miércoles, 15 de abril de 2009

El peletero/El Gordo y mi viejo profesor (y 4)



7 Febrero 2008

Mi profesor no fue el primer asesino que conocí, pero sí el primer catedrático de Historia del Arte que lo era.

Siempre llegaba a clase con un pájaro encerrado en su jaula, lo colocaba encima de la mesa y empezaba la disertación. Anclado en aquella silla de ruedas sus palabras atronadoras se entremezclaban con el canto del animal.

En una ocasión le preguntaron por qué traía un pájaro al aula. El respondió que aquello era una clase de Historia del Arte y que ya deberían saberlo. Al ver la cara de ignorancia juvenil que ponían sus alumnos les conminó a que en el plazo de una semana le dieran una respuesta por escrito, advirtiéndoles de entrada que la pregunta estaba mal hecha, que debían empezar por reformularla debidamente, quizás así hallarían la respuesta correcta.

El resultado debió de ser tan desalentador que jamás se dignó hacer ninguna mención ni comentario de las respuestas, ni nadie tampoco nunca se atrevió a pedírsela.

Su desdén y soberbia infundían temor. Por eso, la estupefacción fue enorme cuando lo expulsaron de la Universidad por haber falsificado su titulación académica. No era Doctor en Historia del Arte, lo era en Medicina Forense. Era ridículo, aunque sin duda burocráticamente sí era importante. Su solvencia intelectual y profesional a pesar de ser extravagante, era también indiscutible. Sin embargo nadie le defendió, el rechazo psicológico que producía en los demás su extraña personalidad ahogó cualquier posible voz amiga.

Él también calló. Dos meses más tarde asesinó al rector de la Universidad. Esta vez la sorpresa fue, claro está, mucho mayor. Tanto por el crimen en sí como por las circunstancias.

No le fue fácil a su abogado defensor conseguir que fuera aceptado el criterio de crimen pasional y la atenuante de enajenación mental transitoria. Lo logró gracias a que el muerto había sido un hombre y no una mujer. Una vez cometido el asesinato, él mismo se presentó a la policía. Llegó a la comisaría todo ensangrentado y con una fotografía en la mano. En ella se veía al pobre rector abatido encima de la mesa del comedor de su casa, con el cuello rebanado con el cuchillo de cortar pan.

Al lado del muerto se hallaba él, Miguel Zweifel, sentado en su silla, manchado de sangre y mirando a la cámara. De su enorme mano derecha sobresalía la pequeña cabeza de un jilguero.

Esa era la escenografía, la historia en cambio fue mucho más vulgar. Amante durante años de la esposa del rector, al descubrir éste la relación adúltera de su mujer, decidió expulsarlo haciendo uso de la falsificación del título académico, y que según parece ya conocía y que hasta entonces había estado preservando no sabemos por qué.

Por ese asesinato le condenaron a veinte años de los que únicamente cumplió esos diez.

Todo el mundo recuerda el jilguero de la fotografía y el que mostraba enjaulado en el aula de la Universidad. Pero todos han olvidado aquel cuento de los hermanos Grimm que nos contaba cada lunes. Mejor dicho, olvidado seguro que no, pero nadie hace mención de él, sí del pajarito, no del cuento. El jilguero parece encerrar una extravagancia, el cuento una enseñanza moral.

El afirmaba que era de los hermanos Grimm, pero quizás no. Tal vez lo ampliaba, lo rellenaba, lo cambiaba a su conveniencia y lo alteraba a su gusto. Es posible que fuera de su invención y que se lo atribuyese a otros, por una extraña humildad en él, o para darle una autoridad que creía que él no era capaz de dar.

Es una fábula curiosa donde el diablo aparece como un benefactor de los hombres, es la buena suerte personificada. Todo el mundo halla aquello que desea, dinero, amor, juventud. No en forma de petición o de respuesta a los tres típicos deseos del genio de la lámpara, así no. Tampoco ofreciendo algo a cambio, no se realiza ningún trato con el diablo, nadie vende su alma. Es la suerte diaria, ésa que no buscas y encuentras, y que naturalmente, no rechazas. El dinero caído del cielo, o bien obtenido en una lotería, el dinero sin esfuerzo.

Es también el amor de Cupido, la belleza de Adonis, Apolo y Venus, es su gracia, es su don, su garbo, su elegancia. Son sus hermosas y perfectas proporciones. Es su voz aterciopelada. Es el cuerpo soñado, tan, y tan deseado. Es el poder de ser querido. Es la pregunta adecuada, aquella, que precisamente es la única que sabes responder. Es el regalo que esperas, el que crees que necesitas. Aquello que estás seguro te falta.

Ése y eso es lo que el diablo del cuento te da. A cambio de nada, sin tratos, acuerdos ni pactos. No pide tu alma. A medida que vas obteniendo todos esos dones se la vas entregando sin apenas darte cuenta. Esa felicidad soñada la va mancillando y emponzoñando. Esa belleza que cualquier espejo refleja, te va desdibujando, emborronándote el rostro, eclipsandote, ahuyentándote, desechándote. Cuando te das cuenta, la ira y el llanto, incluso la dolorosa tristeza, se apoderan de tu corazón para siempre.

Puedes librarte de esa pena momentáneamente, apenas unos instantes. ¿Cómo?, para eso necesitas un cachorro, un lobo recién nacido.

El cuento lo repetía cada lunes de cada semana de todos los meses lectivos. Lo recitaba con los ojos cerrados, deprisa, pero sin ir rápido, igual que si rezara. Mirando la ventana que había a su derecha y que daba a un jardín descuidado.

Un jardín solitario.

________________________________________________________

Estaba clareando y los árboles ya parecían árboles y no ángeles amnésicos.

Pronto enlazaríamos con la utopista que nos llevaría a la ciudad.

Ya veíamos a otros autos, camiones y motocicletas, que se cruzaban con nosotros o nos adelantaban.

La carretera empezaba a poblarse.

No había llovido pero el suelo estaba mojado.

La noche había sido fresca y el rocío aquí era más peligroso que una virgen atlante. Una virgen imposible. No por virgen, por atlante.

Morena.

De ojos llorones, más para los demás que para ella.

De ojos marrones, más para ella que para los demás.

Pero mi chófer era bueno y sabía patinar si era necesario. Sin pestañear.

Con elegancia.

Cada vez había más luz, cada vez había más.

Había tanta luz que el sol terminó por salir.

Entonces me dormí.

Y soñé.

martes, 14 de abril de 2009

El peletero/Una ausencia interminable en cuatro partes y una canción



4 Febrero 2008

Para ti, flor vanidosa, que no quisiste vivir en mi casa nueva.

Tengo una casa en el campo
pensada para ti,
con el techo de marfil
y la cama con tu aroma.
Para ti Blanca Paloma
guardo yo… la flor de lis.


(Barcelona, 4 de febrero de 2008)



PRIMERA PARTE

FRAGMENT

as for him who finds fault may sillines and sorrow overtake him when you wrote you did not know the power of your words


(William Carlos Williams) (1)

SEGUNDA PARTE

Hace años que me dedico a la crónica judicial y no sé, no me gusta la cara que veo en el espejo cada mañana cuando me levanto de la cama.

“Tengo mucho frío”, fue la nota que entregó al juez cuando éste, al final de la vista, le preguntó si tenía algo que declarar. Una vez en su mano la leyó para sí, abrió los ojos más de la cuenta, dudó un instante y acabó archivándola con los demás documentos del sumario.

El abogado defensor no protestó ni exigió que se leyera en público. Durante toda su defensa él también había ido siendo depositario de un sin fin de papeles y notas manuscritas de su defendida. Nadie consideró, y tampoco el fiscal, que fueran pertinentes en aquella causa.

El veredicto fue de culpabilidad.

¿El crimen? No tiene ninguna clase de importancia y no viene al caso.

“Tengo mucho frío” fue también la última frase que pronunció cuando la policía la detuvo. Después no volvió a pronunciar ninguna palabra más. Aunque no paró de escribir papelitos con frases sin sentido.

La mañana que la detuvieron estaba toda ella manchada con pintura roja, pinceladas de brocha gorda.

El suelo y las paredes rezumaban pintura roja por todas partes, eso confundió a la policía e hizo pensar en un primer momento que la muchacha aquella se estaba desangrando, pero no, el rojo sólo era pintura plástica de paredes.

Cuando conseguí hacerme con todo el sumario, una vez finalizado el juicio, hallé entre muchos de esos papeles manuscritos que se habían añadido, una carta que parecía que ella misma había escrito a alguien, lo que no sé es si llegó a ser enviada.

Era su letra, y la carta decía:

Yo, mi amor soy toda tu rosa. Con mis espinas, con mis hermosos pétalos abiertos para ti, aquí estoy. Esperándote, feliz y ansiosa, esperanzada y exultante...todo a la vez. He iniciado un conteo regresivo, no es solo tu arribo, es tu llegada a mi vida, que espero de todo corazón, sea definitiva.

Yo no entiendo -y tampoco me ocupo de entenderlo- como te puedo querer y extrañar y necesitar tanto sin haber visto aún la luz de tus pupilas. Es únicamente una certeza en el corazón y por primera vez en la vida le voy a hacer caso, sin importar las consecuencias, sin medir los pasos, sin calcular los besos y los abrazos.

Estaré allí, deseando verte mientras el corazón se me sale del pecho con su latir acelerado. Pero también quiero que te sientas tranquilo porque te voy a cuidar y a proteger, aunque no lo necesites. Es sólo una manera de darte la bienvenida y decirte que mi corazón es también tu hogar.

Hoy me hiciste falta. Muchísima falta. Agradezco el amor que recibo de la gente que me quiere porque el cariño siempre es una fortuna, pero no estabas tú y en tanto eso pase siempre habrá un resquicio por donde se cuela la añoranza.

Son las 11:48pm, del 4 de febrero de 200…, me he escapado un ratito porque no quería que mañana –tu hoy- dejaras de encontrar algunas palabras mías para ti. Te quiero mucho mi corazón, mi señor, mi príncipe, mi rey, mi esclavo, mi tesoro, mi sol, mi cielo, mi vida, tú.

Su rastro lo podemos seguir desde el hospicio de San Antonio. Los archivos, después de cerrarse el orfanato, han ido a parar al Obispado y allí, según parece, continúan.

