viernes, 4 de julio de 2008

El peletero astrónomo



7 de julio de 2006

El peletero astrónomo siempre lo sospechó a pesar de que las evidencias científicas indicaran lo contrario. La ciencia no se equivocaba, de eso no tenía la menor duda, pero tan lógicas eran sus predicciones como negativos los resultados. El cálculo de probabilidades basado en la química del carbono había terminado siendo estéril, la realidad era tozuda. Cinco mil años de exploración astronómica, viajes interestelares, colonización y terraformación de planetas yermos, cinco mil años buscando por toda la galaxia y mirando más allá, y todo ello no habían dado ningún resultado; aparte de nosotros, no había nadie más. Bien es cierto que la especie humana como tal ya hacía mucho tiempo que se había roto en multitud de fragmentos. Gracias a la ingeniería genética, nuestra estirpe engendró las ramas más insospechadas, desde ángeles a verdaderos demonios. Las guerras entre todas ellas fueron numerosas y terribles, algunas de estas ramas fueron exterminadas, pero otras de nuevas aparecieron en su lugar. Ahora ya nadie puede ni quiere conocerlas a todas; algunas son efímeras, otras tal vez eternas, y muchas han huido para esconderse quien sabe dónde. Las comunicaciones siguen siendo lentas, tan lentas como lo podían ser hace cinco mil años, en eso la ciencia no se equivocó: nada puede viajar más rápido que la luz, pero las distancias que tenemos que atravesar son muchísimo más enormes que entonces, ahora todo está más lejos, tanto, que ni siquiera nuestra memoria es capaz de llegar. Los viajes en el tiempo resultaron ser sólo puras quimeras. El planeta Tierra llegó a sernos familiar, la galaxia en cambio nunca lo ha sido, y contemplar el resto del universo nos causa auténtico desasosiego.

Hubo un tiempo en que pusimos esperanzas en las máquinas, quisimos creer que ellas podían ser unas dignas compañeras de nuestras ilusiones, pero nos equivocamos, éste fue el primer límite infranqueable con el que topamos y la primera gran decepción. A este fracaso le llamamos “Paradoja Uno”, que consiste en la absoluta imposibilidad lógica de inteligencia artificial. Nunca ninguna máquina superó los protocolos que establece la “Paradoja Uno”. Buenos simuladores humanos sí que se construyeron, pero nada más.

Ahora estamos terminando los protocolos de la “Paradoja Dos” que han de establecer el árbol genealógico de la vida, con un único tronco y raíz: el planeta Tierra y la imposibilidad también más absoluta de que haya vida “extraterrestre”, si es que esta palabra significa ya algo.

Estamos llegando al final y todo indica que concluiremos los protocolos de la segunda paradoja con relativa facilidad, sin embargo cada paso que realizamos nos acerca más a la “Paradoja Tres” que de momento sólo somos capaces de vislumbrar como una tiniebla más inconmensurable que el propio universo. Nuestra formación científica y lógica nos impide nombrar a esta tercera paradoja con el nombre de Dios, sin embargo sabemos que sólo es un simple prejuicio psicológico. Que la ciencia haya llegado hasta este punto del camino no es un mal balance, al fin y al cabo no estamos tan solos, aunque nadie esperaba que el alienígena fuera Él.

jueves, 3 de julio de 2008

El peletero ornitólogo



5 de julio de 2006

A nuestro peletero ornitólogo le hubiese gustado tener a Jean Louise “Scout” como hija a pesar de no ser él ningún pájaro ateniense, ni gustarle tampoco la metáfora del ruiseñor. Ni siquiera cuando recordaba que no había llorado nunca tanto, como cuando de niño vio morir de viejo a su jilguero enjaulado, ni siquiera entonces conseguía no ver en el ruiseñor más que una metáfora vulgar de la bondad y la belleza, siendo ambas las dos cosas menos vulgares de la creación.

