miércoles, 4 de enero de 2012

El peletero/La casa


Lecciones desordenadas y fugaces de anatomía barroca.

Y 21. La casa.

Estamos condenados continuamente a vivir en casas ajenas en una anachoresis que nunca termina.

Posesiones personales, una silla, una mesa: un lugar donde escribir. En más de 400 años no es mucho lo que ha cambiado. ¿O sí? Durero pintaba a un eremita, de forma que resultaba natural mostrarlo trabajando solo, pero en el siglo XVI era raro que alguien tuviera una habitación sólo para él. Pasaron más de cien años hasta que las habitaciones a las cuales se podía retirar uno de la visión del público empezaron a aparecer, y se las llamaba “habitaciones privadas”. Así aunque el título del grabado dice que se trata de un “escritorio”, en realidad era una habitación con múltiples usos, todos ellos públicos. Pese a la calma presente en esa obra maestra, el tipo de tranquilidad y de intimidad que solemos relacionar  con el lugar donde trabaja un escritor habría sido imposible. Las casas estaban llenas de gente, mucho más que hoy día, y la intimidad era algo desconocido. Además, las habitaciones no tenían funciones especializadas; al mediodía se sacaba el atril y los residentes de la casa se sentaban a la mesa a comer. Al atardecer se desmontaba la mesa y el banco largo se convertía en diván. Por la noche, lo que ahora funcionaba como cuarto de estar se convertía en dormitorio. En este grabado concreto no se ve una cama, pero en otras versiones Durero mostró el sabio escribiendo en un pequeño podio y utilizando la cama como asiento. Si pudiéramos sentarnos en uno de los taburetes con respaldo, al cabo de poco tiempo empezaríamos a cambiar de postura. El cojín que hay en el asiento protege algo contra la dureza de la madera, pero no se trata de un sillón en el que relajarse.

La habitación de Durero contiene algunos instrumentos: un reloj de arena, un par de tijeras y una pluma de ave, pero no hay máquinas ni artefactos mecánicos. Aunque la fabricación del vidrio había progresado tanto que durante el día las ventanas grandes eran una fuente útil de luz, a partir del crepúsculo se bajaban las velas del estante. Resultaba imposible o incómodo escribir. La calefacción era primitiva. En el siglo XVI las casas tenían sólo una chimenea o una cocina en la habitación principal, y el resto de la casa estaba sin calentar. En el invierno, esa habitación, con sus grandes muros de cantería y su piso de piedra, era frígida. El llevar un ropaje voluminoso, como el de Jerónimo, no era cuestión de moda sino de térmica, y si el viejo sabio está encorvado, ello no indica piedad, sino también que tiene frío.  (La casa, historia de una idea, Witold Rybczynski, 1999)

El mundo contemporáneo es la consecuencia de ese fracaso que continuamos viviendo. La filosofía escolástica medieval lo puso en evidencia al expresar su propósito, la unión de la fe con la razón. El barroco dio por terminada tal ingenuidad.

La esperanza casa mal con la libertad, la verdad con la fe, la experiencia con la razón y la caridad, que quiere ser fraterna y solidaria, no llega más que a cómplice.

Lutero (1483-1546) tal vez lo sabía, y por ello quería vérselas con Dios a solas, deseaba hablar con Él sin intermediarios, ser su amigo y su cliente, pero si Su faz nos mataría si la viéramos, Su palabra nos enloquecería si la escucháramos. ¿Qué más da entonces si un sacerdote confesor oye nuestros pecados?, su labor no es la de perdonar en nombre del Altísimo como comúnmente se cree, sino la de obligarnos a recordar nuestras faltas por los siglos de los siglos, amén.

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Escudillas de estaño repletas y pesadas de metal.
Gruesas ventanas hinchadas por la luz.
Materialidad de plomizas nubes.
Vestidos como colchas. Ostras húmedas.
Objetos inmortales, pero que no nos sirven.
Andan solos los zuecos de madera.
Las baldosas nunca se aburren,
y juegan al ajedrez con la luna.
Una chica fea estudia una carta
escrita con tinta simpática.
¿Se trata de amor o de dinero?
El mantel huele a moral y a almidón.
La superficie no conecta con la profundidad.
¿Misterio? No hay misterio alguno
sólo el azul del cielo, hospitalario
e intranquilo como gritos de gaviotas.
Absorta, una mujer pela una manzana roja.
Los niños sueñan con la vejez.
Alguien lee un libro (el libro es leído),
alguien duerme y se vuelve un objeto
cálido, que respira (como un acordeón).
Les gustaba habitar. Y lo habitaban todo,
el respaldo de madera de una silla
y en en hilos finos de leche como el estrecho de Bering.
Puertas de par en par, el viento era afable,
las escobas descansaban tras el trabajo a conciencia.
Descubiertas las casas. Pintura de un país
donde la policía secreta no existía.
Sólo una sombra prematura entró
en el rostro del joven Rembrandt. ¿Por qué?
Pintores holandeses, decid, ¿qué pasará
al pelar la manzana, cuando falte la seda,
cuando todos los colores sean fríos?
Decidnos, ¿qué es la oscuridad?

“Pintores holandeses” Adam Zagajewski, Lvov, Ucrania 1945)

(Del poemario "Tierra de fuego" Ed: El acantilado, 2004)

Traducción X. Farré

lunes, 2 de enero de 2012

El peletero/La vanidad


Lecciones desordenadas y fugaces de anatomía barroca.

20. La vanidad.

El mundo clásico fue toda una era y un vasto continente que cambió dentro de sí mismo. La Atenas de Pericles (495 a.C.-429 a.C.) no tuvo nada que ver con el Bajo Imperio Romano, pero a ambos los unieron los mismos caminos y uno llevaba al otro. Según parece Hades todavía sigue vivo, pero Apolo ya castró y mató a Zeus y Plutón lo hizo también con Poseidón, la nueva tríada que ha ocupado su lugar continúa luchando con Venus y Dioniso que no quieren seguir siendo unos segundones, algún día lo conseguirán si es que no lo han logrado ya. Marte va a su aire y nosotros todavía somos barrocos en espera de lo que diga el Imperio del Centro.

“Hace muchos años vivía un rey que era comedido en todo excepto en una cosa: se preocupaba mucho por su vestuario. Un día escuchó a dos charlatanes llamados Guido y Luigi Farabutto decir que podían fabricar la tela más suave y delicada que pudiera imaginar. Esta prenda, añadieron, tenía la especial capacidad de ser invisible para cualquier estúpido o incapaz para su cargo. Por supuesto, no había prenda alguna sino que los pícaros hacían lucir que trabajaban en la ropa, pero estos se quedaban con los ricos materiales que solicitaban para tal fin.

