lunes, 10 de septiembre de 2012

El Peletero/El oso varado


 
Hemeroteca Peletera

El oso varado

Hace unas semanas empaquetaba trastos, ahora, sin embargo, los desempaqueto. No sé que es peor. El 23 de julio pasado, a las doce de la noche, cerraba una puerta, llamaba a un ascensor y no miraba atrás. Entre un hecho y el otro han sucedido muchas cosas, todas ellas trascendentes, que he disimulado, frente a los que me rodean y de la mejor manera que he podido, imitando a un oso marino varado en una playa.


Ha sido una buena actuación en la que me han ayudado un pollo con arroz y garbanzos, unos pezones duros y un divorciado con ganas de volver a ver a su ex mujer.


Treinta y tantos días de vacaciones, todos juntos, suman demasiados para los tiempos que corren, parecen, y lo son, un verdadero lujo asiático. No obstante, el único placer que le puede quedar a alguien que ha quemado sus naves, y sabe que no habrán más playas ni más barcos, es resignarse,  tumbarse en el césped, no hacer nada y dejar transcurrir el tiempo mientras oye a sus conciudadanos conversar de manera distendida en la orilla de una piscina a la que se le agota su presupuesto municipal. Escuchar confidencias no es fácil, lograr pasar desapercibido, o conseguir la confianza del otro que te muestra su miedo, tampoco, explicarlas después, sin delatar a sus protagonistas, mucho menos.


Dice Vinicius de Moraes que "la tristeza no tiene fin, que la felicidad sí", y una forma de ahuyentar la primera para que la segunda perviva es la de recrear el
Edén y en su defecto el "el baño, la sauna, la terma, la piscina, el solarium, la playa, el harén. Lugares de reunión y placer y por supuesto también de intriga y conspiración." (El peletero jardinero)

Mi piscina municipal forma parte claramente de esa lista
, es un aceptable remedo edénico en el que se escenifica un simulacro de felicidad primordial a través de la desnudez del cuerpo que las playas nudistas llevan al extremo, y una parodia fundacional de la política a través de la charla y la gastronomía, incluso el agua es también un elemento purificador como el fuego, en cada baño en la piscina hay un bautismo, un nuevo comienzo, un renacimiento no siempre logrado.

Jorge Wagensberg se preguntaba el año 1984, gracias al éxito de la cibernética, que:


“¿Podemos construir conocimiento prescindiendo del aporte de información del mundo real? No podemos sacrificar el flujo de información pero sí el que esta se refiera al mundo real. Podemos, en efecto, inventar otro mundo. Y dejar para más tarde la discusión de su parecido con el real. (…) En el mundo simulado podemos (volver a) observar y experimentar a nuestro antojo. Los límites del mundo real han sido burlados. Y con la nueva información podemos construir nuevo conocimiento que ofrecer a la crítica”.  (Jorge Wagensberg, "La simulación del mundo". La Vanguardia de Barcelona, domingo, 5 de febrero de
1984)

(...) tiesto, balcón, o ventana, con flores, almunia, huerto, patio andaluz, árabe o romano, jardín trasero, claustro, jardín francés, jardín inglés, jardín japonés, jardín zen, jardín botánico, jardín laberinto, jardín místico, jardín poético, jardín secreto, jardín colgante, jardín persa, invernadero, parque, camino o calle arbolada, área de descanso de una autopista, cementerio, campo de golff, (...) la corona fúnebre, el florero, el ramo de flores o la flor en el pelo y la flor en el ojal, o una coloreada fuente llena de frutas.


El jardín, como sabemos, está en el principio y parece estar también en el final, donde el pollo con arroz y garbanzos, los pezones duros, la casa, la cabaña, la tienda, la cueva y el féretro son sólo pasos intermedios. La topografía, como el sexo y la gastronomía, es una disciplina científica que, al aliarse con la arquitectura para sustituir la naturaleza por el paisaje, inventa el jardín. De toda la lista antes relacionada, si tuviéramos que escoger alguno de ellos según nuestras preferencias, elegiríamos el francés y el secreto.


El jardín francés es el más urbanizado de todos ellos, es el que menos imita a la naturaleza y es el que más obra de ingeniería necesita, el más artificial y por el ello el más verdadero,  fuentes, surtidores, canalizaciones, escaleras, miradores, terrazas, pérgolas, balaustradas, grupos escultóricos. Mucho seto, mucha gravilla y poco césped. Y también tiene, según su tamaño, paseos y avenidas. Por todo ello, cuando está mal cuidado y abandonado y las aguas de sus estanques están encharcadas y mohosas, su atractivo aumenta tanto como lo puede hacer una ruina arqueológica invadida por la hiedra. Es en este instante preciso de metamorfosis cuando el jardín puede convertirse en jardín secreto. (El peletero jardinero)


En el imaginario catalán existe “la caseta i l’hortet”, la casita y el huerto, que los norteamericanos han perfeccionado en sus suburbios de los extrarradios y que ahora todos imitamos.


En "Blue velvet", David Lynch nos retrata ese típico jardín de una casa convencional de suburbio norteamericano de clase media. La cámara recorre el césped, se adentra en una selva desconocida como si nosotros mismos hubiéramos disminuido de tamaño igual que "El increíble hombre menguante".  A medida que el foco se cierra aparecen seres extraños, monstruos y restos humanos devorados por las hormigas y escondidos en esa vegetación en miniatura: el césped, que representa la felicidad al alcance de cualquiera, un paraíso terrenal debajo de nuestros zapatos. La escena termina con el protagonista, que regaba también el jardín, tirado por el suelo sufriendo un infarto cardíaco mientras el perro de la familia bebe del agua de la manguera caída que brota como un manantial.


En otro de mis blogs preferidos he leído, hace unos días, un relato muy inquietante de John Cheever,El gusano de la manzana”. El cuento empieza de la siguiente manera:


“Los Crutchman eran tan felices, tan extraordinariamente felices, y tan moderados en todas sus costumbres, y todo lo que les pasaba les parecía tan bien que uno se veía obligado a sospechar la existencia de un gusano en su sonrosada manzana, y a imaginar que el llamativo color de la fruta no tenía otro objeto que esconder la gravedad y la extensión de la enfermedad.”


El narrador no llega a creerse que tal felicidad y perfección puedan ser ni posibles ni verosímiles, por ello trata, a lo largo de todo el relato, de desenmascarar el engaño. Sin embargo, su esfuerzo será en vano y su fracaso rotundo.


Al final no tendrá más remedio que aceptar las evidencias y los hechos: los Crutchman son verdaderamente felices y se aman entre ellos sin dobleces, incluso debe reconocer que el gusano, quizás, se encuentra en el ojo del espectador que no quiere, o no sabe, ver la excelencia, la alegría y la bondad de la vida feliz. ¿Es así?


Hablando de felicidad y de días, en uno de ellos de agosto me quedé solo en una casa ajena, dueño y señor un día y medio escaso, fue el momento más feliz de mis vacaciones asiáticas. Logré convertirme en monje, alguien refugiado en sí mismo y autosuficiente que no necesitaba a nadie. Durante treinta y seis horas me sentí libre y protegido, salvaguardado y lejos del exterior. ¿Protegido de qué?, ¿de quién? De los demás, de la gente feliz y desgraciada, y de las hormigas que devoran los miembros amputados que las personas van perdiendo, sin darse demasiada cuenta de ello, en sus jardines y huertos, en sus alfombras y moquetas. La felicidad es un osario, una colección y una amalgama indescifrable, como las conversaciones de piscina, de ecos y exvotos.


Hace un tiempo yo mismo, en el primer post de esta hemeroteca, recordaba las partes de mi cuerpo que no podía llevarme conmigo y que había de abandonar como ofrendas o tirar en los estupendos contenedores de basura del Ayuntamiento de Barcelona. Si no recuerdo mal eran “los ojos, las manos, el labio superior, los dos testículos y la pierna derecha”.


