sábado, 31 de octubre de 2009

El peletero/Meditaciones (4)



20 Febrero 2009

“Qui vol dona verge, de vidre pren tassa; i aquell que pren viuda, beu amb carabassa” (Disputa de viudes i doncellez, 127)
“Quién quiere una mujer virgen, de cristal toma la taza; y aquél que toma viuda, bebe en calabaza”
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Mi burdel preferido lo regentaba un transexual, por eso lo bautizó “La metamorfosis”.
Gregorio, así se llamaba la “Madame”, en honor de Gregorio Samsa, el protagonista del célebre relato de Franz Kafka, estaba viejo y gordo. Yo ya lo conocí en un extraño regreso a la masculinidad de la que había medio renegado, aunque el falo siempre lo conservó. La edad y la decrepitud recolocan las cosas en su sitio y Gregorio dejó de ser una rubia con sorpresa para convertirse en lo contrario, en un hombre con sorpresa, dos pechos descomunales y barba de dos días a pesar de las hormonas. Es sorprendente, pero todavía enamoraba a jovencitos, a borrachos y a santas con vocación de vírgenes falsas.
No fue él, fue alguien diferente quien en una ocasión me propuso participar en una fiesta con monjas. Serán putas disfrazadas de monja, ¿no?, le pregunté a esa especie de alcahueta. No, nada de falsas, nada de putas, monjas de verdad, jóvenes y maduras, novicias y ya consagradas, te lo garantizo, ¿quieres?, no piden nada, solamente una limosna.
No supe nunca si mentía o no, si aquellas monjas eran de verdad o de mentira, nunca lo supe porque no fui, no acepté, pero la propuesta existió, la anécdota es cierta, tan cierta que no me atreví a que fuera verdad y me quedé en casa viendo la película “The Devils” de Ken Russell.
Nunca he llegado a tener ninguna relación con una monja de verdad, excepto con la hermana de Gregorio que había sido durante muchos años misionera en África, a esa sí la conocí y la conocí bien. Era igual que él, físicamente igual quiero decir. Puede parecer una maledicencia por mi parte, pero creo que necesitaba afeitarse tantas veces como mi amigo. Tenía, para decirlo sutilmente, un físico ambiguo que contrastaba con su voz verdaderamente femenina, dulce, y al mismo tiempo, sólida y clara. Toda ella era sólida y clara, alegre y decidida. África la cambió, al menos eso decía ella, y Gregorio lo confirmaba, asegurando que para mejor.
Una vez me dijo: “Siempre pensamos que los seres celestiales, ángeles, demonios, fantasmas, libélulas, lagartijas y caballitos de mar, tienen alguna clase de ventaja sobre nosotros, creemos que en algo son superiores o que forman parte de un mundo mejor. Decimos que mejor por su falta de carnalidad, suponemos que los seres espirituales están más próximos a la santidad que nosotros simplemente porque no tienen cuerpo. Nada de todo ello es verdad, el cielo no es más que eso que tenemos encima de nuestras cabezas. No hay pájaro ni ángel ni demonio que no estaría dispuesto a regalar todas sus plumas por un pequeño pedazo de suelo”.
La vida tiene grandes casualidades y cualidades poéticas y la hermana de Gregorio también se llamaba Hildegard, como mi puta maestra, pero en este caso era en honor de Hildegard von Bingen, una monja alemana del siglo XII, una mujer ilustrada y avanzada para su tiempo, literata, médico y músico.
Hildegard no renunció jamás a sus hábitos y al regresar de África ayudaba a muchachas africanas inmigrantes a través de su congregación. En su casa siempre había alguna de esas chicas, verdaderas bellezas negras con ese olor un poco especial que tienen y “hacen” las negras cuando te miran.
Ella sabía a qué se dedicaba su hermano, y nunca se lo recriminó, incluso los hábitos que usó para su primera fiesta de “monjas” se los proporcionó ella. A esa “fiesta” tuve el honor de asistir y ser uno de los protagonistas.
Un día le pregunté con diplomacia si se había enamorado alguna vez, si todavía era virgen. Ningún hombre me tocado jamás, me respondió a medias y guiñándome un ojo. ¿Pero has estado enamorada?, insistí. Lo sigo estando, afirmó, sigo enamorada, no he dejado de estarlo en toda mi vida. Piensa, continuó, “que no hay osos entre rosas, sólo una negra que imagina cosas de total sinrazón acerca de la luz de la beldad que por allí anda paseando su última voluntad, a esa negra cualquier virgen colmaría su noche de pasión” (1)
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(1) Parafraseando a Wallace Stevens y su “The Virgen Carrying a Lantern”

viernes, 30 de octubre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (10)


