sábado, 21 de junio de 2014

Play it again, Sam.

Thessaoliniki

Diari d’estiu (1)

Play it again, Sam.

Un dia, de bon matí, el meu pare es va asseure, ja fa molts anys,  en un seient equivocat d’un autobús que sortia de Salònica cap a l’oest; els seients anaven numerats però ell no se’n va adonar, era la primera vegada que visitava Grècia. Quan va arribar l’home al que pertanyia segons el bitllet aquell seient i al veure’l ja ocupat li va dir molt educadament en grec que s’asseia en un lloc que no era el seu. El meu pare, que no entenia el grec, li va preguntar si parlava l’anglès i l’home li va respondre que no, que a part del grec i el macedoni només parlava l’espanyol.

Aquell va ser l’inici d’una llarga amistat com la de Casablanca, però sense que hi hagués pel mig ni cap guerra ni, malauradament, la Ingrid Bergman. Ells dos, per descomptat, tampoc eren ni el Humphrey Bogart fent de Rick ni en Claude Rains interpretant al capità Louis Renault comissari de policia de la França de Vichy, ni jo em dic Sam,  ni sóc nord-americà, ni sóc negre ni sé tocar el piano.

Tant el meu pare com jo mateix vam pujar a aquell autobús moltíssimes vegades més durant quasi dues dècades comprovant, en cada trajecte d’anada i de tornada, que el numero que lluïa el seient fos el mateix que el que deia el bitllet. El viatge durava quatre hores, d’un palau de marbre blanc a la vora del mar a un llac entre muntanyes que es glaçava quan arribava l’hivern. En algunes ocasions, quan nevava i la carretera es congelava, ens venia a buscar en Vangelis, el soci de l’home grec amb qui el meu pare havia equivocat els seients, conduint el seu flamant i elegant BMW negre que sabia fer lliscar amb habilitat, sense perill i sense tenir que fer servir cadenes pels camins convertits en glaceres de la Macedònia grega.

Durant un munt d’anys havia fet en camió el trajecte fins Alemanya quan era transportista;  es coneixia els camins dels Balcans i de l’Est d’Europa de memòria i en els seus viatges aprengué a parlar les diferents llengües eslaves que van des de Grècia fins a Polònia.  S’assemblava físicament a Leonidas Breznhev, el que havia estat Secretari General del PCUS soviètic des del 1964 fins el 1982, amb les seves celles poblades i la seva fesomia característica d’eslau típic amant del vodka, encara que ell, en Vangelis,  era abstemi, més fi de cos, més esvelt però més sòlid també, més rocós.

Aquesta és una historia que he repetit milers de vegades, me n’adono que em faig pesat, que sóc un pelma, però per alguna raó estranya necessito narrar-me-la sovint a mi mateix, una vegada i un altra, com si fos un nen petit, com si em digués amb un got de whisky a la ma: Play it again, Sam. Em cal fer-ho per recordar de nou la sensació que m’embargava en aquells anys quan m’asseia al cotxe del Vangelis al seient del copilot i em deixava dur per ell: cap perill em podia arribar, cap mal em podia tocar.  Era jove, estava sa i amb en Vangelis al volant completament estalvi.

Vòdena, 16 de novembre de 1915. Vam travessar el carrer del Vardar, els suburbis de Salònica, i sortirem al camp ras. Una darrera mirada a la ciutat que es fa petita en la llunyania. Les muntanyes de Kicechtení, protegint la vila estesa a les seves plantes. Salònica recolzada al vessant, pàl·lida, somnolenta, mirant amb melangia serena l'horitzó dilatat del mar. El caseriu blanc, apinyat, cobert amb la crosta marcida de les velles teulades. Els braços blancs dels minarets i els suaus pits de les cúpules, emergint en l'aire. El vidre de la rada, la ciutadella sobresortint en l'altura. I, entorn, els boscos de xiprers i els cementiris, com orles de vellut i llacunes de pau.”Agustí Calvet, 28. A través de Macedònia. De París a Monastir. (1915)

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Diario de verano (1)

Play it again, Sam.

Un día, por la mañana, mi padre se sentó, hace ya muchos años, en un asiento equivocado de un autobús que salía de Salónica hacia el oeste; los asientos iban numerados pero él no se dio cuenta, era la primera vez que visitaba Grecia. Cuando llegó el hombre al que pertenecía según el billete aquel asiento y al verlo ya ocupado le dijo muy educadamente en griego que se sentaba en un lugar que no era el suyo. Mi padre, que no entendía el griego, le preguntó si hablaba inglés y el hombre le respondió que no, que aparte del griego y el macedonio sólo hablaba español.

