miércoles, 25 de agosto de 2010

El peletero/La aguja del pajar (35)


Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

35. De lo que nunca se escribirá.

Heinrich Luitpold Himmler, en su famoso “Discurso de Posen” del 4 de octubre de 1943 dirigido a altos cargos civiles, militares y de las SS, y refiriéndose a la “Solución Final”, afirmó: “La mayoría de vosotros sabéis lo que significa cuando hay tendidos 100 cadáveres, o 500, o 1.000. Haber pasado por eso y –salvo las excepciones producidas por la debilidad humana- haber seguido siendo decentes, es lo que nos ha endurecido. Ésa es una página de gloria en nuestra historia que nunca se ha escrito y que nunca se escribirá…”

“La solución final” no podían perpetuarla personas que supieran que los pecados tienen perdón, aunque sea un cura medio sordo el que te lo dé. En “La solución final” está encerrado el pecado de soberbia que significa la voluntad de la pureza y el asesinato de Dios que ella conlleva. No se puede ser puro sin matar a Dios, ni, esto es lo peor, matarnos a nosotros mismos. Da igual ser religioso o ateo, a Dios se lo mata desde cualquier trinchera. La vanidad, luego la envidia, y más tarde la soberbia de querer ser virgen, inocente, santo y puro han inundado el mundo de sangre. Una civilización que destierra el perdón de su arsenal moral está abocada a tapar con tierra la tierra y los pecados con más pecados. Si no hay perdón aparece el rencor y la ponzoña.

Todos lo sabemos, padres violentos nacen de hijos violentados, el resentimiento se redime con más dolor, la injusticia con otra iniquidad, el orgullo herido con la soberbia en una espiral de locura y sin sentido que se transmite en cada generación. ¿Miedo? 

¿A qué?, ¿al mal? No, al mal no.

¿Qué hacer con el bien cuando se nos presenta?, ¿cómo hay que tratarlo?, ¿podremos soportar su visión?, nadie lo sabe pues siempre nos advierten del mal y cómo debemos salvaguardarnos de él, del daño, del agravio, del perjuicio y del menoscabo, nunca del beneficio y de la gracia. Todo el mundo conoce el mal, nadie sabe qué es el bien.

¿Por qué crecen las plantas y el trigo?, ¿qué alimenta a los árboles y a la hierba que comen nuestros ganados?, ¿es el agua que mana del cielo con la lluvia?, sin duda no, es otra cosa aquello que riega los campos de la mítica Arcadia que un día abandonamos expulsados, agua no es.
¿Qué mana de los pechos de las madres?, no lo sé, pero parece que leche tampoco.

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35M
-“Querido Víctor, en una ocasión me hablaste de una isla rocosa en la que las rocas, altas como murallas, parecían proteger o envidiar a unos cipreses que subían desde su centro. Era un cayo pequeño, la muralla de piedras formaba un semicírculo y en su interior crecían los árboles orgullosos. En sus paredes parecía haber unos nichos, unas sepulturas. A la isla se acercaba una barca, en ella se encontraba un hombre que transportaba un féretro. 

Era una pintura de Arnold Böcklin y una de sus cinco versiones de "La isla de la muerte"
La mole de piedras parecía cercar a los árboles para ahogarlos, agostarlos y matarlos, eso temí yo, pero me respondiste que no hay ninguna roca que pueda matar a un ciprés, lo sé bien, sé de lo que hablo, dijiste, porque yo también soy un ciprés y conmigo las rocas olvidan que lo son, pierden su dureza y sólo enseñan su debilidad y sus oquedades, en ellas guardo mis secretos que nadie conocerá jamás. 

Pero me engañaste, a ti te abatió un pájaro o algo parecido y todos tus misterios pintaron sus plumas y su pico de colores.” (La madeja. Cartas a un amigo.)

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35H

-“Ya sabes que mis primeras palabras sobre pintura te iban dirigidas.Para ti las escribí, y así lo entendiste, mi Verónica. 

En aquel entonces éramos demasiado jóvenes, tú tenías 22 y yo apenas 17. Me pediste que fuera el padre del hijo que deseabas tener, pero yo no podía ser el responsable de algo que no hubiera llegado a controlar jamás, por eso hablaba de pintura, es una manera elegante de huir. Decías que me querías, que te gustaba estar conmigo en la cama, pero siempre te ibas al salir el sol. Me alababas y me llenabas de besos y caricias, siempre avaras, cortas, pero sólo buscabas mis palabras, mis pinturas, mis fantasías, un compañero de cama y un padre para el hijo que, al final, otros muchos te dieron, yo no.

