jueves, 22 de enero de 2009

El peletero/El silencio



5 Septiembre 2007

Jordi Balló es hoy en día uno de los expertos en cine y en cultura de la imagen con el criterio más sólido que podemos hallar en nuestro país. Leer sus libros y sus artículos, que semanalmente publica la Vanguardia de Barcelona, nos permite también disfrutar de sus análisis siempre certeros.

El publicado el viernes 24 de agosto, nos expone un problema que ha recorrido la historia de la humanidad y que ahora, a inicios del siglo XXI, se nos presenta de forma cruda y en todo su esplendor. El “horror vacui” icónico que padecemos, o disfrutamos, es ya una característica plena de nuestra civilización planetaria, que se desarrolla paralela al fenómeno verdaderamente patológico que es el vacío de la mirada.

Vacío que indudablemente comporta graves consecuencias para las personas y las comunidades que ellas forman.

En este caso, el artículo de Jordi Balló no nos habla de cosas solas y sí de lugares. Lugares en los que hay cosas que significan algo, ellas y el espacio que ocupan y cómo lo ocupan, creando una representación. Una manera de mostrar para encauzar la mirada, y conseguir de esta forma saber.

Citemos sus palabras:

“(…) ¿cómo encontrar el goce individual ante una representación? Algo que nos inquiete, que nos interpele, que nos haga salir de nosotros mismos, que produzca una forma de sabiduría emocional, que nos devuelva al éxtasis del viajero que descubre algo inesperado.”

Ése es el problema tal y como nos lo expone; para añadir a continuación:

“Da la impresión de que esta confrontación sólo puede producirse a través de la ocultación, de lo contrario de la publicidad y de la promoción. Es decir, de todo lo que no sea un icono representativo. Es ahí, en los confines de lo que no está a la vista, donde se puede reconstruir una reconciliación entre cultura y paisaje que produzca saber”

Y añade algo muy importante:

“Estos lugares existen”

Nosotros también sabemos que existen y en algunos de ellos hemos estado. Él cita uno que nosotros todavía no hemos visitado.

“Para mi, en Catalunya, este lugar por excelencia está en Portbou, junto al memorial construido por Dani Karavan a la memoria de Walter Benjamin, enterrado en el cementerio que está al lado. Sé por experiencia propia el impacto que esta visita produce en personas que no esperan la intensidad de este lugar que deviene el fin de la civilización, el lugar de la dignidad frente a la barbarie”.

Hasta aquí el diagnóstico; después una intuición, y ahora, aquello que debe hacerse:

“Y nunca olvidaré lo que dijo Antoni Marí en una amplia reunión convocada por diferentes instituciones para dar a conocer mejor el legado de Benjamin y para impulsar futuras acciones: “No hay que hacer nada, sólo preservar el silencio””.

La tentación de citar a Wittgenstein es grande, pero para ser realmente fieles a él y al espíritu del artículo del Sr. Balló, no diremos nada más.

Pediremos perdón por haber roto el silencio.

Y nos callaremos.

miércoles, 21 de enero de 2009

El peletero/Besos para una armónica



1 Septiembre 2007

Yo no estaba en este poema,
sólo había un charco puro y brillante,
pequeño ojo de lagartija, el viento
y la música de una armónica
que no se había pegado a mis labios.


(Yo no estaba en este poema. Adam Zagajewski)

De París a Pushkar.

París puede ser muy caluroso en verano y también muy frío en invierno. La humedad del Sena te puede llegar a matar si te atreves a dormir debajo de uno de sus puentes.

La humedad entristece los huesos y, desafortunados, se quiebran sólo con respirar.

Entonces no te cabe más remedio que permanecer quieto y tranquilo mientras piensas que si respiras morirás.

Durante estos pocos segundos de vida que te restan puedes ver al río descender imparable, y si tienes suerte, mucha suerte, quizás puedas también ver o sentir a alguien a tu lado, ignorándote y ocupado en sus cosas.

Procura entonces recordar alguna canción, una melodía, cualquier cosa que te ayude a bien morir.

Algún beso que suene como las pequeñas armónicas de bolsillo puede servir, una armónica de esas plateadas, llenas de colores, que caben en la palma de la mano y que al mismo tiempo que ella la abraza y la toma, le hace de caja de resonancia para que el sonido sea más ventral.

Hay armónicas que son mejores que unos labios, y hay besos que te ayudan a cantar. Ambas cosas son buenas compañías para morir, que es una de las diferentes maneras que hay de cantar.

Y mientras cantas, el río continúa inmisericorde su deriva, deseando cruel, que Dios decrete de nuevo el Diluvio Universal.

____________

Siempre recordaré a Victoria en París, afirmando con su falso y característico estilo tranquilo y al mismo tiempo sorprendido que la forma más contundente de engañar es decir la verdad. El poder de la verdad, decía, no es el de la luz, ni tampoco el de la claridad, afirmaba sin mirarme, sino el del resplandor, el de la ceguera total. La mentira, en cambio, posee la fuerza de la sombra, la virtud del perfil, es el don de la diferencia. Siempre la recordaré robándole sin manía ninguna, y sin pedirle permiso, esa frase a su amigo peletero. Sabía que él no se quejaría.

Siempre recordaré también su deliciosa sonrisa, su cuerpo de gacela, su voz ronca y sus ojos de boxeadora noqueada, tan hinchados y cerrados que cuando te guiñaba uno, no lo cerraba, sino que abría el otro.

Victoria se quejaba de mis descripciones y caricaturas anatómicas, y me decía que a sus ojos lo único que les ocurría era que sufrían alergias y que en todo caso tenían rasgos asiáticos. Yo me reía de ella rasgándole, suave y dulcemente, todavía más los ojos con mis dedos. Me dejaba hacer y se reía conmigo.

Victoria tenía un amigo peletero que le regalaba vestidos chinos, qipaos de piel y de sedas de colores, bordados con hilos de oro o de plata, y según parece eso la hacía reír mucho más. Y cuanto más reía más se le hinchaban los ojos y más se parecía a Shirley MacLaine, o a una de esas mujeres asiáticas de edad indeterminada, que tienen esos ojos difíciles de interpretar. Tenía una apariencia muy extraña mirándome como un búho dormido a través de las rejas de la cárcel, susurrándome con su tentadora ronquera que los funambulistas siempre caminan en línea recta.

Quizás fueron esos extraños sofismas sobre la verdad y la mentira, los que suscitaron que a lo largo de toda su vida no terminara nada de lo que empezaba. O fue su barata poesía de mago de feria que nunca llegó a publicar, o también su curiosidad desordenada y su absoluta falta de constancia, las que la convirtieron en algo que casi era algo, pero que casi nunca era nada. Ni ella, ni sus amores ni sus propósitos eran algo sólido. Todo y todos éramos casi nada, incluso del peletero no conocíamos ni su nombre, excepto ella. Al menos nos aseguraba que sí, que el peletero tenía uno, tenía un nombre y que ella sabía cuál era.

Cosas como ésas son las que escribió sobre Victoria su amigo peletero al redactar su necrológica muchos años antes de su muerte, en una noche de fiesta, melancolía y angustia. Medio en broma y un poco bebida, Victoria le había pedido al peletero que la escribiera. Así como ponen espejos en las habitaciones de los burdeles, así quería verse muerta, balbuceaba entre hipos y risas. No deseaba morirse, ni tenía tampoco ningún ánimo suicida y, aunque lo pareciese, no era tampoco el deseo raro de ver su cadáver escrito en un papel. Sólo deseaba sentirse muerta, algo así como soñar despierta.

