lunes, 8 de diciembre de 2008

El peletero/Pisando huevos



23 Junio 2007

Los cuatro nos habíamos quedado dormidos bajo la sombra de un árbol en la plácida hora de la siesta.

Era verano y todo el suelo estaba lleno de cáscaras de grillo, esa crujiente armadura abandonada por las crisálidas que ya se habían metamorfoseado en ninfas. En aquella hora tan calurosa de la tarde, debían de estar escondiéndose bajo las piedras y las grietas de Creta.

No podías evitar pisarlas a no ser que consiguieras levitar.

Levitar no pudimos, pero sí logramos dormir aquella noche en una azotea, sin techo ni capota que nos protegiese de las estrellas. Tres muchachos y una rubia gordita, a la que irritaba a su piel tierna el botón niquelado de sus jeans.

Nosotros cuatro en un solo colchón apropiado para cuatro, acompañando en aquella misma azotea a los dueños de la pensión, que según vimos también les gustaba dormir a la dulce intemperie de un verano mediterráneo, donde igual podías oír grillos que los ronquidos de un matrimonio feliz.

Tampoco pudimos evitar atropellar a los miles de cangrejos que, en un tramo de muchos kilómetros del recorrido, atravesaban irresponsables la carretera que nos conducía de la Habana a Varadero. Era ya de noche y empezábamos a estar muy preocupados porque la flecha que indicaba el nivel del depósito de gasolina de nuestro flamante LADA, fabricación soviética, se estaba acercando inexorablemente a cero. Empezó a llover tropicalmente y los cangrejos aumentaron. Parecía que pisáramos huevos o las hojas secas de un imposible otoño caribeño.

No había, ni por asomo, ningún surtidor de gasolina, ¿por qué debía de haber alguno? Así pues decidimos desviarnos y entrar en Matanzas, supusimos que nos sería más fácil encontrar combustible allí.

Mientras nos acercábamos, solamente el cielo negro de esta ciudad de nombre tan terrible, fulguraba y centelleaba. Tan era así, que pensamos que celebraban una fiesta con gran alarde pirotécnico, pero no, eran cientos de relámpagos que le caían encima, disparados desde unas oscuras, amenazantes y barrigudas nubes que descargaban también su agua, quizás para iluminar y señalarnos el camino. Ya sabemos que la naturaleza, cuando quiere comunicarnos algo, no tiene por costumbre usar la civilizada manera de los letreros. Los dioses son iracundos, un poco raros, y les gusta impresionar y atemorizar.

Todo salió bien, encontramos la gasolina rusa y conseguimos llegar a Varadero y localizar también el hotel. Nos registramos rápidamente y más deprisa aun nos fuimos a dormir. Aquello eran apartamentos muy cerca del mar y el nuestro tenía dos pisos y no sé cuantas habitaciones.

Al día siguiente, después de desayunar, nos marchamos directamente a la playa. La tormenta había pasado ya, y en aquella preciosa mañana lucía un sol ecuatorial, alto y demasiado blanco. Tan blanco como aquella polvorienta arena que más bien parecía talco para bebés que la sílice troceada de millones de conchas, vacías y estériles.

Extendimos nuestras toallas, nos sentamos encima, sacamos nuestra crema solar, protección total, dispuestos a embadurnarnos la piel para evitar las quemaduras, cuando… dos muchachas muy jóvenes y bonitas nos pidieron con dulzura y educación si les permitíamos que fueran ellas las que extendieran la crema en nuestras espaldas y pechos.

Fue decir “sí” cuando inmediatamente tuvimos al resto de los hermanos y primos sentados con nosotros, fumando nuestros cigarrillos y pagando con nuestro dinero los helados que todos ellos fueron a buscar. Luego, la familia entera se instaló en el apartamento de dos pisos, y fue entonces cuando comprendimos el por qué nos habían dado uno de tan grande.

En otra ocasión lo que no pudimos evitar fue una lluvia de insectos amarillos mientras nos tomábamos tan tranquilos una sopa de tomate en un restaurante que tenía las paredes de madera pintadas de un verde chillón, pero que desgraciadamente tampoco tenía cubierta.

Cenar fue imposible, pero la composición estética valió la pena. Cuando salió el camarero con un paraguas ya era demasiado tarde. La fotografía de la sopa conmemoró el instante y continúa estando en un lugar preeminente de nuestra memoria. Como también lo siguen estando las esculturas eróticas y pornográficas -que algunos llaman sexo explícito- de los templos de Khajuraho que íbamos a visitar a la mañana siguiente.

El fondo rojo del tomate con las salpicaduras amarillas todavía moviéndose para intentar no ahogarse, llenaba de dramatismo una escena más cómica que desalentadora. Si permanecías paciente podías observar cómo los insectos renunciaban al pataleo para abandonarse en aquel mal morir, hundiéndose, uno tras otro, hasta el fondo del plato.

La sopa volvía a su estado inicial, roja y lisa, igual que la piel de un verdadero tomate de huerta. Lista para ser comida de nuevo mientras la cuchara no restregara demasiado el fondo del plato, lleno de los cadáveres de los insectos amarillos, descansando por fin de su vida tan corta, pero seguro que muy intensa.

A la mañana siguiente fuimos a ver las esculturas.

La tribu cubana tuvo la ocurrencia de irse de paseo y dejarnos solos con sus dos niñas unta-cremas y antiguas gimnastas de competición que una inoportuna y persistente lesión las hizo abandonar. Nos dejaron solos con ellas y ellas no desperdiciaron la ocasión para echarse una buena siesta. Verlas dormir de aquella manera tan voraz, nos dio sueño también a nosotros que acabamos dormitando a su lado sentados los cuatro en el sofá del salón, frente a un televisor estropeado.

Cambia mucho, y es muy diferente ver a una pareja de humanos fornicar esculpidos en piedra, decorando las paredes de un templo consagrado a algún gran dios o diosa, que verlos fotografiados a todo color con la misma técnica que los padres fotografían a sus hijos recién nacidos y a sus mascotas, gatos, perros, loros o boas constrictor. Tan diferente como ver a los monos que llenan Jaipur, llamada también “la ciudad rosa”, “montarse” sin prejuicios ni esperas.

Tan diferente como aquel pequeño rosario de musulmanas, madres, hermanas, tías, hijas, que sentadas todas en el suelo de una de las balconadas del castillo rojo de Jaipur, descansaban mientras sus maridos y sus hombres terminaban la visita turística de la fortaleza. Vestidas con los más chillones y hermosos colores, se desvelaron el velo de seda que les cubría el rostro al pasar nosotros dos frente a ellas. Fue un acto de coquetería con un par de infieles, que no podían, ni debían, ni se hubieran atrevido hacer otra cosa que sonreírles y guiñarles un ojo con picardía, mientras ellas nos sonreían también y nos decían algo en su lengua, que me gusta pensar fue algún piropo o alguna obscenidad. Las mujeres son así, se desatan cuando saben que no entiendes lo que dicen.

Mientras tanto, nuestra amiga, gordita, y rubia iba llenando todo su cuerpo de esparadrapos para evitar el contacto con las diferentes partes de metal de su ropa, fueran botones, cinturones o cremalleras, todo le producía pruritos tomateros, excepto el oro de sus colgantes. El oro era lo único que su piel sensible no rechazaba. Por eso no entiendo cómo fue que se quedó dormida en la cubierta del barco que atravesaba el Egeo, sin importarle lo más mínimo ver la salida del sol. Nosotros tres allí estábamos, embutidos en nuestros sacos de dormir bien atentos al horizonte, esperando emocionados y contentos el regreso dorado del sol.

viernes, 5 de diciembre de 2008

El peletero/Sirio



16 Junio 2007

Sirio siempre venía a recibirme. Incluso a veces me traía una rata muerta que depositaba gentil entre mis pies. Yo lo acariciaba, le rascaba la oreja y le decía cosas bonitas. Él movía la cola en señal de aceptación y comprensión, y tan contento se llevaba la rata a su escondite para devorarla después o sólo para dejar que se fuera pudriendo olorosa y perfumada.

Yo le llamaba Sirio, pero no tenía nombre. Deambulaba por los alrededores del Hotel Tsamis en busca de las basuras que varias veces al día depositaban en la parte de atrás, listas para ser recogidas por el servicio municipal.

Los expertos dicen que los nombres de perro deben contener una “o”, es aconsejable, las “os” les resuenan mucho más claras y audibles.

La mayoría de las ratas y algún que otro conejo que cazaba no se los comía, los mantenía enteros fermentándose al sol, aromáticos. Eran una señal, una tentación y un regalo. Una buena manera para atraer a las hembras, para conseguir que acudiesen interesadas. Paciente esperaba, incluso creo que olvidaba que esperaba. Olvidaba el hambre y olvidaba la soledad de perro sin dueño. Aunque yo también me olvidaba de él, nunca he logrado olvidar que esperaba y qué esperaba.

