
29 de enero de 2010

El fuego y el azar, el vaso, la jarra y unos ajos para blanquear de iridiscencias lechosas el agua.
¿Ha estado usted en África?
Me estaba tomando un café con un vaso de agua en uno de los bares del intercambiador de autocares de Zaragoza, aprovechando una muy corta parada que realizaba el que me llevaba a Madrid desde Barcelona. El edificio era el mismo de la estación del AVE, el tren de alta velocidad que unía las dos ciudades. Sentado en una pequeña mesa releía “El africano” de Le Clézio cuando una mujer se me acercó, y, sin ninguna clase de preámbulo, me preguntó si conocía el continente africano. Le respondí que de África solamente había visitado Egipto y le pregunté a mi vez si ella había estado allí.
¿Y usted?, ¿conoce África?
Me respondió que no, pero que deseaba y esperaba hacerlo pronto, que estaba ahorrando para el viaje.
Me callé y la miré, y mientras ella también me miraba caí de pronto en la cuenta que el autocar que debía llevarme a Madrid había partido ya con mi pequeña maleta en su vientre, y yo me había quedado en tierra.
Pasamos la noche juntos, hospedados y acostados en la cama de una pensión sencilla del barrio del Pilar, y hablamos del África que no conocíamos ninguno de los dos.
A la mañana siguiente leí en un periódico que el autocar que perdí había sufrido un accidente, y que la mayoría de sus pasajeros habían fallecido carbonizados.
Ella se había marchado pronto y sin despedirse, cuando desperté no hallé a nadie al otro lado de la cama.
Compré un nuevo billete y al cabo de unas horas llegué a Madrid sin mi maleta. No traté de recuperarla, supuse que debía de haberse calcinado junto con todo lo demás.

La boca y un pato colgado de la pared.
“¿Por qué tratas de controlar aquello que no puedes disimular?”, le preguntó ella con aire enojado, "pareces un pato tratando de caminar".
“Porque soy un caballero”, le respondió su marido herido por los celos.
“Eres un hipócrita”, le espetó ella.
“Estás equivocada, no me interesan las mentiras, pero me seduce la verdad”, le contestó alzando la mirada y orgulloso de sí.
“No comprendo qué quieres decir”, afirmó con aire inocente.
“Vas en busca de sentimientos como un perro hambriento tras un hueso”. Al responder, el sudor dejó de resbalarle por su rostro y se detuvo formando pequeñas gotas en la comisura de su boca que trataba de sonreír.
“¿Crees que tus palabras me ofenden?”, le preguntó su esposa, procurando que las suyas adquirieran un tono irónico.
“Claro que no, querida, ya sé que no te ofenden, solamente hay un ser en este mundo al que puedo ofender”.
“¿A quién?”
“A Jesús”, le respondió tajante y con aire tan sereno como forzado.
“No me hagas reír”, le respondió ella tocándose la enorme barriga de embarazada a punto de parir. “A cuento de qué me nombras ahora a Jesús, hace años que dejaste de ser cristiano”.
“Dejé de serlo, pero lo fui, lo fui como lo fuimos todos, no lo olvides, todos fuimos eso, cristianos”, reconoció avergonzado.
“No consigues desprenderte del sentimiento de culpa y del temor al castigo, me das lástima, esposo mío”, lo acusó ella, segura y convencida de sus palabras.
“En cambio tú te crees impune, querida mía. Ésa es una mala manera de ser libre”. Le respondió triste y decepcionado, mirando entre sorprendido y desilusionado el vientre hinchado de su esposa.
“¿Impune?, no te entiendo, soy hija de mi tiempo, nada más”. Y se fue.
(La anterior conversación es un parafraseo desordenado de extractos de conversaciones oídas en: “Syskonbädd 1782”, (“My sister, my Love), película dirigida por Vilgot Sjöman el año 1966)

