lunes, 11 de junio de 2012

El Peletero/Feliz Cumpleaños


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Feliz cumpleaños.

“Conforme se va extinguiendo el Estado del Bienestar en toda Europa, la seguridad de los trabajadores en cobrar una pensión de jubilación se va transformando poco a poco en incertidumbre por la cuantía de la misma, cuando no en preocupación por la pervivencia de un sistema de prestaciones con cargo a la Seguridad Social que cubra sus necesidades a partir de los 65 años. (...)” (Cumpleaños feliz, Juan Manuel Zafra, El País, domingo, 19 de septiembre de 1993)

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El sábado pasado, ya que estoy de mudanzas, tiré la casa por la ventana y decidí ir al restaurante a almorzar solo, sin compañía. Ése fue todo mi apetito ese día caluroso de primeros de junio, comer algo que yo no hubiera cocinado.

Y sentirme servido.

Me gasté 15 euros en el menú de fin de semana, macarrones, magret de pato y dos bolas de helado, una de vainilla y la otra de chocolate. Agua sin gas para beber.

Elegí el restaurante que hay enfrente, tampoco tenía ganas de caminar.

El comedor estaba medio vacío, aparte de otros dos hombres que almorzaban también solos como yo, únicamente había una mesa más ocupada, lo estaba por ocho mujeres que pasaban todas ellas de los cincuenta y de los sesenta y que parecían ser familiares, compañeras o amigas de toda la vida. Su animada conversación se mezclaba en mis oídos con la que igualmente tenían los camareros, la mayoría latinoamericanos, hablando de las circunstancias laberínticas y muy complicadas, precarias y penosas que conformaban su vida laboral, los contratos, los sueldos magros y la obtención de los consabidos papeles de residencia.

Las ocho mujeres también charlaban de intereses y de dinero y de lo que el dinero significa, una de ellas era secretaria de un juzgado que muy a menudo debía ir por las casas a entregar citaciones y que ya conocía los diferentes y variados trucos que usa la gente para eludir recibirlos y firmarlos. Había una de ellas que era la dueña de una tienda de marroquinería, otra ejercía de ejecutiva de cuentas de una agencia de publicidad, y la que parecía la mayor de todas llevaba la contabilidad de una empresa, o al menos eso deduje yo al escucharlas de tapadillo. Las ocho eran profesionales en activo, ningún ama de casa, hablaban de lo que sabían y sabían de lo que hablaban, era una conversación franca, desprovista de eufemismos, clara y absolutamente explícita sin el puritanismo que mucha gente siente al hablar de dinero. En ningún momento salió a relucir la jubilación, la familia ni los hijos ni los nietos ni los maridos o amantes, no hablaron de hombres ni de amor ni de sexo, tampoco de emociones o sentimientos, sólo de herencias, bienes y dinero, de trabajo y de impuestos. Ninguna era maestra. Se quejaban de la extinción de la clase media que ha sido, según decían, esquilmada, asaltada, despojada y desvalijada por los que han vivido a costa del Estado, la rótula que une el fémur con la tibia, la que te permite caminar. Contaban que las herencias se pueden aceptar o rechazar y que si las aceptas contraes también las deudas del fallecido. De las riadas de dinero europeo que han inundado España durante décadas y que sólo han servido para alimentar a los buscavidas, a los perezosos, crear molicie y falsear la realidad de las cuentas y de las vidas de las personas, que el dinero no ganado, que cae del cielo, es un regalo del diablo que pervierte voluntades y que destruye los países como los que tienen enormes reservas de petróleo. Eran ocho mujeres catalanas hablando en un perfecto catalán de Barcelona, el mío, en el que aprendí a pensar y amar, ocho auténticas damas, unas “Señoras de Barcelona” que también configuran una especie en extinción. Me recordaban a mi madre y a mis tías, a mis primas, pero no a sus hijas, ésas son diferentes ya, no tienen pasado porque, perdón por la presunción, no se puede tener pasado cuando has nacido a finales de los ochenta o a primeros de los noventa. Terminaron hablando de los bancos que están agotando el alquiler de las cajas de seguridad y que eso es para lo poco que sirven porque nunca ha sido bueno trabajar con el dinero de los otros, y de la inevitable política de nuestros días dirigida por mediocres mentirosos, nuevos ricos y sicarios, meros esbirros de simples delincuentes o de masas ignorantes, gente sin personalidad, puros arribistas porque el buen ejemplo no es premiado ni siquiera por las víctimas del malo. Y deseando que sus hijos, fue la única vez que los nombraron, vieran pronto una Catalunya desvinculada de España. Me sorprendió la contundencia y la naturalidad de su afirmación, su llaneza desprovista de dramatismo, su falta de patrioterismo, la seguridad desinhibida con la que afirmaban un deseo de tan hondas repercusiones, algo espontáneo, simple, lógico, técnico, inevitable, imparable, vivido en sus casas desde siempre; pero me hizo gracia una de ellas cuando afirmó, de manera irónica y graciosa, que votaría, sin dudar, afirmativamente en un referéndum sobre la independencia de Catalunya, pero que al día siguiente, si el sí saliera ganador, emigraría rápidamente a los Estados Unidos. Todas se rieron, yo también.

Ni a Alemania ni a Suiza, a los Estados Unidos de Norteamérica, repitió con énfasis y claridad.

Al levantarme las observé y pensé que Modigliani hubiera hecho con aquellos rostros hermosos unos estupendos retratos.

La más mayor me miró y nos sonreímos mutuamente.

El camarero, un muchacho joven, catalán también, que estaba harto de contratos de formación, me preguntó al salir si no tomaba café. Le dije que no, pagué en metálico y me fui a tomar uno cortado en un bar que hay cerca y que llevan dos hermanos burgaleses que saben cortar bien los cafés, como es debido y como se hace en Madrid, con un par de gotas de leche, nada más. Los camareros son brasileños y cubanos, chicos y chicas nacidos todos en la segunda mitad de los ochenta que hacen muy bien su trabajo. Hoy han cambiado las mesas, han comprado unas nuevas muy bonitas y más modernas, de color rojo oscuro, pero se han equivocado de tamaño, son demasiado grandes y han perdido ocupación y servicios.

El lunes 27 de septiembre de 2010, Xavi Ayen entrevistaba en la Vanguardia de Barcelona a John Le Carré a propósito de su nueva novela, “Un traidor como los nuestros”, en ella el escritor británico cuenta que “los espías y los mafiosos comprenden cómo funciona el mundo realmente” y que, como comentario a uno de sus personajes, “somos muy vulnerables a la belleza, al charme. Nos resulta difícil resistir a eso y estamos todos atraídos por la gente guapa, les disculpamos sus defectos y les aguantamos humillaciones. Me fascina la manera en que los seductores se reconocen mutuamente”.

Mi amigo Ernesto, del que hablaba en el pasado post, también ha hecho cambios en su bufete, en este caso ha contratado a una nueva secretaria, es una trabajadora eficaz y una chica muy guapa. Según parece ahora los clientes aceptan de mejor manera los honorarios y las provisiones de fondos que les pide por su trabajo, no los discuten ni tratan de regatear como hacían antes. Ernesto es un pozo de anécdotas, una especie de sacerdote que confiesa sin dar la absolución, pero que intenta ofrecer, de manera honesta y absolutamente legal, algo mucho mejor, una sentencia judicial favorable.



viernes, 8 de junio de 2012

El Peletero/El factor humano


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El Factor humano.

