domingo, 15 de noviembre de 2015

La finestra i el piano



Diari de tardor (15)

La finestra i el piano.

Aquesta nit he somiat que em trobava immers en una mudança i en ella, mentre traginava capses d’aquí per a allà, ha aparegut la QK que em venia a visitar des de l’ultra món per a no dir-me res, en tot cas res que jo recordi, o res digne de recordar fora del fet que sí recordo, i que no té a veure amb el somni, que en una època no tan llunyana jo anava a peu a tota arreu per estalviar, no em podia pagar el luxe asiàtic d’anar en autobús o metro, un fet tan habitual llavors com avui en dia ho és el canvi climàtic que està aconseguint igualment que ja no sigui ni canvi ni res estrany la conversió de les castanyes en un fruit tropical, més típic del Carib que de Galícia.

Ni és pas ja cap cosa extraordinària tampoc el famós dilema arquitectònic encara no resolt de l’alçada correcta que han de tenir les finestres en una paret que obrin la casa a l’exterior i a l’interior.

Ni, com li explicava a una amiga, si en les habitacions grans han d’haver finestres petites o, en canvi, el millor i el més convenient sigui ubicar en les habitacions petites les finestres grans.

Els romans preferien les finestres altes i menudes, simples lluernes que només permetien contemplar, alçant la mirada, una engruna del cel, i pintar en els murs, nets i lliures de forats, trompe l’oeils fascinants de passadissos i arcades que duien a grans estàncies de columnes falses, i parets pintades també amb més portes i més finestres i més parets pintades.

Aquesta mania dels romans per les no finestres els va impedir pintar escenes com les holandeses de dones llegint aprofitant el llum que penetrava per la finestra en una tarda qualsevol d’una tardor antiga que ja mai més ningú podrà pintar.

Per aquesta pictòrica i arquitectònica impossibilitat manifesta dels romans, i per les cançons de bressol que la meva mare em cantava, i que jo escoltava com si m’arrenquessin sense anestèsia el cos de l’ànima, tinc una recança congènita, que dissimulo més mal que bé, per la música en general i pels instruments musicals de fusta en particular como ara els taüts.  La música amaga secrets que és millor no descobrir mai pel nostre bé.

Hem de deixar als morts en pau però ells han de saber també que no s’ha de molestar a la pobra gent que està ocupada somiant tranquil·lament en una mudança i que, per a més inri, ha de traginar amb igual esforç que si estigués desperta les seves misèries en forma d’objectes d’aquí per a allà. No, no s’ha de fer.

Ja m’ho deien l’Harpo i el Micky, noi!, no te’n refiïs mai d’un piano, en el moment que menys t’ho esperis et pot tallar les mans com les guillotines tallen els caps; per quin motiu penses si no –em preguntaven retòricament els dos–  que els ocells tenen ales i plomes i no pas mans ni dits?, eh?

Tenien raó.

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Diario de otoño (15)

La ventana y el piano.

Esta noche he soñado que me encontraba inmerso en una mudanza y en ella, mientras trajinaba cajas de aquí para allá, ha aparecido QK que venía a visitarme desde el ultra mundo para no decirme nada, en todo caso nada que yo recuerde, o nada digno de recordar fuera del hecho que sí recuerdo, y que no tiene que ver con el sueño, que en una época no tan lejana yo iba a pie a todas partes para ahorrar, no me podía pagar el lujo asiático de ir en autobús o metro, algo tan habitual entonces como hoy en día lo es el cambio climático que está consiguiendo igualmente que ya no sea ni cambio ni nada extraño la conversión de las castañas en un fruto tropical, más típico del Caribe que de Galicia.

Ni es ya ninguna cosa extraordinaria tampoco el famoso dilema arquitectónico aún no resuelto de la altura correcta que deben tener las ventanas en una pared que abran la casa al exterior y al interior.

Ni, como le contaba a una amiga, si en las habitaciones grandes deben de haber ventanas pequeñas o, en cambio, lo mejor y lo más conveniente sea ubicar en las habitaciones pequeñas las ventanas grandes.

Los romanos preferían las ventanas altas y minusculas, simples tragaluces que sólo permitían contemplar, levantando la mirada, una miga de cielo, y pintar en los muros, limpios y libres de agujeros, trompe l'oeil fascinantes de pasillos y arcadas que llevaban a grandes estancias de columnas falsas, y paredes pintadas también con más puertas y más ventanas y más paredes pintadas.

Esta manía de los romanos por las no ventanas les impidió pintar escenas como las holandesas de mujeres leyendo aprovechando la luz que penetraba por la ventana en una tarde cualquiera de un otoño antiguo que ya nunca nadie más podrá pintar.

Por esa pictórica y arquitectónica imposibilidad manifiesta de los romanos, y por las canciones de cuna que mi madre me cantaba, y que yo escuchaba como si me arrancasen sin anestesia el cuerpo del alma, tengo un resquemor congénito, que disimulo más mal que bien, por la música en general y por los instrumentos musicales de madera en particular como los ataúdes. La música esconde secretos que es mejor no descubrir nunca por nuestro bien.