Los ojos o la verdad, la raya, el gato y un perfume barato.
“Cuando se escribe, se pinta o se dibuja, cuando se fotografía, interpreta o construye, debe tratarse de decir lo importante, arrancarlo de la oscuridad y sacarlo fuera de ese terreno de penumbra y niebla en el que vive”.
Hice una pausa y la miré. Allí estaba, junto con todos los demás, la mayoría mujeres, y la mayoría mujeres mayores como ella. Viudas y divorciadas. Solamente recuerdo a un par de casadas, o al menos eso decía la ficha de inscripción que habían rellenado para poder asistir a mi seminario, “Introducción al Arte”, que una vieja escuela con dificultades económicas me había solicitado para tratar de obtener más ingresos intentando organizar cursos para adultos ociosos. He de reconocer que estaba teniendo éxito, la clase estaba casi llena.
“La esencia de lo fundamental es la oscuridad tamizada. La clave de las cosas, esa llave que abre las puertas, eso a lo que llamamos verdad, rechaza la luz, huye del iris”.
No movía ni un músculo ni tomaba notas como las demás. Vestía un traje chaqueta de cuero negro, recién comprado, de auténtica manufactura y marca Chanel, como a mí me gustaba. Tenía cuerpo para ello. Y lo sabía llevar. Era un animal.
“La verdad es inquieta, nerviosa, apenas conseguimos, con no pocos esfuerzos, que permanezca escasos segundos frente a nuestros ojos”.
Su hermoso pelo blanco se lo había cortado a cepillo, muy corto y teñido con tenues iridiscencias azules. Sus labios finos los llevaba explícitamente rojos por delante de su pálida piel. Los pendientes y el collar eran de perlas auténticas, lucía los que le había regalado su marido, fallecido dos años antes, al celebrar el 30 aniversario de su matrimonio.
“Cuando la contemplamos siempre terminamos embargados por un extraño sentimiento de revelación, de entusiasmo y de frustración también. La verdad es más poderosa que nosotros.”
Debajo de su chaqueta de cuero lucía una simple camiseta negra de algodón de Calvin Klein, sin mangas y muy ceñida. No llevaba sujetador y sus pechos, algo caídos, ni grandes ni pequeños, se marcaban perfectamente gracias a sus pezones bien formados.
“Más tarde, aparece siempre la tristeza y esa alegría inteligente que gusta, al igual que la misma verdad que la ha provocado, de permanecer escondida por entre los rincones olvidados de una estancia demasiado llena de muebles”.
Debajo de la falda de cuero enseñaba unas medias de color carne con ligueros azules. Estaba sentada con las piernas cruzadas y no llevaba bragas. Lo sabía porque yo mismo me las había guardado en mi bolsillo aquella mañana temprano, antes de vestirnos y después de la ducha que habíamos tomado juntos.
“La verdad vive entre el polvo y su fauna salvaje, esos insectos microscópicos, ácaros y toda clase de arácnidos y gusanos de medio milímetro y de medio pelo. La verdad es corta como la misma poesía, como la buena filosofía. Es escueta y simple”.
Era quince años mayor que yo, y era como a mí me gustaría que fuera una mujer, alta y bella, extraordinariamente bella, la más hermosa de todas, como lo es un reptil, como lo eran sus zapatos italianos, de caimán salvaje, como lo era su perla oscura, y su tacón alto de aguja con la punta redondeada y la suela de marfil, de colmillo de loba. Su lengua era de plata, sus ojos negros y sus uñas estaban pintadas de rojo. El color de su piel revelaba que había hecho eso que dicen que se hace cuando se hace eso que dicen.
“La poesía es la verdad del arte, en ella solamente se da aunque sea dándose a la manera de un teorema matemático o de un sexo depilado o peinado con el peine adecuado”.
La clase había terminado y el aula se había quedado vacía.
“La verdad es siempre despiadada, si no, no es verdad y sólo complacencia”.
Anillo navajo de plata con una turquesa en uno de sus dedos y un perfume barato de Killian en su piel.

