lunes, 21 de marzo de 2011

El peletero/E. Blomberg & Sons Ltd.


Textos vírgenes, el arte de no decir nada. (1)

E. Blomberg & Sons Ltd.

8 de enero de 1994

Estimados clientes:

Con la presente tenemos el placer de comunicarles las fechas de la subasta de la Sojuzpushnina que tendrá lugar en San Petersburgo, durante el presente mes de enero.

La mercancía estará disponible para la inspección desde el día 16 y la venta empezará el 22 para terminar el día 24 de enero.

Adjuntamos la lista de las cantidades ofrecidas a la venta.

Quedamos a la espera de sus órdenes y de asistirles personalmente en San Petersburgo desde el día 16 de enero.

Esperando recibir noticias suyas próximamente, les agradecemos la atención brindada a esta carta.

E. Blomberg & Sons Ltd. London. (Exporters)
G. Blomberg
Director.

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En las subastas de pieles se producía, en ocasiones, una borrachera, a veces de compra y casi siempre de cerveza, de vino malo o de licores fuertes; los hombres, la mayoría lo eran, estaban solos y las secretarias y las azafatas eran guapas, o lo parecían, y se mostraban, algunas de ellas, predispuestas a entablar conversaciones con aquellos compradores que acudían de todo el mundo.

“La mercancía estará disponible para la inspección desde el día 16 y la venta empezará el 22 para terminar el día 24 de enero. Adjuntamos la lista de las cantidades ofrecidas a la venta”.

Todas eran pieles sin curtir, secas o grasientas, acartonadas o húmedas, como si fueran meros despojos. Pieles que había que revisar en lotes numerados que correspondían a series iguales, perfectamente seleccionadas y clasificadas, por manos muy expertas, en sus calidades, medidas y colores.

Pieles sin curtir o ya maduras, llenas de rimel, pintalabios, perfume barato y restos de sangre, sudor y lágrimas.

(“Tratado sentimental sobre el antiguo arte de la curtición y el adobo de pieles y carnes vivas”, por Demóstenes Vilanova del Bell Puig, Peletero, 1975-1995)

viernes, 18 de marzo de 2011

El peletero/El valle del silencio (y 6)



El Valle del Silencio (y 6)

Uno.

A los seis que huyeron por el río les esperaba una patrulla emboscada que acabó ametrallándolos, todos los demás se salvaron, incluido él.” (Bienvenida)

Dos.

Al pasar delante de mí se detuvieron y se me acercaron. Empezó a llover.

No sucedió nada de importancia, sólo un intercambio simpático de palabras. Me desearon buena suerte y se fueron.” (La sonrisa más bonita del mundo)

Tres.

Era un pequeño cementerio rural, coqueto y bonito. Le hice un par de fotografías.
Más pasmados que antes seguimos caminando en silencio cuando Silvia volvió a señalar, “mirad, una calavera”, dijo de nuevo. Era un castaño retorcido, en su tronco se esculpía una forma que recordaba un cráneo humano, o eso pensamos todos. Ahora quiero creer que sólo vimos un árbol viejo.

Llegamos a Peñalva de donde habíamos partido, nos fuimos a la fuente y luego a la cantina, a abrevar como caballos sedientos.
En la entrada de la taberna nos encontramos con las dos muchachas cantoras, su acordeón diatónico y el niño, una de ellas miró a Marià y él le correspondió con la mirada, ambos se miraron de una manera que no describiré, la otra chica se agachó para acariciar al chiquillo en un plié en la quinta perfecto.

Nos subimos al automóvil y regresamos a casa.

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“El hombre conoce lo invisible a través de lo visible. Por el presente conoce el futuro”. Hipócrates (De regimen I, 12)

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jueves, 17 de marzo de 2011

El peletero/El valle del silencio (5)


El Valle del Silencio (5)

Uno.

Espontáneamente se dividieron en dos grupos, media docena siguió río abajo por el cauce seco, todos los demás emprendieron la pesada subida de la montaña. Mi padre, al ver a esos últimos, pensó ¿qué hacen?, ¡por la vaguada es más fácil! Estuvo tentado de seguir a los seis que huían por la cañada, pero un instinto superior lo retuvo y decidió continuar con la mayoría que, pesada y fatigosamente, subían la loma. (Bienvenida)

Dos.

Una era eslava, muy delgada, poco atractiva y de un rubio descolorido. La otra era espectacular, latina, alta y guapa. Había una tercera invisible y distinta a las otras dos. (La sonrisa más bonita del mundo)

Tres.

