes, la lluvia, el trueno y el rayo. Y no puedo evitar enamorarme de las máquinas humanas. Las mejores son las que se desplazan. He sido avión y barco, submarino y globo, automóvil y motocicleta, patinete y patín, esquí y paracaídas. Pero no hay nada que supere a las “custom”.

Ellas son las que más se adaptan a mi personalidad de ángel viajero y solitario. Esbelta, metálica, sencilla y desnuda. Más hermosa que un caballo, más inteligente que un asno, más pintada que una cebra. Y su grito más poderoso y amable que el del oso.

Escondidas tras los árboles de los bosques, sus bestias me miran pasar. Entre sus hojas veo el brillo en los ojos de los lobos y sus bellas compañeras, las lobas, fieles, valientes, leales y luchadoras. Escondidos con sus cachorros, se preguntan con quién han de hablar para ser como yo. Y yo al pasar les aúllo y en mi aullido la luna se conmueve y los lobos parecen recordar el paraíso.

Me gusta jugar a ser fantasma y cabalgar mi máquina, barba blanca, cabellos largos sin ataduras y una pluma caudal de águila real colgando de un mechón. No es un adorno, es un atributo, es mi mérito, es el premio a una hazaña que otro día contaré.

Y alguna chaqueta de piel con flecos, botas puntiagudas y mi pendiente en mi oreja izquierda por haber atravesado el Cabo de Hornos a vela y en pleno invierno austral.
Hay quién no es capaz de verme y sólo ven la máquina rodar sola. Otros sí, medio translúcido, casi opaco, casi de cristal, oyen sin duda mi canto, mi risa de ángel libre. Oyen a los lobos responderme. Primero se sorprenden, luego observan intrigados, después me temen y al final se ríen conmigo.

Otros y otras no, otras y otros no.

Hay quien no me ve ni me oye, hay quien solamente ve humo en el lugar de mis cabellos, o nieve allí donde crece mi barba, o únicamente oscuridad en mis chaquetas de cuero negro, y sólo truenos en mis canciones. Sienten vergüenza cuando los miro, temor cuando les hablo, sorpresa cuando los saludo y rencor, un profundo y triste rencor cuando los recuerdo y les llamo por su nombre y les pregunto sonriendo, ¿no me recuerdas?, ¿no recuerdas cuando me amaste?, ¿cuándo nos amamos?

A pesar de todo…

A veces me tienta invitar a humanos a montarme, me gusta tenerlos en mi lomo de hierro y cuero, disfrutando de la brisa en el rostro.

Dejo que me lleven donde a ellos les guste ir.

Hay ocasiones en las que suben dos, se van lejos, quieren esconderse de los demás, buscan el rincón, la sombra de algún árbol, que quizás es un ángel como yo.

Y allí, pensando que están solos, que nadie los observa, se besan y se besan, dejando que el crepúsculo los bañe con sus colores, y que la luz se apague tan lentamente que no pueden evitar enamorarse.

Y yo no pueda evitar recordar aquella vez que, transfigurado en hombre, le escribí palabras de amor a una mujer, mientras la luz se adormecía porque la noche llegaba.



Caín

16 de diciembre de 2006 – 16 de diciembre de 2007

lunes, 16 de marzo de 2009

El peletero/Poesía fría-El primer sueño (y 4)



13 Diciembre 2007

Gran Elegía a John Donne

En el prólogo a esa espléndida antología poética que hemos citado, escrita en octubre de 1999 por Ricardo San Vicente podemos leer: “Cada poeta hace de su obra un monumento, un obelisco eterno y vertical, al que no funde ni destruye, salvo el olvido, ningún efecto terreno.”

“No. Soy yo, John Donne, tu alma.
Aquí estoy sola, penando en las cimas celestes
por haber creado con mi esfuerzo
sentimientos e ideas pesados, cual cadenas.
Con esta carga tú podías alzar el vuelo
entre pasiones y pecados, y más alto.
eras un ave y veías a tu pueblo
por doquier, todo; te alzabas sobre el ala del tejado.
Veías los mares todos, la lejanía entera.
Has contemplado el Infierno en ti mismo y luego tal como era.
Has visto con la misma evidencia el claro Cielo
en la más triste –de todas las pasiones- aureola.

Una afirmación así trata de indicar que el olvido es un fenómeno físico-biológico. El prologuista no olvida que los hechos psicológicos son exclusivamente terrenales. Nada escapa a la gravedad de las leyes físicas que apenas dejan volar a los pájaros, que de tan cansados que están de intentar subir a la cúspide del obelisco, se duermen al igual que el poeta y su propia musa, que sin lugar a dudas no es un ser espiritual y sí también de carne y huesos como el propio poeta. Lo que el prologuista nos quiere hacer ver y resaltar es que las leyes de la física “se diluyen en el arte del artista”.

Aunque fuera la musa una simple piedra de la misma luna, dormida y soñando estaría también en mares de plata, o en esas nubes lunares, tan transparentes y brillantes como el sol del mediodía.

Has visto que la vida es como tu isla.
Y con este Océano te has dado cita:
sólo oscuridad sólo oscuridad y por doquier aullidos.
Has recorrido en tu vuelo a Dios y has regresado.
Mas no podrás con esta carga ascender a lo alto,
desde donde este mundo no es más que un centenar de torres
más las serpientes de los ríos, y donde, al mirar abajo,
el juicio final no se antoja casi pavoroso.
El clima es allí, en aquel país inmóvil.
De allí es todo como un sueño enfermo en el sosiego.
Y el Señor es desde allí sólo una luz en la ventana,
en noche de niebla, en la casa más lejana.

Ricardo San Vicente nos dice: “En la filosofía poética de Brodsky, el orden que los hombres han descubierto en su mundo, las leyes del tiempo y el espacio, de la causalidad –la relación consecutiva de causa y efecto- o de la gravitación universal, no existen o son otras: las que engendra el poeta con su obra. El poeta introduce el mundo material, en el que nos reconocemos, en el suyo, el poético –o, mejor dicho, “brodskiano”- y nos lo ofrece.”

Hay campos que no surca el arado.
En años no los labra. Ni en siglos los trabaja.
Sólo los bosques se alzan en torno como muros,
y sólo la lluvia en la hierba enorme baila.
El leñador primero, cuyo caballo flaco
irrumpa allí vagando en el temor de la espesura,
si se encarama a un pino verá de pronto el fuego
en su valle, allá que yace a lo lejos.
Todo, todo es a lo lejos. Aquí en cambio, es tierra imprecisa.
Por los lejanos techos serena la mirada se desliza.
Hay tanta luz aquí. No se oyen los ladridos.
Ni llega el tañir de las campanas.
Y el comprenderá que todo está a lo lejos. Hacia los bosques
dirigirá el caballo con gesto brusco.
Y al instante, riendas, trineo, noche, él mismo
y el pobre penco, todo se hará bíblico sueño.

San Vicente continúa afirmando que las leyes del artista son “las del hombre arrancado de su seno y de su tiempo; un hombre entregado al mundo y a todos los tiempos.”

