viernes, 17 de abril de 2009

El peletero/El dinero y el cafés espeso-Escena primera (y 2)

12 Febrero 2008

EL DINERO Y EL CAFÉ ESPESO

Obra en un solo acto y cuatro escenas

Escena primera (y 2)


Javier (A Irene y algo rígido)

¿Cómo estás?

Javier se acerca a Irene para besarla cuando Aleka se lanza al cuello de Javier y le besa fuerte en la mejilla. Javier medio se sorprende y se asusta porque no se la esperaba.

Aleka (A Javier)

No te asustes que mis besos no duelen. Le da un par de besos sonoros.

(A Irene) Perdona, es todo tuyo.

Pedro

¿Y yo? ¿A mí no me besa nadie?

Irene y Javier se consiguen besar sin mucho entusiasmo, y Javier repite la pregunta:

Javier (A Irene)

¿Cómo estás?

Irene se dirige a Pedro.

Irene (Mientras besa con mucho cariño a Pedro)

(A Javier) Bien, estoy bien.

¿Cómo estás, Pedro? (Saludando con sincera dulzura a Pedro)

Pedro

Estoy bien, gracias. Y tú cada día más guapa

Aleka se acerca a Pedro.

Aleka

(Besando efusivamente a Pedro) Esta usted más guapo que su hijo.

Javier (A Irene)

¿Y Suiza?, ¿qué tal?, ¿bien?

Pedro

¡Claro!, eso ya lo sé, ¡mucho más guapo! Pues tú tampoco estás mal, Aleka. (La mira de arriba abajo)

Irene (A Javier y sonriéndole sincera)

Bien, muy bien, pero demasiado fría.

Aleka acaricia a Pedro en el rostro y le guiña un ojo mientras se sienta cerca de Javier. Irene ha ido besando fríamente a todos los demás, y se queda en pie.

Javier (A Irene)

El queso sigue siendo bueno, ¿no?

Christos

¿Queréis café?

Irene (A Javier)

¿Qué queso?

Javier (A Irene)

El suizo

A Aleka se le escapa una carcajada y a Irene se le escapa media risa

Irene (A nadie)

No tiene gracia. (Sonriendo)

Vanguelis murmura por teléfono, peleándose y regateando.

Christos

¿Queréis café o no?

Aleka

Sí, yo quiero uno. (Mirando extrañada a Vanguelis) ¿Con quién habla?

Irene

No, yo no, el café griego es lo más apestoso que he tomado nunca.(Mirada rápida a Javier)

Dimitris

¡Pedro!

Pedro

¿Qué?

Dimitris

¿Mandarás el dinero?

Javier (A Irene)

¿Ya no te gusta el café? Antes tomabas.

Pedro (A Dimitris)

Diez mil dólares no, pero cinco mil cuenta con ellos.

Irene (Mirando con interés a Javier)

Ya sabes que no, solamente me gusta el italiano, “l’espresso”. ¿Te has olvidado de eso?

Dimitris

Envía al menos nueve mil, pero antes de final de mes ¿eh?

Aleka

Pues a mí me gusta todo el café, me da igual de dónde sea. ¿En España hay buen café?

Solapándose las respuestas…

Christos

Javier

¡No!

… al hablar Christos y Javier al mismo tiempo.

Aleka (Riéndose de ellos)

¿Sí o no?

Dimitris

¡No!, el café español es muy malo, ¡lo hacen incluso mejor en Alemania!

Niko

O en Rusia.

Aleka

¿Ah sí?, ¿en Rusia hacen buen café? El de Colombia debe de ser bueno, ¿no? Hay un equipo ciclista que tiene nombre de café, ¿verdad?

Christos (A Aleka)

¿Y tú eso cómo lo sabes?

Aleka

A mi hijo le gusta el ciclismo, este verano tuve que tragarme ¡tooodo! el “Tour de Francia” entero. Que tontería, subir montañas en bicicleta. Los hombres estáis locos.

Christos

También hay mujeres ciclistas.

Aleka

Sí, claro, pero seguro que no suben montañas, las mujeres no somos tan tontas.

Javier

Tener buenos tomates no quiere decir que los frías bien, mira a los italianos.

Aleka (Mirando a Javier)

¿Qué?

Javier

Que tener buenos tomates no quiere decir que los frías bien.

Aleka

¿Fríen mal los tomates en Colombia?

Irene (Sonriente y simpática)

No tonta. Quiere decir que sin tener cafetales hacen buen café.

Aleka

¿Los colombianos no tienen cafetales?

Irene

¡Los que no tienen café son los italianos!

Aleka

¿Ah, no?

Vanguelis sigue llamando por teléfono y regateando para conseguir las “manos de visón” a 350 dólares. Parece que lo consigue.

Vanguelis (Insistiendo)

Te lo pido como un favor personal, es algo que necesitamos, nunca te pido favores.

Javier (a Christos, con una sonrisa irónica)

Eso del favor nunca falla.

Christos (a Javier)

Sí, esa es una buena táctica. Pero ahora él dirá que no es una casa de caridad

Vanguelis

Ya sé que no te dedicas a las obras de caridad, yo no te pido ninguna limosna, te pido una rebaja.

Christos (a Javier, medio riéndose)

¿Ves?

Vanguelis

Siempre te llevo los mejores clientes, no te puedes quejar.

Javier (a Christos)

Eso que le ha dicho es una amenaza velada.

Pedro (A Vanguelis)

Dígale 300, ni un dólar más.

Javier

¡Papá!, no te pases.

Vanguelis (A Javier y tapando el auricular del teléfono con una mano)

Ha ido a consultarlo con su esposa.

Javier

Mala señal.

Vanguelis

Sí.

(Hablándole de mala manera) ¡Niko!, haz el favor, tengo el café frío, tráeme otro.

Niko

¡Voy! (Casi gritando)

Aleka

Pero ¿hacen buen café o no en Colombia?

Javier

Mi argumento era a la inversa, Aleka.

Irene (A Javier, amable)

Ya veo que no has cambiado. ¿Eso lo haces a propósito?

Pedro

¡300, ni un dólar más!

Javier

¿El qué?

Irene

Hablar así, al revés, para que nadie te entienda

Javier (Javier se ha levantado y se ha acercado a Irene)

Tú me has entendido, ¿no? Siempre lo has hecho.

Christos bosteza y empieza deslizarse silla abajo.

Irene

Al final aprendí el truco. (Acercándose a las ventanas)

Javier

Que yo recuerde te gustaba y te divertías, era un acertijo. Tú misma me lo pedías. ¿No lo recuerdas?

Aparece Caterina, la secretaria, con unos papeles, y Niko con más café.

Christos se despierta de golpe, se endereza, se ajusta la corbata, se alisa el bigote y carraspea.

Irene

Sí que lo recuerdo, y…

Irene, recostada en uno de los ventanales, cuando iba a terminar de responder a Javier, se calla. Mira a la secretaria y a su primo, atenta y con cara seria. Javier se gira y también mira.

Caterina le pone a Christos unos papeles encima de la mesa y le dice algo muy bajito para que nadie la pueda oír.

Javier (A Irene)

Termina lo que ibas a decir Irene.

Aleka mira muy atenta y seria a Irene y a Javier, Irene, con el rostro entristecido, mira la calle a través de las ventanas y Javier mira con ternura a Irene.

Aleka (A los dos, entrometiéndose, a Irene y Javier)

¿De qué habláis?

Dimitris (Mirando a su hijo Christos y a la secretaria y apremiándolos con un gesto)

¿Qué te ha traído?

Irene (Respondiendo a Javier)

Nada.

Christos (A Dimitris, su padre)

Son los albaranes.

(La secretaria Caterina se va rápido y disimuladamente)

Pedro

300 dólares, ni uno más.

Javier (A Irene)

¿Nada?

Vanguelis

De acuerdo, perfecto, muchas gracias.

Vanguelis cuelga el teléfono y se produce un silencio. Todos callan y le miran.

Vanguelis (Resoplando y sonriendo, con cara de haber salido victorioso)

¡¡325!!, no he podido conseguir menos.

Javier

¡Bravo!

Aleka

¿Queda más café?

Dimitris

Diez mil dólares antes de final de mes.

Irene (Hablando sola y mirándolos a todos)

Nada.

Javier (A Dimitris)

Ha dicho usted ocho mil.

Dimitris (A Javier)

He dicho nueve mil, no trates de engañarme

Pedro

300 dólares, ni uno más.

Los demás mirando a Pedro y casi al unísono.

¿Qué?

Pedro (Mirándolos a todos)

¿He dicho algo que no debía?

Javier (A Irene)

¿Has dicho algo?

Irene (Respondiendo a Javier con una sonrisa dulce y tierna)

No, no he dicho nada.

Vanguelis (Enfadado)

¡Niko! ¿Y mi café?

Niko
(Con dulzura)

Es la una del mediodía, y ya es hora del almuerzo. ¿Por qué no se van a comer?

Pedro

Eso, buena idea. ¡Vamos todos a comer!

Dimitris (A Pedro y señalándolo con el dedo)

Pagas tú.

Pedro (A Dimitris y señalándolo con el dedo)

¡¡Ni pensarlo!!