“¿Qué hacen pues dos hombres jóvenes, perfectamente vestidos, hablando entre sí, acompañados de dos mujeres, desnuda una y medio vestida la otra?”, me preguntabas.
“Jamás lo sabremos, pero todos parecen satisfechos.”, te respondía.” (El hilo. Cartas a una amiga.)

martes, 24 de agosto de 2010

El peletero/La aguja del pajar (34)


23 Agosto 2010


Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

34. Holanda y la alegría.

Holanda es un país pequeño.

Su escuela de pintura nació casi al mismo tiempo que su soberanía política. Después de innumerables luchas con la Corona Española logró de ella la independencia sin necesidad del visto bueno de ningún Tribunal que la legitimara, ambas, la política y la pintura, fueron hechos consumados como lo son su mar y su cielo. 

En aquel entonces Holanda disfrutaba de una inmejorable posición que le permitía comerciar con todo el mundo, su litoral era una puerta abierta al Atlántico, el nuevo mar que sucedía al viejo, cansado y agostado Mediterráneo. Holanda sustituyó también a los arruinados banqueros alemanes que habían prestado dinero al siempre insolvente Reino de España y a sus guerras locas y fanáticas. 

Pero nada de todo eso tiene que ver con la pintura porque nada tiene que ver con la muerte y la luz.

En Holanda y en el resto del orbe luterano, nórdico y germánico, prosperó una burguesía moderna legitimada por una nueva moral que entendía la riqueza como una señal de bondad, honestidad, decencia, justicia y el premio a su mérito. Un modelo distinto, un individuo libre que, excepto por sus deberes con la comunidad, estaba solo frente al mundo y frente a Dios, entre ellos dos ya no había intermediarios, su responsabilidad, su soledad, su alegría y su miedo conformaban su autonomía y sus armas, sus blasones y sus medallas, en ellas estaba escrito su origen, su virtud y en el forro de sus vestidos negros un pecado sin nombre.

Pero nada de todo eso tiene que ver con la pintura porque nada tiene que ver con la alegría y el color.

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34M
-“Querido Víctor, yo creo que si te quedas el tiempo suficiente al lado de un muerto terminará por levantarse y volverá a caminar como lo hizo un día Lázaro, pero nadie dispone de tanto tiempo, ni siquiera creo que el tiempo sea tan largo, porque si hay algo que no es infinito es el tiempo, el espacio tal vez, pero el tiempo no. Esa es la diferencia fundamental entre pintura y música, la que hay entre el pasado y el presente, el primero es corto, en cambio, el segundo siempre es eterno.

Sigo esperando tu regreso, a veces sentada en el porche de casa, o de pie, fumando y bebiendo vino en el quicio de la puerta. Todo lo hago de pie, fumar o beber, comer o coser, cuando me siento no hago nada, dejo que el tiempo pase callada, sólo espero y miro el horizonte que me tapa como si fuera un bosque o una nube medio negra y medio escarlata.” (La madeja. Cartas a un amigo.)

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34H
-“En una vieja historia que narré hace tiempo, y que apenas duraba quince días me inventé una conversación imaginaria con Van Gogh, en ella el protagonista le preguntaba en qué consistía la pintura y el pintor holandés le respondía que pintar era elegir el color. Parecía una respuesta sin sustancia queriendo ser graciosa, pero un tiempo después de mi interesante diálogo con Vincent, cuando lo visité de veras en su casa de Arlés, leí en un pequeño libro de John Berger, “Algunos pasos hacia una teoría de lo visible” unas frases parecidas:
“Descubrir lo irremediable es el sueño de un pintor. El “azul” deja de ser un color que has elegido y se convierte en una fatalidad. Una fatalidad de la que no hay manera de zafarse. Esta fatalidad está presente en Tiziano, Turner o Rothko. Y ésa es la alegría.” (El hilo. Cartas a una amiga.)



lunes, 23 de agosto de 2010

El peletero/La aguja del pajar (33)

30 Julio 2010

Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

33. El éxito y la impresión.

El término “impresionista” tiene un preciso significado pictórico que nace con la crítica coetánea. El vocablo intenta definir una clase muy específica de la pintura francesa de la segunda mitad del siglo XIX. Su éxito es tal que termina señalando una expresión estilística mucho más general. Su sentido acaba conteniendo conceptos nuevos sobre la luz y el color y el llamado “grafismo pictórico”.