En el hotel Tsamis no había ninguna parada de autocar. La línea que cubría el trayecto desde Thessaloniki no se detenía allí. Eso me obligaba a pedirle al conductor que por favor se detuviera para poder bajar. Siempre lo hacía. Las normas no eran rígidas o no les hacían caso, y así podía apearme delante mismo del hotel.

Al abrirse las puertas ya lo oía ladrar y mi primera palabra era el grito de su nombre.

La recepcionista, una muchacha de culo más ancho que sus propias caderas siempre me sonreía rara al ver mi familiaridad con Sirio, un perro sarnoso come-ratas. Yo le miraba descaradamente el escote que mostraba generosa al llevar la camisa siempre desabrochada en sus estratégicos botones de arriba. Al verme mirar atrevido sus dos bondades, la sonrisa se le cambiaba de rara a nerviosa y a punto de convertirse en antipática. Pero algo la detenía, no sé que era, sólo sé que la señal me la daban sus gafas al quitárselas. Cuando lo hacía sabía que el peligro había pasado, y que me daría una de las habitaciones que daban al lago. Silenciosas, tranquilas y con buena vista. La diferencia entre el lado del lago y el de la carretera era la misma que había entre el cielo y la tierra.

Y yo se lo agradecía con mi mejor mal griego y ella con una sonrisa que no terminaba de colocar bien en su cara asimétrica.

Sirio también tenía su escondite en el lado del lago. Muchas noches le veía desde el balcón de la habitación corretear en busca de algo. El olor es cómo el frío, cae, se mueve a ras de suelo, repta. Por eso podía observarlo sin que él se diera cuenta.

El olor cae y repta, por eso en ocasiones también apesta.

Lo que me temía ocurrió. Un día llegué y no le oí ladrar, le llamé y no acudió.

Pregunté a la recepcionista por Sirio. “Is left”, me respondió con su inglés escolar. ¿Left?, ¿where?, le pregunté yo a su vez, en mi inglés de aeropuerto. Me contó que se lo habían llevado a una granja de visones cercana, el hermano del dueño del hotel tenía una y quería un buen cazador de ratas para atrapar las que acudían en busca de la comida de los visones. Me quedé más tranquilo, pero lo que no me gustó fue la sonrisa de satisfacción de aquella muchacha. ¿Me lo estaba imaginando o de verdad se creía la rival de un perro?

Me dio una habitación del lago sin el ritual de siempre, esta vez no había sido necesaria aquella pantomima tonta.

Al cabo de media hora llamaban a mi puerta, era ella. En cinco segundos hube de tomar una decisión trascendental para el resto de mis viajes. ¿Fachada lago o fachada carretera?

Me alegré por él, por Sirio. Estaba mucho mejor, tenía una caseta, un trabajo de responsabilidad, poca humedad, buena comida y… ¡esposa! Que pronto daría a luz.

Me olió a kilómetros, y a un par de llegar a la granja ya lo tenía ladrando a las ruedas del auto que nos llevaba allí. Paramos, nos abrazamos y lloramos los dos un poco. Luego nos repartimos los regalos. Yo le llevaba unas buenas sobras de pollo, y él a mí un ratoncito de bosque.

Murió de viejo. Su supuesto dueño me llamó para preguntarme si quería que lo enterrase. Le respondí que no, los animales no tienen tumba le dije.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El peletero agradecido/El dinero de los otros



14 Junio 2007

En algún lugar de por allí debe de haber un montículo, una pequeña montaña, no muy alta, nada importante, alguna loma.

En un día de verano, caluroso, pero no agobiante, a media tarde y ya tarde, andábamos Vanguelis y yo deambulando por los alrededores cuando subimos el cerro, sin hacer ruido y sin esfuerzo. El auto en sus manos nunca se cansaba, nunca sudaba. Hubiera podido coronar el cielo y fatigarse menos que San Pedro al dormir en sus nubes.

Al salir de una curva o de un recodo, o de una esquina, al girar, después de…

Apareció la explanada y, a lo largo de ella, Argos Orestikó, una ciudad vecina, pequeña, cercana, no tan famosa en el gremio de peleteros como Kastoriá. Pero allí estaba.

Iluminada.

La clave fue la luz, siempre lo es. La luz y el ángulo con el planeta a causa de la hora y de lo que la hora y las nubes nos dejen percibir y contemplar. Si hay suerte y te encuentras saliendo de la curva precisa en una loma que ni siquiera tiene nombre, podrás ver la lanza del diablo clavarse en la mismísima tierra y llenarla de belleza.

El ángulo debe ser agudo, bajo, a ras del suelo, el sol cayendo, desmoronándose feliz. Muriendo y anunciando a todos que resucitará. Fiel y leal. El sol, mi sol, él sí que me anuncia su vuelta, cada día, y cada día lo cumple.

Era verano y en verano los rastrojos de las niñas ya están quemados.

Era media tarde y ya era tarde, y Vanguelis y yo íbamos vagando en aquel viejo SEAT que ya había dado mil veces la vuelta al mundo. A esa hora el sol se precipita, cae casi paralelo al suelo, el paisaje luce, brilla, se revela, y tú…, como los demás seres y cosas de este mundo puedes recuperar tu alma perdida en los quehaceres del día, o tomar alguna de prestado, sin intereses que pagar, una de esas almas perezosas, vagabundas, que errantes y anhelantes deambulan solas por el mundo.

Cuando amanece puedes ver mejor el sol y si consigues fijarlo en el fondo, verás también el planeta girar. Pero cuando anochece, la tierra se te rebela en su oscuridad cercana, recalentada y que la luna no puede enfriar. En ella, las cosas devienen verdaderas y contrastadas, refulgentes y abrillantadas, corpóreas. Tan metálicas que ya nos recuerdan un árbol caído. En aquella luz, Argos Orestikó se solidificó y amarilleó con sombras marrones, delgadas, largas y huidizas. Pero nadie ni nada perdía allí su sombra.

En aquella época y en aquel lugar, el regateo de la valiosa mercancía era imprescindible y necesario, todo el mundo lo esperaba aunque el vendedor no lo deseara. Se regateaba, aunque no exactamente a la manera de un bazar oriental. Simplemente se trataba de conseguir una buena rebaja, una mejora importante en el coste.

No nos encontrábamos en ninguna subasta, donde el precio es público y la decisión de compra ha de ser rápida y en el acto. Tampoco era un pugilato ni una esgrima florentina que durase un día entero; por suerte no lo era, pero en algunas ocasiones sí que llegaba a consumir sus buenos y largos minutos, incluso a veces nos llamaba el vendedor a la oficina aceptando el último precio que nosotros le habíamos ofrecido después de habernos marchado de su taller, o éramos nosotros los que le llamábamos aceptando el suyo.

En realidad había un índice imaginario no estandarizado, y ni mucho menos oficializado, que señalaba el precio adecuado según el momento. El vendedor siempre pedía un precio superior a esa línea inmaterial y tú intentabas comprar por debajo de ella. No era solamente la ley de la oferta y la demanda, no, había una pugna y una escenificación. Aquello era una lucha entre actores donde todos trataban de disimular la necesidad y mostrar en cambio una exagerada fortaleza en la resistencia.

Eso era exactamente así, excepto en un par o tres de casos. El más destacable era sin dudad el de Caterina Papadopoulos, la mejor en su especialidad, difícil y delicada, que era la confección de piezas con las patas de astrakán swakara. Fundamentalmente negras, pero manufacturaba también en cualquier otro color; las marrones y grises mostraban siempre un degradado en su tonalidad, que resaltaba la fineza de sus olas, las olas del astrakán.

Las olas del astrakán son un mar en la piel, un vaivén peinado, un tumbo y un eco que sientes en la mirada y que sentirás en el estómago si no tienes complejos y lo tocas.

El cuero del cordero karakul swakara es fuerte, pero si eres hábil y encaras bien su ángulo puedes romperlo con los dedos. No tiene nada que ver con la flexibilidad del visón y su elasticidad de contorsionista. El visón se adapta a lo que tú le pidas, pero el astrakán sólo manda él.

El cuero del astrakán es también suave pero algo tosco y el pelo es lo más parecido al de un monte de Venus boscoso, donde los árboles se inclinan todos en la misma dirección del viento, que siempre sopla desde el mar y el océano cercano.

Caterina sabía qué es lo que había que hacer con todo ello y lo hacía bien. Muy bien. Era la mejor y la más cara. Era demasiado cara. Y los regateos, esos sí, eran interminables, crueles y despiadados.

Mujer mayor, grande y fuerte, su marido le servía los cafés que se tomaba uno detrás de otro, sin dejar nunca que ni una gota de sudor apareciese por su frente de griega doria, color paja seca, rubia oscura de cabellos hirsutos. Luego, cucharilla en mano se comía el poso de la taza sin bajar nunca la mirada. Tenía boca de hombre y sonrisa pegada a la cara.

