sábado, 24 de octubre de 2009
El peletero/De Meditaciones (3)
6 Febrero 2009
“En fornicació està lo major contrari que pot ésser enfre marit e muller” (Llull, Proverbis, OE, I, pàg. 1253)
“En la fornicación está la contradicción mayor que puede haber entre marido y mujer”.
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Mi burdel preferido lo regentaba un transexual, por eso lo bautizó “La metamorfosis”.
Gregorio, así se llamaba la “Madame”, en honor de Gregorio Samsa, el protagonista del célebre relato de Franz Kafka, estaba viejo y gordo. Yo ya lo conocí gordo, aunque él contaba que en otro tiempo tuvo un cuerpo espectacular. Alto sí era, y las fotos de su juventud demuestran que no mentía. Era una mujer verdaderamente despampanante, una auténtica rubia con sorpresa. “Yo fui una mujer del gran mundo”, decía abriendo los brazos de par en par como si quisiera abrazar ese gran mundo con ellos.
Yo, en cambio, no soy despampanante, tampoco soy una mujer, ni siquiera una rubia teñida con una sorpresa entre las piernas. Tampoco soy extraordinario y mucho menos sorprendente, al menos no lo soy en esos recónditos lugares dOnde dicen que uno debe mostrar la carne de la que está hecha su alma. ¿Dónde?, en las alcobas, en los retretes, en las cocinas, en los probadores de los modistos y las tiendas de ropa, en la consulta de los médicos, en los salones de las peluquerías, en las habitaciones de los hoteles, en los prostíbulos y en los confesionarios de las iglesias.
En realidad soy un hombre torpe e inhábil en la cama cuando en ella también hay una mujer y ninguno de los dos está dormido.
Dormir es una tarea que sé desempeñar de la manera adecuada y conveniente, como corresponde a alguien inerte, basta con cerrar los ojos y pensar que estás muerto. Fornicar en cambio, no, no es precisamente mi don, no nací para yacer con mujeres ni con hombres. Hay demasiadas cosas a las que uno debe atender, muchos objetivos de interés, y para ser honesto y comprometido hay que prestarles toda tu atención con la dedicación y maestría debidas, debes focalizar en ellos tu curiosidad y demostrar con palabras y hechos tus ganas de agradar. Nunca lo consigo, jamás logro satisfacer del todo a mis amantes, que me regañan, me corrigen y me demandan cosas que yo no puedo darles. Tienen razón, en esta vida no todos servimos y valemos para lo mismo, las aptitudes son distintas en cada persona, y yo, he de reconocer, no soy un buen amador, copulo mal, no sé efectuar eso que mis queridísimas amantes dicen, entornando los ojos, “hacer el amor”. Hubo una que incluso me lo decía en francés, “faire l’amour”, con acento gallego y tratando de imitar a la Piaf al pronunciar la “erre” con la campanilla de la glotis en lugar de hacer vibrar la lengua en el paladar, era deliciosa y dulce y se llamaba Maruxa. A muchas les propuse en matrimonio y ninguna aceptó.
La verdad es que me siento culpable y en deuda con mis amigas y compañeras de cama, por eso voy de putas. Ellas me alaban y me elogian, dicen que soy el mejor, me cuentan que han conocido a muchos, pero que ninguno es tan bueno como yo. Ya sé que mienten, incluso a veces mienten demasiado, o demasiado mal, pero para ser sinceros, entre la verdad de unas y las mentiras de las otras, me quedo con estas últimas. Esa es mi verdad, la que a mí me gusta, la que me conviene oír para no tener que acabar en el diván de un psiquiatra, las mentiras de mis muy queridas putas.
Puede parecer mentira, pero la verdad es que no conocí a Hildegart en el burdel “La Metamorfosis”. Recuerdo que Hildegart era esa maestra que ejercía de puta a ratos libres y los fines de semana, para así dejar escapar su furor, el psíquico y el uterino. Nos vimos por primera vez, y por pura casualidad, en una librería llamada “El sí de las niñas”, en honor a Moratín. Quizás ése era un lugar más acorde con nuestras profesiones públicas, maestra y bibliotecario, que un prostíbulo donde desarrollábamos nuestras otras aficiones secretas, de puta ella y de putero yo.
Ambos estábamos enfrascados curioseando los libros, ojeándolos y leyendo de ellos pedazos sueltos o quizás buscando algo que no sabíamos exactamente qué era, cuando la vi de espaldas. Tenía un buen detrás y supuse que su delante era hija de los mismos padres.
