viernes, 13 de junio de 2008

El peletero ensimismado



3 de junio de 2006

Hay dos maneras de conocer al león, desde fuera y desde dentro. La primera significa permanecer en el Jeep, a una prudente distancia, con tus prismáticos, tu cámara fotográfica y tus pantalones cortos color caqui. También significa anestesiarlo, llevarlo a una mesa de operaciones, abrirlo en canal y mirar en su interior.

La otra manera de conocer al león significa convertirte en él. Con una buena droga de por medio o un buen ritual de magia uno puede llegar a ser un león bastante presentable. Rugir como él, oler como él y cazar como él.

Estas dos, y no otras, son las únicas maneras que existen de conocer el mundo y las cosas que lo habitan, desde fuera o desde dentro. Los científicos han optado por la primera. Los místicos, alucinados y algún que otro artista han optado por la segunda manera.

Y gracias a la ciencia hemos ido descubriendo y aceptando poco a poco que ni somos, ni estamos en el centro de nada.

Con Galileo perdimos el centro geográfico. Gracias a él ahora sabemos que habitamos un suburbio del universo. Con Darwin perdimos el centro temporal. Y gracias a él sabemos que nunca ha existido el paraíso ni un pasado perfecto al que volver. Freud, la psiquiatría y la neurología modernas nos han hecho perder el centro moral. Gracias a ellos ahora sabemos que los asesinos más despiadados también pueden ser unas pobres víctimas. Nada gira a nuestro alrededor, no estamos en la cúspide de ninguna pirámide y la única moral posible tiene encefalograma plano.

Los peleteros aunque no seamos ninguna élite social o intelectual, hemos sido especialmente sensibles a este trasiego y a estas mudanzas extraordinarias. Hemos visto el león siempre desde fuera, siempre hemos construido artilugios bellos y útiles y ahora con estos cambios ni la quimera es una meta. Volamos sin paracaídas y mucho nos tememos que si la gasolina llega a acabarse no será suficiente con batir los brazos o tirarnos de los pelos hacia arriba.

¿Y los otros? Las calles, los pueblos y las ciudades están llenas de gente. Rebosan de humanidad, cada vez más y más. Pero estamos solos. El nihilismo parece haber sido la filosofía de nuestra época, aunque no debemos despreciar el poder de la soledad frente al poder de la nada.

Los artistas de la “vanguardia” se avergonzaron de pintar rostros, manos y árboles y se inventaron para salir del paso la iconoclasia laica, que no otra cosa es la abstracción y, con el paso del tiempo, ganar mucho dinero. Si antes sus ojos miraban lo que había fuera, pasaron a mirar lo que había dentro. Cerraron los ojos, nos dijeron. Abrieron la mente proclamándolo a gritos, y se ensimismaron. En este pozo sin fondo que es uno mismo encontraron todo un universo, tan majestuoso como absurdo, demente y aburrido. Y así seguimos, con los museos llenos de obras de arte moderno que sólo sirven para estar encima de la chimenea, aunque lo mejor sería que estuvieran dentro de ella.

Los artesanos peleteros también corremos este peligro de ensimismamiento, sin brújula ni reloj no podemos precisar nuestra situación y navegamos a la deriva. Bien, no nos alejemos de la costa, tengámosla siempre a la vista que no otra cosa es el sentido común. Y si hemos de alejarnos sigamos las corrientes marinas. Los vikingos y Colón descubrieron América así. Casi nada.

jueves, 12 de junio de 2008

El peletero enano



29 de mayo de 2006

El peletero enano aprendió el oficio de cortar y coser en la guerra como ayudante del sastre militar recortando las mangas y las perneras de los mutilados. Acabada la contienda, la habilidad que pronto demostró en vestir las malformaciones y en conseguir que los trajes y las pieles cayeran impecables a pesar de las jorobas, le convirtieron en un maestro cotizado. Especialista en vestir enanos como él, deformes, tullidos y minusválidos en general, era un artesano apreciado entre toda su clientela de freaks, pero también lo alejaba definitivamente del supremo ideal que para él representaba Balenciaga, la cima definitiva en el arte del vestir.

