lunes, 7 de julio de 2008

El peletero selecto



15 de julio de 2006

Eran treinta y seis las pieles de visones escandinavos machos de color “diamante negro” que necesitaba para hacer el abrigo. Allí encima tenía cerca de quinientas. De entre todas ellas había de escoger las treinta y seis. No sería difícil. Cinco para cada manga, dos para el cuello y veinticuatro para el cuerpo. Cada una de ellas tenía alrededor de sesenta centímetros de largo, sin incluir cabeza, ni cola.

Tenía que confeccionar un abrigo de ciento veinte centímetros de largo, medidos en el centro de la espalda, dobladillo incluido. Ese largo significaba que tenía que realizar cincuenta cortes en cada piel del cuerpo. Alargar en cada corte un centímetro, excepto en la cabeza que serían de un centímetro y dos milímetros. En la cruz, de medio centímetro y en la culata, de un centímetro y medio.

Al peletero selecto lo que le gustaba era cortar a pulso, pero hacía años que no practicaba con la “cuchilla”. Ahora había máquinas que sustituían a las manos. El corte con ellas era perfecto, rápido y sin titubeos.

Pensaba hacer un abrigo recto con un cuello solapa. Sin cruzar y con poco vuelo. Las mangas sin puños y el forro de seda carmesí. La mujer era un poco menuda y quería un abrigo hasta los tobillos, sencillo y austero. El único adorno sería un cinturón de cuero también negro, muy largo y muy estrecho, para anudárselo y sentirlo aun más próximo en días de mucho frío.

Una mujer bonita, no muy alta y extraordinariamente alegre. Delgada, morena, pálida, pelo corto y cara pequeña. Buenos labios y poco pecho, el suficiente para la arquitectura del abrigo. Los ojos grandes y también negros. Hemos dicho que los ojos eran grandes y negros y no hemos añadido que eran bonitos porque no lo eran, aunque nadie se los veía porque siempre los ocultaba tras unas gafas de sol. La mujer era ciega y su desviada mirada desfiguraba todo su rostro y le robaba su personalidad. En cambio, con sus gafas era todo otra cosa, enigmática, interesante, secreta.

La clienta de nuestro peletero selecto era guionista y locutora en un programa radiofónico de escasa repercusión y nula popularidad. Su corta audiencia y poco éxito la fue trasladando y recluyendo a esquinas cada vez más difíciles de la parrilla radiofónica. Aprisionada entre grandes programas de éxito el suyo parecía empequeñecerse cada vez más. Desde aquel rincón del reloj hacía su trabajo para quien quisiera oírla. Cada vez eran tan pocos que la emisora estaba ya cavilando que además de ciega la podía convertir en muda. Ella lo sabía y ante el posible despido no se le ocurrió otra cosa que hacerse un abrigo de visón. Hubierais tenido que verla acariciando y oliendo las pieles y tratando de recordar la suavidad y el olor de los visones del abrigo de su madre.

Iría a recoger el finiquito si se daba el caso, bien vestida y elegante. Y luego, con algún buen y fiel amigo y, ya que aun no era sorda, iría a escuchar música en directo en algún lugar tranquilo y confortable donde hubiera poca gente, y donde también hubiera poca luz.

Una vez cortadas y cosidas todas las pieles, cada una de ellas y entre si, había que aplanar las costuras, mojarles el cuero con agua y clavarlas, estirando a lo largo, a favor del pelo y dándoles la forma que indica el patrón. Dejarlas secar sin que les tocara el sol, pasarles la madera. Desclavarlas, marcar el patrón encima y recortar. Una vez recortada cada pieza también según señala el patrón, y... Muchas cosas más hasta tener el abrigo listo y terminado. ¿Te gusta?

domingo, 6 de julio de 2008

El peletero tourmaline



12 de julio de 2006

Decir que lo mejor de la película “Los pájaros” de Alfred Hitchcock es el abrigo corto de visón de color tourmaline que lleva Melanie Daniels es una exageración, porque no es verdad. No es un buen abrigo, lo visones tienen poco pelo y se abren en las costuras. Bien es cierto que Melanie no lo trata muy bien, pero eso no tiene importancia. Tampoco los pájaros ayudan, pero eso tampoco tiene importancia. El abrigo es malo y barato. Sí que es un acierto, en cambio, el color tourmaline; ese color de arena intenso es perfecto para el verde de su traje chaqueta. Y para sus cabellos rubios manchados de sangre.