“El símbolo del norte estaba enamorado del sur. Alvar Aalto, el más grande arquitecto escandinavo, pasó la vida añorando el Mediterráneo. “En la cabeza tengo siempre un viaje a Italia”, decía a menudo. Cuando emprendió el definitivo, su viuda lo enterró bajo un capitel jónico de mármol italiano: un homenaje paradójico para un artista moderno, y más aún para alguien que, al editar su obra completa, había eliminado cuidadosamente todos sus edificios clasicistas juveniles; pero un atributo adecuado para un temperamento apasionado que vivió en Helsinki soñando con Venecia. En cualquier caso, el sur de sus fantasías y sus viajes no era del todo el sur del clasicismo; cuando visitó España en 1951 sus colegas madrileños se sorprendían de su desinterés por el Museo del Prado, o de la forma ostentosa en que daba la espalda a El Escorial: sólo la construcción vernácula parecía interesarle. Y es que en el sur Aalto buscaba el ingenio popular en el uso de los materiales y la sabiduría anónima de los pueblos escarpados: el diseño refinado de los objetos cotidianos y la belleza exacta de los paisajes construidos por la necesidad, el tiempo y el azar. (...)”

(“Alvar Aalto, el Factor Humano”, Luís Fernández-Galiano. El País – Babelia, 31 de enero de 1.998)

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El otro día hablaba del Sur, de Víctor Erice y de ensoñaciones infantiles hechas realidad. Hoy, mi querido amigo Ernesto, abogado, me ha contado una bonita circunstancia de uno de sus maestros, abogado también como él y fundador del Gremio de Peleteros de Catalunya, el que redactó sus primeros estatutos y fue su secretario durante muchas décadas. Ocurrió hace unos meses cuando lo visitó poco antes de morir con 96 años. Dice que la conversación fue una despedida entre dos antiguos compañeros, alumno y profesor.

Pero las personas, a veces, también desconocen las intimidades que visten por dentro y por fuera a sus viejos amigos, los tratan durante años, conocen a sus familias, trabajan juntos y se ayudan y se dan consejos de buena fe siempre que son necesarios, pero el fondo del caldero permanece escondido, allí, pegado al metal, hay los restos quemados de todos los pucheros que se han ido cocinando a lo largo de una vida, son los cajones que guardan también pétalos marchitos de algún ramo que nadie recuerda ya.

Ernesto, al ir a visitarle, se extrañó al ver en su casa muchas esculturas de bustos femeninos colocadas en todos los rincones posibles e imaginables, desconocía que poseyera una colección tan extensa o que fuera aficionado a la escultura o al arte en general, siempre habían hablado de cuestiones profesionales, gremiales o de política, nunca de sí. Le explicó que las había esculpido él mismo, que de joven quería ser escultor, pero que no tuvo la fuerza para oponerse a la opinión de su padre que también era un abogado, que había ido esculpiendo alguna en sus tiempos libres, cuando trabajaba, pero que la inmensa mayoría estaban realizadas después de jubilarse a los 85 años. En esos once últimos años de su vida, decía, había podido realizar su sueño que había nacido de pequeño al ver las obras de Josep Llimona que su mismo padre le enseñaba con devoción.

Dicen algunos que lo peor de los sueños, de los deseos profundos, es que se conviertan en realidad, pero no es cierto porque eso solamente lo argumentan los que no han tenido la gracia de ver realizadas sus ensoñaciones infantiles.

Todos los verdaderos ensueños nacen en la niñez, el resto son antojos, caprichos o ambiciones y codicias más o menos confesables, todos tenemos más de una. Una de las mías es mi prima Mari Pili.

Pero antes de hablar de ella contaré un encuentro de ayer mismo producido al ir a atravesar un semáforo de la calle Sepúlveda y encontrarme, después de mucho tiempo, de frente con Isabel, una antigua conocida, bancaria y cajera de uno de los más importantes bancos del país, una mujer muy simpática y eficiente de menos de 60 años. Me alegré mucho de verla y nos saludamos muy efusivamente. Estaba exultante de satisfacción, su rostro irradiaba felicidad y emoción porque la habían prejubilado. La felicité por ello y le pregunté qué haría con todo el tiempo libre que ahora tendría a su disposición, me respondió con una sonrisa de oreja a oreja que nada, que no pensaba hacer nada, disfrutar de la vida, dijo.

¿Cómo se disfruta de la vida?

Mi prima Mari Pili no existe, es un invento, una fantasía masculina en la que me recreo, me complace pensar en ella como si fuera un ideal femenino de carne y hueso. Imagino que es una mujer alta que cuando no es morena es una castaña clara o una rubia oscura según como se la mire o vaya la luz del día por el firmamento. Tranquila, elegante y lánguida, habla en voz baja y tiene una mirada triste, de ojos oscuros, marrones y verdes como el queso de cabra que se come con pasas dulces y aceitunas amargas.

Sin embargo, a pesar de su inexistencia y de sólo vivir entre mis papeles me ha llamado, sorprendentemente, hace un par de días para decirme que acaba de estrenar casa, que ha pintado cada pared con un tono diferente de blanco, que es como ella distingue la gama cromática que va del infrarrojo al ultravioleta. Yo le digo socarronamente que es una mujer nihilista, pero la realidad es que sufre de un raro daltonismo albino y neblinoso que le permite combinar, con una especial destreza y maestría, los colores del arco de San Martín.

Ha convertido también todo el piso de arriba en un gran estudio salón con una enorme y magnífica mesa de madera clara para ella sola, tan grande que se podrían sentar a cenar, si estuvieran invitados, los doce apóstoles con Jesús en el centro bendiciendo la comida; dice que le gusta desplegar sus muchos libros abiertos mientras lee varios al mismo tiempo.

Es su nuevo hogar, su casita del árbol en la que se siente segura y dueña de sí misma.

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“Encarnación, la primita de Aurora, desde la altura en que yo estaba, parecía uno de esos chicos que en Navidad devoran caña de azúcar y que no paran hasta que han sorbido todo el jugo del tropical canuto”, se dice en “El delantero centro de Pili”, firmada con el seudónimo de Alonso Santillana”

(Erotismo Años Veinte, R. B., El País – Babelia, 9 de enero de 1999)

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Yo, en cambio, ya no me siento seguro de nada, ni dentro de mi cama ni fuera de ella, ni tampoco en una cualquiera de las otras cuatro que poseo y que pronto tiraré al basurero. Dormir en el suelo es bueno para el esqueleto, aconsejan los médicos, pero la tierra, quieras que no, es dura y te daña los riñones sin demasiados miramientos.

Yo ya soy de por sí, debo reconocerlo, un viejo cascarrabias hipocondríaco, un descreído vehemente y un tonto sabelotodo exhibicionista que no sabe, sin embargo, cómo se disfruta de la vida, y que detesta hacer el ridículo o perder el tiempo en conversaciones de párvulos. Hipócrita y cínico prefiero las viejas formas que aconsejaban no saber nada de los demás para que no supieran nada de uno. Esa es una norma que trato de seguir a rajatabla, pero que, desgraciadamente, incumplo cada dos por tres.

Protegido debajo de una sombra platanera rumio y reflexiono como un filósofo barato, sentimental y simple y pienso en mis padres ya fallecidos, en lo mucho que los quiero todavía, en mi hermano que es mi media vida y en mi novia, ella sí que es de carne y hueso y no es ninguna fantasía, es todo lo contrario, una realidad hermosa y poderosa como una higuera, como aquella que había en casa de mi padre y que daba las más sabrosas “figues de coll de dama”.

El día es largo, pero nunca me cunde, no coinciden las 24 horas con el esfuerzo de llegar a la noche. Trabajo duro, camino muy poco, recuerdo mis mares y mis océanos y me acuesto tarde porque no tengo sueño. A veces pienso que no hay nada que soporte el gorro que cubre mi pobre cabeza calva.

Miro al cielo y me doy cuenta que no hay techo sin soporte fuera del humo que nace del fuego. Y también, y por qué no, en que hay mil tamaños en las alas de un sombrero y más maneras todavía de plegarlas para darles formas nuevas que en el fondo siempre serán las mismas, viejas y antiguas, braquicéfalas y dolicocéfalas, todas ellas cráneos extraviados de frentes rectas que sostienen, como columnas dóricas, la bóveda celeste, puro azar, encaje de bolillos, un castillo de naipes, la mejor arquitectura para emigrantes.

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P. ¿Cómo se consiguen formas nuevas?

R. Las nuevas estructuras, que terminarán con la idea moderna de hacer los edificios con una malla de pilares, de enjaularlos, provendrán de la biología. Me interesa lo que llega a convertirse en una forma libre.