18 Febrero 2009

…la última parte del “Ulises” de James Joyce, “Penélope”, el largo monólogo de Marion Bloom es un texto sin ninguna clase de puntuación, es la pieza que teje y desteje en un hilo sin fin la esposa del héroe. Es casi imposible de leer, sin embargo se han hecho unas buenas versiones teatrales de él. Es un texto gramaticalmente tramposo al usar la interjección “y” como sustituto de los puntos y las comas. Te leo un fragmento, escucha:

“…y las castañuelas y la noche en que perdimos el barco en Algeciras el guardián haciendo su ronda de sereno con su linterna y ese horroroso torrente profundo y el mar el mar carmesí a veces como el fuego y las gloriosas puestas de sol y las higueras en los jardines de la Alameda y todas las extrañas callejuelas y las casas rosadas y azules y amarillas y los jardines de rosas y de jazmines y de geranios y de cactus de Gibraltar cuando yo era una niña y donde yo era una Flor de la Montaña…”

Todos los artistas trampean y cazan piezas vivas en tenazas dentadas que amputan las piernas y desangran los corazones que se escapan en cada aullido interminable como si fuera una despedida que nunca llega hasta que te arrancan la piel todavía vivo y todavía muerto sin dejarte morir del todo y sin dejarte vivir la vida que te roban entre las tenazas de ese hierro oxidado...

…luego, peletero, hiciste algo que no debías, publicaste unas cartas que no eran tuyas, violentaste una intimidad sagrada, ensuciaste algo muy valioso. Más tarde también diste protagonismo a una lagartija que todos creen que inventaste cuando lo más gracioso es que existe, es tan real como aquel escarabajo que entró aquella mañana. Nunca había entrado uno en tu tienda antes y nunca ha vuelto a entrar ninguno más después. Éste lo hallaste dentro del tubo de cartón del papel higiénico cuando lo tomaste para limpiarte. Fue una auténtica y verdadera casualidad poética, en una circunstancia extraña, muy triste y casi cómica, una de las más notorias y evidentes en su significado de toda tu vida.

Cuéntala, Gordo, tú la recuerdas mejor que yo.

jueves, 29 de octubre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (9)



16 Febrero 2009

9. El peletero colérico.

Sí, tienes razón, peletero, soy “El Gordo”, pero también soy una muchacha, bonita, sexi y rica. Como reza una antigua canción que vuelve a ser popular, “My mum bought me a fur coat when I was fifteen”. Ya sabes que en los augurios y en los auspicios siempre leemos algo de nosotros que no está en el pasado y mucho menos en el futuro, y por supuesto sí que lo está en el presente. Dicen, peletero, que esa es una de las características de la modernidad, tratar de describir el presente, entenderlo es sin duda el reto más difícil. Está claro que tú nunca lo has entendido, si lo hubieras hecho no venderías todavía pieles y yo no estaría aquí hablando contigo. Lo has comprendido todo mal, el nuestro es un mundo de tácticos y tú siempre has sido un estratega, un estratega fracasado. Ambas, la táctica y la estrategia son cosas muy diferentes. Lo has intentado de muchas maneras, empezaste hablando de la cólera y de los mil y un adjetivos que llenaban tu estómago aciago, luego escribiste de jardines, de torres, de harenes y de putas, y más tarde también, cuando el pico del águila apuntaba enfrente, nos contaste cómo un fantasma te escuchaba mientras tú recordabas a los colibríes cantar a las muchachas en flor. Luego te inventaste a padres e hijos, a pintores, hermanos y hermanas que se escribían cartas y conversaban en ellas, incluso…

En él, en el presente, se fundamenta eso que todos llaman psicología y que todavía nadie sabe exactamente qué diablos es…

No me estás escuchando, peletero.