Cualquiera sabe, o debería saber, que el sexo se encuentra en la cabeza más que en los genitales, pero todo tiene un límite y los cuerpos necesitan, al igual que los cerebros, neuronas y sinapsis, manos que los acaricien y ojos que los miren y yo no tengo nada de todo eso. En esa situación tan penosa cualquiera comprenderá que no disfrute del amor de las mujeres, ni de los hombres, todo el mundo prefiere, yo mismo también, a alguien más entero que en lugar de querer parecer un oso marino simule mejor ser un delfín acrobático y sonriente. No se lo reprocho, nadie precisa a un tullido, alguien raro, vehemente, melancólico y taciturno que se debate en dilemas insolubles sobre si la felicidad es una máquina mental, un plató o una tontería.


Pero los delfines no se pueden pescar en nuestras aguas, están protegidos por leyes que quieren hacernos felices, más parecen un invento de Walt Disney que un animal carnívoro. El que desee a alguien a su lado con la piel plateada, reluciente y brillante, con los ojos grandes y luminosos, saltarín y juguetón, tendrá que contentarse con un bonito del norte que, dicho sea de paso y como su nombre indica, tampoco es feo.


Una de las primeras películas de la historia de la cinematografía, “El regador regado”, que Louis Lumière rodó en 1895, retrataba a un hombre burlado mientras regaba con una manguera un jardín. Era una broma inocente y sencilla, un niño escondido pisaba la goma impidiendo al agua salir. Cuando el regante trataba de averiguar qué sucedía, inspeccionando la manguera por su abertura, el muchacho la liberaba levantando el pie, mojando y empapando de manera imprevista al pobre regante.


En este sencillo cuento encontramos a los tres protagonistas básicos de la caída edénica. El regador es Adán y Eva en uno solo, la manguera es la serpiente, y el niño es Dios. ¿O el orden es otro?


En el Paraíso los árboles sí que son una simple opinión, en cambio, los arroces con pollo y garbanzos, los pezones duros y los divorciados añorados, no.

viernes, 31 de agosto de 2012

El Peletero/Un sabor extraño



Hemeroteca peletera.

Un sabor extraño.

“El verano de 1974 ha sido el primer verano triste en España desde hace muchos años. Un verano con menos turistas, muchos menos que otros años, algunos menos de los que se esperaban. La postal turística y soleada del país se está quedando desierta. Se le han borrado las tintas. El mar del otoño borra en la arena la huella perdida de la última turista. ¿Y ahora qué?”. (“Adiós al turismo. Un ensueño que se acaba y una industria que languidece”. Francisco Umbral. Destino, 12 de Octubre de 1974)

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Ha cambiado el tiempo, ha llegado algo de fresco y la luna vuelve a crecer majestuosa.

Mientras la contemplo, seducido por su blancura, me sigo bañando en la piscina municipal, imperturbable. Igual que un oso adormilado y saciado escucho, de pasada y de forma disimulada, conversaciones ajenas sobre recetas culinarias tradicionales y modernas, política revolucionaria de salón, dilemas pedagógicos sobre la educación de los hijos de los demás, o, incluso, intimidades matrimoniales que auguran grandes desastres y decepciones.

Muy cerca de mi toalla, en la parcela de al lado, un hombre le confiesa a otro que su mujer, que ha de viajar mucho por razones de trabajo, siempre se depila cuando ha de irse, es entonces, dice, cuando va a la peluquería, se pone guapa y se hace la manicura, en cambio, a la vuelta está cansada, agotada, de mal humor y no quiere más que dormir... sola. Al amigo, que lo está escuchando, se le queda una cara de circunstancias y le pregunta si antes, en los primeros años de casados, hacía lo mismo o todo lo contrario. Le responde que al principio se depilaba al regresar a casa, se ponía guapa para mí y su rostro reflejaba la alegría de verme de nuevo.

Un poco más allá hay otro grupo de amigos que bromean entre sí, se lanzan puyas de manera simpática buscando siempre el ingenio de la réplica. Según parece, y oigo decir, al pollo con arroz le quedan muy bien unos cuantos garbanzos de compañía y adorno. Uno de ellos, divorciado de no hace mucho, pide información a los demás, necesita un hotelito coquetón para llevar a una amiga; la muchacha, les cuenta, vive lejos y está dispuesta a recorrer mil kilómetros para estar con él. Los demás lo felicitan por su suerte, pero alguien quiere saber si esa amiga es más joven y más guapa que su ex mujer. Otro, añade maliciosamente que es importante y conveniente que su "ex" lo sepa. ¿El qué? Que hay que poner poca cantidad de garbanzos, sólo para que el arroz no aburra, y también que te acuestas con una mujer más joven y más guapa que ella. ¿Por qué es importante? Porque es conveniente. ¿Para qué es conveniente?, lo es para que sea importante y para que el arroz no se pase tampoco. ¿Para quién? Para los tres, naturalmente: para el pollo, el arroz y los garbanzos. Hay quien comenta, además, de manera burlona, que siempre hay, desgraciadamente, alguien, más guapo y más joven que uno, que está dispuesto a recorrer miles de kilómetros para pasar una noche con tu ex pareja. El comentario ha tratado de ser cómico, gracioso, pero nadie lo toma como tal, en lugar de reírse, o de seguirle la corriente, el grupo se queda en silencio sin saber qué decir.

La conversación languidece tontamente junto con la tarde y el sol que enrojece en el horizonte envuelto en nubes amenazadoras. Algunos explican que les contaron aquello de lo que hablaron al decirles el otro día que les dijo la sobrina de la tía de la madre de la vecina que no, en cambio, a su cuñada, que pasaba por allí cuando iba a comprar una silla para subirse a la mesa de la ensalada le dijeron que sí, que estaba muy rica junto con la subida del IVA de su hijo que tenía una novia mayor que él que le decía que era un bobo que no distinguía entre pares y nones, arroz y garbanzos, abuelas o tatarabuelas hartas de serlo al salir de misa ayer con un amigo cura que sermoneaba algo que nadie entendió y que le preguntó, enfadado y de paso, a la vecina de la sobrina de la prima, por el pollo al horno del viernes, sin arroz ni garbanzos, el viernes de la otra semana, claro está, que le llevó, ya horneado, con un poco de pulpo, otro cura mucho más guapo, que no era el anterior, a su nuera al salir de mala gana del bar muy enfadada por algo que le dijeron y que ya nos contará la madrina de la hija de la tía de la otra que trabaja allí. Mal asunto, replica un paisano que no es cura, los grandes cambios siempre empiezan con las pequeñas cosas, como una cita a ciegas, una simple depilación a destiempo o un garbanzo en un lugar equivocado, las mentiras importantes se originan en las medias verdades que por conveniencia se prefieren no contar, y las traiciones sonadas en el aburrimiento, las recetas de cocina complicadas, la enología, la distancia y las nuevas amistades que prometen amor o una vida completamente nueva, concluye levantando, sabiondo y seguro de sí mismo, el dedo índice de la mano derecha.

Los tomates ya no son lo que eran.

Uno se va a bañar.

En una esquina, hay quien discute si afirmar que un árbol es un ser vivo es un hecho o una simple opinión.

Es cierto, hace siglos que los árboles ya no son lo que fueron, ahora parece que son solamente una opinión mientras los maridos se vuelven periféricos como satélites artificiales.

