miércoles, 14 de octubre de 2009

El peletero/Memorias de "El Gordo" (5 de 6)


16 Enero 2009

Un error en el orden de las cosas, algo así como un fallo en eso que llaman el continuo espacio-tiempo. Un problema de disposición en la forma en cómo los entes y los objetos se sitúan unos al lado de los otros y unos después de los otros. Cara a cara o de espaldas, pegados o a dos metros de distancia. Uno de rodillas y el otro de pie, o bien, uno encima del otro y el otro del mismo modo. Por turnos, al mismo tiempo o al revés. Incluso en ocasiones, uno debajo y el otro también. Es una cuestión de protocolo. Un cadáver siempre está fuera de lugar, no pertenece al mundo de los vivos. Aunque cada vez está más de moda en los buenos restaurantes la carne fría o directamente cruda, apenas aliñada. A mí me gustan los alimentos macerados, pero siguen teniendo aceptación los flambeados, es bonito ver la antorcha en tu plato. Es un faro que nada advierte, que sólo reclama tu hambre.

En cualquier caso, morirse es siempre un error, sea en la cama de tu amante, en la de un hospital, o tirado en la calle con una bala en el estómago o con el corazón reventado por un infarto tonto en mitad de una caminata dominical o sacando al perro a pasear.

Lupita mataba sin darse cuenta a sus amantes y yo le aseaba la cama como si fuera la chica de la limpieza. Barría los bajos y baldeaba los suelos. Cambiaba las sábanas, las viejas las quemaba y ponía de nuevas, recién compradas y sin olor a nada.

Y tiraba la basura sin detenerme a mirarla. Echaba todo aquello que sobraba sin prestarle atención. Hacía con ella todo un paquete informe de restos y las sobras del banquete, fueran humanos o inhumanos, animales, vegetales o simple suciedad.

Ese fue mi error, no fijarme en los detalles pequeños, porque aunque yo hiciera mi trabajo y lo hiciera bien, siempre había algo que no encajaba. Algo que sobraba o algo que faltaba.

Descubrí qué era en los dos últimos cadáveres que hice desaparecer. Fue una casualidad. Eso sucedió muy poco antes que su familia, tíos, hermanos y sobrinos, la internaran en un centro de salud mental.

Aquellos cuerpos tenían las cuencas de los ojos vacías. Alguien, seguramente ella, se los debía de haber arrancado; no logré hallarlos ni conseguí jamás que me contara qué demonios había hecho con ellos.

La lógica me hizo suponer que con los otros había sucedido lo mismo, que al igual que ésos aquellos también perdieron la vida, y con ella los ojos. Lo que no puedo saber es si esa ceguera fue antes o después de morir.

Es una mala disculpa profesional, pero he de reconocer que yo no me había dado cuenta ni apercibido de ello.

La sangre que cubría el rostro de los muertos, y la deformidad facial producida por las heridas me impedían ver con claridad los detalles. Las prisas por triturar y hacer desaparecer los restos tampoco me ayudaban a un buen análisis, yo no soy ningún médico forense, no me fijaba en los daños, no inventariaba los desperfectos como hacen los peritos de las aseguradoras de automóviles.

Sin embargo, siempre había algo que me decía que algo no encajaba, que quizás algo sobraba o que algo faltaba.

martes, 13 de octubre de 2009

El peletero/Memorias de "El Gordo" (4 de 6)


14 Enero 2009

Esa niña consentida se llamaba Lupita, y disfrutaba del gran poder que da la pérdida de memoria. Se olvidaba de las cosas y de los hechos con mucha facilidad; otros en su lugar se hubieran preocupado y hubieran acudido al médico, ella en cambio, no parecía darle demasiada importancia.

La amnesia siempre ha sido la mejor de las disculpas, no hay pecado sin recuerdo. La culpa es una evocación, es una manera de protagonizar los acontecimientos, de querer salir en mejor lugar, en uno más destacado y visible. En la primera fila de la fotografía de fin de curso. Esas macro fotografías colectivas de decenas o más de cien niños o jóvenes alineados tan juntos que parecen camuflarse los unos con los otros y en los mismos tonos de gris, de blanco y negro del retrato. Todos ellos mirando fijamente a la cámara como si fuera un anzuelo, un asidero, ese cabo que te iza, que te salva del marasmo.

Lupita era una desmemoriada y no recordaba a los que mataba, por eso era inocente, y yo su abogado defensor, su juez y su fiscal. Nunca protestaba cuando le presentaba la factura de mis honorarios y ella pagaba sin rechistar mucho dinero para seguir no recordando nada. No recordaba siquiera el color de sus propios ojos ni las cosas que ella misma había visto con ellos y mucho menos las que habían contemplado, en los últimos instantes de su vida, los ojos de ese cadáver que siempre hallábamos al otro lado de la cama.

Es curioso, al otro lado de la cama siempre hay un cadáver, siempre aparece alguien que, como si se bañara en el mar, flota apacible, dejándose mecer por las suaves olas de las sábanas, a la deriva, a punto de convertirse, no en un pez y sí en un pecio.

