viernes, 25 de julio de 2008

El peletero familiar



“¡Es peor que un asesinato, es un error!”. Esta frase maravillosamente cínica, la pronunció sin rubor, el político francés Joseph Fouché a cuenta de un asesinato que ordenó ejecutar Napoleón Bonaparte.

Antiguo sacerdote, diputado en la Convención revolucionaria francesa que votó la guillotina para Luís XVI y su esposa Maria Antonieta. Comisionado como depurador de antirrevolucionarios a base de cortarles la cabeza o simplemente cañoneándolos en masa para ir más rápido. Jefe de policía, conspirador, diplomático, republicano, monárquico. Ayudó a dictadores, depuso a emperadores y coronó a reyes. Fue imprescindible para todos aquellos que querían ejercer el poder con seguridad y eficacia. Todos le necesitaron y todos dependieron de él hasta extremos tan peligrosos, que incluso su propia seguridad era amenazada.

Así nos lo cuenta Stephan Zweig, con su prosa tan suave, clara y precisa. Zweig era un narrador delicioso, el texto fluye como una brisa limpia y fresca en una atmósfera transparente y brillante. Exacto, inteligente y sencillo. Así nos narra la vida de un monstruo al que todos temían y necesitaban. A todos ellos sobrevivió y a todos les dio lo que deseaban y de todos ellos consiguió lo que quería.

Joseph Fouché, paradigma de político arribista, sin entrañas ni escrúpulos, cínico y malvado, amaba con una excelsa ternura a su mujer y a sus hijos. Ellos eran la razón de su existencia. Jamás los abandonó, siempre los protegió del horror de la vida. Los quiso con fervor y delicadeza, ellos siempre fueron su retaguardia donde descansaba y reponía fuerzas. En ellos se reconfortaba y en ellos se reconocía. Él, temido y odiado por todos. Él, que almacenaba en su conciencia, miles de muertos. Él, que como jefe de policía, conocía los secretos y miserias de todos, la inmundicia de sus almas y de sus cloacas. Él, al que no le temblaba la mano cuando tenía que matar, hubiera dado su vida por su familia. Así era y así fue hasta el día que murió en su cama.

Para Mohandas Karamchand Gandhi, conocido como Mahatma Gandhi, su familia era la humanidad entera. Fue esa humanidad la que concentró todas sus fuerzas y capacidades, fue ella y no otra el acicate fundamental en su vida. En nombre de su pueblo hablaba al mundo entero. Icono universal de la no violencia, la resistencia pacífica y la paz, toda su vida fue un combate duro y difícil en la defensa de estos ideales. La lucha que mantuvo para conseguir la independencia de la India de la Corona Británica también fue ardua y comprometida. Muchos kilómetros andó y muchas huelgas de hambre realizó, dentro o fuera de las cárceles en las que le encerraron. En 1942, estando en una de ellas, le comunicaron la muerte de su esposa. Prometidos ambos en edad muy temprana, Gandhi llegó a enamorarse tan apasionadamente que abandonó a su padre moribundo y agonizante, para acostarse con ella. Ésta falta no debe manchar toda una vida dedicada a la paz y a los beneficios morales que indudablemente conlleva la no guerra. Mahatma Gandhi llevó a tal extremo este principio, que llegó incluso a aconsejar a los británicos la pasividad y la no beligerancia frente a las tropas nazis que acababan de derrotarles en los campos de Francia y estaban a punto de invadirles. Los ciudadanos de Gran Bretaña no le hicieron caso; en cambio, el pueblo judío, de forma inconsciente, involuntaria y fatal, se enfrentó al horror con la pasividad que Gandhi reclamaba.

Sin esperanzas de poder desarrollar la abogacía en la India, decidió emigrar a Sudáfrica, otra colonia británica. En ella inició sus actividades políticas, reivindicando la dignidad y los derechos que merecían los hindúes que allí vivían. La laboriosidad de la comunidad hindú, sus buenas costumbres, educación y la formación que les otorgaba pertenecer a una civilización exquisita y milenaria, Gandhi los contraponía a la indolencia y pereza del hombre negro sudafricano, sólo preocupado -según su parecer- en tener muchas mujeres que trabajasen para él.

Años después regresó a la India, la recorrió a pie, en tren o en automóvil. Entre huelgas de hambre, proclamas políticas y matanzas de unos y de otros, el país se le rompió en dos. Mientras tanto, sus hijos veían crecer en ellos un rencor por el padre nunca presente, atento a nobles causas, sometido a grandes deberes, destinado a importantes misiones, pero siempre ausente de casa. El padre no lo era sólo de sus propios hijos, sino de todos. Ellos debían comprender lo insignificantes que eran frente al mundo entero. Para Joseph Fouché lo que era insignificante era este mundo que tanto amaba el Mahatma.

