viernes, 28 de septiembre de 2012

El Peletero/El sentido de la marcha


Hemeroteca peletera

El sentido de la marcha.

La tradición editorial anglosajona tiene la buena o la mala costumbre de escribir los títulos en los lomos de los libros de arriba abajo, en cambio, en el resto de mundo la norma es básicamente a la inversa, de abajo arriba. Cuando ordenamos los libros verticalmente hemos de ir girando y torciendo la cabeza, como si estuviéramos en un extraño partido de tenis, para poder leer sus títulos. Pero si nuestro hábito es apilarlos horizontalmente nos encontramos con un reto mucho más difícil todavía a no ser que seamos saltimbanquis o contorsionistas circenses.

“La tradición anglosajona utiliza este método en los lomos de los libros porque considera que de esta forma se puede leer igualmente en vertical que apilados horizontalmente; y así es, no es un detalle menor. El pequeño inconveniente es que en vertical se lee mejor de abajo arriba que al revés, es una cuestión ergonómica: la lectura de idiomas occidentales va de izquierda a derecha, y su equivalente vertical es de abajo hacia arriba, ambos en el sentido de las agujas del reloj. En vertical de abajo hacia arriba leemos un texto “que sube”, y al revés un texto “que cae”. Sólo hay que hacer la prueba y nos daremos cuenta que es más fácil uno que otro. Pero claro, cuando hay varios libros reposando en una mesa o estantería no hay forma de leerlos fácilmente porque los títulos en los lomos quedan boca abajo, en decúbito supino, en lugar de quedar en decúbito prono para que se puedan leer.

Esta práctica de origen anglosajón proliferó, y ahora, nuestras editoriales y las del resto del mundo, adoptan una u otra según el gusto y criterio que cada una considere mejor.” (Albert, dixit)

Esa es una anécdota tonta, la verdad, pero con profundas y graves repercusiones en la salud de nuestras cervicales que son sometidas a un estrés desmesurado. Tal riesgo no creo que sea justo asumirlo ni la pasión por el saber pueda exigirlo tampoco de nosotros, pobres humanos que ya tenemos bastantes dilemas cuando hemos de organizar una estantería.

Ya sé que debería pedir consejo a un bibliotecario o archivista, un gremio que, dicho sea de paso y según dicen, es básicamente gay por razones que desconozco y que se me escapan, y que no estoy dispuesto a averiguar a estas alturas de mi vida. Sea como sea, siempre he pensado que la mejor solución es un desorden ordenado o viceversa y que la tipografía, al darme cuenta de los numerosos libros que conservo dedicados a ella, es una disciplina sutil y tan misteriosa como la inclinación sexual de las personas. ¿Por qué?, porque se puede escribir lo mismo de formas muy diferentes logrando, al mismo tiempo, que todo el mundo te entienda y te lea, o casi. Para ello también existe, o debería de existir, como Albert indica, la tipografía ergonómica, disciplina que nos habría de facilitar la lectura y al mismo tiempo velar por nuestra salud ósea y ocular.
 “Existe, de hecho es una de sus obligaciones: que sea legible, al igual que una silla que aguante el peso de un cuerpo reposando en ella. Lo que también encontramos es la excepción, letras en el límite de la comprensión visual, cosas de las vanguardias gráficas… (¡) Una tipografía puede ser muy expresiva y de formas no convencionales, licencia admisible siempre y cuando sea legible.)

A veces este extremo se ha dado por pura necesidad, por falta de espacio, como los textos manuscritos escritos en condiciones clandestinas como un campo de concentración, cartas o crónicas en los márgenes de una cajetilla de cerillas. Las letras manuscritas góticas, muy difíciles de leer por ser tan estrechas, se crearon para aprovechar al máximo el espacio de los pergaminos, hechos a base de piel de carnero, escasa y carísima. Incluso algunos caracteres se fusionaban (logotipos) para aprovecha todavía más el espacio. Luego, con la invención por Gutenberg de las letras móviles (la imprenta) se empezó siguiendo este diseño, también por la misma razón y por tradición.” (Albert dixit)

El orden de lectura es igual que el sexo y la simetría de los seres vivos que saben, sin saberlo, dónde está el frente o la espalda, la derecha o la izquierda, el arriba o el abajo y el sentido de la marcha.

¿Qué criterio debo usar para ordenar mi librería?, ¿el tema, el autor o el tamaño? ¿Cuál quiero que sea su sentido de la marcha?

El tamaño siempre ha sido importante incluso para no darle importancia. En tipografía el tamaño de la letra es clave, pero el tema y el autor son, sin duda, fundamentales.

¿O quizá debería tener en cuenta el tono cromático de los lomos?, ¿he de intentar darle un sentido estético y colorístico en lugar de lo que parecen ser todas las librerías que no contienen enciclopedias: el  caos ordenado de una pintura de Pollock?

En una de las habitaciones de esta casa empezó Albert a dibujar sus primeras portadas de libros que le encargaban Planeta, Dopesa y otras editoriales. Yo me dormía con su luz encendida mientras él seguía trabajando hasta muy avanzada la madrugada en una mesa de dibujo que ahora hemos tenido que abandonar con profunda tristeza y frustración. En aquellos años de su juventud diseñó portadas de todas clases, temas y tamaños. Primero se leía enteros los libros, o en su lugar uno de los resúmenes que escribían los asesores literarios de la editorial que aconsejaban, o no, su publicación. Había algunas de ellas que daban libertad al diseñador y confiaban en su criterio, pero otras indicaban claramente y sin ambigüedades qué querían.

¿Dónde se encontraba la libertad del artista en esas últimas?

En sobrevivir y conseguir cobrar, y también en el ingenio que demostraba en hacer lo que le daba la gana logrando que el editor creyera que seguía sus indicaciones. Como en  la vida misma, decir que sí a todo para hacer luego lo que te apetece. Una especie de lógica y de orden desordenado que permite que aparezcan la buena convivencia, la sorpresa y la casualidad.

¿Viajar con poco equipaje o no saber lo que hay en el maletero?, ¿una casa grande o una pequeña?, ¿dos camas o cinco mesas?

¿Vivir solo?

Me he olvidado de las sillas, pero en estas vacaciones volví a ver “Cabaret”, de Bob Fosse, y a la espléndida Minelli y su extraordinaria piel blanca levantándose y sentándose, una y otra vez, de las sillas en su famoso número. Así que. . . no sé, creo que me faltan sillas para tanta bailarina.

En la fotografía que muestro aparece uno de los libros de Taschen sobre Serge Jacques, uno de los fotógrafos eróticos más renombrados gracias a su obra que se publicó, en buena parte, en “Paris Hollywood”, una revista francesa en la que se veía a las chicas no solamente depiladas de sus vellos púbicos con goma de borrar, sino directamente emasculadas, castradas. Así era la hipocresía de aquellos tiempos, los años cincuenta y sesenta, que no permitía enseñar la vellosidad de la entrepierna femenina ni lo que ésta adornaba. Por suerte, en esa recopilación de su obra las modelos nos muestran, en todo su esplendor, lo que tapó la censura y lo que la naturaleza les ofreció al llegar a la pubertad, conocimiento que ha de ser necesariamente útil para la historia de la fotografía y del arte en general.

“En “Paris Hollywood” hay de todo según las diferentes épocas, en los años cincuenta afeitaban y emasculaban, después ya no. Donde hay pelo hay alegría. Yo pasé de ver señoras sin el bello púbico a ver revistas naturistas donde aparecían casi con barba y bigote, fotos clandestinas en blanco y negro compradas en el puerto o en el barrio chino barcelonés donde los actores llevaban antifaces. Y en medio de todo ello el Playboy, el más honesto que, simplemente, no lo enseñaba todo, tal vez por eso me gustan más las mujeres medio vestidas o medio desnudas, que no desnudas del todo, pero, como tú mismo dices, todo el mundo quiere y anhela pasearse por playas nudistas como si tuvieran prisa para ir al crematorio”. (Albert dixit)
Los vellos púbicos siempre han sido muy populares entre la población, es un asunto, por así decirlo, clásico, que nunca pasa de moda y que antes, por lo menos, en nuestra historia reciente y ámbito geográfico, siempre tenía el éxito asegurado. En cambio, la tipografía era, hasta hace poco, un saber muy especializado y conocido solamente entre impresores y diseñadores que en la actualidad se ha popularizado gracias a los procesadores de textos informáticos. Arial, Helvética, Univers, Times, Garamond, eran palabras sin significado para la mayoría de personas alfabetizadas.
Ya se que las “pilosidades” genitales no tienen nada que ver con la tipografía, que es una manera de pillar el rábano por las hojas, pero los tiempos cambian y en ellos aparecen nuevas profesiones: diseñador de órganos o de monedas virtuales, arquitecto de realidad aumentada, cirujano amnésico, agricultor urbano, pronosticador o peluquero íntimo que transforma las selvas frondosas en parques con el césped bien cortado y los setos podados de la misma manera que ahora también podemos elegir el tipo de letra en el que enviamos un simple watsApp. Pero nadie es capaz de decirnos todavía, a ciencia cierta y fuera del mundo de las opiniones, qué es mejor, sí los títulos de los lomos de los libros deben escribirse de arriba abajo o al revés.