No había más remedio que comerse también el poso del café al que te invitaba. Tal vez por eso mantenía su dentadura blanca y sana. Tal vez por eso ganaba todas las partidas; pero ella te decía en cambio, señalándose el vientre y riendo, que aquello limpiaba los bajos, los desagües y las alcantarillas. Tú reías también y al abrir la boca los demás reían contigo al verla toda sucia de poso. ¿Cómo demonios conseguía mantener la boca limpia tragándose aquella porquería?

Yo siempre iba a visitarla y siempre intentaba comprarle algo, pero nunca lo conseguía. Una vez estuvimos dos días. Me invitó a comer y a cenar con toda su familia, hermanas, hermanos, abuelas, hijos, hijas. Pero era imposible conseguir que su precio se acercase un poco, sólo un poco, a la línea imaginaria aquélla que yo tenía en la cabeza.

Hablábamos de todo, de la vida y de la muerte y algo de negocios. Del cielo y de la tierra y algo de trabajo. Hablábamos de política y de matrimonios y de pasada regateábamos. Y conversábamos de dinero, por supuesto, pero del dinero de los demás. Y de esa manera pasaban las horas, interminables y tan pesadas y lastradas como el mismísimo oro.

Hasta que un día, por fin, tomé la determinación de comprar, casi por curiosidad, un experimento. Si pierdo no seré mucho más pobre y si gano sabré algo que ahora desconozco.

No me libré de su regateo asiático. Algo íntimo conseguí en él, pero perdí, naturalmente que perdí, irremediablemente. Fue también una tortura, larga, somnolienta, calurosa y pegajosa, interminable. Cuando nos dimos las manos en señal de aceptación mutua ya me estaba dando cuenta de mi error, del mal negocio que había hecho. Alguien me estaba susurrando algo al oído que no pude entender. ¿Qué? ¿Quién?, no sé, pero oía un zumbido que más bien parecía una señal de alarma.

Normalmente cuando compras la mejor mercancía, el beneficio también es el mejor posible. Eso debería ser así. Eso es lo que queremos pensar que es. Eso es lo que nos dicen que es. Eso es también lo que deseamos que sea. Pero a veces, la mercancía es tan buena, tan extraordinaria y su precio tan alto, su coste tan exorbitante, que el beneficio, paradójicamente, disminuye. Percibes una anomalía, una contractura en la luz, quizás una trampa, una estafa sutil de la belleza. La verdad a veces miente.

Al final siempre acabas pensando que eres tú el culpable y que no está hecha la miel para la boca del asno, que es la tuya, sin duda, sucia de poso de café abisinio.

La luz que no nos llega ¿a dónde se va?, ¿se pierde en el universo? ¿O nuestros coetáneos antípodas nos la roban?

El agua quieta no hace ruido, ni el aire inmóvil, ni la tierra, en cambio el fuego no puede estarse quieto y siempre crepita. No le des ninguna oportunidad, ni a él, ni a los otros tres, cualquiera de ellos está esperando a que desistas.

Yo resistí todo lo que fui capaz. Al salir para regresar al hotel, el sol se había puesto ya, y Sirio ocupaba humilde su lugar; no me refiero a la estrella, sino a un triste y avispado perro cazador, inteligente y flaco, cuya cabeza acariciaba con cariño cada vez que me venía a recibir. Que era siempre.

lunes, 1 de diciembre de 2008

El peletero agradecido/El Gordo y ella



11 Junio 2007

Me llaman “El Gordo”, incluso aquí que no me conocen de nada. Incluso aquí, en este balneario de lujo, que también está lleno de sobrepesos, me apodan, sin ningún atisbo de originalidad ni piedad, “El Gordo”.

Quiero creer en cambio, que los que sí me conocen me llaman así para atemperar el miedo que siente al tratarme. Ellos saben que soy su beneficio, pero también su castigo, su daño y su mal, esa es la verdad. Y la verdad siempre la tenemos delante, desnuda y desnudada, desabrida y cruel. Ella no es misericordiosa ni muestra piedad alguna con nadie.

Y yo quiero ser la verdad.

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Un médico ha conseguido aquello que nadie había logrado todavía, obligarme a algo. Mi corazón le ha convencido que debía ordenarme una cura de adelgazamiento. Y aquí estoy, tomando baños, recibiendo duchas y sometido a un régimen estricto y nauseabundo.

No hablo con nadie y nadie me habla a mí. Pero…, ha sucedido algo. La directora del establecimiento me recibió para darme la bienvenida, yo quiero pagar mucho más que los otros huéspedes, y claro, se ha visto forzada a darme un trato especial.

Se asustó al verme, pero se recompuso enseguida. Adoptó un aire profesional y falsamente cálido. Yo no presté atención a su impostura, me dediqué a observarla. Tendría alrededor de los cincuenta años. Castaña, alta y esbelta de cuerpo, de ojos marrones y piel no muy clara. No escuché nada de su discurso, de sus palabras y de sus cumplidos. Seguramente esperaba una respuesta mía cortés. Como no la hubo nos quedamos en silencio, en uno de esos silencios embarazosos que los demás sienten y que yo nunca noto. Continué callado mientras ella empezaba a ponerse nerviosa, ¿Usted cree en la amistad?, le pregunté de pronto. ¿Qué?, ¿cómo dice? Que si cree en la amistad, repetí. Yo sí, yo creo en ella, creo en la amistad, afirmé muy seguro de mí.

Se quedó estupefacta. Ahora era yo el que esperaba una respuesta. Pero ella era una profesional en hablar y en no decir nada, y se repuso con una amplia sonrisa, tan hermosa y franca como falsa. Por supuesto, naturalmente que creo en ella, ¿cómo no iba a creer?, me respondió manteniendo la sonrisa perfectamente dibujada en su cara. Me alegra saberlo, le correspondí. Es una condición indispensable saber que la gente que trabaja para mí tiene amigos, se lo aseguro. Si necesita algo pídamelo, lo que sea, no tenga reparos, se sorprenderá de las cosas que puedo ofrecer, le manifesté con la mejor de mis voces también impostada.

¿Trabajo para él? ¿Si necesito algo?, debió de preguntarse sorprendida la directora.

Era yo el que había conseguido darle la bienvenida a ella y no ella a mí.

Porque a mí nadie me aloja, nadie me invita, nadie me hospeda. Yo nunca vivo en casa ajena.

Esas habían sido nuestras primeras palabras. Ya sé que estaría pensando que debía de estar loco o que simplemente era un tipo muy raro.

Mientras me hablaba y yo no la escuchaba, la miré. Me gustaron sus nudillos oscuros en los dedos, son un indicador de más cosas; de sus pliegues, de cómo su carne se doblega y su cuerpo se abate. Su maquillaje era escaso, buena señal pensé, debe tener un buen despertar. Sin embargo no sabe esconder el miedo, le cambia el olor, los perros lo deben notar enseguida. Ni la mejor colonia esconde la adrenalina. Eso me hizo sospechar que quizás no era una persona adecuada para jugar al póquer. Y esa es siempre una señal inequívoca de no saber perder.

Yo no es que tenga una nariz especial; cuando digo que la olí quiero decir que la observé con atención. De buena mirada sí que puedo presumir. Cuando a uno se le dispara esta clase de hormonas, cambia ligeramente de color. La piel se oscurece levemente y las fosas nasales se abren para atrapar más oxígeno. Es una simple cuestión de riego sanguíneo y de sudoración. La sangre inunda los capilares dérmicos y la humedad de la piel que causa el sudor, la lubrifica; ambas cosas, el sudor y el rubor, la oscurecen. Muchas veces mi vida ha dependido de estos detalles sin importancia, nacimiento, sexo, dolor y muerte, que como ya sabemos, todos ellos son aspectos del mismo suceso.

Alguien puede preguntarse cuál es el motivo para dedicar tanta atención a esa mujer, que por decir algo, no llegará nunca a ser la presidenta del país. Me da igual si me creen o no, pero la única razón era que no tenía nada más que hacer. Aquellas eran para mí una especie de vacaciones forzadas, con ninguna obligación laboral que cumplir y todo el tiempo del mundo. Cuando uno no tiene nada más que hacer puede incluso enamorarse del primero que pasa, a muchos les sucede. Pero ella no era la primera que pasaba, por supuesto que no.

La directora era una mujer de vida normal. Tenía un hijo que empezaba a tener una vida independiente. Estaba divorciada desde hacía diez años y mantenía con su ex marido una relación forzadamente cordial, aunque cada vez más distante a partir del momento en que el hijo de ambos se hizo mayor. Ahora vivía sola.

No lo sé todo, pero procuro saber aquello que me conviene, y me conviene saber qué clase de personas son las que deben cuidar de mí. Aunque ahora solamente se trataba de un divertimento, nada más que eso. Pero así y todo había que hacer las cosas bien. Yo ya había lanzado mi anzuelo, ella podía morderlo o no. Según hiciera una cosa u otra sabría mejor qué clase de mujer era.

El paso siguiente era pues esperar. Ella tal vez haría averiguaciones y yo debería facilitarle el trabajo no escondiendo nada, quería que supiese exactamente quién soy. Yo era el gusano del anzuelo.

