sábado, 21 de junio de 2008

El peletero quántico



14 de junio de 2006

Un quantum es una realidad sui géneris, con propiedades propias, exclusivas, y ajenas a la cotidiana experiencia humana.

No vamos aquí a relacionar todas y cada una de estas propiedades pues este no es ningún texto de física cuántica divulgativa. Únicamente diremos que una de las características fundamentales de un quantum es la de estar en dos estados incompatibles al mismo tiempo, tanto en el pasado como en el futuro, y que sólo en el presente se nos presenta únicamente en uno solo de ellos.

Un peletero también es una realidad sui géneris y tampoco vamos aquí a relacionar cada una de sus propiedades puesto que este texto tampoco es un manual de peletería. Únicamente diremos que un peletero es una realidad con muchos estados, ninguno de los cuales es incompatible con los demás, ni en el pasado, ni en el presente. Respecto al futuro nadie se atreve a responder. Eso si, no tenemos el don de la ubicuidad, aunque sí podemos hacer dos cosas al mismo tiempo.

Las propiedades de un quantum son cuantificadas por los físicos con lo que ellos llaman “amplitud de probabilidad” que a pesar de ser algo extraordinariamente complejo también es algo bellamente poético.

Las propiedades de un peletero también son valoradas con varios raseros, uno de ellos es el dinero, que a pesar de ser algo extraordinariamente práctico y común también puede estar lleno de encanto.

En ambos casos, ambas cosas son únicas aunque una de ellas es exclusiva. Un quantum de tal clase es igual a otro de la misma clase, los dos son transmutables, transferibles y transponibles, igual sirven para un fregado que para un barrido. Un peletero no, él es único y exclusivo, tiene nombre y apellidos, y si ya no la tiene, tuvo una familia.

En la sopa primigenia, justo después del enorme estallido del BIG BANG, todo era indistinguible, todo era igual. Que de algo igual salgan cosas tan diferentes como las galaxias o los peleteros, tiene su gracia. Si existe el Diseñador decididamente hay que aplaudirle, trabajo le debe haber costado diseñar un cordero astracán de los desiertos del Kalahari.

jueves, 19 de junio de 2008

El peletero agradecido/Moebius



12 de junio de 2006

El peletero que escribe estas líneas quiere dar las gracias a los artistas, dibujantes y fotógrafos con los que se siente identificado para ilustrar y presentar sus palabras con imágenes.

Jean Giraud (Gir) cedió la portada de su primera obra a su propio maestro Jijé. Hoy en día sigue publicando los álbumes de “El teniente Blueberry” -una de las series más famosas del mundo del cómic- como coautor junto a su guionista Charlier, a pesar de que éste hace muchos años que murió y ahora es el mismo Giraud quien escribe las historias.

Jean Giraud es también Moebius, la otra cara de la moneda de un artista que tiene el difícil mérito de haber creado la mejor obra del cómic universal, así, tal como suena. Hay que repetirlo, sin pasión, pero con todas las letras, la mejor obra del cómic universal: “El garaje hermético”.

Jean Giraud es un artista de formación clásica, pura y dura. Su saber se fundamenta en un conocimiento profundo y exhaustivo de la figura humana y animal, del dibujo y del trazo, tanto a lápiz como a pincel. Es directo en la línea, como en la mancha. Sus blancos y negros son blancos y negros. Su gama cromática es completa y adecuada. El tratamiento de la luz y de la sombra es pulcramente efectiva. Es un artista limpio y claro.

Su temática se basa tanto en la reinterpretación de los grandes mitos y viejas historias del Western, como también en la más pura fantasía pseudocientífica, irónica y surrealista. En Jean Giraud la poesía y el absurdo trazan una línea continua precisa y amable. Sus viñetas, tal como él pretende, son de otro mundo. Los seres que en ellas aparecen y las historias que en ellas se narran son, al mismo tiempo, extrañas y próximas. Tan raras como cotidianas. Tan normales y cercanas que, a veces, los que parecemos extraterrestres somos nosotros los lectores.

