martes, 18 de septiembre de 2012
El Peletero/Recuerdos marineros
Hemeroteca peletera.
Recuerdos marineros.
“El día de San Valentín de 1991 la fachada del Ministerio de Cultura de Polonia apareció cubierta con un enorme corazón rojo sobre fondo blanco. Encima de él una sola palabra: “Harlequín”. Ese día algo cambió en la historia del país: la multinacional de novelas de amor más importante del mundo acababa de instalarse. Un poco más tarde, la encargada de ventas, Nina Kowakewska, podía anunciar con orgullo que “dos veces al mes vendía 700.000 libros y al cabo de un año la cifra de ventas era superior a los 15 millones de ejemplares” (“La vida de color de rosa. 100 millones de mujeres en todo el mundo consagran las novelas de amor como el género más popular”, Ramiro Cristóbal, Babelia, 6 de agosto de 1995)
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He colocado, en una estantería iluminada de mi nueva casa, un frailecillo de barro de tamaño real para que me recuerde el mar.
Mi novia, que es de secano, dice que el mar está sobrevalorado, que no hay para tanto y que mucha agua aburre como un día sin pan. Lo dice porque en otro tiempo fue marinera, capitana y contramaestre, navegó por todos los mares y océanos, visitó islas y continentes, pero, según parece, se cansó de tanto trasiego, de la humedad, del oleaje y de los peces, de los pulpos y de los erizos, aunque todavia añora, lo sé, algún que otro tiburón.
Yo, en cambio, a pesar de ser barcelonés de toda la vida, no sé siquiera cómo es un percebe ni el sabor que tiene un buen mejillón, ignoro la formas volubles y aterradoras de las medusas y las celestiales de las raras estrellas de mar que pueden regenerarse enteras a partir de un pequeño trozo de sí mismas.
Igualmente, confundo también una gamba con una pierna y a una bañista en topless con un maniquí de sastre.
Creo que mi novia me dice lo que me dice porque no quiere que sepa lo que ella sabe que no sé lo qué es pero que algo importante debe de ser cuando ella no quiere que lo sepa.
¿Cómo averiguarlo?
Mañana me compraré una sombrilla, me iré a la playa de la Barceloneta, la plantaré en la arena y escribiré un libro sobre calamares gigantes y abismos insondables, aventuras y mujeres hermosas y esperaré, paciente, la llegada de un barco morisco de piratas que me secuestre y me venda como esclavo para servir a alguna sultana somalí guapa, alta, de piel oscura y mirada inteligente, que hable varios idiomas y que sepa sonreír sin enseñar los dientes.
Mi novia dice que estoy celoso y cargado de monsergas, que me cuesta aceptar que en otros tiempos capitaneara barcos llenos de hombres curtidos, peludos y fieros, o espadachines delgados de bigotes finos, que se los comiera como se come y se saborea el buen queso, por hambre o por simple antojo, porque no tenía nada mejor que hacer o porque sí o porque no o por todo lo contrario, sencillamente porque le daba la gana o le daba la gana a ellos. Tiene razón, estoy celoso, pero no de ella, sino de su libertad, de su independencia, de su voluntad y de su poder de mujer, de sus viajes y de sus grandes conocimientos marineros y culinarios en quesos y mariscos, de sus muchos recuerdos, de los propios y de los ajenos, de los recuerdos que conserva de otros y otros conservan de ella, de su hambre saciada y de los apetitos que calmó en aquellos compañeros de correrías, de sus secretos de alta mar, de sus rutas, de sus naufragios, de sus cartas marinas, de los cielos estrellados de leche y de silencios, de las madrugadas, de las cosas bonitas que le dijeron y de las que ella les dijo.
Y también de sus caprichos satisfechos que ahora trata de minusvalorar frente a mí diciendo que el balanceo marea, que el queso engorda y que comer mucho empacha.
¿Cómo la debe recordar aquel caballito simpático que la cabalgó una noche de plenilunio?, ¿y aquella raya esquiva de largo aguijón que nadaba altiva, arisca y seductora, por entre el fondo y la superficie cargada de rémoras que como ella le suplicaban un poco de amor?
¿O la han olvidado completamente y para siempre?
Es sólo una más entre muchas?
Yo sí soy uno menos entre ninguno porque plantado sigo con mi sombrilla mirando el mar que no deja de moverse inquieto y tartamudo como si nunca pudiera estarse quieto, va y viene y vuelve a venir en una muy manida metáfora de los orgasmos femeninos que antes eran misterios y que ahora sólo son espasmos nerviosos y musculares, símbolo también, repetido hasta la saciedad, de las profundidades de sus cuerpos que solamente conocen los cirujanos, los ginecólogos y esos seres misteriosos, que nadie conoce ni ha visto jamás, que habitan las simas en las que siempre la noche es negra.
El cuerpo de las mujeres está poblado de fantasmas, de restos arqueológicos de antiguas civilizaciones que se derrumbaron cuando las olvidaron, de campamentos calcinados por el fuego que los iluminaba en la oscuridad. Da igual su edad, jóvenes o ancianas, inocentes o peligrosas, dulces o estúpidas de mal carácter, simpáticas o gruñonas, no importan ni su inteligencia ni su belleza ni tampoco su bondad, en ellas reina el silencio, ese rumor marino informe, frío, que expande la bóveda celeste. Las mujeres son un eco, son el eco.
Pascal Quignard dice que: “El eco es la voz de lo invisible. Durante el día los vivos no ven a los muertos. Pero los ven en la noche, en los sueños. En el eco el emisor es inhallable. Lo visible y lo audible juegan a las escondidas.” (El odio a la música, diez pequeños tratados, Cuarto tratado. Traducción: Pierre Jacomet. “De los lazos entre el sonido y la noche”, Pascal Quignard, Publicado por Ignoria)
Por eso las mujeres son, ciertamente, inhallables, no están ni en sí mismas ni fuera de sí mismas, su malestar es inexplicable, y por ese terrible motivo me quedaré encadenado a la playa, esperando paciente como un pasmarote que llegue mi sultana somalí de mirada inteligente y me ofrezca un reino a los pies de su cama.
Mi novia me mira raro, extrañada y bastante aburrida ya de tanto parloteo, no sabe muy bien de qué le hablo, y yo, la verdad sea dicha, tampoco demasiado aunque intuyo por dónde va la corriente y la música. Me deja por imposible, por tonto, celoso y envidioso, por cascarrabias resentido y por mentiroso, y se va a consultar, toda decidida, a un amigo decorador qué necesita para instalar una pecera en su casa que haga bonito. Colores, nada más que colores, le responde el amigo, ni el agua ni los peces son imprescindibles. Tiene razón, he pensado yo, los puede pintar, es mucho mejor, y si quiere incluso puede iluminar la tela por detrás como si fuera una ventana con vistas al fondo del mar y así recordar antiguas aventuras y otras épocas y lugares diferentes en los que trató también de ser feliz.
Pero es cierto, soy un tonto y un mentiroso, me engaño a mi mismo, mi sultana no vendrá jamás, quizá ya vino y la deje ir, quizá ya fui y me dejó marchar.
En Grecia, cerca de un templo dedicado a Poseidón, hay un acantilado de suave pendiente que desemboca en una pequeña cala. Los domingos solía ir, me hacía unos bocadillos y tomaba un autobús que me llevaba directamente hasta la raya de la montaña; al lado había un pequeño restaurante en el que pedía mis cervezas. Era una agradable manera de pasar el día y de reposar la mente contemplando el mar desde la altura, inofensivo y tranquilo, traidor. Cuando hacía buen tiempo los bañistas se tumbaban por entre las rocas del peñasco, de cara al sol, desnudos encima de toallas multicolores, escondidos detrás de sus gafas oscuras miraban sin ser vistos.
En el cielo había una muchedumbre de gaviotas sobrevolando las columnas, hermosas y blancas, hambrientas y ruidosas.
Ahora, en la playa de la Barceloneta, me tapo los oídos con tapones de cera para no oírlas, hago planes absurdos que no me llevarán a ninguna parte y ordeno revistas para luego volverlas a empaquetar en cajas nuevas debidamente señalizadas. Ninguna de ellas explica aquello que mi novia no me cuenta ni me dice, seguramente, para que ignore lo que ella sí sabe y yo no, pero que algo muy importante y terrible debe de ser cuando ella no quiere que lo sepa.