Melanie es una niña malcriada, pero por lo menos tiene buen gusto al vestir. Buen gusto que según parece no comparten ni las gaviotas ni los cuervos que la atacan enloquecidamente. Deberían respetarla, porque ella es una buena muestra de la belleza en la especie humana que hay que preservar, pero esta lógica los pájaros no la entienden, si bien es cierto también, que una cura de humildad no le viene mal. Melanie necesita una buena bofetada a tiempo y los pájaros se encargan de dársela. A partir de este día en que la naturaleza se ha trastocado Melanie es otra. Pero Hitchcock no nos lo muestra del todo, no sabemos ni sabremos jamás que ocurre después. ¿Llega a casarse con Mitch Brenner?, ¿llega a deshacerse de su dominante suegra?

El tourmaline es un color natural, suave y sofisticado, conseguido artificialmente después de múltiples cruces en las granjas de visones. El abrigo corto es una pieza de día, muy apropiado para trabajar o ir de compras. Por ejemplo, una pareja de periquitos, que habrás de llevar en tu deportivo descapotable a un encantador pueblo de la costa californiana. Una vez allí cruzar un lago remando, allanar una morada ajena y depositar a los malditos periquitos en el salón. Y una vez hecho todo esto, desencadenar sin saberlo a las furias más terribles de la Madre Naturaleza.

“Todo esto empezó a ocurrir a partir de que ella llegó”, le espetan en la cara a la pobre Melanie los habitantes de Bahía Bodega. Perfecto, ya tienen identificado al chivo expiatorio. A punto están de consumar el sacrificio y de apaciguar a los dioses oscuros, cuando éstos, cada vez más desquiciados, la salvan a ella sin querer -y seguro que también a su abrigo corto de visón tourmaline- de una muerte segura y de una rapiña.

“Los pájaros” es una película que da para mucho, incluso para hablar de un mal abrigo corto de visón. Y levantar también acta aquí para lo que haga falta, incluso, si es necesario, de nuestra crítica más absoluta a la jefa de vestuario del film Edith Head por no saber encontrar un abrigo con mejores visones. Así como nuestra felicitación más entusiasta a Alfred Hitch-cock por no permitir que ningún pájaro haga sus necesidades ni en público, ni encima de nuestro querido abrigo de visón tourmaline. Que conste.

sábado, 5 de julio de 2008

El peletero loco



10 de julio de 2006

El peletero loco se levantaba cada mañana muy temprano, quería ser el primero en salir, pasear solo, disfrutar de las calles vacías, claras y poco iluminadas. Desayunaba siempre en el mismo café, no leía el periódico y miraba sólo el humo de su taza y el de la pipa que acababa de llenar y encender de perfumado tabaco. Estaba completamente loco pero no se le notaba en absoluto. Un poco más tarde se encerraba en su taller, allí disponía aún de dos horas para pensar en sus cosas, antes de que sus empleados empezasen a llegar. Estaba completamente loco pero no se le notaba en absoluto.

A la hora convenida se ponía a trabajar y a la hora convenida se iba a su casa. Cenaba, miraba el humo de la sopa y el de la última pipa del día con su tabaco picante y aromático y recordaba plácidamente ensimismado algo importante que no sabemos ni podemos imaginar. Los domingos y festivos hacia vida social y sexual. Aunque sin mucho entusiasmo sus amigos y amigas le querían y le apreciaban, estaba completamente loco, sí, pero ellos no se lo notaban, era buen compañero y amante, y aunque a veces ausente y desmemoriado, el humo, el olor y la forma de sus pipas le conferían un aspecto familiar y confortable, y en un rincón poco iluminado y en silencio su estampa se desvanecía suave y agradablemente. En silencio y casi a oscuras nadie se daba cuenta que soñaba con cosas tan importantes que no sabemos ni podemos imaginar.