La galaxia Moebius inaugura la fantaciencia moderna. Bebe de fuentes como el famoso “Dune” de Brian Herbert. O las obras de Stanislaw Lem, como “Los diarios de las estrellas”. Uno de sus referentes es también la obra gráfica de Philippe Druillet. O los grandes clásicos como Alex Raymond o Milton Canniff.

Pero más importantes que sus orígenes son sus consecuencias y sus secuelas; sus aportaciones iconográficas han influido no sólo en su propio mundo del cómic, sino también en el cinematográfico y mucho más allá. Toda la ciencia ficción y muy buena parte de la iconografía moderna a partir de los setenta es hija de su mirada visionaria.

Gracias a él seguiremos leyendo al final de cada capítulo el mágico y humilde conjuro esperanzado: “continuará”. Esta es una de las muchas razones por las que “el-peletero” encabeza algunos de sus textos con ilustraciones de Jean Giraud. Nada mejor que ellas para empezar. Todos somos el Mayor Grubert. Y al igual que el ingeniero Barnier cometeremos también el error fatal de hacer entrar en resonancia el proyector de partículas con el calibra-niveles y destruir así una bonita nave cablera. Las consecuencias serán terribles, los tres niveles del asteroide Ciguri se descompensarán inevitablemente, al igual que nuestros escritos.

El ingeniero Barnier es una chica y lleva un abrigo de piel. El enmascarado arquero del destino efectúa un disparo certero y atinado. Madame Kowalsky, Jerry Cornelius y el Mayor Grubert lo saben. Nosotros también.

¿Qué podemos hacer?

Continuará…

miércoles, 18 de junio de 2008

El peletero propenso



10 de junio de 2006


El peletero propenso a ser peletero y la propensión humana a usar pieles para vestir son dos hechos interesantes que formulados como preguntas no sabemos si sabremos responder.

Históricamente han existido tres clases de interpretaciones de la probabilidad. Una, la probabilidad como medida de la certidumbre o incertidumbre. Dos, la probabilidad como medida de la frecuencia. Y tres, la probabilidad basada en las teorías estocásticas como medida de la propensión o tendencia.

Nosotros adoptaremos la última. “Conforme a ésta, las probabilidades son medidas de la intensidad de una propensión, tendencia o inclinación que tienen ciertos estados o sucesos a presentarse. Esta interpretación objetivista puede encontrarse en Poincaré, Smoluchowski, Frechet, Bunge, y popularizada por Popper”. (Bunge 1985).

Debemos puntualizar dos cosas, primera, que el concepto de probabilidad certifica la realidad del concepto de azar. Segunda, que gracias a Kolmogoroff, “el cálculo de probabilidades es una rama de la matemática pura, motivo por el cual puede aplicarse en tantos campos de investigación diferentes, (los constructos, cuanto más abstractos, tanto más portátiles)” (Bunge 1985).

Nosotros no somos matemáticos y mucho menos puros. Pero siguiendo a Mario Bunge afirmaremos con él que: “la interpretación propensiva supone que ciertos sucesos son realmente posibles: que la actualidad está preñada de posibilidades, que el azar es real. Si una cosa concreta, p. ej., un átomo o una persona, tienen la propensión Pr(x) de estar en el estado x, o de experimentar el cambio x, entonces ésta es una propiedad que la cosa posee independientemente de nuestras creencias y que a veces puede comprobarse, observando frecuencias relativas” (Bunge 1985).

Observando la frecuencia relativa de los dos hechos mencionados en el primer párrafo de este escrito y teniendo en cuenta que: x=piel/peletero, y que “las frecuencias a la larga (a largo plazo) son condiciones de verdad” (Bunge 1985), dicha frecuencia es, como mínimo, no sólo no nula, si no que x se observa bastante comúnmente, lo cual significa que x tienen una propensión apreciable. Esto es el resultado de una observación intuitiva y aleatoria.

La prueba de cargo definitiva sólo puede venir de las técnicas estadísticas que alguien debería emprender si le place y si es que no tiene nada mejor que hacer.

