viernes, 5 de junio de 2009

El peletero/La poesía horizontal/La dona morta

13 Mayo 2008

Quan el poeta canta és millor emmudir i escoltar. Com quan em mira el pare.

Mut.

O com quan em mires tu, que es una manera fina de dir que no em mires a mi.

A qui mires, nina?, a qui miraves que ja no el mires? Per qui obries aquests ulls que ja són buits?, què mires ara sota terra?

A mi no, ni a ell, ni a l’altre, ara mires a la Fera?

Qui t’espera? Jo no, ni ell, ni l’altre.

O sí?

Guaita, mira, fixa’t quants et miren ara, tants que ni la Fera pot deixar de mirar-te també.

Ni Ella ni Déu que la va fer.

(La dona morta, El peletero, 15 de gener de 2008)

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Cuando el poeta canta es mejor enmudecer y escuchar. Como cuando papá me mira.

Mudo.

O como cuando me miras tú, que es una manera delicada de decir que no me miras a mí.

¿A quién miras, muñeca?, ¿a quién mirabas que ya no lo miras? ¿Para quién abrías estos ojos que ya están vacíos?, ¿qué miras ahora, bajo tierra?

A mí no, ni a él, ni al otro, ¿ahora miras a la Fiera?

¿Quién te espera? Yo no, ni él, ni el otro.

¿O sí?

Observa, mira, fíjate cuántos ahora te miran, tantos que ni la Fiera puede dejar de mirar también.

Ni Ella ni Dios que la creó.

(La mujer muerta, El peletero, 15 de enero de 2008)

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Hay cosas que uno intuye,

























(Audrey Hepburn, fotografiada por el departamento de publicidad de la Paramount Pictures)

y sin saber cómo, acierta. Y quizás en este caso no fui yo y sí fue ella naciendo en Bélgica. Me refiero a Audrey Hepburn. ¿Tiene eso alguna clase de sentido?, indudablemente no, no lo tiene ni siquiera para mí que soy el que lo escribe. Pero debía hacerlo, escribirlo tal cual, sin sentido, y recordar aquella monja que no pudo evitar no ser santa.

Hoy en día, a inicios del 2008, Audrey está de moda y eso siempre es malo, aunque ya esté muerta y no le afecte. Pero me afecta a mí. Y eso para mí es mucho más importante que para ella, que ya está muerta. Para siempre.

Está muerta y está demasiado de moda, y eso es todavía peor. Mucho peor.

El mundo la ha redescubierto y ha vuelto a ver en ella algo que no tiene significado ni lógica, y que solamente puede ser explicado a base de paradojas tan sin sentido como la que inicia este texto en prosa.

Exactamente igual que aquella mirada tuya que me miraba mirando otra cosa.

¿La belleza no tiene lógica?, ¿la elegancia tampoco la tiene?

Cuando no se sabe qué se mira, ninguna de las dos tiene lógica, ni la belleza ni la elegancia. Porque en parte, el secreto de ambas cosas es eso, no saber qué mira, quien ambas posee.

Las personas realmente elegantes no miran nada en concreto, si además son extraordinariamente bellas, todavía menos. Suponer que lo miran a uno es una presunción totalmente fuera de lugar, que la realidad , tarde o temprano, se encargará de desmentir entre lágrimas y dolor.

En esos casos uno debe tomarse un fin de semana largo en Ostende, pasearse por esta ciudad decadente, caminar por sus playas, esas playas anchas del Canal y del Mar del Norte, que casi se hunden debajo del mar en busca de huesos de ahogados, para traerlos otra vez a tierra, y que sean enterrados como Dios manda.

Será adecuado y necesario tomarse un buen chocolate caliente en una terraza de café, y releer una no muy buena novela que tiene lugar por estas calles, “Dolicocéfala rubia”, de Pitigrilli.

Y así, contento y feliz, disfrutando del momento y del lugar, imaginar a esa rubia perfecta, llamada Giudi Olper, tan joven, espigada, sensual, sumamente inteligente y atrevida, seducir al pobre Teodoro Zweifel.

Cuando se termine el chocolate y empiece a oscurecer y refrescar, volverás a preguntarte por enésima vez, ¿qué demonias mirabas?, ¿a Dios?, ¿a la Fiera?, porque a mí seguro que no me mirabas.

A mí no.

Yo creo saber a quién mirabas, me puedo equivocar, claro, y me puedo equivocar mucho.

Como díría una tonadillera:

Me suelo equivocar mucho en las cosas del querer,
pero no me equivoco nunca en las cosas del mirar.
¡Qué pena!, que querer y mirar sean lo mismo que amar.
¡Qué pena y que lástima que al mirar así…, no me puedas ver!

Creo suponer pues, que te mirabas a ti, cosa que por otra parte es la que más sentido tiene de todas las dichas hasta ahora.

Lo que ya no sé es si te viste.

jueves, 4 de junio de 2009

El pelleter i el seu germà: Veni



27 Abril 2008

COMIAT

Veni, estimada mare,

Ens vas donar la benvinguda a la vida, i gràcies a tu en ella hem cregut. Els dies i les nits: panses i figues, nous i olives.

També has fet honor al teu nom: alegre, oberta, dolça i confiada, has repartit el teu encant a tots aquells a qui has estimat.

Intel•ligent, bonica i coqueta, només has presumit amb orgull d’una sola cosa: dels teus dos fills.

El papa estarà content de tornar a tenir la teva companyia, fa dos mesos que t’està esperant.

Rep dos petons eterns i queda’t amb una mica de la vida que ens vas regalar.

Mama, resta tranquil•la, que ballarem la dansa que ens vas ensenyar, la més humil: la de caminar sempre junts.

Gràcies a tots els que ens acompanyeu en la nostra tristesa.

DESPEDIDA

Veni, querida madre: nos diste la bienvenida a la vida, y gracias a ti en ella hemos creído. Los días y las noches: “pasas, higos, nueces y aceitunas”.

También has hecho honor a tu nombre: alegre, abierta, dulce y confiada, has repartido tu encanto a todos aquellos a quienes has querido.

Inteligente, bonita y coqueta, sólo has presumido con orgullo de una cosa: de tus dos hijos.

Papá estará contento de volver a tener tu compañía, hace dos meses que te está esperando.