El enano estaba enamorado de Marita Antonescu, rumana y enana también como él. Ambos se habían conocido en París, donde ella regentaba un prostíbulo. Y hasta este mismísimo burdel había ido él a entregarle su vestido de novia el día de su boda. Ella se había empeñado en que la cola estuviera toda ella ribeteada de visón blanco. El enano no estaba muy conforme. Querida Marita, le decía, la piel es ostentosa y tú eres pequeña y tan escueta que se te puede ver con un solo ojo, hazme caso, el barroco no te sienta bien. Querido, le respondía ella, tienes alma de sacerdote, tú ponme el visón, el resto es asunto mío.

No sabemos cual de los dos fue primero cliente de quien, pero fuera como fuese su amistad permaneció fiel y sólida el resto de sus vidas a pesar del amor no correspondido que él sentía por ella.

Marita de quien estaba enamorada era de Rafael Santa María, gitano de tan larga cabellera negra que aparte de convertirle en un guerrero apache también hacía de él el gitano más elegante de todo París. Rafael, apodado “El Virgencita”, era un gitano originario de la calle de la Cera de Barcelona.

El guapo Virgencita no era enano, pero su pierna izquierda medía cinco centímetros menos que la derecha, obstáculo definitivo que le impidió convertirse siquiera en un mal bailaor, relegándole a su pesar al difícil aunque menos valorado arte de palmero. Alto, guapo y hermoso, vestido siempre de negro, con chaleco y camisa blanca desabrochada, nunca llevaba corbata, en su lugar, pañuelos de seda de colores chillones anudados siempre con un descuido perfectamente cuidado. En invierno, sus abrigos negros de cachemir llevaban todos cuellos de piel que el enano le confeccionaba, astracanes varoniles, rusos o afganos, visones americanos, negros o pasteles. Su estampa era magnífica siempre y cuando no miraras su pie izquierdo, pero aun así, su ligero andar cojo le confería un atractivo especial de héroe herido. Naturalmente las mujeres nunca le dijeron que no a nada.

Los niños se extrañan que una persona mayor no sea más alta que ellos. Para los niños los enanos son seres fantásticos, y tal vez para los adultos también. El peletero enano siempre ponía nerviosos a los demás, incluso sus amigos le miraban con precaución y a veces con excesivo respeto. Excepto Marita, que lo veía exclusivamente como a un igual.



Ser una prostituta enana, guapa, relativamente bien proporcionada y con unos pechos generosos incluso para una mujer de estatura normal, era alguien que debía despertar los resortes más profundos de muchísimos hombres. Al menos así lo confirmaba el éxito de Marita y la magnífica situación económica que disfrutaba. Experta en hombres y también en mujeres, conocía la gran diferencia que existe entre lo que la gente cree, lo que la gente sabe, lo que la gente dice y lo que la gente hace, y lo sabía porque ella formaba parte de lo que la gente quiere, estaba en el centro, encima o debajo, pero en el centro.

Desde este privilegiado lugar miraba el mundo y aunque era muy bajita también era muy orgullosa, nunca levantaba la vista, su horizonte eran más las entrepiernas que las caras.
Y eso fue así hasta que conoció a Rafael Santa María, a él sí le miró a los ojos y casi se desnuca al levantar la cabeza. Así se pasó el resto de su vida, mirando el cielo y a su oscuro y tullido arcángel Rafael.

Se casaron en la Catedral de Notre-Damme, más como homenaje al jorobado Quasimodo que por el bello templo. Ella, con su cola ribeteada de visón blanco. Él, con un traje de seda negro y un pañuelo color sangre al cuello.

Desde la última fila el enano peletero los miraba con lágrimas en los ojos.

miércoles, 11 de junio de 2008

El peletero esotérico



26 de mayo de 2006


No fue ninguna casualidad que Teodoro Van Babel imitara a Rembrand y a su “Lección de anatomía” cuando pintó al gremio de modistos y peleteros de Rotterdam situando a todos sus miembros alrededor de un maniquí de sastre, de pie y desnudo de cualquier clase de vestido. No, no fue ninguna casualidad, por que tanto los unos como los otros cortaban y cosían, hurgaban, desmenuzaban y reconstruían. Y tampoco fue un capricho, como ya veremos, que Van Babel escribiera debajo de cada uno de ellos el nombre popular de una libélula, emblema fundamental de las costureras. Tan es así que, a pesar de ser varones todos los retratados por Van Babel, éste los bautiza con los nombres de Francisca, Leonora, Silvia, Carolina, Julia, Ulrica, Luisa, Cristina, Amelia y muchas más. Extraños hermafroditas con barbas, bigotes y dedales.