Dicho todo lo anterior nos hemos quedado a gusto, hemos descargado y aliviado el intestino grueso y el recto cerebral. Hemos necesitado un instrumento matemático filosófico para afirmar algo obvio. Existimos comúnmente. Y algo no tan obvio, nuestro padre o nuestra madre es el azar.

La vida es a veces así de bonita, como un globo de colores lleno sólo de aire que flota y flota y va a la deriva donde el viento lo lleva, y con el que podemos jugar a lo que nos dé la gana, si así nos apetece.

martes, 17 de junio de 2008

El peletero muerto



8 de junio de 2006

Desde que estoy muerto sé que aunque el cuerpo es poca cosa, menos es nada, Cuando estás vivo sabes poco de algo, pero muerto lo sabes todo de nada. Eso no es sabiduría, es el olor del tiempo y de la terrible belleza de su umbral desvanecida definitivamente. Estar muerto es una mutilación absoluta e irreversible. La nada es transparente, ansiosa y depredadora y nosotros, invisibles y muertos, somos su presa que huye desesperada.

Hay más peleteros muertos que vivos. Muchos más. Esta es una simple obviedad y constatación demográfica. No tiene ningún otro significado que el de llevar con más o menos precisión una contabilidad absurda y fiable. Un recuento de entradas y salidas. Los vivos son el saldo resultante, más menguante que creciente, pero positivo, aun no estamos en números rojos. Por otra parte, en demografía son imposibles los números rojos a no ser que creamos en fantasmas.

Estas consideraciones se refieren a nuestro mundo, al oeste del Volga. No nos atrevemos a incluir a la República Popular China, si lo hiciésemos la curva descendente se convertiría claramente en ascendente, se levantaría erecta en una casi vertical obscena. China, con su enormidad, trastoca todas las estadísticas y hace imposibles análisis rigurosos y predicciones verosímiles. Allí todo es demasiado y todo es demasiado rápido. China es inabarcable, es un recipiente excesivamente colmado de humanidad.

El último peletero muerto que conocí tuvo la virtud de ser un señor, un caballero y un maestro para los que pudimos conocerle vivo. Aprendió el oficio de un judío rumano que como todos ellos en aquellos años tan peligrosos había salvado la piel por los pelos. Mucho tiempo después este judío rumano se reventó el cráneo de un disparo por culpa de las deudas de juego. De millonario, a la ruina total y al féretro de madera barata, pero ésta es una historia que ahora no viene a cuento.
Mi último peletero muerto se emancipó pronto de su jefe rumano y abrió casa propia por su cuenta y riesgo. Su habilidad y el don natural que demostraba en este viejo oficio resultaban extraordinarios. Su gusto ordenado y sencillo, pronto le convirtieron en un referente muy admirado, a pesar de su juventud, al igual que sus cabellos blancos a la pronta edad de veinticinco años hicieron de él un clásico reputado.
Sus colecciones siempre fueron de una elegancia sencilla y su técnica era tan magistral que las líneas rectas se curvaban y las curvas se enderezaban de una manera imposible y prodigiosa. Su fundamento siempre fue su buen trabajo, su buen gusto y una mirada clara. Con estos instrumentos construyó obras bellísimas, de una sencillez y complejidad sin igual.

A esta claridad su hijo le puso una sombra, un descanso, un error. Tan inteligente y hábil como su padre, entendió, en cambio, que no existe ninguna vertical, ni, como dicen los persas, ninguna alfombra perfecta. Sus horizontales eran las olas del mar y sus verticales la lluvia que cae. Sus hermosas piezas tenían y aun tienen un estigma, una herida que jamás puede dejar de sangrar al igual que las olas no pueden dejar de danzar.