Eso sí, en mi mesita de noche he colocado una brújula que indica claramente que duermo con la cabeza en dirección al Norte, apuntando, más o menos, hacia Noruega, un país que tiene fiordos, petróleo, que cría zorros y visones para peletería, que caza ballenas, que no usa el euro ni pertenece a la UE y que, a principios del siglo XX,  se independizó de Suecia de manera amistosa. Cosas de los pueblos civilizados.

Así, mi cuerpo gira en el mismo sentido de la marcha que lo hace la rotación terrestre excepto cuando viene mi novia a visitarme que consigue, de una manera sorprendente y muy habilidosa, cambiar el eje del planeta y lograr que el Norte se vaya al Sur y viceversa, igual que en mi librería en la que cada libro apunta hacia polos diferentes en los que los seises parecen nueves y los nueves seises.

Mi padre se pasaba horas hojeando esos libros tipográficos, parsimoniosamente y con mucha
atención observaba las letras y aunque ya había perdido la capacidad de leer, escribir y hablar, suponemos que en ellas encontraba la variedad fisonómica y topológica de algo conocido, familiar y vagamente recordado que le agradaba. Tal vez buscaba una voz, su nombre olvidado, escrito en alguna de aquellas páginas con tantas letras, tipos y caracteres diferentes, de abajo arriba o de arriba abajo.  

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Sólo recuerdo la emoción de las cosas” dice Antonio Machado, “y se me olvida todo lo demás”. (…) Tocar esta Cartilla Escolar Antifascista, recorrer sus páginas, es acordarse casi imposiblemente de las cartillas en las que nos enseñaron a leer, revivir con la imaginación y la ternura, la voz de nuestra madre o de nuestra abuela que repetían despacio sílabas y palabras que para ellas también eran difíciles. Aquí, en las palabras y en las letras, está la poesía elemental y sagrada de la escritura, ese prodigio que de niños tanto nos impresionaba, el de la invocación de las cosas. Tan usuales para el adulto, para el entendido, las formas alfabéticas se nos revelan de pronto en toda su dificultad y su misterio cuando queremos enseñar a otros a leer, cuando observamos la lentitud y la incertidumbre con que una voz descifra los sonidos o con la que un dedo índice recorre una línea de palabras. Es como aprender a caminar, nos damos cuenta entonces, como cuando un niño empieza a soltarse de la cercanía de su madre y se atreve a avanzar hacia el centro vacío de una habitación: qué paciencia nos hace falta para ayudar a un hijo a que empiece a leer, qué alegría compartida e íntima cuando de nuestra mano por la calle, señala hacia un letrero y nos lo lee en voz alta, con la felicidad de haber ingresado de verdad en la comprensión del mundo, aunque de ello sólo se den cuenta los niños y los analfabetos, está hecho sobre todo de palabras escritas, y quien no sabe leer está ciego, privado del conocimiento, tan excluido como un paria.” (La emoción de las cosas, Antonio Muñoz Molina. El País, 20 de diciembre de 1997)

viernes, 21 de septiembre de 2012

El Peletero/Una fuerza salvaje e incomprensible


Hemeroteca peletera.

Una fuerza salvaje e incomprensible.

Nunca he sabido exactamente qué clase de animal es el que muestro en la fotografía. Me recuerda, no sé por qué, a un armadillo, quizá por las orejas largas, pero carece de su coraza y la cola no tiene nada que ver.

Además, los armadillos son grises y ése está pintado de colores que recuerdan a su país de origen, México.

Albert dice que tal vez sea un zorro, uno pequeño, el llamado zorro kit de orejas largas , el chacalillo, que vive entre USA y México, una raposa rápida y avispada a pesar, o gracias, al clima árido y continental de temperaturas extremas que suele haber por allí.

El domingo pasado, mi chacalillo saltó desde una caja de cartón recién abierta, envuelto entre periódicos que lo protegían, a una de mis estanterías todavía vacía como si estuviera vivo y campante, tal vez tenía celos del frailecillo del otro día, de su pico multicolor y de sus aventuras marineras.

Fue, para mí, un camaleón al revés, alguien que tiene la potestad de transferir su color al ambiente y a todo aquello que toca. Resucitó de improviso, era un viejo compañero, lleno de vida, que regresaba de un extraño exilio y al que, por suerte, no había tenido que rescatar del infierno, ni descender al Hades, como Heracles, para llevarlo a casa de nuevo.

O sí.

De la caja salió igualmente, y a continuación, un rebaño de dinosaurios de plástico, juguetes metálicos rusos y calaveras también mejicanas que podría colocar al lado de mi desordenada colección de esquelas que conservo, recordatorios de funerales que no quiero guardar juntos para no sorprenderme de su enorme número.  

¿Tan viejo soy?, ¿a tantos he enterrado? El otro día apareció el del marido de una vecina que murió hace más de treinta años.

Los recordatorios los tengo desperdigados y me los puedo encontrar en cualquier lugar, de repente, exactamente igual que los fantasmas de un castillo que van dando sorpresas y sustos por las esquinas, saludándome como si fueran conocidos que hace tiempo no nos hubiéramos visto, encuentros casuales y sorprendentes que me obligan a un ejercicio de memoria no siempre fácil ni agradable. Mi padre, en su primera fase de alzhéimer, saludaba por la calle a personas que creía conocer, y la gente, como es normalmente educada, le respondía igual, como si le conocieran, dando lugar a una situación y a una conversación cómicas y dignas del mejor Ionesco.

Luego, al despedirse, me preguntaba a mí quién era ése que había saludado.

-¿A mi me lo preguntas, papá?, yo pensaba que lo conocías realmente.

-No, no tengo ni idea, ¿quién es?, -me preguntaba.

-No lo sé, a mí me parece que él a ti tampoco te conoce.

-Pues sí que estamos mal, -me decía pesaroso y triste.

Así que, y cuando menos me lo espero, aparecen esos recordatorios, olvidados entre las hojas de un libro o en el fondo de algún cajón de sastre mezclados con mil cosas, fotografías, billetes de banco falsos, agendas caducadas, antigua correspondencia que guardo y que no me atrevo a tirar igual que algunos extractos bancarios que me recuerdan también que antes era menos pobre.

Mi novia, que me soporta y me sufre como una santa, se ríe de mis costumbres con cariño y bastante ironía, ella es una mujer práctica y solvente y sabe, perfectamente, qué es la vida, no como yo que en el fondo todavía no sé qué quiero ser cuando sea mayor. Al menos, me dice, muy sarcásticamente, que con la mudanza estoy haciendo una buena limpieza de cosas que no servían para nada y ordenando otras que sirven de muy poco.

Pero mis recordatorios cumplen la función para la que fueron creados, recordar a personas que pisaron los mismos suelos que yo, tienen el poder evocador de un olor o una imagen a través solamente de unas pocas palabras: un nombre y dos fechas, los únicos datos importantes de una biografía, el resto es guarnición.

¿Debería ordenarlos en un solo lugar?, ¿todos juntos en un álbum igual que una colección filatélica para luego enseñarlos a los amigos y las visitas?, ¿sería adecuado clasificarlos por orden alfabético o, mejor, por fechas de defunción?

Philippe Ariès afirma que las: “imágenes de la muerte traducían las actitudes de los hombres delante de la muerte en un lenguaje ni simple ni directo, pero lleno de trucos y desvíos. (Philippe Ariès, “Essais sur l’histoire de la mort en Occident”)

En estas pasadas vacaciones asistí a un funeral. En la habitación del tanatorio, el difunto, dentro de su caja, estaba expuesto tras unos cristales que encerraban el féretro abierto con el cadáver y las coronas a su alrededor en una especie de habitación separada, de escaparate que lo aislaba de los demás, pero que lo mostraba a su contemplación. Al otro lado, justo delante, había un sofá amplio y largo en el que se sentaban la familia y los amigos llorosos. Sus rostros se reflejaban en el cristal, tenuemente iluminado, que tenían en frente y tras el cual se encontraba la caja con el familiar fallecido de cuerpo presente. Era una visión onírica en la que los vivos parecían estar en el mundo de los muertos o viceversa, cristal y espejo al mismo tiempo los unía en un sueño que, tarde o temprano, siempre termina por hacerse realidad. Pensé en fotografiar la escena, pero no me atreví, no quería que lo tomaran por una falta de respeto.

“A partir del siglo XIX, las imágenes de la muerte son cada vez más raras y ellas desaparecen completamente en el curso del siglo XX, y el silencio que se extiende ahora sobre la muerte significa que ella ha roto sus cadenas y se ha convertido en una fuerza salvaje e incomprensible.” (Philippe Ariès, “Essais sur l’histoire de la mort en Occident”)

Una fuerza salvaje e incomprensible.

“Goya y Gericauld descarnan la humanidad: su carne parece haber sido arrancada de los huesos y desparramada por la tierra. El mito era un escudo que en última instancia defendía la piel. La desnudez sin mito se vuelca necesariamente en la muerte: una muerte anónima, sin rasgos individuales, un troceamiento de cuerpos casi ilimitado. La muerte masiva.

