jueves, 3 de junio de 2010

El peletero/Quince días (15 de 23)


7 Abril 2010

Día quince.

Me asomo a la ventana y veo la cama vestida de blanco. Había llovido, las calles estaban mojadas, no pude quitarte la ropa y tú te habías vuelto a caer. Noche y día viviendo de tus senos, del sol en tus cabellos, del “no olvides que te quiero”. De la luz que entraba cada mañana por el balcón para tomarme preso sin pedirme permiso. Indiferente y sucia me iluminaba sin ninguna clase de cariño. Despiadada y sin darle pena no mostraba tampoco ningún interés por el sin sentido de no tenerte conmigo. No veía que en cada abrazo y en cada beso interminable que nos dimos, tus dedos dibujaron en mi espalda un par de copas vacías, que, sin el agua ni el vino de Πάτρα, convirtieron nuestro amor en un nuevo callejón sin salida ni destino. ¿Cómo hacerte mía al recordar que nunca lo fuiste?, ¿solamente con el frío de tu cuerpo tendido en el suelo y encima del mío?, ¿sin imaginar el cielo?, dime, ¿de quién debo tener celos ahora?, ¿de aquellos que tuvieron tiempo? ¿Cómo puedo vivir si tus labios continúan siendo todavía los míos?, ¿de qué puedo hablar si ellos me siguen contando cosas de ti? Hace mucho tiempo que no me pido perdón ni consejo, ni consigo saber ni decir nada de nada, y mucho menos nada de mí. Ya no puedo soñar contigo, amor mío, ni logro vernos jugar desnudos entre aquel espejo y la esquina, entre la arista y el filo de tu vientre de sirena vacía y vana. En nuestra escalera de madera, con tu cola de medusa rota que peinaba tu cabeza de mujer loca, perdí la mía, mi cabeza y toda mi boca… cana. (3)

miércoles, 2 de junio de 2010

El peletero/Quince días (14 de 23)


31 Marzo 2010

Día catorce.

Me estaba muriendo y deliraba entre sus guantes de terciopelo blanco.

La morfina no humeaba ni el hospital se encontraba en Shangai.

Sus manos sin dedos no podían asir mi pene, su boca sin lengua se mantenía callada y su sexo era una calle cortada como si fuera una sirena, una mujer con cola de pez.

Nunca me creí lo que me contaba, no era fiable, me decía a mí mismo, ella no sabía nada y yo solamente soñaba y fantaseaba.

No sabía nada de mí ni nada de ella, no sabía nada de nada. No deben quererme así. No quiero que nadie me ame como si sólo fuera el chico de ayer. Yo quería dormir contigo y tú no querías dormir sola, esa es la verdad y esa es la diferencia, siempre te acostabas a mi lado sin saber por qué. (3)

Nunca te lo perdonaré.

martes, 1 de junio de 2010

El peletero/Quince días (13 de 23)


29 Marzo 2010

Día trece.

Mi enfermera solamente tiene un defecto, es joven, pero posee tres grandes cualidades, es inteligente, es sensible y es también bondadosa.

Así que ha entendido perfectamente el significado de mis lágrimas y mi desasosiego al pensar en Vincent y en su habitación deshabitada. Ha comprendido de una manera profunda el significado estético de la soledad y la nada y el vacío de un paisaje desolado.

“Las trampas necesitan un cebo, ¿cuál usas tú?”, le he preguntado cuando he presentido que iba a levantarse para irse.

- Yo no sé preparar trampas, ¿puede enseñarme usted?- me ha respondido apretando más fuertemente la mano que me asía.

- Serás una buena alumna- le he dicho al notar esa presión.

En realidad no puede saberse nunca qué piensa una mujer, qué pasa por su cabeza. Siempre he creído que la vida de un hombre no debe estar sometida a su influencia, ha de desarrollarse de manera independiente si quiere tener una existencia emancipada y libre. Creativa.