SE APAGAN LAS LUCES

FIN DE LA PRIMERA ESCENA

jueves, 16 de abril de 2009

El peletero/El dinero y el cafés espeso-Escena primera (1 de 2)

11 Febrero 2008

EL DINERO Y EL CAFE ESPESO

Obra en un solo acto y cuatro escenas

Todos los personajes y las situaciones narradas son pura ficción.

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Escena primera (1 de 2)




La sala es polivalente. En uno de los extremos hay una mesa o tarima baja, de 20 centímetros de altura y de 2x2.50 metros de superficie.

En un rincón una mesa tablero para hacer paquetes, a su lado cajas de cartón plegadas, tela de saco, arpillera, para envolverlas, cuerdas y agujas saqueras para coser la tela.

Hay también tres mesas de despacho repartidas, cerca de las paredes, con sus sillas correspondientes y con algunos armarios y archivadores detrás de ellas. Teléfonos y más objetos de escritorio.

En el centro una estufa. Una de esas de hierro colado y chimenea. Es una estufa que quema madera, carbón, periódicos y cualquier cosa que le eches. Puede con todo y su calor es abundante y llega a todos los rincones.

Son muebles de oficina moderna, anodinos. Las paredes blancas, con un poco de suciedad, no mucha.

La sala es una planta rectangular alargada. En los lados cortos, a derecha e izquierda del espectador, hay unos grandes ventanales. Uno de ellos da a la calle y el otro al patio trasero.

Estamos en la tercera planta de un edificio que tiene cinco. También hay un ascensor monta cargas, pero no garaje.

En las paredes no hay ni un cuadro ni ninguna fotografía, sólo un calendario turístico de Grecia y de la Olimpic Airways , y un cartel de la Feria de Peletería de Frankfurt con una muchacha desfilando por una pasarela.




Los personajes:

Dimitris, 66 años, es el padre de Christos.

Christos, 36 años, hijo de Dimitris.

Vanguelis, 58 años, es socio de Dimitris.

Niko, 62 años, es un empleado.

Aleka, 45 años, es también hija de Dimitris y hermana de Christos.

Irene, 28 años, es sobrina de Dimitris y prima de Aleka y de Christos.

Pedro, 77 años, es el padre de Javier.

Javier, 40 años, hijo de Pedro,

Caterina, 20 años, es la secretaria.





(Afuera está nublado, hace frío y ha llovido mucho. Pronto nevará).


(La sala está muy iluminada. La estufa encendida. En un rincón vemos a Niko, vestido con su bata gris, haciendo café en una cazuelita y un pequeño fogón a gas que hay en la mesa tablero).

(Se abre el ascensor y van saliendo, Christos, Javier, Vanguelis, Dimitris y Pedro).

Christos (Dirigiéndose a Javier)

Los griegos parecemos americanos.

Javier

¿Por qué lo dices?

Se van repartiendo en las mesas. En una Dimitri y Pedro, en la del centro Vanguelis solo, y en la tercera Christos y Javier.

Christos

Porque cuando tenemos dinero nos sobra espacio. Construimos casas demasiado grandes. Ésta (señalando la sala en la que se encuentran con un movimiento de brazos) es un buen ejemplo de ello.

Javier

Pero allí les sobra espacio aunque no tengan dinero

Christos

Precisamente, eso es lo malo.

Javier

¿Qué sea un país enorme?

Christos (Irónico)

No, lo malo es que Grecia es pequeña.

Dimitris

Te sobra espacio cuando te sobra dinero.

Vanguelis (Casi riendo)

Cuando te sobra dinero, te sobra de todo.

Dimitris (Irónico)

No se puede comer más de tres veces al día. ¿Para que quieres ser rico?

Pedro

¿Para qué quieres ser rico?, o ¿para qué quieres ser más rico de lo que ya eres, Dimitris?

Javier

Parecéis filósofos griegos.

Dimitris (Levantando tres dedos)

¡Tengo tres hijos!

Christos

Y seis nietos.

Vanguelis

Y un yerno y dos nueras.

Dimitris

¡Y varios cuñados!

Javier

Y siempre se os olvida construir el garaje subterráneo

Christos (Irónico)

Sí, es verdad, es algo que nunca he entendido, debe ser un defecto cultural, siempre se nos olvida. ¿Por qué?

Javier

No le pidas a un filósofo que construya garajes.

Todos ríen.

Niko, con su característica parsimonia, lleva una bandeja con seis cafés y seis vasos de agua que va repartiendo por las mesas. El sexto café es para él.

Dimitris

Los planos los supervisaste tú, Christos, ¿recuerdas?

Christos

Sí, pero el dinero lo ponías tú, papá, mejor dicho, tú y Vanguelis y no queríais gastar. Queríais un edificio barato. Esto es un edificio barato. (Señalando el recinto con otro amplio movimiento de sus brazos)

Javier

Sin garaje.

Christos

Y sin calefacción

Dimitris

El dinero lo poníamos yo y Vanguelis porque era ¡nuestro dinero!, ¿verdad Vanguelis? A ti te lo íbamos a dejar..., hubieras terminado con poner piscina y sauna.

Pedro (Bromista)

¡Buena idea! Con masajistas femeninas, ¿no?

Dimitris

Ya se te ha hecho tarde para eso, Pedro.

Pedro

Y tú que sabes.

Niko ha terminado de distribuir los cafés por las mesas.

Christos (Dirigiéndose a Niko)

Niko es el único que no necesita ser rico, ¿verdad Niko?

Niko (Sonriendo afable)

¡Claro! ¿Quién haría entonces los paquetes y los cafés?, ¿Quién barrería?

Pedro

(En un mal inglés) ¡You are rich Niko, because you d’ont need anything!

(A Dimitris) ¿Saldrán todos los paquetes la próxima semana?

Christos (A Pedro)

No se preocupe, todo estará listo el próximo jueves.

Todos toman el café sorbiéndolo y haciendo mucho ruido.

Javier (A Christos y procurando que los demás no le oigan)

¿Vendrá Irene a comer?

Christos (A Javier)

No sé. Aleka seguro que viene, Irene no sé.

Dimitris (A Pedro y con cara seria)

Debes enviarnos algo de dinero, la cuenta sube ya demasiado.

Javier (A Christos)

Porque está aquí ahora, ¿no?, en Kastoriá.

Christos (A Javier)

Sí llegó anteayer de Lausanne. No se por qué ha venido. ¿Ha venido por ti?

Pedro (A Dimitris, entristecido)

Ya sabes cómo han sido las ventas de este año; peor imposible. No te preocupes, enseguida te mando algo.

Javier (A Christos)

No sé, no tengo ni idea, espero que no.

Christos (A Javier)

¿No habíais roto?

Javier iba a responder a Christos

Dimitris (Mirando a Javier)

No, algo no, este mes debéis mandar al menos diez mil dólares.

Javier (Despistado)

¿Qué?

Dimitris (Mirando a Javier)

Digo, que nos tenéis que mandar al menos diez mil dólares.

Javier (A Dimitris)

Sí, sí, claro.

(A Christos)

¡Claro que hemos roto!, ya hace un año.

Pedro (Con cara de enfadado y gesticulando como un italiano dirigiéndose a Dimitris)

¿Por qué me hablas a mí y miras a mi hijo?

Dimitris (También pone cara de enfadado)

Porque él me hace caso y tú no. Recuerda (mirando otra vez a Javier y levantando el dedo índice de la mano derecha), diez mil dólares.

Javier (Esta vez atento)

“Endaxi”. Pero con una condición. (Mirando a Vanguelis) Consíguenos esas “manos de visón” que hemos dado por perdidas, consíguelas a 350 dólares, 12 “bodys”.

Vanguelis

¿Eh? ¿350? ¿Tan solo?, ¿nada más? Dirá que no, ¡imposible!

Javier

Tú prueba. (Sonriendo) Inténtalo. Dile eso de que los griegos y los españoles somos hermanos.

A Christos se le escapa una carcajada.

Vanguelis

Si le digo eso me cuelga.

Vanguelis marca el número y llama.

En aquel momento entran Aleka, hija de Dimitris y hermana de Christos, acompañada de una de sus primas, Irene.

Las dos: ¡Kalimera!

Javier y Pedro se levantan para saludarlas, los demás permanecen sentados.

miércoles, 15 de abril de 2009

El peletero/El Gordo y mi viejo profesor (y 4)



7 Febrero 2008

Mi profesor no fue el primer asesino que conocí, pero sí el primer catedrático de Historia del Arte que lo era.

Siempre llegaba a clase con un pájaro encerrado en su jaula, lo colocaba encima de la mesa y empezaba la disertación. Anclado en aquella silla de ruedas sus palabras atronadoras se entremezclaban con el canto del animal.

En una ocasión le preguntaron por qué traía un pájaro al aula. El respondió que aquello era una clase de Historia del Arte y que ya deberían saberlo. Al ver la cara de ignorancia juvenil que ponían sus alumnos les conminó a que en el plazo de una semana le dieran una respuesta por escrito, advirtiéndoles de entrada que la pregunta estaba mal hecha, que debían empezar por reformularla debidamente, quizás así hallarían la respuesta correcta.

El resultado debió de ser tan desalentador que jamás se dignó hacer ninguna mención ni comentario de las respuestas, ni nadie tampoco nunca se atrevió a pedírsela.

