lunes, 21 de julio de 2008

El peletero payaso



13 Septiembre 2006

Andaba cuatro pasos con aquellos enormes zapatones, tropezaba y caía. Su redonda nariz roja chocaba de mala manera contra el suelo. Sus pelos color fuego se despeinaban aun más. Se levantaba y vuelta a empezar. Así, innumerables veces. El público no podía parar de reír. ¿Por qué lo hacían? Nuestro futuro peletero no entendía que pudieran reírse de alguien que tropieza y cae. El payaso lloraba de una manera extraña, sin lágrimas y muchos gemidos o con un torrente de ellas y con silencio. El público seguía riendo. ¿Por qué ríen cuando él llora?

Pasaron los años y nuestro peletero entendió la clave del juego, aunque él nunca se rió de verdad, pero fingió hacerlo para no desentonar. En carnaval siempre se disfrazaba de payaso esperando una extraña oportunidad. ¿Cuál?, ni él lo sabía, pero esperaba paciente. Cuando se presente sabré que es ella, se decía a sí mismo. En los cumpleaños también se disfrazaba de payaso y hacía reír a los niños y a sus padres. Aun le costaba entender aquellas risas y que un personaje tan grotesco como él, con un vestido tan absurdo y un maquillaje tan esperpéntico las pudiera provocar. Pero así era. En los fines de semana y en las horas libres que podía arrancar a su principal obligación de peletero, fue especializándose también en animador de fiestas infantiles.

Hasta que un día, un niño no sólo no rió sino que rompió a llorar entre temblores. Él intentó calmarle, tranquilizarlo, pero todo era en vano. Las caídas fueron más brutales, los tropezones más espectaculares y los gemidos más chillones. Nada dio resultado, el niño seguía llorando y temblando de miedo. Nuestro peletero payaso entendió que aquella era la oportunidad que tanto tiempo llevaba esperando, de golpe se le había revelado cual era el auténtico sentido de un payaso. Nuestro peletero siguió actuando con más énfasis, ahora sí que le ponía pasión a su actuación. Este primer día fue uno, pero al siguiente consiguió que fueran dos, al otro tres, cuatro, cinco, hasta que un día los padres lo echaron, también temblorosos y temerosos como sus hijos. Un payaso que hace llorar, un payaso que da miedo, no puede ser, se decían.

Sí que puede ser, pensó él, ya veréis como sí. El sabía que lo contrario de la risa no es exactamente el miedo, la tristeza sí, pero no el temor a sufrir un daño o a perder la propia vida. Sin embargo, para reír con tranquilidad y con alguien, se requiere la paz y la seguridad que ella conlleva. Incluso para reírse de alguien, para burlarse de él se necesita la superioridad que el poder tiránico otorga. Alguien apenado no reirá, pero a alguien atemorizado se le congelará la risa en la boca.

Su mala fama creció hasta el punto que ya nadie quería contratarle en las fiestas de aniversario de sus hijos. Tuvo que abandonar su modesta vocación dramática. Ni siquiera un tímido intento de actuar para público adulto tuvo éxito. Los espectadores abandonaron el anfiteatro atemorizados y descompuestos. Los pocos críticos que vieron su fracasada representación no supieron explicar la sensación de auténtica amenaza que a partir de aquel momento se cernía sobre ellos.

Tuvo que desistir, como es normal nadie quería sentir auténtico miedo. Incluso hubo quien lo denunció por amenazas, pero el arte es un saco donde todo cabe, incluso…

Pero nunca nada malo ocurrió. Nuestro pobre peletero payaso tuvo que renunciar frustrado al noble arte de atemorizar y apesadumbrar. Guardó su peluca, su nariz roja, sus zapatones, sus pinturas para el maquillaje, sus enormes pantalones. Todo su ajuar quedó encerrado en un baúl y con él las esperanzas que se había forjado de dar alma a este ser del que todo el mundo huía. Este fracaso vital y artístico lo trastornó de tal manera que no sólo le cambió el ánimo, su rostro también se transformó. El rictus, las arrugas, las proporciones, la mirada, todo su perfil mudó, incluso lo hicieron también sus manos y el color de su piel. De un pálido casi blanco en la frente a un azul oscuro en los ojos y a un rojo sangre en los labios. Su descuidado atuendo no ayudó. Nadie deseaba su compañía, todos se apartaban de él. Tuvo que cerrar la peletería y acostumbrarse a vivir con penurias cada vez mayores. De la caridad pública consiguió chaquetas a cuadros cuatro tallas más grandes, zapatos rojos y enormes, y pantalones que tenía que anudar con una simple cuerda. Empezó a beber y después de cada borrachera su nariz era más roja y sus cabellos estaban más despeinados.