Un hombre debe vivir solo, la convivencia con una mujer lo somete a la prole y al heroísmo cotidiano.

- ¿De verdad cree eso?- me ha preguntado- ¿seré una buena alumna?

- Claro que lo serás, buena alumna sin duda, luego no sé.

- No me tome por lo que no soy.

- Sólo te tomo por una mujer curiosa, inteligente y perspicaz, ¿a quién necesitas engañar?, dime.

- Aparte de a mí misma a uno a quien amo.

- ¿Para qué?, ¿no lo amas lo suficiente?

- Es él el que no me ama igual.

- Si eso te importa es que no lo amas bastante ni bien.

- ¿Ni bien?

- Ni bien.

- Lo amo trece veces bien.

- Entonces te faltan dos para llegar a quince, con eso es suficiente, no es necesario acercarse a cien.

lunes, 31 de mayo de 2010

El peletero/Quince días (12 de 23)


26 Marzo 2010

Día doce.

He de confesar que ella no era ninguna muchacha, no era esa mujer que he descrito mucho más joven que yo, casi una niña.

He mentido.

Veinticinco años son muchos, demasiados, he exagerado, nunca sé contar el tiempo que pasa y me confundo, tal vez nos separaban solamente quince semanas.

Quizás fueron quince instantes, todos los que no compartimos.

Es posible que fuera ella la mayor y yo el alumno adolescente que asustado aprendió en su cuerpo un par de cosas.

Dos nada más.

Una que no hay nada que aprender y la otra que no hay que revelar ese conocimiento jamás.

- Respóndame, ¿a qué se refiere cuando habla de trampas?- me ha pedido de nuevo mi enfermera con tono autoritario.

Entonces me he puesto a llorar.

Al verme, la pobre muchacha se ha turbado y no ha sabido qué debía hacer ni cómo comportarse.

Después de un buen rato sollozando se ha sentado a mi lado, en el borde de la cama, y me ha tomado una mano. “¿Por qué llora?”, me ha preguntado.

- Creo que Vincent murió hace tiempo- le he respondido- y la habitación de Arlés debe de estar vacía, ya nadie pinta girasoles ni sillas de madera clara en ella.

Cuentan que todo aquello que no se puede pintar de memoria no se puede pintar y yo dudo entre recuerdo y reconocimiento, no consigo saber si de verdad logro pasar del segundo al primero.

“¿Se puede vivir sin pintar?”, le pregunté un día a Van Gogh. “Por supuesto que no”, me respondió, “al menos no con dignidad. Hablamos de vivir, no de sobrevivir, ¿verdad?”, me preguntó a su vez.

- ¿En qué consiste la pintura?, Vincent.

- En elegir.

- ¿El qué?

- El color.

viernes, 28 de mayo de 2010

El peletero/Quince días (11 de 23)


24 Marzo 2010

Día once.

Hoy la enfermera me ha lavado como si fuera un bebé.

Mientras me enjabonaba le he hablado de las mentiras que contaba Stendhal y que tan dulcemente nos narró Stefan Zweig en la biografía que escribió de él.

Me ha sorprendido alegremente descubrir que había leído el libro y que sabía de memoria la obra de ambos.

Hemos tenido una ligera aunque muy interesante conversación literaria que me ha permitido ahuyentar la vergüenza que ya no me queda, pero que deseo pensar que aún conservo.

Le he confesado a mi enfermera que me gustaba encontrar su sexo tan húmedo como su boca en aquella escalera que no subía ni bajaba, y al oírme me ha sonreído.

“Estése quieto”, me ha reñido, hablándome de usted, “que se va a caer de la cama”.

Le he contado también las mentiras de mi joven amante. Todas las que he podido inventar, incluso las ciertas.

Se me ha quedado mirando, escuchando atenta la narración de cada una de ellas.

- ¿Cuándo se dio cuenta de que mentía?- me ha preguntado.