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“Hay cosas que se hacen con las prostitutas, se descubren con ellas, se reciben de ellas como de ninguna otra mujer. Dos fenómenos han tomado auge desde comienzos de los noventa. Del lado de la mujer, la obsesión por los ángeles cuyo asunto ha llenado el Internet, la radio y la industria editorial, ha producido películas y ha creado en las ciudades un comercio de especializadas espiritistas que convocan a tales criaturas celestiales ante un embobado coro de amas de casa. Lo que hace unos años era el tupperware hoy es la bella compota de estos seres divinos. Las mujeres se han inventado este compañero sexual que ama sin reservas. Pero, del lado de los hombres, han reaparecido las putas que dan sin abrumar y complacen sin producir enredos.
Cuando se dice que los sexos se aproximan y la igualdad avecina la relación, cada cual ha ido a la caza de sus respectivos fantasmas. El ángel es el compañero ideal de la mujer. Un ser con forma y atributos de hombre, pero que no viene para imponer su fuerza. Un tipo delicado, fino, atento, guardían, dispuesto a arreglar cualquier avería.
El ángel podría redondear esa clase de hombre nuevo que la nueva mujer se ha estado vindicando durante los últimos tiempos. El ángel no grita, no bebe, no pega ni ordena que le pongan de comer. Ni solicita el débito conyugal o cosas por el estilo. Acompaña sin hacerse cargante. Está a las órdenes de las fantasías femeninas de ser sujeto como la hetaira lo está al servicio de las fantasías de los hombres que anhelan ser objetos. La puta es un ejemplar que no exige eternidad ni fidelidad, se le puede decir que se la quiere sin desencadenar más consecuencias. Si el ángel es la masculinidad extirpada de machismo, la prostituta es la feminidad despojada de feminismo. Una suerte de paraíso sin tiempos. (“Ángeles y zorras”, Vicente Verdú, Babelia, 6 de agosto de 1995) Hemeroteca peletera.
lunes, 10 de septiembre de 2012
El Peletero/El oso varado
Hemeroteca Peletera
El oso varado
Hace unas semanas empaquetaba trastos, ahora, sin embargo, los desempaqueto. No sé que es peor. El 23 de julio pasado, a las doce de la noche, cerraba una puerta, llamaba a un ascensor y no miraba atrás. Entre un hecho y el otro han sucedido muchas cosas, todas ellas trascendentes, que he disimulado, frente a los que me rodean y de la mejor manera que he podido, imitando a un oso marino varado en una playa.
Ha sido una buena actuación en la que me han ayudado un pollo con arroz y garbanzos, unos pezones duros y un divorciado con ganas de volver a ver a su ex mujer.
Treinta y tantos días de vacaciones, todos juntos, suman demasiados para los tiempos que corren, parecen, y lo son, un verdadero lujo asiático. No obstante, el único placer que le puede quedar a alguien que ha quemado sus naves, y sabe que no habrán más playas ni más barcos, es resignarse, tumbarse en el césped, no hacer nada y dejar transcurrir el tiempo mientras oye a sus conciudadanos conversar de manera distendida en la orilla de una piscina a la que se le agota su presupuesto municipal. Escuchar confidencias no es fácil, lograr pasar desapercibido, o conseguir la confianza del otro que te muestra su miedo, tampoco, explicarlas después, sin delatar a sus protagonistas, mucho menos.
Dice Vinicius de Moraes que "la tristeza no tiene fin, que la felicidad sí", y una forma de ahuyentar la primera para que la segunda perviva es la de recrear el Edén y en su defecto el "el baño, la sauna, la terma, la piscina, el solarium, la playa, el harén. Lugares de reunión y placer y por supuesto también de intriga y conspiración." (El peletero jardinero)
Mi piscina municipal forma parte claramente de esa lista , es un aceptable remedo edénico en el que se escenifica un simulacro de felicidad primordial a través de la desnudez del cuerpo que las playas nudistas llevan al extremo, y una parodia fundacional de la política a través de la charla y la gastronomía, incluso el agua es también un elemento purificador como el fuego, en cada baño en la piscina hay un bautismo, un nuevo comienzo, un renacimiento no siempre logrado.
Hace unas semanas empaquetaba trastos, ahora, sin embargo, los desempaqueto. No sé que es peor. El 23 de julio pasado, a las doce de la noche, cerraba una puerta, llamaba a un ascensor y no miraba atrás. Entre un hecho y el otro han sucedido muchas cosas, todas ellas trascendentes, que he disimulado, frente a los que me rodean y de la mejor manera que he podido, imitando a un oso marino varado en una playa.
Ha sido una buena actuación en la que me han ayudado un pollo con arroz y garbanzos, unos pezones duros y un divorciado con ganas de volver a ver a su ex mujer.
Treinta y tantos días de vacaciones, todos juntos, suman demasiados para los tiempos que corren, parecen, y lo son, un verdadero lujo asiático. No obstante, el único placer que le puede quedar a alguien que ha quemado sus naves, y sabe que no habrán más playas ni más barcos, es resignarse, tumbarse en el césped, no hacer nada y dejar transcurrir el tiempo mientras oye a sus conciudadanos conversar de manera distendida en la orilla de una piscina a la que se le agota su presupuesto municipal. Escuchar confidencias no es fácil, lograr pasar desapercibido, o conseguir la confianza del otro que te muestra su miedo, tampoco, explicarlas después, sin delatar a sus protagonistas, mucho menos.
Dice Vinicius de Moraes que "la tristeza no tiene fin, que la felicidad sí", y una forma de ahuyentar la primera para que la segunda perviva es la de recrear el Edén y en su defecto el "el baño, la sauna, la terma, la piscina, el solarium, la playa, el harén. Lugares de reunión y placer y por supuesto también de intriga y conspiración." (El peletero jardinero)
Mi piscina municipal forma parte claramente de esa lista , es un aceptable remedo edénico en el que se escenifica un simulacro de felicidad primordial a través de la desnudez del cuerpo que las playas nudistas llevan al extremo, y una parodia fundacional de la política a través de la charla y la gastronomía, incluso el agua es también un elemento purificador como el fuego, en cada baño en la piscina hay un bautismo, un nuevo comienzo, un renacimiento no siempre logrado.
Jorge Wagensberg se preguntaba el año 1984, gracias al éxito de la cibernética, que:
“¿Podemos construir conocimiento prescindiendo del aporte de información del mundo real? No podemos sacrificar el flujo de información pero sí el que esta se refiera al mundo real. Podemos, en efecto, inventar otro mundo. Y dejar para más tarde la discusión de su parecido con el real. (…) En el mundo simulado podemos (volver a) observar y experimentar a nuestro antojo. Los límites del mundo real han sido burlados. Y con la nueva información podemos construir nuevo conocimiento que ofrecer a la crítica”. (Jorge Wagensberg, "La simulación del mundo". La Vanguardia de Barcelona, domingo, 5 de febrero de 1984)
(...) tiesto, balcón, o ventana, con flores, almunia, huerto, patio andaluz, árabe o romano, jardín trasero, claustro, jardín francés, jardín inglés, jardín japonés, jardín zen, jardín botánico, jardín laberinto, jardín místico, jardín poético, jardín secreto, jardín colgante, jardín persa, invernadero, parque, camino o calle arbolada, área de descanso de una autopista, cementerio, campo de golff, (...) la corona fúnebre, el florero, el ramo de flores o la flor en el pelo y la flor en el ojal, o una coloreada fuente llena de frutas.
El jardín, como sabemos, está en el principio y parece estar también en el final, donde el pollo con arroz y garbanzos, los pezones duros, la casa, la cabaña, la tienda, la cueva y el féretro son sólo pasos intermedios. La topografía, como el sexo y la gastronomía, es una disciplina científica que, al aliarse con la arquitectura para sustituir la naturaleza por el paisaje, inventa el jardín. De toda la lista antes relacionada, si tuviéramos que escoger alguno de ellos según nuestras preferencias, elegiríamos el francés y el secreto.
El jardín francés es el más urbanizado de todos ellos, es el que menos imita a la naturaleza y es el que más obra de ingeniería necesita, el más artificial y por el ello el más verdadero, fuentes, surtidores, canalizaciones, escaleras, miradores, terrazas, pérgolas, balaustradas, grupos escultóricos. Mucho seto, mucha gravilla y poco césped. Y también tiene, según su tamaño, paseos y avenidas. Por todo ello, cuando está mal cuidado y abandonado y las aguas de sus estanques están encharcadas y mohosas, su atractivo aumenta tanto como lo puede hacer una ruina arqueológica invadida por la hiedra. Es en este instante preciso de metamorfosis cuando el jardín puede convertirse en jardín secreto. (El peletero jardinero)
En el imaginario catalán existe “la caseta i l’hortet”, la casita y el huerto, que los norteamericanos han perfeccionado en sus suburbios de los extrarradios y que ahora todos imitamos.