El tiempo del poeta es el tiempo de todos, así todos los personajes son contemporáneos, como lo es el mismo artista, coetáneo de todos ellos. Brodsky acompaña a Ulises cuando busca a Telémaco y está al lado del viejo emperador cuando habla con Tiberio o cuando se convierte en Marcial y escribe a su amigo romano.

Heme pues aquí, lloro, lloro, no hay camino.
Mi sino es volver a estas piedras.
Me es imposible volver allí en cuerpo.
Tan sólo muerta me es dado alzar allí mi vuelo.
Sí, sí, sola. Habiéndome olvidado, luz mía,
bajo la fría tierra, por siempre olvidado,
como tormento del deseo estéril de volar en pos,
para así tejer con mis entrañas, tejer la despedida.

San Vicente nos lo dice con claridad, “nuestro tiempo es lineal, unidimensional e irreversible. La aceleración mental permite al poeta y, en algunos casos, a su lector, cerrar el bucle del tiempo, romper la lógica del futuro y el pasado, escapar por un momento del presente o invertir el curso de la vida”.

Mas ¡ay! Mientras yo turbo con mi llanto
aquí tu sueño, hacia lo oscuro cae, no se funde,
tejiendo nuestro adiós aquí, la nieve,
y en un vaivén la aguja, la aguja vuela.
No soy yo quien sollozo, lloras tú, John Donne.
Tú yaces solo, y duerme en los armarios la vajilla,
mientras la nieve vuela hacia la casa dormida,
mientras la nieve vuela desde allá hacia lo oscuro.”

El poeta terminará muriendo por culpa de un corazón enfermo, su tiempo se acabará como humano, pero el tiempo del poeta perdurará. En su lucha contra el fin y la muerte inútil, triunfará, y lo hará de tal manera que no solo logrará no morir y permanecer presente, sino que también conseguirá haber nacido hermano del instante.

Parejo al ave, él duerme en su nido,
su senda pura y el ansia de mejor vida
por siempre confiadas a la estrella
que ahora está cubierta por la nube.
Pareja al ave, su alma es limpia;
y si la senda mundanal es, como dicen, pecadora,
más natural se antoja que un nido de chovas
sobre el enjambre gris de estériles nidales.

Aquel día, si así podemos decirlo, en que Dios inventó el tiempo, tuvo que ayudarse del poeta, sin él ni Dios mismo hubiera podido lograr tal portento.

Parejo al ave, también despertará de día.
Pero ahora yace bajo el manto blanco,
mientras siga tejido en nieve, tejido en sueño
el espacio entre el alma y el dormido cuerpo.



Se ha dormido todo, pero aún algún verso
espera el final y muestra con dientes picados
que el cantor se debe solo al amor terreno,
y que el amor del alma no es más que carne de abad.
Pues, sea cual fuere el molino a que estas aguas lleven,
en nuestro mundo siempre se muele el mismo trigo.
Y si es posible compartir con alguien nuestra vida,
¿quién compartirá con nosotros la muerte?
Un hueco hay en semejante tela. Quien quiera lo desgarra a su antojo.
Por todos sus extremos. Se irá. Regresará de nuevo.
¡Y un nuevo estirón! Y sólo el firmamento
a oscuras, de vez en cuando, para coser toma la aguja.
Duerme, duerme, John Donne. Duerme no te tortures.
Está roto el caftán, sí, roto. Y cuelga alicaído.
Pero verás, un día asomará de entre las nubes
la estrella que a tu mundo tanto tiempo ha protegido.

7 de marzo de 1963

Iósif Brodski nació en algún momento entre el primer y el sexto día de la Creación.

Entre esos instantes acompañó a la luz en su viaje.

Esa luz que siempre va tan rápida cuando va, como cuando regresa. Que se curva en señal de respeto, al ver a Dios tomar las formas del hidrógeno incandescente o las del helio gastado y el doble de pesado, o del litio, o del berilio, del boro o del carbono y su compañero el silicio, el neón y el sodio, hasta del hierro, del oro y del plomo, y seguro que también de la plata. Y del plutonio y del uranio, del azufre y del cloro, del calcio y del titanio. Del níquel, del cobre yd el zinc. Y es posible también que hasta del aluminio, que pesa poco.

Y sin lugar a dudas del nitrógeno y del oxígeno

Brodsky acompañó a nuestra luz en su deambular, con ella rebotó en las paredes del universo para regresar al centro de nuevo y visitar una vez más esos ojos oscuros y negros, esos agujeros que quizás son las orejas de Ése nuestro Dios.

Y ya de paso asomarse también a los quásares, generosos que regalan luz y más luz, desde el violeta profundo hasta el rojo del mismo Lucifer.

Los quásares parecen cornucopias, pero son la jarra del Aguador o quizás los mismísimos ojos de Dios.

Y luego, más allá, entre ondas de radio y gamma y la negrura del fondo, entre las luciérnagas de ese cielo helado, Iosif tratará de llenarlo, despacio, con humildad, pero con la perseverancia, seguridad y confianza de Job, de la música de los poetas. De ese runrún que ni los ángeles más ingeniosos saben imitar.

Iósif Brodski nació en uno de esos seis días, o tal vez lo hizo en el séptimo, y mientras el mismísimo Dios descansaba, Iósif Brodski, el poeta, empezaba ya a trabajar.

sábado, 14 de marzo de 2009

El peletero/Poesía fría-El primer sueño (3 de 4)



12 Diciembre 2007

Gran Elegía a John Donne

Según podemos saber únicamente existe en castellano una sola, pero magnífica antología de su obra, editada y traducida por Ricardo San Vicente y publicada en “Galaxia Gutenberg” y el Círculo de Lectores, Barcelona 2000.

Duermen los ángeles. Los santos, ausente en su sueño
el mundo azaroso –para su santa vergüenza.
Duerme el Averno, y duerme el divino Cielo.
Nadie saldrá de casa a esta hora.
Se ha dormido Dios. La tierra ahora le es ajena.
No ven los ojos, no oye ya el oído.
El diablo también duerme. Y el odio con él
se ha dormido en la nieve del campo inglés.
Duermen los jinetes. El arcángel duerme y su trompeta.
Y los caballos duermen en suave balanceo.
Los querubines todos, abrazados, una sola multitud,
duermen bajo los arcos del templo de San Pablo.

Javier Sicilia, escritor con nombre y apellido de lugar, nos comenta su interés por su obra y lo comparara con los más grandes poetas del siglo XX. Cita a Eliot, a Perse, Seferis, Rilke y a Kavafis, nosotros añadiríamos también a Auden.

Pero nosotros no debemos hacer listas.

John Donne se ha dormido. Se han dormido, duermen los versos.
Toda imagen, toda rima. Imposible encontrar
las débiles, las fuertes. Vicio, pesar, pecados,
callados por igual, descansan en sus sílabas.
Los versos todos, el uno para el otro como hermano fiel,
al menos se susurran entre sí: hazme sitio.
Pero están tan lejos del altar, tan pálidos, espesos,
tan limpios son que la unidad los rige.
Toda estrofa duerme. Duerme el códice severo de los yambos.