Ni siquiera el ataúd fue de su talla cuando lo enterraron después de encontrarlo muerto en una esquina de una calle entre basuras. Alguien sin miedo o de otro mundo le había dado una paliza de la que no pudo sobrevivir. Su aspecto no resultó peor que cuando estaba vivo. En una fosa común descansa, esperemos que los muertos que lo acompañan no huyan despavoridos.

domingo, 20 de julio de 2008

El peletero piel roja



9 de septiembre de 2006

Uno de los tormentos clásicos que inflingían los apaches chiricahua a sus enemigos, blancos o rojos, era atarlos panza arriba mirando el sol con los párpados cortados.

Los Lacota, conocidos popularmente como Sioux, se lanzaban al ataque profiriendo amenazas sodomitas.

En “Meridiano de Sangre” de Cormac McCarthy, el grupo Glanton que se dedica, a cambio de unos dólares por cabeza, a matar “salvajes” por encargo de las autoridades, sigue después con mejicanos cuando ya no encuentra más indios a quien arrancarles la caballera. Una vez muertos todos nos parecemos.

George Catlin y Karl Bodmer, entre muchos otros, pintaron con una magnífica precisión y delicadeza al nativo norteamericano. A éste le gustaba verse retratado de tan buena manera por estos medio-artistas, medio-antropólogos y medio-exploradores. Sus pinturas son de un encanto naif genuino y el detalle que en ellas se muestra delatan el buen ojo del naturalista para transcribir a los demás la realidad. A nuestro peletero piel roja le hubiese gustado ser uno de ellos, recorrer con sus telas y pinceles la frontera, en busca de diamantes en bruto para retratarlos con curiosidad y respeto.

El mundo que ellos vieron ya no existe.

La cultura de las praderas de Norteamérica nace con la llegada de los caballos que traen los españoles. Estos seres de otro mundo, vestidos de metal, enloquecidos por el oro y con cruces colgando del cuello, cabalgan una enorme bestia que viaja como el viento. En esta ocasión el indio americano ve en este animal algo más que carne para comer y no lo extermina como miles de años antes había hecho con el caballo aborigen. Tal vez, al ver a los intrusos que creen ser dueños de todo, a lomos de este perro gigante, los imitan y aprenden también a montarlo. La libertad de movimientos y el largo recorrido que la monta de este animal les permite, cambiará la historia de estas praderas interminables. Aunque continuarán poco habitadas, dejarán de ser casi un desierto de hierbas mecidas por la brisa o zarandeadas por la tormenta. El indio también irá a buscar su oro en forma de un ser fantástico llamado bisonte. Los cazarán a flechazos, uno a uno, no regalando nada a los buitres y también los matarán a cientos, despeñándolos por barrancos o haciéndoles caer en trampas, unos encima de otros, aplastando y asfixiando a los de abajo, dejando la pradera teñida de sangre y sembrada de cadáveres para, esta vez sí, festín de los carroñeros. Que nadie suponga, como lo hacen los ecologistas de pacotilla, que sólo mataban lo que necesitaban. Ellos, como todos, procuraban que el trabajo fuese fácil y despeñar bisontes lo es mucho más que cazarlos uno a uno.

Los comanches, de habla uto azteca, fueron los primeros en recorrer estos espacios enormes. Ellos dieron ejemplo a los que llegaron después, y junto con las tribus seminómadas y agricultoras del Missouri, como los Mandan, Hidatsa y Arikara, impusieron un modelo económico y estético que fue imitado y adaptado por todos los demás pueblos que como ríos desembocaron en estas planicies. Para ellos la pradera fue también un “El Dorado” y una hermosa epopeya. En ella se establecieron alianzas y se entablaron guerras. Unos llegaron primero y otros después, queriendo los recién llegados tener también su lugar en el Sol. Y luego aun llegaron más todavía, empujando a los anteriores. Había algo en el lejano Este que se movía con la fuerza del huracán. Nadie se le podía resistir. Nada podía evitar su avance hacia poniente. Tribus enteras tuvieron que desplazarse, desplazando a su vez a otras. En este envite dieron lo mejor de sí. Cuando la distancia del tiempo lo permita, alguien deberá contar y cantar su leyenda y a sus héroes. Sólo el día que su historia se convierta en mito les habremos hecho justicia.