Recibe dos besos eternos y quédate con un poco de la vida que nos regalaste.

Mamá, estate tranquila, que bailaremos la danza que nos enseñaste, la más humilde: la de caminar siempre juntos.

Gracias a todos los que nos acompañáis en nuestra tristeza.

miércoles, 3 de junio de 2009

El peletero/Caminar junts



25 Abril 2008

La llum d’una mandarina pot il.luminar el món?

Sí.

Ha il.luminat el nostre, el temps que portem de vida.

Ella ha foragitat l’ombra,

ens ha ensenyat a mirar clar,

i el seu dolç tremolor,

a ballar la dansa més humil: caminar junts.



http://es.youtube.com/watch?v=VwXQseiTVcY

(“Per tu ploro”, sardana de Pep Ventura, cantada per Marina Rossell)


¿La luz de una mandarina puede iluminar el mundo?

Sí.

Ha iluminado el nuestro, el tiempo que llevamos de vida.

Ella ha expulsado la sombra,

nos ha enseñado a mirar claro,

y su dulce temblor,

a bailar la danza más humilde: caminar juntos.

martes, 2 de junio de 2009

El peletero/La poesía horizontal/La dona despentinada

23 Abril 2008


Quan el poeta canta és millor emmudir i escoltar. Com quan em mira el pare.

Mut.

O com quan la miro a ella despentinada, o pentinada cap a l’esquerra, la seva, que es la meva dreta.

Jo que la miro i remiro, sempre em penso que és un mirall, on ni ella ni jo som la mateixa persona, mai.

Vull el teu pit, li dic.

O un troç de mugró, només això.

Només què?, un cigró?

Sí, una fava, un pèsol, allò que tremola. Vull la meitat de tu, però la vull sencera, un trosset de pit, només.

Però tu, ni m’el dones ni m’el mostres.

Qué li fas amb la ma esquerra?

Què hi tens a la ma dreta que tant lletja la tens?, què hi agafes?, què hi esgarrapes?

Per què t’has de pintar les ungles? Vol ser maca?, més encara, dona guapa?

Et batega el cor més depressa quan ho ets?

I quan no ho ets?, deixa de bategar?

Vull els teus pits, dona, ara vull els dos, sí, aquests que tens, que qui sap si algún día et mataràn.

Bé el de la esquerra o bé el de la dreta. Qui sap si l’un, qui sap si l’altre.

És curiós, mai es posen d’acord per matar, i sí per alletar.

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(La dona despentinada, El peletero, 8 de gener de 2008)




Cuando el poeta canta es mejor enmudecer y escuchar. Como cuando papá me mira.

Mudo.

O como cuando la miro a ella despeinada, o peinada hacia su izquierda, la suya, que es mi derecha.

Yo que la miro y remiro, siempre pienso que es un espejo donde ni ella ni yo somos la misma persona, nunca.

Quiero tu pecho, le digo.

O un pedazo de pezón, sólo eso.

¿Sólo qué?, ¿un garbanzo?

Sí, una haba, un guisante, aquello que tiembla. Quiero la mitad de ti, pero la quiero entera, un pedacito de pecho, nada más.

Pero tú, ni me lo das, ni me lo muestras.

¿Qué le haces con tu mano izquierda?

¿Qué tienes en tu mano derecha?, ¿qué tan fea la tienes?, ¿qué agarras?, ¿qué arañas?

¿Por qué te pintas las uñas? ¿Quieres ser bonita?, ¿todavía más, mujer guapa?

¿Te late el corazón más deprisa cuando lo eres?

¿Y cuándo no no lo eres?, ¿deja de latir?

Quiero tus pechos, mujer, ahora quiero los dos, sí, estos que tienes, que quién sabe si algún día te matarán.

Bien el de la izquierda o bien el de la derecha. Quién sabe si uno, quién sabe si el otro.

Es curioso, nunca se ponen de acuerdo para matar, i sí para amamantar.

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(La mujer despeinada, El peletero, 8 de enero de 2008)



Quizás me equivoque,





















pero creo recordar que los peluqueros fueron los primeros en desestructurar aquello que tiene una difícil estructura, los cabellos.

La caída libre para los lacios o la espiral para los rizados.

Los primeros, apenas bien peinados, adquieren la armonía de una bandada y los segundos de un rebaño.

Charlotte Rampling no está despeinada, por supuesto que no, pero ese ventilador que seguro debe de tener a su derecha, deja a la vista los cortes hábiles de las tijeras del peluquero, que cortan dejando puntas sueltas, mechones libres, como si fuesen llamas de algún fuego, o las colas de algún pez.

Charlotte es una de esas mujeres con los pechos pequeños más sensuales del mundo del espectáculo, que aquí vemos insinuar sin terminar de mostrar nada. Con su mano derecha mal fotografiada, pareciendo más una garra que la suavidad y habilidad que seguro tiene, pero mal colocada, apoyándose en la cadera, mientras la izquierda nos promete lo que ansiamos y que nunca tendremos, al menos nosotros desgraciadamente no.

Charlotte es una de esas mujeres que han sabido madurar con la valentía en esos ojos que si no son de cristal han de ser de diamante, de carbono petrificado en las más duras condiciones de presión y de calor.

¿Qué deben de haber visto, que nunca nos contará, su boca, tan especial, tan difícil y tan morfológicamente arriesgada?

Está en el límite más delicado, el más difícil, casi para terminar siendo su boca una pequeña caricatura. Boca grande, labios no gruesos y el superior que monta ligeramente en el inferior. Esa es la clave de su morbilidad, ésa y sus pezones que un día muy lejano vimos en una portería nocturna. Grandes, erectos, como si fueran atributos masculinos.

Nosotros le pedimos que nos los dé, lo hacemos porque los necesitamos, los queremos tener en nuestra boca y entre nuestras dedos, queremos que nuestra lengua los levante y los endurezca. Hay algo importante, vital, que nos impele a pedírselos, ¿el silencio de nuestro padre?, ¿su mudez y sus ojos pillos?. ¿Los pechos de nuestra madre anciana, hermosos todavía, con su famosa peca cerca de la aureola del derecho y de la que tanto ella presumía?

¿Es eso?