Tengo la brumosa certidumbre de que esto me aterraba. A los trece años la muerte individual no tenía sentido y no podía jugar caprichosamente con sus fantasmas. Pero la muerte masiva era algo tan inesperado que descubría, bruscamente, una zona de sombra en la que los hombres eran precipitados. El tímido explorador de la desnudez chocaba, de repente, con una desnudez oscura que se interponía entre su mirada y los luminosos cuerpos del deseo”. (“Una educación sensorial”, Rafael Argullol, Madrid, 2002. Casa de América, Fondo de Cultura Económica)

Eso es lo que siempre me ocurre cuando, impelido por mis amigos modernos y progresistas, me veo obligado a asistir, como protagonista, al decepcionante espectáculo de una playa nudista. No sé ver otra cosa allí que una imagen de la muerte y de aquellas fosas comunes llenas de carne indiscriminada y anónima, no entiendo la costumbre de desnudarse en público, todos al mismo tiempo y en el mismo lugar, en rebaño, como si fuéramos pollos desplumados listos para dar sabor al caldo.

Mi chacalillo me mira de forma rara, quizá no entiende lo que digo o acaso desconfía por mi condición de peletero aunque hace ya dos años que vendí mis últimos zorros rojos irlandeses a una griega que los quería para hacer mantas. Me supo mal, por los zorros y por la griega, porque sabía que era la última vez que los veía. Y así fue, ambos se marcharon para no regresar. En su lugar he tenido que comprar un edredón nórdico de plumas de ganso, que, dicho sea con todos mis respetos a los gansos,  no es igual ni parecido a una manta confeccionada con zorros rojos irlandeses de primera calidad.

¿Estoy dominado por una fuerza salvaje e incomprensible?

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“Presupongo que en todo relato hay un lícito deseo de inmortalidad, de colarse aunque sólo sea un momento en el ánimo de los lectores y robarles un poco de su aliento y su existencia.

Capote escribió un relato (él es el protagonista) que transcurre en París. El escritor va a visitar a una anciana que ha sido importante o que para él tiene importancia, no recuerdo exactamente. La dama, al recibirle, le advierte de lo peligroso de la entrevista puesto que puede cambiar su existencia. Regala a Capote un pequeño pisapapeles de cristal, con flores o insectos en el interior. Se despiden. Inmediatamente es poseído por el objeto y se desarrolla en él la enfermedad por el coleccionismo. Recorre anticuarios y subastas, sufre al pensar en que una puja alguien desee el mismo pisapapeles y tenga más dinero.

Ahora, Capote está muerto, pero yo -con muchos menos medios-, sufro, desde el día en que leí el relato, la misma obsesión. Y voy por viejas papelerías y traperos buscando pisapapeles, aunque sean de plástico. Al fin y al cabo, cuando esas cosas suceden, todo es música para camaleones”. (En la muerte del escritor norteamericano Truman Capote, “Pequeñas grandes historias”, Pucci Villurbina, La Vanguardia de Barcelona, martes 4 de septiembre de 1984)



martes, 18 de septiembre de 2012

El Peletero/Recuerdos marineros


Hemeroteca peletera.


Recuerdos marineros.

“El día de San Valentín de 1991 la fachada del Ministerio de Cultura de Polonia apareció cubierta con un enorme corazón rojo sobre fondo blanco. Encima de él una sola palabra: “Harlequín”. Ese día algo cambió en la historia del país: la multinacional de novelas de amor más importante del mundo acababa de instalarse. Un poco más tarde, la encargada de ventas, Nina Kowakewska, podía anunciar con orgullo que “dos veces al mes vendía 700.000 libros y al cabo de un año la cifra de ventas era superior a los 15 millones de ejemplares” (“La vida de color de rosa. 100 millones de mujeres en todo el mundo consagran las novelas de amor como el género más popular”, Ramiro Cristóbal, Babelia, 6 de agosto de 1995)

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He colocado, en una estantería iluminada de mi nueva casa, un frailecillo de barro de tamaño real para que me recuerde el mar.

Mi novia, que es de secano, dice que el mar está sobrevalorado, que no hay para tanto y que mucha agua aburre como un día sin pan. Lo dice porque en otro tiempo fue marinera, capitana y contramaestre, navegó por todos los mares y océanos, visitó islas y continentes, pero, según parece, se cansó de tanto trasiego, de la humedad, del oleaje y de los peces, de los pulpos y de los erizos, aunque todavia añora, lo sé, algún que otro tiburón.

Yo, en cambio, a pesar de ser barcelonés de toda la vida, no sé siquiera cómo es un percebe ni el sabor que tiene un buen mejillón, ignoro la formas volubles y aterradoras de las medusas y las celestiales de las raras estrellas de mar que pueden regenerarse enteras a partir de un pequeño trozo de sí mismas.

Igualmente, confundo también una gamba con una pierna y a una bañista en topless con un maniquí de sastre.

Creo que mi novia me dice lo que me dice porque no quiere que sepa lo que ella sabe que no sé lo qué es pero que algo importante debe de ser cuando ella no quiere que lo sepa.

¿Cómo averiguarlo?

Mañana me compraré una sombrilla, me iré a la playa de la Barceloneta, la plantaré en la arena y escribiré un libro sobre calamares gigantes y abismos insondables, aventuras y mujeres hermosas y esperaré, paciente, la llegada de un barco morisco de piratas que me secuestre y me venda como esclavo para servir a alguna sultana somalí guapa, alta, de piel oscura y mirada inteligente, que hable varios idiomas y que sepa sonreír sin enseñar los dientes.

Mi novia dice que estoy celoso y cargado de monsergas, que me cuesta aceptar que en otros tiempos capitaneara barcos llenos de hombres curtidos, peludos y fieros, o espadachines delgados de bigotes finos, que se los comiera como se come y se saborea el buen queso, por hambre o por simple antojo, porque no tenía nada mejor que hacer o porque sí o porque no o por todo lo contrario, sencillamente porque le daba la gana o le daba la gana a ellos. Tiene razón, estoy celoso, pero no de ella, sino de su libertad, de su independencia, de su voluntad y de su poder de mujer, de sus viajes y de sus grandes conocimientos marineros y culinarios en quesos y mariscos, de sus muchos recuerdos, de los propios y de los ajenos, de los recuerdos que conserva de otros y otros conservan de ella, de su hambre saciada y de los apetitos que calmó en aquellos compañeros de correrías, de sus secretos de alta mar, de sus rutas, de sus naufragios, de sus cartas marinas, de los cielos estrellados de leche y de silencios, de las madrugadas, de las cosas bonitas que le dijeron y de las que ella les dijo.

Y también de sus caprichos satisfechos que ahora trata de minusvalorar frente a mí diciendo que el balanceo marea, que el queso engorda y que comer mucho empacha.

¿Cómo la debe recordar aquel caballito simpático que la cabalgó una noche de plenilunio?, ¿y aquella raya esquiva de largo aguijón que nadaba altiva, arisca y seductora, por entre el fondo y la superficie cargada de rémoras que como ella le suplicaban un poco de amor?

¿O la han olvidado completamente y para siempre?

Es sólo una más entre muchas?

Yo sí soy uno menos entre ninguno porque plantado sigo con mi sombrilla mirando el mar que no deja de moverse inquieto y tartamudo como si nunca pudiera estarse quieto, va y viene y vuelve a venir en una muy manida metáfora de los orgasmos femeninos que antes eran misterios y que ahora sólo son espasmos nerviosos y musculares, símbolo también, repetido hasta la saciedad, de las profundidades de sus cuerpos que solamente conocen los cirujanos, los ginecólogos y esos seres misteriosos, que nadie conoce ni ha visto jamás, que habitan las simas en las que siempre la noche es negra.

El cuerpo de las mujeres está poblado de fantasmas, de restos arqueológicos de antiguas civilizaciones que se derrumbaron cuando las olvidaron, de campamentos calcinados por el fuego que los iluminaba en la oscuridad. Da igual su edad, jóvenes o ancianas, inocentes o peligrosas, dulces o estúpidas de mal carácter, simpáticas o gruñonas, no importan ni su inteligencia ni su belleza ni tampoco su bondad, en ellas reina el silencio, ese rumor marino informe, frío, que expande la bóveda celeste. Las mujeres son un eco, son el eco.

Pascal Quignard dice que: “El eco es la voz de lo invisible. Durante el día los vivos no ven a los muertos. Pero los ven en la noche, en los sueños. En el eco el emisor es inhallable. Lo visible y lo audible juegan a las escondidas.” (El odio a la música, diez pequeños tratados, Cuarto tratado. Traducción: Pierre Jacomet. “De los lazos entre el sonido y la noche”, Pascal Quignard, Publicado por Ignoria)

Por eso las mujeres son, ciertamente, inhallables, no están ni en sí mismas ni fuera de sí mismas, su malestar es inexplicable, y por ese terrible motivo me quedaré encadenado a la playa, esperando paciente como un pasmarote que llegue mi sultana somalí de mirada inteligente y me ofrezca un reino a los pies de su cama.