Gandhi como Jesús, después de allanarnos el camino con sus humildes zapatillas, murió también asesinado. Sus familias les lloraron, abrumados por la enormidad de sus figuras que ya nadie se atreve a juzgar. A sus madres, a sus hijos, a sus hermanos, sólo les quedó reverenciarlos como luego harían millones de personas.

Hitler sólo amó a su perro, la enorme tarea que tenía por delante tampoco le permitía más.

miércoles, 23 de julio de 2008

El peletero escapado



20 Septiembre 2006

Recuerdo el principio: un Lancia Aurelia sport B24 recorriendo a toda velocidad las calles absolutamente vacías de Roma, un 15 de agosto en alguno de los primeros años sesenta del siglo pasado. Lo conduce Bruno Cortona, un hombre de mediana edad, ansioso por encontrar un estanco abierto y un teléfono público.

Pleno Ferragosto, al deportivo de Bruno le chirrían las ruedas mientras atraviesa veloz una Roma abandonada. Todas las rejas están echadas y todas las puertas cerradas, mientras tanto, el sol ilumina cruel todos los rincones, obligando a las ratas y a los gatos a esconderse debajo de algún adoquín.

Mas tarde, Bruno Cortona se encuentra con Roberto Mariani, joven y tímido estudiante, que solo y aburrido, se halla en su apartamento romano preparando sus exámenes. La fatalidad los une y la fatalidad los lleva a emprender, también como los demás, la huida.

El resto lo recuerdo confuso, deshilachado. Una playa llena de bañistas. El mar, alguna radio emitiendo canciones del verano: “Saint Tropez Twist” de Peppino di Capri. “Guarda come dondolo” de Edoardo Vianello. Una ex esposa y una casi ex hija. Y llenándolo todo, las palabras de Bruno, un manantial inagotable, una lluvia torrencial. Y entre ellas, aprisionado entre cada sílaba, entre cada letra, el pobre Roberto y su indecisión y rubor.

Recuerdo también el final. Una carretera estrecha llena de curvas y el bello Lancia sorteando imprudentemente automóviles y camiones. Tras uno de ellos la muerte. La muerte de Roberto y la mirada ciega de Bruno mirando como se llevan el cadáver y el Lancia.

Sólo el suicidio de Steiner y la muerte de sus hijos por su propia mano, en “La dolce vita” me sorprendieron tanto como esta muerte de Roberto en “Il sorpasso”.

Steiner, amigo de Marcello, intelectual, hombre culto, refinado, al que le place y consuela oír sonidos grabados de la naturaleza, como el viento o la lluvia. Steiner, músico que se deleita interpretando a Bach en una iglesia vacía, sólo para sus oídos delicados. Steiner, hombre sabio, que sólo sabe responder a las preguntas que lo atormentan matando a sus hijos y luego matándose él. Pobre Marcello, se siente algo culpable, piensa que tal vez lo podía haber evitado.

En cambio, Bruno no siente nada todavía, sólo sabe ir rápido en su automóvil y en su vida sólo sabe desear estar en otra parte. ¿Cómo es que ahora, maldita sea, alguien le está pidiendo que se quede y haga algo más?, ¿no saben que tiene prisa?

martes, 22 de julio de 2008

El peletero velazquiano



16 Septiembre 2006

La biblioteca de Rodríguez de Silva Velázquez, “Velázquez” estaba casi sólo compuesta de libros científicos y técnicos. También habían estados de cuentas, relaciones de cosas, inventarios. Nada de o sobre, arte o pintura. Tampoco dejó escrito ningún epistolario o diario donde poder encontrar y saber lo que pensaba sobre las cosas y las personas que poblaron su vida. De él sólo tenemos apuntes biográficos y su obra. Su familia, esposa, hijos y amigos, siempre fueron sombras apagadas en una habitación a oscuras. Nada sabemos de él.

El gesto de su mano, la luz de sus ojos, el color del aire que respiraba, la mancha de óleo, son todos ellos magros restos de alguien que mantuvo silencio. De alguien que siempre consideró que era mejor callar sobre aquello de lo que no se puede hablar. Nosotros, también respetaremos la dignidad de esa página en blanco y nos conformaremos, que es mucho, con lo que sus ojos vieron y sus manos pintaron.