Tradicionalmente la habilidad pictórica manual y gestual quedaba y debía permanecer medio escondida, tenía que pasar desapercibida, era lo conveniente porque no era su propósito hacerse evidente, debía ceder terreno a la verdadera dueña del cuadro, a la técnica mental y a sus efectos y consecuencias en el espectador. Eso, que siempre había sido así sin decirse, es puesto ahora de manifiesto como si fuera una novedad por los llamados impresionistas. Ellos no solamente lo dicen, lo muestran también al usar una destreza que no deja de ser tosca, rústica y medio banal queriendo ser refinada, inteligente y científica. Si te alejas, si casi cierras los ojos y si ves la pintura un nano segundo a penas, tendrás la impresión verdadera, decían, parece casi un chiste. Tosca y rústica porque, valga la expresión, salta a la vista, medio banal porque es innecesaria.

Sin embargo, como siempre ocurre, su éxito no está en sus palabras y sí en sus obras. Su triunfo lo hallamos, una vez más, en los holandeses, siempre ellos. Pero los franceses son los primeros que pintan los bulevares a pie de calle y que hablan de la realidad como si no fuera un hecho moral. La luz del mediodía ya no es una piedra pintada ni una niebla fantasmal. Sus modelos tampoco son los héroes clásicos ni los dioses del Olimpo. Igual que los viejos flamencos pintan también a personas y con ellas el sol del firmamento en el gris de los adoquines. Sin querer ser morales lo terminan siendo.

La Escuela Barbizón, Eugéne Boudin, Jean-Barthold Jongkind, Gustave Courbet y Eugéne Delacroix fueron sus iniciadores, también los paisajistas ingleses, Ruskin y Constable, más tarde Corot y Millet y antes que todos ellos nuestros holandeses en una saga que también, como casi todo, se remonta más allá de las fuentes del Nilo, en los Montes de la Luna, no en los africanos que hollaron Speeke y Burton, no, en otros que hay en nuestro satélite y de donde nace el verdadero Nilo.

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33M
-“No sujetes el entusiasmo, pero no te extrañes ni te sorprendas después cuando aparezca el desaliento y la decepción. No evites el énfasis aunque sepas que luego nadie va a recordarte. Piensa que sólo los que lleven tu féretro y caben el agujero en el que te depositarán sabrán quién fuiste. Esquiva, eso sí, la algarabía y la confusión, huye de la maraña, deja que la madeja se desenrolle sola, corta el nudo aunque te quedes sin preguntas y sin respuestas. No te ates a nadie, pero sé siempre fiel y leal. La música es orden y buen decir, el resto es caos y desamor. Ten la aguja presta, apunta siempre al corazón, deja el resto del cuerpo para los demás, no vale nada, y no te olvides nunca del dedal”. Eso me decía mi padre cuando yo era joven, querido Víctor. Terminaba con el famoso poema de Kavafis:

“Si no puedes hacer tu vida como la quieres,
en esto esfuérzate al menos
cuanto puedas: no la envilezcas
en el contacto excesivo con la gente,
en demasiados trajines y conversaciones.
No la envilezcas llevándola,
trayéndola a menudo y exponiéndola
a la torpeza cotidiana
de las compañías y las relaciones,
hasta que llegue a ser pesada como una extraña”.

Lo escuchaba arrobada y seducida, pero nunca le hice caso, tú mejor que nadie lo sabe, y todavía no sé por qué. Una vez me explicaste la razón, fue en aquella playa, pero la he olvidado, a la razón y a la playa.” (La madeja. Cartas a un amigo.)

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33H
-“El otro día te escribí una larga carta contándote mi cansancio, en ella te hablaba de esa fatiga ya crónica que me impide proseguir. He disimulado mucho tiempo, en todas mis otras cartas anteriores me esforzaba en aparentar alegría e ilusión, incluso enfado, ironía o sarcasmo. Te regañaba por cualquier cosa y me mostraba ajeno a tus insinuaciones que continuamente dejabas caer mostrando un interés por mí fuera de lugar y tiempo. Creo que con mi actitud te he engañado aparentando ser lo que no soy ni nunca he sido. Todavía no me has respondido, así que he decidido abandonar la literatura y pasarme a la pintura, empezaré por dibujar sencillos paisajes con mi rotulador negro en mi bloc de notas, en él recordaré algunas impresiones suizas y quizás un día se parezcan a las pinturas de algún premio Nóbel de literatura china o sirvan para ilustrar unas postales de amor escritas a una humilde y simpática lagartija.” (El hilo. Cartas a una amiga.)


sábado, 31 de julio de 2010

El peletero/La aguja del pajar (32)


28 Julio 2010

Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

32. La Trinidad.

En la pintura hallamos solamente tres cosas, tres y ninguna más. Un relato o la falta de él, la realidad en la forma de un rostro o la falta de él, y el caos representado por un paisaje, un escenario, o la falta de él. 