Mientras esperaba su reacción me dediqué a flotar en la piscina. Tomaba masajes y daba mis paseos por un bosque de pinos cercano. A mí nunca me ha gustado la naturaleza, me repugnan los animales excepto cuando están cocinados, pero ahora debía caminar. Cumplía con mi gimnasia, mis duchas, mis baños de fango y algas. Y también me sometía sin rechistar al suplicio que la dietista me había impuesto. Solamente la infringía con el whisky que tomaba. Mi naturaleza me impide obedecer…del todo.

Vino a verme en la mejor de las horas del día. La siesta. Todos los demás dormían cuando la oí llegar antes de verla venir. Desde una de las butacas del salón, escuché el taconeo de sus zapatos que la precedía, y que resonaba limpio y claro en aquellos largos pasillos vacíos.

No se anduvo con demasiados preámbulos ni remilgos. Nada más sentarse en la butaca de enfrente me dijo –sin impostar la voz-:

Usted me preguntó si creía en la amistad, le respondí que sí, que creía en ella. Pero no es cierto, le mentí. No creo que exista eso que los demás llaman amistad, y ni mucho menos el amor.

¿Y por qué me cuenta eso?, le pregunté.

Se quedó callada.

Suspiré profundamente, dejé de mirarla, giré indolentemente la cabeza y detuve mis ojos en el jardín que había a mi izquierda. En el centro, rodeado de matas y flores había una sencilla fuente de la que no paraba de manar agua, vaya tontería pensé.

¿Quiere un whisky?, le ofrecí mientras se lo preguntaba. ¿Solo o con agua?

viernes, 28 de noviembre de 2008

El peletero y sus zapatos



7 Junio 2007

Era conveniente y necesario ahorrar el dinero que podía costarme el autobús. Eso significaba que debía ir y volver a pie. El trayecto sería tan largo como lo podían ser dos horas andando cuesta arriba. Un humilde ahorro para mi bolsillo que sin duda mi corazón también agradecería. Caminar es saludable, me recordaba a menudo mi médico de la sanidad pública. Ya que yo era pobre -me reí al pensarlo- al menos que fuera un pobre sano. Ya que estaba hambriento, al menos ágil. Ya que era soltero, al menos alegre. Me volví a reír mientras caminaba calle arriba. Durante un tiempo pensé que aquella excursión urbana valía y valdría la pena.

¡Caramba!, aquella muchacha vivía lejos, allí donde la ciudad se levanta, donde las perspectivas son inusuales y espectaculares. Allí también, donde las calles que bajan te muestran avaras pedacitos de mar oscuro, brillante, casi negro, debajo de un cielo azul, insultante y vanidoso.

Menchu, Merche, Conchi, Pili, no recuerdo exactamente el nombre, era una peluquería pequeña, sencilla y humilde. Estaban ella, que era la dueña, y una empleada con la cara llena de clavos, agujas y tornillos que taladraban su carne todavía tierna. Sus novios debían de ser faquires para poderla besar.

Me cortó el pelo y me cobró poco. Rubia pálida, sin un rayo de sol en la cara, años más tarde tuvo un amante con el que debía vestirse de cuero negro y usar el látigo para mantener el entusiasmo. Eso lo sé porque la gente no sabe mantener la boca callada y guardar los secretos. Si no quieres que algo se sepa, no se lo cuentes nunca a nadie.

Me cobró poco, pero yo había supuesto ingenuamente que acostarme con ella me daba derecho a que me cortara el pelo gratis, pero no, estaba equivocado. A mi también me cobró. Eso demostraba que yo no tenía ni idea de mujeres ni de economía.

Una vez a la semana peinaba y cortaba en una residencia de ancianos. Todos ellos pasaban por sus manos. Empezaba temprano por la mañana y a media tarde ya había terminado.

Tenía la boca no del todo fea y los dientes de coneja o de ratón, no sé. Y pensaba muy satisfecha de si misma que el matrimonio por interés es una aberración. Era una de esas mujeres que están absolutamente convencidas de ser unas románticas. En la peluquería escuchaba mucho y hablaba lo justo para no ser descortés y procuraba reír siempre las gracias de las clientas. Más tarde te decía que todas eran iguales, que daba lo mismo que tuvieran 15 años o 95. Pero eso solamente te lo contaba a partir del tercer gin-tónic, cuando ya se quedaba dormida en el sofá. Yo, con todo el miramiento del mundo la llevaba a la cama, la desnudaba, le colocaba el pijama rosa con angelitos infantiles dibujados, la acostaba, le daba las buenas noches con un beso en los dientes de roedora y me iba. Andando.

El bolsillo y el corazón, tarde o temprano me lo agradecerían.

¡Caramba!, esta muchacha vivía lejos de mi casa aunque muy cerca de su propia peluquería, pequeña, sencilla y humilde. Al regresar, el camino se hacía cuesta abajo, y las casi dos horas de ida se convertían a la vuelta en algo más de una. De noche no podías divisar el mar desde ninguna atalaya. Parecía que el cielo se hubiera ido al otro lado del mundo, que hubiese abandonado el Mediterráneo para iluminar el Caribe. Todo se había oscurecido tanto que ya daba igual qué era lo que veías, si una cosa u otra. Ya daba lo mismo bajar que subir. Ir que volver.

Lo que me ahorraba en autobuses serviría para comprarme un buen par de zapatos. Tanto ir y venir empezaban a desgastar los únicos que me quedaban. Un botón de la camisa caído se puede disimular. Si eres hábil con la aguja y el hilo puedes zurcir apañadamente un siete, un descosido o un desgarrón, pero es muy triste tener que colocar un pedazo de cartón en el zapato para tapar el agujero de la suela. Y ¿si la suela se desclava entera?, ¿qué haces?, ¿andar descalzo? Desgraciadamente este tipo de cosas me habían sucedido. Por eso no podía ver nunca la escena aquella en la que Charles Chaplin se come un zapato como si fuera un pavo al horno y los cordones como si fueran espaguetis.

La mayoría de las personas nunca se fijan en los zapatos que calzas, pero hay algunas que precisamente es lo primero que miran de ti. Ha de ser aquello de que para conocer de verdad a alguien debes ponerte en sus zapatos, solamente así te haces cargo de la verdadera dimensión de su vida. Ponerte en su lugar. He de reconocer que mi peluquera siempre me recriminaba el estado de los míos. Pero lo suyo no era empatía ni simpatía, ni tampoco amor por la estética y el buen gusto. Podía haber sido fetichismo, eso lo hubiera entendido, o simplemente interés por mi aspecto; no era nada de eso, solamente era malestar ante una muestra de pobreza. A pesar de ella, de mi pobreza, yo trataba de cuidarme. A veces mis pantalones podían brillar demasiado por el uso, es cierto, pero siempre estaban limpios. En alguna ocasión me habían llegado a cortar el agua por falta de pago, pero siempre había un buen amigo que me ofrecía su baño y su lavadora para lavarme y lavar mi ropa.

Procuraba sacar partido de la situación fabricándome un cierto aire bohemio que disimulaba mi falta de medios y mi precariedad económica. A mi peluquera fue una de las cosas que le gustaron de mí. Ese desaliño estudiado le agradó. Se pensó que era un poeta. Se entretenía despeinándome más de la cuenta, para así poder peinarme después. Le gustaba la parte superior de mí, mi rostro y mi cráneo, tal vez porque era peluquera, pero a medida que iba bajando se iba desalentando hasta llegar a los zapatos. Con ellos no había nada que hacer, ni siquiera cuando me desnudaba y me los quitaba, conseguía su absoluta atención, esa atención que se necesita tener cuando dos están desnudos y pegados el uno al otro. Pensaba que era un poeta.

Siempre llegaba tarde a mi propia casa. Llegaba o salía, pero tarde, siempre de noche. Si la madrugada estaba ya muy avanzada, al salir del ascensor conseguía que el dulce aroma de la pastelería vecina me cubriera como un bálsamo, era un buen presagio. El vestíbulo de la escalera y el obrador del establecimiento se comunicaban por una estrecha puerta y una rejilla de ventilación. La dura oscuridad del exterior contrastaba con la suavidad de los olores, y la paradoja se acentuaba siempre que deslizaba la mirada por encima de las podridas paredes y estucos que supuraban tristeza y abandono. Incluso una noche, la paradoja se redobló cuando, a medio metro de la puerta principal, una rata de considerables dimensiones se me quedó mirando inmóvil. Ninguno de los dos dio un paso; la sorpresa nos había paralizado a ambos por igual. Di una patada en el suelo y la rata comprendiendo que yo sólo deseaba pasar, dio media vuelta y lentamente se escondió por donde seguramente había salido. Su pelado rabo todavía asomaba por una rendija cuando cerré la puerta de la calle.