Aquellos días, semanas y meses en París fueron muy extraños, siempre lluviosos, grises, medio fríos, intempestivos, con muy poco dinero en los bolsillos, y ese poco que teníamos era para ella. El peletero trabajaba de lo suyo y de él vivía ella, y algo también de mí. Otros amigos también le daban regularmente dinero cuando podían.

Fue una necrológica premonitoria, pretenciosa y cómica, llena de mentiras y también muy corta, pues aunque la servilleta de papel en la que fue escrita no daba para más, su vida tampoco daba para mucho, nunca dio para mucho. Por aquel entonces Victoria era todavía joven y nada había hecho aun digno de ser mencionado. Luego, de mayor, tampoco hubiera habido mucho más que mencionar, la verdad es que no.

Sólo recuerdo que llegó a ser la madre de un niño, inteligente y guapo, pero ella no paraba de repetir que buscaba a su hija muerta. Naturalmente era mentira, ella no tenía ni llegó a tener jamás una hija, ni mucho menos muerta. Yo creo que hablaba por boca de otro. Pero no paraba de mencionarla. Incluso esa hija inexistente llegó a tener un nombre. Que no diré, ya no.

Pobre Victoria, no logró nunca a parir esa hija, de la que llegó hasta a imaginar parte de su vida. La ciudad, la escuela y el padre de la niña, que no era el mismo de su hijo. Una pura fábula.

Yo en cambio, lo que no pude encontrar nunca fue a mi hermana. Un día se me perdió al abandonarme. Mi hermana no era ninguna invención como la hija de Victoria. Mi hermana existió y existe en los registros y en los archivos del hospicio.

Estuve toda mi vida buscándola. Aun recuerdo las cartas que de mayor le escribí y que nunca le pude enviar. No tenía ninguna dirección donde enviarlas. Parecían mensajes dentro de una botella lanzados al mar. Aun podría volver a dictarlas todas, las tengo memorizadas como el rosario que los dos rezábamos en aquel hospicio también enrejado.

Por más que quiere no podré olvidar aquellas letanías tranquilizadoras y suaves que simulaban el ronroneo de un viejo motor y que a nosotros nos recordaban los latidos de un corazón que nunca habíamos escuchado.

Aterido de frío contemplaba absorto, mientras recitábamos, el cálido vaho que expelía aquella extraña máquina que eran nuestras voces, niños aun, y las de las monjas que nos acompañaban en aquel coro infantil. Monjas jóvenes y viejas, tan cálidas sus bocas y manos, como pálidos sus rostros calvos; hermosas todas ellas, de ojos deslumbrantes, casi siempre cerrados y vestidas de la cabeza a los pies de un negro inmaculado. Yo las miraba y me enamoraba, por santas y por humanas. Eran mujeres inexpugnables, llenas de sombras y rincones acogedores, absolutamente fascinantes, misteriosas y sorprendentes.

Por la noche, cansado y extrañado, me dormía abrazado a mi hermana con mi oreja pegada a su pequeño corazón de niña.

Algunos años después, aquella niña convertida ya en una mujer, huyó, abandonándome a mí, que nunca he conseguido llegar a ser ni siquiera casi un hombre.

También recordaré a los oxidados barrotes de la cárcel, o aquello que parecía una cárcel, y que me impedían ver a Victoria entera, siempre troceada, troquelada, como si un matarife loco y geómetra la hubiera descuartizado. No digas tonterías, me recriminaba Victoria, los geómetras o los cartógrafos no pueden estar locos ni ser matarifes, están tan cuerdos como cualquier cirujano, tan cuerdos como tú o como yo.

Recuerdo sus palabras, sin embargo he olvidado completamente quién de los dos era el que estaba preso allí dentro, ¿Victoria o yo? ¿Quién de los dos sabía tocar aquella pequeña armónica que tantas noches nos había acompañado? ¿Ella o yo?

Creo que ninguno de nosotros dos, debía de ser otro, un tercero, alguien más, no sé. Pero seguro que no eran esos que me venían a buscar cada día con su uniforme blanco y que daban por terminada la conversación con Victoria, no, esos no eran.

Tampoco recuerdo quién fue el que murió primero, tal vez fue ella y yo aun me estoy muriendo, o tal vez fui yo y mi muerte dura ya demasiado. Poco a poco me mutilan y yo no puedo evitarlo. Pedazo a pedazo, dedo a dedo, el pulgar primero y el índice luego. Y así, sin piedad ninguna, permiten que el tiempo se me desvanezca por entre los muñones, y con él esa terrible belleza de su umbral.

Cuando estamos vivos nos preguntamos llenos de curiosidad y angustia por qué el mundo que nos cobija se nos muestra indiferente, sin embargo fuera de él somos nosotros los indiferentes, los extraños y los mudos.

A Victoria no la he vuelto a ver más, no sé por qué dejé de verla detrás de aquellos barrotes.

Hace tiempo, todavía oía la voz del peletero hablándome de algo, pero nunca pude oír bien qué trataba de decirme, solamente me daba cuenta que ya no nos encontrábamos en París.

Así terminó todo.

Aquello ya no era París.

____________

El polvo era limpio y las casas narraban los viajes a la Meca, en algunas.

En otras, las mujeres, llenas de colores adornaban las entradas, sus puertas.

Con una mano se apoyaban en la pared y con la otra se arreglaban los pañuelos, floridos.

Y se dejaban mirar porque ellas también te miraban, atentas.

El cielo era despiadado, pero también estaba limpio, como el polvo.

Y en un rincón, apartado y sin molestar, el lago, pequeño y brillante.

Redondo y solitario.

¿Lago solitario?

Sí, rodeado de azafrán y canela, moteado de rojo oscuro y perfumado de vainilla, deslizante.

Quieto. Casi inmóvil.

Opaco si lo mirabas de lado.

Transparente si le mirabas a la cara.

Tal vez Pedro navegaba por él viendo caminar a Jesús. Pero no. No era necesario, allí no.

El polvo era amarillo y las mujeres eran oscuras y de ojos negros, que de tan bellas te mataban al sonreírte.

Sus caderas eran una señal y una invitación a un baile secreto.

Yo miraba una nube de polvo a lo lejos, ¿quién sería?

Encaramado a algo miraba y miraba y no dejaba de mirar, inquieto.

Alguien se acercaba.

Alguien venía.

Y mi hermano, a mi lado como siempre, tocaba la armónica.

Y ella sonreía.

¿Quién?

Ella.

Y nada más.

lunes, 19 de enero de 2009

El peletero/El ojo y el negro (3)



30 Agosto 2007

La Virtud es siempre
más cara que el Vicio,
pero más barata
que la Locura.


(W. H. Auden)

Querida Silvia, cuando pinto y dibujo creo hallar alguna verdad escondida, algo importante que ha de saberse para poder vivir y morir con dignidad.

Tú sabes entresacar siempre el secreto oculto entre los sucesos y las aventuras que narran mis pinceles, sabes ponerle orden, y alumbrar así, con tu juicio sereno y delicado, la verdad.

La verdad, la más exótica de las mercancías, tan difícil de hallar e imposible de comprar.

Querida Silvia, tú me demuestras con tu ejemplo y con la manera que tus ojos miran el mundo desde ese rincón pequeño que es tu casa, que la verdad es oro en polvo, que baja por entre las aguas rápidas de ríos fríos y de alta montaña; que hay que subir muy arriba y baldear mucho barro para conseguir entresacar unos pocos gramos.