Yo no lo sé, pero me gustaría pellizcárselos a Madame Charlotte, con la buena educación, pasión, suavidad, delicadeza, atención y por supuesto también, la mala intención necesarias para pellizcar pezones, y me gustaría del mismo modo que jamás llegara a morir por ellos, no sería justo para nadie.

Ni para ella ni para nosotros, ni tampoco para el Verdugo.

Yo creo que a los dos, a Él y a mí, si fuéramos mujer, nos gustaría ser ella.

(Charlotte Rampling fotografiada por Bettina Rheims, 1985)

sábado, 30 de mayo de 2009

El peletero/La poesía horizontal/La bellezza

21 Abril 2008

Quan el poeta canta és millor emmudir i escoltar, com quan em mira el pare.

Mut.

Ell sap allò que tu no, que et moriràs ofegada i d’una manera molt trista, tot i que ara et mires el món des de la seva teulada.

La teulada del món.

Des d’ella encara no saps el que encara no has de saber, ara que encara el vent et pentina els cabells i la cara, no has de saber encara que el vent soc jo.

No has de saber que pentinant-te et despullo, i que pentinant-te t’estimo, t’andreço, i et perfumo, et pinto i et vesteixo.

Et miro, t’oloro i et toco, i… et retoco.

I així, ben pentinada, tant bonica i tan guapa, et planto al sostre.

Al sostre del món.

Tot això no ho saps encara, perque encara no saps… que el vent soc jo. I que quan et moris ofegada, ofegat em moriré amb tu.

D’amor per tu?

Potser… també.

Encara que jo, el que tant sols sé, és que quan et miro, pel teu alè visc i respiro.

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(La bellezza, El peletero, 6 de febrer de 2008)




Cuando el poeta canta es mejor enmudecer y escuchar, como cuando papá me mira.

Mudo.

Él sabe lo que tú no sabes, que morirás ahogada y de una manera muy triste a pesar de que ahora miras el mundo desde su cumbre.

La cumbre del mundo.

Desde ella todavía no sabes lo que todavía no debes saber, ahora que todavía el viento te peina los cabellos y la cara, no has de saber aún que el viento soy yo.

No has de saber que peinándote te desnudo, y que peinándote te quiero, te compongo, y te perfumo, te pinto y te visto.

Te miro, te huelo y te toco, y… te retoco.

Y así, bien peinada, tan bonita y tan guapa, te planto en la cima.

En la cima del mundo.

Todo eso no lo sabes todavía, porque todavía no sabes…que el viento soy yo. Y que cuando te mueras ahogada, ahogado me moriré contigo.

¿De amor por ti?

Quizás… también.

A pesar de que yo, lo único que sé, es que cuando te miro, por tu aliento vivo y respiro.

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(La bellezza, El peletero, 6 de febrero de 2008)



La belleza física siempre es sospechosa.

























Yo al menos desconfío de ella, tanto como me dejo seducir por su encanto.

No hay ninguna verdad moral, ni nada parecido que tenga fuerza suficiente para igualarse a la fuerza que posee la belleza física.

Al menos para mí no la hay, he de reconocer mi debilidad frente a ella.

Y por ella y por su causa, admito también que sería capaz de traicionar a mi familia y a todos aquellos que me aman sinceramente. Todo ese amor de ellos y por ellos, nada sería frente al cuerpo y el rostro de una mujer como Natalie Wood.

-¿Llegarías a vender tu alma por ella?

-No. Eso no lo haría jamás.

-¿Por qué estás tan seguro?

-Una vez le pedí a un Santo un deseo. No era amoroso ni nada parecido. Era un deseo de salud para una persona querida. Pensé que debía darle algo a cambio, una especie de compensación por sus servicios. Él no me lo pidió, pero así lo hice, le ofrecí dinero a cambio de esa salud.

-¿Y qué sucedió?

-El deseo fue concedido y el Santo tomó su parte.

-¿Y?

-Pedir sigo pidiendo, pero ya no ofrezco nada a cambio. Con esa experiencia tuve más que suficiente.

-El Santo tomó demasiado, ¿no? ¿Te arrepientes?

-La salud, bienvenida fue, gracias por ella, pero nunca más pediré nada a cambio de algo. Nunca más. Ni siquiera al mismo Dios. Tampoco a un santo y menos a una persona. Excepto las cosas que se piden en la cotidianidad de la vida.

-Pero tú hablabas de la belleza de Natalie y que por ella hubieras traicionado a los amigos y hasta a tu familia.

-Sí, eso hubiera hecho. Por ella lo hubiera perdido todo, mi dignidad y mi amor propio.

-¿Y ahora?, ¿qué piensas de ello?

-Exactamente lo mismo.

-¿Traicionarías y abandonarías a los tuyos a su suerte por una mujer bella, a cambio solamente de esa belleza de su cuerpo y de su rostro?

-Sí.

-¿Eso harías?

-Sí.

Por eso desconfío de la belleza. Aunque ya sé que el error y el mal no están en ella y sí en mí.

Ella es apenas una forma, es un gesto galante, una sonrisa, es un lazo de seda que envuelve algo. En muchos casos ni siquiera a alguien.

Siempre me he preguntado una tontería, ¿qué esconden las axilas de una mujer?, ¿qué hay allí?, ¿sólo pelos, sudor, restos de depilador y desodorante? ¿Eso esconde una mujer, bella o no, en sus axilas?

-¿Qué esconde un hombre debajo de las suyas? Pues lo mismo, nada.

-Soy yo el que hace las preguntas.

-¿Qué quieres que escondan, si entre sus piernas no encontramos ni siquiera el secreto del universo, ni el manido origen del mundo que pintó Courbet?

-¿No?

-¿Estás tonto? ¿Lo has hallado tú en ese lugar?

-No, claro que no, ni en ése, ni debajo de sus axilas, pero… no sé.

-Parece que te sepa mal.

-No exactamente, pero el Universo algún secreto debe de tener, algo que lo explique. Y pienso que nada mejor que el cuerpo humano para albergarlo, da igual que sea el de un hombre o una mujer, bello o feo. Eso en realidad no importa. Hubiera sido buena idea colocar ese secreto del Universo en algún lugar del cuerpo humano, ¿no?

-En eso tienes razón. ¿Entonces por qué esa fijación por la belleza?

