miércoles, 3 de febrero de 2016

L'Antoine i l'Albert



Diari d’hivern (11)

L’Antoine i l’Albert.

Aquest és un text completament desequilibrat perquè ignoro si és del tot correcte emparellar al desemparat de l’Antoine Doinel, "alter ego" de FrançoisTruffaut en la seva pel·lícula de 1959, i altres que van seguir; Els 400 cops, amb Le jeune Albert, un antiheroi dibuixat per l’Yves Chaland.

Dos personatges sens dubte diferents, molt més amable el segon, però alhora també més cínic, fill de la mateixa època que el primer i igualment humil i desvalgut, sol i solitari com gairebé ho estan tots els nens i nenes que no podran recordar l’infància com un paradís perdut. 

Ben segur que no és un aparellament adequat, però entre els dos hi ha, o jo hi vull trobar, una línia clara que els uneix, una estètica i una ètica de la penúria que els agermana, una idea de la justícia que els fa ser víctimes i botxins de mals similars igual com si vestissin la mateixa roba i caminessin pels mateixos carrers, de París, d’Ostende o de Barcelona.

Veure de nou l’interrogatori que enllaço de la pel·lícula, mig em trenca alguna cosa que segurament ja deu estar trencada des de fa molt de temps, tan trencada com les mateixes tristes morts de Truffaut el 1984 i de Chaland el 1990 o la de Cabu fa just un any, i aquelles pel·lícules que feia el francès sobre angleses i l’amor, o l’amor de dos amics, Jules i Jim, per la mateixa dona, una dona que segurament buscava, sense trobar mai, un home llop, fill d’aquells pobres nens salvatges que vivien als boscos com a bèsties.

Ja sé que La Nouvelle Vague no és pas l’equivalent cinematogràfic de La Línia Clara, en absolut, fins i tot crec que es troba en les seves antípodes, la llum i la interpretació de la realitat són completament diferents, però jo veia les pel·lícules de la primera llegint els tebeos de la segona. Em delia pels Spirou i els Pilote i en l’humor de Morris i Goscinny hi ha un univers ja desaparegut com la dignitat humil d’un sabater pegot que vol i sap fer bé la seva feina.

Desconec si els textos han de respirar o quedar ofegats, si han d’incorporar finestres i portes per obrir-se des de dins i des de fora o ser vedats amb el cartell de prohibit el pas. No ho sé, però la línia, en aquest cas, que separa l’ofec de l’oxigen ni és línia ni és clara, és una pinzellada gruixuda i desdibuixada.


Només els nens que han viscut una postguerra en una família humil, podran emocionar-se i somriure amb el petit Albert. També podran fer-se seu el personatge tots aquells que han tingut el privilegi d'haver conegut un món sense televisió, on l'electrodomèstic més sofisticat que hi havia a la casa era una ràdio de vàlvules, amb ella s'accedia al món i a un nou entreteniment. Gràcies a ella la música va començar a no ser ja un bé escàs. Llegir més...



Diario de invierno (11)

Antoine y Albert.

Este es un texto completamente desequilibrado porque ignoro si es del todo correcto emparejar al desamparado Antoine Doinel, "alter ego" de FrançoisTruffaut en su película de 1959, y otras que siguieron, Los 400 golpes, con Le jeune Albert, un antihéroe dibujado por Yves Chaland.

Dos personajes sin duda diferentes, mucho más amable el segundo, pero a la vez también más cínico, hijo de la misma época que el primero e igualmente humilde y desvalido, solo y solitario como casi lo están todos los niños y niñas que no podrán recordar la infancia como un paraíso perdido.

Seguro que no es un emparejamiento adecuado, pero entre ambos hay, o yo quiero encontrar, una línea clara que los une, una estética y una ética de la penuria que los hermana, una idea de la justicia que les hace ser víctimas y verdugos de males similares igual como si vistieran la misma ropa y caminaran por las mismas calles, de París, de Ostende o de Barcelona.

Ver de nuevo el interrogatorio que enlazo de la película, medio me rompe algo que seguramente ya debe de estar roto desde hace mucho tiempo, tan roto como las mismas muertes de Truffaut en 1984 y de Chaland en 1990 o la de Cabu hace justo un año, y aquellas películas que hacía el francés sobre inglesas y el amor, o el amor de dos amigos, Jules y Jim, por la misma mujer, una mujer que seguramente buscaba, sin encontrar nunca, un hombre lobo, hijo de aquellos pobres niños salvajes que vivían en los bosques como bestias.

Ya sé que La Nouvelle Vague no es el equivalente cinematográfico de La Línea Clara, en absoluto, incluso creo que se encuentra en sus antípodas, la luz y la interpretación de la realidad son completamente diferentes, pero yo veía las películas de la primera leyendo los tebeos de la segunda. Me desvivía por Spirou y Pilote y en el humor de Morris y Goscinny hay un universo ya desaparecido como la dignidad humilde de un zapatero pegote que quiere y sabe hacer bien su trabajo.