Una vez más ha venido Marta, de la que ya te hablé. Me rompe el corazón verla tan desnutrida, pero yo no puedo tenerla en casa. Me dice que soy su padre, pero ya tiene dieciséis años y yo no quiero ser el padre de una mujer, quizás sí de una niña, pero no de una mujer. Lo malo es que siempre consigue que le dé de comer. No debería hacerlo, no debería darle nada, así conseguiría que no regresase. Ya lleva dos abortos y tarde o temprano parirá de nuevo y me traerá en brazos también al niño medio muerto de hambre. Al menos no podrá decir que es mío, no podrá, pero es lo que quiere y lo que busca. Esa es la única manera que sabe de buscar refugio.

Contigo mirándome sé que no vivo en vano.

Contigo esperándome sé que no camino solo.

Tu hermano que te quiere Teodoro.


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La pintura “Sansón y los filisteos” fue encargada por el mismo Obispo, y cuando la vio terminada se llevó una buena sorpresa, aunque se recuperó enseguida cambiándole el nombre.

¿La pintura es realmente desconcertante y ofensiva para un católico? Teodoro utiliza el recurso común de representar escenas bíblicas en un ambiente contemporáneo y no se le ocurre nada que sea más provocador que convertir el palacio de los filisteos en una enorme y fantástica catedral gótica, resplandeciente de luz acristalada en plena liturgia. Los bancos y sus pasillos se encuentran llenos de fieles. El Obispo se dispone a encabezar una procesión que llevará una imagen de la Virgen por las calles de la ciudad.

La atmósfera es espesa, casi podemos oler el incienso y tocar la luz de las velas. En un rincón, un mendigo andrajoso, ciego y de cabellos largos y rubios es guiado por su lazarillo, una niña. Las manos del mendigo se posan en una de las enormes columnas del templo y su rostro inexpresivo se yergue hacia las alturas, como queriendo sospesar la enormidad de la mole o como suplicando la ayuda del cielo para su propósito destructor.

Es en este momento cuando nosotros miramos también hacia arriba y vemos que allí todo es oscuridad.

El tercio superior del lienzo se encuentra en una semipenumbra. Paredes como manchas oscuras, cubiertas y arbotantes como pinceladas gruesas, toscas, indefinidas, pura abstracción, fin del límite y de la perspectiva. De cualquier perfil.

¿Es eso lo que hay o lo que Sansón ve?, ¿por qué toda la luz está en el suelo? Toda la luz y todos los personajes, todo lo que sucede está en el suelo. Multitud abigarrada y absoluta confusión, tanta, que casi el mismo Sansón y su lazarillo nos pasan desapercibidos, como así les sucede también a los soldados que deberían custodiarlo, distraídos como están contemplando la imagen de la Virgen. Pero nosotros lo descubrimos porque primero nuestros ojos se han fijado y posado en la figura que Van Babel ha iluminado de manera más intensa y que sobresale del resto, la de una mujer de cabellos negros y vestido blanco que en su mano derecha sostiene un paño en el que hay representado un rostro ensangrentado, ¿la Verónica?

Lo sea o no, es el único personaje que mira al mendigo ciego de cabellos largos y rubios. Ella nos lo muestra con una expresión de profunda tristeza.

A Teodoro no le gustaban las multitudes, pensaba que no eran dignas de ser pintadas, como el mar o el cielo, cosas informes, abstractas por definición. En su “Sansón y los Filisteos” resolvió bien el problema centrándose solamente en tres personajes, el mismo Sansón que mira al cielo y no ve nada, la Verónica que lo mira a él como una prefiguración de Cristo, y que lleva en sus manos el primer Icono de la historia, y la Virgen, imagen de madera que es sacada a hombros por los fieles y que nos mira a nosotros.

Mientras nosotros los miramos a todos.

El Obispo se enfadó al ver su catedral convertida en cueva de paganos y sólo le pagó una parte de lo pactado.

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Querido Teodoro, me preocupas, siempre estás solo o mal acompañado. Aléjate de esa Marta. Estas empezando a crearte una buena reputación, no la malgastes ahora con esas compañías. ¿Qué sucedió con aquella otra Marta, la hija de tu casero? De pronto dejaste de hablarme de ella, ¿qué sucedió?

Si necesitas ir al burdel, ves, pero procura no crearte ningún hábito.

Me has enviado unos apuntes de una muchacha de uno de ellos, es africana y muy bella. Son perturbadores esos cuerpos negros. ¿Te gusta ella?, no te encariñes Teodoro, no lo hagas.

Me preocupa mucho tu soledad y que nadie se ocupe de ti.

Dentro de tres meses daré a luz. No para de moverse y yo espero que él o ella oiga mis canciones, las que nuestra madre nos cantaba y que oíamos con una oreja pegada a su corazón.

Christian está feliz, siempre lo está cuando estoy embarazada. Dice que le gusta mi barriga y a mi me gusta oírlo. Aunque por las noches está cansado, y siempre se duerme en mis brazos como si fuera él el hijo que espero.

Por las mañanas vuelve a ser de nuevo el esposo que necesito. Me gusta esta hora temprana del día, cuando la luz es tenue, los caminos todavía están vacíos, el cielo nos muestra su plata y nuestros cuerpos se juntan.

Tú hermana que te quiere, Silvia

viernes, 16 de enero de 2009

El peletero/El ojo y el negro (2)



26 Agosto 2007

¿Nos juzga Dios
por la apariencia?
Yo creo que sí.


(W. H. Auden)

Querido Teodoro, temo la luz de Dios que me ciega con su resplandor. Sólo el recuerdo de tus pinturas, con sus sombras y oscuridades me dice la verdad.

Tengo miedo Teodoro, ya casi no puedo ver ni mis propias huellas. Mijo pequeño ha muerto y ya vuelvo a estar embarazada. Hace un mes que le dimos sepultura, llovía y el lodo de los caminos era tan áspero que ni siquiera los mulos podían andar por ellos y tirar del carro que transportaba el cuerpo de mi hijo.

Hoy, en cambio, hace sol y sopla el viento, tengo que cerrar las ventanas de casa para que no entre el polvo.

Mi esposo Christian lleva quince días fuera, está trabajando y no volverá hasta dentro de dos meses.

Tengo miedo Teodoro, hoy, por unos instantes, no he recordado cuál era el nombre de mi niño muerto.

Querido hermano, dibújame su rostro, cuéntame como era y como sería.

Tu hermana que te quiere, Silvia.


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Teodoro era delgado como uno de sus pinceles de pelos de marta cibelina. Silvia, su hermana, no tenía cuerpo, pero tenía olor y color. Ese color de flamenca y de sajona se lo proporcionaba su sonrisa que le daba la sombra justa y precisa con la que hacerse ver por los demás. Silvia nunca fue invisible, pero Teodoro sí, por eso pintaba. Albino y translúcido sabía cabalgar la luz y frenarla, pararla. Él sabía eso, y sabía también cómo hacerlo.

Porque la luz se puede parar.

Esa es una de las diversas maneras que hay de detener el tiempo.

Su obra maestra “Sansón y los filisteos” lo encumbró. Es una obra políticamente arriesgada, que el mundo luterano y de la Reforma aplaudió y que el mundo católico ¿más sabio?, rebautizó con el nuevo nombre de “La Verónica”. Es una obra compleja que rebasa los límites de un humilde post para comentarlo. Posiblemente habrá tiempo de hablar de ella y de muchas de sus otras obras, aunque Teodoro fue un pintor con escasa producción terminada. Sin embargo, todas ellas son muy “características”. Además, tenemos la enorme correspondencia con su hermana Silvia y con muchas otras personas.