En "Blue velvet", David Lynch nos retrata ese típico jardín de una casa convencional de suburbio norteamericano de clase media. La cámara recorre el césped, se adentra en una selva desconocida como si nosotros mismos hubiéramos disminuido de tamaño igual que "El increíble hombre menguante". A medida que el foco se cierra aparecen seres extraños, monstruos y restos humanos devorados por las hormigas y escondidos en esa vegetación en miniatura: el césped, que representa la felicidad al alcance de cualquiera, un paraíso terrenal debajo de nuestros zapatos. La escena termina con el protagonista, que regaba también el jardín, tirado por el suelo sufriendo un infarto cardíaco mientras el perro de la familia bebe del agua de la manguera caída que brota como un manantial.
En otro de mis blogs preferidos he leído, hace unos días, un relato muy inquietante de John Cheever, “El gusano de la manzana”. El cuento empieza de la siguiente manera:
“Los Crutchman eran tan felices, tan extraordinariamente felices, y tan moderados en todas sus costumbres, y todo lo que les pasaba les parecía tan bien que uno se veía obligado a sospechar la existencia de un gusano en su sonrosada manzana, y a imaginar que el llamativo color de la fruta no tenía otro objeto que esconder la gravedad y la extensión de la enfermedad.”
El narrador no llega a creerse que tal felicidad y perfección puedan ser ni posibles ni verosímiles, por ello trata, a lo largo de todo el relato, de desenmascarar el engaño. Sin embargo, su esfuerzo será en vano y su fracaso rotundo.
Al final no tendrá más remedio que aceptar las evidencias y los hechos: los Crutchman son verdaderamente felices y se aman entre ellos sin dobleces, incluso debe reconocer que el gusano, quizás, se encuentra en el ojo del espectador que no quiere, o no sabe, ver la excelencia, la alegría y la bondad de la vida feliz. ¿Es así?
Hablando de felicidad y de días, en uno de ellos de agosto me quedé solo en una casa ajena, dueño y señor un día y medio escaso, fue el momento más feliz de mis vacaciones asiáticas. Logré convertirme en monje, alguien refugiado en sí mismo y autosuficiente que no necesitaba a nadie. Durante treinta y seis horas me sentí libre y protegido, salvaguardado y lejos del exterior. ¿Protegido de qué?, ¿de quién? De los demás, de la gente feliz y desgraciada, y de las hormigas que devoran los miembros amputados que las personas van perdiendo, sin darse demasiada cuenta de ello, en sus jardines y huertos, en sus alfombras y moquetas. La felicidad es un osario, una colección y una amalgama indescifrable, como las conversaciones de piscina, de ecos y exvotos.
Hace un tiempo yo mismo, en el primer post de esta hemeroteca, recordaba las partes de mi cuerpo que no podía llevarme conmigo y que había de abandonar como ofrendas o tirar en los estupendos contenedores de basura del Ayuntamiento de Barcelona. Si no recuerdo mal eran “los ojos, las manos, el labio superior, los dos testículos y la pierna derecha”.
Cualquiera sabe, o debería saber, que el sexo se encuentra en la cabeza más que en los genitales, pero todo tiene un límite y los cuerpos necesitan, al igual que los cerebros, neuronas y sinapsis, manos que los acaricien y ojos que los miren y yo no tengo nada de todo eso. En esa situación tan penosa cualquiera comprenderá que no disfrute del amor de las mujeres, ni de los hombres, todo el mundo prefiere, yo mismo también, a alguien más entero que en lugar de querer parecer un oso marino simule mejor ser un delfín acrobático y sonriente. No se lo reprocho, nadie precisa a un tullido, alguien raro, vehemente, melancólico y taciturno que se debate en dilemas insolubles sobre si la felicidad es una máquina mental, un plató o una tontería.
Pero los delfines no se pueden pescar en nuestras aguas, están protegidos por leyes que quieren hacernos felices, más parecen un invento de Walt Disney que un animal carnívoro. El que desee a alguien a su lado con la piel plateada, reluciente y brillante, con los ojos grandes y luminosos, saltarín y juguetón, tendrá que contentarse con un bonito del norte que, dicho sea de paso y como su nombre indica, tampoco es feo.
Una de las primeras películas de la historia de la cinematografía, “El regador regado”, que Louis Lumière rodó en 1895, retrataba a un hombre burlado mientras regaba con una manguera un jardín. Era una broma inocente y sencilla, un niño escondido pisaba la goma impidiendo al agua salir. Cuando el regante trataba de averiguar qué sucedía, inspeccionando la manguera por su abertura, el muchacho la liberaba levantando el pie, mojando y empapando de manera imprevista al pobre regante.
En este sencillo cuento encontramos a los tres protagonistas básicos de la caída edénica. El regador es Adán y Eva en uno solo, la manguera es la serpiente, y el niño es Dios. ¿O el orden es otro?
En el Paraíso los árboles sí que son una simple opinión, en cambio, los arroces con pollo y garbanzos, los pezones duros y los divorciados añorados, no.
viernes, 31 de agosto de 2012
El Peletero/Un sabor extraño
Un sabor extraño.
“El verano de 1974 ha sido el primer verano triste en España desde hace muchos años. Un verano con menos turistas, muchos menos que otros años, algunos menos de los que se esperaban. La postal turística y soleada del país se está quedando desierta. Se le han borrado las tintas. El mar del otoño borra en la arena la huella perdida de la última turista. ¿Y ahora qué?”. (“Adiós al turismo. Un ensueño que se acaba y una industria que languidece”. Francisco Umbral. Destino, 12 de Octubre de 1974)
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Ha cambiado el tiempo, ha llegado algo de fresco y la luna vuelve a crecer majestuosa.
Mientras la contemplo, seducido por su blancura, me sigo bañando en la piscina municipal, imperturbable. Igual que un oso adormilado y saciado escucho, de pasada y de forma disimulada, conversaciones ajenas sobre recetas culinarias tradicionales y modernas, política revolucionaria de salón, dilemas pedagógicos sobre la educación de los hijos de los demás, o, incluso, intimidades matrimoniales que auguran grandes desastres y decepciones.
Muy cerca de mi toalla, en la parcela de al lado, un hombre le confiesa a otro que su mujer, que ha de viajar mucho por razones de trabajo, siempre se depila cuando ha de irse, es entonces, dice, cuando va a la peluquería, se pone guapa y se hace la manicura, en cambio, a la vuelta está cansada, agotada, de mal humor y no quiere más que dormir... sola. Al amigo, que lo está escuchando, se le queda una cara de circunstancias y le pregunta si antes, en los primeros años de casados, hacía lo mismo o todo lo contrario. Le responde que al principio se depilaba al regresar a casa, se ponía guapa para mí y su rostro reflejaba la alegría de verme de nuevo.
Un poco más allá hay otro grupo de amigos que bromean entre sí, se lanzan puyas de manera simpática buscando siempre el ingenio de la réplica. Según parece, y oigo decir, al pollo con arroz le quedan muy bien unos cuantos garbanzos de compañía y adorno. Uno de ellos, divorciado de no hace mucho, pide información a los demás, necesita un hotelito coquetón para llevar a una amiga; la muchacha, les cuenta, vive lejos y está dispuesta a recorrer mil kilómetros para estar con él. Los demás lo felicitan por su suerte, pero alguien quiere saber si esa amiga es más joven y más guapa que su ex mujer. Otro, añade maliciosamente que es importante y conveniente que su "ex" lo sepa. ¿El qué? Que hay que poner poca cantidad de garbanzos, sólo para que el arroz no aburra, y también que te acuestas con una mujer más joven y más guapa que ella. ¿Por qué es importante? Porque es conveniente. ¿Para qué es conveniente?, lo es para que sea importante y para que el arroz no se pase tampoco. ¿Para quién? Para los tres, naturalmente: para el pollo, el arroz y los garbanzos. Hay quien comenta, además, de manera burlona, que siempre hay, desgraciadamente, alguien, más guapo y más joven que uno, que está dispuesto a recorrer miles de kilómetros para pasar una noche con tu ex pareja. El comentario ha tratado de ser cómico, gracioso, pero nadie lo toma como tal, en lugar de reírse, o de seguirle la corriente, el grupo se queda en silencio sin saber qué decir.