El peletero ornitólogo se estremece al recordar a Atticus Finch sentado delante de la cárcel que alberga a un inocente, joven, sano, bello y tullido. Allí ha ido Atticus, a guardarlo, allí ha ido San Jorge intercambiando su papel con el dragón, a protegerlo de la locura ajena. Es un Cancerbero que no ladra, ni muerde, ni asusta. Indefenso, con su libro en la mano, cuando se presenta la turba es un ser inerte, no ha podido o no ha querido tomar más precauciones. Tan honesto como arrogante se olvida que cuando hizo falta mató de un disparo certero al perro que le quiso morder su rabia. Irresponsable y tan dispuesto al martirio, que su deber parece ser su sacrificio y el de su protegido.

Al peletero ornitólogo le sorprende la valentía, sabe que en ella sólo habita el fracaso y que como la poesía o el amor, es hija de la soledad. Tal vez por eso su estupefacción es enorme cuando ve a los tres niños salir de la nada para mostrar impúdicamente junto a Atticus su debilidad y determinación, ángeles de la guarda de carne y hueso que con sólo su presencia consiguen ahuyentar el mal. Ni Jesucristo lo hubiese hecho mejor.

Atticus Finch habla con su hija Scout de ruiseñores, de belleza y de bondad. Scout, una niña sensible e inteligente, sabrá ver en el momento adecuado al ruiseñor del que su padre le habla, personificado en un vecino idiota, homicida, perspicaz, atento, cariñoso, con buen criterio, valiente y con una total determinación.

Atticus se quedará sin palabras. Él, un abogado que las usa como instrumento de su trabajo, se quedará sin ellas. La realidad y la contundencia de los hechos lo dejarán mudo. El vecino idiota ha salvado a sus hijos matando aquél que borracho los acosaba y perseguía, aquél que, falseando su testimonio, ha enviado al patíbulo a un inocente. Aquél que quería vengarse en los pobres niños de su propia indignidad.

Atticus cree en una justicia poderosa y ciega, pero ahora se da cuenta que también es sorda y muda. Atticus cree que la verdad necesariamente ha de triunfar, y ahora Atticus, aconsejado por el Sheriff y el sentido común, calla y con su silencio salva a su vecino, el ángel vengador. El entrañable idiota seguirá siendo un compañero misterioso, querido y vigilante.

En la Extremadura española de posguerra, el pobre Azarías, no tendrá la misma suerte. Después de vengarse ahorcando al señorito Iván, que acaba de matar a su milana bonita, será internado por loco y de por vida en uno de esos tristes centros para santos inocentes asesinos.

El peletero ornitólogo sólo le habla a su hija en sueños. Al despertar piensa en un valle flanqueado por poderosas montañas nevadas y en Shane, el rubio y extraño pistolero enseñando a un niño a usar el revólver. Más tarde, el chiquillo que juega a matar, verá, escondido tras una puerta, cómo el ángel de la muerte es abatido a tiros por Shane, salvando así a sus amigos y a toda una comunidad de la tiranía.

Cumplido su destino, Shane, tendrá que irse de este paraíso con un brazo herido, que como todos habrá sido construido con sangre, el mejor abono para las flores más hermosas y para los árboles con las raíces más profundas.

miércoles, 2 de julio de 2008

El peletero pintor



3 de julio de 2006

Dejó la peletería para dedicarse a pintar. Antes combinaba las dos tareas, pero cada una le quitaba tiempo a la otra. Tuvo que decidirse por una de ellas, ambas eran demasiado importantes para él, como para compartirlas entre sí y para sí. Con mucho pesar descartó la peletería y escogió la pintura.

Nuestro peletero pintor no se engaña cuando considera acertadamente que la historia de la pintura termina con Velázquez y sus Meninas. Cuando Velázquez convierte la ventana en un espejo. Con él el espacio pictórico se abre, nos envuelve y atrapa, nos hace estar presentes, tal vez como fantasmas, pero presentes sin duda. Por primera y última vez, nosotros, los seres reales y gracias a la técnica poética y pictórica, habitamos la tela, pisamos su suelo. Esto no había ocurrido nunca y jamás volverá ocurrir. Lo que Velázquez hizo no puede volver hacerse fuera del plagio, pero antes que él ya se vislumbró el camino, que los holandeses y algún que otro italiano recorrieron.

Nuestro peletero pintor sabe también que la pintura es un agujero, no sabemos en dónde, pero el desgarro es real. La pintura siempre nos habla del presente.

