viernes, 11 de noviembre de 2011

El peletero/Marco (y 5)

Y 5.
Mi curtidor, al que compro las pieles que pinto, afirma que morimos igual que fornicamos, como conejos asustados, tiene razón, mis clientes me lo demuestran cada día al querer parar el tiempo. Los más ancianos afirman que la vida transcurre demasiado rápida, aciertan también en ello, pero ignoran que los acontecimientos ocurren deprisa porque todo ha sucedido ya y no volverá a repetirse, el azar es fugaz y escurridizo, no es jamás un cuento vuelto a contar.

Solamente podemos pintar el pasado, el presente es invisible y el fututo no se puede recordar. Gala y yo, al hablar, lo hemos convocado y en nuestras palabras se ha encarnado como si hubiéramos construido un ídolo, una casa común, un abrazo.

Gala está enferma, se muere, y quizás por ello me ha pedido, por primera vez, que decore sus habitaciones en las que nunca he estado, que dibuje en ellas alguna escenografía arquitectónica que ensanche su casa ya que no puede ampliar el tiempo que le queda.

Las simulaciones arquitectónicas pintadas decoran un espacio vacío como si fueran el escenario de un teatro griego, como él, ellas también, están elevadas por encima de la línea del suelo y del horizonte gracias a un zócalo que nos hace levantar la mirada. El entablado es una cama y un altar en el que ocurren los acontecimientos y por ello el poder es esencialmente teatro, un drama, trágico o cómico, que representa una recreación en la que no siempre están claras las reglas del juego porque la casualidad, como en la arena del circo, mata a quien le parece y no solamente al que nos disgusta. En el circo y en el anfiteatro la vida transcurre por encima de ese zócalo, más allá de nuestros ojos.

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El juego erótico es igualmente una guerra y un simulacro, una disputa y un divertimento sangriento o banal en el que la pasión no debe de someternos más que el deslumbramiento fugaz o la tristeza momentánea, el tedio que sobreviene después del coito. Las personas hemos de sobrevivir tras las máscaras que nos protegen de la realidad, pero la pasión siempre nos atrapa, nos ciega, es una niebla y como si fuera un parásito que vive a nuestra costa nos encadena, una rémora que se desplaza a nuestro paso y que por sí misma, al igual que el deseo, no distingue ni rostros ni identidades, o somos célibes y ascetas o nos convertimos en promiscuos y en unos adúlteros permanentes aunque sólo sea de pensamiento, pero sin duda hay otra alternativa: la muerte de los amantes en el mismo instante, un final trágico, necesario y, sin duda, feliz al convertirlos en virtuosos a la fuerza y en el que la belleza, de cuerpo y de alma, se reviste, como una caricia erótica, de heroísmo al derrotar a la soledad.

¿Se gobierna como lo hace el capitán con su nave o el caballero con su caballo?, Eros y Venus más parecen el segundo y Marte el primero o viceversa. ¿Se da calor o sombra?, ¿damos o cogemos?, ¿miramos hacia arriba o buscamos el centro? Sin lugar a dudas el sexo de los amantes es un foco, un ónfalos aunque uno de ellos esté arriba y el otro debajo; es un animal salvaje, un potro o, quizás, un escualo, un delfín también, una ola que debemos cabalgar, que va y viene y que viene y va. El deseo, más que el placer, es una rara sabiduría, una extraña verdad que nos cuenta de manera descarnada que representamos al mismo tiempo al asesino y a su víctima, porque todos somos Edipo que no sabía lo que se hacía porque deseaba los deseos de los demás, estaba ciego aunque todavía no se hubiera arrancado los ojos. Dejar sus cuencas vacías al descubrir la verdad fue un símbolo, una manera de liberarse de unos recuerdos que ya no podía permitirse tener, una forma de castrarse.

Gala venia y se iba de mi estudio como una ola, pero se marchaba con una tableta pintada debajo del brazo que yo le pintaba y en la que dos parecían fornicar sin demasiados miramientos, es decir, ciegos, aturdidos, que es cómo se debe de yacer si se quiere copular bien y de la forma correcta, mirando sin ver si la que está contigo es una desconocida o tu madre, un pasavolante o tu hijo.

El retrato es silencio y ausencia, es un umbral y como toda pintura una frontera. Los retratos visten a sus fantasmas igual que los sudarios a los muertos, pero ellos no son, como en la vida que llamamos real, ninguna máscara. Todos, tarde o temprano, deberemos atravesar un valle silencioso acompañados de una mujer predispuesta a cortar “lo que salga”, y saber, como dijo Anaxágoras, que los fenómenos son lo visible de las cosas desconocidas.

Algunos han pintado en mansiones secretas los Misterios, esos derechos de paso, esas guías para no perderse y encontrar las estrellas que nos señalan la otra orilla. Mis arquitecturas no llevan a ninguna parte, ni al otro lado ni a nuestra casa ni son reales ni mentirosas tampoco, en ellas no hay nadie, ni figuras ni animales, ni plantas ni flores, aunque algunas veces pinto, medio escondido al fondo del jardín, algún ciprés.

¿Por qué cerramos los ojos a los cadáveres?, porque la luz proviene de ellos, de los ojos y no del sol ni del fuego, sus rayos son unos puentes entre islas que nos permiten viajar de la misma manera que lo hacen los pájaros y las palabras, las mías y las de Gala que me dice que su esposo la gira de espaldas desnuda y le besa la nuca al levantarle sus cabellos oscuros mientras sus manos le acarician los senos, ella siente su falo clavarse en su espalda, allí donde empiezan las nalgas y buscar ansioso su ano estrecho y angosto, Gala pretende girarse y besarlo, me cuenta que quiere hundir su lengua en su boca, apresar la de él y asirle el miembro con sus manos untadas en aceite, pero su esposo no la deja para que así aumente, y crezca sin fin, su celo de él, ese ardor que quema y no consume. Eso me dice que hace para que yo lo imagine, lo vea y lo pueda pintar para ella.

¿Y qué le hacéis vos a él, le pregunto a mi vez sin pestañear?

Con parsimonia y sin apartar la vista de la mía me lo cuenta también, pero yo, aquí, no lo revelaré pues para ello, quién quisiera saberlo, habría de pagarme lo que le pidiera que es mucho, pero que no es más que lo que me merezco por pintar, con tantos pelos como señales, lo que hay dentro de mi, en la luz de mis ojos y de mi cráneo hueco, y eso, la verdad, no hay rico ni mendigo que lo pueda pagar.

Su encargo de pintura arquitectónica para su casa es una especie de invitación, cuando me presente, con mis bártulos de pintor, encontraré y descubriré lo que ya sé, su soledad irreparable, que es igual que la mía, por eso le regalaré el retrato que le he pintado durante todos estos largos años en una fina y pequeña tabla de madera envuelta en un paño blanco y limpio de algodón, así sabrá que ni ella ni yo hemos estado solos desde el día en que nos vimos por primera vez. Nos observarán celosos, desde el Hades, su esposo y mi Esther, y nos pedirán, una vez más, que no los olvidemos.

No lo haremos, pintaré una barca y traspasaremos las columnas de Hércules, nos acompañarán los delfines y, al igual que hacen los guerreros celtas, perseguiremos al sol en busca de unos ojos negros que siempre nos mirarán.

jueves, 10 de noviembre de 2011

El peletero/Marco (4 de 5)

4.
Entre palabra y palabra se desgrana nuestra conversación, ese diálogo tranquilo y tan estimulante como lo es hablar de lo que ya se sabe con alguien desconocido, una relación de cliente a orfebre que casi es una metáfora; entre ambos se establece una analogía mientras la escucho, pinto, dibujo y coloreo lo que me dice procurando ser el mejor alumno de un aula en la que sólo estamos ella y yo.

A veces sus pesos y medidas, sus palancas y sus apoyos me recuerdan a los de un arquitecto o a las de un fino ingeniero, pero en otras ocasiones creo estar entre las cucharas y las ollas de una cocinera voluptuosa que sonriendo da a probar a su comensal una muestra de la mejor sopa de pescado.