Quizás precisamente por ello, la belleza parece poseer un poder, en realidad lo tiene, es indudable. Ese poder parece ser una pista de ese secreto del Universo, no sé.

La belleza es un espejo muy bruñido donde mirarte.

Esa belleza del Otro es un espejo de ti mismo. Te devuelve una imagen de ti, te miras y te crees reconocer en él.

Eso es la belleza.

Y ése, creo, no estoy muy seguro, pero sospecho que es el secreto del Universo y al mismo tiempo también el de la belleza.

-¿El Otro?

-Sí, el Otro y su poder.

-¿Qué poder?

-Él también eres tú, sin él tú no eres nada, ¿te parece poco poder?

(Natalie Wood fotografiada por William Claxton, 1961)

El peletero/El ojo y el negro (12)



12 Abril 2008

Elogio de la Amada

El Amado

1:9 Yo te comparo, amada mía,
a una yegua uncida al carro del Faraón.
1:10 ¡Qué hermosas son tus mejillas entre los aros
y tu cuello entre los collares!
1:11 Te haremos pendientes de oro,
con incrustaciones de plata.

Elogio del Amado

La Amada

1:12 Mientras el rey está en su diván,
mi nardo exhala su perfume.
1:13 Mi amado es para mí una bolsita de mirra
que descansa entre mis pechos.
1:14 Mi amado es para mí un racimo de alheña
en las viñas de Engadí.

(El Cantar de los Cantares)


Querido Teodoro

Acabo de llegar a Barcelona, me hospedo como ya sabes en casa de Pedro y su esposa Bienvenida. Me quedaré aquí hasta recibir el primer envío de pieles de castor americano que está preparando Christian, el esposo de tu hermana Silvia. Espero que todo vaya bien, tengo noticias que las pieles ya han salido. Quiero comprobar también la selección que de ellas han hecho los hermanos Iván y Milton.

En casa de Pedro me encuentro bien, se halla en la calle del Rec, cerca de la playa, llena de pescadores. Ellos dos son muy agradables y él siempre escucha las noticias que le llevo de estos mundos de Dios, donde parece que los reyes se inventan guerras a su antojo, haciéndonoslas pagar siempre a la gente que trabaja. Es un juego peligroso, no para ellos, claro.

Conozco un poco España y muchos se vanaglorian y se alegran de la fortuna de ser dueños de América. Esa es la clase de regalos que el diablo te da. Tienen un doble fondo, como las diligencias que hacen contrabando y no quieren pagan los aranceles a la Corona. Son regalos con trampa.

América es un bien, tan enorme, tan preciado, tan extraordinario que nadie hubiera podido soñarla ni imaginarla, pero España, o las Españas que dicen por aquí, se lastrarán en cuerpo y alma durante siglos.

Te quiero contar como fueron los días que estuve con Albert, mi amigo monje de Poblet, miniaturista.

-¿Y América? - me preguntó Albert.

-¿América? Ya no es dueña de su destino y no lo será tampoco durante siglos.

-Estás muy seguro de ello, ¿por qué hablas así?

-La esclavitud pervierte tanto al dueño como al esclavo, y este esclavo, americano, es demasiado valioso. Tú deberías saberlo, Albert. Eres un ser libre, eres un monje de clausura, aquí encerrado entre libros y muros de piedra, que protegen tu libertad. ¿Qué mejor compañía puede soñar un hombre?

-Tienes razón, yo sé cual es el precio de la libertad, y lo sé de una manera diferente de como lo sabes tú. Pero me consultas por compañías. ¿La mejor? La de Dios, sin duda, pero te pregunto yo también, ¿hay alguna otra, aparte de nosotros mismos?

-¿Y a mí me lo preguntas?

-Tú eres un hombre de mundo.

-¿Y eso qué significa, si puede saberse?

-Viajas y conoces a gente.

-Entre moverse mucho y quedarse quieto no hay apenas diferencia.

-Saverio.

-¿Qué?

-Siempre que vienes a España, y de camino a Barcelona desde Burgos, te paras aquí unos días y me visitas, ¿por qué?

-¿No somos hermanos?

-No de sangre.

-¿Quién sabe?, no estés tan seguro. Podemos saber quién es nuestra madre, no quién es nuestro padre.

-¿Sabes que te quiero?

-¡Claro que lo sé Albert!, y yo te quiero a ti.

-¿Dos hombres amándose?

-Amor de hermanos, pero aun cuando no lo fuera únicamente, ¿a quién le importa?, ¿crees que a Dios le molesta?

-Estoy seguro que no, Saverio, incluso te digo que se alegra.

-¿Albert?

-¿Qué?

-Tú me salvaste de la ruina, mantuviste mi casa con el dinero de tu familia.

-Tu casa era también la mía.

-Sí, pero eso son palabras, nada más. El dinero es dinero, muchas veces es mucho mejor que las palabras.

-¿Y?

-Quería decírtelo.

-Ya lo has dicho.

-¿Albert?

-Dime.

-He conocido a cuatro mujeres.

-¿Cuatro?

-Sí, a una india, a una flamenca, a una salmantina y a una leonesa. La india es una esclava, la flamenca es una mujer casada que ama mucho a su esposo. La salmantina es una monja, y…

-¡Por Dios, Saverio!, ¿no puedes conocer a una mujer normal?

-¿No son normales ésas?

-Tú ya me entiendes. ¿Sabes algo de Amparo y de Magdalena?

-Magdalena está en Cuba con su esposo y a Amparo la he visto hace unos días en Toledo con Sor Dolores, la monja Salmantina. Y…

-No paras de decir y… ¿Qué?

-Nada.

-¿Qué le sucede a Doña Amparo?

-Dice que es muy feliz y que es fiel a su esposo.

-¿Eso dice?

-Sí.

-Eso está bien.

-Claro.

-¿Y?

- Que quiero que siga pensando que soy un caballero.

-¿Y no lo eres?

-Tanto como lo puedas ser tú, un monje de clausura, confesor y seductor de novicias.

-¿Yo?

-Pero te mueres de ganas.

-¿De qué?

-De seducir a novicias.

-Eso sí, me muero de ganas.

-Así estamos todos, muriéndonos de ganas. Ellos y ellas.