Entre esta confusión, empanada y ensalada de conversaciones, de palabras entrelazadas y música ambiental discotequera, el hijo de un conocido, de casi trece años de edad, se me acerca, se ha pasado la tarde en el agua jugando, nos ponemos a charlar, es un muchacho inteligente, perspicaz y curioso que escucha con atención lo que se dice a su alrededor. Me habla del colegio, de las series de televisión que le gustan, de sus padres, de sus amigos y amigas y me dice, muy seguro, que a las chicas se les endurecen los pezones cuando las besan. Yo le pregunto cómo es posible que suceda una cosa tan extraordinaria, que exista una conexión entre dos hechos tan diferentes. Me responde, sin inmutarse, que lo ha visto en un reportaje de televisión sobre la fisiología sexual humana y los variados sistemas de reproducción y seducción entre mamíferos. Parece todo un experto en esta clase de asuntos. Me doy cuenta, al oírle, de la gran labor divulgativa que hacen, hoy en día, los reportajes televisivos. Le confieso, sin embargo, que no tenía ni la más puñetera idea que las mujeres experimentaran este tipo de reacciones fisiológicas cuando las besan. Me pregunta curioso que a cuántas he besado yo a lo largo de mi vida. Le respondo que a casi ninguna, que a muy pocas o que a muchas sí añado a conocidas, vecinas, tías, primas y sobrinas segundas. El muchacho insiste, quiere saber más, sí beso en los labios o en las mejillas. No regales los besos, le respondo a mi vez con una sonrisa, ni beses nunca en vano ni a nadie igual, tampoco dejes que cualquiera te bese. No crees malos hábitos ni malos entendidos con ellos, son peligrosos, añado, ni beses ningún labio que otro haya besado en los últimos cinco minutos, hazme caso, piensa que no se pueden besar dos bocas al mismo tiempo, y que de ellas salen todas las mentiras y a nadie le gusta que le mientan. Me mira fijamente, me sonríe también y se queda callado, pensativo. Creo que lo ha entendido, pero nunca se sabe, es demasiado joven y hoy todo el mundo se besa en cualquier lugar y circunstancia.

Yo tampoco lo he entendido nunca del todo, la verdad.

La conversación con este niño me ha recordado a mí de jovencito y un libro que leí hace poco y que trata de la educación sensual de un adolescente a través del desnudo en el arte.

Aunque el rumor domine los pensamientos del ser humano a lo largo de su vida nunca su dominio es tan grande como en la primera adolescencia ante aquella fuerza violenta, extraña e imbatible a la que denominamos sexo. El sexo era un hervidero de rumores, de insinuaciones, de historias veladas, de confesiones mentirosas, de miedo y de hechizo al unísono: algo increíblemente decisivo sucedía más allá del muro de la ignorancia.”

"Quizá entonces empecé a saber que la desnudez demasiado explícita, aunque excelente para las lecciones de anatomía, era siempre inferior a la desnudez velada y que era ésta, en efecto, fuera un pigmento, en mármol o en carne, la que nos introducía al carácter celeste de la divinidad de la mujer: pues el velo o el gesto o la palabra que actúan como velos, descubriendo y ocultando, son la casi intangible frontera que separa, pero también une, el ámbito de las ilusiones terrestres y el mundo perfecto de una mujer revelándose, desnudándose, es la única guía infalible para traspasar la frontera.” (“Una educación sensorial”, Rafael Argullol, Madrid, 2002. Casa de América, Fondo de Cultura Económica)

Entre baño y baño y entre charlas con los bañistas y convecinos de piscina, encuentro en mi portátil, en uno de mis blogs preferidos, un post sobre un producto natural, hecho de hierbas, afrodisíaco, es un típico producto "magufo", milagroso, pero que, de momento y desgraciadamente, no llega a prometer que mis besos endurezcan los pezones de nadie.

http://esceptica.org/2012/08/20/fugaces-200812/

Resignado por la poca eficacia milagrosa de este complemento alimenticio, tan prometedor y mentiroso, escucho a unas mujeres comentar, mientras reparten la merienda a sus hijos, airadas y ofendidas, la reforma que el ministro de justicia quiere llevar a término en la ley del aborto. Cerca de ese grupo hay unos paisanos que hablan de un familiar fallecido recientemente después de una larga y penosa enfermedad. A pesar de la tristeza por la muerte, se alegran de su fallecimiento porque ha terminado su sufrimiento, el de él y el de ellos. Al oírlos no puedo olvidar un artículo de Antoni Puigverd cuando afirmaba, a raíz de la muerte de su mejor amigo, que no somos nosotros los que acompañamos a los enfermos, es a la inversa, son ellos los que nos acompañan.

http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20120430/54286668582/antoni-puigverd-cuando-un-amigo-se-va.html

Hablando de Antoni Puigverd tampoco puedo dejar de citar su artículo de hoy cuando nos habla de un poeta francés del siglo XVII, Pierre de Marbeuf (1596-1645), y su comparación entre el amor y el mar, llenos ambos de sal y amargura, de pequeñas y grandes traiciones.

Entre el odio y el amor, no se levanta una muralla, ni siquiera una pared. Sólo una fina telilla transparente como la que separa las capas de la cebolla. Convertido en posesión, maltratamos el amor en mil detalles diarios. Constantemente vamos y volvemos del odio al amor rasgando y recosiendo la telilla separadora. No es que triunfe el odio: es que el amor tiene un sabor extraño."("Sapore di sale", Antoni Puigverd, La Vanguardia de Barcelona, sábado 25 de agosto de.1912)

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Es cierto, hace fresco, la piscina se vacía, los bañistas van marchando lentamente, ha cambiado el tiempo y el WhatsApp dispara ya como una ametralladora; los mensajes van llegando uno tras otro, sin piedad, voraces, exigiendo respuestas y soluciones a problemas insolubles; todo el mundo lo quiere todo, la oferta es inmensa, sea lo que sea, rápido y ahora, inmediatamente, no pueden esperar, la clave de la vida es no perder el tiempo y el tiempo del reloj se ha agotado ya, los plazos han terminado y no queda margen, nadie nos dará ninguna otra oportunidad, mañana estaremos todos definitivamente muertos y enterrados. Mensajes, correos, llamadas telefónicas, prisas y urgencias nos caen encima como una tormenta de final de verano.

jueves, 16 de agosto de 2012

El Peletero/La manzana de oro


Hemeroteca peletera.

La manzana de oro.

“Erik "el Belga", el famoso ladrón de centenares de obras de arte, volverá hoy a uno de los escenarios de sus robos, la catedral de Roda de Isábena (Huesca), con el propósito de presentar una pequeña muestra de cuadros pintados por él mismo y que ha donado para compensar el expolio que llevó a cabo en el museo del templo hace dieciséis años, cuando se apropió de piezas de gran valor, entre ellas una talla románica de san Juan. Rene Alphonse van den Berghe -verdadero nombre de Erik ya no tiene que rendir cuentas a la justicia después de pasar  algunos años en la cárcel y tras haber prescrito las causas que tenía pendientes. En la actualidad reside en Málaga y dedica buena parte de su tiempo a pintar cuadros que consigue vender a buen precio por la leyenda que acompaña a su firma. El dinero de las diez telas que ahora ha regalado al párroco de Roda, José María Lemiñana (a quien ya vio anteayer), se destinará a la restauración de un tríptico gótico de la catedral. Las obras de Erik, que fue pintor antes que ladrón, son en su mayoría copias de cuadros conocidos y, aunque no tienen gran interés artístico, mosén Lemiñana ha agradecido el gesto y las ha colocado en un lugar destacado del recinto catedralicio.” (Erik "el Belga" vuelve a Roda de Isábena como pintor,  A. Ibares, La Vanguardia de Barcelona, martes 15 de agosto de 1995)


¿El sabor de la zanahoria se encuentra al mismo nivel que el tacto de la cebolla?

Esta es una pregunta difícil de responder, quizás por ello las personas no encuentran casi nunca la forma correcta de entenderse más allá del hablar por hablar, de la charla insustancial y educada que no produce saber ni paradojas que describan con precisión la realidad.

Antoni Puigverd nos recordaba ayer en su crónica diaria de verano que:

“Ovidio, haciéndose eco de los griegos, nos habla de la manzana de oro que el joven París de Troya entregó, no a la diosa más poderosa (Hera), no a la más inteligente (Athenea), sino a Afrodita, la más atractiva. Afrodita había prometido a París la chica más guapa: Helena. De ahí procede una de las moralejas más raras y persistentes de la historia de Occidente: no es el poder o el dinero, la causa de las guerras y los desastres, sino el deseo. La manzana de París avisa: la paz es la ausencia de deseo. “ (Antoni Puigverd, La Vanguardia, Barcelona, miércoles, 15 de agosto de 2012)

Entre paradojas y deseos insatisfechos he dejado por unos días mi nueva casa, mis mesas y mis camas, sencillas o dobles, y mis cortinas por planchar y me he ido a mil kilómetros de distancia. No son exactamente unas vacaciones, se parecen más a unos simples días de descanso en los que sólo pienso dormir como una marmota y hacer de oso marino en una piscina municipal de pueblo pequeño, resoplar y bufar mientras nado, o floto, entre grupos de paisanos que practican el viejo arte romano de bañarse en una alberca, jugar y conversar con poca ropa, tirados por el suelo, sin camas ni mesas, ni tampoco sillas.