Hemos dicho que no fue un capricho por que en su correspondencia, Van Babel nos habla de una cofradía secreta similar a la masonería, que en lugar de tener como símbolos el compás y la escuadra, tendría la aguja, el dedal y el hilo como instrumentos místicos de su arte, y a la libélula como su tótem ancestral.

Los masones tenían como misión conocer la arquitectura del universo, dibujar sus planos y construir de acuerdo con ese orden fundamental representado en el templo de Salomón, útero materno primordial.

En cambio, los seguidores de la aguja, el dedal y el hilo, tenían el deber de hurgar en las entrañas del mismísimo Arquitecto, descubrir su anatomía interior y exterior e intentar reproducirla con la mayor fidelidad posible. Su modelo, naturalmente, no era otro que la síntesis de Adán y Cristo, el Gólem perfecto.

A diferencia de los escultores y los pintores, a veces tan distantes con la realidad, estos artesanos del corte, el hilo y la costura, establecían con ella una relación promiscua. Sus pinceles no representaban la carne, la vestían realmente y sus tijeras y agujas la transformaban con aquella segunda piel de telas, plumas y pieles. Pronto, muchos fueron perseguidos, encarcelados y ajusticiados por idólatras y herejes. Los maniquís de sastre, sin cabeza, brazos, ni piernas, como esculturas mutiladas, parecen oscuros y secretos ídolos inmortales.

Por desgracia, algunos de sus seguidores psicópatas todavía aparecen de vez en cuando tratando de fabricarse un vestido con piel humana. Los cirujanos, arreglan narices y ojos, rebajan barrigas y aumentan pechos, estiran, tensan, y alisan pieles, inventan vaginas y cortan penes sin el menor problema; se han hecho ricos y son aplaudidos por una multitud de seguidores fervientes y entusiastas.

Delirio y misterio.

martes, 10 de junio de 2008

El peletero griego



22 de mayo de 2006


Llegó a montar una fábrica de ladrillos en Kenia, pero antes había sido guerrillero comunista en la guerra que hubo después de la guerra. Se llamaba Dimitris y su esposa era una griega de Constantinopla que de pequeña y con su familia tuvo que huir de su casa después de la guerra con los turcos que hubo después de la primera guerra mundial a la que llamaron la Gran Guerra.

Su socio era un camionero macedónico llamado Vanguelis, con unas cejas más pobladas que su bigote. Socialista convencido era capaz de conducir un automóvil con un solo pie y coger una pelota de baloncesto con una sola mano. Jamás he visto manejar tan despacio y al mismo tiempo llegar tan deprisa a los sitios.

Dimitris dejó de fabricar ladrillos y Vanguelis dejó de llevar camiones para convertirse ambos en agentes comerciales en el pujante mercado peletero del norte de Grecia.

Socios al cincuenta por ciento, Dimitris hacía el papel de señor y Vanguelis el de trabajador. Trato perfecto para aquellas dos personalidades diferentes y complementarias. Socios al cincuenta cobraban el tres por sus servicios, gastos aparte. Aprendieron rápido y bien, sin dar lecciones a nadie sabían más que la mayoría.

El mercado peletero griego estaba fundamentado en la tradición, la inteligencia, la pericia mental y manual y la mano de obra barata, en la que se incluía el trabajo infantil. Evidentemente nadie tenía la sensación de ser explotado por trabajar y tener doce años. Por la tarde al salir de la escuela, o por la mañana a primera hora antes de ir a ella.