Javier Sicilia nos dice que todos esos grandes poetas, Brodsky entre ellos, “buscan sus fuentes en las voces de otros poetas y en la tradición –la poesía de Brodsky bebe de tres: la rusa, a través del verso de Ajmátova y, sobre todo, de Mandelstam; la griega, a través de los clásicos y la cristiana, a través de la ortodoxia rusa y de los poetas metafísicos ingleses”.

Igual que los guardianes duermen los troqueos, a diestra y a siniestra.
Y duerme en ellos la visión del agua en el Leteo.
Y la otra cara, la gloria, duerme profundo tras ella.
Duermen las penas todas. Los sufrimientos, profundo duermen.
Duermen los vicios. El bien y el mal abrazados.

Javier Sicilia se maravilla y sorprende gratamente por la capacidad del poeta en “vincular el orden del mundo que descubre en la tradición de sus culturas con un orden divino”, lo que llama “zurcir la realidad del mundo con una realidad de orden metafísico”. Para eso cita un fragmento de “Gran elegía…” que ahora anticipamos: “Hay alguien allí en lo negro. / ¡Tan fina es su voz! Fina es como aguja. / Mas el hilo no está… Y resbala en la nieve/ tan sola. Por todas partes frío, oscuridad…/ Tejiendo la noche con el alba… ¡Tan alta!

Y los profetas: La pálida caída de la nieve
en el espacio busca las pocas manchas negras.
Todo se ha dormido. Profundamente duerme la multitud de libros.
Los ríos de palabras cubiertos por el hielo del olvido.
Duermen los ríos todos, con toda su verdad en ellos.
Duermen sus cadenas, tañen ligeras sus anillas.
Se ha dormido todo: santos, diablo, Dios.

Las palabras de Javier Sicilia son reveladoras y lo suficientemente claras para resumirlas aquí. Joseph Brodsky era judío y eso le impidió alistarse en la marina, en una típica discriminación antijudía, propia tanto de nazis como de soviéticos. El poeta judío es hijo también de la gran historia Imperial Rusa, de su religión ortodoxa y de la tradición bizantina, de su idioma y de su alfabeto ideado por dos monjes griegos. Todo ese enorme bagaje deja una impronta indudablemente cristiana, que él mismo no rehúye, sino que fomenta escribiendo cada Navidad poemas dedicados al niño Jesús.

Sus servidores viles. Sus amigos, Hijos.
Sólo la nieve musita en lo oscuro del camino.
Y en el mundo entero no hay otro rumor.
¡Más, ay! Tú oyes: allá, en la fría noche,
hay alguien que allá llora, que susurra asustado.
Allá alguien se abre hacia el invierno todo.

“El niño de Belén era para Brodsky una especie de poeta que desde la cálida y fría oscuridad del mundo era acogido por Dios, el zurzidor de la noche del mundo y del alba de la divinidad que rescata al hombre”. Nos dice Sicilia.

Y llora. Hay alguien allí en lo negro.
¡Tan fina es su voz! Fina es como aguja.
Mas el hilo no está… Y resbala en la nieve
tan sola. Por todas partes frío, oscuridad…
Tejiendo la noche con el alba… ¡Tan alta!
“¿Quién solloza allá? ¿Acaso eres tú, mi ángel,
que esperas el retorno, bajo la nieve, como el verano esperas
mi amor?... Entre tinieblas vas a casa.
¿Eres tú quien grita en la noche?” –No hay respuesta.
“¿O sois vosotros, querubines? El triste coro
me ha evocado el sonido de este llanto.
¿Acaso vosotros mismos decidís abandonar
de pronto mi durmiente templo? ¿Vosotros sois? ¿Vosotros?”
-Silencio.

Aunque no es un poeta cristiano y sí de civilización. Sicilia nos dice, “un poeta que mirando el reducto occidental de la civilización cristiana y acogido por la mirada del Padre, zurcía los fragmentos del helenismo, de la Rusia bizantina y de la cultura mundial para rescatarlos de la barbarie. Un pequeño punto contemplado por lo trascendente y acogido por el Verbo que el propio Brodsky llamó “la lengua”: eso que nos hace hombres y que bien empleada nos permite volver a vincular al hombre con lo divino”.

“¿O eres tú, Pablo? Aunque, a decir verdad, tu voz
es demasiado bronca por tu hablar severo.
¿Acaso eres tú quien ha hendido lo oscuro con tu cabeza blanca
y allá lloras?” Pero vuela al encuentro el silencio.
“O ¿acaso la mano que cubrió la mirada en lo oscuro
es la que aquí por doquier asoma?
¿No serás tú, Señor? Pues, por loca que sea mi idea,
demasiado se eleva, no obstante, la voz que solloza.”
Silencio. Quietud. “¿O has sido tú, Gabriel,
quien ha tañido la trompeta y alguien ladra alto?
Quizá será que sólo yo los ojos he abierto,
y los jinetes ensillan sus monturas.
Todo duerme profundamente. En brazos de una honda oscuridad.
Mientras los voceros se ciernen en tropel del cielo.
¿Acaso eres tú, Gabriel, quien, en pleno invierno,
con la trompeta sollozas aquí, solo, a oscuras?”

viernes, 13 de marzo de 2009

El peletero/Poesía fría-El primer sueño (2 de 4)



11 Diciembre 2007

Gran Elegía a John Donne

La primera frase de la “Gran elegía a John Donne” dice:

John Donne se ha dormido, como todo el lugar.

Y continúa…

Paredes, suelo, cuadros, la cama se han dormido;
se han dormido mesa, ganchos, pestillos, alfombras,
ropero, aparador, la vela y las cortinas.


Somos humanos, y gracias a esta condición, tenemos la gran fortuna de poder disfrutar de grandes prodigios, ideados y construidos con nuestras propias “manos”, pues ellas son la directa terminación de nuestras neuronas.

Todo se ha dormido. Vaso, botellón, jofainas,
el pan y su cuchillo, platos cristal y loza,
armarios, quinqué, vidrios, lencería, el reloj,
escalones y puertas, La noche alrededor.
Alrededor la noche: en rincones, ojos y ropa,
en la mesa, entre el papel, en el texto del discurso,
en sus palabras en la leña, en las pinzas y el carbón
del apagado hogar, en cada objeto.


A lo largo de nuestra vida, por larga que sea, nos es difícil saber algunas cosas claras y tener otras seguras. Escasas y siempre insuficientes llegan a ser las riquezas de nuestro conocimiento, entre ellas quizás la velocidad de la luz en el vacío, el número pi, la constante gravitacional de Newton, o la constante de Plank, y muy pocas más.

En otro ámbito no tan distinto al primero, aunque lo pueda parecer, podemos señalar también como algo raro pero claro y seguro a Las Meninas de Velázquez, las pirámides de Gizah, las obras de Homero y de Shakespeare, la música de Mozart…

Y naturalmente también, la “Gran Elegía a John Donne” del Premio Nóbel ruso Joseph Brodsky, en ruso Iósif Brodski.