…no, no te estoy escuchando, Gordo. Solamente existe el presente en una muerte perpetua, en una agonía interminable. No sé tanta literatura, pero creo que nunca ha proliferado tanto el monólogo como en nuestros tiempos…

…incluso me inventaste a mí que, como todo el mundo sabe y repite conmigo, solamente hablo de mí hablando de los otros: “Todos me llaman El Gordo”, ¿recuerdas?...

miércoles, 28 de octubre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (8)


13 Febrero 2009

8. La certeza.

Eres fino, cruel y delicado cuando quieres, Gordo. Tú y yo, juntos, somos poco más o menos un oxímoron enfático y casi una tautología rigurosa. Tienes una lengua hinchada y obesa que te hace hablar despacio y tardamente, tus manos gruesas te convierten en torpe y tus pies de paquidermo en mostrenco, en cambio, tus ojos siempre han sido pequeños y avispados, tienes vista de abejón, a ti no te persigue nadie y te resulta fácil descansar aunque sea en piedra sin tallar. Tienes razón, Gordo, yo siempre defendí al sistema porque siempre pensé que para volar era imprescindible la ley de la gravedad. También me gustó entrever el otro lado de la tierra, y tocar el piano de juguete que le regalaron a mi hermano, bailar con su música y con ese par que dices que he bien o mal amado. Pero ahora el sistema, como muy bien afirmas, me ha expulsado, a mí y a otros muchos, eso siempre ha sido así, esa es la manera que el sistema tiene de mantenerse relativamente vivo y sanamente activo, soltando lastre. ¿Qué sucede cuando dormimos, Gordo?

Lo sabes tan bien como yo, peletero, el tiempo no se para, pero pasa del futuro directamente al pasado sin detenerse en el presente. Esa es la razón por la que las previsiones siempre fallan y los profetas nunca aciertan. Nunca podemos tener la evidencia de nada. Eres tan grácil como grave, peletero, tienes razón, el peso nos permite volar que no levitar, todos confunden esos dos términos tan distintos. Tú no lo hiciste, siempre conociste cuál es la diferencia entre ambos, lo supiste pronto, pero has entendido tarde que saberlo no tiene ninguna importancia, influencia o consecuencia para las cosas y las personas. Pensabas estar en lo cierto y estándolo es como si te hubieras equivocado. A ti siempre te ha gustado bailar al son de Pascal Comelade con su música que sale de sus pianos de juguete.

Entonces es cuando hay que preocuparse, ¿verdad, Gordo? cuando incluso se equivocan las estadísticas, las profecías, los pronósticos, las predicciones, las conjeturas, las adivinaciones, las apuestas… Cuando no existe la certeza. El gran modisto japonés, Kenzo, cuenta como lo podría contar cualquiera, que:

“Kenzo raconte: “J’avais préparé la collection pour le printemps-été 78 dans l’incertitude. L’Inde de Nehru m’inspirait, mais j’ai brouillé encore une fois les cartes. J’ai introduit le style pirate dans la netteté des tuniques indiennes. J’ai bousculé les règles en dévoyant les accessoires. Cravates géants en guise d’écharpes, (…) A ma grande surprise, la collection fut bien accueillie. Je sais maintenant que, dans la mode, la seule certitude, c’est que rien n’est certain” (1)

Muchos viven de ello, hay profesiones antiguas y modernas que se legitiman en esas presunciones: los oscuros sacerdotes, los jefes y los esclavos, los que quieren mandar como los políticos y a los que les gustaría hacerlo como los politólogos. Los siempre listos periodistas, los que se creen que lo son como los sociólogos, los tontos de remate como los pedagogos, los atormentados psicólogos, los infantiles ecólogos, los sorprendidos epidemiólogos, los racionales genetistas, físicos y químicos y los bondadosos médicos. Los tramposos economistas, los sismólogos, los vulcanólogos, los meteorólogos y asesores de cualquier cosa, entre ellos los coach que enseñan a mandar. Los modistos que esculpen nuevos cuerpos sin usar la cirugía, los peluqueros que han defenestrado los sombreros, los cantantes de moda y los actores y las actrices de éxito que nos regalan sentimientos y emociones. Los artistas, pintores, músicos y escritores que entrevén el futuro recordando el pasado. Y los sempiternos adivinadores, gurús y santones de religiones falsas o verdaderas que para un buen o mal uso ven el miedo en nuestros ojos.