Su historia no tiene nada que ver, pero por alguna razón extraña, que sé y conozco, pero que tampoco viene al caso contar, ni aquí ni ahora, me recuerda mucho a otra, aunque distinta de dos hermanos que también vivieron en aquel hospicio de San Antonio, ya clausurado y desmantelado.

Allí también guardaban sus fichas y allí llegaron, según parece los dos. Ella casi recién nacida en los brazos de su hermano, apenas seis años mayor. Envuelta en sábanas todavía sucias por la sangre del parto y con el cordón umbilical mal cortado.

Carlos, ese era el nombre que el niño decía que tenía, la llevaba como si fuera él su propio padre, o peor, como si fuera él quién la hubiera parido. A la niña la bautizaron con el nombre del santo del día. Y allí permanecieron ambos, hasta que Carlos, a los catorce años, escapó, pocos días después de muerta su hermana de tuberculosis.

Lo encontraron al cabo de un tiempo, sucio y medio muerto de hambre, tirado al lado de un enorme árbol centenario.

De regreso al hospicio no quiso comer. Un peletero, hermano de una de las monjas que dirigían el hospicio, se acercó hasta allí, se sentó al lado de su cama y ambos, el niño y el hombre, se miraron.

El peletero, que no tenía hijos, tuvo la buena idea de pedirle a un guitarrista y cantaor gitano, que conocía, que lo acompañase.

Toca, le dijo a su amigo.

Y el flamenco empezó a rascar las cuerdas.

Al niño, ya adolescente, se le abrieron los ojos. Y el peletero le dijo:

Si quieres hablar, habla. Yo te escucho.

Así estuvieron cerca de unos ocho meses. El muchacho empezó a comer, poco, y también empezó a hablar, poco.

Después murió.

Años más tarde, el peletero publicó un pequeño libro de poesías inspirado en las palabras de Carlos, aquel muchacho, todavía niño, que se le murió entre las manos mientras un guitarrista gitano le cantaba una canción.


TERCERA PARTE

Ese peletero medio poeta, que de lo único que estaba orgulloso era de haber dejado de fumar y de conseguir que se mantuviera intacto el amor que su hermana monja sentía por él, ese peletero, decimos, era un esforzado aficionado al arte y se embriagaba con las excelentes lecturas de buenos expertos en música, poesía o pintura.

Así pues, siendo por unos instantes él, y usurpando su personalidad en el bien entendido de adivinar su pensamiento -siempre nostálgico, siempre lejano, yéndose, diría él-, se nos permitirá hablar de un interesante análisis del buen especialista barcelonés, Félix de Azúa, profesor de estética de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Barcelona y famoso articulista y polemista en los periódicos del país.

De él queremos comentar un texto corto, escrito a propósito de la antigua y larga tradición de pintar Venus tendidas en un lecho. Desde Giorgione y Tiziano, hasta Manet. Su título es: “Como el perro y el gato” y aparece en el libro del mismo autor, “CORTOCIRCUITOS. Imágenes mudas”.

La razón de citar sus palabras es la consecuencia de una rara casualidad y el resultado de un rocambolesco azar, de eso que ahora se llama, pensamiento lateral, y que enlaza unas ideas con otras sin la más mínima lógica aparente entre ellas.

Eso ya lo inventaron los surrealistas con sus famosos “cadáveres exquisitos” y descubrir en esos “difuntos”, las insospechadas y sorprendentes relaciones que se establecían entre las palabras. Igual que la rara correspondencia entre vida y muerte.

El inicio del milagro está en un corto poema de Federico García Lorca, leído entre aglomeraciones de gente y en un lugar y momento inadecuados. Un suburbano en hora punta un lunes laboral. El poema se titula “Remansillo” y dice así:

Me miré en tus ojos
pensando en tu alma.

Adelfa blanca.

Me miré en tus ojos
pensando en tu boca.


Adelfa roja.

Me miré en tus ojos.
¡Pero estabas muerta!.

Adelfa negra.

Recordamos que la “adelfa” es la flor de una planta venenosa, y que ella podría ser perfectamente uno de los muchos poemas que pueblan “Las flores del mal”, del famoso poeta francés, Baudelaire. No sé si el francés cita esa flor, pero Azúa cita al francés.

En ese interesante capítulo que acabamos de mencionar, su autor se detiene en la disposición y en la estudiada puesta en escena de los diferentes elementos que intervienen en la composición de este tipo de pinturas de Venus recostadas. De sus elementos iconográficos, lumínicos y sombreados. Y también se detiene en la pura técnica pictórica que permite pintar, de una manera u otra, los senos y los ombligos femeninos. En definitiva, la carne.

En su interesante examen, Azúa nos cuenta el deambular histórico, de seres y cosas que acompañan a esas divinas protagonistas. Entre todos ellos, ese innumerable arsenal de cosas y seres que acompaña a la diosa, los más importantes, aparte de ella misma, son los perros y los gatos.

Al final del ensayo, nos revela que dos grandes mujeriegos y al mismo tiempo dos grandes misóginos también, como lo fueron Baudelaire y Manet, intuyeron, que era un “emblema de la modernidad” el desalojo iconográfico del perro, típico acompañante de tales Venus, por un gato que lo sustituye. Una señal inequívoca, según ellos, de que “la vampiresa con iniciativa sexual iba a sustituir a la cortesana sexualmente pasiva”.

Para ilustrar su tesis nos ofrece un poema de Baudelaire, que nosotros transcribiremos aquí. El poema se titula “Le Chat”, y es el número 33 de su libro “Les fleurs du mal”.

LE CHAT

Viens, mon beau chat, sur mon coeur amoureux ;
Retiens les griffes de ta patte,
Et laisse moi plonger dans tes beaux yeux,
Mêlés de métal et d'agate.

Lorsque mes doigts caressent à loisir
Ta tête et ton dos élastique,
Et que ma main s'enivre du plaisir
De palper ton corps électrique,

Je vois ma femme en esprit. Son regard,
Comme le tien, aimable bête,
Profond et froid, coupe et fend comme un dard,

Et, des pieds jusques à la tête,
Un air subtil, un dangereux parfum,
Nagent autour de son corps brun.
(2)



CUARTA PARTE

El 27 de enero pasado, Joan de Segarra nos cuenta en su crónica de cada domingo de la Vanguardia, que el 31 de enero de 2008 se cumplirían años, exactamente 50, del triunfo del cantante italiano, Modénico Modugno, en el festival de San Remo, con la canción “Volare”.

Esa crónica, como todas las suyas, está escrita desde un sentimiento que pocas personas saben apreciar y comprender, que es la ironía tierna, el sarcasmo dulce o duro, enfadado o directamente irritado. La acidez del whisky en el estómago y la amistad en el vientre. Todo aquello que impregna la nostalgia, la verdadera, la de aquellas personas que cultivan su memoria y los recuerdos que la pueblan, con el desapego que produce saber que cada día es un regalo, o una propina como decía Pla. Eso lo conocen muy bien los portugueses y los gallegos, es inevitable, creo, no tienen otro remedio que ser nostálgicos frente a esa barbaridad marina que disfrutan frente a sus almas.

Segarra, es catalán, y el Mediterráneo apenas da para una mala leche, que no es más que leche agriada. El catalán no siente nostalgia de nada, el catalán se enfada, aunque sepa que eso no sirve tampoco para nada más que nada.

Normalmente es así, a no ser que uno tenga vocación de poeta. Si se es bueno podrá evitar eso que tanto tememos los catalanes, hacer el ridículo. Si se es malo, mejor morir frente a un pelotón de fusilamiento, eso sí sabemos hacerlo bien los catalanes, igual que el resto de los españoles, morir fusilados. Todos sabemos que media España se ha dedicado a fusilar a la otra media, pero nuestro Presidente Lluis Companys, político segundón y un peligroso irresponsable, supo, valga la expresión, inmortalizar un modelo de fusilado que todos los catalanes tenemos grabado, a sangre y fuego, en nuestras historias de infancia. En el vetusto castillo de Montjuich que vigilaba a la ciudad, procurando señalarle con su cañones cuál es el buena camino a seguir, en uno de sus antiguos fosos y de cara a los pobres muchachos que le iban a acribillar a balazos, pidió que lo descalzaran, quería que la planta de sus pies tocara el suelo de su patria, de su Catalunya. Fue una buena, teatral, humilde, ética y estética muestra de que un saber morir redime errores del vivir.

Pero nosotros estábamos hablando de cantantes italianos, cantantes de ésos que llevan bigotes finos y que ganan primeros premios en festivales de canción con melodías y letras tan hermosas como esa de “Volare”.

Segarra nos cuenta que “Volare” inauguró también un camino todavía poco transitado, el del cantautor. Y que esa canción respondía a un anhelo moderno y a una sensibilidad quizás nueva también, al menos en la forma.

No somos unos expertos en música popular, ni tampoco en música culta, pero nos gusta, como ha quedado claro en múltiples ocasiones, la manida metáfora del vuelo. Tan usada que muchas veces pierde emoción y sentido poético, excepto… para todos aquellos que verdaderamente han sido pájaros y han volado más allá de las nubes, con cara de puerco, con cara de tonto, o con cara de simple imbécil.

Los pájaros altos saben qué hay más allá, saben también qué hay más allí. Los pájaros altos saben como aquél viejo piloto de la segunda guerra mundial que aparece en “El peletero/La historia del silencio”, que el final siempre es la caída, una caída que todos esperamos no tenga nunca suelo.

Pero hablamos demasiado para que en ese final nadie nos escuche. Que nadie se moleste al leer esas palabras, no es desprecio, no es ofensa ni es rechazo de vuestra compañía, pero no sois esa “para ti” del inicio.

En todo caso es mejor que callemos y transcribamos la letra de la canción.

Penso che un sogno così non ritorni mai più
mi dipingevo le mani e la faccia di blu
poi d'improvviso venivo dal vento rapito
e incominciavo a volare nel cielo infinito


Volare oh, oh
cantare oh, oh
nel blu dipinto di blu
felice di stare lassù
e volavo, volavo felice più in alto del sole
ed ancora più su
mentre il mondo pian piano spariva lontano laggiù
una musica dolce suonava soltanto per me


Volare oh, oh
cantare oh, oh
nel blu dipinto di blu
felice di stare lassù
ma tutti i sogni nell'alba svaniscon perché
quando tramonta la luna li porta con sé
ma io continuo a sognare negli occhi tuoi belli
che sono blu come un cielo trapunto di stelle


Volare oh, oh
cantare oh, oh
nel blu degli occhi tuoi blu
felice di stare quaggiù
e continuo a volare felice più in alto del sole
ed ancora più su
mentre il mondo pian piano scompare negli occhi tuoi blu
la tua voce è una musica dolce che suona per me


Volare oh, oh
cantare oh, oh
nel blu degli occhi tuoi blu
felice di stare quaggiù
nel blu degli occhi tuoi blu
felice di stare quaggiù
con te


Frente a eso es mejor callarse y no decir nada más, excepto recordar el color, Azul, color que ha dado nombre a miles de cosas, muchas de ellas desprovistas de esa “azulidad”.