El primero constituye el tiempo ordenado, el compás, el ritmo, el latido del corazón de nuestra madre. El segundo el frío, el mundo quieto, su geografía, su geometría, su perfil y su forma cuando vemos su linde al ver al “otro” que tenemos enfrente y al verlo descubrimos que la realidad tiene frontera, el hielo negro. Y el tercero nos representa a nosotros y a nuestra desesperación informe, el ojo atormentado del cíclope.

Turner nace un 23 de abril de 1775 en Maiden Lane, cerca de Coven Garden, un barrio popular londinense. Su padre desempeñaba el oficio de peluquero en una barbería de su propiedad. En ella vendió sus primeros dibujos, grabados coloreados y acuarelas. Nunca usó la gama cromática que se deriva del espectro solar que luego utilizaron los impresionistas. “Pasea colores sobre el papel hasta que llega a expresar lo que tiene en la cabeza” (J. Farington) Eso hicieron luego los abstractos. Pinta con los ojos y con sus mismos dedos que siempre lleva manchados como si fuera un mecánico sucio por la grasa. Pero no repara ni construye máquinas, sólo pinta paisajes aunque sea sacando la cabeza por la ventanilla del tren en plena tormenta. Los pinta como si arara la tierra o pintara el infierno. Se dice de él que en el fondo siempre pintaba acuarelas aunque usara el óleo, pintaba como si tuviera el paisaje delante sin tenerlo, pero superponía capas y conseguía sombras con el simple grosor de los pigmentos, igual que otros e igual que Velázquez. La buena acuarela resalta el dibujo aunque domine la mancha que se extiende, con su agua, sobre el papel, anegándolo. Las manchas de una acuarela tienen historia, su propia vida en su pasado que recuerda siempre a una herida en su inicio, joven y roja. El óleo es diferente, es la costra, la cicatriz cerrándose o enferma de gangrena. Turner es todo eso, es el hombre de los dedos sucios de colores, en el índice el rojo para señalar, en el meñique el verde avergonzado, en el anular el azul del cielo siempre desplazado, el amarillo sin duda es para el pulgar, y en el corazón nadie sabe que color hay, nadie lo ha visto todavía. Quizás es el blanco, el ocre o el negro. 

“Mi corazón también ha sido una tormenta; más de una vez he bebido mis frascos con agua de pinturas. ¿Para qué? No he estado lo suficientemente insano para tragarme mis acuarelas pero lo he pensado.” (“Cuaderno rescatado”, William Turner)

Porque el mundo es blanco, ocre y negro.

“He navegado con la triste góndola por la tarde. El silencio de los canales anunciaba algo feroz. La marcha de mi barca cedía su paso al crepúsculo. El gondolero no bajaba la vista y apenas movía su cabeza para saludar. El remo golpeaba el agua espesa. Un furioso relámpago cayó tras la cúpula de Santa María de la Salud. Sentí que algo terrible ocurriría. En mi alma ya se había desatado la tormenta que más tarde azotaría a la Serenísima.” (“Cuaderno rescatado”, William Turner)

Turner vivió un tiempo en Venecia, y es allí donde se desvanece, antes había sido agua mezclada con tierra, fango y tornasoles, ahora, en el Adriático Norte, es aire que cae y que nunca llega al suelo, la luz se lo impide en su vuelo rasante al descender de los Alpes nevados a la gran llanura como si fuera un río desbocado, el filo de un cristal. 

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32M
-“No fui Blanca, pero quizás fui diosa y ahora sólo soy una mujer que te mira. La última exposición de fotografía ha ido bien, he vendido lo suficiente para pasar con normalidad el próximo año si logro eludir legalmente algunos impuestos. Mi hijo me ha llamado para decirme que el próximo fin de semana no vendrá como tenía previsto. Mi asesor financiero me invitó el mes pasado a cenar, rechacé su proposición aduciendo alguna excusa tonta. Si me hubiera invitado su socio más joven habría aceptado, él sí que me gusta y es más joven, no quiero viejos como yo a mi lado. Nos habríamos acostado aquella misma noche, me hubiera encargado de ello, todavía recuerdo cómo se hace, pero no me ha invitado y ni me mira. Son ya cinco años los que llevo siendo célibe. Todavía conservo, ya lo sabes, tus fotos desnudo, sabías posar, en realidad fuiste el mejor modelo que he tenido nunca. Hace tiempo que no puedo mirarlas, no sé si es una buena o una mala señal.” (La madeja. Cartas a un amigo.)

