viernes, 6 de noviembre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (15)


4 Marzo 2009

15. Crash.

No son de “Crash”, sino de “A través de la barrera”, pero ¿qué te parecen estas palabras de Ballard? “El coche osciló de un lado a otro cruzando los carriles desiertos (…) El neumático destrozado trazó una raya negra en diagonal sobre las líneas blancas de marcación en la larga curva de la autopista. Fuera de control, el coche irrumpió a través de la empalizada de caballetes de madera al borde del camino, y rodó cuesta abajo por el terraplén de hierba”.

¿Te gusta esa descripción que hace de tu muerte?

Tú deberías saberlo mejor que yo, Gordo, estabas allí cuando fallecí, ¿no?

Te equivocas, no fui yo quien te vio morir, fue otro.

¿Quién?

Uno que levita como ése que figura que es tu avatar, pero que no lo es, y que lleva una flor en la mano, ese dibujo del genial Giraud. Yo casi nunca hablo de muertes y siempre hablo de dinero, y en ocasiones muy especiales de sexo difícil, de ese que hurga en las entrañas como un médico que quiere saber si tienes cáncer de próstata. Háblame ahora de sexo, peletero, háblame de Ballard y de su onomatopeya, ¿quieres?

Debes de estar enamorado.

No más que tú.

Es muy cansado estar enamorado, Gordo, tú lo sabes tan bien como yo. En eso del amor antes era creyente y no practicante, ahora es al revés, soy practicante y no creyente.

Eso significa que tienes una amante a la que no amas o no como deberías. Terminarán por llamarte también traidor, peletero, en realidad ya lo han hecho, ya ha ocurrido en otras ocasiones, recuérdalo.

jueves, 5 de noviembre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (14)


2 Marzo 2009

14. El gigante.

Nunca lo son, peletero, ni la alegría ni la pena, ni la vida efímera de una perla en su collar. Recuerda que Ballard decía cosas ya sabidas con un lenguaje moderno, nada más. Sus famosas catástrofes y cataclismos son remedos del Apocalipsis y de los cientos de diluvios que miles de años atrás han inundado el mundo. La maravilla, el prodigio y el portento nos dejan invariablemente estupefactos, atónitos y extrañados frente a la realidad que siempre es la que los crea y siempre es la que manda sobre todas las cosas. Más tarde hablaremos de ello, pero tú ya sabes como lo sé yo, que los milagros no existen pero los fenómenos sí, eso que Azúa llama “meteoros”, depende de nuestros ojos verlos.

Tienes razón, Gordo, recuerdo perfectamente sus palabras, déjame que las cite: “(…) la poesía no nace de la conciencia del poeta, sino de su coraje. Y, en consecuencia, la poesía no es obra de los hombres o de algunos hombres sino de los meteoros, los cuales definen con toda exactitud lo que en cada momento puede verse.”

Dios nos los regala constantemente, otra cosa es que nosotros sepamos verlos. Ballard pretende simularlos en su literatura hablando de esas calamidades y plagas, de esos seres embarrancados en las playas. De la mirada fría, entre sorprendida y temerosa y casi autista de sus protagonistas, que las observan medio nerviosos y medio huérfanos. Parecen actores que han olvidado su papel y no saben qué decir.

Parecen viajeros.

Sí, parecen pasajeros perdidos en la terminal de un aeropuerto.

“La dolce vita” de Fellini tiene un final así, el desconcierto del protagonista es el mismo que el de esos pasajeros, aunque lo que él contempla después de una noche de fiesta es el cuerpo de un monstruo que la tormenta ha arrojado a la playa. Es uno de los finales más conmovedores y más tristes que recuerdo, ver al protagonista no atender la llamada del ángel que lo reclama desde el otro lado de un pequeño riachuelo que se ha formado con las aguas de un desagüe.