Los niños son personas enteras, acabadas y terminadas. Completas, no les falta ni les sobra nada. No son ningún proyecto. Son todo lo que pueden ser, que es tanto como lo que se puede ser a cualquier edad.

El Infante Felipe Próspero, hijo de Felipe IV y de Mariana de Austria, tenía que ser Rey.
Nació el 28 de noviembre de 1657 y murió el 1 de noviembre de 1661. Apenas cuatro años de vida, enfermo de epilepsia. Velázquez lo retrató en 1659, cuando sólo tenía dos. Fue uno de sus últimos trabajos, por no decir el último. No sobrevivió a su joven modelo, el pintor murió el 6 de agosto de 1660.

Felipe IV tuvo once hijos, uno murió de joven y ocho en la misma infancia. Sólo dos llegaron a adultos. Uno de ellos fue el futuro Rey de España, Carlos II, nacido pocos días más tarde de la muerte de su hermano Felipe Próspero.

Unos meses después del alumbramiento de este hijo que tenía que ser próspero, el 4 de marzo de 1658 y para celebrar tal acontecimiento, se estrena en el Palacio de la Zarzuela, “El laurel de Apolo”, primera parte de “El golfo de las sirenas”, obra teatral y musical -una zarzuela- de Calderón, inspirada en la “Odisea” de Homero. Estas primeras zarzuelas eran puro divertimento, no pretendían ser otra cosa que un alegre pasatiempo. Y con ese espíritu triunfal que otorga el “laurel”, símbolo de la Victoria, se daba la bienvenida a un futuro Rey.

Velázquez no esperó al futuro para retratar al niño. Con su delantal blanco repleto de amuletos para alejar las enfermedades y el mal de ojo. Con su corto pelo rubio, con su mano derecha apoyada en el respaldo de una silla. Con su vestido principesco de tonos rojos y con la sola compañía de un perro de mirada melancólica, Velázquez pinta la ternura y el desamparo que el tiempo nos regala, en la figura de un niño que como él, pronto morirá.

lunes, 21 de julio de 2008

El peletero payaso



13 Septiembre 2006

Andaba cuatro pasos con aquellos enormes zapatones, tropezaba y caía. Su redonda nariz roja chocaba de mala manera contra el suelo. Sus pelos color fuego se despeinaban aun más. Se levantaba y vuelta a empezar. Así, innumerables veces. El público no podía parar de reír. ¿Por qué lo hacían? Nuestro futuro peletero no entendía que pudieran reírse de alguien que tropieza y cae. El payaso lloraba de una manera extraña, sin lágrimas y muchos gemidos o con un torrente de ellas y con silencio. El público seguía riendo. ¿Por qué ríen cuando él llora?

Pasaron los años y nuestro peletero entendió la clave del juego, aunque él nunca se rió de verdad, pero fingió hacerlo para no desentonar. En carnaval siempre se disfrazaba de payaso esperando una extraña oportunidad. ¿Cuál?, ni él lo sabía, pero esperaba paciente. Cuando se presente sabré que es ella, se decía a sí mismo. En los cumpleaños también se disfrazaba de payaso y hacía reír a los niños y a sus padres. Aun le costaba entender aquellas risas y que un personaje tan grotesco como él, con un vestido tan absurdo y un maquillaje tan esperpéntico las pudiera provocar. Pero así era. En los fines de semana y en las horas libres que podía arrancar a su principal obligación de peletero, fue especializándose también en animador de fiestas infantiles.

Hasta que un día, un niño no sólo no rió sino que rompió a llorar entre temblores. Él intentó calmarle, tranquilizarlo, pero todo era en vano. Las caídas fueron más brutales, los tropezones más espectaculares y los gemidos más chillones. Nada dio resultado, el niño seguía llorando y temblando de miedo. Nuestro peletero payaso entendió que aquella era la oportunidad que tanto tiempo llevaba esperando, de golpe se le había revelado cual era el auténtico sentido de un payaso. Nuestro peletero siguió actuando con más énfasis, ahora sí que le ponía pasión a su actuación. Este primer día fue uno, pero al siguiente consiguió que fueran dos, al otro tres, cuatro, cinco, hasta que un día los padres lo echaron, también temblorosos y temerosos como sus hijos. Un payaso que hace llorar, un payaso que da miedo, no puede ser, se decían.