Cuando aparece un cadáver en tu cama, es, evidentemente, un error. No es ningún asesinato ni tampoco un crimen, es solamente un error.

sábado, 10 de octubre de 2009

El peletero/Memorias de "El Gordo" (3 de 6)


12 Enero 2009

No pasaron muchos años y el pobre padre murió. A casa me llegó, como si fuera para una boda, una invitación al sepelio que dentro de dos días su hija iba a organizar para los amigos del fallecido. Por curiosidad fui, y también porque nunca se sabe de dónde pueden venir los clientes. Al fin y al cabo un funeral es tan o mejor sitio para hacer relaciones públicas que un bautizo.

Allí estaba, vestida de un luto riguroso, de pie, recibiendo los pésames de la gente. Le sentaba bien el negro, parecía una viuda no siéndolo. Me acerqué, le di la mano y mi propio pésame. Seguía estando seria y contenida, serena y mucho más atenta. El rostro sin maquillar, sus labios limpios y sus ojos bien abiertos y grandes miraron a los míos para darme las gracias. Lo hizo de forma demasiado correcta, lo hizo sin parar de mirarme.

El funeral discurrió con normalidad, todo el mundo cumplió correctamente con su papel, incluido el muerto, pero… una vez más había algo que no encajaba.

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A mí me pagan para que nada se me escape, y algo se me escapó entonces y se me había escapado antes. Durante unos días no dormí, y algo peor me ocurrió, adelgacé un kilo. Pasada una semana dejé de preocuparme y volví a conciliar el sueño y a engordar. Hasta que un día, a media tarde y mientras dormía la siesta en la bañera como Arquímedes, hallé la respuesta. La niña que yo había visto en el funeral de su padre tenía los ojos de otro color al de la que yo había conocido, llevaba lentillas cromáticas. Sus ojos eran marrón oscuro y en el velatorio se habían transformado en un azul cielo cercano al ocaso.

Me sentí reconfortado, pero… continuaba habiendo algo que no encajaba dentro de mi cabeza, algo continuaba estando fuera de su sitio habitual.

Cuando salí a la calle me dirigí a la mejor óptica de la ciudad. Encargué un buen surtido de lentillas ópticamente neutras y de colores variados. Me las envolvieron como si fuera el mejor de los regalos, parecía una pequeña colección de diamantes, rubíes, esmeraldas, ópalos y lapislázulis para las gemas de sus ojos. Y así se lo mandé con mi tarjeta en la que le ofrecía mis servicios. Al poco tiempo recibí una nota de agradecimiento.

Durante unos meses le solucioné algún pequeño problema sin demasiada importancia, pero al cabo de un año hallamos de nuevo otro cadáver en su cama, un buen pedazo de carne que nadie sabía de dónde había salido y qué demonios hacía allí, carne muerta, claro está.

Luego siguieron más, a veces carne y otras pescado.

viernes, 9 de octubre de 2009

El peletero/Memorias de "El Gordo" (2 de 6)


9 Enero 2009

Unos días después me encargué personalmente de transportarla al que debía ser su nuevo hogar por un tiempo indeterminado. Hacíamos una pareja curiosa los dos. Yo con mi obesidad y ella, a causa de los sedantes que le habíamos suministrado, con su esbeltez de modelo de pasarela morbosamente lánguida o muerta de sueño.

El “internado” donde la encerramos era de unos amigos míos. Una perfecta simbiosis de escuela, monasterio y cárcel clandestina. Los profesores desconocían las últimas teorías pedagógicas, y gracias a ello los resultados académicos que podían mostrar a los atribulados padres rondaban el cien por cien de éxito.

Pasado un tiempo bastante largo recibí el encargo de traerla de vuelta a casa. Recuerdo que cuando la llevé, después de triturar el cadáver que habíamos encontrado en su cama, tenía el encanto de un cuerpo joven y bonito dentro de una cabeza hueca. Hacer el amor con ella hubiese sido hacérselo a una muñeca, hinchable o no, de cera o de porcelana, un buen adorno sexual, un invento. Aprietas un botón y el mecanismo se pone en marcha. Hubiera tenido algo de violación, únicamente mandarías tú. Mandar está bien si te obedecen, y un robot nunca obedece, hace lo que le dices que haga, pero no obedece.

Ahora, que la llevaba de regreso, seguía siendo joven y bonita, pero su encanto parecía ya el de una monja. Seria, contenida, sentada en forma de cuatro, siempre tensa aunque inconsistente como un palo de escoba a punto de romperse, una caña hueca. Era una flauta. Hacerle el amor también hubiera tenido algo de violación, barrer no es precisamente bailar, como soplar tampoco es lo mismo que fornicar, creo que no.