Tengo la habilidad, o la maña, de no usar gafas submarinas cuando me sumerjo, no las necesito para abrir los ojos debajo del agua y observar, sorprendido, los cuerpos flotantes de los demás pataleando sin cabezas. Yo, por suerte, todavía no estoy muerto, aunque cuando dejo que el agua me cubra me siento ir un poco.

A fuera, en la superficie, suena Freddie Mercury y su: “I want to be free”, los aviones vuelan en parejas, de norte a sur y de este a oeste, inalcanzables. En “The swimmer”, Burt Lancaster se recorre todas las piscinas de una zona residencial de lujo de Connecticut en un intento vano de regresar a casa, reencontrándose, por el camino, con las diferentes mujeres que formaron parte de su vida. Y en “Sunset Boulevard”, William Holden nos narra la historia que la película cuenta desde dentro de la piscina, con zapatos, vestido de calle y sin respirar. No debe ser fácil hablar dentro del agua y cuando uno ya ha fallecido.

Estos son días de calor, es un agosto caliente, el viento parece salir de las calderas del mismo diablo, el aire quema y humea como el aliento de un toro moribundo que brama solitario y asustado. En cambio, la luna mengua de tamaño y pierde color igual que la ruleta cuando gira y en la que me juego los euros y algo más.

Cuentan, los que lo saben, que hay que apostar a rojo o a negro, a pares o a nones, da igual, si pierdes en la siguiente jugada doblas la apuesta. Si vuelves a perder la multiplicas por dos de nuevo, así hasta recuperar el dinero, siempre doblando la apuesta, tarde o temprano, dicen, termina saliendo aquello que has elegido. Si, por el contrario, aciertas y la bola cae donde deseabas, recoges los beneficios, la diferencia entre lo ganado y lo apostado, y vuelta a empezar: si pierdes doblas la apuesta…

¿El sabor de la zanahoria se encuentra al mismo nivel que el tacto de la cebolla?

Yo creo que no, pero hoy, por si acaso, comeré melón.

viernes, 27 de julio de 2012

El Peletero/Mesas y camas


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Mesas y camas.

Mi antigua casa tenía tres mesas y cinco camas individuales, la actual, en cambio, posee cinco mesas y dos camas, una de ellas doble, ¿he salido ganando?

Que en una cama quepa una pareja de personas acostadas es un hecho que, sin duda, mi novia me agradecerá, cansada, la pobre, de estrecheces en las calurosas noches de verano. Tal vez por ello, y aprovechando la alegre circunstancia del momento, le he pedido también que acepte que mi prima Mari Pili comparta conmigo la vivienda a ratos o a días. Ha accedido, pero de mala gana.

Está un poco celosa a pesar que yo siempre le digo, para tranquilizarla, que solamente es mi prima, casi como una hermana, pero no sé, parece que no se fía. Me habla que entre primos, vecinos y cuñados siempre ha habido contubernios oscuros inconfesables y ocultos que nunca jamás son revelados aunque el cielo se desplome sobre nuestras cabezas, igual que si fuesen los informes secretos de algún servicio de inteligencia muy reservado que ha de preservar lo que nunca ha de saberse.

Me habla de Mario Vargas Llosa que intimó y se amistó con su tía y que ahora está casado con una prima hermana. Yo me defiendo argumentando que soy mucho peor escritor que el Premio Nóbel peruano, y ella contraataca diciendo que la calidad de la escritura no tiene nada que ver con las afinidades familiares. Tiene razón, pero... ¿qué puedo replicar?, ¿qué Mari Pili es un maniquí de madera y trapo?, no se lo creería, ¡vaya estupidez!, exclamaría enfadada y ofendida, ¿me crees tonta?, añadiría. Yo le digo que no tema nada, pero insiste con el ejemplo de las parejas de nuestros mejores amigos que acaban intercambiándose dando lugar a nuevas parejas que se relacionan con otras llegando a ser, de esa manera, las nuevas parejas de nuestros nuevos mejores amigos que, indefectiblemente, terminan también intercambiándose de nuevo y... así sucesivamente. Yo me hago el liberal y el progresista, el moderno, y le respondo con naturalidad que eso favorece la variedad genética de la especie y que lo importante, en cualquier caso, es aceptar los hechos deportivamente y que el amor, ya se sabe, va y viene como la tramontana o el levante, que antecede al poniente, y que aviva los fuegos y los escampa por la hierba seca de los claros y los bosques sedienta de agua y compañía, y que si perdemos un amor podemos ganar un amigo o una amiga, e incluso un amante, que nadie debe enfadarse por ello ni sentirse víctima de nada ni asesino de nadie, que hay que ser comprensivo con el corazón de los otros, sus sentimientos y sus entrepiernas, tener un buen talante y sonreír como lo hacía el anterior Presidente del Gobierno, igual que el mayordomo de Netol.

Disfrutar de una buena pareja es importante, pero tener unas cuantas buenas exparejas muchísimo más, son como medallas o heridas de guerra, o una reserva para los malos tiempos solitarios, nunca se sabe lo bien que puede venir una expareja cuando uno debe de hacer una mudanza del tipo que sea. La gente se ufana de ellas y las menciona más que a las actuales, siempre comenta sus idas y venidas y sus nuevos novios, la buena figura que tienen o el peso que han ganado, lo bien que les sientan las arrugas o el nuevo corte de su cabello.

Ha de saberse que la calidad humana de uno no reside en el amor presente, que se da por supuesto y que ya sabemos que es fugaz y caprichoso como la fiebre nocturna infantil, sino en los amores pasados que no los cambia ni los borra el desaliento ni el cansancio de la vida ni tampoco la desmemoria que no consigue nunca pegar los corazones rotos ni eliminar las huellas dactilares.

Añoraré mis antiguas camas y mesas, mis ex, aunque me he cuidado bien de llevarme, al menos, dos mesas y una cama que había en la otra casa, no las podía abandonar con un “ahí os quedáis”. Una de ellas es una mesa de despacho de madera noble que he colocado en el comedor al lado de otra redonda -extensible para una santa cena- también de la misma madera, oscura y rojiza, junto a una, que tenía ya de otra antigua mudanza, de mármol rosa como si fuera una pantera fina, peligrosa y delicada, pero resistente y testaruda, todas de grandes dimensiones. Mi novia me dice que me sobran mesas y que me faltan camas y me pregunta qué demonios hace una mesa de despacho en un comedor. Yo no sé qué debo responderle, pero es verdad que con tanta mesa no se ve bien el televisor que queda escondido y medio encajonado entre los muebles y los libros. Tal vez deberé también apartar a un lado mi sillón mariposa de piel de gacela siberiana -el mítico BKF que diseñaron Antoni Bonet Y Jorge Ferrari Hardoy- si no quiero ir haciendo slalom por el salón.

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Acaba de entrar en mi tienda una chica a la que se le ha roto el pantalón por detrás. Me ha preguntado si tenía aguja e hilo para hacer un remiendo, que no podía ir por el mundo enseñando la retaguardia, le he dicho que sí, naturalmente. Su pantalón es negro, de esos anchos y cómodos que antes se llamaban babuchas, le he dado una caja con una veintena de carretes de diferentes colores para elegir. Y ahí la tengo, en el probador, con el pantalón bajado cosiéndose el descosido. Le iba a contar que una vez escribí una serie que se llamaba “La aguja en el pajar”, pero he pensado que no venía a cuento, que no era el momento más adecuado y que seguramente no le importaba lo más mínimo, las mujeres son así. En cambio, sí he querido saber cuántas camas y mesas tenía en su casa. Me ha dado una respuesta enigmática de la que deduzco, solamente, que le gusta desayunar en la cama. No he querido averiguar más, por si acaso. 

