viernes, 20 de febrero de 2009

El peletero/Poesía Fría-El primer canto (2 de 4)



7 Noviembre 2007

LA RISA Y LA IRA

En el curso 1967-1968, Jorge Luís Borges impartió seis conferencias sobre poesía en la Universidad de Harvard. Todas ellas están editadas en un pequeño libro delicioso, que nos sorprende al pensar que fueron leídas después de haberlas escrito, y no simplemente dichas, tal cual conversáramos entre buenos amigos, tomando café. Tal es su devenir y ese carisma que siempre sabía desprender J. L. Borges, dulce y claro, manso y sólido, la lección de un maestro que sabe contar mejor aquello que no sabe, que todo aquello que supone que sabe.

Una duda bien expresada siempre nos dice mucho más que una certeza bien afirmada. En la verdad hay a veces un halo de animosidad, una antipatía hacia aquello que nos inquieta y nos desconcierta y que no sosiega nunca nuestra zozobra, como si la verdad se vengara de nuestra ignorancia.

La tercera conferencia se titula “El Arte de contar historias”. Borges nos relata que el origen de la poesía debemos buscarlo en la épica, aunque en ella, nos advierte, cabe todo. Dicho así, es no decir demasiado al querer decirlo todo. Quizás Borges diga mal aquello que Wallace Stevens dice bien:

La poesía es el tema del poema.
De aquí el poema nace

Y aquí vuelve. Entre ambos,
Nacimiento y retorno,

Hay una ausencia en lo real,
Las cosas como son. O eso es lo que decimos.

Pero ¿están separados? ¿Es acaso una ausencia
Para el poema, que allí adquiere

Su verdadera faz, verde de sol,
Rojo de nube, tierra que siente, cielo que piensa?

De éstos toma. Tal vez da
En reciprocidad universal.


La épica pues es todo aquello que es contado, pero debemos ser exigentes y detallar que no lo es cualquier cosa. No todo sirve. Solamente los avatares en los que nos jugamos la vida. La física y la otra. Cuando nuestro ser está al descubierto y él mismo es defensa y ataque, escudo y espada.

Aunque la vida nos la jugamos viviéndola, todo hay que decirlo. Ningún ángel se juega lo que nosotros.

Naturalmente Borges nos habla de la Iliada, de ese poema homérico dónde, con el pretexto de narrar la ira del protagonista principal, Aquiles, se nos cuentan también otras cosas mucho más importantes.

Eso sí, sin dejar de mencionar, casi de pasada, que la ira, la cólera o el enfado de ese hombre es el motivo que lo lleva a la guerra. Las suyas son razones personales, y no otras. La muerte de su amigo Patroclo y el deseo de vengarlo es la verdadera causa de su guerra.

Resaltar ese hecho es primordial, pues no solamente es la razón del poema, sino que también es uno de los rasgos que caracteriza siempre al héroe, en contraste con las guerras modernas, las religiones y las ideologías que han conformado nuestro mundo de hoy, siempre solidarias con los conocidos y los desconocidos.

Aquiles sólo se debe a quien ama, a nadie más. Él es un ser libre, y por eso es un héroe.

Su compromiso no es social, es privado y lo es hasta el final.

Albert Camus lo corroboró muchos años después.

jueves, 19 de febrero de 2009

El peletero/Poesía Fría-El primer canto (1 de 4)



EL LLANTO

Wallace Stevens (a partir de ahora W. S.) afirma que un poema produce una ausencia en lo real.

¿Una abertura?

Esa es una muy buena metáfora, poderosa, elaborada y evocadora de un bien valioso que nos es hurtado, aunque luego, tal y como el mismo W. S. reconoce, nos sea devuelto, en justa reciprocidad.

Y en forma de poema.

Esta tesis nos puede hacer pensar que la poesía tiene algo de usurpadora al vaciar al mundo de sentido para dárselo a la palabra.

La magia es eso.

Sin embargo, nosotros preferimos considerar que es todo lo contrario, y que el poeta es un hacedor y que su poesía es una aportación en lo real y no una falta, ni una desaparición. Es un ensanchamiento y quizás la verdadera causa de la expansión del Universo.

La poesía es la verdadera Ley de Hubble.

Si ello es así, y su corrimiento al rojo-sangre lo indica claramente, entonces será adecuado decir, como también afirma W. S., que:

“Un poema es un meteoro”.

Ese es el fundamento que permite a Félix de Azúa formular su definición de poesía.

La podemos leer en: “El peletero / La verdad”

Aceptado este hecho, ya tenemos el inicio que necesitamos para empezar diciendo que: casi todos estaremos de acuerdo si reconocemos en el llanto de un recién nacido el primer poema de una vida, la de ese cachorro que está empezando a respirar a base de llorar.

Ésa es la mejor metáfora.

No nos equivocaremos tampoco si pensamos que los gritos y las lágrimas debieron de empezar mucho antes del parto. En algún momento indefinido, lejano seguramente. Allí donde la música ya sonaba fértil y generosa.

Era el principio.

Y entenderemos así, y mucho más fácilmente, que todos también afirmen, que el retorno sea uno de los argumentos primordiales de numerosos relatos y cuentos. Muchas historias contadas y cantadas son un viaje en el que se regresa, nunca se parte, siempre se vuelve.

¿A dónde?

No se puede regresar más que a un lugar. En el viaje de vuelta está el destino, que siempre es un fin en el que se halla el origen. Desde Ulises sabemos que cuando vamos, regresamos.

A casa.

Así pues, si conseguimos llegar al hogar, -no todos lo consiguen- es muy posible, que ese primer canto acabe siendo también el último. Homero cantó el suyo sin sospechar que su poema acabaría siendo verdaderamente único. Aunque tal vez algo sospechaban sus protagonistas.

Ulises, Penélope, Telémaco y Nausícaa.

Nada de lo dicho hasta ahora es original, ni pretende tampoco aportar novedades a ese viaje de regreso ya tan frecuentado y siempre igual, y siempre distinto. Pero siempre es necesario recordarlo, siempre es una pequeña ayuda. Siempre.

Como si camináramos acompañados.

miércoles, 18 de febrero de 2009

El peletero/Poesía Fría-Prólogo



2 Noviembre 2007

PRÓLOGO

Papá nunca me ocultó que había asesinado a mi madre.

Apenas tuve uso de razón lo supe.

Solamente se había casado con ella para tenerme a mí.

Cumplido el objetivo, ella sobraba.

Había que matarla.