Hoy he tomado una decisión respecto a mi peluquera, se lo he dicho con mis mejores palabras, pero no sé si ha comprendido exactamente que no nos volveremos a ver más. Que no subiré otra vez el camino que lleva a su casa, que no iré a su peluquería para cortarme el cabello y que nunca más la acostaré con ternura en su cama después de su tercera copa. No estoy muy seguro, pero yo diría que no ha entendido lo que le estaba diciendo.

Hoy, después de esa conversación con ella, y al llegar tarde también a mi casa, me he encontrado con la ordinaria ironía de hallar la finca otra vez sin luz. La escalera estaba completamente a oscuras y el ascensor, por supuesto, inutilizado. Debía subir los cinco pisos a pie.

Como no fumo no tenía ni un triste mechero que me iluminara y la batería de mi teléfono móvil se había agotado. No me ha quedado más remedio que subir a tientas.

A medio camino me he encontrado con mi vecina de rellano, Angelina, con una cerilla prendida. Es una mujer que ya supera los ochenta años, es viuda, no tiene hijos y vive sola. La he hallado sentada en la escalera, tan asustada como cansada.

¿Qué haces aquí a estas horas?, ¿te encuentras bien?

No me ha respondido, solamente me ha pedido que la ayudara a terminar de subir los dos pisos que le faltaban.

Yo siempre hacía bromas con ella y con su nombre llamándola mi Ángel de la Guarda, y hoy sinceramente, me lo ha parecido más que nunca.

Cuando hemos llegado a nuestro rellano hemos tenido que abrir nuestras respectivas puertas a tientas porque sus cerillas ya se nos habían agotado, y a tientas también entrar cada uno en su casa.

Una vez dentro he cerrado.

A tientas.

Y con llave.

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He dado mi corazón a una mujer barata.
Se me pudría en las manos. ¿Quién la habría querido?
En la basura un viejo zapato
luce igual y parece un tesoro casi perdido.

Todas las muchachas finas que rondan a mi vera
no han tenido la virtud de ofrecerme el consuelo
que da un abrazo, pues el hombre no llora
por los ojos, llora por el sexo, y es amargo llorar solo.


Quiero que lo sepáis bien los parientes y amigos:
Josep Palau no es un ángel ni un niño modelo.
Si tenían de mí una imagen bonita,
ahora les ofrezco una de muy fiel.

No quiero más ficciones alrededor de mi vida.
Aquella mascarada ha durado demasiado.
Como que os angustia que os muestre la herida,
por eso dejo todavía el zapato en el estiércol.

“El zapato” Josep Palau i Fabre

miércoles, 26 de noviembre de 2008

El peletero/Y su hermano



30 Mayo 2007

Eran árboles tan altos y esbeltos que parecían cipreses, pero no lo eran, no sé qué eran, pero eran árboles altos y esbeltos que bordeaban un largo y no muy ancho camino. Cimbreantes y rumorosos cuando soplaba el viento.

De copa en copa los sobrevolaban miles de murciélagos, tan enormes y gigantes, que pensamos que eran vampiros. El cielo estaba cubierto por ellos, de un árbol a otro y de una copa a otra atravesaban las alturas por encima de nuestras cabezas también altas y esbeltas.

Al camino no se le veía el final, pero aunque polvoriento era fresco y sombreado. La brisa que soplaba por entre los árboles que lo flanqueaban, producía un suave silbido que nos acompañaba en nuestro caminar, mitad viaje, mitad paseo. Nosotros éramos dos. Yo y mi hermano. Mi hermano de sangre y de corazón.

Ambos marchábamos decididos disfrutando de la tarde y del atardecer; del declinar lento de la luz y de la noche que se aproximaba irremediable y turbadora. Disfrutábamos y saboreábamos el aroma del aire y el murmullo de aquellas miles de alas batiendo allá en lo alto. Había tantas que formaban un extraño pabellón entreabriéndose y cerrándose continuamente. Si te atrevías a mirar era fácil que se te encogiera el ánimo.

Pero ni él ni yo caminábamos solos. Nos teníamos el uno al otro. Orgullosos, contentos y alegres, los dos marchábamos juntos mientras los murciélagos y los árboles nos proporcionaban una buena sombra y las mujeres se quitaban coquetas el velo al vernos pasar.

Íbamos a buen ritmo sin ir deprisa. Marcando el paso y bailando la más humilde de las coreografías que es la de caminar uno al lado del otro. La sonrisa amplia y sincera, los ojos brillantes, y en nuestro rostro nuestra mejor cara. De vez en cuando nos mirábamos y nos ofrecíamos de nuevo complicidad y compañía.

Aquello no era Europa, ni tampoco era América, ni siquiera África, aquello era el corazón de Asia y por aquel entonces yo solamente era un muchacho joven que caminaba al lado de su hermano a través de un camino bordeado de árboles, de elefantes mansos que transportaban cosas inauditas. De vendedores de secretos todavía no revelados, de mujeres expertas en conocer el futuro y en prometer delicias y placeres, según afirmaban, inimaginables, y nunca sospechados.

Mendigos, tahúres, ladrones, gurús, santones, budas, niñas bonitas, damas intrigantes y muchachos de cabellos ensortijados y cuerpos felinos. Pieles claras, oscuras y negras. Ancianos y niños. Personas y animales. Viento y lluvia, sombra y sol. Frío y polvo. El polvo suficiente para enrojecer el paisaje.

Nadie osó tocarnos al vernos pasar. Nadie osó interrumpir o molestar. Nadie fue ningún obstáculo. Nos miraban curiosos pero siempre con respeto. Se apartaban, dejaban libre el camino.

Cuando uno camina animoso y lleno de esperanza termina por llegar. ¿A dónde? Al principio, naturalmente. Al día aquel en que mi hermano vino a verme por primera vez a la clínica donde nuestra madre había dado a luz. Él era todavía un niño pequeño y la emoción debió de ser tanta que se escondió debajo de la cama.

Ese fue el principio y ese será el final.

Mientras tanto la gente se aparta cuando pasamos. La brisa es suave, los árboles se balancean y el polvo del camino enrojece todavía más el crepúsculo que nunca termina, impidiendo a la noche llegar.

lunes, 24 de noviembre de 2008

El peletero/La Puerta de mi casa



26 Mayo 2007

Las colinas, bajo el avión, ya abrían sus surcos de sombra en el oro de la tarde. Las llanuras se volvían luminosas, pero de una luz inútil: en este país no terminan nunca de entregar todo su oro, así como después del invierno no terminan de renunciar a su nieve.

Vuelo nocturno. Antoine de Saint-Exupéry

El avión rebotaba por entre las nubes, saltaba como un niño de una a otra mientras la pobre azafata trataba infructuosamente de servirnos un café americano. Los dos pilotos se reían de los chistes que se contaban, y casi todos los pasajeros parecían rezar a Dios, a la Virgen María o al Cristo Resucitado. Yo le soy fiel a San Pedro y a San Antonio Abad, y he de reconocer que nunca me han fallado. Poseer las llaves del Cielo y haber sido tentado directamente por el diablo en persona y no haber sucumbido, son garantías suficientes de eficacia santa y predisposición al bien. Pero no sé, me parece que los dos se burlan de mi devoción, creo que no les merezco ninguna confianza como devoto y para ser sincero, quizás tengan razón. Ellos deben pensar que no se puede ser incrédulo y al mismo tiempo rezar a San Pedro y a San Antonio, pero están equivocados, claro. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?

El aterrizaje era dulce pero interminable. Eso son cosas que pasan en la vida. En el más allá, los descensos también son interminables, pero algo me hace sospechar que jamás son dulces.

Siempre me ha gustado notar que debajo de las suelas de mis zapatos no hay nada más que nada, que el suelo no puede temblar ni tampoco abrirse y tragárseme. Por eso deseaba llegar pronto para ir rápido en busca del mar, el agua también te proporciona esa sensación de no tener suelo ni techo.

Una vez que llegaba a Atenas podía ir a Sounion, a bañarme en los barrancos nudistas que daban impúdicamente la cara al mar. A una hora de autobús de Atenas, el templo consagrado a Poseidón te recibía elegante, esbelto y gentil. Pero estaba lleno de turistas y había demasiadas mujeres solas. Casi siempre acababa por irme al Pireo donde allí no iba ningún turista, y las mujeres que se bañaban en sus playas estaban todas acompañadas por sus hijos pequeños. Me gustaba verlas y mirarlas. La maternidad explícita siempre hace que las mujeres “parezcan” mucho más sensuales, aunque inaccesibles. Tal vez en eso se encontraba mi interés y mi tranquilidad. El baño sabía mucho mejor y el deseo de mi cuerpo podía sobrellevarlo con más facilidad y saborearlo como se degusta un helado de chocolate, despacio, con una languidez estudiada y calculada hasta que solamente queda el maldito palo de madera. Ése era siempre el final, injusto y cruel. Entonces me volvía a zambullir, buceaba tontamente en busca de la oscuridad y pensaba que ya era hora de regresar. El crepúsculo es difícil de afrontar cuando en las manos no tienes nada más que un palito de madera. Parece casi una burla.