Son listos mis amigos del “internado”, pensé, consiguen cambiarlo todo sin llegar a cambiar nada. Ceñirse a la estricta realidad de las cosas siempre es una garantía de éxito seguro para que las cosas sigan siendo lo que son y no aquello que nunca pueden ser.

Sin embargo, la alegría de su padre por recibirla de nuevo le impidió ser perspicaz y no ver aquello que debe ver un padre. Yo tampoco lo vi, pero yo no era un padre y por eso mi error fue mayor. La hija que le traía de vuelta parecía haber encontrado la cabeza que nunca había tenido. Mientras me invitaba a un whisky sacó el talonario de cheques y al primer número que escribió empezó a añadirle ceros a su derecha. A la derecha del número mirado de frente. Eso me ofuscó, la codicia.

jueves, 8 de octubre de 2009

El peletero/Memorias de "El Gordo" (1 de 6)


7 Enero 2009

“Casertano me miró guiñándome el ojo:
-¡Bien le agradaría una buena sopa de ostras!
-¿Son ostras de Dalmacia?, pregunté al poglavnik.
Pavelich alzó la servilleta que cubría el cesto y, mostrándome aquellos frutos de mar, aquella masa gris y gelatinosa, me contestó, sonriendo con su habitual, bonachona y cansada sonrisa:
-Es un regalo de mis fieles ustachi. Son veinte kilos de ojos humanos.”

(“Kaputt, El ojo de cristal”, Curzio Malaparte)

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Todos me llamaban “El Gordo” cuando apenas era empleada de hogar, una vulgar chica de la limpieza. Ése ha sido mi nombre durante toda mi vida, así me han llamado siempre.

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Un padre desesperado es una buena fuente de ingresos. Un cadáver sin enterrar también. Pero una hija consentida es una fuente inagotable de felicidad.

El cadáver había aparecido en la misma cama en la que dormitaba esa hija consentida. Naturalmente, desnudos, ella y el cadáver. El escenario era el habitual con las normales señales de violencia que se dan en estos casos y que yo, por elegancia y pudor, no describiré.

Al padre le dije que aquello tenía una parte fácil y otra difícil y que ambas eran caras.

La parte fácil era el cadáver, la difícil era su hija. El padre estuvo de acuerdo.
Convertir el muerto en carne picada para perros fue sencillo. Quemar el apartamento lo fue más. Convertir a la hija en un ser consciente de que además de cuerpo también tenía una cabeza, llevó algo más de tiempo.

Yo hice mi trabajo y lo hice bien, pero había algo que no encajaba, no sé qué era, había una pieza que estaba fuera de su casilla habitual. En alguna pared faltaba algún cuadro, o sobraba algún florero en una de las mesas, o bien los protagonistas llevaban los sombreros cambiados, o quizás esos sombreros cubrían cabezas que no eran las suyas. Algo de eso ocurría, y maldita sea, no sabía qué era.

miércoles, 7 de octubre de 2009

El peletero/La poesia horitzontal/Peruco

1 Enero 2009

Quan el poeta canta és millor emmudir i escoltar, com quan em mira el pare.

Mut.

Peruco ens mirava callat

i al mirar-nos la remirava de reüll.

En ella hi veia la rosa,

en ella defallia el gessamí.

En Peruco ara dorm

i ara somia

amb aquell pètal al cabell

que un dia descenyí.

(El Peletero, 1 de gener de 2009)



Per a tu, papa.



Cuando el poeta canta es mejor enmudecer y escuchar, como cuando papá me mira.

Mudo

Peruco nos miraba callado

y al mirarnos la remiraba de reojo.

En ella veía la rosa,

en ella desfallecía el jazmín.

Peruco ahora duerme

y ahora sueña

con aquel pétalo en el cabello

que un día desciñó.

(El Peletero, 1 de enero de 2009)

martes, 6 de octubre de 2009

El peletero/La poesia horitzontal/La flor

31 Diciembre 2008

Quan el poeta canta és millor emmudir i escoltar, com quan em mira el pare.

Mut.

Perquè en el seu silenci hi som tots,

no hi manca ningú,

jo, l’Albert i la Veni,

i en Pere també,

ell és el poeta,

i ella és la flor,

i l’Albert i jo...

...som la cançó.

(El peletero, 31 de desembre de 2008)


Per a tu, mama.


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Cuando el poeta canta es mejor enmudecer y escuchar, como cuando papá me mira.

Mudo

Porque en su silencio estamos todos,

no falta nadie,

yo, Albert y Veni,

y Pere también,

él es el poeta,

y ella es la flor,

y Albert y yo...

...somos la canción.

(El peletero 31 de diciembre de 2008)

lunes, 5 de octubre de 2009

El peletero/La poesia horitzontal/Poema do Brasil

23 Diciembre 2008

Quan el poeta canta és millor emmudir i escoltar, com quan em mira el pare.

Mut.

.......................................

Sencer.

Indivisible com les hores i el dies,

compacte com les setmanes i els mesos.

Sòlid i meu.
........................................

En canvi, tu i jo, Giselle, no duràrem ni un any.