Mi padre fue modisto, un sastre humilde de barrio, con mucho mejor gusto para las telas que conocimientos empresariales. Tenía el taller en la propia vivienda donde recibía a sus clientas. Se encerraba con ellas en el probador con cierto disgusto por parte de mi madre. A veces se oían risas.
Él me enseño a coser, a usar la aguja y el hilo, a saber cortar una tela, del derecho y al bies, a tomarles las medidas a las clientas, a dibujar un vestido antes de concebir su patrón, a probar la prenda en el maniquí de madera y en otros de carne y hueso. Lo intentó, pero mis manos han sido siempre torpes, lo han sido con la aguja y el hilo y también con los botones y los ojales. Para vestir a alguien de la mejor manera, me recordaba mi padre, es imprescindible saberla antes desnudar, debes mirar y conocer ese cuerpo que piensas cubrir, sea con ropas, con pieles o con tus propios besos. Lo escuchaba atento, igual que lo hacía mi madre también, pero yo no sé hacer ninguna de esas tres cosas, al menos no sé hacerlas bien, como ellas quieren y les gusta.
Vi que Hildegart hojeaba un libro que yo ya tenía en las estanterías de mi casa. Era: “Superhéroes: Fashion and Fantasy”, sobre una exposición habida, desde mayo a setiembre de 2008, en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York. En ella se mostraban diferentes piezas y vestidos de grandes modistos, Armani, Galiano, Moschino y Thierry Mugler, entre otros. Todas ellas espectaculares, espléndidas fantasías de héroes y heroínas vestidos en esos trajes construidos con acero, plumas, charol y cuero de todos los colores. Arañas, guerreros, serpientes, lagartos, gatas y verdugos.
Me acerqué a ella, “hola”, la saludé. Me miró manteniendo el libro abierto por una página que mostraba un modelo de Mugler que recordaba a Michelle Pfeiffer vestida de pantera negra. Hace un par de meses lo compré, le dije, todavía está encima de la mesita de noche de mi habitación sin desenvolver, ¿quieres que te lo regale? Abrió los ojos sorprendida, se rió y ni me respondió, dejó el libro en el estante y se fue, dándome otra vez su espléndida espalda.
Más nos reímos ambos cuando dos meses más tarde nos encontramos de nuevo en “La Metamorfosis”. Yo de cliente y ella de puta. ¿Quieres que te lo regale ahora?, le pregunté entre risas. Ahora sí, ahora sí quiero, me respondió Hildegart, mientras me llevaba, cogidito de la mano, a su habitación, vestida de leopardo macho y dispuesta a devorarme.
Mientras mordía mi cuello con sus colmillos afilados, recordé a mi padre y al autor de una tesis del siglo XIX, sobre la economía de la costura, que “dividía a las clientas en dos categorías: las mujeres del gran mundo, a las que el modista debe conceder crédito, y las entretenidas, a las que debe cobrar, por adelantado, considerables sumas, si no quiere correr ningún riesgo”. (1)
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(1) “los Magos de la Moda”, “Las entretenidas”, Anny Latour
viernes, 23 de octubre de 2009
El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (5)
4 Febrero 2009
Saul Steinberg, que aparece junto a una de sus obras, titulada “La Masque”, en la fotografía que encabeza este post, afamado y brillante artista gráfico, judío de origen rumano, nos explicaba también en el número 30 de “repères, cahiers d’art contemporain”, su punto de vista de las cosas de este mundo, y del arte en particular, en una interesante y muy amena entrevista que le realizó Jean Fremon, aprovechando su extenso conocimiento de otros artistas y pintores, y gracias también a su peculiar humor judío, tan inteligente como cínico y sarcástico.
Solamente citaré un par de reflexiones a cuenta de lo que nos interesa destacar.
A propósito de Barnett Newman, Steinberg nos dice que siempre se preocupaba por la dignidad física del artista y que procuraba dar consejos para mantenerla y no permitir su deterioro. Para ello recomendaba llevar siempre corbata y no dejarse jamás fotografiar riendo. Es curioso que eso lo dijera alguien que pintaba abstracción aunque fuera enmarcada en el llamado “expresionismo abstracto”, un casi, pero muy bello y logrado oxímoron.
Como todo el mundo puede darse cuenta, ese es un consejo que hoy en día nadie sigue, la corbata está en desuso y todos ríen en las fotografías “incluso o excepto” los que no saben posar o no son fotogénicos. Todos ríen y nadie sabe por qué.