Atenas es una ciudad fea, en realidad las ciudades modernas griegas, grandes, medianas y pequeñas tienen muy poco encanto estético, todas ellas. Entre el fin de Bizancio y la moderna independencia del país, no hay nada, no podía haber nada excepto revueltas, luchas románticas y esperanzas infundadas de recuperar Constantinopla y las ciudades griegas de Anatolia.

Kemal Ataturk terminó con estas ilusiones de una manera que los griegos todavía recuerdan con temor.

Esa fealdad es un atributo que bien sobrellevado se transforma fácilmente en virtud. Aunque los propios griegos no sé si son conscientes de ello, tan deslumbrados como están por la belleza irrepetible de su pasado, pagano y cristiano.

A mí, sin duda, me gustaban esas calles y esos edificios sin personalidad, baratos o demasiado suntuosos, de nuevo rico, siempre fuera de lugar. El resultado de un error, de una equivocada apreciación de las cosas. De una absoluta falta de criterio, mal hechos y apresurados. Nunca formarán parte de ningún catálogo, ni siquiera tendrán el derecho a convertirse en ruinas. Sin embargo, en ellos encontramos un verdadero afán de resistencia, son la consecuencia de una lucha noble, de un anhelo por sobrevivir, por querer cumplir un deber. Plasmado de la mejor de las maneras posibles, no en los edificios, sino en la pervivencia de la lengua. Ella ha sido la verdadera almadía que les ha permitido sobrevivir. Las palabras.

Subió, corrigiendo los desvíos provocados por el viento gracias a las señales que le ofrecían las estrellas. El imán pálido de la luz de los astros lo atraía. Había penado tanto en busca de una luz, que ahora no habría abandonado la más tenue. Enriqueciéndola con un resplandor de albergue, le habría volado en torno hasta la muerte, alrededor de ese signo del que tenía hambre. Y ahora subía hacia campos de luz.
Se elevaba poco a poco en espiral, en el agujero que se había abierto, y que se cerraba debajo de él. Y a medida que subía, las nubes perdían su lodo de sombra, se deslizaban contra él como olas cada vez más puras y blancas.


Vuelo nocturno. Antoine de Saint-Exupéry

De vuelta de la playa miraba mi piel enrojecida por el sol y la ducha fría me sabía a poco, por suerte, antes de coger el autobús ya me había tomado mi primera cerveza que indudablemente orinaba mientras me duchaba en la habitación del hotel. La tarde empezaba a declinar, abría la mini nevera, sacaba de ella mi segunda cerveza y envuelto todavía en la toalla, me tumbaba en la cama para ver oscurecer.

Mañana debía tomar el avión que me llevaría de regreso a casa.

Los soldados de aviación no tienen posesión alguna, escasos lazos, pocas preocupaciones cotidianas. Por lo que a mí se refiere, el deber sólo me exige ahora que los cinco botones de mi pechera brillen.

El Troquel. T. E. Lawrence

viernes, 21 de noviembre de 2008

El peletero/La Puerta del Infierno



23 Mayo 2007

El lago de Kastoriá son casi dos lagos en uno a causa de la península que en su centro se adentra en él, hasta poco más o menos partirlo por la mitad.

Parece una hernia estrangulándolo o una célula en pleno proceso de partenogénesis.

Muchos inviernos el lago se hiela y sus humildes y suaves olas se quedan cristalizadas en un dulce vaivén que recuerda el hechizo del cielo, donde dicen no manda el tiempo.

La ciudad y el paisaje se cubren de nieve inmaculada que muy pronto se ensucia. Andar por sus calles empinadas y circular por sus carreteras se vuelve peligroso. Es necesario utilizar cadenas y ser muy precavido. Yo tenía el privilegio de disfrutar de la habilidad de Vanguelis que sabía conducir un automóvil con una sola pierna. Es difícil de describir y creer, pero era así, tal cual lo cuento. Con Vanguelis al volante sabías que nada malo podía ocurrirte.

El sentido común indicaba que cuando helaba, todos nos debíamos de haber quedado en casa, refugiados entre las sábanas, escondidos en su calor fugaz, camuflados, como niños mal criados que aparentan estar enfermos para no ir al colegio. Pero no, la actividad de la ciudad no se detenía nunca, seguía febril, indiferente al clima y a la belleza del paisaje visto desde lejos. De cerca, la nieve es molesta, fea y, todavía algo peor, desoladora. En estos días el cielo parecía que se iba a desplomar y que nos iba a atrapar a todos como una maldición bíblica, justos y pecadores, mezclados y sin tamizar.

El Hotel Tsamis tenía una pésima calefacción, pero sí un buen hogar muy bien
provisto de leños para quemar. Por las noches todos los huéspedes nos arremolinábamos en el pequeño salón principal, buscando su calor, viendo partidos de fútbol en la televisión o jugando al ajedrez o al backgammon. Incluso las prostitutas se quedaban en él y no iban a trabajar, enfundadas en enormes jerséis de lana no paraban de fumar; en días tan fríos no tenían clientes a los que atender. Aquello parecía un caldo espeso de gente charlando, alientos húmedos, ruido y humo de tabaco.

Y cuando había suerte sonaba música.

Las habitaciones naturalmente también carecían de la calefacción necesaria, y yo me veía obligado, supongo que como los demás, a dormir completamente vestido para no congelarme; menos los zapatos, me calzaba hasta la chaqueta de piel y los guantes.

Trece maneras de mirar un mirlo

I

Entre veinte montañas nevadas,
lo único en moverse
Era el ojo del mirlo.

II

Era yo de tres opiniones,
Como un árbol
En el que hay tres mirlos.


IV

Un hombre y una mujer
Son uno.
Un hombre y una mujer y un mirlo
Son uno.


XIII

Toda la tarde era crepúsculo,
Nevaba
Y también nevaría.
El mirlo se posó
En las ramas de un cedro.

Wallace Stevens

Apenas había terminado de leer la novela de Harper Lee, “Matar a un ruiseñor”.

Mientras en mi cabeza todavía permanecía bien visible el rostro de Gregory Peck interpretando a Atticus Finch, intentaba, sin mucho éxito, releer por enésima vez el poema más emblemático de Wallace Stevens, “Trece maneras de mirar un mirlo”, aunque hacerlo allí, en aquel estridente, cálido y abigarrado ambiente del salón del Tsamis era ciertamente casi imposible. Sin embargo y quizás por contraste llegaba a ser muy sugerente la imagen de un ojo de mirlo moviéndose en la quietud helada del paisaje, vigilante y atento. Diminuto y sagaz.

Mientras todo permanece inerte, siempre hay un ojo de mirlo que mira el mundo por primera vez.

Casi no había lugar donde sentarse, aquel era uno de los inviernos más fríos que recuerdo y en el salón ya casi no se cabía. Pero tuve suerte al conseguir sitio frente a la mujer con unas de las piernas más bonitas que recuerdo. Nos habíamos visto muchas veces y muchas veces nos habíamos saludado solamente con un simple movimiento de cabeza, cuatro palabras corteses, y una sonrisa algo más que educada. Ella siempre estaba allí y siempre estaba como ahora, leyendo el periódico, con las gafas en la punta de su nariz y a punto de caérsele. La melena negra tapándole media cara o recogida detrás en una bella coleta. Sentada, medio ladeada, en una postura incómoda y en una butaca demasiado pequeña para su cuerpo, grande y esbelto. Parecía clienta del Hotel, pero no estoy muy seguro de ello. Tampoco era su dueña.

Me miró por encima de sus gafas y con una sonrisa encantadora me preguntó qué leía. Se lo dije. Ambos teníamos que levantar la voz, el ambiente era ruidoso y el televisor tenía el volumen demasiado alto.

- Léamelo, por favor.

- (Se lo leí) ¿Le ha gustado?

- Mucho. ¿Cómo es un mirlo?

- Negros creo, son unas aves americanas.

- ¿Ha visto alguno?

- Un mirlo no, pero un estornino negro lo tuve hace cuatro días, el lunes
pasado, entre mis pies picoteando las migajas que caían del bocadillo
que me estaba comiendo. Fue en Atenas, ya sabe, allí también ha
nevado, casi nunca lo hace, pero este año hasta las playas se han
cubierto de nieve. El pobre debía de estar muerto de hambre. No daba
señales de tenerme miedo y si lo tenía se lo aguantaba. No era un
ruiseñor, pero sí era un auténtico “Atticus Finch”, una bella casualidad
poética.

- ¿Es usted ornitólogo? (tono simpáticamente burlón).

- No se burle, tal vez pueda enseñarle algo que todavía no sabe.

- ¿Sí? (fingidamente desconfiada)

- Confíe en mí.

- Como usted quiera, pero… ¿qué se imagina usted que yo no sé?
(sonriendo un poco).

- Es muy fácil, usted no sabe nada de mí.

- ¿Debería saber? (sonriendo un poco más)

- Por supuesto que no, pero tampoco le haría ningún daño si me
permitiera enseñarle.