P. ¿Qué es para usted una forma libre?

R. No se trata de construir un volumen enloquecido sustentado por un bosque de pilares que dificultan la circulación en su interior. Se trata de hacer desaparecer los pilares, de crear otro tipo de soportes a partir de la estructura de los edificios. Ante el Guggenheim de Gehry lo que me pregunto es ¿cómo se sostiene este edificio? Y lo que para mí define las obras maestras es precisamente ese hecho: que se sostengan con facilidad, que el soporte no se perciba, que la propia forma del edificio sea también su soporte.

(Cecil Balmond, “La estructura define la arquitectura”. Entrevista realizada por Anatxu Zabalbeascoa. El País – Babelia, 9 de enero de 1999)





lunes, 4 de junio de 2012

El Peletero/"Hay mucha belleza en el mundo y pocos ojos para contemplarla".


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“Hay mucha belleza en el mundo y pocos ojos para contemplarla”.


“Nubes de silencio cubren los cielos occidentales. Es un silencio denso con rayos que cruzan el firmamento pero sin truenos que resuenen. La tormenta avanza sobre todo un sistema de prosperidad y de burbujas. El granizo arruina las cosechas y el agua arrastra todo lo que encuentra a su paso.

Millones de europeos y americanos no se lo explican. Han perdido buena parte de sus ahorros. Hace un año y medio el que no invertía en bolsa era un desplazado social que no conocía las ventajas de la modernidad. Se podía ganar dinero, mucho dinero, simplemente invirtiendo dinero en un buen fondo de inversión.

(...)

El dinero se podía multiplicar sin esfuerzo alguno, solamente siguiendo las instrucciones de los expertos en el mercado bursátil.

Y aquí estamos, una semana más, al vaivén de los antojos de la bolsa, que pueden amargar el otoño a millones de ciudadanos. El silencio de los inversores es estremecedor. Nadie dice nada. Simplemente, se espera un golpe de fortuna que cambie el signo de los gráficos y los empuje de nuevo hacia arriba. Pero no llega.

(...)

La caída libre se va a detener en algún momento. Pero el fin de la aventura no tiene fecha. Estoy seguro de que todo volverá a ser como siempre, es decir, la economía deberá basarse en el esfuerzo, en la producción y en las leyes de la oferta y la demanda discretamente observadas. Sin milagros y sin fantasías.”

(“El silencio de los inversores”, Lluís Foix, La Vanguardia de Barcelona, 11 de septiembre de 2001, horas antes del atentado terrorista contra las torres gemelas de N.Y.)

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Soy un empedernido lector de prensa, no puedo empezar el día sin saber qué sucede en el mundo, pero ahora las circunstancias en las que se desenvuelve mi quehacer cotidiano me han ofrecido un placer insospechado, la lectura de viejos recortes de periódicos que guardaba por alguna razón que ya no puedo recordar.

Pedro Nueno, uno de los mejores comentaristas de asuntos económicos, en el más amplio sentido de la palabra, de la Vanguardia de Barcelona, siempre dice que los jóvenes del mundo ya son iguales en sus gustos, costumbres y aspiraciones, que antes había diferencias, pero que ahora éstas han desaparecido para uniformarlos a todos, que sólo los viejos como él siguen apegados a viejos y localistas modos de desear y estar.

Algo de razón debe de tener al afirmar tal cosa, no en balde es el impulsor principal de la escuela de negocios CEIBS (China Europe International Bussines School) radicada en Shangai.

Como los pies de foto que ilustran, valga la expresión, la imagen, las citas también lo consiguen con los textos que escribimos. Y lo que no vale para un cosido sirve para un remiendo. En este sentido, y al hilo de lo que afirma Pedro Nueno, en la misma página de la Vanguardia del miércoles 25 de junio de 2008, la correspondiente a los obituarios, aparecen dos casos tan diferentes como similares.

Gerhard Meier (1917-2008), escritor suizo del que Isidre Ambrós dice:

“Su obra siempre se centró en las personas que le eran próximas y en hechos locales, a veces insignificantes, pero que él convertía en trascendentes. Su obra más conocida es la trilogía Baur y Bindschädler, consagrada a dos personajes de la Suiza de provincias.”

(...)

”Pero a este "cosmopolita de provincias", como le definió el crítico Beat Mazenauer, el éxito le llegó tarde. Arquitecto de formación, trabajó en una fábrica de lámparas durante treinta y ocho años, hasta la edad de 54 años. Una experiencia que Meier definió como "equivalente a una formación universitaria".

(...)

Su primera obra, una recopilación de poemas, vio la luz en 1964. Sin embargo, no fue hasta 1979, a la edad de 62 años, que obtuvo la recompensa, al compartir el premio Kafka con el escritor alemán Peter Handke.

El otro fallecido que acompaña al escritor suizo es también un escritor, en este caso egipcio, Albert Cossery (1913-2008), “La bohemia del Nilo”, titula Nina Tramullas su obituario en el que nos cuenta:

“En 60 años sólo escribió ocho novelas. Albert Cossery supo aplicar la filosofía de vida que asociaba a su infancia en Egipto –la pereza, la contemplación y la meditación- con la bohemia y la excitación del París de posguerra. Sus ocho obras las escribió en francés, a pesar de que "pienso en árabe" porque "incluso cuando un personaje dice "buenos días" no es un "buenos días" a la europea, que no significa nada". Nacido en El Cairo pero establecido desde su adolescencia en París, murió el pasado domingo a los 92 años. De madre analfabeta y padre rentista, se trasladó a la ciudad de las luces inspirado por la lectura de Honoré de Balzac.”

(...)

“Desde 1945 se alojaba en un modesto hotel del barrio parisino de Saint Germain, el hotel de La Louisiane. Vivió más de sesenta años en la misma habitación, donde sólo tenía un frigorífico y una televisión. No guardaba objetos de valor. Decía que "para dar testimonio de mi paso por la tierra no necesito tener un buen coche". Su aversión al materialismo y la rebeldía que desprendía llevaron a que algunos lo consideraran como el último anarquista genuino, no sólo por la provocación a la ideología del momento, sino también por su estilo literario libre de ataduras académicas. A este perfil se le añade también la profundidad e importancia de sus relaciones humanas y con la sociedad. "Hay mucha belleza en el mundo y pocos ojos para contemplarla", dijo en una ocasión.”

Siempre me han gustado las personas que no tienen casa y viven en hoteles, no pierden el tiempo con tonterías.

En “La luz del fin del mundo”, que escribí el jueves pasado, aparecía la ciudad de Ginebra y un judío soltero, viejo y obsesivo, que conservaba, en el recibidor de su casa de Ginebra, unas maletas polvorientas que tal vez contenían las joyas de su madre que él, en un momento de fatal emoción y sobredosis sentimental, regaló a una mujer que tal vez no las merecía. Las guardaba sin abrir como si fueran el experimento del gato de Schrödinger en el que el animal está vivo y muerto al mismo tiempo mientras nadie abra la caja en la que se halla.

Ginebra fue la patria de Calvino y Stefan Zweig nos legó su guerra contra Servet y Castellio, “Castellio contra Calvino”. Es un libro conmovedor y a la vez veraz y certero en sus intenciones: diferenciar los hechos de las doctrinas que siempre terminan siendo excusas para el asesinato. En esa guerra, terriblemente cruenta y despiadada, también se encontraba luchando en primera línea el escritor austríaco que no pudo superar el esfuerzo ni las heridas que le causó la contienda. Todos sabemos que se suicidó con su esposa en Brasil en la habitación del hotel que ocupaban. 

Un mundo de ayer, como él mismo tituló una de sus más famosas obras, una Europa que ya no existe, y que yo dudo que existiera alguna vez, un hombre de familia judía, malherido y un paisaje brasileño deslumbrante de belleza, pobreza, calor y humedad.