A la mañana siguiente cuando todos aún dormían salía a pasear por calles vacías, claras y aún poco iluminadas.

viernes, 4 de julio de 2008

El peletero astrónomo



7 de julio de 2006

El peletero astrónomo siempre lo sospechó a pesar de que las evidencias científicas indicaran lo contrario. La ciencia no se equivocaba, de eso no tenía la menor duda, pero tan lógicas eran sus predicciones como negativos los resultados. El cálculo de probabilidades basado en la química del carbono había terminado siendo estéril, la realidad era tozuda. Cinco mil años de exploración astronómica, viajes interestelares, colonización y terraformación de planetas yermos, cinco mil años buscando por toda la galaxia y mirando más allá, y todo ello no habían dado ningún resultado; aparte de nosotros, no había nadie más. Bien es cierto que la especie humana como tal ya hacía mucho tiempo que se había roto en multitud de fragmentos. Gracias a la ingeniería genética, nuestra estirpe engendró las ramas más insospechadas, desde ángeles a verdaderos demonios. Las guerras entre todas ellas fueron numerosas y terribles, algunas de estas ramas fueron exterminadas, pero otras de nuevas aparecieron en su lugar. Ahora ya nadie puede ni quiere conocerlas a todas; algunas son efímeras, otras tal vez eternas, y muchas han huido para esconderse quien sabe dónde. Las comunicaciones siguen siendo lentas, tan lentas como lo podían ser hace cinco mil años, en eso la ciencia no se equivocó: nada puede viajar más rápido que la luz, pero las distancias que tenemos que atravesar son muchísimo más enormes que entonces, ahora todo está más lejos, tanto, que ni siquiera nuestra memoria es capaz de llegar. Los viajes en el tiempo resultaron ser sólo puras quimeras. El planeta Tierra llegó a sernos familiar, la galaxia en cambio nunca lo ha sido, y contemplar el resto del universo nos causa auténtico desasosiego.

Hubo un tiempo en que pusimos esperanzas en las máquinas, quisimos creer que ellas podían ser unas dignas compañeras de nuestras ilusiones, pero nos equivocamos, éste fue el primer límite infranqueable con el que topamos y la primera gran decepción. A este fracaso le llamamos “Paradoja Uno”, que consiste en la absoluta imposibilidad lógica de inteligencia artificial. Nunca ninguna máquina superó los protocolos que establece la “Paradoja Uno”. Buenos simuladores humanos sí que se construyeron, pero nada más.

Ahora estamos terminando los protocolos de la “Paradoja Dos” que han de establecer el árbol genealógico de la vida, con un único tronco y raíz: el planeta Tierra y la imposibilidad también más absoluta de que haya vida “extraterrestre”, si es que esta palabra significa ya algo.

Estamos llegando al final y todo indica que concluiremos los protocolos de la segunda paradoja con relativa facilidad, sin embargo cada paso que realizamos nos acerca más a la “Paradoja Tres” que de momento sólo somos capaces de vislumbrar como una tiniebla más inconmensurable que el propio universo. Nuestra formación científica y lógica nos impide nombrar a esta tercera paradoja con el nombre de Dios, sin embargo sabemos que sólo es un simple prejuicio psicológico. Que la ciencia haya llegado hasta este punto del camino no es un mal balance, al fin y al cabo no estamos tan solos, aunque nadie esperaba que el alienígena fuera Él.

jueves, 3 de julio de 2008

El peletero ornitólogo



5 de julio de 2006

A nuestro peletero ornitólogo le hubiese gustado tener a Jean Louise “Scout” como hija a pesar de no ser él ningún pájaro ateniense, ni gustarle tampoco la metáfora del ruiseñor. Ni siquiera cuando recordaba que no había llorado nunca tanto, como cuando de niño vio morir de viejo a su jilguero enjaulado, ni siquiera entonces conseguía no ver en el ruiseñor más que una metáfora vulgar de la bondad y la belleza, siendo ambas las dos cosas menos vulgares de la creación.