Mi novia me mira raro, extrañada y bastante aburrida ya de tanto parloteo, no sabe muy bien de qué le hablo, y yo, la verdad sea dicha, tampoco demasiado aunque intuyo por dónde va la corriente y la música. Me deja por imposible, por tonto, celoso y envidioso, por cascarrabias resentido y por mentiroso, y se va a consultar, toda decidida, a un amigo decorador qué necesita para instalar una pecera en su casa que haga bonito. Colores, nada más que colores, le responde el amigo, ni el agua ni los peces son imprescindibles. Tiene razón, he pensado yo, los puede pintar, es mucho mejor, y si quiere incluso puede iluminar la tela por detrás como si fuera una ventana con vistas al fondo del mar y así recordar antiguas aventuras y otras épocas y lugares diferentes en los que trató también de ser feliz.

Pero es cierto, soy un tonto y un mentiroso, me engaño a mi mismo, mi sultana no vendrá jamás, quizá ya vino y la deje ir, quizá ya fui y me dejó marchar.

En Grecia, cerca de un templo dedicado a Poseidón, hay un acantilado de suave pendiente que desemboca en una pequeña cala. Los domingos solía ir, me hacía unos bocadillos y tomaba un autobús que me llevaba directamente hasta la raya de la montaña; al lado había un pequeño restaurante en el que pedía mis cervezas. Era una agradable manera de pasar el día y de reposar la mente contemplando el mar desde la altura, inofensivo y tranquilo, traidor. Cuando hacía buen tiempo los bañistas se tumbaban por entre las rocas del peñasco, de cara al sol, desnudos encima de toallas multicolores, escondidos detrás de sus gafas oscuras miraban sin ser vistos.

En el cielo había una muchedumbre de gaviotas sobrevolando las columnas, hermosas y blancas, hambrientas y ruidosas.

Ahora, en la playa de la Barceloneta, me tapo los oídos con tapones de cera para no oírlas, hago planes absurdos que no me llevarán a ninguna parte y ordeno revistas para luego volverlas a empaquetar en cajas nuevas debidamente señalizadas. Ninguna de ellas explica aquello que mi novia no me cuenta ni me dice, seguramente, para que ignore lo que ella sí sabe y yo no, pero que algo muy importante y terrible debe de ser cuando ella no quiere que lo sepa.

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“Hay cosas que se hacen con las prostitutas, se descubren con ellas, se reciben de ellas como de ninguna otra mujer. Dos fenómenos han tomado auge desde comienzos de los noventa. Del lado de la mujer, la obsesión por los ángeles cuyo asunto ha llenado el Internet, la radio y la industria editorial, ha producido películas y ha creado en las ciudades un comercio de especializadas espiritistas que convocan a tales criaturas celestiales ante un embobado coro de amas de casa. Lo que hace unos años era el tupperware hoy es la bella compota de estos seres divinos. Las mujeres se han inventado este compañero sexual que ama sin reservas. Pero, del lado de los hombres, han reaparecido las putas que dan sin abrumar y complacen sin producir enredos.

Cuando se dice que los sexos se aproximan y la igualdad avecina la relación, cada cual ha ido a la caza de sus respectivos fantasmas. El ángel es el compañero ideal de la mujer. Un ser con forma y atributos de hombre, pero que no viene para imponer su fuerza. Un tipo delicado, fino, atento, guardían, dispuesto a arreglar cualquier avería.

El ángel podría redondear esa clase de hombre nuevo que la nueva mujer se ha estado vindicando durante los últimos tiempos. El ángel no grita, no bebe, no pega ni ordena que le pongan de comer. Ni solicita el débito conyugal o cosas por el estilo. Acompaña sin hacerse cargante. Está a las órdenes de las fantasías femeninas de ser sujeto como la hetaira lo está al servicio de las fantasías de los hombres que anhelan ser objetos. La puta es un ejemplar que no exige eternidad ni fidelidad, se le puede decir que se la quiere sin desencadenar más consecuencias. Si el ángel es la masculinidad extirpada de machismo, la prostituta es la feminidad despojada de feminismo. Una suerte de paraíso sin tiempos. (“Ángeles y zorras”, Vicente Verdú, Babelia, 6 de agosto de 1995) Hemeroteca peletera.

lunes, 10 de septiembre de 2012

El Peletero/El oso varado


 
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El oso varado

Hace unas semanas empaquetaba trastos, ahora, sin embargo, los desempaqueto. No sé que es peor. El 23 de julio pasado, a las doce de la noche, cerraba una puerta, llamaba a un ascensor y no miraba atrás. Entre un hecho y el otro han sucedido muchas cosas, todas ellas trascendentes, que he disimulado, frente a los que me rodean y de la mejor manera que he podido, imitando a un oso marino varado en una playa.


Ha sido una buena actuación en la que me han ayudado un pollo con arroz y garbanzos, unos pezones duros y un divorciado con ganas de volver a ver a su ex mujer.


Treinta y tantos días de vacaciones, todos juntos, suman demasiados para los tiempos que corren, parecen, y lo son, un verdadero lujo asiático. No obstante, el único placer que le puede quedar a alguien que ha quemado sus naves, y sabe que no habrán más playas ni más barcos, es resignarse,  tumbarse en el césped, no hacer nada y dejar transcurrir el tiempo mientras oye a sus conciudadanos conversar de manera distendida en la orilla de una piscina a la que se le agota su presupuesto municipal. Escuchar confidencias no es fácil, lograr pasar desapercibido, o conseguir la confianza del otro que te muestra su miedo, tampoco, explicarlas después, sin delatar a sus protagonistas, mucho menos.


Dice Vinicius de Moraes que "la tristeza no tiene fin, que la felicidad sí", y una forma de ahuyentar la primera para que la segunda perviva es la de recrear el
Edén y en su defecto el "el baño, la sauna, la terma, la piscina, el solarium, la playa, el harén. Lugares de reunión y placer y por supuesto también de intriga y conspiración." (El peletero jardinero)

Mi piscina municipal forma parte claramente de esa lista
, es un aceptable remedo edénico en el que se escenifica un simulacro de felicidad primordial a través de la desnudez del cuerpo que las playas nudistas llevan al extremo, y una parodia fundacional de la política a través de la charla y la gastronomía, incluso el agua es también un elemento purificador como el fuego, en cada baño en la piscina hay un bautismo, un nuevo comienzo, un renacimiento no siempre logrado.

Jorge Wagensberg se preguntaba el año 1984, gracias al éxito de la cibernética, que:


“¿Podemos construir conocimiento prescindiendo del aporte de información del mundo real? No podemos sacrificar el flujo de información pero sí el que esta se refiera al mundo real. Podemos, en efecto, inventar otro mundo. Y dejar para más tarde la discusión de su parecido con el real. (…) En el mundo simulado podemos (volver a) observar y experimentar a nuestro antojo. Los límites del mundo real han sido burlados. Y con la nueva información podemos construir nuevo conocimiento que ofrecer a la crítica”.  (Jorge Wagensberg, "La simulación del mundo". La Vanguardia de Barcelona, domingo, 5 de febrero de
1984)

(...) tiesto, balcón, o ventana, con flores, almunia, huerto, patio andaluz, árabe o romano, jardín trasero, claustro, jardín francés, jardín inglés, jardín japonés, jardín zen, jardín botánico, jardín laberinto, jardín místico, jardín poético, jardín secreto, jardín colgante, jardín persa, invernadero, parque, camino o calle arbolada, área de descanso de una autopista, cementerio, campo de golff, (...) la corona fúnebre, el florero, el ramo de flores o la flor en el pelo y la flor en el ojal, o una coloreada fuente llena de frutas.


El jardín, como sabemos, está en el principio y parece estar también en el final, donde el pollo con arroz y garbanzos, los pezones duros, la casa, la cabaña, la tienda, la cueva y el féretro son sólo pasos intermedios. La topografía, como el sexo y la gastronomía, es una disciplina científica que, al aliarse con la arquitectura para sustituir la naturaleza por el paisaje, inventa el jardín. De toda la lista antes relacionada, si tuviéramos que escoger alguno de ellos según nuestras preferencias, elegiríamos el francés y el secreto.


El jardín francés es el más urbanizado de todos ellos, es el que menos imita a la naturaleza y es el que más obra de ingeniería necesita, el más artificial y por el ello el más verdadero,  fuentes, surtidores, canalizaciones, escaleras, miradores, terrazas, pérgolas, balaustradas, grupos escultóricos. Mucho seto, mucha gravilla y poco césped. Y también tiene, según su tamaño, paseos y avenidas. Por todo ello, cuando está mal cuidado y abandonado y las aguas de sus estanques están encharcadas y mohosas, su atractivo aumenta tanto como lo puede hacer una ruina arqueológica invadida por la hiedra. Es en este instante preciso de metamorfosis cuando el jardín puede convertirse en jardín secreto. (El peletero jardinero)


En el imaginario catalán existe “la caseta i l’hortet”, la casita y el huerto, que los norteamericanos han perfeccionado en sus suburbios de los extrarradios y que ahora todos imitamos.