Pere, mi padre, viajó por primera vez a N.Y. durante la segunda mitad de los años 70 del pasado siglo, y, aparte de ser víctima de un error burocrático del consulado norteamericano de Barcelona con su visado que casi lo lleva a las celdas de una comisaría de Manhattan, pudo contemplar la construcción de sus famosas torres gemelas, el World Trade Center.

El otro día, curiosamente, le vendí un pañuelo a una chica de la ciudad americana, se sorprendió al ver en una esquina y sobre un caballete de pintor una fotografía de una de las azoteas de las torres que tomó Albert a primeros de los ochenta, la vista que desde ella se contemplaba al atardecer era digna de la mejor águila.

Un verano, circulando por una de las autopistas suizas, lloviendo a cántaros en pleno mes de agosto, se nos rompió el limpiaparabrisas de nuestro viejo Seat. No podíamos seguir, el cristal se empapaba de agua y no nos dejaba ver ni un palmo de la carretera. Pero nos acordamos de una solución de emergencia que habíamos visto en televisión cuando solamente había un canal en blanco y negro, que nos permitió, para sorpresa de los que se cruzaban con nosotros, llegar sanos y salvos a las estribaciones de la Jungfrau, “doncella” en alemán, y tomar el teleférico hasta su cumbre.

La vista, desde su cima totalmente nevada, era impresionante y el restaurante muy caro. La falta de oxígeno no nos provocó alucinaciones ni desmayos ni vimos tampoco aviones sobrevolar aquel cielo deslumbrante, pero Albert fotografió algunos cuervos que revoloteaban por allí buscando algo.

En algún cajón de casa guardamos un par de fotografías en las que se ve las torres a medio construir.

Ahora estoy ordenando esos cajones como si abriera las maletas de Julien, y desde cartillas de racionamiento de la posguerra, pasando por el acta de matrimonio de mis padres, encuentro viejos planos de casa en cuyo balcón jugábamos con las hojas de los plataneros en primavera.

Un paraíso en forma de árbol barcelonés llenaba la casa. El verde de sus hojas expuestas al sol de mayo y junio, el mismo que ahora veo mientras escribo, es el más hermoso y reluciente de todos con sus gotas de amarillo y el gris de su sombra que cubre sin oscurecer.



jueves, 31 de mayo de 2012

El Peletero/La luz del fin del mundo

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La luz del fin del mundo.

(…) En el caso de que Sarajevo siga existiendo, lo que no parece seguro, porque lo abandonan los judíos, los últimos setecientos que quedan de la gran comunidad.

Los judíos pueden marchar. Deben marchar, para que su comunidad pueda sobrevivir. Lo único y más precioso que todavía les quedaba en la ciudad, el antiguo cementerio con sus magníficos mausoleos y piedras sepulcrales, se ha convertido en el blanco principal de los tiroteos serbios.

Pero ¿qué será de Sarajevo si lo abandonan los judíos? Si los judíos, junto con los musulmanes, los croatas y los serbios formaban la carne y huesos de Sarajevo. Una noche, en Jerusalén, alguien me dijo que Sarajevo y Jerusalén son las únicas ciudades del mundo donde viven en armonía los adeptos de cuatro religiones importantes.

Los judíos ahora intentan sinceramente pagar a los musulmanes lo que estos hicieron por ellos hace quinientos años cuando salvaron las vidas de aquellas muchedumbres expulsadas de España. Los judíos no quieren huir solos, les gustaría que les acompañaran todos sus amigos que están en peligro. Pero los “humanistas” internacionales no les dejan llevarse a nadie. Siempre la misma canción: ¿qué pasaría si todo el mundo marchara?

Estoy seguro que nuestros judíos regresarán algún día, pero su éxodo actual significa que el plan de Karadzic: matar o expulsar a los que pertenecen a otras etnias o creencias. Llegarán a cumplirse las palabras que el monstruosos Cosic dijo en su día al monstruoso Karadzic: “Adelante hasta que lo imposible se haga posible”.

(“Los judios se van de Sarajevo”, Zlatko Dizdarevic, La Vanguardia de Barcelona, martes 19 de septiembre de 1995)


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En una ocasión, una amiga me contó que un antiguo y ya anciano amante suyo ginebrino, un judío sefardí soltero, se había enamorado, hace de ello ya 40 años, de una austríaca de Steiermark de familia manifiestamente antisemita y nazi. La vida tiene cosas sorprendentes como ésa.

Según parece, su viejo amante, llamado Julien, tiene la mala costumbre de escribir novelas plomizas que no publica y que intenta leérselas a sus sacrificados amigos por teléfono que se duermen irremediablemente, aburridos y fastidiados, colgados del auricular.

Siempre cuenta la misma historia en un francés alambicado y demasiado culto que ningún joven de ahora entendería: es el cuento, repetido mil veces, de su viejo amor austríaco que lo abandonó un día lejano, enviándole por transportista dos maletas con las cosas de él que había en su casa de Viena.

De eso ya hace muchos años, sucedió en su madurez, pero las maletas todavía están por abrir en el recibidor de la casa de Julien en Ginebra, así que no sabe si en ellas se encuentran sus pertenencias, calcetines, camisas y calzoncillos, o también hay las joyas de su madre que él le regaló, amorosa y desinteresadamente, a la austríaca. No lo podrá averiguar hasta que no las abra, pero dice que no piensa hacerlo mientras viva, así que los sufridos amigos, que ahora escuchan sus novelas por teléfono, deberán, cuando fallezca, vaciar la casa y entregar sus magras posesiones a instituciones benéficas, y al hacerlo se encontrarán, al tener que abrir las maletas, con un tesoro digno de If, o bien con la amarillenta ropa interior de un hombre, vieja, descolorida y con las gomas y los elásticos de los calzoncillos cedidos.

Sin embargo, también me ha contado mi amiga, que Julien conservó la mejor y la más preciada de esas joyas de su madre, un bello collar de zafiros deslumbrantes de luz, para regalárselo a ella misma, a mi amiga. Lo chocante es que tuvo que hacerlo en presencia de su marido –en una visita que ambos hicieron a Ginebra- que no estaba, naturalmente, al corriente de la relación erótica y extraconyugal de su esposa con aquel hombre refinado y apocado que tenía delante de sus narices y que le hablaba en un francés raro.

Dice mi amiga que Julien llamó aparte a su esposo, un individuo alto, fornido y deportista, para explicarle el propósito de ofrecerle a su mujer tan hermoso recuerdo y presente y que por ello no quería que se sintiera ofendido ni que mal pensara de ambos pues solamente lo hacía por la entrañable amistad que unía a los dos, nada más. El marido, al escucharle, se quedó algo aturdido y sorprendido por la declaración y el regalo tan valioso que le hacían a su esposa, él nunca le había reglado nada tan caro, se sintió celoso y descolocado, pero la sinceridad de Julien lo desarmó llegando a creer solamente lo que de sí mismo y de su mujer le explicaba aquel hombre pequeño, delgado, tímido y poca cosa. Todo era verdad, pero no era ni toda la verdad ni exactamente la verdad aunque nada era mentira.

Mi amiga es una maestra en el arte de la ironía, ella es también una ferviente partidaria, como yo, de no creer nada de lo que le cuentan y solamente la mitad de lo que ve. Es bueno conservar el humor como ella hace porque la vida no nos ofrece demasiados momentos para cultivarlo.

No obstante, es necesario afirmar también que aunque ésta parezca una historia cómica, graciosa, de enredo conyugal o erótico, el típico cornudo engañado por su esposa con el hombre del que menos podía sospechar, no lo es, toda ella es triste y la ironía de mi amiga en realidad esconde, al mismo tiempo que muestra, un miedo, una salvaguarda, un escudo protector frente a la inocencia perdida, el mundo y sus vicisitudes que no albergan piedad alguna ni ofrecen ventajas a sus pobres actores que interpretan papeles que no les gustan, pero que, sin ser muy conscientes de ello, han elegido por si solos.