Los tiempos han cambiado y nuestro peletero pintor no se hace ilusiones. El bombardeo de imágenes que hoy en día recibimos es abrumador. Sus significados son también otros y tan velozmente cambiantes como el lapso que separa la noche del día. Él no desea estar a la moda, sólo quiere pintar a su manera y disfrutar con ello. Y así está dispuesto a hacerlo aunque tenga que renunciar y sacrificar muchas cosas y también aceptar otras. Constatará decepcionado que su mejor modelo es él mismo. Al igual que muchos otros, como Rembrand o Van Gogh, no tendrá otra posibilidad que autorretratarse en innumerables ocasiones. Su rostro será su campo de batalla, de donde saldrá tantas veces victorioso como derrotado.

El peletero pintor se encuentra sentado en su silla frente a su tela en blanco, tranquilo, tan absolutamente relajado y ensimismado que su mirada se ha desplazado y hace rato que la mantiene clavada, inmóvil en un punto de la pared de al lado, allí donde la pintura blanca muestra una pequeña y casi imperceptible mancha de color indefinido. Así lleva bastantes minutos, reposando su mente, despierto y mirando con atención la pequeña imperfección, la irregularidad, esta señal minúscula del tiempo transcurrido desde que hace seis meses pintó el piso. Sólo ciento ochenta días y la pared ya ha empezado a ser vieja, piensa. Sigue tranquilo, pero también comienza a entristecerse; esta pequeña señal es un descubrimiento inesperado y, bien mirado, una solemne tontería, ponerse triste por una pequeña mancha que incluso puede limpiarse con facilidad en esta pintura plástica es absurdo, lo reconoce, y por dentro se ríe. Cuando me levante, cogeré un trapo limpio, lo mojaré y limpiaré la mancha. Será fácil, se dice a sí mismo, un pedazo de sábana vieja y agua limpia, no necesitaré nada más. Cuando deje de mirar la mancha, me levantaré, iré a la cocina, cogeré el trapo y lo mojaré con agua. La cocina está justo detrás de mí y a la izquierda, si quiero ir he de dejar de mirar la mancha, pero es tan pequeña que tal vez, cuando regrese para limpiarla no sepa encontrarla, ¿dónde estará?, ¿más arriba o más abajo?, ¿más hacia la ventana o más cerca del suelo? No está ya tan tranquilo, empieza a dudar, la mancha sigue allí y él no puede dejar de mirarla. ¿Atrapado por una mancha pequeña de color indefinido que quizá sólo él es capaz de ver?

Al cabo de dos meses encontraron al peletero pintor bien muerto, sentado en la misma silla y con los dos ojos abiertos mirando no sé qué.

martes, 1 de julio de 2008

El peletero paciente



30 de junio de 2006

En el libro de Job encontramos al Dios del espanto. Éste es un Dios que ha delegado todo deber moral en el mismo hombre. Sólo el ser humano podrá crear oasis o castillos morales en este desierto vacío de sentido que es el mundo. El mundo carece de cualquier orden moral, éste no es un asunto divino, ni satánico. La justicia no la hallaremos en la obra de Dios. Sólo nosotros seremos capaces o no de construir algo que merezca tal nombre. Éste es el Dios con el que Job se las tiene que ver. Éste el Dios que acepta la apuesta de Satán y pone a prueba a Job. Éste es el Dios que da y quita a cambio de nada. Éste es el Dios al que Job guarda fidelidad a pesar de los pesares.

Por dignidad no reniega de Él, no importa el mal causado en su hacienda, en su familia y en él mismo, para probarle. El sometimiento de Job a su Dios es total. Su decisión es clara y absoluta. En ningún caso cae Job en la trampa del rencor o de la venganza. A pesar de sus quejas, en ningún caso renegará de Aquél que le ha sumergido sin merecerlo en la miseria, el dolor y el mal, como en su día lo hizo en la abundancia, el placer y el bien. Y si así le place y así lo desea puede volver a hacerlo.

El poder de este Dios es absoluto, y frente a Él solo cabe la sumisión, incluso sabiendo que ni el mal, ni el bien son consecuencia de ninguna falta ni de ningún mérito. Esta sumisión es también un escudo frente a Él, Job necesita protegerse de este Dios y apaciguarlo. Incluso protegerlo de sí, calmarlo, evitar que se devore a si mismo.
Job sabe que la relación entre Dios y él es absolutamente asimétrica, de ninguna manera es comparable, ni puede ser sometida al mismo juicio.