Sobre Picasso, Steinberg dice que el genial malagueño pensaba que lo esencial para un artista es parecerse a sí mismo, ¿eso qué es, cómo se consigue?, intentando que su trabajo se le parezca, afirmaba el genio, o dicho de otra manera, que el rostro de un artista sea una especie de autorretrato, y que para ese artista, su propio rostro se convierta en un ensayo crítico de su obra, dice Steinberg que decía Picasso. Esa es una manera bastante alambicada y fatua de afirmar aquello tan sabido de que a cierta edad uno termina por tener el rostro que se merece, sea artista, comerciante, bandolero o taxidermista.
Steinberg continúa afirmando también que hay muchas cosas en la vida que no parecen ellas mismas. Nada más alarmante que un galgo obeso, dice. Es igual para las personas, afirma que ellas no consiguen parecerse a sí mismas excepto con la condición de llevar una vida “lógica”.
Yo no estoy muy seguro de que sea así, me temo que la lógica en la vida, que no la lógica de la vida, te diluye en tus propios componentes, en una especie de implosión, de sopa o de niebla espesa que no permite verte en el espejo, mejor dicho, algo sí ves, pero no sabes qué demonios es, casi como lo que les ocurre a los recién nacidos que ven pero no saben qué es lo que ven. Eso no tiene nada que ver con parecerse a sí mismo, a no ser que al lograrlo termines como algunas gigantes rojas que después de implosionar y de explotar no acaban convertidas en un grandioso y memorable agujero negro y sí en una tonta y triste enana marrón, en ese proceso vital que los físicos llaman de manera magistral, “la secuencia principal”.
Es en estos casos cuando las personas terminan mirándose al espejo sin reconocer nada, y al igual que con los sonámbulos uno no debe jamás comunicarles la verdad, so pena de provocarles un mal irreparable, un vahído, algo así como un “ictus veritatis”, que les conduzca directamente y sin preámbulos allí.
¿A dónde? Allí, ¿a dónde sino?
jueves, 22 de octubre de 2009
El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (4)
2 Febrero 2009
4. La caricatura.
Sea como sea, ese diálogo, al igual que casi todos, acaba por ser una plática vaga, medio entretenida y medio aburrida, confusa, indefinida y desordenada, en la que las frases no siempre son la consecuencia de las habidas antes, y sí de las dichas muchísimo antes, y hasta incluso, un tiempo después. Como cabe suponer, los dos protagonistas hablan también, y solamente, de objetos, entes y personas que han sido así mismas imaginadas, inventadas, como ellos dos lo son, o en el mejor de los casos, burdas imitaciones del modelo real. Pues eso es lo que al fin y al cabo parece que somos, un modelo a imitar.
Quizás ése sea nuestro objetivo en este mundo, lograr un buen retrato de nosotros mismos, y si también somos capaces, hacerlo de memoria, sin mirarnos al espejo.
Al peletero y al Gordo les une una rara vocación, ser perros de presa, presos de un ansia de sabueso. Deben encontrar un recuerdo, recuperarlo para seguir buscando. El Gordo busca para el peletero y el peletero busca para mí. Los tres somos poca cosa, débiles y extraordinariamente vulnerables y nadie debe pensar que ello es una modestia impostada, si no lo fuéramos ya no buscaríamos más, si no lo fuéramos aquello que hallamos un día no sería ni siquiera un recuerdo y no nos seguiría doliendo hasta hacernos olvidar el dolor de morir.
Hace un tiempo destacaba en “El peletero simulador” una anécdota muy sugestiva y graciosa, y aunque sea repetirme pienso que es una buena manera de empezar. Es decir, cuento que contaba que: “En “Los siete pilares de la Sabiduría”, T.E. Lawrence nos cuenta que en una de las interminables y múltiples comidas a las que es invitado por parte de la aristocracia beduina en sus amplias y hermosas tiendas, a cada uno de los comensales se le pide, para amenizar la velada, que explique una historia ocurrente y graciosa, un “chiste” incluso. Al pobre Lawrence no se le ocurre nada que contar, al final y como consecuencia de una buena capacidad de improvisación obsequia a todos sus compañeros con una imitación de cada uno de ellos, de su manera de hablar, de sus acentos peculiares, de su gestualidad, de su expresividad. La sorpresa de todos es mayúscula, pues y según parece, en la cultura bedú no era nada habitual la caricatura. Después del primer desconcierto y boquiabierto y fascinado silencio entre los comensales, estallan las carcajadas sinceras y Lawrence es querido un poco más por sus amigos.”
miércoles, 21 de octubre de 2009
El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (3)
30 Enero 2009
3. La soledad.
¿Este mundo virtual tiene contactos con el real?, naturalmente, ambos se entrecruzan pues al fin y al cabo son personas las que están detrás de sus avatares digitales. En muchos casos llegan a conocerse, a escribirse, a hablarse por teléfono. Incluso los más osados o los más ingenuos llegan a enamorarse, a tocarse y a besarse. Algunos hasta construyen puentes y se imaginan haciendo planes, satisfaciendo deseos y proyectando futuros.