En la camisa, las botas, las medias, las sombras
del espejo, en la cama, en un respaldo de silla,
de nuevo en la jofaina, el crucifijo, las sábanas,
en la escoba de la entrada, en los zapatos. Todo se ha dormido.
Se ha dormido todo. La ventana. Y la nieve en la ventana.
El ala blanca del tejado vecino. Como un mantel
en su remate. Y todo el barrio entró en el sueño,
cortado a muerte por el marco de la ventana.
Se han dormido muros, arcos, tragaluces, todo.
Adoquines y topes, jardines y rejas.
Ni un destello, ni el chirrido de una rueda…
Empalizadas, adornos, cadenas, postes.
Se han dormido puertas, argollas, pomos, ganchos,
candados, cerraduras, sus llaves, los pestillos.
En parte alguna se oye un golpe, murmullo o susurro.
Sólo la nieve cruje. Todos duermen. El alba queda lejos.


Ello es así, aunque nuestra vida no dependa de saberlo. El poema podría no existir y el mundo continuaría siendo el mismo que conocemos. ¿Y nosotros?, ¿sufriremos alguna transformación al leerlo?, ¿el poema nos cambiará?, ¿para mejor?, ¿para peor?

Duermen las prisiones, las torres. La báscula
duerme en la lonja. Duermen las canales de cerdo.
Las casas, los patios traseros. Duermen los perros guardianes.
Duermen ratas y gente. Londres duerme profundo.
Duerme el velero en el puerto. El agua nevada
bajo el casco silba en sueños,
fundida a lo lejos con el cielo dormido.


Joseph Brosdky nació en Leningrado el 24 de mayo de 1940 y murió en Nueva York el 28 de enero de 1.996. Le fue concedido el Premio Nóbel de Literatura en 1987, con apenas 47 años.

John Donne se ha dormido. Y el mar con él.
Y la orilla de yeso sobre el mar se ha dormido.
Duerme entera la isla, envuelta en un solo sueño.
Y tres aldabas cierran cada jardín.
Duermen arces, pinos, hojarancos, piceas, abetos;
las laderas del monte, sus ríos, los senderos.
El zorro y el lobo. El oso está en su lecho.
La nieve cubriendo toda la madriguera.
Y duermen las aves. Su canto no se oye.
Del cuervo no suena el graznido, es de noche,
no hay risas de lechuza. Callan los llanos ingleses.


En 1972 pudo salir de la Unión Soviética, después de vivir una deportación a una granja colectiva en 1964 y sufrir un juicio por mantener su independencia de criterio. La acusación fue la de “parasitismo”. Murió en la Gran Manzana y sus cenizas según parece, se hallan, por voluntad propia, en Venecia. No sabemos si en una urna depositada en algún gran palacio veneciano, mitad Roma, mitad Constantinopla, o en el fondo de sus aguas.

Brilla una estrella. Avanza el ratón con su condena.
Se ha dormido todo. En ataúdes yacen los muertos.
Duermen en paz. Los vivos en sus lechos
duermen sumidos en el mar de sus camisas.
Uno a uno. En un profundo sueño. Abrazados.
Todo se ha dormido. Duermen ríos, montes y bosques;
fieras y aves, el mundo muerto, los seres vivos.
Sólo la nieve blanca cae del cielo en la noche.
Pero también allá hay sueño, sobre las cabezas.

miércoles, 11 de marzo de 2009

El peletero/Poesía fría-El primer sueño (1 de 4)



10 Diciembre 2007

Gran Elegía a John Donne

El primer sueño es la “Gran Elegía a John Donne” de Joseph Brodsky que nosotros transcribiremos a retazos. Y lo es no únicamente para él y para nosotros, lo es también para todos.

Aunque escrita en pleno siglo XX, la pueden leer el mismísimo Adán y su compañera Eva y esa serpiente que enroscada en el árbol mantiene en su cabeza una jaula, y en ella un pájaro, y dentro del pájaro el alma de un ogro.

La pueden leer ellos y sus hijos, Caín y Abel, y sus descendientes, Matusalén y los patriarcas, Noé y los nuevos adanes, Sem, Cam y Jafet. Así hasta Abraham y Moisés, David y Salomón. Los faraones de Egipto, Herodes, Pilatos y Jesús, y mucho antes que ellos los filósofos de la Grecia antigua, el místico Pitágoras, el afable y sabio Sócrates, el ingenioso y brillante Platón y el lúcido Aristóteles. También el Gran Alejandro y su padre Filipo, y antes que ellos Pericles y los reyes Persas y todos los muertos en aquellas guerras y también en las del Peloponeso, y en las aún más terribles que vinieron después.

Incluso Nabucodonosor y sin duda el Gran Sargón de Nínive, y mucho antes, el todavía más grande Sargón de Acad.

El incomparable Julio, los Césares de Roma, los Káiseres germanos, los Zares de la Gran Rusia. Y los Basileos de Bizancio. Tácito y los sevillanos Séneca y Marcial. Los Papas de Roma y los Patriarcas de Constantinopla, Antioquia, Alejandría y Moscú.

La Reina Isabel I de Castilla, Moctezuma, Pocahontas, y los que vivieron y murieron en la batalla de Little Big Horn.

Lafayette y Robespierre.

Los 43 Presidentes de los Estados Unidos de Norteamérica y los más de cincuenta Emperadores de China, incluido Mao Tse Tung.

Todos los condes de Barcelona y los 128 Presidentes de la Generalitat de Catalunya.

El inventor de la rueda, del número cero y antes que él el que inventó las vocales y mucho antes el alfabeto. La tinta china, el papel, la pólvora, y Alfred Nóbel y su dinamita. Gutenberg, Edisson y los hermanos Lumière.

Miguel Servet y Alexander Fleming.

Demócrito, Galileo, Kepler, Newton, Einstein, Max Plank.

Velázquez y Felipe IV, que aunque no lo parezca seguro que fueron en vida buenos amigos.

Chopin y su amada Georges Sand.

Miles y millones, y más que miles, y más que millones, más que dos o tres, más que tú y que yo. Muchos más.

Hasta Napoleón y Hitler. Y todos los muertos en los campos de concentración de la llanura europea, la tundra siberiana o la selva camboyana.

La Virgen María, Magdalena, los doce apóstoles, los ángeles, los arcángeles, Lucifer y sus cohortes.

Nuestros padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos.

Y por supuesto, nosotros también.

Y todos los que vengan después.

Hijos, nietos, bisnietos y tataranietos.

Marco Pagot y Gina.

Dios y Helena de Troya.

Todos ellos la pueden leer.

La Gran Elegía a John Donne ha estado siempre escrita. Cuando aún vivía el Neandertal, el poeta ya la cantaba con su letanía rusa. Durante la tormenta podías oír su voz recitándola como el latido de un corazón. Siempre ha estado ante nuestros rostros, escrita en las nubes negras que viajan de noche y que solamente algunos ojos, medio de pájaro y medio de gato pueden leer en la oscuridad de las estrellas, en esas estrellas que son azules como naranjas, en esas nubes que vaciándose llenan todavía más el mar hasta ahogarlo, remontando el cielo para ir más allá.