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“De ello resulta que la definición, estadística de “pobre” en EE.UU. no se corresponde con lo que aquí creemos que significa.

Veamos ahora cómo viven los 36 millones y medio de americanos que el censo clasifica como pobres. En 1995, el 41% de las familias “pobres” era propietaria de su vivienda, cuyo tamaño medio era de tres habitaciones, un baño y medio, un garaje y un porche o patio. Por si la media engaña, diré que, en todo caso, el 60% de esos hogares considerados pobres tenía dos o más habitaciones por persona. En 1995, que es el año para el que hay cifras, recogidas por-la Heritage Foundation (www.heritage.org) principalmente de las estadísticas suministradas por la Oficina del Censo y del Ministerio de Trabajo americanos, el 70% de esos hogares pobres tenía un automóvil y el 27% dos o más. Más datos. En EE.UU., el 99% de los pobres es dueño de un frigorífico, el 97% tiene televisión en color y casi la mitad de ellos tiene dos televisores de color o más aún. Un poco menos de tres cuartos de esos pobres tiene aparato de vídeo. El 64% tiene horno de microondas, la mitad equipo de estéreo, y más de un cuarto lavavajillas automático.”

(“La pobreza en Estados Unidos”, Pedro Schwartz, La Vanguardia de Barcelona, martes, 13 de abril de 1999)

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Cinco mesas y dos camas, una de ellas doble, y una prima (no de riesgo) que nunca me lleva la contraria, no es un mal balance.

martes, 24 de julio de 2012

El Peletero/La fauna peletera

 
Hemeroteca peletera.

La fauna peletera.

Siempre he sido amante de los mapas y de los globos terráqueos, de los planos de ciudades que no conozco o de otras que ya han desaparecido sepultadas por el lodo como Babilonia, “Bab Ilum”, la puerta de Dios.

En una pared de una casa tenía un viejo mapamundi político con los países coloreados.

Una vez, en mi primera juventud, recorté con unas tijeras un adhesivo transparente de color rojo pasión con el perfil de Catalunya -el mismo rojo de la cortina de la bañera que no me he comprado y que espero que mi novia me regale algún día-, y lo adherí encima para diferenciarlo de España y simular de esa manera que era un país independiente aunque fuese solamente en un mapa.

A su lado había otro atlas, en blanco y negro, de los pueblos indígenas de Norteamérica, desde Alaska hasta la frontera de Colombia, desde los mayas hasta los pies negros algonquinos. Y en otra pared de otra habitación de otra casa una carta marina del Cabo de Creus junto al plano de la Barcelona preolímpica.

Entre ellos guardaba uno, plastificado y enmarcado, de la fauna peletera de la antigua URSS que adornó durante muchos años un recibidor. Me lo habían regalado en alguna feria peletera. Tenía un buen tamaño y todo el mundo que lo veía se quedaba consternado como si en su cerebro se hubiera producido alguna clase rara de cortocircuito.

He esperado hasta el último día para deshacerme de él y abandonarlo al lado de un container municipal de la basura.

Nada más depositarlo en el suelo se me acercó un hombre joven marroquí, se lo quedó mirando embelesado, me preguntó si lo tiraba, le dije que sí. Se mantuvo pensativo unos segundos contemplándolo, absorto. Le pregunté si lo quería, me respondió afirmativamente. Le pedí que antes de llevárselo me dejara fotografiarlo. Se fue a buscar a un amigo que estaba charlando con otros. Mientras hacía la foto llegó con su compañero, se lo mostró complacido, ambos sonrieron satisfechos.

Les pregunté que para qué lo querían. Para venderlo, me respondieron, tenían una parada en el mercado de los Encantes viejos de Las Glorias.

¿Sabéis que es?, les pregunté.

No lo sabían. Se lo expliqué.

¿Es antiguo?, me preguntaron.

Sí, muy antiguo, les dije, muchísimo. Y se lo llevaron.

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“La Rusia histórica, el antiguo gran ducado de Moscovia, equivale sólo a doce de los treinta y cuatro distritos administrativos antes citados. Muchos de los habitantes de las repúblicas autónomas pertenecientes a la federación a menudo ni siquiera saben hablar ruso; basta con una visita a Yakutia para comprobarlo. Y, sin embargo, en las tierras de los yakutios —un territorio bastante más grande que el de Europa— se encuentran los más importantes yacimientos de oro y de diamantes, que continúan en poder de Rusia. No es de extrañar, pues, que los yakutios protesten; son algo más de un millón, su país es de una pobreza estremecedora, pero sus sentimientos nacionalistas están ya muy fuertemente desarrollados. Y éste no es más que uno de los muchos conflictos que sacuden a la República Rusa.” (“Mientras existían los soviets”, Ryszard Kapuscinski. La Vanguardia de Barcelona, 24 de noviembre de 1.992)

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Mi mapa de la fauna peletera de la antigua URSS era feo y kitsch, pero cada vez que lo miraba con atención y cuidado aprendía alguna cosa nueva y necesaria que antes no sabía que no sabía.



miércoles, 18 de julio de 2012

El Peletero/La crisis


Hemeroteca peletera.

La crisis.

“Más que saber dónde finalizará la actual cuesta abajo bursátil, la crisis iniciada el pasado 7 de octubre interesará como fenómeno sociológico. La crisis ha revelado las insuficiencias y las pequeñeces de un mercado bastante mal organizado institucionalmente y cuyas reglas reclaman una revisión urgente, no siempre forzada por la angustia, como ha sucedido con el famoso límite de los descensos, que ha sido reformado el pasado lunes de manera imprevista.”

(...)

“En estos últimos mese, y al calor de una Bolsa que crecía de forma ininterrumpida, muchos inversores han entrado en el mercado de forma nada selectiva, independientemente de la calidad objetiva de los valores comprados.

La rentabilidad en función de los dividendos, que en cualquier Bolsa del mundo ha sido y es la guía fundamental de toda decisión de inversión, se ha visto desplazada por las expectativas de carácter exclusivamente especulativo.

Este tipo de conductas ha conducido a la sobrevaloración de algunos títulos que carecen de la más mínima consistencia objetiva y que en estos momentos van a resultar muy difíciles de realizar.

La Bolsa española ha atravesado una etapa meramente cuantitativa, en donde no importaba lo que se compraba, sino la acumulación de revalorizaciones alimentadas exclusivamente por la especulación” (“Nada será igual al final de la caída bursátil”, Madrid, Diario 16, 28 de octubre de 1987)


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Normalmente la gente tiene en casa básculas finas digitales, tan planas como una hoja de papel, te subes encima de ellas, las pisas, y en una pantallita aparecen unos números que marcan el peso de tu pobre cuerpo que han de comerse los gusanos.

Yo, en cambio, tengo una de construcción mecánica marca Soler del año 1977, de tecnología analógica clásica, muy clásica, con doble romana de barras de acero inoxidable, ajustadas y calibradas. Tiene forma de L con plataforma, de 115 cm. de alto, 40 de ancho y 60 de profundidad, puede pesar hasta 140 Kg.

Como estoy de mudanzas y no me cabe en el baño de la nueva casa he decidido regalarla y he pensado que a B le podía ser útil.

Hoy ha venido M a llevársela. M es el socio de B, mi amigo que restaura coches históricos, especialmente ingleses y que hasta el día de hoy pagaba el 18 % de IVA porque su actividad no era considerada “cultural” como lo es la de los bailarines, músicos, actores y demás artistas. Ahora, sin embargo, con la subida del impuesto hasta el 21 para todos, al igualarse a ellos o ellos a él, no sabe si considerarse artista o pensar que los bailarines, músicos, actores y demás artistas, han sido, hasta el día de hoy, unos privilegiados que, como antes los hidalgos, vivían de graciosas exenciones fiscales.