La austríaca se llamaba Eva, pero ignoro el nombre de la madre de Julien que según me contó mi amiga era una mujer extraordinaria, culta, inteligente, con personalidad, que hablaba más de diez idiomas, como la mayoría de judíos, y entre ellos un hermoso castellano medieval, que siempre le fue fiel a su esposo incluso después de enviudar, y que, desgraciadamente, murió de cáncer en Barcelona cuando Julien era todavía un joven que acaba de terminar sus estudios de Derecho. Mi amiga la admiraba y quizá pensó después, al seducir a su hijo, que ella también poseía sus virtudes.

La historia tiene, sin duda, corolarios que aún ignoro, pero que procuraré averiguar más pronto que tarde porque ya no me queda mucho tiempo, antes de irme he de hacer mis propias maletas y aparte de llenarlas de calcetines agujereados y calzoncillos sin glamour, he de meter en ella toda mi cabeza, mi ciudad con sus habitantes y árboles incluidos, tanto los vivos como los fallecidos porque para mi no hay diferencia ninguna entre los unos y los otros. Tengo la sensación de parecerme a Julien y estar escribiendo siempre la misma historia, la de una aventura que todavía no ha terminado y que me obsesiona porque sin ella no puedo seguir viviendo.


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“El faro del fin del mundo”, una torre que en 1971 se construyó en medio del cabo de Creus para filmar la película “La luz del fin del mundo”, será definitivamente demolido, casi cinco lustros después de que este agreste paisaje fuera elegido como escenario natural para el rodaje del film. La película, inspirada en un relato de Julio Verne, estaba protagonizada por Kirk Douglas, Yul Brinner y Samantha Edgard, y en ella también intervino Fernando Rey.

(...)

Los responsables municipales señalan que la torre, situada en la zona de reserva integral del futuro parque natural del cabo de Creus, causa un gran impacto visual en el medio, a la vez que confunde a los turistas que visitan la zona, muchos de los cuales creen que se trata del antiguo faro. Representantes del Ayuntamiento de Cadaqués se reúnen hoy con miembros del Puerto de Barcelona para solicitar que ese organismo retire también de la zona de cabo de Creus una antigua sirena de señales.”

(Antoni F. Sandoval, La Vanguardia de Barcelona, martes 19 de septiembre de 1995)



lunes, 28 de mayo de 2012

El Peletero/Las Antillas como encrucijada


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Las Antillas como encrucijada.

Albert vive en un barrio en el que ya casi no quedan madrileños de origen o de adopción, de vez en cuando solamente se encuentra con algún anciano castizo, o parado de larga duración que ha quedado varado en esas extrañas playas caribeñas en las que se han convertido buena parte de nuestras calles.

A mi barrio barcelonés le ocurre algo muy parecido, quizá con un poco más de cosmopolitismo al añadirse pakistaníes y filipinos y algún que otro marroquí y bastantes bengalíes.

El tiempo es asesino, mis vecinos ancianos se me mueren todos, poquito a poco, y mi casa se llena de fantasmas y, curiosamente, de jovencitas Erasmus angelicales que no miran a la cara, o no saben o nadie les ha enseñado todavía.

Durante el día, mi calle se puebla también de otra clase de jóvenes estudiantes, son diferentes a los de antes, agarran el lápiz como si en vez de manos tuvieran garras o muñones y en lugar de escribir hicieran una mayonesa. Cerca hay dos escuelas de Formación Profesional y una más especializada únicamente en la mecánica del automóvil; en la que se encuentra en la misma acera de mi casa, l’Institut Lluisa Cura, estudió mi madre en tiempos de la República.

Uno de los primeros libros de pintura que Albert se compró fue un ejemplar de la famosa “Pinacoteca de los genios” dedicado a Gauguin, y sobre él hice yo también mi primer trabajo en la escuela. Ya sé que los Mares del Sur no son el Caribe, pero en algo se parecen, en esa especie de sucedáneo real del Paraíso que aspiran a ser o que en ellos queremos ver los sentimentales. Hace un tiempo tuve una novia que era más polinesia que caribeña y de pequeñito me enamoré de Tarita Teriipia, la que fue esposa de Marlon Brando, y a ella, una ensoñación infantil que más tarde se hizo realidad, le dediqué un post.

También recuerdo una extraordinaria y antológica entrevista con Víctor Erice hablando de su fallida película en dos partes, “El Sur”.

Albert se lo encontró no hace mucho en el metro de Madrid, se le acercó y le pregunto si era Víctor Erice, le respondió que no, que solamente se le parecía, pero Albert, de todas formas, le felicitó por su obra, Víctor, o su doble, le correspondió con una sonrisa y se apeó en la siguiente parada como si huyera de algo.

Al final de la entrevista Víctor Erice leía:

“Hay en el mundo unas islas que ejercen sobre los viajeros una irresistible y misteriosa fascinación. Pocos son los hombres que las abandonan después de haberlas conocido; la mayoría dejan que sus cabellos se vuelvan blancos en los mismos lugares donde desembarcaron; hasta el día de su muerte, a la sombra de las palmeras, bajo los vientos alisios, algunos acarician el sueño de un regreso al país natal que jamás cumplirán. Esas islas son las Islas del Sur. Cuentan que en ellas estuvo en tiempos el Paraíso.”

(L. Stevenson, "Islas del Sur”)

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 Los extractos que publico a continuación son de un artículo que escribió Milan Kundera el año 1991 a propósito de las Antillas, la política y la literatura martiniquesa. El texto es, verdaderamente, como él lo titula: un bello encuentro múltiple, por lo que cuenta y por la manera de contarlo.

Me gusta especialmente el párrafo referido a la amistad, me recuerda a Albert Camus y su aprensión por las excusas, coartadas y exculpaciones ideológicas que pretenden establecer nuevas fidelidades que nunca son honestas y siempre artificiales. En este sentido la promiscuidad sexual, que Kundera apunta de René Despestre, es un dilema moral permanentemente abierto y es curiosa, al mismo tiempo que verdadera, esa consideración del vicio como inocencia. Siguiendo su hilo podríamos llegar a decir que la esencia del mal no se encuentra en su famosa banalidad, sino en la trampa y en el pozo de la inocencia, quizá la peor de todas las perversiones excepto para los rusonianos que creen que el buen salvaje es mejor que nosotros.

Mi novia siempre me recuerda que el verdadero mérito se encuentra en la palabra “no”, en decir no, en usar de nuevo un verbo reflexivo casi olvidado y que un día nos recordaba Antoni Puigverd en uno de sus magníficos artículos de la Vanguardia: abstenerse.

Me gusta mucho la expresión catalana, la que usamos los catalano hablantes: estar-se’n, de muy difícil traducción castellana al aparecer en ella un pronombre débil y ser una mezcla entre privarse y abstenerse.

Pero los nuestros son unos tiempos que no enseñan la abstención, ni aconsejan privarse de nada. Fuera del acto de votar en las urnas, siempre nos decimos a nosotros mismos que debemos aprovechar todo aquello que cae en nuestras manos, no perder ninguna oportunidad.

Durante un tiempo, una niña dominicana, Meiri, me recibía, al llegar a casa, corriendo hacia mí con los brazos abiertos como si fuera su padre. No era mi hija, lo era de Guillermina, una dominicana bajita y rechoncha que siempre lucía desvergonzada su mejor escote. La madre de Guillermina, Glenny, me aconsejaba que no me enamorara, que enamorarse es lo peor que le puede suceder a una persona, decía con una sonrisa inteligente, sabia y experta. Los sábados venía Marta, la hermanastra de Guillermina y la hija mayor de Glenny, y las dos se encerraban en uno de los baños para peinarse y alisarse su cabello rizado mientras yo las contemplaba con Meiri en mis brazos.
 
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Bello como un encuentro múltiple.

En 1941, cuando parte hacia la emigración americana, André Breton se detiene en la Martinica; la Administración de Vichy le encierra durante unos días; luego, liberado, paseando por Fort-de-France descubre en una mercería una pequeña  revista local, “Tropiques”, queda deslumbrado: en aquel siniestro momento de su vida la revista se le aparece como la luz de la poesía y el valor.