En ocasiones señala su propio cuerpo resaltando con sus manos sus volúmenes y me manifiesta la falta de arrugas y verrugas, y en una ocasión me mostró, incluso, su sexo abierto únicamente para que lo viera y lo pudiera oler y dibujar mejor, igual que si fuera, decía, las flores de Venus, el origen del mundo, allá donde su marido quiere regresar cuando muera porque cuenta que antes del feto hubo un coito, el de sus padres queridos que ya han fallecido y que, como todos, copularon como cualquiera.

No poda esa flor, la deja crecer y reverberar, no se depila ese centro del universo como la mayoría, en eso su señor es anticuado y prefiere la exhuberancia de los impenetrables y profundos bosques germanos, llenos de pinos y castaños, que los desiertos de los caldeos más llenos de pozos secos que de oasis húmedos y fragantes.

Le gusta que la mujer se pose encima, y asegura, sin atisbo de duda, que ellas cabalgan mejor al no tener nada que les cuelgue entre las piernas. No le digo que no, respondo, pero las ubres bailan si no se las aprisiona, sueltas pueden desequilibrar al más estancado. Me dice que sí riéndose, que los pechos sueltos de una mujer, bailando como peonzas, desequilibran al más pintado, parsimonioso y desapasionado. Pero también prefiere la postura del perro y entrar y salir de dentro de cualquier agujero aunque sea la famosa cueva de los vientos y ella misma la parte masculina y su esposo una pobrecita virgen asustada. 

En esa clase de disertaciones y diálogos se desarrolla nuestra relación artística y pornógrafa en la que trato siempre de satisfacer a la señora usando solamente la plática y la maestría de mi corta lengua hablada y mis pobres manos que exclusivamente retienen, entre su índice y su pulgar, un sencillo pincel o, también, un tosco y grueso carbón negro, más negro que el negro que se pueda pintar o imaginar en esas entrepiernas que escupen rayos, truenos y el fuego de más de mil vesubios, calderas y fogones.

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Dicen que el mundo no se puede explicar y que la lengua que usamos para describirlo es una invención, una quimera, siempre se habla sobre lo que no existe, se cuenta lo que no sucedió, se pintan los sueños y se describe solamente un universo irreal, por ello Gala y yo repetimos lo mismo, hablamos del sexo de su matrimonio, una excusa, algo que sólo vive para nosotros en esa pequeña estancia íntima de mi estudio, un coto vedado, nuestra particular anacoresis común.

Han ido pasando los años, le he pintado decenas de tablas y advierto, de una manera simple y sencilla, que he visto a Gala tan desnuda como la podría haber contemplado si yo hubiera sido su esposo o su amante diario. Ella y yo, aunque no nos conocemos ni nos conoceremos jamás, hemos estado jugando a conocernos hablando de una extraña fontanería que no conduce el agua a ninguna parte como afirmaban, en sus famosos diálogos estoicos, Augustus y Fidelius, padre e hijo, que igualmente conversaban sobre amores no consumados como lo hacemos Gala y yo, platicando solamente.

Hablando de los otros hablamos de nosotros, y... Gala me ha estado mintiendo, no me ha contado la verdad, o al menos no de una forma correcta, su esposo murió unos años antes de venir a verme el primer día, y sus dos hijos fallecieron al poco de nacer. Vive sola con unos pocos esclavos viejos.

Conmigo ha construido una sencilla farsa a medias, revivir a su marido en nuestras entrevistas cuando de él sólo queda una máscara mortuoria de cera. Tampoco tuvo ninguna juventud disipada ni le gusta el teatro ni la música especialmente más que lo que gusta a cualquiera, no yace ahora ni lo hizo antes con ninguna mujer ni con ningún esclavo ni amante ocasional.

Todo ha sido una simulación para continuar viviendo a su lado gracias a mí.

La única realidad es que sólo ha tenido, y ha conocido, a un hombre en su vida, él, su esposo que la desposó; es cierto también que le fue absolutamente fiel y que siempre lo amó como siempre ha dicho, con ternura y pasión, con dulzura y energía, con absoluta decisión.

Podría parecer, entonces, que sólo habla de oídas, que las fantasías que me pide en mis pinturas las ha escuchado, o visto, en otros, pero no es cierto, sabe bien lo que cuenta y conoce perfectamente y por sí misma cada uno de los detalles que describe mucho mejor que mis putas que no recuerdan ni siquiera una décima parte de la mitad de lo que han hecho con los hombres con los que han estado durante el día.

Así es, Gala es viuda y lo es desde hace mucho, la mujer de un solo hombre; su esposo murió en las guerras de los emperadores hispanos y ella lo añora y lo revive conmigo en mis dibujos, lo sé desde casi el principio y ella sabe que lo sé, su amor y su devoción la traicionaron, y sus palabras la delataron, en ellas encontré la verdad.

Yo, Marco, sólo soy un pretexto, un instrumento, su mejor espejo, no me importa, ¡qué más da!, yo también tengo a mi cocinera, a mi Esther, a la única mujer de mi vida y a la que siempre he sido fiel igualmente, a mi niña que recuerdo cada día y cada noche de cada día sin olvidarme de ninguna.

Gala y yo no nos hemos tocado ni rozado nunca, hemos, en cambio, conversado y nos hemos contemplado en mis tabletas de madera que he pintado y de las que emergen unas imágenes que hacen realidad nuestros pensamientos igual que si un dios, al apiadarse de nosotros, abriera una ventana para juzgar nuestros corazones, simples manzanas de un jardín secreto, verdes y maduras, que habremos de comer como caníbales para poder sobrevivir.

Noli me tangere”, dicen que le dijo Jesús a Magdalena cuando le vio resucitado, no soy el que era, no debes ni puedes tocarme.

Durante este largo tiempo he ido dibujando en secreto su retrato, su bello rostro de ojos almendrados y de sonrisa esbozada que da a entrever que sabe aquello que ha de saber y que es únicamente lo que de nosotros depende. A ese deber nos hemos sometido los dos porque siempre hemos sabido que el daño del mundo es consecuencia de alguna clase de traición y de promesa no cumplida, en los tratos y en las infidelidades y lealtades rotas nace el rencor y la venganza, ella patricia y yo liberto hemos sido como dos hermanos o dos hermanastros, los tratos siempre justos y creo que, a pesar del teatro que nos hemos ofrecido, jamás nos hemos mentido.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El peletero/Marco (3 de 5)

3.
Gala es una patricia de mediana edad, casada y con dos hijos que se enaltece de la virtud que en otros tiempos revistió a su clase y que, según ella, engrandeció a Roma llevándola a dominar el mundo.

Está muy orgullosa del amor y de la devoción que siente por su esposo al que le proporciona esas pinturas de amores casi prohibidos entre humanos como si fueran entre animales.

Su vida transcurre tranquila, viven ambos una existencia retirada y medio solitaria en el campo en una pequeña hacienda austera y sin adornos; a sus años no le gustan las multitudes ni los banquetes, detesta las relaciones sociales que exigen a todos ser educados y amables sin desearlo, un esfuerzo por el que ya no se siente obligada y que rehúsa siempre que puede.

Cuenta que tuvo una juventud algo desordenada que recuerda con una mezcla de excitación y nostalgia, una época lejana que, en el fondo, añora, unos años demasiado llenos de bullicio y de esos invitados que en las fiestas comen demasiado, de amigos y de familia, de desconocidos y de pasavolantes, de actores y profesionales de la escena y de las artes, o de cualquier otra cosa que sirviera para dar espectáculo y servir de modelo a los demás. El más pintado aseguraba ser un flautista, un bailarín y el mejor amante del mundo o la más bella muñeca para usar y romper, un recuerdo de ayer. Músicos y saltimbanquis, acróbatas y engañabobos, iluminadores de cárceles y de estancias oscuras con fogatas que terminaban incendiando castillos de arena que habían creído estar construidos con roca compacta.

Pero después de las risas siempre vienen los llantos, el resultado es irremediablemente feo, zafio y antiestético, pero, lo reconoce Gala también, extrañamente seductor y atractivo, el regusto es amargo como el vinagre o la cerveza caliente que emborracha a pesar de su mal sabor.

Como describió Petronio en su Sutura, dentro de los cerdos asados algunos necesitan encontrar palomas vivas, efebos lujuriosos y vírgenes listas para desflorar.