Dicen que la cultura no es ninguna mercancía, es posible, es una frase bonita que pronunció en su día el que fue presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, no obstante, eso no la exime que se pueda comerciar con ella. Tampoco lo es el cuerpo humano, pero ya sabemos todos que con él se ha comerciado siempre.

M es un muchacho que mide dos metros y debe de estar cerca de los 200 kilos de peso, así que la balanza no le va a servir de mucho excepto como acicate para adelgazar. Aunque es bastante ligera, a pesar de sus dispositivos metálicos, me he sentido débil y poca cosa al ver cómo M la levantaba igual que una pluma y la colocaba dentro de su furgoneta sin esfuerzo ninguno.

Es curioso como un artilugio mecánico que puede medir la fuerza de una masa en reposo ejerza, ella misma, menos fuerza que la que es capaz de  medir. Es una paradoja poética que me lleva a pensar en las personas y su manera de ser, en la fuerza que ejercen sobre los demás o la resistencia que son capaces de soportar de ellos, porque todos somos una variedad curiosa de muelle, que, a veces, se dispara sin avisar, causando una espiral de consecuencias, afortunadas o no, imprevisibles.

Hay personas muelle, otras, en cambio, son palancas, y muchas no más que un simple peso muerto.

viernes, 13 de julio de 2012

El Peletero/Las inversiones inmobiliarias


Hemeroteca peletera.

Las inversiones inmobiliarias.

El lunes vinieron a empaquetar libros, trastos y jarrones, alguna que otra máscara y pájaros de barro, juguetes rusos y calaveras mejicanas. Ya llevo más de cuarenta bolsas industriales de basura llenas de recuerdos que irán directamente al vertedero, calculo que deben quedarme unas diez más, mis camisas nepalíes, un samovar turco y un par de buitres que cacé yo mismo en las selvas de Nueva Dehli.

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“Las compras de inmuebles españoles por extranjeros se han multiplicado por dos en los cuatro últimos años. En 1989, según estimaciones oficiales, podrían superar la barrera de los 300.000 millones de pesetas. Durante los seis primeros meses, las entradas netas de dinero para la adquisición de inmuebles en España han alcanzado los 154.836 millones de pesetas, cifra que supone ya un aumento del 16,5 por ciento respectó a la del primer semestre del pasado año. Estas cifras no incluyen, en cualquier caso, las inversiones de carácter inmobiliario que realizan empresas extranjeras en España mediante la adquisición de empresas españolas cuya finalidad básica es la tenencia y administración o enajenación de inmuebles. Se refieren solamente a la compra de pisos o viviendas unifamiliares.

(...)

Es a partir del año 1985 cuando las compras de inmuebles españoles por extranjeros se han acelerado dada la buena evolución del turismo en los años anteriores y la fuerte revalorización inmobiliaria que se ha producido en el mercado español. La mayor parte de estas adquisiciones de inmuebles se destina a su utilización turística, casi siempre como segunda residencia, a pesar de que más del 75 por ciento de las adquisiciones son realizadas por personas jurídicas y no por particulares, debido a motivaciones fiscales. Medios oficiales consideran, sin embargo, que estas cifras están bastante infravaloradas y que en realidad la inversión extranjera en la compra de inmuebles en España superará al menos en un 20 por ciento las cifras oficiales debido ala costumbre, motivada por razones fiscales, de escriturar las ventas y, por lo tanto, las transacciones de dinero, por valores inferiores a los que se cruzan en las operaciones de compraventa de inmuebles en la práctica. Las diferencias entre los valores oficiales de las operaciones y los reales entran a veces en España por otros conductos o simplemente se quedan en el extranjero, según las mismas fuentes. Aunque no existe una cuantificación fiable de precios de venta oficiales y reales, la cuantía de las mismas podría rondar cada año los 100.000 millones de pesetas por un no residente) son mínimas”. (“La inversión extranjera en inmuebles se ha doblado en cuatro años”, Primo González, La Vanguardia de Barcelona, 16 de agosto de 1989)

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La casa está inhabitable y he de sentarme encima de las cajas si no quiero hacerlo en el suelo. He reservado un colchón para poder tumbarme y dormir los cuatro días que me quedan antes de largarme.

La nueva casa estará, del mismo modo, inhabitable hasta que vaya colocando las cosas poco a poco. Ayer compré las cortinas que habré de mojar primero porque encojen un 4 % según el manual de instrucciones, tenderlas en las mismas barras donde irán colgadas para que no se arruguen y tomen la forma conveniente.

Ha sido también una semana de hospitales y enfermos, de urgencias y angustia.

Ha sido la peor semana de mi vida del peor año de mi vida.

Creo que tardaré unos tres meses en ordenarlo y recolocarlo todo en su nuevo lugar y hacer, al mismo tiempo, una nueva limpieza añadida, otra revisión, una selección ampliada y más precisa de lo que conservo y de todo aquello que no puedo guardar ni llevar conmigo y que también habré de abandonar.

¿Y luego?

Me gustaría tomarme unas vacaciones, solo. Una de esas vacaciones de las que desconoces su duración y su término, una semana o siete años.

Colgar el teléfono.

Quizás realice un viaje en el tiempo, hacia el pasado, para conocer a mi familia de jovencitos, de niños. A Veni, a Pere, a Rosita, a Albert, paseando por la Ronda la víspera de Reyes, verme a mí también jugando en la playa de Badalona. A mis tías en los bailes coqueteando con los chicos, a mis tíos coqueteando con ellas.

Tal vez regrese a Grecia para hacerme una foto con alguien.

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“A las siete de la tarde, un coche amarillo se detuvo ante la casa. Del amarillo de una furgoneta de correos francesa. Pero el coche llevaba matrícula española. El capó tenía trozos de cinta adhesiva pegados. Pintados de amarillo. No del mismo amarillo exactamente. No obstante, el coche estaba aparcado donde nunca había aparcado un coche anteriormente. Era un lugar en el que se podía hacerlo. No obstruía nada. Pero nadie había visto ese sitio antes. La conductora llevaba vaqueros y una polvorienta camisa negra con botones blancos. Venía de Galicia.

(…)

Cenamos. Fuera empezó a llover, con fuerza. Insistimos en que se quedara a dormir. Le mostré dónde se podía lavar y dormir. Se paró ante un dibujo enmarcado en la pared de la cocina y lo miró. No lo miró fijamente. Simplemente miró el dibujo de unas figuras con algunas palabras a su alrededor. Las palabras eran una cita de Eumínides sobre las Furias exigiendo venganza, y otra del Evangelio según san Juan: "... mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde".

No dijo nada ni hizo ningún gesto.

(...)

Llovió durante toda la noche. A la mañana siguiente dijo que tenía que ponerse en camino a Kassel. Antes dé marcharse, ¿podía hacer una foto?
Estábamos tomando café en la cocina.

¿Vio mi cámara?, preguntó.

No.

¿No la vio anoche?

Señaló con la cabeza hacia su mochila que estaba en el suelo, cerca de la puerta. Detrás de la mochila había una caja que ciertamente había visto debido a su color plateado. Del tamaño aproximado de una caja de herramientas. Tenía zonas reparadas con cinta aislante negra. No me había preguntado qué llevaría en ella. Quizá pinturas. O manzanas. O sandalias y loción bronceadora.

¡Como la cámara original -dijo-, como la primera! Y me dio la caja. No pesaba nada. Los laterales estaban hechos de madera contrachapada.
No hay suficiente luz aquí, dijo, salgamos al exterior.
Fuimos hasta los ciruelos, donde hay una mesa sobre él césped, y allí miró al cielo, todavía nublado. Entre dos minutos y tres, calculé en voz alta, y puso la caja cuidadosamente en el borde de la mesa. En el centro de uno de sus lados alargados había una tirita blanca rectangular, como la que te pones en una pequeña ampolla o quemadura. Esta tirita estaba enmarcada por cinta aislante negra. Con dedos cautelosos retiró la tirita y dejó al descubierto una abertura, un agujero. Entonces me cogió la mano.