En cambio, tú, Gordo, eres todo lo contrario, eres presente sin adornos.

(1) “Kenzo cuenta: “Había preparado la colección para la primavera-verano 78 en la incerteza. La India de Nehru me inspiraba, pero barajé una vez más las cartas. Introduje el estilo pirata en la nitidez de las túnicas indias. Había forzado tanto las reglas que había pervertido los accesorios. Corbatas gigantes a manera de echarpes, (…) Para mi gran sorpresa, la colección fue bien acogida. Así pues, supe entonces que, en la moda, la sola certeza, es que nada es cierto”

(“Kenzo” Ginette Sainderichin)

martes, 27 de octubre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (7)


11 Febrero 2009

7. La ruina.

Sea como sea, esas son cosas que ya no nos incumben, estamos a salvo de ellas, libres de su influencia, para nosotros dos ahora la cuestión es otra. Desconozco qué deseas, peletero, pero yo quiero conseguir un final pactado, o al menos sabido. Piensa, querido amigo, que a estas alturas, a mediados del siglo XXI, habitamos un mundo futurista y post-ecologista, tú eres una buena prueba de ello. Si hubieras vivido lo suficiente habrías vuelto a ser necesario y vestirías de nuevo a mujeres y a hombres con pieles de animales.

Sí, ya lo sé, trabajo la piel y aunque cuentan que me maté tras una curva soy un viejo ya, y eso siempre es futurista, ¿verdad? Sin embargo no seas tan confiado, Gordo, tú sabes que nunca se está libre ni lejos del peligro, del pecado dirían algunos, del infortunio del alma, de la voluntad rendida, ni siquiera cuando se está muerto como dicen que estoy.

Claro, tienes razón, hay que permanecer siempre atento. Yo tengo la edad que tú quieres darme, pero a ti los años te acercan persistentemente al futuro, eres ciertamente un peletero y eres también un “black collar”, arruinado perpetuamente, en un estado de pobreza económica que ya se ha convertido en una forma de vida propia, sui generis y que difícilmente el Estado permitirá que puedas superar, ya lo sabes, ¿no es cierto, peletero? ¿Eres consciente de que has terminado siendo expulsado por el sistema que siempre defendiste? Piensa, al menos, que cuando los señores de la guerra esparzan sus bombas atómicas como racimos de cerezas estarás tan lejos en el tiempo que nadie te recordará, nadie podrá entonces tocarte, estarás a salvo, no de la muerte porque ya estás muerto, pero sí de males peores, la vulgaridad y la memoria, habrás logrado pasearte como un fantasma por este mundo y a pesar de ello ser el hijo de los mejores padres y el hermano del mejor hermano. No es un mal balance, peletero. Además, has bien amado a más de una mujer, un par creo, ¿no? Por cierto, la RAE dice que un “oxímoron, del griego ὀξύμωρον, es una “Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador. Sí, lo estás, estás muerto, no me mires de esa manera, te estrellaste contra un árbol al salir de una curva, deberías recordarlo, peletero.

lunes, 26 de octubre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (6)



9 Febrero 2009

6. Alicia.

¿Has leído “Alicia en el país de las maravillas”, peletero?

Sí, lo leí en Ostende, cuando estuve en el ejército. Aquella fue una buena época, pagaban bien. En cambio, cuando más tarde empezamos a morir…

Cuando nos empezaron a matar pagaron mejor, ¿verdad?, ¿tú también estuviste allí?

Nunca me he ido. ¿Por qué me preguntas eso de “Alicia”, Gordo?

He leído en otro contexto, fuera del propio libro, una frase de la Reina de corazones que decía que había que recordar también el futuro.

Es un oxímoron demasiado fácil, poco elaborado, es igual que decir que hay que predecir el pasado.

Uno que me gusta es el título de la última película que filmó Stanley Kubrick, “Eyes Wide Shut” (Cerrar los ojos de par en par). La historia tiene una moraleja tonta con un remedo vulgar de aquella famosa anécdota de “Citizen Kane”.