Ese fue el fundamento y penitencia de su hijo y heredero, también un joven de cabellos prematuramente blancos, el error premeditado que altera la mirada y la secuestra.
La nada no tiene lados ni esquinas, ni algo que merezca ser aguantado ni sostenido, pero aunque no tenga horizonte ni suelo no esta vacía, está abandonada. Los muertos caemos sin cesar y nuestro tormento es saber que no hay fondo.

lunes, 16 de junio de 2008

El peletero transexual



6 de junio de 2006


La peletería es un asunto especialmente de y para mujeres. No sólo la mayoría de clientas son hembras, también hay muchas de ellas que son excelentes profesionales, artesanas, diseñadoras, patronistas, comerciantes, granjeras, directoras, consejeras delegadas o curtidoras.
Todos los talleres y tiendas de peletería están siempre llenos de mujeres. Desde buenas cortadoras o costureras -lo que nosotros llamamos “maquinistas”- hasta forradoras y las mejores dependientas. Desde la dueña hasta la más humilde empleada o aprendiza.

La peletería es un universo de mujeres, con sus hábitos, estilos, cadencias y perfumes. La mujer es un ser sobrado y duramente especial, y la peletería es un mundo delicado y morbosamente extraordinario. La suma de ambos deja una marca indeleble, permanente y suave, ni dolorosa, ni tampoco incolora ni insípida. Esa unión es cálida y confortable como lo son las mujeres, o resulta esquinada y con un filo peligrosamente cortante como también lo son las mujeres. En cualquier caso, el resultado nunca es invisible ni deja a nadie indiferente.

En este soñado y magnífico harén a los hombres sólo nos queda la posibilidad de ser los amos o los eunucos. Naturalmente, cada cual se las arregla como puede, incluso algunos son capaces de llegar a la categoría de compañeros.

J.C.N. no supo si podía estar contento o triste. Su amor era correspondido (¿correspondido?), y después de la lógica estupefacción inicial logó superar el prejuicio físico. Era un hombre ya mayor al que no podía serle fácil sobreponerse a la mezcla de extraño deseo con la aversión irracional.. No le fue fácil, pero lo consiguió para gran sorpresa y satisfacción suya.

Lo que sí le costó fue superar el prejuicio social que había franqueado. El moral fue el más fácil de dejar tras de sí.

Todos sabían que su amante era medio mujer y medio hombre. O digámoslo correctamente, era un hombre hormonado que no pensaba hacerse la operación definitiva de cambio de sexo. Le gustaba ese medio estar. Decía que desde “su” centro veía las cosas más claras y más equidistantes. Afirmaba que vivía en una atalaya. Bien, hay que ser eso que ella era para saberlo. Lo que sí era, es una magnífica patronista. De cualquier dibujo o diseño sacaba el patrón perfecto. Los abrigos caían de acuerdo con la ley de la gravedad y se movían según la brisa que hacía en cada momento. Esta mujer era una pieza insustituible, fundamental y valiosa en el taller de J.C.N., y además ahora lo era en su propia vida.

El secreto a voces de su amor, naturalmente no pasó jamás desapercibido. No era posible esconderlo. De él se burlaron los que le tenían envidia. Unos pocos le respetaron y así también se respetó J.C.N. a sí mismo.

La peletería es un asunto de mujeres, a veces también de hombres y en ocasiones muy especiales de seres peculiares, extraordinariamente bellos y misteriosos.

viernes, 13 de junio de 2008

El peletero ensimismado



3 de junio de 2006

Hay dos maneras de conocer al león, desde fuera y desde dentro. La primera significa permanecer en el Jeep, a una prudente distancia, con tus prismáticos, tu cámara fotográfica y tus pantalones cortos color caqui. También significa anestesiarlo, llevarlo a una mesa de operaciones, abrirlo en canal y mirar en su interior.

La otra manera de conocer al león significa convertirte en él. Con una buena droga de por medio o un buen ritual de magia uno puede llegar a ser un león bastante presentable. Rugir como él, oler como él y cazar como él.

Estas dos, y no otras, son las únicas maneras que existen de conocer el mundo y las cosas que lo habitan, desde fuera o desde dentro. Los científicos han optado por la primera. Los místicos, alucinados y algún que otro artista han optado por la segunda manera.

Y gracias a la ciencia hemos ido descubriendo y aceptando poco a poco que ni somos, ni estamos en el centro de nada.