Ballard escribió en 1966 un cuento titulado de esta manera, “El gigante ahogado”. Un relato en el que luego medio se “inspiró” Gabriel García Márquez, “El ahogado más hermoso del mundo”. Ballard nos habla del cuerpo de un ser enorme que un día aparece en una playa y que todos visitan y exploran llenos de curiosidad. Lentamente van desapareciendo pedazos de él hasta llegar a quedar su osamenta desnuda y servir sus huesos de adorno, y sus costillas de arco de bienvenida de algunas casas. “En la mañana después de la tormenta las aguas arrojaron a la playa, a ocho kilómetros al noroeste de la ciudad, el cuerpo de un gigante ahogado…”

García Márquez nos cuenta que: “Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión que era un barco enemigo. (…) Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado. (…) Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa…”

No hay nada que me trastorne y que añore más que esas playas de Ostia, tan parecidas a las mías, a las de la Barceloneta. O a las de Badalona y Mataró al norte, o Gavá y Castelldefels al sur. En ellas mataron a Pasolini, y en ellas me bañé y jugué, en ellas fuimos felices. Tomábamos el sol, reíamos juntos, comíamos nuestras tortillas y mirábamos a las niñas. Las mujeres no han vuelto a estar tan guapas como entonces, Gordo, eran verdaderas diosas, mi madre, Veni, la más bella de entre todas, rellenas de carne y revestidas de piel. ¿Y el sexo, Gordo?, ¿su famoso “Crash”?

miércoles, 4 de noviembre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (13)


27 Febrero 2009

13. El espectáculo.

Lo es, es una buena exposición, el CCCB, el “Centre de Cultura Contemporànea de Barcelona”, siempre se esmera en lo que presenta. Yo conocí a uno de sus comisarios, Jordi Balló, estudiamos juntos en la Universidad. Era y continúa siendo una mente aguda y brillante y un hombre amable y educado. Hay toda una técnica nueva en la forma con la que hoy en día se hacen esas exhibiciones, son casi instalaciones, y se mezclan diversas técnicas y cuidan mucho los textos explicativos. Es una poética efímera, es esa obra que no pretende ser eterna, solamente aspira a ser un “fire Works” humilde y delicado, como las perlas de un collar roto rebotando en el suelo. En ésa dedicada a Ballard hay un auto desvencijado medio enterrado en la arena, y con una luz que simula el anochecer y que casi te permite imaginar que oyes a los topos cavando túneles buscando “El centro de la Tierra”. Deben encontrarse muy cerca porque no consigues oír nada. El silencio es tan persistente y continuado que solamente puedes contemplarlo medio tranquilo y medio anonadado.

Es verdad, peletero, a mí también me seduce ser un mero espectador y ver morir como lo hace tu lagartija. El mejor espectáculo del mundo es observar cómo suceden las cosas, sin intervenir. El collar se rompe, y mientras el tiempo sigue su curso observas la escena sin hacer absolutamente nada. Curioso ves las perlas salpicar, brincar, saltar y danzar hasta que, fatigadas, ruedan para esconderse debajo de los muebles como si fueran esos topos silenciosos que perforan túneles. Me recuerdas el ojo secuestrado de una estatua, querido amigo. ¿En el presente se hallan las claves de todo, dices?, todo es mucho, peletero, quizás demasiado, ¿no crees? Una vez más exageras en tu intento de dibujar el bosque. Siempre eres radical en tus afirmaciones, y un embaucador también. Como muy acertadamente decía una amiga tuya “A mí se me hace que a veces eres muy absoluto en lo que expresas y tienes una gran habilidad para echar mano de sofismas de distracción para sustentar lo que dices”.

Y como tampoco se olvidó de recordarme otra amiga, “Eres igual que Hitler”, en un alarde de metáfora no muy afortunada al pretender afirmar que mi conversación fascinaba y enganchaba, y hacerlo nombrando precisamente a una de las personas más nefastas que jamás han existido. Hubiera podido compararme con San Pablo o Casanova, o con el mismo Churchill, su rival en cierto modo, pero no, lo hizo con alguien al que es difícil de calificar, y mucho menos bien.

