lunes, 11 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de María (y 7)



16 Marzo 2008

Creo que debo algo a alguien, pero no sé exactamente a quién, bueno, sí lo sé, me asusta decirlo, siento mucho respeto por ellos y me cuesta pronunciar sus nombres, pero para eso son los blogs secretos, donde todos los nombres son falsos, pero los sentimientos son verdaderos.

En primer lugar me debo a mi misma, a mi esfuerzo, a mi locura, a mi valentía, a mi irresponsabilidad, a mis errores, a todo el daño que he causado y todo el bien que he prodigado, con mis palabras y con mis manos, con mis caricias y con mi dinero.

Siempre pensamos que el bien debe de ser eterno, durar siempre, y no es cierto. El bien apenas puede durar unos segundos con una sonrisa, unos días o unos meses.

También debo mucho a Enrique, a mi esposo, al que eché de casa llenando con sus pertenencias unas cuantas bolsas de basura. Solamente así entendió que debía irse. Ahora es mi compañía perfecta y también el destino ideal de mi amor. Más que mis hijos.

Debo a mi padre, lo cito ahora, pero él es comida aparte. No debo mezclarlo con mi vida, él pertenece a otra, a otra vida en la que yo me asomé durante un tiempo.

También debo algo a ese fantasma de las cartas que me atormenta con dulzura cada vez que bebo más de la cuenta.

Quizás se lo deba también a ese otro que es demasiado gordo y al que un día pagué con dinero para que me ayudara.

Seguro que debo a muchos más que ahora no recuerdo, algo a mis hijos, pero poco. Y también a todos mis amantes, a los de antes, a los de ahora, y a todos los que vendrán.

Todo eso que cuento en este blog secreto puede parecer raro y extraño. Y morbosa la parte del sexo, esa peculiar necesidad de él y al mismo tiempo ese distanciamiento necesario y desprendido.

Todo el mundo habla de sexo, básicamente los que no lo practican o lo practican poco o mal. Eso debe ser lo que me sucede a mí, que lo practico poco y seguramente no muy bien, aunque eso sí, me acuesto con quien me da la gana. No siempre es buen sexo, pero es variado y eso palia muchas de las deficiencias que pueda haber, especialmente una de muy importante, la rutina y el aburrimiento. Además, como le sucede a mi esposo, irse a la cama con gente diferente mejora el amor propio, es una bobada psicológica, pero es así.

Yo nunca pago mi sexo, pero exhibo el dinero que tengo. No pago pero “estimulo”. Sí lo hago con las jóvenes que pongo en bandeja de plata a Enrique sin que él lo sepa. Para mí solamente necesito abrir el billetero y dejar que asome un poco el fajo de billetes, apenas he de hacer más, con eso es suficiente. Es tan fácil que no puedo evitar tener una opinión cada día más decepcionante de hombres y mujeres. Es así, “is not my fault”, el dinero es la miel, ellos y ellas son las abejas, las moscas y las avispas también, y yo, solamente soy el tarro. No hay más.

Bien, en realidad sí, hay algo más. ¿Qué?, ¿el amor?

Mi hijo creo que me odia, en cambio mi hija me adora aunque no termina de comprenderme. Enrique dice de mí que soy una mujer bondadosa, me ama porque no trata de comprenderme, al fin lo ha entendido, no pregunta.

Pero si necesita algo me lo pide, y yo se lo doy.

Creo que es un buen trato.

Ni él ni yo nos arrepentimos de nada.

Los auténticos paradigmas son difíciles de encontrar. La mayoría de las veces, todo acaba siendo una mera dificultad psicológica. Yo no sé cómo se construyen paradigmas, pero un camino para ello, es crear un poco de misterio a través de alguna escena onírica que trate de explicar el sentido de los sucesos meramente descritos. Es la misma lógica de las casualidades poéticas. Ésa también es una manera de no contarlo todo y dejar abierto el texto para que cada cual lo termine según le convenga. En los relatos tan cortos todo hay que decirlo con brevedad, precisión, y una sola vez.

Yo esta noche me quedaré en casa, (…) Me dedicaré a leer a mis filósofos de cabecera y a pensar en ti. Eso es lo que voy hacer, pensar en ti todo el rato hasta que me llegue el sueño, entonces te soñaré y te amaré desde el fondo de aquella penumbra que había en la (…).

Te amo mi cielo. Lejos o cerca te amo. Vestida o desnuda te amo. Despierta o dormida te amo. Lista o tonta te amo. Valiente o asustada te amo.

Aunque no me quieras te amo, aunque quieras a otros te amo y te amaré siempre.

Te amo.


-Dos “Dry Martini”, por favor.

-Agitados y no revueltos, ¿verdad?

-Eso es, Juan, dos verdaderas “balas de plata”.

-Enseguida.

sábado, 9 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de María (6 de 7)



15 Marzo 2008

La María que se encontró Enrique después de esos 9 años era la misma de antes, pero mejor. Más débil, herida, troceada, molida, lastimada, golpeada. Pero mejor. Soy promiscua, pero mejor. Tengo los amantes que quiero, pero soy mejor. Enrique lo sabe y con mi ayuda él también tiene las amantes que desea.

Mi relación con el sexo debo de aclararla pues seguro que más de uno pensará que soy su esclava o algo más vil. Nada de eso es verdad. Solamente el sexo me permite librarme de él, parece una paradoja pero no lo es. Incluso debo afirmar que, usando un símil gastronómico, hago dieta, pero comer como, y solamente comiendo puedo olvidar la comida. ¿Para qué?, para pensar, no se piensa bien con el estómago vacío ni tampoco con los bajos sin limpiar.

John Updike, afirmaba que "Sex is like money; only too much is enough." Demasiado nunca es bastante, casi decía él, pero yo no afirmo eso, soy más modesta y apenas digo que el sexo sí es como el dinero, hay que tener el suficiente para no pensar en él.

Cuando descubrí eso decidí volverme a casar con Enrique. ¿Qué hombre al que no amara podía ser mejor que él? Ninguno, pues de eso se trataba de no estar enamorada, amarlo sí, estar enamorada no. Ya lo he estado y aún lo sufro y eso me costará una buena inflamación de hígado si es que no termino con una cirrosis. En realidad no bebo tanto, pero cuando lo hago, me mato.

No quiero volver a enamorarme, ¡basta!, no más.