Con Galileo perdimos el centro geográfico. Gracias a él ahora sabemos que habitamos un suburbio del universo. Con Darwin perdimos el centro temporal. Y gracias a él sabemos que nunca ha existido el paraíso ni un pasado perfecto al que volver. Freud, la psiquiatría y la neurología modernas nos han hecho perder el centro moral. Gracias a ellos ahora sabemos que los asesinos más despiadados también pueden ser unas pobres víctimas. Nada gira a nuestro alrededor, no estamos en la cúspide de ninguna pirámide y la única moral posible tiene encefalograma plano.

Los peleteros aunque no seamos ninguna élite social o intelectual, hemos sido especialmente sensibles a este trasiego y a estas mudanzas extraordinarias. Hemos visto el león siempre desde fuera, siempre hemos construido artilugios bellos y útiles y ahora con estos cambios ni la quimera es una meta. Volamos sin paracaídas y mucho nos tememos que si la gasolina llega a acabarse no será suficiente con batir los brazos o tirarnos de los pelos hacia arriba.

¿Y los otros? Las calles, los pueblos y las ciudades están llenas de gente. Rebosan de humanidad, cada vez más y más. Pero estamos solos. El nihilismo parece haber sido la filosofía de nuestra época, aunque no debemos despreciar el poder de la soledad frente al poder de la nada.

Los artistas de la “vanguardia” se avergonzaron de pintar rostros, manos y árboles y se inventaron para salir del paso la iconoclasia laica, que no otra cosa es la abstracción y, con el paso del tiempo, ganar mucho dinero. Si antes sus ojos miraban lo que había fuera, pasaron a mirar lo que había dentro. Cerraron los ojos, nos dijeron. Abrieron la mente proclamándolo a gritos, y se ensimismaron. En este pozo sin fondo que es uno mismo encontraron todo un universo, tan majestuoso como absurdo, demente y aburrido. Y así seguimos, con los museos llenos de obras de arte moderno que sólo sirven para estar encima de la chimenea, aunque lo mejor sería que estuvieran dentro de ella.

Los artesanos peleteros también corremos este peligro de ensimismamiento, sin brújula ni reloj no podemos precisar nuestra situación y navegamos a la deriva. Bien, no nos alejemos de la costa, tengámosla siempre a la vista que no otra cosa es el sentido común. Y si hemos de alejarnos sigamos las corrientes marinas. Los vikingos y Colón descubrieron América así. Casi nada.

jueves, 12 de junio de 2008

El peletero enano



29 de mayo de 2006

El peletero enano aprendió el oficio de cortar y coser en la guerra como ayudante del sastre militar recortando las mangas y las perneras de los mutilados. Acabada la contienda, la habilidad que pronto demostró en vestir las malformaciones y en conseguir que los trajes y las pieles cayeran impecables a pesar de las jorobas, le convirtieron en un maestro cotizado. Especialista en vestir enanos como él, deformes, tullidos y minusválidos en general, era un artesano apreciado entre toda su clientela de freaks, pero también lo alejaba definitivamente del supremo ideal que para él representaba Balenciaga, la cima definitiva en el arte del vestir.

El enano estaba enamorado de Marita Antonescu, rumana y enana también como él. Ambos se habían conocido en París, donde ella regentaba un prostíbulo. Y hasta este mismísimo burdel había ido él a entregarle su vestido de novia el día de su boda. Ella se había empeñado en que la cola estuviera toda ella ribeteada de visón blanco. El enano no estaba muy conforme. Querida Marita, le decía, la piel es ostentosa y tú eres pequeña y tan escueta que se te puede ver con un solo ojo, hazme caso, el barroco no te sienta bien. Querido, le respondía ella, tienes alma de sacerdote, tú ponme el visón, el resto es asunto mío.

No sabemos cual de los dos fue primero cliente de quien, pero fuera como fuese su amistad permaneció fiel y sólida el resto de sus vidas a pesar del amor no correspondido que él sentía por ella.