Ése no fue ni su primer ni su último asesinato, sin embargo sí que fue la única verdad que no escondió. El resto mentira, no una, todas, ni el mismo diablo hubiera podido competir jamás con él.

Ni siquiera pude saber nunca su verdadero nombre.

Y sin saber el suyo tampoco pude conocer el mío.

Ése fue su mejor y su único regalo.

Deberé ser yo misma quien lo halle,

mi propia mano será mi pila bautismal,

la concha que me bendiga,

y que me dé a luz.

_________________________________________________________________________

El pañuelo estaba arrugado y manchado, había que plancharlo. Pero antes sería mejor lavarlo.

Lavado y planchado luciría mejor, incluso parecería un buen y bonito pañuelo, suave al tacto y de bellos colores.

Pero estaba demasiado cansada para lavar y planchar, aunque fuera un solo y pequeño pañuelo. La pereza y el agotamiento me vencían.

Sentada en aquel cómodo y desvencijado sofá me adormecía oyendo los ruidos de la calle, con el pañuelo en la mano, apretándolo, estrujándolo casi, entre mis dedos sucios y manchados de sangre.

El cuchillo en el suelo, cerca de mis pies, también sucio y manchado. Un poco más allá, el cadáver, mi primera muerte, tirado o caído de cualquier modo, ridículo, casi cómico.

Me adormecía con el pañuelo entre los dedos. Casi soñaba ya, cansada y agotada.

Estaba exhausta, aunque no había habido lucha, sólo un golpe seco con el cuchillo en el hígado, y luego otro en el corazón, nada más, pero el cansancio no me permitía levantar ni un párpado.

Con lo ojos cerrados oía el ruido de la calle, los motores, los pitos, los gritos.

Con los ojos cerrados la calle ronroneaba, y yo casi soñaba como mi gata, medio dormida en un rincón.

Con peces muertos y putrefactos.
_________________________________________________________________________

Papá no fue ningún ángel de la muerte.

No alteró el orden natural de las cosas, pues muertos lo estaremos todos.

Sí fue un usurpador de ese orden, decidiendo por él, resolviendo el cómo y el cuándo.

Sabía que no tenía ningún derecho a disponer tal cosa, y tampoco pensaba que fuera su misión o deber.

Para él solo fueron una oportunidad y su elección, porque cada muerte podía haberse evitado.

Siempre me decía que el bien no es consecuencia de la bondad y el mal tampoco lo es de la maldad.

El amor y el odio siempre han sido causa de colosales catástrofes, y entre ambos existe una tierra de nadie, afirmaba.

Una zona libre, yerma, vacía, decía.

Él atravesó la línea que la separa del mundo y todavía no ha regresado.

Llevo años esperándole y creo que ya es hora de partir en su búsqueda.

No tengo nombre y mi único bien es un pañuelo ensangrentado con sangre ajena.

No es necesario nada más para el camino.

Con un solo pañuelo se pueden cortar orejas y rabos.

Soy una mujer valiente que antes de comenzar a parir deberé empezar a sepultar. A vaciar mi vientre de cadáveres. Primero el suyo.

Y decir adiós a mi gata, porque ése no es un viaje para ella.

Aunque tampoco habría venido si se lo hubiera pedido.

Es una gata rara que lee y recita poesía:

Demasiado sobre la muerte,
sobre las sombras.
Escribe sobre la vida,
sobre un día normal,
sobre el deseo de orden.

La campana de la escuela
puede ser un modelo
de templanza,
hasta de erudición.

Demasiada muerte,
un exceso
de negro deslumbramiento.

Mira,
naciones amontonadas
en estadios apretujados
cantan himnos de odio.

Demasiada música,
falta armonía,
tranquilidad, cordura.

Escribe sobre los momentos
cuando los puentes de la amistad
parecen ser más duraderos
que la desesperación.

Escribe sobre el amor,
sobre los largos atardeceres,
sobre el amanecer,
los árboles
sobre la infinita paciencia
de la luz.

(Carta de un lector, Adam Zagajewski)

Sí, yo creo que sí, es una gata rara. Pero sospecho que tiene razón.

Adiós y buena suerte, querida gata, cuídate de perros, ratas y demás gatos y no te fíes tampoco de ésas que son como tú, de esas gatas que leen y recitan poesía, de esas que se dicen independientes.

A mí me queda un camino largo, amiga felina, procuraré hacerte caso y hablar de la vida y de la amistad, me ensimismaré contemplando atardeceres y amaneceres. Honraré a los árboles y besaré el musgo que cubre la roca, pero no creo que pueda hablar del amor. Ya no, me resulta casi vulgar.

Sí que hablaré, en cambio, del deseo de orden, y aunque papá siempre decía que eso no es lo importante, sé que hay que cumplir el correspondiente protocolo, y pasar, quieras que no, por las siguientes estaciones:

El primer canto.

El primer vuelo.

El primer sueño.

El primer paso.

Esa es la vía de ese tren llamado, “Poesía Fría”, que algunos llaman venganza y otros todo lo contrario, remisión.

lunes, 16 de febrero de 2009

El peletero/El ojo y el negro (5)



28 Octubre 2007

PIETÀ

Hi ha dones
a qui, ja gran, se’ls morí un fill,
i el duen sempre a les entranyes,
que es van obrir de nou per acollirlo.


Girat el mirar endins,
veuen només un embolcall de gasa,
fred, rígid, mut.


L’orella escolta sols
l’abisme del silenci.


(Joan Vinyoli)

PIETÀ

Hay mujeres
a quienes, ya mayores, se les murió un hijo,
y lo llevan siempre en sus entrañas,
que se abrieron de nuevo para acogerlo.


Vuelto el mirar hacia dentro
únicamente ven un envoltorio de gasa,
frío, rígido, mudo.


La oreja sólo escucha
el abismo del silencio.


(Joan Vinyoli)

Querida Silvia,

Esta vez no quería tener sorpresas desagradables, que hubiera disputas por la forma de tratar el tema de la pintura y que al final me pagaran menos de lo estipulado. Las cosas debían quedar muy claras antes de empezar a pintar.

Fui a ver al párroco como es lo preceptivo y lógico. El quería conocer también qué había pensado para esa “Piedad” que la Parroquia me ha encargado. Ha de ser una tabla que habrá de ir en la pared derecha de una las capillas laterales de la Iglesia. Es toda ella pequeña, y la capilla más todavía, pero no me importa, las grandes dimensiones desvirtúan la obra, la hacen más importante de lo que verdaderamente es.