La cultura de las praderas fue efímera, ni siquiera llegó a doscientos años. No pudo sobrevivir más tiempo al empuje de la enorme ola migratoria que había desembarcando en las orillas del Atlántico. Su vida fue corta, pero su esplendor llega hasta nuestros días. La estampa de un indio americano de las praderas montando a pelo un caballo semisalvaje, con su tocado de plumas, sus pinturas de guerra y sus armas, en medio de una pradera inmensa, es insuperable. Ningún rey, ni reina, ni ave del paraíso han sido jamás rivales para disputarle la primacía.

Dueños y señores de todos los caminos, fueron a donde quisieron. Bajo el cielo y su terrible manto desafiaron a los hombres, al viento y a las bestias y sólo el tiempo los derrotó.

De Tashunka Witko (Caballo Loco), jefe de guerra de los Oglala, no existe ninguna fotografía fidedigna, sólo relatos más o menos fieles de retazos de su vida arriesgada y de su muerte violenta, triste y valiente. Nadie lo fotografió, nadie lo pintó, pero alguien nos narró lo que debía ser contado.

sábado, 19 de julio de 2008

El peletero agradecido/Liberatore



6 de septiembre de 2006

Gaetano Liberatore, llamado Tanino Liberatore, es hijo de esta Europa rara, vieja y perezosa, incómoda consigo misma. Una Europa nihilista y enferma tanto del complejo de Estocolmo como del complejo de Peter Pan. De esta Europa que llama a los automóviles, motocicletas de cuatro ruedas y a las motocicletas, automóviles de dos ruedas.

Tanino Liberatore es un okupa. Okupa las viñetas de sus cómics con el ánimo atormentado del que lleva un arma encima, dispuesto a usarla si es necesario, sin perder jamás su cínica sonrisa de ciberfreak. Sus protagonistas son niños, seres deformes y robots o artistas conceptuales que consideran la cima del Arte el hecho de estrellarse con su automóvil con ellos dentro. Ballard ya nos lo describió con magnífico detalle en su espeluznante “Crash”.

Es la estética del Spray, “del caballo”, de la fornicación metálica, de la pantalla de rayos catódicos y de la chatarra en medio de la carretera mientras oímos desde el suelo y tapados con una manta, la sirena de las ambulancias. Tanino Liberatore nos enseña sus tatuajes y sus escarificaciones, las prótesis y sus miembros amputados. Es la ética de la fotocopia y la de la máquina estropeada. Una metáfora “heavy” de la parte oscura de nuestra época.

Lubna es una niña púber, capaz de arrancarle la cabeza de un mordisco a quien haga falta. Ella es la dueña de Ran Xerox, un robot musculado de perfecta apariencia humana, de labios azules y gafas de nadador. Su extrema violencia y la devoción incondicional por su dueña son los ejes fundamentales de su bien programado software. Ran depende de Lubna y la sirve como toda buena máquina sirve a su dueño, mejor que un perro y mucho mejor que un amigo. Siempre que puede, le lleva a su dueña -gran consumidora de toda clase de productos químicos- un buen surtido de las mejores drogas. Y obediente como es, fornica con ella cada vez que se lo pide como si fuera una batidora licuando metralla.

La técnica de Liberatore es excelente, precisa, el dibujo poderoso y los colores son de neón, instrumentos al servicio de sus venenosas historias con gángsteres adolescentes que coleccionan muertos y arte banal. Todo ello en una Roma donde las autopistas sobrevuelan sus siete colinas.