-Háblame de la india.

-Pues…

-Olvídate de ella.

-Pero…

-Te engañará.

-Puede, pero yo te quería explicar que…

-Te dirá que te quiere mucho, igual que se lo dice a su perro.

-No tiene perro.

-Peor.

-Pero…

-Siempre te mentirá.

-¡Carajo!, ¡¡déjame hablar!! no me permites ni abrir la boca. ¡Caramba!

-¿Para qué?, ¿para decir tonterías? Te matará, si no te ha matado ya. ¿Estás muerto o estás vivo, Saverio?, responde.

-Mmmm… Si estuviera muerto me habrías enterrado.

-Es una india, huele a madera y no distingue como nosotros la verdad de la mentira. Son peores que los recién nacidos, engañan, saben llorar, y se saben abrir como las flores.

-Pues…

-Olvídala y dedícate a cristianas de piel blanca, hazme caso, no huelen a madera, pero huelen a queso. Háblame ahora de la flamenca y de la leonesa y de esa otra, ¿qué dices que es?, ¿una monja salmantina?

-¿Queso?

-Sí, queso, al menos es comestible.

-Me has quitado las ganas de hablar.

-Entonces te enseñaré lo que estoy pintando. Mira Saverio, he empezado a ilustrar “El Cantar de los Cantares”

-Por Dios, Albert, eso no lo puedes hacer.

-¿Por qué no?

-Te van a echar, igual que a Pere, sabes de qué te hablo, ¿no?

-Sé que lo expulsaron de un monasterio, pero desconozco los detalles.

-Del monasterio de Igualada, el de Capuchinos. ¿No te lo ha contado?

-Los detalles no.

-No hay mucho que contar, fue por no llevarse bien, por no obedecer. Y a ti te pasará igual.

-No me importa. Además nadie lo sabrá si tú no se lo dices.

-¿Pero tú crees que puedes pintar eso? Escenas amorosas y eróticas que hasta a mí me ponen colorado.

-¿Hasta a ti?, ¡caramba don Saverio!, me olvidaba de tu larga y abundante experiencia en estos temas.

-Búrlate lo que quieras, pero ahora va a resultar, que tú, un monje de clausura del Císter tiene más experiencia en esas cosas que yo.

-Es que yo me escapo

-Y siempre regresas, eso es hacer trampas. En cambio yo no me puedo escapar porque siempre estoy fuera.

-¿Por qué crees que me hice monje confesor?

-¿También?, ¿a quién confiesas a monjes o a monjas?

-Las monjas son las peores.

-No me creo nada de lo que me dices.

-Haces bien, todo es mentira.

-Cuéntame alguna verdad

-Lo acabo de hacer

-¿Cuál?

-Que todo es mentira.

-¿La Santísima Trinidad también?

-Eso no, eso es demasiada verdad.

-¿Demasiada?

-Claro, no la podemos comprender.

-Te estás burlando de mí. ¿Sucede algo?

-Entre las verdaderas mentiras y las demasiado verdades uno termina por no comprender nada. Mucho trabajo.

-¿Pero no se supone que un monje de clausura medita y reza?

-Sí, claro, pero además quieren que trabaje, que pinte, que sea moderno, pero no mucho, que pinte a la italiana, que sea innovador y al mismo tiempo clásico, necesitan gustar a todos. Además quieren que enseñe, me han pedido que organice una escuela de pintura.

-¿Podrás con todo?

-Y también quieren abrir más monasterios. Han llegado monjes jóvenes, ambiciosos, que no saben nada y que se creen, cada dos por tres, que están descubriendo la sopa de ajo. Toma, prueba eso.

-¿Qué es?

-Tú come.

-Es bueno.

-Se llama “chocolate” y seguro que tiene el sabor de tu india.

-¿Cómo?

-Es americano, ha llegado hace pocas semanas. Cho-co-la-te. Muchos viajan allí y no regresan.

-¿Se quedan a predicar?

-¡Narices!, ¿por qué crees que te he hablado tan seguro de tu india? Casi todos tienen mancebas indígenas y un montón de hijos, son más fértiles que las conejas.

-¿Tú también te irás?

-A veces ya me gustaría, ya. Pero no, soy demasiado mayor. No sirvo para predicar, soy un mal vendedor, no sé vender, sí puedo ser en cambio un buen maestro. Y aquí tengo trabajo.

-Te veo cansado

-Lo estoy, y tengo un tío en Bellpuig que no se encuentra bien. Mariano, ya te he hablado de él, me preocupa. Me ha hecho de padre toda la vida… Pero… ¿sabes?

-Ya sé que vas a decirme

-¿Qué sabes que voy a decirte?

-Que cuando ves a Pere, ves a tu padre.

-¿A ti te ocurre igual?

-Sí.

Can she excuse my wrongs with virtue’s cloak?
shall I call her good when she proves unkind?
Are those clear fires which vanish into smoke?
must I praise the leaves where no fruit I find?
No, no: where shadows do for bodies stand,
thou may’st be abused if thy sight be dim.
Cold love is like to words written on sand,
or to bubbles which on the water swim.
Wilt thou be thus abused still,
seeing that she will right thee never?
if thou canst not overcome her will,
thy love will be thus fruitless ever.
Was I so base, that I might not aspire
Unto those high joys which she holds from me?
As they are high, so high is my desire:
If she this deny what can granted be?
If she will yield to that which reason is,
It is reasons will that love should be just.
Dear make me happy still by granting this,
Or cut off delays if that I die must.
Better a thousand times to die,
then for to live thus still tormented:
Dear but remember it was I Who for thy sake did die contented.

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(“Can she excuse my wrongs?” John Dowland, 1563-1626)

viernes, 22 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de Lorena, una carta y una canción (y 8)



10 Abril 2008

Juan, mi marido, ya sabe que me iré de aquí en breve. No ha puesto ningún impedimento y él mismo se está encargando de llevar los trámites del divorcio.

No tiene a nadie, ni siquiera estos amores ocasionales que tuvo, lo conozco y sé que ahora no los tiene.

Está pasando un mal momento.

Creo que no quiere que me vaya.

Pero no dice nada.

Ya es tarde.

Creo que se siente solo.

Hace tiempo dejé a María y ahora tengo a Eve Marie.