También era importante la extraordinaria diáspora griega que cubría medio mundo y que proporcionaba cobertura y facilitaba un sin fin de transacciones y comunicaciones.
Dimitris i Vanguelis, como buenos agentes vendían información, contactos, confianza y amistad. Y en eso eran los mejores, los más informados, los más eficientes y los más honrados. Su consejo era toda una garantía. Su escaso tres por ciento les permitió pasar de casi una barraca con una mesa y una silla a una casa de cinco pisos construida por y para ellos, con secretarias y empleados. La prosperidad les llegó en abundancia y cuando el Muro cayó abrieron también una sucursal en Moscú, desde donde querían aprovechar la fiebre consumista que se apoderó de todo el bloque comunista. Tuvieron naturalmente que pactar con la mafia si querían asegurar el transporte de mercancías o siquiera la simple existencia de su propia actividad. Al final desistieron, las reglas de juego eran demasiado peligrosas. Abandonaron la capital rusa y se replegaron a su torre de cinco pisos.

Ahora ellos están jubilados, y son los hijos de ambos los que continúan la empresa, de otra manera y con otro estilo, excepto una hija que se casó con un poeta y dramaturgo. Todos son universitarios, ingenieros, abogados, economistas, tienen casas con piscina, sobrepeso, varios coches y numerosos hijos. Y deben viajar con frecuencia a China y alguna que otra vez a las subastas de San Petersburgo, Copenhague y Frankfurt.

Dimitris aún recuerda su fábrica de ladrillos en Kenia y Vanguelis las interminables y bien construidas autopistas europeas.

lunes, 9 de junio de 2008

el peletero judío



20 de mayo de 2006

Sobrevivieron sólo cuatro hijos de toda una numerosa y extensa familia. Uno se fue a vivir a Seattle, otra a Tel Aviv y dos a Londres.

Estos dos últimos fundaron en la capital inglesa una empresa peletera llamada I&M Ltd. Hermanos y solteros vivieron siempre juntos, compartiendo dinero, casa, coche y amantes. Las propinas que daban eran pequeñas y el afecto que proporcionaban a los demás era generoso y desinteresado.

Vivían de comprar y vender pieles y a veces dinero. Los consejos eran gratuitos y su compañía también. Interesante, amena, entretenida y extraordinariamente sabia, como su hermoso apellido de filósofo alemán. Buenos conversadores como eran, en cambio, de su infancia en Leipzig y de su huída nunca hablaban.

Su despacho era espartano, el chico de los recados era griego y tenían una secretaria nueva cada cinco o seis años; inglesas, sudafricanas, incluso una pakistaní, todas ellas simpáticas, eficientes y con sentido del humor. El café era americano, las cookies británicas y el inglés con el que ellos hablaban tenía un fuerte y terrible acento alemán. En cambio, su hermoso español sonaba a música caribeña, aprendido de jóvenes en aquellas islas después de la guerra.

Eran menudos, vivo uno y sosegado el otro, sus enormes batas blancas que casi arrastraban por los suelos los empequeñecían aun más. Parecían gnomos sin barbas, siempre sonrientes y alegres, trajinando arriba y abajo visones escandinavos o de los Grandes Lagos americanos, y astracanes de Namibia o de Afganistán. Marrones, perlas, arenas, negros o blancos.

Cada año venían al Mediterráneo a tomar el sol, a beber y a divertirse. Año tras año, no faltaban a la cita. Mar, whisky y chicas. Hasta que una vez tuve que ir a rescatar a uno de ellos con un amago de infarto, llevármelo del hotel desde donde me había llamado la chica de compañía que se había buscado para que le hiciese eso, “compañía”, ingresarlo en un hospital y cruzar los dedos. Era ya muy mayor y estaba ya solo, su hermano había muerto hacía pocos meses. Una vez medio repuesto regresó a Londres, quise hacerle prometer que se portaría bien, pero me lo pensé mejor y me callé.
Siguió trabajando unos cuantos años más, pero ya sin la sonrisa en la boca y con el vaso de whisky siempre en la mano. Sus secretarias procuraban hacerle la vida fácil y agradable, pero él se lo ponía cada vez más difícil, casi siempre malhumorado.
La última vez que le vi fue muy de noche, echado en su cama, vestido y muy borracho. Le quité los zapatos y así le dejé, lo mejor que pude, y una vez que se durmió me fui. No le volví a ver nunca más. Al cabo de un mes me llamaron para comunicarme su fallecimiento.