La obra de Arte como cruce de caminos

Una obra de arte es una encrucijada; el número de encuentros que en ella se producen está a mi entender, en estrecha relación con el valor de la obra. Me apetece decir lo mismo con respecto a las personas. Pienso en Césaire: es el gran fundador: fundador de la política martiniquesa que, antes de él, no existía. Pero es al mismo tiempo el fundador de la literatura martiniquesa; su “Cahier d’un retour au pays natal” (poema absolutamente original que no sabría comparar con nada, “el mayor monumento lírico de nuestro tiempo”, según Breton) es tan fundamental para la Martinica (sin duda para todas las Antillas) como “Pan Tadeusz” de Mickiewitz para los polacos o la poesía de Petöfi para los húngaros. Dicho de otro modo, Césaire es doblemente fundador; dos fundaciones (política y literaria) se dan en su persona.


Encuentro de un paraguas en perpetua erección y una máquina de coser uniformes.

Depestre. Leo un volumen de 1981 con sus relatos escogidos que lleva el título sintomático de “Alleluia por une femme-jardin”. Erotismo de Despestre: todas las mujeres rebosan tal sexualidad que incluso los postes indicadores se giran a su paso muy excitados. Y los hombres son tan concupiscentes que están dispuestos a hacer el amor durante una conferencia científica, durante una intervención quirúrgica, en un cohete cósmico, sobre un trapecio. Y todo por puro placer; no hay problemas psicológicos, morales, existenciales, se está en un universo donde vicio e inocencia son una sola y única cosa. Semejante embriaguez lírica suele aburrirme; si alguien me hubiera hablado de los libros de Depestre antes de haberlos leído no los habría abierto.

Afortunadamente los leí sin saber lo que iba a leer y me pasó lo mejor que a un lector puede sucederle: me gustó lo que por convicción (o por naturaleza), no debería gustarme. (...)

Depestre y el mundo comunista: el encuentro de un paraguas en perpetua erección y una máquina de coser uniformes y sudarios. Cuenta sus historias amorosas: con una chica que, a causa de una noche de amor, es desterrada durante nueve años a una leprosería del Turquestán; con una yugoeslava que estuvo a punto de ser rapada como lo eran, en aquella época, todas las yugoeslavas convictas de haberse acostado con un extranjero. Leo esos pocos relatos y, de golpe, todo nuestro siglo me parece extrañamente irreal, improbable, como si fuera sólo la negra fantasía de un poeta.


Amistad.

Conocido es el odio del Partido Comunista hacia Breton –el traidor-; conocido es el odio que oponía en los años treinta a los surrealistas que permanecían fieles a Breton a los vinculados con el Partido Comunista. Césaire estuvo en el partido hasta 1956. Eso no modificó su amistad por Breton. Acabo de saber que el partido que fundó en 1958 (el Partido Progresista Martiniqués) tiene como emblema la flor de la caña de Indias. ¿La caña de Indias? ¡Claro, era la flor preferida de Breton!

En su texto sobre Césaire (“Le gran poète noire”) de 1942 habla de la gran flor enigmática de la caña de Indias que es un triple corazón palpitando en el extremo de una lanza”; la describe “bella como la circulación de la sangre desde lo más bajo hasta lo más alto de las especies”, y quiere llevarla simbólicamente consigo.

(...)

En nuestro siglo hemos sabido traicionar fácilmente a los amigos en nombre de lo que se denominan convicciones. E incluso con la altivez de una rectitud moral. Es preciso en efecto cierta sabiduría para comprender que la opinión que defendemos no es sino nuestra hipótesis preferida, necesariamente imperfecta, probablemente transitoria, que sólo los muy cegatos pueden hacer pasar por certidumbre o verdad. Contrariamente a la vanidosa fidelidad a una convicción, la fidelidad a un amigo es una virtud, tal vez la única, la última.

(Las Antillas como encrucijada, Milan Kundera. La Vanguardia de Barcelona, 22 de octubre de 1991)





jueves, 24 de mayo de 2012

El Peletero/La alta velocidad


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La alta velocidad.

"Con el antecedente japonés entre Tokio y Osaka, los trenes de alta velocidad llegaron a Europa durante la década pasada gracias a una apuesta clara de Francia que disfruta en estos momentos de la mayor red mundial de este tipo de infraestructuras. Pero el elevado coste de su instalación, al exigir nuevas construcciones, se ha convertido en un importante freno para su desarrollo, sobre todo en momentos de restricciones presupuestarias como los actuales. Las exigencias de Maastrich respecto al déficit público en los países miembros de la UE están condicionando claramente su futuro en Europa. Pero los aplazamientos sine die o las anulaciones afectan también a proyectos en otros continentes, que en algunos casos están siendo sustituidos por trenes con tecnología pendular, con la que pueden alcanzarse velocidades medias superiores a 200 kilómetros por hora remodelando las instalaciones convencionales. (...)"

(“Freno a los proyectos de alta velocidad”, El País, 5 de mayo de 1996)


Siempre he pensado que la velocidad no tiene nada que ver con el tocino y que nadie podría confundir nunca mi tienda con una charcutería, pero el otro día, mientras barría la entrada como cada mañana, un hombre, que ya llevaba unos cuantos minutos observándome desde la otra acera, se me acercó, después de cruzar la calle, para preguntarme si vendía papel para envolver jamones.

A unos cien metros tengo como vecinos dos tiendas de artículos eróticos finos, son unos comercios pensados, dicen, para mujeres modernas y desinhibidas, y, a un par de calles más allá, un sexshop convencional para hombres supuestamente convencionales también. Todos ellos tienen un surtido amplio para el gusto más exigente y rebuscado, pero ninguno ofrece papel para envolver jamones.

Muy cerca hay dos casas de masajes, una heterosexual y otra gay. En frente, a diez metros escasos, un bar donde bailan muchachos en calzoncillos alrededor de una barra. Y a mi derecha, a unos treinta, se encuentra otro bar de chicos que tiene su correspondiente cuarto oscuro. Y a mi izquierda otro sexshop de artículos de cuero y látex para homosexuales con unos escaparates explícitos y muy evidentes y con una propaganda abundante sobre las diferentes variantes de sexo para hombres que buscan hombres.

En estos últimos años me han preguntado de todo, incluso lo más inverosímil; han querido saber direcciones y han pedido información y detalles de servicios que desconozco, pero que imagino, cualquier cosa posible e imposible también, aunque nunca me habían preguntado si vendía papel para envolver jamones.

No hace mucho, yo mismo confeccionaba artículos de cuero para otro sexshop gay que había a la vuelta de la esquina, arneses, calzoncillos con cremallera, chalecos, pantaloncitos cortos y chaps, esa especie de pantalones abiertos por delante y por detrás igual que vaqueros en un western. A mi cliente le ofrecía varias calidades de pieles españolas, castellanas, las mejores del mundo, las más finas, elásticas y turgentes, con variados detalles, flecos, remaches o ribetes en el centro de la pernera de diferentes colores y formas.

En bastantes casos debía de tomar medidas cuando los muchachos estaban un poco subidos de peso o eran muy altos o bajitos, o tenían algún problema muy específico o enfermedad grave, parálisis o colostomía que había que disimular modificando el patrón. Los viernes por la noche organizaban fiestas de promoción en los que trataban de vender los productos expuestos mientras dejaban que los clientes retozaran en grupo. El lunes me pasaban los pedidos, a veces había solicitudes extrañas, pero nunca nadie me pidió papel para envolver jamones.

Era un sexhop catalán que llevaba una pareja de chicos muy agradable y simpática que vendía también por Internet, desgraciadamente se arruinaron porque no pudieron competir con las multinacionales del sector, fuertes y poderosas.

Por suerte me guardé unos de esos calzoncillos de cuero negro con una cremallera en el centro, a mi novia le gusta que lo use cuando le doy masajes que invariablemente terminan con un final feliz.

Sabe abrir la cremallera despacio y con el cuidado necesario, es un detalle importante que ha hecho que me enamore de ella más todavía.

lunes, 21 de mayo de 2012

El Peletero/Jueces, políticos y financieros


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Jueces, políticos y financieros.