Más allá de Él.

Pero antes de empezar a cantarlo transcribiéndolo, intentaremos precisar que en la “Gran Elegía a John Donne” se habla de dormir y no de soñar, pero a nosotros nos gusta pensar que cuando se duerme se sueña. Así sólo diremos que necesitamos dormir para poder soñar. Eso, aunque lo parezca, no es ninguna obviedad, es la evidencia que nos indica que la vigilia no es la jaula ni el terreno de juego en el que podamos hacer volar ese raro pájaro que llamamos “El sueño”.

Ése fino pájaro siempre necesitará de esa materia gaseosa que es la atmósfera, el aire y el viento para sostenerse y no la tierra, ni la roca y tampoco el agua, aunque sean ellas las palancas, los trampolines que lo propulsen en el salto, pues quizás eso es en realidad el sueño, un salto, un paso largo. Quizás el primer paso de una baile, de una danza que todavía no sabemos si hemos de bailar solos o acompañados.

Eso es el vuelo de un pájaro, un sueño. Alguien y algo que duerme y sueña. Y al hacerlo canta, vuela, camina y baila.

En las innumerables acepciones de sueño hallamos una de las más evidentes: el sueño es también una alegoría de la muerte.

La más dulce de todas.

Pero nosotros no queremos usar ésta última.

Brodsky es mucho más poeta que eso.

lunes, 9 de marzo de 2009

El peletero/El bailarín (y 2)



7 Diciembre 2007

Yo

Yo lo conocía, conocía al bailarín, aparentemente era su amigo, eso era lo que todos creían y lo que yo quería que creyesen, pero no era cierto, estaba más bien a su servicio, un día me eligió y yo acepté.

Tenía una conversación agradable y su éxito parecía prometer algo desconocido y valioso.

Me pidió un favor y le dije que sí. Ese favor acabó convirtiéndose en una rutina.

Era extraño, nadie me obligaba, nunca nadie me obligó, ni siquiera él.

¿Qué buscaba yo?, ¿saber qué buscaba él?

¿Buscaba amor?, por supuesto que no, ¿alguno de sus derivados?, ¿amistad, compañerismo, lástima, sexo?, tampoco.

Ni siquiera le gustaba bailar, me dijo un día.

No sé que buscaba y lo que es peor, tampoco sé lo que hacía con ellas cuando se las llevaba. Cuando elegía a una y se iba con ella.

¿Qué hacía?, no sé, pero sí sé que les hacía daño. Lo que desconozco es la clase de daño.

Las pobres muchachas también me buscaban a mí y acertaban al pensar que a través de mí llegarían antes a él, que yo era como un atajo, una etapa previa, y tenían razón, así era, yo era la antesala, el secretario que organizaba los turnos y los encuentros.

Yo se las presentaba y se las llevaba y él las tomaba. Le hacía una selección previa, era un filtro. Y él las abrazaba y empezaba el baile, incluso antes de que sonase la música.

Él me enseñó que en los primeros tiempos del mundo fue así, primero el baile, decía y luego la música. Aunque parezca raro así fue. Lo afirmaba muy seguro.

Y luego, atento a su señal, conducía a la elegida al lugar indicado.

Allí estaba, esperándola, allí estaba él a solas y allí sucedía algo terrible y fatal.

No había sangre, ni muertes, ni torturas, ni violencia. Tampoco había música ni se bailaba ningún vals. Y por supuesto no había sexo, no había nada, ni siquiera ruido, ni tambores ni trompetas, apenas un murmullo, una letanía, una salmodia.

Eso es lo único que sé, yo no estaba presente y nunca le pregunté a mi amigo a qué se debía el espanto que había luego en los rostros de aquellas muchachas al salir.

Nunca me atreví a oír de su boca la letanía.

Cuando salían, una vez todo había terminado, yo las llevaba también de vuelta a su casa entre sollozos y alguna que otra convulsión. Nada grave, pero sí triste. Muy triste.

No hacía falta recordarles que se mantuvieran calladas, aunque no había nada que denunciar, pero ninguna era capaz de relatar lo sucedido.

Más tarde, una vez recuperadas, estaban más avergonzadas que temerosas, aunque el miedo ya no las abandonaría nunca más.

Y la vergüenza tampoco.

Es extraño como te puede hacer más daño la vergüenza que el miedo. ¿Cuál era su vergüenza?, lo ignoro.

Más no puedo decir, porque más no sé, aunque sí recuerdo que alguna de ellas citaba llorando algo de un lobo muerto. Nunca llegué a saber a qué demonios se referían.

Por cierto, mi amigo me decía que se llamaba Miguel, pero yo sé que no era verdad.

Ése no era su nombre.

¿El mío?

No hace al caso.

Ninguna me lo preguntó jamás.

¿Para qué?

sábado, 7 de marzo de 2009

El peletero/El bailarín (1 de 2)



5 Diciembre 2007

ÉL

Él era un buen bailarín, ni de concurso, ni profesional, pero era un buen bailarín.

A las chicas les gustaba, tenia un físico adecuado, delgado, esbelto y ágil.

Alto.

Las abrazaba y ellas se dejaban llevar con suavidad y firmeza.

Su sonrisa era tan dulce como fuertes eran sus brazos y rápidos sus pies.

La mirada ligeramente triste, y un mechón negro le caía por la frente.

En las manos, más huesos que carne, tan largas, como sus dedos. La palma y la yema casi sin pliegues, casi sin huellas, sin marcas ni rastros, casi como si no tuviera ni pasado ni casi tampoco futuro.

La manicura perfecta, recién hecha, al igual que la ortodoncia y el corte de cabello. Y el perfume suave al entrar, pero áspero al salir.

Mientras bailaban él les decía cosas que a ellas, según parece, les gustaba oír.

Y oír repetir, una y otra vez, como niñas a las que se les lee un cuento.

¿Otra vez?

Sí, otra vez más, le pedían.

Y así, mientras escuchaban sus palabras, se le iban acercando para respirar su aliento, y así también, casi sin darse cuenta, levitaban con él a un centímetro del suelo.

Entre las muchachas había una dura competencia y una fuerte lucha, sin ningún atisbo de piedad y sin ninguna clase de cuartel. Entre ellas se disputaban el derecho y el gran goce de estar entre sus brazos, transportadas y sostenidas. Abrigadas en su abrazo y balanceadas como niñas traviesas, como muchachas felices.

Él era la corona.

Muchas soñaban con ese pájaro hermoso, ese aire fresco, ese halo de invierno. Él era un sueño, mejor que la música misma, mejor que el sueño verdadero, él no era dolor ni era cansancio, no había fatiga ni tampoco espera

Y aquella luz,
la luz toda ella,
era para ellos dos,
los dos que bailaban,
que bailaban a dos,
más ligeros que ella,
más tranquilos que la luz.

Él no intervenía, ni tampoco parecía elegirlas, las miraba y al bailar las tocaba con sus ojos color arena y su cuerpo de madera cortada, claro, abierto y perfumado desde dentro.