La familia en Seattle y Tel Aviv había crecido, hijos, nietos, cuñados y cuñadas. La saga había renacido floreciente y otra vez numerosa. Entre todos ellos se repartieron el dinero que se consiguió en la subasta que realizaron para vender la magnífica herencia de I&M Ltd. Todo se vendió, todos aquellos tesoros de belleza inaudita que pocos ojos tienen el don y la oportunidad de ver.

domingo, 8 de junio de 2008

El peletero técnico



18 de mayo de 2006

Hay dos clases de vestidos, los que no están cortados ni cosidos y los que sí lo están. Los primeros son las túnicas, capas, pañuelos, turbantes y sus innumerables variedades y combinaciones. Los segundos pretenden ser una segunda piel, se abrochan, tienen cuellos, sisas y llevan mangas para los brazos y perneras para las piernas. Son un rompecabezas que hay que cortar y coser.

Los peleteros siempre estamos cortando y cosiendo, hagamos los unos o los otros, pero esta es una historia que ahora no viene al caso.

El universo de las túnicas o drapeados viste al mundo antiguo. El de las mangas y las sisas viste al moderno. En líneas generales es así, aunque los dos universos pueden mezclarse y convivir juntos. Las faldas, los chales y las sotanas son una pequeña muestra de una perfecta fusión entre ambas concepciones.

También podemos clasificar los vestidos como si pelásemos una cebolla aunque sin llorar. De fuera a dentro o de dentro a fuera. En cualquier caso los vestidos hechos en piel casi siempre han estado fuera, son la última capa, lo que llamamos sobretodos. Su nombre lo dice todo: encima de todo. El final o el principio del recorrido dependiendo si uno se viste o se desnuda.

La piel o el telar también son dos maneras distintas de elaborar la materia prima base que servirá para confeccionar un vestido. A pesar de su antigüedad la confección en piel ha sobrevivido hasta nuestros días. Sea con pelo o sin él seguimos usando pieles para vestirnos y calzarnos. Esto es así a pesar de que muchos se puedan rasgar las vestiduras que suponemos estarán hechas de tela animal, vegetal o plástica. Esto es así a pesar de que muchos y muchas se nos desnudan para protestar por el uso de esta materia prima que, habiendo sido un recurso natural, ya no lo es, como tampoco lo son ni su carne ni sus grasas muy bien aprovechadas en la industria de la cosmética y en la de alimentos para personas y sus mascotas. Son, eso si, una manufactura como lo es la carne de ternera, los muebles de madera o los ferrocarriles. Las pieles, además de biodegradables, su materia prima es sostenible e inagotable mientras haya granjas o rebaños.

Muchas mujeres y hombres, sean ricos o no, consumen pieles de animales para vestirse y la industria de la moda se las proporciona con creatividad, descartando cualquier prejuicio al respecto sea éste estético o inevitablemente moral. El sujeto y objeto de la moral sólo puede y debe ser el ser humano, cualquier otra cosa es antihumanismo y nihilismo.

Ahora sólo nos queda clasificar los vestidos de arriba abajo, o de abajo a arriba, pero esta es otra historia.

sábado, 7 de junio de 2008

El peletero enamorado



17 de mayo de 2006

Su piel y sus ojos tenían el color de la aceituna y sus cabellos también. Era alto, de espaldas parecía un inglés y de frente un berebere. Pero era un andalusí con un nombre de flor.

Andaba sin pisar el suelo y hablaba sin levantar nunca la voz. Suave, dulce y también invisible según como le caía la luz.