- Siempre lo supe, desde el primer día- le he respondido con firmeza y muy seguro de mí.

- ¿Cómo se sabe cuando alguien miente?

- La respuesta a esa pregunta tiene un precio que tú todavía no puedes pagar- le he soltado como si tal cosa.

Al oírme ha abierto los ojos, sorprendida y algo ofendida.

- ¿Por qué no?

Me he callado y he ladeado la cabeza hacia la ventana por la que entraba la luz de un día radiante. Ha sido como una bofetada.

- Dígame- ha insistido- ¿Por qué no puedo pagar ese precio?

- ¿Sabes preparar trampas?- le he preguntado sin mirarla.

- ¿Qué?, ¿trampas?, ¿de qué está hablando?

miércoles, 26 de mayo de 2010

El peletero/Quince días (10 de 23)


22 Marzo 2010

Día diez.

El caso es que debería ir a Arlés para recuperarla y traerla al Hospital, de paso aprovecharía y visitaría a Vincent, hace tiempo que no nos vemos, él no es un hombre que use de teléfonos móviles ni de Internet, en realidad no utiliza ni siquiera una simple y antigua máquina de escribir que le regalé. Escribe y pinta a mano.

Nos tomaríamos unas cuantas cervezas, hablaríamos de pintura, y por la noche nos iríamos al burdel.

A la mañana siguiente, antes de salir el sol, me acercaría al mar, me bañaría desnudo viendo amanecer, y me sentiría lejos de todo que es una manera curiosa de tenerlo y verlo todo al mismo tiempo, como cuando te mueres y llegas a ser Dios.

Pero creo que no podré ir, no me han dado permiso para levantarme.

“Te advierto”, aseguró señalándome con su dedo índice, “que durante estos quince días no vamos a salir de tu maldita cama excepto para lo imprescindible, te ataré a ella y no me despegaré de ti”.

Cuentan que es mejor morirse en una cama, y creo que lo dicen porque no saben qué es morirse en el suelo.

Todos lo temen, pero siempre son preferibles las baldosas frías que los colchones mullidos, su dureza y frialdad te empujan a la vida.

No hay nada peor que la comodidad para vivir y morir.

“Cuando veas que agonizo sácame de la cama y tiéndeme en el suelo quiero empezar a sentir la frialdad del otro lado, del otro lado vacío de la cama”.

Supongo que afirman eso porque casi todo el mundo tiene la comodona y burguesa costumbre de hacer el amor acostado en una de ellas.

Con mi amante joven lo hacíamos de pie. Yo le levantaba las faldas y le bajaba las bragas y ella a mí los pantalones y los calzoncillos, y así, apoyados en una esquina, nos amábamos. Hacíamos más cosas, pero a mí me gustaba ésa, de pie y vestidos, con la ropa bajada y en un rincón los dos, en una esquina cualquiera del pasillo o de la habitación.

No había penetración, solamente una dulce y apasionada masturbación mutua.

Luego, sentados en una escalera, le abría las piernas y la besaba.

martes, 25 de mayo de 2010

El peletero/Quince días (9 de 23)


19 Marzo 2010

Día nueve.

Todo lo anterior tampoco es cierto, la única verdad es que fui vanidoso. Pensé presuntuoso que ella era un saco vacío y que estaba por llenar, pero me equivoqué, como en otras muchas ocasiones también confundí ignorancia con soledad.

Y la soledad no se llena ni se cura.

Aunque la ignorancia tampoco.

De la misma manera que no se puede engañar a un hombre honesto no se puede enseñar al verdadero ignorante.

El caso es que ahora, que me estoy muriendo, pienso que la soledad era la mía y no la de ella, igual que la ignorancia, el tonto y el inculto era yo y no mi joven amante.

Esa conclusión no es el resultado de una elaboración ardua o compleja, no lo es. Simplemente me doy cuenta que me estoy muriendo solo, en una habitación de hospital vacía si no fuera porque la ocupo yo.