- ¿Ningún daño?, poco prometedor se muestra (sonriendo mucho).

- ¿Quiere que le duela?

- (Risas) No es necesario llegar tan lejos, hágame reír, nada más.

- Ya se ha reído, lo ve, no es tan difícil.

- (Amplia sonrisa) Dígame entonces cómo cruzar las piernas de otra
manera (removiéndose en la estrecha butaca y con una cara
fingidamente lánguida), ya llevo mucho rato sentada en la misma
posición y esta minifalda, o es muy corta, o yo tengo las piernas
demasiado largas (Suspiro).

- Vayamos a dar un paseo

- Está nevando y hace mucho frío (cara de frío, entornando los ojos y
frotándose las manos).

- Vayamos entonces a mi habitación.

- Mejor a la mía (formal y mirando hacia otro lado).

- ¿Quiere que pida vino?

- Sí por favor, y también algo para poder escuchar música. Si le apetece
podemos bailar (grave, pero mirándole a los ojos).

- Buena idea (sin apartar la mirada).

- ¿Le gustan mis piernas? (pícara, se levanta de la butaca y se ajusta y
alisa la minifalda).

- Son prometedoras (también se pone de pie).

- ¡Es usted más bajo que yo! (sorpresa)

- No se preocupe, enseguida estará usted a mi altura. (parafraseando a
Spencer Tracy)

- (Risas) No me llames de usted, llámame de tú (cara manifiestamente
fingida de niña inocente y encogiendo un poco las piernas).

- Cómo usted prefiera.

- Por cierto, (subiendo las escaleras y medio girando la cabeza) ¿a qué te referías cuando has nombrado un “Atticus Finch”?, ¿qué es eso? (curiosa).

- Abramos primero la botella de vino, (subiendo también las escaleras,
cuatro escalones detrás de ella y mirándole sus piernas asombrosamente
largas) es una historia que tiene que ver con un peletero ornitólogo.
¿Cómo te llamas?

- ¿Un qué? (intrigada)

Gallant Château

¿Está mal el haberse acercado hasta aquí
Y encontrar que la cama está vacía?


Hubiéramos podido hallar cabellos trágicos,
Ojos amargos, manos ateridas y hostiles.


Pudo haber existido una luz sobre un libro
Iluminando un verso cruel o dos.


Pudo haber existido la inmensa soledad
Del viento entre las cortinas.


¿Versos crueles? Unas pocas palabras afinadas,
afinadas, afinadas, afinadas.


Todo está bien. La cama está vacía,
Y quietas las cortinas, tiesas, yertas.

Wallace Stevens

El Hotel Tsamis no era un “Château”, se hallaba en la entrada del lado Este de la ciudad, en la misma orilla del lago. Tenía un pequeño muelle desde donde vi un día embarcar al equipo griego de piragüismo. Excepto ellos, no vi nunca llegar ni salir de allí ninguna barca, ni bote, ni lancha. Las hierbas iban ocultando aquel pequeño embarcadero, despacio, año tras año, sin que nadie se preocupara de cortarlas, de limpiar, de adecentar. El agua allí estaba encharcada, verdosa y corrupta. Nadie lo utilizaba jamás. Nadie venía, nadie se iba. Aunque más de una noche creí oír el ruido de unos remos golpear el agua. Tuve una rara premonición y no me asomé.

El Hotel Tsamis no fue nunca un “Château”, ni tampoco fue “Gallant”, pero sus camas siempre se quedaban vacías y sus cortinas quietas, tiesas y yertas.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

El peletero/La Puerta del Cielo



16 Mayo 2007

Thessaloniki tiene un bonito centro urbano, un pequeño ensanche a la barcelonesa, una cuadrícula modesta y una torre vigía que recuerda a la sevillana Torre del Oro. Ellos llaman a la suya La Torre Blanca. Desde ella arranca la extraordinaria corniche, larga y desmesurada, una de las mejores del Mediterráneo, más contundente y rotunda que su vecina y rival, la sinuosa Alejandría.

La corniche además de larga es también ancha y espaciosa, y la bordea una vía de salida, infernal y dolorosamente ruidosa.

A su espalda, la persigue una calle paralela, tan larga como ella. Una calle vulgar, de comercios baratos y raras mansiones decrépitas, destartaladas y ruinosas, viejos caserones que albergaron un esplendor efímero y siempre triste. Joyas que lo fueron pero que ya no. Excepto para según quien.

Aquí, en Thessaloniki el mar es gris y siempre está agitado y nervioso. Es un mar de color plata, metálico y dulce y delicadamente ventoso. Nostálgico. El griego es encrespado y llora rápido y fácil. El griego es sentimental, es un poeta.

Dando la bienvenida, se levanta, muy cerca de La Torre Blanca, la mole del Makedonia Palace, un imponente hotel que tiene en sus méritos cocinar una más que aceptable sopa de cebolla, tener unas enormes habitaciones prometedoras y una inmejorable vista al mar Egeo. Son también hermosas y extravagantes sus varias y grandes piscinas vacías, en invierno y en verano. Siempre desocupadas de bañistas y por supuesto de agua.

Desconciertan igualmente sus asombrosos y monumentales salones inutilizados, perpetuamente en desuso, casi abandonados. Limpios, sin una mota de polvo, decorados con amplios sofás y enormes lámparas y formidables cortinas grises, grises como el mar, colgando de altísimos techos, lejanos y lisos.

Me gustaba sentarme en una de aquellas butacas de telas de color beige que los adornaban, confortables y solitarias y contemplar el mármol blanco de su suelo. Grecia está llena de mármol como lleno está el desierto de arena. Grecia es de color blanco, Grecia es blanca y beige. El beige del polvo que se ha ido acumulando en los zapatos de los griegos.

Me gustaba la desolación de aquellos salones, su vacío y su silencio. Eran los tres tan desmesurados que simulaban perfectamente la muerte y el abandono. Me gustaba sentirme muerto, era una manera mejor de soñar, y yo necesitaba soñar.

Tan extraña ha sido la noche que parecía como si el pelo se erizara en mi cabeza. Desde la puesta del sol he soñado que mujeres risueñas, o tímidas, o locas, con susurro de encaje o género sedoso, subían mi crujiente escalera. Habían leído todo cuanto rimé de aquella cosa monstruosa que es el amor devuelto mas no correspondido. Se pararon en la puerta y también se detuvieron entre mi gran atril de madera y el fuego hasta que pude oír latir sus corazones: una es una ramera, y otra una niña que jamás miró a un hombre con deseo, la otra puede que sea una reina.

Presencias. William B. Yeats

Y después de soñar debía cumplir una tarea difícil. Ser juez y parte, y ambas cosas casan mal.

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Elegí bien el escenario. La cité en el Hotel y en la habitación esperé a que me anunciaran desde la Recepción su llegada. Cuando lo hicieron, bajé a recibirla.

No nos conocíamos, nunca nos habíamos visto ni ella llevaba ningún letrero, pero yo tenía un buen dossier suyo con muchas fotografías, la reconocí enseguida.

Nos saludamos cortésmente y la invité a que me acompañará a uno de aquellos inmensos y vacíos salones. Nos sentamos en unas de sus butacas color beige donde una gran y alargada mesa de centro nos separaba, cada uno en un extremo.

Antes de seguir he de aclarar que aquella era una entrevista de trabajo. Mejor dicho, aquella mujer solicitaba ocupar un puesto de responsabilidad en nuestra empresa y yo debía evaluarla y saber si era una persona adecuada para nosotros.

Lo habitual, la norma que se sigue en estos casos es que debíamos haberla entrevistado en una de nuestras propias oficinas, y pedirle que “viniera”. Pero no, fuimos nosotros, yo en este caso, los que nos desplazamos hasta su ciudad, donde nuestra candidata vivía. Es necesario aclarar también que nuestra empresa no era griega.

Eran las nueve de la mañana y las cortinas estaban abiertas. La luz era tan blanca como blanco era el suelo de mármol. Rebotaba en él.

No le pregunté si quería tomar algo, un café, un té, un refresco o simplemente agua fresca. No, no se lo pregunté. Lo que hice fue sacar una hoja de papel en blanco, depositarlo ceremoniosamente encima de la mesa, al lado de un lápiz y una goma de borrar, ambos por estrenar. Y le hice la primera pregunta.

¿Cree usted en el Amor?

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Thessaloniki siempre había sido para mí una ciudad de paso, nunca hice amistades importantes ni duraderas, sin embargo llegué a conocerla bien.

A pocos kilómetros de ella, en dirección al Este, se encuentra el Monte Athos, donde incluso las moscas son del género masculino. Gracias a Dimitri y a sus influencias, pues su padre era sacerdote, pude pasarme allí como invitado, invitado pagando, claro, un mes entero en uno de sus monasterios, haciendo la vida de los monjes, sus horarios, rezando con ellos y comiendo lo que comían. Fue uno de los mejores meses de mi vida.