Pero eso…

tanto da, ¿verdad?


Y LA CANCIÓN

No hemos sido capaces de hallar una trascripción de los textos cantados por María del Mar Bonet y Miguel Poveda. Éste es un trabajo titulado “Els treballs i el dies, Colombiana” y recopila letras provenientes de la tradición popular y oral. Así pues, la nuestra es libre, y seguramente que equivocada, pero fieles a la misma lógica de la tradición oral, en la cantada se inspira, y si no es fidedigna, a nosotros nos gusta.

Ésa ya es una razón suficiente.

Como lo es también que en ocasiones muy esporádicas coloreemos, Alberti y otros lo hacían, nuestros textos, a pesar del peligro evidente de ser cursis y kitsch. Pero ésas son canciones marineras, y aunque la casa está en el campo, a la Blanca Paloma sin duda le gusta el mar, ése que te lleva inevitablemente al… otro lado. Ese lado fatal. El Atlántico parece el lago Estigia visto desde Europa.

Se nos perdonarán unos pequeños cambios que hemos realizado en el tercer verso.

Me gusta por la mañana,
después del café bebido
pasearme por la Habana
con mi cigarro encendido
y comprarme un papelón
de esos que llaman diario
y mirar la población
como si fuera un millonario.


De la Habana són vinguts
en un barco català,
germans meus, germans meus
ahir vaig deixar
l’amor meu i la salud.


Tengo una casa en el campo
pensada para ti,
con el techo de marfil
y la cama con tu aroma.
Para ti Blanca Paloma
guardo yo… la flor de lis.


Quan serem en el mar blau,
pensant en una quimera,
recordau-vos quin temps era
recordau-vos quin temps era
quan jo era marinera
i vos… patró de la nau.






Este es el enlace de youtube en el que María del Mar Bonet y Miguel Poveda cantan en la 19ª edición del Mercat de Música Viva de Vic. Teatre Vigatá de Vic (Barcelona), 12 de septiembre de 2007. “Els treballs i els dies. Colombiana”

http://es.youtube.com/watch?v=kyE65gAtToQ


TRADUCCIONES

(1) FRAGMENTO

igual que
a aquel
que censura

la estupidez
y la pena
pueden rebasarlo

cuando escribiste
no sabías
el poder de

tus palabras

William Carlos Williams
“Cuadros de Brueghel”
Traducción de Juan Antonio Montiel

(2) EL GATO

Ven, hermoso gato, sobre mi pecho amoroso: retiene
las garras de tus patas y déjame sumergir en tus hermosos
ojos, en los que se mezclan el metal y el ágata.
Cuando mis dedos acarician a su antojo, tu cabeza
y tu lomo elástico, y mi mano se embriaga con el placer
de palpar tu cuerpo eléctrico,
veo a mi mujer en espíritu;
su mirada, como la tuya, amable bestia, profunda y
fría, como un dardo hiende y corta,
y, de los pies
a la cabeza, un aire sutil, un peligroso perfume,
flota alrededor de su cuerpo moreno.

Charles Baudelaire
"Las Flores del Mal"
Traducción de Ulyses Petit de Murat

(3) VOLARE

Pienso que un sueño parecido
No volverá mas
Y me pintaba las manos
Y de improviso el viento rápido me llevó
Y me hizo volar en el cielo infinito

Volare oh oh
Cantare oh oh oh

Nel blu dipinto di blu
felice di stare lassu
E volando, volando feliz
Yo me encuentro mas alto
Mas alto que el sol
Mientras el mundo se aleja despacio
Despacio de mi
Una música dulce tocada
Sólo para mi

Modénico Modugno
Traducción libre de Gipsy Kings

La flor de lys



Your shadow is my soul

sábado, 11 de abril de 2009

El peletero/El Gordo y mi viejo profesor (3 de 4)



1 Febrero 2008

Lo vi antes que él a nosotros. Allí, en medio de la carretera, frente al auto, y más allá de la luz de nuestros faros.

En plena oscuridad, había algo todavía más negro.

Se movía.

Se giró para mirarnos. Era ciego, pero nos veía.

Saltó y desapareció por entre los árboles.

Al pasar nosotros las ramas todavía batían.

En algún rincón seguía estando, quieto y palpitante.

Mi chófer no se había dado cuenta de nada.

Seguimos nuestro camino, y nos alejamos.

No es la primera vez que los veo, son inofensivos; ángeles que han perdido la vista y la memoria de tanto amar a los humanos. Son miedosos, enseguida se asustan y huyen.

Yo conozco a uno que todavía resiste y conserva su condición original, aunque cada vez es más cínico. Lleva muy mal vernos morir, se llama Caín y le gusta ser una máquina, le gusta el metal. Yo creo que me miente, lo que realmente le gusta es la carne, pero teme olvidar. ¿El qué?, le pregunto yo. A todos a los que he visto morir, me responde.

Entonces me callo y miro cómo se desvanece,

cómo lentamente va perdiendo el color,

como si lo estuviera olvidando.

Los árboles seguían mostrándome su sombra, parecía que nos guardaran del bosque, del corazón de la tiniebla.

No había nada que temer.

En esa seguridad regresé a mí, para seguir recordando a mi viejo profesor.

“De joven estudié y me doctoré en Medicina Forense, pero toda mi obra escrita y mi actividad docente ha estado dedicada al Arte. También empecé estudios de Arqueología, pero esta es una disciplina que requiere esfuerzos comunes, equipos organizados de personas y subvenciones económicas y a mí no me gusta conversar, colaborar, ni pedir limosna. También estaba el barro y el polvo, el sol y la lluvia, demasiada naturaleza para alguien que admira la arquitectura. Abandoné esos estudios pronto, al fin y al cabo, tarde o temprano, todo acaba bien ordenado y colocado en las vitrinas de los museos.

Algunos perspicaces los han comparado con los cementerios y lo gracioso es que tienen razón. Todos los museos tienen algo de Campo Santo. Eso es un lugar común, la comparación entre un museo y una necrópolis es tan antigua como el arte de embalsamar, pero en fin, es así.”.

“La cárcel no es un museo, es también un cementerio donde te pueden volver a matar. En ella supe que no hay una sola muerte sino varias. Pero yo no tenía miedo, era el más fuerte porque era el único que no quería huir de allí. La cárcel era un refugio, un escondite excelente. Estaba encerrado como en una pintura, petrificado en óleo, embalsamado en aceite. Las momias son mojones, señalan los límites, los umbrales, son una escultura. Una cosa absolutamente inmóvil”

“Entré maduro en la cárcel, casi viejo. Salí ganando al cambiar espacio por tiempo. Cuando viajas deprisa el cerebro se te despega del cráneo. Pero yo no me muevo. En la cárcel, como ahora mismo que viajo a velocidad cero, el tiempo se dilata, ocupa todo el volumen y las cosas que hay en él. Se detiene y acabas convertido en una instantánea, en una pintura”.

“Siempre he detestado las cosas que se mueven demasiado porque son efímeras, se consumen, se gastan y duran poco. Lo bueno tal vez sea breve, pero lo mejor es eterno”.


Eso es casi todo lo que recuerdo de sus palabras.

Un día alguien encontró su cadáver. Según la autopsia, la muerte por hipotermia tuvo lugar mes y medio antes. Lo encontraron muerto de frío en su jardín que no era otra cosa que un triste y destartalado patio trasero. Estábamos en invierno y tal vez quiso morir congelado. Ironías aparte, cuando lo hallaron ya apestaba horriblemente. El hedor había alertado a los vecinos. Era de noche cuando me llamaron y me dieron la noticia.

En aquella época, todavía muy joven, yo trabajaba de algo que se parecía a ser periodista, pero que en realidad no lo era. Tenía que regresar corriendo al periódico y escribir la necrológica. Ser el único miembro de la redacción que había sido alumno suyo me daba un cierto derecho.

Encima de la mesa del despacho me encontré con las fotografías que la policía había tomado del cadáver. Las pocas que le habían hecho en vida no valían gran cosa comparadas con ésas, aquello era ya carne pura quemándose en el infierno.

Naturalmente no las podíamos publicar. Decidimos colocar la que le hizo la policía cuando le arrestó, despeinado y con barba de dos días. El cuello de la camisa aún conservaba unas manchas oscuras de sangre, ¿o era suciedad? Nadie pudo averiguar qué significaba, si es que significaba algo, aquel jilguero vivo, ese pequeño pájaro entre sus enormes manos, musculadas y fuertes de tanto hacer rodar las ruedas de su silla de inválido.

La policía no encontró la manera de conseguir que soltara el jilguero, mientras le hacían las fotos de rigor, amenazaba con aplastarlo.

jueves, 9 de abril de 2009

El peletero/El Gordo y mi viejo profesor (2 de 4)



30 Enero 2008

Mi viejo profesor no tenía familia ni pagaba a nadie para que le calentase su cama. Pero cuando murió por hipotermia, apareció de la nada un primo tercero latinoamericano, tratando de hacer valer sus derechos.

Quizás sí, quizás tenía alguna clase de voz y voto sobre la herencia, herencia que consistía básicamente en derechos de autor.

Tal vez, pero… el caso es que le hice una cara nueva, gratis y sin necesidad de recurrir a la cirugía estética, muy de moda en su país. Me lo agradeció tanto que regresó a la selva sin despedirse. Yo también se lo agradecí, fue todo un detalle irse así, me gusta la gente que se marcha sin decir adiós. El “hola” tiene alguna razón de ser, pero el “adiós” no.

No fui tan malo, al indio le di todo el dinero que tenía mi profesor en el banco, que no era poco y yo me quedé con todo lo demás.

Ya sé que soy desagradable, pero yo sé que lo soy, otros son amables y no lo saben.