Mi intención era hacer una “Piedad” diferente, fundirla con una “Resurrección”, abrir una puerta al dolor de la muerte. Al final conseguí que aceptara la idea del agua, pero ya sabes como soy, soberbio y me creo muy inteligente, esperaba convencer al párroco enseguida y fácilmente. Creí que mis palabras lo seducirían y no se opondría. Lo que sucedió fue otra cosa, no sé si todo lo contrario, no sé como llamarlo. Eso que ocurrió fue que casi me convence él a mí, de mi propia idea.

Empecé haciéndole ver que el suyo es un pueblo marinero, que viven del mar y que la patrona es “una vez más” (no lo dije así) la Virgen del Carmen.

Hice mención también a que el Obispo, hace poco, acaba de adquirir una Venus desnuda que sale del mar cabalgando conchas. Pensé que tal vez pudiera sentirse envidioso y quisiera emularlo. Lo gracioso es que en el fondo acerté.

Le conté que quería pintar a Cristo saliendo de un sarcófago lleno de agua, ayudado por su madre, la Virgen María y por Magdalena.

Le dije al párroco que no era ninguna herejía que la Virgen María sacara el cadáver de su divino hijo de dentro de un sarcófago lleno de agua. La misma Venus sale del mar. Y que en Italia hay pueblos en que durante sus fiestas la Virgen emerge también desde las mismas aguas de la playa, llevada a hombros por los muchachos del pueblo.

El párroco sin embargo no es tonto, y me advirtió dulcemente que utilizaba muy mal los argumentos teológicos y que la tesis tenía que ser a la inversa. No es la Venus pagana la que legitima la bondad religiosa de una escena, me dijo, lo son las Santas Escrituras. Solamente ellas dictan la corrección de un relato y un drama en el que Dios es el protagonista, no lo olvides nunca.

Le hablé también de que ésa era una hermosa imagen del útero materno, pues aunque parezca que saquen un cadáver no lo es, pues ya ha resucitado, está vivo Aunque un poco maltrecho, pero más vivo que nosotros. Es un como niño recién nacido.

Jesús, cuando muere en la cruz, muerto está, afirmó. Y cuando resucita no es ningún niño recién nacido. Es todo hombre y todo Dios. Y de maltrecho, nada de nada. No confundas a Jesús con Lázaro. Ése sí que renació con mala cara, tanta, que sus hermanas en lugar de alegrarse se asustaron, Dios mío, debe de estar enfermo, se dijeron. Y en aquel momento el párroco soltó una carcajada y se rió un buen rato. ¿No te ha hecho gracia?, me preguntó.

Yo me callé.

Y él también se calló y se me quedó mirando con la cara de un anciano satisfecho. De un anciano que acababa de comer, y comer bien.

Estaba bastante perplejo, no tenía ninguna respuesta preparada, no sabía qué debía alegar. Aquel capellán viejo, vestido con una hábito raído y lleno de manchas resultaba que era instruido y listo. Y lo que más me desconcertaba era que me miraba como lo hubieras hecho tú, Silvia, con cariño.

¿Quiere un vaso de vino?, me preguntó, mientras yo seguía callado.

Sí, por favor, se lo agradezco, le respondí.

Mientras sacaba la jarra de vino de una alacena que tenía a sus espaldas, me dije, háblale como si fuera una mujer, primero halágalo y luego… y nada más pensar eso oí que me decía mientras llenaba los dos vasos:

Y no me trates como a una mujer a la que quieres llevarte a la cama. Háblame como si fuera tu padre, ¿entendido?

Otra vez me había dejado mudo. Naturalmente le tuve que dar la razón, no podía hacer otra cosa, después de la cara inexpresiva que se me había quedado. Pero le pregunté por qué el Obispo tenía una pintura así, una Venus desnuda surgiendo de una concha.

Él sabrá, me respondió, quizás porque es un Obispo, pero yo soy solamente un párroco y no me puedo permitir esas pinturas en mi casa. Ni tampoco las quiero, a mi no me vengas con esas tonterías paganas, los italianos son unos frívolos y unos charlatanes. Pero… Se calló.

¿Pero?, le pregunté.

Continua hablando, me dijo con una sonrisa amable. Di lo que piensas, dilo, no tengas miedo

Se me hizo un nudo en la garganta. Bebí un poco de vino. No sé, dije, yo creo que el dolor no puede ser el final. El final ha de ser la esperanza, por eso me gustaría fundir en una sola pintura, muerte y resurrección.

¿Y el agua?, me preguntó.

Es sencillo, le respondí, es un símbolo fácil, casi infantil, todos pueden entender su significado. Se usa en el bautismo, te limpia los pecados, calma la sed. El agua es vida y el sarcófago es un pozo. Es un nacimiento como dije antes, una mujer pariendo. Jesús deja todos nuestros pecados en esa agua de la que emerge.

Me gusta, respondió. Lo ves, no debes hablar de lo que no sabes y mucho menos pretendas hacer creer a los demás que sabes algo que no sabes. Cuenta la verdad y nunca te equivocarás.

¿Qué verdad?

Esa que me has contado a mí. ¿No te has dado cuenta que acabas de confesarte?

Me quedé estupefacto.

Sí, así ha sido, no pongas esa cara. Piensa un poco y averiguarás esa verdad. O mejor, pinta eso que me has contado, mientras pintes irás entendiendo de lo que te hablo.

¿Está de acuerdo entonces?, le pregunté inseguro.

¡Claro hijo!, claro, afirmó el párroco, claro que estoy de acuerdo, eso es, no hay sólo dolor, el dolor es la antesala de la esperanza, de la nueva vida. El Obispo se morirá de envidia cuando lo vea, porque pienso invitarlo a que vea tu pintura. Después del Sansón que le pintaste tendrá un corte de digestión. Y se rió con ganas.

Así es, respondí para mí y sin escucharle, Jesús es eso, creo.

Sí hijo, es eso, es esperanza. Se bebió todo el vino de un solo trago. Adelante, píntalo, me respondió abriendo los brazos como si fuera a abrazarme. Pero cada semana quiero ver resultados, no te duermas. Hazme un calendario y cúmplelo. Y antes de empezar lo quiero todo en un esbozo y con los colores correspondientes, no sólo con el carboncillo, ¿de acuerdo?

Es esperanza y coraje, recuérdalo siempre hijo, recuérdalo.

No respondí.

¡Ah! sí, la semana que viene te daré una décima parte del dinero, y según cómo vayas te iré dando más. ¿Bebes?, ¿tienes alguna ramera favorita?

¿Qué? Le pregunté sorprendido.