Los dos nos quedamos de pie mirando a la cámara. Nos movimos, por supuesto, pero no más que los ciruelos al viento. Los minutos pasaron. Mientras estábamos allí, reflejamos la luz, y lo que reflejamos pasó por el agujero negro hasta la cámara oscura.

Será nuestra, dijo, y esperamos expectantes.

(“Una mujer y un hombre junto a un ciruelo”, John Berger, El País, domingo 3 de septiembre de 1995)

martes, 10 de julio de 2012

El Peletero/La crisis de la izquierda


Hemeroteca peletera

La crisis de la izquierda.

“Yo no amo a nadie”, me dice, con una sonrisa irónica, Félix, un cubano que trabaja en el bar donde voy a tomar el café después de almorzar. Tiene 28 años y nació, precisamente, en 1984, el de la famosa obra de Orwell que pronosticaba la aparición de un ojo de Dios que sabría todo de nosotros.

Félix es un muñeco hinchable, una almohada, siempre está contento y alegre, es simpático y un buen compañero para los demás camareros que trabajan con él.

Félix no es guapo ni demasiado atractivo, pero tiene el culo prieto y gusta tanto a los hombres como a las mujeres que lo persiguen con verdadero furor, aunque él prefiere, sin duda, a los primeros.

Félix, a pesar de ser un buen compañero, es un tiburón blanco, una hiena, no tiene piedad, dice que se le acabó un día en la playa de Varadero.

El mismo año en que nació, y en la misma playa, estábamos Albert y yo contemplando cómo dos muchachitas preciosas nos hacían, a nosotros dos solamente, cabriolas gimnastas en la arena. A la puerta del Hotel estaba nuestro Lada soviético que nos dejó tirados en un campo de cañas mientras caía una lluvia tropical.  

¿Qué tiene que ver un homosexual cubano despiadado, dos jovencitas de piel canela, ágiles y dulces, con la crisis de la izquierda?

¿Qué tiene que ver Varadero y el progreso, la gimnasia y los tiburones blancos?

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“El tema de la crisis de la izquierda tradicional no se lo ha inventado la nueva derecha, aunque lógicamente sea su principal agente difusor. Está ahí, evidente como los paisajes más evidentes, tanto en situaciones de aparente prepotencia histórica (la instalación en el Gobierno de varios partidos socialistas europeos) como de claro retroceso de influencia política (en el caso de los partidos comunistas). Los partidos socialistas europeos parecen haber sido convocados para resolver la crisis del capitalismo, con la garantía de su mayor o menor capacidad de pacificación obrera; y los partidos comunistas, situados dentro del terreno del posibilismo liberal, dudan entre llevar a sus últimas consecuencias la pérdida de sus raíces leninistas o recuperar sus esencias asumiendo el modelo soviético, no totalmente, pero sí como punto de referencia.”

(...)

“Pero difícilmente la izquierda puede quejarse de la ofensiva de la nueva derecha y de la grave neutralidad apolítica de la juventud o de las masas cuando no ha sabido ni siquiera espabilar al intelectual orgánico colectivo que tenía más cercano y ha tolerado, por vía activa o pasiva, que se convierta en un idiota orgánico colectivo, idiota perfecto, porque ni siquiera sabe que lo es.

(...)

Al fin y al cabo, la izquierda nació históricamente para ganar la batalla del progreso, y si la izquierda realmente existente no sirve, las necesidades humanas la sustituirán por otra. Incluso pueden cambiarle el nombre. Pero me parece que no se trata de una simple cuestión nominal.”

(“La crisis de la izquierda”, Manuel Vázquez Montalbán, El País, domingo, 6 de mayo de 1984)

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Félix me dice que nunca recuerda sus promesas y que por esa causa no cumple ninguna jamás, pero que a pesar de ello todos se las demandan, una y otra vez, como si tampoco recordaran, o no quisieran recordar, que él nunca recuerda, ni cumple, sus promesas.

miércoles, 4 de julio de 2012

El Peletero/El desierto


Hemeroteca peletera.

El desierto.

Yo también tengo mi Moby Dick al que persigo de forma compulsiva para que se me lleve a las profundidades como si fuera un pendiente o un sonajero, un simple adorno no más importante que una medalla de segunda clase.

El verano ofende, avanza, cada vez hace más calor y la humedad de Barcelona podría competir con la del Trópico. Hace dos meses y medio que no veo el mar y eso es mucho tiempo aunque ahora, la verdad, estará demasiado concurrido, ya se sabe que en nuestra época la felicidad tiene forma de playa caribeña o californiana, un desierto de arena longitudinal, un lugar inhóspito para cualquier pescador de hace tres décadas.

Mi felicidad, sin embargo, también se encontraba en una playa, estaba en Badalona y en Gavà, al Norte y al Sur de Barcelona, y en los pinares que bordeaban todo el litoral, un lugar demasiado sencillo para merecer la atención debida.

“En 1842, Herman Melville desembarco del ballenero en el que viajaba y se quedó en una de las islas del archipiélago de las Marquesas. De lo que allí le aconteció a lo largo de cuatro meses en los que fue rehén de una tribu de caníbales, se ocupó en un libro titulado Taipí. De lo que le sucedió después, cuando tras ser rescatado por otro ballenero, se vio obligado a vagar por los mares del Sur a merced de un capitán moribundo y de un segundo de abordo empeñado en no dar respiro a una tripulación famélica y enferma, trata este volumen que, aunque continuación del anterior, puede leerse independientemente. El retrato de sus compañeros de travesía, las observaciones sobre las costumbres de los nativos y colonos de las islas Sociedad y la narración de las anécdotas y aventuras diversas en que se vio involucrado pueblan unas páginas en las que un Melville todavía joven empieza a barruntar el infinito azar que se oculta tras la palabra destino”. (Herman Melville en los Mares del Sur, Omú, Herman Melville. M.G.T. El Páis, 4 de diciembre de 1999)

La panadería de toda la vida, en la que siempre compraba el pan, ha despedido a todos los empleados y ha cerrado. Me lo ha contado hoy uno de ellos, una chica pakistaní. Iba a preguntarle cómo son las playas de su país, pero no me he atrevido, he pensado que era una pregunta estúpida y que no venía a cuento.

jueves, 28 de junio de 2012

El Peletero/Licencias de importación


Hemeroteca peletera.

Licencias de importación.

Mi admirado Gregorio Morán dedicó una de sus Sabatinas intempestivas al pintor Balthus, del que dice que “su nombre auténtico parece expresamente indicado para que lo borden sobre terciopelo, Balthazar Klossowski de Rola”.

De su artículo, que escribió en marzo de 1996 a propósito de una muestra antológica de su obra en el Reina Sofía, me gusta especialmente el párrafo final:

“Allá por los cincuenta, dos amigos, el pintor Balthus y el escultor Giacometti, se plantearon una pregunta sobre su obra que era de esas que cuestionan la propia vida. “¿Y si nos estamos equivocando? Debemos ver lo que hacen los otros”. Recorrieron el mundo. “Volvimos consternados”. Siguieron en la vía que habían emprendido”. (“Balthus. Arte y carácter”, Gregorio Morán, La Vanguardia de Barcelona, sábado, 16 de marzo de 1996)

La cuestión viene a cuento de la limpieza de papeles y documentos que estoy llevando a cabo, las mudanzas siempre obligan a ese barrido, a llegar al fondo de los armarios y los cajones, a encontrarse con tarjetas de visita extrañas, números de teléfono anotados en esquinas de papeles en los que no consta el nombre y a los que no te atreves a llamar.

Sin embargo, mucho más interesantes que las vidas secretas de las personas lo son las licencias de importación que se presentaban al ministerio de comercio para que diera su visto bueno, los portes, los fletes, los aranceles que se debían pagar por comerciar con otros países y la lucha con las aduanas para que sus burócratas, los “vistas”, hicieran el trabajo rápido y con diligencia. Ya sé que defender el libre comercio no está muy bien visto para los espíritus puritanos y progresistas, pero a estas alturas poco me importa el progreso del que hacen gala, el comercio, el amor libre, las almas cándidas o los peajes que en algunas autopistas te obligan a pagar. No tengo automóvil ni circulo en bicicleta; el tiempo transcurre de otra manera por los ojos de los que caminamos poniendo un pie delante de otro que para esos funcionarios, meros esbirros asustados, simples esclavos que viven también del dinero que roban sus amos.