Casi toda la literatura está cimentada en el recuerdo, Gordo, ya lo sabes. Esa anécdota que citas y no cuentas, igual que no explicas en qué consiste un oxímoron, es un buen y un dulce ejemplo de ello.

Tienes razón, peletero, no la cito porque sé que te duele recordarla, la anécdota literaria y la tuya propia. La vivida, al fin y al cabo, es una tontería sentimental y cursi. La literaria en cambio tiene su gracia al escenificar poéticamente un instante. Es una muchacha que viste, cuando eras joven y durante escasos segundos en el autobús o en el metro. Ella no te vio a ti, nunca ha sabido que existes, y desde entonces no ha pasado ni un solo día de tu vida sin que la recordaras, con nostalgia y ternura.

Tú cuentas la anécdota de “Citizen Kane”, que es mucho más inocente, suave, dulce, y casi adolescente, es diferente a esa otra que la protagonista le confiesa a su esposo en “Eyes Wide Shut”. La de Kubrick es ruda y dura, no me gusta.

Es nefasta, peletero, a mí tampoco me gusta.

¿Nefasta, dices?

Sí, funesta, conduce al abismo, a ese agujero, ese pozo negro en forma de hombre bello con el que ella estaba dispuesta a irse, abandonándolo todo por él, familia, esposo, hijo, todo por ése que solamente ha visto unos escasos momentos.

Tienes razón, Gordo, pero es extraño que lo digas tú.

sábado, 24 de octubre de 2009

El peletero/De Meditaciones (3)