Sí que puede ser, pensó él, ya veréis como sí. El sabía que lo contrario de la risa no es exactamente el miedo, la tristeza sí, pero no el temor a sufrir un daño o a perder la propia vida. Sin embargo, para reír con tranquilidad y con alguien, se requiere la paz y la seguridad que ella conlleva. Incluso para reírse de alguien, para burlarse de él se necesita la superioridad que el poder tiránico otorga. Alguien apenado no reirá, pero a alguien atemorizado se le congelará la risa en la boca.

Su mala fama creció hasta el punto que ya nadie quería contratarle en las fiestas de aniversario de sus hijos. Tuvo que abandonar su modesta vocación dramática. Ni siquiera un tímido intento de actuar para público adulto tuvo éxito. Los espectadores abandonaron el anfiteatro atemorizados y descompuestos. Los pocos críticos que vieron su fracasada representación no supieron explicar la sensación de auténtica amenaza que a partir de aquel momento se cernía sobre ellos.

Tuvo que desistir, como es normal nadie quería sentir auténtico miedo. Incluso hubo quien lo denunció por amenazas, pero el arte es un saco donde todo cabe, incluso…

Pero nunca nada malo ocurrió. Nuestro pobre peletero payaso tuvo que renunciar frustrado al noble arte de atemorizar y apesadumbrar. Guardó su peluca, su nariz roja, sus zapatones, sus pinturas para el maquillaje, sus enormes pantalones. Todo su ajuar quedó encerrado en un baúl y con él las esperanzas que se había forjado de dar alma a este ser del que todo el mundo huía. Este fracaso vital y artístico lo trastornó de tal manera que no sólo le cambió el ánimo, su rostro también se transformó. El rictus, las arrugas, las proporciones, la mirada, todo su perfil mudó, incluso lo hicieron también sus manos y el color de su piel. De un pálido casi blanco en la frente a un azul oscuro en los ojos y a un rojo sangre en los labios. Su descuidado atuendo no ayudó. Nadie deseaba su compañía, todos se apartaban de él. Tuvo que cerrar la peletería y acostumbrarse a vivir con penurias cada vez mayores. De la caridad pública consiguió chaquetas a cuadros cuatro tallas más grandes, zapatos rojos y enormes, y pantalones que tenía que anudar con una simple cuerda. Empezó a beber y después de cada borrachera su nariz era más roja y sus cabellos estaban más despeinados.

Ni siquiera el ataúd fue de su talla cuando lo enterraron después de encontrarlo muerto en una esquina de una calle entre basuras. Alguien sin miedo o de otro mundo le había dado una paliza de la que no pudo sobrevivir. Su aspecto no resultó peor que cuando estaba vivo. En una fosa común descansa, esperemos que los muertos que lo acompañan no huyan despavoridos.

domingo, 20 de julio de 2008

El peletero piel roja



9 de septiembre de 2006

Uno de los tormentos clásicos que inflingían los apaches chiricahua a sus enemigos, blancos o rojos, era atarlos panza arriba mirando el sol con los párpados cortados.

Los Lacota, conocidos popularmente como Sioux, se lanzaban al ataque profiriendo amenazas sodomitas.

En “Meridiano de Sangre” de Cormac McCarthy, el grupo Glanton que se dedica, a cambio de unos dólares por cabeza, a matar “salvajes” por encargo de las autoridades, sigue después con mejicanos cuando ya no encuentra más indios a quien arrancarles la caballera. Una vez muertos todos nos parecemos.

George Catlin y Karl Bodmer, entre muchos otros, pintaron con una magnífica precisión y delicadeza al nativo norteamericano. A éste le gustaba verse retratado de tan buena manera por estos medio-artistas, medio-antropólogos y medio-exploradores. Sus pinturas son de un encanto naif genuino y el detalle que en ellas se muestra delatan el buen ojo del naturalista para transcribir a los demás la realidad. A nuestro peletero piel roja le hubiese gustado ser uno de ellos, recorrer con sus telas y pinceles la frontera, en busca de diamantes en bruto para retratarlos con curiosidad y respeto.

El mundo que ellos vieron ya no existe.