¿Es todo mentira?, claro que no, incluso es necesario decir que casi todo es verdad, este es el drama. Pero es una verdad rara, protegida, revestida de una armadura, es una verdad débil, frágil. Es una verdad construida con miedo, vulnerable, fácil de herir. Tal vez no sea realmente la verdad y únicamente sea ese miedo. No lo sé. Aquello que define en verdad el miedo es que es pura verdad. De la misma manera que la única cosa que comparte al mismo tiempo, verdad y miedo, es la triste y penosa soledad.
La “blogosfera” es un paisaje desolado, no por vacío, todo lo contrario, por excesivamente lleno. Es una metrópolis gigante, superpoblada, es un hormiguero, es un pajar en el que es muy difícil encontrar la aguja, aunque sea sin hilo que traspase su ojo.
Yo lo logré.
¿Es pues “El peletero” una ficción? ¿Quién habla con el Gordo?, ¿él o yo que lo inventé? Hablo yo, claro está, pero, ¿al hablar miento?, ¿o ellos dos hablan por mí?, la verdad es que al final ni siquiera yo lo sé.
Y si lo sé, no lo diré.
martes, 20 de octubre de 2009
El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (2)
28 Enero 2009
2. El heterónimo.
Ya sé que se ha hecho antes y Pessoa lo logró de manera magistral. Todos repetimos el mismo gesto al comer y los restauradores inventan nuevos platos igual que cocinan viejos.
No pretendo ni oso emular al portugués ni a otros que como él usaron los mismos trajes. Solamente deseo repetir a mi modo aquello que unos antes han repetido de otros y de esta manera, sucesivamente, perpetuar el eco.
Así pues, los siguientes capítulos pretenden ser, modestamente y más mal que bien, una reflexión desordenada y con poca ilación sobre el simulacro, la representación y el remedo, esos intentos falsarios por sustituir una cosa por otra en un ardid engañoso y embaucador. Ésa es siempre una pretensión vana, extraña y permanentemente fracasada.
De ese fracaso, y de su consiguiente desengaño y desilusión, se desprende y pende, como un hilo de su ovillo, la identidad.
Para hablar de ello he pensado que lo más adecuado es desarrollar una conversación entre dos protagonistas imaginados que no seres reales de carne y hueso, “El peletero” y “El Gordo”. Los dos son sendos personajes literarios, y al serlo no tienen identidad puesto que carecen de una voluntad propia, independiente y libre. Ambos son, por tanto, un mero producto de ficción, un simulacro de otra cosa, pues el segundo es un invento del primero y el primero lo es mío. Yo creo y fabrico al “peletero” y finjo que él escribe las historias del “Gordo”. Eso ha sido así a lo largo de muchos meses, y aunque la idea empezó mucho antes, no se materializó hasta que no abrí un blog titulado precisamente “El peletero”.
Un blog es una página abierta al mundo en la que si lo permites, esa es su esencia, cualquiera puede entrar y dejar escrito su comentario, oportuno, apropiado o completamente fuera de lugar. Si eres educado respondes, y lo haces según tu parecer, de mejor o de peor manera, aparentando ser tú mismo, o bien un canalla, quizás un caballero gruñón, o fingiendo incluso ser el mismísimo faraón. Para que eso ocurra primero tienes que ser visible, darte a conocer. Tal cosa solamente se consigue visitando los demás blogs, las páginas abiertas de los otros, siendo tenaz y persistente. Si miras te ven, si hablas te hablan, si vas vienen. Es igual que en la vida real, pero con una diferencia notable, es más fácil mentir y construir una identidad falsa, eso que hacemos todos en la vida “analógica”, unos más y otros menos, algunos pocos mucho, y otros muchos poco, o viceversa. ¿Por qué?, quizás por esa razón que menciona Pico della Mirandola, porque nuestra identidad no está definida de antemano y todos queremos ser dueños de la nuestra. O eso decimos que queremos.
lunes, 19 de octubre de 2009
El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (1)
“Si hoy pudiera comenzar de nuevo, procuraría deleitarme doblemente con esas dos dichosas circunstancias de éxito literario y del anonimato personal, publicando mis obras bajo un nombre distinto, imaginario, un seudónimo, pues si la vida en sí ya está llena de atractivos y de sorpresas, ¡cuánto más no ha de estarlo una vida doble!