6 Febrero 2009

“En fornicació està lo major contrari que pot ésser enfre marit e muller” (Llull, Proverbis, OE, I, pàg. 1253)
“En la fornicación está la contradicción mayor que puede haber entre marido y mujer”.
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Mi burdel preferido lo regentaba un transexual, por eso lo bautizó “La metamorfosis”.
Gregorio, así se llamaba la “Madame”, en honor de Gregorio Samsa, el protagonista del célebre relato de Franz Kafka, estaba viejo y gordo. Yo ya lo conocí gordo, aunque él contaba que en otro tiempo tuvo un cuerpo espectacular. Alto sí era, y las fotos de su juventud demuestran que no mentía. Era una mujer verdaderamente despampanante, una auténtica rubia con sorpresa. “Yo fui una mujer del gran mundo”, decía abriendo los brazos de par en par como si quisiera abrazar ese gran mundo con ellos.
Yo, en cambio, no soy despampanante, tampoco soy una mujer, ni siquiera una rubia teñida con una sorpresa entre las piernas. Tampoco soy extraordinario y mucho menos sorprendente, al menos no lo soy en esos recónditos lugares dOnde dicen que uno debe mostrar la carne de la que está hecha su alma. ¿Dónde?, en las alcobas, en los retretes, en las cocinas, en los probadores de los modistos y las tiendas de ropa, en la consulta de los médicos, en los salones de las peluquerías, en las habitaciones de los hoteles, en los prostíbulos y en los confesionarios de las iglesias.
En realidad soy un hombre torpe e inhábil en la cama cuando en ella también hay una mujer y ninguno de los dos está dormido.
Dormir es una tarea que sé desempeñar de la manera adecuada y conveniente, como corresponde a alguien inerte, basta con cerrar los ojos y pensar que estás muerto. Fornicar en cambio, no, no es precisamente mi don, no nací para yacer con mujeres ni con hombres. Hay demasiadas cosas a las que uno debe atender, muchos objetivos de interés, y para ser honesto y comprometido hay que prestarles toda tu atención con la dedicación y maestría debidas, debes focalizar en ellos tu curiosidad y demostrar con palabras y hechos tus ganas de agradar. Nunca lo consigo, jamás logro satisfacer del todo a mis amantes, que me regañan, me corrigen y me demandan cosas que yo no puedo darles. Tienen razón, en esta vida no todos servimos y valemos para lo mismo, las aptitudes son distintas en cada persona, y yo, he de reconocer, no soy un buen amador, copulo mal, no sé efectuar eso que mis queridísimas amantes dicen, entornando los ojos, “hacer el amor”. Hubo una que incluso me lo decía en francés, “faire l’amour”, con acento gallego y tratando de imitar a la Piaf al pronunciar la “erre” con la campanilla de la glotis en lugar de hacer vibrar la lengua en el paladar, era deliciosa y dulce y se llamaba Maruxa. A muchas les propuse en matrimonio y ninguna aceptó.
La verdad es que me siento culpable y en deuda con mis amigas y compañeras de cama, por eso voy de putas. Ellas me alaban y me elogian, dicen que soy el mejor, me cuentan que han conocido a muchos, pero que ninguno es tan bueno como yo. Ya sé que mienten, incluso a veces mienten demasiado, o demasiado mal, pero para ser sinceros, entre la verdad de unas y las mentiras de las otras, me quedo con estas últimas. Esa es mi verdad, la que a mí me gusta, la que me conviene oír para no tener que acabar en el diván de un psiquiatra, las mentiras de mis muy queridas putas.
Puede parecer mentira, pero la verdad es que no conocí a Hildegart en el burdel “La Metamorfosis”. Recuerdo que Hildegart era esa maestra que ejercía de puta a ratos libres y los fines de semana, para así dejar escapar su furor, el psíquico y el uterino. Nos vimos por primera vez, y por pura casualidad, en una librería llamada “El sí de las niñas”, en honor a Moratín. Quizás ése era un lugar más acorde con nuestras profesiones públicas, maestra y bibliotecario, que un prostíbulo donde desarrollábamos nuestras otras aficiones secretas, de puta ella y de putero yo.
Ambos estábamos enfrascados curioseando los libros, ojeándolos y leyendo de ellos pedazos sueltos o quizás buscando algo que no sabíamos exactamente qué era, cuando la vi de espaldas. Tenía un buen detrás y supuse que su delante era hija de los mismos padres.
Mi padre fue modisto, un sastre humilde de barrio, con mucho mejor gusto para las telas que conocimientos empresariales. Tenía el taller en la propia vivienda donde recibía a sus clientas. Se encerraba con ellas en el probador con cierto disgusto por parte de mi madre. A veces se oían risas.
Él me enseño a coser, a usar la aguja y el hilo, a saber cortar una tela, del derecho y al bies, a tomarles las medidas a las clientas, a dibujar un vestido antes de concebir su patrón, a probar la prenda en el maniquí de madera y en otros de carne y hueso. Lo intentó, pero mis manos han sido siempre torpes, lo han sido con la aguja y el hilo y también con los botones y los ojales. Para vestir a alguien de la mejor manera, me recordaba mi padre, es imprescindible saberla antes desnudar, debes mirar y conocer ese cuerpo que piensas cubrir, sea con ropas, con pieles o con tus propios besos. Lo escuchaba atento, igual que lo hacía mi madre también, pero yo no sé hacer ninguna de esas tres cosas, al menos no sé hacerlas bien, como ellas quieren y les gusta.
Vi que Hildegart hojeaba un libro que yo ya tenía en las estanterías de mi casa. Era: “Superhéroes: Fashion and Fantasy”, sobre una exposición habida, desde mayo a setiembre de 2008, en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York. En ella se mostraban diferentes piezas y vestidos de grandes modistos, Armani, Galiano, Moschino y Thierry Mugler, entre otros. Todas ellas espectaculares, espléndidas fantasías de héroes y heroínas vestidos en esos trajes construidos con acero, plumas, charol y cuero de todos los colores. Arañas, guerreros, serpientes, lagartos, gatas y verdugos.
Me acerqué a ella, “hola”, la saludé. Me miró manteniendo el libro abierto por una página que mostraba un modelo de Mugler que recordaba a Michelle Pfeiffer vestida de pantera negra. Hace un par de meses lo compré, le dije, todavía está encima de la mesita de noche de mi habitación sin desenvolver, ¿quieres que te lo regale? Abrió los ojos sorprendida, se rió y ni me respondió, dejó el libro en el estante y se fue, dándome otra vez su espléndida espalda.
Más nos reímos ambos cuando dos meses más tarde nos encontramos de nuevo en “La Metamorfosis”. Yo de cliente y ella de puta. ¿Quieres que te lo regale ahora?, le pregunté entre risas. Ahora sí, ahora sí quiero, me respondió Hildegart, mientras me llevaba, cogidito de la mano, a su habitación, vestida de leopardo macho y dispuesta a devorarme.
Mientras mordía mi cuello con sus colmillos afilados, recordé a mi padre y al autor de una tesis del siglo XIX, sobre la economía de la costura, que “dividía a las clientas en dos categorías: las mujeres del gran mundo, a las que el modista debe conceder crédito, y las entretenidas, a las que debe cobrar, por adelantado, considerables sumas, si no quiere correr ningún riesgo”. (1)
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(1) “los Magos de la Moda”, “Las entretenidas”, Anny Latour