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32H
-“Buenas noches, querida amiga, hacía tiempo que no te escribía, hablar contigo es como visitar de nuevo tu casa, estar en ella como lo estuve entonces. Hoy lo hago gracias a una extraña coincidencia que no viene al caso, puro azar “austerino”, un hecho extraño que sucedió ayer.
Fue algo que tuvo que ver con la noche, con África, con un autocar incendiado, con una mujer y una maleta extraviadas para siempre y con una cama vacía. 

En la casualidad también aparecía una montaña de caricias y una eterna soledad que me robaba mi nombre y que debí de haber perdido al lanzarlo al mar aquella noche, en la playa, cuando te llenaba de besos y de palabras. 

Se hundió como una ofrenda, como una piedra que atada a mi cuello se llevara con ella mi secreto.

Era algo relacionado con una mujer sin sexo, con dos lenguas y con un ojo de cristal. Puro azar, ya te digo. 

Pero yo pasaba por aquí solamente para estar un rato contigo, para decirte hola y decirte que sí, decirte que tienes y tenías razón y decirte algo más que, desgraciadamente, ya no recuerdo.
Quizás lo vi pintado en cara de perro. 

Hacía mucho que no te escribía, y como puedes ver, la de hoy no es ninguna carta amorosa ni tampoco erótica, aunque yo sigo siendo el amante imaginario de siempre, aquél que escribia a unas Damas muy serias a las que les temblaba el mundo bajo sus pies". (El hilo. Cartas a una amiga)



viernes, 30 de julio de 2010

El peletero/La aguja del pajar (31)


26 Julio 2010

Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

31. Joseph Mallord William Turner.

¿Es la sangre, permanentemente vertida, la que entreve, entre los vapores de la barbería de su padre, Joseph Mallord William Turner cuando pinta?, nadie puede asegurarlo, sin duda no o tal vez sí, quizás sea lo menos probable o todo lo contrario. Su visión romántica es trágica, es una descarga, una nube que estalla y una fuente que explota. Es la misma tierra y su lluvia con su niebla, es la propia tradición inglesa, sus campos y sus mares, sus ciudades y los nuevos ferrocarriles. Lo son siempre los holandeses, lo son los cielos y lo son las aguas de Norwich y lo es la luz y sus transparencias, los acuarelistas y la reverberación ensoñada en las pinturas de Claude Lorrain y en sus dársenas imposibles. 

Entre el ojo de Turner y la realidad hay mil cristales y entre cada uno hay mil más. O todo lo contrario, no hay nada y la sangre va directamente del corazón al suelo, dibujando así el color de la tierra, inaugurando de esta forma también el paisaje moderno, antesala de la verdadera abstracción y la oscuridad pintada. 

Leonardo da Vinci cita en su “Tratado...” a Botticcelli cuando habla de paisaje:

"Aquel que no ama, en igual manera, todas las cosas que están contenidas en la pintura, no será universal; como uno al cual no le gustan los paisajes; y considera que son cosas de breve y simple investigación. Como dijo nuestro Boticella, que este estudio era inútil, porque es suficiente lanzar una esponja, llena de diversos colores, en un muro, para dejar en él una mancha donde se puede ver un bello paisaje. Si bien es cierto, que en esta mancha se ven varias invenciones, de aquello que el hombre quiere buscar en ella, es decir, cabezas de hombres, animales diversos, batallas, escollos, mares, nubes, bosques y otras cosas similares; y hace como el sonido de las campanas, en los cuales, se puede entender lo que tú quieres. Pero, aunque estas manchas te dan invenciones, ellas te enseñan que no terminan en ningún particular."

Y Van Gogh le dice a su hermano:

“Théo, decididamente yo no soy un paisajista; si hago paisajes “habrá siempre dentro de ellos vestigios de figuras.”

(Cartas a Théo, V.V.G.)

Y William Turner replica en su “Cuaderno rescatado”:

“Las figuras son arrastradas sin piedad. No hay formas que soporten tal acometida. ¿Hacia dónde? ¿Hacia dónde?” (“Cuaderno rescatado”, William Turner)

¿La figuras no soportan el paisaje?, ¿cualquier paisaje, aunque sea calmo y apacible, esconde una tempestad? Sin duda sí, un césped bien cuidado no es más que una variante de la selva profunda, un estanque con nenúfares es un mar con almadías llenas de náufragos. 