Per culpa de la matemàtica

de l'àlgebra o de la aritmètica,

gairebé no va entrar ni la clau al pany.

.........................................

Pare?, t'agrada el nom de Giselle?

I el de...?

També?

I..., pare?

.........................................

(El peletero, “Poema do Brasil”, 5 de juliol de 2008)


Cuando el poeta canta es mejor enmudecer y escuchar, como cuando papá me mira.

Mudo.
...........
Entero

Indivisible como las horas y los días,

compacto como las semanas y los meses.

Sólido y mío.
...........
En cambio, tú y yo, Giselle, no duramos ni un año.

Por culpa de la matemática,

del álgebra o de la aritmética,

casi no entró ni la llave en el caño.
...........
¿Papá?, ¿te gusta el nombre de Giselle?

¿Y el de...?

¿También?

Y..., ¿papá?

(El peletero, “Poema do Brasil”, 5 de julio de 2008)

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Però tu no eres muda.


I sí una dona que duia els cabells a mig estirar, no t'agradaven els teus, aspres, arrissats i africans, encara que tu afirmaves segura que eren americans.

Igual que el sexe que et lluïa negre, però tu deies que només fosc. Tota tu eres quasi negra com la xocolata i el carbó, la pell, els ulls, aquests cabells de fil ferro i tot el teu mugró.

Oh, essas fontes murmurantes,
Onde eu mato a minha sede,
E onde a lua vem brincar,
Oh, esse Brasil lindo igueiro,
o meu Brasil brasileiro.
Terra de samba e pandeiro
Brasil pra mim, Brasil pra mim

T'agradava l'aritmètica pura, la divisió, l'àlgebra i bàsicament la suma, però només fins a vint-i-quatre, que són les hores del dia, des de que surt fins que despunta. Aritmètica dura. Tot i que per a mi tu no eres més que la meva “una”, ni la segona, ni la que fa vint-i-una.

No eres muda, no, ni tampoc eres una roca ni un marbre de color rosa. Eres únicament un tros de runa negra extreta d'una selva verda, eres només una petita pedra torta, amb una esquerda bruta, que plena de fangs i d'humitats, acabava no sé cóm, coberta per la meva escuma i fent, mira per on, olor de pruna.

Nêga do Cabelo Duro
Qual'é o pente que te penteia?
Ondulado, permanente
Teu cabelo é de sereia
E a pergunta que sai da mente
Qual'é o pente que te penteia?...

Eres una turca, una andalusa, una mora d'ungla roja, una mora de morera, un maduixot més que una maduixa, una esclava de ruda manicura i d'aurèola curta, tota una dona que de petita ja prometia l'aixella nua i la mugronada grossa.

Estaves ben feta , ben construïda, tenies un sí i un do, un re i un fa, un sol i un la, i sobretot un mi. Ensenyaves una bona manufactura, acabada amb un agulló a la cua, a la punta, a la punxa del cigró i a la panxa senyalada per les marques d'un nadó.

Agenollada se t'eriçava el clatell i oberta et trencaves des de els peus a l'engonal, des d'el melic a l'anell. M'agradava veure't partida, de baix a d'alt, dividida en dos, en tres o en trenta-tres i jo al mig, mirant-te les estries del ventre, que havia parit a cent cinquanta-tres.

Paisatges de rius secs, de marques de focs, de petards, de mobles vells, d'alguna cosa que tenia olor a sal i gust a res.

Teu cabelo a couve flor
Tem um "que" que me tonteia
Minha nega, meu amor
Qual'é o pente que te penteia?
Misamplia a ferro e fogo
Não desmancha nem na areia

No eres muda, però...

...varem tenir, per dir-ho finament, un petit conflicte matemàtic.

Per tu només era una qüestió de temps, de cóm organitzar les hores. Era molt fàcil, em deies convençuda, i t'enfadava que jo no fos capaç de comprendre que de les moltes parts del dia me'n dediquessis només una. Des de quan s'amaga al sol fins que surt la lluna, me la donaves contenta i deies que enamorada. Tota aquesta hora era meva, tota per a mi, tota sencera i del tot sincera.

Aquesta era la teva responsabilitat que complies sempre, sense faltar mai: de portes en dins soc teva, ara bé, de portes en fora..., soc meva”, em deies segura.

“Tenint en compte que el dia té les hores que té, que te'n doni només una és més que prou i és més que massa”, repeties cansada. “Tant sols cal sumar, restar i dividir”, insisties enèrgica i d'avegades lassa.

“Les altres hores?, són pels altres, tu no n'has de fer res”, deies molesta i ofesa.

Quando tu entra na roda
O teu corpo bamboleia
Minha Nêga meu amor
Qual'é o pente que te penteia?...
Toma banho em Botafogo
Qual'é o pente que te penteia?...

No, no eres muda, ni tampoc eres puta, per això no vaig entendre mai que tantes pintes pentinessin allò que no te punta.