Gracias a Silvia se conserva casi todo.

A la muerte de su hermano, enferma y sin dinero no se acobardó, pidió un préstamo a un usurero judío para poder realizar el viaje. Con su hijo mayor Pablo atravesó el Canal de la Mancha para recoger y llevarse los restos de Teodoro y enterrarlo en su casa inglesa, al lado de sus hijos muertos. Aprovechó y también vació la casa cargando con lo que pudo.

Desgraciadamente no consiguió devolver el préstamo y el usurero se quedó con todo aquello que había pertenecido a Teodoro. Al cabo de poco tiempo Silvia murió de tristeza.

Afortunadamente el prestamista judío sabía lo que tenía entre manos y lo valoró adecuadamente. Y así fue pasando a sus descendientes que fueron heredando y vendiendo todo ese patrimonio según las necesidades y las locuras que sufrían.

En la actualidad sólo conservan la correspondencia, y este peletero que escribe ha podido tenerla en sus manos. Yo no sé hablar ni leer flamenco, pero sí puedo ver y mirar la caligrafía de los dos, y eso casi… casi es suficiente.

Las familias judías son amplias, extensas y dispersas. Y mis amigos I. & M. LTD. tuvieron la gentileza de introducirme y presentarme a la persona adecuada de su familia. Que con la ceremonia debida, me mostró y abrió el cofre donde guardan toda la correspondencia de Silvia y Teodoro.

Dos vidas enteras.

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Querido Teodoro, Christian ha vuelto, estaba preocupada por él, se fue algo enfermo, pero gracias a Dios ha regresado bien. Me ha dicho que en el próximo viaje se llevará a Pablo, nuestro hijo mayor. Tarde o temprano tenía que ocurrir. Eso será poco después que yo dé a luz y si todo va bien. Me quedaré sola con las niñas y el recién nacido.

Pablo está contento, es joven y tiene ganas de conocer el mundo, pero habla demasiado de América. Si allí se fuera sé que no lo volvería a ver más.

Se parece mucho a ti, sus ojos negros y sus cabellos rubios son los tuyos.

Tu hermana que te quiere, Silvia.

miércoles, 14 de enero de 2009

El peletero/El colibrí y las muchas en flor (y 4)



25 Agosto 2007

Mi bar preferido se encuentra en una esquina, lado montaña y Llobregat, es la mejor y la más sombreada. Una de las camareras que me atiende parece interesada en lo que leo. Siempre la veo fisgar por encima de mis hombros. Se parece mucho a una mujer que conocí hace ya tiempo. Tiene una fisonomía y una arquitectura corporal muy característica, sensual y bella, que no describiré.

¿Por qué?

Toma, le dije un día, y le di a leer un poema de W.H. Auden, titulado, “Muchacha que lloras en la duda”

Sorprendida por mi ofrecimiento y sin atreverse a sonreír leyó,

Muchacha que lloras en la duda,
¿quieres encontrar al atardecer
a tu amante con sus perros
y con un halcón en la vista?


Para, pues, ruidos y brisas,
soborna a cada pájaro,
apresa el sol con la mirada,
a la noche y a su manto.


Las noches de amor son siempre oscuras,
fríos son los vientos del invierno,
huye del miedo que ahora te atrapa,
deja atrás el infierno.


Huye hasta que oigas de las aguas
el intermitente sollozo;
por más que el mar sea áspero
deberás beberlo entero.


Y deja en las cárceles más hondas
fortaleza y añoranza,
y entre los navíos que en ella naufragaron
encontrarás la llave de oro.


Alcanza los límites, besa
al horrible vigilante,
y pasa al otro lado del círculo
a través del puente balanceante.


Allí un castillo desierto te espera,
se te ofrece para que lo explores,
abre el portal, sube la escalera
de mármol nacarado.


Llega hasta una estancia clara,
que ya está lejos el peligro,
saca el polvo y las telarañas
de aquel inmenso espejo.


Mírate en él hasta que no te reconozcas,
ya has llegado al final;
toma, entonces, la daga y atraviésate
el corazón desconcertado.


(W. H. Auden)

La muchacha se puso a llorar silenciosa y suavemente, me miró con la tristeza del que sabe algo terrible, me devolvió el libro y se fue despacio hacia dentro del bar para seguir atendiendo las mesas.

Yo también me entristecí al ver a esa mujer llorar, casi avergonzada de sí misma, y casi tanto como yo lo estaba de mí, y sin poder evitarlo. Ni ella ni yo. Una vez más tuve que ponerme colirio en mi ojo izquierdo, hace mucho tiempo que tengo el lagrimal enfermo y nunca llora por si solo. Eso me hizo recordar que una vez parecí tuerto.

Pero no lo era.

Desde dentro del bar se oía una rancia canción. Un viejo cowboy barrigón y de cabello abundante cantaba contento.

Cabalgaba solo en su Harley-Davidson plateada. La “bala de plata” la llamaba él.

-¿No se llama también “bala de plata” al Dry martini?

-Sí. Y la banda que acompaña a Bob Seger se llama también “The silver bullet band”

-Tres cuartos de ginebra seca y uno de vermú seco, ¿verdad?

-Sí.

-¿Qué diablos haces con tantas balas plateadas?

-Dispararlas.

-¿Con qué?

-Con mi rifle.

-No me hagas reír, esas balas no tienen pólvora


-No, no la tienen.

-¿Y a quién y a qué disparas con esa escopeta vieja?, pareces un torero con la espada roma.

-Disparo al aire, disparo a Nadie y a Nada. Te disparo a ti. No creas que es fácil.

-Estás viejo, eres hiriente, soberbio y mezquino. Y todo tu patrimonio es una escopeta estropeada que no es capaz ni de disparar balas sin pólvora.

-Tienes razón, pero yo tengo nombre y casa. No me escondo. Yo soy “el-peletero” y vivo en la coctelera, quien quiera puede entrar sin llamar, será bienvenido y podremos charlar.

Johnny Cash cantaba, alguien había puesto la moneda en la ranura adecuada y elegido la canción correcta. Su voz llegaba clara, nítida y fuerte hasta donde yo me encontraba.

As sure as night is dark and day is light
I keep you on my mind both day and night
And happiness I've known proves that it's right


Because you're mine, I walk the line

Siempre me he preguntado cuál es ese linde y nunca he sabido responder.

A un lado el abismo y al otro la muralla.

Al intentarlo me embarga la añoranza por aquel tiempo en que mi mundo eran mis ojos y aquellos mundos que contemplaban.

Pero una memoria demasiado precavida y siempre miedosa, decidió resguardar esos ojos de vientos ladrones y de tempestades necias. Y al igual que un mal café, los recuerdos se fueron depositando en el fondo y terminaron convertidos en lodo, poso y polvo.

Y también en algo de temor.

Y así, guarecido entre la oscuridad, el limo y el sedimento, traté de sobrevivir, más mal que bien, a la tormenta y al tiempo.

Aunque mis párpados, siempre curiosos de luz, no podían evitar ser ventanas o unos simples pétalos anhelantes por mostrar su flor.

Y llamar al colibrí para darle de beber.