El pobre Enrique estaba, como siempre, desconcertado, perdido. Tampoco sabía qué estaba sucediendo, pero yo sí, ahora sí que lo sabía. Enrique no tenía dinero, como antes, ahora también, era más pobre que una rata pobre. Y su vida sexual era tan penosa como lo había sido siempre. Para decirlo claramente no tenía nada de sexo, ni legal, ni pirata, ni de pago. Era triste verlo así, no valía ni un céntimo. Me compadecí. Mi dinero tenía que servir para algo.

Decidí compartirlo con él. No se negó, en realidad tampoco aceptó, simplemente asintió. Nos volvimos a casar. Yo establecí nuevas reglas de juego que básicamente se resumían en dos. La primera era: “no preguntes”. Y la segunda: “si necesitas algo pídelo”. Desde entonces tenemos una relación rica y estable, y sin que él lo sepa procuro ofrecerle buena compañía sexual, gracias a Juan, el camarero u otros como él. Enrique cree que son sus habilidades las que consiguen esas jovencitas tan bellas. Con ellas en su cama su amor propio ha mejorado.

Y con mi dinero también. Le hice creer que lo había ganado con sus habilidades. El dinero no fue a parar directamente a sus manos, hubo de hacer un recorrido complicado y alambicado para simular que era producto de su trabajo, que era consecuencia de sus méritos y no un mero dinero regalado por mí, no quise que supiera que era una obra de caridad.

Durante estos últimos años nada me impide afirmar con orgullo, que nos amamos más. No hay pasión ni nada de eso, pero hay amor. Él es un hombre satisfecho y yo una esposa tranquila y feliz.

viernes, 8 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de María (5 de 7)



14 Marzo 2008

Fueron años difíciles y arriesgados, en ellos hice el dinero que necesitaba. Lo conseguí con mi esfuerzo y mi saber, puse todo mi empeño en ello. No cometí ningún delito pero fui audaz y temeraria. Enrique nunca fue capaz de traer a casa el dinero suficiente.

En esos años pude morirme, pero aguanté. Hice dinero y conocí todo aquello que ignoraba, sexo incluido.

El sexo también me hubiera podido matar o volver loca, y casi consigue las dos cosas y a decir verdad no estoy muy segura de que no lo lograra. Sospecho que no lo hizo porque mis amantes me quieren en su cama o desean estar ellos en la mía. Alguno, el muy tonto, incluso se enamora de mí. Yo no, yo ya no me enamoro de nadie y eso es lo que me hace pensar, siguiendo el tópico, que estoy más muerta que viva. Por eso debo emborracharme y resucitar cuando caigo rendida, en esa muerte está mi resurrección, en mi abatimiento, en mi rendición, en ese final triste sin controlar lo que hago ni lo que pienso. En ese dejarme ir revivo en otro lugar, más allá de algo, más allá de mí, fuera de mí me hallo, allí estoy, dormida veo, derrotada triunfo, borracha lo recuerdo y lo vivo.

Una vez más.

Ayer me fui a dormir intranquilo y agotado. Ni siquiera las caricias de tus manos en mi cuerpo solitario sosegaron mi ánimo. El semen que derramé en el suelo se perdió en aquel silencio de la casa.

Esta mañana me he despertado todavía más cansado, con el cuerpo doliente y el ánimo confundido y fatigado.

He orinado y he vaciado mis intestinos. La ducha no ha limpiado ni mi cuerpo, ni mis ojos.

He subido las persianas y ha entrado un sol radiante que me ha golpeado como una piedra.

Me he vestido y peinado y también me he perfumado con esa colonia que ya conoces.

En el Café éramos tres desayunando, yo y dos chicas. Una estaba resfriada y estornudaba y la otra navegaba por Internet.

Después de abrir ha venido (…) y me ha contado la nueva biopsia de médula espinal que anteayer le hicieron a su hijo. Ella sonríe y lo cuenta como si fuera un simple constipado. Yo le digo que sí.

He leído tus correos.

Luego ha venido (…) a devolverme dos libros de pintores orientalistas que harán por lo menos unos siete u ocho años que le presté para recopilar datos y escribir un prólogo a un libro que nunca terminó. Estaba bien. Dice que toma una nueva medicación que le funciona. Me ha contado que a mediados de abril le han de extirpar el útero y los ovarios, que es conveniente por las pérdidas continuas de sangre que tiene. Ha preguntado cómo estábamos y le he dicho que (…) se encontraba en (…) por trabajo. No le he contado nada de nosotros dos.

He dejado a (…) en la tienda limpiando y he ido al Banco a pedir que devuelvan un recibo de un seguro que ya no necesitamos. Luego he pasado por la farmacia y me he comprado paracetamol para mí. Me duele todo el cuerpo.

Justo regresar a la tienda ha entrado un hombre que me ha comprado una pulsera, no quería que se la envolviese para regalo. No hace falta, me ha dicho, se la voy a dar a mi esposa ahora mismo. Es igual, le he respondido, déjeme que se la envuelva bien, ella estará más contenta. 125 euros era su precio.

Al cabo de media hora ha entrado una señora que ha comprado, para regalar a una amiga, un pañuelo de seda pintado a mano. En este caso 60 euros.

He cerrado la tienda cinco minutos y he ido al pequeño super que tengo enfrente ha comprar fruta, mandarinas y plátanos.

(…)

Luego he recibido tu mensaje de buenos días y te lo he respondido. Hoy llenas todo el día, no hay un solo resquicio que no esté ocupado por tu ser, eres la dueña de mi tiempo. Mi amor tiene “horror vacui”, nada puede estar exento de ti y de la belleza que emanas.

Me encuentro mejor, tal vez esta noche mi leche riegue tu flor y no sienta como ayer que el silencio la ha devorado.

Te amo.

jueves, 7 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de María (4 de 7)



13 Marzo 2008

Es alguien que habla de mí, que me riñe, que me aconseja y que me confiesa su amor. Al final de las cartas hay un nombre, un nombre corto, no sé quién es. Hay fotografías también, mías y de alguien que debe de ser él.

No estás colgada de una soga con el infinito a tus pies y un muro infranqueable que te impide subir. No María, no. Pendes de mí y de las personas que te quieren, que son muchas, entre ellas tus hijos. Pendes de todos nosotros, también de ellos, ellos son también tu muleta aunque no lo parezca. (…) Tu trabajo no es en balde, tu amor es útil y ellos te lo devuelven multiplicado, tal vez tú no lo notas pero es así. María ten en cuenta que lo más fácil es no hacer nada. A corto plazo saldría barato, la factura y su cobro, llegaría después, más tarde, y no podrías pagarla. Serías una mujer seca, vacía, sin nada en los bolsillos. Nada para dar, incapaz de recibir.