Así fue como conseguí su patrimonio, libros, papeles, notas, diarios, apuntes y muchas páginas escritas de toda clase de cosas. Lo guardé en cajas no demasiado ordenadas. El trabajo tuve que hacerlo yo, no quise que nadie me ayudara. No había de haber ninguna secretaria o archivador eficiente, ordenando y ojeando sus cosas. Una vez terminado el trabajo lo hubiera tenido que matar y tampoco había que llegar a eso.

Pero él sÍ que llegó a eso, cometió un crimen y le condenaron por ello.

Diez años de cárcel y libertad condicional por edad avanzada y salud deteriorada lo volvieron a dejar en la calle, más famoso y rico que antes. Las solicitudes para realizar conferencias le llovieron de todas partes. Yo asistí a casi todas, y a todas sin pagar, aunque en todas ellas había que pagar entrada. Yo accedía con pase preferente que él me proporcionaba, de secretario, ayudante, amante, gigoló o lo que fuera, el caso era entrar y sin pagar. En aquel tiempo yo era pobre.

En sus conferencias no se repartían copias del texto y tampoco se permitían artilugios para grabar la voz. Te sometían a un registro escrupuloso. A mí eso me daba igual, porque yo, por decirlo así, entraba por la puerta de atrás y hubiera podido tener el texto oficial, pero es que él tampoco se presentaba con nada escrito, siempre improvisaba. Solamente podíamos tomar notas

Yo siempre he sido lento escribiendo, mis apuntes de clase nunca valieron gran cosa y si a veces es frustrante ver una película subtitulada, también lo es tomar notas en una conferencia. Así que siempre decidía escuchar y disfrutar. Hay memorias fotográficas y las hay taquigráficas y yo siempre he recordado mucho mejor las caras que los nombres. Así que todo lo que guardo en mi mente es un cóctel variado de sus conferencias. Bien mezcladas, aunque como los buenos Dry Martini, sólo agitados y no removidos, unas “balas de plata” muy sofisticadas.

Sus conferencias tenían una cualidad muy alta y hasta exquisita. Todas ellas trataban de Arte, artes plásticas y arquitectura, fundamentalmente. También hacía incursiones en la poesía y la música, pero siempre fue un hombre muy visual. Aunque yo pienso también que tenía un verdadero don para la poesía. En más de una ocasión se lo manifesté, pero él no quería reconocerlo, casi como si tuviera vergüenza de aceptar su capacidad.

Tenía una teoría muy bien formada y formulada con mucha precisión sobre la “jerarquía” en las distintas disciplinas artísticas; ese es un concepto osado, y que hoy en día tiene poco predicamento dada la democratización puritana de la sociedad en todos sus ámbitos, llegando a los extremos que llegan todas esas tergiversaciones que hoy en día pertenecen a lo “políticamente correcto”, invención de las izquierdas en su impertérrita pretensión de cambiar la realidad, no queriendo saber nunca que la única cosa que no cambia es precisamente eso, la realidad.

Así pues y siguiendo el hilo, mi viejo profesor sabía que la cima de la pirámide de las artes lo ocupa la poesía y que luego viene la literatura y después la pintura iconográfica y en cuarto lugar…, pero mejor que no siga. El caso es que la altura de sus parlamentos provocaban en más de uno mareo y a la mayoría vértigo.

También debo resaltar que su público hubiera llegado a ser exclusivamente especializado y erudito, a no ser por esa inveterada costumbre de la que siempre hacía gala y verdadero arte, el exabrupto, la salida de tono, el bufido y la descarga de toda su extensa batería de cañones y armamento verbal. Al final, pólvora, nada más, al final ruido y tracas veraniegas, pero eso gustaba al público, y daba morbilidad a su erudición, a esa ciencia que pocos podían seguir.

Pero la “barbaridad” no lo era únicamente, esa era también su gracia que pocos entendían, ni siquiera la soltaba un anciano extravagante que no sabía medir sus palabras y sus sarcasmos. He de confesar que en eso yo fui su mejor alumno, me enorgullezco de decir alto que gracias a él, nadie me gana en herir con la palabra. Pero él era otra cosa, él era un artista.

Aunque, después de sus fuegos artificiales, había días que llovía. Había noches que sus truenos rompían las nubes y desataba la furia, el agua y el viento. A la mañana siguiente lucía el sol, debíamos bajarnos la visera del sombrero, calzarnos las “sunglasses” y entornar los ojos y el corazón. Tanto en los primeros como en el segundo, había nacido una duda.

¿Era aquello, ese mal carácter, un disfraz?, ¿el velo de un poeta vergonzoso?, ¿una simple habilidad de ocasión? ¿Una manera no sangrienta de hacer daño? Yo creo que era el arma de un inválido, nada más. De pequeño fue víctima de un accidente que lo dejó para siempre en su silla.

Cuando afirmo que era el arma de un inválido, evidentemente estoy haciendo un eufemismo del rencor.

No otra cosa era el alarde de su don. Puro rencor. ¿De qué? de su invalidez, quizás de afrentas y ofensas infantiles y juveniles, amores imposibles por su minusvalía, quién sabe, al menos yo no. Pero mi proximidad a él me permitió reconocer en su palabrería dañina una lógica, un sentido que conseguía tener también significado más allá de esa maldad. Al final, quizás sin quererlo, ese rencor se trascendía a sí mismo.

Y así lograba llegar a ser poesía.

Otros solamente veían dolor en él, nada más, pero yo sé que eso, esa cosa, esa aflicción que los ingleses llaman “sorrow”, y que al decirlo parece que casi pidan perdón, es algo que proviene de otra parte del alma, de aquella que es consciente de sí y no de eso que los psicoanalistas llaman el inconsciente.

Quizás era un anillo, incluso hubiera podido ser el de los Nibelungos o el de Bilbo Bolson, un anillo de poder, forjado por alguien oscuro, el anillo de una diosa, un triple anillo. Fuera lo que fuese, muy a menudo introducía su áspera mano, y tocaba algo en su bolsillo, no sé qué era, nunca conseguí saberlo. Cuando eso hacía, apenas le oía susurrar cinco palabras entremedias de la luz, “your shadow is my soul”.

“Soy viejo”, decía desafiante, como si quisiera retar al público a algún combate extraño, “y mi cuerpo está completamente acabado”, proseguía, “sólo funcionan más mal que bien mis cuerdas vocales. Aún puedo hablar y gritar, y con ellas también puedo todavía matar”, los oyentes se asustaban esperando algún grito asesino salir de su garganta. “Antes, sanas y poderosas, podían acabar con elefantes y toros, ahora sólo consigo matar pájaros, ratas y niños. Sentado en mi jardín, con sólo abrir la boca, he conseguido exterminar a toda la población de periquitos y jilgueros de mi barrio y aunque sé que es un trabajo gratuito, me complace ver en las caras de mis vecinos y en las de sus veterinarios, el estupor por algo que no pueden evitar ni comprender”.

Su voz evidentemente no mataba a nadie, aunque poderosa, fuerte y escandalosa, era tan inofensiva como el ladrido de un perro enfadado.

“Las ratas en cambio no tienen dueño”, proseguía, “son orgullosas, se saben débiles y miserables, apestan y repugnan, matarlas es difícil, no son cobardes, tienen sentido común y son las que mejor huyen. Se esconden con habilidad, hay que buscarlas y perseguirlas. Tienes que penetrar en su infra mundo donde son las reinas y donde tú, el asesino, el intruso, te encuentras perdido y desamparado. Algún día será su momento, mientras tanto es mejor olvidarse de ellas”. Afirmaba mirando al público con los ojos húmedos por el colirio.

Y concluía sin inmutarse: “Los niños pequeños son tan sucios como las ratas y como los viejos, y tan fáciles de matar como los pájaros. No huyen, ni cantan, sólo comen, defecan y lloran. Y como no quiero volver a la cárcel no pienso decir nada más sobre ellos”.

Y cuando todos pensaban que ya había terminado, continuaba: “Pero…”, el público expectante, “nunca he conseguido matar con mi grito a ninguna flor".

Este es el mayor misterio de mi vida.

En la cárcel había un jardín, cada mañana temprano, a primera hora, lo visitaba en mi silla de ruedas. Era un espectáculo esplendoroso, todo él era una maravillosa primavera, conmovedora. Sus colores parecían derramarse de alguna nube perdida. Yo me quedaba allí, parado, absorto, contemplándolo, saboreando su fragancia y ese ensueño de colores, preguntándome quién podía ser ése que tiene la capacidad de hacer tales cosas.

Empezaba a gritar y a chillarles a las flores.

Ellas me ignoraban, nunca mostraban la más pequeña señal de saber que yo me encontraba allí, se comportaban como si yo no existiera, vociferaba, clamaba y no paraba hasta que él llegaba. Cada día igual, a la misma hora, me miraba sonriente y me saludaba.

Yo estaba exhausto de tanto gritar, y él tan tranquilo, dulce, sonriente y amable. Lo miraba sorprendido, cada día era lo mismo, con su regadora iba echando agua a las plantas con sus flores, tranquilas y obscenas, desvergonzadas, sin mostrar ningún rastro de pudor en exhibir su belleza a quien quisiera mirarlas. Las flores deberían estar prohibidas, pensaba yo.

¿Quién eres? Le preguntaba yo cada día.

El jardinero, me respondía, ¿quién quieres que sea?

¿El jardinero?, ¿qué es eso demonios?, ¡explícate mejor!, ¡habla claro!, le pedía gritándole.

El que cuida el jardín, el que poda, el que planta, el que siembra, el que abona, el que injerta, pero sobre todo…

¿Qué?, sobre todo ¿qué?

El que riega.

¿Das agua?

Eso, sí, doy agua, a quien tiene sed. ¿Tienes sed?, me preguntaba

¡Sí! Dame esa agua, le pedía.

Tómala, y me llenaba un vaso metálico que tenía preparado, y yo la bebía sediento, como si aquella agua fuera el vino de la Santa Cena. Solamente así me callaba, cansado, fatigado, casi muerto, el vaso se me resbala de las manos y caía al suelo. Él lo recogía sonriente y seguía con su trabajo. Yo lo contemplaba intrigado y exhausto. Cuando terminaba se despedía con un “hasta mañana”.


Así cada día, hasta la mañana siguiente, para repetir una vez más la misma escena; creo que aquel hombre sabía algo que nunca pude descubrir porque nunca encontré la pregunta correcta. Durante aquellos diez años lo intenté y nunca lo logré.