Sediento, con su perfecto pico curvo,

simpático, alegre, contento,

florido,

y ajeno a la muerte del mar.

lunes, 12 de enero de 2009

El peletero/El colibrí y las muchachas en flor (3)



24 Agosto 2007

Alguna vértebra debe de estar mal colocada y muerde lo que no debe. Esa es la causa de esa maldita cojera que ya dura demasiado, arranca desde la cadera izquierda y desciende hasta más allá del suelo. Me da un aire torpe al andar; hay cojeras elegantes, de bastón con la punta de plata y mango de marfil, pero la mía no es de ésas. Por su culpa me es difícil mantener un porte digno. A pocos les gusta mi aspecto ridículo, y a mí tampoco.

Sentado mejoro. Aunque todavía he de alzar la voz para que el camarero me atienda cuando pido mi café todas las mañanas a primera hora.

Cuando no tengo nada que hacer me siento en la terraza de mi bar preferido, y entre ver pasar la gente y leer cuatro tonterías, las horas transcurren también tontamente.

Una de las camareras siempre me mira de reojo lo que estoy leyendo, no es joven y no es de aquí. No sé porque se interesa, nunca hemos hablado más que las palabras necesarias para pedir el café y pagar. Tiene un físico característico que no voy a describir, pero su sonrisa cuenta muy bien el tipo de mujer que es.

¿Cuál?

- Me gusta la forma de su cráneo –dijo Teodoro-. (…) Es usted dolicocéfala.

- O sea…

(…)

Y antes de que Teodoro hubiera encontrado las palabras para responder, Giudi Olper arrojó la boquilla sobre un plato, cogió las cintas de su bata, lo atrajo hacia sí, acercó sus labios a los de él, clavó sus ojos en los ojos de él, vibrando delicadamente como si su cuerpo emitiese ondas, y habló con lenta resolución, mientras le miraba un ojo, el otro, la boca, el mentón, la frente, clavándole en el rostro las palabras una a una, como si clavase banderitas sobre el mapa de una batalla.

(“Dolicocéfala rubia”. Pitigrilli)

Christos estaba en Barcelona, en plena inmersión lingüística, tratando de ampliar su conocimiento de lenguas cuando le robaron la cartera y el pasaporte, distraído y enfrascado en charlar con unos amigos que también intentaban ser al menos bilingües.

Lo habíamos instalado en un Apartotel lleno de iraníes exiliados.

Le habían robado la cartera, sin embargo ya hacía días que había encontrado en la escuela donde estudiaba castellano, a una alumna como él, Ingrid, una belleza suiza, pequeñita, delgada, con un cabello rubio muy corto, a lo “garçon”, y con aspecto de no haber hecho nunca daño a nadie, y que quería conocer, decía, Latinoamérica. Admiraba al “Che” nos contó un día. Quería viajar, decía. Hacer muchos amigos, decía. Me gusta la música me dijo. ¡Ah!, respondí yo. Y me sonrió satisfecha de sí. Y le sonreí. Se parecía mucho a Jean Seberg, aquella actriz americana con carita de ángel que acabó suicidándose.

Christos me llamó y fui a la comisaría para ayudarle, todavía no sabía bastante español y los policías era lo único que hablaban. Allí estaba él con esa nueva amiga suiza que en aquel mismo momento se estaba pintando las uñas de los pies y contando en un perfecto alemán de Zürich, a un policía con cara de estupefacción y que no entendía absolutamente nada, que Suiza era muy aburrida. Mientras tanto, yo y Christos intentábamos hacer la denuncia correspondiente del robo, para ir al día siguiente al consulado a por un nuevo pasaporte.

El trámite se agilizó con una cierta facilidad, y si he de ser sincero, Ingrid colaboró mucho con su improvisado discurso en su lengua vernácula, y con esa pulcra manicura de pies con la que nos obsequió a todos los que allí estábamos y con la que consiguió crear el “clima” adecuado para que todo se hiciera rápido y perfecto.

Iba bien vestida con una falda larga, no enseñaba las piernas ni se comportó de manera inadecuada, en todo momento tuvo un proceder correcto si exceptuamos tal vez, que una comisaría de policía no es el lugar donde uno deba hacerse una manicura de pies. Ni quizás tampoco hablar un idioma dando por sentado que todo el mundo te entiende. O peor, dando por sentado que no te importa que te entiendan.

Quien seguro la entendió fue su novio suizo al que llamó desde el teléfono de mi casa nada más llegar. Como era tarde yo les invité a cenar en esa casa mía que se halla en una hipotenusa -siempre he pensado que a Pitágoras le hubiese gustado- y que tiene el suelo de color salmón con manchas lechosas que hacen pensar que a alguien se le ha roto una botella de leche.

Mientras Christos y yo preparábamos la cena ella telefoneaba a su “boyfriend”. A Christos no le hizo mucha gracia que hablara tanto y con tanto cariño con ése novio. A mi tampoco, veía como los minutos pasaban y como la factura debía estar subiendo. Para relajarme me burlé un poco de Christos y le dije que a su novia griega tampoco le haría mucha gracia que a él no le hiciese gracia que Ingrid hablara con su novio, al que seguro tampoco le haría gracia que a Christos no se la hiciese. Estuvo de acuerdo conmigo.

En una de las estanterías de casa tengo una figura mejicana de barro. Parece un tucán, tiene el pico enorme y mira desafiante. Ingrid quería que se lo regalase. Por supuesto me negué.

Cuando ella y Christos se fueron estábamos los tres ya demasiado borrachos. Pero antes de cerrar la puerta ella se giró, me dio un beso en los labios mientras me decía: “the bird is mine, but is my present for you, thanks baby” y se fue tambaleándose y apoyándose en Christos. Parecía una escena bíblica. Un taxi les esperaba en la calle.

Yo me fui a dormir pensando en la factura telefónica.

Pero con el alcohol que llevaba encima me dormí enseguida. Me dormí y soñé con pájaros de picos inverosímiles de alas poderosas y con flores tropicales, hermosas y desvergonzadas.

Y soñé en color mientras olía una flor, que según se ve, se le había caído al suelo a Ingrid sin querer.

¿Sin querer?

Me gusta que el colibrí sea verde y amarillas las flores

o rojas o rosas o negras o también marrones

o quizás pardas y azules o de mil colores.

O blancas como palomas.

Me gustaría que los pétalos de las flores fueran las alas del colibrí.

Pero… ¿Quién sabe volar?, ¿el colibrí?

Él por supuesto sí.

¿Y las flores?

Las flores no.

sábado, 10 de enero de 2009

El peletero/El colibrí y las muchachas en flor (2)



23 Agosto 2007

Y así… hablando y conversando con esa especie de nevera, deslizándose y resbalando sobre un hielo lleno de arrugas, surcos y grietas pasó de la belleza dorada de Gwyneth Paltrow y de Peggy Lee a los cabellos negros de esa mujer belga, que casualmente se debía parecer, cuando era algo más joven, a la hija de John Houston.

En la versión cinematográfica que éste realizó de la obra de James Joyce “The Dead”, su hija, Angélica Houston, también pierde la noción del presente bajando unas escaleras al oír cantar la vieja balada irlandesa, The Lass of Aughrim. Cuando su marido se atreve más tarde a preguntar, sólo le resta contemplarla con dulzura, y decirse casi para sí, mirando por una de las ventanas de fríos cristales del Hotel Gresham de Dublín:

¿Cuánto tiempo guardaste en tu corazón el recuerdo de la mirada de tu amado cuando te dijo que ya no quería vivir?"