Pero no es eso lo que haces. Estás cambiando muchas cosas, te estas moviendo, no estás quieta. Y lo que haces no es poca cosa. Sin temor a equivocarme acierto si digo que estás casi empezando de cero y un culpable de ello, no el único, soy yo. ¿Tú sabes la responsabilidad que eso representa para mí? Y no me importa. Eres la mujer que siempre he esperado, eres un regalo del cielo para mí, eres mi don, mi virtud, mi suerte. ¿Responsabilidad para mí?, sí, claro, y la asumo con todas las consecuencias, orgulloso de ello, animoso y contento.

Yo puedo hablar por mí, mis palabras son mías, de nadie más. Mis palabras son solamente para ti, para nadie más. Y mis palabras te dicen que yo estoy aquí, no me he movido un centímetro desde el pasado (…). Hay ocasiones en las que no soy muy hábil, ni muy certero y nada brillante. Parece que la rinitis afecte a mi cerebro, no a mi alma, a mi cuerpo, no a mi amor. La última conversación telefónica reflejó ese ánimo en los dos, ese cansancio, tú con tus contrariedades, yo con las mías. Se cuelan sin permiso, penetran por los resquicios y nos apartan el uno del otro, son malignas y dañinas. Pero nuestro amor es fuerte.

Yo puedo hablar por mí y de mí digo que me tienes totalmente. Desde (…) de kilómetros te acompaño, te sostengo y te ayudo en aquello que puedo hacer. No dudes de mí, ni tampoco de ti. Confía y concédete el permiso de cansarte, también de quejarte y de protestar.

Si quieres gritar, grita, mi boca recogerá tus gritos y te los devolverá en besos. Descansa, medita y ámame.

Te quiero a ti, quiero a mi María. Quiero a esa mujer que ahora mismo estoy señalando con mi dedo índice.

No bebo nunca, apenas una copa en alguna velada especial, pero hay noches en las que me dejo ir, y bebo, bebo mucho, hasta emborracharme, entonces su recuerdo me atrapa y no me suelta, es la única forma de conseguirlo, de conseguir ver su rostro una vez más. Ese rostro que las fotografías no son capaces de mostrarme. Es una mezcla muy intensa de dolor, amor y lástima por mí misma. Siempre termino llorando antes de acabar exhausta y rendida, y sin sentido. Lloro por él y por mí. Lloro tanto que casi me ahogo, me cuesta respirar y los hipos y espasmos me ridiculizan como un trapo viejo.

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Julio Cortazar

Termino hecha un ovillo, enroscada y cerrada en su recuerdo y su olor, como si fuera una fragancia preciosa recluida en una pequeña botella de perfume.

“Me dices que no me imagino el poder de la palabra en una mujer a poco sensible que sea. No me lo imagino, lo conozco, María, como conozco lo rápido que pasa su influjo. Lo que no imagináis vosotras es el poder de la palabra en un hombre a poco sensible que sea.

Añadías también: “¿Quién te ha dicho que no hablamos de hombres, que no existís? Por Dios, si nos sometemos a todo tipo de torturas para gustaros... Pocas mujeres, casi ninguna, se achicharra casi todo el cuerpo con cera, se somete a regímenes bestiales, a intensivas sesiones de gimnasio y demás parafernalia solo para verse mona en el espejo.”

Las mujeres, María, como los hombres, lo que queréis es ser amadas, y para ello hacéis aquello que creéis adecuado. Eso no es hablar de hombres, eso es hablar de mujeres. Igual que nosotros cuando “hablamos de mujeres”, no hablamos de vosotras, hablamos de nosotros.

Querida María, créeme si te digo que yo lo que quiero es ayudarte. Y lo quiero por dos razones, no importa el orden, porque tú me has ayudado a mí, has sido un verdadero ángel, una hermana, una amiga, y también una mujer. Hay un antes y un después de ti.

Te quiero, María, te quiero como amiga y, piensa lo que quieras de mí, también te quiero como mujer. Y eso, repito, no tiene otra consecuencia que la de ayudarte, si eso te ayuda te lo seguiré diciendo, si te perjudica me callaré. Dímelo tú, dime si te ayuda o no.”

miércoles, 6 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de María (3 de 7)



12 Marzo 2008

Si Enrique nunca supo de qué le hablaba, yo tampoco lo tenía nada claro. Además, las palabras que necesitaban ser dichas, necesitaban ser interpretadas a dúo y allí la única que hablaba era yo. La decisión no fue fácil, pero lo eché de casa.

Como en la política, quizás todo debía de cambiar para que todo siguiera igual, pero tardé años para llegar a eso.

Le dije que se fuera y no me entendió, así que tuve que “echar” mano del teatro y escenificar una escena con símbolos visuales. Hube de “dramatizar” el acontecimiento y convertir la expulsión en un “acto de magia”, que es la forma sofística de llamar a una disciplina muy antigua, pero que ahora, en las universidades modernas, se llama “psicología profunda”. Tiene la fuerza de la hipnosis sin tener que forzar ninguna voluntad. Pero es doloroso.

Los detalles de mi separación solamente los conocemos tres personas. En realidad dos, porque Enrique ni se enteró demasiado ni tampoco creo que recuerde mucho de ella.

Una soy yo y la otra es alguien con tendencia a la gordura pero que prefiero no nombrar. Una vez utilicé sus servicios y he de confesar que jamás me han servido tan bien. Pero es mejor no tener que necesitarlos de nuevo. Cuando has hecho uso de ellos es muy difícil y laborioso despegarte luego de un temor extraño, de una sensación de permanente amenaza.

A Enrique lo eché, pero hube de seguir manteniendo con él las relaciones y contactos necesarios por el interés y el beneficio de nuestros hijos.

Estuvimos separados y divorciados 9 años, los que transcurrieron hasta la mayoría de edad del niño y algunos más para la recomposición de los nuevos roles y pactos. En ese tiempo hicimos el amor en alguna que otra ocasión. ¿Por qué?, por qué no.

Esos nueve años de divorcio fueron difíciles. Fueron años en los que al principio, yo me rompía cada 8 ó 12 meses. Me rompía la cara y el corazón. Me los rompía yo sola, o me los rompían los demás, a bofetada limpia o con toda la sangre de sus corazones. Luego me fui haciendo más elástica, empecé a doblarme sin romperme.