No me gustaba que María mintiese y que no se diera cuenta que lo hacía.

Todavía estoy trastornada.

Sé que nunca olvidaré ese labio mal cosido.

Y mal partido.

Mal abofeteado

María es un ser oscuro que busca desesperadamente la luz.

O al revés, yo también sé ser un mal poeta. María es un ser luminoso que busca desesperadamente la oscuridad.

En esas cartas, en las de “ése”, en las de él, ese tipo que le escribía, creí verme a mí. En ellas había un rastro. En algún punto del paisaje se plantó un mojón, se dejó caer una piedra, se murió alguien. Allí había una lápida. Me gustan las tumbas, son un muro hecho con adoquines, una antigua calle ladeada. Los viejos reyes clavaban en el suelo “estelas” de piedra.

Estelas.

De piedra.

También es verdad que cuando leía las cartas de María, sus respuestas, no podía reprimirme la risa nerviosa y el desencanto más triste y desconsolado.

Me da rubor decir que la amé.

Me produce embarazo decir eso, todavía soy muy joven, todavía soy una niña.

Todavía soy un niño.

Todavía soy una mujer.

Todavía soy un hombre.

Y tengo miedo.

Juan me advirtió sobre María. Ten mucho cuidado con ella, no es de fiar, me dijo un día.

¿Por qué?, le pregunté.

No sé, quizás está loca, quizás actúa como si lo fuera, y ambas cosas son lo mismo. Se cree lo que dice y eso es peligroso para ella y para los demás.

Eres un cínico, ¿has hablado con María?, ¿la conoces mucho para hablar de esa forma?

Más la conoces tú, Lorena, que te has acostado con ella, yo no lo he hecho, dime, ¿qué opinas tú de María?

Que está muerta y que yo no quiero terminar así.

Pero ella no sabe que está muerta, Lorena.

No, no lo sabe, Juan, tienes razón, no es capaz de olerse. Pero dime, eso debería ser un motivo para amarla, ¿no?, para compadecerla y ayudarla.

Para compadecerla y ayudarla, no, Lorena, para amarla tal vez sí, no sé.

¿O es al revés?

(…)

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Hoy, a no sé que hora, ha empezado el verano astronómico, aunque ya hace días que empezó el meteorológico.

Son días bellos, claros y luminosos. El cielo tiene un azul intenso y oscuro.

Son días dulces gracias a tu calor y al aroma que consigues hacerme llegar.

Me gusta jugar con tus fotografías, hacerlo es mirar y remirar mil veces tu rostro.

Te miro la cara y las miles de cosas que en ella hay.

Y te miro las manos y mi anillo que nunca llevas y los pies, las piernas y el cuello. Y te miro los ojos marrones de loba parda y oscura como el misterio de las cosas misteriosamente misteriosas que son siempre las mejores.

Son días apacibles y ensoñadores en los que me gusta decirte que hueles a canela y que con tus cabellos negros y rizados perfumas lo que tocas, lo que miras y piensas. Decírte eso me gusta y me descansa.

Decirte que en tus labios rojos tienes el corazón y que besarlos es besar tus entrañas de mujer, me gusta y me descansa.

Decirte que el olor y el sabor de tu saliva son mi alma, me gusta y me descansa.

Decirte que tu belleza provoca que se dispare sola mi pistola, me gusta y me descansa.

Decirte que hoy llevo todo el día con la escopeta levantada y que estoy esperando a que llegue la noche para quedarme solo en la cocina mientras todos duermen, cerrar la puerta con llave, y acribillarte a balazos con mi pistola de agua lechosa y salpicar el suelo, me gusta y me descansa.

Decirte que sueño con lamer tus axilas sin afeitar, y saborear su sudor, me gusta y me descansa.

Amarte me gusta y me descansa, me sosiega y me da calma. El deseo expresado es reparador, el amor dicho es sanador, el querer querido es conseguidor, conquistador, vencedor y triunfante.

Soy la leche que te dará de comer, soy la carne en la que te montarás para llegar al cielo, soy el árbol al que te agarrarás con tus brazos y tus piernas cuando sople el huracán.

Soy el hombre que te dijo sí.

Lo repito porque me gusta y me descansa: soy el hombre que te dijo sí.

Me gustas y me descansas y me alteras y me empinas y me levantas, y me paras.

Parado, que no quieto, estoy. Mírame bien y verás que todo está levantado para ti y si te fijas verás que el palo de la bandera se mueve porque yo quiero que se mueva. No es el viento, lo muevo yo, mi voluntad, no sé que músculo lo agita, pero enhiesto, tieso, curvado y erguido señalando el cielo por ti está, y zarandeándose te llama, mi amor. Mira su vaivén y su ligero temblor.

Mírame y no dejes de mirarme de la cabeza a los pies. ¿Qué crees que significa lo que ves? ¿Qué valor tiene? ¿Qué vale? ¿Qué es? ¿Quién soy que levantado estoy intentando ser un faro? Abre las bodegas del barco y trágate su luz, permite que te llegue al corazón a través de tu mirada, de tu flor y de tu perla coronada que ya huelo, abriéndose para comerse la vida. Esa vida que yo quiero ser para ti.

El palo de la bandera está levantado, solo le falta la banderola, colócasela tú con tus labios y deja que el viento, la brisa y el aliento de nuestras bocas la hondee.

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Han ido pasando los años, ya he cumplido los 28, y ahora nos divorciamos.

No me gusta verte sufrir, me dice Juan. Nos estamos divorciando pero no quiero que sufras. Cuando te vayas no te olvides de darme tus señas, ¿lo harás?

Lo haré.

Procura no causarle demasiado daño a Eve Marie, es una buena muchacha, ¿me lo prometes?

Lo intentaré. Quizás sea ella la que me dañe a mí.

Tienes razón. Las personas tan heridas y maltratadas son muy peligrosas. Cuídate de todo aquél que te pida ayuda.

¿Tú que harás?

Lo único que sé hacer, servir mesas, organizar timbas de póquer y proporcionar sexo de pago a los hombres y a las mujeres que quieran y puedan pagarlo.

Pareces un ángel, eso es lo que todos hacen, ¿no?

No, todos no.

¿Quiénes no hacen eso, Juan?