Ése es el hombre que he de encontrar, el Aguador, así lo llamaba mi viejo profesor.

Cuando me refiero a encontrarlo quiero decir que he de hallar algún papel que hable de él.

Todo lo que contaba mi maestro eran por supuesto mentiras, nada era verdad. O casi nada. Su gracia y su virtud consistían en no esconder que lo eran, y eso es algo frente a lo cual las personas no están preparadas. Por más que las adviertas, su predisposición natural es creerse cualquier cosa que les cuentes.

Sí, estuvo en la cárcel condenado por asesinato, eso sí era verdad, lo demás…, nadie podría asegurarlo, y yo tampoco.

En alguna de aquellas cajas en las que guardé, hace años, todo su patrimonio de papeles, cartas y miles de páginas escritas, recuerdo haber medio leído algo sobre ese Aguador y una historia extrañamente parecida a la de Natalia.

Además mi viejo profesor se llamaba… “Miguel Zweifel”.

Pero no era el Miguel de la carta de Natalia, no era ése.

Y tampoco era el protagonista de “Dolicocéfala rubia”, “Teodoro Zweifel”, esa novela mediocre de un italiano, Dino Segre, alias Pitigrilli, y que gustaba tanto a mi profesor y a ése que se hacía llamar “el peletero”.

No viene a cuento, o quizás sí, pero ambos, el peletero y mi maestro siempre citaban frases de ese escritor ocurrente y divertido. Una de ellas, muy repetida por los dos, era: “para las mujeres es bueno poseer muchos defectos, pues no nos suelen amar por nuestras virtudes”. Esa siempre fue una de las claves de la vida de ambos.

Pero yo solamente quiero hablar de mi viejo profesor.

miércoles, 8 de abril de 2009

E peletero/El ladrido de un perro en cuatro partes y una canción



28 Enero 2008

Para ti, de aquél que construye casas nuevas entre flores vanidosas.

(Barcelona, 28 de enero de 2008)


PRIMERA PARTE

“¿Qué sabes tú de lo que fue mi vida?

Ahora sólo ves estos últimos años que son como la empuñadura de un cuchillo clavado hasta el final en mi costado.

Arráncalo de golpe y un borbotón de sueños salpicará tu rostro”.

(Ángel González)


SEGUNDA PARTE

Parecía el sonido de un tenedor resbalando por un plato vacío sin llegar a pinchar nada. Al oír aquel ruido estridente, ladeó la cabeza y pensó que había llegado al final.

Ensimismado saboreaba su cerveza. La casa estaba silenciosa, todos dormían confiados en su vigilancia. Sus padres, su esposa inexistente, sus hijos que no había tenido, la asistenta y la hija pequeña de la asistenta de tres años. Incluso muy lejos de allí dormía también su hermano, cansado, confiado y optimista como había sido siempre. Todos dormían tranquilos y confiados.

El tenedor seguía resbalando por el plato vacío y él seguía ladeando la cabeza.

No paraba de mear aquella cerveza y al hacerlo se miraba en el espejo del baño y al mirarse se preguntaba: ¿por qué demonios ladeo la cabeza de esa manera?

No tardó demasiado tiempo en morirse. Fue una muerte rápida.

Todos dormían y se dieron cuenta a la mañana siguiente.

Cuando lo hallaron en el suelo, tenía los ojos hinchados y todavía calientes mientras el resto del cuerpo ya se había enfriado.

Lo enterraron con la cabeza ladeada, no pudieron enderezarla. Aunque nadie recuerda si fue a derecha o a izquierda o si señalaba el norte o el sur

El tenedor seguía resbalando por aquel plato vacío.

TERCERA PARTE

Una vez muerto se dio cuenta de una tontería, de una obviedad; se dio cuenta que estar muerto es peor que estar vivo, el cuerpo es poca cosa, pero menos es nada.

Cuando estás vivo, pensó, sabes poco de algo, pero muerto lo sabes todo de nada.

Aunque estaba muerto se daba cuenta también que la nada es una fiera hambrienta, transparente, ansiosa y depredadora y que inevitablemente invisibles y muertos somos una presa que huye desesperada, sin posibilidad ninguna de encontrar refugio.

Una fiera que no tiene lados ni esquinas, ni algo que merezca ser aguantado ni sostenido, pero lo peor no es que no tenga horizonte ni suelo, lo peor tampoco es que esté vacía, todo eso no tiene importancia, lo verdaderamente terrible es que está abandonada.

También se dio cuenta que todo eso no era conocimiento, ciencia o sabiduría, era solamente un olor, era el olor del tiempo y el estupor ante la terrible belleza de su umbral, desvanecida definitivamente.

Todo eso era únicamente olor y dolor.

Estar muerto es una mutilación absoluta y los muertos caemos sin cesar, se dijo así mismo, y nuestro único consuelo, pensó, es saber que no hay fondo.

Pero… se dio cuenta de algo, tarde sin duda, se dio cuenta que justo antes de morirse había pensado que debía de recordar a alguien más, pues a todos había recordado, pero la muerte, desgraciadamente, lo atrapó antes de conseguirlo.

Ya hemos dicho que fue una muerte rápida.

Mientras caía oyó a un perro ladrar.

CUARTA PARTE

¿Sirio?

Allí estaba mi perro, había venido a buscarme. En julio se hubieran cumplido siete años de su muerte.

Él conocía el camino de vuelta a casa, su olor no se olvida.

No puede olvidarse jamás cuando en casa, contigo, todo había sido un respirar florido, de noches y flores, en nuestro viejo jardín.

Mientras ella dormía, yo trataba de rendirme a las delicias de nuestro pecado y de nuestro Amor.

Ella, que mientras soñaba, dibujaba en el aire, todo su encanto y toda su gracia.

Ella, que con su ambiguo movimiento, y con su estar lánguido, se sumía por las sendas del olvido.

Ella, que al dormir vibraba, y hasta lloraba durmiendo, y yo, sabiendo orgulloso, que era la causa de ese temblor y de esa dulzura de su llanto.

Ella, que al entornar sus ojos, daba así por acabado nuestro combate amoroso.

Combate que también terminaba por dormirse con una sonrisa embelesada.

Como ella, como yo.

A través de nuestra ventana entreabierta, con sus viejas y despintadas persianas, casi bajadas, casi cerradas, casi abiertas,

nos visitaba el viento,

y todo era,

una vez más,

como un respirar florido.

¿Sirio?

Allí estaba mi perro, había logrado encontrarme. En diciembre hubiera cumplido diecinueve años.

Todavía recordaba mi olor. Juntos empezamos a caminar, él sabía cuál era el camino de vuelta a casa.

Ya era hora de regresar, me dije aquel lejano 28 de enero de 2008.

A mi casa Florida.

A mi casa abandonada.

Y LA CANCIÓN

Quan ella dorm el gaudi somnolent
del vell jardí vibrant de flors i nit,
passant per la finestra sóc el vent,
i tot és com un alenar florit.

Quan ella dorm i sense fer-hi esment
tomba a les grans fondàries de l'oblit,
l'abella so que clava la roent
agulla -fúria i foc- en el seu pit.

La que era estampa, encís i galanor
i moviment ambigu, és plor i crit.
I jo, causa del dol, de la dolçor

en faig lasses delícies de pecat,
i Amor, que veu, ulls closos, el combat,
s'adorm amb un somriure embadalit.

(“Sonet”, Bertomeu Rosselló-Pòrcel)


lunes, 6 de abril de 2009

El peletero/El Gordo y mi viejo profesor (1 de 4)



24 Enero 2008

Todos me llaman “El Gordo”, me llaman así incluso aquellos que no me conocen, que todavía ni siquiera me han visto y que seguro no desean hacerlo.

Pero alguien fue el primero en apodarme así.

Fue mi viejo profesor.

A partir de entonces todos me llaman “El Gordo”, todos menos ella…

Todos menos Natalia (*). La directora de este balneario de lujo en el que me hallo tratando de mejorar mi salud. Hemos simpatizado y aunque nos llamamos de usted y mantenemos las distancias, conversamos mientras nos tomamos algunas copas de whisky. Con el tiempo uno termina haciendo confesiones y revelando partes escondidas de su intimidad. Eso es lo que inevitablemente ha ocurrido.

En nuestra última conversación me dio a leer una carta privada donde quedaban extrañamente reflejadas ella y buena parte de su vida. He de reconocer que su lectura me trastornó, pocas cosas lo hacen, casi nada perturba mi ánimo, pero esa carta lo hizo y provocó en mí recuerdos trascendentales y muy lejanos. Tenía que recuperarlos, ordenarlos y enfrentarme a ellos de nuevo.

Esa mujer, Natalia, no es nadie. Nadie en el sentido que nadie la llorará si muere o vive, quizás ni siquiera su hijo, y si él lo hace apenas será durante el sepelio y poca cosa más. De allí irá a engrosar la lista interminable de personas sin nombre. Pero…

Pero…

Natalia tiene un “pero”, algo que todavía no sé por qué diablos me afecta.

Quizás solamente sea aburrimiento, quizás no tengo nada mejor que hacer, quizás me esté volviendo viejo o loco y me esté enamorando. ¿Enamorando?, ¿de ella?, no, de ella no, de otra, ¿de quién? De una que no se llama Natalia, claro, de una que se llama de otra manera.

Nuestra última conversación terminó con los dos borrachos, ella muchísimo más que yo, gimoteando y asustada de sí misma. Al final acabó más abatida que dormida en la butaca del salón donde charlábamos, en una postura ridícula y penosa, cabeza echada hacia atrás, boca abierta y brazos colgando, piernas ligeramente separadas, un pie descalzo, el zapato caído, y su falda arrugada y algo subida, ladeada, descolocada y dejando entrever unas bragas verde loro que sin duda no gustarían a nadie, a ningún hombre, y mucho menos a ninguna mujer. Seguro que no lo estaban, pero parecían sucias. El color de esas bragas era la prueba que su cabeza no regía adecuadamente.

Sus manos de dedos largos no habían podido sostener el vaso con los últimos tragos de whisky mezclados con el agua del hielo deshelado. En el suelo se quedó, no se había roto al caérsele y despacio había ido rodando hasta un lugar inadecuado donde cualquiera podía tropezar con él, caerse también y hacerse daño. Si eso sucedía en un balneario de lujo, supuestamente dedicado a la salud y justo al lado precisamente de su directora, totalmente inconsciente a causa de una borrachera y desencajada físicamente, podía suponerle graves y evidentesproblemas.