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31H
-“Cuándo subiste por primera vez a mi casa, con tu vestido blanco recién planchado, me espetaste sin miramientos ni delicadeza que sufría del síndrome de Diógenes, llevabas contigo las sempiternas velas que ibas colocando en cada rincón de la habitación donde nos íbamos a acostar. Por si acaso llené un cubo de agua, para tenerlo a mano y poder apagar cualquier incendio que no fuera el de nuestros cuerpos. Al verme con él te reíste y al verte reír pensé que la vida era muy extraña, subías a mi casa para meterte en mi cama, criticabas mi orden y las cosas que guardo y atesoro y me llenabas los rincones con velas incendiarias para romantizar nuestra velada, fue entonces cuando te hablé de Turner y de sus manos siempre manchadas de mil colores. ¿No usaba pincel?, me preguntaste. Tampoco lo uso yo contigo, te respondí.” (El hilo. Cartas a una amiga.)

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31M
-“En “Los cañones de Navarone” hay una escena griega, cretense, una canción y una niña que lleva una flor en la mano. Decías que se la llevaba al diablo para engañarlo. ¿Cómo puede una niña engañar al Gran Mentiroso?, te preguntaba. Con sus mismas armas, me respondías, con la belleza. 

¿Es suficiente la que contiene una simple flor?, ¿para qué quiere una niña engañar al diablo?
No le dará una manzana, ¿verdad?, ese truco ya se lo conoce, me decías burlándote de mí. Pero yo sabía que ése será el acto trascendental que tratarás de hacer algún día, tarde o temprano deberás intentar salvar tu vida poniéndola en juego, pocos son capaces. La perdiste pronto, el tren se paró, el barco se hundió y nunca supiste ponerlo a flote. Por eso sé que nunca regresarás a por mí, creo que tu orgullo te lo impide y no pararás de buscar hasta encontrar a Satán para retarlo y entregarle tu flor. Pero él te teme y se esconde, es tan cobarde como mentiroso. Olvídalo y ven, te digo, pero nunca me escuchas. 

¿Recuerdas aquella noche hablando del Greco en nuestra azotea de Heraclion?” (La madeja. Cartas a un amigo.)


jueves, 29 de julio de 2010

El peletero/La aguja del pajar (30)


23 Julio 2010

Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

30. Grandes inventos.

Para el romántico el arte es un espejismo porque cree que la misma realidad lo es, una visión ensoñada, irreal, imaginaria, inventada, un mito, una leyenda lejana entre la utopía, el deseo y la locura. Y en el mejor de los casos, apenas una ilusión del presente, también del futuro, la quimera alcanza al propio pasado en un autoengaño, lo reinventa a medida. 

La industrialización de Europa parece que es antiestética, grotesca y fea. Lo más horrendo, afirman, es el paisaje diferente, los nuevos humos, los olores y los ruidos que acompañan a las máquinas. La industrialización es sucia. 

Pero lo peor y lo mejor de ella es el enorme éxito y el uso de un gran invento antiguo, tan importante como la rueda, o el botón, el dinero. El dinero como unidad contable empieza a circular con el mismo respirar de las personas, es tan necesario como el aire y sus corrientes. 

El dinero, sin embargo, tiene mala fama, se le acusa extrañamente de su bondad, ser una simple unidad de medida que mide sólo aquello que existe. Lo hace mucho mejor y de manera más precisa que el sistema métrico decimal y la propia palabra pues todos sabemos que hay más metros que distancias medibles y más palabras que cosas, pero no hay más dinero que aquello que cuenta él mismo. Todas las trampas económicas consisten en hacer que el dinero cuente más, o menos, que lo que en realidad hay que pueda ser contado.

En el origen humano se concibe al “chivo expiatorio”, otro gran invento para purgar a las masas, y que Cristo erradica con su ejemplo y en su Sermón de la Montaña. Más tarde la ciencia descubre al tullido y las ideologías a la eugenesia. 

Todavía no somos conscientes de la magnitud y las consecuencias de tal hallazgo moral, pues moral es el paso y el dilema a resolver. El tullido, físico o mental, lleva grabada en la frente una pregunta: ¿qué hacer? Lenin, en su famoso libro titulado igual, “¿Qué hacer?”, la respondió de una manera, otros a la suya y todos fracasaron en un baño de sangre. El mundo antiguo no era piadoso aunque hubiera en él personas piadosas. El nuestro, en cambio, es todo lo contrario, la ideología oficial de la modernidad es la piedad aunque pueda haber seres humanos que no lo sean. Nietzsche quiso acabar con ello y ya sabemos todos en qué terminó la idea.

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30H
-“Querida Verónica, siempre hablábamos de las apariencias. Yo te decía que si no soy lo que aparento es que estoy engañando, voluntaria o involuntariamente estoy aparentando algo que no soy. Si quiero ser un hombre sincero es indudable que he de esforzarme también para parecerlo, he de aparentar lo que soy para que así todo el mundo se haga carta cabal. Pero, aparentemos o no, siempre somos nosotros mismos incluso cuando tratamos de no serlo, como si no pudiéramos escapar a nuestro propio ser y apariencia. ¿Podemos ser algo distinto de lo que somos? Podemos imitar a otros, mejor o peor, es cierto, pero no ser ellos.