La conversación languidece tontamente junto con la tarde y el sol que enrojece en el horizonte envuelto en nubes amenazadoras. Algunos explican que les contaron aquello de lo que hablaron al decirles el otro día que les dijo la sobrina de la tía de la madre de la vecina que no, en cambio, a su cuñada, que pasaba por allí cuando iba a comprar una silla para subirse a la mesa de la ensalada le dijeron que sí, que estaba muy rica junto con la subida del IVA de su hijo que tenía una novia mayor que él que le decía que era un bobo que no distinguía entre pares y nones, arroz y garbanzos, abuelas o tatarabuelas hartas de serlo al salir de misa ayer con un amigo cura que sermoneaba algo que nadie entendió y que le preguntó, enfadado y de paso, a la vecina de la sobrina de la prima, por el pollo al horno del viernes, sin arroz ni garbanzos, el viernes de la otra semana, claro está, que le llevó, ya horneado, con un poco de pulpo, otro cura mucho más guapo, que no era el anterior, a su nuera al salir de mala gana del bar muy enfadada por algo que le dijeron y que ya nos contará la madrina de la hija de la tía de la otra que trabaja allí. Mal asunto, replica un paisano que no es cura, los grandes cambios siempre empiezan con las pequeñas cosas, como una cita a ciegas, una simple depilación a destiempo o un garbanzo en un lugar equivocado, las mentiras importantes se originan en las medias verdades que por conveniencia se prefieren no contar, y las traiciones sonadas en el aburrimiento, las recetas de cocina complicadas, la enología, la distancia y las nuevas amistades que prometen amor o una vida completamente nueva, concluye levantando, sabiondo y seguro de sí mismo, el dedo índice de la mano derecha.
Los tomates ya no son lo que eran.
Uno se va a bañar.
En una esquina, hay quien discute si afirmar que un árbol es un ser vivo es un hecho o una simple opinión.
Es cierto, hace siglos que los árboles ya no son lo que fueron, ahora parece que son solamente una opinión mientras los maridos se vuelven periféricos como satélites artificiales.
Entre esta confusión, empanada y ensalada de conversaciones, de palabras entrelazadas y música ambiental discotequera, el hijo de un conocido, de casi trece años de edad, se me acerca, se ha pasado la tarde en el agua jugando, nos ponemos a charlar, es un muchacho inteligente, perspicaz y curioso que escucha con atención lo que se dice a su alrededor. Me habla del colegio, de las series de televisión que le gustan, de sus padres, de sus amigos y amigas y me dice, muy seguro, que a las chicas se les endurecen los pezones cuando las besan. Yo le pregunto cómo es posible que suceda una cosa tan extraordinaria, que exista una conexión entre dos hechos tan diferentes. Me responde, sin inmutarse, que lo ha visto en un reportaje de televisión sobre la fisiología sexual humana y los variados sistemas de reproducción y seducción entre mamíferos. Parece todo un experto en esta clase de asuntos. Me doy cuenta, al oírle, de la gran labor divulgativa que hacen, hoy en día, los reportajes televisivos. Le confieso, sin embargo, que no tenía ni la más puñetera idea que las mujeres experimentaran este tipo de reacciones fisiológicas cuando las besan. Me pregunta curioso que a cuántas he besado yo a lo largo de mi vida. Le respondo que a casi ninguna, que a muy pocas o que a muchas sí añado a conocidas, vecinas, tías, primas y sobrinas segundas. El muchacho insiste, quiere saber más, sí beso en los labios o en las mejillas. No regales los besos, le respondo a mi vez con una sonrisa, ni beses nunca en vano ni a nadie igual, tampoco dejes que cualquiera te bese. No crees malos hábitos ni malos entendidos con ellos, son peligrosos, añado, ni beses ningún labio que otro haya besado en los últimos cinco minutos, hazme caso, piensa que no se pueden besar dos bocas al mismo tiempo, y que de ellas salen todas las mentiras y a nadie le gusta que le mientan. Me mira fijamente, me sonríe también y se queda callado, pensativo. Creo que lo ha entendido, pero nunca se sabe, es demasiado joven y hoy todo el mundo se besa en cualquier lugar y circunstancia.
Yo tampoco lo he entendido nunca del todo, la verdad.
La conversación con este niño me ha recordado a mí de jovencito y un libro que leí hace poco y que trata de la educación sensual de un adolescente a través del desnudo en el arte.
“Aunque el rumor domine los pensamientos del ser humano a lo largo de su vida nunca su dominio es tan grande como en la primera adolescencia ante aquella fuerza violenta, extraña e imbatible a la que denominamos sexo. El sexo era un hervidero de rumores, de insinuaciones, de historias veladas, de confesiones mentirosas, de miedo y de hechizo al unísono: algo increíblemente decisivo sucedía más allá del muro de la ignorancia.”
"Quizá entonces empecé a saber que la desnudez demasiado explícita, aunque excelente para las lecciones de anatomía, era siempre inferior a la desnudez velada y que era ésta, en efecto, fuera un pigmento, en mármol o en carne, la que nos introducía al carácter celeste de la divinidad de la mujer: pues el velo o el gesto o la palabra que actúan como velos, descubriendo y ocultando, son la casi intangible frontera que separa, pero también une, el ámbito de las ilusiones terrestres y el mundo perfecto de una mujer revelándose, desnudándose, es la única guía infalible para traspasar la frontera.” (“Una educación sensorial”, Rafael Argullol, Madrid, 2002. Casa de América, Fondo de Cultura Económica)
Entre baño y baño y entre charlas con los bañistas y convecinos de piscina, encuentro en mi portátil, en uno de mis blogs preferidos, un post sobre un producto natural, hecho de hierbas, afrodisíaco, es un típico producto "magufo", milagroso, pero que, de momento y desgraciadamente, no llega a prometer que mis besos endurezcan los pezones de nadie.
http://esceptica.org/2012/08/20/fugaces-200812/
Resignado por la poca eficacia milagrosa de este complemento alimenticio, tan prometedor y mentiroso, escucho a unas mujeres comentar, mientras reparten la merienda a sus hijos, airadas y ofendidas, la reforma que el ministro de justicia quiere llevar a término en la ley del aborto. Cerca de ese grupo hay unos paisanos que hablan de un familiar fallecido recientemente después de una larga y penosa enfermedad. A pesar de la tristeza por la muerte, se alegran de su fallecimiento porque ha terminado su sufrimiento, el de él y el de ellos. Al oírlos no puedo olvidar un artículo de Antoni Puigverd cuando afirmaba, a raíz de la muerte de su mejor amigo, que no somos nosotros los que acompañamos a los enfermos, es a la inversa, son ellos los que nos acompañan.
http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20120430/54286668582/antoni-puigverd-cuando-un-amigo-se-va.html
Hablando de Antoni Puigverd tampoco puedo dejar de citar su artículo de hoy cuando nos habla de un poeta francés del siglo XVII, Pierre de Marbeuf (1596-1645), y su comparación entre el amor y el mar, llenos ambos de sal y amargura, de pequeñas y grandes traiciones.
“Entre el odio y el amor, no se levanta una muralla, ni siquiera una pared. Sólo una fina telilla transparente como la que separa las capas de la cebolla. Convertido en posesión, maltratamos el amor en mil detalles diarios. Constantemente vamos y volvemos del odio al amor rasgando y recosiendo la telilla separadora. No es que triunfe el odio: es que el amor tiene un sabor extraño."("Sapore di sale", Antoni Puigverd, La Vanguardia de Barcelona, sábado 25 de agosto de.1912)
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Es cierto, hace fresco, la piscina se vacía, los bañistas van marchando lentamente, ha cambiado el tiempo y el WhatsApp dispara ya como una ametralladora; los mensajes van llegando uno tras otro, sin piedad, voraces, exigiendo respuestas y soluciones a problemas insolubles; todo el mundo lo quiere todo, la oferta es inmensa, sea lo que sea, rápido y ahora, inmediatamente, no pueden esperar, la clave de la vida es no perder el tiempo y el tiempo del reloj se ha agotado ya, los plazos han terminado y no queda margen, nadie nos dará ninguna otra oportunidad, mañana estaremos todos definitivamente muertos y enterrados. Mensajes, correos, llamadas telefónicas, prisas y urgencias nos caen encima como una tormenta de final de verano.
jueves, 16 de agosto de 2012
El Peletero/La manzana de oro
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peletera.