La cultura de las praderas de Norteamérica nace con la llegada de los caballos que traen los españoles. Estos seres de otro mundo, vestidos de metal, enloquecidos por el oro y con cruces colgando del cuello, cabalgan una enorme bestia que viaja como el viento. En esta ocasión el indio americano ve en este animal algo más que carne para comer y no lo extermina como miles de años antes había hecho con el caballo aborigen. Tal vez, al ver a los intrusos que creen ser dueños de todo, a lomos de este perro gigante, los imitan y aprenden también a montarlo. La libertad de movimientos y el largo recorrido que la monta de este animal les permite, cambiará la historia de estas praderas interminables. Aunque continuarán poco habitadas, dejarán de ser casi un desierto de hierbas mecidas por la brisa o zarandeadas por la tormenta. El indio también irá a buscar su oro en forma de un ser fantástico llamado bisonte. Los cazarán a flechazos, uno a uno, no regalando nada a los buitres y también los matarán a cientos, despeñándolos por barrancos o haciéndoles caer en trampas, unos encima de otros, aplastando y asfixiando a los de abajo, dejando la pradera teñida de sangre y sembrada de cadáveres para, esta vez sí, festín de los carroñeros. Que nadie suponga, como lo hacen los ecologistas de pacotilla, que sólo mataban lo que necesitaban. Ellos, como todos, procuraban que el trabajo fuese fácil y despeñar bisontes lo es mucho más que cazarlos uno a uno.

Los comanches, de habla uto azteca, fueron los primeros en recorrer estos espacios enormes. Ellos dieron ejemplo a los que llegaron después, y junto con las tribus seminómadas y agricultoras del Missouri, como los Mandan, Hidatsa y Arikara, impusieron un modelo económico y estético que fue imitado y adaptado por todos los demás pueblos que como ríos desembocaron en estas planicies. Para ellos la pradera fue también un “El Dorado” y una hermosa epopeya. En ella se establecieron alianzas y se entablaron guerras. Unos llegaron primero y otros después, queriendo los recién llegados tener también su lugar en el Sol. Y luego aun llegaron más todavía, empujando a los anteriores. Había algo en el lejano Este que se movía con la fuerza del huracán. Nadie se le podía resistir. Nada podía evitar su avance hacia poniente. Tribus enteras tuvieron que desplazarse, desplazando a su vez a otras. En este envite dieron lo mejor de sí. Cuando la distancia del tiempo lo permita, alguien deberá contar y cantar su leyenda y a sus héroes. Sólo el día que su historia se convierta en mito les habremos hecho justicia.

La cultura de las praderas fue efímera, ni siquiera llegó a doscientos años. No pudo sobrevivir más tiempo al empuje de la enorme ola migratoria que había desembarcando en las orillas del Atlántico. Su vida fue corta, pero su esplendor llega hasta nuestros días. La estampa de un indio americano de las praderas montando a pelo un caballo semisalvaje, con su tocado de plumas, sus pinturas de guerra y sus armas, en medio de una pradera inmensa, es insuperable. Ningún rey, ni reina, ni ave del paraíso han sido jamás rivales para disputarle la primacía.

Dueños y señores de todos los caminos, fueron a donde quisieron. Bajo el cielo y su terrible manto desafiaron a los hombres, al viento y a las bestias y sólo el tiempo los derrotó.

De Tashunka Witko (Caballo Loco), jefe de guerra de los Oglala, no existe ninguna fotografía fidedigna, sólo relatos más o menos fieles de retazos de su vida arriesgada y de su muerte violenta, triste y valiente. Nadie lo fotografió, nadie lo pintó, pero alguien nos narró lo que debía ser contado.

sábado, 19 de julio de 2008

El peletero agradecido/Liberatore



6 de septiembre de 2006

Gaetano Liberatore, llamado Tanino Liberatore, es hijo de esta Europa rara, vieja y perezosa, incómoda consigo misma. Una Europa nihilista y enferma tanto del complejo de Estocolmo como del complejo de Peter Pan. De esta Europa que llama a los automóviles, motocicletas de cuatro ruedas y a las motocicletas, automóviles de dos ruedas.

Tanino Liberatore es un okupa. Okupa las viñetas de sus cómics con el ánimo atormentado del que lleva un arma encima, dispuesto a usarla si es necesario, sin perder jamás su cínica sonrisa de ciberfreak. Sus protagonistas son niños, seres deformes y robots o artistas conceptuales que consideran la cima del Arte el hecho de estrellarse con su automóvil con ellos dentro. Ballard ya nos lo describió con magnífico detalle en su espeluznante “Crash”.

Es la estética del Spray, “del caballo”, de la fornicación metálica, de la pantalla de rayos catódicos y de la chatarra en medio de la carretera mientras oímos desde el suelo y tapados con una manta, la sirena de las ambulancias. Tanino Liberatore nos enseña sus tatuajes y sus escarificaciones, las prótesis y sus miembros amputados. Es la ética de la fotocopia y la de la máquina estropeada. Una metáfora “heavy” de la parte oscura de nuestra época.