No sé, alguno habrá. ¿Te gustaría tomarte la última copa conmigo?

Claro, ¿qué me sirves?

¿Te apetece un “Between the sheets” (entre las sábanas)?

¿Qué ingredientes lleva?

Media onza de brandy, media de ron blanco y otra media de Cointreau.

Como tú quieras, pero antes agítalo bien.

Lo haré. ¿Sabes que te quise mucho?

Claro que lo sé, ¿Sabes que yo te quise a ti?

Por supuesto que lo sé, (…) Tengo miedo, Lorena.

Yo también.

(…)

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LA CANCIÓN

Well sometimes I go out by myself and I look across the water And I think of all the things, what you’re doing and in my head I make a picture

‘Cos since I’ve come on home, well my body’s been a mess And I’ve missed your ginger hair and the way you like to dress Won’t you come on over, stop making a fool out of me

Why won’t you come on over Valerie, Valerie? Did you have to go to jail, put your house on up for sale, did you get a good lawyer?

I hope you didn’t catch a tan, I hope you find the right man who’ll fix it for you

Are you shopping anywhere, changed the colour of your hair, are you busy?

And did you have to pay the fine you were dodging all the time are you still dizzy?

Yeah

‘Cos since I’ve come on home, well my body’s been a mess And I’ve missed your ginger hair and the way you like to dress

Won’t you come on over, stop making a fool out of me Why won’t you come on over Valerie, Valerie.

Valerie, Valerie?

Yeah Valerie

(“Valerie”, interpretada por Amy Winehose)
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Bueno, algunas veces me ensimismo y miro el agua en la lejanía, y pienso sobre todo en lo que haces, y te imagino...,
porque desde que llegué a casa, bueno..., tengo el cuerpo dolorido, y extraño tu pelo de color jengibre y tu manera de vestir..., ¿por qué no vienes? Deja de hacerme sentir tonto.

¿Por qué no vienes, Valerie, Valerie?

Tenías que irte a la cárcel, poner tu casa a la venta, ¿conseguiste un buen abogado? Espero que no hayas cogido un bronceado, ni que hayas encontrado un hombre que te solucione todo.

Estás de compras en cualquier tienda, has cambiado el color de tu pelo, ¿estás ocupada? Y tuviste que pagar la multa que evitaste pagar por tanto tiempo, ¿estás todavía mareada? Sí...,

porque desde que volví a casa, bueno..., tengo el cuerpo dolorido...

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jueves, 21 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de Lorena, una carta y una canción (7 de 8)



9 Abril 2008

La que ahora me gusta es Eve Marie, como la actriz Eve Marie Saint, tiene mi edad, es vietnamita y cuenta una historia de violaciones y malos tratos terribles.

Seguramente es mentira, nada de lo que cuenta es verdad, pero es extraordinariamente bella y me gusta que me hable en francés en la cama. Ya se que es cursi, pero es que yo soy cursi.

Cuando digo que es mentira no quiero decir que no sea verdad. Lo más probable es que los hechos en sí lo sean, seguramente sí fue violada por toda su familia, padre, padrastro, hermanos, tíos, vecinos, y los que pasaban por allí, con el miedo, la complicidad o el beneplácito de su madre y sus tías. Todo eso debe de ser cierto. Lo que es mentira es el uso que hace de ello. ¿Qué uso? Cada vez que nos acostamos me mira como debía de mirar a su padre. Cuando intento huir de la cama me retiene como una loca, y cuando llega al final se desmaya. Pierde el sentido. No soporto verla inane. ¿Por qué me mira como si fuera su padre? No lo soy.

A pesar de ello ya le he preguntado si quiere venir conmigo cuando se nos termine el contrato y la temporada de verano haya finalizado. Me ha respondido que sí sin querer saber a dónde. Ni yo misma lo sé.

Mi amiga Eve no es ninguna prostituta ocasional como alguna de nuestras compañeras del ballet. Yo tampoco. Aunque también necesito ese dinero ocasional. Pero bien pensado, ¿para qué? Siempre necesito dinero para irme. Siempre quiero marcharme de donde estoy. Eve también. Pero a mí no me han violado, nadie me ha forzado nunca, nadie me ha obligado a nada.

Mi padre es un buen padre y mi madre una buena mujer. No saben nada y nada pueden enseñarme, pero nunca me han hecho daño. Yo sí se lo hice engañándolos con mi supuesto embarazo.

Siempre he sido un ser libre y siempre he sido mujer, las dos son circunstancias que siempre han ido juntas, han sido inseparables. Para mí sí, quizás haya tenido suerte, pero así ha sido. Yo no puedo lamentarme. Sé que muchas mujeres sufren males terribles, pero cuando me hablan de mujeres no sé de qué me hablan.

miércoles, 20 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de Lorena, una carta y una canción (6 de 8)



8 Abril 2008

María siempre me decía que me fuera lejos, me lo decía cuando empezaba a beber, pero a la mañana siguiente me rogaba que me quedase. Me prometía dinero, pero nunca me lo daba, ni siquiera un regalo, un anillo o algo así. Siempre tenía las manos desnudas. Hace siglos que no uso anillos, me decía.

Siempre mentía.

No me fui, pero me iré.

Estoy dudando de si debo irme sola o acompañada. Nunca he estado sola, no lo he estado en el sentido físico. Siempre he tenido a alguien a mi lado. Primero fue mi familia, y luego a Juan. Durante un año, el tercero de conocernos, lo abandoné, no me fui, lo dejé, no me marché, me perdí. No sé qué hice, pero no podía acostarme con él. Seguíamos viviendo juntos pero dejamos de tener relaciones sexuales. No despertaba ningún interés en mí. ¿Qué sucedió?, no tengo ni idea, yo lo quería igual, lo amaba, pero no podía soportar que me tocase. No tuve ningún amante, no me acosté con nadie, un año entero sin sexo, mi deseo de él o de alguien más había desaparecido y su lugar no lo había llenado nada. Juan protestó y yo lloré por él y por mí. Solamente supe decirle que esperara y que confiara. Me dijo que sí, pero un año es mucho tiempo. Tuvo sus amantes esporádicas y ocasionales, nada serio, pero muy doloroso para mí. Estuve todo este año perdida, hasta que reaparecí. ¿Por qué?, no lo sé tampoco. Busqué a Juan al otro lado de mi cama, me tragué mi orgullo y el dolor que sentía y le perdoné sus infidelidades, pero ya era demasiado tarde.