(“Nega do cabelo duro” Elis Regina)


Pero tú no eras muda.

Y sí una mujer que llevaba los cabellos a medio estirar, no te gustaban los tuyos, ásperos, rizados y africanos, aunque tú afirmabas segura que eran americanos.

Igual que el sexo que te lucía negro, pero tú decías que solamente oscuro.Toda tú eras negra como el chocolate y el carbón, la piel, los ojos, esos cabellos de alambre y todo tu pezón.

Oh, essas fontes murmurantes,
Onde eu mato a minha sede,
E onde a lua vem brincar,
Oh, esse Brasil lindo igueiro,
o meu Brasil brasileiro.
Terra de samba e pandeiro
Brasil pra mim, Brasil pra mim

Te gustaba la aritmética pura, la división, el álgebra y básicamente la suma, pero solamente hasta veinticuatro, que son las horas del día, desde que sale hasta que despunta. Aritmética dura. A pesar que para mí tú no eras más que mi “una”, ni la segunda, ni la que hace veintiuna.

No eras muda, no, ni tampoco eras una roca, ni un mármol de color de rosa. Eras únicamente un trozo de ruina negra extraída de una selva verde, eras sólo una pequeña piedra torcida, con una grieta sucia, que llena de fangos y humedades, acababa, no sé cómo, cubierta por mi espuma y haciendo, mira por dónde, olor a ciruela.

Nêga do Cabelo Duro
Qual'é o pente que te penteia?
Ondulado, permanente
Teu cabelo é de sereia
E a pergunta que sai da mente
Qual'é o pente que te penteia?...

Eras una turca, una andaluza, una mora de uña roja, una mora de morera, un fresón más que una fresa, una esclava de manicura ruda y de aureola corta, toda una mujer que de pequeña ya prometía la axila desnuda y la pezonada grande.

Estabas bien hecha, bien construida, tenías un sí y un do, un re y un fa, un sol y un la, y sobre todo un mi. Enseñabas una buena manufactura, acabada con un aguijón en la cola, en la punta, en el extremo del garbanzo y el vientre señalado por las marcas de un bebé.

Arrodillada se te erizaba la nuca y abierta te rompías desde los pies hasta la ingle, desde el ombligo hasta el anillo. Me gustaba verte partida, de abajo arriba, dividida en dos, en tres o en treinta y tres y yo en el medio, mirándote las estrías del vientre que había parido a ciento cincuenta y tres.

Paisajes de ríos secos, de marcas de fuegos, de petardos, de muebles viejos, de algo que tenía olor a sal y sabor a nada.

Teu cabelo a couve flor
Tem um "que" que me tonteia
Minha nega, meu amor
Qual'é o pente que te penteia?
Misamplia a ferro e fogo
Não desmancha nem na areia

No eras muda, pero...

...tuvimos, para decirlo finamente, un pequeño conflicto matemático.

Para ti solamente era una cuestión de tiempo, de cómo organizar las horas. Era muy fácil, me decías convencida, y te enfadaba que yo no fuera capaz de comprender que de las muchas partes del día me dedicases solamente una. Desde que se esconde el sol hasta que sale la luna, me la dabas contenta y decías que enamorada. Toda esa hora era mía, toda para mí, toda entera y absolutamente sincera.

Esa era tu responsabilidad que cumplías siempre, sin faltar nunca: “de puertas adentro soy tuya, ahora bien, de puertas afuera..., soy mía”, me decías segura.

“Teniendo en cuenta que el día tiene las horas que tiene, que te dé solamente una es más que suficiente y es más que demasiado”, repetías cansada. “Solamente hay que sumar, restar y dividir”, insistías enérgica y a veces laxa.

“¿Las otras horas?, son para los otros, no es asunto de tu incumbencia”, decías molesta y ofendida.

Quando tu entra na roda
O teu corpo bamboleia
Minha Nêga meu amor
Qual'é o pente que te penteia?...
Toma banho em Botafogo
Qual'é o pente que te penteia?...

No, no eras muda, ni tampoco puta, por eso nunca llegué a entender que tantos peines peinasen eso que no tiene punta.

(“Nega do cabelo duro” Elis Regina)

viernes, 2 de octubre de 2009

El peletero/Quan viatjàvem (y 3)


19 Diciembre 2008

Talla superiors eren i són les que feien servir les napolitanes, totes.

En canvi, a Sicília las dones eren diferents, més discretes, menys visibles i menys arrogants. Eren molt menys altives i caminaven menys alçades. Eren igual de belles que les altres i com algunes d’elles, anaven també sense depilar.

Sempre m’han agradat les axil•les piloses i amb borrissol, en cises amples, en aquestes que si saps mirar des del costat correcte, veus alguna cosa més que l’escot, o en tot cas veus la mateixa obertura des d’un altre angle més.