Lubna es una niña púber, capaz de arrancarle la cabeza de un mordisco a quien haga falta. Ella es la dueña de Ran Xerox, un robot musculado de perfecta apariencia humana, de labios azules y gafas de nadador. Su extrema violencia y la devoción incondicional por su dueña son los ejes fundamentales de su bien programado software. Ran depende de Lubna y la sirve como toda buena máquina sirve a su dueño, mejor que un perro y mucho mejor que un amigo. Siempre que puede, le lleva a su dueña -gran consumidora de toda clase de productos químicos- un buen surtido de las mejores drogas. Y obediente como es, fornica con ella cada vez que se lo pide como si fuera una batidora licuando metralla.

La técnica de Liberatore es excelente, precisa, el dibujo poderoso y los colores son de neón, instrumentos al servicio de sus venenosas historias con gángsteres adolescentes que coleccionan muertos y arte banal. Todo ello en una Roma donde las autopistas sobrevuelan sus siete colinas.

Ran puede perder la tapa de sus sesos y colocarse en su lugar el culo de una olla a presión y quedarse tan ancho, sin duda es una ventaja que nosotros no tenemos. ¿Verdad o mentira?

viernes, 18 de julio de 2008

El peletero cazador



4 de septiembre de 2006

La colonización de nuevas tierras siempre tuvo un interés mercantil para los países colonizadores, como no podía ser de otra manera, El comercio de bienes y productos nativos a cambio de algo o de casi nada, espoleó a el interés, la necesidad, la ambición de muchos y la codicia de otros. No podía ser de otra manera. En muchas ocasiones incluso, ha habido gentes de todas las civilizaciones, que han considerado el robo como una honesta manera de comercio a coste cero. Donde hay comercio por desgracia siempre hay piratería en sus múltiples variantes, sea marítima o terrestre, sea de Estado o de particulares. Sin embargo, si algo es el comercio es intercambio, conocimiento y descubrimiento y no un eufemismo de expolio y robo.

La historia del Canadá es también la historia de una empresa comercial, donde un Estado, en este caso la Corona británica cede su soberanía a una empresa privada, que domina un territorio, llegando incluso a tener ejército propio.

Company” se fundó en 1670 bajo el reinado de Carlos II que le otorgó la posesión de dicha bahía y de todos los territorios que se hallasen al Este de ella. Su historia llega hasta nuestros días convertida y reciclada en una importante empresa de distribución, incolora, inodora e insípida y con numerosas tiendas por todo el Canadá, país al que sólo le falta haber inventado el reloj de cuco para ser perfecto.
El primer objetivo de la Compañía era el de regular y desarrollar el comercio de pieles. Para ello llegó a establecer más de cien “fuertes” a lo largo del país que servían de oficinas y de almacenes de aprovisionamiento y de recogida de las pieles que los numerosos tramperos y cazadores a sueldo les traían. En estas postas también se realizaba una preselección antes de poner las partidas de pieles en pública subasta. La primera de ellas tuvo lugar en Londres en el año 1671. La compañía de la bahía de Hudson hubo de competir con otras compañías rivales, con aquellas que crearon los franceses y también con los numerosos comerciantes independientes que traficaban directamente con los mismos nativos, comprándoles las pieles a cambio de…, un peine, por ejemplo.

El rey de este mercado fue el castor, “genus castor”. Inteligente y laborioso roedor que aparte de ser interesante para el peletero, también lo era para fabricar fieltro para sombreros. Su glándula sexual “castoreum”, contiene ácido acetilsalicílico. En la antigüedad era usado contra la epilepsia, la fiebre y la histeria y mucho más tarde en la homeopatía. También fue muy buscado para satisfacer la demanda de la industria perfumera. Si hace doscientos años se encontraba en toda Europa y ahora sólo en algún país nórdico, en Norteamérica también se vio obligado a retroceder inexorablemente hacia el Norte. Su caza fue exhaustiva y extensiva, sin contemplaciones y sin reparos de ninguna clase. La demanda era insaciable y la oferta estaba satisfecha de poderla servir.

Hoy en día el comercio del castor y de algunos otros animales se sigue realizando bajo el amparo de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Flora y Fauna Silvestres (CITES). Los actuales nativos siguen siendo los protagonistas principales de esta actividad que ya ahora es sostenible y que en ningún caso desean que se acabe.

