sábado, 19 de junio de 2010
viernes, 18 de junio de 2010
El peletero/Quince días (y 23)
jueves, 17 de junio de 2010
El peletero/Quince días (22 de 23)
miércoles, 16 de junio de 2010
El peletero/Quince días (21 de 23)
martes, 15 de junio de 2010
El peletero/Veni (25-04-08)
lunes, 14 de junio de 2010
sábado, 12 de junio de 2010
El peletero/Quince días (20 de 23)

19 Abril 2010
Día veinte.
- No te rías, yo me encargo de todo, de la comida y de la logística, tú no debes preocuparte de nada, solamente has de encargarte de mí, ser de nuevo mi hombre, sabes hacerlo, no es demasiado difícil, ya lo has hecho en otras ocasiones, sólo necesitas no caerte de tu propia cama.
- Es verdad, es fácil, muchos lo han sido antes o al mismo tiempo que yo.
- ¿Tienes celos?
- No exactamente, no son celos.
- ¿Qué son entonces?
- Recuerdos.
- Casi es lo mismo.
- Tengo celos de mí, yo también fui uno de ellos. Cuando hay muchos no todos caben, hay que soltar alguno para dejar que los nuevos entren. Parecen lastre.
- O al revés.
- ¿Humo? ¿Conmigo qué haces?, ¿me dejas entrar y echas fuera alguno?, ¿uno viejo?, ¿o me cierras la puerta y no permites que mi recuerdo, ni mi carne, entren en ti?
- Depende.
- ¿De qué?
- No es de qué, es de quién, depende de ti, yo elijo a mis amantes, pero no soy la responsable de mis recuerdos, lo son los demás, lo eres tú.
- ¿Quieres parecer una cínica?, ¿por qué simulas serlo?
- Por eso te gusto, ¿no?
- No es verdad, no lo eres, no eres cínica, ni me gustas cuando pretendes serlo, pero las consecuencias son las mismas o peores, por eso nunca te pedí que te casaras conmigo.
- Si lo hubieras hecho te habría aceptado sin dudarlo.
- ¿Quién se hará cargo de las sábanas?
- Nadie.
- ¿Quién se ocupará de ti?
- Nadie.
- ¿Tienes miedo de morir?
- Sí.
- Pero antes moriré yo.
- Sí.
viernes, 11 de junio de 2010
El peletero/Quince días (19 de 23)
jueves, 10 de junio de 2010
El peletero/Quince días (18 de 23)

14 Abril 2010
Día dieciocho.
Mi asistenta sanitaria es bella, tiene un cuerpo joven y bien formado.
Es de mediana estatura, morena, y muestra y me enseña un pequeño pubis depilado y unos pechos caídos lo necesario y justo para que su respiración provoque en ellos el temblor que luego causa el corrimiento de las famosas placas tectónicas del planeta, los terremotos y los célebres tsunamis, esos desplazamientos abruptos de los océanos que tantas muertes ocasionan.
Me recuerda a Pier Angelli, una encantadora actriz italiana que hacía honor a su nombre.
A mí me gustan más “magiorattas”, más mujeronas, por así decirlo, pero no desprecio el sabor de especia escondida que ocultaban las “Madonas” de Rafael, santas y ninguna virgen.
- ¿Para qué sirve una mentira?- me ha preguntado.
- Para restablecer el equilibrio- le he respondido.
- ¿Entonces?, ¿la verdad qué utilidad posee?
- No tengo ni idea.
- ¿Cuál debe ser el cebo?
- Tú misma.
miércoles, 9 de junio de 2010
El peletero/Quince días (17 de 23)

12 Abril 2010
Día diecisiete.
Mi enfermera se ha transmutado en cotorra, y ha empezado a contarme intimidades y cosas de su vida, dice que se ha desnudado porque yo se lo he pedido. No es cierto. “No quiero que tenga una opinión equivocada, ya sabe que usted es alguien muy especial para mí, no me desnudo cada vez que me lo piden, me ha dicho”.
“Mientes”.
Sus compañeros y esposos me han contado que se desviste cada vez que tiene oportunidad, que es famosa en todo el hospital por sus desnudos de terrorista. Sin avisar, y sin que nadie lo espere, empieza a quitarse la ropa como si entablara una conversación amena, educada y cordial. Lo hace en cualquier parte, en un pasillo frecuentado de gente o en un ascensor vacío de cuerpo y mente.
Es capaz de hacerlo en el despacho de su superior, en unos lavabos públicos o en el mismo quirófano en plena intervención de fimosis o de cáncer de colon.
Desconoce que desnudarse no es una actividad baladí, vestirse tampoco, y mucho menos cuando lo que termina quedando al aire es la piel, la propia o la de otros.
Se desnuda con demasiada naturalidad y sin el más mínimo atisbo de erotismo, como si fuera a ducharse o a ponerse el pijama.
Hay ocasiones, me han contado, que la encuentran encamada, medio dormida y abrazada al enfermo o al moribundo, tal y como Dios la trajo al mundo.
Conmigo no ha llegado hasta este extremo, solamente se despoja de las ropas que la visten y se sienta en el borde de mi cama, a punto de caerse. Me habla de ella, de sus amores y esperanzas, de su familia y de su trabajo, de las aspiraciones profesionales que alberga y de las intrigas y triquiñuelas que tiene con sus amigos y amantes.
Dice que quiere comprarse una casita cerca del mar.
“No, no miento”.