De la fuente que mana agua sólo agua sacaremos, ninguna lección moral obtendremos de ella. Esa agua que mana de la fuente cae directamente a un abismo inescrutable e insondable. Cualquier intento de retenerla en nuestras manos es inútil. Job lo sabe, sabe que Dios, como el agua de la fuente, se precipita y se aleja hasta un fondo inimaginable.
Job lo sabe y lo quiere evitar con su devoción. No quiere dejar caer a Dios en su propio abismo, no quiere abandonarlo, de la misma manera que tampoco quiere abandonarse a sí mismo. Siéndole fiel a Él, también es fiel a sí mismo.

A pesar de los pesares.

lunes, 30 de junio de 2008

El peletero recto



28 de junio de 2006

Scarlett O’Hara exclamaba enrabiada y sin un ápice de ironía, que los hombres, en lugar de hablar y preocuparse tanto por la guerra, deberían dedicarse a cosas que fueran realmente importantes. Nuestro peletero recto siempre había sonreído ante tal afirmación, era ingeniosa y absolutamente femenina. Un magnífico y brillante punto de partida para una controversia tal vez eterna.

A nuestro peletero, sin embargo, no le hubiera interesado hablar con Scarlett, salvo para recriminarle que por su culpa la conversación entre Butler y Ashley no se llegase nunca a realizar. En su lugar, los espectadores obtenemos una escena de acoso amoroso, donde Scarlett confiesa a Ashley su amor por él. Éste, aturdido y vulnerable frente a la sincera y obscena desnudez sentimental de ella, consigue resistirse con razones, argumentos y conveniencias. La reacción airada de niña consentida que le produce su fracaso nos ofrece un final cómico al ver aparecer a un Butler escondido y que sin quererlo ha escuchado toda la conversación. Caballero y canalla, le promete a ella una total discreción al mismo tiempo que le ofrece sus servicios y le confiesa su predisposición hacia ella. Scarlett lo desprecia hipócritamente ofendida, mientras él sonríe satisfecho.

¿De qué habrían hablado Butler y Ashley si no se hubiera entrometido Scarlett?, dos hombres tan distintos en sus propósitos y sus actos como iguales en la mirada con la que veían el mundo, no en balde los dos se enamoraron de la misma mujer. Uno, Butler, era un superviviente nato. El otro, Ashley, era un moribundo sano, dos maneras diferentes de responder a la única cosa importante que hay en la vida, la muerte. Los dos lo sabían y tal vez por eso ambos querían a alguien como Scarlett O’Hara que no sabía que iba a morir.

No saber que vas a morir es distinto que saber que no vas a morir, si una es producto de la inconsciencia, la otra lo es de una ignorancia insolente. Sin embargo, ambas son el resultado de una falta absoluta de percepción del tiempo. Nada digno de existir merece ser construido fuera de este pestilente aroma a muerte que es el tiempo, ni el amor, ni el arte, incluso nuestro peletero sospecha que ni tan siquiera la fantasía si pretende no acabar siendo un mero delirio.

Tal vez por eso J.R.R. Tolkien da vida a sus inmortales elfos a condición de que también puedan morir si su cuerpo eternamente sano es destruido con violencia. Paradoja sublime al otorgarles la posibilidad de ser absolutamente generosos. Los humanos en el fondo arriesgamos poco pues tarde o temprano morimos. En cambio para estos seres fantásticos, la vida es una pura elección, tanto, que al final deciden abandonar nuestro mundo. Todos aquellos elfos que han conseguido sobrevivir a mil batallas, terminan por tomar con sus mágicas naves “el camino recto” y partir con ellas hacia las “tierras imperecederas”, situadas más allá de la comprensión humana.

La denominación poética de “camino recto” siempre le había parecido a nuestro peletero perfecta, al ser ésta la única manera moral y físicamente correcta de describir el sendero para salir del universo: la línea recta. Precisamente por que nada hay en el cosmos que sea recto, ni cosas, ni caminos. La línea recta, además de ser un hermoso artificio matemático, es también un magnífico instrumento para marcharse o perderse. Como acertada y brillantemente afirma Borges, es el laberinto perfecto.