Aquel fue el inicio de una larga amistad como la de Casablanca, pero sin que hubiera de por medio ninguna guerra ni, desgraciadamente, Ingrid Bergman. Ellos dos, por supuesto, tampoco eran ni Humphrey Bogart haciendo de Rick ni Claude Rains interpretando al capitán Louis Renault comisario de policía de la Francia de Vichy, ni yo me llamo Sam, ni soy norteamericano, ni negro ni sé tocar el piano.

Tanto mi padre como yo mismo subimos a aquel autobús muchísimas veces más durante casi dos décadas comprobando, en cada trayecto de ida y de vuelta, que el número que lucía el asiento fuera el mismo que el que decía el billete. El viaje duraba cuatro horas, de un palacio de mármol blanco en la orilla del mar a un lago entre montañas que se congelaba cuando llegaba el invierno. En algunas ocasiones, cuando nevaba y la carretera se helaba también, nos venía a buscar Vangelis, el socio del hombre griego con quien mi padre había equivocado los asientos, conduciendo su flamante y elegante BMW negro que sabía deslizar con habilidad, sin peligro y sin tener que usar cadenas por los caminos convertidos en heladeras de la Macedonia griega.

Durante muchos años había hecho en camión el trayecto hasta Alemania cuando era transportista; se conocía los caminos de los Balcanes y del Este de Europa de memoria y en sus viajes aprendió a hablar las diferentes lenguas eslavas que van desde Grecia hasta Polonia. Se parecía físicamente a Leonidas Breznhev, el que había sido Secretario General del PCUS soviético desde 1964 hasta 1982, con sus cejas pobladas y su fisonomía característica de eslavo típico amante del vodka, aunque él, Vangelis, era abstemio, más fino de cuerpo, más esbelto pero más sólido también, más rocoso.

Esta es una historia que he repetido miles de veces, me doy cuenta que me hago pesado, que soy un pelma, pero por alguna razón extraña necesito narrarme a mí mismo este cuento a menudo, una y otra vez, como si fuera un niño pequeño, como si me dijera con un vaso de whisky en la mano: Play it again, Sam. Me es imperioso hacerlo para recordar de nuevo la sensación que me embargaba en aquellos años cuando sentado  en el asiento del copiloto del coche de Vangelis me dejaba llevar por él: ningún peligro podía alcanzarme, ningún mal podía tocarme. Era joven, estaba sano y con Vangelis al volante completamente a salvo.

“Vódena, 16 de noviembre de 1915. Atravesamos la calle del Vardar, los suburbios salonicenses, y salimos al campo raso. Una postrer mirada a la ciudad que se achica a lo lejos. Los montes de Kicechtení, protegiendo la villa extendida a sus plantas. Salónica recostada en la ladera, pálida, soñolienta, mirando con melancolía serena el horizonte dilatado del mar. El caserío blanco, apiñado, cubierto con la costra marchita de los viejos tejados. Los brazos blancos de los minaretes y los suaves senos de las cúpulas, emergiendo en el aire. El cristal de la rada, la ciudadela descollando en la altura. Y, en torno, los bosques de cipreses y los cementerios, como orlas de terciopelo y lagunas de paz.” Agustí Calvet, 28. A través de Macedònia. De París a Monastir. (1915)

Kastoria

2 comentarios:

Marga dijo...

Entiendo que te guste repetirla una y otra vez, es una historia genial.

La razón de que añoremos tanto y tanto la infancia es la misma que sientes al recordar aquellos viajes: la sensación de invulnerabilidad que a veces nos acompañaba antes de hacernos mayores. Crecer, entre otras muchas cosas y no todas malas, claro, fue descubrir la fragilidad.

Yo también recuerdo a veces aquella sensación y lo buena que era, cachis! Ni una superhéroe se sentiría mejor ni más fuerte!


Besos again

El peletero dijo...

Tenga en cuenta, querida Marga, que en esa época en la que yo me subía a ese autobús o viajaba con Vangelis en su BMW, ya no era un niño, un joven sí, pero no un niño.

Pero como si lo fuera, ahora me doy cuenta de ello y la sensación que me embarga al recordar todo aquello es la de mi presente orfandad.

Pero en fin, Serafín, por eso creé mi blog en el que usted tiene la bondad y la gentileza de leer mis añoranzas y dejar escritas sus opiniones.

Besos añorados