El peletero ornitólogo se estremece al recordar a Atticus Finch sentado delante de la cárcel que alberga a un inocente, joven, sano, bello y tullido. Allí ha ido Atticus, a guardarlo, allí ha ido San Jorge intercambiando su papel con el dragón, a protegerlo de la locura ajena. Es un Cancerbero que no ladra, ni muerde, ni asusta. Indefenso, con su libro en la mano, cuando se presenta la turba es un ser inerte, no ha podido o no ha querido tomar más precauciones. Tan honesto como arrogante se olvida que cuando hizo falta mató de un disparo certero al perro que le quiso morder su rabia. Irresponsable y tan dispuesto al martirio, que su deber parece ser su sacrificio y el de su protegido.

Al peletero ornitólogo le sorprende la valentía, sabe que en ella sólo habita el fracaso y que como la poesía o el amor, es hija de la soledad. Tal vez por eso su estupefacción es enorme cuando ve a los tres niños salir de la nada para mostrar impúdicamente junto a Atticus su debilidad y determinación, ángeles de la guarda de carne y hueso que con sólo su presencia consiguen ahuyentar el mal. Ni Jesucristo lo hubiese hecho mejor.

Atticus Finch habla con su hija Scout de ruiseñores, de belleza y de bondad. Scout, una niña sensible e inteligente, sabrá ver en el momento adecuado al ruiseñor del que su padre le habla, personificado en un vecino idiota, homicida, perspicaz, atento, cariñoso, con buen criterio, valiente y con una total determinación.

Atticus se quedará sin palabras. Él, un abogado que las usa como instrumento de su trabajo, se quedará sin ellas. La realidad y la contundencia de los hechos lo dejarán mudo. El vecino idiota ha salvado a sus hijos matando aquél que borracho los acosaba y perseguía, aquél que, falseando su testimonio, ha enviado al patíbulo a un inocente. Aquél que quería vengarse en los pobres niños de su propia indignidad.

Atticus cree en una justicia poderosa y ciega, pero ahora se da cuenta que también es sorda y muda. Atticus cree que la verdad necesariamente ha de triunfar, y ahora Atticus, aconsejado por el Sheriff y el sentido común, calla y con su silencio salva a su vecino, el ángel vengador. El entrañable idiota seguirá siendo un compañero misterioso, querido y vigilante.

En la Extremadura española de posguerra, el pobre Azarías, no tendrá la misma suerte. Después de vengarse ahorcando al señorito Iván, que acaba de matar a su milana bonita, será internado por loco y de por vida en uno de esos tristes centros para santos inocentes asesinos.

El peletero ornitólogo sólo le habla a su hija en sueños. Al despertar piensa en un valle flanqueado por poderosas montañas nevadas y en Shane, el rubio y extraño pistolero enseñando a un niño a usar el revólver. Más tarde, el chiquillo que juega a matar, verá, escondido tras una puerta, cómo el ángel de la muerte es abatido a tiros por Shane, salvando así a sus amigos y a toda una comunidad de la tiranía.

Cumplido su destino, Shane, tendrá que irse de este paraíso con un brazo herido, que como todos habrá sido construido con sangre, el mejor abono para las flores más hermosas y para los árboles con las raíces más profundas.

miércoles, 2 de julio de 2008

El peletero pintor



3 de julio de 2006

Dejó la peletería para dedicarse a pintar. Antes combinaba las dos tareas, pero cada una le quitaba tiempo a la otra. Tuvo que decidirse por una de ellas, ambas eran demasiado importantes para él, como para compartirlas entre sí y para sí. Con mucho pesar descartó la peletería y escogió la pintura.