Su desdén y soberbia infundían temor. Por eso, la estupefacción fue enorme cuando lo expulsaron de la Universidad por haber falsificado su titulación académica. No era Doctor en Historia del Arte, lo era en Medicina Forense. Era ridículo, aunque sin duda burocráticamente sí era importante. Su solvencia intelectual y profesional a pesar de ser extravagante, era también indiscutible. Sin embargo nadie le defendió, el rechazo psicológico que producía en los demás su extraña personalidad ahogó cualquier posible voz amiga.

Él también calló. Dos meses más tarde asesinó al rector de la Universidad. Esta vez la sorpresa fue, claro está, mucho mayor. Tanto por el crimen en sí como por las circunstancias.

No le fue fácil a su abogado defensor conseguir que fuera aceptado el criterio de crimen pasional y la atenuante de enajenación mental transitoria. Lo logró gracias a que el muerto había sido un hombre y no una mujer. Una vez cometido el asesinato, él mismo se presentó a la policía. Llegó a la comisaría todo ensangrentado y con una fotografía en la mano. En ella se veía al pobre rector abatido encima de la mesa del comedor de su casa, con el cuello rebanado con el cuchillo de cortar pan.

Al lado del muerto se hallaba él, Miguel Zweifel, sentado en su silla, manchado de sangre y mirando a la cámara. De su enorme mano derecha sobresalía la pequeña cabeza de un jilguero.

Esa era la escenografía, la historia en cambio fue mucho más vulgar. Amante durante años de la esposa del rector, al descubrir éste la relación adúltera de su mujer, decidió expulsarlo haciendo uso de la falsificación del título académico, y que según parece ya conocía y que hasta entonces había estado preservando no sabemos por qué.

Por ese asesinato le condenaron a veinte años de los que únicamente cumplió esos diez.

Todo el mundo recuerda el jilguero de la fotografía y el que mostraba enjaulado en el aula de la Universidad. Pero todos han olvidado aquel cuento de los hermanos Grimm que nos contaba cada lunes. Mejor dicho, olvidado seguro que no, pero nadie hace mención de él, sí del pajarito, no del cuento. El jilguero parece encerrar una extravagancia, el cuento una enseñanza moral.

El afirmaba que era de los hermanos Grimm, pero quizás no. Tal vez lo ampliaba, lo rellenaba, lo cambiaba a su conveniencia y lo alteraba a su gusto. Es posible que fuera de su invención y que se lo atribuyese a otros, por una extraña humildad en él, o para darle una autoridad que creía que él no era capaz de dar.

Es una fábula curiosa donde el diablo aparece como un benefactor de los hombres, es la buena suerte personificada. Todo el mundo halla aquello que desea, dinero, amor, juventud. No en forma de petición o de respuesta a los tres típicos deseos del genio de la lámpara, así no. Tampoco ofreciendo algo a cambio, no se realiza ningún trato con el diablo, nadie vende su alma. Es la suerte diaria, ésa que no buscas y encuentras, y que naturalmente, no rechazas. El dinero caído del cielo, o bien obtenido en una lotería, el dinero sin esfuerzo.

Es también el amor de Cupido, la belleza de Adonis, Apolo y Venus, es su gracia, es su don, su garbo, su elegancia. Son sus hermosas y perfectas proporciones. Es su voz aterciopelada. Es el cuerpo soñado, tan, y tan deseado. Es el poder de ser querido. Es la pregunta adecuada, aquella, que precisamente es la única que sabes responder. Es el regalo que esperas, el que crees que necesitas. Aquello que estás seguro te falta.

Ése y eso es lo que el diablo del cuento te da. A cambio de nada, sin tratos, acuerdos ni pactos. No pide tu alma. A medida que vas obteniendo todos esos dones se la vas entregando sin apenas darte cuenta. Esa felicidad soñada la va mancillando y emponzoñando. Esa belleza que cualquier espejo refleja, te va desdibujando, emborronándote el rostro, eclipsandote, ahuyentándote, desechándote. Cuando te das cuenta, la ira y el llanto, incluso la dolorosa tristeza, se apoderan de tu corazón para siempre.

Puedes librarte de esa pena momentáneamente, apenas unos instantes. ¿Cómo?, para eso necesitas un cachorro, un lobo recién nacido.

El cuento lo repetía cada lunes de cada semana de todos los meses lectivos. Lo recitaba con los ojos cerrados, deprisa, pero sin ir rápido, igual que si rezara. Mirando la ventana que había a su derecha y que daba a un jardín descuidado.

Un jardín solitario.

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Estaba clareando y los árboles ya parecían árboles y no ángeles amnésicos.

Pronto enlazaríamos con la utopista que nos llevaría a la ciudad.

Ya veíamos a otros autos, camiones y motocicletas, que se cruzaban con nosotros o nos adelantaban.

La carretera empezaba a poblarse.

No había llovido pero el suelo estaba mojado.

La noche había sido fresca y el rocío aquí era más peligroso que una virgen atlante. Una virgen imposible. No por virgen, por atlante.

Morena.

De ojos llorones, más para los demás que para ella.

De ojos marrones, más para ella que para los demás.

Pero mi chófer era bueno y sabía patinar si era necesario. Sin pestañear.

Con elegancia.

Cada vez había más luz, cada vez había más.

Había tanta luz que el sol terminó por salir.

Entonces me dormí.

Y soñé.

martes, 14 de abril de 2009

El peletero/Una ausencia interminable en cuatro partes y una canción



4 Febrero 2008

Para ti, flor vanidosa, que no quisiste vivir en mi casa nueva.

Tengo una casa en el campo
pensada para ti,
con el techo de marfil
y la cama con tu aroma.
Para ti Blanca Paloma
guardo yo… la flor de lis.


(Barcelona, 4 de febrero de 2008)



PRIMERA PARTE

FRAGMENT

as for him who finds fault may sillines and sorrow overtake him when you wrote you did not know the power of your words


(William Carlos Williams) (1)

SEGUNDA PARTE

Hace años que me dedico a la crónica judicial y no sé, no me gusta la cara que veo en el espejo cada mañana cuando me levanto de la cama.

“Tengo mucho frío”, fue la nota que entregó al juez cuando éste, al final de la vista, le preguntó si tenía algo que declarar. Una vez en su mano la leyó para sí, abrió los ojos más de la cuenta, dudó un instante y acabó archivándola con los demás documentos del sumario.

El abogado defensor no protestó ni exigió que se leyera en público. Durante toda su defensa él también había ido siendo depositario de un sin fin de papeles y notas manuscritas de su defendida. Nadie consideró, y tampoco el fiscal, que fueran pertinentes en aquella causa.

El veredicto fue de culpabilidad.

¿El crimen? No tiene ninguna clase de importancia y no viene al caso.

“Tengo mucho frío” fue también la última frase que pronunció cuando la policía la detuvo. Después no volvió a pronunciar ninguna palabra más. Aunque no paró de escribir papelitos con frases sin sentido.

La mañana que la detuvieron estaba toda ella manchada con pintura roja, pinceladas de brocha gorda.

El suelo y las paredes rezumaban pintura roja por todas partes, eso confundió a la policía e hizo pensar en un primer momento que la muchacha aquella se estaba desangrando, pero no, el rojo sólo era pintura plástica de paredes.

Cuando conseguí hacerme con todo el sumario, una vez finalizado el juicio, hallé entre muchos de esos papeles manuscritos que se habían añadido, una carta que parecía que ella misma había escrito a alguien, lo que no sé es si llegó a ser enviada.

Era su letra, y la carta decía:

Yo, mi amor soy toda tu rosa. Con mis espinas, con mis hermosos pétalos abiertos para ti, aquí estoy. Esperándote, feliz y ansiosa, esperanzada y exultante...todo a la vez. He iniciado un conteo regresivo, no es solo tu arribo, es tu llegada a mi vida, que espero de todo corazón, sea definitiva.

Yo no entiendo -y tampoco me ocupo de entenderlo- como te puedo querer y extrañar y necesitar tanto sin haber visto aún la luz de tus pupilas. Es únicamente una certeza en el corazón y por primera vez en la vida le voy a hacer caso, sin importar las consecuencias, sin medir los pasos, sin calcular los besos y los abrazos.

Estaré allí, deseando verte mientras el corazón se me sale del pecho con su latir acelerado. Pero también quiero que te sientas tranquilo porque te voy a cuidar y a proteger, aunque no lo necesites. Es sólo una manera de darte la bienvenida y decirte que mi corazón es también tu hogar.

Hoy me hiciste falta. Muchísima falta. Agradezco el amor que recibo de la gente que me quiere porque el cariño siempre es una fortuna, pero no estabas tú y en tanto eso pase siempre habrá un resquicio por donde se cuela la añoranza.

Son las 11:48pm, del 4 de febrero de 200…, me he escapado un ratito porque no quería que mañana –tu hoy- dejaras de encontrar algunas palabras mías para ti. Te quiero mucho mi corazón, mi señor, mi príncipe, mi rey, mi esclavo, mi tesoro, mi sol, mi cielo, mi vida, tú.

Su rastro lo podemos seguir desde el hospicio de San Antonio. Los archivos, después de cerrarse el orfanato, han ido a parar al Obispado y allí, según parece, continúan.

Su historia no tiene nada que ver, pero por alguna razón extraña, que sé y conozco, pero que tampoco viene al caso contar, ni aquí ni ahora, me recuerda mucho a otra, aunque distinta de dos hermanos que también vivieron en aquel hospicio de San Antonio, ya clausurado y desmantelado.