Eso es algo muy habitual en muchas mujeres, se pierden, se van, algo las rapta, los hijos, el nido, o un fantasma, un ángel malo o un ángel bueno. O simplemente nada en especial. Nada importante, quizás una tontería. Se quedan ensimismadas en un estado que ni ellas aciertan a entender y que los demás deben de intentar comprender.

Pero es difícil, normalmente cuando regresan nadie las espera.

El mal ya está hecho. Las que retornan, las que volvemos, no entendemos qué sucede ni qué ha sucedido. Pensamos que no ha sucedido nada y precisamente esto es lo grave. Yo sabía que Juan me engañaba, me dolía pero seguí a su lado. Casi todas hacen lo mismo, esperan.

Le seguí siendo fiel durante más de un año. En este tiempo fue él quien no me tocó.

En el Nefertiti tampoco sucedía nada, ni cuando las camas estaban llenas de gente o cuando estaban vacías. Ni en el Nefertiti donde conocí a María ni en la Sala de Fiestas en la que ahora trabajamos. En el hotel estaban los huéspedes y además de esos el pianista del restaurante y un guitarrista que cantaba boleros, y las parejas de enamorados, que con las manos unidas se miraban a los ojos mientras oían las canciones. Los conserjes, las mujeres que limpiaban, los otros camareros que eran compañeros de Juan, mis compañeras de ballet que trabajaban de escorts para él, ganándose así un sobresueldo, las otras con esos que decían ser sus novios, las otras con esas que decían ser sus novias y los demás que eran gays.

También estaban los maridos.

Luego estaban las mujeres de los maridos.

Pero ninguna tenía un labio partido como el de María.

martes, 19 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de Lorena, una carta y una canción (5 de 8)



7 Abril 2008

Anna era espléndida, también estaba, como yo, enamorada de María. Sé que le robó unas cartas. No hacía otra cosa que leerlas y no sé qué decía de publicarlas en no sé dónde. Pero no tenía futuro, y como yo, tampoco tenía pasado, aunque su marido Jorge parecía tener dinero.

No es bueno que el dinero lo tenga tu marido, el dinero no es dinero cuando es el “otro” el que lo tiene.

Siempre debes tenerlo tú. Eso es lo que sucedía con María, el dinero era suyo y la sonrisa era de Enrique, su esposo.

La sonrisa de Buda.

Siempre digo cosas inconexas y contradictorias. María no era fácilmente aprensible. Tampoco lo es el dinero que pasa de mano en mano, igual que el sexo, que también pasa de mano en mano.

A pesar de hallarse cerca ya de los sesenta y tener un cuerpo que no escondía su incipiente decrepitud, María prometía algo importante, no sé qué, pero algo. Todavía no he averiguado qué demonios era, tampoco sé si me lo dio o no, aún me lo pregunto, quizás prometía no prometer nada. Quizás cuando hablaba todos comprendían cosas distintas, señal inequívoca de hablar mal. Quizás sus palabras eran muy mediocres y por eso todos entendían lo que decía, también señal inequívoca de hablar mal. Quizás se disfrazaba de poeta y de mujer “vivida”, señal inequívoca de no tener nada que decir o de expresarse mal. Quizás se rompió el labio un día limpiando los cristales. Quizás por eso cojeaba, quizás no se rompió el labio y sí la rodilla llevando a uno de sus hijos en brazos, o el codo, o alguien le rompió el bazo y la vesícula en algún encontronazo furtivo o premeditado. Y luego, pobre, no podía vomitar bien la bilis.

Pero algo extraño ocurrió cuando un día me di cuenta que tenía celos de sus amantes.

Primero aparecieron esos celos y luego un hecho desagradable. La vi borracha.

Yo había visto a muchos borrachos, hombres, mujeres y niños y apenas me afectaban y me afectan.

Ella no era distinta a los otros. Era un ser doliente igual que los demás. Todos los borrachos lo son.

Cuando lloraba, cuando solamente lloraba parecía estar todavía más borracha.

Pero… yo sentía celos de sus amantes.

María lloraba encima de unos papeles y cartas manoseadas y mojadas de sudor o de no sé qué, pero era algo húmedo.

¿Orines?

Me preguntaba quién era mientras le aguantaba la cabeza al vomitar. Soy Lorena, le respondía. ¡No, estúpida!, te pregunto por ése de las cartas, ¿quién es?, me gritaba.

Cuando dormía y la velaba leía aquellos papeles arrugados, y mojados. En ellos había un nombre al final, una firma en forma de cruz.

Un Cristo extraño. Un analfabeto.

Sin duda alguien muerto, tan muerto como lo están los mamíferos muertos, hinchados y corrompidos o como los jilgueros muertos, caídos en el fondo de su jaula, tiesos, o como un árbol talado, abatido, o como una sonrisa transformada en estertor, grotesca. Como las piedras redondeadas y pulidas, como los cantos rodados, grises, o marrones como mis ojos de india, almendrados. Piedras negras como mis cabellos negros, hierbas negras como el vello de mi pubis que siempre he de depilar por culpa de esos tangas tan pequeños y por esas lenguas que han visto demasiado sexo enlatado y estereotipado.

Leyendo esas cartas, sentada en su cama, mientras ella dormitaba, tuve la regla, se me adelantó, aún faltaba una semana, pero me vino. Y manché las sábanas de María como lo hice con las mías mi primera vez. Mi madre procuró lavarlas enseguida y casi no mencionó el hecho, excepto para decirme que cada mes me sucedería igual. ¿Por qué?, le pregunté.

No me respondió.

La que sí lo hizo fue mi tía Isabelita, la loca, ella me contó lo que debía saber y qué debía hacer. Estuviera sola o acompañada. Por un hombre o por una mujer.

La primera vez que me acosté con Juan me ocurrió igual, tuve la regla antes de tiempo.

Él ni se inmutó. ¡Mira!, me dijo, señalándose el pene.

Miré, y lo vi salir de mí, rojo con mi sangre.

No sé por qué, me reí.