No estuvo muy acertada, es verdad, pero no llevaba mala intención en ello, ya lo sabes.

¿La gordura de el Gordo es demasiado?, ¿mi mano amputada lo es? ¿Son excesos y errores?

martes, 3 de noviembre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (12)


25 Febrero 2009

12. El peletero.

Creo que no yerras en eso que dices de mí, aciertas, no soy una persona buena ni considerada, hablo demasiado y solamente me escucho a mí mismo, pero exageras y te equivocas cuando afirmas que no sé interpretar correctamente el silencio de los demás y mucho menos sus palabras. Aseguras que siempre las comprendo de manera errónea, en su propio significado y en las intenciones de aquellos que las dicen. Afirmas que por eso me invento personajes como tú, anómalos y desasistidos, que deben resistir por sí solos, sin ayuda de nadie, y robustecerse en los demás, ajenos al mundo y a su tiempo, asesinos a sueldo o por cuenta propia, justicieros enmascarados o simples delincuentes locos y rotos, como si fueran otros en lugar de ser ellos mismos. No soy una buena persona, Gordo, no lo soy, pero hice bien, sabes que hice bien, aunque no sea un buen estratega tengo buen olfato, soy un buen rastreador, un buen sabueso, tengo intuición y acierto a menudo. ¿Por qué?, porque me fijo en las pequeñas cosas, en los detalles. La gente cree que es difícil construir una gran mentira y que no lo es en cambio engañar en las cosas cotidianas. No es cierto, es al revés, la mayoría de accidentes de automóvil son en esas carreteras secundarias y casi familiares que nos conocemos de memoria porque cada día circulamos por ellas. Siempre dejamos rastros, siempre, aquella arruga inhabitual en el vestido, aquel comentario dicho de otra manera a como se dijo en otro momento, aquella casualidad, aquel acontecimiento inesperado, la respuesta que improvisaste, o un ruido distinto al abrir la puerta de casa. Sí, fui a ver esa exposición sobre Ballard. Eso se cuenta de él, que su mérito era ése, tratar de describir algo inasible, el presente que siempre se nos escapa y donde, según parece, se hallan las claves de todo. Martin Amis afirma en una entrevista que se proyectaba grabada en la misma exposición, que Ballard es el primer escritor de ciencia ficción que no habla del espacio exterior y sí del interior. Pero no es del todo cierto, creo, Ray Bradbury y Leem ya hicieron cosas parecidas a su modo.

Yo recuerdo a Theodore Sturgeon y su “Más que humano”, es una buena historia de “psicología ficción” y de futurismo psicológico, como esos psiquiatras y neurólogos de hoy en día, que tanto han proliferado y que escriben libros sirviéndose de sus pacientes y de sus casos, haciéndose ricos y famosos con ellos. Algo parecido, excepto por lo de rico y famoso, a eso que hiciste tú con esas cartas publicadas sin el permiso de su destinataria, su dueña; eran cartas tuyas, escritas por ti, pero para ella, a ella iban dirigidas, ya no te pertenecían, no debiste hacerlo sin su consentimiento. Me da igual saber, y lo sé, que se merecía tanto tu desprecio como tu compasión, pero debiste terminar bien con ella, peletero, y no como lo hiciste, mal, muy mal, lo cual no dice nada bueno de ti. Aunque tampoco de ella. Piensa que supe más cosas que tú porque yo también hablaba con ella, ¿recuerdas? Tú mismo me la presentaste; ella y yo conversamos durante mucho tiempo, a mí me contaba aquello que a ti nunca te hubiera confesado. Eso sí, lo hacía utilizando como excusa simplezas de la psicología popular y barata, “la bestia interior” “el jardín secreto”. Debió de haber sido más inteligente, sutil y considerada consigo misma y no caer en la vulgaridad. Pero ahora háblame de otros jardines, peletero, esos que son públicos, háblame de esas exhibiciones actuales que presentan los estamentos gubernamentales como esa que viste de Ballard, son muy interesantes en su factura y puesta en escena. Es todo un arte renovado. Al menos ellas huelen a limpio y no a depresiones y a bipolaridades de psicología popular.