Allí también guardaban sus fichas y allí llegaron, según parece los dos. Ella casi recién nacida en los brazos de su hermano, apenas seis años mayor. Envuelta en sábanas todavía sucias por la sangre del parto y con el cordón umbilical mal cortado.

Carlos, ese era el nombre que el niño decía que tenía, la llevaba como si fuera él su propio padre, o peor, como si fuera él quién la hubiera parido. A la niña la bautizaron con el nombre del santo del día. Y allí permanecieron ambos, hasta que Carlos, a los catorce años, escapó, pocos días después de muerta su hermana de tuberculosis.

Lo encontraron al cabo de un tiempo, sucio y medio muerto de hambre, tirado al lado de un enorme árbol centenario.

De regreso al hospicio no quiso comer. Un peletero, hermano de una de las monjas que dirigían el hospicio, se acercó hasta allí, se sentó al lado de su cama y ambos, el niño y el hombre, se miraron.

El peletero, que no tenía hijos, tuvo la buena idea de pedirle a un guitarrista y cantaor gitano, que conocía, que lo acompañase.

Toca, le dijo a su amigo.

Y el flamenco empezó a rascar las cuerdas.

Al niño, ya adolescente, se le abrieron los ojos. Y el peletero le dijo:

Si quieres hablar, habla. Yo te escucho.

Así estuvieron cerca de unos ocho meses. El muchacho empezó a comer, poco, y también empezó a hablar, poco.

Después murió.

Años más tarde, el peletero publicó un pequeño libro de poesías inspirado en las palabras de Carlos, aquel muchacho, todavía niño, que se le murió entre las manos mientras un guitarrista gitano le cantaba una canción.


TERCERA PARTE

Ese peletero medio poeta, que de lo único que estaba orgulloso era de haber dejado de fumar y de conseguir que se mantuviera intacto el amor que su hermana monja sentía por él, ese peletero, decimos, era un esforzado aficionado al arte y se embriagaba con las excelentes lecturas de buenos expertos en música, poesía o pintura.

Así pues, siendo por unos instantes él, y usurpando su personalidad en el bien entendido de adivinar su pensamiento -siempre nostálgico, siempre lejano, yéndose, diría él-, se nos permitirá hablar de un interesante análisis del buen especialista barcelonés, Félix de Azúa, profesor de estética de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Barcelona y famoso articulista y polemista en los periódicos del país.

De él queremos comentar un texto corto, escrito a propósito de la antigua y larga tradición de pintar Venus tendidas en un lecho. Desde Giorgione y Tiziano, hasta Manet. Su título es: “Como el perro y el gato” y aparece en el libro del mismo autor, “CORTOCIRCUITOS. Imágenes mudas”.

La razón de citar sus palabras es la consecuencia de una rara casualidad y el resultado de un rocambolesco azar, de eso que ahora se llama, pensamiento lateral, y que enlaza unas ideas con otras sin la más mínima lógica aparente entre ellas.

Eso ya lo inventaron los surrealistas con sus famosos “cadáveres exquisitos” y descubrir en esos “difuntos”, las insospechadas y sorprendentes relaciones que se establecían entre las palabras. Igual que la rara correspondencia entre vida y muerte.

El inicio del milagro está en un corto poema de Federico García Lorca, leído entre aglomeraciones de gente y en un lugar y momento inadecuados. Un suburbano en hora punta un lunes laboral. El poema se titula “Remansillo” y dice así:

Me miré en tus ojos
pensando en tu alma.

Adelfa blanca.

Me miré en tus ojos
pensando en tu boca.


Adelfa roja.

Me miré en tus ojos.
¡Pero estabas muerta!.

Adelfa negra.

Recordamos que la “adelfa” es la flor de una planta venenosa, y que ella podría ser perfectamente uno de los muchos poemas que pueblan “Las flores del mal”, del famoso poeta francés, Baudelaire. No sé si el francés cita esa flor, pero Azúa cita al francés.

En ese interesante capítulo que acabamos de mencionar, su autor se detiene en la disposición y en la estudiada puesta en escena de los diferentes elementos que intervienen en la composición de este tipo de pinturas de Venus recostadas. De sus elementos iconográficos, lumínicos y sombreados. Y también se detiene en la pura técnica pictórica que permite pintar, de una manera u otra, los senos y los ombligos femeninos. En definitiva, la carne.

En su interesante examen, Azúa nos cuenta el deambular histórico, de seres y cosas que acompañan a esas divinas protagonistas. Entre todos ellos, ese innumerable arsenal de cosas y seres que acompaña a la diosa, los más importantes, aparte de ella misma, son los perros y los gatos.

Al final del ensayo, nos revela que dos grandes mujeriegos y al mismo tiempo dos grandes misóginos también, como lo fueron Baudelaire y Manet, intuyeron, que era un “emblema de la modernidad” el desalojo iconográfico del perro, típico acompañante de tales Venus, por un gato que lo sustituye. Una señal inequívoca, según ellos, de que “la vampiresa con iniciativa sexual iba a sustituir a la cortesana sexualmente pasiva”.

Para ilustrar su tesis nos ofrece un poema de Baudelaire, que nosotros transcribiremos aquí. El poema se titula “Le Chat”, y es el número 33 de su libro “Les fleurs du mal”.

LE CHAT

Viens, mon beau chat, sur mon coeur amoureux ;
Retiens les griffes de ta patte,
Et laisse moi plonger dans tes beaux yeux,
Mêlés de métal et d'agate.

Lorsque mes doigts caressent à loisir
Ta tête et ton dos élastique,
Et que ma main s'enivre du plaisir
De palper ton corps électrique,

Je vois ma femme en esprit. Son regard,
Comme le tien, aimable bête,
Profond et froid, coupe et fend comme un dard,

Et, des pieds jusques à la tête,
Un air subtil, un dangereux parfum,
Nagent autour de son corps brun.
(2)



CUARTA PARTE

El 27 de enero pasado, Joan de Segarra nos cuenta en su crónica de cada domingo de la Vanguardia, que el 31 de enero de 2008 se cumplirían años, exactamente 50, del triunfo del cantante italiano, Modénico Modugno, en el festival de San Remo, con la canción “Volare”.

Esa crónica, como todas las suyas, está escrita desde un sentimiento que pocas personas saben apreciar y comprender, que es la ironía tierna, el sarcasmo dulce o duro, enfadado o directamente irritado. La acidez del whisky en el estómago y la amistad en el vientre. Todo aquello que impregna la nostalgia, la verdadera, la de aquellas personas que cultivan su memoria y los recuerdos que la pueblan, con el desapego que produce saber que cada día es un regalo, o una propina como decía Pla. Eso lo conocen muy bien los portugueses y los gallegos, es inevitable, creo, no tienen otro remedio que ser nostálgicos frente a esa barbaridad marina que disfrutan frente a sus almas.

Segarra, es catalán, y el Mediterráneo apenas da para una mala leche, que no es más que leche agriada. El catalán no siente nostalgia de nada, el catalán se enfada, aunque sepa que eso no sirve tampoco para nada más que nada.

Normalmente es así, a no ser que uno tenga vocación de poeta. Si se es bueno podrá evitar eso que tanto tememos los catalanes, hacer el ridículo. Si se es malo, mejor morir frente a un pelotón de fusilamiento, eso sí sabemos hacerlo bien los catalanes, igual que el resto de los españoles, morir fusilados. Todos sabemos que media España se ha dedicado a fusilar a la otra media, pero nuestro Presidente Lluis Companys, político segundón y un peligroso irresponsable, supo, valga la expresión, inmortalizar un modelo de fusilado que todos los catalanes tenemos grabado, a sangre y fuego, en nuestras historias de infancia. En el vetusto castillo de Montjuich que vigilaba a la ciudad, procurando señalarle con su cañones cuál es el buena camino a seguir, en uno de sus antiguos fosos y de cara a los pobres muchachos que le iban a acribillar a balazos, pidió que lo descalzaran, quería que la planta de sus pies tocara el suelo de su patria, de su Catalunya. Fue una buena, teatral, humilde, ética y estética muestra de que un saber morir redime errores del vivir.

Pero nosotros estábamos hablando de cantantes italianos, cantantes de ésos que llevan bigotes finos y que ganan primeros premios en festivales de canción con melodías y letras tan hermosas como esa de “Volare”.

Segarra nos cuenta que “Volare” inauguró también un camino todavía poco transitado, el del cantautor. Y que esa canción respondía a un anhelo moderno y a una sensibilidad quizás nueva también, al menos en la forma.

No somos unos expertos en música popular, ni tampoco en música culta, pero nos gusta, como ha quedado claro en múltiples ocasiones, la manida metáfora del vuelo. Tan usada que muchas veces pierde emoción y sentido poético, excepto… para todos aquellos que verdaderamente han sido pájaros y han volado más allá de las nubes, con cara de puerco, con cara de tonto, o con cara de simple imbécil.

Los pájaros altos saben qué hay más allá, saben también qué hay más allí. Los pájaros altos saben como aquél viejo piloto de la segunda guerra mundial que aparece en “El peletero/La historia del silencio”, que el final siempre es la caída, una caída que todos esperamos no tenga nunca suelo.