Luego, es inevitable, hay que limpiar, tirar la basura y la porquería y comportarse con los demás como si nada hubiera ocurrido, que el recuerdo no nos estropee el presente, y aunque la primera labor la realicen los esclavos, la segunda solamente es cosa nuestra.

No se puede vivir permanentemente como si fuera el último día de nuestra vida, solamente es posible hacerlo si realmente lo es: el último día de nuestra vida. Sin embargo, cada uno se dice adiós a sí mismo de diferentes maneras, algunos buscan que el ruido les impida pensar, otros, en cambio, prefieren el silencio y ver llegar tranquilos el sol que los matará.

El amanecer es más asesino que la misma muerte.

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Eso ocurrió en su juventud, ahora, afirma rotunda, es una mujer fiel y tranquila, considera que las relaciones lésbicas que dice que practica, de vez en cuando, no cuentan como faltas ni engaños ni mucho menos tampoco como actos adúlteros; por ser entre mujeres piensa que no van más allá de un simple juego inocente, casi infantil, y que en ellos no hay traición ni deslealtad.

Es muy escrupulosa en los detalles gráficos e iconográficos que constituyen el ensueño pornográfico que me solicita que pinte, una simulación, naturalmente, un invento, una representación exagerada de sucesos que creemos observar en los demás o en otras pinturas que hemos visto, una mera y sencilla mimesis convencional pues deseamos solamente los deseos de los otros, fornicamos viendo cómo lo hacen aquellos que lo hicieron antes que nosotros en el teatro o encima de la mesa del triclinium, los coitos reales son siempre normalmente banales, rápidos, sin imaginación ni demasiado interés ni estético ni escenográfico fuera del mérito o el vicio de abrir algún que otro cuarto trastero.

Acude con ganas a mi estudio privado y en él tenemos, y tejemos, unas conversaciones largas, amenas y muy interesantes sobre gestos y ademanes, posturas y miradas insinuantes; ella siempre dice que le hubiera gustado ser una hetaira, una obra de arte en movimiento y éxtasis, una dama especial, bella, culta y elegante para hombres únicos, excelentes, inolvidables, esa clase de guerreros que saben, y lo saben bien, que solamente tienen la vida que perder.

En realidad pinto a su dictado las cosas que me sugiere que son muchas y que yo, de manera educada y atenta, también le propongo. No es remilgada y no distingue la convención y el prejuicio entre el dar y el tomar, y la diferencia sexual y moral que existe entre el amo y el sometido, y sí, en cambio, la social, gracias a la cuál, me dice, perdura el orden del Imperio y de las castas.

Siempre me pide que las mujeres que pinto, y en contra de lo habitual, muestren debida y deliberadamente los pechos al aire como si fueran sábanas que se deban aventar, no le gustan las fajas que las buenas costumbres les obligan a llevar aprisionándolos y sometiéndolos.

Es muy incisiva en las expresiones de los rostros en el momento del orgasmo y en el retraimiento que luego acontece, piensa que en ese rictus doloroso, y un poco bobo, se encuentra algún secreto que desearía desvelar y encontrar. Me pregunta si yo sé algo sobre ello y le respondo, con cara de inocencia, que no, que lo ignoro, que no tengo ni idea, que desconozco esos escondites lascivos del alma, pero si como pintor le puedo contar las mil historias que me describen las putas que venden mis dibujos, como hombre pienso que todo es mentira y que todos cuentan más de lo que saben y desconocen, y descaradamente el doble de lo que han visto. No quiero parecer delante de ella más sabio ni tampoco más ignorante de lo que soy, así que como siempre es mejor que las palabras no empeoren los silencios me callo y escucho.

Hay ocasiones en que la acompañan unos esclavos que sin mucho arte me ofrece como modelos y que practican unas cópulas raras y malabares de puros gimnastas, yo prefiero sus palabras, pero parece toda una maestra en morfología erótica y en geografía carnal y sensual, me recuerda a los médicos y embalsamadores egipcios que se han hecho famosos en Roma, sus lecciones de anatomía están muy concurridas por la población, son todo un espectáculo que compite con el del circo y bien merecería que alguien las pintara algún día en honor al detalle y al conjunto teatral que representan con los intestinos al aire y el gremio de galenos a su alrededor.

Siempre quiere que los penes estén bien pintados y bien colocados, las vulvas perfectamente perfiladas y en su sitio correspondiente, y que las felaciones no dejen lugar a dudas pues es una destreza que agrada mucho a su esposo y que ella, afirma también, practica con entusiasmo y pasión sin permitir que ni una gota del preciado semen se pierda o caiga al suelo. Yo le respondo que hace bien y le pregunto, sólo para pintar adecuadamente las expresiones de los rostros, si mientras tiene el miembro dentro de su boca la lengua la deja quieta o la mueve como las alas de un moscardón que recuerden el temblor y la vibración de las cuerdas de una lira, le digo que las mujeres semitas son muy diestras en esas artes que necesitan de la lengua y del idioma. Me responde que así lo hace al final, que vibra igual que la lengüeta de una flauta, pero que empieza solamente soplando como si de una buccina se tratara, y que, sin duda, suena mejor, más fina y más profunda, cuando no se olvida de acariciar los testículos de su esposo que ya no deben de colgar como badajos inertes y mudos sino, pegados al culo, parecerse más a los huevos duros de codorniz que a los de gallina.

martes, 8 de noviembre de 2011

El peletero/Marco (2 de 5)

2.
Desde entonces vivo solo, prefiero que sea así, no depender de nadie aunque no tenga qué comer; el recuerdo de Esther me continúa acompañando y con él tengo más que suficiente para seguir hablando conmigo mismo. Con todo, y de manera sorprendente, he conseguido, más bien que mal, mantenerme junto a un par de esclavos que limpian mi propia casa, cocinan y elaboran los pigmentos y los aglutinantes que utilizo para pintar y satisfacer a mis clientes que quieren ver pintados, en las paredes de sus mansiones austeras de patricios sobrios y justos, los palacios que tendrían si fueran reyes etruscos o sátrapas babilonios.

Mi reputación es buena, si bien me conocen pocos, no soy un pintor popular, solamente un mero artesano que ha de usar sus manos para trabajar. Procuro ser honrado en lo que ofrezco por las monedas que pido; vivo de una manera aceptable en mi pequeña y barata casa que poseo, pero no habría podido comprármela en las subastas públicas de deudores si no hubiera tenido algo parecido a una actividad paralela, medio secreta, y discreta, que me proporciona un suplemento económico, regular y muy importante; realizo pequeñas tablas eróticas y pornográficas para disfrute de aquellos que necesitan ver a otros fornicar para levantar su propio ánimo y miembro como si al mirarlas les proveyeran de las alas que ya no tienen y que seguramente nunca tendrán.

Reparto mis tabletas obscenas por los burdeles y prostíbulos de la Suburra, al lado de casa; son las mismas putas las que me las venden a cambio de una pequeña comisión y alguna que otra historia que me cuentan de voluptuosidades inconfesables, orgasmos desorbitados y posturas imposibles. Sus relatos, verdaderos o falsos, están llenos de mujeres perdidas y de hombres depravados, o bien de todo lo contrario, de honestas matronas y honrados varones que necesitan dejar de serlo para encontrarse a sí mismos transitando por calzadas peligrosas y desconocidas. La muerte siempre acecha y en la lascivia queremos creer que hallamos una manera de engañarla, ese juego bien explicado de entradas y salidas da lugar a mil anécdotas y enredos entre listos y tontos y en los que nadie, ni los unos ni los otros, consigue sobrevivir indemne y sin heridas.

Sus historias parecen ser también una escuela de la vida, una señal fidedigna y fiel del alma que se expresa a través del cuerpo, una manera de enfrentar y vencer el miedo, pero... Cuentan que comemos de la misma manera que besamos, que hablamos, cantamos y bailamos, que reímos y lloramos igual que copulamos, que nuestros gestos nos revelan como libros desenrollados, pero no es verdad, nada de todo ello es cierto fuera de la perspicacia y la sagacidad del ojo de la Medusa que con su astucia y clarividencia ve más allá de lo que se puede mirar y que no es nada que los pobres humanos podamos ver.