(“El mundo de ayer”, Stefan Zweig)
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1. El misterio y el limo.
Pico della Mirandola afirmaba que el ser humano carece de identidad y que gracias a ese supuesto defecto de fábrica puede elegir cualquier personaje, puede hacer consigo lo que desee. Dice también que su esencia se halla en su libertad, y que gracias a ella no está definida ni delimitada de antemano.
Ignoro si el aserto anterior es cierto o no lo es. Pero sí sé que el ser humano utiliza su libertad para todo aquello que cree más conveniente para sí. No obstante, el criterio que usa es casi siempre poco claro, también es obstinado y perseverante como lo son las aguas confusas de los deltas de los ríos cuando penetran en el mar.
Visto desde el aire el océano parece llenarse de un fango que empuja con la fuerza de un titán. Ese río que desciende de las montañas es un ariete que quiere preñar el mar y un atlante que pretenden cargar con el mundo y llevarlo en sus espaldas.
El río es un limo que las aguas han arrastrado desde las mismas fuentes para terminar diluido en la inmensidad. La frontera es clara, cada cual tiene su color, uno es lodo de caña frente al azul marino, oscuro, ancho y hondo del abismo. El criterio humano también es turbio porque siempre se halla enfrentado como esas aguas que empujan contra esas otras que se mantienen indiferentes, ignorantes y desafectas, tal es su poder, el de ese mar, el del mismo universo y de todo aquello que hay más allá.
Azar y necesidad, razón y deseo. El misterio que se le opone al ser humano es una frontera clara y nítida y lo es porque no es otra que la muerte, no hay igual, no hay ninguna mejor. La vida casi parece una cárcel de la que debemos huir porque la libertad que disfrutamos en ella nos impide saber quiénes somos. Nada más fácil entonces que mentir para sobrevivir al reto de ser libres. Es casi un destino inevitable porque cuando se ansía conocer la verdad siempre se termina por olvidarla. Es entonces cuando la tentación que produce el fracaso nos lleva a pensar que ni la verdad ni la mentira son reales, queremos creer que ambas son meros inventos de filósofos locos. Si así fuera, ésa sería la esencia de la libertad, pero no es así.
sábado, 17 de octubre de 2009
El peletero/Meditaciones (2)
23 Enero 2009
“E aprés de les paraules se n’entraren en la cambra, e en aquella se tancaren; e aquí micer Lambartusio comensà a fer son delitós joch” (Decameron, fol. 216v)
“Y después de las palabras entraron en la habitación, y en ella se encerraron; y aquí, mi querido Lambartusio empezó a hacer su delicioso juego”
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Mi burdel preferido lo regentaba un transexual, por eso lo bautizó “La metamorfosis”.
Gregorio, así se llamaba la “Madame”, en honor de Gregorio Samsa, el protagonista del célebre relato de Franz Kafka, estaba viejo y gordo. Yo ya lo conocí viejo, es esa clase de personas que nacen con una edad determinada y ya no se mueven de allí, nunca envejecen porque nunca fueron jóvenes.
Gregorio fue un actor de poco éxito en su juventud. A él le gustaba el escenario y el aplauso, pero sus cualidades eran y son las de productor. Organizar y conseguir que parezcan reales y verosímiles, ideas y deseos que nunca formarán parte de la experiencia.
A mí me gusta mandar, ser el señor de la casa, el general de los ejércitos, el almirante de la flota y el Marqués de las Marismas Tristes, rodeado de criados y sirvientes. Incluso me apetece ser el humilde profesor de escuela que mandando enseña.
Toda educación tiene algo de adiestramiento, de domesticación y también de entrenamiento. Se sabe sabiendo, practicando cada día el exquisito arte de la humildad y la curiosidad. Se enseña enseñando, marcando el camino que debe llevar al mar, señalando cómo deben abrirse las puertas y desabrocharse los pasadores de los corpiños, los botones de las armillas y las cremalleras de los pantalones.
En el burdel de Gregorio tenía mi aula particular, mis alumnas eran todas putas que simulaban ser alumnas sin esconder que eran putas. Eso era lo que más me gustaba, que en el fondo, aunque fuera en el fondo de su cuerpo, dijeran la verdad.