Me fui varias veces. ¿A dónde?, no sé, creo que lejos. Sería quizás más apropiado decir que me perdí, pero no es cierto, no me perdí, sabía a dónde iba. Creo que lo sabía en el momento, pero me cuesta recordar todas aquellas cosas. Incluso recuerdo algo de un matrimonio, juraría que me volví a casar con alguien que no era Enrique, pero no estoy muy segura de ello. Evidentemente podría saberlo, pero me niego, no quiero remover todo aquello. Esas cosas las lleva mi abogado y yo me desentiendo.

Creo recordar que también me enamoré, aseguraría que un par de veces, pero no lo puedo confirmar. Dos veces ya me parecen muchas, demasiadas. Quizás fue solamente una. A ésa tal vez pertenecen los recuerdos que conservo. Y cartas, muchas, ¿de dónde salieron tantas?

“…eso también forma parte del amor, de esa dulce envoltura, de ese nuevo vestido que nos abriga y que encontramos tan hermoso y confortable, y que curiosamente sirve tanto para el verano como para el invierno. No quieras ser un Fórmula 1, ni un tractor, ni una bicicleta, ni un patinete. Igual que tú de mí, yo sólo quiero que seas María. Esa María que le da vueltas y vueltas a su “soledad” o a su “no soledad”, y que intenta explicársela a un tonto como yo. Esa María que descubre que se le derrumban los ideales del amor y de la masculinidad en un hombre del que ha tenido dos hijos y también los de apoyo y solidaridad por los cuales ella estaba dispuesta a dar su vida por él, esperando naturalmente, que él también diera la suya por ella. Yo quiero a esa María que asume que es humana, ignorante y débil, que pide ayuda sin vergüenza y a esa María “especial” y un poco tonta a la que no le gustan los mocasines blancos. Y a esa María que establece relaciones con las personas a través de sus palabras. Ya somos dos, tú y yo. ¿Nos hemos de preocupar? ¿Es una perversión de nuestro carácter? En todo caso a mí me ha sucedido igual que a ti y además me gusta que haya sido así. Somos seres especiales.

Quiero a esa María que dice que me otorga poder sobre ella para ser una fuente de amor, apoyo y consuelo y lo dice como si estuviera delante de un notario. Lo firma, lo rubrica y ordena que se cumpla. Esa María que dice esas cosas es mi María y que las dice de esa manera, alambicadamente poética, con esas construcciones gramaticales que solamente un (…) es capaz de hacer. De acuerdo, yo lo firmo y lo rubrico también.

María, óyeme bien, o en todo caso, léeme con atención, acepto el reto y la responsabilidad con la que me invistes. A ella, o a ti, solamente impongo una condición, con la que seguro estarás de acuerdo, pido el mismo trato. No por justicia económica, no, únicamente porque yo también necesito recibir ese apoyo y ese consuelo. Necesito que tu poder sobre mí sea una fuente de amor inagotable. Quiero beber de ella, de esa fuente, quiero beber de ti, mi sed es enorme, soy insaciable. Metafórica, sentimental, emocional, psicológica y físicamente hablando quiero que me des de beber. Tengo sed. Mucha sed y toda esa sed es de ti. Quiero beberte entera María, quiero ser tu caníbal, quiero devorarte.

Soy un hombre de (…) años que te pide que le des esa leche que mana de tus pechos. Sí, te lo pido sin vergüenza, sin rubor y sin pudor, dámela, la necesito para vivir. Pero ten en cuenta que te lo pido de pie, no me arrodillo ante ti, no agacho mi testa de toro. La cabeza alta y la mirada arrogante y segura. Como aquel pastorcillo que no se inclinaba ante su reina porque él sabía, sin necesidad de llevar corona, que él también era un rey. Como tú una reina.

Te he escogido a ti, como tú a mí. Tómame, cómeme pues también tengo carne y bébeme que no me faltará leche para ti. Sí, ésa que sale de mi lanza, ésa es tuya también, bébela mi reina, ella te dará fuerza y honor, ella te alimentará, te hará más fuerte y mis palabras te harán más sabia. Yo te puliré como el oro, serás dura como el acero. Eres de color de la madera y hueles como huelen los bosques de tu país. Eres salvaje y estás hambrienta, ven, ven a mí, acércate y muérdeme. Arráncame los miembros y muéstralos a los demás como tu triunfo. Eso soy y eso eres, un triunfo. En él me monto y en él cabalgo contigo.

La Victoria tiene piernas y también alas. Incluso a veces aletas. Trota, vuela y nada, es difícil de llevar porque es poderosa y tan hermosa como tú. ¿Quieres montar conmigo esa cabalgadura, mi vida?

Te amo total y absolutamente".

martes, 5 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de María (2 de 7)



11 Marzo 2008

Juan, el camarero, y su esposa Lorena, una muchacha de 19 años, bellísima, mejicana y bailarina del ballet que actúa cada noche en la sala de fiestas del Hotel, se han dado perfecta cuenta de que tenemos bastante dinero, son dos buenos rastreadores y lo huelen antes que el sudor de sus propias axilas.

Él es un simple camarero de piscina, nada más, de piscina de hotel caro y de mal gusto. Es un experto en detectar necesidades perentorias, necesidades de toda clase, de las “unas” y de las “otras”.

Ofrece buenas mesas de póker frío, de ese que entras vivo y del que sales muerto, da igual si ganas o pierdes, si te arruinas o te conviertes en millonario, siempre sales muerto.

Entre sus servicios se encuentra también el facilitar, a través de sus contactos, sexo de pago, compañía íntima, yo la uso para Enrique, sin que él lo sepa. Así conserva la ilusión de enamorar a jovencitas atractivas y muy bien predispuestas. Me gusta verlo feliz.

Juan tiene 35 años y le lleva 16 a su esposa mejicana. Los mismos que me lleva a mí, Enrique. Mi esposo tiene unos espléndidos 74 años. Mantiene una buena forma física, una salud excelente, la mente lúcida, atenta y despejada. Cada día practica sus clases de Tai chi, y camina sus buenos kilómetros, y cada cierto tiempo incluso se sube a una bicicleta.

Los dos procuramos mantenernos sanos y dentro de lo que cabe, también bellos, creo que es una obligación para con nosotros mismos y los demás. Nos amamos sinceramente, con una enorme dosis de eso que todo el mundo desea y quiere, y que ya termina por ser un tópico: ternura, compañerismo y complicidad. Pasión poca, eso sí, muy poca, apenas hacemos el amor un par o tres de veces al año. No necesitamos más. Son unas veladas deliciosas y muy románticas, y aunque escasas, las aprovechamos bien.