Dicen igualmente que las palabras y los silencios cuentan cuentos y patrañas que no están en ellos, son la música de las manos y los gestos, si quisiéramos verdaderamente conocerlas deberíamos arrancarles la piel a las mismas lenguas y a los labios que las pronuncian, desnudar las palabras porque el verbo calla cuando Venus danza y mis rameras saben de lo que hablan, ellas contemplan el mundo desde una atalaya que se eleva por encima de las nubes al encontrarse más abajo de los ombligos. Todo el mundo miente aunque diga la verdad y mucho más en los asuntos de Eros que en los de Plutón, el sexo es barroco como un capitel corintio o estoico a veces como uno dórico, nuestro mundo se adorna con palabras del segundo y con gestos del primero según le vaya, es un intento de revestir de buen gusto lo que de por sí nunca lo tendrá.

Pero nadie escucha, las voces entran por una oreja y salen por la otra, nadie presta atención y otros callan y no dicen nada porque hay cosas difíciles de entender porque no son fáciles de explicar.

Algunas prostitutas quieren pagarme con sus servicios, pero yo siempre he pensado que su carne no es comestible en el estricto sentido de la palabra y más prefiero un besugo al horno, un pollo de corral asado y un par de coles hervidas para mí, y mis dos esclavos, que su marisco que no se pesca en ningún mar ni río, ni llena mi olla ni alimenta tampoco nuestros estómagos.

Yo también sé de lo que hablo, si bien parezca uno de esos estoicos o impasibles cristianos que se enorgullecen de su celibato. He pintado muchos de los lupanares de la ciudad, sus habitaciones, sus paredes interiores y los muros que dan a la calle para anunciarlos, las cuevas de las famosas lobas romanas que han alimentado a todos sus ejércitos; en su día, de niño, bebí de esas ubres y percibo su olor a distancia, esa humedad extraña y ese olor dulce a despensa cerrada que como una trompeta muda reclama hombres para sí, y reconozco, sin lugar a dudas, el acorde de sus voces, ese timbre y esa manera curiosa de doblar la lengua hacia dentro cuando no pretenden contar todo lo que saben o no quieren confesar que se creen por conveniencia, o por ignorancia, todo lo que les cuentan.

La mayoría de los destinatarios de estas tabletas son hombres, jóvenes y mayores, muchos adolescentes y bastantes ancianos, aunque también hay alguna que otra mujer solitaria a la que le gusta verse pensando que es ella la reina de la orgía. Sea como sea mi mejor cliente es realmente una que se llama Gala que dice que compra mis dibujos para su esposo al que parece le faltan las fuerzas para alzar su propio vuelo y su propia espada.

Mis dibujos estimulan el deseo azorado y vergonzante de los clientes que así se deciden y pagan más de lo que habían pensado en gastar al salir de casa. Anudo, en una sola imagen, pasado, presente y futuro, en ellas, en el deseo que alimentan mis dibujos pornográficos, ven posible vivir ahora de un recuerdo, propio o ajeno.

Porque los recuerdos no son sólo nuestros, algunos los regalan y otros los roban.

lunes, 7 de noviembre de 2011

El peletero/Marco (1 de 5)

1.
Dicen los maestros que sólo se puede dibujar a los muertos o a los vivos nacidos para la muerte, quizá por ello nosotros tenemos dioses y los cristianos santos y ángeles que no son otra cosa que seres que jamás fallecen.

Me llamo Marco y vivo de pintar escenografías arquitectónicas en las paredes de las casas patricias, sin embargo, mi verdadera vocación ha sido siempre el retrato fúnebre.

A simple vista las dos actividades parecen contrapuestas, la primera meramente representativa y la segunda básicamente retrospectiva, pero la verdad es que son lo uno y lo otro al mismo tiempo, toda descripción también representa un retroceso, un examen que nos obliga a prestar atención, girar la cabeza y mirar atrás.

Pintar estancias en las paredes y rostros de fallecidos en pequeñas tablas de madera requiere precisión, destreza y mucha perseverancia, su ejecución ha de ser lenta y tranquila, parsimoniosa, y no puede durar menos de un año, hay que esperar a que el sol efectué todo su recorrido en el cielo subiendo y bajando del horizonte.

El hieratismo de los objetos y de los muertos, su inmovilidad forzosa, podría parecer una ventaja, una facilidad añadida para pintarlos, la mejor ocasión, una comodidad por mi parte y una buena predisposición por la suya ya que las columnas y los cadáveres ni respiran ni pestañean, ni piden agua ni dan pan, ni tampoco nos ofrecen una interesante y amena conversación.

Esa clase de modelos carecen de movimiento aparente al estar tan fuera del tiempo como dentro del espacio. Pero no es así exactamente si queremos mostrar el verdadero significado de algo que no forma parte ya de nuestro mundo aunque todavía permanece en él, el movimiento confunde y enmascara la vida de igual manera que la propia vida se desfigura a sí misma al vivirla, al cubrir y ocultar aquello que hay al fondo, allí, en esa sima oceánica, en ese punto en el que las líneas se pierden mientras el sol, al iluminar los membrillos, juguetea con las cosas, estén quietas o móviles o luzcan marchitas como unas agotadas y quebradizas rosas secas.

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Nací esclavo y aprendí de pequeño las habilidades de mi oficio en los talleres de Publio Cornelio Lucio, un liberto que heredó el nombre de su amo, una importante y antigua familia romana que luchó contra los púnicos hace ya más de trescientos años y que dicen derrotó al terrible Aníbal y a sus elefantes.

Lucio, al ver cercana su muerte, liberó también a buena parte de sus esclavos pintores como gratitud por el dinero que le habíamos hecho ganar y por la fama que obtuvo a nuestra costa, así pues, ahora me llamo casi como él, Publio Cornelio Marco, un nombre que no es cabalmente el mío ni me da derecho tampoco, al no formar parte de ninguna tribu, a votar en los comicios, soy romano, pero no un ciudadano romano.

No conocí a mi madre y sospecho que mi padre fue el mismo Lucio que me enseñó a pintar y que preñaba a sus esclavas. No tengo conciencia de haber tenido una y sí la de haber estado en brazos de muchas y de haberme alimentado de todos sus pechos. En ese extraño ambiente de harén me crié, viendo dibujar cielos, ojos y soles, carnes amarillentas, estancias vacías y ventanas estrechas que daban a jardines inexistentes y solitarios.

Lucio siempre me dio un trato especial y, creo, los mejores consejos para pintar bien.

No pintes aquello que no has visto.

Me enseñó a usar los dedos más que las manos.

No los apoyes, deja que vuelen.

Y los ojos más que los dedos.

No describas aquello que no puedas mirar.

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En casa de Lucio amé a Esther, judía pálida de cabellos y cejas negras, esclava como yo, una de las cocineras de aquél taller que nos sustentaba con sus guisos y sonrisas, una niña casi y toda una mujer después cuando murió de lepra, amputada de todo su color, borrada.

De sus muñones nacieron otros, tan blancos, que parecían la luna llena.

Lucio lloró mucho su muerte y sus lágrimas me hicieron sospechar que Esther pudiera ser mi hermanastra. Pero esa es una historia que no debe ser contada aquí ni en este momento.

Hay noches en las que creo que todavía me acompaña, pienso que no ha pasado tanto desde que falleció en mi propia cama, pero en realidad hace más de media vida como si mi primera media hubiera sido mi vida entera junto con ella.

Después de obtener nuestra libertad, los esclavos manumitidos, quedamos sin protección, no logramos mantener abierto el taller de Lucio, nos peleamos y nuestras discrepancias y envidias nos llevaron a la pugna estéril, a perder la clientela y a sufrir, por primera vez, hambre y frío.

De igual forma que su muerte nos había dado la libertad ahora, la independencia, nos regalaba una soledad no esperada ni deseada. La soledad y la libertad siempre van unidas y si queríamos la segunda teníamos que tomar la primera, no hay la una sin la otra como no hay derecha sin izquierda ni arriba sin abajo. Con este regalo añadido no tuve más remedio que elegir entre dos alternativas verdaderamente contrapuestas, venderme de nuevo como esclavo o establecerme por mi cuenta y buscar mi propia clientela. Elegí la segunda y abrí, no sé cómo todavía, un pequeño taller en el centro de la misma Suburra.