La realidad es que nadie viene a visitarme, ya no ejerzo de anfitrión.

Aquí, en el hospital, la cama es algo más ancha, pero el suelo es también mucho más duro, igual que el colchón.

Le he pedido a la enfermera que me deje colgar un pequeño cuadro que pinté hace tiempo, son las copas de unos árboles llenos de sol que titulé “El sol del platanero”, en recuerdo de “El sol del membrillo” de Víctor Erice, película en la que retrataba a Antonio López en la misión imposible de atrapar el tiempo usando el color.

La mía era una pintura que adornaba una de las paredes de la habitación que durante unos meses ocupó Van Gogh en Arlés, Francia.

La enfermera me ha mirado de una manera extraña, pero me ha dado permiso para colgarla.

lunes, 24 de mayo de 2010

El peletero/Quince días (8 de 23)


17 Marzo 2010

Día ocho.

En realidad fuimos amantes a intervalos cortos durante todo el resto de mi vida a partir del día que la conocí. A plazos, como si pagáramos una hipoteca. A veces la confundía con otras, me equivocaba de nombre cuando estábamos juntos.

Ella siempre afirmaba que supe seducirla, que fui hábil, incluso aseguraba que me amaba.

Me lo creí, pero después llegué a una convicción extraña, falsa, egoísta y perversa, malvada, y que no puedo confesar en público: yo era lo mejor que ella conocería jamás sin llegar a darse cuenta nunca de ello.

Parece una presunción vanidosa, pero era cierto.

¿Qué le gustaba de mí? Lo ignoro, ¿quizás mi cama estrecha y mi suelo forrado con una falsa alfombra persa?

Tal vez lo que le agradaba es que yo no era nadie y al no serlo cumplía perfectamente con mi función de padre, amigo y amante imaginarios, pero aseguraría, apostaría por ello, que solamente llegué a hermano o a primo incestuoso, y, como máximo, a compañía de conveniencia. Siempre he sabido dar consejos.

Repetía muy segura que le gustaba mi actitud y la buena predisposición que le demostraba cuando hacíamos el amor.

Me gustaba oírlo, parecía una frase halagadora, pero a mí se me quedaba el cuerpo raro y el corazón descolocado, más descentrado de lo que siempre lo he tenido, ¿qué otra cosa podía demostrarle de forma sincera, apasionada y amorosa? Parecía tan natural y espontánea al expresarlo que al oírla me avergonzaba yo de ella y de mí, y me ruborizaba como un chiquillo inexperto e ignorante.

No logré enseñarle nunca nada. Esa fue también una paradoja dolorosa, me desconcertaba que no aprendiera de mí y sí de otros a los que solamente conocí de oídas y mal. En ocasiones jugaba a ser una niña-mujer y había días que veía en ella a una anciana, rendida y agostada.

sábado, 22 de mayo de 2010

El peletero/Quince días (7 de 23)


15 Marzo 2010

Día siete.

Era una muchacha prudente y educada, nunca hacía mención a la diferencia de edad que nos separaba, pero tenía razón en afirmar que mis visitas jamás regresaban, ella misma era una buena prueba de ello.

Me costaba reconocerlo, no quería admitir mi fracaso reiterado como anfitrión. Siempre sucedía algo que las hacía partir como gatos escaldados.

Es posible que fuera mi cama demasiado estrecha, la gente se cansa de caerse de ella, a nadie le gusta darse de bruces, cada dos por tres, con el suelo por más alfombrado y tapizado que esté.

Mi joven amiga siempre tuvo todos los amantes que deseó, los conseguía con facilidad al estar predispuesta a ello. A una mujer le es fácil encamarse con quien desee si no le importa la convención burguesa de la reputación. Esa es una de las cosas que pocos hombres aceptan como señal inequívoca de una clase muy especial de superioridad respecto a ellos, es un rencor de género, la envidia del débil y del que sabe que, en el fondo, nunca manda ni elige. ¿No hay hombres que eligen? No, los hombres no eligen, hay mujeres que siguen a algunos hombres, que es muy distinto. Y ésa es también una clase de superioridad muy especial y diferente de la de ellas, muy diferente.