Pero hablamos demasiado para que en ese final nadie nos escuche. Que nadie se moleste al leer esas palabras, no es desprecio, no es ofensa ni es rechazo de vuestra compañía, pero no sois esa “para ti” del inicio.

En todo caso es mejor que callemos y transcribamos la letra de la canción.

Penso che un sogno così non ritorni mai più
mi dipingevo le mani e la faccia di blu
poi d'improvviso venivo dal vento rapito
e incominciavo a volare nel cielo infinito


Volare oh, oh
cantare oh, oh
nel blu dipinto di blu
felice di stare lassù
e volavo, volavo felice più in alto del sole
ed ancora più su
mentre il mondo pian piano spariva lontano laggiù
una musica dolce suonava soltanto per me


Volare oh, oh
cantare oh, oh
nel blu dipinto di blu
felice di stare lassù
ma tutti i sogni nell'alba svaniscon perché
quando tramonta la luna li porta con sé
ma io continuo a sognare negli occhi tuoi belli
che sono blu come un cielo trapunto di stelle


Volare oh, oh
cantare oh, oh
nel blu degli occhi tuoi blu
felice di stare quaggiù
e continuo a volare felice più in alto del sole
ed ancora più su
mentre il mondo pian piano scompare negli occhi tuoi blu
la tua voce è una musica dolce che suona per me


Volare oh, oh
cantare oh, oh
nel blu degli occhi tuoi blu
felice di stare quaggiù
nel blu degli occhi tuoi blu
felice di stare quaggiù
con te


Frente a eso es mejor callarse y no decir nada más, excepto recordar el color, Azul, color que ha dado nombre a miles de cosas, muchas de ellas desprovistas de esa “azulidad”.

Pero eso…

tanto da, ¿verdad?


Y LA CANCIÓN

No hemos sido capaces de hallar una trascripción de los textos cantados por María del Mar Bonet y Miguel Poveda. Éste es un trabajo titulado “Els treballs i el dies, Colombiana” y recopila letras provenientes de la tradición popular y oral. Así pues, la nuestra es libre, y seguramente que equivocada, pero fieles a la misma lógica de la tradición oral, en la cantada se inspira, y si no es fidedigna, a nosotros nos gusta.

Ésa ya es una razón suficiente.

Como lo es también que en ocasiones muy esporádicas coloreemos, Alberti y otros lo hacían, nuestros textos, a pesar del peligro evidente de ser cursis y kitsch. Pero ésas son canciones marineras, y aunque la casa está en el campo, a la Blanca Paloma sin duda le gusta el mar, ése que te lleva inevitablemente al… otro lado. Ese lado fatal. El Atlántico parece el lago Estigia visto desde Europa.

Se nos perdonarán unos pequeños cambios que hemos realizado en el tercer verso.

Me gusta por la mañana,
después del café bebido
pasearme por la Habana
con mi cigarro encendido
y comprarme un papelón
de esos que llaman diario
y mirar la población
como si fuera un millonario.


De la Habana són vinguts
en un barco català,
germans meus, germans meus
ahir vaig deixar
l’amor meu i la salud.


Tengo una casa en el campo
pensada para ti,
con el techo de marfil
y la cama con tu aroma.
Para ti Blanca Paloma
guardo yo… la flor de lis.


Quan serem en el mar blau,
pensant en una quimera,
recordau-vos quin temps era
recordau-vos quin temps era
quan jo era marinera
i vos… patró de la nau.






Este es el enlace de youtube en el que María del Mar Bonet y Miguel Poveda cantan en la 19ª edición del Mercat de Música Viva de Vic. Teatre Vigatá de Vic (Barcelona), 12 de septiembre de 2007. “Els treballs i els dies. Colombiana”

http://es.youtube.com/watch?v=kyE65gAtToQ


TRADUCCIONES

(1) FRAGMENTO

igual que
a aquel
que censura

la estupidez
y la pena
pueden rebasarlo

cuando escribiste
no sabías
el poder de

tus palabras

William Carlos Williams
“Cuadros de Brueghel”
Traducción de Juan Antonio Montiel

(2) EL GATO

Ven, hermoso gato, sobre mi pecho amoroso: retiene
las garras de tus patas y déjame sumergir en tus hermosos
ojos, en los que se mezclan el metal y el ágata.
Cuando mis dedos acarician a su antojo, tu cabeza
y tu lomo elástico, y mi mano se embriaga con el placer
de palpar tu cuerpo eléctrico,
veo a mi mujer en espíritu;
su mirada, como la tuya, amable bestia, profunda y
fría, como un dardo hiende y corta,
y, de los pies
a la cabeza, un aire sutil, un peligroso perfume,
flota alrededor de su cuerpo moreno.

Charles Baudelaire
"Las Flores del Mal"
Traducción de Ulyses Petit de Murat

(3) VOLARE

Pienso que un sueño parecido
No volverá mas
Y me pintaba las manos
Y de improviso el viento rápido me llevó
Y me hizo volar en el cielo infinito

Volare oh oh
Cantare oh oh oh

Nel blu dipinto di blu
felice di stare lassu
E volando, volando feliz
Yo me encuentro mas alto
Mas alto que el sol
Mientras el mundo se aleja despacio
Despacio de mi
Una música dulce tocada
Sólo para mi

Modénico Modugno
Traducción libre de Gipsy Kings

La flor de lys



Your shadow is my soul

sábado, 11 de abril de 2009

El peletero/El Gordo y mi viejo profesor (3 de 4)



1 Febrero 2008

Lo vi antes que él a nosotros. Allí, en medio de la carretera, frente al auto, y más allá de la luz de nuestros faros.

En plena oscuridad, había algo todavía más negro.

Se movía.

Se giró para mirarnos. Era ciego, pero nos veía.

Saltó y desapareció por entre los árboles.

Al pasar nosotros las ramas todavía batían.

En algún rincón seguía estando, quieto y palpitante.

Mi chófer no se había dado cuenta de nada.

Seguimos nuestro camino, y nos alejamos.

No es la primera vez que los veo, son inofensivos; ángeles que han perdido la vista y la memoria de tanto amar a los humanos. Son miedosos, enseguida se asustan y huyen.

Yo conozco a uno que todavía resiste y conserva su condición original, aunque cada vez es más cínico. Lleva muy mal vernos morir, se llama Caín y le gusta ser una máquina, le gusta el metal. Yo creo que me miente, lo que realmente le gusta es la carne, pero teme olvidar. ¿El qué?, le pregunto yo. A todos a los que he visto morir, me responde.

Entonces me callo y miro cómo se desvanece,

cómo lentamente va perdiendo el color,

como si lo estuviera olvidando.

Los árboles seguían mostrándome su sombra, parecía que nos guardaran del bosque, del corazón de la tiniebla.

No había nada que temer.

En esa seguridad regresé a mí, para seguir recordando a mi viejo profesor.

“De joven estudié y me doctoré en Medicina Forense, pero toda mi obra escrita y mi actividad docente ha estado dedicada al Arte. También empecé estudios de Arqueología, pero esta es una disciplina que requiere esfuerzos comunes, equipos organizados de personas y subvenciones económicas y a mí no me gusta conversar, colaborar, ni pedir limosna. También estaba el barro y el polvo, el sol y la lluvia, demasiada naturaleza para alguien que admira la arquitectura. Abandoné esos estudios pronto, al fin y al cabo, tarde o temprano, todo acaba bien ordenado y colocado en las vitrinas de los museos.

Algunos perspicaces los han comparado con los cementerios y lo gracioso es que tienen razón. Todos los museos tienen algo de Campo Santo. Eso es un lugar común, la comparación entre un museo y una necrópolis es tan antigua como el arte de embalsamar, pero en fin, es así.”.

“La cárcel no es un museo, es también un cementerio donde te pueden volver a matar. En ella supe que no hay una sola muerte sino varias. Pero yo no tenía miedo, era el más fuerte porque era el único que no quería huir de allí. La cárcel era un refugio, un escondite excelente. Estaba encerrado como en una pintura, petrificado en óleo, embalsamado en aceite. Las momias son mojones, señalan los límites, los umbrales, son una escultura. Una cosa absolutamente inmóvil”

“Entré maduro en la cárcel, casi viejo. Salí ganando al cambiar espacio por tiempo. Cuando viajas deprisa el cerebro se te despega del cráneo. Pero yo no me muevo. En la cárcel, como ahora mismo que viajo a velocidad cero, el tiempo se dilata, ocupa todo el volumen y las cosas que hay en él. Se detiene y acabas convertido en una instantánea, en una pintura”.

“Siempre he detestado las cosas que se mueven demasiado porque son efímeras, se consumen, se gastan y duran poco. Lo bueno tal vez sea breve, pero lo mejor es eterno”.


Eso es casi todo lo que recuerdo de sus palabras.

Un día alguien encontró su cadáver. Según la autopsia, la muerte por hipotermia tuvo lugar mes y medio antes. Lo encontraron muerto de frío en su jardín que no era otra cosa que un triste y destartalado patio trasero. Estábamos en invierno y tal vez quiso morir congelado. Ironías aparte, cuando lo hallaron ya apestaba horriblemente. El hedor había alertado a los vecinos. Era de noche cuando me llamaron y me dieron la noticia.

En aquella época, todavía muy joven, yo trabajaba de algo que se parecía a ser periodista, pero que en realidad no lo era. Tenía que regresar corriendo al periódico y escribir la necrológica. Ser el único miembro de la redacción que había sido alumno suyo me daba un cierto derecho.