Nuestro peletero sabe que estas afirmaciones están urdidas con un hilo muy fino y frágil, tan fino y tan frágil como la casi imperceptible línea que separa la vida de la muerte. Oasis que ningún mapa señala y que sólo una rara determinación o una extraña casualidad te permitirán recorrerla. Si esta es tu voluntad o tu suerte, descubrirás maravillado, con el paso inseguro del funambulista, su absoluta belleza y extraña penumbra. En ella también conocerás el terror ante la inminente e inevitable caída que inexorablemente te conducirá hasta el fondo del abismo, donde el tiempo y tú seréis definitivamente derrotados.

La imperceptible línea que separa la vida de la muerte es el ojo de la aguja que ni Dios, ni el diablo pueden atravesar.

domingo, 29 de junio de 2008

El peletero arquitecto



26 de junio de 2006

Decir que la peletería no tiene nada que ver con la arquitectura es un mal comienzo porque parece obvio. Manifestar lo contrario también porque no lo parece en absoluto.

El comienzo correcto es descubrir el nombre y los apellidos del peletero arquitecto.
Esa es la buena manera de iniciar el relato, con un nombre, un lugar y una fecha.

El 1 de junio de 1950 Albert Cardigan terminó con excelentes notas su licenciatura en arquitectura. Originario de la costera ciudad de Ostende donde su padre tenía un pequeño taller de peletería en el que se pasaba media vida ayudándole en todo lo que podía, mientras, al mismo tiempo, estudiaba para ser arquitecto. Iba y venía constantemente de Bruselas a Ostende y viceversa.

Bélgica es un país pequeño, y estar, lo que se dice estar, no está en ninguna parte, circunstancia que no deja de ser una ventaja para desplazarse por él. En realidad Bélgica, y que me perdonen los belgas, es un No lugar muy bien situado en el mapa.

El padre de Albert no era un peletero reputado, aunque sí extraordinariamente valorado. Trabajaba para otros. Eran estos otros y no él los que se llevaban los honores. Alquilaba sus manos a un precio razonable y realizaba a la perfección lo que los otros le pedían. A él no le importaba no tener renombre aparte de su propio nombre. Era un hombre humilde, trabajador infatigable y ganaba el suficiente dinero para permitirle a su hijo estudiar arquitectura.

Una vez obtenido el título, Albert también tuvo que empezar a trabajar en su nueva profesión aportando soluciones técnicas a brillantes ideas estéticas de otros y de difícil solución práctica. Eso le pedían, soluciones inverosímiles a deseos impensables. Los trabajos los firmaban otros y el aplauso era para ellos.

La ley de la gravedad, naturalmente, no admite componendas, y aunque su pericia, talento técnico y los nuevos materiales eran ya una ayuda importante, no siempre le solucionaban retos casi imposibles.

Ahora es el momento de volver al principio del relato y tratar de empezar otra vez, pero sin nombres, lugares, ni fechas.

Las prendas de vestir en general están pensadas para ser transportadas. Se sostienen en algo que es móvil y que además camina, las personas. Y todas y cada una de las piezas de un vestido cuelgan. Incluso los sombreros se cuelgan de nosotros, al igual también que los mismísimos zapatos. A veces hasta pueden llegar ser rémoras y lastres pesados e incómodos.

La arquitectura también es un arte colgante y a veces incluso móvil, como los molinos, plataformas o atalayas giratorias, y las cubiertas corredizas, así como también las humildes persianas, ventanas y puertas. Incluso hay casas con ruedas que se trasladan a voluntad de sus habitantes. También hay tiendas que caben en un saquito para los que transportan poco peso y se echan a dormir en cualquier sitio.
Tanto la arquitectura como la vestimenta necesitan de planos para ser realizados y construidos y ambos están pensados para albergar personas en su interior. Cubrirlas, envolverlas, protegerlas, adornarlas.

La arquitectura como el vestido pueden ser también un emblema, como las catedrales y los uniformes, como los rascacielos y también como la técnica del desnudo, sea strip tease o nudismo.