viernes, 23 de octubre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (5)


4 Febrero 2009

Saul Steinberg, que aparece junto a una de sus obras, titulada “La Masque”, en la fotografía que encabeza este post, afamado y brillante artista gráfico, judío de origen rumano, nos explicaba también en el número 30 de “repères, cahiers d’art contemporain”, su punto de vista de las cosas de este mundo, y del arte en particular, en una interesante y muy amena entrevista que le realizó Jean Fremon, aprovechando su extenso conocimiento de otros artistas y pintores, y gracias también a su peculiar humor judío, tan inteligente como cínico y sarcástico.

Solamente citaré un par de reflexiones a cuenta de lo que nos interesa destacar.

A propósito de Barnett Newman, Steinberg nos dice que siempre se preocupaba por la dignidad física del artista y que procuraba dar consejos para mantenerla y no permitir su deterioro. Para ello recomendaba llevar siempre corbata y no dejarse jamás fotografiar riendo. Es curioso que eso lo dijera alguien que pintaba abstracción aunque fuera enmarcada en el llamado “expresionismo abstracto”, un casi, pero muy bello y logrado oxímoron.

Como todo el mundo puede darse cuenta, ese es un consejo que hoy en día nadie sigue, la corbata está en desuso y todos ríen en las fotografías “incluso o excepto” los que no saben posar o no son fotogénicos. Todos ríen y nadie sabe por qué.

Sobre Picasso, Steinberg dice que el genial malagueño pensaba que lo esencial para un artista es parecerse a sí mismo, ¿eso qué es, cómo se consigue?, intentando que su trabajo se le parezca, afirmaba el genio, o dicho de otra manera, que el rostro de un artista sea una especie de autorretrato, y que para ese artista, su propio rostro se convierta en un ensayo crítico de su obra, dice Steinberg que decía Picasso. Esa es una manera bastante alambicada y fatua de afirmar aquello tan sabido de que a cierta edad uno termina por tener el rostro que se merece, sea artista, comerciante, bandolero o taxidermista.

Steinberg continúa afirmando también que hay muchas cosas en la vida que no parecen ellas mismas. Nada más alarmante que un galgo obeso, dice. Es igual para las personas, afirma que ellas no consiguen parecerse a sí mismas excepto con la condición de llevar una vida “lógica”.

Yo no estoy muy seguro de que sea así, me temo que la lógica en la vida, que no la lógica de la vida, te diluye en tus propios componentes, en una especie de implosión, de sopa o de niebla espesa que no permite verte en el espejo, mejor dicho, algo sí ves, pero no sabes qué demonios es, casi como lo que les ocurre a los recién nacidos que ven pero no saben qué es lo que ven. Eso no tiene nada que ver con parecerse a sí mismo, a no ser que al lograrlo termines como algunas gigantes rojas que después de implosionar y de explotar no acaban convertidas en un grandioso y memorable agujero negro y sí en una tonta y triste enana marrón, en ese proceso vital que los físicos llaman de manera magistral, “la secuencia principal”.

Es en estos casos cuando las personas terminan mirándose al espejo sin reconocer nada, y al igual que con los sonámbulos uno no debe jamás comunicarles la verdad, so pena de provocarles un mal irreparable, un vahído, algo así como un “ictus veritatis”, que les conduzca directamente y sin preámbulos allí.