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viernes, 4 de noviembre de 2011

El peletero/Mario (y 3)

Y 3.
Un tiempo después nos ofrecieron un contrato para ir a Alejandría con las tropas de Octavio que iban a acabar con Marco Antonio. El viaje no era para ver las bellas efigies de Cleopatra ni tampoco para consultar los libros que habían sobrevivido al incendio de Julio. No sería una mala idea, nos decíamos con sarcasmo, prosperar en su tranquila navegación fluvial transportando algo valioso que pocos quisieran robar, momias, esos cuerpos embalsamados que parece que los vivos no permiten dejar morir del todo.

En realidad nuestro viaje era para acarrear el botín que pudiera haber, trigo egipcio y, eso sí, algún que otro cadáver egregio, muerto en alguna batalla, de ello también vivíamos, de los muertos más que de los vivos y de las herencias que las familias se disputaban y robaban como si fueran perros callejeros, matándose los unos a los otros.

Pero cuando ya teníamos decidido el viaje vino a verme Fulvia.

No vino sola, la acompañaba un niño de pocas semanas que llevaba en brazos y un pequeño cofre con algo de oro que arrastraba un esclavo. Me contó una patraña que podía ser cierta, hoy en día sucede al revés de siempre y las ficciones terminan superando a la realidad. Me contó que buscaba protección y transporte y que huía de la familia del dueño del oro y al mismo tiempo el supuesto padre del niño, un caballero rico que había fallecido de una vieja herida recibida en alguna antigua batalla y que nunca logró cicatrizar.

No me creí nada de lo que oí, o, más exactamente, pensé que ella sí se creía las cosas que me contaba. Todo debía de ser cierto, el muerto rico, el hijo, el miserable tesoro, la imaginada paternidad, los años que dijo que había vivido sin miedo, el esclavo que la servía, la guerra, las venganzas y la urgencia por huir de Roma perseguida por una familia que se consideraba robada más en su dinero que en su dignidad, todo parecía verosímil porque ahora todo es posible, incluso que sean verdad las mentiras más burdas.

Siempre he creído que el daño del mundo es consecuencia de alguna clase de traición y de promesa no cumplida, en los tratos y en las fidelidades y lealtades rotas nace el rencor y la venganza, por ello acepté su petición, quería saber hasta dónde llegaba la mía, mi lealtad, que como todas siempre es hija de la memoria y del amor propio.

Los hombres de Octavio querían acabar con los últimos amigos de Marco Antonio, tenían prisa y necesitaban dinero para instaurar su paz que, decían seguros, duraría para siempre, pensaban saquear Egipto como antes habían hecho sus padres en Grecia. Dejé en tierra a Cayo y embarqué a Fulvia en mi pequeño y frágil transporte hacia Alejandría que acompañaba algunas naves de Octavio, en mis bodegas había conserva de cerdo y pescado salado de los mares del norte para uno de los generales que no podía vivir sin ellos. Debía regresar, en cambio, con todo el trigo que fuera capaz de transportar, ése era el botín, y con un par de muertos romanos que me esperaban para volver a su casa aunque fuera con un poco de mala cara y a destiempo para ser incinerados como es debido.

Viajamos como si los años no hubieran transcurrido y Fulvia fuera mi verdadera esposa y el niño nuestro hijo, como si ella no se hubiera marchado jamás de aquella miserable habitación. Era la primera vez que me embarcaba a mar abierto con mi quebradiza chalupa, pero la concesión del ejército valía la pena y el riesgo era asumible, una vez más sólo tenía mi vida para dar a cambio, y ahora, también, estaba Fulvia de nuevo a mi lado, un niño que no era mío y un poco de oro robado.

Mala combinación.

Al llegar llené mi bodega con ese trigo que me dijeron era para Roma y su plebe, con él se hornearía el pan que se repartiría gratis a la multitud. Uno de los cabecillas de las cuadrillas de esclavos que acarreaban el trigo era el tercer asesino que hacía quince años habíamos estado esperando Cayo y yo. Algo debió de ver o sospechar, quizá me reconoció o algún demonio le advirtió del peligro o de la muerte inminente, una premonición.

Tuve que reaccionar rápido y matarlo antes que él me matara a mí. Esta vez no separé ninguna cabeza del tronco, solamente lo estrangulé y lo arrojé al mar con una piedra, tan grande como una pirámide, atada a su cintura.

Fulvia no esperaba, ni deseaba ni tampoco quería, que me quedara con ella, no anhelaba formar ninguna familia conmigo, su intención, al buscarme en Roma, era solamente aprovechar mi nave, huir, escapar de la ciudad, nada más. Sabía que yo tenía ese barco y que llevaba a personas que se escondían, la acepté a bordo por mi rara lealtad con el pasado, ese extraño compromiso que en realidad he contraído conmigo, solamente nos traicionamos a nosotros mismos, creemos que engañamos a los demás pero las mentiras, esa insólita clase de verdades, solo van dirigidas a nuestros oídos.

Entre la simple deriva de un madero y la carrera desbocada de un caballo no existe ninguna diferencia, ambos no saben distinguir el suelo firme del mar.

Los meandros alimentan, con el limo que arrastran, el océano igual que si fueran un ariete, un chuzo, o una viga podrida que lo quisiera preñar. Mi nave parecía una cáscara rota, consumida y vacía, un ciprés abatido que flotaba porque no sabía navegar ni hundirse ni levantarse como el falo de un semental.

Partí pues, solo, de nuevo hacia Roma, con las bodegas repletas de trigo egipcio, un poco de botín y con dos momias más curtidas que la salazón hiperbórea, ya no quedaba sitio para ninguna más, ni egipcia ni romana, ni viva ni muerta.

Esta vez tuve suerte y Neptuno no se enfureció. Cayo me esperaba ansioso y contento de verme de nuevo, en mi viaje y en el suyo estaba terminando una larga etapa y empezando otra de nueva.

Al pasar por las playas de Ostia vi a un fantasma y a un joven cabalgar sereno un extraño caballo por ellas. Todo estaba tranquilo como si el mar no fuera un laberinto.


jueves, 3 de noviembre de 2011

El peletero/Mario (2 de 3)

2.
En el segundo de mis únicos tres viajes cobré mi primera venganza, uno de los hombres que zarpó conmigo era un matón de la gente que ayudó a Catilina y uno de los asesinos de mis padres, le hice un favor degollándolo, me di cuenta al ver su miedo, y cómo movía los brazos asustado, que no sabía nadar, se hubiera ahogado al hundirse el barco. De todas formas, siempre es mejor para el estómago beberse la propia sangre que el agua marina que, ya se sabe, no calma la sed y produce llagas que al final terminan por matarte de peor manera.

Solamente me embarqué una vez más, no estaba dispuesto a ser un náufrago falso cada dos por tres ni que terminarán conmigo las víctimas embaucadas que habían sido traicionadas con su propia codicia. Así mataron a Marco, con saña y de cualquier manera unos que ni siquiera le conocían, pero que se sentían engañados con su propia mentira.

Con dinero de mi hermano, el poco que le quedaba, les compré barato, por el sólo valor de su madera podrida, un bote que ya daban por inútil y habían desahuciado aquellos tramposos que de marinos tenían muy poco. Aquel paquebote podía seguir navegando con unas cuantas buenas reparaciones si el mal humor de Neptuno no se convertía en ira desatada. No obstante, y para más seguridad, no fui más allá de Ostia y de las riberas del Tíber. Fueron años de poco comercio de mercancías y mucho movimiento de personas que iban y venían deprisa o que huían para salvar sus vidas según fuera el bando que ganaba o que perdía. Lo bueno de transportar ciudadanos en los tiempos que corren es que nadie los asegura como si ya fueran cadáveres a los que da igual que entierren, incineren o viertan al mar como desechos que se comerán los peces y las gaviotas. ¿Cuánto vale quien huye?

En estos tiempos de infortunio es mejor ser cosa que persona, los esclavos merecen una tasación de expertos igual que los animales, su valor está en sí mismos, no en sus dueños que pueden ser unos u otros, el dominus no es nadie si pierde su hacienda, sus bienes y si su clientela comete el grave error de equivocarse y favorecer al bando perdedor.