Ellas, cándidas y anhelantes, se mordían los labios y las uñas pintadas con esmero la tarde anterior.

Por él suspiraban y por él se humedecían la boca, ansiosas y sedientas.

Él, ni aburrido, ni divertido, a todas les prometía su compañía, se hacía querer y buscar, pero ni escondiéndose, ni huyendo. Quedándose las angustiaba, viéndole se morían, mirándole lo veían y no lo tenían.

Y cuando lo tenían no lo veían, no podían, y no podían porque lo pensaban, mientras él sí, él sí las miraba y al verlas no las pensaba, ni jamás las recordaba.

Ninguna lo podía retener un paso más de la cuenta. Bailaba con ellas, las acunaba suavemente. El corazón de las niñas se descolocaba, se desbocaba y bailaba también dentro de su pecho pequeño, casi siempre por estrenar.

Así las preparaba y así las conducía.

viernes, 6 de marzo de 2009

El peletero/El no a las niñas



3 Diciembre 2007

Para:

Mi bisabuela Encarna, a la que pintaban desnuda pintores importantes. Para todas mis otras bisabuelas. Para Rosita, mi abuela maña, que abortó y parió veintitrés veces. Para Carme, mi otra abuela a la que nunca conocí, también para Victoria, la madre de Gregorio, Rafael y Emilio. Para Bienvenida, mi madre, que sólo nos parió a dos y que ha sido la niña-mujer más bonita y dulce que jamás he conocido. Para mis tías María, la morena y también para mi otra tía María, la rubia. Para las demás tías, Miracles y Encarna, Angeleta, Conxita, Pilar, Assumpta y Hermínia. Para mis primas Maria Rosa, la mejor cantante de toda la familia, para Mercè, la mujer más hermosa del mundo con un solo pecho, más hermosa que la mayoría que tienen dos. Para Herminieta, Carme y Teresa . Para mi otra prima Carme, la hija de Assumpta, para Pilar, para Glòria, la más guapa de todas y casi novia de mi hermano. Para Marta y Silvia, guapísima, con su hermoso rostro moreno de india americana y que murió sola. Para Rosa Mari, la primera mujer a la que le pedí que se acostara conmigo con apenas cinco años los dos y que me dijo que sí, para María dels Àngels, con la que siempre me peleaba, para Jordina, mi garbancito, la prima que más he querido. Para Montserrat, trigueña, bella y deliciosa. Para aquella peluquera de mi madre que no se depilaba las axilas. Para una pescadera que al agacharse enseñaba todo el escote y mucho más. Para aquella profesora de francés de apellido impúdico, para otra profesora de inglés que siempre llevaba minifalda y que no paraba de reír. Y otra más de francés a punto de jubilarse. Para mi vecina Angelina, y para la del segundo segunda, y también para Ivette, del piso de arriba. Para Griselda, mitad barcelonesa y mitad parisina. Para aquella Esther, feúcha de cara pero mórbida de cuerpo y que a mí me gustaba tanto. Para Mari Carme, mi primera psicóloga loca. Para otra Carme, que nos limpiaba el taller y que de pequeña besó al President Macià. Para Luz, Ana Mari, Julia, Carme, Beatriz, Anna, Guillermina, Marta y Glenny. Y también naturalmente, para Meyri, la novia de mi padre. Para María, “la pequeña”, para Susy, y para Lluisa. Para la compañera de Juan, aquel amigo de Córdoba y para Paulina, y para Isabel, de la que todos estábamos enamorados, para su amiga Montse que prefirió casarse joven y que siempre se despertaba abrazada a mi, y para otra Mercè de cabellos rizaditos y para todas aquellas que deambulaban por allí, algunas estudiando y otras no, como Irene, el mejor trasero de la Universidad y las tetas caídas más sexis que jamás he visto. Para aquella muchacha sevillana que me miraba tierna y me cogía de la mano. Para mis niñas de La Coctelera. Para Aleka, y para las primas de Christos, para la panadera de Kastoriá y para las camareras de la Hudson’s Bay, para las secretarias de Milton y de Iván, una inglesa y otra sudafricana. Y para María, la esposa de mi mejor amigo, Xavier, toda una mujer, incomparable y deseable. Para Antònia, especial, única, también incomparable. Para Margarida, la esposa de mi amigo más antiguo, Jordi, y para Pilarines, seguramente la mejor de todas. Para las putas del Tsamis. Para aquella Conchi de pechos enormes, y para aquella otra Conchi en plena crisis de los cincuenta y para otra Conchi gordita y experta. Para Dunia, la más linda y melosa, para Verónica, la mejor rubia, para Anna, pequeñita y medio lesbiana y para la esposa del hermano de otra Mercè, otra rubia perfecta. Para Mònica, otra rubia más aunque menos perfecta. Para Gemma, economista y morbosa. Para Helena, la más fea de todas y para su amiga Charo de tetas grandes y una pequeña cicatriz en la cara, y para Carmeta, una maña fina y dulce. Para otra Julia muy lejana en el tiempo. Para Bea, la hermana de Benito. Para mi otra vecina del tercero primera. Para mis cubanitas Fanny y Odalis y para Giselle, que tiene la capacidad de adivinar el futuro, y la perla rosada y encapuchada más grande y más bonita que he visto. Para Piedad, para Dorys y para otra Rosa Mari más, estas tres últimas casi cuñadas. Para Diana, atractiva, judía, delgada y con los labios más mórbidos y más adecuados para besar. Para Chus. Para Kenia, otra panadera más. Para aquellas italianas a las que dimos plantón en Atenas, y que me llamaban cariñosamente “garibaldino”. Para las Napolitanas gruñonas y sobradas de delanteras, todas ellas clones de Sofía Loren. Para Pili, estudiante de medicina y de inglés. Para Erika, la amiga de Merceditas. Para Inma, profesora de arte contemporáneo. Para aquellas dos rubias con las que cartografié casi una calle entera de Barcelona. Para Cristina que creía en fantasmas y en el poder de las piedras y en la filosofía oriental. Para Estrella, maquilladora. Para otra Montserrat. Para Susana. Para Menchu. Para las modelos de Raventós. Para nuestras propias modelos. Para las modelos de los desfiles que habías de desnudar y vestir. Para las putas de Bruselas y para las de Estambul. Para las musulmanas de Jaipur y para las Nubias del Cairo. Para todas aquellas mujeres esculpidas en las piedras de Khajuraho. Para las azafatas de Olimpic Airways. Para aquella inglesa del Hotel Amalia de Atenas. Para Guadalupe, tan bonita y tan tonta. Para otra Rosa, medio antipática. Para todas las demás del Sansón. Para Carolina, otra peluquera guapa. Para aquella camarera siciliana, para aquellas dos conocidas que iban a comprar un perro a Londres. Para Celeste, guapísima, espectacular, simpática, sincera, argentina, rubia y también puta. Para Irene, la hija de María, para Tanit, la hija de Margarida, y para mi hija Julia, la hija que jamás he tenido y jamás tendré. Para la Virgen María, para la Verge de Montserrat, para Santa Magdalena, para Santa Rita y para Santa Eulàlia.
Para Agatha y para Claudia.