Aquella cambrera de Marinella, que ens va servir uns magnífics espaguetis a la marinera, duia una d’aquestes cises, tan amples com sobrades, eren excel•lents per a l’estiu; gràcies a elles, a l’escot i a les mateixes faldilles, les necessàries i refrescants corrents d’aire podien anar i venir, pujar i baixar en totes direccions, i ventilar de manera adequada tot allò que la seva propietària necessites airejar.

Igual o millor que ho feien les finestres obertes, amb les seves llargues cortines blanques onejant sense voler rendir-se, que purificaven l’atmosfera del Palau barroc d’en Fabrizio Corbera, descendent de catalans i Príncep de Salina, a les afores de Palerm, a finals del XIX, quan els garibaldins combatien pels seus carrers en nom d’una Itàlia que estava apunt de néixer.

L’Albert i jo ens varem passar gairebé tot un dia, tot un bon matí amb quasi tota la seva bona tarda, recolzats, sense moure’ns i mig amagats, en un portal d’un dels carrers on s’instal•lava el mercat principal a la ciutat de Palerm.

La immobilitat és sempre la millor estratègia de camuflatge i era necessari mimetitzar-nos amb l’ambient per obtenir unes bones fotografies.

No devíem interposar-nos entre la gent.

El mateix varem fer en les esglaonades que penetren dins el Ganges, a la ciutat de Benarés o Varanasi. Semblàvem uns ioguis al•lucinats, en una època en la que el hippies ja no abundaven i les masses de turistes encara no havien arribat.

Si no et mous i no fas soroll ningú et mira.

En canvi, terrabastall sí en feien aquells adolescents en aquell “Ferragosto”, 15 d’agost, molts anys després, a les quatre de la tarda en ple Agrigento que dormia tranquil•la la seva migdiada. Tranquil•la o turmentada, no sé.

Muntats en les seves “motorettes”, deambulant sense sentit, anant i venint, parant i engegant, baixant-se i no parant de cavalcar les seves sorolloses motocicletes.

L’Albert i jo ens havíem aixoplugat de la calor en el pòrtic d’una de les seves moltes esglésies barroques. Era una que donava a una petita plaça de color ocre, de terra roja. L’església romania tancada, solsament dos magres pams d’ombra ens lliuraven del sol.

Agrigento dormia, i els seus joves no tenien res millor a fer que cremar gasolina y fer soroll en una ciutat buida i empaperada d’esqueles.

Totes les seves parets, les de les seves cases, les de les seves esglésies i les dels seus palaus, com el del mateix Príncep de Salina, a la propera vil•la de “Donnafugata”, eren plenes de bitllets mortuoris, ribetejats de negre i amb la seva corresponen creu d’amunt del nom del difunt.

Eren molt diferents a les targetes postals que pintava i enviava l’Albert.

A les Espanyes les publiquem als diaris, a Sicília les pengen també de les parets.

Des d’aquells murs que quasi no donaven ombra, ni al migdia ni a la mitjanit, l’Albert disparava les seves fotografies.

I jo, des d’aquesta mateixa foscor, mirava la llum, les motorettes anar i venir, i mirava també als nois i a les noies d’Agrigento, muntats en elles, pujar i baixar, saltar i riure, anar-se’n i tornar.


TRADUCCIÓ AL CASTELLÀ

Talla superiores a ésas eran las que usaban las napolitanas, todas.

En cambio en Sicilia las mujeres eran distintas, más discretas, menos visibles y menos arrogantes. Eran mucho menos altivas y caminaban menos erguidas. Eran igual de bellas que las demás y como algunas de ellas iban también sin depilar.

Siempre me han gustado las axilas velludas en sisas anchas, en ésas que si sabes mirar desde el lado correcto ves algo más que el escote, o en todo caso ves la misma abertura desde otro ángulo más.

Aquella camarera de Marinella, que nos sirvió unos magníficos espaguetis a la marinera, llevaba una de esas sisas, tan anchas como sobradas, eran excelentes para el verano; gracias a ellas, al escote y a las mismas faldas, las necesarias y refrescantes corrientes de aire podían ir y venir, subir y bajar en todas direcciones, y ventilar de forma adecuada todo aquello que su dueña necesitara orear.

Igual o mejor que lo hacían las ventanas abiertas, con sus largas cortinas blancas ondeando sin querer rendirse, que purificaban el aire del Palacio barroco de Don Fabrizio Corbera, descendiente de catalanes y Príncipe de Salina, que vivía a las afueras de Palermo a finales del siglo XIX, cuando los garibaldinos combatían por su calles en nombre de una Italia que estaba a punto de nacer.

Albert y yo nos pasamos casi todo un día, toda una buena mañana con casi toda su buena tarde, recostados, sin movernos y medio escondidos, en un portal de una de las calles en donde se instalaba el mercado principal de la ciudad de Palermo.

La inmovilidad es siempre la mejor estrategia de camuflaje y era necesario mimetizarnos con el ambiente para conseguir unas buenas fotografías.

No debíamos interponernos entre la gente.