Enrique y yo llevamos 38 años de matrimonio, nos casamos cuando yo tenía 20 y él 36. Vivimos juntos los 20 primeros y cuando cumplí mis espléndidos 40, lo mandé a paseo y le pedí el divorcio. Teníamos ya nuestro hijo con 12 y la niña con apenas 2. Evidentemente se quedaron conmigo. La sentencia del juicio me otorgó su custodia y la patria potestad de ambos. El pobre Enrique se quedó desconcertado y perdido, no entendía que es lo que estaba sucediendo.

Era normal, yo tampoco tenía muy claras las cosas, la verdad es que no. Ya llevaba unos cuantos años intentando verbalizar con él nuestra vida en común, pero lo más lejos que su capacidad le permitía llegar era para recomendarme un psicólogo. Darme cuenta de eso fue muy triste y decepcionante para mí.

Habían sido años difíciles, con penurias económicas y enfermedades no graves, pero que no hacían otra cosa que dificultar la convivencia o al menos la convertían en un camino, pedregoso y lleno de polvo y fango. Un desastre.

Todos mis intentos, casi secuestros, para “hablar” con Enrique, y desbrozar el camino limpiándolo de las malas hierbas llegaron a ser contraproducentes, nos agotaban y nos alejaban más, y él cada vez entendía menos lo que estaba sucediendo.

Yo tampoco es que supiera muy bien qué demonios me ocurría. Evidentemente el amor se había terminado, pero eso es demasiado vulgar para confesarlo en público. Estaba harta de él, parecía un monigote, ya no olía igual, ya no hablaba igual, ya no miraba igual. Pero lo peor de todo eso es que no era verdad, no era cierto, era justamente todo lo contrario, la que había cambiado era yo, y no él. Pero eso lo supe años después.

Enrique es un hombre, y los hombres aunque hablen bien no saben nunca por qué suceden las cosas. Describen bien los acontecimientos, exactamente como lo hacen al comentar una jugada deportiva, nada más. Hablan de las cosas como hablan del motor de un automóvil. El suyo es el mundo de la estética, es el reino de Apolo.

Las mujeres siempre hemos salvaguardado los mitos del origen. En una humilde nana, en una sencilla canción de cuna se encierra todo un universo, todo un saber que no cabría en mil enciclopedias. Y también un auténtico cóctel de química placentera y placentaria.

El saber de la mujer es primordial, es el material con el que se construyen los cimientos de una persona y de una civilización, por eso es anterior a la moral.

El nuestro no es un conocimiento exactamente amoral, ni por supuesto inmoral, es pre-moral. Todo lo contrario del saber masculino que se construye alrededor de la forma, de la estética. La suya es una ciencia apolínea.

La forma es el sustento de la moral, aunque no lo parezca así es. La moral es un orden, una jerarquía y un protocolo. Eso es lo que los hombres saben ver del mundo, su dibujo y sus colores. Nosotras somos más musicales, el sexo es en buena parte música y danza.

Urano mató a Cronos y Zeus a Urano, todavía no sabemos como lo hizo Apolo para matar a Zeus, su padre, y quién es el que ha terminado por matarlo a él. Seguramente ha sido Plutón en una oscura alianza con Afrodita. Quién sabe, todavía no ha nacido el bardo que cante esa canción.

lunes, 4 de mayo de 2009

El peletero/El blog apócrifo de María (1 de 7)



10 Marzo 2008

“άπόκρυφος” (apócrifo) es palabra griega que significa “escondido”, “oculto”, “secreto”…




-¿Qué desean tomar los señores?

Eso es lo que Juan, el camarero, les debe de estar preguntando en este mismo instante a mi marido, Enrique, y a Jorge, el marido de Anna.

Los dos están sentados en una de las mesas de la terraza del bar de la piscina del “Hotel Nefertiti”.

Los veo desde mi habitación, y aunque están demasiado lejos para oírles, puedo distinguir sus rostros morenos por el sol.

A quien sí puedo oír es a Anna, que me llama desde mi cama para que vuelva con ella.

Es una muchacha insaciable y tiene unos preciosos 25 años. Guapa, bien formada, todo abundante, con su debido tamaño, forma, color y textura.

Naturalmente, yo, con mis 58, no puedo compararme con ella, pero sí puedo afirmar con orgullo que mis clases de gimnasia están dando buen resultado y de momento me alejan del cirujano. Las señales del tiempo son por supuesto evidentes, pero aún puedo presumir de buen cuerpo. Mis pechos no son demasiado grandes, es cierto, y aunque caídos, gustan a todos, o al menos eso parece y eso me dicen. A Anna también le gustan, se esmera mucho en ellos.

Su marido, Jorge, es apenas cuatro años mayor que ella. Son dos jóvenes encantadores, y hacen una pareja armoniosa y feliz. Me gustan por muchas razones, pero una de ellas es que demuestran, sin vergüenza, tener dinero. Aceptan como algo natural que el dinero sirve para cualquier cosa que se pueda comprar, que es casi todo.

A Jorge le cae bien Enrique, mi marido. Entre los dos se ha desarrollado un mutuo interés que no es sexual. Supongo que es una amistad sincera, o en todo caso, una relación paterno filial que ambos agradecen y que probablemente necesitan.

Jorge está enemistado con su padre, hace años que no se hablan y debe de ver en mi marido a ese padre que ha perdido.

Enrique y yo tenemos un hijo y una hija, el muchacho, ha cumplido los 30 años y hace su vida totalmente independiente de nosotros. La niña tiene ya los 20 y todavía no se ha emancipado del todo, quizás por ello la vemos más a menudo que a nuestro hijo.

Según parece Jorge estaba algo desconcertado, necesitaba a alguien que le aclarase un par de cosas clave de la vida, o tres, y Enrique, no sé cómo, ha conseguido explicárselas.

Digo que no sé cómo, porque mi marido nunca ha sabido nada de la vida, ni las cosas clave ni las que no lo son, pero a veces esa misma vida es misteriosa y te sorprende con hechos inesperados. Esa amistad con Jorge ha sido uno de ellos, según parece mi querido esposo sabe “algo” importante.

Jorge debe de haber encontrado en Enrique lo que yo no he sabido ver jamás. Me alegro por él, está bien que sea así, si Enrique se siente feliz, si él lo es, yo también lo soy. Le quiero.

Jorge y Anna nos gustan, porque nosotros como ellos, tampoco escondemos nuestro dinero, no hemos sido ricos, y ahora que lo somos no queremos aparentar no serlo. Además nos gusta, al menos a mí, -nunca estoy segura del todo con Enrique-, ver el efecto que causa el dinero en los demás. Es muy instructivo.

sábado, 2 de mayo de 2009

El peletero/En estado de celo(1)/El esternón



3 Marzo 2008

¿Alguien ha visto un relámpago?, ¿una estrella fugaz?, ¿un bólido?, ¿una bala atravesarte el cerebro de un extremo al otro mientras el corazón te estalla?