Encima de la mesa del despacho me encontré con las fotografías que la policía había tomado del cadáver. Las pocas que le habían hecho en vida no valían gran cosa comparadas con ésas, aquello era ya carne pura quemándose en el infierno.

Naturalmente no las podíamos publicar. Decidimos colocar la que le hizo la policía cuando le arrestó, despeinado y con barba de dos días. El cuello de la camisa aún conservaba unas manchas oscuras de sangre, ¿o era suciedad? Nadie pudo averiguar qué significaba, si es que significaba algo, aquel jilguero vivo, ese pequeño pájaro entre sus enormes manos, musculadas y fuertes de tanto hacer rodar las ruedas de su silla de inválido.

La policía no encontró la manera de conseguir que soltara el jilguero, mientras le hacían las fotos de rigor, amenazaba con aplastarlo.

jueves, 9 de abril de 2009

El peletero/El Gordo y mi viejo profesor (2 de 4)



30 Enero 2008

Mi viejo profesor no tenía familia ni pagaba a nadie para que le calentase su cama. Pero cuando murió por hipotermia, apareció de la nada un primo tercero latinoamericano, tratando de hacer valer sus derechos.

Quizás sí, quizás tenía alguna clase de voz y voto sobre la herencia, herencia que consistía básicamente en derechos de autor.

Tal vez, pero… el caso es que le hice una cara nueva, gratis y sin necesidad de recurrir a la cirugía estética, muy de moda en su país. Me lo agradeció tanto que regresó a la selva sin despedirse. Yo también se lo agradecí, fue todo un detalle irse así, me gusta la gente que se marcha sin decir adiós. El “hola” tiene alguna razón de ser, pero el “adiós” no.

No fui tan malo, al indio le di todo el dinero que tenía mi profesor en el banco, que no era poco y yo me quedé con todo lo demás.

Ya sé que soy desagradable, pero yo sé que lo soy, otros son amables y no lo saben.

Así fue como conseguí su patrimonio, libros, papeles, notas, diarios, apuntes y muchas páginas escritas de toda clase de cosas. Lo guardé en cajas no demasiado ordenadas. El trabajo tuve que hacerlo yo, no quise que nadie me ayudara. No había de haber ninguna secretaria o archivador eficiente, ordenando y ojeando sus cosas. Una vez terminado el trabajo lo hubiera tenido que matar y tampoco había que llegar a eso.

Pero él sÍ que llegó a eso, cometió un crimen y le condenaron por ello.

Diez años de cárcel y libertad condicional por edad avanzada y salud deteriorada lo volvieron a dejar en la calle, más famoso y rico que antes. Las solicitudes para realizar conferencias le llovieron de todas partes. Yo asistí a casi todas, y a todas sin pagar, aunque en todas ellas había que pagar entrada. Yo accedía con pase preferente que él me proporcionaba, de secretario, ayudante, amante, gigoló o lo que fuera, el caso era entrar y sin pagar. En aquel tiempo yo era pobre.

En sus conferencias no se repartían copias del texto y tampoco se permitían artilugios para grabar la voz. Te sometían a un registro escrupuloso. A mí eso me daba igual, porque yo, por decirlo así, entraba por la puerta de atrás y hubiera podido tener el texto oficial, pero es que él tampoco se presentaba con nada escrito, siempre improvisaba. Solamente podíamos tomar notas

Yo siempre he sido lento escribiendo, mis apuntes de clase nunca valieron gran cosa y si a veces es frustrante ver una película subtitulada, también lo es tomar notas en una conferencia. Así que siempre decidía escuchar y disfrutar. Hay memorias fotográficas y las hay taquigráficas y yo siempre he recordado mucho mejor las caras que los nombres. Así que todo lo que guardo en mi mente es un cóctel variado de sus conferencias. Bien mezcladas, aunque como los buenos Dry Martini, sólo agitados y no removidos, unas “balas de plata” muy sofisticadas.

Sus conferencias tenían una cualidad muy alta y hasta exquisita. Todas ellas trataban de Arte, artes plásticas y arquitectura, fundamentalmente. También hacía incursiones en la poesía y la música, pero siempre fue un hombre muy visual. Aunque yo pienso también que tenía un verdadero don para la poesía. En más de una ocasión se lo manifesté, pero él no quería reconocerlo, casi como si tuviera vergüenza de aceptar su capacidad.

Tenía una teoría muy bien formada y formulada con mucha precisión sobre la “jerarquía” en las distintas disciplinas artísticas; ese es un concepto osado, y que hoy en día tiene poco predicamento dada la democratización puritana de la sociedad en todos sus ámbitos, llegando a los extremos que llegan todas esas tergiversaciones que hoy en día pertenecen a lo “políticamente correcto”, invención de las izquierdas en su impertérrita pretensión de cambiar la realidad, no queriendo saber nunca que la única cosa que no cambia es precisamente eso, la realidad.

Así pues y siguiendo el hilo, mi viejo profesor sabía que la cima de la pirámide de las artes lo ocupa la poesía y que luego viene la literatura y después la pintura iconográfica y en cuarto lugar…, pero mejor que no siga. El caso es que la altura de sus parlamentos provocaban en más de uno mareo y a la mayoría vértigo.

También debo resaltar que su público hubiera llegado a ser exclusivamente especializado y erudito, a no ser por esa inveterada costumbre de la que siempre hacía gala y verdadero arte, el exabrupto, la salida de tono, el bufido y la descarga de toda su extensa batería de cañones y armamento verbal. Al final, pólvora, nada más, al final ruido y tracas veraniegas, pero eso gustaba al público, y daba morbilidad a su erudición, a esa ciencia que pocos podían seguir.

Pero la “barbaridad” no lo era únicamente, esa era también su gracia que pocos entendían, ni siquiera la soltaba un anciano extravagante que no sabía medir sus palabras y sus sarcasmos. He de confesar que en eso yo fui su mejor alumno, me enorgullezco de decir alto que gracias a él, nadie me gana en herir con la palabra. Pero él era otra cosa, él era un artista.

Aunque, después de sus fuegos artificiales, había días que llovía. Había noches que sus truenos rompían las nubes y desataba la furia, el agua y el viento. A la mañana siguiente lucía el sol, debíamos bajarnos la visera del sombrero, calzarnos las “sunglasses” y entornar los ojos y el corazón. Tanto en los primeros como en el segundo, había nacido una duda.

¿Era aquello, ese mal carácter, un disfraz?, ¿el velo de un poeta vergonzoso?, ¿una simple habilidad de ocasión? ¿Una manera no sangrienta de hacer daño? Yo creo que era el arma de un inválido, nada más. De pequeño fue víctima de un accidente que lo dejó para siempre en su silla.

Cuando afirmo que era el arma de un inválido, evidentemente estoy haciendo un eufemismo del rencor.

No otra cosa era el alarde de su don. Puro rencor. ¿De qué? de su invalidez, quizás de afrentas y ofensas infantiles y juveniles, amores imposibles por su minusvalía, quién sabe, al menos yo no. Pero mi proximidad a él me permitió reconocer en su palabrería dañina una lógica, un sentido que conseguía tener también significado más allá de esa maldad. Al final, quizás sin quererlo, ese rencor se trascendía a sí mismo.

Y así lograba llegar a ser poesía.

Otros solamente veían dolor en él, nada más, pero yo sé que eso, esa cosa, esa aflicción que los ingleses llaman “sorrow”, y que al decirlo parece que casi pidan perdón, es algo que proviene de otra parte del alma, de aquella que es consciente de sí y no de eso que los psicoanalistas llaman el inconsciente.

Quizás era un anillo, incluso hubiera podido ser el de los Nibelungos o el de Bilbo Bolson, un anillo de poder, forjado por alguien oscuro, el anillo de una diosa, un triple anillo. Fuera lo que fuese, muy a menudo introducía su áspera mano, y tocaba algo en su bolsillo, no sé qué era, nunca conseguí saberlo. Cuando eso hacía, apenas le oía susurrar cinco palabras entremedias de la luz, “your shadow is my soul”.

“Soy viejo”, decía desafiante, como si quisiera retar al público a algún combate extraño, “y mi cuerpo está completamente acabado”, proseguía, “sólo funcionan más mal que bien mis cuerdas vocales. Aún puedo hablar y gritar, y con ellas también puedo todavía matar”, los oyentes se asustaban esperando algún grito asesino salir de su garganta. “Antes, sanas y poderosas, podían acabar con elefantes y toros, ahora sólo consigo matar pájaros, ratas y niños. Sentado en mi jardín, con sólo abrir la boca, he conseguido exterminar a toda la población de periquitos y jilgueros de mi barrio y aunque sé que es un trabajo gratuito, me complace ver en las caras de mis vecinos y en las de sus veterinarios, el estupor por algo que no pueden evitar ni comprender”.

Su voz evidentemente no mataba a nadie, aunque poderosa, fuerte y escandalosa, era tan inofensiva como el ladrido de un perro enfadado.

“Las ratas en cambio no tienen dueño”, proseguía, “son orgullosas, se saben débiles y miserables, apestan y repugnan, matarlas es difícil, no son cobardes, tienen sentido común y son las que mejor huyen. Se esconden con habilidad, hay que buscarlas y perseguirlas. Tienes que penetrar en su infra mundo donde son las reinas y donde tú, el asesino, el intruso, te encuentras perdido y desamparado. Algún día será su momento, mientras tanto es mejor olvidarse de ellas”. Afirmaba mirando al público con los ojos húmedos por el colirio.