La manzana de oro.
“Erik "el Belga", el famoso ladrón de
centenares de obras de arte, volverá hoy a uno de los escenarios de sus robos,
la catedral de Roda de Isábena (Huesca), con el propósito de presentar una
pequeña muestra de cuadros pintados por él mismo y que ha donado para compensar
el expolio que llevó a cabo en el museo del templo hace dieciséis años, cuando
se apropió de piezas de gran valor, entre ellas una talla románica de san Juan.
Rene Alphonse van den Berghe -verdadero nombre de Erik ya no tiene que rendir
cuentas a la justicia después de pasar
algunos años en la cárcel y tras haber prescrito las causas que tenía
pendientes. En la actualidad reside en Málaga y dedica buena parte de su tiempo
a pintar cuadros que consigue vender a buen precio por la leyenda que acompaña
a su firma. El dinero de las diez telas que ahora ha regalado al párroco de
Roda, José María Lemiñana (a quien ya vio anteayer), se destinará a la restauración
de un tríptico gótico de la catedral. Las obras de Erik, que fue pintor antes
que ladrón, son en su mayoría copias de cuadros conocidos y, aunque no tienen
gran interés artístico, mosén Lemiñana ha agradecido el gesto y las ha colocado
en un lugar destacado del recinto catedralicio.” (Erik "el Belga" vuelve a Roda de Isábena como pintor, A. Ibares, La Vanguardia de
Barcelona, martes 15 de agosto de 1995)
¿El sabor de
la zanahoria se encuentra al mismo nivel que el tacto de la cebolla?
Esta es una
pregunta difícil de responder, quizás por ello las personas no encuentran casi
nunca la forma correcta de entenderse más allá del hablar por hablar, de la
charla insustancial y educada que no produce saber ni paradojas que describan
con precisión
la realidad.
Antoni Puigverd nos recordaba ayer en su crónica diaria de
verano que:
“Ovidio,
haciéndose eco de los griegos, nos habla de la manzana de oro que el joven
París de Troya entregó, no a la diosa más poderosa (Hera), no a la más
inteligente (Athenea), sino a Afrodita, la más atractiva. Afrodita había prometido
a París la chica más guapa: Helena. De ahí procede una de las moralejas más
raras y persistentes de la historia de Occidente: no es el poder o el dinero,
la causa de las guerras y los desastres, sino el deseo. La manzana de París
avisa: la paz es la ausencia de deseo. “
(Antoni Puigverd, La
Vanguardia, Barcelona, miércoles, 15 de agosto de 2012)
Entre paradojas y deseos insatisfechos
he dejado por unos días mi nueva casa, mis mesas y mis camas, sencillas o
dobles, y mis cortinas por planchar y me he ido a mil kilómetros de distancia.
No son exactamente unas vacaciones, se parecen más a unos simples días de
descanso en los que sólo pienso dormir como una marmota y hacer de oso marino
en una piscina municipal de pueblo pequeño, resoplar y bufar mientras nado, o
floto, entre grupos de paisanos que practican el viejo arte romano de bañarse
en una alberca, jugar y conversar con poca ropa, tirados por el suelo, sin
camas ni mesas, ni tampoco sillas.
Tengo la habilidad, o la maña, de no
usar gafas submarinas cuando me sumerjo, no las necesito para abrir los ojos
debajo del agua y observar, sorprendido, los cuerpos flotantes de los demás
pataleando sin cabezas. Yo, por suerte, todavía no estoy muerto, aunque cuando
dejo que el agua me cubra me siento ir un poco.
A fuera, en la superficie, suena
Freddie Mercury y su: “I want to be free”, los aviones
vuelan en parejas, de norte a sur y de este a oeste, inalcanzables. En “The
swimmer”, Burt Lancaster se recorre todas las piscinas de una zona
residencial de lujo de Connecticut en un intento vano de regresar a casa,
reencontrándose, por el camino, con las diferentes mujeres que formaron parte
de su vida. Y en “Sunset Boulevard”, William Holden nos narra la historia que la
película cuenta desde dentro de la piscina, con zapatos, vestido de calle y sin
respirar. No debe ser fácil hablar dentro del agua y cuando uno ya ha
fallecido.
Estos son días de calor, es un agosto
caliente, el viento parece salir de las calderas del mismo diablo, el aire
quema y humea como el aliento de un toro moribundo que brama solitario y
asustado. En cambio, la luna mengua de tamaño y pierde color igual que la
ruleta cuando gira y en la que me juego los euros y algo más.
Cuentan, los que lo saben, que hay que
apostar a rojo o a negro, a pares o a nones, da igual, si pierdes en la
siguiente jugada doblas la apuesta. Si vuelves a perder la multiplicas por dos
de nuevo, así hasta recuperar el dinero, siempre doblando la apuesta, tarde o
temprano, dicen, termina saliendo aquello que has elegido. Si, por el
contrario, aciertas y la bola cae donde deseabas, recoges los beneficios, la
diferencia entre lo ganado y lo apostado, y vuelta a empezar: si pierdes doblas
la apuesta…
¿El sabor de
la zanahoria se encuentra al mismo nivel que el tacto de la cebolla?
Yo creo que
no, pero hoy, por si acaso, comeré melón.
viernes, 27 de julio de 2012
El Peletero/Mesas y camas
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Mesas y camas.
Mi antigua casa tenía tres
mesas y cinco camas individuales, la actual, en cambio, posee cinco mesas y dos
camas, una de ellas doble, ¿he salido ganando?
Que en una cama quepa una
pareja de personas acostadas es un hecho que, sin duda, mi novia me agradecerá,
cansada, la pobre, de estrecheces en las calurosas noches de verano. Tal vez
por ello, y aprovechando la alegre circunstancia del momento, le he pedido también
que acepte que mi prima Mari Pili comparta conmigo la vivienda a ratos o a días.
Ha accedido, pero de mala gana.
Está un poco celosa a pesar
que yo siempre le digo, para tranquilizarla, que solamente es mi prima, casi
como una hermana, pero no sé, parece que no se fía. Me habla que entre primos,
vecinos y cuñados siempre ha habido contubernios oscuros inconfesables y ocultos
que nunca jamás son revelados aunque el cielo se desplome sobre nuestras
cabezas, igual que si fuesen los informes secretos de algún servicio de
inteligencia muy reservado que ha de preservar lo que nunca ha de saberse.
Me habla de Mario Vargas
Llosa que intimó y se amistó con su tía y que ahora está casado con una prima
hermana. Yo me defiendo argumentando que soy mucho peor escritor que el Premio
Nóbel peruano, y ella contraataca diciendo que la calidad de la escritura no
tiene nada que ver con las afinidades familiares. Tiene razón, pero... ¿qué
puedo replicar?, ¿qué Mari Pili es un maniquí de madera y trapo?, no se lo
creería, ¡vaya estupidez!, exclamaría enfadada y ofendida, ¿me crees tonta?,
añadiría. Yo le digo que no tema nada, pero insiste con el ejemplo de las
parejas de nuestros mejores amigos que acaban intercambiándose dando lugar a
nuevas parejas que se relacionan con otras llegando a ser, de esa manera, las
nuevas parejas de nuestros nuevos mejores amigos que, indefectiblemente,
terminan también intercambiándose de nuevo y... así sucesivamente. Yo me hago
el liberal y el progresista, el moderno, y le respondo con naturalidad que eso
favorece la variedad genética de la especie y que lo importante, en cualquier
caso, es aceptar los hechos deportivamente y que el amor, ya se sabe, va y
viene como la tramontana o el levante, que antecede al poniente, y que aviva
los fuegos y los escampa por la hierba seca de los claros y los bosques
sedienta de agua y compañía, y que si perdemos un amor podemos ganar un amigo o
una amiga, e incluso un amante, que nadie debe enfadarse por ello ni sentirse
víctima de nada ni asesino de nadie, que hay que ser comprensivo con el corazón
de los otros, sus sentimientos y sus entrepiernas, tener un buen talante y
sonreír como lo hacía el anterior Presidente del Gobierno, igual que el
mayordomo de Netol.