Sintiéndose algo nervioso acerca de si él mismo sería capaz de ver la prenda o no, el emperador envió primero a dos de sus hombres de confianza a verlo. Evidentemente, ninguno de los dos admitieron que eran incapaces de ver la prenda y comenzaron a alabar a la misma. Toda la ciudad había oído hablar del fabuloso traje y estaba deseando comprobar cuán estúpido era su vecino.

Los estafadores hicieron como que le ayudaban a ponerse la inexistente prenda y el emperador salió con ella en un desfile sin admitir que era demasiado inepto o estúpido como para poder verla.

Toda la gente del pueblo alabó enfáticamente el traje temerosos de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo, hasta que un niño dijo:

«¡Pero si va desnudo!»

La gente empezó a cuchichear la frase hasta que toda la multitud gritó que el emperador iba desnudo. El emperador lo escuchó y supo que tenían razón, pero levantó la cabeza y terminó el desfile”. (“El traje nuevo del emperador”, Hans Christian Andersen, 1837. Argumento extraído de Wikipedia)

No llegó nunca a romperse con el mundo antiguo, el cristianismo siempre supo que en las viejas orillas del Mediterráneo se hallaba su origen. La Edad Media no fue exactamente una tierra de bárbaros ni una etapa entre otras; godos, francos y lombardos buscaron lo mismo que persiguen ahora nuestros modernos vándalos, ser romanos y ciudadanos del Imperio.

En la mirada lejana que ve más allá se encuentra una de las quiebras básicas de la civilización occidental barroca y contemporánea: el fracaso, una vez más, de Prometeo al querer ayudarnos y empujarnos, como Sísifo, a una meta que quizás no fue ni será nunca la nuestra, la independencia y la emancipación del ser humano lejos del Paraíso.

El genio es lo que es, sea eso lo que sea que deba ser, y la vanidad el peor pecado porque da lugar a todos los que vienen después, uno detrás de otro, como si desfilaran en Bendita Procesión un Viernes Santo.

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Las artes y los oficios

Además de la agricultura, que, como acabo de decir, es una actividad común a todos, cada uno es iniciado en un oficio o profesión como algo personal. Los oficios más comunes son el tratamiento de la lana, la manipulación del lino, la albañilería, los trabajos de herrería y carpintería. Aparte estos oficios, no hay otros que merezca la
pena mencionar, ya que los practican pocos. Los vestidos tienen la misma forma para todos los habitantes de la isla. Están cortados sobre un mismo patrón, que no cambia nunca. Las únicas diferencias son las que distinguen al hombre de la mujer, al célibe del casado. El corte no deja de ser elegante y facilita los movimientos del cuerpo, al mismo tiempo que inmuniza contra el frío y contra el calor. Cada familia confecciona sus propios vestidos.

(...)

De este mismo privilegio de exención gozan los destinados al estudio de las ciencias y de las letras. El pueblo, asesorado por la recomendación de los sacerdotes y por los votos secretos de los sifograntes les otorga vacación perpetua.

Si alguno de los elegidos defrauda las esperanzas del pueblo, es devuelto a la clase trabajadora. Pero, sucede con frecuencia, que si un obrero en sus horas libres llega a adquirir por su constancia y diligencia un dominio notable de las letras, se le libera del trabajo mecánico y se le admite en la clase intelectual. (Utopía, Tomás Moro, 1516)

jueves, 29 de diciembre de 2011

El peletero/El poder desnudo


Lecciones desordenadas y fugaces de anatomía barroca.

19. El poder desnudo.

El poder desnudo tampoco vive con nosotros, necesita de adornos. La política busca el mal menor, la utopía el bien mayor, entre ambos no hay componendas aunque uno no vive sin el otro. En aquellos años la Iglesia sustituyó en la Europa Occidental a la autoridad Imperial de Roma y vistió, como mejor supo y pudo, a los nuevos príncipes que llegaron del Norte, infantiles y salvajes.

El arte del político propugnado desde Maquiavelo no es precisamente el que guarda relación directa con la moral: la idea de Platón expuesta en El político o en La República muere con los estadistas y validos en el Renacimiento y el Barroco europeos. El verdadero arte de la “ciencia” política -si pudiera escribiría aún más comillas- consiste, por deturpación y traición al espíritu griego, en el dominio de la intriga para mantenerse el mayor tiempo posible en el ejercicio del poder. Cuando Juan de Gondi, el coadjutor de la reina, había conseguido que Mazarino fuese desterrado, que se hubiese puesto el precio de cinco mil escudos a su cabeza y que esta suma se fuera a obtener de la venta de su biblioteca, no podía ni imaginarse que el cardenal volvería fortalecido de su destierro, con sus poderes plenos y reestablecidos, y que conseguiría algo más insólito aún: que un alérgico a las coronas como Cromwell se aliara con él en una cruzada anglofrancesa contra España. A los leguleyos del Parlamento, los amigos de Cromwell, que buscaban el apoyo de sus homónimos británicos, se les derrumbó su edificio como si de un castillo de naipes se tratase... y Mazarino mató no dos, sino dos centenares de pájaros de un solo tiro.

Toda esta política de imposibles y obtención de poder a perpetuidad se explica en este libro: la obtención de favores de otras personas, el logro de la fama y del reconocimiento en beneficio propio, la administración del tiempo personal, cómo aparentar leer o escribir algo diferente a lo que verdaderamente se está haciendo, la manera adecuada para ganar dinero y conservarlo, la apariencia oportuna de los sentimientos, cómo concitar odios o favorecer cariños a voluntad, el arte del disimulo o la virtud de la desconfianza... Valga como ejemplo el modo tan simple y crudo con que Mazarino conservaba los favores: “Nunca sostengas una opinión contraria a la suya, ni se la rebatas, y si te atreves a hacerlo, deja que te convenza, que te haga cambiar de parecer, y finge que así ha sido”.