Ran puede perder la tapa de sus sesos y colocarse en su lugar el culo de una olla a presión y quedarse tan ancho, sin duda es una ventaja que nosotros no tenemos. ¿Verdad o mentira?

viernes, 18 de julio de 2008

El peletero cazador



4 de septiembre de 2006

La colonización de nuevas tierras siempre tuvo un interés mercantil para los países colonizadores, como no podía ser de otra manera, El comercio de bienes y productos nativos a cambio de algo o de casi nada, espoleó a el interés, la necesidad, la ambición de muchos y la codicia de otros. No podía ser de otra manera. En muchas ocasiones incluso, ha habido gentes de todas las civilizaciones, que han considerado el robo como una honesta manera de comercio a coste cero. Donde hay comercio por desgracia siempre hay piratería en sus múltiples variantes, sea marítima o terrestre, sea de Estado o de particulares. Sin embargo, si algo es el comercio es intercambio, conocimiento y descubrimiento y no un eufemismo de expolio y robo.

La historia del Canadá es también la historia de una empresa comercial, donde un Estado, en este caso la Corona británica cede su soberanía a una empresa privada, que domina un territorio, llegando incluso a tener ejército propio.

Company” se fundó en 1670 bajo el reinado de Carlos II que le otorgó la posesión de dicha bahía y de todos los territorios que se hallasen al Este de ella. Su historia llega hasta nuestros días convertida y reciclada en una importante empresa de distribución, incolora, inodora e insípida y con numerosas tiendas por todo el Canadá, país al que sólo le falta haber inventado el reloj de cuco para ser perfecto.
El primer objetivo de la Compañía era el de regular y desarrollar el comercio de pieles. Para ello llegó a establecer más de cien “fuertes” a lo largo del país que servían de oficinas y de almacenes de aprovisionamiento y de recogida de las pieles que los numerosos tramperos y cazadores a sueldo les traían. En estas postas también se realizaba una preselección antes de poner las partidas de pieles en pública subasta. La primera de ellas tuvo lugar en Londres en el año 1671. La compañía de la bahía de Hudson hubo de competir con otras compañías rivales, con aquellas que crearon los franceses y también con los numerosos comerciantes independientes que traficaban directamente con los mismos nativos, comprándoles las pieles a cambio de…, un peine, por ejemplo.

El rey de este mercado fue el castor, “genus castor”. Inteligente y laborioso roedor que aparte de ser interesante para el peletero, también lo era para fabricar fieltro para sombreros. Su glándula sexual “castoreum”, contiene ácido acetilsalicílico. En la antigüedad era usado contra la epilepsia, la fiebre y la histeria y mucho más tarde en la homeopatía. También fue muy buscado para satisfacer la demanda de la industria perfumera. Si hace doscientos años se encontraba en toda Europa y ahora sólo en algún país nórdico, en Norteamérica también se vio obligado a retroceder inexorablemente hacia el Norte. Su caza fue exhaustiva y extensiva, sin contemplaciones y sin reparos de ninguna clase. La demanda era insaciable y la oferta estaba satisfecha de poderla servir.

Hoy en día el comercio del castor y de algunos otros animales se sigue realizando bajo el amparo de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Flora y Fauna Silvestres (CITES). Los actuales nativos siguen siendo los protagonistas principales de esta actividad que ya ahora es sostenible y que en ningún caso desean que se acabe.

El castor, sin embargo, ha dejado de ser el rey. La lana de su piel, de una sedosidad extraordinaria, ha cedido el lugar preeminente al visón, magnífico mustélido que tolera perfectamente ser criado en cautividad. La industria perfumera y de cosméticos, así como la de alimentos para mascotas, como, por supuesto, también la peletera, no han desaprovechado esta oportunidad. El consumidor tampoco, ni los perros y gatos de nuestras casas que tan bien alimentados están.

Esta es la historia.

jueves, 17 de julio de 2008

El peletero stendhaliano



26 de agosto de 2006

En las primeras páginas de “La Cartuja de Parma” se narra la entrada de Napoleón y de sus tropas en Milán con el antiguo espíritu de los héroes clásicos. Las pocas líneas que describen el acontecimiento rebosan entusiasmo juvenil, belleza épica y esperanza en el futuro. Años más tarde, y con este mismo ánimo, Fabrizio del Dongo, un joven aristócrata milanés, recién destetado por su madre, decide abandonar su casa en el lago de Como, atravesar toda Francia, e intentar unirse a las tropas de Napoleón que están a punto de entablar y perder la que será su última apuesta. Fabrizio llegará tarde a la llanura belga de Waterloo, la batalla ya habrá empezado, y el pobre muchacho sólo podrá deambular por sus alrededores intentando hacerse una idea de lo que está sucediendo. Estas páginas son una de las cumbres de la literatura universal y tienen tanta fuerza que son casi independientes del resto de la novela.