Disfrutar de una buena pareja
es importante, pero tener unas cuantas buenas exparejas muchísimo más, son como
medallas o heridas de guerra, o una reserva para los malos tiempos solitarios,
nunca se sabe lo bien que puede venir una expareja cuando uno debe de hacer una
mudanza del tipo que sea. La gente se ufana de ellas y las menciona más que a
las actuales, siempre comenta sus idas y venidas y sus nuevos novios, la buena
figura que tienen o el peso que han ganado, lo bien que les sientan las arrugas
o el nuevo corte de su cabello.
Ha de saberse que la calidad
humana de uno no reside en el amor presente, que se da por supuesto y que ya
sabemos que es fugaz y caprichoso como la fiebre nocturna infantil, sino en los
amores pasados que no los cambia ni los borra el desaliento ni el cansancio de
la vida ni tampoco la desmemoria que no consigue nunca pegar los corazones
rotos ni eliminar las huellas dactilares.
Añoraré mis antiguas camas y
mesas, mis ex, aunque me he cuidado bien de llevarme, al menos, dos
mesas y una cama que había en la otra casa, no las podía abandonar con un “ahí
os quedáis”. Una de ellas es una mesa de despacho de madera noble que he
colocado en el comedor al lado de otra redonda -extensible para una santa cena-
también de la misma madera, oscura y rojiza, junto a una, que tenía ya de otra
antigua mudanza, de mármol rosa como si fuera una pantera fina, peligrosa y
delicada, pero resistente y testaruda, todas de grandes dimensiones. Mi novia
me dice que me sobran mesas y que me faltan camas y me pregunta qué demonios
hace una mesa de despacho en un comedor. Yo no sé qué debo responderle, pero es
verdad que con tanta mesa no se ve bien el televisor que queda escondido y
medio encajonado entre los muebles y los libros. Tal vez deberé también apartar
a un lado mi sillón mariposa de piel de gacela siberiana -el mítico BKF
que diseñaron Antoni Bonet Y Jorge Ferrari Hardoy- si no quiero ir haciendo
slalom por el salón.
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Acaba de entrar en mi tienda
una chica a la que se le ha roto el pantalón por detrás. Me ha preguntado si
tenía aguja e hilo para hacer un remiendo, que no podía ir por el mundo
enseñando la retaguardia, le he dicho que sí, naturalmente. Su pantalón es
negro, de esos anchos y cómodos que antes se llamaban babuchas, le he dado una
caja con una veintena de carretes de diferentes colores para elegir. Y ahí la
tengo, en el probador, con el pantalón bajado cosiéndose el descosido. Le iba a
contar que una vez escribí una serie que se llamaba “La aguja en el pajar”,
pero he pensado que no venía a cuento, que no era el momento más adecuado y que
seguramente no le importaba lo más mínimo, las mujeres son así. En cambio, sí
he querido saber cuántas camas y mesas tenía en su casa. Me ha dado una
respuesta enigmática de la que deduzco, solamente, que le gusta desayunar en la
cama. No he querido averiguar más, por si acaso.
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“De ello resulta que la definición, estadística de
“pobre” en EE.UU. no se corresponde con lo que aquí creemos que significa.
Veamos ahora cómo viven los 36 millones y medio de
americanos que el censo clasifica como pobres. En 1995, el 41% de las familias
“pobres” era propietaria de su vivienda, cuyo tamaño medio era de tres
habitaciones, un baño y medio, un garaje y un porche o patio. Por si la media
engaña, diré que, en todo caso, el 60% de esos hogares considerados pobres
tenía dos o más habitaciones por persona. En 1995, que es el año para el que
hay cifras, recogidas por-la Heritage Foundation (www.heritage.org)
principalmente de las estadísticas suministradas por la Oficina del Censo y del
Ministerio de Trabajo americanos, el 70% de esos hogares pobres tenía un
automóvil y el 27% dos o más. Más datos. En EE.UU., el 99% de los pobres es
dueño de un frigorífico, el 97% tiene televisión en color y casi la mitad de ellos
tiene dos televisores de color o más aún. Un poco menos de tres cuartos de esos
pobres tiene aparato de vídeo. El 64% tiene horno de microondas, la mitad
equipo de estéreo, y más de un cuarto lavavajillas automático.”
(“La pobreza en Estados Unidos”, Pedro
Schwartz, La Vanguardia
de Barcelona, martes, 13 de abril de 1999)
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Cinco mesas y dos camas, una de
ellas doble, y una prima (no de riesgo) que nunca me lleva la contraria, no es un
mal balance.
martes, 24 de julio de 2012
El Peletero/La fauna peletera
Hemeroteca peletera.
La fauna peletera.
Siempre he sido amante de los mapas y de los globos terráqueos, de los planos de ciudades que no conozco o de otras que ya han desaparecido sepultadas por el lodo como Babilonia, “Bab Ilum”, la puerta de Dios.
En una pared de una casa tenía un viejo mapamundi político con los países coloreados.
Una vez, en mi primera juventud, recorté con unas tijeras un adhesivo transparente de color rojo pasión con el perfil de Catalunya -el mismo rojo de la cortina de la bañera que no me he comprado y que espero que mi novia me regale algún día-, y lo adherí encima para diferenciarlo de España y simular de esa manera que era un país independiente aunque fuese solamente en un mapa.
A su lado había otro atlas, en blanco y negro, de los pueblos indígenas de Norteamérica, desde Alaska hasta la frontera de Colombia, desde los mayas hasta los pies negros algonquinos. Y en otra pared de otra habitación de otra casa una carta marina del Cabo de Creus junto al plano de la Barcelona preolímpica.
Entre ellos guardaba uno, plastificado y enmarcado, de la fauna peletera de la antigua URSS que adornó durante muchos años un recibidor. Me lo habían regalado en alguna feria peletera. Tenía un buen tamaño y todo el mundo que lo veía se quedaba consternado como si en su cerebro se hubiera producido alguna clase rara de cortocircuito.
He esperado hasta el último día para deshacerme de él y abandonarlo al lado de un container municipal de la basura.
Nada más depositarlo en el suelo se me acercó un hombre joven marroquí, se lo quedó mirando embelesado, me preguntó si lo tiraba, le dije que sí. Se mantuvo pensativo unos segundos contemplándolo, absorto. Le pregunté si lo quería, me respondió afirmativamente. Le pedí que antes de llevárselo me dejara fotografiarlo. Se fue a buscar a un amigo que estaba charlando con otros. Mientras hacía la foto llegó con su compañero, se lo mostró complacido, ambos sonrieron satisfechos.
Les pregunté que para qué lo querían. Para venderlo, me respondieron, tenían una parada en el mercado de los Encantes viejos de Las Glorias.
¿Sabéis que es?, les pregunté.
No lo sabían. Se lo expliqué.
¿Es antiguo?, me preguntaron.
Sí, muy antiguo, les dije, muchísimo. Y se lo llevaron.
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“La Rusia histórica, el antiguo gran ducado de Moscovia, equivale sólo a doce de los treinta y cuatro distritos administrativos antes citados. Muchos de los habitantes de las repúblicas autónomas pertenecientes a la federación a menudo ni siquiera saben hablar ruso; basta con una visita a Yakutia para comprobarlo. Y, sin embargo, en las tierras de los yakutios —un territorio bastante más grande que el de Europa— se encuentran los más importantes yacimientos de oro y de diamantes, que continúan en poder de Rusia. No es de extrañar, pues, que los yakutios protesten; son algo más de un millón, su país es de una pobreza estremecedora, pero sus sentimientos nacionalistas están ya muy fuertemente desarrollados. Y éste no es más que uno de los muchos conflictos que sacuden a la República Rusa.” (“Mientras existían los soviets”, Ryszard Kapuscinski. La Vanguardia de Barcelona, 24 de noviembre de 1.992)
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Mi mapa de la fauna peletera de la antigua URSS era feo y kitsch, pero cada vez que lo miraba con atención y cuidado aprendía alguna cosa nueva y necesaria que antes no sabía que no sabía.
miércoles, 18 de julio de 2012
El Peletero/La crisis
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La crisis.
“Más que saber dónde finalizará la actual cuesta abajo
bursátil, la crisis iniciada el pasado 7 de octubre interesará como fenómeno
sociológico. La crisis ha revelado las insuficiencias y las pequeñeces de un
mercado bastante mal organizado institucionalmente y cuyas reglas reclaman una
revisión urgente, no siempre forzada por la angustia, como ha sucedido con el
famoso límite de los descensos, que ha sido reformado el pasado lunes de manera
imprevista.”
(...)