No fue compasión, ni caridad, creo. Pienso más bien que curiosidad, pero en el fondo tanto da, se salva una vida de la misma manera que se deja perder.

Decidí salvarla.

Me da igual cargar con setenta y cinco kilos de más o de menos. Como si fuera una muñeca de trapo me la monté en el hombro y lo más rápido que pude, después de apartar de una patada el vaso peligroso, me la llevé a mi habitación. La eché en mi cama. Hice una llamada de teléfono, una llamada perdida. Me desvestí y me di un buen baño, mientras ella dormía la mona.

Debía haberla llevado a su habitación, pero se hallaba en la otra ala del edificio y había de pasar por recepción, se hubieran extrañado al verme acarrear a su querida directora como si fuera un simple saco de patatas.

Recuperado, me vestí, y procuré borrar las huellas del alcohol en mi rostro y en mi cerebro. Tomé las llaves de su habitación, y entonces sí. Fui y me llevé ropa limpia de ella. Me costó encontrar un “underwear” digno que no fuera vulgar o de colores de carnaval. Al fin hallé algo blanco, bonito y normal. Ese fue un detalle que me extrañó, su país es de los mejores en diseñar este tipo de prendas, ¿por qué llevaba ella ésas tan mediocres y feas?

Regresé a mi habitación y allí lo deje todo, incluidos cepillos, cremas y colonias. Bajé a cenar, cené y soborné a una camarera para que me subiese lo mismo a la habitación, “tengo más hambre le dije” dándole un billete de cien. Es curioso como estos papelitos impresos con un número convierten tan fácilmente a la gente en esclava.

Me senté a su lado. La observé, roncaba flojito. Esperé. Se había orinado encima. La desvestí de cintura para abajo.

Después de seis horas se despertó. Se hacía tarde, decidí llenar de nuevo la bañera de agua caliente y la deposité dentro. Llevaba el pubis depilado, pero de hacía días. Los pelos ya asomaban, empezaban a dejarse ver, no eran una sombra, y sí la barba mal afeitada de un ferroviario, aquello debía de pinchar más que la cama de un fakir. O ella es así o aún estaba borracha, pero no dijo nada, ni se quejó, ni protestó, ni tampoco pareció sorprenderse de hallarse desnuda y que la metiera dentro de mi bañera como si fuera mi hija. Yo creo que se tranquilizó al notar enseguida que su entrepierna se encontraba en un estado “normal” y que nada fuera de su voluntad o deseo había ocurrido. Aunque no se había dado cuenta que se había orinado, dejando su vestido y mis sábanas con un fuerte olor a meados de gata.

Lo metí todo en una bolsa de basura, igual como hizo una antigua clienta mía con la ropa de su marido al que estaba echando de su casa. Al pobre hombre le hizo más daño las bolsas de basura que la patada en el trasero que le estaba dando su, hasta en aquel momento, querida esposa. Fue una manera clara de hacerle ver que la cosa iba en serio. A los hombres les cuesta entender un “¡vete!”. Al igual que a las mujeres entender un “ven”. Unos y otros siempre van o vienen a destiempo.

Entré en el baño, seguía dentro del agua, me miró sin taparse. ¿Tiene para mucho?, le pregunté. Estaba fumando, ¿de dónde demonios había sacado el cigarrillo?

¿Usted se ha bañado ya?, me preguntó

Sí, hace un buen rato, más de seis horas, le dije.

De acuerdo, así terminaré antes, me respondió con una sonrisa inconveniente y fuera de lugar, y mientras se le caía el cigarro en el agua. Fui a recogerlo para sacarlo cuando me asió por la muñeca.

¡Suelte!, le ordené. Y me soltó.

Afuera, encima de mi cama, tiene ropa limpia y en la mesa algo de comida, le doy una hora, alguien me espera abajo, he de hablar con él. Luego regresaré, y no quiero verla aquí. Haré una pequeña maleta con un par de cosas y me iré.

Guárdeme la habitación, dentro de unos días, no sé cuantos, estaré de vuelta. ¿Me ha entendido?

Sí.

¡Ah!, y no se olvide de ordenar que me cambien las sábanas, se ha meado usted en ellas y las ha manchado, está usted empezando a menstruar, ya lo debe haber notado.

Por último, si necesita algo, algo que sea verdaderamente… vital, llame a este número. No es necesario que diga nada, llame y cuelgue, y tendrá eso que necesita en menos de seis horas.

En el vestíbulo había un hombre esperándome con un automóvil. Estuvimos hablando un rato y haciendo tiempo. Luego regresé a mi habitación, ella ya se había ido. Guardé en mi maleta ese par de cosas y me fui.

Ya era de noche cuando el auto arrancó.

La carretera era comarcal y estaba todo a oscuras. No corras, le dije a mi “chófer”, nunca he tenido prisa y menos ahora. Me recosté en el asiento de atrás y dejé que mis ojos vieran pasar las sombras de los árboles. Puse la calefacción, cerré la música y me ensimismé

Necesitaba recordar a mi viejo profesor.

sábado, 4 de abril de 2009

El peletero/Mi coño



24 Enero 2008

El cuerpo del hombre es perfecto, y el cuerpo de la mujer es perfecto.

(Walt Whitman)


El presente relato es una fantasía en la que no se cuenta ninguna mentira, aunque nada en ella sea verdad.

Y si alguna vez lo fue, ya no lo es.

Es mucho más limitada que el famoso libro de relatos titulado “Coños”, “opera prima” de Juan Manuel de Prada. Y al mismo tiempo mucho más humilde, pues si el señor de Prada hace un alarde de coños, yo me conformo con uno solo, aunque muy bello. Tampoco pretende emular al famoso “Diccionario secreto” de Camilo José Cela.

El presente texto fue redactado en un primer momento como un canto a ese coño, un himno, para alabarlo, elogiarlo y honrarlo. Pero el triste paso del tiempo, lo ha convertido en una ensoñación irreal. Por eso, antes que se desvanezca del todo en la nada del olvido, reescribo el poema y lo introduzco en una botella, y al igual que se hace ahora con las cenizas de los muertos, la lanzaré al mar un día de verano, cuando las playas estén llenas de muchachas hermosas ocupadas con los suyos, preocupadas en cuidarlos, atenderlos y alimentarlos, como si la arena fuese un jardín pintado por O’Keefe.

La Real Academia Española de la Lengua define de la siguiente manera a:

coño.

(Del lat. cŭnnus).
1. m. malson. Parte externa del aparato genital de la hembra.
2. m. despect. Chile. español (‖ natural de España).
3. m. vulg. Ven. tipo (‖ individuo).
4. adj. Chile y Ec. tacaño (‖ miserable).

coño.

1.interj. U. para expresar diversos estados de ánimo, especialmente extrañeza o enfado.

Nosotros usaremos aquí la primera acepción que nos señala la R. A. E., como la parte externa del aparato genital de la hembra. Hemos de especificar que estamos hablando de las hembras mamíferas placentarias y no de otras. En las demás, la denominación correcta es la de cloaca. La especie animal a la que nos referimos es la humana.

También usaremos la palabra coño como metáfora del alma. Tal vez asimismo sobre decirlo, pero nunca está de más repetirlo y mucho más cuando se canta.

Para empezar correctamente es conveniente manifestar que mi coño no era mi coño. Mi coño era el coño de ella, y aunque ella decía que era mío, no lo era, era de ella y de nadie más que de ella.

Como debe ser.

Su coño me gustaba. Me gustaba su aspecto, su olor y su sabor. Cuando lo conocí estaba depilado. Le pedí que se dejara crecer el vello, me hubiera gustado verlo selvático y bárbaro. Ella me decía que era muy velluda, que los pelos le sobresaldrían por los lados de las bragas y que cuando tuviera que ir al ginecólogo le iba a dar vergüenza mostrarse así. Igualmente me hizo ver que si fuera a la piscina no quedaría muy bonita con ese aspecto, que debería entonces recortárselo por los lados y que además es mucho más higiénico depilarse. Yo creo que es una moda, pero también recuerdo el comentario que en su país la costumbre es ésa, la depilación, y esto significa que los hombres de allí eso es lo que demandan y a lo que deben de estar habituados. Le respondí que hiciera lo que creyera conveniente, aunque me pareció que la idea de que se lo afeitara yo mismo, improvisándome en barbero íntimo y que fueran mis propias manos las que dejasen su coño más parecido al de una niña que al de una mujer, le gustó y le entusiasmó. Hice mención que las buenas brochas llevan pelos de marta cibelina, de una extrema suavidad. La imagen de verse abierta y rendida de piernas ante mí, y enjabonada por la fineza de ese pincel exquisito le pareció deliciosa y muy excitante. Pero claro, para llegar a eso debía dejarse crecer el vello.

El coño que ella decía que era mío lo tuve prestado apenas una semana, una semana que pasó rápida y veloz. En mis manos lo depositó, generosa y desprendida, junto con el resto de su cuerpo. Yo me entregué a su admiración y mimo, a su canto, atención y cuidado. Y procuré también, con mis escasas habilidades, darle lo que supuse demandaba y necesitaba, sin mostrarme reacio a oír y seguir como buen alumno sus indicaciones y señales. Yo no sé si hice lo correcto, si me apliqué lo suficiente, ella afirmaba que sí, pero eso nunca se sabe con certeza.

Mientras esperaba el reencuentro prometido, le decía y aconsejaba a su propietaria que no lo mantuviera inactivo, el buen ejercicio siempre es saludable. Le recomendaba encarecidamente las necesarias masturbaciones, las que a ella le apeteciera darse o hacerse. Le recordaba que el masaje, manual o vibratorio, y la lubricación que conlleva, siempre son una excelente gimnasia y profilaxis. Naturalmente, están también los orgasmos, indispensables por supuesto. El placer y la descarga emocional y eléctrica que producen atemperan el carácter, suavizan el ánimo y aumentan el optimismo y la perspectiva de las cosas. Un buen orgasmo mejora incluso el futuro. El mundo no se ve igual después de una buena y gozosa paja, gallarda o gayola, da igual el nombre.

Yo insistía en que no debía avergonzarse de ello, el onanismo es una palabra fea sin duda, pero es también una disciplina sana y jubilosa. Ella me decía que sí, pero claro, aquí también hizo lo que le dio la gana. Eso por supuesto no estaba en mis manos, valga la paradoja cruel, pero por algo mi coño no era mío, y sí era suyo, y por eso ella hizo con él lo que le vino en gana hacer, pues por algo era y es suyo y de nadie más, y al mismo tiempo es bueno que sea así y que siga siéndolo por los siglos de los siglos.