La respuesta de ella poco importa, es mucho mejor volver a oír la canción y dejarse transportar por su infinita tristeza.

If you'll be the lass of Aughrim
As I am taking you mean to be
Tell me the first token
That passed between you and me


O don't you remember
That night on yon lean hill
When we both met together
Which I am sorry now to tell


The rain falls on my yellow locks
And the dew it wets my skin;
My babe lies cold within my arms;
Lord Gregory, let me in


Después de todo ello poco más puede uno decir, excepto lo que James Joyce puso en boca del marido.

"Sí, los periódicos tenían razón: la nieve se extiende por toda Irlanda..."

______________________

Pero tal vez sí que algo más se pueda decir o recordar: oír a tu madre cantar.

Cuando era un niño, mi madre, me cantaba la canción del ladrón, yo siempre lloraba y llorábamos todos al oírla, ella misma, mi hermano y también mi padre, los cuatro. El estribillo nos llegaba al corazón y nos lo rompía antes de tiempo, siempre a deshora, siempre demasiado pronto. Era toda una premonición.

Quan he tingut prou diners,
He robat també una nina,
L’he robada amb falsedat,
Dient que m’hi casaria.


Adéu Clavell morenet!
Adéu estrella del dia!


Cuando tuve bastante dinero,
Robé también a una niña,
La robé con falsedad
Le dije que me casaría.


¡Adiós clavel morenito!
¡Adiós estrella del día!


A la mañana siguiente, temprano, oíamos a nuestro padre cantar y desafinar en la ducha y veíamos a nuestra madre contenta preparando el desayuno.

Ahora.

Desde mi casa veo la ropa tendida de mis vecinos secándose rápido cuando el clima es seco, sopla el viento o alumbra el sol. A veces también los veo a ellos, entrando y saliendo, laboriosos o indolentes.

El patio interior de la isla de casas donde se halla la mía, es un triángulo equilátero perfecto, y yo vivo en su hipotenusa, que casi se orienta al Norte virando ligeramente al Oeste.

Mi casa tiene un suelo de baldosas de color salmón con figuras abstractas de color blanco. Siempre descubro nuevas imágenes y rostros; algunos son viejos conocidos, otros en cambio me visitan por primera vez y se van tan rápido cómo han llegado. Mi suelo parece un cielo nublado, desordenado, siempre dudando entre la sequía o la lluvia.

A partir del mediodía entra el sol sin pedir permiso, ni con mil cortinas puedo evitar que lo haga y a él parece que no le importe mi opinión. Si tuviera ropa tendida sería de gran ayuda, pero en mis tendedores no hay ni un triste calcetín agujereado secándose.

Si lo hubiera, seguramente no tendría par.

En mi casa conservo una caja de bombones belgas, vacía de bombones belgas. Es de hojalata y de color rosa. En ella guardo un parchís minúsculo, un mechero a gas sin gas, unas piedras de playa pintadas por una niña que ya es una mujer. Unas cuantas conchas de colores marrones mezcladas con un montón de monedas de varios países, la mayoría de ellas ya no deben ser ni de curso legal.

En esa caja también guardo en sus puros huesos una garra despellejada de visón. Y un viejo número de teléfono escrito en una servilleta de papel al que nunca llamé.

- ¿Tienes ahí bombones?

- Hace mucho que se terminaron, exactamente 35 años.

- Cuando todavía existían las dolicocéfalas rubias, ¿verdad?

- Sí.

- Yo soy una de ellas, ¿no te has dado cuenta

- Tú eres un simple aparato de aire acondicionado que habla, nada más

- ¿Simple aparato?, ¿no sabes que producir frío no es lo contrario que producir calor?

- Sí, lo sé, no es lo contrario.

- ¿Qué es entonces?

- No es lo contrario, es lo mismo.

- “Allô allô: on demande monsieur Théodore Zweifel au teléphone.

La telefonista le abrió el locutorio número dos y le entregó el receptor.

- Soy Teodoro Zweifel –dijo cerrando tras él la acolchada puerta.

- Y yo soy Giudi Olper. Este nombre no le dirá a usted nada. Giudi Olper, veinticinco años, casada, muy pronto divorciada, piloto aviador con setecientas horas de vuelo. Hablo cuatro idiomas, (…) No tengo ningún amante, no tengo necesidad de dinero y quiero conocerle a usted.

Teodoro formuló la más obvia de las objeciones y la joven explicó:

- Es muy sencillo. Le he hecho seguir por las calles de Ostende (…) Le estoy siguiendo a usted desde hace veinticuatro horas. Responda: ¿me permite conocerle o no?

- Sí –respondió Teodoro Zweifel, al cual no desagradaba aquella insólita coyuntura. Y preguntó-: ¿Dónde y cuándo?

(“Dolicocéfala rubia”. Pitigrilli)

jueves, 8 de enero de 2009

El peletero/El colibrí y las muchachas en flor (1)



21 Agosto 2007

“El amor es un género literario. Disfraza lo nuevo y lo convierte en mágico”.

(Joana Bonet, La Vanguardia 17-08-2007)

“El amor es un género literario. Disfraza lo viejo y lo convierte en nuevo”.

(El peletero)

Gwyneth Paltrow emula a Peggy Lee preguntándose: “What is this thing called love?” en la película “Infamous”. En uno de los cameos más memorables que este peletero recuerda haber visto.

A media canción balbucea, se detiene, se queda transportada y casi absorta en sus propios recuerdos y emociones. A la vista de todo el mundo, que la observa en silencio y con el alma en vilo, preguntándose a su vez si podrá reponerse y continuar con la canción. Naturalmente que sí, chasqueando los dedos se repone y se responde así misma preguntándose de nuevo:

I saw you there one wonderful day
You took my heart and threw it away
That’s why I ask the Lord in Heaven above
What is this thing called Love?


“Es la primera y la mejor escena de la película”, dijo el peletero. Aunque en realidad ésa no era una afirmación, más bien parecía una pregunta.

¿A quién se la hacía?

A Nadie y a Nada.

Estaba solo en su tienda hablándole al aire acondicionado que en extrañas ocasiones le respondía, pero si no lo hacía al menos cumplía con su misión: enfriar.

La Nada lo miraba atenta y lo escuchaba con interés. Estaba allí para hacerle un rato de compañía en su tienda.

- Tienes razón, le respondió la Nada, lo es, es la mejor escena de la película, pero cuéntame por qué.

- Eso es algo que no se puede ni tampoco se debe…

- ¡No seas pedante y mezquino!, le espetó la Nada.

- De acuerdo, cuéntalo tú pues.

- Tú eres el que escribe, yo solamente te leo. La responsabilidad es tuya.

- Sí, pero tu no estas enamorada de Gwyneth Paltrow, y yo sí

- ¿Por qué supones que no?, yo también estoy enamorada de ella, y de ti y… también soy rubia como ella, incluso más, y canto mucho mejor que tu Gwyneth.

- Y también tienes su edad. Ambas estáis en vuestro mejor momento y las dos sois unas excelentes actrices. La interpretación de ella es memorable.

- Realmente sí, confirmado, eres mezquino.

En aquel momento el peletero debería haber hablado del arte y de la vida y de la imposible mezcla, pero fácil confusión entre ambas cosas cuando se es torero o se está completamente loco. Pero él sólo era capaz de ver unos grandes ojos grises, ese gris que contornea las sombras como si fuera su áurea. Ese gris que hay en el fondo del hielo y en el centro de todo aquello que es blanco.