¿Es guapa?, no me engañes, ¿eh?. ¡Ah! y no te olvides de pintar a Magdalena, María se enfadaría si nos olvidamos de ella.

¿Y San Juan?, pregunté

¿San Juan?, no sé, no me interesa. A mi me interesan las mujeres, sean vírgenes o no, madres o hijas.

O hermanas, respondí.

¿Qué?, me dijo sorprendido

Hermanas, repetí.

¿Hermanas?, ¡es verdad, no había pensado en ellas!, me respondió. ¡Pobres hermanas!, ¡me había olvidado!

Esta vez había ganado yo, pensé. Y sonreí.

Esa fue la conversación querida Silvia, ¿qué te parece?, dame tu opinión. Te adjunto un esquema de esa “Pietà”

¿Cómo está mi sobrina Rosa?, ¿y tú?, ¿y todos vosotros?, espero que bien. Yo lo estoy.

Tu hermano que te quiere.

Teodoro.


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Querido Teodoro,

Me has hecho reír con tu párroco y tu cara de tonto. Ese hombre me recuerda al padre de Christian, ya sabes que vive cerca, con sus dos hermanas viudas, los tres viudos.

Siempre te engaña, pero nunca te miente; primero te riñe y luego saca lo mejor que hay en ti. Lo quiero mucho y todos sus nietos lo adoran, y sus hermanas lo cuidan como a un rey. Yo no lo podría hacer mejor. Ni que quisiera, con todo el trabajo que tengo.

Siempre llevas las cosas al límite Teodoro, la cuerda siempre a punto de romperse. Además, no puedes ir por el mundo con esa soberbia, como si todos los demás fuesen menos que tú.

Aunque al fin y al cabo se hace “La Pietà” que tú querías. Diferente y nueva. Lo has conseguido. Tienes una manera extraña de conseguir las cosas. Pero has tenido suerte.

Procura no fallarle, no me has dicho su nombre, pero algo me baila en la cabeza. Es instruido, y acepta una “Pietà” diferente y dice que no quiere frivolidades italianas. Si no me equivoco creo que sé quién es. Tú nunca te fijas en estas cosas, pero yo sí, he de fijarme en las cosas que dan dinero, soy mujer y he de alimentar a una familia.

Si es quien creo, tal vez aún tengas más suerte que la que ya has tenido. Dime el nombre, ya sabes que tengo buena memoria, no como tú que ni siquiera sabes las monedas que llevas en los bolsillos de tu jubón, bolsillos siempre agujereados.

Todos estamos bien, Teodoro. Tu sobrina Rosa me deja los pechos vacíos. Christian me observa atento darle el pecho a la pequeña y creo que se muere de celos. Eso le ha pasado con todos nuestros hijos, con Pablo, el primero, fue más difícil, luego ya se ha ido habituando.

Escucha, si el párroco te da alguna opinión propia sobre la pintura o te insinúa algún cambio, no le lleves la contraria. Termínala bien y a su gusto. Hazme caso.

Christian está intentando hacer un negocio difícil, yo estoy preocupada, pero si le sale bien ganará dinero y me ha prometido pagarte un pasaje para que vengas a vernos. ¿Vendrías?

¿Cómo está Marta, la hija de tu casero? Dile algo, ya sabes a que me refiero.

Tu “Pietà” es excelente, arriesgada y valiente.

No se pinta a Jesús vivo y desnudo, excepto en la Cruz. En “La Piedad” en cambio ya está muerto, así nos lo enseñan.

Cuando resucita lo encontramos vestido, peinado y hermoso. Nunca hemos visto a Jesús “resucitando”, siempre nos lo muestran “resucitado”, nunca presenciamos el “Instante” como si fuera pecado, y no lo es.

Que en tu Resurrección continué estando desnudo le da verosimilitud a esa llamada “Resurrección de la carne”, nos creemos lo que vemos y algo todavía más importante, mucho más. Vemos lo que creemos, y al verlo nos decimos, ¡ves!, ¡tenía razón, era verdad!

Tú tienes ese don, Teodoro.

Tu hermana que te quiere.

Silvia.


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Las imágenes que encabezan el presente relato pertenecen a una “video instalación” realizada el año 2002 por Bill Viola, artista contemporáneo nacido en New York, el año 1951, titulada “Emergence”.

La secuencia está “filmada” a una gran velocidad, el resultado en pantalla es el contrario, el de una enorme lentitud.

Toda la escena transcurre tan lentamente que a nuestros ojos parece una verdadera pintura que se transforma.

Esa es la aportación de Bill Viola, no es vídeo, es una pintura en movimiento.

Precedentes reconocidos por el propio Bill Viola:

sábado, 14 de febrero de 2009

El peletero/El hijo de los otros



24 Octubre 2007

Para aquél al que escuchan los dioses

Querido Telémaco,
La Guerra de Troya
ha terminado. No recuerdo quien venció.
Los griegos debe ser: los griegos, quién si no,
puede dejar en tierra extraña tantos muertos…


Pero… ni yo soy Ulises, ni tú eres Telémaco.

Tú ya tienes a tu padre y yo no tengo hijos. Ni hijas.

Pero te he buscado toda mi vida, como si hubieras olvidado tu nombre en alguno de mis bolsillos, aunque ya sé que lo tienes, y que al llamarte con él acudes, y al preguntarte respondes.

Y sé también cuál es el que tus padres eligieron para ti, y con el que deberás vivir orgulloso el resto de tus días, si no te vuelves loco, ni matas al lobo.

Pero no era el mío, tu nombre en mi boca hubiera sido otro.

No recuerdo ya cómo acabó la guerra,
Ni recuerdo cuántos años tienes hoy.


Te hubiera llamado Antonio o bien Alejandro o quizás Julio o también Carlos, todos emperadores.

O Alberto, bárbaro, germánico, santo y sabio.

O con un nombre de lugar, así sabrías la cueva que algún día deberás pintar con caballos y toros, con búfalos y lobos. Y de dónde sale esa agua, esa fuente que calmará tu sed.

Te hubiera podido entonces llamar Altamira, poderoso nombre, lleno de esperanzas y horizontes.

Aunque yo seguiría siendo lo que soy, nada tuyo, y tú sí algo de mí.

Porque ya lo eres, y lo eres porque lo fuiste, y yo no lo soy porque nunca lo fui.

Pero si lo hubiera sido, me llamarías por mi nombre, y al hacerlo te respondería, y acudiría a tu lado para acompañarte.