Seguimos el camino, ahora ya más descansados, que habíamos acabado de encontrar tras subir la empinada montaña, era el camino principal, llano y ancho, que nos llevaba en dirección a Peñalva para regresar a casa; quedaban unos dos kilómetros y la senda ya era cómoda y plana.

Tras la primera curva vimos venir a dos mujeres del pueblo, unas paisanas de mediana edad tirando a mayores, enjutas y alegres. Al cruzarnos con ellas se detuvieron, nos saludaron y les contamos que nos habíamos equivocado y que habíamos subido por la montaña y seguido por un atajo, sonrieron, pero no respondieron ni tampoco hicieron ningún comentario, vi que una llevaba una hoz en su mano izquierda, le pregunté qué iba a cortar con ella, y sonriendo de nuevo y medio riendo me respondió escueta que: “lo que salga”. Nos despedimos y seguimos el camino. Yo me quedé perplejo y algo aturdido.

Víctor y Mercè se adelantaron, Silvia después, y Marià y yo al final. Comenté en alto, mientras caminábamos, que a esas dos mujeres ya las había visto en otra ocasión, Marià y Silvia me miraron extrañados y me preguntaron cuándo, les respondí que fue hace tres años justos, en agosto del 2007, una madrugada calurosa delante del Hospital Clínico de Barcelona donde estaba ingresado Pere, mi padre y el de Marià. Ya sabían a qué me refería cuando Silvia señaló algo delante de nosotros, “mirad”, dijo.

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“Callábamos y en nuestro silencio otro silencio enmudecía: un maravilloso silencio que en el silencio se escondía” (José Bergamín)

martes, 15 de marzo de 2011

El peletero/El valle del silencio (4)


El Valle del Silencio (4)

Uno.

Al llegar al fondo de la pequeña vaguada se dio cuenta de que iba descalzo y que le sangraban los pies. Desde allí tenían dos posibilidades, seguir el cauce del río seco o subir la siguiente loma. Estaban todos exhaustos y los morteros enemigos pronto empezarían a disparar, no podían quedarse en aquel lugar. (Bienvenida)

Dos.

Venían andando de lejos, despacio, con un taconeo rítmico que las anunciaba. Por mi izquierda y bajando la calle.

Yo, cruzado de brazos y apoyado en la barandilla, mirando la puerta del Hospital, la calle completamente abandonada.

Caminando lenta y lánguidamente se acercaron dos mujeres. (La sonrisa más bonita del mundo)

Tres.

Al cabo de un rato, el sendero, que bajo nuestros pies se iba difuminando y se convertía en más pedregoso, desapareció de nuestra vista por completo al llegar de nuevo al río, se había escondido por entre los árboles y matorrales. Una pareja con otro niño estaban reposando y jugando en el agua, el hombre y el pequeño en bañador, sentados, descuidados y tranquilos, la mujer, con los pantalones arremangados, de pie y vigilante, en el centro, y un cochecito último modelo de bebé de tres ruedas aparcado en una orilla. Nos preguntaron si el camino para llegar a la cueva del anacoreta era bueno y si lo podían seguir fácilmente con el triciclo y el niño. Los saludamos, les respondimos que sí y atravesamos de nuevo el arroyo andando por encima de las piedras que sobresalían del agua.

El camino, que se había borrado ya, tal vez debía de seguir al río por alguno de sus dos lados, paralelo a él, pero nosotros no lo vimos. En cambio, y en lugar de eso, observamos un sendero estrecho y medio escondido que subía perpendicular y empinado la montaña que se nos presentaba delante como una muralla y al otro lado de la corriente que habíamos acabado de vadear. Trepamos por aquella elevada loma casi haciendo de escaladores, resoplando, dándonos las manos y ayudándonos los cinco para coronarla. Después de un buen rato, agotados, llegamos arriba donde encontramos el camino de suave pendiente que habíamos perdido y que no vimos al llegar al río y atravesarlo por ultima vez saltando y medio cayendo por las rocas que asomaban por encima del agua. Sin saberlo habíamos tomado un atajo.

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“Era una virtud no detenerse, seguir mi obstinado y heroico camino, buscando en el cráter del volcán, entre los témpanos de hielo, o donde se borraba la huella, más allá de la caverna de los siete durmientes, a aquella cuya frente ancha y alta era blanca como la de un leproso, y sus ojos azules, y sus labios como bayas de fresno, y su cabello rizado del color de la miel hasta las blancas caderas”. (“La diosa blanca”, Robert Graves)

viernes, 11 de marzo de 2011

El peletero/El valle del silencio (3)


El Valle del Silencio (3)

Uno.