lunes, 2 de noviembre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (11)


23 Febrero 2009

11. El escarabajo

Estabas sentado en la taza del wáter haciendo tus necesidades, el papel estaba demasiado atrás y al sacarlo de su sitio para desenrollarlo más fácilmente, del interior del tubo de cartón salió un escarabajo que fue a depositarse en tu mano. Los dos os quedasteis atónitos y él saltó rápido para esconderse. Te limpiaste deprisa y nervioso, nunca te han gustado estos bichos. Cuando estuviste listo lo buscaste, lo hallaste y lo mataste con la escoba después de perseguirlo durante un buen rato. Lo aplastaste como lo hubiera hecho yo, barriste el cadáver desmenuzado a la pala y lo echaste por la misma taza del wáter donde poco antes habías defecado, tiraste de la cadena y te lavaste las manos. Al cabo de pocos segundos sonó el teléfono, era ella, con su voz acaramelada de siempre, tratando de ser educada y cariñosa al mismo tiempo. Quería hacerlo bien, se estaba esforzando, tal y como le habían enseñado de pequeña, como ha visto hacerlo siempre en su mundo, creyendo que era lo adecuado, la manera correcta, con aquel peculiar aire de alguien que sabe exactamente con quién está hablando, pero… equivocándose de cabo a rabo. Después de aquella triste conversación nunca más volviste a oír su voz. Fue así, ¿no?

¿El qué?

¿El qué, preguntas? ¿No me has solicitado que lo hiciera yo? Estoy contando la anécdota que me has pedido, ¿no te has dado cuenta? No me estás escuchando, nunca escuchas a nadie.

No te enfades, Gordo, era sólo una broma, continuaré yo. Cuando nos decíamos adiós secamente, entre el adiós de ella y el mío, llamó a la puerta de mi tienda una muchacha. Era una de las mujeres más bellas que nunca había visto y jamás he vuelto a ver. Entre mi adiós hube de decirle hola a esa mujer que llamaba a mi puerta de cristal. Le abrí sin haber colgado todavía, resonando su adiós en mi oído le pregunté qué deseaba. Quería saber el precio de un anillo de plata que había en el escaparate; no era caro, pero me dijo que no llevaba bastante dinero, que le gustaba mucho ese anillo y que iba a un cajero próximo a sacar el suficiente para comprarlo. La vi marchar, todavía tenía el teléfono en la mano y me fijé en su espalda larga, en su cabello oscuro, en su cuerpo y en su andar elegante. No regresó. Convertí en mierda el oro, Gordo, no todo el mundo es capaz. Ya sabes, si tu mano derecha te escandaliza… córtatela.

Puro rencor, peletero, nada más que resentimiento. Ahora eres manco. Eres débil, y eso, como tú has afirmado en muchas ocasiones, es peligroso, te hace ser mala persona y tú lo has sido en más de una ocasión, ¿me equivoco? Por cierto y perdona que cambie aparentemente de tema, ¿fuiste a ver este verano pasado la exposición de J. G. Ballard?, dicen que fue un perfecto narrador del presente.

sábado, 31 de octubre de 2009

El peletero/Meditaciones (4)