En esas fantasías andaba el peletero, cuando entró una mujer en la tienda.

Era una vecina de dos casa más a la izquierda. Vivía sola y era de Bruselas y cada vez que viajaba a su país para visitar a su hijo le llevaba un regalo.

Delgada, pelo negro lacio, vestidos largos y sombrero. Siempre sombrero.

Debía de haber sido elegante y ahora se había quedado sólo en desmañada, había perdido el punto justo de “tensión” que necesita la elegancia. Parecía una goma elástica, pero sin su fuerza.

La Nada y esa mujer ni siquiera se miraron mientras el peletero procuraba atender a su clienta lo mejor que sabía.

Dos gemelos de acero inoxidable cumplieron el propósito del regalo. Antes de irse se quedó un rato mirando un retrato que hay en el escaparate de la pintora O’Keefe, ya mayor y con su rostro lleno de arrugas. A su lado hay también una fotografía de un colibrí en pleno vuelo buscando su flor. Al marchar sonreía contenta.

- Qué clientas más raras tienes, le dijo la celosa Nada cuando “la desmañada” se fue.

- ¿Rara?, ¿por qué? Te has fijado que sus pies a penas tocan el suelo.

- ¿Qué?

- ¿No te has fijado? De joven fue bailarina y patinadora sobre hielo.

- Y tú eso, ¿cómo lo sabes?

- Te puedo asegurar que por telepatía no.

- Eres hiriente y mezquino.

Le dijo ella dándole un sonoro beso en los labios, húmedo y frío. Resbaladizo y desequilibrante.

lunes, 5 de enero de 2009

El peletero/El ojo y el negro (1)



20 Agosto 2007

“La lengua es un ojo”.

(Wallace Stevens)

Plinio nos relata el origen de la pintura en la historia de una muchacha que dibuja en una pared el contorno de la sombra que proyecta en ella su amante dormido. Más tarde, el padre de ella, rellenará la figura de arcilla y creará así un simulacro, un receptáculo que supuestamente ha sido hecho para albergar un alma, su sombra.

A eso se le llamaba un “colosso”, donde naturalmente el tamaño no era su característica principal y sí que fuera algo erigido, erecto y animado.

Un bello mito que permitió encontrar, según muchos, una genuina manera al amor para expresarse.

Reseguir el contorno de tu amante,

con tus dedos y tus ojos

y permitir así, con tu caricia,

que permanezca más allá de la memoria.
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Teodoro Van Babel fue un pintor con dos dispares habilidades, la del retrato y la de la composición simbólica.

La primera queda bien probada en la variedad de retratos que realizó a lo largo de su vida. De entre todos ellos es obligado resaltar los que le hizo a su propia hermana Silvia, a su esposo y a los hijos de ambos.

A pesar de que Silvia tuvo que emigrar a Londres para casarse con un comerciante inglés, Teodoro logró retratarlos a todos desde la distancia, sin verlos siquiera, utilizando para ello únicamente la memoria, la intuición y las descripciones de su hermana. Todos inacabados, pues nunca llegó a finalizar ninguno de esos retratos familiares en los que a veces él también se incluía.

Los años pasaban, las personas cambiaban y los retratos nunca se terminaban. El resultado que nos ha quedado, después de capas y capas de pintura es el de unos bocetos, donde los personajes parecen no tener ni edad ni peso. Fantasmas provisionales que no consiguen traspasar el espejo.

Su otra habilidad, fue la composición simbólica, que junto con la de retratista está perfectamente sintetizada en el doble retrato que realizó de su amigo Isaac Martens junto a su amada, Sofía Verhofstadt.

Algunos expertos sostienen que en realidad es un autorretrato, que Isaac es Teodoro y que la mujer es Silvia, la hermana del pintor, pues el parecido con los otros retratos es sorprendente. Pero eso ahora no tiene importancia. Van Babel escribió al pie del doble retrato los nombres de Isaac y de Sofía y si así lo hizo es que así quería que constara y así consta oficialmente.

La pintura es interesante por su composición manifiestamente arcaica, a pesar de hallarnos ya en pleno siglo XVI. Una obra en parte fuera de época y paradójicamente del estilo del resto de su obra. Hay en él una mezcla de modas: cabellos muy largos hasta la misma cintura, a la flamenca, y otra a la italiana en el vestido de ella, con un corpiño muy escotado que deja ver sus pechos y sus hombros desnudos, muy apretado en la cintura que resalta un cuerpo esbelto, y las manos desnudas jugando con “algo”. La estructura iconográfica mantiene la de un tríptico, con Isaac a nuestra izquierda, Sofía a la derecha y en el centro una simple y sencilla mesa con un plato en el que se hallan un par de ojos depositados. Él y ella artificialmente hieráticos tal cual esfinges.

Isaac era hijo de un rico comerciante flamenco. Especializado en el comercio de marfil, pieles, plumas y de todo aquello que siendo extravagante pudiera venderse. A lo largo de su vida logró enriquecerse y arruinarse en varias ocasiones.

Sofía era la hija de uno de los clientes de Isaac. Un Duque curioso, rico y coleccionista de cosas raras y de los numerosos objetos exóticos que los barcos traían constantemente de ultramar.

En éste doble retrato de Van Babel lo primero que vemos es la mesa que hay en el centro, y que separa a los dos protagonistas, en ella hay ese plato que de tan blanco capta y atrapa toda la luz, y en él hay el par de ojos antes mencionados, no sabemos si arrancados de un humano o de un animal, y que Van Babel nos muestra pulcra y muy explícitamente.

El significado, si no simbólico, es tal vez biográfico y quizás estos ojos nos remitan directamente al padre de Isaac, Abraham, un intransigente y fanático luterano y uno de los primeros seguidores de Calvino, que en un ataque de locura iconoclasta se arrancó los suyos con una cuchara sopera, después de haber recorrido media ciudad rompiendo espejos y cristales. Detenido y encarcelado al fin, prefirió extirpárselos con la cuchara que comerse la sopa que el carcelero le había llevado para cenar. A la mañana siguiente lo hallaron desangrado y muerto.

Isaac era un hombre afable y tranquilo y todos destacaban su buen estar y la alegría con la que narraba sus aventuras por el mundo y las maravillas que veía. Y sus ojos absolutamente negros, en marcado contraste con sus cabellos rubios y pálidos, albinos como su tez, blanca y tan transparente, que te permitía ver fácilmente el fluir de su sangre oscura. Así lo pinta o se pinta Teodoro Van Babel, negro sobre blanco.

Las niñas de sus ojos eran dos letras escritas en una hoja de papel.

Todas las dobles figuras, de hombre y mujer son una exégesis de Adán y Eva, y en este caso también de las tesis de San Agustín que lo señalan a él, Adán, como al verdadero culpable y no a Eva. Ella siempre será la dadora de vida y él siempre llevará en su simiente la mácula del pecado, y por ende, de la muerte. La semilla de Adán está arruinada, enferma, picada, dañada por la falta. Será la que transmitirá a toda la humanidad la culpa y la vergüenza por el primer pecado del mundo. Que no es la simple desobediencia de Eva, pues ella únicamente sabe de la prohibición divina por boca de él y no de Dios mismo, que solamente ha hablado con Adán antes de crear a su compañera de una de sus costillas. El verdadero pecado no es ése, es la invención del Sexo por Adán.

Él hubiera podido salvarse, pero prefiere acompañar en la desdicha a su amada, esa es su decisión, su libre albedrío, al verla y mirarla “desnuda” por primera vez.