Sus clientas se enamoraban perdidamente de él, y él de ellas. El abrigo te lo regalo querida, les decía, sólo te cobro lo que valen mis manos. Entonces se las mostraba, abiertas de par en par, como si ellas fueran unas gitanas adivinas, del derecho y del revés, largas y esbeltas, y con la manicura perfectamente hecha. Ellas no podían evitar soñar con las caricias de aquellas manos, ni él acariciarlas disimuladamente cuando hacía las pruebas de sus confecciones. Una pinza aquí, una costura suelta allá. Una sisa muy apretada o un vuelo demasiado ancho. Sus dedos se desplazaban por el cuerpo de ellas quitando y poniendo agujas; cosiendo y descosiendo. Les apretaba descuidadamente la cintura o sin querer les rozaba el cuello o el pecho.

Y todo ello frente a uno o varios espejos, como en el mejor de los burdeles. Él delante de ellas o a sus espaldas, de pie o de rodillas. Con su inmaculada bata blanca no paraba de dar vueltas a su alrededor con las agujas y las tijeras. Su perfume masculino las envolvía mientras él tampoco paraba de olerlas.

¿Bien?, ¿qué te parece?, la semana que viene hacemos una prueba más y ya estará casi listo.

Naturalmente pagaban por aquellas manos, aquellos ojos y aquel olor todo lo que él les pedía, que era mucho. ¿Y el abrigo? El abrigo nunca importaba. Nunca fue la razón por la que ellas iban a su tienda. Ni tampoco la razón por la que él la abrió en su día.

¿Qué mejor razón podía haber que el amor?, sin duda ninguna otra. A él lo hacía ser un magnífico peletero y a ellas unas clientas satisfechas y contentas.

viernes, 6 de junio de 2008

El peletero viejo



16 de mayo de 2006

Adán y Eva después de pecar se vieron desnudos y se avergonzaron.

Al peletero no le sucede como al diablo, que por viejo sepa más que por peletero. Lo cual tampoco quiere decir que lo contrario sea verdad. Los peleteros jóvenes son tan sabios o tan ignorantes como los viejos. Menos escépticos, más irreflexivos, pero no menos inteligentes. Se equivocan más por que se mueven más y más rápido y sus tropiezos son sólo más numerosos, no peores.

Los logros y los estropicios se reparten a partes iguales. La edad, en este caso no es un baremo de la sabiduría, pero sí lo es, en cambio, de la velocidad.

Zeppelín Freeman afirma con ironía desde su rancho de Arizona, desde sus muchos años, y tal como dicen muchos de sus amigos hispanos, que “hay que manejar slowly para que te watchen”, y eso los ancianos lo hacen muy bien. Es una manera elegante y divertidamente poética de decir que la velocidad y la existencia son inversamente proporcionales.

Lo único que va muy rápido y al mismo tiempo se ve es la propia luz, todo lo demás necesita pararse o casi para hacerse notar. Los peleteros no sé si vamos rápidos o lentos pero seguro que muchos nos ven o nos miran demasiado, si no, no nos odiarían o admirarían tanto. En todo caso somos el segundo oficio más viejo del mundo y eso es mucho tiempo. El arte de vestirse fue la segunda cosa que hicieron Adán y Eva después de comerse la manzana, y eso quieras que no confiere prestigio y produce envidias insanas.

También es cierto que en ocasiones el tiempo transcurrido corroe las entrañas y las neuronas y en lugar de producir buen vino lo avinagra y lo echa a perder. La ternura del recién nacido se desvanece y en su lugar aparecen callosidades, llagas y tumoraciones malignas y repugnantes. La finura y la elegancia desaparecen y dan paso al polvo y a las arnas que se comen hasta el forro de los viejos abrigos. Las ruinas son hermosas, los despojos ni siquiera dan lástima.

Zeppelín Freeman recuerda que una de las primeras cosas que hacían los nazis con ellos era desnudarlos.

jueves, 5 de junio de 2008

El peletero penitente



10 de mayo de 2006


Tanto San Agustín como Albert Camus creían que todos somos culpables, yo también así lo creo, pero San Agustín a pesar de ser un hombre de su época debía de estar loco o por ser santo de una imaginación tan perversa como alucinada, si no a que mente en su sano juicio se le ocurre creer que la bondad es consecuencia de la Gracia arbitraria de Dios (somos buenos porque hemos sido elegidos, y no, hemos sido elegidos porque somos buenos).