Desconozco si los textos deben respirar o quedar ahogados, si deben incorporar ventanas y puertas para abrirse desde dentro y desde fuera o ser cotos vedados con el cartel de prohibido el paso. No lo sé, pero la línea, en este caso, que separa el ahogo del oxígeno ni es línea ni es clara, es una pincelada gruesa y desdibujada.


Sólo los niños que han vivido una posguerra en una familia humilde, podrán emocionarse y sonreír con el pequeño Alberto. También podrán hacerse suyo el personaje todos aquellos que han tenido el privilegio de haber conocido un mundo sin televisión, donde el electrodoméstico más sofisticado que había en la casa era una radio de válvulas, con ella se accedía al mundo y a un nuevo entretenimiento. Gracias a ella la música empezó a no ser ya un bien escaso. Leer más…


7 comentarios:

Enric H. March dijo...

No he llegit "Le jeune Albert", però he crescut entre les pàgines dels tebeos; els que feien olor de postguerra espanyola i els que ens il·luminaven des de l'ambigua França (jo estic rendit a Louis Malle). Aquella ambigüitat que va obligar a retratar la derrota d'una França que es va erigir en guanyadora d'una guerra que havia perdut moralment. La Nouvelle Vague és el retrat dels fills d'aquells "guanyadors" (com el neorealisme ho era dels perdedors italians), a qui ens vam enganxar després de menysprear el realisme social del cinema espanyol que ara tant reivindiquem. Som fills també d'aquesta realitat parabòlica. Som fills d'una herència en blanc i negre, de ràdio de vàlvules, de nevera de gel, de safareig i cossi de zenc. La línia que uneix Antoine Doinel amb Le jeune Albert és una pinzellada de color. Com les aquarel·les amb que omplíem les línies negres dels quaderns de pintar.

Miquel dijo...

Bueno....después de leer tu págimna y al Enric sus diásporas, poco que decir.
Convengo.
"..Sólo los niños que han vivido una posguerra en una familia humilde, podrán emocionarse y sonreír con el pequeño Alberto..."
Y llevar una úlcera que no se cura con bicarbonato, diría yo.
En fin. Una entrada noble, sincera y empática.
Gracias...y otras tantas a ENRIC...también se situa en el bando de los perdedores.
Un beso a los dos.
Salut

Marga dijo...

Pues sí conozco los 400 golpes, una película fantástica que tuve la suerte de ver en pantalla grande hace un par de años en unos de esos festivales frikis que por dos duros te ofrecen joyas, pero no puedo decir lo mismo del personaje de Albert y su autor. Tendré que investigar porque me gusta lo que cuentas.

Yo que ando convencida de que la vida es dura, muy dura, siempre he imaginado lo que debe llegar a ser sin una infancia feliz (entendiendo lo de felicidad en su justa medida: sin penurias afectivas ni miserias económicas. Que los niños no son idiotas ni sus días color de rosa). Y la verdad es que prefiero no imaginarlo: sin haber podido creas estrategias ni armaduras para plantarle cara a la vida? ufff.

Besos con cota de malla.

Marga dijo...

"crear" en el último párrafo. Se me fueron los deditos...

El peletero dijo...

Gracias Miquel!

Las úlceras de estómago, querido Miquel, son casi siempre producidas por el rencor, y ya sabemos que el rencor es muy mal consejero y compañero. En esta cosa de la vida, todos, de una manera o de otra, perdemos, incluso los que ganan pierden también aunque ellos y otros no sepan verlo.

El peletero dijo...

Sí senyor, tens tota la raó, Enric, el que els uneix és la pinzellada de color que dius, aquella amb la que omplíem els espais entre les línies negres en els nostres quaderns de dibuix. Tal qual, així és.

Una resposta magnífica, gràcies.

El peletero dijo...

Las infancias infelices, querida Marga, son un crimen, porque afectan a los seres más débiles. La penuria económica, si es digna no es problema. Lo que sucede, lo que provoca nostalgia, reflexión y en buen parte también una irritación y una decepción, es que la abundancia, más que riqueza, de nuestros tiempos no ha conllevado, no ha traído ni ha significado ningún mayor conocimiento ni una mejora moral, al contrario, según mi humilde opinión.

En estas semanas, en TV3 están pasando unos documentales franceses “Les chemins de l’école”. Narran y describen las peripecias con las que algunos niños, de diferentes lugares del mundo, se encuentran para hacer el camino a sus escuelas, escuelas que siempre están lejos y a las que se llega a través de caminos muy complicados en incluso peligrosos. Son vídeos muy tiernos y te pone la piel de gallina verlos sortear las dificultades de ida y de vuelta para asistir a clase. Son realmente entrañables, muy amenos, entretenidos y muy bien narrados. Y entre muchas otras cosas te vienen a decir que no hay que dar nada por supuesto, que nada viene dado, que todo es muy difícil y que hay que conquistarlo como hacen esos niños y niñas cada día, incluso jugándose la vida.

Besos de niño