Sofía quedó embarazada, y al cabo de los nueve meses dio a luz a una niña más negra que los ojos de su Isaac, el padre. El prodigio, naturalmente, fue y es inexplicable. Sofía murió en el parto.

A Isaac no le costó demasiado, a pesar de no estar casados todavía, que su suegro le cediera a la niña y que con ella se fuera para no regresar jamás. Dicen que la bautizó con el nombre de Silvia, igual que la hermana de su amigo Teodoro, el pintor que los pintó hieráticos y solemnes.

Cuentan que murió muchos años después en Dakar, enfermo, rico y en brazos de una nativa vieja que creía que cuidaba a un gran Rey.

De su hija, esa segunda Silvia “africana”, no se supo nunca nada más. Aunque hay una versión que la sitúa en un convento de carmelitas como sirvienta, y del que un cierto día desapareció, se marchó o huyó, sin decir adiós.

No había año que alguien no la viera deambular sola por los bosques, de noche, llorando o gritando, y sino se la veía, se la oía gemir o aullar.

Otra leyenda sitúa a la niña en un burdel. Dan pie a ello los numerosos y memorables apuntes dibujados por Teodoro Van Babel que se conservan, de lo que los expertos han llamado: “la prostituta etíope”. Una serie de esbozos para un retrato que tampoco llegó a terminar nunca.

Si hubiera concluido el retrato habría sido un desnudo obsceno, todos los esbozos son frontales y esa es siempre la postura menos pudorosa y mucho más si se hubiese atrevido a escribir en él una frase que podemos leer en uno de esos dibujos:

“El sabor se halla debajo de la ceniza que cubre la lava del volcán”

Pero quien sabe, tal vez esa niña acabó siendo, ella sí, una verdadera reina vestida con pieles de leopardo, o… todo lo contrario, embutida en el fondo de la bodega de un barco negrero.
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En el retrato de Isaac y Sofía, en el centro y arriba, hay escritas y pintadas unas frases en latín, que traducidas podemos leer:

Los murciélagos atraviesan la oscuridad gritando, se cuelgan boca a bajo y se esconden en cuevas.

Los pájaros trinan, son bípedos y se visten de colores.

Las libélulas tienen ojos gigantes, flotan en el aire. Sus cuatro alas son transparentes y tienen dos vidas.

¿Dónde está el murciélago?

¿De quién son los ojos?

¿Quién es el jilguero?

Tal vez por todo ello Isaac cinceló en la punta de su espada, y que nos muestra explícitamente en el cuadro, una libélula, una “demoiselle” cuatrialada, y Sofía, de pie y al otro lado de la mesa, sosteniendo con la palma de la mano derecha abierta un jilguero, que con las alas extendidas está a punto de salir volando.

Están todos, solamente encontramos a faltar al murciélago que quizás se halla escondido en alguna cueva oscura.

Húmeda, cálida y acogedora.

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Había iglesias donde anidaban murciélagos en sus altos techos. Hambrientos chillaban al presenciar la Eucaristía. El capellán se santiguaba mientras le temblaba el cáliz que sostenían sus manos.

Al decir las palabras sagradas cerraba los ojos.

viernes, 2 de enero de 2009

El peletero/Una muy breve y parcial historia del desagüe



16 Agosto 2007

“Lo real es sólo la base. Pero es la base”.

(Wallace Stevens)

San Calixto da nombre a unas famosas catacumbas de Roma. Sus paredes, excavadas como pozos, están llenas de nichos para dar secreta y cristiana sepultura a los difuntos.

El convento de los Capuchinos de Palermo tiene el insólito gusto de conservar en hornacinas y vitrinas una muy completa colección de cuerpos y restos humanos, algunos embalsamados. Todos ellos vestidos para el trance del entierro, en el que no existe ningún protocolo que indique qué clase de vestimenta es la necesaria y adecuada para esa ocasión tan especial.

En Barcelona se puede ver el mar desde algunas de las laberínticas calles del cementerio de Montjuich, (Monte de los judíos).

La vista es espléndida, a un lado la ciudad, al otro el mar, y entre ambos el Campo Santo en las alturas.

Entrando por el sur y desde la carretera de la costa, antes de llegar a L’Hospitalet, la montaña judía queda a nuestra derecha, y vista desde allí parece una acrópolis griega, y sus paredes rebosantes de nichos unas ciclópeas murallas.

Pero Barcelona no es Atenas y mucho menos Roma con sus siete colinas.

Desde el Tibidabo, la otra montaña de la ciudad, más alta que la de los judíos, dicen que en días claros se puede llegar a vislumbrar la isla de Mallorca, donde vivió durante un breve tiempo Chopin y su amada George Sand, y durante muchos años el poeta Robert Graves. Pero el espectáculo no es ése ni tampoco el vetusto parque de atracciones con sus autómatas que te adivinan el futuro y su castillo de la bruja. El verdadero espectáculo es contemplar las calles paralelas del “eixample” barcelonés, apuntando perpendiculares y directas hacía el mar.

Cada una de ellas montada en su correspondiente “rambla”, desagüe de aguas de lluvia y de humedades telúricas, todo un océano, que antes afloraba sin pudor a la superficie y ahora debe esconderse por entre las porosidades de un subsuelo no del todo libre de terremotos, y mucho menos de corrimientos o deslizamientos de tierras.

La red de cloacas municipales intenta imitar a esas ramblas, desahogándose la ciudad en el mar, vaciándose en él. Limpia y purificada de hedores y mugres gracias a la buena red de colectores, que al igual que unas buenas compresas retienen la sangre muerta.

Pero el Tibidabo empuja, y si no empuja, resbala.

Y pronto llegará al mar estrangulando a la ciudad.

Decir “pronto”, por supuesto, no significa antes de 50 millones de años. En el transcurso de todo ese tiempo cabe esperar que los mamíferos de los que formamos parte, hayan encontrado y aportado a la cadena evolutiva una “cuarta solución” al diseño de las vías de salida, y a veces también de entrada, del cuerpo de sus hembras. Pues Barcelona es una hembra. No sé exactamente de que especie es, pero loba como su compañera romana seguro que no.

Hemos de recordar que, dejando la boca aparte, hasta el día de hoy son solamente tres los diseños de desagüe en activo.

¿Sólo tres?

Monotremas, marsupiales y mamíferos placentados.

En los monotremas los úteros, la vejiga urinaria y el intestino desembocan en una cloaca. Una sola salida común en la que tanto los huevos y todos los sólidos y líquidos del cuerpo salen por el mismo conducto, la "cloaca".

En los marsupiales, el canal del intestino se ha independizado de la cloaca a la que todavía van a parar los úteros y la vejiga, siendo así que las crías y la orina salen por el mismo orificio.

En los mamíferos placentados el intestino, el útero y la vejiga han conseguido tener cada uno su propia salida, desapareciendo así la cloaca propiamente dicha, aunque la “vulva” no deja de recordárnosla y ser ciertamente un… vestigio.

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Cada año el mar se come un poco más de playa y los crematorios de los Servicios Funerarios trabajan más intensamente.

Ése es un humo que nadie ve y nadie huele. Es el más higiénico dicen.

Lo peor es que tienen razón.

“La poesía es un remedio contra la pobreza, la mudanza, el mal y la muerte del mundo. Es un presente que se perfecciona, una satisfacción en la irremediable pobreza de la vida”.

(Wallace Stevens)