¿A dónde? Allí, ¿a dónde sino?

jueves, 22 de octubre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (4)


2 Febrero 2009

4. La caricatura.

Sea como sea, ese diálogo, al igual que casi todos, acaba por ser una plática vaga, medio entretenida y medio aburrida, confusa, indefinida y desordenada, en la que las frases no siempre son la consecuencia de las habidas antes, y sí de las dichas muchísimo antes, y hasta incluso, un tiempo después. Como cabe suponer, los dos protagonistas hablan también, y solamente, de objetos, entes y personas que han sido así mismas imaginadas, inventadas, como ellos dos lo son, o en el mejor de los casos, burdas imitaciones del modelo real. Pues eso es lo que al fin y al cabo parece que somos, un modelo a imitar.

Quizás ése sea nuestro objetivo en este mundo, lograr un buen retrato de nosotros mismos, y si también somos capaces, hacerlo de memoria, sin mirarnos al espejo.

Al peletero y al Gordo les une una rara vocación, ser perros de presa, presos de un ansia de sabueso. Deben encontrar un recuerdo, recuperarlo para seguir buscando. El Gordo busca para el peletero y el peletero busca para mí. Los tres somos poca cosa, débiles y extraordinariamente vulnerables y nadie debe pensar que ello es una modestia impostada, si no lo fuéramos ya no buscaríamos más, si no lo fuéramos aquello que hallamos un día no sería ni siquiera un recuerdo y no nos seguiría doliendo hasta hacernos olvidar el dolor de morir.

Hace un tiempo destacaba en “El peletero simulador” una anécdota muy sugestiva y graciosa, y aunque sea repetirme pienso que es una buena manera de empezar. Es decir, cuento que contaba que: “En “Los siete pilares de la Sabiduría”, T.E. Lawrence nos cuenta que en una de las interminables y múltiples comidas a las que es invitado por parte de la aristocracia beduina en sus amplias y hermosas tiendas, a cada uno de los comensales se le pide, para amenizar la velada, que explique una historia ocurrente y graciosa, un “chiste” incluso. Al pobre Lawrence no se le ocurre nada que contar, al final y como consecuencia de una buena capacidad de improvisación obsequia a todos sus compañeros con una imitación de cada uno de ellos, de su manera de hablar, de sus acentos peculiares, de su gestualidad, de su expresividad. La sorpresa de todos es mayúscula, pues y según parece, en la cultura bedú no era nada habitual la caricatura. Después del primer desconcierto y boquiabierto y fascinado silencio entre los comensales, estallan las carcajadas sinceras y Lawrence es querido un poco más por sus amigos.”

miércoles, 21 de octubre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (3)


30 Enero 2009

3. La soledad.

¿Este mundo virtual tiene contactos con el real?, naturalmente, ambos se entrecruzan pues al fin y al cabo son personas las que están detrás de sus avatares digitales. En muchos casos llegan a conocerse, a escribirse, a hablarse por teléfono. Incluso los más osados o los más ingenuos llegan a enamorarse, a tocarse y a besarse. Algunos hasta construyen puentes y se imaginan haciendo planes, satisfaciendo deseos y proyectando futuros.

¿Es todo mentira?, claro que no, incluso es necesario decir que casi todo es verdad, este es el drama. Pero es una verdad rara, protegida, revestida de una armadura, es una verdad débil, frágil. Es una verdad construida con miedo, vulnerable, fácil de herir. Tal vez no sea realmente la verdad y únicamente sea ese miedo. No lo sé. Aquello que define en verdad el miedo es que es pura verdad. De la misma manera que la única cosa que comparte al mismo tiempo, verdad y miedo, es la triste y penosa soledad.

La “blogosfera” es un paisaje desolado, no por vacío, todo lo contrario, por excesivamente lleno. Es una metrópolis gigante, superpoblada, es un hormiguero, es un pajar en el que es muy difícil encontrar la aguja, aunque sea sin hilo que traspase su ojo.

Yo lo logré.

¿Es pues “El peletero” una ficción? ¿Quién habla con el Gordo?, ¿él o yo que lo inventé? Hablo yo, claro está, pero, ¿al hablar miento?, ¿o ellos dos hablan por mí?, la verdad es que al final ni siquiera yo lo sé.

Y si lo sé, no lo diré.