Eso mismo hicimos en las escalinatas que penetran en el Ganges en la ciudad de Benarés o Varanasi. Parecíamos unos yoghis alucinados, cuando los hippies ya no abundaban y las masas de turistas todavía no habían llegado.

Si no te mueves y no haces ruido nadie te mira.

En cambio, ruido sí hacían aquellos adolescentes en aquel “Ferragosto”, 15 de agosto, muchos años después, a las cuatro de la tarde en pleno Agrigento que dormía tranquila su siesta. Tranquila o atormentada, no sé.

Montados en sus “motorettas”, deambulaban sin sentido, yendo y viniendo, parando y arrancando, bajándose y subiéndose de sus ruidosas motocicletas.

Albert y yo nos habíamos guarecido en el pórtico de una de sus muchas iglesias barrocas, que daba a una pequeña plaza de color ocre, de tierra roja. La iglesia estaba cerrada, solamente dos escasos palmos de sombra nos libraban del sol.

Agrigento dormía, y sus jóvenes no tenían nada mejor que hacer que quemar gasolina y provocar ruido en una ciudad vacía y empapelada de esquelas.

Todas sus paredes, las de sus casas, sus iglesias y sus palacios, como el del mismo Príncipe de Salina en la cercana villa de “Donnafugata”, estaban llenas de billetes mortuorios, ribeteados de negro con su correspondiente cruz encima del nombre del difunto.

Eran muy diferentes a las postales que pintaba y enviaba Albert.

En las Españas las publicamos en los periódicos, en Sicilia las cuelgan también de las paredes.

Desde aquellos muros que casi no daban sombra, ni al medio día ni a la medianoche, Albert disparaba sus fotografías.

Y yo, desde esa misma oscuridad, miraba la luz, las motorettas ir y venir, y miraba también a los muchachos y a las muchachas de Agrigento, montados en ellas, subir y bajar, saltar y reír, marcharse y regresar.

jueves, 1 de octubre de 2009

El peletero/Quan viatjàvem (2 de 3)


17 Diciembre 2008

L’Albert, així es diu el meu germà, també era el fotògraf de casa en els temps de la fotografia analògica.

Tenia i encara conserva tota una col•lecció de càmeres, algunes d’elles inútils, o millor dit, inservibles ja. Com ho és una molt bona que reproduïa polaroides i que enfocava mitjançant un sistema de làser.

Inservible no per malmesa o feta malbé, si no perquè la casa Polaroid ha deixat de fabricar moltes de les seves famoses pel•lícules que donaren nom al producte.

Molt bons artistes les feren servir, des de Andy Warhol, fins David Hockney, passant per Robert Mapplethorpe i Helmut Newton.

Alguns d’ells utilitzaven unes de gegants, que també necessitaven de càmeres enormes.

En el procés autònom de revelat es podia aplicar diferents pressions a la còpia única, aconseguint al fer-ho, efectes sorprenents i molt suggeridors.

L’Albert sempre en duia tres, dues Pentax i una Minox de butxaca per a les urgències.

Fotografiava en color i en blanc i negre que ell mateix revelava en un laboratori que jo li vaig regalar.

D’allí sortiren també unes molt bones imatges de les portalades lleidatanes d’Agramunt i Cubells, que jo vaig fotografiar muntat en les espatlles del meu amic Xavier, que era i és alt i fort, i que malgrat tenir només dues cames, fou el millor trípode que ambdós poguérem improvisar aquella Setmana Santa del 76.

Ens acompanyaren les nostres amigues, la Isabel i la Paulina, encara que, sincerament, no sé per què. A no ser que fora perquè la propietària del cotxe era la segona, la Paulina, i la musa la primera, la Isabel.

Qui sap si també va ser el mateix el que va ocorre la Setmana Santa anterior o posterior, quan la Paulina ens va venir a rescatar després que la nostra tenda de muntanya quedés inundada en una vall del Montseny. Ella, la tenda, en Xavier, jo i el sacs de dormir, tots xops, per escorre, penjar i estendre.

La Paulina venia disposada a quedar-se amb nosaltres, a punt i preparada per acampar a la muntanya i a dormir entre els dos, en una tenda petita amb capacitat per a només dos.

Però l’única cosa que volíem nosaltres dos era anar-nos-en d’allí, mullats como estàvem, ens calia canviar-nos de roba i trobar un llit, còmode i sec per a dormir. Un llit per a cadascú, un llit en el que no hi cabessin tres, ni tant sols dos.

Tal vegada, al igual que la Paulina, exactament com ella, pensava també aquella vaca lletera que se’ns va quedar mirant i rumiant a un pam dels nostres nassos, mentre en Xavier i jo, acompanyats aquesta vegada de la Mercè, canviàvem, amb més esforç que encert, la roda a un Citroën 2 cavalls, en ple diluvi universal, al mig del fang i al costat d’un riu del Pirineu lleidatà.

Va ser una altra Setmana Santa d’aquelles, plujosa i destralada, ja no sé si abans o després de les altres, que també foren turmentoses i desencaixades.