Nuestro peletero pintor no se engaña cuando considera acertadamente que la historia de la pintura termina con Velázquez y sus Meninas. Cuando Velázquez convierte la ventana en un espejo. Con él el espacio pictórico se abre, nos envuelve y atrapa, nos hace estar presentes, tal vez como fantasmas, pero presentes sin duda. Por primera y última vez, nosotros, los seres reales y gracias a la técnica poética y pictórica, habitamos la tela, pisamos su suelo. Esto no había ocurrido nunca y jamás volverá ocurrir. Lo que Velázquez hizo no puede volver hacerse fuera del plagio, pero antes que él ya se vislumbró el camino, que los holandeses y algún que otro italiano recorrieron.

Nuestro peletero pintor sabe también que la pintura es un agujero, no sabemos en dónde, pero el desgarro es real. La pintura siempre nos habla del presente.

Los tiempos han cambiado y nuestro peletero pintor no se hace ilusiones. El bombardeo de imágenes que hoy en día recibimos es abrumador. Sus significados son también otros y tan velozmente cambiantes como el lapso que separa la noche del día. Él no desea estar a la moda, sólo quiere pintar a su manera y disfrutar con ello. Y así está dispuesto a hacerlo aunque tenga que renunciar y sacrificar muchas cosas y también aceptar otras. Constatará decepcionado que su mejor modelo es él mismo. Al igual que muchos otros, como Rembrand o Van Gogh, no tendrá otra posibilidad que autorretratarse en innumerables ocasiones. Su rostro será su campo de batalla, de donde saldrá tantas veces victorioso como derrotado.

El peletero pintor se encuentra sentado en su silla frente a su tela en blanco, tranquilo, tan absolutamente relajado y ensimismado que su mirada se ha desplazado y hace rato que la mantiene clavada, inmóvil en un punto de la pared de al lado, allí donde la pintura blanca muestra una pequeña y casi imperceptible mancha de color indefinido. Así lleva bastantes minutos, reposando su mente, despierto y mirando con atención la pequeña imperfección, la irregularidad, esta señal minúscula del tiempo transcurrido desde que hace seis meses pintó el piso. Sólo ciento ochenta días y la pared ya ha empezado a ser vieja, piensa. Sigue tranquilo, pero también comienza a entristecerse; esta pequeña señal es un descubrimiento inesperado y, bien mirado, una solemne tontería, ponerse triste por una pequeña mancha que incluso puede limpiarse con facilidad en esta pintura plástica es absurdo, lo reconoce, y por dentro se ríe. Cuando me levante, cogeré un trapo limpio, lo mojaré y limpiaré la mancha. Será fácil, se dice a sí mismo, un pedazo de sábana vieja y agua limpia, no necesitaré nada más. Cuando deje de mirar la mancha, me levantaré, iré a la cocina, cogeré el trapo y lo mojaré con agua. La cocina está justo detrás de mí y a la izquierda, si quiero ir he de dejar de mirar la mancha, pero es tan pequeña que tal vez, cuando regrese para limpiarla no sepa encontrarla, ¿dónde estará?, ¿más arriba o más abajo?, ¿más hacia la ventana o más cerca del suelo? No está ya tan tranquilo, empieza a dudar, la mancha sigue allí y él no puede dejar de mirarla. ¿Atrapado por una mancha pequeña de color indefinido que quizá sólo él es capaz de ver?

Al cabo de dos meses encontraron al peletero pintor bien muerto, sentado en la misma silla y con los dos ojos abiertos mirando no sé qué.

martes, 1 de julio de 2008

El peletero paciente



30 de junio de 2006

En el libro de Job encontramos al Dios del espanto. Éste es un Dios que ha delegado todo deber moral en el mismo hombre. Sólo el ser humano podrá crear oasis o castillos morales en este desierto vacío de sentido que es el mundo. El mundo carece de cualquier orden moral, éste no es un asunto divino, ni satánico. La justicia no la hallaremos en la obra de Dios. Sólo nosotros seremos capaces o no de construir algo que merezca tal nombre. Éste es el Dios con el que Job se las tiene que ver. Éste el Dios que acepta la apuesta de Satán y pone a prueba a Job. Éste es el Dios que da y quita a cambio de nada. Éste es el Dios al que Job guarda fidelidad a pesar de los pesares.