En "Blue velvet", David Lynch nos retrata ese típico jardín de una casa convencional de suburbio norteamericano de clase media. La cámara recorre el césped, se adentra en una selva desconocida como si nosotros mismos hubiéramos disminuido de tamaño igual que "El increíble hombre menguante".  A medida que el foco se cierra aparecen seres extraños, monstruos y restos humanos devorados por las hormigas y escondidos en esa vegetación en miniatura: el césped, que representa la felicidad al alcance de cualquiera, un paraíso terrenal debajo de nuestros zapatos. La escena termina con el protagonista, que regaba también el jardín, tirado por el suelo sufriendo un infarto cardíaco mientras el perro de la familia bebe del agua de la manguera caída que brota como un manantial.


En otro de mis blogs preferidos he leído, hace unos días, un relato muy inquietante de John Cheever,El gusano de la manzana”. El cuento empieza de la siguiente manera:


“Los Crutchman eran tan felices, tan extraordinariamente felices, y tan moderados en todas sus costumbres, y todo lo que les pasaba les parecía tan bien que uno se veía obligado a sospechar la existencia de un gusano en su sonrosada manzana, y a imaginar que el llamativo color de la fruta no tenía otro objeto que esconder la gravedad y la extensión de la enfermedad.”


El narrador no llega a creerse que tal felicidad y perfección puedan ser ni posibles ni verosímiles, por ello trata, a lo largo de todo el relato, de desenmascarar el engaño. Sin embargo, su esfuerzo será en vano y su fracaso rotundo.


Al final no tendrá más remedio que aceptar las evidencias y los hechos: los Crutchman son verdaderamente felices y se aman entre ellos sin dobleces, incluso debe reconocer que el gusano, quizás, se encuentra en el ojo del espectador que no quiere, o no sabe, ver la excelencia, la alegría y la bondad de la vida feliz. ¿Es así?


Hablando de felicidad y de días, en uno de ellos de agosto me quedé solo en una casa ajena, dueño y señor un día y medio escaso, fue el momento más feliz de mis vacaciones asiáticas. Logré convertirme en monje, alguien refugiado en sí mismo y autosuficiente que no necesitaba a nadie. Durante treinta y seis horas me sentí libre y protegido, salvaguardado y lejos del exterior. ¿Protegido de qué?, ¿de quién? De los demás, de la gente feliz y desgraciada, y de las hormigas que devoran los miembros amputados que las personas van perdiendo, sin darse demasiada cuenta de ello, en sus jardines y huertos, en sus alfombras y moquetas. La felicidad es un osario, una colección y una amalgama indescifrable, como las conversaciones de piscina, de ecos y exvotos.


Hace un tiempo yo mismo, en el primer post de esta hemeroteca, recordaba las partes de mi cuerpo que no podía llevarme conmigo y que había de abandonar como ofrendas o tirar en los estupendos contenedores de basura del Ayuntamiento de Barcelona. Si no recuerdo mal eran “los ojos, las manos, el labio superior, los dos testículos y la pierna derecha”.


Cualquiera sabe, o debería saber, que el sexo se encuentra en la cabeza más que en los genitales, pero todo tiene un límite y los cuerpos necesitan, al igual que los cerebros, neuronas y sinapsis, manos que los acaricien y ojos que los miren y yo no tengo nada de todo eso. En esa situación tan penosa cualquiera comprenderá que no disfrute del amor de las mujeres, ni de los hombres, todo el mundo prefiere, yo mismo también, a alguien más entero que en lugar de querer parecer un oso marino simule mejor ser un delfín acrobático y sonriente. No se lo reprocho, nadie precisa a un tullido, alguien raro, vehemente, melancólico y taciturno que se debate en dilemas insolubles sobre si la felicidad es una máquina mental, un plató o una tontería.


Pero los delfines no se pueden pescar en nuestras aguas, están protegidos por leyes que quieren hacernos felices, más parecen un invento de Walt Disney que un animal carnívoro. El que desee a alguien a su lado con la piel plateada, reluciente y brillante, con los ojos grandes y luminosos, saltarín y juguetón, tendrá que contentarse con un bonito del norte que, dicho sea de paso y como su nombre indica, tampoco es feo.


Una de las primeras películas de la historia de la cinematografía, “El regador regado”, que Louis Lumière rodó en 1895, retrataba a un hombre burlado mientras regaba con una manguera un jardín. Era una broma inocente y sencilla, un niño escondido pisaba la goma impidiendo al agua salir. Cuando el regante trataba de averiguar qué sucedía, inspeccionando la manguera por su abertura, el muchacho la liberaba levantando el pie, mojando y empapando de manera imprevista al pobre regante.


En este sencillo cuento encontramos a los tres protagonistas básicos de la caída edénica. El regador es Adán y Eva en uno solo, la manguera es la serpiente, y el niño es Dios. ¿O el orden es otro?


En el Paraíso los árboles sí que son una simple opinión, en cambio, los arroces con pollo y garbanzos, los pezones duros y los divorciados añorados, no.

viernes, 31 de agosto de 2012

El Peletero/Un sabor extraño



Hemeroteca peletera.

Un sabor extraño.

“El verano de 1974 ha sido el primer verano triste en España desde hace muchos años. Un verano con menos turistas, muchos menos que otros años, algunos menos de los que se esperaban. La postal turística y soleada del país se está quedando desierta. Se le han borrado las tintas. El mar del otoño borra en la arena la huella perdida de la última turista. ¿Y ahora qué?”. (“Adiós al turismo. Un ensueño que se acaba y una industria que languidece”. Francisco Umbral. Destino, 12 de Octubre de 1974)

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Ha cambiado el tiempo, ha llegado algo de fresco y la luna vuelve a crecer majestuosa.

Mientras la contemplo, seducido por su blancura, me sigo bañando en la piscina municipal, imperturbable. Igual que un oso adormilado y saciado escucho, de pasada y de forma disimulada, conversaciones ajenas sobre recetas culinarias tradicionales y modernas, política revolucionaria de salón, dilemas pedagógicos sobre la educación de los hijos de los demás, o, incluso, intimidades matrimoniales que auguran grandes desastres y decepciones.

Muy cerca de mi toalla, en la parcela de al lado, un hombre le confiesa a otro que su mujer, que ha de viajar mucho por razones de trabajo, siempre se depila cuando ha de irse, es entonces, dice, cuando va a la peluquería, se pone guapa y se hace la manicura, en cambio, a la vuelta está cansada, agotada, de mal humor y no quiere más que dormir... sola. Al amigo, que lo está escuchando, se le queda una cara de circunstancias y le pregunta si antes, en los primeros años de casados, hacía lo mismo o todo lo contrario. Le responde que al principio se depilaba al regresar a casa, se ponía guapa para mí y su rostro reflejaba la alegría de verme de nuevo.

Un poco más allá hay otro grupo de amigos que bromean entre sí, se lanzan puyas de manera simpática buscando siempre el ingenio de la réplica. Según parece, y oigo decir, al pollo con arroz le quedan muy bien unos cuantos garbanzos de compañía y adorno. Uno de ellos, divorciado de no hace mucho, pide información a los demás, necesita un hotelito coquetón para llevar a una amiga; la muchacha, les cuenta, vive lejos y está dispuesta a recorrer mil kilómetros para estar con él. Los demás lo felicitan por su suerte, pero alguien quiere saber si esa amiga es más joven y más guapa que su ex mujer. Otro, añade maliciosamente que es importante y conveniente que su "ex" lo sepa. ¿El qué? Que hay que poner poca cantidad de garbanzos, sólo para que el arroz no aburra, y también que te acuestas con una mujer más joven y más guapa que ella. ¿Por qué es importante? Porque es conveniente. ¿Para qué es conveniente?, lo es para que sea importante y para que el arroz no se pase tampoco. ¿Para quién? Para los tres, naturalmente: para el pollo, el arroz y los garbanzos. Hay quien comenta, además, de manera burlona, que siempre hay, desgraciadamente, alguien, más guapo y más joven que uno, que está dispuesto a recorrer miles de kilómetros para pasar una noche con tu ex pareja. El comentario ha tratado de ser cómico, gracioso, pero nadie lo toma como tal, en lugar de reírse, o de seguirle la corriente, el grupo se queda en silencio sin saber qué decir.