“En estos últimos mese, y al calor de una Bolsa que
crecía de forma ininterrumpida, muchos inversores han entrado en el mercado de
forma nada selectiva, independientemente de la calidad objetiva de los valores
comprados.
La rentabilidad en función de los dividendos, que en
cualquier Bolsa del mundo ha sido y es la guía fundamental de toda decisión de
inversión, se ha visto desplazada por las expectativas de carácter
exclusivamente especulativo.
Este tipo de conductas ha conducido a la sobrevaloración
de algunos títulos que carecen de la más mínima consistencia objetiva y que en
estos momentos van a resultar muy difíciles de realizar.
La Bolsa
española ha atravesado una etapa meramente cuantitativa, en donde no importaba
lo que se compraba, sino la acumulación de revalorizaciones alimentadas
exclusivamente por la especulación” (“Nada será igual al final de la caída
bursátil”, Madrid, Diario 16, 28 de octubre de 1987)
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Normalmente la gente tiene en casa básculas finas digitales,
tan planas como una hoja de papel, te subes encima de ellas, las pisas, y en
una pantallita aparecen unos números que marcan el peso de tu pobre cuerpo que
han de comerse los gusanos.
Yo, en cambio, tengo una de construcción mecánica marca
Soler del año 1977, de tecnología analógica clásica, muy clásica, con doble
romana de barras de acero inoxidable, ajustadas y calibradas. Tiene forma de L
con plataforma, de 115 cm.
de alto, 40 de ancho y 60 de profundidad, puede pesar hasta 140 Kg.
Como estoy de mudanzas y no me cabe en el baño de la nueva
casa he decidido regalarla y he pensado que a B le podía ser útil.
Hoy ha venido M a llevársela. M es el socio de B, mi amigo
que restaura coches históricos, especialmente ingleses y que hasta el día de
hoy pagaba el 18 % de IVA porque su actividad no era considerada “cultural”
como lo es la de los bailarines, músicos, actores y demás artistas. Ahora, sin
embargo, con la subida del impuesto hasta el 21 para todos, al igualarse a
ellos o ellos a él, no sabe si considerarse artista o pensar que los bailarines,
músicos, actores y demás artistas, han sido, hasta el día de hoy, unos
privilegiados que, como antes los hidalgos, vivían de graciosas exenciones
fiscales.
Dicen que la cultura no es ninguna mercancía, es posible, es
una frase bonita que pronunció en su día el que fue presidente de la Comisión Europea,
Jacques Delors, no obstante, eso no la exime que se pueda comerciar con ella.
Tampoco lo es el cuerpo humano, pero ya sabemos todos que con él se ha
comerciado siempre.
M es un muchacho que mide dos metros y debe de estar cerca de los
200 kilos de peso, así que la balanza no le va a servir de mucho excepto como
acicate para adelgazar. Aunque es bastante ligera, a pesar de sus dispositivos
metálicos, me he sentido débil y poca cosa al ver cómo M la levantaba igual que
una pluma y la colocaba dentro de su furgoneta sin esfuerzo ninguno.
Es curioso como un artilugio mecánico que puede medir la
fuerza de una masa en reposo ejerza, ella misma, menos fuerza que la que es
capaz de medir. Es una paradoja poética
que me lleva a pensar en las personas y su manera de ser, en la fuerza que
ejercen sobre los demás o la resistencia que son capaces de soportar de ellos, porque
todos somos una variedad curiosa de muelle, que, a veces, se dispara sin avisar,
causando una espiral de consecuencias, afortunadas o no, imprevisibles.
Hay personas muelle, otras, en cambio, son palancas, y
muchas no más que un simple peso muerto.
viernes, 13 de julio de 2012
El Peletero/Las inversiones inmobiliarias
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Las
inversiones inmobiliarias.
El lunes
vinieron a empaquetar libros, trastos y jarrones, alguna que otra máscara y
pájaros de barro, juguetes rusos y calaveras mejicanas. Ya llevo más de
cuarenta bolsas industriales de basura llenas de recuerdos que irán
directamente al vertedero, calculo que deben quedarme unas diez más, mis
camisas nepalíes, un samovar turco y un par de buitres que cacé yo mismo en las
selvas de Nueva Dehli.
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“Las compras de inmuebles españoles
por extranjeros se han multiplicado por dos en los cuatro últimos años. En
1989, según estimaciones oficiales, podrían superar la barrera de los 300.000
millones de pesetas. Durante los seis primeros meses, las entradas netas de
dinero para la adquisición de inmuebles en España han alcanzado los 154.836
millones de pesetas, cifra que supone ya un aumento del 16,5 por ciento
respectó a la del primer semestre del pasado año. Estas cifras no incluyen, en
cualquier caso, las inversiones de carácter inmobiliario que realizan empresas
extranjeras en España mediante la adquisición de empresas españolas cuya
finalidad básica es la tenencia y administración o enajenación de inmuebles. Se
refieren solamente a la compra de pisos o viviendas unifamiliares.
(...)
Es a partir del año 1985 cuando las
compras de inmuebles españoles por extranjeros se han acelerado dada la buena
evolución del turismo en los años anteriores y la fuerte revalorización
inmobiliaria que se ha producido en el mercado español. La mayor parte de estas
adquisiciones de inmuebles se destina a su utilización turística, casi siempre
como segunda residencia, a pesar de que más del 75 por ciento de las
adquisiciones son realizadas por personas jurídicas y no por particulares,
debido a motivaciones fiscales. Medios oficiales consideran, sin embargo, que
estas cifras están bastante infravaloradas y que en realidad la inversión
extranjera en la compra de inmuebles en España superará al menos en un 20 por
ciento las cifras oficiales debido ala costumbre, motivada por razones
fiscales, de escriturar las ventas y, por lo tanto, las transacciones de
dinero, por valores inferiores a los que se cruzan en las operaciones de
compraventa de inmuebles en la práctica. Las diferencias entre los valores
oficiales de las operaciones y los reales entran a veces en España por otros
conductos o simplemente se quedan en el extranjero, según las mismas fuentes.
Aunque no existe una cuantificación fiable de precios de venta oficiales y
reales, la cuantía de las mismas podría rondar cada año los 100.000 millones de
pesetas por un no residente) son mínimas”. (“La inversión extranjera en
inmuebles se ha doblado en cuatro años”, Primo González, La Vanguardia de
Barcelona, 16 de agosto de 1989)
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La casa
está inhabitable y he de sentarme encima de las cajas si no quiero hacerlo en
el suelo. He reservado un colchón para poder tumbarme y dormir los cuatro días
que me quedan antes de largarme.
La nueva
casa estará, del mismo modo, inhabitable hasta que vaya colocando las cosas
poco a poco. Ayer compré las cortinas que habré de mojar primero porque encojen
un 4 % según el manual de instrucciones, tenderlas en las mismas barras donde
irán colgadas para que no se arruguen y tomen la forma conveniente.
Ha sido
también una semana de hospitales y enfermos, de urgencias y angustia.
Ha sido la
peor semana de mi vida del peor año de mi vida.
Creo que
tardaré unos tres meses en ordenarlo y recolocarlo todo en su nuevo lugar y
hacer, al mismo tiempo, una nueva limpieza añadida, otra revisión, una selección
ampliada y más precisa de lo que conservo y de todo aquello que no puedo
guardar ni llevar conmigo y que también habré de abandonar.
¿Y luego?
Me gustaría
tomarme unas vacaciones, solo. Una de esas vacaciones de las que desconoces su
duración y su término, una semana o siete años.
Colgar el
teléfono.
Quizás realice
un viaje en el tiempo, hacia el pasado, para conocer a mi familia de
jovencitos, de niños. A Veni, a Pere, a Rosita, a Albert, paseando por la Ronda la víspera de Reyes,
verme a mí también jugando en la playa de Badalona. A mis tías en los bailes
coqueteando con los chicos, a mis tíos coqueteando con ellas.
Tal vez
regrese a Grecia para hacerme una foto con alguien.
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“A las siete de la tarde, un coche amarillo se detuvo ante
la casa. Del amarillo de una furgoneta de correos francesa. Pero el coche
llevaba matrícula española. El capó tenía trozos de cinta adhesiva pegados.
Pintados de amarillo. No del mismo amarillo exactamente. No obstante, el coche
estaba aparcado donde nunca había aparcado un coche anteriormente. Era un lugar
en el que se podía hacerlo. No obstruía nada. Pero nadie había visto ese sitio
antes. La conductora llevaba vaqueros y una polvorienta camisa negra con
botones blancos. Venía de Galicia.