El narrador dice: “visto un traje verde”. ¿Dónde se halla la verdad?, la verdad se halla en que: el narrador dice: “visto un traje verde”

¿Es verdad que viste un traje verde? Si lo es o no es otra clase de verdad circunscrita estrictamente a la lógica del relato que no hace al caso. ¿Cuál es la verdad hasta ahora?, eso que nos cuenta el narrador es la verdad en sí misma. Quizás ésa sea la verdad de Dios y Dios vista un traje verde. La literatura se “ve”, se pude mostrar como si estuviéramos en una obra de teatro:

Aparece en escena un hombre vestido con un traje azul y exclama de cara al público: “Visto un traje verde”

O bien:

Abrió su guardarropa y extrajo un elegante traje azul. Se vistió con él y al salir a la calle se encontró con una amiga íntima y le preguntó, “¿te gusta mi traje verde?” Y ella le respondió entre risas, “me gustas más sin él”.

¿Quién miente?

Hay dos respuestas:

Respuesta primera: nadie, ni siquiera el diablo.

Respuesta segunda: todos, incluso Dios.

Ambas son eso que llamamos la verdad del arte, un traje que nadie sabe todavía si es verde o azul. Yo, por más que miro y remiro, todavía no he conseguido saberlo.” (El hilo. Cartas a una amiga.)

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30M
-“Al despertar de tus sueños hablabas, querido Víctor, del halo que los objetos adquirían. Todo, decías, parecía reverberar. El nimbo es la nube de Oort, te sugería yo, una nube hipotética que se encuentra en las afueras del Sistema Solar, y todo lo demás es, ciertamente, pensamiento improductivo y poca cosa más. Me mirabas sorprendido, no sé si por mis palabras o por mi halo, pero me mirabas y me mirabas y me volvías a mirar, sin tocarme y sin dejarme de mirar me mirabas de nuevo como si al mirarme nunca me vieras.” (La madeja. Cartas a un amigo.)


miércoles, 28 de julio de 2010

El peletero/La aguja del pajar (29)

21 Julio 2010


Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

29. La realidad y el combate.

El conflicto básico, en cualquier circunstancia, siempre es con la realidad, ella es el origen, la causa y la fuente de todos nuestros problemas, males y bienes. Entre la realidad y nosotros no existe componenda posible, no hay trato, no puede haber ninguna clase de negociación. Ella siempre demanda la sumisión total, es el heraldo de Dios, su soldado y su juez más despiadado, incorruptible, ciego sin duda, pero también sordo y a veces mudo.

Si no hay compromiso hay combate. El mundo medieval la sufre, el renacimiento la encuentra, el barroco la busca, el clasicismo la ordena y el Romanticismo la rechaza y la desprecia. ¿Por qué?, porque el ser humano, cuando descubre, o casi inventa, la libertad, inicia un camino inexorable, inevitable y trágico hacía la adolescencia. Un largo trayecto que todavía no ha terminado. 

La adolescencia es la peor edad del ser humano donde nada es, ni nada tampoco se sabe, donde todo se ignora y se desconoce, donde sólo existe el miedo que no sirve ni es útil para nada fuera del mal vivir al descubrir que el tiempo tiene fin.

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29M
-“Siempre decías que las ciudades deben tener montañas, atalayas o rascacielos, que París tiene la Torre Eifel y Roma sus siete colinas, y que de las siete ciudades de Cíbola nada se sabe. Existir existen las siete, afirmabas muy seguro, pero todos desconocen si se encuentran en un valle o se hallan en una llanura, si las hemos de buscar tierra adentro o si pisan el mar como Barcelona, la más contemplada por sus propios habitantes. Tú querías ir a la casa de Vallvidrera para admirarla desde su cama y yo te llevaba allí para mirarte a ti, me conmovían tus zapatos gastados y rotos y tus palabras apasionadas que me escribías en papelitos; al final, terminabas viendo rodar la ciudad, cuesta abajo, por la ladera del Tibidabo, mientras, yo me adormecía a tu lado soñando ser un cocodrilo al despertar.” (La madeja. Cartas a un amigo.)