La piel y otra liebre y un pájaro muertos con fusil.
Desde que su padre le enseñó el oficio de peletero supo que el trabajo manual es estimulante y al mismo tiempo una buena manera de reposar la mente y el cuerpo.
Eso pensaba al mirarla dormir en el centro de la cama. Verla recostada, con la boca entreabierta y el ojo izquierdo escondido entre los pliegues de la almohada, le producía esa sensación de guerra y paz. De olor a lluvia.
Desde el sofá donde se hallaba sentado y desnudo contemplándola, podía olerla y también ver los delicados pliegues de su axila depilada y todo su pie derecho sobresaliendo de entre las sábanas, con sus uñas bien recortadas, con su talón pálido y su tendón sonrosado y ligeramente oscuro, o sucio. Le recordaba a una liebre muerta con fusil.
Cuando trabajas con las manos raramente consigues ver la obra concluida, siempre encuentras mil maneras mejores de terminarla. Balenciaga descosía y montaba una y otra vez las mangas, el elemento más difícil en un vestido.
La piel tiene tacto, olor, color, forma y por supuesto sonido. También posee sabor, pero esa es una cualidad que solamente degustará quien se atreva a ser valiente y curioso, y no tema morder ni besar el centro del mundo.
Una piel bien curtida se adapta a tus manos, que nunca le pedirán más que aquello que solamente puede dar. Sí así lo haces conseguirás construir algo duradero aunque apenas viva un momento.
Todas la pieles tienen su anverso y su reverso, casi como si fueran un verso con su delante y su detrás, con su revés o su envés. Un buen peletero debe de estar mirando siempre la cara y la cruz, el frente y su espalda. Clavar agujas al pelo, marcar con tiza o lápiz el cuero, calcular, sumar y multiplicar, nunca restar ni llegar a cero.
Luego hay que mojarlas, dejar que la humedad las impregne, que aumenten con ella su peso y su elasticidad para después moldearlas a tu conveniencia y necesidad, la tuya y la de ellas.
Eso pensaba al ver la forma de su pecho derecho rendido, descansando, sometido y caído, con su pezón medio enhiesto y medio olvidado y retraído. Al recordarlo erecto tuvo él también una erección. Fue entonces cuando decidió levantarse, ducharse, vestirse e irse. No le dijo adiós porque dormía, tampoco le dejó ninguna nota con ningún número telefónico apuntado y mucho menos un nombre. Bajó a recepción, pagó la cuenta del hotel y pidió que le llamaran un taxi.
Sentado en los asientos de atrás pensó que al llegar al taller pondría música de Debussy mientras recortaba la chaqueta corta de astracán swakara negro, muy acostillado, como a él le gustaba y que había dejado por terminar. Que el cuello sería sin duda de visón pastel claro, quizás tourmaline y los botones de hueso, grandes, indisimulados, como tienen que ser lo botones, francos y descubiertos, casi desabotonados.


Los pies y una liebre muerta con fusil.
Cuando veas su puño salir directo hacia tu rostro deberás ladear un poco el cuerpo hacia tu derecha, lo suficiente para dejar pasar el martillo. Es entonces cuando habrás de hundir tu espada, toda tu mano y tu brazo izquierdos en su hígado, hasta lo más hondo.
Con tus dedos llegarás a tocar la pared del fondo, con la fuerza y la precisión necesarias para romperla. De esta manera tan fácil habrás ganado la partida y el cuento se podrá dar por terminado.
Antes, solamente pantomima de manos, baile de pies, un poco de cintura y de cadera y un algo de cabeza.
Movimiento de cuello para despistar a tu pareja, que siempre es, en todos los casos, pareja de baile.
Con la piel de la liebre me haré unos manguitos, tengo frío en las manos, hace siglos que no te toco.