Por dignidad no reniega de Él, no importa el mal causado en su hacienda, en su familia y en él mismo, para probarle. El sometimiento de Job a su Dios es total. Su decisión es clara y absoluta. En ningún caso cae Job en la trampa del rencor o de la venganza. A pesar de sus quejas, en ningún caso renegará de Aquél que le ha sumergido sin merecerlo en la miseria, el dolor y el mal, como en su día lo hizo en la abundancia, el placer y el bien. Y si así le place y así lo desea puede volver a hacerlo.

El poder de este Dios es absoluto, y frente a Él solo cabe la sumisión, incluso sabiendo que ni el mal, ni el bien son consecuencia de ninguna falta ni de ningún mérito. Esta sumisión es también un escudo frente a Él, Job necesita protegerse de este Dios y apaciguarlo. Incluso protegerlo de sí, calmarlo, evitar que se devore a si mismo.
Job sabe que la relación entre Dios y él es absolutamente asimétrica, de ninguna manera es comparable, ni puede ser sometida al mismo juicio.

De la fuente que mana agua sólo agua sacaremos, ninguna lección moral obtendremos de ella. Esa agua que mana de la fuente cae directamente a un abismo inescrutable e insondable. Cualquier intento de retenerla en nuestras manos es inútil. Job lo sabe, sabe que Dios, como el agua de la fuente, se precipita y se aleja hasta un fondo inimaginable.
Job lo sabe y lo quiere evitar con su devoción. No quiere dejar caer a Dios en su propio abismo, no quiere abandonarlo, de la misma manera que tampoco quiere abandonarse a sí mismo. Siéndole fiel a Él, también es fiel a sí mismo.

A pesar de los pesares.

lunes, 30 de junio de 2008

El peletero recto



28 de junio de 2006

Scarlett O’Hara exclamaba enrabiada y sin un ápice de ironía, que los hombres, en lugar de hablar y preocuparse tanto por la guerra, deberían dedicarse a cosas que fueran realmente importantes. Nuestro peletero recto siempre había sonreído ante tal afirmación, era ingeniosa y absolutamente femenina. Un magnífico y brillante punto de partida para una controversia tal vez eterna.

A nuestro peletero, sin embargo, no le hubiera interesado hablar con Scarlett, salvo para recriminarle que por su culpa la conversación entre Butler y Ashley no se llegase nunca a realizar. En su lugar, los espectadores obtenemos una escena de acoso amoroso, donde Scarlett confiesa a Ashley su amor por él. Éste, aturdido y vulnerable frente a la sincera y obscena desnudez sentimental de ella, consigue resistirse con razones, argumentos y conveniencias. La reacción airada de niña consentida que le produce su fracaso nos ofrece un final cómico al ver aparecer a un Butler escondido y que sin quererlo ha escuchado toda la conversación. Caballero y canalla, le promete a ella una total discreción al mismo tiempo que le ofrece sus servicios y le confiesa su predisposición hacia ella. Scarlett lo desprecia hipócritamente ofendida, mientras él sonríe satisfecho.

¿De qué habrían hablado Butler y Ashley si no se hubiera entrometido Scarlett?, dos hombres tan distintos en sus propósitos y sus actos como iguales en la mirada con la que veían el mundo, no en balde los dos se enamoraron de la misma mujer. Uno, Butler, era un superviviente nato. El otro, Ashley, era un moribundo sano, dos maneras diferentes de responder a la única cosa importante que hay en la vida, la muerte. Los dos lo sabían y tal vez por eso ambos querían a alguien como Scarlett O’Hara que no sabía que iba a morir.

No saber que vas a morir es distinto que saber que no vas a morir, si una es producto de la inconsciencia, la otra lo es de una ignorancia insolente. Sin embargo, ambas son el resultado de una falta absoluta de percepción del tiempo. Nada digno de existir merece ser construido fuera de este pestilente aroma a muerte que es el tiempo, ni el amor, ni el arte, incluso nuestro peletero sospecha que ni tan siquiera la fantasía si pretende no acabar siendo un mero delirio.