La incertidumbre, el desorden, la violencia, la muerte fácil y la falta de leyes claras acrecientan ese miedo que se confunde con las ansias desaforadas de vivir y la prontitud, apresuramiento y urgencia en la satisfacción de los anhelos como si fueran el último deseo de los que saben que morirán pronto. Hay más barrigas preñadas en Roma que cadáveres en los campos de batalla.

Así vivimos Fulvia y yo, deprisa y con avidez, sabiendo que el tiempo se nos estaba terminando a los dos, el mar se secaba, se moría y con él los dioses y los monstruos que lo habitan, la esperanza y el fulgor de nuestros ojos también, todo concluía, las madrugadas y los atardeceres y el tiempo de estar juntos.

Al fin y al cabo estos ajustes de cuentas en los que se pagan las deudas con las cabezas cortadas de los deudores no propician las artes, ni las pictóricas ni las escénicas y Fulvia no encontraba a nadie, fuera de mí, que quisiera oír sus versos. Los artistas son miedosos por naturaleza y mucho más corruptos que los políticos profesionales aunque siempre sean ellos, esos artífices virtuosos, los que se llenan la boca con las mejores intenciones, el aplauso es una droga que pocos saben rechazar y prescindir, la vanidad los confunde al cegarles y no les permite ver qué bando vencerá ni quién volverá a pagar su salario del miedo.

En ese ambiente de fiesta circense y miseria, y después de cinco años, perdí de vista a mi artista, a mi pez alado, ese mirlo negro que como una sombra me miraba cada noche desde el fondo de su miedo, la fuente de todos los deseos, perdí a Fulvia, la mujer que me dio media vida a cambio de posarse en mis ramas desnudas, esa falsa heroína que cada noche me enseñaba cómo se convertía en una mujer cualquiera, en alguien que no necesita ningún escenario y que olía como todas, a pozo. Una mañana se fue sin hacer demasiado ruido y usando pocas palabras para su despedida, ni siquiera se llevó sus pocos enseres que allí quedaron, en la pequeña habitación que compartíamos como si un dios la hubiera raptado, la ventana estaba abierta y así quedaría aunque hiciera sol o lloviera, su hueco era un muro y a su través ya no podría entrar ni el mal ni el bien ni el viento.

Con ella, pensé dolido, me vendí barato porque sólo tenía mi vida que dar a cambio. Me decía a mi mismo que le decía que la amaba cuando no creo haber amado nunca a ninguna mujer más que a mi madre, siempre sentí, sentí entonces al irse, que hacerlo sería traicionar a alguien, tal vez a la niña que jugaba conmigo cuando yo también lo era, no mayores los dos que un par de garbanzos a medio cocer, en esa niña de mi infancia, invisible y lejana, me refugié para matar a esa otra que se había marchado anteayer.

Cayo y yo seguimos viviendo de nuestros pequeños transportes, llevábamos y traíamos toda clase de cosas y seres, baúles y arcones, sin asegurar nada ni preguntar demasiado el nombre de sus dueños. Era curioso, nadie sabía con certeza de dónde venía ni a dónde iba y esa es siempre la señal de que las cosas no marchan bien.

En uno de nuestros transportes llevamos una patricia de Roma a Ostia donde la esperaban gente de su confianza, la custodiaba uno que reconocimos enseguida Cayo y yo, era el segundo de los asesinos de nuestros padres. Le contamos a la patricia la situación y nos ofrecimos nosotros mismos como guardianes, le dijimos sin ambages que íbamos a matar a aquel tipo y que a ella le convenía dos vigilantes mejor que uno, pero que en aquella barca no cabíamos tres hombres, aceptó y se lo tomó demasiado al pie de la letra al pedirnos, después de ver la sangre correr y la cabeza de su custodio separada del cuerpo por nuestra espada, que compartiéramos, Cayo y yo, su lecho con ella. Rehusamos educadamente y la entregamos, como habíamos acordado, sana, salva y honrada, aunque la verdad también un poco confundida y decepcionada por haber visto solamente sangre derramarse.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

El peletero/Mario (1 de 3)

1.
Mis padres fallecieron en una de aquellas revueltas que asolaron Roma en tiempos de los triunviros.

Cayo, mi hermano menor, y yo, tardamos quince años en vengarlos, demasiado tiempo para degollar a sus asesinos, tres simples hombres, uno después de otro, como si decapitáramos gallinas viejas para hacer sopas de invierno.

La vida no es nada y menos es lo que queda tras ella cuando las olas del mar nos alcanzan de nuevo y borran las huellas que dejamos en tierra. Al final sólo encontramos árboles abatidos, hogares ajenos y algunas bandadas de pájaros que huyen de las nubes.

La nuestra era una familia plebeya de la tribu de los Lúceres, respetada, querida y que había conseguido prosperar transportando cosas por tierra y por mar. Uno de nuestros tatarabuelos fue el primero que fletó su primer porte marítimo después de las guerras con los púnicos, de Roma a Nápoles llevaba los esclavos, los muebles y los ajuares de los patricios y de los caballeros que querían vivir cerca de la hermosa bahía.

Cuando la empresa de Aciano quebró nuestros barcos se quedaron sin la cobertura del seguro ni la de Neptuno.

Sólo teníamos dos naves y eran todo nuestro patrimonio, a una la hundió una tormenta y a la otra la asaltaron los piratas.

Pero Neptuno no es el mar, si lo fuera no sería tan despiadado.

Pedí un crédito sólo a mi nombre para resguardar a Cayo, con él pagué las deudas de la familia, pero no logré devolverlo. El trigo que guardábamos en unos almacenes como reserva y garantía del préstamo lo confiscaron los bancos que lo asaltaron como si fueran ladrones y forajidos que apresándome intentaron venderme como esclavo para terminar de saldar las cuentas. Mi hermano me rescató finiquitando, a muy bajo precio, todo el resto de nuestra herencia, un par de casas y un corral. En uno pequeño, que unos familiares nos prestaron, criamos conejos y pollos que mal vendíamos para mal comer.

El futuro de un plebeyo pobre no es otro que el de la esclavitud y la servidumbre si no consigue mantenerse a sí mismo, de una manera u otra, tarde o temprano, deberá venderse para sobrevivir. Pero este destino no es tan terrible comparado con el hombre sin dueño, que no posee familia ni amigos, ni tampoco dinero para comprarlos.

O no tienes nada o tienes mucho, porque tener poco sólo te da derecho a dormir.

La plebe tiene tribus a falta de nombres y gentilicios, y puede servir como cliente a un patricio, su patrón, que lo protegerá si hace suyos sus intereses. Nuestro abuelo obedecía a la gente de Pompeyo, pero mi padre, mucho más listo en eso de la política, observó que no era rival para Julio al que amaban todas las mujeres que siempre prefieren más a los despiadados que a los vanidosos, ellas señalan al vencedor mucho antes y mejor que los hombres, pobres tontos, que nunca han sabido qué es lo que las hembras buscan tener verdaderamente en sus entrepiernas, si oro o hierro.

Así, de esta manera sencilla, como un perro sin dueño, conocí a Marco y a Fulvia, que en algo, no sé en qué, eran socios.

Él era un esbirro que en nombre de otros buscaba a hombres que no tuvieran nada que perder más que su vida.

Fulvia, en cambio, creía que necesitaba posarse en alguna rama y pensó equivocada que yo, sin nada en las manos más que mis dedos, era de buena cepa, un tronco robusto y recto.

Debió de tomarme por otro, quizá porque en su juventud había anhelado ser una gran actriz y convertirse en algo parecido a una heroína griega, en mí quiso ver a un Ulises y en sí misma a Medea que mató a sus hijos por amor y venganza. No era nada de todo eso, naturalmente, sin embargo, había momentos del día y de la noche en que lograba interpretar su propio papel aunque fuera sin demasiada gracia ni estilo, pero a mí me gustaba su manera, me consolaba tener al lado a una mujer volátil que carecía de alas y que no supiera tampoco que no tenía nada que perder, ni siquiera su propia vida.