Albert, siempre que podía llevaba a sus hijos al circo donde se maravillaba con la aparente inestabilidad de la carpa, de sus inclinados postes y de sus cuerdas tensadas, pero donde su corazón latía con más fuerza era con la doma de fieras y, como no, en el momento cumbre del funambulista.

sábado, 28 de junio de 2008

El peletero agradecido/Bilal



23 de junio de 2006

Para hablar con toda propiedad de Enki Bilal y de muchos otros, tendríamos que adentrarnos en la historia de las artes visuales en el mundo moderno. Este es un debate antiguo, largo y aún no resuelto. En realidad es ya una falsa polémica porque el canon establecido por las vanguardias está tan arraigado que cualquier intento de rebatirlo se hace poco menos que estéril.

Enki Bilal es un artista que recrea un mundo temporalmente cercano al nuestro, pero nada cotidiano y anímicamente lejano y ajeno, seres alienados en un universo hostil. Ha creado un estilo hierático, contundente y sobrado de matices iconográficos casi inabarcables.

Su hieratismo lo remite a un estilo formal primitivo que lo lleva a una visión posmoderna. Su rigidez anatómica, paradójicamente, está perfectamente al servicio del resultado final. Toma el camino opuesto al de un Burne Hogarth, por poner un ejemplo clásico también del mundo del cómic, donde todo es movimiento, donde nunca nada está quieto, ni el más pequeño de los pelos de la cabeza, ni la más minúscula de las hojas de la selva.

Los personajes de Bilal parecen unos invitados de piedra posando para las fotografías de rigor de una boda. Pero esta inmovilidad no es una mácula ni un error, ni siquiera una falta.

Toda su fuerza expresiva y todo su repertorio de soluciones gráficas se muestran en todo su esplendor en esas estatuas dibujadas que son sus personajes.

Enki Bilal es otro gran visionario. Sus figuras, paisajes y escenarios son tan posibles como posible es hoy en día cualquier futuro.

Su obra forma parte de esta gran tradición iconográfica popular que representan las lecturas gráficas. Pero la lógica de sus imágenes es tan propia, independiente y sui géneris que su calibre es comparable a la tradición generada alrededor de la gran pintura.

Bilal nos persuade de que existe el futuro y que el pasado aun está presente. Tanto sus ilustraciones, como también sus viñetas tienen la fuerza de lo extraño y lo conocido. Ellas sostienen toda la ventana y lo que se ve a través de ella. Son imágenes oníricas, crueles y desoladas, con una contundencia visual que no está reñida con la sutileza.

Sólo hace falta tener el valor para atravesarlas y mirar que hay al otro lado. La vida. Y la muerte. O tal vez otra cosa.

martes, 24 de junio de 2008

El peletero realista



21 de junio de 2006

En tiempos antiguos había que escoger entre racionalidad y realismo. La realidad siempre tenía todas las de perder, la experiencia no era nunca un motivo que pudiera contradecir un buen argumento racional o un deslumbrante artilugio mental. En tiempos muy antiguos era así y desgraciadamente también lo ha sido en tiempos modernos, millones de muertos en todo el planeta lo atestiguan hasta el día de hoy. Las utopías son hijas de esta racionalidad asesina. Los muertos no cesan de aumentar y la sangre no deja de fertilizar la tierra, el rencor y el odio.

En tiempos antiguos la razón prevalecía a la realidad, y además se sometía al dogma. Así ha sido hasta que el ser humano inventó la ciencia, desterró al dogma a su propio infierno y armonizó razón y realidad sin violentar ninguna de las dos.

¿Qué tiene todo esto que ver con los peleteros? Los peleteros, como todo el mundo, no hacemos nada partiendo de la nada, construimos objetos -en este caso físicos y no mentales- a partir de una materia preexistente, la piel y la persona que ha de llevarla. Podemos diseñar lo que nos venga en gana, pero siempre habremos de utilizar la realidad y saber que lo que hacemos no está pensado para ser mostrado, en principio, en ningún museo. Una manga bien planteada habrá de ser retocada en una prueba. Un largo muy estudiado de un abrigo tendrá que ser cambiado, o no, al ver a la persona vestida con él.