Tal vez por eso J.R.R. Tolkien da vida a sus inmortales elfos a condición de que también puedan morir si su cuerpo eternamente sano es destruido con violencia. Paradoja sublime al otorgarles la posibilidad de ser absolutamente generosos. Los humanos en el fondo arriesgamos poco pues tarde o temprano morimos. En cambio para estos seres fantásticos, la vida es una pura elección, tanto, que al final deciden abandonar nuestro mundo. Todos aquellos elfos que han conseguido sobrevivir a mil batallas, terminan por tomar con sus mágicas naves “el camino recto” y partir con ellas hacia las “tierras imperecederas”, situadas más allá de la comprensión humana.

La denominación poética de “camino recto” siempre le había parecido a nuestro peletero perfecta, al ser ésta la única manera moral y físicamente correcta de describir el sendero para salir del universo: la línea recta. Precisamente por que nada hay en el cosmos que sea recto, ni cosas, ni caminos. La línea recta, además de ser un hermoso artificio matemático, es también un magnífico instrumento para marcharse o perderse. Como acertada y brillantemente afirma Borges, es el laberinto perfecto.



Nuestro peletero sabe que estas afirmaciones están urdidas con un hilo muy fino y frágil, tan fino y tan frágil como la casi imperceptible línea que separa la vida de la muerte. Oasis que ningún mapa señala y que sólo una rara determinación o una extraña casualidad te permitirán recorrerla. Si esta es tu voluntad o tu suerte, descubrirás maravillado, con el paso inseguro del funambulista, su absoluta belleza y extraña penumbra. En ella también conocerás el terror ante la inminente e inevitable caída que inexorablemente te conducirá hasta el fondo del abismo, donde el tiempo y tú seréis definitivamente derrotados.

La imperceptible línea que separa la vida de la muerte es el ojo de la aguja que ni Dios, ni el diablo pueden atravesar.

domingo, 29 de junio de 2008

El peletero arquitecto



26 de junio de 2006

Decir que la peletería no tiene nada que ver con la arquitectura es un mal comienzo porque parece obvio. Manifestar lo contrario también porque no lo parece en absoluto.

El comienzo correcto es descubrir el nombre y los apellidos del peletero arquitecto.
Esa es la buena manera de iniciar el relato, con un nombre, un lugar y una fecha.

El 1 de junio de 1950 Albert Cardigan terminó con excelentes notas su licenciatura en arquitectura. Originario de la costera ciudad de Ostende donde su padre tenía un pequeño taller de peletería en el que se pasaba media vida ayudándole en todo lo que podía, mientras, al mismo tiempo, estudiaba para ser arquitecto. Iba y venía constantemente de Bruselas a Ostende y viceversa.

Bélgica es un país pequeño, y estar, lo que se dice estar, no está en ninguna parte, circunstancia que no deja de ser una ventaja para desplazarse por él. En realidad Bélgica, y que me perdonen los belgas, es un No lugar muy bien situado en el mapa.

El padre de Albert no era un peletero reputado, aunque sí extraordinariamente valorado. Trabajaba para otros. Eran estos otros y no él los que se llevaban los honores. Alquilaba sus manos a un precio razonable y realizaba a la perfección lo que los otros le pedían. A él no le importaba no tener renombre aparte de su propio nombre. Era un hombre humilde, trabajador infatigable y ganaba el suficiente dinero para permitirle a su hijo estudiar arquitectura.

Una vez obtenido el título, Albert también tuvo que empezar a trabajar en su nueva profesión aportando soluciones técnicas a brillantes ideas estéticas de otros y de difícil solución práctica. Eso le pedían, soluciones inverosímiles a deseos impensables. Los trabajos los firmaban otros y el aplauso era para ellos.

La ley de la gravedad, naturalmente, no admite componendas, y aunque su pericia, talento técnico y los nuevos materiales eran ya una ayuda importante, no siempre le solucionaban retos casi imposibles.