No olvidemos el origen romano de las estrategias de la ciencia del discurso (dialéctica, retórica, oratoria) ni el precedente un siglo antes de Maquiavelo, al que Mazarino da una vuelta de tuerca más en ese difícil y pervertido arte de mantenerse en el poder. Como he indicado al principio, un librito primordial para aquellos que, desde un talante liberal, tratamos de anticiparnos a los voraces fagocitadores de cargos, a los tragamillas de las pirámides sociales; como nos advierte Ioannis Selliba, el editor original de las máximas de Mazarino compiladas en 1684, “no para engañar, sino para no dejarte engañar”. (La erótica del poder según el cardenal Mazarino, David Felipe Arranz. Sobre: Cardenal Mazarino, Breviario de los políticos, trad. de Alejandra de Riquer, Barcelona, Acantilado, 2007)

(http://www.iberarte.com/index.php/20070610716/canales/opinion/la-era-del-poder-segl-cardenal-mazarino.html)


En la Europa renacentista y barroca apareció el Mecenas de las artes que los Papas de Roma encarnaron en mayor grado aunque ya tuvieron que rivalizar con el nuevo imperio del dinero fresco del burgués y del noble aburguesado. Sin embargo, el heredero de San Pedro fue un verdadero hombre completo, soberano y pontífice, burócrata y empresario, militar y hacedor de reyes que hablaba y sigue hablando por boca de Dios de igual manera que sus artistas -que también han terminado siendo universales- se vieron obligados a hacerlo por boca de él. Luego vino el Rey que como un pararrayos se convirtió en el centro absoluto de todo al serlo todo al mismo tiempo, pueblo y Palacio, la encarnación de la Nación. Familias poderosas como los Medici ya usaban criterios “selectos” que no son una mera suma de objetos inclasificables, las “listas” siguen un criterio, sino científico, al menos dirigido y abigarrado.

Todos, desde los entretenidos músicos hasta los grandes arquitectos, pasando por los escultores, orfebres y pintores, ingenieros, y también inventores -que vieron cercano el día en que podrán volar con alas de hierro-, sirvieron -y sirven todavía- a su señor, Obispos, Reyes, Sátrapas, burgueses y los grandes burócratas de Palacio o de los partidos políticos, a la misma audiencia, a los fans, a los espectadores y a la masa, a los expertos y críticos que encumbran o desprestigian.

El mundo moderno nació de esa visión que proporcionó la perspectiva y el ingenio mecánico, de la luz oscura de Caravaggio (1571-1610) y del Juicio final de Miguel Ángel (1475-1564), del pensamiento de Descartes (1596–1650), de la nueva política de Maquiavelo y Mazarino, de las lecciones de anatomía, de la nueva medicina y de los satélites de Júpiter que entrevió Galileo (1564-1642) con sus pobres lentes telescópicas. En todas ellas crece y vive la sabiduría, pero también la melancolía, hijas ambas de la soledad del que mira, y sabe que mirando y sabiendo no se mira ni se sabe nada si antes no se ha recordado, pues saber sólo se sabe lo que un día se supo porque se vio.

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Axiomas
1.    Actúa con tus amigos como si pudieran convertirse un día en tus enemigos.
2.    En una comunidad de intereses, existe peligro desde el momento en que un miembro se vuelve demasiado poderoso.
3.    Cuando quieres obtener de corazón algo, que nadie lo descubra hasta que lo hayas obtenido efectivamente.
4.    Es necesario conocer el mal para poder combatirlo.
5.    Todo lo que puedas arreglar pacíficamente, no trates de arreglarlo por medio de una guerra o un proceso legal.
6.    Es preferible aceptar un ligero perjuicio que hacer prosperar los asuntos de otro porque se espera de ellos un gran beneficio.
7.    Al mostrarse demasiado duro en los asuntos, se expone uno a grandes peligros.
8.    El centro es siempre preferible a los extremos.
9.    Debes saber todo sin decir jamás nada, mostrarte afable con todo el mundo y no entregarle tu confianza a nadie.
10.    El hombre feliz es el que permanece equidistante de cada uno de los partidos.
11.    Mantén siempre un cierto grado de desconfianza de cada quien, y estate convencido que las personas no tienen mejor opinión de ti que de los demás.
12.    Cuando un partido es numeroso y poderoso, aunque no pertenezcas a él, nunca digas nada malo del mismo.
13.    Desconfía de todo aquello hacia lo cual te lleven tus sentimientos.
14.    Para ofrecer un regalo o dar una fiesta, medita tu estrategia como si fueras a partir a la guerra.
15.    No dejes que se te acerque más un secreto que un prisionero prófugo que hubiese jurado degollarte.


En resumen 
Ten siempre presentes estos cinco preceptos:
1.    Simula.
2.    Disimula.
3.    No te fíes de nadie.
4.    Di cosas buenas de todo el mundo.
5.    Prevé antes de actuar.

(Breviario de políticos del cardenal Mazzarino)

martes, 27 de diciembre de 2011

El peletero/El artista


Lecciones desordenadas y fugaces de anatomía barroca.

18. El artista.

Es indudable que a los seres humanos les gusta acompañarse de cosas bellas, incluso cuando sólo son cosas y no personas. Se suponía que la belleza de la forma emana de la del espíritu o que ésta otorga a la materia su propio aspecto. Lo bello enaltece, exalta y tranquiliza como si al adornar creáramos de la nada, como si recordáramos el Edén, como si la belleza también fuera de obligado cumplimiento al ser, sin lugar a dudas, la mejor manera que tienen de expresarse la verdad y la mentira.

¿Las estatuas de Fidias (490 a. C.-431 a. C.) o Donatello (1386-1466) nos muestran lo que deberíamos ser, o bien nos recuerdan aquello que fuimos?, quizás sólo nos dicen lo que nunca seremos. ¿A qué hay que dar forma?, ¿al cuerpo humano, al del león, a la nada? El Partenón no fue más que un suelo y un techo soportado el uno en el otro entre pilares y postes que llamamos columnas. Demasiada piedra para tanta corriente de aire.

Se empezó a firmar la obra artística en la Grecia clásica buscando parte de la dignidad que no supieron reclamar los gremios y los talleres, el comercio dio lugar a los coleccionistas y a las colecciones que no son más que una variante extraña de la memoria y de la ruina al ser una lista interminable de pérdidas, un inventario de olvidos. La notoriedad del artista, sin embargo, siempre ha debido de pagar un precio elevado al tener que buscar a un señor al que servir, un bienhechor, un tutor, un dueño, porque el artista libre no existe, es imposible y no puede ser, es un contrasentido lógico como pensar que hay cortesanas y rameras sin clientes.

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Tanto Petrarca como Boccaccio emplean términos como “belleza”, “arte” y “poesía”, es decir, los mismos que la estética posterior; ello no obstante, tras de los mismos términos hay conceptos diferentes.

Así el concepto de belleza, conforme a la tradición antiguo-medieval, era mucho más amplio  y a la vez mucho más restringido que el actual: más restringido porque en general designaba sólo la belleza humana, y no solía aplicarse respecto a la naturaleza ni al arte. Y más amplio porque en el hombre designaba no sólo la belleza de su cuerpo, sino también las virtudes del alma.