Pero a veces, en alguna ocasión especial en la que me sentía más Triste que Marqués, me gustaba ser alumno y aprender de alguna maestra experta. Gregorio tenía a la mujer adecuada, profesora de Instituto de Secundaria y puta. Ambas cosas y las dos casi al mismo tiempo.
Hildegart, ése era su noble nombre de guerra, en honor de Hildegart Rodríguez Carballeira, asesinada por su madre el 9 de junio de 1933, trabajaba ciertamente en un Instituto en el que enseñaba Historia Universal. Antes de conocer a Gregorio, a través de un amigo común, sufrió depresiones originadas por su trabajo, sin objetivo ni destino puesto que su saber a nadie interesaba, y menos que a nadie, a sus alumnos. Fuente de frustración constante, su labor docente llegó a significarle casi una tortura a causa de los malos tratos de palabra y casi de obra de sus discípulos.
Gregorio le dio la idea, “hazte puta”, le dijo, la gente paga para que los humillen. Es lo mismo que has hecho siempre como maestra, y lo que es peor, como funcionaria pública. No notarás el cambio. El Estado te paga para que te desprecien, en mi burdel, en cambio, serás tú la que humillará a tus alumnos, además, te lo agradecerán, mis clientes te valorarán en lo que sabes y en lo que eres, su dueña y señora. Puta, sí, pero su reina.
Debes saber, le decía Gregorio, que en esta vida solamente podemos ser tres cosas, amo, esclavo o puta. La mejor es siempre la tercera, no tengas ninguna clase de dudas, sé de qué hablo, yo he sido las tres, aunque no al mismo tiempo.
En mi casa podrás resarcirte de todos estos años de sufrimiento, además, equilibrarás la balanza de tus días pasados con todos estos días futuros, rellenos de promesas como si fueran un pavo asado.
Pero todo será mentira, le respondía Hildegart. Claro, mi niña, todo es casi siempre mentira, ¿o es que pretendes que sea verdad?, ¿los quieres realmente maltratar?, ¿hacerles auténtico daño?, no puedo creer que seas tan mala, le respondía dándole un suave beso en los labios.
Hildegart dudaba y pensaba que Gregorio quería que se sintiese culpable de algo, quizás incluso del daño recibido.
Piensa, querida mía, que “simular es obtener información que se genera en experimentos inventados y que la simulación puede describir, predecir y, por lo tanto, sustituir a la experiencia” (1)
Hildegart, que no tenía un pelo de tonta, le indicaba: esa es la esencia del juego, ¿no? Claro, vida mía, le respondía Gregorio, y mi casa es la mejor casa de muñecas que puedas hallar. ¿No te gusta jugar, mi amor?
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(1) “Ideas sobre la complejidad del mundo”, Jorge Wagensberg
viernes, 16 de octubre de 2009
El peletero/Meditaciones (1)
21 Enero 2009
“Quatre coses són ses duptar / qui no s poden sadoylar: / la mar, lo cony de la putana, foch, e avar, causa certana. / Puta és fiyla de satan, / car la ressembla pe rengan” (Facet, fol. 240, vv. 1605-1610).
”Cuatro cosas hay, sin dudar, que no se pueden soslayar: el mar, el coño de la puta, fuego y avaricia, cosa cierta. La puta es la hija de Satán, pues se le parece por engaño”
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Mi burdel preferido lo regentaba un transexual, por eso lo bautizó “La metamorfosis”.
Gregorio, así se llamaba la “Madame”, en honor de Gregorio Samsa, el protagonista del célebre relato de Franz Kafka, estaba viejo y gordo. Yo ya lo conocí soltero, si así puede decirse de alguien que nunca ha estado casado ni ha querido estarlo jamás, digamos que no tenía pareja estable. A mí me tiraba constantemente los tejos. No sé cómo lo hacía pero cada dos por tres se me aparecía medio desnudo, con su tanga estrecho que no podía tapar sus atributos de hombre que siempre quiso conservar. Medio en broma y medio en serio me decía que su religión le prohibía casarse, y al decírmelo, y sin venir a cuento, me miraba como si yo fuera un pollo asado. La transexualidad anciana es todo un espectáculo de vida como lo es la misma vejez, pero si a ella le añades la ambigüedad sexual del alma y del cuerpo, la decrepitud que conlleva se convierte en un raro triunfo. Gregorio era un intelectual y un poeta, y yo, aunque bibliotecario, todavía no era ni soy homosexual.
Éramos y somos amigos. Pero nunca rebaja el precio de los servicios que se prestan en su “La metamorfosis”.