20 Febrero 2009

“Qui vol dona verge, de vidre pren tassa; i aquell que pren viuda, beu amb carabassa” (Disputa de viudes i doncellez, 127)
“Quién quiere una mujer virgen, de cristal toma la taza; y aquél que toma viuda, bebe en calabaza”
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Mi burdel preferido lo regentaba un transexual, por eso lo bautizó “La metamorfosis”.
Gregorio, así se llamaba la “Madame”, en honor de Gregorio Samsa, el protagonista del célebre relato de Franz Kafka, estaba viejo y gordo. Yo ya lo conocí en un extraño regreso a la masculinidad de la que había medio renegado, aunque el falo siempre lo conservó. La edad y la decrepitud recolocan las cosas en su sitio y Gregorio dejó de ser una rubia con sorpresa para convertirse en lo contrario, en un hombre con sorpresa, dos pechos descomunales y barba de dos días a pesar de las hormonas. Es sorprendente, pero todavía enamoraba a jovencitos, a borrachos y a santas con vocación de vírgenes falsas.
No fue él, fue alguien diferente quien en una ocasión me propuso participar en una fiesta con monjas. Serán putas disfrazadas de monja, ¿no?, le pregunté a esa especie de alcahueta. No, nada de falsas, nada de putas, monjas de verdad, jóvenes y maduras, novicias y ya consagradas, te lo garantizo, ¿quieres?, no piden nada, solamente una limosna.
No supe nunca si mentía o no, si aquellas monjas eran de verdad o de mentira, nunca lo supe porque no fui, no acepté, pero la propuesta existió, la anécdota es cierta, tan cierta que no me atreví a que fuera verdad y me quedé en casa viendo la película “The Devils” de Ken Russell.
Nunca he llegado a tener ninguna relación con una monja de verdad, excepto con la hermana de Gregorio que había sido durante muchos años misionera en África, a esa sí la conocí y la conocí bien. Era igual que él, físicamente igual quiero decir. Puede parecer una maledicencia por mi parte, pero creo que necesitaba afeitarse tantas veces como mi amigo. Tenía, para decirlo sutilmente, un físico ambiguo que contrastaba con su voz verdaderamente femenina, dulce, y al mismo tiempo, sólida y clara. Toda ella era sólida y clara, alegre y decidida. África la cambió, al menos eso decía ella, y Gregorio lo confirmaba, asegurando que para mejor.
Una vez me dijo: “Siempre pensamos que los seres celestiales, ángeles, demonios, fantasmas, libélulas, lagartijas y caballitos de mar, tienen alguna clase de ventaja sobre nosotros, creemos que en algo son superiores o que forman parte de un mundo mejor. Decimos que mejor por su falta de carnalidad, suponemos que los seres espirituales están más próximos a la santidad que nosotros simplemente porque no tienen cuerpo. Nada de todo ello es verdad, el cielo no es más que eso que tenemos encima de nuestras cabezas. No hay pájaro ni ángel ni demonio que no estaría dispuesto a regalar todas sus plumas por un pequeño pedazo de suelo”.
La vida tiene grandes casualidades y cualidades poéticas y la hermana de Gregorio también se llamaba Hildegard, como mi puta maestra, pero en este caso era en honor de Hildegard von Bingen, una monja alemana del siglo XII, una mujer ilustrada y avanzada para su tiempo, literata, médico y músico.
Hildegard no renunció jamás a sus hábitos y al regresar de África ayudaba a muchachas africanas inmigrantes a través de su congregación. En su casa siempre había alguna de esas chicas, verdaderas bellezas negras con ese olor un poco especial que tienen y “hacen” las negras cuando te miran.
Ella sabía a qué se dedicaba su hermano, y nunca se lo recriminó, incluso los hábitos que usó para su primera fiesta de “monjas” se los proporcionó ella. A esa “fiesta” tuve el honor de asistir y ser uno de los protagonistas.
Un día le pregunté con diplomacia si se había enamorado alguna vez, si todavía era virgen. Ningún hombre me tocado jamás, me respondió a medias y guiñándome un ojo. ¿Pero has estado enamorada?, insistí. Lo sigo estando, afirmó, sigo enamorada, no he dejado de estarlo en toda mi vida. Piensa, continuó, “que no hay osos entre rosas, sólo una negra que imagina cosas de total sinrazón acerca de la luz de la beldad que por allí anda paseando su última voluntad, a esa negra cualquier virgen colmaría su noche de pasión” (1)
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(1) Parafraseando a Wallace Stevens y su “The Virgen Carrying a Lantern”

viernes, 30 de octubre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (10)