Las niñas de mi vida.

Lo fueron, lo son y lo serán

Para todas ellas, y para algunas más que no tienen, o no recuerdo su nombre, o a las que ni siquiera se lo llegué a preguntar, o ellas no quisieron dármelo.

Amén.

Per a totes vosaltres, el millor que os puc regalar és un bon adéu.

Si em dius adéu,
vull que el dia sigui net i clar,
que cap ocell
trenqui l'harmonia del seu cant.

Que tinguis sort
i que trobis el que t'ha mancat
en mi.

Si em dius "et vull",
que el sol faci el dia molt més llarg,
i així, robar
temps al temps d'un rellotge aturat.

Que tinguem sort,
que trobem tot el que ens va mancar
ahir.

I així pren tot el fruit que et pugui donar
el camí que, a poc a poc, escrius per a demà.
Què demà mancarà el fruit de cada pas;
per això, malgrat la boira, cal caminar.

Si véns amb mi,
no demanis un camí planer,
ni estels d'argent,
ni un demà ple de promeses, sols
un poc de sort,
i que la vida ens doni un camí
ben llarg.

(Que tinguem sort, Lluis Llach)


Adéu.

jueves, 5 de marzo de 2009

El peletero/El ojo y el negro (8)



30 Noviembre 2007

Querida Silvia,

No soy yo el único que en ocasiones pierde la memoria por atender demasiado sus propios asuntos o los asuntos de los otros. Tú también olvidas aquello que has escuchado o leído.

Mi ramera negra se llama Silvia, como tú, y como la hija de Isaac y Sofía (*), su amada muerta en el parto.

¿Te acuerdas de Isaac? Él y yo éramos buenos amigos y aunque amaba a Sofía siempre se acordaba de ti. A la vuelta de cada viaje no olvidaba nunca regalarte algo insólito y bonito. Sofía se sentía celosa. No había razón para ello, ¿o sí?, al menos ya no cuando llegó Christian. Él sí supo mirarte de la manera que tú necesitabas.

Te envío una copia pequeña del desnudo que he pintado de Marta. Ya te puedes imaginar que tardé más de la cuenta en pintarlo, no podía, ni ella me dejaba trabajar como es debido. No es una queja, por supuesto que no. Me pasaba más tiempo en la cama con ella que pintándola.

Creo que ese es el camino adecuado. Siempre has tenido razón respecto a ella, al menos conseguiré que mi suegro no me haga pagar alquiler.

Marta es también una mujer inteligente y a ella no se le escapa que nunca llegaré a ser un buen esposo. Lo sabe y lo acepta. Y yo procuraré no hacerle demasiado daño.

Se lo he contado al párroco y me ha dado su bendición, quiero que sea él el que nos case. De todas maneras todavía no he hablado con su padre, no he pedido su mano ni nada de eso. También podría suceder que me mandase al diablo de una patada en el trasero. Pero no creo que suceda, Marta tiene más autoridad sobre su padre, que él sobre ella y no dejará que me rechace. Ella está organizando el encuentro que será pronto.

Con la Pietà y con ese nuevo proyecto de pintar a Ruth, he conseguido empezar a nivelar mis finanzas. Gracias a ellas y también a las cenas del párroco ya puedo comer dos veces al día.

Al menos Marta ha visto desnudo a un Teodoro con mejor aspecto y sin que se le marquen las costillas de tan flaco que estaba. Había pensado en pintarme a mí también junto a ella y componer la tabla que te conté, un Adán y una Eva expulsados del Paraíso. ¿Te parece bien?

Me preguntas por la pintura de Ruth. Cuando la pinté por primera vez de joven lo hice mostrándola triste en el momento de partir con su suegra (…) de Moab, su hogar y dirigirse a Israel, no sabiendo lo que allí podían encontrar. Dos mujeres solas, viudas y pobres, caminando por senderos peligrosos.

Esta vez quiero hacer todo lo contrario, la quiero pintar llegando a casa de Booz y siendo recibida por las mujeres de allí. Estoy cansado de pintar tristezas. Ruth es una mujer llena de coraje, valiente y alegre, que consigue encontrar al fin la compañía adecuada y que necesita.

Tienes razón Silvia, tú eres Ruth. Y aciertas también cuando afirmas que sólo sé ver lo que viene de fuera, y me comporto como un ciego con lo que tengo en casa. Tienes razón querida hermana, pero tú, ¿dónde estás?, ¿fuera o en casa?

Me has dejado a medias con Saverio. Así que el muy embustero tenía un pequeño retrato, que no me enseñó, de esa esclava que dice amar a causa de una mirada, de una sola mirada que apenas duró un instante, nada más.

¿Sabes lo que eso significa? Yo creo saberlo y seguro que tú también Está loco, completamente loco, es cierto, pero no me dirás que no es algo lleno de belleza.

Tú siempre has sido una mujer práctica y sensata, lo has sido por temperamento, capacidad y necesidad. Pero yo sé que eres mucho más inteligente que práctica y mucho más sensible que sensata. Por eso también sé que te conmoviste con su historia. Seguro que lo hiciste, sino no hubieras elegido a ese que es hoy tu marido para irte a vivir con él a otro país, al otro lado del mar.

Termina de contarme tu conversación con él. Ya debe haber llegado a España y espero recibir pronto noticias suyas.

Ya sé que recuerdas a Marta. Tú memoria de rostros siempre ha sido muy buena, pero han pasado bastantes años. Está bonita, ¿verdad?, me gusta su cuerpo porque no es perfecto.

Es una tontería, pero quiero pensar que la visita de Saverio ha desatado algún nudo, no sé cuál, pero en alguna parte había un nudo y ahora no.

Besa a mis sobrinos como sólo tú sabes hacerlo, diles que su tío Teodoro, que todavía no conocen, los quiere.

Tu hermano que también te quiere.

Teodoro.


(*) El peletero/El ojo y el negro (1)

miércoles, 4 de marzo de 2009

El peletero/El ojo y el negro (7)



28 Noviembre 2007

Querido Teodoro,

Todos te mandan recuerdos y besos, incluido tu amigo Saverio. Sí, ha estado aquí, ha venido a visitarnos.

Pero yo estoy enfadada contigo.

Ha tenido que venir un italiano charlatán para que recordaras a Ruth. Te habías olvidado de ella y resulta que la tienes delante de tus ojos.

¿Te estás preguntando quién es?

Yo.

Soy yo, tu hermana Silvia es Ruth, ¿no te habías dado cuenta nunca?

Yo también he terminado por ir a parar a un “trigal ajeno”, que no es otro que la casa de mi esposo Christian y que ahora es también mi hogar. Otro paisaje, otras lluvias, otros olores y colores, otra gente, otra lengua y casi otro Dios.

¿Sabes de qué hablo?, ¿o todavía estás embriagado con el olor de tu ramera negra?, de la que por cierto, todavía no me has dicho ni siquiera su nombre. Supongo que debe tener alguno, ¿no?