Marita de quien estaba enamorada era de Rafael Santa María, gitano de tan larga cabellera negra que aparte de convertirle en un guerrero apache también hacía de él el gitano más elegante de todo París. Rafael, apodado “El Virgencita”, era un gitano originario de la calle de la Cera de Barcelona.

El guapo Virgencita no era enano, pero su pierna izquierda medía cinco centímetros menos que la derecha, obstáculo definitivo que le impidió convertirse siquiera en un mal bailaor, relegándole a su pesar al difícil aunque menos valorado arte de palmero. Alto, guapo y hermoso, vestido siempre de negro, con chaleco y camisa blanca desabrochada, nunca llevaba corbata, en su lugar, pañuelos de seda de colores chillones anudados siempre con un descuido perfectamente cuidado. En invierno, sus abrigos negros de cachemir llevaban todos cuellos de piel que el enano le confeccionaba, astracanes varoniles, rusos o afganos, visones americanos, negros o pasteles. Su estampa era magnífica siempre y cuando no miraras su pie izquierdo, pero aun así, su ligero andar cojo le confería un atractivo especial de héroe herido. Naturalmente las mujeres nunca le dijeron que no a nada.

Los niños se extrañan que una persona mayor no sea más alta que ellos. Para los niños los enanos son seres fantásticos, y tal vez para los adultos también. El peletero enano siempre ponía nerviosos a los demás, incluso sus amigos le miraban con precaución y a veces con excesivo respeto. Excepto Marita, que lo veía exclusivamente como a un igual.



Ser una prostituta enana, guapa, relativamente bien proporcionada y con unos pechos generosos incluso para una mujer de estatura normal, era alguien que debía despertar los resortes más profundos de muchísimos hombres. Al menos así lo confirmaba el éxito de Marita y la magnífica situación económica que disfrutaba. Experta en hombres y también en mujeres, conocía la gran diferencia que existe entre lo que la gente cree, lo que la gente sabe, lo que la gente dice y lo que la gente hace, y lo sabía porque ella formaba parte de lo que la gente quiere, estaba en el centro, encima o debajo, pero en el centro.

Desde este privilegiado lugar miraba el mundo y aunque era muy bajita también era muy orgullosa, nunca levantaba la vista, su horizonte eran más las entrepiernas que las caras.
Y eso fue así hasta que conoció a Rafael Santa María, a él sí le miró a los ojos y casi se desnuca al levantar la cabeza. Así se pasó el resto de su vida, mirando el cielo y a su oscuro y tullido arcángel Rafael.

Se casaron en la Catedral de Notre-Damme, más como homenaje al jorobado Quasimodo que por el bello templo. Ella, con su cola ribeteada de visón blanco. Él, con un traje de seda negro y un pañuelo color sangre al cuello.

Desde la última fila el enano peletero los miraba con lágrimas en los ojos.

miércoles, 11 de junio de 2008

El peletero esotérico



26 de mayo de 2006


No fue ninguna casualidad que Teodoro Van Babel imitara a Rembrand y a su “Lección de anatomía” cuando pintó al gremio de modistos y peleteros de Rotterdam situando a todos sus miembros alrededor de un maniquí de sastre, de pie y desnudo de cualquier clase de vestido. No, no fue ninguna casualidad, por que tanto los unos como los otros cortaban y cosían, hurgaban, desmenuzaban y reconstruían. Y tampoco fue un capricho, como ya veremos, que Van Babel escribiera debajo de cada uno de ellos el nombre popular de una libélula, emblema fundamental de las costureras. Tan es así que, a pesar de ser varones todos los retratados por Van Babel, éste los bautiza con los nombres de Francisca, Leonora, Silvia, Carolina, Julia, Ulrica, Luisa, Cristina, Amelia y muchas más. Extraños hermafroditas con barbas, bigotes y dedales.

Hemos dicho que no fue un capricho por que en su correspondencia, Van Babel nos habla de una cofradía secreta similar a la masonería, que en lugar de tener como símbolos el compás y la escuadra, tendría la aguja, el dedal y el hilo como instrumentos místicos de su arte, y a la libélula como su tótem ancestral.