Yo sé que si me hundo iré a parar al fondo del mar, pero con Fulvia desconocía el arriba y el abajo, no estaba acostumbrado a caminar por encima de las aguas ni a vivir como los peces voladores que infatigables insisten en ser águilas en lugar de tiburones.

Marco, en cambio, me reclutó para algo que sí sabía llevar a cabo, transportar cosas a través del océano y de un lugar a otro, en este caso, y sin embargo, no debía yo preguntar ni conocer qué era lo que llenaban las bodegas de los barcos que capitaneaba.

Se certificaba a las compañías aseguradoras trigo, pieles, vino o cualquier otra cosa, carne seca e incluso esclavos, caballos o ganado pequeño, pollos, conejos y alguna que otra oveja o cerdo, pero se transportaban cachivaches en el mejor de los casos porque casi siempre los buques viajaban vacíos. Eran naves deterioradas, estropeadas y viejas, llenas de vías de agua que se hundían al sufrir el más pequeño embate marino. La ganancia consistía en cobrar el seguro a empresas aseguradoras que reunían su capital de incautos y avariciosos al prometerles grandes beneficios. Era un buen negocio que no podía mantenerse demasiado tiempo porque el fraude terminaba sabiéndose más pronto que tarde y aunque los tribunales eran corruptos las espadas de los estafados cortaban cabezas sin pedir permiso a ningún magistrado.

jueves, 27 de octubre de 2011

El peletero/Decio (y 3)

3.
La República ha muerto aunque se mantenga la ficción del Príncipe, el primero entre pares. A los herederos los elige normalmente el testador, y en esta ocasión parece haber ocurrido también, el pueblo de Roma ya no sabe, si es que alguna vez lo supo, gobernarse a sí mismo, así que ha delegado sus derechos. En realidad siempre ha dejado que un substituto hablara por él, igual que los hijos confían en el padre las personas establecen alianzas entre ellas de sometimiento a cambio de protección, la dignidad de un hombre se mide por sus servidores y por su capacidad de protegerlos, ¿cómo?, ¿de qué?, de sí mismos, sometiéndolos igual que se doma un caballo salvaje. Siempre por su propio bien el dueño los domeña, los esquilma y despoja, ¿para qué quieren lo que no saben usar?

La función pública no es más que una actividad privada que se ejerce a la vista de todos como los juicios, que no son más que actos administrativos en los que se dilucida la relación de parentesco y por consiguiente de sumisión y jerarquía.

Todo es una familia y en ninguna puede faltar un padre o alguien que ejerza como tal. Pero la vida destruye linajes y ella siempre prueba que no hay nada más inseguro que la paternidad, esa es la venganza de muchas mujeres, no saber, ni ellas siquiera, quién las ha preñado. Sobre esa incerteza se levanta Roma, es el pedestal en el que se erige su majestuosidad y ahuyenta en su vanidad el miedo al futuro.

Algunos quieren creer en los oráculos y seguir la vía de los damiáns o demins, pero yo solamente presto atención a los informes y sólo me fío de lo que sé, y sólo sé lo que de mí depende, no me creo nada de lo que me cuentan y únicamente la mitad de lo que veo. En casa hay un cofre lleno de oro que debió de pertenecer a alguno de los aspirantes fracasados al trono, a un ladrón. Mi hermano Galieno lo robó también, se lo adjudicó por la espada al pensar con razón que sus méritos valían más que los pillajes a los que tenía derecho, y tomó un oro que no le pertenecía. Juliano sospecha algo de eso y creo que su codicia es mayor que la furia y el hambre de su esposa, mi Lidia, mi puta, que cada año que pasa envejece tres a la vez.

Galieno se llevó un tesoro que no era suyo y que quiero pensar habría pagado más guerras, en nuestro sótano se halla intacto, ni él ni yo hemos gastado ni el equivalente a un grano de arena de todo su peso, ¿para qué?, lo hará Cornelia si se convierte en una mujer vulgar, sino vivirá como los ángeles cristianos, que viven de nada, del viento en el que se hallan todas las respuestas.

La anona, el impuesto en especies sustituye a la moneda que se desvaloriza aumentando la inflación, una col, en cambio, es siempre una col y alimenta a un soldado durante dos días. Cualquier prostituta da de comer a muchos hombres, mi Lidia tiene más miedo que yo, tiene tanto que acapara todo el del mundo cobijado en su cuerpo largo y esbelto, lo ahuyenta como si gastara un crédito que sabe que nunca devolverá. Creo que ya ni ella me vale porque no quiero que mi corto futuro lo gaste de la misma manera, sin devolvérmelo.

Cornelia, mi sobrina goda, podría haber sido mi hija, la esposa que nunca tuve o la madre a la que casi no llegué a conocer, pero no fue nada de todo eso, solamente una niña robada, una extraña sobrina que heredará un nombre que no le pertenece exactamente.

A ella, cuando era pequeña, también le enseñaba aritmética y le hablaba en griego soñando que algún día llegara a ser Nausicaa y escribiera la historia de un largo viaje, tarde o temprano deberá emprenderlo si no quiere quedarse mirando la misma estrella.

Algunos godos son cristianos que sólo ven en Jesús a un hombre, pero Cornelia no debería ser ni María ni tampoco Magdalena, ni mucho menos una mujer cualquiera, el tiempo dirá qué va a suceder, yo, la verdad, ya sólo soy capaz de ver a la niña rubia que se adormecía sentada en mis rodillas como si fuera un gorrión confiado, mi mente se desordena y no recuerdo otra cosa que aquél batir de alas invisible que Galieno le enseñaba cuando cabalgaba sin asir las riendas, igual que una amazona goda.

Cornelia acaba de cumplir dieciséis años y dice, como si fuera un juego, que quiere casarse, ella también sueña con ser mujer, y Galieno, mi hermano, se muere, su vejiga está siempre hinchada y casi no puede orinar. El oro que robó se encuentra escondido en los sótanos de nuestra casa. Juliano lo quiere para sí y está tramando algo para conseguirlo, pero yo lo mataré antes que lo intente de veras. Lidia se encuentra también enferma, apenas tiene 38 años escasos y su vientre se ha convertido ya en un pozo negro que tarde o temprano acabará igualmente con su vida, deberé cuidar de ella cuando la convierta en viuda.

¿Sabrá Lidia que se muere con sus hermosos ojos hinchados y ese porte de dama?, ¿o se morirá sola, ignorante de morirse al mirar siempre hacia otro lado? ¿Su cadáver profanará mi casa o deberé depositar sus restos en el camino que cualquiera puede pisotear? Mis dedos dibujarán entonces panes, peces y pájaros entre sus pechos, y sellarán para siempre el rostro que habré de olvidar.

Galieno ha envejecido como un macho castrón sin ovejas, sentado en el huerto de nuestra hacienda se endurece con el invierno y se apergamina con el verano, entre uno y otro se petrifica y alisa igual que las pieles curtidas y los cantos rodados de los ríos que sirven de mampostería barata para las murallas de las ciudades. Galieno no se muere solo, lo hace también conmigo que muero con él. Todas sus batallas han terminado, ya no es amigo de nadie, ni esclavo ni cliente, ni ciudadano ni hombre, ni mucho menos un bendito ni un sabio, pero es mi hermano. Los muertos vendrán a vivir con nosotros y nos acompañarán sin profanar nuestras vidas.

Siempre he creído que el daño del mundo es consecuencia de alguna clase de traición y de promesa no cumplida, en los tratos y en las infidelidades y lealtades rotas nace el rencor y la venganza. Eso lo saben los cristianos como lo sabemos todos, pero igual que nosotros también lo olvidarán pronto.

En el lugar de Juliano vendrá otro Vice Prefecto del Pretorio que ordenará cambiar el nombre de las cosas con la vana pretensión que cambien ellas también, querrá mejorar las listas, ampliar los censos, recaudar más impuestos y ajustar los precios para saber mejor qué debe tomar para sí. Sin embargo, el poeta Vero Pellio siempre afirma que hay cosas que no tienen precio, y que no son otras que aquellas que únicamente debes hacer tú porque nadie puede hacerlas por ti, ni ocupar tu lugar, ni usar tus manos ni hablar en tu nombre como lo hace un abogado en un juicio, el precio de las cosas que no tienen precio eres tú. Ése es el trato.