Y concluía sin inmutarse: “Los niños pequeños son tan sucios como las ratas y como los viejos, y tan fáciles de matar como los pájaros. No huyen, ni cantan, sólo comen, defecan y lloran. Y como no quiero volver a la cárcel no pienso decir nada más sobre ellos”.

Y cuando todos pensaban que ya había terminado, continuaba: “Pero…”, el público expectante, “nunca he conseguido matar con mi grito a ninguna flor".

Este es el mayor misterio de mi vida.

En la cárcel había un jardín, cada mañana temprano, a primera hora, lo visitaba en mi silla de ruedas. Era un espectáculo esplendoroso, todo él era una maravillosa primavera, conmovedora. Sus colores parecían derramarse de alguna nube perdida. Yo me quedaba allí, parado, absorto, contemplándolo, saboreando su fragancia y ese ensueño de colores, preguntándome quién podía ser ése que tiene la capacidad de hacer tales cosas.

Empezaba a gritar y a chillarles a las flores.

Ellas me ignoraban, nunca mostraban la más pequeña señal de saber que yo me encontraba allí, se comportaban como si yo no existiera, vociferaba, clamaba y no paraba hasta que él llegaba. Cada día igual, a la misma hora, me miraba sonriente y me saludaba.

Yo estaba exhausto de tanto gritar, y él tan tranquilo, dulce, sonriente y amable. Lo miraba sorprendido, cada día era lo mismo, con su regadora iba echando agua a las plantas con sus flores, tranquilas y obscenas, desvergonzadas, sin mostrar ningún rastro de pudor en exhibir su belleza a quien quisiera mirarlas. Las flores deberían estar prohibidas, pensaba yo.

¿Quién eres? Le preguntaba yo cada día.

El jardinero, me respondía, ¿quién quieres que sea?

¿El jardinero?, ¿qué es eso demonios?, ¡explícate mejor!, ¡habla claro!, le pedía gritándole.

El que cuida el jardín, el que poda, el que planta, el que siembra, el que abona, el que injerta, pero sobre todo…

¿Qué?, sobre todo ¿qué?

El que riega.

¿Das agua?

Eso, sí, doy agua, a quien tiene sed. ¿Tienes sed?, me preguntaba

¡Sí! Dame esa agua, le pedía.

Tómala, y me llenaba un vaso metálico que tenía preparado, y yo la bebía sediento, como si aquella agua fuera el vino de la Santa Cena. Solamente así me callaba, cansado, fatigado, casi muerto, el vaso se me resbala de las manos y caía al suelo. Él lo recogía sonriente y seguía con su trabajo. Yo lo contemplaba intrigado y exhausto. Cuando terminaba se despedía con un “hasta mañana”.


Así cada día, hasta la mañana siguiente, para repetir una vez más la misma escena; creo que aquel hombre sabía algo que nunca pude descubrir porque nunca encontré la pregunta correcta. Durante aquellos diez años lo intenté y nunca lo logré.

Ése es el hombre que he de encontrar, el Aguador, así lo llamaba mi viejo profesor.

Cuando me refiero a encontrarlo quiero decir que he de hallar algún papel que hable de él.

Todo lo que contaba mi maestro eran por supuesto mentiras, nada era verdad. O casi nada. Su gracia y su virtud consistían en no esconder que lo eran, y eso es algo frente a lo cual las personas no están preparadas. Por más que las adviertas, su predisposición natural es creerse cualquier cosa que les cuentes.

Sí, estuvo en la cárcel condenado por asesinato, eso sí era verdad, lo demás…, nadie podría asegurarlo, y yo tampoco.

En alguna de aquellas cajas en las que guardé, hace años, todo su patrimonio de papeles, cartas y miles de páginas escritas, recuerdo haber medio leído algo sobre ese Aguador y una historia extrañamente parecida a la de Natalia.

Además mi viejo profesor se llamaba… “Miguel Zweifel”.

Pero no era el Miguel de la carta de Natalia, no era ése.

Y tampoco era el protagonista de “Dolicocéfala rubia”, “Teodoro Zweifel”, esa novela mediocre de un italiano, Dino Segre, alias Pitigrilli, y que gustaba tanto a mi profesor y a ése que se hacía llamar “el peletero”.

No viene a cuento, o quizás sí, pero ambos, el peletero y mi maestro siempre citaban frases de ese escritor ocurrente y divertido. Una de ellas, muy repetida por los dos, era: “para las mujeres es bueno poseer muchos defectos, pues no nos suelen amar por nuestras virtudes”. Esa siempre fue una de las claves de la vida de ambos.

Pero yo solamente quiero hablar de mi viejo profesor.

miércoles, 8 de abril de 2009

E peletero/El ladrido de un perro en cuatro partes y una canción



28 Enero 2008

Para ti, de aquél que construye casas nuevas entre flores vanidosas.

(Barcelona, 28 de enero de 2008)


PRIMERA PARTE

“¿Qué sabes tú de lo que fue mi vida?

Ahora sólo ves estos últimos años que son como la empuñadura de un cuchillo clavado hasta el final en mi costado.

Arráncalo de golpe y un borbotón de sueños salpicará tu rostro”.

(Ángel González)


SEGUNDA PARTE

Parecía el sonido de un tenedor resbalando por un plato vacío sin llegar a pinchar nada. Al oír aquel ruido estridente, ladeó la cabeza y pensó que había llegado al final.

Ensimismado saboreaba su cerveza. La casa estaba silenciosa, todos dormían confiados en su vigilancia. Sus padres, su esposa inexistente, sus hijos que no había tenido, la asistenta y la hija pequeña de la asistenta de tres años. Incluso muy lejos de allí dormía también su hermano, cansado, confiado y optimista como había sido siempre. Todos dormían tranquilos y confiados.

El tenedor seguía resbalando por el plato vacío y él seguía ladeando la cabeza.

No paraba de mear aquella cerveza y al hacerlo se miraba en el espejo del baño y al mirarse se preguntaba: ¿por qué demonios ladeo la cabeza de esa manera?

No tardó demasiado tiempo en morirse. Fue una muerte rápida.

Todos dormían y se dieron cuenta a la mañana siguiente.

Cuando lo hallaron en el suelo, tenía los ojos hinchados y todavía calientes mientras el resto del cuerpo ya se había enfriado.

Lo enterraron con la cabeza ladeada, no pudieron enderezarla. Aunque nadie recuerda si fue a derecha o a izquierda o si señalaba el norte o el sur

El tenedor seguía resbalando por aquel plato vacío.

TERCERA PARTE

Una vez muerto se dio cuenta de una tontería, de una obviedad; se dio cuenta que estar muerto es peor que estar vivo, el cuerpo es poca cosa, pero menos es nada.

Cuando estás vivo, pensó, sabes poco de algo, pero muerto lo sabes todo de nada.

Aunque estaba muerto se daba cuenta también que la nada es una fiera hambrienta, transparente, ansiosa y depredadora y que inevitablemente invisibles y muertos somos una presa que huye desesperada, sin posibilidad ninguna de encontrar refugio.

Una fiera que no tiene lados ni esquinas, ni algo que merezca ser aguantado ni sostenido, pero lo peor no es que no tenga horizonte ni suelo, lo peor tampoco es que esté vacía, todo eso no tiene importancia, lo verdaderamente terrible es que está abandonada.

También se dio cuenta que todo eso no era conocimiento, ciencia o sabiduría, era solamente un olor, era el olor del tiempo y el estupor ante la terrible belleza de su umbral, desvanecida definitivamente.

Todo eso era únicamente olor y dolor.

Estar muerto es una mutilación absoluta y los muertos caemos sin cesar, se dijo así mismo, y nuestro único consuelo, pensó, es saber que no hay fondo.

Pero… se dio cuenta de algo, tarde sin duda, se dio cuenta que justo antes de morirse había pensado que debía de recordar a alguien más, pues a todos había recordado, pero la muerte, desgraciadamente, lo atrapó antes de conseguirlo.

Ya hemos dicho que fue una muerte rápida.

Mientras caía oyó a un perro ladrar.

CUARTA PARTE

¿Sirio?

Allí estaba mi perro, había venido a buscarme. En julio se hubieran cumplido siete años de su muerte.

Él conocía el camino de vuelta a casa, su olor no se olvida.

No puede olvidarse jamás cuando en casa, contigo, todo había sido un respirar florido, de noches y flores, en nuestro viejo jardín.

Mientras ella dormía, yo trataba de rendirme a las delicias de nuestro pecado y de nuestro Amor.

Ella, que mientras soñaba, dibujaba en el aire, todo su encanto y toda su gracia.

Ella, que con su ambiguo movimiento, y con su estar lánguido, se sumía por las sendas del olvido.

Ella, que al dormir vibraba, y hasta lloraba durmiendo, y yo, sabiendo orgulloso, que era la causa de ese temblor y de esa dulzura de su llanto.

Ella, que al entornar sus ojos, daba así por acabado nuestro combate amoroso.

Combate que también terminaba por dormirse con una sonrisa embelesada.

Como ella, como yo.