Nada más despuntar la mañana los oyeron venir. Eran media docena de tanques, y detrás unos cien hombres. Ellos apenas llegarían a treinta. Nadie tuvo ninguna duda. Todos huyeron a la carrera bajando la loma aterrorizados, abandonando en la retirada armas, mochilas y equipajes, todo. Mi padre llegó a perder incluso las alpargatas que calzaba. (Bienvenida)

Dos.

Las tonadas tristes me reconfortan y estoy seguro de que son capaces de cambiar el devenir. A veces producen el efecto contrario, desalientan, pero sin duda son uno de los mejores consuelos. Mientras…

Mientras, ensimismado, las oí llegar. (La sonrisa más bonita del mundo)

Tres.

Después de escuchar la canción emprendimos el regreso por otro camino que supuestamente bajaba, era el que había tomado la otra chica con el niño, daba un rodeo y reseguía el río que había en el fondo del valle. Al llegar a él nos encontramos con un puente de madera que lo atravesaba, pasamos al otro lado y la vimos estirada junto al río, parecía dormir; el crío, desnudo, iba y venía jugando. Nos sentamos en la otra orilla para descansar, nos descalzamos y nos refrescamos los pies en el agua que estaba tan fría que dolía. Al vernos, y al oírnos charlar, la chica se levantó y se fue con el niño, suponemos que hacia la cueva, donde estaba su compañera cantando. Después de unos minutos nos calzamos y seguimos la marcha de nuevo, bordeando el río que quedaba a nuestra izquierda, el camino era plano.

Silvia recogió del suelo un diente de león, me lo ofreció y me dijo, “sopla y pide un deseo”, así lo hice, soplé y lo pedí. Luego pensé que todo eso eran tonterías, que tenía muchos deseos en mi corazón que pedir y que quería y amaba a demasiadas personas como para que una sola de ellas fuera la protagonista y la destinataria exclusiva de mi deseo. Tuve remordimientos por haberla elegido a ella y desechado a las demás pues todas eran importantes para mi, cada una aguantaba el puente que era mi vida, piedras que juntas me sostenían y que me llevaban de una orilla a la otra del río, y que cuando se pide algo, algo hay que pagar también, así que mentalmente deshice el deseo y seguí caminando. Vimos un árbol muerto.

Parecía un esqueleto desnudo.

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“...la omnipresente idea de inanidad del mundo. Su profunda reacción contra la materia les llevaba a predicar la desnudez, la renunciación, la pobreza; y la atmósfera de semejante invención arrebataba implacable a las mentes del desierto”. (“Los siete pilares de la Sabiduría”, T. E. Lawrence)

miércoles, 9 de marzo de 2011

El peletero/El valle del silencio (2)


El Valle del Silencio (2)

Uno.

Todo un día para desalojar a cuatro soldados franquistas y matar a otros tantos.

Pasaron la noche sin dormir. (Bienvenida)

Dos.

Las ciudades vacías son una negación, representan una carencia, un fracaso, y la oscuridad de sus noches también lo es. Ni un automóvil ni una bicicleta. Nadie venía y nadie se iba. Miraba la puerta verde y recordaba una antigua melodía. (La sonrisa más bonita del mundo)

Tres.

Después del almuerzo, y con la barriga llena, Marià, Silvia, Víctor, Mercè y yo, emprendimos la vía santa. Caminamos por un sendero montañoso resiguiendo un valle que a veces era plano y otras escarpado, en ocasiones un poco difícil, pero casi siempre llevadero, hacía mucho calor y la comida, con la ayuda del orujo y aquella caminata que nos estábamos dando, terminó rápidamente digerida.

Llegamos por fin a la cueva y entramos, estaba fresca y silenciosa, limpia y cuidada, había un altar y una bicicleta falsa de hierro colado, llena de flores. Al salir nos encontramos con dos muchachas jóvenes, bonitas y espigadas de largas melenas castañas, y un niño rubio pequeño y desnudo que las acompañaba; no respondieron a mi saludo y sí al de los demás. Al salir nosotros una entró en la cueva con un acordeón diatónico y se puso a tocar y a interpretar algo parecido a un canto gregoriano, una melodía religiosa y antigua, la otra se fue con el chiquillo camino abajo. La música y la canción eran cautivadoras, salían de dentro de la montaña como si ella misma fuera la que cantara y la cueva su boca.