Hemos de dejar a los muertos en paz pero ellos han de saber también que no se debe molestar a la pobre gente que está ocupada soñando tranquilamente en una mudanza y que, para más inri, tiene que acarrear con igual esfuerzo que si estuviera despierta sus miserias en forma de objetos de aquí para allá. No, no se debe hacer.

Ya me lo decían Harpo y Micky, ¡chico!, no te fíes nunca de un piano, en el momento que menos te lo esperes te puede cortar las manos como las guillotinas cortan las cabezas; ¿por qué piensas si no -me preguntaban retóricamente los dos- que los pájaros tienen alas y plumas y no manos ni dedos?, ¿eh?

Tenían razón.

4 comentarios:

Marga dijo...

Los Marx siempre tenían razón, jajajaja, es imposible no tenerla si el absurdo está de tu lado.

A mí me gustan, encantan, fascinan, las ventanas. Y cuanto más grandes, luminosas y protagonistas de una casa, mejor. Si pudiera diseñar mi propia casa no dude que las ventanas serían la cuestión principal. Y después el problema de las paredes, pocas paredes, y las puertas, las puertas justas. En fin... sueños un tanto ilusos de alguien que vive en un piso pequeño y donde la imaginación en diseño cabe poco. Cachis!

Y también me gusta que mis muertos vengan a visitarme en sueños. De hecho rara es la noche que no lo hacen y soy la envidia de la familia por este hecho, al resto casi nunca les sucede. Suelen ser sueños agradables pero otras veces no tanto, algo inquietantes y aún así... no me importa, me gusta encontrarme con ellos. Me siento feliz cuando aparecen, ahí están de nuevo, me digo, y eso ya es mucho. Es un desdoblamiento extraño pero de una extrañeza afortunada.

En cuanto a los de los instrumentos... pues nunca lo había pensado y prefiero no hacerlo. Soy de natural impresionable y mejor no contagiarme, que me hace falta poco, jeje.

Besos sugestionables

El peletero dijo...

Los fantasmas, querida Marga, tienen que comprender que no pueden venir sin avisar, así, por las buenas, y mucho menos cuando uno está ocupado con una mudanza, deberían llamar antes, ¿no le parece? Además, Qk y yo nos peleamos una vez por culpa de una mudanza, y no fue una pelea cualquiera, no lo fue, ni muchísimo menos, y total para venir esta vez y no decir nada, aunque, en honor a la verdad, también es posible que yo me esté quedando sordo, ya me lo advertía ella: te estás quedando sordo.

En fin, Serafín, las relaciones entre vivos y muertos son tan o más complicadas que las que tenemos los vivos entre nosotros mismos, ¡que ya es decir!, ¿verdad?

En relación a las ventanas no sé qué decirle, depende de la pared y de la altura de uno mismo, si es tuerto, usa gafas o mira de lado, y, cómo no, de las vistas que haya que contemplar y en muchos casos solamente hay, como en Finlandia, lagos, bosques y renos, piense que las ventanas son como los sueños y tampoco se trata que cualquiera pueda fisgonear a su gusto que después todo se sabe.

Besos somnolientos.

Bertha dijo...

Los sueños y sus dilemas: gracias a ellos, cuantos entuertos resolvemos.-No será,que al mover las cajas de su sitio le haya despertado, aunque sea en sueños; a veces, superan a la realidad.El problema de los sueños es que si no te dejan un mal cuerpo se agradece que de vez en cuando se acuerden de uno.

A mi me gustan los ventanales, pero también entiendo que eso es un privilegio de tener mucho espacio habitable, cuando la cosa es al revés: mejor espacio de pared y ventanas que den solo al sur que el norte es muy frío siempre :eso si, se agradecen en verano.

El sentido del humor es un lenguaje muy inteligente y solo tienen ese privilegio unos pocos, pero para gozo de muchos.

Un abrazo y viendo cómo esta el patio con los atentados: nos hace falta una buena dosis de calma y sobre todo de humor, eso sí estando con el ojo avizor.

El peletero dijo...

Los mecanismos que dan pie a unos sueños, querida Bertha, que activan unos recuerdos y no otros, son, en buena parte, inescrutables y todo es posible, y todo, también, es probable. Lo que no sé es si ellos se acuerdan de nosotros o al revés, nosotros de ellos. En cualquier caso, bienvenidos sean aunque sea para no decir nada, será, quizás, que me estoy quedando sordo o que ellos hablan muy bajito.

Ventanas grandes al Este y al Oeste, entrada por el Sur, y al Norte la estrella polar y una claraboya que permita verla o un patio trasero para ver girar el mundo como una peonza.

El humor nos redime, no sé de qué, pero de algo nos redime. Sobre eso que comenta solamente le citaré el texto de la última portada de Charlie Hebdo en la que se ve a un hombre agujereado por las balas y bebiendo champán que le sale por los agujeros: “Ellos tienen las armas, ¡que se jodan!, nosotros tenemos el champán”.

Un abrazo.