A través de nuestra ventana entreabierta, con sus viejas y despintadas persianas, casi bajadas, casi cerradas, casi abiertas,

nos visitaba el viento,

y todo era,

una vez más,

como un respirar florido.

¿Sirio?

Allí estaba mi perro, había logrado encontrarme. En diciembre hubiera cumplido diecinueve años.

Todavía recordaba mi olor. Juntos empezamos a caminar, él sabía cuál era el camino de vuelta a casa.

Ya era hora de regresar, me dije aquel lejano 28 de enero de 2008.

A mi casa Florida.

A mi casa abandonada.

Y LA CANCIÓN

Quan ella dorm el gaudi somnolent
del vell jardí vibrant de flors i nit,
passant per la finestra sóc el vent,
i tot és com un alenar florit.

Quan ella dorm i sense fer-hi esment
tomba a les grans fondàries de l'oblit,
l'abella so que clava la roent
agulla -fúria i foc- en el seu pit.

La que era estampa, encís i galanor
i moviment ambigu, és plor i crit.
I jo, causa del dol, de la dolçor

en faig lasses delícies de pecat,
i Amor, que veu, ulls closos, el combat,
s'adorm amb un somriure embadalit.

(“Sonet”, Bertomeu Rosselló-Pòrcel)


lunes, 6 de abril de 2009

El peletero/El Gordo y mi viejo profesor (1 de 4)



24 Enero 2008

Todos me llaman “El Gordo”, me llaman así incluso aquellos que no me conocen, que todavía ni siquiera me han visto y que seguro no desean hacerlo.

Pero alguien fue el primero en apodarme así.

Fue mi viejo profesor.

A partir de entonces todos me llaman “El Gordo”, todos menos ella…

Todos menos Natalia (*). La directora de este balneario de lujo en el que me hallo tratando de mejorar mi salud. Hemos simpatizado y aunque nos llamamos de usted y mantenemos las distancias, conversamos mientras nos tomamos algunas copas de whisky. Con el tiempo uno termina haciendo confesiones y revelando partes escondidas de su intimidad. Eso es lo que inevitablemente ha ocurrido.

En nuestra última conversación me dio a leer una carta privada donde quedaban extrañamente reflejadas ella y buena parte de su vida. He de reconocer que su lectura me trastornó, pocas cosas lo hacen, casi nada perturba mi ánimo, pero esa carta lo hizo y provocó en mí recuerdos trascendentales y muy lejanos. Tenía que recuperarlos, ordenarlos y enfrentarme a ellos de nuevo.

Esa mujer, Natalia, no es nadie. Nadie en el sentido que nadie la llorará si muere o vive, quizás ni siquiera su hijo, y si él lo hace apenas será durante el sepelio y poca cosa más. De allí irá a engrosar la lista interminable de personas sin nombre. Pero…

Pero…

Natalia tiene un “pero”, algo que todavía no sé por qué diablos me afecta.

Quizás solamente sea aburrimiento, quizás no tengo nada mejor que hacer, quizás me esté volviendo viejo o loco y me esté enamorando. ¿Enamorando?, ¿de ella?, no, de ella no, de otra, ¿de quién? De una que no se llama Natalia, claro, de una que se llama de otra manera.

Nuestra última conversación terminó con los dos borrachos, ella muchísimo más que yo, gimoteando y asustada de sí misma. Al final acabó más abatida que dormida en la butaca del salón donde charlábamos, en una postura ridícula y penosa, cabeza echada hacia atrás, boca abierta y brazos colgando, piernas ligeramente separadas, un pie descalzo, el zapato caído, y su falda arrugada y algo subida, ladeada, descolocada y dejando entrever unas bragas verde loro que sin duda no gustarían a nadie, a ningún hombre, y mucho menos a ninguna mujer. Seguro que no lo estaban, pero parecían sucias. El color de esas bragas era la prueba que su cabeza no regía adecuadamente.

Sus manos de dedos largos no habían podido sostener el vaso con los últimos tragos de whisky mezclados con el agua del hielo deshelado. En el suelo se quedó, no se había roto al caérsele y despacio había ido rodando hasta un lugar inadecuado donde cualquiera podía tropezar con él, caerse también y hacerse daño. Si eso sucedía en un balneario de lujo, supuestamente dedicado a la salud y justo al lado precisamente de su directora, totalmente inconsciente a causa de una borrachera y desencajada físicamente, podía suponerle graves y evidentesproblemas.

No fue compasión, ni caridad, creo. Pienso más bien que curiosidad, pero en el fondo tanto da, se salva una vida de la misma manera que se deja perder.

Decidí salvarla.

Me da igual cargar con setenta y cinco kilos de más o de menos. Como si fuera una muñeca de trapo me la monté en el hombro y lo más rápido que pude, después de apartar de una patada el vaso peligroso, me la llevé a mi habitación. La eché en mi cama. Hice una llamada de teléfono, una llamada perdida. Me desvestí y me di un buen baño, mientras ella dormía la mona.

Debía haberla llevado a su habitación, pero se hallaba en la otra ala del edificio y había de pasar por recepción, se hubieran extrañado al verme acarrear a su querida directora como si fuera un simple saco de patatas.

Recuperado, me vestí, y procuré borrar las huellas del alcohol en mi rostro y en mi cerebro. Tomé las llaves de su habitación, y entonces sí. Fui y me llevé ropa limpia de ella. Me costó encontrar un “underwear” digno que no fuera vulgar o de colores de carnaval. Al fin hallé algo blanco, bonito y normal. Ese fue un detalle que me extrañó, su país es de los mejores en diseñar este tipo de prendas, ¿por qué llevaba ella ésas tan mediocres y feas?

Regresé a mi habitación y allí lo deje todo, incluidos cepillos, cremas y colonias. Bajé a cenar, cené y soborné a una camarera para que me subiese lo mismo a la habitación, “tengo más hambre le dije” dándole un billete de cien. Es curioso como estos papelitos impresos con un número convierten tan fácilmente a la gente en esclava.

Me senté a su lado. La observé, roncaba flojito. Esperé. Se había orinado encima. La desvestí de cintura para abajo.

Después de seis horas se despertó. Se hacía tarde, decidí llenar de nuevo la bañera de agua caliente y la deposité dentro. Llevaba el pubis depilado, pero de hacía días. Los pelos ya asomaban, empezaban a dejarse ver, no eran una sombra, y sí la barba mal afeitada de un ferroviario, aquello debía de pinchar más que la cama de un fakir. O ella es así o aún estaba borracha, pero no dijo nada, ni se quejó, ni protestó, ni tampoco pareció sorprenderse de hallarse desnuda y que la metiera dentro de mi bañera como si fuera mi hija. Yo creo que se tranquilizó al notar enseguida que su entrepierna se encontraba en un estado “normal” y que nada fuera de su voluntad o deseo había ocurrido. Aunque no se había dado cuenta que se había orinado, dejando su vestido y mis sábanas con un fuerte olor a meados de gata.

Lo metí todo en una bolsa de basura, igual como hizo una antigua clienta mía con la ropa de su marido al que estaba echando de su casa. Al pobre hombre le hizo más daño las bolsas de basura que la patada en el trasero que le estaba dando su, hasta en aquel momento, querida esposa. Fue una manera clara de hacerle ver que la cosa iba en serio. A los hombres les cuesta entender un “¡vete!”. Al igual que a las mujeres entender un “ven”. Unos y otros siempre van o vienen a destiempo.

Entré en el baño, seguía dentro del agua, me miró sin taparse. ¿Tiene para mucho?, le pregunté. Estaba fumando, ¿de dónde demonios había sacado el cigarrillo?

¿Usted se ha bañado ya?, me preguntó

Sí, hace un buen rato, más de seis horas, le dije.

De acuerdo, así terminaré antes, me respondió con una sonrisa inconveniente y fuera de lugar, y mientras se le caía el cigarro en el agua. Fui a recogerlo para sacarlo cuando me asió por la muñeca.

¡Suelte!, le ordené. Y me soltó.

Afuera, encima de mi cama, tiene ropa limpia y en la mesa algo de comida, le doy una hora, alguien me espera abajo, he de hablar con él. Luego regresaré, y no quiero verla aquí. Haré una pequeña maleta con un par de cosas y me iré.

Guárdeme la habitación, dentro de unos días, no sé cuantos, estaré de vuelta. ¿Me ha entendido?

Sí.

¡Ah!, y no se olvide de ordenar que me cambien las sábanas, se ha meado usted en ellas y las ha manchado, está usted empezando a menstruar, ya lo debe haber notado.

Por último, si necesita algo, algo que sea verdaderamente… vital, llame a este número. No es necesario que diga nada, llame y cuelgue, y tendrá eso que necesita en menos de seis horas.

En el vestíbulo había un hombre esperándome con un automóvil. Estuvimos hablando un rato y haciendo tiempo. Luego regresé a mi habitación, ella ya se había ido. Guardé en mi maleta ese par de cosas y me fui.

Ya era de noche cuando el auto arrancó.

La carretera era comarcal y estaba todo a oscuras. No corras, le dije a mi “chófer”, nunca he tenido prisa y menos ahora. Me recosté en el asiento de atrás y dejé que mis ojos vieran pasar las sombras de los árboles. Puse la calefacción, cerré la música y me ensimismé

Necesitaba recordar a mi viejo profesor.