Albert Camus que no tenía nada de santo, en cambio, nunca estuvo loco, un poco raro si que era y tal vez lo era porque nunca fue un hombre de su época a pesar de escribir constantemente sobre ella, criticándola, diseccionándola y destripando sus prejuicios. Sea como fuere la cuestión es: ¿cuál es la culpa de los peleteros? y también, ¿somos los peleteros hombres y mujeres de nuestro tiempo?. En relación con esta segunda cuestión, la respuesta es si y no. Sí porque aún seguimos vivos, y no, porque no importamos a nadie excepto a nosotros mismos y a nuestras familias, en los amigos es mejor no confiar demasiado, nos podríamos llevar sorpresas muy desagradables. Respecto a la culpa, somos culpables de no ser hermanitas de la caridad, en serio, no es broma, lo primero es lo primero y lo segundo todo lo demás y los peleteros, hemos de reconocer, nos dedicamos a lo segundo. Somos pues culpables de construir sólo cosas bellas, tan bellas que sólo se pueden conseguir a cambio de mucho o bastante dinero, ¿porqué no las regalamos?, en serio, no es broma, el voto de castidad o el de obediencia pueden provocar risa hoy en día, pero el voto de pobreza continúa siendo emocionante, toda una aventura y que sólo unos pocos valientes están dispuestos a afrontar. Somos pues malos samaritanos, codiciosos y cobardes y por ello debemos ser castigados. ¿Cómo?, muy fácil, en el propio pecado está la penitencia, así pues no hagamos nada, no cambiemos, seamos fieles a nosotros mismos, ¿a qué otra cosa podríamos ser fieles? Eso si, hemos de saber que ese será nuestro infierno, nada de llamas y tormentos sin fin, si no tableros, cuchillas, máquinas de coser, patrones, clientes y clientas exigentes y quisquillosos, y montones de pieles, no, montones no, montañas de pieles, las mejores y las más bellas. Toda una eternidad, ¿os lo imagináis?

martes, 3 de junio de 2008

El peletero colérico



8 de mayo de 2006

La cólera es sin duda una virtud heróica, aunque muy a menudo es confundida con la ira que nada tiene que ver con ella. La ira, es junto con los otros seis, uno de los más terribles pecados, tal vez por que no depende de la voluntad y si en cambio de este cerebro de reptil que todos llevamos dentro. Tampoco debemos confundirla con el rencor que nace de la envidia.

La cólera, sin embargo, nace de la ofensa, del amor herido, del sentido de la justicia y la moral, circunstancias todas ellas sociales y por ello humanas. Y no es por casualidad que el tiempo de los humanos sea el resultado de la cólera de Dios, ni tampoco que Homero titulase el primer libro de su Iliada como la “Cólera de Aquiles”. Hemos de reconocer sin embargo que ambas dieron lugar a una venganza que terminó en una masacre, la de Dios aún continua. Pero eran otros tiempos, donde el castigo era tan justo como el perdón.

Ahora, en este siglo XXI que acabamos de estrenar, los peleteros, naturalmente, ni nos vamos a vengar, ni tampoco vamos a matar a nadie, por lo menos nada que tenga dos patas. Perdón por el sarcasmo, pero creo sinceramente que no debemos avergonzarnos de ello aunque algunos consideren la palabra “sacrificio” como un eufemismo de asesinato. ¿Para que algo viva algo ha de morir?, Lázaro lo supo cuando Le vio en la cruz. Pero como ya nadie resucita tampoco nadie cree que deba morir. ¿Y qué es eso que tiene que vivir, entonces? ¿Belleza?, ¿lujo?, ¿arte?, ¿tradición?, ¿buen gusto?, nosotros, nada más y nada menos, los propios peleteros, y no porque pensemos que el mundo será peor si no estamos en él, si no porque no nos da la gana representar el papel de condenados. Tanto llorar por las ballenas y nadie nunca ha llorado por los balleneros.

No nos lloremos pues a nosotros mismos, ofendámonos, escandalicémonos, pero no nos lamentemos, pues al fin y al cabo tampoco somos ni una casta, ni formamos ninguna estirpe que merezca ningún privilegio especial, ni siquiera el de existir. Ellos se lo pierden. O no.