La conversación languidece tontamente junto con la tarde y el sol que enrojece en el horizonte envuelto en nubes amenazadoras. Algunos explican que les contaron aquello de lo que hablaron al decirles el otro día que les dijo la sobrina de la tía de la madre de la vecina que no, en cambio, a su cuñada, que pasaba por allí cuando iba a comprar una silla para subirse a la mesa de la ensalada le dijeron que sí, que estaba muy rica junto con la subida del IVA de su hijo que tenía una novia mayor que él que le decía que era un bobo que no distinguía entre pares y nones, arroz y garbanzos, abuelas o tatarabuelas hartas de serlo al salir de misa ayer con un amigo cura que sermoneaba algo que nadie entendió y que le preguntó, enfadado y de paso, a la vecina de la sobrina de la prima, por el pollo al horno del viernes, sin arroz ni garbanzos, el viernes de la otra semana, claro está, que le llevó, ya horneado, con un poco de pulpo, otro cura mucho más guapo, que no era el anterior, a su nuera al salir de mala gana del bar muy enfadada por algo que le dijeron y que ya nos contará la madrina de la hija de la tía de la otra que trabaja allí. Mal asunto, replica un paisano que no es cura, los grandes cambios siempre empiezan con las pequeñas cosas, como una cita a ciegas, una simple depilación a destiempo o un garbanzo en un lugar equivocado, las mentiras importantes se originan en las medias verdades que por conveniencia se prefieren no contar, y las traiciones sonadas en el aburrimiento, las recetas de cocina complicadas, la enología, la distancia y las nuevas amistades que prometen amor o una vida completamente nueva, concluye levantando, sabiondo y seguro de sí mismo, el dedo índice de la mano derecha.

Los tomates ya no son lo que eran.

Uno se va a bañar.

En una esquina, hay quien discute si afirmar que un árbol es un ser vivo es un hecho o una simple opinión.

Es cierto, hace siglos que los árboles ya no son lo que fueron, ahora parece que son solamente una opinión mientras los maridos se vuelven periféricos como satélites artificiales.

Entre esta confusión, empanada y ensalada de conversaciones, de palabras entrelazadas y música ambiental discotequera, el hijo de un conocido, de casi trece años de edad, se me acerca, se ha pasado la tarde en el agua jugando, nos ponemos a charlar, es un muchacho inteligente, perspicaz y curioso que escucha con atención lo que se dice a su alrededor. Me habla del colegio, de las series de televisión que le gustan, de sus padres, de sus amigos y amigas y me dice, muy seguro, que a las chicas se les endurecen los pezones cuando las besan. Yo le pregunto cómo es posible que suceda una cosa tan extraordinaria, que exista una conexión entre dos hechos tan diferentes. Me responde, sin inmutarse, que lo ha visto en un reportaje de televisión sobre la fisiología sexual humana y los variados sistemas de reproducción y seducción entre mamíferos. Parece todo un experto en esta clase de asuntos. Me doy cuenta, al oírle, de la gran labor divulgativa que hacen, hoy en día, los reportajes televisivos. Le confieso, sin embargo, que no tenía ni la más puñetera idea que las mujeres experimentaran este tipo de reacciones fisiológicas cuando las besan. Me pregunta curioso que a cuántas he besado yo a lo largo de mi vida. Le respondo que a casi ninguna, que a muy pocas o que a muchas sí añado a conocidas, vecinas, tías, primas y sobrinas segundas. El muchacho insiste, quiere saber más, sí beso en los labios o en las mejillas. No regales los besos, le respondo a mi vez con una sonrisa, ni beses nunca en vano ni a nadie igual, tampoco dejes que cualquiera te bese. No crees malos hábitos ni malos entendidos con ellos, son peligrosos, añado, ni beses ningún labio que otro haya besado en los últimos cinco minutos, hazme caso, piensa que no se pueden besar dos bocas al mismo tiempo, y que de ellas salen todas las mentiras y a nadie le gusta que le mientan. Me mira fijamente, me sonríe también y se queda callado, pensativo. Creo que lo ha entendido, pero nunca se sabe, es demasiado joven y hoy todo el mundo se besa en cualquier lugar y circunstancia.

Yo tampoco lo he entendido nunca del todo, la verdad.

La conversación con este niño me ha recordado a mí de jovencito y un libro que leí hace poco y que trata de la educación sensual de un adolescente a través del desnudo en el arte.

Aunque el rumor domine los pensamientos del ser humano a lo largo de su vida nunca su dominio es tan grande como en la primera adolescencia ante aquella fuerza violenta, extraña e imbatible a la que denominamos sexo. El sexo era un hervidero de rumores, de insinuaciones, de historias veladas, de confesiones mentirosas, de miedo y de hechizo al unísono: algo increíblemente decisivo sucedía más allá del muro de la ignorancia.”

"Quizá entonces empecé a saber que la desnudez demasiado explícita, aunque excelente para las lecciones de anatomía, era siempre inferior a la desnudez velada y que era ésta, en efecto, fuera un pigmento, en mármol o en carne, la que nos introducía al carácter celeste de la divinidad de la mujer: pues el velo o el gesto o la palabra que actúan como velos, descubriendo y ocultando, son la casi intangible frontera que separa, pero también une, el ámbito de las ilusiones terrestres y el mundo perfecto de una mujer revelándose, desnudándose, es la única guía infalible para traspasar la frontera.” (“Una educación sensorial”, Rafael Argullol, Madrid, 2002. Casa de América, Fondo de Cultura Económica)

Entre baño y baño y entre charlas con los bañistas y convecinos de piscina, encuentro en mi portátil, en uno de mis blogs preferidos, un post sobre un producto natural, hecho de hierbas, afrodisíaco, es un típico producto "magufo", milagroso, pero que, de momento y desgraciadamente, no llega a prometer que mis besos endurezcan los pezones de nadie.

http://esceptica.org/2012/08/20/fugaces-200812/

Resignado por la poca eficacia milagrosa de este complemento alimenticio, tan prometedor y mentiroso, escucho a unas mujeres comentar, mientras reparten la merienda a sus hijos, airadas y ofendidas, la reforma que el ministro de justicia quiere llevar a término en la ley del aborto. Cerca de ese grupo hay unos paisanos que hablan de un familiar fallecido recientemente después de una larga y penosa enfermedad. A pesar de la tristeza por la muerte, se alegran de su fallecimiento porque ha terminado su sufrimiento, el de él y el de ellos. Al oírlos no puedo olvidar un artículo de Antoni Puigverd cuando afirmaba, a raíz de la muerte de su mejor amigo, que no somos nosotros los que acompañamos a los enfermos, es a la inversa, son ellos los que nos acompañan.

http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20120430/54286668582/antoni-puigverd-cuando-un-amigo-se-va.html

Hablando de Antoni Puigverd tampoco puedo dejar de citar su artículo de hoy cuando nos habla de un poeta francés del siglo XVII, Pierre de Marbeuf (1596-1645), y su comparación entre el amor y el mar, llenos ambos de sal y amargura, de pequeñas y grandes traiciones.

Entre el odio y el amor, no se levanta una muralla, ni siquiera una pared. Sólo una fina telilla transparente como la que separa las capas de la cebolla. Convertido en posesión, maltratamos el amor en mil detalles diarios. Constantemente vamos y volvemos del odio al amor rasgando y recosiendo la telilla separadora. No es que triunfe el odio: es que el amor tiene un sabor extraño."("Sapore di sale", Antoni Puigverd, La Vanguardia de Barcelona, sábado 25 de agosto de.1912)

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Es cierto, hace fresco, la piscina se vacía, los bañistas van marchando lentamente, ha cambiado el tiempo y el WhatsApp dispara ya como una ametralladora; los mensajes van llegando uno tras otro, sin piedad, voraces, exigiendo respuestas y soluciones a problemas insolubles; todo el mundo lo quiere todo, la oferta es inmensa, sea lo que sea, rápido y ahora, inmediatamente, no pueden esperar, la clave de la vida es no perder el tiempo y el tiempo del reloj se ha agotado ya, los plazos han terminado y no queda margen, nadie nos dará ninguna otra oportunidad, mañana estaremos todos definitivamente muertos y enterrados. Mensajes, correos, llamadas telefónicas, prisas y urgencias nos caen encima como una tormenta de final de verano.

jueves, 16 de agosto de 2012

El Peletero/La manzana de oro


Hemeroteca peletera.

La manzana de oro.

“Erik "el Belga", el famoso ladrón de centenares de obras de arte, volverá hoy a uno de los escenarios de sus robos, la catedral de Roda de Isábena (Huesca), con el propósito de presentar una pequeña muestra de cuadros pintados por él mismo y que ha donado para compensar el expolio que llevó a cabo en el museo del templo hace dieciséis años, cuando se apropió de piezas de gran valor, entre ellas una talla románica de san Juan. Rene Alphonse van den Berghe -verdadero nombre de Erik ya no tiene que rendir cuentas a la justicia después de pasar  algunos años en la cárcel y tras haber prescrito las causas que tenía pendientes. En la actualidad reside en Málaga y dedica buena parte de su tiempo a pintar cuadros que consigue vender a buen precio por la leyenda que acompaña a su firma. El dinero de las diez telas que ahora ha regalado al párroco de Roda, José María Lemiñana (a quien ya vio anteayer), se destinará a la restauración de un tríptico gótico de la catedral. Las obras de Erik, que fue pintor antes que ladrón, son en su mayoría copias de cuadros conocidos y, aunque no tienen gran interés artístico, mosén Lemiñana ha agradecido el gesto y las ha colocado en un lugar destacado del recinto catedralicio.” (Erik "el Belga" vuelve a Roda de Isábena como pintor,  A. Ibares, La Vanguardia de Barcelona, martes 15 de agosto de 1995)


¿El sabor de la zanahoria se encuentra al mismo nivel que el tacto de la cebolla?