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29H
-“¿Me hablas de zapatos, querida Verónica? Yo también quise ser un alquimista, un estrafalario, y un aventurero como Fabre, él, aunque fue demasiado humilde y sencillo para ello, hizo sus pinitos y sus intentos. Es enternecedor verlo actuar como secundario en esa fantástica película “El salario del miedo”. Su obra dedicada a Picasso es la referencia mundial del malagueño. Nadie que quiera saber algo del “gran” Pablo puede eludir a Palau i Fabre. ¿Me hablas de cocodrilos, de zapatos, o de zapatos de piel de cocodrilo?

LA SABATA (Palau i Fabre)

“He donat el meu cor a una dona barata.
Se'm podria a les mans. Qui l'hauría volgut?
En les escombraries una vella sabata
fa el mateix goig i sembla un tresor mig perdut.
Totes les noies fines que ronden a ma vora
No han tingut la virtut de donar-me el consol
que dóna una abraçada, puix que l´home no plora
pels ulls, plora pel sexe, i és amarg plorar sol.
Vull que ho sapigueu bé les parentes y amigues:
Josep Palau no és àngel ni és infant model.
Si tenien de mi una imatge bonica,
ara jo els n'ofereixo una de ben fidel.
No vull més ficcions al voltant de la vida;
aquella mascarada ha durat massa temps.
Com que us angunieja que us mostri la ferida,
per aixó deixo encara la sabata en els fems.”

(El hilo. Cartas a una amiga.)

martes, 27 de julio de 2010

El peletero/La aguja del pajar (28)


19 Julio 2010

Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

28. El retrato y Dios.

El retrato sirve al poder y trata de superar a la muerte en un acto de rebeldía y quizás de soberbia. Poder y muerte forman parte del mismo proceso básico del vivir y del sobrevivir,
La nuestra es una naturaleza que siempre oscila entre la del asesino y la de su víctima, elegir a la una o a la otra marca la geometría de ese poder y de sus armas, el tiempo, el sexo y el miedo.
¿El tiempo es sexo y el sexo es miedo?

El retrato no es obra de sociedades pobres y sí la consecuencia del bienestar, de la lógica decadencia y del inevitable desasosiego y la loca sospecha que la nada nos causa, las tres son también las condiciones básicas de la filosofía que no es más que una variante sofisticada del grito desesperado y del primer llanto. 

Los primeros retratos son figuras de donantes frente a Dios, orantes humillados en su voluntad de abandonar todo poder en presencia del “Poder Total”. Sin embargo, es una actitud hipócrita y vanidosa al permitir ser retratados y así mostrar su individualidad, hecho que muchas religiones y dioses rechazan, abominan y prohíben, y que al hacerlo ponen en evidencia la cuestión fundamental del retrato y de toda la pintura en general, que es su legitimidad icónica. La pregunta básica es la siguiente: ¿es legítima la representación de los rasgos que individualizan a un ser humano? Cuando éste se concreta, al hacerse identificable y diferente a través de la imagen, el orden cósmico se altera y quizás Dios, o sus profetas, se sienten amenazados. Nuestro rostro, que aparece al ser pintado, compite con Dios. ¿Es la pintura una cuestión de poder?

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28M
-“Recuerda, Víctor, que Delacroix afirmaba también que en el acto de generalizar y elegir se halla el genio de pintar. Albert Camus, en su “Hombre rebelde”, considera que en esa “elección” el tiempo se detiene y los hechos que en él acontecen quedan fijados como tú mismo hiciste encarcelando a Sam Ot en su Trasatlántico de lujo, “La Hoja de Fresla”, en aquella vieja “Historia de la quietud”. Ésa es ahora la mejor manera de describir mi situación, parezco un salmón congelado en un mundo que de tan blanco parece un alba eterna que impide al sol remontar el vuelo. No se puede vivir sin el amarillo.” (La madeja. Cartas a un amigo.)

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28H
-“Katya Berger le decía a su padre, en “Tiziano: ninfa y pastor”, que: “el que a lo largo de los siglos las mujeres nunca hayan dejado de ser deseadas, el que los hombres las deseen siempre, se debe, en parte, a una pequeña mentira, tan vieja como el mundo, según la cual toda la carne es femenina. (…) La piel del hombre -¿te has fijado alguna vez?- cuando es suave es mucho más suave que la de las mujeres.” 

Los mejores colores, querida Verónica, siempre son los ocres y los pardos, esos marrones de los franceses y algún que otro gris. Pero nunca podré olvidar el amarillo de tu falda y el blanco inmaculado de tu blusa de domingo, tu pañuelo, a veces azul y otras rojo, y tus zapatos negros, tan sucios por el polvo del color de la vainilla, que más parecían una pintura de Tapies que un calzado de mujer. Siempre me gustaron tus pies grandes, blancos y su tendón a punto de romperse.” (El hilo. Cartas a una amiga.)