Yo, Marco Aurelio Decio, tengo casi 54 años y mi nombre sigue protegiéndome de la desventura, de la enfermedad y de la esclavitud.

El otro día cociné una sopa de cebolla con queso de cabra, y mientras me la comía observé a un esclavo plantar un rosal en el patio de casa, me acordé de Macedonia y de un palacio de mármol blanco al lado del mar que de joven visitaba cuando era estudiante, un océano de metal que ya no lleva a ninguna parte.

El mal revolotea a mí alrededor como las moscas en el mes de Augusto, hay algún santo cristiano que me protege y mis padres no han regresado todavía de su viaje de muerte, pronto tendré que ir a buscarlos y acompañar a Galieno en su salida del laberinto.

A las monedas de oro las pulen para rebajarles la ley y las personas enloquecen, su polvo ensucia sus uñas y pinta la carne que venden por nada, soy libre, estoy borracho y mañana moriré en ese palacio blanco y vacío, en mi querido camino de Alejandro, la luz será entonces un triste reflejo y una niña goda nos recordará como una pobre y suave brisa de verano.

miércoles, 26 de octubre de 2011

El peletero/Decio (2 de 3)

2.
Lidia era voraz, ávida y ansiosa, no podía dejar de bailar mientras la música sonará, y la música sonaba casi siempre excepto en sus extraños y largos momentos de silencio. Muda, aletargada, parecía ivernar o purgar alguna clase de mal extraño. En esos instantes de retiro se quedaba quieta como si hiciera ayuno, dormida como si no quisiera levantarse del lecho y ver la luz que entraba por la ventana, aplastada por su propio peso. Después, cuando el sol aparecía de nuevo en su horizonte, regresaba igual que un escrupuloso y avaricioso recaudador de impuestos o una hueste de mercenarios reclamando su paga.

Los ciudadanos y los esclavos del Imperio, sus burócratas también, el ejército y sus soldados, no pueden ni deben permanecer inactivos mucho tiempo, la paz y la indolencia los seca de la misma manera que se agostan las tierras que de trigales se convierten en cañaverales si no tienen esclavos que las cuiden. Sin embargo, muchos campesinos libres, contraviniendo las leyes del Imperio, abandonan sus pequeñas propiedades al no poder pagar los impuestos y se venden como siervos a los grandes terratenientes.

Lidia sólo quería ser la señora y la dueña de su casa y a la vez una mujer feliz, un buen recipiente para todos los que tuvieran algo que depositar en él. Su vasija acogía cualquier ofrenda o donativo, como el Tesoro del Emperador aceptaba todo tipo de cánones y tributos, en monedas o en especies, su cofre era como el intestino de un buey, adoptaba todas las formas y tamaños posibles.

Su matrimonio con Juliano, y la maternidad consiguiente, le dieron un papel más digno de interpretar a los ojos de los demás que las fantasías que llenaban su melancolía. Contaba que había perdido un hijo y que buscaba, entre sus asiduos, un hermano desaparecido en alguna de aquellas interminables guerras, pero yo sabía que siendo eso verdad nada llegaba a ser del todo cierto porque la razón de su vida era sencilla y simple: le gustaba lo que hacía, ser señora y no serlo, ser bella siempre, la depositaria de algo especial que, la verdad, no lo era ni lo ha sido nunca, la tesorera de un bien vulgar y común porque cualquiera lo puede conseguir. La locura no nos hace terribles, es al revés, perdemos la razón y nuestro gobierno porque somos terribles.

Explicaba también que la educó un esclavo cristiano, que se enamoró de otro, y que un soldado galo, enfermo y tullido, la preñó.

En sueños deliraba y decía cosas que no revelaré, se creía una loba valiente y osada y apenas llegaba a ser una piedra roma, una pobre coneja de corral asustada.

Yo le hablaba de mis cuentas, de mis números y de mi familia muerta, de las batallas ganadas por la caballería de mi hermano Galieno, de listas y censos, del futuro que desconocía, de mis años en Grecia, de mi juventud y del pasado que había vivido como hombre, libre, sin nada que perder, ni bienes ni esposa, ni padres ni mujer, sólo un hermano y una sobrina goda.

Lidia no me escuchaba, me miraba y no me veía y sólo veía algo que no advertía yo, quién sabe si era su hijo perdido o su soldado tullido, muerto en otra batalla o en otra cama, lejos, más allá del Rin o del Danubio, defendiendo el patrimonio de otro o a un emperador fracasado, codicioso y loco.

Lidia ordeñaba a sus hombres como si fueran toros y a sus toros como si fueran hombres, yo hacía lo mismo en mis inventarios, pero ella era más eficaz y querida, deseada tanto por los primeros como por los segundos, todos cornudos.

Después, en las fiestas de su casa, era la matrona, la que mandaba con voz potente y segura a los esclavos, la que educaba a sus hijos con el acierto y la rigidez de una vieja romana, la esposa de Juliano, el patrón, su dueño, el Viceprefecto del Pretorio. Sus conejos al horno con cebollas y lenguas de codorniz eran los más apreciados de la Narbonensis, los sacrificaba jóvenes y se derretían en la boca.

Le gustaba ser igual que el oro con el que se acuñan los solidus del Emperador, tan fáciles de limar y lijar que se desgastan con más rapidez que el adobe viejo secado al sol.

El oro es pesado y blando, moldeable y anónimo como esos banquetes en los que los invitados usan máscaras como ciegos a medias. Es un falso anonimato, naturalmente, porque todos, Juliano también, conocíamos perfectamente las aficiones de su esposa así como las del resto de los habitantes de la ciudad, nada consigue ser invisible en un mundo que no sabe más que mirarse a sí mismo. Mis listas dejaban constancia fiel de ello, anotaba de manera minuciosa las entradas y las salidas, las entrañas, lo que se tiene y lo que falta, como el mejor contable inflexible y puntilloso que quiere tener al día el estado de sus cuentas.

Se dice que la clientela de un buen romano es equivalente al tamaño de su cornamenta, tal vez por ello Juliano no hacía nada para evitar la segunda en la esperanza que incrementara la primera. Pero nada es gratis y todo se paga, en moneda o en especies, en espacio o en tiempo. Y si no tienes ni una cosa ni la otra deberás pedir un préstamo, y rogar a los dioses que no permitan que termines perdiendo tu libertad para devolverlo.

Los precios deben mantener el equilibrio con el valor fiscal de los bienes imponibles o viceversa y, al mismo tiempo, con el interés que un prestamista pide para obtenerlos o viceversa. El valor debe parecerse al precio o viceversa y al total de las existencias que obtengamos en un buen inventario actualizado constantemente. Todo debe de quedar escrito y compilado, desde las tierras de las que viven las personas, pasando por las casas en las que se cobijan, las cosechas, el ganado, los productos manufacturados, los ajuares, muebles y libros, para terminar en los mismos ciudadanos que dan vida a las cosas, campesinos o artesanos, libres o esclavos, todos han de estar empadronados en las listas del Imperio.

La mejor ley de precios, sin embargo, es la que no existe porque todo cambia aunque el Imperio adjudique a cada uno su labor a la que está ligado por nacimiento y por ley. Todo pertenece al Estado y al Emperador que lo personifica igual que el sol da forma a Dios, al Uno, dicen los platónicos. Cada ciudad vive dentro de sus murallas que la defenderán de ladrones y de bárbaros venidos de las llanuras de Europa y de Asia. Cada hombre y cada mujer es también una cerca por sí mismo, un monje, tras ella habita Roma y con ella el Imperio de los Augustos y Césares. Júpiter, Helios, Mitra o el Cristo del madero serán nuestros estandartes que elevarán en su Olimpo al propio Emperador que no puede ser tocado con mano humana, ni mirado con los ojos de la cara, ni amado ni temido siquiera como se ama o se teme a un padre cualquiera. Él es el único Domine Pater en la tierra que ha de ser adorado.

O al menos eso es lo que la muchedumbre ha de creer. La plebe no conoce nada fuera de su miedo, de su hambre y de su sed, de su piedad y coraje, de su mezquindad, del vino que llena su cuerpo o de los picores de su entrepierna.