Todas esas consideraciones y consejos implicaban, claro está, el respeto, la fidelidad y la lealtad a unos compromisos asumidos por ambos, con ilusión y alegría. Y la esperanza puesta en nuestro reencuentro. Que creímos, mejor dicho, creí, sería pronto. Pero…

Lo que siguió forma parte de la tragedia, y cuando la desdicha no es griega es muy fácil caer en el ridículo de la tragicomedia o el melodrama televisivo. Por eso me abstendré de hacer comentarios y me comportaré con la valentía y la fortaleza con la que seguro se hubiera comportado Walt Whitman, poderoso, exuberante, triste y alegre. Melancólico, vigoroso y siempre feliz. Agradecido por vivir.

A veces con aquel a quien amo, me lleno de ira al pensar que acaso prodigo un amor que no es correspondido.
Pero creo que no hay amor que no sea correspondido, la retribución es cierta de una manera u otra.
(Amé ardientemente a cierta persona y mi amor no fue correspondido. Y no obstante, ese amor ha inspirado estos cantos).

(Walt Whitman)


Así pues, agradecido, afirmo que:

Me gustó su coño, sí, he de reconocerlo y no me caen prendas en afirmarlo alto y claro. Él y su amigo y vecino, el ano, tan cerca y tan distinto, buen compañero de juegos, perfecta desembocadura y mejor entrada. El ano, siempre hospitalario y marrano, cálido y afectuoso, cueva de los vientos y de musicales truenos.

Me gustó su coño, me gustó su aspecto de pasa arrugada y su interior de higa madura. Me gustó su sabor a sima oceánica, a remolino abisal, a sudor de entraña, a tiburón. Me gustó su olor almizclero, a venera, a mañana caribeña o a víspera mediterránea.

A fruta futura.

Madura.

Me gustó su coño y la perla que guarda embozada, secreta, tímida y alborotadora.

Me gustó su coño y me gustó cantarlo.

Aunque la verdad, yo creía que su coño oía mi canto y que se alborozaba con él.

Pero resultó que no.

viernes, 3 de abril de 2009

El peletero/El ojo y el negro (11)



21 Enero 2008

Querido Teodoro,

¿Recuerdas las palabras de nuestro padre?, ¿recuerdas lo que dijo cuando tuvo que matar a aquel luterano para defenderse? Yo sí lo recuerdo, él decía que en esta vida hay que tratar de ser justo y eso significa ser imparcial y procurar que cada uno obtenga lo que se merece, pero que una cosa es ser imparcial y otra muy diferente es ser neutral, y que por eso, él sería siempre fiel a Roma y al Papa. Deja la política para los demás.

Por otro lado ya sabes que no se puede dar misa y repicar las campanas al mismo tiempo, así que limítate a hacer lo que tú sabes hacer bien, que son solamente dos cosas, pintar, y cuidar y querer a Marta.

Las mujeres en esta parte del mundo somos así, si las quieres todas terminarás por no tener a ninguna, tal vez sea eso lo que le ocurre a tu amigo Saverio.

Tal vez sea eso, o… tal vez no.

En todo caso, gasta la pintura que sea necesaria para pintar esas ubres descomunales que hasta a mí me dan ganas de acariciar, pero que tú no debes acercarte a menos de cuatro pasos de ellas. ¿Me has oído? Como me entere por Marta que has intentado beber la leche de otra mujer que no sea ella, me subo en el primer barco, te bajo los pantalones y te azoto como a un niño. Aunque creo que Marta sería perfectamente capaz de hacerlo sin mi ayuda.

Y déjate de tonterías sobre los mares del sur, esclavas guapas o libres, el genovés te ha llenado la cabeza de sueños de pájaro.

Christian ya está organizando la primera expedición a Génova de pieles de castor americano. Le han llegado puntuales las letras de cambio que los hermanos Iván y Milton negociarán con su propio banco. De momento todo está saliendo bien y a nosotros nos tocará una buena comisión de este negocio que no me gusta, y no me gusta porque le gusta demasiado a Pablo.

De momento está ayudando a Christian en diferentes tareas, es un muchacho listo y creo que también inteligente, pero estas remesas de pieles americanas le hacen soñar con los paisajes de este maldito continente que se lleva más vidas que las que trae. Quien se marcha no regresa.

Además Iván, el judío que elige las pieles, es otro charlatán como Saverio, no para de contar historias de mares lejanos y perdidos, va detrás de todas las mujeres que se le ponen al paso, a todas les dice algo simpático y lo peor de todo ello es que lo es, el muy sinvergüenza, es simpático sin apenas saber hablar la lengua de aquí. Esos judíos hablan de todo un poco, casi parece una jerga que sólo ellos conocen. El caso es que se ha hecho amigo de Pablo y mi hijo se queda embobado escuchándole. Christian no le da importancia, no presta atención a esas cosas, y todo eso es importante, parece que le dé igual que se vaya, que cualquier día alguien nos diga que se ha embarcado.

Por eso, cuando Saverio me enseñó el rostro de su esclava, la miré con aprensión y recelo. Tú te encaprichaste de una ramera negra, que según decías, aunque oscura por fuera, por dentro tenía la carne igual que una cristiana antigua. Que sus labios podían tener el color de las heces, pero que su lengua era pura carne tierna de lechal. Y luego se me presenta tu amigo genovés y me habla de no sé quién demonios de india que en su país no debería ir ni vestida. Y además, en tu última carta, me recuerdas a Isaac, quien al morirse en el parto Sofía, su amada, y en lugar de dejar a su hija recién nacida en custodia, en casa de su suegro, se la lleva con él y embarca hacia no sabemos dónde, al Este afirmaban, buscando el sol naciente, decía él aquella mañana que se fue con la pequeña en sus brazos. Aquel día me morí de pena.

Estoy rodeada de hombres que quieren irse no sé a donde en busca de soles que no existen y de mujeres salvajes que huelen a frutas y a madera, mientras nosotras olemos a sebo y a sangre muerta. Además, llega un genovés que tiene la perversa costumbre de perfumarse como hacen estos afeminados franceses.

-¿Por qué viajáis solo?, le pregunté a Saverio. ¿Nadie os espera en vuestra casa?

-Sí, me respondió sonriendo, un secretario de cabellos grises y de mirada macilenta.

-¿Os burláis de mí?, le pregunté ofendida.

-Sí, me burlo de vos, querida Silvia, me burlo porque os respeto, me respondió con desfachatez.

-¿Y eso?, ¿cómo se come?

-Como a vos os apetezca, me burlo porque hacéis preguntas que ya deberíais haber respondido.

-Debo de ser tonta, pues.

-Viajo solo porque soy un hombre solo. ¿No habíais conocido antes a ninguno?

-No.

-Pues lo habéis tenido siempre enfrente, delante de vuestros propios ojos, casi lo criasteis vos.

-¿A quién os referís?

-A vuestro hermano. Teodoro es un hombre solo.

-Me tiene a mí y ahora a Marta.

-¿Y qué?

-¿Cómo que, y qué?

-Teodoro no tiene a nadie, ni a vos, ni a Marta. Nunca tendrá a nadie, apenas su pintura… ¿No sabéis reconocer a alguien solo? También hay mujeres solas, menos, pero las hay. Si no son ricas son putas o santas, y las que no son ni una cosa ni la otra terminan locas.

-¿Por qué me habláis así?, sin ninguna clase de respeto y con ese sarcasmo hiriente.

-¿Os he herido?

-Sí, lo habéis hecho y no comprendo por qué. Os debería echar de mi casa.

-No lo hagáis, ya me voy yo, y disculpad ese daño que decís que os he causado.

Se levantó, se puso su jubón y su capa, el sombrero, me hizo una reverencia y me dio la espalda dispuesto a irse.

-Esperad, le dije.

-¿Sí?

-¿Qué es estar solo?

-Eso que estoy haciendo ahora, irme.

-Por vuestra culpa en todo caso, tenedlo presente, no me la adjudiquéis a mí, no seáis injusto.

-No lo soy, es por mi culpa sin duda.

-¿Irse es estar solo?

-Sí, estar solo es no tener casa, siempre te estás yendo de todas partes.

-¿A dónde iréis?

-¿Dónde queréis que vaya?, al camino, en el fondo es lo que me gusta, no me quejo, a veces lloro, pero no me quejo, lo busco.

-¿Y esas que decís son amigas vuestras?

-¿Quiénes?

-Amparo y Magdalena.

-¿Qué queréis saber de ellas?

-¿Qué son para vos?

-Amigas.

-¿Un hombre puede tener amigas?

-Si ambos viven lejos y se ven poco, sí.

-¿Y si no?

-Si no… tampoco.

-No me hagáis reír. ¿Tampoco o también?

-¿Queréis ser mi amiga?

-Si me prometéis ser más educado y amable, sí.

-Os lo prometo.

-Entonces seré vuestra amiga

Me pidió la mano y se la di, y con la suya ya enguantada me la giró, quedando mi palma hacia arriba, la besó, besó la palma, justo en el centro.

Cerró mi mano sobre sí misma mientras me miraba, y… se fue.

Besó la palma de mi mano,
mi mano entre sus labios,
y sus labios en mi mano.


Parece un poema, y...una premonición, un deseo de pájaro alto.

No de esos que dicen que levitan, de esos no, no es el deseo de un santo ni de un místico. Es el deseo de uno de esos que vuelan con sus enormes alas extendidas y su pico curvo, tan duro que rompe el hielo y libera al sol.

Decís los hombres que las mujeres estamos locas y tenéis toda la razón, estamos tan locas como lo estáis vosotros. Y las que estamos solas y no somos ni ricas ni putas ni santas, lo estamos más.

Pareció un poema,
pero sólo fue un beso.
Un beso de un hombre solo,
en una mano vacía de mujer,
que no en una de mujer vacía.
Sólo fue un beso,
pero pareció un poema.


Querido Teodoro,

Así terminé la carta ayer, pero hoy es otro día. El sol es distinto y el viento sopla del norte, ya sabes qué significa eso. Frío.

Así pues…no te aproveches querido hermano que al final, transcribiendo la conversación con Saverio, me haya ablandado como una papilla para niños o para ancianos. Recuerda todo lo que te he dicho al principio de la carta. ¿Lo harás?