También el arte lo entendían ambos de modo antiguo y medieval, o sea, más ampliamente que en su uso presente. El arte para ellos consistía en la capacidad de producir cosas, no sólo cuadros o poemas, sino toda creación basada en reglas y principios. Pero Boccaccio, sirviéndose  de distinciones escolásticas, tenía ya un concepto más claro del arte (ars) y lo distinguía de la sabiduría (sapientia), de la ciencia (scientia) y de las habilidades puramente prácticas (facultas).

(...)

Poesía y verdad. Para los poetas del siglo XIV lo más problemático de la poesía era su relación con la realidad, ya que la poesía trataba –a su modo de ver- cosas reales y cosas inauditas. Más aún la poesía “revela la verdad”; es decir, cuando representa la realidad lo hace conforme a la verdad.

(...)

“El quehacer del poeta es imaginar, esto es, componer, embellecer y recrear con tintes artísticos la verdad de las cosas humanas, naturales o cualesquiera otras, y alterarla con el velo de la encantadora ficción, una vez desvanecido el cual comenzará a resaltar la verdad, tanto más agradable cuanto más difícil sea de indagar”. (“Epístolas seniles”, XII, 2. F. Petrarca)

(Historia de la estética: La estética moderna, 1400-1700, Wladyslaw Tatarkiewicz, 1991)

viernes, 23 de diciembre de 2011

El peletero/Rezar y batallar


Lecciones desordenadas y fugaces de anatomía barroca.

17. Rezar y batallar.

El poeta y el músico han merecido de costumbre mayor consideración social por no usar exactamente las manos, aunque no siempre se ha considerado al segundo el forjador de algo valioso al pensar que la música sólo entretiene y no forma el carácter ni el criterio y que sólo es un pasatiempo, elaborado, pero nada más que una manera de amenizar el descanso o de celebrar la fiesta como algunos piensan que fue Ganímedes para los dioses, su simple copero.

Otros también consideran que la música nos secuestra el alma como si en sus ondas bailaran otras olas de oscuros y profundos océanos. Dejarse atrapar provoca en muchos -entre los que me encuentro- recelo y precaución porque en el sueño se sabe cuándo se entra, pero no cuándo se sale. La música es una sima o una simple brisa, entre ambas navegamos por los estrechos y las corrientes, arriba el cielo, el Universo entero con sus querubines, y abajo monstruos que, con cuerpo de peces y rostro de mujeres, nos cantan como ángeles.

Hoy en día nos parece ridículo que se considerara pintar o dibujar una actividad poco digna al estar hecha con las manos en un claro ejemplo más de memez al mirar el dedo y no lo que éste señala. Pero así fue y así seguro que volverá a ser.

Sin embargo, los estúpidos prejuicios y las rémoras mentales de clase terminan por cambiar y ser sustituidos por otros que no son mejores. De esta manera los artistas han logrado por fin lo que siempre han perseguido: la admiración y el respeto, la adulación y el elogio de su público que ha ido creciendo sin freno hasta nuestros días, convirtiéndolos, en algunos casos, en verdaderos ídolos, creadores de opinión y líderes de masas. El aplauso público es un narcótico moral y un euforizante de la libido y de la vanidad, sin el llamado reconocimiento social no hay manera de conseguir el poder, es la antigua y sempiterna “auctoritas” romana que mezclada con la “virtus” da forma legal a la fe y a la confianza que otros depositan en las virtudes de un líder, un comendador.

El peligro es que normalmente se termina por caer en el esperpento de no saber quién eres.

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Al matadero de los siglos XV y XVI sigue una pausa, y las masas revolucionarias no recobran una clara conciencia de sí hasta 1848, año de la segunda Comuna parisina y el Manifiesto de Marx-Engels. Dichas muchedumbres y sus líderes siguen abogando por la sociedad sin Tuyo ni Mío, precedida por una guerra civil sin cuartel, aunque antes enarbolaban visiones apocalípticas y ahora aspiran a un desarrollo más racional de las fuerzas productivas. Se consideran hijos de la Revolución francesa, un episodio a su entender «liberal», dentro de una Europa «ancestralmente capitalista», ofreciéndonos con ello un modelo de la distorsión retrospectiva que se sigue de postular la discontinuidad. En efecto, el primer Estado liberal no llega hasta los Países Bajos del siglo XVII, y desde el Bajo Imperio romano hasta entonces Europa ha conocido algo muy distinto del capitalismo privado. La actitud llamada hoy «pensamiento único» apenas tiene protagonistas durante unos mil años, pues estar expuesto al señorío compartido de «quienes siempre rezan» y «quienes siempre batallan» impuso al comerciante trabas tan nucleares como que el crédito y la compraventa inmobiliaria fuesen operaciones ilegales. (Los enemigos del comercio, Antonio Escohotado)

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El peletero/El cerebro y el pensamiento


Lecciones desordenadas y fugaces de anatomía barroca.


16. El cerebro y el pensamiento.

Desde antiguo el trabajo manual ha estado mal visto frente al que se suponía falsamente que era su opuesto, el mental. Siempre se los ha considerado diferentes cuando nunca lo han sido. La especulación libre existe, si por ello se entiende la exclusiva función del cerebro, pero no en cambio el movimiento autónomo, el gesto espontáneo sólo es la consecuencia de una enfermedad nerviosa, siendo así que se piensa que la mente no es esclava del cuerpo, suposición –y error- fundamentada en el dualismo platónico que descarna al ser y lo equipara al pensamiento puro pensando que el pensar es una función que no necesita “ser pensada”.

El cerebro es carne, es un hígado y un dedo, y los dedos son parte del estómago o los extremos de nuestras neuronas, de nuestras manos y de nuestros pies.

Pero el pensamiento, como si fuera una pulcra imagen informática y virtual, parece que no queda mancillado como lo hace nuestra piel de suciedad física, de grasa o de pintura, el que manda sólo dicta señalando con el índice. El cetro sirve para ello, es un puntero y es lo que persistentemente han querido las grandes castas de señores, de funcionarios y eunucos de Palacio, la distancia higiénica que no mancha.

Las uñas largas siempre han indicado descuido, sofisticación o una digna desocupación y holganza. Ellas son en buena parte el antecedente del bronceado de nuestros días, ellas revelan también el buen estamento social al que se pertenece, o se quiere pertenecer, y que no es otro que aquel que no trabaja y que se dedica solamente a deprimirse después de divertirse, entretenimiento y recreo, ocio y espectáculo.