Hazte hombre, Telémaco, y crece.
Sólo los dioses saben si hemos de encontrarnos.
Tampoco ahora ya no eres el chiquillo
ante el cual detuve aquellos toros.


Porque sí, detuve toros ante ti, con un simple pañuelo rojo sangre y una espada roma de torero corneado.

¿No lo recuerdas?

Claro, lo viste, pero nadie te lo ha contado.

Ni te lo contará jamás.

(Los textos en negrita son pedazos arrancados por mi, del poema “Ulises a Telémaco” de 1972, de Joseph Brodsky)

jueves, 12 de febrero de 2009

El peletero/Mi querida Natalia. (4)



20 Octubre 2007

CUARTA PARTE Y ÚLTIMA

(…) diez años son toda una eternidad.

¿Y sabes por qué?, porque pasan muy rápido.

Cuando te des cuenta ya estarás muerta.

Tu amigo que te quiere.


Miguel.
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Doblé la carta, la introduje en el sobre y se la devolví. Tenía el estómago vacío. A pesar de mi obesidad pesaba como una pluma.

¿Qué le parece?, me preguntó.

Al terminar de leer la carta me di cuenta que me había bebido todo el vaso de whisky, y me fijé que ella se había bebido dos.

Bien, le respondí, son buenos consejos. Por cierto, ¿quién es ese Miguel?

¿Quién?, me preguntó con una sonrisa divertida. ¡Es el Arcángel Miguel!

¿Eh? ¡Ah, claro!, dije yo, mirándola extrañado.

Ella se puso a reír y entonces me di cuenta que se burlaba de mí.

Ambos nos reímos con ganas, pero un tanto incómodos. Pocas personas son capaces de gastarme una broma así y ella lo había hecho con gracia y yo había caído como un tonto.

¿Siguió los consejos?, le pregunté sin pensar.

No me respondió, se le humedecieron los ojos y dejó de mirarme. Le llené otro vaso de whisky.

¿De verdad cree que eran buenos consejos? Oí que me preguntaba, desde muy lejos.

Muy lejos.

Desde el otro lado del océano y a través de su frío murmullo, pensé.

Tuve una intuición terrible, monstruosa, y me recorrió un escalofrío por los ojos.

Recordé algo.

Entre los dos nos habíamos bebido la botella entera.

Ella, por fin, se había quedado bebida y dormida. Sólo así consiguió dejar de lloriquear como una bendita.

Tengo sed y la botella de whisky ya está vacía, me dije.

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La fuente del jardín seguía manando, muchas generaciones de enfermos y obesos habían bebido de ella, esperando algún beneficio más que el de simplemente apagar su sed.

Pero el agua no hace más que eso, que ya es mucho, apagar la sed.

El agua… y algunas personas también. ¿Quiénes?

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¿Dónde está el Aguador?, he de hablar con él, dijo “El Gordo”.


FIN

miércoles, 11 de febrero de 2009

El peletero/Mi querida Natalia. (3) (2)



19 Octubre 2007

(…) Amor, yo no sé nada de nada,
pero cuando quiero imaginarme un amor puro
o la vida futura, sólo oigo el murmullo
de los torrentes subterráneos, sólo veo un paisaje de piedra calcinada.


(Último fragmento de “En alabanza a la piedra calcinada” de W. H. Auden)

TERCERA PARTE (2)

Pero sí deberé, ya que me lo consultas de nuevo, repetirte por enésima vez que hay dos clases de sexo.

Aunque sé que dentro de diez años volverás a preguntarme lo mismo.

El sexo de uno y el sexo de dos.

Pensarás, como lo has hecho muchas veces, que mis palabras son una disertación moralista y moralizante, rancia, ultra conservadora, trasnochada para los tiempos que corren. Piensa lo que creas oportuno, Natalia, es tu derecho, pero te ruego que no vuelvas a formularme, otra vez más, la misma pregunta.

El sexo de uno se puede practicar en solitario o acompañado. Ya sabes que en cualquiera de los dos casos es puro onanismo.

¿Qué es lo que busca la gente en esa clase de sexo? Su amoralidad, la falta de responsabilidades y de culpas. Eso es lo que la mayoría de personas desean encontrar y no sólo en su propia cama, también lo buscan en su misma vida. Estar, acaso por encima, o al menos fuera y lo más lejos posible de tener que rendir cuentas.

¿Por qué? porque el sexo es la actividad y el terreno de juego más abonado, junto con el dinero, -y por supuesto la política y el poder que conlleva- para que crezcan en él la egolatría, el orgullo, la soberbia, el narcisismo, la vanidad, y lo peor, el egoísmo, el germen del mal, pues mata al otro. Y cuando muere el otro, siempre muere la libertad y todo lo que comporta.

Hoy en día todo el mundo cree que el “buen sexo” es el sexo frívolo, por eso, aunque parezca una contradicción, el sexo de uno es el rey de las relaciones sexuales promiscuas, si bien igualmente se puede dar en una pareja cuya vida sexual ya esté moribunda. O muerta y enterrada. Esa es una deriva terrible, que para hacer algo de humor negro, llamaríamos necrofilia con vivos.

Mucha gente se masturba aunque esté haciendo el “amor” con otro u otra. El sexo de uno es eso, una masturbación, a solas o con alguien más.

Sexo de uno y para uno. Da igual que en tu cama haya otra persona. Da igual que acaricies otro cuerpo. Da igual que otras manos te toquen. Puro onanismo.

Pero… ¿tú crees eso que digo?, ¿para qué me escribes?, ¿por qué siempre me preguntas lo mismo? Una y mil veces. ¿Por qué he de repetirte que el sexo de uno no es un sexo inmoral? No lo es Natalia, simplemente es amoral, nada más.

En el sexo de dos hay un derecho y también una responsabilidad, un deber y una obligación. Un compromiso que es el resultado de un trato asumido de forma libre y responsable.

Cualquier ruptura de ese trato, no manifestada a su debido tiempo y plazo es un engaño y en ese engaño se produce dolo.

Querida Natalia, el sexo es una actividad moral y lo es porque lo es todo aquello en lo que intervienen dos personas. Algo es moral cuando el objeto y el sujeto es el ser humano.

El procurar placer, como el producir dolor, es un hecho que sólo puede darse si se tiene plena conciencia de la existencia del “otro”. Es el resultado de una decisión que forma parte de esa conciencia, no del cerebro de reptil, es un acto humano, de personas emancipadas y libres, que tratan con la mejor de sus voluntades de no ser egoístas y sí de servir, pues un acto de servicio mutuo es.