Pero aquellos monjes se iban a dormir demasiado temprano. Por las noches me escapaba y bajaba hasta el mar para bañarme desnudo.

A la mañana siguiente me moría de sueño. Entre rezo y rezo cabeceaba. En la siesta soñaba con los Iconos que adornaban la Iglesia y entre aquellos rostros se me aparecía el de mi amiga Verónica sonriéndome cariñosa. Ella también debía de estar bañándose desnuda en algún mar lejano, azul o blanco, aunque seguro que no sola.

Antes de la cena los monjes cantaban a coro. Era hermoso oírlos. Aquellos monjes barbudos cantaban cosas maravillosas que a buen seguro Dios o alguna virgen debían oír. Y agradecer.

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UNA CANCION PARA BEBER

El vino entra en la boca
Y el amor entra en los ojos;
Es todo lo que en verdad conocemos
Antes de que envejezcamos y muramos.
Llevo el vaso a mi boca,
Y te miro y te suspiro.


William B. Yeats.

lunes, 17 de noviembre de 2008

El peletero/Natalie



12 Mayo 2007

Natalie no era una mujer, era la hija de seis años de Constandinos. La niña se había quedado con su madre en Buenos aires, y él había regresado a su país, Grecia, y a su ciudad, Kastoriá, para vivir con otro hombre, Alexis, su amante y su socio al mismo tiempo. Los dos abrieron la taberna cerca de la estación de autobuses y la bautizaron con el nombre de “Natalie”.

Una vez terminado el trabajo, Vanguelis acostumbraba a dejarme a media tarde en el Hotel Tsamis, yo pedía un taxi y me iba a la taberna de Constandinos a beber cerveza y a charlar con él. Sus años en Argentina le permitían hablar un excelente castellano y era un hombre repleto de historias y anécdotas interminables. Era alto y corpulento, al igual que su enamorado Alexis. Los dos mostraban ser unos genuinos representantes de esa raza de maravillosos baloncestistas que han dado los eslavos. Los dos, aunque griegos, eran también macedonios. Sus cuerpos tan fornidos debían provocar terremotos cada vez que se entregaban el uno al otro.

En algunas ocasiones Vanguelis también venía, le gustaba la cocinera, Anna, pero él era muy tímido para estas cosas. Había atravesado varias veces solo toda Europa con su camión de gran tonelaje, había sido contrabandista en Albania y se había jugado la piel durante los años de la dictadura de los coroneles. Era un hombre valiente, de pocas palabras, de cejas pobladas a lo Leónidas Breznev y apocado con las mujeres que le gustaban.

Otras tardes me acompañaba Christos cuando podía desprenderse por fin de su novia, ya que a ella no le gustaba ese lugar de maricones, decía siempre malhumorada. Si nos emborrachábamos lo suficiente también se nos añadía Dimitri, el cuñado de Christos, poeta y dramaturgo de cierto renombre, que para sobrevivir debía hacer de peletero y aceptar las ayudas de su suegro.

Algunas noches todos nosotros acabábamos cantando canciones tristemente alegres, y en otras, la taberna se vaciaba antes de hora y nos íbamos a dormir temprano. A veces hablábamos de política, de dinero y a veces de sexo. Y había noches que venía un muchachito que se quedaba a escuchar el cóctel de idiomas que allí se oía y que pedía vino barato y nunca decía nada. La que tampoco hablaba era Anna, la cocinera, pero se comía con los ojos al muchachito éste, que no le hacía caso, ni mucho ni poco. Era muy joven y bello, con cabellos negros y ensortijados, y su rostro apenas empezaba a parecerse al de un hombre. Hubiera podido ser su propio hijo, al menos por la diferencia de edad podía haberlo sido, pero sólo pensarlo la entristecía. Yo la miraba disimuladamente y veía su anhelo, y me fijaba en su piel, en su cuello, en sus brazos, en su escote, brillantes y húmedos. Pobre Anna, todavía era una mujer guapa, la verdad es que sí, hermosa y llena de regalos, pero...

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La noche anterior había llovido, y en los pliegues de las lonas que cubrían unos bultos medio olvidados, se había acumulado algo de agua. Fue esa agua la que aprovecharon para lavarse la cara, más mal que bien, tres hombres y una mujer. Los cuatro muy jóvenes.

Al invierno le quedaban pocos días y ya había transcurrido más de un mes desde que el lago se había deshelado, pero aun hacía frío por las noches, y aquellos cuatro habían dormido al raso.

Era muy temprano, las seis de la mañana, y yo me estaba tomando un café muy caliente con Vanguelis, en la taberna “Natalie”, cercana, como ya sabemos, a la estación de autobuses. Los ventanales eran amplios y estaban extrañamente limpios, y vimos claramente la escena desde el interior. Albaneses, ¿verdad?, pregunté.

Sí, deben haberse escapado del campo esta noche, respondió Vanguelis.

¿Y qué crees que se proponen?

Subirse al autocar que va a Thesaloniki, el mismo que te llevará a ti dentro de una hora si sale puntual, y una vez allí intentarán enrolarse en algún barco que vaya a la Europa atlántica o a los Estados Unidos. La otra posibilidad es ir hasta Igumenitsa para pasar luego a Italia por Brindisi. Antes, muchos usaban la carretera para ir a Alemania, pero ahora no es conveniente atravesar Yugoslavia.

Parecían unos mendigos, sucios y harapientos, pero había en ellos algo infrecuente. Los cuatro parecía que repetían los mismos gestos, casi al unísono. Y además, me sorprendieron sus movimientos de manos y de cuerpo, eran muy precisos, delicados, nada bruscos, eran elegantes. Hace mucho tiempo conocí a un bailarín que no andaba, se deslizaba. Esos cuatro también parecían ir en patines.

Tres de ellos entraron en la taberna donde estábamos, el cuarto, uno de los hombres, se quedó fuera.

Vanguelis se dirigió a la muchacha y le preguntó educadamente en albanés cómo se llamaba. La chica se sobresaltó. ¿Cómo te llamas?, insistió. Uno de sus compañeros respondió por ella, Natalie, se llama Natalie, dijo de manera cortante y también en albanés.

Pidieron cuatro cafés. Constandinos se los sirvió con aire sorprendido. Allí mismo se los bebieron, pagaron con dracmas, y se llevaron el que sobraba para su amigo que los esperaba en la calle.

Nada más salir aquellos tres, Vanguelis dijo, no son albaneses. ¿No?, ¿cómo lo sabes?, le pregunté.

El acento no es albanés, no sé qué son, pero albaneses no.

¡Natalie!, ha dicho que se llamaba Natalie, como mi hija, dijo Constandinos con cara de padre, ¡qué casualidad!, ¿verdad?

No hombre, no, le respondió Vanguelis, “Natalie” como la taberna, que es lo que han leído en el letrero que tienes afuera y que es lo que han repetido aquí dentro.

Claro, estos cuatro deben ser rusos o serbios, dijo Alexis. Yo creo que son americanos, oímos que decía Anna, desde detrás de unas ollas. La muchacha se parece a una artista de cine americano, ¿cómo se llamaba?, sí, una que murió ahogada, muy guapa, morenita, una que hizo una película de bandas callejeras, un musical.

Natalya Nikolaevna Zakharenko, oímos que decía alguien desde el fondo de la taberna. Era el muchachito aquél que nunca decía nada, el que venía a escuchar y a tomar vino barato. Se había mimetizado entre las mesas y sillas y nadie le había prestado atención. Ni siquiera Ana se había dado cuenta de su presencia.

¿Quién?

Natalie Wood. Queréis decir Natalie Wood, repitió alto.

Sí, eso es, Natalie Wood, ahora la recuerdo, ¿era rusa?

No, no era rusa, era una belleza.

El muchacho se levantó para irse y al pasar por mi lado, me dio con una leve sonrisa, un papel doblado. Todavía lo conservo.

Tomé el autocar que me debía llevar a Thesaloniki, y sí, en él se habían subido también aquellos cuatro albaneses, servios, rusos o norteamericanos. Efectivamente, la chica era igual que Natalie Wood. Cuando paramos a medio camino para estirar las piernas me acerqué para hablar con ella, pero ésta es otra historia que de momento no hace al caso.

Para permanecer

Debía de ser la una de la noche,
o quizás la una y media.

En un rincón de la taberna
detrás de la mampara de madera.
Aparte de nosotros dos, el local estaba vacío del todo.
Una lámpara de petróleo apenas lo iluminaba.
El camarero, que hacía el turno de noche, dormía tras la puerta.

No nos veía nadie. Pero
ya nos habíamos excitado de tal manera
que prescindimos de cualquier precaución.

Los vestidos entreabiertos – no había demasiados,
porque abrasaba el divino mes de julio.

Placer de la carne
por entre las ropas medio abiertas,
apresurada desnudez de la carne… Y su visión
ha traspasado veintiséis años. Y ahora llega
para permanecer en este poema.

Konstandinos P. Kavafis