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“Las sirenas tienen un arma más terrible aún que el canto: su silencio. Aunque no ha sucedido, es quizás imaginable la posibilidad de que alguien se haya salvado de su canto, pero de su silencio ciertamente no” (Kafka)

lunes, 7 de marzo de 2011

El peletero/El valle del silencio (1)


El Valle del Silencio (1)

“El silencio suele elegir lugares recónditos para asentarse: unas veces es un riachuelo de Costa Rica (río Silencio), otras una costa de Oriente (la Costa del Silencio) Cuando alguien descubre uno de estos lugares lo bautiza con el nombre de este extraño envoltorio que se rompe al menor descuido. En la provincia de León hay una comarca que se llama… 

(Fernando Palacios, “El Silencio”)

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Uno.

“Habían estado todo el día anterior combatiendo para conquistar una triste loma a base de disparos de fusil y lanzamientos de piedra, que era casi lo único que tenían los soldados republicanos para hacer la guerra. (Bienvenida)

Dos.

“Yo me quedé con él la primera noche que estuvo ingresado en el hospital. Cansado y muerto de sueño le abandoné por un instante y salí a la calle. Quizás eran las cuatro o las cinco de la madrugada. Apoyado en una barandilla y mirando a la puerta principal me dediqué a saborear la soledad de una noche de primeros de agosto. La ciudad vacía y de vacaciones. No hacía calor. (La sonrisa más bonita del mundo)

Tres.

Este mes de agosto, el día que fuimos al Valle del Silencio, un hermoso paraje de la comarca leonesa del Bierzo, visitamos la cueva de San Genadio, un ermitaño que la habitó solitario en la Edad Media, y en el ya lejano siglo IX.

Por la mañana habíamos estado en el Monasterio, abandonado y un poco restaurado, de San Pedro de Montes del siglo VII. En su Iglesia vimos el arcobaleno reflejado en sus paredes que penetraba por una vidriera. Luego comimos en Peñalva, un pueblo pequeño, precioso y apartado. Nos atendieron en una cantina que regentaba una catalana, Anna, que, aunque casada y con hijos, rememoraba al anacoreta que se había apartado del mundo, quizás para pagar menos impuestos o tal vez para regresar al útero materno.

El cuerpo es una casa, la ciudad es una casa, el cosmos es una casa, ¿la anachoresis representa un ideal de autarquía con el que perseguimos la independencia?, ¿para habitar nuestra casa debemos abandonar las otras?

En los postres, y junto con el café, la hostelera nos invitó a un exquisito y medieval orujo de 

saúco, sabroso, digestivo y sedante.

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Los fenómenos son lo visible de las cosas desconocidas, Anaxágoras.

viernes, 4 de marzo de 2011

El peletero/La aguja del pajar (y 101)


Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

Y 101. El saco.

“Este es un mundo que ya no es más que posible, se queda en estado naciente. Aunque se empeñara en ello, la imaginación no conseguiría acabarlo. (…) Lo que se nos aparece es una aurora: el aparecer de una aparición que nunca franquea el umbral de la realidad”
“La pintura celebra el enigma de la visión, concentra en sí misma todo el enigma del aparecer, que la poesía o la música celebran…”

“el deseo de ver solamente se cumple más allá del ver” (…) El logro del deseo a veces imita la muerte, pero es para experimentar la vida. Esta es la paradoja del ser en el mundo, que la infancia nunca deserta oscilando entre el día del que se separa y la noche en la que se hunde; pero la noche alumbra los sueños y el día a veces los oscurece” (Mikel Dufrenne, “Pintar siempre”, Revue d’Esthetique del año 1976)

El misterio del arte, si lo tiene, es el misterio de estar vivo, su razón y su secreto se nos desvelarán al recorrer y traspasar esa línea débil que, como un hilo con su aguja, cose el saco que con nosotros dentro echarán al mar.

“Afuera, está todo muy triste, los campos son una verdadera marga de bloques de tierra negra con un poco de nieve, y a menudo jornadas en las que no hay nada más que bruma y lodo; en la tarde el sol rojo, y en la mañana los cuervos, la hierba desecada y la verdura marchita que se pudren, bosquecillos negros y las ramas de los álamos y de los sauces erizadas, contra un cielo triste, como una masa de alambre de púas. Esto no lo veo más que de pasada, pero está completamente en armonía con los interiores muy sombríos en estas oscuras jornadas de 
invierno”. ("Cartas a Théo", V.V.G.)

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101M
-“Dime tu nombre y te haré reina, me decías debajo de una sombra arbolada, pero en mi bosque nunca me hallaste, siempre hubo demasiada gente, todos regaban mis rosas, los sultanes bostezaban, y yo, pobre de mí, no sabía ni cómo me llamaba.