18 Febrero 2009

…la última parte del “Ulises” de James Joyce, “Penélope”, el largo monólogo de Marion Bloom es un texto sin ninguna clase de puntuación, es la pieza que teje y desteje en un hilo sin fin la esposa del héroe. Es casi imposible de leer, sin embargo se han hecho unas buenas versiones teatrales de él. Es un texto gramaticalmente tramposo al usar la interjección “y” como sustituto de los puntos y las comas. Te leo un fragmento, escucha:

“…y las castañuelas y la noche en que perdimos el barco en Algeciras el guardián haciendo su ronda de sereno con su linterna y ese horroroso torrente profundo y el mar el mar carmesí a veces como el fuego y las gloriosas puestas de sol y las higueras en los jardines de la Alameda y todas las extrañas callejuelas y las casas rosadas y azules y amarillas y los jardines de rosas y de jazmines y de geranios y de cactus de Gibraltar cuando yo era una niña y donde yo era una Flor de la Montaña…”

Todos los artistas trampean y cazan piezas vivas en tenazas dentadas que amputan las piernas y desangran los corazones que se escapan en cada aullido interminable como si fuera una despedida que nunca llega hasta que te arrancan la piel todavía vivo y todavía muerto sin dejarte morir del todo y sin dejarte vivir la vida que te roban entre las tenazas de ese hierro oxidado...

…luego, peletero, hiciste algo que no debías, publicaste unas cartas que no eran tuyas, violentaste una intimidad sagrada, ensuciaste algo muy valioso. Más tarde también diste protagonismo a una lagartija que todos creen que inventaste cuando lo más gracioso es que existe, es tan real como aquel escarabajo que entró aquella mañana. Nunca había entrado uno en tu tienda antes y nunca ha vuelto a entrar ninguno más después. Éste lo hallaste dentro del tubo de cartón del papel higiénico cuando lo tomaste para limpiarte. Fue una auténtica y verdadera casualidad poética, en una circunstancia extraña, muy triste y casi cómica, una de las más notorias y evidentes en su significado de toda tu vida.

Cuéntala, Gordo, tú la recuerdas mejor que yo.

jueves, 29 de octubre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (9)



16 Febrero 2009

9. El peletero colérico.

Sí, tienes razón, peletero, soy “El Gordo”, pero también soy una muchacha, bonita, sexi y rica. Como reza una antigua canción que vuelve a ser popular, “My mum bought me a fur coat when I was fifteen”. Ya sabes que en los augurios y en los auspicios siempre leemos algo de nosotros que no está en el pasado y mucho menos en el futuro, y por supuesto sí que lo está en el presente. Dicen, peletero, que esa es una de las características de la modernidad, tratar de describir el presente, entenderlo es sin duda el reto más difícil. Está claro que tú nunca lo has entendido, si lo hubieras hecho no venderías todavía pieles y yo no estaría aquí hablando contigo. Lo has comprendido todo mal, el nuestro es un mundo de tácticos y tú siempre has sido un estratega, un estratega fracasado. Ambas, la táctica y la estrategia son cosas muy diferentes. Lo has intentado de muchas maneras, empezaste hablando de la cólera y de los mil y un adjetivos que llenaban tu estómago aciago, luego escribiste de jardines, de torres, de harenes y de putas, y más tarde también, cuando el pico del águila apuntaba enfrente, nos contaste cómo un fantasma te escuchaba mientras tú recordabas a los colibríes cantar a las muchachas en flor. Luego te inventaste a padres e hijos, a pintores, hermanos y hermanas que se escribían cartas y conversaban en ellas, incluso…

En él, en el presente, se fundamenta eso que todos llaman psicología y que todavía nadie sabe exactamente qué diablos es…

No me estás escuchando, peletero.