La frustración del protagonista por no llegar a tiempo y su cómico y ridículo ir i venir por las afueras de la batalla, oyendo sólo los cañonazos y disparos y entreviendo más mal que bien a los soldados, la humareda y el fragor del combate, son una paradoja y un preludio de la modernidad. Tan cerca y tan lejos. Como en el mito de la Caverna de Platón sólo vemos las sombras de lo que suponemos es la realidad.

Por más que lo intentamos nunca lo conseguimos. Como en el mito de Sísifo, al llegar a la cima de la montaña, la enorme piedra redonda que con enorme esfuerzo hemos transportado hasta lo más alto, se nos cae por la ladera opuesta, llega rodando a su falda y vuelta a empezar. No cesamos nunca de empujar la piedra montaña arriba para que al final, una vez conseguido nuestro propósito, resbale la enorme masa y caiga hasta la base de la montaña. Así toda la eternidad.

Julian Sorel, el protagonista de “El Rojo y el Negro”, también es un arquetipo moderno. Pobre sin remisión, condenado incluso antes de nacer a una existencia miserable en una ciudad de provincias francesa, consigue gracias a sus capacidades y también con hipocresías y artificios abrirse camino y labrarse un futuro a través de las incipientes oportunidades que los nuevos tiempos le ofrecen.

Ambos, Julian y Fabrizio, aunque diferentes en sus orígenes, personalidad y necesidades, son también actores, culpables y víctimas en un drama que se convierte en un fin en sí mismo y se democratiza a una gran velocidad. Todo el mundo quiere entrar en él y jugar a ganar y perder. Los nuevos tiempos lo permiten y nadie quiere quedarse fuera. A este drama lo llamaron Amor los antiguos, y los modernos no lo cambiaron ni lo cambiarán. Julian y Fabrizio enamoran y se enamoran, sufren y hacen sufrir. Por amor prosperan y por amor los encarcelan.

El amor de Julian y Fabrizio está al alcance de cualquiera. Es una facultad del ánimo a la que todos tienen derecho a bien o mal usar. Está en el aire, todos pueden llegar a él sin condiciones ni requisitos previos. Tampoco se necesitan antecedentes. Todo el mundo puede amar y ser amado.

A nuestro peletero le gusta releer las primeras páginas de “La Cartuja de Parma”, con ellas se le enciende el ánimo, se le despierta el buen humor y la vida le parece más interesante. Le place el entusiasmo loco y el amor apasionado. Pero también le gusta releer “El Rojo y el Negro” y comprobar las similitudes que tienen sus primeras páginas con “A sangre fría” y su pormenorizada y gélida descripción de la ciudad de provincias. Le gusta esta relación detallada, documental, nada épica, histórica, geográfica, urbanística, social y económica. Se encuentra a gusto en esta primera frialdad descriptiva sin amor. Éste, vendrá más tarde con toda su fuerza. Nadie puede permanecer impasible ante su poder.

Mientras corta sus pieles, nuestro peletero recuerda a Julian Sorel, encarcelado y condenado a muerte, reconocer finalmente que aquella a quien amó de verdad fue aquella a quien abandonó.

miércoles, 16 de julio de 2008

El peletero desmemoriado



22 de agosto de 2006

El peletero desmemoriado tiene ochenta y ocho años, Alzheimer y la sonrisa más hermosa del mundo.

Hace unos cuantos años su modesto y floreciente negocio de peletería se desmoronó, se vino abajo y se arruinó. Salvó lo que pudo hasta que no se acordó de salvar más.

Cuando era joven los pelos de sus pieles se le incrustaban entre el dedo y la uña y su hijo mayor se los quitaba con lupa y pinzas.

Unos años antes, cuando aun se parecía a Clark Gable, y después de treinta i tres meses de servicio militar obligatorio, en la España de la posguerra, se casó con una jovencita que se parecía a Vivien Leigh y que ahora, con ochenta y seis años aun se sigue pareciendo a la bella actriz norteamericana.