El otro día, al despertar, no supe reconocer la cama en la que dormía. Primero pensé que me hallaba en una, pero luego descubrí que me encontraba en otra. Me sucede a menudo y me preocupa, si confundo las camas puede que también confunda a las personas.

Desconcertado me puse a pensar mientras la luz del día llenaba la habitación.

Recordé que la semana pasada había vendido mi pequeña y querida colección de Playboys en el mercado de Sant Antoni, me pagaron un euro por revista, tenía más de 30, casi cuarenta, bien escogidas y seleccionadas después de largos años de ser un ferviente admirador de sus modelos eróticas. En cambio, por una de sus rivales, de la que también era muy adepto y devoto, el Penthose, no daban ni un triste céntimo, es curioso, ¿no? Albert y yo se lo comentábamos el otro día al hermano de mi novia, le decía en diferentes mails:

L’altre dia ens varem vendre, al Mercat de Sant Antoni, els Playboy per 1 euro, en canvi, dels Penthouse no en volen saber res tot i que les noies que surten són també molt mones, estan estupendes i ho tenen tot molt ben posat i al seu lloc. Al menys em va servir per donar-los una ullada i recordar altres temps.
 
Simple nostàlgia.

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El Penthose sempre va ser un secundari en relació al Playboy,  però les nenes no desmereixien gens ni mica, eren també força “interessants” en un sentit ampli, o molt restringit, del terme, segons cóm o què es miri.

El Playboy responia a un model molt americà, directe i més carnal, la il·luminació era uniforme i les noies contundents i planeres, que no planes, naturals, obertes, feien honor a la dita: “what you see is what you get”.

En canvi el Penthose era més subtil, tenia més glamour encara que les postures procuraven ser també més marranes i “peludes” en una molt encertada i estimulant combinació eròtica.

En fi, ja t’he dit, pura nostàlgia.

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I l’Albert afegia:

La bona era Playboy, l'americana sobretot, i la que va dels 40 als 60, i una mica els 70. Tot es comença a espatllar (al Playboy i a tot arreu) als 80, la tonteria i tot plegat. El Hermano Lobo, es clar que és un tresor. En Chumy Cumez el millor. Tinc a casa (a casa) un Triunfo amb un dibuix d'ell en el que es veu un pobre home al llit molt fotut, i al seu costat la mort amb la dalla que li diu; "cierra los ojos y abre la boca". Demà a la tarda o dissabte aniré a veure l'exposició sobre La Codorniz.”

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También hablamos de Hermano Lobo que tampoco quiere nadie ni regalados, ni La Codorniz ni los Destino ni los Triunfo. Todo cambia, lo que ayer valía hoy ya nadie le presta atención. Le pregunté a mi novia cómo se masturba ahora la gente si ya no usa revistas, y me respondió que lo hacen on line.

¿Todo cambia?

“Hubo un tiempo en que tanto jueces como financieros casi nunca eran noticia. Los unos se dedicaban a administrar justicia y los otros a los negocios. Sus destinos casi nunca se cruzaban. Pero ahora están de constante cortocircuito con la incorporación de políticos y periodistas. La mezcla está siendo explosiva hasta el punto de que cualquier noticiario o portada de diario no puede prescindir de ninguno de ellos. Y esto no es bueno para el normal funcionamiento de una sociedad que asiste pasmada ante cuanto ocurre. El litigio entre Javier de la Rosa y Manuel Prado se ha envuelto además, con un supuesto chantaje contra la figura del Rey. Y el juez García Castellón denuncia un artículo de prensa y teme ser objeto de extraños accidentes en su coche particular. El juez Garzón, por su parte, tiene que suspender las acciones sobre el Cesid después de ser admitido el conflicto presentado por el Ministerio de Defensa. El ciudadano se puede perder en este laberinto financiero-político-judicial. Ante tan complejo panorama sólo cabe que la acción de la justicia siga su curso, sin presiones de nadie y con la colaboración de todos. Tanto los supuestamente afectados, ya sean políticos, financieros o, si se da el caso, también periodistas. El país tiene que salir lo antes posible de esta inquietante y profunda pesadilla.”

(“Jueces, políticos y financieros”, Lluís Foix, La Vanguradia de Barcelona, 15 de noviembre de 1995)

Lluís Foix se equivoca porque lo largo de la historia los políticos y los financieros han sido, invariablemente, noticia, de la misma forma que los periodistas, tal vez con otros uniformes, de reyes o de bufones, de mandarines o de soldados. En las sociedades humanas sucede igual que en la naturaleza, los nichos ecológicos nunca se encuentran vacíos, sufren una extraña clase de horror vacui, igual que ellos, los nichos de poder siempre están ocupados por alguna especie, por brontosauros o por hipopótamos, por reptiles o por mamíferos, da igual, la función la ejerce alguien, haya ganado unas elecciones, pasado unas oposiciones a funcionario del Estado, haya constituido un cártel en Medellín, fundado una guerrilla o lo hayan castrado para convertirlo en eunuco del harén. 

Hoy será un día movido, lleno de sobresaltos en el que habré de tomar decisiones graves y trascendentales, redactar complicados correos donde deberé exponer con claridad mis necesidades sin delatar demasiado mis intereses verdaderos, no mostrarme excesivamente débil, dar confianza y decir las cosas claras exigiendo responsabilidades, estando siempre atento, con los ojos bien abiertos, para observar, con todo detalle, lo que ocurre a mi alrededor. Sólo al final del día podré abandonarme, descansar y revisar mi vieja hemeroteca, un pasatiempo inofensivo mientras hago planes y calculo probabilidades y riesgos, y llego a una triste conclusión: que las bonitas chicas del Playboy valen solamente un euro y las del Penthose nada.

Las cortinas de la ventana de mi habitación dibujan un curioso arabesco cuando el sol las atraviesa por la mañana, debería lavarlas, pero me parece que ya no es necesario, pronto me iré y otros lo harán por mí. Ellas fueron la causa de una de mis peleas con Mary, es laborioso descolgarlas y casi no caben en la lavadora, mojadas pesan una tonelada y tendidas llegan hasta el piso de abajo.

El techo necesita también una limpieza y una buena capa de pintura, y el fino y maldito encaje de esas sucias cortinas que filtran la luz me hace filosofar sin remedio que las mañanas son duras, que el sueño es un pozo sin fondo y que el día una carrera que nunca consigo ganar.

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El otro día vendimos, en el Mercado de Sant Antoni, los Playboy por 1 euro, en cambio, de los Penthouse no quieren saber nada aunque las chicas que salen son también muy monas, están estupendas y lo tienen todo muy bien puesto y en su lugar. Al menos me sirvió para darles un vistazo y recordar otros tiempos.

Simple nostalgia.

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El Penthose siempre fue un secundario en relación al Playboy, es cierto, pero las niñas no desmerecían lo más mínimo, eran también bastante "interesantes" en un sentido amplio, o muy restringido, del término, según cómo o ​​qué se mire. El Playboy respondía a un modelo muy americano, directo y más carnal, la iluminación era uniforme y las chicas contundentes y llanas, que no planas, naturales, abiertas, hacían honor al dicho: "what you see is what you get".

En cambio el Penthose era más sutil, tenía más glamour aunque las posturas procuraban ser también más marranas y "peludas" en una muy acertada y estimulante combinación erótica.

En fin, ya te he dicho, pura nostalgia.

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Y Albert añadía:

La buena era Playboy, la americana sobre todo, y la que va de los 40 a los 60, y un poco los 70. Todo se empieza a estropear (el Playboy y en todas partes) en los 80, la tontería y todo eso. El Hermano Lobo, claro que es un tesoro. Chumy Cumez el mejor. Tengo en casa (en casa) un Triunfo con un dibujo de él en el que se ve a un pobre hombre en la cama muy jodido, y a su lado la muerte con la guadaña que le dice; "cierra los ojos y abre la boca". Mañana por la tarde o sábado iré a ver la exposición sobre La Codorniz."