La vieja sociedad estamental no ha variado esencialmente, las revoluciones solamente han permitido que nuevas personas ocuparan viejos cargos, siendo el esquema básico el mismo de siempre, la tríada del poder se ha mantenido imperturbable y sin cambios hasta nuestros días: el que manda, el que obedece y el sacerdote que legitima a los otros dos y así mismo. Tan es así que incluso la materia política tiene su antimateria y los revolucionarios perpetúan permanentemente el modelo.

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“Algunos artistas tienen la virtud de ponerte delante, no de cosas, sino del arte mismo. Estás escuchando, qué te diré yo, una zarabanda de Bach y te preguntas qué demonios es ese conjunto de sonidos que llamamos música, para qué o a santo de qué lo hemos inventado y de qué está hecho. Lees los cuatro primeros versos de "East Coker" de Eliot, dejas el libro y ¿qué es esto, te dices, qué insinúa, qué necesidad tengo de ese puñado de palabras escritas de modo extravagante y con un sentido resbaladizo? Igual sucede con el pintor Chardin cuya exposición en el museo de El Prado me parece uno de los acontecimientos más conmovedores de los últimos años. Ninguna pintura puede llegar a conocerse rectamente por fotografía, pero algunos pintores como Vermeer, Velázquez, Rembrandt o Chardin son totalmente engañosos en la reproducción. Hay que verlos a ojo desnudo, o como recomendaba Kleist, recortándose los párpados.

¿Por qué queremos ver pintados unos utensilios tediosamente domésticos? ¿Una pipa, un vaso de metal, unas uvas, un pescado muerto? O las escenas más vulgares, la madre que cose, la criada que llena de vino la damajuana. ¿Y qué tiene todo esto que ver con nuestras vidas actuales, abismalmente distantes del siglo dieciocho? Podríamos resumirlo preguntando: ¿qué se me da a mí la pintura y muy particularmente la pintura de Chardin?”

(...)

Blog de Félix de Azúa, Abre los ojos y piensa, (Publicado el 14/3/2011 a las 09:57)

lunes, 19 de diciembre de 2011

El peletero/La libertad


Lecciones desordenadas y fugaces de anatomía barroca.

15. La libertad

Se cuenta que una cosa es el Arte y otra muy distinta lo que se piensa que es. Así es también aquello que se dice del artista, que de mago pasa por ser semidivino y de dios a un mero trabajador. Cada época y cada país ha considerado el mundo, y a sus habitantes, como mejor ha sabido sometiéndolos a todos a prejuicios como si los llenara de cadenas para retenerlos y evitar que echaran a correr.

Los artistas han pasado de ser esforzados labriegos a seres inspirados por los dioses, únicos artífices que dictaban lo que debía escribirse o pintarse igual que lo hacen los dueños con sus marionetas y muñecos parlanchines. De esta manera, Dios, o el diablo, termina siendo el verdadero artista que presta sus habilidades y sus poderes al pobre humano que así se ve transformado en genio y en un ser superior al resto de sus semejantes. Según parece, y dictan los Padres de la Iglesia, al igual que la fe, y la gracia, el arte tampoco se obtiene ni con el buen hacer ni con el esfuerzo continuado, sólo se recibe de quién tiene el don de darlo.

El arquitecto, músico o pintor, siempre ha anhelado vivir por encima del dinero sabiendo que tal propósito, quimera de locos, únicamente se consigue siendo más rico que el rico que te paga por tu trabajo.

En aquellos años lejanos que finalizan la Edad Media e inician nuestra modernidad empezó a forjarse la idea del “arte libre” y del artista no sometido a la demanda del ignorante pagano, que dicen todos que vive con su alma henchida de vanidad y su bolsa llena de oro fatuo como el fuego de San Telmo, frío y vano. Pero el artesano y el orfebre, el nuevo artista -que más tarde se consolidó en el Romanticismo-, persigue también, igual que esos nuevos ricos, “El carro del heno” (¿1516?), tesoro huero que a todos seduce y pervierte y que arrastra a cualquiera en su secreta y notoria codicia, en su público deseo.

Se cree y se airea, como sábanas lavadas y extendidas para secar, que la libertad creadora dará buenos frutos, sin embargo, otros, entre los que nos encontramos, afirman todo lo contrario, que el buen hacer sólo aparece cuando sirve a una empresa y a un cliente que paga y exige resultados fehacientes, que da libertad de la misma manera que marca el camino y el destino, que dice lo que quiere y que manda que se haga.

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“Sea la tercera propiedad de la Pintura el ser libro abierto, y historia y escritura silenciosa, pues en ella leen así doctos como imperitos, los sucesos de la sacra y humana historia; la constancia de los mártyres; la austeridad de los penitentes; la mediación de los confesores; el retiro de los anacoretas; la observancia de los religiosos; y el ejemplo en la expresión de todo linage de virtudes y documentos morales; siendo este medio de especialísima utilidad al vulgo de los idiotas, pues por él leen, como ya diximos, en el libro abierto de la Pintura lo que no aciertan á leer en los libros por cuya causa, próvida nuestra madre la iglesia de todo espiritual alimento para sus hijos, mandaba en su primitivo origen se colocasen en los templos, como hoy se practica, las historias sagradas, vidas y martirios de los santos.

De que procede también el especioso renombre de ser idioma universal, como notamos en el capítulo 6. parrafo 3. pues no solo entienden su lenguage los de una nación, sino los de todas; porque su estilo es italiano, francés, español, alemán, turco griego, chino, caldeo, y todos los demás del universo: imponderable excelencia de esta arte, y digna de superior aprecio, pues con tanta diversidad de gentes, naciones, y lenguas, se explica con un solo idioma!”. “El museo pictórico y escala óptica” (1715-1724), Antonio Palomino (1655-1726)

viernes, 16 de diciembre de 2011

El peletero/La disección


Lecciones desordenadas y fugaces de anatomía barroca.

14. La disección.

Buena parte de la confusión derivaba de un hecho económico: las indulgencias eran una fuente muy estimable de financiación del clero católico. La Reforma niega la potestad que las obras, y las oraciones, de unos curas pagados, disminuyeran las penas de las almas en el purgatorio. Si nos abstraemos del pago, y del cobro que como plañideras practicamos llenando sus bolsillos de monedas, la pregunta es la siguiente: ¿mis obras redimen las culpas de otros? La Reforma lo niega rompiendo con una tradición secular que afirma que los pecados de los padres los pagan los hijos, los pagan y los saldan liberando con ello a sus progenitores o prójimos de culpa. En el mundo de Lutero (1483-1546) no existe el perdón, su dios, aunque sea como Alá, el Misericordioso, más se parece al Jehová de Abraham y Noé que al Jesús del Madero, al que todos, Machado también, quieren verlo descender y caminar por encima de las aguas, pero como Prometeo, Él también se encuentra encadenado mientras unos buitres devoran su hígado.