Ahora es el momento de volver al principio del relato y tratar de empezar otra vez, pero sin nombres, lugares, ni fechas.

Las prendas de vestir en general están pensadas para ser transportadas. Se sostienen en algo que es móvil y que además camina, las personas. Y todas y cada una de las piezas de un vestido cuelgan. Incluso los sombreros se cuelgan de nosotros, al igual también que los mismísimos zapatos. A veces hasta pueden llegar ser rémoras y lastres pesados e incómodos.

La arquitectura también es un arte colgante y a veces incluso móvil, como los molinos, plataformas o atalayas giratorias, y las cubiertas corredizas, así como también las humildes persianas, ventanas y puertas. Incluso hay casas con ruedas que se trasladan a voluntad de sus habitantes. También hay tiendas que caben en un saquito para los que transportan poco peso y se echan a dormir en cualquier sitio.
Tanto la arquitectura como la vestimenta necesitan de planos para ser realizados y construidos y ambos están pensados para albergar personas en su interior. Cubrirlas, envolverlas, protegerlas, adornarlas.

La arquitectura como el vestido pueden ser también un emblema, como las catedrales y los uniformes, como los rascacielos y también como la técnica del desnudo, sea strip tease o nudismo.





Albert, siempre que podía llevaba a sus hijos al circo donde se maravillaba con la aparente inestabilidad de la carpa, de sus inclinados postes y de sus cuerdas tensadas, pero donde su corazón latía con más fuerza era con la doma de fieras y, como no, en el momento cumbre del funambulista.

sábado, 28 de junio de 2008

El peletero agradecido/Bilal



23 de junio de 2006

Para hablar con toda propiedad de Enki Bilal y de muchos otros, tendríamos que adentrarnos en la historia de las artes visuales en el mundo moderno. Este es un debate antiguo, largo y aún no resuelto. En realidad es ya una falsa polémica porque el canon establecido por las vanguardias está tan arraigado que cualquier intento de rebatirlo se hace poco menos que estéril.

Enki Bilal es un artista que recrea un mundo temporalmente cercano al nuestro, pero nada cotidiano y anímicamente lejano y ajeno, seres alienados en un universo hostil. Ha creado un estilo hierático, contundente y sobrado de matices iconográficos casi inabarcables.

Su hieratismo lo remite a un estilo formal primitivo que lo lleva a una visión posmoderna. Su rigidez anatómica, paradójicamente, está perfectamente al servicio del resultado final. Toma el camino opuesto al de un Burne Hogarth, por poner un ejemplo clásico también del mundo del cómic, donde todo es movimiento, donde nunca nada está quieto, ni el más pequeño de los pelos de la cabeza, ni la más minúscula de las hojas de la selva.

Los personajes de Bilal parecen unos invitados de piedra posando para las fotografías de rigor de una boda. Pero esta inmovilidad no es una mácula ni un error, ni siquiera una falta.

Toda su fuerza expresiva y todo su repertorio de soluciones gráficas se muestran en todo su esplendor en esas estatuas dibujadas que son sus personajes.

Enki Bilal es otro gran visionario. Sus figuras, paisajes y escenarios son tan posibles como posible es hoy en día cualquier futuro.

Su obra forma parte de esta gran tradición iconográfica popular que representan las lecturas gráficas. Pero la lógica de sus imágenes es tan propia, independiente y sui géneris que su calibre es comparable a la tradición generada alrededor de la gran pintura.

Bilal nos persuade de que existe el futuro y que el pasado aun está presente. Tanto sus ilustraciones, como también sus viñetas tienen la fuerza de lo extraño y lo conocido. Ellas sostienen toda la ventana y lo que se ve a través de ella. Son imágenes oníricas, crueles y desoladas, con una contundencia visual que no está reñida con la sutileza.

Sólo hace falta tener el valor para atravesarlas y mirar que hay al otro lado. La vida. Y la muerte. O tal vez otra cosa.