Ya sabes Teodoro que cuando quiero puedo ser muy exigente. Siempre te fijas en lo que viene de fuera y nunca en lo que tienes al lado. Ha tenido que ser la propia Marta la que tome la iniciativa. Si fuera por ti acabaría siendo abuela antes que te decidieras a decirle algo. La muchacha más linda de la ciudad y tú todavía no le habías dicho nada.

Los hombres os emborracháis, os vais a un burdel y ya os creéis que sois los amos del mundo. O bien no paráis de llorar como niños abandonados.

Creo que nunca dejáis de jugar, siempre estáis jugando.

Como te digo, tu amigo italiano ha venido a vernos, y sí, tienes razón, es de fiar, se le ve venir de lejos y no trae con él nada malo. Es un hombre simpático, agradable y bien parecido y también es hombre de mundo, habla más de un idioma y ha leído algún que otro libro.

Mi hijo mayor, Pablo enseguida se ha hecho amigo de él, le han entusiasmado la narración de sus viajes. A todos nos ha regalado guantes, gorros y prendas hechas con ese cordero español tan bueno.

Él y Christian han llegado a un acuerdo que te contaré en una carta aparte, creo que es un buen trato para los dos.

Es una persona instruida, pero algo ingenua. Según parece todavía no le han engañado de verdad, el día que alguien lo haga conseguirá robarle hasta su mismísima alma.

Es un hombre triste, y alguien que se esfuerza y que procura constantemente disimular esa tristeza y no siempre lo consigue. Y no creo que sea por esa esclava que me cuentas. Yo no he conseguido averiguarlo, en todo caso sospecho que es al revés, se ha enamorado de ella a causa de esa tristeza.

Aunque esté en lo cierto, querido hermano, a quién se le ocurre enamorarse de una esclava a la que seguro deben haber bautizado hace cuatro días y que además tampoco debe hablar bien la lengua de su amo, ni mucho menos la de ese esposo negro con el que la han obligado a casarse.

Ha sabido congeniar con todo el mundo, sin embargo conmigo se ha mostrado inseguro y algo nervioso. Él sabía que yo sabía y tenía ganas de preguntarme cosas pero dudaba. Naturalmente he tenido que ser yo quién le preguntara a él, arriesgándome a ser indiscreta. Fue una tarde que Christian se había ido pronto.

Le dije directamente, Teodoro me ha hecho saber la existencia de Ruth, habladme de ella.

Se quedó en silenció, me miró un buen rato a los ojos, callado. Yo le aguanté la mirada, seria, severa y grave. Él también lo estaba, sus nervios habían desaparecido. ¿Os podéis levantar?, si no os importa me gustaría veros de pie, me pidió.

Me quedé un poco sorprendida. ¿Para qué?, le pregunté.

Quiero miraros entera, no a trozos.

Me levanté.

Y me miró de arriba abajo. Teodoro me ha contado que queréis mucho a vuestro esposo, me dijo sin dejar de mirarme a los ojos.

Y así es.

¿Cuánto es mucho?

No podría vivir sin él.

¿Y con un hijo de menos sí?

Sí, sin un hijo ya lo estoy haciendo, se me han muerto tres. Sin mi esposo no podría. Pero las preguntas debería hacerlas yo, ¿no?

Sin escucharme me dijo: entonces sabréis de lo que os hablo. Tomad, es ella.

Y me dio una pequeña cajita redonda en forma de medallón (*). La abrí y dentro de ella había el retrato de una mujer. Un rostro extraño, diferente, especialmente bello, insólitamente hermoso.

¿Cómo lo habéis conseguido?, ¿no es una esclava?, ¿seguro que es ella?

¡Claro que lo es!, ¿creéis que podría confundirme?

Perdonadme, pero decidme, ¿cómo ha llegado a vuestras manos?

Con dinero se puede conseguir todo, una amiga mía me lo ha proporcionado. Es una conseguidora. Sabe cómo hacer las cosas.

¿Vuestra amiga Amparo?

¿Teodoro os ha hablado de ella?

Sí, algo me ha contado, pero él no ha visto el retrato, ¿verdad?

No.

¿Por qué?

Es el retrato de una mujer, y me lo ha proporcionado otra mujer. Sólo una mujer podía ser la segunda en verlo. Él tampoco me ha enseñado a su Marta, la pintaba a escondidas de mí.

Creo que sois un exagerado.

Sí, lo soy, debo serlo.

¿Para qué?

Para ser un buen poeta se debe exagerar un poco.

Creo que confundís la realidad con la poesía.

¿No es lo mismo?

Claro que no. ¿La confundís?

Cuando se viajan ocho meses al año, solo y sin compañía de nadie durante días, y cuando has dejado, eso que llamas tu casa, al cuidado de un sirviente y un secretario, es necesario confundir el camino con uno de los paisajes que pinta vuestro hermano. Ésa es una exageración necesaria.

¿Y cuando no se viaja, cuando no te alejas más de una milla de casa, cuando siempre estás acompañada de los que amas y te aman?

No lo sé querida Silvia, quizás entonces deba uno ser preciso y exacto, medir cada palmo, cada pulgada, sin equivocarse. Esa es otra manera de cantar, exagerada y también necesaria, y tan bella como vos. ¿Sabéis que sois necesaria y bella?

Eso dicen los que me aman.

No temáis, pero yo también soy capaz de ver y apreciar vuestra belleza.

Sois un exagerado.

Sí, necesario, ¿no lo creéis así?

Sí, creo que sí, tal vez tengáis razón. Hace demasiado tiempo que no veo el mar.

Pues deberíais, el mar es el cielo.

¿Y el cielo?, ¿qué es?, ¿lo sabéis?

¿El cielo?, una exageración.

Amado Teodoro, estuvimos hablando mucho más, pero ahora necesito descansar.

Estoy contenta por ti, cuéntame más cosas de Marta y dime cómo piensas pintar la nueva Ruth. También me alegra tu amistad con Emile (…), tu párroco, ahora ya sabes que pertenece a una de las familias más importantes de Flandes, trátalo bien, recuerda bien eso y no lo olvides.

Perdóname si al principio de la carta he sido una gruñona.

Tu hermana que te quiere.

Silvia.

Sí Teodoro, cada día recuerdo a nuestros padres.


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(*) Lo que Silvia describe es algo parecido a un “camafeo.

Para ser preciso un camafeo es un relieve en miniatura obtenido de una piedra preciosa. La más habitual era la ágata, aunque se podía hacer de cualquier material. Se llevaban en forma de colgantes y en ellos se acostumbraba a representar a alguien querido. El que le enseña Saverio a Silvia es una simple miniatura pintada, las circunstancias no daban para más, y el retrato conseguido por Amparo es casi ya un milagro, milagro que sólo ella es capaz de lograr.

La fotografía que encabeza este post pertenece a la actriz mexicana Dalia Hernández, que no tengo el placer de conocer, excepto de haberla visto en “Apocalypto” de Mel Gibson.