Algunos.

¿Alguien ha visto el sol enrojecer a las doce del mediodía?

Nadie.

Aunque muchos han contemplado al día palidecer y enfriarse como la piel de una serpiente emplumada.

Perpendicular a mi eje transversal, atravesó el cielo, por mi espalda y mientras miraba el lago desde el balcón de mi habitación. Un lago oscuro, ya era de noche.

Debió de ser grande, aunque no lo suficiente para emular al de Tunguska. Aunque más pequeño, el mío también era una bomba, un asteroide incendiado al atravesar la atmósfera, un visitante, un pedazo de piedra que caía.

Que caía quemándose y mientras Dios lo incineraba llovía polvo y fango, destellos y centellas, fulgores y chispas.

El lago era mi lago, y en aquella habitación un día escribí algo en la pared.

Había caído una bomba del cielo, un aerolito rojo y silencioso, sin apenas luz, opaco, casi rojo y casi negro, rojo apagado, que entre un miro y no miro y entre un te veo y te vas, terminó por explotar mi corazón, llenándolo todo de sangre.

Así morí, como mi tío Mariano. A él también le estalló el corazón, manchando las sábanas, las cortinas, todo el mobiliario y la alfombra raída.

La sangre es más sucia que la nieve, en cambio el semen de un hombre, que también puede ser rojo, se limpia fácil, lo absorbe la piel y apenas huele. Hay quien cuenta que es una buena crema facial, o una magnífica cera para muebles, pero no es verdad, solamente es semen, esperma, nada más.

El bólido y su estela desaparecieron. ¿En el horizonte? No, en el horizonte no, era de noche, y cuando es de noche no hay horizonte.

Así morí, y mientras me moría tecleaba el P. C. que hay en el mostrador de mi tienda cuando la vi mirar el escaparate.

¿Alguien ha visto la bala de plata que lo matará? Yo vi su estela oscura.

Ya era de noche también, pasadas las nueve.

Entró.

La había visto alguna que otra vez, coincidíamos en el mismo bar para desayunar. Yo me había fijado en ella y dudo que ella en mí.

-Buenas noches -le dije.

-Hola -me respondió sonriente.

-¿Qué deseas?

-Algo para aquí – dijo señalándose el esternón y desabrochándose la blusa un botón más allá de sus sujetadores.

-¿Para aquí? Para aquí no necesitas nada -le respondí sonriéndole y preguntándole de qué parte de Portugal era.

Puso cara de sorpresa y me dijo:

-Eres el primero que no se equivoca y me confunde con una brasileña, ¿cómo lo has sabido?

-No sé, es evidente que los dos acentos son distintos -carraspeé

-¿Conoces Portugal?

-Sí, pero estuve cuando tú todavía no habías nacido.

Se rió. Era una muchacha bellísima, cabellos castaños y cejas pobladas, era esbelta y muy alta. Al menos se acercaba al metro noventa. Quizás era una modelo, pero no se movía como ellas. Y tenía unos ojos… azul oscuro, de agua marina.

-Aconséjame algo que no sea caro, hoy necesito lucir escote y no tengo dinero, me dijo mirándome muy fijo.

-¿Te gusta este? -Le enseñé un colgante que había visto que observaba con atención. Era de tela, haciendo nudos, lazos y flores de terciopelo trenzado, azul y rojo- No es caro, con el descuento son apenas 30 euros.

-Sí, en realidad he entrado por él, lo he visto en el escaparate, ¿me lo dejas probar?

-Por eso te has desabrochado la blusa, ¿no?

Me miró con ojos maliciosos.

Se lo probó, se desabrochó otro botón más. Se miraba el colgante y me miraba.

-¿Te gusta cómo me queda?

-Mucho, te queda muy bien.

-¿Estás seguro?

-Claro, no es difícil que las cosas te queden bien a ti.

-De acuerdo, envuélvelo -afirmó segura.

-Como quieras, pero yo no te lo vendo si no me dices de quién has sacado esos ojos, ¿de tu padre o de tu madre?

-De ninguno de los dos, - me respondió rápida, riendo y medio sorprendida por mi pregunta - De mi abuela, era ella la que los tenía azules. Aunque mi padre siempre quiso una hija con los ojos así, como los de la abuela, como los míos.

-Seguro que le hizo una promesa a la Virgen de Fátima, ¿verdad? -le dije mientras se lo envolvía y pagaba.

-Seguro que sí, pero nunca me dijo cuál, aunque me lo imagino.

-¿Y qué te imaginas? -le pregunté.

-Es un secreto -me respondió… sonriéndome con la boca, los ojos y el resto de todo su cuerpo.

Y se fue.

La volví a ver, desayunando en aquel bar, o por la calle, siempre caminando deprisa, cargada con muchas bolsas, paquetes y su “portátil”. Era una “chica Erasmus”, estudiando con una beca sufragada por la Unión Europea. Era psicóloga, especializada en psicología laboral.

Nos saludábamos, charlábamos un poco y rápido, nos dábamos un par de besos en cada mejilla, yo le decía adiós y ella me sonreía…

…con la boca, con los ojos y con el resto de todo su cuerpo.

La estela era azul oscuro.

miércoles, 29 de abril de 2009

El pelleter i el seu germà: Pere



1 Marzo 2008

UN RECORD, UNA CANÇÓ I UN COMIAT.

EL RECORD

En el centre del palau hi havia un pati que també era un jardí,

que ningú no cuidava,

i que no tenia res de secret.

Era molt millor que això, estava veritablement abandonat.

Hi havia llangardaixos, ratolins, aranyes i ocells.

Era la font de llum natural de tot el palau,

i el seu pou de ventilació també.

Un dia, des d’aquest jardí, hi va entrar -enduda per una ventolada i sense gairebé saber volar- una cadernera molt joveneta, que el nostre pare va atrapar llançant-li una pell de visó, que li caigué al damunt com una xarxa de pescador.


LA CANÇÓ

Qui és la cardenera?

Qui és qui canta que vola tant alt?

Ets tu que te’n vas, pare?

Són teus aquest ulls que ens miren?

Ets tu qui s’ha mort, qui s’enlaira, qui somriu?

És teva la cançó?

Pare, ets tu la cadernera?