Cuando era todavía más joven y hacía poco que había dejado atrás la pubertad, se vio obligado a hacerse soldado de la República Española y salir a campo abierto a defenderla del fascismo con su propia vida, que por suerte pudo conservar intacta.

Más joven aun, acabada la niñez, tuvo que dejar la casa familiar de campesinos pobres, irse a la gran ciudad, ponerse a trabajar y aprender a vivir solo.

Todavía niño, tuvo que sufrir y soportar las bofetadas de su primo, maestro de escuela, que le enseñaba a leer y a escribir. El dolor de los golpes sólo desaparecía con las caricias de Carmen, su madre.

Antes de nacer, incluso antes de ser concebido por sus padres, debieron ocurrirle otras cosas importantes, tal vez buenas o tal vez no. Ahora, con sus ochenta y ocho años, se las guarda para sí, te mira con sus ojos grises, permanece en silencio como ha hecho en los últimos años y sonríe con la sonrisa más hermosa del mundo. Cuando él crea que es el momento adecuado, ya nos las contará. A nosotros sólo nos cabe guardar silencio como él.

martes, 15 de julio de 2008

El peletero educado



3 de agosto de 2006

El peletero educado opina que la buena educación es necesaria para ir por la vida, te abre puertas, te allana el camino y, si la acompañas con una sonrisa, mejora tu vida social y a veces incluso la sexual, aunque sólo a veces. En otras ocasiones incomoda, impone barreras y marca distancias, aleja a las personas y a los cuerpos y te acabas convirtiendo en un solitario involuntario.

El peletero educado piensa que la buena educación es también una hermosa expresión de la buena voluntad y la buena predisposición hacía los demás y hacia uno mismo. Del respeto y la estima que los otros y tú mismo os merecéis.

El peletero educado estaba convencido de todo ello, de las enormes ventajas y virtudes que la buena educación representaba, así como también de esos peligros que todo lo bueno contiene.

El peletero educado estaba convencido y lo llevaba a la práctica, arriesgándose en lo necesario y totalmente seguro de la bondad de su actitud.

No tardó en obtener beneficios y ventajas y alguna que otra mirada suspicaz también. Pero el saldo era extraordinariamente positivo. No sólo llegó a ser querido si no también necesario. En su reducido entorno se convirtió en un nexo, un camino, un puente entre dos orillas. En un facilitador, las cosas eran más fáciles si él estaba allí, ayudaba con su sonrisa y su “por favor” a la solución de problemas reales y también imaginarios.

Los imaginarios eran los más difíciles, sin duda, y también los más abundantes. A un problema imaginario había que proponer una solución no sólo imaginativa sino también imaginaria y en estos casos no siempre bastaba una sonrisa educada. Hacía falta violentar algo, el lenguaje o incluso la misma realidad. Naturalmente esto último es imposible y lo primero muchas veces insuficiente.

Aquí empezó a cosechar sus primeros fracasos y a recibir sus primeras bofetadas en forma de desprecios y desplantes. Nadie aceptaba sus derrotas, una percepción que para ellos les hacía suponer que eran promesas incumplidas, infidelidades y traiciones.

Sus éxitos disminuían y sus fracasos aumentaban tanto como la envidia que producía su bienestar y su alegría ordenada, serena y educada.

En un determinado momento pasó un ecuador invisible y a su alrededor se fue produciendo un vacío abisal. Infranqueable. Al puente se le hundió uno de los pilares y el resto se vino abajo. La fuerza de las aguas se lo llevó todo por delante y él se fue con ellas.

Y así, medio ahogado, llegó al mar. Y allí sigue, entre peces que no le dirigen la palabra, no tienen párpados, ni sonríen nunca.

lunes, 14 de julio de 2008

El peletero simulador



24 de julio de 2006

Los niños cuando juegan simulan y aprenden. El original de los billetes de banco no es un billete como tal y tampoco es exactamente un original, su valor de cambio es nulo. Sin embargo, todos sus millones de copias valen lo que el billete dice que vale y con ellas se puede ir por el mundo.

Hay autores que consideran que “si hay un bonito problema artístico, filosófico y absolutamente actual, ése es el del Original”. Consideran al Original una víctima de un perverso ser llamado Simulacro que lo sustituye y suplanta, naturalmente sin derecho a hacerlo. No sabemos, ni nadie nos lo cuenta, quién tiene el derecho a negarle el derecho a suplantarlo, o dicho al revés, quien le otorga el derecho al Original a no ser suplantado. Tal vez lo dice la ley.