El castor, sin embargo, ha dejado de ser el rey. La lana de su piel, de una sedosidad extraordinaria, ha cedido el lugar preeminente al visón, magnífico mustélido que tolera perfectamente ser criado en cautividad. La industria perfumera y de cosméticos, así como la de alimentos para mascotas, como, por supuesto, también la peletera, no han desaprovechado esta oportunidad. El consumidor tampoco, ni los perros y gatos de nuestras casas que tan bien alimentados están.

Esta es la historia.

jueves, 17 de julio de 2008

El peletero stendhaliano



26 de agosto de 2006

En las primeras páginas de “La Cartuja de Parma” se narra la entrada de Napoleón y de sus tropas en Milán con el antiguo espíritu de los héroes clásicos. Las pocas líneas que describen el acontecimiento rebosan entusiasmo juvenil, belleza épica y esperanza en el futuro. Años más tarde, y con este mismo ánimo, Fabrizio del Dongo, un joven aristócrata milanés, recién destetado por su madre, decide abandonar su casa en el lago de Como, atravesar toda Francia, e intentar unirse a las tropas de Napoleón que están a punto de entablar y perder la que será su última apuesta. Fabrizio llegará tarde a la llanura belga de Waterloo, la batalla ya habrá empezado, y el pobre muchacho sólo podrá deambular por sus alrededores intentando hacerse una idea de lo que está sucediendo. Estas páginas son una de las cumbres de la literatura universal y tienen tanta fuerza que son casi independientes del resto de la novela.

La frustración del protagonista por no llegar a tiempo y su cómico y ridículo ir i venir por las afueras de la batalla, oyendo sólo los cañonazos y disparos y entreviendo más mal que bien a los soldados, la humareda y el fragor del combate, son una paradoja y un preludio de la modernidad. Tan cerca y tan lejos. Como en el mito de la Caverna de Platón sólo vemos las sombras de lo que suponemos es la realidad.

Por más que lo intentamos nunca lo conseguimos. Como en el mito de Sísifo, al llegar a la cima de la montaña, la enorme piedra redonda que con enorme esfuerzo hemos transportado hasta lo más alto, se nos cae por la ladera opuesta, llega rodando a su falda y vuelta a empezar. No cesamos nunca de empujar la piedra montaña arriba para que al final, una vez conseguido nuestro propósito, resbale la enorme masa y caiga hasta la base de la montaña. Así toda la eternidad.

Julian Sorel, el protagonista de “El Rojo y el Negro”, también es un arquetipo moderno. Pobre sin remisión, condenado incluso antes de nacer a una existencia miserable en una ciudad de provincias francesa, consigue gracias a sus capacidades y también con hipocresías y artificios abrirse camino y labrarse un futuro a través de las incipientes oportunidades que los nuevos tiempos le ofrecen.

Ambos, Julian y Fabrizio, aunque diferentes en sus orígenes, personalidad y necesidades, son también actores, culpables y víctimas en un drama que se convierte en un fin en sí mismo y se democratiza a una gran velocidad. Todo el mundo quiere entrar en él y jugar a ganar y perder. Los nuevos tiempos lo permiten y nadie quiere quedarse fuera. A este drama lo llamaron Amor los antiguos, y los modernos no lo cambiaron ni lo cambiarán. Julian y Fabrizio enamoran y se enamoran, sufren y hacen sufrir. Por amor prosperan y por amor los encarcelan.

El amor de Julian y Fabrizio está al alcance de cualquiera. Es una facultad del ánimo a la que todos tienen derecho a bien o mal usar. Está en el aire, todos pueden llegar a él sin condiciones ni requisitos previos. Tampoco se necesitan antecedentes. Todo el mundo puede amar y ser amado.

A nuestro peletero le gusta releer las primeras páginas de “La Cartuja de Parma”, con ellas se le enciende el ánimo, se le despierta el buen humor y la vida le parece más interesante. Le place el entusiasmo loco y el amor apasionado. Pero también le gusta releer “El Rojo y el Negro” y comprobar las similitudes que tienen sus primeras páginas con “A sangre fría” y su pormenorizada y gélida descripción de la ciudad de provincias. Le gusta esta relación detallada, documental, nada épica, histórica, geográfica, urbanística, social y económica. Se encuentra a gusto en esta primera frialdad descriptiva sin amor. Éste, vendrá más tarde con toda su fuerza. Nadie puede permanecer impasible ante su poder.

Mientras corta sus pieles, nuestro peletero recuerda a Julian Sorel, encarcelado y condenado a muerte, reconocer finalmente que aquella a quien amó de verdad fue aquella a quien abandonó.

miércoles, 16 de julio de 2008

El peletero desmemoriado



22 de agosto de 2006

El peletero desmemoriado tiene ochenta y ocho años, Alzheimer y la sonrisa más hermosa del mundo.