EL COMIAT

Pere, estimat pare:

La teva vida ha estat llarga i has fet honor al teu nom: sòlid, ford i delicat com una pedra de contorns suaus i arrodonits. Una roca de granit de fina figura.

Amb 18 anys et van donar un fusell i unes espardenyes i et van enviar a jugar-te la vida. Ara, 72 anys després, et tornen a cridar potser per no tornar mai més, però amb la vida ben jugada.

Deixes com a penyora el patrimoni més valuós: el de la vida dels teus dos fills.

Quan ja no quedi ningú més per recordar-te, encara restaran els ulls i la memòria dels camps de blat i panís de la teva infantesa, l’esplendor dels camps i fruiters de Vilanova de Bellpuig.

Gràcies per la dolçor i companyia del teus últims anys.

Gràcies també a tots els que l’heu estimat.

Un petò desconsolat de la mama.

I un altre de nostre, un petó etern.

I gràcies a tots els que ens acompanyeu en la nostra tristesa.





TRADUCCIONES

PEDRO, UN RECUERDO, UNA CANCIÓN Y UNA DESPEDIDA

El RECUERDO

En el centro del palacio había un patio que también era un jardín,

que nadie cuidaba

y que no tenía nada de secreto.

Era mucho mejor que eso, estaba verdaderamente abandonado.

Había lagartijas, ratones, arañas y pájaros.

Era la fuente de luz natural de todo el palacio

y su pozo de ventilación también.

Un día, desde este jardín, entró, transportado por una ráfaga y sin apenas saber volar, un jilguero muy joven, que nuestro padre atrapó lanzándole una piel de visón que le cayó encima como una red de pescador.

LA CANCIÓN

¿Quién es el jilguero?

¿Quién es ése que canta que vuela tan alto?

¿Eres tú que te vas, padre?

¿Son tuyos estos ojos que nos miran?

¿Eres tú quien ha muerto, quien se eleva, quien sonríe?

¿Es tuya la canción?

¿Padre, eres tú el jilguero?

LA DESPEDIDA

Pedro, querido padre:

Tu vida ha sido larga y has hecho honor a tu nombre: sólido, fuerte y delicado como una piedra de contornos suaves y redondeados. Una roca de granito de fina figura.

Con 18 años te dieron un fusil y unas alpargatas y te enviaron a jugarte la vida. Ahora, 72 años después, te vuelven a llamar, quizás para no regresar nunca más, pero con la vida bien jugada.

Dejas como prenda el patrimonio más valioso: el de la vida de tus dos hijos.

Cuando ya no quede nadie para recordarte, todavía permanecerán los ojos y la memoria de los campos de trigo y de maíz de tu infancia, el esplendor de los campos y frutales de Vilanova de Bellpuig.

Gracias por la dulzura y compañía de tus últimos años.

Gracias también a todos los que lo habéis querido.

Un beso desconsolado de mamá.

Y otro nuestro, un beso eterno.

Y gracias a todos los que nos acompañáis en nuestra tristeza.

martes, 28 de abril de 2009

El peletero/El dinero y el cafés espeso-Escena cuarta ( y 2)

22 Febrero 2008

EL DINERO Y EL CAFÉ ESPESO

Obra en un solo acto y cuatro escenas

Escena cuarta (y 2)


Dimitris

No, yo no. Yo no hago como tú. Yo me quedo en casa. Va Christos, según parece se entiende muy bien con Diana, esa muchacha, bueno, no es ninguna muchacha, es una mujer, tiene…

Pedro

¿La secretaria?

Dimitris

Sí, tiene tres hijos pequeños. Hace tres meses estuvo aquí de vacaciones con ellos.

Pedro

¿Divorciada?

Dimitris

No, viuda. Su esposo murió en Afganistán.

Pedro

Y tu hijo la consuela.

Dimitris

Eso parece, y a ella le gusta.

Pedro

Estás seguro que es eso lo que le gusta a ella, ¿tu hijo?

Dimitris

No, claro que no. tienes razón, no es eso lo que le gusta y lo que busca.

Ella quiere venir a vivir aquí, eso es lo que pretende. Huir de Rusia. Tiene cuarenta y tres años y su esposo era coronel de helicópteros. Es abogada, y habla seis idiomas, ruso, griego, inglés, español, alemán y ahora está estudiando chino.

Pedro

Cinco idiomas y un cuarto, para ser precisos, no seis.

Dimitris

Eso, cinco y bastante menos que un cuarto de chino.

Pedro

Pero Christos está casado, tu nuera no se da cuenta de nada.

Dimitris

Claro que se da cuenta, pero se calla.

Pedro

¿Por qué no dice nada?

Dimitris (Riéndose)

No se lo he preguntado.

Pedro

Pero la secretaria ésa, ¿cómo dices que se llama?

Dimitris

Diana.

Pedro

Eso, Diana. Debe tener la doble nacionalidad, si su madre era griega, ¿verdad?

Dimitris

Claro que la tiene. Pero aquí solamente tiene unos parientes lejanos. Su madre era hija única, como ella. Le falta cobertura. Nosotros somos su cabeza de puente.

Si consigue instalarse en Grecia, el siguiente paso será Alemania o los Estados Unidos. No te creas que se vaya a quedar aquí.

Pedro

¿Y todo eso lo sabe también Christos?

Dimitris

Claro, pero a él le da igual.

No es tan tonto como para enamorarse de una mujer medio griega, de cuarenta y tres años, con tres hijos, cuando él ya tiene dos varones y que viene aquí, a nuestra casa, con una mano delante y otra detrás, esperando que le demos de comer.

Si se enamora le parto la cara de una bofetada y lo mando a Cuba por un mes para que se desahogue y se desenamore.

Pedro

¿Y Caterina, vuestra secretaria de aquí?

Dimitris

Ningún problema, tiene novio.

Pedro

No te entiendo

Dimitris

Que se va a casar. El próximo mayo se casa y ya está. “No problem”

Pedro hace un gesto de desaprobación.

Dimitris

¿Qué pasa? ¿No te parece bien? ¿Por qué pones mala cara?

Pedro se ha quedado ensimismado y con cara de enfadado.

Dimitris

¿Te pasa algo?

Pedro

Estaba pensando

Dimitris

¿En qué?

Pedro

No sé, hay algo que no encaja. Pensaba en esas mujeres y en el dinero que te debo. Mujeres y dinero, no encaja nada. No me gustan estas combinaciones.

Creo que es mucho dinero.

Dimitris

Has dicho que pensabas que no lo era.

Pedro

¿Eso he dicho? ¿Cuánto era?, ¿ochenta mil dólares?