El problema del bonito problema artístico y filosófico es que no es un problema, sólo es un seudo-problema, un falso problema, aquello que gustaba tanto a los bizantinos como gusta tanto ahora a los cursis. Tal vez sólo sea un problema legal.

El sarcasmo por mi parte también es un simulacro de otros sarcasmos parecidos. Y se desarrolla de la siguiente manera: como peletero formo parte del mundo de la moda y mi propensión mimética, simuladora y plagiadora es irrefrenable. Y como nieto de croupier mi propensión al engaño a favor de la banca es consecuencia de una naturaleza hipócrita y cínica. Estamos completamente vendidos al poder y besamos los pies de quien nos paga. Vendemos sucedáneos a precio de originales. Simulamos serlo (originales) y engañamos a la mayoría que plácidamente se deja engañar.

En “Los siete pilares de la Sabiduría” de T.E. Lawrence, en una de las interminables y múltiples comidas a las que es invitado por parte de la aristocracia beduina en sus amplias y hermosas tiendas, a cada uno de los comensales se le pide que explique una historia ocurrente, graciosa, un “chiste” incluso. Al pobre Lawrence no se le ocurre nada que contar, al final y como consecuencia de una buena capacidad de improvisación obsequia a todos sus compañeros con una imitación de cada uno de ellos, de su manera de hablar, de sus acentos peculiares, de su gestualidad, de su expresividad. La sorpresa de todos es mayúscula, en la cultura bedú no era nada habitual la caricatura. Después del primer desconcierto y silencio, estallan las carcajadas y Lawrence es querido un poco más por sus amigos.

T.E. Lawrence perdió en una estación de tren el original y único ejemplar de sus “siete pilares”. Alguien debió encontrarlos y quizás aun los conserva. O tal vez no, y los lanzó directamente al fuego. Sea como fuere ese no debió de representar para él ningún problema importante. Seguro que no, simplemente volvió a escribirlos, desde el primer “pilar” hasta el séptimo. Y se quedó tan tranquilo. Y para ello sólo usó la memoria.

Tan tranquilo como debería ser de tranquila su vida en Afganistán, simulando ser un soldado raso cuando en realidad era coronel. El que sí estaba nervioso era un teniente, la única persona que conocía la verdad, al tener que mandar fregar las letrinas a toda una gloria nacional. A Lawrence nunca le importaron estas minucias, él que había atravesado todo el desierto disfrazado de beduino.

viernes, 11 de julio de 2008

El peletero geógrafo



21 de julio de 2006

Desde el mar Caspio hasta el Turquestán chino, al pie de las montañas del Pamir, se halla la región llamada de Astrakán, donde se crían los carneros karakul, también llamados, naturalmente, carneros astrakán. Esta cría y sus rebaños llegan hasta el mismo Afganistán y el Turquestán ruso. Como afirma José Tapbioles en su Tratado de Peletería del año 1944: “el más apreciado de todos ellos es el persianer, que es de tamaño pequeño, bucle mediano y uniforme, apretado, sedoso y brillante y de cuero fino”.

A principios del siglo XX el gobierno alemán inició la cría de carneros karakul en sus colonias del Sudoeste africano, la Namibia actual, allí nació el Swakara, acrónimo de South West African Karakul. El éxito fue y es enorme. Su rizo es más plano, más largo, más estrecho y más elegante.

El pelo rizado en el carnero karakul apunta hacia la cabeza y no hacia la cola como en los demás animales. Eso significa que hay que confeccionar las pieles con la cabeza hacia abajo. Su extraordinario muaré obliga también a tener muy en cuenta el “acostillado” de sus rizos a la hora de hacer los cortes para las uniones entre piel y piel. Estos cortes tendrán que imitar las ondulaciones y hacerlos donde el rizo sea igual y no sólo parecido. La confección de una pieza de astrakán es el resultado de una larga sabiduría y buen gusto artesano.