Él es un hombre arruinado, aunque antiguamente su familia fue rica, y aunque ya ha recuperado casi todo su patrimonio perdido, considera que la ruina es un estado del alma, dice que no es un asunto económico y sí una actitud frente a la vida. Siempre recalca la palabra “frente” mientras me muestra uno de sus enormes y caídos pechos hormonados y me saca la lengua y la mueve como si fuera una batidora lista para hacer una buena mayonesa.
Yo, en cambio, soy un simple funcionario del Estado que trabaja en una de las múltiples bibliotecas públicas. Estoy tan viejo como él, pero no me tiño las canas ni me depilo nada más que mi sexo, me gusta verlo lampiño y tan calvo como mi glande y mi lengua, y según me dicen, a las putas también les gustan los penes y los testículos afeitados. Habrá de todo creo yo. El origen de mi familia, en cambio, es humilde, yo tengo una buena cultura y saberes que no sirven para nada, y simulo ser un hombre sofisticado y refinado, amante de placeres elevados y lector de libros eruditos. Colecciono viejas estampas y dibujos eróticos y pornográficos. He tenido unas cuantas novias que parecían ser mi complemento perfecto y yo el de ellas. Pero soy una persona envidiosa, disfruto de celos de largo recorrido. No deseo lo ajeno, me importa un rábano eso que poseen mis vecinos o amigos, pero envidio a los patricios que tenían esclavos y esclavas, o al menos sirvientas.
Por eso acudo a “La metamorfosis”, Gregorio me prepara un buen decorado que simula una mansión noble del siglo XIX, con las paredes empapeladas de dibujos barrocos, con grandes sillones y camas con baldaquines, muchas cortinas y almohadones. Yo me visto de señor y me dejo servir por varias criadas, gordas y gráciles, viejas y jovencitas. Me miman, me bañan y copulan conmigo. Del derecho y del revés, por delante y por detrás. Me dicen que me quieren y se tragan todo lo que les doy, agradecidas. O bien lo hacen a regañadientes, como si las forzara, o como si pidieran limosna. También como si se les hubiera aparecido el Arcángel Miguel, deslumbradas al desabrochar mi bragueta y extraer con ansia famélica mi maza sonrosada.
Unas veces soy el venerable señor de la casa o un anciano depravado. Otras el hijo pequeño, ingenuo y adolescente todavía, y en ocasiones soy el joven prometedor, hermoso y galante que seduce a hijas y a madres.
Otras me atan y me penetran con penes falsos de hierro colado y me dicen que valgo menos que la suela de sus zapatillas.
Las putas de Gregorio son unas buenas profesionales, las noveles y las muy veteranas. Las que dicen que son solteras y las que me cuentan que son casadas y que su marido no lo sabe. ¿Por qué eres puta?, les pregunto. Cada una me responde cosas distintas y todas, todas ellas son mentira. Pero a todas, a todas ellas les gusta que les cuente historias, que les lea libros y que les dé consejos para nada pero que parezcan que son para algo.
¿Te gustan las estrellas? Escucha: “Estrellas R Coronae boreales. Se trata de supergigantes que muestran durante largo tiempo un brillo constante, para luego, repentinamente, sufrir un descenso de varias magnitudes. Después se produce un nuevo aumento de su brillo, ya sea inmediatamente o tras una permanencia más prolongada en el mínimo. La causa permanece inexplicada. Se conocen 32 objetos de este tipo”. (1)
¡Oooh!, lo mismo que me sucede a mí, me responden complacidas consigo mismas.
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(1) (“Atlas de Astronomía”, Alianza Atlas)
jueves, 15 de octubre de 2009
El peletero/Memorias de "El Gordo" (y 6)
19 Enero 2009
Muchísimo tiempo después, no sé cuándo ni qué fue, tampoco recuerdo dónde. Si explotó mi estómago o la bala se alojó en mi corazón en mitad de mi caminata dominical o sacando al gato a pasear porque perro nunca he tenido.
No recuerdo si eso sucedió en mi cama, en la de un hospital, en la de alguna de mis amantes o en medio de la calle, tirado en el suelo. De verdad que no lo sé porque no consigo recordar las cosas con claridad. Solamente puedo afirmar que al despertar no conseguí ver más la luz.
Desde entonces todo está a oscuras y no puedo saber qué sucede a mi alrededor. Apenas oigo unas voces lejanas que no logro distinguir ni escuchar con precisión.