Y desinteresado.

Un acto de amor.

Uno de los más dulces y más hermosos que puedan darse.

En todo caso espero y deseo por tu bien, que en algún momento sepas lo que verdaderamente necesitas. Quizás entonces tu hijo ya será más mayor y más autónomo. Y tú también, más emancipada y más independiente. Porque debes ser tú la que marque los tiempos. Todo eso sin causar dolor en los demás

Necesitas hacerte valer, económicamente, y como persona, y debes elegir a alguien que sea igual a ti. Igual desde todos los puntos de vista. Es duro decirlo, pero hay que hacerlo, no elijas a alguien pobre.

La pobreza está para paliarla, para erradicarla, si sientes esa necesidad hazlo, lucha a favor de los pobres y de la justicia, pero no seas tú la pobre. No lo seas nunca, huye de ella, es destructora, es maligna, es indigna, es dañina, corroe los cuerpos y las almas.

Dicen que el dinero corrompe, sí, por supuesto, también, y mucho dinero corrompe mucho más. Pero la pobreza es igual de corruptora, o todavía peor.

No seas nunca pobre, no hagas daño a nadie, no cometas delitos, cumple las leyes de tu país, no engañes ni estafes, cumple tus compromisos, pero no seas nunca pobre.

Además no estás sola, tienes un hijo. Debes ofrecerle buen ejemplo y el máximo abanico posible de opciones para elegir. Y tranquilidad. Debes ofrecerle tranquilidad. Los niños son como los ancianos, no aceptan bien los cambios, necesitan saber que el paisaje y el paisanaje son inalterables.

Al menos en los próximos diez años no, hasta que tu hijo sea mayor de edad, pero diez años son toda una eternidad.

¿Y sabes por qué?, porque pasan muy rápido.

Cuando te des cuenta ya estarás muerta.

Tu amigo que te quiere.

Miguel.

lunes, 9 de febrero de 2009

El peletero/Mi querida Natalia. (3) (1)



18 Octubre 2007

Nada puede ser
demasiado amado,
y todo puede ser
mal amado.


(W. H. Auden)

TERCERA PARTE (1)

Querida Natalia, como ya sabes, siempre consulto las cosas importantes con mi hermano Rafael; somos diferentes, pero nuestras opiniones son complementarias y nunca disienten. Ya sabes Natalia que él siempre insiste en que las palabras deben servir para explicar la realidad y no para embellecerla y que la palabra dada no solamente debe ser una galantería o algo que tenga que ver únicamente con la cortesía y la buena educación, en la cultura de donde procedes ése es un error que cometéis en demasiadas ocasiones. La palabra dada implica un compromiso que hay que cumplir, no es ningún adorno, no es el lazo que envuelve una caja vacía. La caja debe de estar llena. Hablar ha de tener consecuencias, nadie debe pensar que es impune cuando habla.

Debo recordarte que no lograrás salir de esa mediocridad en la que ahora te hallas estableciendo compromisos sentimentales inadecuados y sin “lógica”.

Te repito que ahora eres tú quien es una piedra, si es que no lo has sido siempre. Perdona esa sinceridad Natalia, pero Rafael y yo sabemos que hay roca en el centro de tu corazón. No te avergüences por ello, ya que la tienes debes aprovecharla.

¡Ah! y ten siempre en cuenta que debes hablar bien de los hombres que lloran y no se avergüenzan de ello, alaba su sensibilidad, ese lado femenino que tanto les reclamáis las mujeres, su ternura y sus sentimientos dulces. Todo eso está muy de moda, pero por favor, no te comprometas con ninguno de ellos, no lo hagas nunca. No dejes que sean algo más que amigos. Esas cualidades no sirven para la vida, sólo para la poesía, y la vida no lo es, ¿verdad? Y tú quieres vivir, no ser la protagonista de una novela, ¿o sí?

Procura dar donativos para paliar el cambio climático, pero no seas la heroína de ninguna novela.

Ahora querida Natalia, correspondería decirte que es el momento adecuado para disfrutar de la vida y de los hombres. Mi consejo habría de ser: disfruta de ellos, te lo has ganado, tienes derecho, te lo mereces y necesitas vivir unos años así, sin compromisos.

Y continuaría afirmando algo obvio, que tú eres una mujer que “puede elegir”, que eres muy bella y atractiva y tienes a los hombres haciendo fila esperando a que les hagas un simple gesto de asentimiento, hazlo. Ésa es una etapa que deberías de vivir y experimentar, es importante que la vivas, debes pasar por ella, será bueno para ti.

Terminaría diciéndote, para tu tranquilidad, que todo eso no es ningún pecado, llévate a la cama a los hombres o a las mujeres que quieras. Si quieres mujeres entre tus sábanas, atrévete, se valiente, en realidad ya lo has hecho, no tengas miedo entonces, continúa, todo es carne. Todo son personas

Ése debería ser mi consejo. Ya sabes que yo no soy un puritano y Dios muchísimo menos. Te puedo asegurar que por lo que sé, y sé mucho de Él, no lo es.

En la actualidad todos piensan que una mujer es muchas cosas al mismo tiempo, pero que básicamente es una víctima. La mujer simboliza así, perfectamente, la condición humana contemporánea.

El cristianismo tuvo éxito al considerar y entender que la víctima era el “otro”, en esa propuesta se hallaba la clave del nuevo contrato social.

En cambio su posible fracaso estará en no ser capaz de ver la víctima en el “yo”, como sí ha sabido hacer la psicología, consiguiendo de esa manera “triunfar” al interpretar correctamente, y a gusto del público y del consumidor, aquello que encarna la condición humana de nuestra era: el “yo victimario”.

Pero… ¿Debería realmente ser ése mi consejo? ¿Debería hablarte así? ¿Cómo lo haría cualquier mujer supuestamente instruida y medianamente culta y preparada? ¿Mujer que al hablarte, también se estaría hablando a sí misma?

¿Debería decirte como lo haría ella, que los 40 años en una mujer son malos porque suponen el final de la juventud y el principio de la madurez, el momento en el que empiezas a pensar que ya todo lo que viene es declive y cuesta abajo? ¿Y que entonces descubrís, pensando que sois muy inteligentes o que habéis sido muy tontas, o muy sacrificadas, o muy bondadosas, o muy engañadas, o muy obligadas, o muy violentadas, lo que verdaderamente hay detrás de vuestras sábanas y de vuestras ventanas y al hacerlo pensáis agitadas que se os está presentando la última oportunidad?

¿Debería?