El peletero, como muchos otros, es por necesidad realista, parte de hechos. La construcción de artefactos y la necesidad de sobrevivir obligan a convivir con la realidad y no a huir de ella. Incluso aunque el peletero se vuelva loco y crea que unos extraterrestres lo han abducido, a pesar de ello, si su locura le permite trabajar tendrá que vérselas con la realidad.

En tiempos muy antiguos Zenón de Elea demostró que el movimiento era ilusorio, que el atleta no sólo no llegaba a la meta sino que ni siquiera corría. Sus ojos le decían lo contrario, pero sus argumentos en aquel entonces eran demasiado buenos como para despreciarlos por la realidad. La famosa paradoja de Zenón ya ha sido demostrada y resuelta, y lo ha sido de la siguiente forma: la suma de una serie infinita de término general uno partido por dos elevado a n, (1/2)n, no es igual a infinito como creían los griegos, sino igual a la unidad. Gracias a esta solución el atleta deja de ser un paralítico y empieza a correr desesperadamente para ganar la prueba. Y el peletero puede cortar y coser sus pieles y el carpintero hacer sus mesas.

Eso es así aunque el mundo siga empeñado muchas veces en no creérselo. Mientras tanto, entre los dogmáticos y los racionalistas utópicos los muertos van aumentando.

lunes, 23 de junio de 2008

El peletero cristiano



19 de junio de 2006

A los peleteros nadie nos puede quitar la condición de víctimas, o al menos eso creemos nosotros cuando percibimos miradas ladeadas con los ojos a medio cerrar o abiertos tan de par en par que parece que les hayan arrancado los párpados, sorprendidos y alarmados justo en el instante precario de acabar de pelar una gamba a la plancha.

A los peleteros tampoco nadie nos puede quitar la condición de victimas propiciatorias o chivos expiatorios, o al menos eso creemos nosotros también cuando intentamos mirar el mundo, mirarlo de frente y ver como está. Lo que vemos es lo que vemos y el mundo está como está y en él nosotros, convertidos a veces en la excusa de almas tan perversas o tan simples y torpes como también hipócritas y puritanas.

El peletero que es cristiano es peletero porque le gusta, y es lo segundo, cristiano, porque cree que en Jesús no sólo hay todas las víctimas, si no que, además, resucita al tercer día.

El concepto cristiano de víctima es un paradigma antropológico y moral radicalmente nuevo comparado con el mundo antiguo (con algún que otro pseudo antecedente) al convertirse en el centro alrededor del cual gira toda la nueva arquitectura religiosa que es el cristianismo frente al anterior universo pagano. Pero eso sólo sería una anécdota si en el cristianismo prevaleciera únicamente la sangre y la muerte y en él sólo viéramos al Cristo del madero agonizando y sufriendo.

La vuelta de la clave tiene lugar al tercer día de haber sacrificado al chivo llamado Jesús. Este simple crucificado al que llamamos Cristo, alrededor del cual toda la comunidad realiza la catarsis de limpiarse las culpas, va y no se le ocurre otra cosa que resucitar. Es la victoria sobre la muerte. Quien entiende y cree esto es cristiano, quien no lo entiende o no lo cree, no.

El lugar de Jesús puede entonces quedar vacío o llenarse con cualquier otra cosa. Normalmente lo llenamos con ideologías políticas redentoras o nos convertimos en ateos de conveniencia o también en paganos a la moda. Santificamos a la nación, al proletariado, a la madre naturaleza o a los diversos nirvanas orientales. En todos los casos el yo se diluye, se funde, se fusiona, desaparece en algo superior, mayor, mejor, el no va más, que a fin de cuentas y a la hora de la verdad no es nada más que la nada. Pobre y barato resultado para tanta y tan ardua filosofía.

Cuando el yo desaparece, desaparece la responsabilidad, y si desaparece la responsabilidad también lo hace la víctima y por supuesto su verdugo. En oriente no existe el sentimiento de culpa, pero tienen el peso del honor, que es peor porque es un lastre que hay que compartir con la tiranía de la comunidad.

El peletero, sea cristiano o no, sea peletero o no, está sujeto a la misma realidad de víctima propiciatoria. La tempestad nos zarandea a todos por igual, cada uno puede creer lo que quiera, a la realidad le da lo mismo. Para ella, como para el Dios de los creyentes o el de los ateos todos somos iguales, o por lo menos deberíamos serlo, circunstancia que tampoco es muy segura. ¿El perdón o el castigo es el mismo para diferentes pecados? ¿Hay elegidos?