Nadie me responde y nadie me pregunta nada. Ignoro qué me sucede pues únicamente puedo hablar conmigo mismo. Es un estado extraño que no logro comprender, no sé cuál es exactamente mi situación.
Nada me duele, no noto ya mi cuerpo gordo y pesado, es una ingravidez agradable, y dispongo de todo el tiempo del mundo para tratar de recordar y darme cuenta de que aquí también hay algo que no encaja, que hay algo fuera de sitio, algo que sobra o algo que falta.
Creo que sé que es.
Me doy cuenta que siento nostalgia de la luz, que añoro mis ojos y aquello que veían,
cuando, a pesar de todo,
a pesar de los muertos y a pesar de los asesinos,
a pesar de aquellas paredes desnudas y de aquellas flores sin florero,
a pesar de mis manos sin guantes y de las cabezas sin sombrero,
mi cuerpo vestido o desnudo te deseaba, mi voz te llamaba, y yo, solo o más solo todavía, te amaba.
Al fin y al cabo, entonces,
a pesar de unos lentes de más o de unos ojos de menos,
todo encajaba,
todo tenía su sitio,
nada estaba fuera de lugar,
y así nada sobraba
y de esa manera tampoco nada faltaba.
Me doy cuenta de que a pesar de todo y a pesar de vivir,
todo tenía sentido porque te amaba.
miércoles, 14 de octubre de 2009
El peletero/Memorias de "El Gordo" (5 de 6)
16 Enero 2009
Un error en el orden de las cosas, algo así como un fallo en eso que llaman el continuo espacio-tiempo. Un problema de disposición en la forma en cómo los entes y los objetos se sitúan unos al lado de los otros y unos después de los otros. Cara a cara o de espaldas, pegados o a dos metros de distancia. Uno de rodillas y el otro de pie, o bien, uno encima del otro y el otro del mismo modo. Por turnos, al mismo tiempo o al revés. Incluso en ocasiones, uno debajo y el otro también. Es una cuestión de protocolo. Un cadáver siempre está fuera de lugar, no pertenece al mundo de los vivos. Aunque cada vez está más de moda en los buenos restaurantes la carne fría o directamente cruda, apenas aliñada. A mí me gustan los alimentos macerados, pero siguen teniendo aceptación los flambeados, es bonito ver la antorcha en tu plato. Es un faro que nada advierte, que sólo reclama tu hambre.
En cualquier caso, morirse es siempre un error, sea en la cama de tu amante, en la de un hospital, o tirado en la calle con una bala en el estómago o con el corazón reventado por un infarto tonto en mitad de una caminata dominical o sacando al perro a pasear.
Lupita mataba sin darse cuenta a sus amantes y yo le aseaba la cama como si fuera la chica de la limpieza. Barría los bajos y baldeaba los suelos. Cambiaba las sábanas, las viejas las quemaba y ponía de nuevas, recién compradas y sin olor a nada.
Y tiraba la basura sin detenerme a mirarla. Echaba todo aquello que sobraba sin prestarle atención. Hacía con ella todo un paquete informe de restos y las sobras del banquete, fueran humanos o inhumanos, animales, vegetales o simple suciedad.
Ese fue mi error, no fijarme en los detalles pequeños, porque aunque yo hiciera mi trabajo y lo hiciera bien, siempre había algo que no encajaba. Algo que sobraba o algo que faltaba.
Descubrí qué era en los dos últimos cadáveres que hice desaparecer. Fue una casualidad. Eso sucedió muy poco antes que su familia, tíos, hermanos y sobrinos, la internaran en un centro de salud mental.
Aquellos cuerpos tenían las cuencas de los ojos vacías. Alguien, seguramente ella, se los debía de haber arrancado; no logré hallarlos ni conseguí jamás que me contara qué demonios había hecho con ellos.
La lógica me hizo suponer que con los otros había sucedido lo mismo, que al igual que ésos aquellos también perdieron la vida, y con ella los ojos. Lo que no puedo saber es si esa ceguera fue antes o después de morir.
Es una mala disculpa profesional, pero he de reconocer que yo no me había dado cuenta ni apercibido de ello.
La sangre que cubría el rostro de los muertos, y la deformidad facial producida por las heridas me impedían ver con claridad los detalles. Las prisas por triturar y hacer desaparecer los restos tampoco me ayudaban a un buen análisis, yo no soy ningún médico forense, no me fijaba en los daños, no inventariaba los desperfectos como hacen los peritos de las aseguradoras de automóviles.
Sin embargo, siempre había algo que me decía que algo no encajaba, que quizás algo sobraba o que algo faltaba.