¿Debería seguir afirmando, -como ésa supuesta mujer- que los 40 seguramente provocan su peor crisis? ¿Pero que también y al mismo tiempo se abre un abanico de posibilidades, nuevas vidas, hombres y mujeres solícitos, predispuestos y obsequiosos, quizás poderosos, quizás ricos, quizás jóvenes?

¿Debería?

¿Y debería seguir afirmando después que esa mujer quiere “renacer”, “resucitar”, “emerger” del agua que la ahoga y respirar todo el aire del mundo? ¿Y afirmar alto y segura que nadie podrá arrogarse el derecho de impedir que renuncie a todo eso?, ¿a su disfrute?, ¿Qué nadie logrará que se baje de ése último tren?

¿Debería?

Pero como yo no soy ninguna mujer, ni lo he sido nunca, ni tampoco lo seré, no diré nada de eso. Si lo hiciera, y quisiera ser justo, debería haber hablado antes de la crisis de los treinta y antes todavía de esa otra de los veinte, para saltar luego a los famosos cincuenta y su todavía más famosa crisis, sin olvidar, por supuesto, los sesenta, y casi concluir con los setenta, cuando la mayoría de mujeres ya son viudas y los seres más felices de la tierra.

Para finalizar, ahora sí, con la crisis de los ochenta, la auténtica, la verdadera crisis.

Crisis, sin embargo, poco mediática, sin encanto, sin “glamour”. Ni siquiera la llaman “crisis”, en una muestra más de ése uso de las palabras para embellecer y no explicar. Pero no hay otra, no hay otra crisis más indiscutible que ésa.

Pero quizás sí que haya otra crisis, la que se vive en la infancia, donde todos mienten cuando afirman que fueron felices. Lo que sucede es que creen de verdad que lo fueron. Sí creen eso imagínate pues cómo deben sentirse ahora.

¿Debería?

No, no debería.

Así pues no afirmaré nada de eso, ni lo contrario, pero añadiré con la ironía que define a los seres sin cuerpo, que ni la más hermosa poesía tiene suficiente poder frente a un cuerpo “portentoso”.

Ése es el anhelo de Satán, ser un portento.

La carne siempre vence a la palabra. Y lo sé porque yo no soy eso, eso que se pudre, y en cambio sí soy eso otro, eso que se olvida

Siempre es así.

Casi siempre es así.

Pero sí deberé, ya que me lo consultas de nuevo, repetirte por enésima vez que hay dos clases de sexo.

Aunque sé que dentro de diez años volverás a preguntarme lo mismo.

sábado, 7 de febrero de 2009

El peletero/Mi querida Natalia. (2)



17 Octubre 2007

Baila muy bien
Y tiene un gran deseo.
Busca un camino.
Llora en el bosque.
La matarán el alba, la fiebre
Y el gallo


(“La noche” Adam Zagajewski)

SEGUNDA PARTE

Mi querida Natalia,

He recibido tu atenta carta y me dispongo a respondértela sin demora.

Me alegra mucho saber de ti, de tu hijo y del resto de tu familia, y ver que todos vosotros os encontráis bien de salud.

_______________________________________________________________

Apreciada Natalia, en ésta tu última carta vuelves a exponerme las mismas preguntas que ya me has formulado en repetidas ocasiones y de diferentes maneras.

¿Te acuerdas cuándo nos conocimos? Tú todavía eras una niña y yo estaba en vuestra casa visitando a tu madre. Procuraba aconsejarla y responder a sus preguntas llenas de angustia sobre ella misma y sobre tu padre. Y también sobre ti.

Te senté en mis rodillas y te canté una canción mientras comías chocolate. Con tus dedos sucios acariciabas mis largos cabellos rubios que tanto te han gustado siempre. Tu madre te regañó, pero yo te dejé hacer. Ambos nos sonreímos, te besé y me devolviste el beso, y me preguntaste cómo me llamaba. Eras muy pequeña y ya hablabas como toda una mujer. Y ya entonces tenías ese porte rebelde, de reina, de yegua libre. Eras muy hermosa con tus cabellos negros rizados y esos ojos marrones que invariablemente te han acompañado. Siempre has sido oscura, de mirada y de alma, pero tus labios rojos todavía nos dicen aquello que tú nunca has podido averiguar. Y nunca podrás.

Antes de irme me susurraste al oído que te sentías muy sola y yo te respondí que no tuvieses nunca miedo, que no debías tenerlo.

¿Por qué nunca recuerdas mis palabras, mis respuestas, mis consejos? Mi discurso siempre ha sido el mismo, jamás ha variado. Sólo debes repasar las cartas que te he escrito durante estos años, que son prácticamente todos los de tu vida, pues desde aquella primera vez no hemos dejado de vernos ni de escribirnos. Todavía te gustan mis cabellos rubios y largos que me llegan más allá de los hombros. Siempre te gusta acariciármelos, incluso ahora que ya eres toda una mujer y madre, me miras igual que me miraste entonces. Siempre me miras sin verme.

Aquella fue una época difícil y dura para tus padres y yo aparecía muy a menudo por tu casa. ¿Lo recuerdas?, crecías muy rápido y tu alma ya no cabía en ese cuerpo de niña atemorizado. Seguías siempre estando sola.

Ya sabes que yo tengo una fama indebida, que uso de la espada que me ha sido dada cuando creo necesario, y que Dios, en su infinita sabiduría, me deja libre.

No sobrepasabas mis rodillas y tu cabeza aun cabía entera en la palma de mi mano, te levantaba con ella y te alzaba, asiéndote del pecho, brazo estirado, hasta el mismo cielo, mirabas hacia abajo y veías un abismo que te asustaba, pero segura en mí, confiada en mi fuerza, me dejabas hacer tranquila, sonriente y risueña, mientras tu madre se estremecía. Conseguía que con tus manitas tocases el techo de la casa y eso que estaba muy alto, pero ya sabes cómo soy y que siempre he de agacharme para traspasar cualquier puerta. Ninguna es bastante alta para mí.

Un día te di una sorpresa. Toma, y puse en tus manos un lobo, un cachorro recién nacido. Jamás habías visto algo tan tierno y bonito en tus pocos años. Un macho de apenas un día de vida con los ojos todavía sellados. Vi como los tuyos se iluminaban al contemplar al animal y su delicada belleza. Lo acogiste en tu seno de niña e hiciste incluso ademán de amamantarlo, lo besaste y acariciaste su pelo de seda y su lana de bebé, tierna y protectora, indefensa, débil y necesitada.