El corazón y un faisán muerto al lado de una bolsa llena de pólvora.
¿Sabes el tiempo que hace que nadie ha entrado en esta habitación?
Antes había gente, algunos se quedaban por un tiempo, otros iban y venían, la música los mantenía siempre alegres y yo era feliz con ellos, viviendo sus vidas. Aquellos fueron unos años locos, ingenuos y excéntricos.
Después tuve que hacer reformas, cambiar la distribución de los tabiques, tirar alguna pared y levantar otra unos palmos más allá. La vacié de muebles, de libros y de trastos, y la gente se marchó.
No sé cómo, pero quedó más pequeña, medio amputada y lisiada, dejó de ser útil y la clausuré. Tapié sus ventanas, sellé la puerta y perdí la llave que medio guardé y olvidé en algún cajón.
Y ahora, no sé por qué razón, tú me pides abrirla de nuevo, eres el primero que quiere entrar después de todo este tiempo. Ya sabes que en ella no hay nada, solamente polvo seco, olor a cerrado y oscuridad.
Me dices que podemos limpiarla, pintarla y adecentarla, darle una utilidad. Aseguras que en ella cabe una cama, una mesita de noche con su lámpara, un armario pequeño en el rincón y una silla en el fondo, al lado de la ventana que da a la calle y de la que podemos colgar unas cortinas de flores pintadas.
Señalas que en la otra pared cabría un espejo y un par de cuadros, aquel retrato que me hiciste antes de conocerme y el paisaje del bosque de pinos que tanto me gusta. Y en el suelo, entre la cama y la puerta, la alfombra que compraste la otra vez, antes de nacer, aquella que es gris y azul, plata y cielo nublado, después de llover.
Me miras con los ojos húmedos y me hablas también de otros colores, del amarillo limón de mi falda, del castaño de los troncos viejos y abatidos, y del blanco inmaculado de mi blusa de algodón que quieres desabrochar.
Dices que te gusta el rojo de mi sangre y el negro que hay en el fondo de mi corazón, crees que contrastan con el color de mis cabellos rubios y con la madera clara de la silla del rincón, ésa que se parece a la que pintó Van Gogh.
Mientras te miro me sigues hablando y entre palabra y palabra me besas, y me pides que te enseñe el brillo de mi dulce rubí, y afirmas seguro que en la habitación cabemos los dos, que aunque la cama sea pequeña podemos dormir juntos y abrazados, y que envueltos el uno en el otro nos podemos besar hasta que el alba se nos lleve como al faisán, ciegos o cuerdos, vivos o muertos.

Per la dreta o per l’esquerra arribaven el Reis d’Orient. Cada dia un trosset, una mica avui, un pam demà, un, dos, tres. Tres per dos que fan sis.
El sis de gener arribaven el Reis d’Orient, venien a adorar el Deu nat, el rei nen, el de tots el primer.
Planells, mapes, maquetes, diorames i pessebres.
Joguines per a nens.
Titelles, nines i figures. L’ull de Déu veu i mira al setè dia, després de treballar i deixar-se mig món per fer.
El trenet arribava puntual després de travessar muntanyes per entre túnels de suro i molsa falsa. No era el rellotge el que donava voltes i sí el cavall de ferro al voltant de la taula abans d’anar a sopar. Per aquelles vies girava el món, per camins de metall entre estovalles de colors que sempre el duien a la mateixa estació, a casa. Els sioux al darrere, perseguint al tren, i l’etern funcionari en cap dels ferrocarrils immortalitzat en plàstic, o en plom, en un permanent gest de donar sortida al proper comboi.
Era un món en miniatura com ho és el món de veritat.
Era el meu.
Per la dreta o per l’esquerra arribaven el Reis d’Orient, un porta barba i dos bigoti.
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Traducció:
Por la derecha o por la izquierda llegaba los Reyes de Oriente. Cada día un trocito, un poco hoy, un palmo mañana, un dos, tres. Tres por dos hacen seis.
El seis de enero llegaban los Reyes de Oriente, venían para adorar al Dios nacido, El rey niño, el de todos el primero.
Planos, mapas, maquetas, dioramas y pesebres.
Juguetes para niños.
Marionetas, muñecas y figuras. El ojo de Dios ve y mira el séptimo día, después de trabajar y dejarse medio mundo por terminar.
El pequeño tren llegaba puntual después de atravesar montañas por entre túneles de corcho i musgo falso. No era el reloj el que daba vueltas y sí el caballo de hierro alrededor de la mesa antes de ir a cenar. Por aquellas vías giraba el mundo, por caminos de metal entre manteles de colores que siempre llevaban a la misma estación, a casa. Los sioux detrás, persiguiendo al tren, y el eterno funcionario jefe de los ferrocarriles inmortalizado en plástico o en plomo, en un permanente gesto de dar salida al próximo convoy.
Era un mundo en miniatura como lo es el mundo de verdad.
Era mi mundo.
Por la derecha o por la izquierda llegaban los Reyes de Oriente, uno lleva barba y dos bigote.