…no, no te estoy escuchando, Gordo. Solamente existe el presente en una muerte perpetua, en una agonía interminable. No sé tanta literatura, pero creo que nunca ha proliferado tanto el monólogo como en nuestros tiempos…

…incluso me inventaste a mí que, como todo el mundo sabe y repite conmigo, solamente hablo de mí hablando de los otros: “Todos me llaman El Gordo”, ¿recuerdas?...

miércoles, 28 de octubre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (8)


13 Febrero 2009

8. La certeza.

Eres fino, cruel y delicado cuando quieres, Gordo. Tú y yo, juntos, somos poco más o menos un oxímoron enfático y casi una tautología rigurosa. Tienes una lengua hinchada y obesa que te hace hablar despacio y tardamente, tus manos gruesas te convierten en torpe y tus pies de paquidermo en mostrenco, en cambio, tus ojos siempre han sido pequeños y avispados, tienes vista de abejón, a ti no te persigue nadie y te resulta fácil descansar aunque sea en piedra sin tallar. Tienes razón, Gordo, yo siempre defendí al sistema porque siempre pensé que para volar era imprescindible la ley de la gravedad. También me gustó entrever el otro lado de la tierra, y tocar el piano de juguete que le regalaron a mi hermano, bailar con su música y con ese par que dices que he bien o mal amado. Pero ahora el sistema, como muy bien afirmas, me ha expulsado, a mí y a otros muchos, eso siempre ha sido así, esa es la manera que el sistema tiene de mantenerse relativamente vivo y sanamente activo, soltando lastre. ¿Qué sucede cuando dormimos, Gordo?

Lo sabes tan bien como yo, peletero, el tiempo no se para, pero pasa del futuro directamente al pasado sin detenerse en el presente. Esa es la razón por la que las previsiones siempre fallan y los profetas nunca aciertan. Nunca podemos tener la evidencia de nada. Eres tan grácil como grave, peletero, tienes razón, el peso nos permite volar que no levitar, todos confunden esos dos términos tan distintos. Tú no lo hiciste, siempre conociste cuál es la diferencia entre ambos, lo supiste pronto, pero has entendido tarde que saberlo no tiene ninguna importancia, influencia o consecuencia para las cosas y las personas. Pensabas estar en lo cierto y estándolo es como si te hubieras equivocado. A ti siempre te ha gustado bailar al son de Pascal Comelade con su música que sale de sus pianos de juguete.

Entonces es cuando hay que preocuparse, ¿verdad, Gordo? cuando incluso se equivocan las estadísticas, las profecías, los pronósticos, las predicciones, las conjeturas, las adivinaciones, las apuestas… Cuando no existe la certeza. El gran modisto japonés, Kenzo, cuenta como lo podría contar cualquiera, que:

“Kenzo raconte: “J’avais préparé la collection pour le printemps-été 78 dans l’incertitude. L’Inde de Nehru m’inspirait, mais j’ai brouillé encore une fois les cartes. J’ai introduit le style pirate dans la netteté des tuniques indiennes. J’ai bousculé les règles en dévoyant les accessoires. Cravates géants en guise d’écharpes, (…) A ma grande surprise, la collection fut bien accueillie. Je sais maintenant que, dans la mode, la seule certitude, c’est que rien n’est certain” (1)