Dimitris

Algo más, casi noventa mil.

Pedro

Pues igual no te pago, es demasiado dinero.

Dimitris

¿Qué dices?

Pedro

Eso, que no te pago. ¡Vete a la mierda!

Dimitris (Riéndose)

Estás viejo Pedro, estás muy viejo. Aunque el sentido del humor aún lo conservas. Deja los asuntos importantes a tu hijo.

Pedro

Te he dicho que te vayas a la mierda

Dimitris

Ya te he oído. ¿Sabes que si no me pagas sí que me iré a la mierda? Yo, Vanguelis, Christos, nuestras familias, nuestras amantes, todos. Hasta la secretaria rusa, ella también se irá a la mierda. Y mis amigos rusos se enfadarán y se enfadarán mucho y enviarán aquí a los hijos de Niko.

Pedro

Yo no tengo ninguna amante.

Y no será eso que dices. ¿Quieres darme lástima?

Dimitris

Yo tampoco tengo ninguna amante. No tenemos amante porque ya no podemos tenerlas.

Pedro

El caso es que no tenemos.

Dimitris

Con las cosas de comer no se juega Pedro.

Pedro

¿Qué me dices?, con las cosas de comer siempre estamos jugando.

¿Qué crees que hacemos tú y yo?, jugar con esas cosas, precisamente con ellas.

Todo el mundo lo hace, o casi. Menos los que viven del Presupuesto Nacional, todos los demás jugamos con las cosas del comer.

¿A qué quieres jugar sino?

Dimitris

Mirado así.

Pedro

Claro, así debe mirarse. No hay otra manera.

Dimitris

Bueno.

Pedro

Y ahora resulta que estáis en manos de los hijos de Niko, del hombre que os barre la casa.

Dimitris

Es un juego en el que a veces también se muere y se mata.

Pedro

Sí, por supuesto. ¿Ahora quieres darme miedo? ¿No decías que éramos amigos?

Dimitris

Estás raro. ¿Te pasa algo?

Pedro

Sí, de repente me he sentido muy cansado. No debía de haber venido. Tienes razón, en casa se está mejor.

Dimitris

¿Te encuentras bien?, ¿te duele algo?

Pedro

Me encuentro perfectamente. Solamente estoy cansado.

Dimitris

¿Estás seguro?

Pedro

Hacía tiempo que no me encontraba tan bien.

Dimitris

¿En qué quedamos? ¿Te encuentras bien o no? A ti te pasa algo.

Pedro

Tranquilo Dimitris, no me pasa nada. He tenido la misma sensación que tenía en la guerra, cuando entrábamos en combate. Tú debes saber qué es eso.

Dimitris

¿A qué te refieres?

Pedro

Había un momento en que perdías el miedo. Un punto, un instante en que el miedo se colapsaba, ya podían caer bombas, que no temías a nada. Todo te daba igual.

¿Sabes a qué me refiero?

Dimitris

Sí, lo sé.

Pedro

Pues ahora me siento así. Es una sensación muy agradable.

Dimitris

Y por eso dices que no piensas pagarme, es eso, ¿no?

Pedro

Claro, es eso, no pienso pagarte.

Dimitris

¿Y Javier?, ¿piensa pagarme él?

Pedro

No deberías nombrarlo como lo acabas de hacer Dimitris.

Dimitris

¿Cómo lo he hecho?

Pedro

Mal.

Dimitris

¿Mal?

Pedro (Señalándolo con el dedo)

Si te vuelvo a oír nombrar a mi hijo así, si vuelves a cometer el mismo error, yo mismo te mataré Dimitris.

Dimitris

Lo que tú digas. Endaxi, te pido disculpas. No quería decir eso, estás muy raro, la presión es grande, tú lo sabes, si no pagas nos hundimos, y yo no tengo tu suerte.

Pedro

¿De qué suerte hablas?

Dimitris

Del Alzheimer. Yo habré de recordarlo todo.

Pedro

Ahora eres tú el que dice tonterías. Recordar es bueno, parece que te burles de mí. El enfermo soy yo, ¿recuerdas?

Dimitris

¿Mandarás el dinero?

Pedro

¿Qué dinero?

Dimitris

¡¡Pedro!!

Pedro

No te enfades, te mandaré nueve mil dólares pero no sé si podré pagarte la deuda. Lo intentaré pero lo dudo, creo que no podré. Debes saberlo y prepararte. ¿De acuerdo?

Dimitris

De acuerdo.

Pedro

¿Sabes qué debes hacer?

Dimitris

Rezar o pegarme un tiro. No tengo ni idea. Algo se nos ocurrirá.

Pedro

Yo prefiero el gas.

Dimitris

Es más limpio, pero puedes provocar una explosión. Lo mejor es cortarte las venas.

Pedro

En una bañera con agua caliente.

Dimitris

Y solos.

Pedro

Naturalmente. Cuando nacimos nuestra madre estaba con nosotros.

Ella es la única que tendría el derecho de acompañarnos. Pero tuvo la mala idea de morirse antes de tiempo.

¿No la encuentras a faltar, Dimitris?

Dimitris

Cada noche pienso con ella, cada noche. Ni una sola noche me olvido.

Pedro

A mí me ocurre lo mismo. Es lo que en realidad me molesta del Alzheimer, que también me olvidaré de ella.

Dimitris

No creo que de ella te olvides, de ella no.

Pedro

¿Estás seguro?

Dimitris

¡Claro!, ¡palabra de griego!

Pedro

Si es así, me quedo más tranquilo.

Por cierto, ¿qué le pasaba a Aleka? Tenía los ojos enrojecidos cuando hemos llegado.

Dimitris

¿No decías que no te habías dado cuenta?

Pedro

¿Eso he dicho?

Dimitris

Te lo aseguro.

Pedro

Palabra de catalán que no me acuerdo.

Dimitris

Si es así, me quedo más tranquilo.

Pedro

¿Pero qué le ocurre a tu hija?

Dimitris

Está enamorada de tu hijo.

Pedro

¡Vaya tontería!

Dimitris

Es lo mismo que le he dicho yo.

¿Tienes hambre?

Pedro

Pues ahora que lo dices, sí.

Dimitris

Llamaré a mi mujer que nos prepare algo para merendar.

Pedro

Buena idea.

Cuando comemos no hacemos daño a nadie, por eso ahora los cocineros están tan de moda, es como jugar a las cocinitas, ¿verdad?

Dimitris

Sí.

Se apagan las luces

FIN DE LA CUARTA Y ÚLTIMA ESCENA