Posaste tu pequeña mano en su corazón, cada uno de sus latidos era un beso lanzado así, con la mano y soplando.

Son besos que parecen un silbido.

Me miraste agradecida, eras la mejor cara que la alegría nos puede mostrar, ¿es mío?, ¿es para mí?, me preguntaste ilusionada.

No, no lo es, no es tuyo, no es para ti.

¿¿No??, ¿¿por qué??, casi gritaste terriblemente irritada, angustiada y decepcionada.

Porque es un lobo y los lobos no tienen dueño te respondí.

No dijiste nada. Te entristeciste tanto que tus maravillosos ojos marrones se hundieron en un pozo negro. Del que nunca has vuelto a salir.

¿Todavía tienes miedo?, te pregunté.

Sí, balbuceaste mientras no parabas de llorar con el cachorro en tus brazos, acariciándolo y no parando de besarlo con la ternura más amarga y triste que jamás he visto. Levantaste la mirada, tenías los ojos anegados. Tengo miedo, me repetiste por enésima vez, llorando sin parar. Desconsolada.

¡Mátalo!, te respondí, ahógalo en tu pecho y mátalo, y verás como el miedo desaparece.

Dejaste de llorar de súbito, paraste en seco y me miraste sorprendida y aterrada. Me mirabas y mirabas al lobo con cara de espanto y terror. Tenías los ojos tan abiertos como si el mundo no tuviera puertas y lo estuvieses viendo todo entero en ese instante y de una vez.

Me mirabas y dudabas. Dudaste. Dudabas y me mirabas. Y volvías a mirar y volvías a dudar.

Y…

… lo mataste.

Lo ahogaste con la fuerza de tu pecho, tu corazón y tus brazos pequeños, los tres ya capaces de matar.

Y el miedo desapareció.

Sí.

Desapareció absolutamente.

Por un instante, que pasó rápido.

Si no lo hubieras matado no me habrías visto más, no habría vuelto a tu casa en las horas en que tú estabas, no hubieras sabido ya nada más de mi. Ya no hubiera sido necesario.

Pero lo mataste, mataste al lobo, por eso nos vemos a menudo y he de responder siempre a tus mismas preguntas, una y otra vez. Procuro ayudarte lo mejor que sé, que ya sé que no es mucho.

No es mucho.


FIN DE LA SEGUNDA PARTE

viernes, 6 de febrero de 2009

El peletero/Mi querida Natalia. (1)



16 Octubre 2007

Ya no se nos permite usar tu nombre.
Ya sabemos que eres inefable,
anémica, muy quebradiza y sospechosa
de las misteriosas culpas de la infancia.
Sabemos que ya no se te permite vivir
ni en la música, ni en los árboles al apagarse el sol.
Sabemos (más bien nos han dicho)
que ya no estás en ningún sitio, en absoluto.
Pero, con todo, oímos tu voz cansada
en el eco, en la queja y en las cartas que nos
escribe, desde el desierto griego, Antígona.


(“Alma” Adam Zagajewski)

El poeta hace de los gusanos vestidos de seda.

(“Adagia” Wallace Stevens)

PRIMERA PARTE

Me llaman “El Gordo”, todos me llaman así menos ella. Ella lo hace por el nombre que consta en la ficha que se guarda en la recepción del balneario donde me hospedo desde hace ya un tiempo, procurando adelgazar para aliviar mi corazón. Es bonito decirlo así, “adelgazar para aliviar mi corazón”, parece incluso una metáfora poética.

Se llama Natalia y aunque no cité su nombre entonces, ya hablé de ella en una ocasión anterior. Es la directora del balneario y según parece gusta de mi compañía y de mi conversación. Casi cada tarde nos vemos para charlar en el salón que hay en el centro del recinto, en la hora de la siesta. Es el momento, junto con la madrugada, más tranquilo del día. Nadie nos molesta y al estar solos podemos ejercer el derecho a renunciar a la música ambiental. El tono beige de la decoración es muy deprimente, pero por suerte yo ya no corro ese peligro.

Cómodamente sentados nos tomamos unos cuantos whiskys mientras oímos el agua brotar de la fuente de ese pequeño y ridículo jardín que hay a un lado del salón.

La belleza no me disgusta, pero el adorno sí, por eso detesto las fuentes y su simbolismo. El aguador no discrimina y eso siempre es un grave error.

El alcohol permite crear un simulacro de confianza y cercanía emocional. Mi gordura aumenta el coeficiente de mi masa corporal y la cantidad necesaria que debo beber de licor para emborracharme es mucha. Nunca quiero ni puedo llegar hasta este extremo, eso me permite dominar mejor la negociación, pues una conversación, por tonta que sea, siempre es eso, un pequeño combate.

A Natalia el whisky le desata la lengua y el acento que tiene pegado a ella, y que trata y sabe esconder muy bien. No estoy seguro, pero sospecho por qué lo hace.

Nunca hablamos de asuntos importantes, ella me cuenta sin dar nombres, cosas de los clientes que han ido pasando por el balneario. Siempre intenta que la anécdota tenga algún interés y quiere conseguirlo en la manera y la gracia de contar la historia. No sé, tengo la sensación de que está imitando a alguien cuando lo hace, incluso a alguien que se parece a mí, pero que no soy yo. Al final, eso sí, siempre he de ser yo el que acabe por redondear el chisme y convertirlo en una buena fábula. Ella no sabe.

Pero el otro día no hizo falta, lo consiguió sola sin tener ni siquiera que abrir la boca. Ni yo tampoco.

Tome, me dijo al sentarse frente a mí en su habitual butaca del salón. Yo le estaba llenando el vaso con un buen whisky de Malta, cuando veo que me entrega, depositándolo encima de la mesita, un sobre que observo ya ha sido franqueado en el correo postal. Está viejo y doblado.

Por favor, lea la carta, me pide.

Tomo un sorbo de whisky y saco la carta del sobre. Va dirigido a ella y el remitente es un tal Miguel. Está muy vieja y muy manoseada, muy leída. Es de hace muchos años, algo más de diez según el matasellos.

Antes de empezar a leer me ha pedido que le prometa no desvelar a nadie el contenido de la misiva. Se lo he prometido, aunque yo casi nunca cumplo mis promesas. Las razones para cumplirlas son distintas en cada caso, pero siempre son parecidas y eso me preocupa, porque marcan una tendencia, una propensión. En definitiva, una debilidad.

Leo:

Mi querida Natalia,

He recibido tu atenta carta y me dispongo a respondértela sin demora.

(…)