(…)
Cenamos. Fuera empezó a llover, con fuerza. Insistimos en
que se quedara a dormir. Le mostré dónde se podía lavar y dormir. Se paró ante
un dibujo enmarcado en la pared de la cocina y lo miró. No lo miró fijamente.
Simplemente miró el dibujo de unas figuras con algunas palabras a su alrededor.
Las palabras eran una cita de Eumínides sobre las Furias exigiendo venganza, y
otra del Evangelio según san Juan: "... mi paz os doy; no os la doy como
la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde".
No dijo nada ni hizo ningún gesto.
(...)
Llovió durante toda la noche. A la mañana siguiente dijo que
tenía que ponerse en camino a Kassel. Antes dé marcharse, ¿podía hacer una
foto?
Estábamos tomando café en la cocina.
¿Vio mi cámara?, preguntó.
No.
¿No la vio anoche?
Señaló con la cabeza hacia su mochila que estaba en el
suelo, cerca de la puerta. Detrás de la mochila había una caja que ciertamente
había visto debido a su color plateado. Del tamaño aproximado de una caja de
herramientas. Tenía zonas reparadas con cinta aislante negra. No me había
preguntado qué llevaría en ella. Quizá pinturas. O manzanas. O sandalias y
loción bronceadora.
¡Como la cámara original -dijo-, como la primera! Y me dio
la caja. No pesaba nada. Los laterales estaban hechos de madera contrachapada.
No hay suficiente luz aquí, dijo, salgamos al exterior.
Fuimos hasta los ciruelos, donde hay una mesa sobre él césped,
y allí miró al cielo, todavía nublado. Entre dos minutos y tres, calculé en voz
alta, y puso la caja cuidadosamente en el borde de la mesa. En el centro de uno
de sus lados alargados había una tirita blanca rectangular, como la que te
pones en una pequeña ampolla o quemadura. Esta tirita estaba enmarcada por
cinta aislante negra. Con dedos cautelosos retiró la tirita y dejó al
descubierto una abertura, un agujero. Entonces me cogió la mano.
Los dos nos quedamos de pie mirando a la cámara. Nos movimos,
por supuesto, pero no más que los ciruelos al viento. Los minutos pasaron.
Mientras estábamos allí, reflejamos la luz, y lo que reflejamos pasó por el
agujero negro hasta la cámara oscura.
Será nuestra, dijo, y esperamos expectantes.
(“Una mujer y un hombre junto a un ciruelo”, John
Berger, El País, domingo 3 de septiembre de 1995)
martes, 10 de julio de 2012
El Peletero/La crisis de la izquierda
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La crisis de la izquierda.
“Yo no amo a nadie”, me dice,
con una sonrisa irónica, Félix, un cubano que trabaja en el bar donde voy a
tomar el café después de almorzar. Tiene 28 años y nació, precisamente, en
1984, el de la famosa obra de Orwell que pronosticaba la aparición de un ojo de
Dios que sabría todo de nosotros.
Félix es un muñeco hinchable,
una almohada, siempre está contento y alegre, es simpático y un buen compañero
para los demás camareros que trabajan con él.
Félix no es guapo ni
demasiado atractivo, pero tiene el culo prieto y gusta tanto a los hombres como
a las mujeres que lo persiguen con verdadero furor, aunque él prefiere, sin
duda, a los primeros.
Félix, a pesar de ser un buen
compañero, es un tiburón blanco, una hiena, no tiene piedad, dice que se le
acabó un día en la playa de Varadero.
El mismo año en que nació, y en
la misma playa, estábamos Albert y yo contemplando cómo dos muchachitas
preciosas nos hacían, a nosotros dos solamente, cabriolas gimnastas en la
arena. A la puerta del Hotel estaba nuestro Lada soviético que nos dejó tirados
en un campo de cañas mientras caía una lluvia tropical.
¿Qué tiene que ver un
homosexual cubano despiadado, dos jovencitas de piel canela, ágiles y dulces,
con la crisis de la izquierda?
¿Qué tiene que ver Varadero y
el progreso, la gimnasia y los tiburones blancos?
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“El tema de la crisis de
la izquierda tradicional no se lo ha inventado la nueva derecha, aunque
lógicamente sea su principal agente difusor. Está ahí, evidente como los
paisajes más evidentes, tanto en situaciones de aparente prepotencia histórica
(la instalación en el Gobierno de varios partidos socialistas europeos) como de
claro retroceso de influencia política (en el caso de los partidos comunistas).
Los partidos socialistas europeos parecen haber sido convocados para resolver
la crisis del capitalismo, con la garantía de su mayor o menor capacidad de
pacificación obrera; y los partidos comunistas, situados dentro del terreno del
posibilismo liberal, dudan entre llevar a sus últimas consecuencias la pérdida
de sus raíces leninistas o recuperar sus esencias asumiendo el modelo
soviético, no totalmente, pero sí como punto de referencia.”
(...)
“Pero difícilmente la
izquierda puede quejarse de la ofensiva de la nueva derecha y de la grave
neutralidad apolítica de la juventud o de las masas cuando no ha sabido ni
siquiera espabilar al intelectual orgánico colectivo que tenía más cercano y ha
tolerado, por vía activa o pasiva, que se convierta en un idiota orgánico
colectivo, idiota perfecto, porque ni siquiera sabe que lo es.
(...)
Al fin y al cabo, la
izquierda nació históricamente para ganar la batalla del progreso, y si la
izquierda realmente existente no sirve, las necesidades humanas la sustituirán
por otra. Incluso pueden cambiarle el nombre. Pero me parece que no se trata de
una simple cuestión nominal.”
(“La crisis de la
izquierda”, Manuel Vázquez Montalbán, El País, domingo, 6 de mayo de 1984)
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Félix me dice que nunca
recuerda sus promesas y que por esa causa no cumple ninguna jamás, pero que a
pesar de ello todos se las demandan, una y otra vez, como si tampoco
recordaran, o no quisieran recordar, que él nunca recuerda, ni cumple, sus
promesas.
miércoles, 4 de julio de 2012
El Peletero/El desierto
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El desierto.
Yo también tengo mi Moby Dick
al que persigo de forma compulsiva para que se me lleve a las profundidades
como si fuera un pendiente o un sonajero, un simple adorno no más importante
que una medalla de segunda clase.
El verano ofende, avanza,
cada vez hace más calor y la humedad de Barcelona podría competir con la del
Trópico. Hace dos meses y medio que no veo el mar y eso es mucho tiempo aunque
ahora, la verdad, estará demasiado concurrido, ya se sabe que en nuestra época
la felicidad tiene forma de playa caribeña o californiana, un desierto de arena
longitudinal, un lugar inhóspito para cualquier pescador de hace tres décadas.
Mi felicidad, sin embargo,
también se encontraba en una playa, estaba en Badalona y en Gavà, al Norte y al
Sur de Barcelona, y en los pinares que bordeaban todo el litoral, un lugar
demasiado sencillo para merecer la atención debida.
“En 1842, Herman Melville
desembarco del ballenero en el que viajaba y se quedó en una de las islas del
archipiélago de las Marquesas. De lo que allí le aconteció a lo largo de cuatro
meses en los que fue rehén de una tribu de caníbales, se ocupó en un libro
titulado Taipí. De lo que le sucedió después, cuando tras ser rescatado
por otro ballenero, se vio obligado a vagar por los mares del Sur a merced de
un capitán moribundo y de un segundo de abordo empeñado en no dar respiro a una
tripulación famélica y enferma, trata este volumen que, aunque continuación del
anterior, puede leerse independientemente. El retrato de sus compañeros de
travesía, las observaciones sobre las costumbres de los nativos y colonos de
las islas Sociedad y la narración de las anécdotas y aventuras diversas en que
se vio involucrado pueblan unas páginas en las que un Melville todavía joven empieza
a barruntar el infinito azar que se oculta tras la palabra destino”. (Herman
Melville en los Mares del Sur, Omú, Herman Melville. M.G.T. El Páis,
4 de diciembre de 1999)
La panadería de toda la vida,
en la que siempre compraba el pan, ha despedido a todos los empleados y ha
cerrado. Me lo ha contado hoy uno de ellos, una chica pakistaní. Iba a
preguntarle cómo son las playas de su país, pero no me he atrevido, he pensado
que era una pregunta estúpida y que no venía a cuento.
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