Això sí, la cara de la vaca, fou la mateixa que la que se li va quedar al bigotut guàrdia civil que ens va parar unes hores després.

Amb la mà alçada, el rostre autoritari, i el fusell a les espatlles, ens va fer aturar en un control de policia instal•lat en una recta de la carretera que ens duia de tornada a casa.

Al veure’m baixar, el mostatxo se li arrissar, com si s’hagués endollat al corrent elèctric, al contemplar l’aspecte que feia la meva indumentària.

Els meus cabells llargs i les meves barbes no feien joc amb el meu vestit, l’única cosa que no s’havia mullat durant la tempesta, un pijama de color rosa intens, un pijama de la Mercè, amb puntetes blanques en el coll i en els punys, ribetejat amb sanefes i estampat amb ossets i brodat amb floretes i angelets al canesú. Era un pijama de nena tot i que la Mercè passava ja dels vint-i-sis i usava sostenidors de la talla 46, 86 o 226.


TRADUCCIÓ AL CASTELLÀ

Albert, así se llama mi hermano, también era el fotógrafo de casa en los tiempos de la fotografía analógica.

Tenía y todavía conserva toda una colección de cámaras, algunas inútiles, o mejor dicho, inservibles ya. Como lo es una muy buena que reproducía “polaroids” y que enfocaba a través de un sistema de sónar.

Digo que inservible no por dañada o estropeada y sí porque la casa Polaroid ha cerrado o ha dejado de fabricar muchas de sus famosas películas que dieron nombre al producto.

Muy buenos artistas las usaron, desde Andy Warhol, hasta David Hockney, pasando por Robert Mapplethorpe y Helmut Newton.

Algunos de ellos empleaban unas de gigantes, que también necesitaban de cámaras enormes.

En el proceso autónomo de revelado se podían aplicar diferentes presiones a la copia única, consiguiendo con ello efectos sorprendentes y muy sugerentes.

Albert siempre llevaba tres, dos Pentax y una Minox de bolsillo para las urgencias.

Fotografiaba en color y en blanco y negro que el mismo revelaba en un laboratorio que le regalé.

De allí salieron también unas buenas imágenes de los pórticos leridanos de Agramunt y Cubells . Hube de fotografiarlos subido a los hombros de mi amigo Xavier, que era y es alto y fuerte, y que a pesar de tener solamente dos piernas, fue el mejor trípode que ambos pudimos improvisar aquella Semana Santa del 76.

Nuestras amigas, Isabel y Paulina, nos acompañaron, aunque sinceramente, no sé para qué. A no ser que fuera porque la propietaria del coche era la segunda, Paulina, y la musa la primera, Isabel.

Quizás fue eso entonces y quizás fue eso también lo que ocurrió la Semana Santa anterior o posterior, cuando Paulina nos vino a rescatar después de que nuestra tienda de montaña quedara inundada en una loma del Montseny. Ella, la tienda, Xavier, yo y los sacos de dormir, todos empapados, para escurrir, colgar y tender.

Paulina venía dispuesta a quedarse con nosotros, lista y preparada para acampar en la montaña y a dormir entre los dos, en una tienda pequeña con capacidad sólo para dos.

Pero lo único que queríamos nosotros dos era irnos de allí; empapados como estábamos, debíamos cambiarnos de ropa y encontrar una cama cómoda y seca para poder dormir. Una cama para cada uno, una cama en la que no pudieran caber tres y ni siquiera dos.

Tal vez igual que Paulina, exactamente como ella, pensaba también aquella vaca lechera que se nos quedó mirando, ensimismada y rumiando a un palmo de nuestras narices, mientras Xavier y yo, acompañados de Merceditas esta vez, le cambiábamos, con más esfuerzo que tino y acierto, la rueda a un Citroën 2 caballos, en pleno diluvio bíblico, en pleno fango y en pleno Pirineo leridano.

Fue otra Semana Santa de aquellas, lluviosa y destartalada, ya no sé si antes o después de las otras, que también fueron tormentosas y desabridas.

Eso sí, la cara de la vaca fue la misma que la que se le quedó al bigotudo guardia civil que nos paró unas horas después.

Con la mano alzada, el rostro autoritario, y el fusil al hombro, nos detuvo en un control de policía instalado en una recta de la carretera que nos llevaba de vuelta a casa.

Al verme bajar, el mostacho se le erizó como si se hubiera enchufado a la corriente eléctrica ante el aspecto de mi indumentaria.

Mis cabellos largos y mis barbas de revolucionario no hacían juego con mi vestido, la única cosa que no se había mojado durante la tormenta, un pijama de color rosa subido, un pijama de Merceditas, con puntitas blancas en el cuello y en los puños, ribeteado con cenefas y estampado con ositos, y bordado con florecitas y angelitos en su canesú. Era un pijama de niña y eso que Merceditas pasaba ya de los veintiséis y usaba sujetadores talla 46, 86 ó 226.