Existió, como A. Hauser destacó, un barroco de la Reforma y un barroco de la Contrarreforma, el Norte se enfrentó a una Roma Papal y a un Madrid castellano y austríaco incluso en las modas, más tarde también, un Versalles que inventó pelucas, pólvoras y convirtió al Rey en un gran espectáculo público donde a los partos de la Reina estaban todos, o casi todos, invitados.

De nuestra posmodernidad se ha hablado de una forma apocalíptica y pícara igual que cuando el Barroco, más que el Renacimiento, da por terminado el Medievo y alumbra los tiempos modernos, las brujas empiezan a desaparecer para dar lugar a los locos, en este tránsito difícil surgen las nuevas identidades que Pico Della Mirándola (1463-1494) encarna perfectamente, el hombre es libre para ser lo que quiera ser, decía él, el hombre es agua y el mundo es líquido (Zygmund Bauman), decimos nosotros, se adapta a cualquier forma que la contenga. Entre ambas, entre la libertad y el agua, las revoluciones y las quimeras sociales florecen, Santo Tomás de Aquino (1224/1225-1274) y Galileo (1564-1642), San Francisco de Asís (1182-1226) y Max Plank (1858-1947).

La Compañía de Jesús (1534) y Vladimir Illich Ulianov “Lenin” (1870-1924) conviven con Santa Teresa de Ávila (1515-1582) y la Estación Espacial Internacional (1998).

Nuestra alma, al igual que nuestro cuerpo empieza a ser nuestra y al mismo tiempo una extraña, cuanto más la conocemos más nos separamos de ella.

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En medicina el Renacimiento es la época del pensamiento anatómico: de la anatomía, de la cirugía y de la anatomía patológica. La disección de cadáveres humanos ya se practicaba ocasionalmente en los siglos XIII y XIV con fines médico-legales o de estudio del cuerpo humano por algunos artistas italianos. En ese período destaca la obra del profesor boloñés Mondino de Luzzi, Anathomia, completada en 1316. Sin embargo, buena parte de sus disecciones fueron pericias médico-legales. Su Anathomia está enmarcada en autores árabes.

En el Renacimiento la figura central es la de Vesalio. Un impulso para el estudio anatómico venía también del arte, de pintores y escultores que, con ese espíritu humanista, querían conocer el cuerpo humano para representarlo en toda su belleza. Hubo ciudades como Florencia en que artistas, médicos y boticarios formaban el mismo gremio, y los artistas acudían a las disecciones para conocer directamente anatomía humana. En 1549 declaró Vesalio:

No me tomo la molestia de preocuparme de los pintores y escultores que se amontonan en mis disecciones ni, pese a sus aires de superioridad, me siento menos importante que ellos.

Pero hubo un caso particularísimo, un genio universal que, siendo artista extraordinario, hacía sus propias investigaciones anatómicas: Leonardo da Vinci, nacido en 1452 y muerto en 1519.

(...)

Paradójicamente éste, uno de los más grandes genios de la humanidad, había vivido en lo científico al margen de la historia. Sus bellos dibujos anatómicos están basados en la disección de más de veinte cadáveres. Aparte muchos hallazgos anatómicos, Leonardo se adelanta también en la concepción de la anatomía: la suya es, como se diría hoy, una anatomía funcional.

La obra de Vesalio, De humani corporis fabrica, en cambio, fue bien difundida en su tiempo y tuvo dos ediciones durante la vida de su autor: en 1543 y en 1555. La demostración de que el tabique ventricular era macizo y que, por tanto, la sangre no podía atravesarlo hacia el ventrículo izquierdo, significaba el derrumbe de la fisiología galénica.

Tres son los autores que concibieron el circuito de la circulación menor: el teólogo y médico español Miguel Servet en su obra Christianismi restitutio de 1553, Realdo Colombo, discípulo de Vesalio, en su obra póstuma De re anatomica publicada en 1559, seis años después de la muerte de Servetus, e Ibn-al-Nafis, médico de Damasco y El Cairo, comentarista de Avicena del siglo XIII.

Maestro de Vesalio fue Jacques Dubois, famoso anatomista galénico conocido bajo el nombre latino de Sylvius. Efectivamente fue uno de los que describió el acueducto que hoy lleva su nombre. No hay que confundirlo con Franz de le Boë, también latinizado a Sylvius, médico del siglo XVII cuyo nombre está asociado al surco lateral del cerebro. Contemporáneos de Vesalio fueron Eustachio y Varolio. Discípulo suyo fue, entre otros, Falopio. Otro anatomista contemporáneo de Vesalio fue Gerolamo Fabrizi D'Acquapendente. Describió las válvulas de las venas, pero como era galenista, supuso que su función era obstaculizar el paso de sangre hacia la periferia. Fue uno de los maestros de Harvey, que iría a interpretar correctamente la función de estas válvulas.(http://escuela.med.puc.cl/paginas/publicaciones/historiamedicina/histmed_01.html)

miércoles, 14 de diciembre de 2011

El peletero/La aceleración


Lecciones desordenadas y fugaces de anatomía barroca.

13. La aceleración.

La alquimia de los “humores” empieza a ser vencida por la lógica de la simple observación, la vieja medicina que se fundamentaba en el equilibrio de los líquidos del cuerpo deja paso al sentido común, el Cosmos se convierte en un reloj, -Kepler (1571-1630) y Newton (1642-1727) describirán su engranaje- y nuestro cuerpo en la maquinaria de un muñeco, un autómata.

“Lo observable era cierta relación entre aceleración y configuración: decir que esta relación entre aceleración y configuración era producida por mediación de una fuerza no era añadir nada a nuestro conocimiento. La observación muestra que los planetas tienen en todo momento una aceleración hacia el Sol, que varia inversamente al cuadrado de su distancia a él. Decir que esto se debe a la fuerza de gravitación, es simplemente decir una palabra, como afirmar que el opio hace que la gente duerma porque tiene una virtud somnífera. El físico moderno, por consiguiente, se limita meramente a exponer las fórmulas que determinan las aceleraciones y evita la palabra fuerza por completo. La fuerza fue el extraño fantasma del punto de vista vitalista en lo que se refiere a las causas de los movimientos y, gradualmente, ha sido exorcizado el fantasma”. (Historia de la filosofía occidental. Tomo II, Desarrollo de la ciencia. Capítulo VI. Bertrand Russel.)