No todo el mundo sabe hacer un abrigo de astrakán y no todo el mundo debe vestir una pieza de astrakán. Su sensibilidad tal vez no le permita soportar el hecho de que a las crías se las sacrifica a las pocas semanas de nacer. O su cuerpo quizás no sepa ni sabrá jamás moverse adecuadamente con un vestido de astrakán. Su peletero tendría que saber confesárselo con diplomacia, determinación y exactitud a su clienta.

El astrakán es raro, sus muarés, acostillados y ondulados siguen una trayectoria horizontal y la pieza normalmente tiene una arquitectura vertical. Su pelo no se deja prender, sólo acariciar. Su olor es sui géneris y su aspecto inconfundible. Por eso es fácil hacer imitaciones artificiales. En su virtud está su defecto.

El astrakán permite muchos, por no decir todos, los colores, incluso los más inverosímiles, pero el más clásico sin duda es el negro, que combinado con otras pieles puede dar resultados espectaculares, extravagantes o delicados

África del Sur, incluida en ella Namibia, es la esperanza de África, el modelo a seguir y a imitar. En cambio, toda la enorme región del Asia central, es un polvorín a punto de estallar, almacena en su interior un bien todavía mucho más preciado para los humanos que estos simpáticos carneros. También es de color negro y oleaginoso y se llama petróleo, pero esta es otra historia que no nos toca a nosotros contar.

jueves, 10 de julio de 2008

El peletero angelical



19 de julio de 2006

Salir de una pintura del Bosco, con sus infiernos, sus diablos y sus monstruos y penetrar en una de Boticelli, con sus dulces paisajes, sus ángeles y sus bellos dioses, no es una oportunidad que se le presente a cualquiera. A Marcello Rubini sí. Al final de “La dolce vita” un ángel lo llama desde la otra orilla de un pequeño y poco profundo meandro. Sólo tiene que mojarse ligeramente los pantalones, dejar atrás el monstruo surgido de las profundidades del océano, que ha estado contemplando tirado en la arena, moribundo ya, y acercarse al ángel que lo llama y que le habla y al que ya conoce. Sus simples palabras le redimirían. Su hermoso rostro le apaciguaría. Su delicado cuerpo le guiaría a través de nuevos senderos. Pero Marcello Rubini se hace el sordo y el pusilánime. Se incorpora con pesadez y se despide de él con una sonrisa indolente y triste para seguir a los diablos que lo han guiado a través de la noche.

El ángel de Marcello es una adolescente rubia que sirve comidas en un restaurante de playa. Marcello está intentando escribir mientras contempla el mar y oye una música de moda que suena en la radio. La arena casi le llega a los pies, pero un techo de cañas le protege del sol. El ángel quiere ser mecanógrafa y mientras prepara las mesas baila inocentemente al compás de la música. Marcello se maravilla mirándola, su encanto es más poderoso que el del mar. Mientras tanto, la página en la máquina de escribir permanece en blanco y la luz atraviesa, rota y a flechazos, el humilde techo de cañas.

Pasolini vivió y murió en una de esas playas, llenas de cobertizos, caminos, barracas, tenderetes, pinares a medio desaparecer y olor a spaghetti. Restaurantes ilegales, familias ruidosas y vendedores ambulantes de cualquier cosa que pueda ser comprada. Pasolini compró, vivió y murió en una de esas playas llenas de sol, arenas sucias y ángeles soñando con ser mecanógrafas.

La exuberante Sylvia que viste una fea capa de pésima piel blanca que no nos atrevemos ni a calificar, y que pasea por medio mundo sus deslumbrantes ubres, ha de rogar a Marcello que en plena madrugada romana le traiga un plato de leche para un pobre gatito vagabundo, tan romano como Marcello.

Roslyn Taber también ha de suplicar y rogar a Gay Langland que suelte los caballos que tan esfuerzo le ha costado capturar. En “The Misfits” no hay alternativa, o la naturaleza de la mujer o la otra. Roslyn siente como propio el sufrimiento de los hermosos animales, ella es tan vulnerable como ellos, y Gay ve como todo su mundo se desmorona, todo lo que él ha amado se termina y no hay alternativa excepto la compañía de una preciosa mujer. ¿Es ella su salvación?, o ¿es ella su condena? ¿Hemos llegado realmente al final? ¿Las hermosas planicies de Nevada, se van a quedar ahora más vacías? Pasolini lo sabe, pero no nos lo puede contar.