Hace unos cuantos años su modesto y floreciente negocio de peletería se desmoronó, se vino abajo y se arruinó. Salvó lo que pudo hasta que no se acordó de salvar más.

Cuando era joven los pelos de sus pieles se le incrustaban entre el dedo y la uña y su hijo mayor se los quitaba con lupa y pinzas.

Unos años antes, cuando aun se parecía a Clark Gable, y después de treinta i tres meses de servicio militar obligatorio, en la España de la posguerra, se casó con una jovencita que se parecía a Vivien Leigh y que ahora, con ochenta y seis años aun se sigue pareciendo a la bella actriz norteamericana.

Cuando era todavía más joven y hacía poco que había dejado atrás la pubertad, se vio obligado a hacerse soldado de la República Española y salir a campo abierto a defenderla del fascismo con su propia vida, que por suerte pudo conservar intacta.

Más joven aun, acabada la niñez, tuvo que dejar la casa familiar de campesinos pobres, irse a la gran ciudad, ponerse a trabajar y aprender a vivir solo.

Todavía niño, tuvo que sufrir y soportar las bofetadas de su primo, maestro de escuela, que le enseñaba a leer y a escribir. El dolor de los golpes sólo desaparecía con las caricias de Carmen, su madre.

Antes de nacer, incluso antes de ser concebido por sus padres, debieron ocurrirle otras cosas importantes, tal vez buenas o tal vez no. Ahora, con sus ochenta y ocho años, se las guarda para sí, te mira con sus ojos grises, permanece en silencio como ha hecho en los últimos años y sonríe con la sonrisa más hermosa del mundo. Cuando él crea que es el momento adecuado, ya nos las contará. A nosotros sólo nos cabe guardar silencio como él.

martes, 15 de julio de 2008

El peletero educado



3 de agosto de 2006

El peletero educado opina que la buena educación es necesaria para ir por la vida, te abre puertas, te allana el camino y, si la acompañas con una sonrisa, mejora tu vida social y a veces incluso la sexual, aunque sólo a veces. En otras ocasiones incomoda, impone barreras y marca distancias, aleja a las personas y a los cuerpos y te acabas convirtiendo en un solitario involuntario.

El peletero educado piensa que la buena educación es también una hermosa expresión de la buena voluntad y la buena predisposición hacía los demás y hacia uno mismo. Del respeto y la estima que los otros y tú mismo os merecéis.

El peletero educado estaba convencido de todo ello, de las enormes ventajas y virtudes que la buena educación representaba, así como también de esos peligros que todo lo bueno contiene.

El peletero educado estaba convencido y lo llevaba a la práctica, arriesgándose en lo necesario y totalmente seguro de la bondad de su actitud.

No tardó en obtener beneficios y ventajas y alguna que otra mirada suspicaz también. Pero el saldo era extraordinariamente positivo. No sólo llegó a ser querido si no también necesario. En su reducido entorno se convirtió en un nexo, un camino, un puente entre dos orillas. En un facilitador, las cosas eran más fáciles si él estaba allí, ayudaba con su sonrisa y su “por favor” a la solución de problemas reales y también imaginarios.

Los imaginarios eran los más difíciles, sin duda, y también los más abundantes. A un problema imaginario había que proponer una solución no sólo imaginativa sino también imaginaria y en estos casos no siempre bastaba una sonrisa educada. Hacía falta violentar algo, el lenguaje o incluso la misma realidad. Naturalmente esto último es imposible y lo primero muchas veces insuficiente.

Aquí empezó a cosechar sus primeros fracasos y a recibir sus primeras bofetadas en forma de desprecios y desplantes. Nadie aceptaba sus derrotas, una percepción que para ellos les hacía suponer que eran promesas incumplidas, infidelidades y traiciones.

Sus éxitos disminuían y sus fracasos aumentaban tanto como la envidia que producía su bienestar y su alegría ordenada, serena y educada.

En un determinado momento pasó un ecuador invisible y a su alrededor se fue produciendo un vacío abisal. Infranqueable. Al puente se le hundió uno de los pilares y el resto se vino abajo. La fuerza de las aguas se lo llevó todo por delante y él se fue con ellas.

Y así, medio ahogado, llegó al mar. Y allí sigue, entre peces que no le dirigen la palabra, no tienen párpados, ni sonríen nunca.