En todo caso y, aunque luego le quedara un regusto chocante, disfrutaba de sus amantes, o eso afirmaba con una simpleza un tanto infantil. La amargura y el vacío que seguían a continuación también formaban parte del guión y de la lógica de las cosas, las lágrimas que derramaba y algún que otro desconcierto psicológico iban en el mismo paquete, parecían un adorno necesario, una especie de colofón. Pero todo eso no tiene ninguna clase de importancia, ya no.

- El próximo día, uno de noviembre, cuando se hayan ido esas visitas que esperas, me encontrarás tal y como Dios me trajo al mundo dentro de la bañera de tu casa- me dijo con su típica resolución de mujer decidida y mostrándome la mejor de sus caras. Solamente tienes que desnudarte y meterte dentro tú también- añadió- pero si te da pereza despojarte de la ropa entra vestido, me da igual, aunque te agradecería que al menos te quitases los zapatos.

- Siempre lo hago, nunca me baño calzado, acostumbro a lustrarme las botas con betún y los pies con jabón, no al revés, querida mía- le respondí esforzándome en parecer simpático y en lucir la sonrisa de mi padre, que era sin duda mejor mucho que la mía.

viernes, 21 de mayo de 2010

El peletero/Quince días (6 de 23)


12 Marzo 2010

Día seis.

Aunque terminamos siendo amantes de nuevo, como en alguna que otra ocasión, la conversación anterior no existió ni tuvo nunca lugar, es un puro invento mío para imaginar que ella me amaba y fantasear con su deseo de mí. Quería pensar que seguía buscando la rosa que un día le entregué cuando se acostó en mi cama por primera vez.

En cambio, el final sí fue el que mordazmente anticipó mi joven amiga, y que describo a mi manera en ese diálogo tan teatral y melodramático.

Me quedaba ya poco tiempo de vida, mi rosa había muerto.

También era cierto que nos llevábamos veinticinco años, que ella todavía no había cumplido los treinta y tres y que yo me acercaba peligrosamente a los sesenta.

Estaba casada y a su marido le contaba pocas cosas de su vida.

Otro hecho verdadero es que me pidió prestado el libro de la Duras y que nos habíamos conocido quince años atrás, en Grecia, cuando ella solamente tenía dieciocho, en uno de mis viajes y en una cama estrecha.

- ¿Qué no entiendes del poema de Yeats?- me preguntó un día.

- No comprendo qué pretende decir la mujer cuando exclama que: “Mas cuando esta alma del cuerpo se despoje, y desnuda vaya a lo desnudo, aquél a quien halló encontrará allí dentro lo que ningún otro conoce, y dará lo suyo y tomará lo suyo y regirá por derecho propio; y aunque amó en el dolor, tanto se aferra y se cierra, que ningún ave diurna osará extinguir tal deleite”. ¿Qué entiendes tú?

- Que su joven amante la reconocerá de entre los muertos, y que esta vez no la dejará partir ni nadie se atreverá a interrumpir la unión.

No es excusa para ninguno de los dos afirmar que parecía mayor de lo que era y que a mí todos me hacían más joven, quince días más joven para ser exactos. De todas maneras tampoco hay que pedir disculpas, nadie cometió ningún crimen, los dos nos comportamos como las personas adultas que en realidad éramos aunque ella tuviera dieciocho años y yo solamente cuarenta y tres.

Que ambos nos cayéramos de la cama repetidas veces fue debido solamente a su estrechez y a eso que llaman pasión erótica, fogosidad que no presta la atención debida al tamaño de los lechos y que rebosa como un vaso cuando se derrama.