No lo olvides, si no te azotaré como a un niño. Como a un niño de teta, eso que según parece ahora eres. Se comedido y no te atragantes.

Tu hermana que te quiere.

Silvia.

PD. Teodoro, ¿de verdad te sientes solo? ¿Tan solo que lloras algunas noches? Si es así no te lo calles. Estar solo y ser mudo es doble castigo. Yo quiero a mi familia, pero veo en los ojos de Pablo los tuyos y los de Saverio, y tengo miedo, tengo miedo de verdad. Por eso me casé con Christian, sus ojos miran diferente, a veces incluso, demasiado diferente.

Si recibes noticias de Saverio no te olvides de contármelas.

jueves, 2 de abril de 2009

El peletero/La Máquina

17 Enero 2008

Ah, lo que tú quieres saber, jovencito,
quedará como no preguntado, se perderá sin ser dicho.

(Pier Paolo Pasolini, entresacado de una conversación con el adolescente Bernardo Bertolucci)


Las máquinas fallan y lo hacen muy a menudo.

Pero los humanos fallamos más.

En realidad las máquinas no deberían fallar nunca, para eso son máquinas, nos sustituyen allí donde no llegamos. Hacen aquello que nosotros no alcanzamos ni podemos hacer más que a través suyo, pues ellas mismas somos nosotros, ¿quién si no las ha pensado y construido?



Una prótesis, una válvula del corazón, un empaste dental, un antibiótico, un lavaplatos, unas pestañas postizas, un simple cuchillo para cortar el pan… Cualquiera de ellos es una máquina. Hemos poblado nuestro paisaje de artilugios, artefactos, ingenios y aparatos que nos ayudan en todo aquello que creemos necesario. Incluso pueden llegar a convertirse en un amigo, en un compañero de juegos, en el símbolo de alguien, en aquello que evoca nuestro recuerdo, quizás llegue a ser el recuerdo mismo, o tal vez hasta ese alguien.

Un conjuro mágico es una máquina, lo es una premonición, una adivinanza. Un libro también lo es, lo es la poesía y todo el arte. Lo es cualquier “constructo” humano, una fórmula matemática, una disertación, una simple idea.

Una simple barra de pan.

Y también lo es el erotismo, el sexo practicado por humanos es un puro artificio. Con él conseguimos elevarlo a la suprema categoría que la estética puede alcanzar, a su máxima condición, ésa que todos conocemos por el nombre de ética.

Y que popularmente se conoce por amor, olvidando añadirle el adjetivo de “erótico”, el término exacto es, “amor erótico”, colindante con el otro, con el Amor sin adjetivos, el tesoro de la creación, el mismísimo corazón de Dios.

Nuestras máquinas apenas las estamos empezando a fabricar, el tiempo que llevamos es mera prehistoria comparado con el que ha de venir. Desde grandes naves interplanetarias a quánticos componentes para la nueva era de la informática. Vacunas y nuevas medicinas que casi nos convertirán en inmortales.

La revolución que se nos avecina dejará pequeños, mudará en enanos, en verdaderos ciudadanos de Liliput, a Marx y a su amigo Engels.

Las máquinas son una maravillosa metáfora de la compañía y también la perfecta lección de que la mejor compañía siempre somos nosotros mismos.

¿Esa fue la pretensión de Dios al crearnos? ¿Construir su mejor compañía a través del mismo material del que Él está hecho? ¿Acompañarse a sí mismo? ¿O precisamente todo lo contrario?

¿Dios quiso con nosotros construir verdaderamente al Otro?, ¿ese terreno desconocido, siempre difícil, incluso peligroso? Porque… la verdadera aventura, la auténtica épica siempre es descubrir ese nuevo continente, sea un desierto, una selva, montaña o valle, tierra o mar, que es…



…el Otro.

La pregunta crucial tal vez no sea, ¿qué hay después?, sino, ¿quién es ése?

Blade Runner y su autor Philip K. Dick, que no pudo anticipar ni imaginar los teléfonos móviles o celulares, terminará acertando con sus replicantes y los talleres piratas de ojos, riñones, o pedazos de cerebro con la memoria que uno quiera, a elegir según menú, o diseñada a medida.

Blade Runner tiene un momento tierno que no es amoroso a pesar de la belleza de sus protagonistas, de Harrison Ford (joven y atractivo), de Sean Young, especialmente espléndida al final de la película con su maravilloso abrigo de piel auténtica. Por suerte la película de Ridley Scott todavía no había sido contaminada por la epidemia ecologista y ese amor tan infantil por la naturaleza.

Los replicantes son máquinas muy parecidas a los humanos, lo son tanto que únicamente expertos en ellas pueden distinguirlas de los auténticos hombres y mujeres. Máquinas diseñadas para tareas específicas y con una fecha de caducidad habitualmente muy corta.



Ese momento tierno mencionado es cuando el ingeniero principal del proyecto que fabrica los replicantes, J. F. Sebastián (William Sanderson), aquejado del síndrome de Matusalén, que lo envejece prematura y exactamente igual que les sucede a sus criaturas, esas que él mismo diseña, es visitado por una de ellas, Rutger Oelson Hauer interpretando el papel de Roy Batty, un peligroso replicante de la serie “Nexus 6”.

Roy Batty ha huido junto con algunos compañeros más, y de algún confín de la galaxia han regresado a la Tierra para hacer una pregunta.

El apartamento del ingeniero es enorme, parece un palacio romano o palermitano, en un edificio vacío y ruinoso, del que te sorprendes que todavía funcione el ascensor. Es un hombre, tímido y físicamente poca cosa, que juega al ajedrez por teléfono (Philip K. Dick tampoco anticipó Internet) con el Gran Jefe de la Tyrrell Corporation, la que fabrica esos ingenios, mitad máquinas, mitad no se sabe qué.

Es un hombre solo que ha poblado ese apartamento, mitad palacio, mitad devastación, de muñecos articulados, juguetes vivos, medio hombres y mujeres y medio marionetas independientes. Entes locos que tropiezan contra las puertas, dan media vuelta y vuelta a empezar, para que a la tercera o cuarta intentona traspasarla sin darse de bruces contra ellas o las paredes cercanas. Parecen soldados de plomo, pero están hechos de carne, carne humana con una fecha de caducidad diferente a la nuestra.

Roy Batty quiere saber por qué se le termina su tiempo. Él es un ser construido para combatir. También desea saberlo Rachael (Sean Young) que al principio ignora que lo es, pero que la han diseñado para satisfacer a los hombres y darles placer. Ambos son casi humanos o quizás más humanos que nosotros mismos.

Roy Batty, la máquina, visita a J. F. Sebastián, su “padre” y a través de él consigue llegar hasta el Presidente de la Tyrrell Corporation, su “Dios”.

Quiere verlos para preguntarles ¿por qué? Ni uno ni otro son capaces de responderle, ni el Padre ni El Espíritu Santo conocen la respuesta. Y el Hijo no está presente o quizás lo sea esa misma máquina que llora en brazos de su creador, ésa que llena de miedo y que, faltada del mínimo cariño, termina por matarlos a ambos.



A mí también me gustan las máquinas, como le gustan a Caín, el ángel libre que aúlla porque no sabe llorar. Y me gusta que las máquinas salven vidas y den placer. Me gusta que las máquinas nos acompañen, me gusta conversar con ellas de la misma forma que lo hago con las lagartijas verdes con rayas oscuras.

También me gusta el palacio barroco que he comprado. He debido sobornar a un funcionario y a dos políticos para que no lo declarasen edificio de interés arquitectónico. En él me he recluido, es austero, con pocos muebles, pero con la mejor tecnología en comunicaciones que he sido capaz de reunir. Incluso me he instalado en la azotea un potente telescopio y en mi estudio un avispado microscopio.

En mi enorme alcoba solamente hallaremos una cama baja, casi japonesa y casi de monje; una mesita para depositar la lámpara y algún que otro libro y en un rincón, en el otro extremo, un pequeño armario con ropa; ¡ah!, y una silla para depositar la ropa que me quito cuando me acuesto.



En el último piso he instalado mi taller, donde construyo esas máquinas, y a través de mi página web, las vendo como si fuera un inventor estrafalario.

Naturalmente lo soy, estrafalario, pero soy inofensivo y simpático. Y todos aquellos y aquellas que se atreven y vienen a comprármelas directamente a mi casa, -para, así de paso, aprovechar y conocerme-, me llaman artista o me apodan directa y cariñosamente, “Leonardo”.

Yo se lo agradezco haciéndoles una rebaja en el precio. Y alguna que otra muchacha jovencita, demasiada niña aún, y bastantes mujeres de todas las edades, me besan y me piden que me acueste con ellas, como si yo también fuera una máquina. Gustoso les digo que sí a todas, a unas y a las otras, a las niñas y a las ancianas, me gusta hacer el amor con ellas, con todas ellas. Algunas son tiernas y dulces y otras salvajes y guerreras. Unas me dicen “ven” y otras me piden que espere, y mientras espero se me desnudan delante de mis ojos con la mejor y más seductora de las danzas, no necesitan música, o son ellas mismas las que me cantan, con su propia voz o con la alegría de su deseo.

Después hacemos eso que me piden. Algunas regresan, y todas se van satisfechas y contentas a casa donde las espera su esposo, novio, compañero o robot.

Las máquinas se rompen y lo hacen muy a menudo.



Pero los humanos nos estropeamos mucho más.

Yo ya he de tomar una de esas pastillas que ayudan a la erección, son formidables, unas máquinas perfectas que gracias a ellas y a pesar de mi edad, puedo todavía complacer bastante dignamente a mis queridas clientas.

ECCE HOMO

Sí, yo sé de donde procedo.
La llama no me sacia,
quemo y me consumo.
Todo lo que toco se convierte en luz
y carbón todo aquello que dejo:
es muy cierto que soy una llama.

Friedrich Nietzsche


Esas fueron palabras del gran filósofo alemán, pero que hubieran podido ser perfecta y normalmente dichas también por, Roy Batty, “replicante” de la serie “Nexus 6”. Nadie de nosotros se hubiera sorprendido al oírlas de su propia boca mientras, inexorablemente, se le expiraba su tiempo.

Ellas también, las palabras del poeta, y todos nuestros momentos “se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”.

“Es hora de morir”, dijo Roy Batty.

Y murió.