El maquinismo del siglo XIX todavía está lejos, pero en los artilugios de Leonardo (142-1519) entrevemos ya una voluntad humana que se ejecuta gracias a la mecánica del Universo. En ella hallamos buena parte de los argumentos reformistas y luteranos en forma de predestinación y en la negación del libre albedrío donde el azar es una maldición, una especie de fatalismo ontológico y también epistemológico: todo es todo lo que se puede conocer.

La Reforma y la Contrarreforma pusieron encima de la mesa tres hechos básicos: el poder, la libertad y ese azar que no podemos comprender, una tríada que todavía es motivo de controversia y que llena muchos libros, periódicos y discursos, amén de innumerables páginas de Internet, auténtico muro de las lamentaciones de nuestra contemporaneidad.

La Europa de la Reforma rechazó el Imperio de Roma, no aceptó que el Sumo Pontífice fuera al mismo tiempo el jefe del poder político, y no lo contrario. En su lugar eligió al Príncipe cercano y próximo para investirlo como cabeza de la Iglesia local.

“El aspecto importante del protestantismo fue el cisma, no la herejía, pues aquél condujo a las Iglesias nacionales y las Iglesias nacionales no eran bastante fuertes para controlar al Gobierno secular. Esto fue en su totalidad una ganancia, pues las Iglesias, en todas partes se opusieron prácticamente cuanto pudieron a toda innovación que procurara un aumento de felicidad o de saber en la Tierra”. (Historia de la filosofía occidental. Tomo II, Desarrollo de la ciencia. Capítulo VI. Bertrand Russel.)

La relación entre Dios y las personas cambió con Lutero (1483-1546) y Calvino (1509-1564) que retomaron viejas ideas de San Agustín (354-430) para el que sólo importaba la fe y no las obras que las personas pudieran realizar en el transcurso de su vida, para ellos el azar no existía pues todos estamos predestinados desde el mismo momento de nuestro alumbramiento sino antes, así pues no es necesario esfuerzo al ser la salvación debida a la gracia y no a merito alguno. Ignacio de Loyola (1491-1546) se opuso, no entendió que la moral, y sus dilemas, quedaran reducidos a ese esquema tan simple. El fundador de los Jesuitas salvó el libre albedrío.

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“La tendencia a pasar desde la empresa de tipo artesano que trabaja con un capital relativamente pequeño, a la gran industria, y del comercio con mercancías a los negocios financieros, ya se puede observar desde muy pronto; adquiere la supremacía en los centros económicos italianos y flamencos a lo largo del siglo XV. Pero el quedarse anticuada la pequeña industria artesana por la gran industria, y la independización de los negocios financieros del comercio de géneros sólo acontecen hacia los finales del siglo. El desencadenamiento de la libre competencia lleva, por una parte, a terminar con el principio corporativo; por otra, al desplazamiento de la actividad económica a terrenos siempre nuevos, cada vez más alejados de la producción. Los pequeños negocios son absorbidos por los grandes, y éstos, dirigidos por capitalistas que se dedican cada vez más a los negocios financieros. Los factores decisivos de la economía se vuelven cada vez más oscuros para la mayoría de la gente, y cada vez más difíciles de gobernar desde la posición del común de los hombres. La coyuntura adquiere una realidad misteriosa, pero por ello, tanto más implacable; pesa como una fuerza superior e inevitable sobre la cabeza de los humanos: Los estratos inferiores y medios pierden, con su influencia en los gremios, el sentimiento de seguridad; mientras tanto los capitalistas no se sienten más seguros. No hay para ellos, cuando se quieren detener, ningún reposo; pero según van creciendo, se van metiendo cada vez en un terreno más peligroso. La segunda mitad del siglo presencia una interrumpida serie de crisis financieras; en 1557 hay la bancarrota del Estado en Francia y la primera en España; en 1575, la segunda en España. Estas catástrofes no sólo sacuden los cimientos de las casas comerciales principales sino que significan la ruina de infinitas existencias menores.

El grande y tentador negocio es la transacción de los empréstitos estatales; pero dado el exceso de deudas de los príncipes, es a la vez el más peligroso. En el juego del azar participan ampliamente además, además de los banqueros y de los especuladores profesionales, las clases medias, con sus depósitos en las bancas y sus inversiones en las bolsas, nacidas a la vida hacía poco. Como el numerario de los diversos banqueros resultaba insuficiente para las necesidades de capital de los monarcas, se comenzó entonces a utilizar, para conseguir créditos, el aparato de las bolsas en Amberes y Lyon. En relación con estas transformaciones se desarrollan todas las formas posibles de especulación bursátil: el comercio de efectos, los negocios a plazo, el arbitraje, los seguros. Todo el Occidente es envuelto por un clima bursátil y una fiebre de especulación que todavía se acrece cuando las sociedades de comercio transoceánico inglesas y holandesas ofrecen al público la oportunidad de participar en sus ganancias, a menudo fantásticas. Las consecuencias para las grandes masas son catastróficas; el paro relacionado con el desplazamiento del interés desde la producción agrícola a la industrial, la superpoblación de las ciudades, la subida de los precios y el mantenimiento de los bajos salarios se hacen perceptibles en todas partes.

(...)

Pero es característico de la sociología de la Reforma el hecho de que el movimiento tuvo su origen en la indignación por la corrupción de la Iglesia, y que la codicia del clero, el negocio de las bulas y los beneficios eclesiásticos fueron la causa inmediata de que se pusiera en movimiento. Los oprimidos y explotados no querían renunciar a la idea de que las palabras de la Biblia que hablaban de la condenación de los ricos y hacían promesas a los pobres se refirieran sólo al Reino de los cielos. Pero los elementos burgueses que hacían con entusiasmo la guerra contra los privilegios feudales del clero no sólo se retiraron del movimiento tan pronto como consiguieron sus fines propios, sino que se opusieron a todo progreso que hubiera perjudicado a sus intereses en beneficio de los estratos inferiores. El protestantismo, que como movimiento popular comenzó sobre una ancha base, se apoyó principalmente en los señores territoriales y en los elementos burgueses. Parece que Lutero, con verdadero olfato político, juzgó tan desfavorablemente las opiniones de las clases revolucionarias que poco a poco se puso totalmente de parte de aquellos estratos cuyos intereses estaban enlazados con el mantenimiento del orden y la autoridad. Así, pues, no sólo dejó a las masas en la estacada, sino que excitó a los príncipes y a sus seguidores contra “las mesnadas asesinas y rapaces de los campesinos”. Evidentemente quería a toda costa guardarse de toda apariencia de tener algo que ver con la revolución social.” (“Historia social de la literatura y el arte” Guadarrama 1969. La época de la política realista, Arnold Hauser, Temesvár, Hungría, 8 de mayo de 1892 – Budapest, 28 de enero de 1978)

lunes, 12 de diciembre de 2011

El peletero/El yo.