Muchos viven de ello, hay profesiones antiguas y modernas que se legitiman en esas presunciones: los oscuros sacerdotes, los jefes y los esclavos, los que quieren mandar como los políticos y a los que les gustaría hacerlo como los politólogos. Los siempre listos periodistas, los que se creen que lo son como los sociólogos, los tontos de remate como los pedagogos, los atormentados psicólogos, los infantiles ecólogos, los sorprendidos epidemiólogos, los racionales genetistas, físicos y químicos y los bondadosos médicos. Los tramposos economistas, los sismólogos, los vulcanólogos, los meteorólogos y asesores de cualquier cosa, entre ellos los coach que enseñan a mandar. Los modistos que esculpen nuevos cuerpos sin usar la cirugía, los peluqueros que han defenestrado los sombreros, los cantantes de moda y los actores y las actrices de éxito que nos regalan sentimientos y emociones. Los artistas, pintores, músicos y escritores que entrevén el futuro recordando el pasado. Y los sempiternos adivinadores, gurús y santones de religiones falsas o verdaderas que para un buen o mal uso ven el miedo en nuestros ojos.

En cambio, tú, Gordo, eres todo lo contrario, eres presente sin adornos.

(1) “Kenzo cuenta: “Había preparado la colección para la primavera-verano 78 en la incerteza. La India de Nehru me inspiraba, pero barajé una vez más las cartas. Introduje el estilo pirata en la nitidez de las túnicas indias. Había forzado tanto las reglas que había pervertido los accesorios. Corbatas gigantes a manera de echarpes, (…) Para mi gran sorpresa, la colección fue bien acogida. Así pues, supe entonces que, en la moda, la sola certeza, es que nada es cierto”

(“Kenzo” Ginette Sainderichin)

martes, 27 de octubre de 2009

El peletero/Conversaciones con "El Gordo" (7)


11 Febrero 2009

7. La ruina.

Sea como sea, esas son cosas que ya no nos incumben, estamos a salvo de ellas, libres de su influencia, para nosotros dos ahora la cuestión es otra. Desconozco qué deseas, peletero, pero yo quiero conseguir un final pactado, o al menos sabido. Piensa, querido amigo, que a estas alturas, a mediados del siglo XXI, habitamos un mundo futurista y post-ecologista, tú eres una buena prueba de ello. Si hubieras vivido lo suficiente habrías vuelto a ser necesario y vestirías de nuevo a mujeres y a hombres con pieles de animales.

Sí, ya lo sé, trabajo la piel y aunque cuentan que me maté tras una curva soy un viejo ya, y eso siempre es futurista, ¿verdad? Sin embargo no seas tan confiado, Gordo, tú sabes que nunca se está libre ni lejos del peligro, del pecado dirían algunos, del infortunio del alma, de la voluntad rendida, ni siquiera cuando se está muerto como dicen que estoy.

Claro, tienes razón, hay que permanecer siempre atento. Yo tengo la edad que tú quieres darme, pero a ti los años te acercan persistentemente al futuro, eres ciertamente un peletero y eres también un “black collar”, arruinado perpetuamente, en un estado de pobreza económica que ya se ha convertido en una forma de vida propia, sui generis y que difícilmente el Estado permitirá que puedas superar, ya lo sabes, ¿no es cierto, peletero? ¿Eres consciente de que has terminado siendo expulsado por el sistema que siempre defendiste? Piensa, al menos, que cuando los señores de la guerra esparzan sus bombas atómicas como racimos de cerezas estarás tan lejos en el tiempo que nadie te recordará, nadie podrá entonces tocarte, estarás a salvo, no de la muerte porque ya estás muerto, pero sí de males peores, la vulgaridad y la memoria, habrás logrado pasearte como un fantasma por este mundo y a pesar de ello ser el hijo de los mejores padres y el hermano del mejor hermano. No es un mal balance, peletero. Además, has bien amado a más de una mujer, un par creo, ¿no? Por cierto, la RAE dice que un “oxímoron, del griego ὀξύμωρον, es una “Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador. Sí, lo estás, estás muerto, no me mires de esa manera, te estrellaste contra un árbol al salir de una curva, deberías recordarlo, peletero.