Esta es una pregunta difícil de responder, quizás por ello las personas no encuentran casi nunca la forma correcta de entenderse más allá del hablar por hablar, de la charla insustancial y educada que no produce saber ni paradojas que describan con precisión la realidad.

Antoni Puigverd nos recordaba ayer en su crónica diaria de verano que:

“Ovidio, haciéndose eco de los griegos, nos habla de la manzana de oro que el joven París de Troya entregó, no a la diosa más poderosa (Hera), no a la más inteligente (Athenea), sino a Afrodita, la más atractiva. Afrodita había prometido a París la chica más guapa: Helena. De ahí procede una de las moralejas más raras y persistentes de la historia de Occidente: no es el poder o el dinero, la causa de las guerras y los desastres, sino el deseo. La manzana de París avisa: la paz es la ausencia de deseo. “ (Antoni Puigverd, La Vanguardia, Barcelona, miércoles, 15 de agosto de 2012)

Entre paradojas y deseos insatisfechos he dejado por unos días mi nueva casa, mis mesas y mis camas, sencillas o dobles, y mis cortinas por planchar y me he ido a mil kilómetros de distancia. No son exactamente unas vacaciones, se parecen más a unos simples días de descanso en los que sólo pienso dormir como una marmota y hacer de oso marino en una piscina municipal de pueblo pequeño, resoplar y bufar mientras nado, o floto, entre grupos de paisanos que practican el viejo arte romano de bañarse en una alberca, jugar y conversar con poca ropa, tirados por el suelo, sin camas ni mesas, ni tampoco sillas.

Tengo la habilidad, o la maña, de no usar gafas submarinas cuando me sumerjo, no las necesito para abrir los ojos debajo del agua y observar, sorprendido, los cuerpos flotantes de los demás pataleando sin cabezas. Yo, por suerte, todavía no estoy muerto, aunque cuando dejo que el agua me cubra me siento ir un poco.

A fuera, en la superficie, suena Freddie Mercury y su: “I want to be free”, los aviones vuelan en parejas, de norte a sur y de este a oeste, inalcanzables. En “The swimmer”, Burt Lancaster se recorre todas las piscinas de una zona residencial de lujo de Connecticut en un intento vano de regresar a casa, reencontrándose, por el camino, con las diferentes mujeres que formaron parte de su vida. Y en “Sunset Boulevard”, William Holden nos narra la historia que la película cuenta desde dentro de la piscina, con zapatos, vestido de calle y sin respirar. No debe ser fácil hablar dentro del agua y cuando uno ya ha fallecido.

Estos son días de calor, es un agosto caliente, el viento parece salir de las calderas del mismo diablo, el aire quema y humea como el aliento de un toro moribundo que brama solitario y asustado. En cambio, la luna mengua de tamaño y pierde color igual que la ruleta cuando gira y en la que me juego los euros y algo más.

Cuentan, los que lo saben, que hay que apostar a rojo o a negro, a pares o a nones, da igual, si pierdes en la siguiente jugada doblas la apuesta. Si vuelves a perder la multiplicas por dos de nuevo, así hasta recuperar el dinero, siempre doblando la apuesta, tarde o temprano, dicen, termina saliendo aquello que has elegido. Si, por el contrario, aciertas y la bola cae donde deseabas, recoges los beneficios, la diferencia entre lo ganado y lo apostado, y vuelta a empezar: si pierdes doblas la apuesta…

¿El sabor de la zanahoria se encuentra al mismo nivel que el tacto de la cebolla?

Yo creo que no, pero hoy, por si acaso, comeré melón.

viernes, 27 de julio de 2012

El Peletero/Mesas y camas


Hemeroteca peletera

Mesas y camas.

Mi antigua casa tenía tres mesas y cinco camas individuales, la actual, en cambio, posee cinco mesas y dos camas, una de ellas doble, ¿he salido ganando?

Que en una cama quepa una pareja de personas acostadas es un hecho que, sin duda, mi novia me agradecerá, cansada, la pobre, de estrecheces en las calurosas noches de verano. Tal vez por ello, y aprovechando la alegre circunstancia del momento, le he pedido también que acepte que mi prima Mari Pili comparta conmigo la vivienda a ratos o a días. Ha accedido, pero de mala gana.

Está un poco celosa a pesar que yo siempre le digo, para tranquilizarla, que solamente es mi prima, casi como una hermana, pero no sé, parece que no se fía. Me habla que entre primos, vecinos y cuñados siempre ha habido contubernios oscuros inconfesables y ocultos que nunca jamás son revelados aunque el cielo se desplome sobre nuestras cabezas, igual que si fuesen los informes secretos de algún servicio de inteligencia muy reservado que ha de preservar lo que nunca ha de saberse.

Me habla de Mario Vargas Llosa que intimó y se amistó con su tía y que ahora está casado con una prima hermana. Yo me defiendo argumentando que soy mucho peor escritor que el Premio Nóbel peruano, y ella contraataca diciendo que la calidad de la escritura no tiene nada que ver con las afinidades familiares. Tiene razón, pero... ¿qué puedo replicar?, ¿qué Mari Pili es un maniquí de madera y trapo?, no se lo creería, ¡vaya estupidez!, exclamaría enfadada y ofendida, ¿me crees tonta?, añadiría. Yo le digo que no tema nada, pero insiste con el ejemplo de las parejas de nuestros mejores amigos que acaban intercambiándose dando lugar a nuevas parejas que se relacionan con otras llegando a ser, de esa manera, las nuevas parejas de nuestros nuevos mejores amigos que, indefectiblemente, terminan también intercambiándose de nuevo y... así sucesivamente. Yo me hago el liberal y el progresista, el moderno, y le respondo con naturalidad que eso favorece la variedad genética de la especie y que lo importante, en cualquier caso, es aceptar los hechos deportivamente y que el amor, ya se sabe, va y viene como la tramontana o el levante, que antecede al poniente, y que aviva los fuegos y los escampa por la hierba seca de los claros y los bosques sedienta de agua y compañía, y que si perdemos un amor podemos ganar un amigo o una amiga, e incluso un amante, que nadie debe enfadarse por ello ni sentirse víctima de nada ni asesino de nadie, que hay que ser comprensivo con el corazón de los otros, sus sentimientos y sus entrepiernas, tener un buen talante y sonreír como lo hacía el anterior Presidente del Gobierno, igual que el mayordomo de Netol.

Disfrutar de una buena pareja es importante, pero tener unas cuantas buenas exparejas muchísimo más, son como medallas o heridas de guerra, o una reserva para los malos tiempos solitarios, nunca se sabe lo bien que puede venir una expareja cuando uno debe de hacer una mudanza del tipo que sea. La gente se ufana de ellas y las menciona más que a las actuales, siempre comenta sus idas y venidas y sus nuevos novios, la buena figura que tienen o el peso que han ganado, lo bien que les sientan las arrugas o el nuevo corte de su cabello.

Ha de saberse que la calidad humana de uno no reside en el amor presente, que se da por supuesto y que ya sabemos que es fugaz y caprichoso como la fiebre nocturna infantil, sino en los amores pasados que no los cambia ni los borra el desaliento ni el cansancio de la vida ni tampoco la desmemoria que no consigue nunca pegar los corazones rotos ni eliminar las huellas dactilares.

Añoraré mis antiguas camas y mesas, mis ex, aunque me he cuidado bien de llevarme, al menos, dos mesas y una cama que había en la otra casa, no las podía abandonar con un “ahí os quedáis”. Una de ellas es una mesa de despacho de madera noble que he colocado en el comedor al lado de otra redonda -extensible para una santa cena- también de la misma madera, oscura y rojiza, junto a una, que tenía ya de otra antigua mudanza, de mármol rosa como si fuera una pantera fina, peligrosa y delicada, pero resistente y testaruda, todas de grandes dimensiones. Mi novia me dice que me sobran mesas y que me faltan camas y me pregunta qué demonios hace una mesa de despacho en un comedor. Yo no sé qué debo responderle, pero es verdad que con tanta mesa no se ve bien el televisor que queda escondido y medio encajonado entre los muebles y los libros. Tal vez deberé también apartar a un lado mi sillón mariposa de piel de gacela siberiana -el mítico BKF que diseñaron Antoni Bonet Y Jorge Ferrari Hardoy- si no quiero ir haciendo slalom por el salón.

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Acaba de entrar en mi tienda una chica a la que se le ha roto el pantalón por detrás. Me ha preguntado si tenía aguja e hilo para hacer un remiendo, que no podía ir por el mundo enseñando la retaguardia, le he dicho que sí, naturalmente. Su pantalón es negro, de esos anchos y cómodos que antes se llamaban babuchas, le he dado una caja con una veintena de carretes de diferentes colores para elegir. Y ahí la tengo, en el probador, con el pantalón bajado cosiéndose el descosido. Le iba a contar que una vez escribí una serie que se llamaba “La aguja en el pajar”, pero he pensado que no venía a cuento, que no era el momento más adecuado y que seguramente no le importaba lo más mínimo, las mujeres son así. En cambio, sí he querido saber cuántas camas y mesas tenía en su casa. Me ha dado una respuesta enigmática de la que deduzco, solamente, que le gusta desayunar en la cama. No he querido averiguar más, por si acaso. 