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jueves, 17 de mayo de 2012

El Peletero/Argentina


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Argentina

Ignoro si es, o fue, una casualidad poética, pero el primer conocimiento verdadero que tuve de Argentina ocurrió en Grecia, una especie de revelación celestial que solamente los muy entendidos, y peleteros, sabrán reconocer.

Hoy he acompañado, nuevamente, a mi madre en su silla de ruedas calle arriba. Hemos ido a entregarla, a la silla, a una fundación benéfica porque ya no la necesitamos y puede ser mucho más útil a otra persona que a nosotros.

Veni, mi madre, consiguió recuperar la habilidad para caminar justo un instante después de fallecer sola en el hospital hace de ello ya cuatro largos años.

Hace cuatro largos años.

Yo me había ido a casa a descansar y a las tres me llamaron las enfermeras.

Atenas, siempre lo he dicho, es una ciudad fea, esa fealdad continúa siendo un dato relevante que explica buena parte de su historia reciente y la característica psicología social griega y su estética comunitaria también, en la que se reconocen, o deberían hacerlo, los ciudadanos de la República helena.

Antes de ayer tiré dos maniquíes de sastre. Era martes, el día en que el Ayuntamiento de Barcelona pasa a recoger trastos viejos por mi barrio. Me guardé uno, talla 48, con el que pienso hacer algo escultórico, no sé todavía qué, quizás nada.

Al cabo de cinco minutos, después de abandonarlos junto al resto de muebles que había amontonados, cuando volví a salir a la calle, me encontré con una muchacha latinoamericana que trataba, sin logarlo, de llevarse, ella sola, las dos efigies de madera y trapo; por el móvil pedía ayuda urgente a alguien.

Estuve a punto de dársela yo mismo, pero me abstuve. Me quedé observándola sin que ella se diera cuenta; la miré bien y sentí que perdía una oportunidad, que aquella muchacha encantadora, entusiasta y atractiva, que trataba de cargar con dos maniquís de sastre que alguien, yo, había tirado a la basura por inservibles y molestos, era la mujer de mi vida. Pero pensé en mi novia, en la mujer de la que estoy enamorado, que aguanta mis rarezas, que soporta mis penurias y malhumores y que, de vez en cuando, me concede su gracia y me visita en mi castillo para posar desnuda mientras la fotografío. No es un desnudo cualquiera, no lo es.


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“En este punto, pues, las ideas del señor Alsogaray son persistentes, machaconas hasta la saciedad. “Debemos reducir el déficit del Presupuesto”. Los esfuerzos que se han hecho en este sentido, los que habrán de realizarse, representaría grandes tensiones con distintos sectores de la burocracia. La nivelación del presupuesto –o presupuestos- está envuelta en un morboso clima político, que el ministro de Economía ha caracterizado con su habitual claridad: “Al intentar equilibrar el presupuesto chocamos siempre con aquellos críticos (que el ministro ha calificado copiosamente de deshonestos) que por un lado se lamentan de las cifras del presupuesto y de otro adoptan posturas demagógicas que, si se aceptaran, provocarían un aumento del déficit.” Esto es cierto. En la Argentina muchas posiciones políticas están basadas en contradicciones y por eso es tan  difícil comprender la política del país como agradable encontrarse con mentalidades claras como las del grupo Alsogaray. Este grupo no tiene ya nada que ver con el tradicionalismo arbitrista carpetovetónico y es, en su acentuado matiz Pinay-Erhard, de un europeismo total.

El mayor déficit del presupuesto argentino proviene de los transportes estatizados –tierra, mar, aire-, y la sangría mayor la producen los ferrocarriles. El señor Alsogaray habló siempre de este asunto con la mayor gravedad: “Si el país no resuelve el problema del déficit de los transportes y, en especial, el de los ferrocarriles, y si no reorganiza todo el sistema, no podrá cumplir ninguno de los objetivos fundamentales que se ha trazado. Esta es una tarea apremiante que debe encararse cuanto antes.”

“Otro problema francamente negativo: lo que en Argentina se llaman jubilaciones. Ha sido exactamente al revés: en los últimos meses los seguros sociales han sido una fuente constante de inseguridad social. (…) “Tenemos que resolver el problema del régimen jubilatorio. El país dedica al pago de jubilaciones un porcentaje excesivamente Elevado de los ingresos. A un mismo tiempo, los jubilados están mal atendidos, existen considerables demoras y tremendas injusticias. Hay sectores privilegiados que cobran puntualmente mucho más de lo que debieran. Hay otros, en cambio, incluyendo personas ancianas e inválidas, que hace meses y aún años que están esperando. Cuando el gobierno intento, hace meses, resolver este problema, se desataron en su contra todos los intereses políticos y demagógicos que se juegan alrededor del mismo. Transitoriamente hubo que postergar las soluciones, pero ahora ya no pueden demorarse y estamos dispuestos a encararlas, cualesquiera que sean las resistencias que encontremos.

(...)

La administración Frondizi se encontró con déficits en la balanza comercial y en la de pagos, de volúmenes abrumadores. Fue preciso encararse con estas realidades al objeto de importar menos y de exportar más. En el primer aspecto se ha hecho mucho camino, a pesar de los grandes retrasos, de los graves acontecimientos  de violencia que el paso de la economía de ficción a la economía de realidades acarreó y puede todavía acarrear.

Están en marcha y funcionando a un ritmo creciente los planes sobre petróleo y gas, sobre el acero, sobre la electricidad, sobre tecnificación (sobre todo utilización de maquinaria) y sobre muchas otras necesidades vitales (carreteras, caminos, etc.)

Es verdaderamente interesante el sesgo que ha tomado la extracción de petróleo crudo en la Argentina, de aspecto absolutamente favorable y que, dentro de poco tiempo, liberará al país de un de sus mayores cargas.”

(Argentina, lo que se ha hecho y lo que falta para completar, Cartas de América, Josep Pla. Destino, Barcelona, 28 de enero de 1961)

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Aquel 28 de enero de 1961 en el que Josep Pla escribía sus crónicas argentinas, el Sol era más grande y la tierra giraba más rápido.

Cuarenta años después, Mary me hablaba de Argentina, estaba apesadumbrada, acababan de encarcelar a su hermano, un agente de policía de Buenos Aires, por matar a un preso.

Siempre nos peleábamos y discutíamos por todo mientras, ella y yo, limpiábamos lo que no se puede limpiar. Había trabajado en aerolíneas, hospitales, en mil lugares, estaba enamorada de Serrat y tenía una novia en Tarragona que le enseñaba el catalán.

Mary fue la primera que me contó que un mes en Internet es un año en la vida real. Es cierto.

Los mirlos se posaban en mis pies en las nevadas cumbres de la Acrópolis y en el Tsamis nos encontrábamos todos alrededor del fuego. Allí gané una apuesta futbolera y daba consejos a las chicas que se alojaban en él. Me la hizo ganar Butragueño en el último Mundial de Méjico de 1986, en el partido que enfrentó a España con Dinamarca. El campeonato lo terminó ganando Argentina con un gol también celestial de Maradona. Un día de verano, de aquel año o de otro, en las escaleras del Tsamis, una perra solitaria se me acercó buscando a Sirio, ¿o fue al revés?, da igual, era una perra esbelta, rubia y fina que caminaba de manera parsimoniosa y que olfateaba las palmas de las manos.

Dicen que el mar es azul y no es cierto, es argentino, gris plateado, lo pintan los peces con sus ojos que miran lo que no se puede mirar.

Veni también viajó, junto a Pere, mi padre, a Grecia. Allí se hacía comprender por todos sin necesidad de hablar el griego, su simpatía y alegría abrían todas las puertas, no era necesario saber idiomas, siempre fue la mejor intérprete que Pere podía desear.

Hoy he regalado la alfombra que usaba mi madre para volar y ayer tiré a la basura un par de Venus de Milo de madera y trapo.

Ambos son unos hechos poco corrientes, soy un hombre muy afortunado.