Los masones tenían como misión conocer la arquitectura del universo, dibujar sus planos y construir de acuerdo con ese orden fundamental representado en el templo de Salomón, útero materno primordial.

En cambio, los seguidores de la aguja, el dedal y el hilo, tenían el deber de hurgar en las entrañas del mismísimo Arquitecto, descubrir su anatomía interior y exterior e intentar reproducirla con la mayor fidelidad posible. Su modelo, naturalmente, no era otro que la síntesis de Adán y Cristo, el Gólem perfecto.

A diferencia de los escultores y los pintores, a veces tan distantes con la realidad, estos artesanos del corte, el hilo y la costura, establecían con ella una relación promiscua. Sus pinceles no representaban la carne, la vestían realmente y sus tijeras y agujas la transformaban con aquella segunda piel de telas, plumas y pieles. Pronto, muchos fueron perseguidos, encarcelados y ajusticiados por idólatras y herejes. Los maniquís de sastre, sin cabeza, brazos, ni piernas, como esculturas mutiladas, parecen oscuros y secretos ídolos inmortales.

Por desgracia, algunos de sus seguidores psicópatas todavía aparecen de vez en cuando tratando de fabricarse un vestido con piel humana. Los cirujanos, arreglan narices y ojos, rebajan barrigas y aumentan pechos, estiran, tensan, y alisan pieles, inventan vaginas y cortan penes sin el menor problema; se han hecho ricos y son aplaudidos por una multitud de seguidores fervientes y entusiastas.

Delirio y misterio.

martes, 10 de junio de 2008

El peletero griego



22 de mayo de 2006


Llegó a montar una fábrica de ladrillos en Kenia, pero antes había sido guerrillero comunista en la guerra que hubo después de la guerra. Se llamaba Dimitris y su esposa era una griega de Constantinopla que de pequeña y con su familia tuvo que huir de su casa después de la guerra con los turcos que hubo después de la primera guerra mundial a la que llamaron la Gran Guerra.

Su socio era un camionero macedónico llamado Vanguelis, con unas cejas más pobladas que su bigote. Socialista convencido era capaz de conducir un automóvil con un solo pie y coger una pelota de baloncesto con una sola mano. Jamás he visto manejar tan despacio y al mismo tiempo llegar tan deprisa a los sitios.

Dimitris dejó de fabricar ladrillos y Vanguelis dejó de llevar camiones para convertirse ambos en agentes comerciales en el pujante mercado peletero del norte de Grecia.

Socios al cincuenta por ciento, Dimitris hacía el papel de señor y Vanguelis el de trabajador. Trato perfecto para aquellas dos personalidades diferentes y complementarias. Socios al cincuenta cobraban el tres por sus servicios, gastos aparte. Aprendieron rápido y bien, sin dar lecciones a nadie sabían más que la mayoría.

El mercado peletero griego estaba fundamentado en la tradición, la inteligencia, la pericia mental y manual y la mano de obra barata, en la que se incluía el trabajo infantil. Evidentemente nadie tenía la sensación de ser explotado por trabajar y tener doce años. Por la tarde al salir de la escuela, o por la mañana a primera hora antes de ir a ella.

También era importante la extraordinaria diáspora griega que cubría medio mundo y que proporcionaba cobertura y facilitaba un sin fin de transacciones y comunicaciones.
Dimitris i Vanguelis, como buenos agentes vendían información, contactos, confianza y amistad. Y en eso eran los mejores, los más informados, los más eficientes y los más honrados. Su consejo era toda una garantía. Su escaso tres por ciento les permitió pasar de casi una barraca con una mesa y una silla a una casa de cinco pisos construida por y para ellos, con secretarias y empleados. La prosperidad les llegó en abundancia y cuando el Muro cayó abrieron también una sucursal en Moscú, desde donde querían aprovechar la fiebre consumista que se apoderó de todo el bloque comunista. Tuvieron naturalmente que pactar con la mafia si querían asegurar el transporte de mercancías o siquiera la simple existencia de su propia actividad. Al final desistieron, las reglas de juego eran demasiado peligrosas. Abandonaron la capital rusa y se replegaron a su torre de cinco pisos.