Los peleteros, mediante materiales de seres muertos sólo sabemos crear belleza y utilidad para ojo humano, algo muy pobre y efímero comparado con la gran victoria de Jesús frente a la muerte.

La comparación es tan obscena que no debería ser hecha ni dicha.

domingo, 22 de junio de 2008

El peletero perdido



16 de junio de 2006

Aquella noche no dormí bien, soñé que tenía un perro y un espejo. El perro comía de mi mano y sus ojos siempre me miraban ansiosos. Al espejo lo miraba yo fascinado por lo que veía a mi espalda, eso sí que es tener un tercer ojo pensaba. Al perro lo maté cuando tuve hambre y al espejo lo olvidé al morirme.

Ahora que estoy despierto oigo un ladrido que me corta los ojos. Ciego, veo las calles llenas de gente, y mi casa, sucia por el tiempo, está abandonada. Asustado, recuerdo que todos a los que amé han muerto. El espejo se ha estropeado, pero aun sé que puedo matar al perro.

Muerto y ensangrentado me alzo, y desde la cima me despeño desesperado, ladrando como un perro loco.

Querida hermana, hace una semana que he regresado a casa y tú aun no estabas. Tu ausencia me ha entristecido tanto como ver a nuestros padres tan ancianos y enfermos. Te confieso que no los he reconocido y ellos a mi tampoco. No recuerdan haber tenido dos hijos pero no me miran como a un extraño.

Aun sé contar y sé los años que han pasado desde que nos fuimos, son muchos y me da miedo. Hermana, me prometiste que regresarías pero todavía no has vuelto. He tenido que poner la casa patas arriba para encontrar las fotografías, no recordaba dónde estaban. Llevo días mirándolas, una y otra vez, y me maldigo a mi mismo por mi débil memoria, no tenía que haberme ido sin ellas.

No debimos marcharnos, ¿quién ha cuidado de nosotros durante todos estos años? Nuestros padres pronto morirán si es que no están ya muertos como estas viejas fotografías.

Está tan lejos y tan oscuro todo, querida hermana, que aun no sé porqué espero impaciente que entreabras los ojos y me digas qué has visto y qué camino debo seguir. Pero tú siempre callas, callas como una muerta o como alguien que no está. El único sonido que puedo oír es el mío, se me escapa de entre los dedos, se esparce, rebota, vuelve y se vuelve a ir, sordo y moribundo. Hace ya mucho tiempo que todo está oscuro y mudo como si me hubiese muerto o como si yo mismo ya no estuviera.

Regresé a casa bien entrada la noche, una vez hube terminado el maldito abrigo. Al llegar, la escalera estaba completamente a oscuras y los vanos intentos que hice para que el interruptor iluminara el vestíbulo, rápidamente me confirmaron que me quedaban cinco pisos de fatigosa subida a pie y a oscuras. El mechero de gas enseguida me quemó los dedos y apenas podía avanzar, cada vez, tres o cuatro escalones con cierta seguridad. El olor a humedad cocinada con los vapores de los últimos refritos, rellenaban el interior del edificio como un agobiante y espeso colchón nauseabundo, siempre había relacionado aquella escalera con el útero de una mujer vieja y enferma. Los desagües y cortocircuitos se sucedían con tanta frecuencia que más que una casa parecía un buque a la deriva. Los inquilinos desaparecían poco a poco, como náufragos sin salvación.

Súbitamente y desde lo alto, un mortecino foco de luz me sobresaltó. Inquieto y desconfiado me pregunté de quién sería ese ojo furtivo que me espiaba y que también me iluminaba y me guiaba en mi tambaleante escalada. La luz de aquella linterna envuelta en oscuridad ocultaba el rostro de mi guía como si fuera el mismísimo Dios.
Pero sólo era el vecino del piso superior, que seguramente estaba esperando ansioso la llegada de su hija trasnochadora. Cuando llegué a mi rellano le agradecí sinceramente su ayuda. No estoy muy seguro, pero creo que no me respondió.