Uno de los transportes públicos de más éxito en la actualidad no es el tren de alta velocidad, lo son los miles de autocares que por precios mucho más baratos atraviesan la península de punta a punta. Barcelona, para muchos, continúa estando a ocho horas de Madrid y tres paradas.

En la Edad Media se pagaban peajes y aranceles en la entrada de cada ciudad o pueblo, las mercancías multiplicaban varias veces su valor hasta llegar a su destino final; trasladar moneda era más caro que la moneda que se transportaba. En el siglo IV el Imperio romano obligó a los hijos de los artesanos a heredar el oficio de sus padres y a los campesinos a permanecer atados a la tierra para evitar su huida, preferían someterse a un gran señor que al Emperador representado por sus eunucos, era peor el segundo que el primero. A principios de los noventa del siglo pasado no había aseguradoras que emitieran pólizas para las mercancías con origen o destino a la ex Unión Soviética, todo era un campo de juego de la mafia rusa.

Los funcionarios del NSDAP robaban a espuertas el patrimonio de los judíos y de sus opositores políticos. Los milicianos anarquistas que se enseñorearon de las calles de Barcelona se metían en los bolsillos las cuberterías de plata de los burgueses que fusilaban.

Es imposible hacer una relación precisa y exhaustiva de la infamia que sea algo más que una sucesión de cuentos borgianos escritos para aspirantes a ser escritores borgianos. No habría papel en el mundo para una descripción detallada, una simple lista como la guía telefónica.

En Rusia tienen una idea vaga de los muertos por causa de Stalin, en China se marean cuando han de calcular los fallecidos como consecuencia de la Revolución Cultural. En América nadie sabe cuantos indígenas han muerto después y por causa de Colón, pero es un dato relevante saber que Cortés no venció solo al Imperio Azteca, obtuvo la inestimable ayuda de todos los pueblos sometidos por ellos. Nadie ha podido calcular la sangre que se derramaba desde la cima de sus pirámides.

Todavía recuerdo un reportaje sobre el tráfico de esclavos en el que se entrevistaba a un grupo de turistas afroamericanos que habían viajado hasta Dakar y otras poblaciones africanas para conocer sus orígenes. En el reportaje se los veía llorar estupefacta y desconsoladamente al descubrir y saber que en el tráfico siniestro de personas también habían colaborado, como secundarios bien predispuestos, africanos de raza negra.

El yerno de una amiga trabaja para una buena empresa, representa sus intereses en África viajando por todo el continente tratando de vender sus productos. Mi amiga me dice que me vaya, que me marche, que me largue es su exacta expresión, que allí está todo por hacer, que es un mundo apasionante lleno de oportunidades, que la gente es alegre aunque algo perezosa, que las mujeres son guapas y que las carreteras están a medio construir o terminadas gracias a los chinos y su método de la “huella cero”, que consiste en llevarlo todo de China, personas y materiales, obreros, ingenieros, cocineros y prostitutas, cemento, alquitrán, grúas, comida, agua y preservativos, todo chino. Y que cuando se van, después de haber cobrado por anticipado, no dejan ni rastro, nadie podría saber nunca que allí han estado unos cientos de ciudadanos chinos trabajando durante algunos meses construyendo una carretera.

Gibbon se equivocó en su famoso libro, la decadencia empezó después de las guerras púnicas, no a la muerte de Marco Aurelio.

Después de Aníbal el ciudadano romano no pudo ser soldado y campesino al mismo tiempo, debía combatir demasiado lejos de casa, no llegaba a tiempo para la cosecha. Después de la disputa con Cartago se acaba el buen ejemplo que es sustituido por la codicia desaforada de una gente envilecida. El saqueo voraz y despiadado que se somete a las nuevas posesiones es compensado solamente con migajas, simple calderilla, un aumento miserable, pero suficiente según parece, de la “anona”, el pan gratis que se repartía a la plebe, una especie de “estado del bienestar” primitivo que garantizaba que ningún elector moriría de inanición y votaría al Tribuno debido. Pan gratis que provenía de los campos de trigo que cultivaban miles de esclavos.

Siempre me ha intrigado, y seducido en su profundo cinismo, la institución secular del cliente, una prehistórica manera, pero todavía vigente, de justicia social. La corrupción moderna no contempla la responsabilidad pública del reparto del botín, la complicidad de las partes, la exigencia de una tribu que dé el soporte y la cobertura necesarios al conjunto de corruptos que colaboran juntos, la excusa del grupo. El clientelismo, en cambio, sí permite una redistribución de la riqueza entre los afines a partir del robo y la extorsión de los rivales, algunos consideran que es la mejor ley fiscal que se pueda elaborar y que, sin el laste de la burocracia legal, permite una eficaz redistribución de la riqueza. Media España vive todavía de ello, en las grandes ciudades, pero sobre todo en los pueblos pequeños.

Un viejo conocido de Madrid, un antiguo peletero, que había sido condenado a muerte por el franquismo y que vivió un par de años encarcelado esperando que cualquier día lo llamaran para ser fusilado, cuando lo indultaron y pudo salir de la cárcel después de cumplir la condena, acostumbraba, una vez repuesto anímica y económicamente del horror, a ir a su pueblo natal a tomarse un café en la plaza principal, a la vista de todos. Iba solo o con su mujer, quería que todos lo vieran. Aquellos antiguos convecinos que lo habían denunciado contemplaban cómo se tomaba un simple café que pagaba con un billete de mil pesetas que sacaba de un fajo en el que había un millón y que depositaba encima de la pequeña mesa del bar. Del montón de billetes que todos contemplaban con unos ojos como platos, sacaba uno y con él pagaba, esperaba la vuelta y no daba propina. Se levantaba, se subía a su coche y se largaba, no se iba, se largaba para volver al cabo de unos meses y repetir la misma escena.

Mi barrio son unas Naciones Unidas reales, no imaginarias, por cada diez personas que veo pasar, exagerando muy poco, sólo una es catalana o española. Ayer me fijé en un grupo de adolescentes filipinas que paseaban juntas, era domingo y estaban contentas y bromeaban las unas con las otras, me recordaron, una vez más, a mi madre y a mis tías como si yo, fuera de las fotografías que conservo de ellas, las hubiera conocido de jovencitas. Esas muchachas filipinas eran su vivo retrato, una imagen llena de encanto y alegría, en cambio, sus equivalentes indígenas no tienen ya nada que ver, las adolescentes de aquí son otra cosa, no sé qué, pero algo completamente distinto y algo que no sé reconocer. Igual que las familias, a los matrimonios filipinos se los ve alegres, esperanzados, sin embargo, las parejas españolas con hijos hacen mala cara, igual que si estuvieran permanentemente estreñidos o algo muchísimo peor: ellos, los hombres, preocupados como si debieran mucho dinero a alguien y no supieran cómo podrán pagarlo, y ellas, las mujeres, al revés, como si alguien les debiera una cantidad exorbitante de dinero y no supieran cuándo van cobrar o si van a cobrar siquiera algún día. ¿Y los niños? Los niños en medio, como siempre.

Creo que me estoy haciendo viejo y ya sólo sé escribir panfletos como el presente, ¿qué demonios puedo hacer yo en África aparte de casarme con alguna somalí joven, solícita y guapa que me abanique?, ¿pintar como lo hacía Barceló en Mali?, ¿convertirme sin dinero en marchan de arte africano?, ¿enseñar catalán?, ¿dar clases de pintura barroca europea a las nuevas élites africanas?, ¿intentar devolver a la vida los niños soldado?

¿Convertirme en cliente de alguien poderoso y corrupto?

¿O dejar que me maten en alguna esquina de Nairobi?

Creo que seguiré, de momento, con mi mudanza, luego ya veremos.