Ahora ellos están jubilados, y son los hijos de ambos los que continúan la empresa, de otra manera y con otro estilo, excepto una hija que se casó con un poeta y dramaturgo. Todos son universitarios, ingenieros, abogados, economistas, tienen casas con piscina, sobrepeso, varios coches y numerosos hijos. Y deben viajar con frecuencia a China y alguna que otra vez a las subastas de San Petersburgo, Copenhague y Frankfurt.

Dimitris aún recuerda su fábrica de ladrillos en Kenia y Vanguelis las interminables y bien construidas autopistas europeas.

lunes, 9 de junio de 2008

el peletero judío



20 de mayo de 2006

Sobrevivieron sólo cuatro hijos de toda una numerosa y extensa familia. Uno se fue a vivir a Seattle, otra a Tel Aviv y dos a Londres.

Estos dos últimos fundaron en la capital inglesa una empresa peletera llamada I&M Ltd. Hermanos y solteros vivieron siempre juntos, compartiendo dinero, casa, coche y amantes. Las propinas que daban eran pequeñas y el afecto que proporcionaban a los demás era generoso y desinteresado.

Vivían de comprar y vender pieles y a veces dinero. Los consejos eran gratuitos y su compañía también. Interesante, amena, entretenida y extraordinariamente sabia, como su hermoso apellido de filósofo alemán. Buenos conversadores como eran, en cambio, de su infancia en Leipzig y de su huída nunca hablaban.

Su despacho era espartano, el chico de los recados era griego y tenían una secretaria nueva cada cinco o seis años; inglesas, sudafricanas, incluso una pakistaní, todas ellas simpáticas, eficientes y con sentido del humor. El café era americano, las cookies británicas y el inglés con el que ellos hablaban tenía un fuerte y terrible acento alemán. En cambio, su hermoso español sonaba a música caribeña, aprendido de jóvenes en aquellas islas después de la guerra.

Eran menudos, vivo uno y sosegado el otro, sus enormes batas blancas que casi arrastraban por los suelos los empequeñecían aun más. Parecían gnomos sin barbas, siempre sonrientes y alegres, trajinando arriba y abajo visones escandinavos o de los Grandes Lagos americanos, y astracanes de Namibia o de Afganistán. Marrones, perlas, arenas, negros o blancos.

Cada año venían al Mediterráneo a tomar el sol, a beber y a divertirse. Año tras año, no faltaban a la cita. Mar, whisky y chicas. Hasta que una vez tuve que ir a rescatar a uno de ellos con un amago de infarto, llevármelo del hotel desde donde me había llamado la chica de compañía que se había buscado para que le hiciese eso, “compañía”, ingresarlo en un hospital y cruzar los dedos. Era ya muy mayor y estaba ya solo, su hermano había muerto hacía pocos meses. Una vez medio repuesto regresó a Londres, quise hacerle prometer que se portaría bien, pero me lo pensé mejor y me callé.
Siguió trabajando unos cuantos años más, pero ya sin la sonrisa en la boca y con el vaso de whisky siempre en la mano. Sus secretarias procuraban hacerle la vida fácil y agradable, pero él se lo ponía cada vez más difícil, casi siempre malhumorado.
La última vez que le vi fue muy de noche, echado en su cama, vestido y muy borracho. Le quité los zapatos y así le dejé, lo mejor que pude, y una vez que se durmió me fui. No le volví a ver nunca más. Al cabo de un mes me llamaron para comunicarme su fallecimiento.

La familia en Seattle y Tel Aviv había crecido, hijos, nietos, cuñados y cuñadas. La saga había renacido floreciente y otra vez numerosa. Entre todos ellos se repartieron el dinero que se consiguió en la subasta que realizaron para vender la magnífica herencia de I&M Ltd. Todo se vendió, todos aquellos tesoros de belleza inaudita que pocos ojos tienen el don y la oportunidad de ver.