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“De ello resulta que la definición, estadística de “pobre” en EE.UU. no se corresponde con lo que aquí creemos que significa.

Veamos ahora cómo viven los 36 millones y medio de americanos que el censo clasifica como pobres. En 1995, el 41% de las familias “pobres” era propietaria de su vivienda, cuyo tamaño medio era de tres habitaciones, un baño y medio, un garaje y un porche o patio. Por si la media engaña, diré que, en todo caso, el 60% de esos hogares considerados pobres tenía dos o más habitaciones por persona. En 1995, que es el año para el que hay cifras, recogidas por-la Heritage Foundation (www.heritage.org) principalmente de las estadísticas suministradas por la Oficina del Censo y del Ministerio de Trabajo americanos, el 70% de esos hogares pobres tenía un automóvil y el 27% dos o más. Más datos. En EE.UU., el 99% de los pobres es dueño de un frigorífico, el 97% tiene televisión en color y casi la mitad de ellos tiene dos televisores de color o más aún. Un poco menos de tres cuartos de esos pobres tiene aparato de vídeo. El 64% tiene horno de microondas, la mitad equipo de estéreo, y más de un cuarto lavavajillas automático.”

(“La pobreza en Estados Unidos”, Pedro Schwartz, La Vanguardia de Barcelona, martes, 13 de abril de 1999)

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Cinco mesas y dos camas, una de ellas doble, y una prima (no de riesgo) que nunca me lleva la contraria, no es un mal balance.

martes, 24 de julio de 2012

El Peletero/La fauna peletera

 
Hemeroteca peletera.

La fauna peletera.

Siempre he sido amante de los mapas y de los globos terráqueos, de los planos de ciudades que no conozco o de otras que ya han desaparecido sepultadas por el lodo como Babilonia, “Bab Ilum”, la puerta de Dios.

En una pared de una casa tenía un viejo mapamundi político con los países coloreados.

Una vez, en mi primera juventud, recorté con unas tijeras un adhesivo transparente de color rojo pasión con el perfil de Catalunya -el mismo rojo de la cortina de la bañera que no me he comprado y que espero que mi novia me regale algún día-, y lo adherí encima para diferenciarlo de España y simular de esa manera que era un país independiente aunque fuese solamente en un mapa.

A su lado había otro atlas, en blanco y negro, de los pueblos indígenas de Norteamérica, desde Alaska hasta la frontera de Colombia, desde los mayas hasta los pies negros algonquinos. Y en otra pared de otra habitación de otra casa una carta marina del Cabo de Creus junto al plano de la Barcelona preolímpica.

Entre ellos guardaba uno, plastificado y enmarcado, de la fauna peletera de la antigua URSS que adornó durante muchos años un recibidor. Me lo habían regalado en alguna feria peletera. Tenía un buen tamaño y todo el mundo que lo veía se quedaba consternado como si en su cerebro se hubiera producido alguna clase rara de cortocircuito.

He esperado hasta el último día para deshacerme de él y abandonarlo al lado de un container municipal de la basura.

Nada más depositarlo en el suelo se me acercó un hombre joven marroquí, se lo quedó mirando embelesado, me preguntó si lo tiraba, le dije que sí. Se mantuvo pensativo unos segundos contemplándolo, absorto. Le pregunté si lo quería, me respondió afirmativamente. Le pedí que antes de llevárselo me dejara fotografiarlo. Se fue a buscar a un amigo que estaba charlando con otros. Mientras hacía la foto llegó con su compañero, se lo mostró complacido, ambos sonrieron satisfechos.

Les pregunté que para qué lo querían. Para venderlo, me respondieron, tenían una parada en el mercado de los Encantes viejos de Las Glorias.

¿Sabéis que es?, les pregunté.

No lo sabían. Se lo expliqué.

¿Es antiguo?, me preguntaron.

Sí, muy antiguo, les dije, muchísimo. Y se lo llevaron.

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“La Rusia histórica, el antiguo gran ducado de Moscovia, equivale sólo a doce de los treinta y cuatro distritos administrativos antes citados. Muchos de los habitantes de las repúblicas autónomas pertenecientes a la federación a menudo ni siquiera saben hablar ruso; basta con una visita a Yakutia para comprobarlo. Y, sin embargo, en las tierras de los yakutios —un territorio bastante más grande que el de Europa— se encuentran los más importantes yacimientos de oro y de diamantes, que continúan en poder de Rusia. No es de extrañar, pues, que los yakutios protesten; son algo más de un millón, su país es de una pobreza estremecedora, pero sus sentimientos nacionalistas están ya muy fuertemente desarrollados. Y éste no es más que uno de los muchos conflictos que sacuden a la República Rusa.” (“Mientras existían los soviets”, Ryszard Kapuscinski. La Vanguardia de Barcelona, 24 de noviembre de 1.992)

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Mi mapa de la fauna peletera de la antigua URSS era feo y kitsch, pero cada vez que lo miraba con atención y cuidado aprendía alguna cosa nueva y necesaria que antes no sabía que no sabía.



miércoles, 18 de julio de 2012

El Peletero/La crisis


Hemeroteca peletera.

La crisis.

“Más que saber dónde finalizará la actual cuesta abajo bursátil, la crisis iniciada el pasado 7 de octubre interesará como fenómeno sociológico. La crisis ha revelado las insuficiencias y las pequeñeces de un mercado bastante mal organizado institucionalmente y cuyas reglas reclaman una revisión urgente, no siempre forzada por la angustia, como ha sucedido con el famoso límite de los descensos, que ha sido reformado el pasado lunes de manera imprevista.”

(...)

“En estos últimos mese, y al calor de una Bolsa que crecía de forma ininterrumpida, muchos inversores han entrado en el mercado de forma nada selectiva, independientemente de la calidad objetiva de los valores comprados.

La rentabilidad en función de los dividendos, que en cualquier Bolsa del mundo ha sido y es la guía fundamental de toda decisión de inversión, se ha visto desplazada por las expectativas de carácter exclusivamente especulativo.

Este tipo de conductas ha conducido a la sobrevaloración de algunos títulos que carecen de la más mínima consistencia objetiva y que en estos momentos van a resultar muy difíciles de realizar.

La Bolsa española ha atravesado una etapa meramente cuantitativa, en donde no importaba lo que se compraba, sino la acumulación de revalorizaciones alimentadas exclusivamente por la especulación” (“Nada será igual al final de la caída bursátil”, Madrid, Diario 16, 28 de octubre de 1987)


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Normalmente la gente tiene en casa básculas finas digitales, tan planas como una hoja de papel, te subes encima de ellas, las pisas, y en una pantallita aparecen unos números que marcan el peso de tu pobre cuerpo que han de comerse los gusanos.

Yo, en cambio, tengo una de construcción mecánica marca Soler del año 1977, de tecnología analógica clásica, muy clásica, con doble romana de barras de acero inoxidable, ajustadas y calibradas. Tiene forma de L con plataforma, de 115 cm. de alto, 40 de ancho y 60 de profundidad, puede pesar hasta 140 Kg.

Como estoy de mudanzas y no me cabe en el baño de la nueva casa he decidido regalarla y he pensado que a B le podía ser útil.

Hoy ha venido M a llevársela. M es el socio de B, mi amigo que restaura coches históricos, especialmente ingleses y que hasta el día de hoy pagaba el 18 % de IVA porque su actividad no era considerada “cultural” como lo es la de los bailarines, músicos, actores y demás artistas. Ahora, sin embargo, con la subida del impuesto hasta el 21 para todos, al igualarse a ellos o ellos a él, no sabe si considerarse artista o pensar que los bailarines, músicos, actores y demás artistas, han sido, hasta el día de hoy, unos privilegiados que, como antes los hidalgos, vivían de graciosas exenciones fiscales.

Dicen que la cultura no es ninguna mercancía, es posible, es una frase bonita que pronunció en su día el que fue presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, no obstante, eso no la exime que se pueda comerciar con ella. Tampoco lo es el cuerpo humano, pero ya sabemos todos que con él se ha comerciado siempre.

M es un muchacho que mide dos metros y debe de estar cerca de los 200 kilos de peso, así que la balanza no le va a servir de mucho excepto como acicate para adelgazar. Aunque es bastante ligera, a pesar de sus dispositivos metálicos, me he sentido débil y poca cosa al ver cómo M la levantaba igual que una pluma y la colocaba dentro de su furgoneta sin esfuerzo ninguno.

Es curioso como un artilugio mecánico que puede medir la fuerza de una masa en reposo ejerza, ella misma, menos fuerza que la que es capaz de  medir. Es una paradoja poética que me lleva a pensar en las personas y su manera de ser, en la fuerza que ejercen sobre los demás o la resistencia que son capaces de soportar de ellos, porque todos somos una variedad curiosa de muelle, que, a veces, se dispara sin avisar, causando una espiral de consecuencias, afortunadas o no, imprevisibles.

Hay personas muelle, otras, en cambio, son palancas, y muchas no más que un simple peso muerto.