Lecciones desordenadas y fugaces de anatomía barroca.


12. El yo.

Philippe Ariés y Georges Duby, en su “Historia de la Vida Privada”, nos hablan de los abrigos de la intimidad de aquellos lugares en los que lo privado vive refugiado en su individualidad y aislamiento, y también de los objetos que devienen igualmente en privados, incluso diarios escritos en lenguas inventadas por el escritor para que nadie, excepto el interesado, los pueda leer.

Michel Foucault (M. F.) desbroza en su “Historia de la sexualidad” los tres objetos que dice merecen ser estudiados en relación al sexo: las relaciones de poder, los saberes que enseña y la individualización que otorga, las tres remiten al cuerpo, el único elemento “palpable” que nos define como individuos porque el placer y el dolor son intransferibles. El sexo construye el yo y por ello no hay cielo verdadero que lo contenga porque con él, paradójicamente, encontramos la nada.

La idea del yo cambia, pero su búsqueda, negación o rechazo, es permanente en la historia y en la vida. El yo es un coto vedado, una idea que nos seduce en ese anhelo kafkiano de entrar, o salir, del castillo abandonando nuestro hogar perdido, porque ser, fuera de la alienación enajenada, es siempre una anachoresis. Descartes construye, o descubre, el primer “yo” moderno del que todavía vivimos.

Azúa cita a W. Benjamin (1892-1940) en “Destino y Carácter” y destaca su acierto al decir que “el personaje no quedaba atado a una máscara eterna sino que mostraba la volubilidad de lo que pronto será una psicología del sujeto, el cual, por otra parte, ya no esta atado a un destino sino tan sólo a un carácter”.

El jardín cercado, la cámara, la alcoba, el estudio, el gabinete. Todos ellos son cotos vedados también en los que se quiere salvaguardar un yo lejano que las autopsias de los nuevos médicos no saben encontrar, el alma, el espíritu que nos anima, el ansia y el miedo.

El jardín es un evidente duplicado del Edén y en él se describen los diálogos a dos que se dan en su seno y que toda la pintura barroca ilustra y dibuja en un remedo de las conversaciones que tuvieron lugar entre Dios y Adán, entre Eva y la serpiente.

Pero tales asuntos los dejaremos para cuando hablemos, en la próxima serie, de la vida del pintor Teodoro Van Babel. De momento, nos limitaremos a decir que sin máscaras no podríamos interpretar ningún papel ni ser, siquiera, nosotros mismos, sirva, por tanto, la cita de Benjamín, los apuntes a la vida privada y a la sexualidad para seguir hablando de trajes y apuntar que la tesis básica de este blog es que siempre estamos desnudos aunque nos vistamos.

Para ello nada mejor que citar a Oscar Wilde hablando de trajes, de máscaras y de Shakespeare cuando concluye que:
 
En arte, una verdad es aquella cuya contradicción es igual de cierta.”
Y

“Las verdades metafísicas son a la vez las verdades de las máscaras.”

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“Como él (Shakespeare) sabía perfectamente que la belleza del traje fascina siempre a los temperamentos artísticos, introduce continuamente en sus obras danzas y máscaras, sólo por el placer que proporcionan a la vista; y se conservan aún sus indicaciones escénicas para las tres grandes procesiones de su drama Enrique VIII, indicaciones caracterizadas por una extraordinaria minuciosidad de detalles que se refieren incluso a los collares del rey y a las perlas que lleva Ana Bolena en sus cabellos. Nada sería más fácil a un director de escena moderno que reproducir esos ornamentos tal como Shakespeare los menciona; y eran tan exactos, que uno de los funcionarios de la Corte de aquella época, refiriendo en una carta a un amigo suyo la última representación de la obra en el teatro del Globo, se queja de su carácter realista y, sobre todo, de la aparición en escena de los caballeros de la jarretera, con los trajes e insignias de esa Orden, cosa que tenía que poner en ridículo la ceremonia, auténtica. Lo cual se parece mucho al criterio que sustentaba el Gobierno francés y que lo llevó, hace tiempo, a prohibir al delicioso actor Christian que apareciese en escena de uniforme, con el pretexto de que podía ser negativo para la gloria del Ejército.”

(...)

Hasta los detalles más imperceptibles de la indumentaria, como el color de las medias de un mayordomo, el dibujo del pañuelo de una esposa, las mangas de un joven soldado, los sombreros de una dama elegante, adquieren en manos de Shakespeare una verdadera importancia dramática, y algunos de ellos incluso condicionan la acción de una manera absoluta. Otros muchos dramaturgos han utilizado el traje como medio de expresión directa ante los ojos del espectador del carácter de un personaje desde su entrada en escena, aunque con menos brillantez que lo hizo Shakespeare en el caso del elegante Parolles, cuyo atavío, dicho sea de paso, no puede ser comprendido más que por un arqueólogo. La broma de un amo y su criado, cambiando sus ropas en presencia del público; de unos marineros náufragos, peleándose por el reparto de un lote de magníficos trajes; de un calderero a quien han vestido de duque durante su borrachera, puede ser considerada como una parte de ese gran papel que ha desempeñado el traje en la comedia, desde Aristófanes hasta Mr. Gilbert; pero nadie ha conseguido como Shakespeare, que los menores detalles de la indumentaria y del adorno, una ironía igual de contrastes posean un efecto tan inmediato y tan trágico, una piedad y un patetismo parecidos. Armado de pies a cabeza, el rey muerto se adelanta majestuosamente sobre las murallas de Elsinor, porque las cosas no marchan bien en Dinamarca; el manto judío de Shylock forma parte de la pena que abruma a su temperamento, herido y amargado; Arthur, cuando defiende su vida, no encuentra mejores argumentos que hablar del pañuelo que le ha entregado a Heribert:

Tenéis corazón? Cuando os dolía la cabeza
os até a la frente mi pañuelo
(el mejor que tenía, bordado para mí por una princesa
y no os lo he vuelto a pedir jamás.

(“La verdad sobre las máscaras”, Oscar Wilde)