 Entre un ciprés y un abedul te crió tu Bienvenida, con ella, y con sus dos capitanes que la protegían, fuiste un niño, fuiste un caballo, fuiste un apache y un valiente guerrero zulú.” (La madeja. Cartas a un amigo.)

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101H
-“Ponte tu vestido blanco como si fueras la aurora”, te pedía al despertar, ven, niña, la sombra y la música te esperan.

No seré yo quién te vista ni tampoco quién te desnude, ni mucho menos el que te acoja, no te lavaré ni te peinaré, no me tocarás ni me besarás pues los míos no llegaron a ser nunca tus labios, pero piensa que cuidé de ti toda tu vida, fuiste mi esposa y fuiste mi hija, no hubo otra, y así lo recuerdo cada mañana de cada día.” (El hilo. Cartas a una amiga.)

miércoles, 2 de marzo de 2011

El peletero/La aguja del pajar (100)


Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.

100. Einai Megalos O Kaímos.

“Las espigadoras” siempre me han producido una tristeza profunda, una “Einai Megalos O Kaímos” como decía mi Verónica que le decía su padre después de la guerra civil griega. Es una pintura extraña que muestra la pobreza de las personas y la riqueza de la vida, que logra engañar al que la mira con la luz que empieza a descender, que se contrae y se concentra y que llena el fondo de tarde y el horizonte de brillo seco y espeso, esplendor y esperanza también.

Pero con ella, con esa maldita esperanza y con el crepúsculo que se avecina, el pintor encubre la sombra, que empezando por nuestros propios pies de espectadores lejanos termina en los suyos, y atrapa a las tres muchachas al otro lado, las apresa en la poesía de su postrada y quieta figura y en su pobre fortuna de óleos y colores que Millet les permite espigar o graciosamente les da.

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100M
-“Parecíamos agua en una cesta.” (La madeja. Cartas a un amigo.)

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100H
-“¿Quién era el agua y quién la cesta?” (El hilo. Cartas a una amiga.)
 

lunes, 28 de febrero de 2011

El peletero/La aguja del pajar (99)


Lecciones imaginarias, poéticas y desordenadas sobre arte y pintura.
99. La espiga.

Los hombres contemporáneos, de ciudad, vemos en “El censo…” un diorama infantil, un pre-pesebre trastocado, nadie está en su lugar, ¿dónde se encuentran los ángeles que lo anuncian?, ¿dónde los campesinos y los reyes que lo adoran? ¿Dónde está la estrella viajera? Nada ha ocurrido todavía y todo ya es pasado.

Los hombres de la ciudad de principios del siglo XXI vemos también en “Las espigadoras” solamente el esplendor de la cosecha y el final del verano, el fruto cosechado, el premio recompensado, el trabajo noble que de tan noble nadie quiere realizar. Pero espigar no es nada de eso, es solamente una limosna. Mi “Plana”, y mi canal “d’Urgell”, son más luminosos que la Provenza y como ella ahora, a finales del siglo XXI, está llena de muchachos africanos que nos recogen las cebollas, los tomates y las zanahorias para que nosotros podamos cocinar ensaladas a la moda.

Los hombres y las mujeres de hoy solamente encontramos en “Las espigadoras” lo que recordamos haber visto antes, por eso nos equivocamos cuando las miramos, no vemos lo que Millet miraba. Y sabía.

Se puede espigar por turismo o como actividad juvenil los fines de semana a cambio de unas monedas, y también para no morir de hambre en la Europa del siglo XIX o en plena guerra civil española y así poder darle a tu hija las cuatro rancias patatas que has podido espigar de un campo cosechado ya, y gracias a la bondad o a la desgana de su propietario.

¿Y la Virgen María y el Niño Jesús? ¿Y Peter Pan?

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99H
-“En la casa del sol poniente, Verónica, los animales llegan de dos en dos, hay una al lado del mar, lejos, y otra muy cerca, unas puertas más allá. Cada mañana paso por delante cuando voy a trabajar, sé que si entrara te hallaría en ella, bañada por el azul, acariciada por el rojo, inundada por el naranja y el amarillo, vestida de lino blanco, seda y tul.” (El hilo. Cartas a una amiga.)

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99M
-“En la ciudad de los muertos, Víctor, no hay casas ni arcobalenos, ni las pieles son un iris ni las manos un terciopelo.

El negro es el dueño y es el señor porque el rojo vira al azul en un va y viene cojo, de pata de palo, sordo; en su ir y venir se oscurece, pierde toda la luz que le ha robado un loro parlanchín y multicolor.” (La madeja. Cartas a un amigo.)